El Comercio
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Fecha: julio, 2014
La Ladrona y La Deva, islas a babor de la Ría de Avilés
Alberto del Río Legazpi 27-07-2014 | 11:11 | 2

Cuando la Ría de Avilés se embarca en la mar, tiene a estribor las tierras de Gauzón con sus islas del Carmen y Herbosa, mientras que a babor están La Ladrona y también La Deva, en dominios de Castrillón, comandancia marítima de Avilés.

En la costa asturiana existen unas 14 islas, tan pequeñas que se las suele denominar islotes, luego hay otras, con tan poca superficie que aún formando parte de archipiélagos, también diminutos, no tienen entidad para ser singularizadas con una denominación. Y eso a pesar de que hay una bautizada como La Islona y que pudiera, por el nombre, deducirse que está en Gijón, pero es de Llanes.

De entre todas ellas destacan las dos citadas de Castrillón y por distintos motivos. Una, La Deva, porque con sus aproximadamente 500 metros de extensión y 90 de altura es la mayor isla de Asturias. Y la otra, La Ladrona, por su singularidad que ha venido generado leyendas que terminaron dando en un libro.

Ambas islas con la particularidad de tener a su derecha –perdón, a estribor– una playa adosada. La Deva tiene el mayor arenal de Asturias como es la playa del Sablón, a la que algunas publicaciones denominan, seguro que ateniéndose a normas geológicas, con el horrible nombre de playón. Mientras La Ladrona tiene a su vera la de Santa María del Mar.

La Ladrona es isla a tiempo parcial y de propiedad privada. Cuando baja la marea queda comunicada con tierra costera. Tan evidente y palpable es la unión que, en la bajamar, que tienen llevado hasta a ella a las ovejas para que pastasen, en la isla, el tiempo que dejaba la mar hasta que comenzaba a subir. Esto recuerda a la desaparecida (fue merendada por una draga en los años 40) isla de San Balandrán, de la Ría de Avilés, donde pastaban vacas que tenían paso franco desde tierra en la bajamar, lo que a mi entender le quitaba el halo de romanticismo que generaba nombre tan potentemente mítico.

Y hay otra cosa que une, en el recuerdo, a San Balandrán con La Ladrona y es que ésta última tiene (cosa que merece la pena ver) un bufón que se puede apreciar con las pleamares grandes o las marejadas fuertes. Con el bufón en acción La Ladrona se asemeja –expulsando chorros de agua por su parte alta– a una ballena, cetáceo que la leyenda identifica como una de las manifestaciones de la isla errante de San Balandrán aquella que aparecía y desaparecía en la profundidad de los mares.

La ballena empedrada que es La Ladrona de Santa María del Mar,  también cuenta con una galería submarina que la atraviesa de este a oeste, así como  una cueva de dimensiones considerables, elementos que dan mucho de si para la imaginación. Por ejemplo, circularon leyendas de que atraía cadáveres de ahogados, lo que dio lugar a que fuera bautizada como Ladrona. Y no paró ahí la cosa, porque afirmaban que un calamar gigante –oculto en la cueva– atrapaba a la gente, cosa que tiene su sentido ya que cerca de aquí está el Cañón de Avilés, donde parece ser que habitan los calamares más grandes del mundo. Lo de los cadáveres es verdad, pero es debido a que las corrientes arrastran hasta el inocente islote los cuerpos sin vida. 

Todo esto tenía que dar lugar a un libro, en este caso de narrativa infantil, escrito por Rubén Serrano titulado ‘La roca maldita’.

Y la que es de cine es La Deva, y si no preguntarle a Woody Allen que colocó a Rebecca Hall y a Javier Bardem en el faro de Avilés, con La Deva al fondo. Aparte de que casi todos los documentales generalistas sobre Asturias la incluyen como imagen destacadas.

Su nombre proviene de una divinidad prerromana asociada con el culto al agua y es una isla muy visible por tierra, mar y aire. Por tierra (desde la turística Senda Norte), por mar (por motivos obvios) y por aire porque que está situada, prácticamente, a los pies del Aeropuerto de Asturias. A la fuerza tenía que trascender y así La Deva tiñó con su nombre bendito lugares dedicados al ocio y a la  educación, bautizando un jardín público en Salinas (parque de La Deva) o un centro educativo en Piedras Blancas (Instituto de Enseñanza Secundaria Isla de La Deva).

La Deva, junto con la playa de Bayas que tiene a un costado, es un conjunto que ha sido declarado Monumento Natural. Adviértase la singularidad, bañada de connotaciones eróticas, de las islas castrillonenses, y por extensión avilesinas: La Ladrona es transformista, ya que muda de ínsula a península (y viceversa) al ritmo mareante de las mareas, y La Deva que, aparte del Sablón, tiene enfrente la nudista playa de Requexinos, abrigada solamente por la vegetación.

Si esto lo hubiesen pillado Azcona y Berlanga hubiesen hecho maravillas fílmicas.

 


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La fuente de los caños de San Francisco
Alberto del Río Legazpi 20-07-2014 | 11:11 | 3

Cuando la fuente de los caños de San Francisco entró en servicio, entre siglos XVI y XVII, junto con la de los caños de San Nicolás, ya existía desde hacía años la de La Cámara, y también en Sabugo, pero no la de los caños de Rivero, que aún tardaría años en construirse.

Y puesto que la fuente de La Cámara que da nombre a dicha calle –y que estuvo ubicada en lo que hoy es el cruce de ésta con la de San Bernardo– fue sustituida por casas y cosos. Y dado, también, que la de San Nicolás, en principio situada en la calle La Ferrería, a los pies de la histórica iglesia (hoy conocida como ‘La de los Padres’), fue trasladada en 1891 al [entonces en construcción] parque El Muelle donde estuvo hasta 1915, año en el que fue retirada y nunca más se supo… Hemos de convenir en que la única fuente monumental que queda, de aquellos tiempos en que se extendió el arte barroco por Avilés –en forma de calles, palacios y fuentes– es la de los caños de San Francisco, uno de los principales símbolos del potencial artístico de Avilés. Y quien habla con símbolos habla con mil idiomas, decía Jung.

La monumental fuente –un icono del casco histórico– ha sobrevivido a parciales destrozos de descerebrados, a grafitis de gilipollas anónimos y también a brutalidades oficiales, como la llevada a cabo a finales del pasado siglo y desde instancias municipales, cuando para limpiarla se utilizaron materiales abrasivos que dañaron gravemente el escudo central dejándolo irreconocible.

Pero ahí sigue con sus cicatrices, produciendo un efecto imán tanto en cámaras de particulares como en las de teles nacionales y extranjeras. Antes, uno de los elementos más resaltado de Avilés resultaban ser sus mascarones, con su gastado escudo por sombrero, arrojando agua por un tubo de metal. La perfecta simetría y vitalidad del conjunto, ejercía –hoy con menos fuerza– un hechizo al que no escaparon directores de cine como José Luis Borau en 1984: “Menudo símbolo que tenéis aquí, oye” o, en 1987, Pedro Almodóvar: “Que alucine de imágenes, Alberto, hasta tienen connotaciones sexuales”.

Este monumento singular, es producto de una de las más grandes obras públicas de la historia de Avilés: la traída de aguas a la villa –realizada a finales del siglo XVI– desde el manantial de Valparaíso. Aunque sabemos que en 1488 (según acta del Concejo de Avilés del 12 de septiembre de ese año), ya existía, y procedente también de aquel lugar de Miranda, una canalización aunque muy rudimentaria y a cielo abierto. A claras luces insalubre, por lo que se acometió esta gran obra.

La fuente, a finales del siglo XX

No hay unanimidad, entre los estudiosos locales en esta materia, en cuanto a la entrada en servicio de los caños de San Francisco. Para Enrique Tessier el nacimiento ocurrió entre los años 1593 y 1595, mientras que para Justo Ureña fue en 1617. Sin embargo, Francisco Mellén señala a 1595 como el año final de la obra que, además, adjudica al maestro cantero Pedro de la Bárcena Hoyo.

Construida con material de la cantera de Bustiello y piedra arenisca, consta de un frontal del que surgen seis cabezas humanas que manan el agua hacia un pilón rectangular que adopta forma ovalada en su centro. Por encima de tres de las cabezas figuran elementos heráldicos: en los laterales, dos escudos de Avilés, y en el centro, el de armas del reino de España. Los avilesinos estuvieron años sirviéndose del agua de esta fuente para su uso doméstico y por las mismas el pilón cumplía la función de abrevadero para el ganado.

El monumento incluso generó coplas, por ejemplo cuando con motivo de su traslado, ya que se cambió de emplazamiento en 1867 hasta colocarla donde está ahora al regularizar los terrenos de la campa de la iglesia. Entonces era alcalde Simón Fernández Perdones, hombre controvertido y de fuerte carácter, y quizá por esto y por aquello surgió la copla popular:

«Don Simón se fue a bañar

a los caños de San Francisco

y los frailes repicaron

creyendo que era el Obispo.»

La fuente, en 2014.

Y aparte de coplas, también de copias. El monumento sedujo, en 2005, a una delegación de la ciudad norteamericana de San Agustín de La Florida (hermanada con Avilés), hasta el punto de solicitar una reproducción de la fuente, cosa que el Ayuntamiento avilesino realizó en moldes de silicona y fibra de vidrio y les envió como regalo. O sea que se puede decir, y con toda propiedad, que exportamos monumentos, ya que una réplica de los caños de San Francisco luce, actualmente, en la ciudad americana y frente a su edificio consistorial.

A la original, la de Avilés, la han rodeado de árboles (el bosque de San Francisco) y lo peor: de unos aterradores sarcófagos de cemento. También hay que decir que en 2009 afortunadamente se repararon daños en el monumento, pero resulta que ahora apenas mana agua y además no se entiende porqué coño han dejado sin caños a la fuente de los caños de San Francisco. Y no es coña. Que la han capado y hay que denunciarlo.

Esta es una fuente por la que merece la pena mojarse.

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Jovellanos en Avilés, un día como hoy, pero hace la tira
Alberto del Río Legazpi 13-07-2014 | 11:11 | 7

(Este relato está basado en los ‘Diarios’ del escritor, jurista y político asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811), uno de los hombres más importantes de España, en su época).

 

Mientras se afeitaba, aquel domingo veraniego en su casa de Gijón, Gaspar Melchor de Jovellanos, se fue calmando después de la ajetreada mañana que tuvo para poder cumplir con el precepto religioso dominical. La misa del alba se retrasó más de dos horas y por una o por otra cosa, nada menos que «hasta los tres cuartos para las seis».

Cumplido el rasurado, vistiose para la ocasión y una vez desayunado su habitual chocolate, cogió su diario de notas, lo introdujo en su bolsa de viaje y salió al patio, donde ya le habían preparado el caballo. Eran las 7.30 horas, del domingo 13 de julio de 1794, cuando ‘Jovino’ –pseudónimo que gustaba utilizar en sus creaciones poéticas– puso rumbo a Avilés, «en una hermosa mañana».

El viaje transcurrió por terreno del «valle de Carreño, el lugar de Tamón, y sobre todo, el de  Villalegre, de lo mejor de Asturias». Llegó a las 11.30 a Avilés, haciendo su entrada por la calle Rivero donde pudo apreciar que –desde su último viaje, hacía ya dos años– se habían efectuado grandes reformas. Luego le contarían que Juan de Llano Ponte, obispo de Oviedo, propietario del palacio que había en dicha calle, había ofrecido al Ayuntamiento avilesino empedrar la calle a sus expensas, así como obras de alcantarillado y otras reformas, a cambio de ensancharla, eliminando los soportales de un lado, que impedían el paso de carruajes.

Jovellanos, entró en la villa amurallada hasta llegar al palacio de su amigo, el marqués de Camposagrado, donde pasaría dos días.

Instalado allí recibió, casi inmediatamente, la visita de varios amigos avilesinos, entre ellos Macua y Pugmarino (sic), y donde hay que imaginarse que hablarían de lo que pasaba por el mundo, en aquel año de 1794, por noticias intermitentes que proporcionaban viajeros incansables, de la Revolución Francesa que convulsionaba a toda Europa, de la ‘extraña’ de que fuesen públicas las sesiones del senado de los Estados Unidos de América, un nuevo y enorme país que había sido colonia inglesa. Hablarían de la Asturias empobrecida y aislada –donde hoy, con la perspectiva que da el tiempo, es evidente que había poca gente de la talla intelectual de este gran Jovellanos el gran modernizador de su región– y también, claro, hablarían de Avilés. La villa, contaba entonces con cerca de mil habitantes, fue noticia porque se habían registrado graves incidentes por la impopularidad del reclutamiento para la guerra contra la Francia republicana, hasta el punto de que la oposición popular impidió que se pudiese llevar a efecto la talla de los soldados.

Después de la siesta –que Jovellanos nunca perdonaba– pasó un buen rato asomado a la espectacular galería norte del palacio Camposagrado, a pie del puerto avilesino. Contempló, a la izquierda, el gran terreno (lugar hoy ocupado por la plaza del mercado o Hnos. Orbón) donde estaban instaladas las aceñas. Salió a dar una vuelta por la villa, cumpliendo con visitas a casas de conocidos, y sobre todo a pasear por el viejo puente de piedra de San Sebastián (el metálico no se construiría hasta 1893), que le daba perspectivas de la ría avilesina, que le tenía –como no– fascinado.

Así transcurrió la tarde del domingo y la mañana del lunes. Pero por la tarde de ese día, se puso a trabajar en lo suyo que era conocer y valorar la realidad, que luego plasmaba en sus históricos ‘Diarios’. Así que junto con varios amigos, tomaron rumbo a San Cristóbal de Entreviñas, llegando hasta las alturas donde se divisa el mar al fondo, y abajo el Peñón de Raíces «La montaña de la Garita (…) toda cortada perpen­dicularmente (…) prueba, a mi ver, que algún día batió el mar esta monta­ña, y robando su cimiento, causó los grandes derrumbamientos perpendiculares que se ven en ella por todas partes».

Retrato que Goya hizo de Jovellanos.

Y a continuación avanza la teoría del volcán, ya que «en la formación de esta montaña de la Garita, tan sin­gular en su especie (…) se ve una gran hendidura, que puede señalar la boca del cráter, pues aunque su forma es oblonga, pudo tomarla del curso de las aguas que allí se acumulan. No pudieron rodarse estas piedras en ningún río; creer la montaña efecto del diluvio, tampoco es fácil. No fué difícil que alguna antigua playa del mar estuviese, como otras, cubierta de este guijo; que levantada de esta inmensa super­ficie por la erupción de algún volcán, se fuesen depositando las materias que la formaron, cayendo, según su gravedad, más o me­nos lentamente. Si esto fué así, sin duda precedió muchísimos si­glos a la construcción del castillo de Gozón» donde Jovellanos está totalmente convencido que estuvo en el cerro del Castiello (Peñón de Raíces).

Bajan los viajeros a la vega de Raíces, donde estuvieron los monjes Mercedarios que se fueron al convento de La Merced en Avilés. El grupo se divide y mientras unos van al gran arenal (playa del Espartal), Jovellanos junto con Ramón Ovies y Gonzalo Muñiz (cura de La Magdalena) suben por un camino penoso al cerro, que inspeccionan meticulosamente.

«Re­conocimos en diferentes sitios los cimientos de obra antigua, que continúan en derredor toda la circunferencia de su altura; tiene sólo una subida; lo demás, escarpado, y cortado perpendicular­mente a mano, por la mayor parte en una peña de grano (…) Bien observado todo, parece que el antiguo castillo pudo haber tenido su cava o foso de agua, y que su puente levadizo y única entrada sería por la parte que dijimos del camino de Raíces».

También contemplan, desde allí, la zona de Nieva, terreno que intriga a Jovellanos por los misterios que encierra. Por ejemplo escribe que «En él dicen que hay un sitio alto, llamado el Monumento, y vul­garmente Molimentu, que sin duda viene de munimentum, y sería al­guna antigua fortificación romana. Debajo de él, hay otro sitio lla­mado la Clica. ¿No podría venir de crike, y derivarse de alguna má­quina que hubiese para atracar los navios o ayudar a su descarga?»

A la mañana siguiente, martes, junto con José Prada (Alférez de Navío)  inspecciona esa zona de Nieva, junto con San Juan y la iglesia de Laviana y «la playa de Chagón (hoy Xagó o Xagón)».

Regresan a Avilés para que el marqués de Camposagrado le acompañe a los antiquísimos molinos de aceñas, cuya fuerza motriz son las mareas «Llénanse en la pleamar, pero empiezan a media marea y muelen por espacio de cinco o seis horas». O sea que las aceñas ya no eran productivas para los tiempos que corrían (terminarían desapareciendo cuando, 70 años más tarde, desecaron la marisma, donde se asentaban, y cubrieron el río Tuluergo, para construir la gran manzana de casas que hoy alberga el mercado avilesino).

Luego visita ‘Jovino’ la tumba de Pedro Menéndez y toma detallada nota de las inscripciones, tanto de ella como del resto de enterramientos de la histórica iglesia de San Nicolás (hoy conocida como ‘La de los Padres’).

Y se acabó por este viaje. Jovellanos hizo un total de cuatro (serán episodio aparte) viajes a Avilés que, al menos, hayan quedado reflejados en sus ‘Diarios’, porque se cree que vino en más ocasiones.

«Despedida. Monto a caballo y me acompaña Prada. Todo el camino de mucho y excelente guijo; pudiera construirse un cami­no nuevo y magnífico a poca costa. Paréceme que con 300.000 reales se harían las cuatro leguas cortas, que hay a Gijón». Años más tarde, por ahí iría gran parte de la carretera Gijón–Avilés.

Gaspar Melchor de Jovellanos –bautizado como Baltasar Melchor Gaspar María de Jove Llanos y Ramírez– fue un ilustre ilustrado de mucho lustre.

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El Tuluergo, o la decadencia del río que bañó la historia avilesina
Alberto del Río Legazpi 06-07-2014 | 11:11 | 8

En Avilés, lo que es de agua, dulce o salada, vamos sobrados. Así que hoy me mojaré en un río, dejando aparte la Ría y las cerca de cincuenta fuentes que tenemos, muchas de ellas vergonzosamente abandonadas.

Entre los pequeños ríos –Alvarés, Magdalena, Arlós (o Molleda), Raíces, San Martín, Tejera, Vioño y Tuluergo– que desembocan en la Ría, destaca por su significado histórico, éste último, nacido en las alturas más inmediatas a la villa, en terrenos húmedos de agua y vino. Digo vino y digo bién.

Allí, en Miranda, está situado el manantial de Valparaíso, que desde siglos dio, a Avilés, de beber y para lavar. Y en San Cristóbal de Entreviñas –topónimo que lo dice todo respecto a su, hoy abandonada, riqueza vinícola– nace el río Tuluergo en fuente señalizada con tal nombre y sita en El Caliero.

El Tuluergo era arroyo creciente a medida que descendía hasta El Quirinal donde comenzaba a ser riachuelo, recibiendo afluentes que aunque pequeños lo convirtieron en río antes de que comenzara a mezclarse (en la marea alta) con el mar en Las Meanas, donde se quitaba la faja y comenzaba a ensanchársele el delta antes de acoplarse con la Ría. Y hablo en pasado porque hoy el Tuluergo está escondido.

Y en la desembocadura del Tuluergo –hoy tramo final de la calle de La Muralla– estuvo durante siglos el puerto de Avilés, aquel que durante un tiempo, en el medievo, llegó a ser el más importante del norte atlántico español.

El río, también fue frontera legendaria entre la villa amurallada de Avilés y el pueblo de Sabugo, precariamente comunicados (lo de ‘malhaya quien puso el puente para pasar a la Villa’, como canta la copla, no es gratuito) desde, al menos el siglo XIII, por un puente –al lado del actual Camposagrado– por el que apenas cabía una caballería con alforjas, y complementado más tarde (siglo XVIII)  por otro más apañado, en lo que hoy es calle de La Cámara.

El río está presente en la historia y vida de Avilés de distintas formas. En ‘Mayita’, novela costumbrista de Eloy Fernández Caravera, cuya acción transcurre en el Avilés de finales del siglo XIX, unos jóvenes intentan imprudentemente navegarlo bajo tierra desde el túnel de Las Meanas, donde comenzaba entonces su cauce subterráneo que seguía, mayormente, bajo la calle La Muralla hasta la Ría.

Actualmente una taberna del Quirinal lleva su nombre, como lo llevó una revista satírica –de los alumnos del Instituto «Carreño Miranda» en 1934 y 1935– dirigida por Ángel R. de la Flor Solís e integrada por Manuel Fernández Cuesta, Miguel Ángel Olamendi, Alberto Menéndez, Francisco Valdés Gárate y Manuel Abril.

En 2005, dentro del plan especial de protección del casco histórico, su autor, el arquitecto Carlos Ferrán –declarado defensor de que Avilés solicite ser Patrimonio de la Humanidad– presentó, entre varias medidas urbanas, una titulada «Eje del Tuluergo», consistente en llamativas actuaciones en torno a la zona por donde discurre subterráneamente el cauce y donde recomendaba «plantar árboles… Y también instalar láminas de agua que recuerden el paso del río».

Como ven, al Tuluergo, su familia no lo olvida. Viene de antiguo, porque San Cristóbal antes de ser de ‘Entre Viñas’, tuvo –señala Jorge Argüello, en su libro ‘Abilles’– como primer nombre San Cristóbano de Toluergo, que también fue Teruelgo y Tabuergo. Tal parece topónimo borracho.

El río fue obligado a ir retrocediendo el cauce, a cielo abierto, hacia sus orígenes a medida que los siglos avanzaban y la ciudad crecía. En el XIX, comenzaron a encauzarlo bajo tierra y en el XX fue gradualmente evaporándose del paisaje avilesino, descorriéndose (dicho sea con perdón) hasta donde hoy lo tienen escondido, allá donde acaba –de  momento– la calle José Cueto, en un pequeño pero hermoso bosque de sauces y álamos.

Pero aunque no lo podamos ver, porque no hay lugar urbano para él en esta selva de cemento, sépase que cruza Avilés bajo tierra desde El Quirinal hasta la Ría.

Y el saber no ocupa lugar. De momento.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta