El Comercio
img
Fecha: junio, 2014
José Cueto y su céntrica calle, que acaba en un bosque
Alberto del Río Legazpi 29-06-2014 | 11:11 | 8

La madera fue la cuestión en la vida de José Cueto González-Carbajal, industrial avilesino que tuvo un gran aserradero muy próximo al lugar donde se instalaría más tarde, en 1903, la nueva iglesia de Sabugo.

Como alcalde de Avilés –desde el 1 de julio de 1891 al 1 de enero de 1894– cuando la ciudad rozaba los 10.000 habitantes, dejó huella por sonados acontecimientos que tuvieron lugar durante su mandato, fueran o no fruto de su trabajo político.

Por ejemplo, la histórica entrada en servicio de la dársena de San Juan de Nieva, en 1893. Y en aquel mismo año, el nacimiento de El Bollo (primer festejo de masas de la historia avilesina), así como la puesta en marcha, el 4 de julio de 1893, del tranvía a vapor (el primero de Asturias) más conocido como ‘La Chocolatera’, que cubría el trayecto Avilés–Salinas. También destaca la inauguración del puente metálico de San Sebastian (19 de octubre de 1893).

En cuanto al jocoso asunto del Parche, nombre (cariñoso hoy, que en su día saltaron chispas) adjudicado a la plaza de España por una obra malhecha –según muchos y de ahí el nombre– durante su mandato como alcalde, tengo datos –un episodio aparte– que demuestran que no fue él, sino su teniente de alcalde (Juan Rodríguez), como alcalde en funciones, el responsable del alboroto.

José Cueto (1844-1899), miembro del Partido Liberal de Avilés, fue hombre de modernos horarios europeos cuando España dormía largas siestas de pijama, padrenuestro y orinal. Dicen que «Vivía como un artesano, madrugaba mucho, comía a las doce y se retiraba al ocultarse el sol». Fue persona desprendida que cedió terrenos suyos al municipio para abrir una nueva calle que iría, con el tiempo, desde la plaza de la República (nombre que tomó, el 8 de mayo de 1931, la hoy plaza de La Merced) hacia la zona del Quirinal.

La calle de José Cueto fue creciendo sin prisa pero sin pausa. Hoy mide 1.129 metros. Primero fue residencial, luego los chalés fueron sustituidos por edificios de altura, cuya máximo exponente es el conocido como ‘Maspalomas’.

En esa zona, donde se ubican los mayores aparcamientos (parking) de Avilés, estuvo el antiguo recinto de La Exposición, dedicado en origen a feria ganadera y hoy es plaza despejada para el ocio. Aquí también está plantado, desde 1943, por el alcalde Román Suárez-Puerta Rodríguez, el estadio que hoy lleva su nombre.

La calle se cruza con otras, todas recientes, que llevan nombres de políticos de ámbito nacional como los exministros avilesinos José Manuel Pedregal y Fernando Morán, la diputada Dolores Ibarruri o alcaldes locales como José López-Ocaña, Francisco Orejas o José Antonio Rodríguez. A los que se suma el científico Eduardo Carreño Valdés.

Después del estadio hay una preciosa alameda, por donde iba el río, delimitada por dos conjuntos escultóricos del artista Ignacio Bernardo, titulados ‘Espacios para el ser y el estar’.

Luego atraviesa glorietas, como la formada por las calles Fuero de Avilés, El Quirinal y Juan Uría Ríu (que se sepa que en Avilés también hay calle Uría) y hasta un parque que lleva por nombre María Zambrano, terminando poco más allá la calle –justo después de cruzar la glorieta que José Cueto forma con Victoria Kent y Flora Tristán– con sus dos últimos edificios  se ven frenados por un bosque.

La realidad, que siempre abusa de la ficción, ha hecho posible que la calle dedicada –en tiempos de la II República– a un exalcalde, haya crecido más de un kilómetro hasta terminar hoy –en tiempos de la monarquía parlamentaria de 2014– nada menos que en un bosque tupido, regado por un arroyo que nos remite al famoso –en la historia de Avilés– río Tuluergo hoy encauzado en una bóveda al entrar en zona urbana y atravesando bajo tierra El Quirinal, Las Meanas y centro urbano, para terminar desembocando en la Ría.

Pero paro, de momento, aquí la historia y dejo atracado o amarrado, este intríngulis del Tuluergo, para mojarme otro día en él.

Hoy el protagonismo es el de una calle, más larga que un día sin pan, que naciendo en el centro de la ciudad muere en un bosque. Final de una lógica aplastante, pues recuerden que, para José Cueto la madera fue una cuestión vital.

Estaba cantado. Y él estaría encantado.

Ver Post >
Histórico centenario de la aviación en Avilés
Alberto del Río Legazpi 22-06-2014 | 11:11 | 5

El primer ciudadano avilesino que vio la villa desde el aire fue Rodrigo González, en el verano de 1914, cuando volar constituía una verdadera heroicidad.

Por entonces, Avilés, vivía excepcionales momentos en los negocios portuarios y de almacenistas, gracias a su neutralidad en la primera Guerra Mundial que permitía a España abastecer a ambos bandos y por el puerto avilesino salía mercancía a punta de pala. También, por aquel año, abrió el hotel ‘Esperanza’ de Salinas y cerró ‘El Diario de Avilés’. Y los marqueses de Ferrera hicieron saber a sus amistades que habían batido un record al invertir poco más de nueve horas en un viaje a Madrid en coche. No sabían que el automóvil que estaba naciendo (no llegaba a 30 el parque automovilístico avilesino) ya se había quedado antiguo el invento, con la llegada de un artefacto volador a Avilés aquel mismo año.

Desde Llaranes –que a poco que te fijes está en muchos guisos históricos de Avilés– despegó una avioneta, en el verano de 1914. Las escasas noticias dan cuenta que «en un avión ‘Ponierd’, el arriesgado avilesino Don Rodrigo González, se elevó desde un campo de Llaranes, y realizó una comple­tísima exhibición aeronáutica ante sus compueblanos». Luego fuese el avión y hubo años y años sin noticias aeronáuticas, excepto las trágicas derivadas del doble bombardeo aéreo –un episodio aparte– del Avilés republicano durante la Guerra Civil.

En1952 habilitaron un campo de aviación en los llanos de Llanera para establecer una línea regular de pasajeros con Madrid. Este aeropuerto, de La Morgal, se clausuró en junio de 1963 ‘por razones técnicas’. Hay que decir Llanera era una de las zonas más alta densidad de niebla en Asturias. Es cosa sabida.

Así que me quedo con la copla de aquel piloto avilesino de 1914, que había estudiado en la Escuela de Aviación de Getafe, donde Juan de la Cierva hizo volar el primer autogiro, que como se sabe es el padre del helicóptero.

En Asturias también hubo autogiro, faltaba más. La cosa empezó a volar en los años cuarenta y tuvo un éxito multitudinario: el madreñogiro. Publicaciones, cromos, teatro y hasta película avalan el invento del genial dibujante Alfonso Iglesias, autor de los personajes Pinón y Telva. Y de Pinín, «que de Pinón ye sobrín» y que era el piloto del artefacto que viajaba por todo el mundo en el madreñogiro, un revolucionario transporte consistente en una madreña que tan pronto servía de barca como volaba gracias a las hélices movidas por un muelle de fragua de ferrero.

Pinín fue el piloto de ‘El Principito’ asturiano. Si el autor del famoso libro, el aviador francés Antoine de Saint–Exupèry, hubiese vivido en Taramundi o en Covadonga, también hubiese embarcado al protagonista de su obra literaria en el madreñogiro, paradigma de las históricamente desastrosas infraestructuras asturianas por tierra, mar y aire.

Tal era nuestra miseria en esto de las comunicaciones, por ejemplo en 1968, que ni teníamos una autopista ‘Y’ a la que echarnos a la boca con aquellos Seat 600, que quemaban juntas de culata por los caminos que el imperio romano nos había trazado cuando intentó colonizarnos hace veinte siglos. Los miles de ‘seiscientos’ se despeñaban por nuestros miles de históricos baches. Ahora tenemos una Autovía del Cantábrico que, a su paso por Asturias, está aún sin terminar habiendo comenzado las obras hace un cuarto de siglo. Histórico.

Y de la variante ferroviaria de Pajares ¿Qué decir?

Por eso, porque durante siglos tan caras se vendieron –y siguen vendiéndose– las infraestructuras viarias, terciarias, ferroviarias y cuaternarias es por lo que el miércoles 18 de junio de 1968, podemos decir que se produjo un hecho milagroso. Aquel histórico día le aterrizó todo un aeropuerto a ésta región de la Reconquista, de don Fernando Alonso, el de la Fórmula-1, y de doña Letizia Ortiz, Reina de España desde el jueves pasado. Histórico.

El prodigio, sucedió en la comarca de Avilés y municipio de Castrillón, por tanto no digan Ranón, porque es población del municipio de Soto del Barco, cuyo nombre me suena a angulas. Las instalaciones aeroportuarias ocuparon fincas castrillonenses, mayormente de Anzo, Santiago del Monte (como bien enseña mi amigo Román L. Villasana), Bayas y alguna de Naveces. Y tampoco digan Aeropuerto de Oviedo, como se empeña alguna compañía aérea, porque su nombre oficial es Aeropuerto de Asturias.

Decía que fue en 1968 cuando se produjo el portento de ver como aterrizaba un aeropuerto en Asturias. ‘Aterrícenmelo como puedan, pero en Asturias’ habría dicho el general Franco, entonces jefe del Estado, a los de Fomento de entonces. Y un avión tomó tierra en Castrillón y Francisco Franco fue nombrado ‘Alcalde Perpetuo de Avilés’, aunque años después fuese destituido, como tal, por otra corporación, hecho ocurrido el 15 de noviembre de 2007. Histórico.

Por cierto que un año después de aquella inauguración aérea, acudió a Madrid (en autobús, no en avión) a entregarle, a Franco, el bastón de mando y la medalla de la ciudad, una delegación avilesina presidida por el alcalde Fernando Suárez del Villar, junto con el secretario del Ayuntamiento, Jaime Villanueva, y los concejales: Enrique Alonso, Ignacio Menéndez Trabanco, Fructuoso (‘Toso’) Muñiz, Emilio Alonso Illobre, Benito Fernández, Francisco Prieto, Gerardo García Blanco, Manuel Figueiras López-Ocaña, César Blanco, Alejandro López-Ocaña y Jesús Fernández (‘Miñán’).

Todos iban de chaqué, prenda obligatoria en las audiencias del Jefe del Estado. Y al regreso, al salir del acto, los nervios quizá les habían hecho subir al autobús sin haberse cambiado el traje de ceremonia. Y como ancha es Castilla, y con el sol en todo lo alto ni te digo,  y como allí los pueblos escasean a orillas de la carretera y que para coronar la faena el vehículo no llevaba aire acondicionado, pues convirtióse el autobús en un infierno. Tal era el sofoco que no pudiendo aguantar más, y en plena, pelada y soleada meseta castellana, mandaron parar al chofer del autobús y bajaron en tropel a mudarse de traje, en un descampado no lejos de Villacastín, sin reparar que el tráfico era constante en la carretera, causando el asombro –lo tiene contado Venancio Ovies, que viajaba como periodista– de «los automovilistas que circulaban por la carretera y pudieron presenciar el más insólito strip-tease a cargo de gentes, muchos de ellos, cargados en carnes y maduritos». Nunca supieron que era la Corporación de la Villa de Avilés en calzoncillos. Histórico.

El caso es que desde 1968 el aeropuerto fue creciendo (con obras de ampliación realizadas en 1982, 1994 y 2003), en medio de alegrías y pesares. Y de contratiempos técnicos como los derivados de la niebla ‘meona’ tan propia de estos últimos tiempos azotados por el cambio climático, aquello que muchos decían que era ciencia ficción. Se instalaron millonarios sistemas antiniebla pero –que si quieres arroz Catalina– no había química entre torre de control y pilotos. Ahora no se.

Pero sí se, que de aquel madreñogiro (del principito Pinín) queda un hermoso prototipo, obra de Luis Fernández, en una luminosa esquina de la zona de Salidas del Aeropuerto de Asturias. Yo creo que ésta maqueta es una gigantesca alegoría a la importancia que concede AENA (Aeropuerto Españoles y Navegación Aérea) a la ciencia ficción aérea en Asturias, quizá para paliar la realidad que supone la anulación de vuelos y ausencia de viajeros  y que, de seguir así, hará que el aeropuerto asturiano cierre el año 2014 por debajo del millón de pasajeros, algo que no ocurre desde hace una década.

Histórico.

 Postdata.- El tiempo vuela también para ‘Los Episodios Avilesinos’, que despegaron de éste periódico el 12 de junio de 2011. Un placer.

Ver Post >
El palacio de Balsera
Alberto del Río Legazpi 15-06-2014 | 11:11 | 9

    En Avilés, si usted no conoce, y pregunta por el palacio de Balsera, tiene bastantes probabilidades de que lo dirijan al que no quiere, suponiendo que usted desee ver el verdadero palacio y que es el que acapara la esquina entre la plaza Álvarez Acebal y la calle Julia de la Riva.

   Porque hay otra céntrica esquina –otro lujo arquitectónico– que es la formada por la calles La Cámara y Cuba y donde está la casa del indiano Eladio Muñiz edificada –a su regreso de Manzanillo (Cuba) donde había amasado una fortuna en la industria tabaquera– en 1903. El caso es que, años más tarde, el indiano que había construido la espléndida casa como regalo a su esposa, se la vendió al empresario Victoriano Fernández Balsera, que a su vez se la regaló a su hija Josefina, quien a su muerte la donó a la parroquia de Sabugo. De ahí que el edificio sea conocido, por muchos avilesinos como ‘la casa de Josefina Balsera’ y también ‘la casa de Balsera’. Sin embargo ha de quedar claro que el nombre correcto es el de su constructor, o sea ‘casa de Eladio Muñiz’. Llamarla de otra forma, por ejemplo y por hacerse el gracioso ‘la casa regalada’, es alimentar la confusión.

    A estas alturas, creo llegado el momento de decir que Victoriano Fernández Balsera era un muy destacado ciudadano avilesino y no hará falta añadir –después del detalle de sus céntricas propiedades palaciegas– que era un hombre de posibles. Pero, sobre todo, era un tipo que sabía mucho de la vida, quizá por haber nacido en hogar humilde y trabajado, en lo que pudo y como pudo desde muy joven. Y no sigo, que la historia de un personaje de este porte, es digna de episodio aparte y el periódico no me paga novelas.

   Volviendo a la cosa inmobiliaria, es preciso saber que una de las consecuencias del revolcón urbano que sufrió la ciudad entre finales del siglo XIX y principios del XX, fue el nacimiento de nuevas calles, una de ellas la de Julia de la Riva, una rica hacendada que en 1904 otorgó al Ayuntamiento, gratuitamente, edificios y terrenos de su propiedad con la sugerencia de la «apertura de una nueva calle que partiendo de la plaza de San Francisco [Álvarez Acebal, hoy] enlace con la Fray Valentín Morán [Cabruñana, actualmente]».

   Pocos años después, y con la nueva calle Julia de la Riva (nombre de lo más propio, hablando de calles de Avilés) hecha realidad, Victoriano adquiere en ella terrenos para construir, al inicio y en la margen derecha, su palacio y jardín.  En la izquierda edificios auxiliares.

   Diré que el palacio de Balsera es espectacular y que su arquitectura genera encontradas opiniones, que van desde «esto es la gloria bendita» a «jó, con la tarta merengada ésta». Y añadiré que sea como sea, y artísticamente hablando, el caso es que está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1991, lo que lo dice casi todo.

   Otra cosa es el misterio que hay sobre sus datos, tanto de su exacto estilo arquitectónico, como de la autoría del mismo, así como el de los años de inicio de la construcción y finalización de las obras.

   Sobre esto último se barajan fechas que van de 1909 a 1915, pero parece que en 1917 aún estaba en obras. Así lo delata una pequeña ‘etiqueta’ que luce en la espectacular vidriera que da luz al patio interior del edificio, y cuyo texto es: «Delclaux y Cia. Bilbao 1917». Y hay más pruebas gráficas que puede (aún no tengo permiso para mostrarlas) que demuestren que en 1923 aún estaba sin terminar.

   Sobre su autoría se citan los nombres de dos arquitectos, uno llamado J. Costa Recio y otro de apellido Palacios, pero (y aquí viene otra confusión más) unos dicen que Fernando y otros que Antonio.

   Dicho todo esto, y porque forma parte de la historia del palacio, han de saber que en esta propiedad dicen que habitó un fantasma, y de nombre inglés, para más inri. Y no se crean que es leyenda local, que la cosa ha trascendido a nacional merced al programa televisivo ‘El cuarto milenio’ de Iker Jiménez. Si se meten en Youtube y buscan por «balsera fantasma cuarto milenio» se van a enterar de lo que vale un espectro.

   Desde 1982, el palacio es propiedad del Ayuntamiento de Avilés, que le puso música convirtiéndolo en sede del Conservatorio Municipal, otro episodio aparte.

   El de Balsera es un edificio que llama la atención al más pintado por su ornamentación, balcones, miradores y rejería. Tiene varias alturas, dos plantas en el cuerpo principal, tres en el resto, excepto en la torre que son cuatro. Tuvo unos espectaculares jardines versallescos, pero fueron podados, en cuanto a superficie y en parte edificados. Vaya por Dios.

   Choca mucho (mismo dueño, opuestos estilos) el contraste arquitectónico de esta mansión de tanto abigarramiento decorativo, con la sencillez arquitectónica de los también famosos Almacenes Balsera, a orillas de la Ría.  

   El palacio de Balsera está situado en una de las zonas más espectaculares de Avilés, desde el punto de vista monumental. Un sitio que le hace justicia, tanta como él le hace al sitio.

Ver Post >
Según sales por la Ría de Aviles y a mano derecha
Alberto del Río Legazpi 08-06-2014 | 11:22 | 9

Para leer este episodio no hace falta tener barca o embarcarse. Solo ponerse en el punto de vista de un navegante, mediante un sencillo ejercicio de  memoria visual o una foto aérea, y saber (cosa difícil para algunos) donde está la derecha y donde la izquierda. Mojándose, también se puede hacer.

Por tanto, según sales navegando, o nadando, por la Ría de Avilés hacia el Océano Atlántico, hay que saber que a tu izquierda (margen izquierda de la Ría) siempre estuvo todo, desde los tiempos de Maricastaña y hasta el siglo XIX, en Avilés. Es decir: la villa a la que la Historia regó con monumentales edificios y singulares calles atechadas, luego el pueblo marinero de Sabugo, más allá el castillo de Gauzón –cuna del símbolo de Asturias–  y mucho más allá, la mina de Arnao, que aparte de ser submarina, fue la madre de todas las minas, antes de que existiesen el mismísimo Pozo María Luisa y la mina La Camocha, donde inventaron Comisiones Obreras.

En todo ese tiempo, la mar de siglos, la orilla de la derecha fue ignorada como si no hubiese pintado nada. Tanto es así, que el primer puente sólido que las unió fue el de San Sebastian, en el siglo XVI, cuando teníamos el agua en casa porque el puerto estaba entre lo que hoy conocemos como calle La Muralla y parque El Muelle.

Pero la margen derecha es mucho más. En los últimos tiempos ha tomado el relevo en la cosa del magnetismo industrial, milagro tan propio de la Ría avilesina y que a lo largo de la historia se mostró y demostró solamente en la margen izquierda, donde se asienta la ciudad, al borde del mar –pero separada por unos metros, que son un mundo que discurre entre tres semáforos, más dos vías terrestres y otras dos de ferrocarril– en la carretera de San Juan (oficialmente Avenida Conde Guadalhorce), hoy adornada con un sensacional paseo marítimo y donde están instalados los muelles deportivo, pesquero y finalmente el industrial de Raíces, en San Juan.

La margen derecha, en la zona más próxima a la ciudad fue, desde que se tiene memoria, una llanura húmeda que almacenaba ciénagas insalubres, que fueron saneadas y reconvertidas en fincas de labor y praderías llamadas Las Huelgas, nombre que no es casual pues, como se sabe una, de las acepciones del término huelga es el de terreno de cultivo especialmente fértil. Y eso ocurrió en el siglo XIX.

En aquellos terrenos fértiles se asentó, a mitad del siglo XX, una buena parte de la factoría de ENSIDESA, construyéndose nuevos muelles para la actividad industrial, hoy ampliados, en el centro del estuario, que de tan nuevos creo que no están ni bautizados (pues se les viene llamando, indistintamente, Las Canteras, El Estrellín y Valliniello) cuando se tiene, a punto de caramelo, la recuperación de topónimo tan singular, universal e histórico como San Balandrán, amparándose en la proximidad de la desaparecida isla y también la recordada playa denominadas con el nombre del navegante santo irlandés.

A la defunción de ENSIDESA correspondió un luto riguroso de tráfico marítimo siderúrgico en la dársena de San Agustín. La ausencia de embarcaciones de/con productos industriales está siendo solventada, en parte, en los muelles de la margen izquierda con el nuevo puerto deportivo y en la margen derecha, con el nuevo muelle Sur, contiguo al nuevo complejo cultural internacional Oscar Niemeyer, y que se ha convertido en zona de atraque –jardín japonés incluido– de los cruceros internacionales que visitan la ciudad.

El Niemeyer, avanzadilla de la margen derecha, está a seis minutos, andando, del Parche (Plaza de España). Este centro cultural es un invento, magnífico, del siglo XXI.

Como invento, y éste toponímico, de siglo anterior fue el del pueblo de Zeluán, situado a continuación del muelle de aquella ENDASA que hoy es ALCOA  y de la naufragada, por contaminación aguda, playa de San Balandrán. En Zeluán –un episodio aparte– confluyen la maravillosa ensenada de Llodero (declarada Monumento Natural) y la charca de Zeluán, parada y fonda de multitud de aves en sus desplazamientos intercontinentales.

A la ensenada también da el ‘Pabellón de verano’ de la familia Maqua, hoy despellejado por el abandono y camuflado en un bosque. Precisamente cuando los Maqua mandaron construir, en el siglo XIX, un malecón al lado de esta residencia, uno de los obreros (antiguo combatiente en la guerra de Marruecos) que cargaban vagonetas con tierra para al dique y al que –por lo que se ve– la obra le recordaba su estancia militar en la población de Zeluán (al sur de Melilla) comentaba, siempre que soltaba cada vagoneta con material para la obra: «¡Ahí va tierra para Zeluán!» Y tal nombre africano le quedó a este paraje de la Ría avilesina. Esto lo tiene contado Ricardo García Iglesias, oficial de la Armada española, nacido en esta margen derecha del estuario y la persona –a mí entender– que atesora más conocimientos generales sobre la Ría.

Por esta zona bendecida por la naturaleza, mira tú que cosas, está la estación central del colector industrial del saneamiento de Avilés.

Pero donde no hay paradoja que valga es en el anclaje –lógico a rabiar– de los astilleros que, dale que te pego, siguen productivos al lado de San Juan de Nieva, el de la margen derecha, el antiguo, el San Juan de te lo juro por mi madre. Porque el de la otra margen, hoy pobre de población y millonario en contaminación, nació en el siglo XIX cuando se construyó el puerto industrial.

Y con el San Juan primigenio ya nos metemos de lleno en la fabulosa península de Nieva –otro episodio aparte– lugar mágico donde los haya, tanto en Asturias como en el norte de España.

Se suceden las maravillas en Nieva, la antigua Noega, donde al mar quebrado en curva le dicen ‘Pachico’, o aquel primer hotel ‘La Rosa’, de película (tal que ‘El Gatopardo’ de Visconti) y los primeros baños públicos de Avilés, o esa Peña del Caballo, que no es una peña cualquiera, y luego la fuente del Emballo, el Arañón y el Faro, donde hasta Woody Allen –el músico de Manhattan– estuvo filmando.

Aquí en esta península mítica de Nieva, donde está enclavado el Faro –al que casi todos decimos de San Juan por justicia geográfica, pero cuyo nombre oficial es Faro de Avilés– tiene la histórica Villa su Finisterre.

Fin de la tierra de Avilés, sí. Pero también umbral, si se viene de la mar salada. Que todo depende del punto de vista, como decía al principio, del navegante o del bañista.

Ver Post >
El bosque de San Francisco, nuevo en el casco histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 01-06-2014 | 11:11 | 2

En Avilés un bosque ha nacido y muchos no saben como ha sido. Está situado en las inmediaciones de la iglesia de San Nicolás de Bari (siglos XII-XIV).

Este curioso caso tiene sus antecedentes en 1858, con motivo de la visita de Isabel II a Avilés (con aquel su histórico descenso a la mina de Arnao) cuando se da el nombre de «Jardines del Príncipe Alfonso» –su hijo, que reinaría con el nombre de Alfonso XII– a la pequeña rinco­nada existente delante de los Caños de San Francisco. En 1867 se regulariza el terreno de la Campa de la Iglesia, delimitan­do con muro lo que quedaba ane­xo a ella, haciendo retroceder unos metros a la fuente de los caños de San Francisco para encastrarla en dicho muro… todo ello para salvar el desmonte del terreno (que quedó, más o menos, tal y como lo vemos ahora) y urbanizar el espacio así como la calle de «La Canal», que es como se llamaba la descendente de Galiana, a su paso por delante del templo, y a la que en 1903 se le dio el nombre de «General Lucuce», cambiado en 1938 por el de «José Anto­nio Primo de Rivera», y a partir del 18 de julio de 1979 denominada como «San Francisco».

En la década de los años cuarenta del pasado siglo XX, se plantaron cuatro tilos en la Campa de los que sobreviven dos, que alcanzan una altura cercana a los 20 metros.

Años más tarde, en 1995, con la siderúrgica ENSIDESA feneciendo, sus diezmadas instalaciones cambiando de nombre, miles de empleo viniéndose al carajo y hasta los mismísimos economatos (santo y seña) esfumados, cosa ocurrida el 3 de noviembre, infortunado día en el que miles de avilesinos nos enteramos lo que valía un peine en un supermercado normal.

Y digo que fue en ese año cuando Avilés comenzó a dar brillo y esplendor a su faz urbana. Un plan del arquitecto Mariano Bayón, el mismo que había rehabilitado el Palacio Valdés. Y si el teatro mereció plácemes generalmente unánimes de la ciudadanía, la remodelación mereció pésames rotundos, tanto que algunos elementos tuvieron que ser retirados como unas farolas (especie de cajas de zapatos con bombilla dentro) en la calle Galiana, diseño (creo) del arquitecto.

También hubo planes y planos de Bayón que fueron archivados (siendo alcalde Agustín González), como un enorme mástil en la plaza Álvarez Acebal, la cubrición de toda la calle de La Fruta con una cubierta de cristal, o el ‘pifostio’, acceso al parking, que quería plantar ante el palacio Ferrera y que el Alcalde (entonces Santiago Rodríguez Vega) denegó ordenándole un modelo menos agresivo.

El bosque de San Francisco, con la iglesia al fondo

No obstante ahí quedó la urbanización de la plaza Álvarez Acebal y la calle de San Francisco, donde aparte del agobiante granito sobresalen unas especies de sarcófagos (con razón decía yo lo de los pésames), que intentan ser bancos. Todo ello provocó, en el personal, estupor cuando no cabreo.

Y ya puestos, el urbanista y arquitecto Bayón plantó –ante la fuente de los Caños de San Francisco– 16 plátanos (especie arbórea, oiga por favor) unidos en forma de pérgola vegetal.

Para ejecutar esta obra, se vendimió la alfombra verde que estaba delante de los caños, citada antes (la del Príncipe), un jardín de media altura –popularmente llamado ‘el jardín de los Caños’ y también ‘El Jardinín’– que completaba el conjunto vegetal-arquitectónico, junto con los tilos de la Campa, de un modo armonioso, embe­lleciendo sin ocultarlos, la fuente de los Caños y el rincón que los mismos forman con el Palacio de Ferrera.

Hoy, los nuevos árboles, más los dos enormes –y benditos– tilos de la Campa conforman todo un bosque en pleno casco histórico. Todo un oasis en pleno desierto granítico.

La frondosidad del bosque de San Francisco...

Pero, ocurre que la fuente –todo un símbolo icónico del casco histórico avilesino– no está singularizada visualmente, al taparla los árboles [digamos que] de Bayón, lo que por otro lado tiene su natural lógica ya que todo bosque tiene fuentes… Aunque cogiendo el rábano por las hojas, también podemos argumentar que los árboles plantados impiden ver el bosque, artístico en este caso, de los maravillosos caños de San Francisco (siglo XVII).

Total, que el arquitecto nos ha dejado con la duda, a mí al menos, de que o se ve la fuente (para lo que hay que quitar los plátanos y reponer los jardines) o que todo siga igual, que dice Julio Iglesias por ejemplo. Yo no se ustedes…

Y además es un bosque sin nombre. ¿Dónde se vio cosa igual? Y encima en el cogollo de uno de los cascos históricos más destacados del norte de España… Razón por la cual, éste menda –y dado que la autoridad correspondiente no lo hace– ha decidido bautizarlo como ‘Bosque de San Francisco de Avilés’.

Digo yo.

Ver Post >
Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta