El Comercio
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‘Guantanamera’, el gran éxito de un son cubano con retoque avilesino
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Alberto del Río Legazpi | 23-03-2014 | 09:11

Si les digo que ‘soy un hombre sincero de donde crece la palma y antes de morirme quiero echar mis versos del alma’ no les estoy cantando nada, sino contando algo sobre una de las canciones –en lengua castellana– más famosas que se conocen. Y en eso han tenido un considerable protagonismo el español, Julián Orbón, y el cubano José Martí.

Echo mano de un par de apuntes. Uno, sobre José Martí Pérez (La Habana, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895), hijo de emigrantes catalanes en Cuba, que lo enviaron a España a cursar Derecho y Filosofía en Madrid y Zaragoza. Fue un importante político y un gran escritor con una destacada labor poética. Está considerado uno de los padres de la independencia cubana y su figura es venerada. Esto por un lado.

Plaza José Martí, en Avilés.

Que por el otro, está Julián Orbón de Soto (Avilés, 7 de agosto de 1925 – Miami. USA, 21 de mayo de 1991), llegado muy joven a Cuba, donde fue un destacado músico, profesor y sobre todo compositor de música clásica. En 1986 se le concedió el título de “hijo predilecto” de Avilés, donde el Conservatorio municipal lleva su nombre.

Pero las sinfonías, sonatas y cuartetos de Julián Orbón están bajo la larga sombra de una popularísima canción. Se trata de una antigua tonada cubana –‘La guantanamera’ la llamaban– que fue aireada por el músico Joseíto Fernández en programas radiofónicos en La Habana. Julián Orbón –que era un gran estudioso de la música popular– adaptó la tradicional canción a unos hermosos versos, por él escogidos, de José Martí.

Cintio Vitier escribe en su libro ‘Lo cubano en la poesía’: «Era una experiencia inolvidable oír a Orbón cantar los versos de Martí con la música de La Guantanamera».

Y así estaban las cosas hasta que, en 1962, llegó a Cuba Pete Seeger, a quien en una visita a un campamento escolar, los niños le pidieron que interpretara una canción que les había enseñado uno de sus instructores. Se referían a Héctor Angulo, un alumno aventajado de Julián Orbón. Al mítico cantante folk le fascinó el son y a partir de ahí ‘Guantanamera’, con su ritmo pegadizo, prendió y comenzó a volar.

Y la incorporan a su repertorio multitud de intérpretes, de Pete Seeger a Julio Iglesias pasando por Plácido Domingo, de Joan Baez a José Feliciano o de Celia Cruz a Luciano Pavarotti.

Los Corleone con música guantanamera.

Pero también trasciende a ellos y se convierte en ritmo espontáneo de multitudes en los campos de fútbol, con miles de aficionados (peñas, hooligans, ultrasur, etc) que la utilizan, generalmente, para desalentar al contrario. Se puede oír, constantemente, de fondo en la retransmisión de los grandes eventos deportivos.

Por ejemplo, el estribillo ‘Guantanamera, guajira, guantanera’, lo sustituyen miles de voces en el Camp Nou, de Barcelona, por ‘Vete a la mierda, Mourinho, vete a la mierda’. O en el Santiago Bernabeu, de Madrid, corean latiguillos como: ‘Sal de armario, Guardiola, sal de armario’. Es moda nacida en Irlanda, que pasó a Inglaterra y luego saltó al continente. En América más lo mismo. Un fenómeno socio-musical.

Está en varias películas, pero destaco la, hoy, considerada como una de las mejores de todos los tiempos, ‘El Padrino’, de Francis Ford Coppola y en su ‘Parte II’ (1974), suena –con altibajos– ‘Guantanamera’, cerca de tres minutos, como música de fondo en un parque [ambientado como] de La Habana donde –a la sombra de un sombrilla de encaje y seda– están Michael Corleone (Al Pacino) y su hermano Fredo (John Cazale), tomando una soda y un ‘banana daiquiri’, mientras hablan de chantajes, venganzas y de su padre, Vito Corleone (Marlon Brando). Se puede localizar, esta secuencia, a partir de 1 hora, 24 minutos y 36 segundos del inicio de película. Docenas de decenas de millones de personas han visto, ven y verán este clásico cinematográfico, donde ha quedado archivada la Guantanamera ‘pa’ los restos.

Julián Orbón

En Avilés, hay una reciente plaza formada por la trasera de un edificio del siglo XIX, una pawlonia, un paredón y una medianera, cubiertos estos dos por espléndidos murales –de Ramón Rodríguez– y tal parece aquello un islote caribeño. La plaza, ubicada aledaños del casco histórico, lleva por nombre José Martí y su busto está al pie del mural ‘Cubavilés’, gigantesca recreación de la hoja de la palma caribeña y del carbayo asturiano. Esta estampa –que deja a sus espaldas el gótico palacio de Valdecarzana (siglo XIV) – mira hacia la armonía arquitectónica, tan sensual la condenada, del Centro Cultural Internacional “Oscar Niemeyer” (siglo XXI).

Cualquier visitante que descubra este espacio urbano valorará, de sopetón, el bendito cosmopolitismo del que ha gozado esta ciudad a lo largo de su historia y también de su estrecha relación con Cuba, meta de miles de emigrantes avilesinos en el pasado. Y fue el dinero de los indianos avilesinos en la isla del Caribe, el que hizo posible gran parte de la antigua industrialización de Avilés, donde también hay una calle dedicada a Cuba. A la fuerza tiene que haber ritmo, chispa, compás, cadencia, destello o fulgor –al derecho o al revés– entre Cuba y Avilés.

Y dejo de contar porque me pongo a cantar aquello de… guantanamera, guajira, guantanamera…

¡Aire!

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta