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Fecha: septiembre, 2014
‘La Exposición’ de Las Meanas
Alberto del Río Legazpi 28-09-2014 | 11:11 | 0

Todo empezó con los sementales, algo de lo más natural.

Y fue en El Carbayedo, barrio alto de Avilés que estaba unido por los soportales de la calle Galiana a la plaza de España, que entonces aún no se conocía como ‘El Parche’. En aquel bosque de carbayos (robles), y en torno a la ermita de San Roque (hoy de ‘Jesusín de Galiana’), se venía celebrando de antiguo un mercado de ganados con gran éxito, de hecho consta que en 1769 ya era el primero de Asturias.

Pero no fue hasta 1878 cuando al alcalde Bonifacio Heres Busto se le ocurrió hacer una exposición de machos bovinos, que potenciara aún más aquella tradición ganadera de Avilés.

Bonifacio Heres fue alcalde de record, el primero de la historia avilesina que llegó a estar en el cargo cinco años, cifra que ningún mandamás municipal, a lo largo de los tiempos había alcanzado. Las realizaciones efectuadas durante su mandato (del 1 de julio de 1874 al mismo día de 1879) son hoy muy populares: comenzó a funcionar el patronato de la Escuela de Artes y Oficios, se encargaron en París las estatuas metálicas que adornan el parque El Muelle, se terminó la construcción del perímetro soportalado de la que sería plaza del mercado (la de los siete nombres) o esta mismo asunto del certamen-exposición de ganados.

El caso es que, aquella exposición de sementales, fue un éxito y fue progresando con los años, generalizando ya en muestra de ganado vacuno, hasta el punto que hubo que ‘bajarla’ a sitio más despejado como Las Meanas, lugar [entonces] en las afueras de Avilés, una zona de marismas (hasta aquí llegaba la Ría) que se habían desecado, arbolado y bautizado, en principio, como parque El Retiro. Allí se estuvo celebrando durante años la veraniega exposición de ganados de San Agustín, con los ejemplares amarrados a los árboles en secciones señaladas con cuerdas.

Hasta que en 1931, el alcalde David Arias Rodríguez del Valle (hijo del historiador David Arias García), entendiendo que el buen paño en el arca se vende, inauguró un pabellón específico –cuyo aspecto y empaque llamaban la atención–  para el acontecimiento y que fue conocido desde entonces como La Exposición, a secas. El alcalde Arias también consiguió que el certamen fuese ‘de Ganados y Exposición de Industrias Agropecuarias’, que tuviese categoría nacional y que su celebración se prolongara durante diez días, en la segunda quincena de agosto.

Durante el resto del año, el recinto de La Exposición comenzó a albergar multitud de actividades, al tiempo que a su alrededor comenzó a crecer gran parte del nuevo Avilés.

En 1943 se construyó, a uno de sus costados, el actual campo de fútbol, que inicialmente se llamó ‘La Exposición’, como no, y más tarde ‘Suárez-Puerta’ (por seguir aquella ridícula moda de personalizar en prebostes) pues esos eran los apellidos del alcalde que tomó la iniciativa de trasladar la práctica del fútbol desde Las Arobias (en San Juan de Nieva) a Las Meanas.

La Exposición se convirtió, ya decía, en el espacio multiusos de la ciudad. Allí se celebraban espectáculos de todo tipo, desde folklóricos a conciertos al aire libre, aunque predominaba lo deportivo. Era la sede de los destacados equipos de baloncesto y balonmano de la Asociación Atlética Avilesina. Y también de su sección de boxeo, donde nombres como Enrique Rodríguez Cal ‘Dacal II’ (medalla de bronce en las Olimpiadas de Munich 1972) o Manuel López ‘Pantera’, entre otros, aun recuerdan los aficionados.

Y luego también estaba la famosa Pista de La Exposición, un espacio cubierto donde se celebraban desde tradicionales verbenas hasta mítines políticos. Aunque lo que le dio más fuste a La Pista fueron las Jornadas Municipales de Teatro, una brillante iniciativa, en 1979, del concejal de Cultura, Pepe Martínez, que tuvo continuación en el tiempo y hoy es un clásico certamen regional y nacional. Por aquellas desvencijadas instalaciones, desfiló lo mejor de la escena teatral española: ‘Els Joglars’, ‘Tricicle’… hasta que en 1989 se inauguró la Casa de Cultura. Pero hasta aquel año La Pista tuvo tanto pisto que, a efectos publicitarios, hasta le cambiaron su nombre por el de Auditorio Municipal de La Exposición.

En 1979 el certamen agropecuario se trasladó al Pabellón de Exposiciones de La Magdalena y crecieron los polideportivos en Avilés, por lo que el histórico recinto de Las Meanas fue decayendo, hasta que en 1991 se demolió y el solar que ocupaba es hoy una triunfal plaza, de nombre La Exposición, un espacio bendecido por la expansión, al estar exento de edificación y donde se puede seguir practicando deporte al aire libre –o sea de Arcelor– las veinticuatro horas del día.

No me resisto a traer, aunque sea por los pelos, pero con mucho cariño, a Miguel Torga cuando decía aquello de que lo universal es lo local sin paredes.

En cuanto a la historia de La Exposición, aquí brevemente apuntada, es una muestra de la gran tradición agrícola y ganadera –tan ignorada por desconocida– de Avilés, antes de que ésta ciudad se llenase de cristalerías, endasas, ensidesas y nieméyeres.

Que bienvenidos fueron.

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Palacio de Ferrera, el que con dos escudos llegó a cinco estrellas
Alberto del Río Legazpi 21-09-2014 | 11:11 | 1

    Estoy convencido de que si Avilés tiene un pasado muy posado es por el hecho de estar pesado en quilates históricos.
    También lo estoy de que lo que le viene ocurriendo entre finales del siglo XX y estos comienzos del XXI, figurará algún día en los libros –no se si de texto o no– pero con un texto algo así como: «Fue por entonces cuando, sorprendentemente, en aquella histórica ciudad asturiana se inició todo un renacimiento del barroco…»
   Eso está pasando de unos años para acá. Pero pera no es manzana y al estar viviéndolo en riguroso directo no tenemos la perspectiva necesaria para poder apreciar –en toda su dimensión– como la villa de Avilés está modernizando su antigüedad, recuperando edificios emblemáticos y dándoles usos sociales.
    Una demostración está en los palacios de Camposagrado y Ferrera, que han vuelto a tomar el protagonismo que tuvieron antaño, aunque ahora, felizmente, para uso público. El Ferrera, desde el 9 de mayo de 2003, es uno de los hoteles más importantes de Asturias.
   Levantado en el siglo XVII, refleja el final de un estilo renacentista ya casi superado, entonces, por la fiebre del barroco. Su torre de cuatro plantas, en forma de rombo, es muy singular y colabora con notable poderío al milagroso tinglado arquitectónico de El Parche, que así se llama –gracias a Dios– en Avilés a la plaza de España.
   El palacio se construyó adosado, en parte, al entonces convento medieval de San Francisco del Monte (actualmente iglesia de San Nicolás de Bari). Y también –y a uno de los costados del Ferrera–por aquella época, rompió aguas la fuente de los caños de San Francisco, un prodigio de simetría arquitectónica y de vitalidad urbana.
    El destino, a veces, es curioso. Ya que el Ferrera siempre tuvo como un dizque hostelero, una vocación de parador. La cosa viene ya de 1858, cuando se hospedó en él la reina Isabel II y su hijo Alfonso XII, entonces un bebé. Desde entonces ha sido albergue, de realeza, continuado –sin prisa, pero sin pausa– según pasaban los años y se sucedían los monarcas, incluidos los actuales.
   Los pasos dados desde que el Ayuntamiento, en 1997, inició la promoción del casco histórico, hasta que seis años más tarde, fue inaugurado el hotel, entrando Avilés  en la elite del turismo internacional, podríamos resumirlo diciendo que: pasamos de dos escudos a cinco estrellas.
    El Ferrera, ya es referencia hotelera, de primer orden. A ello ha ayudado mucho, tanto la puesta en marcha, como las actividades (hoy, peligrosamente, en pausa) programadas por el centro cultural internacional ‘Oscar Niemeyer’, que trajeron hasta Avilés a personajes mediáticos universales. Es el caso de los creadores cinematográficos Woody Allen, Wim Wenders, Carlos Saura… Intérpretes tan famosos como Kevin Spacey, Brad Pitt o Scarlett Johansson… escritores de la talla de Paulo Coelho, el Nóbel nigeriano Wole Soyinka, etc.
   El palacio poseía uno de los espacios ajardinados privados más extensos de Asturias, que –por compra hecha por el Ayuntamiento, primero en 1976 y luego en 1998– son hoy son de uso público y constituyen un grandioso parque de cerca de más de 90.000 metros cuadrados, que es todo un episodio aparte.
    La restauración del Ferrera y su acondicionamiento para hotel fue respetuosa con la herencia arquitectónica contenida en el histórico edificio.
    Además la propiedad lo convirtió en una gran pinacoteca, colgando en su interior obras de artistas ‘clásicos avilesinos’ como los hermanos Espolita, hermanos Soria, Alfredo Aguado, García Robés, Luís Bayón o Fernando Wes.
    También adquirieron pinturas de contemporáneos como Ramón Rodríguez, Vicente Pastor, Benjamín Menéndez, Cristina Cuesta, Coronas, Angélica García o Fidel Pena.
   La fusión y efusión –de historia y modernidad– que ha supuesto la transformación de una oxidada mansión palaciega, como era el palacio Ferrera, en un hotel de éxito y en pleno corazón del casco histórico, es algo impagable que nunca entenderán los que piensan que el dinero lo hicieron redondo para que ruede.
    Aparte, claro, de esa vitola de calidad ciudadana que trae consigo el rescate de un edificio –que estaba papando moscas– para insuflarle vida.
    Las cosas son como acaban. Por eso, lo del Ferrera es una gozada.
 

(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 6 de noviembre de 2011)

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Palacio de Valdecarzana, el cofre del tesoro
Alberto del Río Legazpi 14-09-2014 | 11:11 | 1

   La tarde viene –de siempre– cayendo temprano sobre El Sol, que siendo calle estrecha y pequeña por herencia medieval, es ancha por el gusto histórico que le procuran uno de sus edificios, datado de la época de navegaciones a vela, fueros, murallas y góticos.
   Por algo está aquí plantado el palacio de Valdecarzana, pequeño gran prodigio gótico de la Villa de Avilés. Una mansión desarmada de conceptos militares, pero armada de una personalidad estética similar a edificios, hermanos, de Italia y de Francia.
   Valdecarzana da para mucho. Incluso para el misterio.
   Los historiadores difieren sobre el siglo de su construcción. José Jorge Argüello (en su obra ‘Abilles’) es partidario del siglo XII. Raquel Alonso del XIII. Juan Uría Ríu: entre el XIV y el XV. Y Germán Ramallo matiza que el bajo es del XIV y el piso del XV.
   De lo que no hay duda es que es edificio civil más antiguo de Avilés. Y de su hermosa traza, en especial sus ventanas, y la calidad de los materiales empleados en él.
   La versión más compartida es que fue construido como residencia de un rico mercader que utilizaba la planta baja como tienda y almacén de sus productos y la alta como residencia familiar. El hecho se fundamenta en que el edificio no adopta carácter defensivo alguno. En origen fue cuadrado y fue creciendo hacia lo rectangular, de forma que su aspecto actual remite a un cofre que guarda uno de los tesoros históricos mas valiosos de Avilés: El Fuero (siglos XI/XII).
   En el XVII fue adquirido por los Valdecarzana. En el XIX, pasó al que fue alcalde de Avilés, Fernando Ochoa. Y en el XX a la ‘Sociedad de Transportes Marítimo Terrestres’ vincula­da a las casas consignatarias avilesinas. Luego, hasta fue economato…
   La única fachada que se conserva intacta, desde su construcción, es la de La Ferrería. El edificio fue reformado en el siglo XIX, añadiéndosele, externamente, un decorado ficticio que quería pasar por gótico. En 1998 fue sometido a una total renovación para instalar aquí el importante Archivo Histórico avilesino. Esta obra dejó al descubierto, aparte de algún elemento arquitectónico original, una cantidad notable de cerámica medieval troceada, utilizada en aquel tiempo como aislante contra la humedad. Retirada que fue la cerámica, vuelve –hoy– el edificio a mostrar claras señales, externas, de humedad. La historia de siempre. La Historia.
   Valdecarzana es referencia, en Asturias, de casa de alguien, no perteneciente a la nobleza. Y hay quien sostiene que debió haber más edificios, como éste, en el casco histórico de Avilés, dado el gran flujo comercial, y por tanto riqueza que generaba el puerto de Avilés, por donde no entraban solamente mercaderías, sino filosofías e ideas artísticas internacionales. O sea el maravilloso milagro del cosmopolitismo. Una ‘vía de agua’ por donde, posiblemente, entró la arquitectura utilizada en Valdecarzana o en la capilla de Las Alas.
   Otra, es los que mantienen que en la mansión se alojó, en el siglo XIV, el rey de Castilla, Pedro I (apodado, injustamente, por sus enemigos ‘El Cruel’), después de haber reconquistado Avilés, que su hermanastro Enrique de Trastámara (que en asuntos de crueldad, parece que era el ‘entendido’ de la familia) habría tomado por las armas unos meses antes la Villa. Misterio, una vez más.
   En Avilés, hoy, casi nadie lo conoce como casa de Baragaña, pero si fue nombre utilizado en el pasado, ya que se accedía a él –por la calle del Sol– a través de una antojana (en Asturias: baragaña).
   Desaparecido aquel abandono casposo que le procuró el último siglo, hoy es un monumento tan lúcido como lucido. Henry James afirmaba que producir un poco de arte supone un gran tramo de historia. Eso es lo que representa este pequeño palacio de Avilés.
   Tiene una armonía seductora, por sencilla y natural. Y si la arquitectura fuera música congelada, las notas de la gótica mansión serían del arrebatado Antonio Vivaldi.
   El palacio avilesino y el músico veneciano suenan igual durante las cuatro estaciones del año.
   Afinados. Y afamados.
 

(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 6 de noviembre de 2011)

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Las asombrosas semejanzas entre Rivero y Galiana
Alberto del Río Legazpi 07-09-2014 | 11:11 | 0

Fue por el XVII, aquel siglo del barroco, cuando Avilés se lanzó a crecer en el aspecto urbano. Que buena falta le hacía.
Porque estaba totalmente estrangulada por la muralla que la protegía. Se había quedado chica, la Villa, para una población que no dejaba de crecer. No era plan.
Así que los notables trazaron un Plan –el histórico crecimiento barroco– cuya premisa principal era  saltarse el corsé amurallado que la venía defendiendo.
Y la Villa se abrió hacia el sur –que al norte estaba la mar– comenzando toda una siembra de palacios en la plaza de España (el municipal y los de Ferrera y García Pumarino). Pero cuando estas mansiones andaban en el empeño constructivo o aún eran proyectos vertidos en planos, comenzó la construcción de las calles Galiana y Rivero, que ampliarían la villa y vendrían a paliar los problemas derivados del crecimiento demográfico derivado del constante progreso mercantil de Avilés.
En 1663 se construyen las primeras casas en la galiana o cañada o riera, que bajaba desde El Carbayedo. En Rivero hubo que poner orden en aquel pequeño arrabal de casas –Hospital de Peregrinos incluido– que se habían ido asentando, a la vera de la ría, desde hacía un montón de años.
Desde entonces, estas calles, son tan distinguidas como alegóricas y tan fascinantemente sutiles que no se sabe si aterrizan en el Parche o despegan de él. Calles barrocas, con todo su sabor, muy difícil de encontrar hoy en España y parte del extranjero, oiga.
Luego está ese paralelismo en usos y consumos. Nacieron como calles comerciales, habitadas por artesanos. Pero también fueron encauzamiento de transportes de las mercancías que llegaban al puerto de Avilés, o de las que se embarcaban en el mismo. Por Rivero se marchaban las importaciones hacia Oviedo y Castilla. Por Galiana llegaban cargamentos para la exportación procedentes de la Asturias campesina, de aquí a Grado.
Ambas fueron, o son, también, calles de movida. O sea bebida.
Y las dos tienen también capillas religiosas. En Rivero el Santo Cristo para unos, o ‘San Pedrín’ para otros; por las mismas andan en Galiana con el Ecce Homo, más conocido como ‘Jesusín’. Una familiaridad a la avilesina tan respetuosa como difícil de explicar a visitantes.
Las dos calles tienen su correspondiente fuente de los caños. Conviene no olvidar que Galiana llegaba hasta El Parche, hasta finales del siglo XIX cuando surgió la calle San Francisco (por entonces, La Canal), donde ahora se ubica, frente a magistrales edificios, la mágica fuente con el nombre del santo italiano.
Y para que la romería descriptiva sea completa, ambas se iniciaban con un palacio a su izquierda. En Rivero, el de García Pumarino (también conocido como Llano-Ponte), actual sala cinematográfica. Y en Galiana, el palacio Ferrera.
Y si Rivero tiene un cine, Galiana es calle de cine, de rodajes quiero decir.
Tan cosidas por orígenes, destinos y fines son, que mirando un plano, semejan alas barrocas que abrazan ese milagroso bosque urbano llamado parque de Ferrera, al que desde ambas se tiene acceso.
El escritor Armando Palacio Valdés, vivió –de niño– en Rivero. Pero quizás no sea tan conocido que la calle Galiana llevó durante algunos años su nombre. Aunque si el lector es medianamente conocedor de la historia local, sabrá que aquí, en Avilés, una de las ‘diversiones’ favoritas es cambiar el nombre de las calles.
Cada una tienen poetas locales de solera: Ana de Valle, en Galiana y ‘Lumen’ en Rivero. Y en ambas domiciliaron centros privados de enseñanza resonados: En Rivero,  el propio ‘Lumen’ (y sucesores: María Luisa y Rubén) y en Galiana ‘Don Floro’.
Desembocan su belleza en la misma calle (avenida de Cervantes) produciéndose –en dicho trance– un brutal choque estético con edificios mostrencos, por altura y ausencia de finura.
Rivero y Galiana son dos episodios aparte que alimentan la emoción estética de propios y extraños porque tienen alma, corazón y vida.
Son una pasada monumental.
 

(Artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’ el 25 de septiembre de 2011)

 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta