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Fecha: octubre, 2014
El Carreño Miranda, primer instituto de la historia de Avilés
Alberto del Río Legazpi 26-10-2014 | 11:11 | 3

Hace hoy ochenta y seis años que Avilés entró en la modernidad de la cosa educativa. Fue un 26 de octubre del año 1928 cuando se inauguró el primer curso oficial de bachillerato del ‘Instituto Carreño Miranda’, bajo la dirección de Agustín P. del Pueyo.
El 15 de agosto de aquel año, el Gobierno de España –eran tiempos de la dictadura de Primo de Rivera– había acordado la creación, en Avilés, de un Instituto de Segunda Enseñanza, solicitado meses antes por el Ayuntamiento presidido por José López-Ocaña. Para la lentitud que se suele estilar en la Administración estatal, aquella fue la típica diligencia de aquí te pillo, aquí te mato. Así que hubo que encajar, sin calzador, el nuevo centro en el primer piso de la Escuela de Artes y Oficios, y no me chiste usted.
Con la proclamación de la Segunda República llega un nuevo alcalde: David Arias Rodríguez del Valle (hijo del historiador David Arias García), que  echó el resto (las cuentas municipales estaban apretujadísimas, como siempre) en la construcción de un nuevo edificio destinado específicamente al recién nacido Instituto, que había sacado a Avilés de pobre en materia educativa.
El alojo provisional, en Artes y Oficios, era un sin vivir. Así que David Arias, después de descartar reubicarlos en el nuevo Hospital de Caridad (demasiado grande para las necesidades sanitarias de entonces), puso manos a la obra, pidió planos y presupuesto al arquitecto Enrique Rodríguez Bustelo y se apuntó al rosario de la aurora de los préstamos estatales. Antes, había comprado una parcela de terreno al marqués de Ferrera, propietario (como no) de un solar llano al final de la calle Galiana, donde cuatro señoritos practicaban un extraño deporte llamado tenis.
Y allí se construyó, comenzando a funcionar en octubre de 1934, el primer instituto de la historia de Avilés bajo la dirección del catedrático Luis Muñiz Álvarez. En esa inauguración David Arias ya no era alcalde pues había dimitido el 21 de septiembre sustituyéndolo Bernardo García Ruiz-Gómez, pero que David Arias Rodríguez del Valle fue el hacedor del centro es histórico.
Los avatares de aquel Instituto –hasta convertirse en 1972 en lo que es hoy, Colegio Público ‘Palacio Valdés’– así la otros de centros educativos que paulatinamente se extendieron por la ciudad son un episodio aparte.
Tengo recuerdos mayormente felices de aquel Instituto de grandes ventanales y de mis compañeros y compañeras, que aquello de la educación mixta (que duró hasta 1968) fue una bendición. Y los bocadillos de ‘La Morena’ también. Del profesorado me acuerdo gratamente de bastantes porque les debo mucho, pero especialmente de Jesús García Díaz y las visitas guiadas que nos amañaba a los que demostrábamos curiosidad por el desconocido Avilés monumental… Y sobremanera de las enseñanzas y consejos de Adela Palacios Gros, catedrática de literatura. Algo impagable.
Tiene escrito Jorge Luis Borges que «uno llega a ser grande por lo que lee y no por lo que escribe» y la última vez que le di la razón –al gran escritor argentino comedor de bocadillos de mortadela, broma que le suponía el gamberro de Luis Buñuel– fue el pasado mes de agosto, cuando encontré en Facebook, un post titulado ‘Instituto Carreño Miranda (Avilés)’, de mi admirado José Luis García Martín, otro antiguo alumno del Carreño, que decía:
«Luz, más luz y clara geometría, jaula feliz de aquel bachillerato que terminó hace siglos o hace un rato o que no ha terminado todavía.
¿De qué rara madera estamos hechos, légamo primordial, materia oscura, que sobre el tiempo flota y que perdura cuando llegamos a la mar deshechos?
Por la empedrada calle de Galiana camina en la mañana hacia el mañana el niño que yo fui, que sigo siendo.
Qué compleja ecuación y qué sencilla. ¿Me ves tú ahora como te estoy viendo? Todo era allí asombro y maravilla».
 Creo imposible definir mejor aquel tiempo. Y le participo, al poeta, que por esa empedrada calle de Galiana, que yo también hacía como alumno cuatro veces al día, sigo caminando hacia el mañana y aún me quedan dos kilos de asombro. Y cuarto y mitad de maravilla.

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Viaje desde el Fuero de Avilés hasta el polígono de San Balandrán
Alberto del Río Legazpi 19-10-2014 | 11:11 | 1

Cuando metes la mano en un cesto de cerezas, para coger una, nunca sabes las que saldrán porque, las condenadas, se enredan unas con otras y no hay manera.

Algo parecido me ocurrió revolviendo en mis notas, a la busca de un dato relacionado con un 19 de octubre. Y justo ocurrió que se me empezaron a enredar reseñas de ‘diecinueves’ de octubre de distintos años. Tal acumulación de acontecimientos –no es la primera vez que me pasa– es algo que viene a demostrar la riqueza histórica avilesina, por lo que no me resisto a dejarlo pasar y publico, a continuación lo que ocurrió en Avilés, o con él relacionado, tal día como hoy (19 de octubre) de distintos años.

Comienzo en el año 1351, con un dato extraído del libro ‘Avilés. Noticias históricas’ de Julián García San Miguel (Impreso en Madrid, 1897), donde en su página 434 dice textualmente que «El mismo rey [D. Pedro I de Castilla] confirma dos cartas, una de su padre D. Alfonso y otra de D. Fer­nando su abuelo, mandando guardar á los de Avilés el fuero de no dar portaje ni ribaje des­de la mar hasta León. En las mismas Cortes, á 19 de octubre».

Otro 19 de octubre, pero de 1821, nace Pedro Carreño, uno de los trece hijos de Pantaleón Carreño y Dominica Valdés, en el domicilio familar de la calle La Ferrería, número 10. La vida de este Carreño se repartió entre Cuba y Avilés, siendo  escritor tan prolífico como desconocido, al menos, en su villa natal. Periodista, poeta y autor de comedias, dramas e incluso de una zarzuela. Algunos (es el caso de Fernando Vidal Blanco) dan por cierto que también es el autor del poema que se puede leer en la parte inferior de una hornacina dedicada a Jesús Nazareno, colocada en la parte alta del soportal de la citada dirección de La Ferrería. Ver para creer y si no peregrine allí para leer.

El 19 de octubre de 1893 se inaugura el puente metálico de San Sebastián, que sustituye al viejo de piedra, llamado de Los Pilares, para salvaando la Ría comunicar Avilés con Gozón. Es una plataforma de hierro, diseñado por el ingeniero militar Francisco Writz, de cuarenta y tres metros de largo por nueve de ancho. La modernidad metálica no fue bien acogida, ya se sabe, y abundaron comentarios despectivos en la prensa, como que «parece la torre Eiffel echando la siesta» e incluso creaciones literarias como el verso que sigue:

«Puente Metálico… 

Mucho hierro por arriba, 

mucho hierro por abajo, 

y si todo en el hierro estriba…

¡Que lastima de trabajo!».

El tiempo ha demostrado que el poeta, de nombre Juan Francés, no tenía visión de futuro. Y es que nadie es perfecto, como nos está recordando siempre Jack Lemmon en ‘Con faldas y a lo loco’.

El 19 de octubre de 1894 el, entonces, diputado a Cortes por Avilés, Julián García San Miguel, segundo marqués de Teverga, impulsa en Madrid el expediente para la construcción de un nuevo templo en Avilés, que sirva de parroquia al ya populoso barrio de Sabugo, a construir en el lugar ocupado por las ruinas del convento de La Merced. La nueva iglesia sería consagrada en 1903 con lo que la medieval iglesia de la plaza del Carbayo dejaría de ser sede parroquial. Sabugo siempre dando la nota, como tiene que ser.

El 19 de octubre de 1903 nace, en Barcelona, Ramón Corominas Sostres quien sería personaje muy popular en Avilés donde llegó a principios de la década de los 50, del pasado siglo XX, con la misión de poner en marcha la nueva Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) que originó la mayor transformación urbana, social y económica de la historia de Avilés. Ramón Corominas, que ostentaba el número uno de matrícula en la nueva empresa, llegó a ser director de la misma.

El 19 de octubre de 1904 sale a la venta el primer número del semanario ‘El Veto’, afín a los intereses del partido Liberal, cuyo líder era Julián García San Miguel, segundo marqués de Teverga. La publicación duraría cinco meses. Sin comentarios.

El 19 de octubre de 1951 el Boletín Oficial del Estado publica un decreto que haría posible la construcción de los poblados de la empresa ENSIDESA de Avilés. En el principal de ellos, el de Llaranes –considerado hoy un referente importante en la historia del urbanismo español– se entregarían, en 1954, las primeras viviendas. Lo de Llaranes es la excepción que confirma la regla del grandioso desastre constructivo de poblados de viviendas edificados en Avilés por entonces.

El 19 de octubre de 1998 cierra el cine Almirante para ser convertido en cuatro minicines. Fueron 185 los espectadores que asistieron a la última proyección –en la gran sala, la mayor de Asturias en aquellos momentos– de la película de Steven Spielberg ‘Salvar al Soldado Ryan’, que fue la que clausuró este cine donde también, desde su inauguración el 14 de abril de 1973, hubo esporádicas representaciones teatrales.

El 19 de octubre de 2000 la prensa asturiana destaca en primera plana la resolución oficial que aprobaba el futuro uso del palacio de Ferrera como hotel de lujo. Incluso el diario ingles ‘The Times’, que ya es decir, en un suelto en páginas interiores, anunciaba que «NH abrirá en abril de 2003 un hotel de cinco estrellas en la ciudad asturiana de Avilés». Para que luego digan.

El 19 de octubre de 2004 la multinacional estadounidense Alcoa (antigua ENDASA) anunció la inversión de 46 millones de euros en su fábrica de aluminio de Avilés, situada en el Polígono Industrial San Balandrán, en la margen derecha de la Ría. El mítico santo, ligado a Avilés –por una isla hoy evaporada– nunca descansa, aunque los de la toponimia oficial lo quieran disfrazar de Samalandran.

Y esto es lo que hay, cerezas históricas que también son certezas.

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Los Canapés, aperitivo escondido del Casco Histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 12-10-2014 | 9:11 | 0

(Un intento de ‘darle marcha’ al conjunto monumental menos conocido y más maltratado de la villa).

No piensen en manducatoria, porque los canapés a los que me refiero son de piedra educada y figuran en el menú histórico-artístico que figura en la carta del monumental casco antiguo de Avilés.

Pero a efectos artísticos-gastronómicos –esos que dicen que alimentan mente, espíritu y tal– Los Canapés permanecen ignorados por la autoridad y el personal en general que, sin embargo, se deleitan saboreando opíparos platos del menú que ofrece la villa de Avilés y que va desde manjares como Camposagrado, El Carbayo, Galiana o El Parche…  y hasta La Fruta, de postre, claro.

Y sin embargo la gente no prueba, ni de coña, Los Canapés. Generalmente porque no los encuentra.

Antes lucían más, porque entre ambos asientos de piedra transcurría el tránsito rodado de la carretera general entre Oviedo y Avilés. Estaban a la vista y ahora aquella calzada nacional se ha convertido en un camino peatonal.

Estos vistosos bancos de piedra –incluidos en una selección de lugares y monumentos del casco antiguo local, que fue declarado en 1955 por el Estado español Conjunto Histórico-Artístico– están cercados y acogotados por una lado: una estación de servicio y por el otro: una maloliente zona verde donde se suelen acumular desperdicios sin control. Por debajo, prácticamente, son traspasados por una carretera de gran tráfico y por encima están coronados, por así decirlo, por el viaducto de la circunvalación de Avilés. Vaya por Dios.

Los Canapés fueron colocados en 1786, en tiempos del reinado de Carlos III, aquel monarca que favoreció la moda del adorno arquitectónico a la entrada de las poblaciones importantes. Por ejemplo, y sin ánimo de hacer comparaciones, en la Villa y Corte de Madrid se hizo con la Puerta de Alcalá, y en la Villa de Avilés con Los Canapés. Que fueron colocados a ambos lados de la principal calzada, que entonces era la que la comunicaba con Oviedo.

Son dos grandes ‘sillones’ de piedra de11,64 metrosde largo, 2,60 de ancha y 3,30 de alto, que fueron diseñados por José Bernardo de la Meana –Maestro Mayor de la Catedral de Oviedo y vinculado también a la obra pública del Ayuntamiento de Avilés– y realizados bajo la dirección del maestro de obras Roque Bernardo de Quirós con piedra, que estaba literalmente a pie de obra, pues la cantera de Bustiello está situada a unos metros de distancia del lugar de emplazamiento.

Los bancos muestran inscripciones, en uno de ellos: «Reynandola Majestaddel Sr. Dn. Carlos III se hizo esta obra» y en el otro: «A expensas de los propios y arbityrios (sic) de esta villa año MDCCLXXXVI».

A Gaspar Melchor de Jovellanos Los Canapés no le gustaron un pelo. Vaya por Dios. En su ‘Diario Cuarto’, correspondiente al sábado 14 de julio de 1792, dice, después de referirse a Villalegre como ‘bellísima parroquia’ y al hablar de la nueva calzada de Oviedo a Avilés: «Nueva carretera, ancha y bien trabajada, plantada de álamos malos al principio, buenos y mejores después. Enorme y feo canapé en medio de un gran trozo de camino levantado sobre altísimos y fuertes paredones, y que debió por lo mismo ser muy costoso».

Para gustos hicieron Los Canapés. La verdad es que mucho entusiasmo no levantan y más desde mediados el siglo pasado, cuando nos cayó encima la, hoy, difunta ENSIDESA –y demás familia metalúrgica y cristalera– y Avilés creció a lo loco, fueron quedando camuflados de mala manera. Sin embargo, aun escondidos y apabullados como están, han sido capaces de dar nombre a un centro cultural y deportivo, a una estación de servicio y hasta una pequeña travesía.

En 2009 se restauró –a cargo de un equipo dirigido por Teresa Imaz de las Alas– el primero de ellos. Para el otro (justamente el que proclama «A expensas de los arbityrios de esta villa…») no hubo presupuesto –vaya por Dios– y hoy luce oscuro, enmohecido y atrapado por la maleza.

Nada se puede hacer por Los Canapés de Avilés, como no sea retirarlos de ahí –como se propuso informalmente hace unos años– donde no tienen el respeto que se les debe, o bien darles otro tipo de marcha, la musical por ejemplo. Así que propongo nuevamente –al público en general y a los amantes del casco histórico de Avilés en particular– que tomando como base la famosa y pegadiza canción ‘La Puerta de Alcalá’ –popularizada por Ana Belén y Víctor Manuel, con letra y música de Bernardo Fuster, Luís Mendo y Francisco Villar– se readapte para esta ocasión,  cambiando el nombre de un monumento por el otro y un par de licencias gramaticales más –todo ello en aras del patrimonio, faltaba más– y se tararee algo así:

«Una mañana fría, Carlos III, con aire insigne se quitó el sombrero muy lentamente bajó de su caballo, con voz profunda le dijo a su lacayo: ahí están, ahí están, ahí están viendo pasar el tiempo… ahí donde los ves, están Los Canapés.

Lanceros con casaca, monarcas de otras tierras, fanfarrones que llegan inventando la guerra, milicias que resisten bajo el “no pasarán” y el sueño eterno como viene se va… y ahí están, ahí están, ahí están viendo pasar el tiempo… ahí donde los ves, ahí, están Los Canapés.

Todos los tiranos se abrazan como hermanos, exhibiendo a las gentes sus calvas indecentes, manadas de mangantes, doscientos estudiantes inician la revuelta son los años sesenta y ahí están, ahí están, ahí están viendo pasar el tiempo… ahí, ahí donde los ves, están Los Canapés.

Un travestí perdido, un guardia pendenciero, pelos colorados, chinchetas en los cueros, rockeros insurgentes, modernos complacientes, poetas y colgados, aires de libertad… ahí están, ahí están, ahí están viendo pasar el tiempo… ahí donde los ves, están Los Canapés.

Los miro de frente y me pierdo en sus ojos, sus piedras me vigilan, su sombra me acompaña, no intento esconderme, nadie los engaña, toda la vida pasa por su mirada…
Míralos, míralos, míralos, míralos… ahí donde los ves, están Los Canapés… Míralos, míralos, míralos, míralos… ahí donde los ves, están Los Canapés…»

 Aunque para mirarlos hay que encontrarlos y ese ya es otro cantar, pues no están señalizados. Cosa impropia para estos bancos de piedra del siglo XVIII, que forman parte de los monumentos componentes del ‘Casco Histórico-Artístico’ de Avilés.

Pena de Canapés que podían haber sido el aperitivo ideal del banquete monumental avilesino y están amojamaos. Vaya por Dios.

Otro siglo será.

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Jesusín de Galiana
Alberto del Río Legazpi 05-10-2014 | 11:11 | 2

Hoy se cumplen 153 años de una sonada reunión en Avilés. Aquel 5 de octubre de 1861, los miembros del gobierno local presididos por el alcalde Fernando Ochoa, aprobaron las obras proyectadas para la prolongación de la calle de La Cámara, que entonces comenzaba en la plaza de España y terminaba en el cruce con la, hoy, calle La Muralla.

Esta obra, histórica para Avilés, traería consigo el nacimiento de un gran espacio urbano, donde destacaría la espectacular plaza del mercado (descreídos, con ordenador, busquen ‘singular plaza de los siete nombres’ en Google, Yahoo o similar).

En la misma sesión, el alcalde Ochoa –abogado, que compaginaba la política con el periodismo, y vivía en la casa, hoy palacio, de Valdecarzana– leyó un documento que se enviaría a Madrid, pidiendo un ramal de ferrocarril que «ponga en comunicación a esta Villa y Puerto». El tren llegaría veintinueve años más tarde.

Pero aparte de estos dos históricos asuntos –y de la aceptación de la dimisión de dos serenos, porque aunque parezca mentira hubo un tiempo en que hasta dimitían los serenos– el alcalde dio lectura a una carta remitida por la parroquia de San Nicolás de Bari: «Las perso­nas que frecuentan la capilla de San Roque me advierten de su estado rui­noso, hendiduras en las paredes y bóve­da y desplome de la facha­da, interesando se deter­mine si las reparaciones han de ser de su cuenta, o si la capilla está bajo el patronato municipal…».

La carta la firmaba el sacerdote Francisco Martínez Manzaneda, cura ecónomo de la parroquia, polémico personaje de la época, que se las tenía tiesas con el Ayuntamiento. Alcalde hubo (tal fue el caso de Álvaro Lobo Castañón) que dejó escrito que «a este cura le hizo la boca un fraile», por sus continuos rifirrafes por asuntos económicos. A veces, la sola cita de su apellido resultaba categórica. Por ejemplo el poeta Marcos del Torniello hablando de su nacimiento dejó escrito: «Naci na cai de Gozón. / No importa pa la cues­tión, / el año, el día y el mes… / Soy como tú d’Avilés, / pa que lo sepias, Antón. / Na pila San Nicolás / bauti­zome Manzaneda». Y punto en boca, parece querer decir el poeta bablista.

  El caso es que en aquella ocasión el cura llevaba razón, pues la capilla era propiedad del Ayuntamiento y este tendría, una vez más, que apechugar con el arreglo.

  Pocos chapuzas constructivas hubo en Avilés como aquella capilla de San Roque. Tantos desastres acumuló, que pierdes la cuenta de tanta avería y derrumbe que vienen reflejadas en los libros de Actas del Archivo Histórico. Justo Ureña ironizaba que «Si con­vertimos al valor actual del dinero, los duca­dos, reales, maravedíes y pesetas que en tres siglos se invirtieron en reparaciones y reconstrucciones de la capilla de San Roque, es incuestionable que Avilés podía tener hoy en El Carbayedo una catedral como la Almudena de Madrid».

La capilla de San Roque fue edificada, en el siglo XVII, en el llamado ‘Campo de Galiana’ anexo al Plantío Real del Carbayedo, famoso bosque de carbayos (robles, ya sabes) situado en la parte alta de Avilés.

Fue bendecida en 1652, como agradecimiento de las autoridades locales a San Roque –santo que en vida se dedicó a curar a los infectados por la peste– pues entendían que Avilés se había librado de la plaga gracias a su intercesión divina con ocasión del incidente ocurrido cuando estando el puerto de Avilés en cuarentena ordenada por el Gobernador de Asturias, ante la epidemia de peste declarada en Europa, los responsables locales –dos jueces que luego fueron castigados con el destierro– dejaron entrar en el puerto una carabela, cuyo capitán –un vecino de Sabugo llamado Amado Terano– estaba infectado. Una imprudencia que sembró el pánico entre la población, que se encomendó masivamente a San Roque. Afortunadamente no hubo contagio, de milagro. Cosa que se atribuyó al santo, por lo que se decidió erigirle una ermita.

Con el tiempo la capilla fue cambiando la advocación oficial, a partir de la instalación en ella de una imagen del Nazareno procedente de la ruinosa capilla de San Martín (que estaba frente a donde hoy está la comisaría de polícía). Y la de San Roque pasó a ser llamada Jesús de Galiana, y también la del ‘Ecce Homo’, para terminar siendo –y así es hoy familiarmente conocida– la de ‘Jesusín de Galiana’.

Sepan los foráneos que en Avilés hay también una capilla que muchos llaman de ‘San Pedrín’, en la calle Rivero, y una famosa cofradía semana-santera conocida como la de los ‘sanjuaninos’… Y esto no debe de extrañar en una región, de ‘grandones’ por otro lado, donde la patrona es conocida como la ‘Santina’.

 Y vuelvo a un 5 de abril de 1892, cuando otra amenaza de ruina, la quinta de su historia, decidió al Ayuntamiento a encargar un nuevo proyecto al arquitecto Ricardo Marcos Bausá (el que había trazado el cementerio de La Carriona y el parque El Muelle) y que es la que existe en la actualidad. Es sede de la cofradía ‘Nuestro Padre Jesús de Galiana’ y alberga también las imágenes de San Roque, San Juan, y la Virgen Dolorosa.

Siempre fue lugar de feligresía al paso, aunque cuando el Instituto ‘Carreño Miranda’ estaba en su inmediaciones (donde hoy está el colegio público ‘Palacio Valdés’) y por los meses de junio y setiembre (épocas de exámenes) ‘Jesusín’ estaba hasta los topes de jóvenes feligreses.

Sépase que es la única ermita donde se hincó de rodillas un Rey de España, tal fue el caso de Amadeo I, cuando visitó Avilés –el 15 de agosto de 1872–  y la apolillada nobleza de simpatías borbónicas, encabezados por el marqués de Ferrera, le cerró palacios e iglesias.

Hoy la capilla tiene a un costado un pasaje llamado de ‘San Roque’ que remite a sus orígenes. Por cierto que aquí se plantó, en su día, un famoso crucero que no tardó mucho (permitan el retruécano) en llevarse por delante un camión repartidor de Coca-Cola en una desgraciada maniobra dando marcha atrás. Incidente que unió para siempre a la multinacional norteamericana con la milenaria historia avilesina.

Mientras tanto ‘Jesusín’ de Galiana sigue llamando la atención de los visitantes, fundamentalmente por llamarse Jesusín, cosa que choca la suyo por tal confianza con algo divino, con el plus añadido de ir unido al nombre de una de las calles porticadas más famosas de España. Todo viaja menos los nombres, como dice Julián Marías, porque los nombres se quedan para siempre grabados en la memoria y en las lápidas.

Yo solo se que si dices, por ahí fuera, ‘Jesusín de Galiana’, en un santiamén muchos saben que hablas o que eres de Avilés. Ya se que la cosa tiene su lógica, pero sigue pareciéndome un milagro, oye.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta