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Fecha: agosto, 2014
La singular plaza de los siete nombres
Alberto del Río Legazpi 31-08-2014 | 11:11 | 0

En Avilés hay una espectacular plaza –totalmente rodeado de galerías– que alberga el histórico mercado de la Villa, concedido por los Reyes Católicos en 1478…

 
La Villa avilesina es territorio de plazas con solera histórica: El Carbayo, El Parche, Carlos Lobo o El Carbayedo son algunos ejemplos. Pero cuando dices ‘la plaza’, a secas, tu interlocutor da por supuesto que te estás refiriendo a la de Hermanos Orbón.
Algunos creen que tal surtido de nombres, de ésta plaza, es consecuencia de la inspiración perenne que ocasiona el recinto. Otros que es la demostración de la imposibilidad para bautizar un espacio arquitectónico tan singular, creado en el siglo XIX, cuando la ciudad se estiró –urbanísticamente– de forma tan efectiva como brillante.Sin embargo es lugar de hasta con siete nombres en el imaginario popular, desde este ‘La Plaza’ hasta los que remiten a conceptos mercantiles, como plaza ‘del Mercado’ o ‘de Abastos’. O geográficos: ‘Las Aceñas’. Aparte, claro, de los legales: ‘Plaza Nueva’, que es el primer nombre adjudicado por el Ayuntamiento, desde su construcción hasta el 28 de octubre de 1938, cuando lo cambió por el del escritor y periodista ‘Julián Orbón’, que luego sustituyóor el de ‘Hermanos Orbón’ (músicouno y literato e otro) el 12 de agosto de 1965.
Se desecaron marismas insalubres que dividían Avilés hasta decir basta. Y así, sustituyendo líquido por sólido, nacieron esta plaza y los parques del Muelle y del Retiro. Y detrás, claro, el desarrollo urbano de gran parte de la ciudad.
Quedémonos con la copla de que hasta hace unos ciento cuarenta años, el mar llegaba hasta Las Meanas, que fue el nombre que, posteriormente, heredó el citado parque del Retiro. Tela marinera.
La fuerza con que entraba, en el que hoy es centro de Avilés, se puede ilustrar con el hecho de que el nombre del lugar, fue: Las Aceñas, porque en este espacio estuvieron funcionando, desde el siglo XIII,  aceñas, o sea molinos que utilizan las mareas como fuerza motriz.
Fuimos adelantados en energía alternativa en plena Edad Media. Y, aquí, sin sacar pecho.
La plaza, es un espacio arquitectónico compuesto, en origen, por 28 solares dispuestos en rectángulo. Las viviendas vierten unos más que vistosos balcones y miradores, hacia las tres calles y una plaza. Y hacia el interior: galerías de madera sostenidas por ochenta columnas de hierro que conforman unos soportales de considerable altura. Bajo ellos: bajo y entresuelo de locales comerciales. El recinto tiene cuatro entradas. Una de ellas, la de la calle La Muralla, luce, en la parte superior una fecha: 1873.
Consta, para que nos conste, que el rectángulo central de la plaza estaba destinado a zona ajardinada. Pero una serie de acuerdos, posteriores, hicieron posible que se construyera en ese espacio un pabellón dedicado al mercado, que centralizara el que, desde el reinado de los Reyes Católicos, se desparramaba por calles y plazas de la Villa.El diseño arquitectónico, municipal, responde a un tipo constructivo muy de moda entonces: las llamadas pla­zas Nuevas, basadas en la funcionalidad.
Y este pabellón central, de abastos, -hoy acertadamente remodelado- fue el tercer mercado moderno construido, en el siglo XIX, en Asturias, después del de Trascorrales en Oviedo y aquel de Jovellanos, en Gijón.
En Avilés siempre ha habido polémica entre los partidarios de que el pabellón del mercado tuviese otra ubicación en la ciudad y los partidarios de que siga aquí. Una opinión coincidente con la oficial, que se ciñe a los planes del Avilés del futuro.
Aunque no está de más recordar que el interior de la simétrica plaza fue concebido como zona de ocio, con un centro ajardinado, que adornara el agradable paseo ‘de invierno’ que procuran los soportales, complemento del ‘paseo del verano’ en el parque del Muelle.
Su simetría y el espectacular perímetro de galerías siguen ocasionando el asombro de miles de turistas.
Tengo escrito que el arquitecto José María Pérez González, más conocido como ‘Peridis’, famoso por sus afiladas y afinadas viñetas periodísticas, me inquirió –en un paseo por allí– y con un tono entre sorprendido y admirado ‘¿Pero como coño no conocía yo esto?’
Pues eso es lo que venía ocurriendo con Avilés, desde casi siempre, hasta tres años antes de finalizar el siglo XX, cuando comenzó la promoción turística de la ciudad.
Y luego, en el siglo XXI, unos 130 años después de levantada esta plaza de los siete nombres, llegó el Niemeyer.
Y la cosa pinta. Y pita.

(Publicado en 'La Voz de Avilés' el 21 de agosto de 2011)
(Las fotos son gentileza de Nardo Villaboy, la aérea, y José Fernández).

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La pequeña gran historia de la calle de La Fruta
Alberto del Río Legazpi 24-08-2014 | 11:11 | 3

Avilés no tiene partida de nacimiento. Sabido es que su fundación no tiene fecha. Por tanto, tampoco sus calles más antiguas, que estaban protegidas por una muralla (episodio aparte), de unos 800 metros de longitud, que las abarcaba.

Hablo de las, hoy, conocidas como La Ferrería, La Fruta, El Sol, San Bernardo y Los Alfolíes. Las que concentraban más actividad y vecindario eran las dos primeras, paralelas entre sí y que estaban unidas por la del Sol, formando entre las tres una H.

La de La Fruta no siempre respondió a este refrescante nombre, ni era tan uniforme su línea recta actual. Y además, al principio -de su historia- la calle no era una, sino dos. Porque la ‘desembocadura’ de la calle del Sol en ella, conformaba un ensanchamiento o pequeña plazoleta (‘plaza de la Villa’), que facilitaba la división. Desde dicho lugar hasta el inicio de la calle (en una de las puerta de entrada de la muralla: ‘la del Reloj’) era ‘Cimadevilla’.

El segundo tramo, que iba desde la plaza de la Villa, hoy desaparecida, hasta su final en un paredón, que la separaba de la propiedad de los Alas (y luego de los marqueses de Camposagrado), y era conocida como ‘calle Oscura’.

Por supuesto que los dos tramos, que entonces formaban la actual calle de La Fruta, contaban con soportales, a ambos lados, dejando solo a cielo abierto un espacio por el que cabía un carro tirado por bueyes, excepto al final de la Calle Oscura, donde era tal el estrechamiento que podían abarcarse las columnas de ambos lados extendiendo los brazos.

A consecuencia del tremendo incendio que sufrió Avilés en 1478, cambiaron muchos aspectos urbanísticos de la Villa. Por ejemplo, cuando se reconstruyó esta calle, la que fue Cimadevilla, pasó a ser Rúa Nueva, y la plaza de la Villa: plaza de la Rúa Nueva. La Oscura siguió a oscuras. También por entonces se construyó, en aquella plaza de la Villa, la casa del Concejo (con funciones de lo que hoy conocemos como ayuntamiento).

Pero el 4 de diciembre de 1621, un nuevo incendio destruye las casas de la Rúa Nueva. En la restauración la calle ganó en amplitud y fue entonces cuando se la renombró como de La Fruta, al instalarse en ella puestos de venta de productos de la huerta. Entre siglos XIX y XX, la vía sufrió una gran transformación al levantarse en ella magníficos edificios de varias alturas. Entonces fue la calle principal de Avilés, hasta que le quitó ese título la calle de La Cámara cuando comenzó a estirarse.

La Fruta, calle tan corta como hermosa, tiene singularidades que llaman la atención. Por ejemplo comienza y termina con fuentes en la margen derecha: la de Doña Rolindes (adosada al ayuntamiento, un puzzle de otras anteriores) y la del Centenario del Bollo (al lado de la Cámara de Comercio y obra del artista plástico Ramón Rodríguez).

Por otro lado está la cuestión palaciega. Situándose al principio o al final de la calle siempre tendrá -al fondo- un espléndido palacio (del siglo XVII) a la vista: el Ferrera (hoy hotel de cinco estrellas) y Camposagrado (actualmente sede de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias).

Luego está el factor boticario, que es cosa que llama la atención, ya que en su corta longitud, la calle acoge tres boticas, lo que la convierte en una de las vías españolas de mayor densidad farmacéutica por metro cuadrado. Así que está asegurado el remedio para posibles jaquecas, soponcios y otras calamidades. También, y por si lo anterior no resultara, hay una funeraria. Y espléndidos comercios y un par de hoteles.

El 30 de octubre de 1896, a la calle le cambiaron su nombre por el de Suárez Inclán, destacado político de la época. Aunque en el lenguaje coloquial, nunca dejó de ser conocida como la de La Fruta, nombre que recuperó, oficialmente, el 18 de julio de 1979.

La Fruta es calle fresca y refrescante.

(Episodio publicado en 'La Voz de Avilés' el 14 de agosto de 2011)

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Los kilométricos y, generalmente, artísticos soportales de Avilés
Alberto del Río Legazpi 17-08-2014 | 11:11 | 1

    En rigurosa descripción académica, soportal es un espacio exterior cubierto, construido junto a un edificio, cuya estructura se sujeta con columnas y precede a las entradas principales; generalmente rodea una plaza o recorre una calle.
    El soportal permitía, cuando no había electricidad, trabajar a los artesanos delante de sus talleres, resguardados de lluvia o sol. Lo mismo que a los vendedores de productos del campo, cuando el mercado de Avilés se desparramaba por todo el casco histórico de la ciudadela amurallada.
    Nuestro mérito, contra lo que ha ocurrido en otros lados, está en haber sabido, querido y podido, conservarlos, a lo largo de los siglos.
    Un paseo por calles y plazas de Avilés demuestra la calidad y cantidad de los soportales que hemos recibido -colosal herencia- de tiempos pasados y que seguimos incrementando.
    Suman más de tres kilómetros, entre antiguos y modernos. Y adoptan gran cantidad de formas, colores y estilos.
    Los más antiguos son los que pertenecen a las calles de La Ferrería, Bances Candamo, Galiana, Rivero, plaza de España, y Carbayedo. Algunos, situados en la calle Bances Candamo, en el barrio de Sabugo, puede que sean incluso anteriores al siglo XVII, que fue cuando Avilés empezó a crecer fuera de la murallas, lo que dio origen a la plaza de España y las calles de Rivero y Galiana. Un apoteósico conjunto soportalado.

     Entre finales del siglo XIX y principios del XX, Avilés dio otro estirón urbano muy notable. De entonces son los de la calle San Francisco -cuyos edificios son un magnífico muestrario arquitectónico- donde algunas de las columnas, de los soportales son de una notable singularidad, como los que imitan la garra de un ave rapaz.
    También de este periodo son los soportales de la plaza del mercado (plaza Hermanos Orbón) característicos de la arquitectura del hierro. O los de la esquina de la plaza Pedro Menéndez y La Muralla (conocida como la del antiguo Café Colón) y que remite directamente al barrio viejo de la ciudad norteamericana de Nueva Orleans o a la plaza de Armas de Iquitos, en Perú.
    Los soportales de Avilés, artísticamente, atrapan. Si no que se lo pregunten a directores de cine desde Gonzalo Suárez o José Luis Garci hasta llegar Woody Allen, que realizó varias tomas en Galiana, aunque finalmente no las incluyó en su película ‘Vicky Cristina Barcelona’.
    Con Fernando Fernán-Gómez, anduve subiendo y bajando Galiana y llaneando por Rivero, repetidamente. Siempre bajo soportales, que para él eran como enormes decorados teatrales errantes por el tiempo.
    -Estamos caminando por un siglo cambiado, Alberto, y eso es muy grande.
    Recuerdo otra ocasión, con Eusebi Casanelles, presidente, entonces, del poderoso Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (Ticcih). Fue un paseo mañanero y lluvioso que nos obligó a comprar paraguas, porque Casanelles, fascinado, se negaba al refugio (lógica meteorológica) del soportal con el criterio de que entonces no podría admirar el soportal (lógica estética).
    En Avilés, de tanto convivir con ellos, olvidamos que son un referente emblemático, una suerte arquitectónica singular que cose casas en calles y plazas.
    Son la sal del Avilés monumental.

(Episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’, el 31 de julio de 2011)

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El muy alabado y artístico ‘Parche’ de la villa de Avilés
Alberto del Río Legazpi 10-08-2014 | 11:11 | 2

La plaza de España, corazón del conjunto histórico-artístico avilesino, es conocida coloquialmente  por los propios del lugar como El Parche, para asombro de los extraños.

Es el kilómetro cero de Avilés. Se tienen escrito excelencias sobre ella y todas coinciden en su monumentalidad, que algunos llevan al extremo de calificarla como una de las plazas mayores más destacadas de España. Por su tipismo, por su paisaje y por su paisanaje.

Uno de los más universales directores cinematográficos españoles, Carlos Saura, la tiene fotografiada en su actual exposición ‘Luz’ -en el Centro Niemeyer- acompañada del siguiente texto: «La primera vez que vine a Avilés, vi que la plaza de España, amplia y generosa, era el cruce de caminos donde confluía la vida de la ciudad. Su luz y sus gentes son un placer para mi mirada».

Juan Cueto Alas, en su ‘Guía secreta de Asturias’ escribe que «si lo primero que viéramos de la villa avilesina fuera esta vetusta plaza, a buen seguro creeríamos que nos habíamos equivocado de siglo, o que estaban rodando una película de ambiente renacentista».

Sin embargo, para los habitantes de Avilés esta plaza es: el Parche. Por la sencilla razón de que un día una obra urbana, aquí realizada, fue calificada por el personal como una chapuza, o sea: como un parche. Cosa que merece una explicación, porque de ninguna forma es un parche mayúsculo, si no que es un Parche con mayúscula. Es algo de lo más entrañable de Avilés.

El origen de El Parche -o sea, de la plaza de España- está en el siglo XVII, cuando la mayor parte de la Villa de Avilés (excepto el Sabugo marinero y un arrabal llamado del Ribero) vivía protegida por una muralla medieval que la defendía, pero que por aquel siglo ya la empezaba a asfixiar.

Las edificaciones, consecuencia del aumento de población, en el interior del recinto amurallado habían llegado al límite. Así que fue necesario construir fuera de la cerca, y se hizo hacia el sur, que por el norte estaban las marismas y la mar. Y así nacieron la plaza de España, con tres palacios de una tacada (el municipal, Ferrera, y García Pumarino o Llano Ponte) y dos colosales calles (Galiana y Rivero).

Contemplada hoy, la plaza es de una asimetría fascinante, que ordena los espacios callejeros con una armonía que es la leche: dos calles de procedencia medieval, dos barrocas y dos modernistas.

Desde su nacimiento ha tenido distintos nombres: Plaza de Fuera de la Villa, Mayor, de la Constitución, de España… pero la gente -erre que erre- sigue llamándola El Parche, desde que el Ayuntamiento de Avilés, en tiempos del mandato del alcalde José Cueto (1891-1894) decidió duplicar la superficie del pavimento ante el palacio municipal, para procurarle al personal un paseo más cómodo y también que la banda de música tuviera mejor asentamiento en los conciertos que ofrecía los domingos en la plaza (el quiosco del parque del Muelle estaba, entonces, en construcción).

El ‘histórico’ acuerdo fue tomado en sesión del 6 de octubre de 1893, presidida por el teniente de Alcalde, Juan Rodríguez, por ausencia de José Cueto, que pachucho el hombre, había ido a tomar «los baños de las aguas de Sobrón».

Aquel añadido del firme, sacó de quicio a la ciudadanía que se cabreó lo suyo con aquel pegote, inadmisible en la plaza. Aquello era una alcaldada, aquello ¡era un parche!

Y tal fuerza tuvo el rechazo, que los ecos de aquella rebeldía quedaron grabados hasta hoy en el léxico geográfico local. Es una tan curiosa, como histórica, anécdota que ha transmutado a mayúscula (Parche) el término peyorativo en minúsculas (parche), con el que lo bautizaron los indignados ciudadanos. Que indignados siempre los hubo -y a esgaya- desde Adán y Eva hasta José Cueto; y de José Cueto a Pilar Varela ni te digo, que llegaron a montar, el otro día, campamento y oficina en El Parche.

Pero a lo que íbamos: es casi seguro que -dado lo descaradas que son las costumbres populares y lo condenadamente tercas que son las tradiciones- a la plaza de España de Avilés se la siga conociendo como El Parche por los siglos de los siglos.

Amén.

(Episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’, el 19 de junio de 2011)

 

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El túnel del tiempo literario en Avilés
Alberto del Río Legazpi 03-08-2014 | 11:11 | 3

En un visto y no visto, pasas de hoy a anteayer y luego vuelves a mañana para regresar al presente sabiendo que puedes meterte, en cualquier momento, en el siglo XII y pasar al XXI sin intermedio. Eso viene a ser La Ferrería, la histórica calle de Avilés, una de las más antiguas del norte de España.

Pasear por ella es introducirse en el túnel del tiempo, al que llevan sus edificios, sus vecinos de ayer y hoy, y su ordenación urbana cargada de siglos. La imagen del túnel está perfectamente escenificada por sus hermosos soportales, a derecha y a izquierda, por donde discurre como un rayo la literatura. Por ejemplo.

Escribo este artículo en un periódico fundado por Manuel González Wes, un 26 de enero de 1908, y que domicilió su redacción y talleres, durante sesenta años, en el edificio actualmente numerado como el veintidós de esta calle. Un inmueble vecino de la antigua casona de los Solís (sede de la Cruz Roja desde 1962, pero que aún conserva en la fachada el escudo de dicha familia) y que está frente por frente a Valdecarzana, una lonja comercial de preciosa arquitectura gótica que terminó siendo palacio, entre otras cosas, y que tiene una antigüedad histórica a la carta –data del siglo XII al XV, según que fuentes– y es el actual baluarte cultural del Archivo Histórico de Avilés, aquí domiciliado desde el año 2003, cuando finalizó la rehabilitación del edificio.

Que el diario LA VOZ DE AVILÉS se hubiese instalado, al poco de su fundación –inicialmente estuvo, muy corto tiempo, en la plaza de Pedro Menéndez (espacio ocupado hoy por la confitería Santa Mónica)– y durante tanto tiempo en La Ferrería, parece lógico si uno se mete en el túnel del tiempo y sabe que el primer periódico de la historia local, ‘El Eco de Avilés’, nació a orillas de La Ferrería, en la plaza de Carlos Lobo, frente a un lateral de la antigua iglesia de San Nicolás, levantada en el siglo XII. Allí había instalado su imprenta –la primera que hubo en la Villa– el ovetense Antonio María Pruneda. El 3 de junio de 1866 lanzó el primer número del ‘Eco’, con un eco histórico que sigue resonando.

De la ‘factoría Pruneda’ (situada en los locales hoy ocupados por el ‘Dulcinea’, famoso café ‘cultural’ de la segunda mitad del pasado siglo y que me remite automáticamente a personas, como Enrique Tessier o Pepe Martínez, a los que también hay que asociar a la historia de LA VOZ) salió, en 1871, también el primer libro editado en Avilés: «Programa de Retórica y Poética, o nociones elementales de literatura preceptiva»  escrito por Cástor Álvarez Aceval (sic), uno de los pedagogos más destacados de la historia local.

Metiéndote en el túnel del tiempo, descubres que muchos años más tarde un descendiente suyo –Cástor González Álvarez (1913-2001)– abrió en el número ocho de La Ferrería una librería. Ocurrió el 28 de enero de 1958, año en que se inauguraron también el cine ‘Ráfaga’, la acería Siemens (estructura actualmente aprovechada por el industrial Daniel Alonso) y el segundo horno alto de ENSIDESA.

Cástor González Álvarez

El establecimiento de Cástor, una exquisitez de diseño, estaba complementado por un pequeño salón de exposiciones. Fue la viva representación de la modernidad cultural en Avilés. No recuerdo un espacio, digamos instructivo–comercial, tan atractivo (duró casi treinta años) ya que, entre otras joyas, tenía la famosa colección ‘Austral’, la más universal y genuina colección de libros de bolsillo de todos los tiempos. Una maravilla que solo un personaje tan culto y sensible como Cástor (que fundamentalmente era artista plástico y músico, actividades recogidas en un magnífico libro por Ramón Rodriguez) pudo hacer posible en aquellos tiempos tan grises en todo, policía incluida.

Cástor clausuró su negocio librero en 1987, en paralelo aunque no tuviera nada que ver, con algunos de los cierres brutales de ENSIDESA –dos hornos altos, la acería LD-II y un tren de laminación– con los que, de una tacada Avilés quedaba  industrialmente, medio laminada.

La librería estaba bajo los soportales y la casa siguiente, la número 10, era la de los Carreño, de las más antiguas de Avilés. El tiempo ha dejado buena señal de ello en su fachada, donde apenas se adivina un escudo entre el primero y el segundo piso. Allí vivieron generaciones de dicha familia, entre las que me choca mucho el matrimonio formado, en el siglo XIX, por Pantaleón Carreño y Dominica Valdés que tuvieron trece hijos, de los que cuatro ( Eduardo, Feliciano, Pedro y Eladio) fueron emigrantes, que además dejaron su estela en libros de ciencias, enseñanza y poesía. Feliciano, que anduvo por las Américas, reunió además una fabulosa biblioteca, en la que se incluían libros editados en los entonces jovencísimos Estados Unidos de América y que su hermano Pedro –a quien la había dejado en herencia– donó, más tarde, a la Escuela de Artes y Oficios, donde fue mal ‘archivada’ y muchos años más tarde (febrero de 2014) –otro viaje en el túnel del tiempo– fue descubierta en el cuarto de los trastos de dicho centro.

Vean pues, que La Ferrería es calle literaria, por activa o por pasiva. Hoy está adornada con un edificio ‘universitario’, utilizado para cursos exprés y conferencias, que es la mínima concesión que se le sacó a la Universidad de Oviedo.

Por La Ferrería gustaba de pasear Armando Palacio Valdés (1853–1938) , cuando, en sus estancias veraniegas y a la caída de la tarde, salía del hotel ‘La Serrana’ (que hacía esquina al final de la calle) y recogía, en el portal número 31 de La Ferrería, a su amigo Estanislao Sánchez-Calvo (1842–1895), uno de los más destacados filósofos asturianos (especie en extinción) y paseaban la calle de arriba abajo con esporádicas incursiones por Rivero y Galiana. A veces, cuando se sacudía la pereza para coger el tren, desde Oviedo, acudía para vagar con ellos, Leopoldo Alas «Clarín» (1852–1901), que le tenía mucha querencia a La Ferrería.

Me tiene dicho Caballero Bonald, paseando por ella en 1983, que es calle más de novelistas que de poetas. De hecho fueron las únicas palabras que pronunció durante el trayecto por dicha calle.

Pero donde hay una mina literaria es en el palacio de Valdecarzana –también lugar de nacimiento del novelista Juan Ochoa (1864-1899)– donde se custodian, aparte de una valiosa documentación diplomática, los libros de actas del concejo de Avilés, desde 1479 hasta la segunda mitad del siglo XX. Personalmente me llama la atención la literatura –escondida para muchos– de los amanuenses (germen de lo que hoy son los secretarios municipales), reflejando en ocasiones y en rocambolescas síntesis –a veces magistrales– los, en tantas ocasiones enrevesados cuando no ‘divertidos’, acuerdos concejiles.

Un modo de dar fe haciendo, a veces ya digo, literatura a pulso de caligrafía. Algo que mandaron al carajo la electrónica y la informática, que hoy lo copan todo.

Menos el buen vino, el ingenio, la alegría y la honradez.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta