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Fecha: abril, 2014
Las Meanas, un convento medieval y la Ría de Avilés
Alberto del Río Legazpi 27-04-2014 | 11:11 | 0

La historia de Avilés es antigua y húmeda como ella sola, por lo que no es de extrañar que a cada paso que des te encuentres con sorpresas como las que depara el lugar conocido como Las Meanas, denominación cercana al chiste fisiológico fácil. Sin embargo es nombre que a algunos les parece brillante, a muchos sonoro y a casi todos singular.

Aparte ser de uno de los lugares de paso más transitados de Avilés, no se crean que Las Meanas es un simple parque, de 12.000 metros cuadrados, con cuatro árboles y gente tomando el fresco. Un respeto.

El río Tuluergo en Las Meanas, antes de 1925

Para empezar esos cuatro árboles –que es un decir–  los tiene hoy, que antes tuvo y desde hace más de cien años mogollón. Tampoco es que fuese la selva del Amazonas, pero si lugar frondoso y de ello da fe alguna que otra foto antigua.

De lo que no hay fotos que valga, pero que tiene tela marinera, es de su ignorada historia salada. Porque sépase que hasta aquí llegaba, en pleamares, la Ría de Avilés.

Y que el agua entraba a todo trapo, lo demuestra el hecho de que el flujo de las mareas eran aprovechadas como fuerza motriz de molinos (o aceñas) que aquí se plantaron en el siglo XIII –en terrenos colindantes a Las Meanas– en la marisma de Las Aceñas, que es el terreno que hoy ocupa la vecina plaza de los siete nombres, pues por tantos es o ha sido, conocida: La Plaza, Plaza Nueva, de Las Aceñas, del Mercado, de Abastos, de Julián Orbón y de Hermanos Orbón.

Ya digo que durante siglos, la mar estuvo llegando y llenando toda su extensión quedando frenada donde comenzaba a elevarse el terreno: ascenso a El Carbayedo, los Prados de Carbajal (por donde hoy se asienta parte de El Quirinal) y la carretera de La Plata (que se inicia en la actual calle de González Abarca).

Y como el que tuvo retuvo, cuando en 1985 se comenzó a construir el centro comercial ‘El Atrio’, los técnicos vieron con asombro como se les ‘marchaban’ los cimientos, coincidiendo con mareas vivas en la ría. Hubo que tomar medidas especiales para levantar el edificio.

Las Meanas, hace unos 60 años.

Las Meanas siempre fue sitio rugoso y húmedo, por donde transitó también el río Tuluergo, que naciendo en una fuente de Heros, cruzaba el naciente parque antes de desembocar en la Ría por la actual calle de La Muralla. Fue soterrado en 1925

Antes, entre 1845 y 1890, había tenido lugar un crucial proceso de transformación y modernización urbana de Avilés al desecar zonas de marisma como la del Campo del Faraón (donde fue sembrado el parque El Muelle), las del Campo de Caín o Caguín (en cuyos terrenos se levantó la maravillosa plaza del mercado) y Las Meanas (arbolada para su uso como parque). Con todo ello, también, se ganó terreno para el crecimiento urbano.

Las Meanas, que entonces estaba en las afueras de la ciudad, fue el lugar que acogió el reparto de bollo, vino, y consiguientes romerías de la primeras ediciones de la Fiesta de El Bollo, fundada en 1893 por la cofradía del mismo nombre, a cuyo frente estaba el médico castropolense Claudio Luanco, personaje cuya importancia en la vida social de Avilés no está valorado en su justa medida.

También es desconocido, por muchos, que en Las Meanas fueron utilizadas, como material de relleno para el asentamiento del terreno marismeño, las ruinas del desgraciado (por el fin tan estúpidamente gratuito que tuvo) complejo religioso (monasterio, claustro y capilla) de las monjas Bernardas, que existió desde 1552 en la calle de San Bernardo, y que fue desalojado en 1869. Y hala, a demoler, que es gerundio y a tapar el estero de Las Meanas.

El desaparecido recinto de La Exposición.

El nuevo parque fue bautizado, pomposamente, como El Retiro (luego, en 1938, sería Marqués de Estella, hasta recuperar, en 1979, su nombre original de Las Meanas). Era lugar de celebración de festejos aislados, hasta que comenzó a darle más vida la construcción, en 1932 –y siendo alcalde David Arias Rodríguez del Valle–, del Pabellón de Ganados de La Exposición. Un magnífico recinto que pronto fue de uso múltiple, generalmente de asociaciones deportivas como la Atlética Avilesina (un episodio aparte) y en los años 80 hasta teatro y del bueno. Pero estaba de madre que el deporte inundaría esta zona, ya nadie se había extrañado cuando en 1943 se construyó el estadio de La Exposición (hoy estadio futbolístico Suárez Puerta) y en 1950 se levantó un club de tenis (actualmente en San Cristóbal) con dos canchas.

Desde 1965 hay una línea trazada –en forma de nueva calle, llamada de Francisco Orejas– entre las entonces nacientes plazas de El Vaticano y La Guitarra. La línea creó dos espacios aislados al separar Las Meanas de La Exposición. Así que uno se quedó como parque y el otro como plaza. Ocio activo en La Exposición –episodio aparte– y ocio pasivo en el parque. Dos espacios, libres de construcción, que son una bendición para la ciudad.

Así que cuando pasee por Las Meanas pise con garbo, coimes, que su suelo es histórico: pura y auténtica ruina gótica. Y no se extrañe si estornuda, porque aquí estuvieron subiendo y bajando las mareas, como si tal cosa, durante miles y miles de años.

Quizás por eso se comenta estos días que igual sube el Real Avilés.

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¡Música, maestro!
Alberto del Río Legazpi 13-04-2014 | 11:11 | 1

Cuba era el destino preferido por los emigrantes avilesinos para buscarse la vida en el continente americano, donde iban para procurarse un trabajo y si pintaba bien la cosa hacer dinero, cosa que era casi imposible en la empobrecida Asturias.

Generalmente llegaban con una mano delante y otra detrás. Pero hay excepciones, faltaba más.

Porque hubo gente que llegó a Cuba no para trabajar en un negocio, sino para fundarlo. Es el caso del pianista avilesino Benjamín Orbón, que según la escritora cubana Irina Pacheco «desde que se radicó en Cuba, en 1910, se dio a la tarea de fundar y consolidar esta prestigiosa institución que hoy es el Conservatorio Orbón de La Habana».

Pero si lo del pianista avilesino en Cuba fue una excepción en la aventura indiana, lo de ser músico y vivir en Avilés, era más habitual de lo que se cree Y merece la pena conocerlo.

Es un fenómeno singular, éste del gusto avilesino por la música por lo que es objeto de estudio de importantes instituciones como la Universidad Complutense de Madrid, a través de un trabajo realizado, en 2008, por Carmen Julia Gutiérrez –profesora y directora del Departamento de Musicología– titulado «La Atenas de Asturias: el asociacionismo musical en Avilés entre 1840 y 1936». La cosa tiene canto.

Debemos saber que la Academia o Sociedad Filarmónica de Avilés (más conocida como ‘El Liceo’) que funcionó entre 1840 y 1891 fue una de las primeras sociedades instructivo-recreativas musicales creadas en España, junto con las de Madrid, Valencia, Barcelona, Sevilla, Murcia, Alicante y Granada. Ahí queda eso.

Y tampoco está de más enterarse de que según cálculos referidos a 1868 –cuando Avilés contaba con 7.500 habitantes– tenía ya un centenar (número increíblemente alto, para entonces) de músicos en agrupaciones culturales.

A todos los estudiosos en la materia, les llama la atención que a principios del siglo XX, una villa ya entonces de 12.000 habitantes tuviera tres teatros funcionando (‘La Peña’ o ‘Somines’, el ‘Palacio Valdés’ y el ‘Iris’), donde aparte de actuar artistas de relieve nacional, abundaban compañías de aficionados locales que ofrecían representaciones, mayormente, líricas. Hablo de zarzuelas e incluso óperas, aparte de masas corales de categoría contrastada.

En 1890 el Ayuntamiento, siendo alcalde Atanasio Carreño Valdés –uno de los 13 hijos de Pantaleón Carreño y Dominica Valdés– decide la creación de una Escuela de Música, básica para la creación de una Banda Municipal de Música.

Mario Ramón Fernández

Este ambiente cultural de Avilés –musical a todo trapo– lo tiene narrado el escritor Armando Palacio Valdés o escrito en prensa por críticos de prestigio como José Francés, secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Tengo leído que Concepción Arenal, que dedicó gran parte de su vida a la extensión cultural por toda España, tuvo una orquesta sinfónica en misión cultural ‘circulando’ por todo el país. La dirigía el destacado músico Jesús de Monasterio, quien le comentó a Concepción que «en Avilés interpretamos a Beethoven y a Mozart. El ‘minueto’ del cuarteto en re menor de Mozart entusiasmó a los avilesinos. El auditorio fue muy numeroso, paciente y educado, porque si la música de Mozart les satisfizo no ocurrió lo mismo con la de Beethoven que soportaron con gran resignación… Sin embargo en Gijón ocurrió todo lo contrario».

Siendo la música el medio de lenguaje más universal (aparte de los WhatsApp, claro), estos romances de Mozart con Avilés y de Beethoven con Gijón dan que pensar. Y es cosa fina, sociológicamente hablando, por lo afinado del tema.

De momento quede constancia de las asociaciones musicales históricas avilesinas: Academia Filarmónica de Avilés (1840–1891). Academia de Sabugo (1861–1874). Sociedad Santa Cecilia (1875–1891), Banda de Música La Industrial (¿….?– 1897). Banda Municipal de Música de Avilés (1891– ….), Agrupación Musical Obrera (1904–¿1908?). Asociación Coral Avilesina (1904–1915 y 1983–….). Sociedad Filarmónica Avilesina (1918–1930 y 1957–….). Sociedad de Amigos del Arte (1923–1951). Orfeón de Avilés (1925–1934). Coro del Ampurdán (1931–1932). Coro Avilesino (1932–….)

Álvaro Álvarez

Luego está –y ello será un episodio aparte– una generación intermedia, que abarca desde los años cuarenta, del siglo XX,  a los ochenta. Es la que lleva a cabo refundaciones corales y fundación de grupos nuevos. En ella hay gente de gran trascendencia socio–musical, de la que avanzo hoy algunos como Mario Ramón Fernández (Ramón ‘El Morenito’), Álvaro Álvarez, Jesús Muñiz (padre e hijo, más conocidos como ‘Los Perlitos’). Pero hay más, como veremos en su día.

Y finalmente, la generación la actual. Lo que va desde la producción musical a lo Béznar Arias –una suerte de embajador plenipotenciario de Bob Dylan en el norte de España– a la creación de orquestas como ‘Sabugo Filarmonía’ o ‘Julián Orbón’. Sin olvidar certámenes como el de ‘Música Religiosa’, al que le da alma, corazón y vida, José María (‘Chema’) Martínez y que celebra este año su treinta y siete edición.

Mientras tanto quédense ustedes, con Mozart en Avilés o en Gijón con Beethoven.

Esto de las preferencias musicales está estudiado también por el profesor Adrian North, de la Universidad Heriot-Watt de Escocia, en 2008. Después de entrevistar a mas de 36.000 personas estableció muchas categorías, por ejemplo, que los aficionados a la música clásica y el jazz son creativos; los amantes del pop trabajadores a sueldo y los fans del heavy metal -para que luego digan- tienen un carácter suave.

El caso es dar la nota.

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El caso del ocaso de ENSIDESA
Alberto del Río Legazpi 06-04-2014 | 10:22 | 9

El otro día charlando en la radio, sobre Avilés, salió a relucir la demolición de empleo sobrevenida aquí hace treinta años, o sea en la década de los ochenta del pasado siglo.

Como se sabe, la Villa del Adelantado, había sido convertida por decreto-ley en una nueva ciudad, allá por los años cincuenta del siglo XX del calendario cristiano. Un hecho actualmente considerado como el más transformador de la –ya de por si tan rica como antigua– historia avilesina.

El asunto consistió en que el Estado –valiéndose de aquel todopoderoso INI (Instituto Nacional de Industria)– sembró docenas de instalaciones para producir acero en la margen derecha de la Ría de Avilés. Componían una factoría que medía –desde los muelles del puerto hasta Tamón– más de once kilómetros de largo, dando empleo a miles de personas de Avilés, Asturias, España y parte del extranjero. Ahí queda eso. Puede parecer un remate de copla de Pasión Vega, pero las cifras cantan que Avilés pasó de unos 20.000 habitantes, en 1950, a 90.000 en 1988. Aquello fue la caraba.

El coloso, llamado ENSIDESA (Empresa Nacional Siderúrgica S.A.) era de tal calibre que ensombrecía las luces largas de otras importantes factorías de multinacionales del cristal, aluminio y zinc establecidas en la comarca avilesina.

Aparte de problemas a manta y sin cuento, que transformaron y trastornaron furiosamente la vida avilesina, aquello generó ríos de empleo.

Trabajar en ENSIDESA era como un seguro laboral para toda la vida. Aquel maná, caído del cielo, empleaba a 21.000 personas y generaba cerca de 25.000 puestos de trabajo inducidos en Asturias y unos 30.000 en el resto de España. Funcionaba el dicho –seguramente inventando por algún fracasado en el intento– de que ‘El que vale, vale, y el que no  ¡pa ENSIDESA!’

Pero, ay amigo, con chorradinas andábamos cuando la crisis siderúrgica mundial se presenta, sin saludar, en Avilés. Y empezamos a sudar tinta china en japonés, al ver como las pérdidas de ENSIDESA se medían por miles de millones de pesetas y aumentaban sin cesar.

Vimos como se paralizaron, cerraron y luego se merendaron, por arte de goma dos, instalaciones gigantescas que aún no habían cumplido ni los treinta años de vida. El gigante tenía los pies de barro, no en vano se había edificado sobre marismas.

Y nos dio el tembleque al comprobar que teníamos un porvenir incierto, después de veinte años de certeza consumista. No quisimos, o no supimos, ver lo que se nos venía encima –anunciado años antes en todo el mundo, pero que si quieres arroz Catalina que aquí no pasaba nada– por lo que la costalada que llevamos fue tan descomunal que aún seguimos, a día de hoy, en rehabilitación.

La respuesta –no había otra– fue un enloquecido remolino de asambleas, paros, manifestaciones y huelgas, que consiguieron –aparte de poner a los pies de los psiquiatras a buena parte del personal– identificar a ENSIDESA con Asturias y viceversa. ‘Salvar ENSIDESA es salvar Asturias’, rezaban las pancartas. Todavía quedan por ahí pintadas, que nos devuelven a aquella feroz decadencia industrial. Un tiempo de angustia, ansiedad y miedos. Parecido, de lejos, a lo de ahora.

Para Avilés y para Asturias, aquello no fue declive que valga, sino debacle a lo bestia, que derivó en brutales regulaciones de empleo en las pequeñas y medianas empresas, que vivían a la sombra de ‘la empresa’ (como llamaban sus trabajadores a ENSIDESA) y de ‘la empresona’ (como seguramente llamarán en Gijón a Hunosa).

Sin embargo con los empleados de las dos empresas estatales hubo más consideración, o sea miedo por parte de la autoridad competente, dulcificándose el conflicto con prejubilaciones anticipadas. Hubiera sido tentar al diablo –social y sindicalmente hablando– meter a los gigantes Hunosa y  ENSIDESA en el mismo saco que a las empresas que de ellos vivían.

La gran crisis siderúrgica mundial, agravada en España por el hecho de haberla abordada tarde, como casi siempre, hicieron de nosotros una historia de perdedores.

Y más cosas. Porque después de tantos años viviendo en INIlandia, la mayoría de habitantes de Avilés se habían dormido tan profundamente en los laureles de sus poderes adquisitivos, que no apreciaron que la ciudad estaba excesivamente dependiente de la gigantesca empresa estatal. No advirtieron, o no vieron, o no quisieron ver, como ENSIDESA había llegado a ‘tapar’ al Avilés histórico y a su meollo patrimonial. Parecían no existir más valores que los industriales, que cegaban cualquier tradición por antiquísima que fuera.

La empresa dominaba y protagonizaba en exceso la vida de Avilés. Y se juntó el hambre con las ganas de comer, porque al tiempo muchos estamentos de la ciudad (económicos, sociales, etc.) se dejaron dominar. Y en casos avasallar.

Un ejemplo de lo que digo y de la desorientación que se había adueñado de todo, fue la fusión futbolística del histórico Real Avilés con el ENSIDESA CF creando un nuevo club de fútbol bautizado como Real Avilés Industrial.

¿Industrial cuando la industria se estaba yendo directamente al carajo?

Pues sí Industrial. Porque lo impuso ‘la empresa’ en lo que tuvo toda la pinta de ser un gratuito acto de arrogancia de ENSIDESA, que aún perdiendo miles de millones a espuertas, todavía tenía poder para dejar sentado quien mandaba aquí. Lo había venido haciendo desde la década de los cincuenta. Y además, para rematar la faena, el nuevo equipo jugaría en Llaranes, el barrio siderúrgico, ya que el estadio del Real Avilés (propiedad municipal) era una ruina, por dejadez del Ayuntamiento en su cuidado.

Todo aquel proceso y sobre todo las formas utilizadas en el mismo supo, en algunos ambientes ciudadanos, a humillación. Y todavía hoy, a poco que revuelvas ese potaje, compruebas que este asunto de la fusión futbolística sigue constituyendo una herida abierta, quizás la más evidente para mostrar, y demostrar, las complicadas relaciones, que siempre hubo entre los representantes de la ciudad y los responsables de la siderúrgica estatal.

Total, que en Avilés, y a pesar de que el Rey de España inauguró, al final de aquella década, una nueva acería que supuso una muleta para sobrellevar la cojera siderúrgica no conseguimos salir de la depresión social, que desde entonces ya nunca aflojó hasta que llegó el Niemeyer, que esa es otra. Otra historia quiero decir.

Hoy la cosa sobre aquel caso del ocaso de hace treinta años –en la década de los ochenta– cuando la industria se desplomó, en caída libre, arrastrando con ella al empleo y este, a su vez, arrambló con dimes y diretes, como aquel de que ‘Dios creó a Adán y colocólo en ENSIDESA’.

En fin. Que pasaron varios años y solo los whiskys envejecieron bien.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta