El Comercio
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Fecha: mayo, 2014
Estación la de Avilés
Alberto del Río Legazpi 25-05-2014 | 11:11 | 2

En Avilés conviene saber que hay estación y Estación. Y que una es consecuencia de la otra.

Primero fue la estación –de ferrocarril– cuya inauguración, en Sabugo a finales del siglo XIX, originó que una calle del entonces barrio de pescadores, conocida durante siglos como la cai D’alante cambiara su nombre por el de calle de La Estación por la elemental razón de ser la vía que la unía en línea recta con la villa.

Avilés,1890. La estación a orillas de la Ría.

El edificio fue levantado en terrenos del Campo de Bogaz (o de Bogad), zona de muelle pesquero y de astilleros, que durante siglos fueron conocidos –por ser de madera los barcos que construían– como ‘carpinteros de ribera’.

La estación del ferrocarril nació entre palos (porque llegaron a las manos), y encendidas polémicas, entre los partidarios de construirla en la zona conocida como La Industria (donde hoy confluyen Llano Ponte y Avda. de Cervantes) o en la actual, que llamaban también Cantos. Detrás de ambas ubicaciones estaban los consabidos intereses y, por supuesto, los interesados: el marqués de Ferrera liderando a los ‘industriales’ y el de Teverga a los ‘cantistas’, opción triunfadora.

Puestos los marqueses, con perdón, en una balanza, pesa más el de Teverga que se curró lo del ferrocarril e importantes obras de la Ría, que el rancio de Ferrera viviendo de las rentas de sus múltiples propiedades inmobiliarias en Avilés. Y si al primero, por ser naviero, la estación le venía mejor a orillas de la Ría, el segundo no dio ni un palo al agua, en ningún sentido.

A tal guiso de marqueses hay que añadir, de postre, un conde. Porque resulta que la línea de ferrocarril que llegó a Avilés, enlazada en Villabona, fue construida por una compañía de contrata propiedad de un ingeniero que, además de italiano, encima era conde: de Sizzo-Noris. De estas cosas no se enteró Rafael Azcona, porque nos hubiese sacado en el cine, ayudado por Berlanga.

'El bosque encantado' de Carlos Suárez. Veinte paneles de 3,5x5 metros.

El tren llegó el 6 de julio de 1890 y fue inaugurada la estación, con pompa, boato y banquete servido en el teatro-circo Somines por el ‘Lhardy’ de Madrid. Desde entonces el elegante edificio forma parte del paisaje urbano de Avilés. José María Flores en su libro ‘Arquitectura ferroviaria en Asturias’ escribe que «el ejemplo más interesante de eclecticismo finisecular aplicado a construcciones ferroviarias se encuentre en la es­tación de Avilés (… ) realizada en arenisca dorada, recoge todo un repertorio de formas de la más pura tradición francesa». No es Waterloo de Paris, ni Atocha de Madrid, pero tiene clase.

Aparte de su singularidad arquitectónica, la estación de Avilés reúne otra más, difícil de encontrar en España: una excepcional cantina, que llegó a ser uno de los mejores restaurantes de Asturias, cosa chocante para la idea pringosa que se suele asociar al término cantina. Y es que en el último tercio del siglo pasado, cuando –y mira que se come bien en Avilés – un forastero preguntaba por un buen sitio para comer muchos le señalaban dos que en cualquier sitio son inusuales en la cosa del buen yantar: una cantina (la de la RENFE) y un hotel (con su comedor ‘La Serrana’). Y ahí sigue la cantina, hoy navegando en vermuts, con Arsenio Fernández (‘Tito’) en el puente de mando, que ‘La Serrana’ está varada.

De dcha. a izda: Cantina, Estación de Renfe y estación de autobuses. Queda fuera de plano la de FEVE.

La estación avilesina resultó ser un edificio integrador y como había espacio, dinero y ganas, siendo alcalde Santiago Rodríguez Vega, terminó añadiéndosele –en 1996– una estación de autobuses y otra más de ferrocarril, éste de vía estrecha (FEVE). Tres en total, lo que se dice estación intermodal.

La de autobuses, de discutida funcionalidad –provoca catarros tobilleros a los usuarios que esperan el embarque, al no llegar los paneles laterales de los andenes al suelo, seguramente que por aquello del diseño– tiene sin embargo un valioso añadido artístico en la parte exterior: el mural ‘El bosque encantado’, obra de Carlos Suárez.

Como encantados quedarán, en Avilés, los que saben aquello de que «en avión se llega pero en tren se viaja» ya que aquí tienen dos tipos de FF CC en la misma estación y, por si acaso, también autobús.

Estación la de Avilés. Denominación de origen: Tres en una. Cosecha de 1890.

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José María Malgor, el juez que escribía con un talentoso sentido del humor
Alberto del Río Legazpi 18-05-2014 | 11:11 | 2

Lo poco publicado hasta ahora sobre José María Malgor, intento ampliarlo –el personaje lo merece– gracias a lo que sobre él me tienen contado los recordados Paco Iglesias y Justo Ureña. Así como mi padre, que también fue amigo suyo.

Menda, de niño, guarda muy buen recuerdo de aquel señor tan simpático, bajo y de bigotín, con el que mi padre hablaba animadamente en la terraza del ‘Busto’, en la plaza Pedro Menéndez.

Malgor, posando, cigarro en mano.

Luego, o sea ahora, indagando me sorprende como tejió Malgor una tan considerable, como desconocida, obra literaria. Algo ha transcendido recientemente, por fortuna, como el libro ‘Observaciones de un extranjero’, que es una recopilación de artículos –con una sorna mayúscula– publicados en LA VOZ DE AVILÉS, entre 1929 y 1934, con el pseudónimo de Jack, y cuya edición financió la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento en 2005. El libro es una gozada ‘a la avilesina’.

José María Malgor López, nació en el barrio avilesino de Villalegre, el 19 de diciembre de 1905. Estudió el Bachillerato en el Colegio de la Merced –aunque entonces al no existir en Avilés, todavía, Instituto había que ir a examinarse al  Jovellanos de Gijón– terminándolo en 1920, antes de la edad requerida para ingresar en la Universidad, por lo que aprovechó para sacar el título de perito mercantil en la Escuela de Comercio de Gijón. Más tarde cursa Derecho en la Universidad de Oviedo, licenciándose en 1926, con la particularidad de haber despachado los dos últimos cursos en uno.

Un tipo muy aprovechado como estudiante, que al acabar la carrera coge el montante se marcha a San Sebastián donde trabaja dos años en el bufete de un amigo de su padre. Pero hay morriña y se vuelve a Avilés en 1928, donde –y esto puede que explique la añoranza– matrimonia con Pía Olamendi y ya no se moverá de la Villa del Adelantado.

En la ‘Guía-Manual’ editada, en 1952, por el cuerpo de la Policía Urbana del Ayuntamiento de Avilés –y en el capítulo de abogados, que entonces no pasaban de veinte– figura José María Malgor con domicilio en la calle Marques de Teverga (hoy La Muralla) nº 13, 2º, siendo el 319 (repito: trescientos diecinueve) su número de teléfono.

Allí tenía montado también su bufete y una oficina de seguros, negocio que abandonó cuando aprobó las oposiciones de juez municipal de Avilés y que más tarde ampliaría al ámbito comarcal avilesino.

Ejerció como juez, en el segundo piso del número 2 de la calle de La Cámara, un destartalado edificio hoy desaparecido. Justo Ureña lo describió, justamente ‘a lo Malgor’: «Tristes mamparas de cristal cuajado dejaban traslucir los montones de legajos que por la parte interior se apoyaban en ellos, mesas, sillas y armarios, un tanto desvencijados en las oficinas de “lo civil” y “lo penal”; al fondo de la galería, a la izquierda había un lugar “excusado” de diminuta taza, sin tapa, impregnado de aromáticos efluvios, en un clavo unos recortes de papeles de periódicos destinados al prosaico menester, (…) el suelo de carcomida madera estaba impregnado de orines, de tal manera que si no se afinaba la puntería al momento se escuchaban las imprecaciones del señor notario [en el primer piso] porque le estaban regando los protocolos».

Pero lo trascendental de Malgor tiene lugar en el ámbito literario: autoría teatral y escritura creativa, sobre todo en la prensa, con una característica común e impagable: el humor, la socarronería. Por tanto si digo ‘coña asturiana’, lo sitúo perfectamente.

Por ejemplo, ahí está su ‘propuesta’ (hecha en la revista ‘El Bollo’ de 1964) de que se suprimiera en Avilés la festividad religiosa del miércoles de ceniza, porque –a la vista de la, entonces brutal, contaminación de ENSIDESA– todos los días del año había ceniza, por lo que sobraba tal miércoles religioso.

De izquierda a derecha: Feliciano Álvarez, J.Mª. Tristán, J.Mª Malgor y Martín del Río. 22 diciembre 1953, fiesta Santa Cecilia, patrona de la música.

Escribió en todos los periódicos de Asturias («El Noroeste», «La Prensa», «El Carbayón», «Región» y «La Voz de Asturias») pero fue en LA VOZ DE AVILÉS, donde colaboró con más asiduidad.

Algunas de sus obras están escritas en bable, del que fue entusiasta defensor. Y triunfó en el mundo del teatro, sobre todo, con ‘¿Demasiado tarde?’, comedia estrenada por la compañía Vicente Soler y representada en muchos teatros españoles. En ficha aparte relacionamos su obra teatral, en la que también destaca ‘Xilimbra’, encarnación del aldeano asturiano chisposo y socarrón.

Malgor fue persona muy participativa en el mundo cultural avilesino –aparte de miembro del IDEA (Instituto de Estudios Asturianos)– donde desempeñó cargos como secretario de la ‘Sociedad de Amigos del Arte’, presidente del ‘Orfeón de Avilés’ y presidente de la Junta Rectora de la Biblioteca ‘Bances Candamo’.

Pero José María Malgor fue sobre todo un escritor con un gran sentido del humor. Bendición literaria que, a mí, me priva.

(Más abajo, en ‘Comentarios’ se publica resumen de la obra literaria de J. Mª Malgor)

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La histórica ‘H’ urbana del medieval Casco Histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 11-05-2014 | 11:11 | 3

Si por la conformación de las calles mas antiguas de la Villa fuera, en Avilés urbanismo había de escribirse con H, porque tal letra es el dibujo que forma el trazado de las tres rúas más antiguas de la ciudadela medieval, aquella que estuvo defendida por una muralla de unos 800 metros y ocupaba una superficie de cerca de 50.000 metros cuadrados, o sea casi la mitad del parque Ferrera.

Calle La Ferrería

Pero el diccionario dice que hurbanismo no lleva hache, y que istoria sí lo hace. E histórico es que La Ferrería y La Fruta –paralelas entre sí– estaban unidas por la Del Sol. Excluyo la de San Bernardo por estar poco poblada y ser mayormente tránsito del Camino Real de Grado a Luanco, que cruzaba la Villa desde la puerta de Cabruñana hasta la del Puente (San Sebastián).

Las calles de la H, siguen hoy igual –espacialmente hablando– que hace siglos.

La Ferrería es la que ha conservado más señales del pasado: palacio de Valdecarzana (siglo XIV), la iglesia históricamente conocida como de San Nicolás (siglo XII) y hoy como ‘De los Padres’ (siglo XII) y del siglo XIV también está la capilla de Los Alas (o de los de Las Alas, como usted quiera) espléndido monumento, encajado entre la iglesia y un espacioso patio de luces y sus correspondientes tendales. Otra cruz

Fue, La Ferrería, calle principal, calle mayor. Iba de puerta a puerta, de muralla entiéndase. De la del Alcázar (en El Parche) a la de La Mar, en la confluencia con la hoy calle de La Muralla, donde estuvo situado el puerto avilesino hasta el siglo XIX.

Era y es –hechizo que conserva– estrecha, con tramos de soportales cambiantes y un sabor a pasado que tira ‘p’atrás’, como siete siglos por lo menos. Y son, tanto cuando luce como cuando se apaga el sol, un túnel del tiempo.

Tuvo muchos nombres, aunque el actual de La Ferrería (recobrado en 1979) es el mas cabal y acorde con el metal fierro (hierro), porque las primeras oficinas de aquella gran siderúrgica ENSIDESA, que nos vino en los años cincuenta, se abrieron  en el número 29 de esta calle.

Calle La Fruta, en el siglo XIX

Que tan antigua es, que atrapa modernidad cosa fina. Por lo que estaba de madre, que fuese la única (antes muerta que sencilla), de las tres, que se comunica visualmente con el complejo arquitectónico de Oscar Niemeyer.

La calle de La Fruta, sin embargo, rompió con su pasado de soportales para convertirse en calle residencial de hermosa arquitectura, cuando Avilés pegó el estirón en aquel cambio de siglos (XIX al XX).

Antes de eso, sin perder nunca la línea recta tuvo dos tramos: Uno, la calle Cimadevilla que iba de su puerta de la muralla, llamada del Reloj, hasta la intersección con la calle Del Sol. Y otro, desde este cruce hasta cerca de su actual final, y que era conocido como calle Oscura, nombre que lo dice todo, apagada y tan estrecha que podían abarcarse las columnas de ambos lados extendiendo los brazos. Menuda cruz.

Calle de espléndidos edificios, La Fruta tiene singularidades como la de empezar y terminar con fuentes en su margen derecha: la de Doña Rolindes (adosada al ayuntamiento) un mecano arquitectónico de distintas épocas, y la del Centenario del Bollo (en la plaza de Camposagrado), obra de Ramón Rodríguez.

Calle del Sol

También está la cuestión palaciega. Porque situándose uno al principio o al final de La Fruta siempre tendrá en el horizonte un espléndido palacio del siglo XVII: el Ferrera (hoy hotel de cinco estrellas) o el Camposagrado (actual sede de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias). También es calle ejemplar para ilustrar sobre el llamado ‘barroco boticario avilesino’.

Luego está la calle Del Sol, de recorrido corto en metros pero de tan largo, y bien conservado, tiro histórico, que da gusto verla.

Además, ahora, el palacio de Valdecarzana, rehabilitado y recuperado a finales del siglo XX, le da mucha vida. Tanta que hasta le ha nacido, a finales del siglo XX, una plaza anexa: la de Alfonso VI, monarca que concedió el Fuero a Avilés en el siglo XI, un claro ejemplo de que nunca es tarde si la plaza es buena.

Y lo es porque está pegada al Sol, antigua calle de mercaderías, luego calle de paso y ahora pasada de calle. Ideal para hacer parada y fonda y abrevar bebidas al gusto, en terrazas sin terrazo, sino en suelo tal parece que medieval.

Historia pura, dura y verdadera la de esta trinidad urbana que nos viene de aquella Edad Media avilesina. Hoy sin murallas, pero con wifi gratuito.

Cuando el casco histórico de Avilés sea declarado por la UNESCO ‘Patrimonio de la Humanidad’ estas tres calles habrán tenido mucho que ver en la concesión de tal título.

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Arnao y su monumental patrimonio geológico e industrial
Alberto del Río Legazpi 04-05-2014 | 11:11 | 1

Hace tiempo, cuando supe algo de su historia, Arnao me llamaba la atención. Luego, cuando puse el mínimo esmero en su estudio empezó a sorprenderme. Más tarde pasé directamente al asombro y ahora mismo casi me deslumbra.

Y aunque por la cosa del deslumbramiento pudiera pensarse que estoy en una fase ‘cegarato–emotiva’ (algo parecido y por distintos motivos me ocurre con Miranda y Llaranes) sobre Arnao y lo que representa en la historia de la industria española, creo que estoy –vehementemente, es verdad– tocando lo cierto.

Porque tan cierto como ejemplar es como Arnao ha sabido conservar y defender su patrimonio histórico industrial, en una inusual conjunción entre industria privada y cosa pública (léase Ayuntamiento). Algo inaudito de la que muchos –ayuntamientos, empresas, políticos y gestores– deberían tomar nota.

Impresiona conocer todo lo que encierra, histórica y prehistóricamente, esta pequeña península de la costa de Castrillón.

El otro día (miércoles, 16 de mayo) LA VOZ DE AVILÉS publicó, a toda plana, en portada «Un árbol de 300 millones de años en la playa de Arnao». La riqueza geológica de la zona se empieza a catalogar como de las mejores de Europa. Hay cosas que dan que pensar, por ejemplo: la roca actualmente atravesada por el túnel que comunica Arnao con Salinas es un ¡arrecife de coral! que –hace 400 millones de años démonos cuenta que estaba bajo el agua– actualmente está ‘envuelto’ en piedra. Es la monda.

Con este despliegue geológico, ¿como no iba a haber carbón aquí?

Y lo descubrió el fraile carmelita Agustín Montero (‘con el carbón hemos topado’ debió pensar el eclesiástico, de Naveces, dicen algunos) que se lo comunicó a Felipe II, un rey que debió flipar con Avilés, porque primero le descubren el carbón mineral en Arnao (hasta entonces la industria española funcionaba con carbón vegetal) y luego –en 1565– un marino avilesino llamado, Pedro Menéndez, le pone una pica en América llamada San Agustín de La Florida.

Hoy la de Arnao está considerada la mina más antigua de las documentadas en Asturias y también en España según opinión autorizada del arqueólogo Iván Muñiz –historiador especialista en la materia– quien con Alejandro García, dirige las importantísimas excavaciones del Peñón de Raíces.

Comenzó a explotarse como mina en 1593 (en Arancés, muy cerca de Arnao, también se sacaba carbón, según le tengo leído a José Manuel Feito), y con altibajos de producción llegó a cerrar hasta que en 1833 unos inversores belgas, que ‘andaban a vetas de carbón’ por el norte de España, vieron que Arnao era una mina, como se suele decir, y deciden abrir aquí lo que resultó ser el primer pozo vertical de la minería asturiana. La única mina en España que fue submarina y la primera que utilizó el ferrocarril, en 1836.

La cosa era tan de restallo, que hasta aquí se plantó la mismísima reina de España, Isabel II, un 24 de agosto de 1858. Y entre el canguelo de su corte, bajó enjaulada –porque que así se accede– hasta las galerías submarinas donde penosamente picaban carbón los mineros avilesinos. La noticia corrió como la pólvora y fue portada en la revista francesa «Le Monde Illustré».

Pero Arnao ha venido dando noticias desde hace la tira, por ejemplo aquí nació la industrialización de Avilés y gran parte de Asturias. Así como del movimiento obrero.

Y cuando los belgas se percataron de que el carbón que salía de la mina de Arnao no era bueno para la fabricación del hierro pero si para la del zinc, constituyeron –en Bélgica, claro– la “Societé pour la production du zinc en Espagne” que dará lugar en 1854 al establecimiento de la Real Compañía Asturiana de Minas en Arnao –a pie de mina– y más tarde en San Juan de Nieva donde con el tiempo daría en llamarse Asturiana de Zinc S.A. (AZSA) y que actualmente es la mayor factoría productora de zinc del mundo.

Arnao se divide en dos barrios: La Fábrica y La Mina, entre los que se reparten los elementos que conforman lo que el Estado español ha declarado Conjunto Histórico Industrial de Arnao (Castrillón). Un episodio aparte.

En La Mina, con su hermoso castillete de zinc –con tejado como de balneario de ‘mirando al mar soñé que estaba junto a ti’– está el Museo de La Mina. En tiempos hubo un teatro llamado La Mina, y también un restaurante y hasta un campo de fútbol llevaron ese nombre. Ahora solo el Museo es el protagonista que multiplica y escenifica gran parte de lo que aquí se escribe. Y hasta él comienzan a llegar gentes atraídas por la fabulosa historia industrial del lugar.

Historia, que es interminable si hablamos de su patrimonio geológico que empieza a ser gigantesco. En Arnao se puede ver, palpar y hasta fotografiar la prehistoria.

Un lugar mágico.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta