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Fecha: noviembre, 2014
Hay un monstruo de Aviles y es de cine
Alberto del Río Legazpi 23-11-2014 | 11:21 | 0

Avilés está unido con el arte en muchos aspectos que, en casos, alcanzan la categoría de monumental. Aunque hay alguno atravesado como el término ‘monstruo’ con el que, mire usted por donde, ha ligado la Villa del Adelantado, de la mano de la pintura, la escultura y la cinematografía.

La semana pasada una amiga, filóloga, muy cabreada ella con la fama que ha cogido el término ‘La monstrua’, me hacía saber que según la Real Academia de la Lengua ‘monstruo’ tiene siete acepciones y ninguna en femenino.

Hilando fino, decir ‘la monstrua’ es incorrecto lingüísticamente y demuestra que Carreño le daba muy bien al pincel pero gramaticalmente no pintaba un bledo, pues lo correcto es ‘la monstruo’. Lo que no quiere decir que vaya a negar la existencia de una niña deforme por su gordura exagerada, de nombre Eugenia Martínez Vallejo, nacida en Bárcena (Santander), que fue llevada hacia 1679, cuando contaba 6 años de edad y pesaba 72 kilos, a la corte del Rey de España, Carlos II, quien por cierto estaba descuajeringado física y químicamente.

Eugenia formaba parte de una ‘colección’ de personas con cualidades singulares o con defectos físicos notorios que [para su contemplación] formaban parte de las cortes reales europeas de por entonces. Eran personajes ‘extraños’, seres deformes (como el caso de Eugenia) y ‘divertidos’ (juglares, enanos, bufones, etcétera). Una corte de circo.

El Rey ordenó a su pintor de Cámara, Juan Carreño Miranda, retratar a la niña Eugenia y éste la inmortalizó en dos cuadros (vestida y desnuda) colgados actualmente en el Museo del Prado de Madrid. En Avilés, y no hace mucho, difundieron esos cuadros, los artistas Ramón Rodríguez, con un gran mural de cerámica y ‘Favila’ con una estatua que la reproduce en bronce. Ellos redondearon su popularidad.

Pero quien no es muy conocido es el ‘monstruo de Avilés’ que nació del cine desde que en 1975 Jesús García Dueñas estrenó la película «El asesino no está solo», protagonizada por Lola Flores, Teresa Rabal, David Carpenter y Luis Ciges, que relata vida y trajín asesino de un tal Julio (personaje apodado en la película como ‘el monstruo de Avilés’), joven de familia acomodada avilesina, relacionada con la industria siderúrgica. Tela.

Julio es el prototipo de un esquizofrénico asesino en serie de prostitutas, papel que interpreta David Carpenter (actor y nadador español cuyo nombre, en la vida real, era Domingo Codesido Ascanio).

Mi amiga, la filóloga, me matiza y me atiza con otra acepción de monstruo: «Cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea». Lo que me hace recordar que aquella ENSIDESA de Avilés –que tenía miles de trabajadores produciendo millones de toneladas de acero en una factoría que medía más de once kilómetros– era grande cosa fina y extraordinaria que no veas.

Parte de los exteriores del film se rodaron en Avilés, Trasona y Salinas. Pero el mayor protagonismo lo tienen las monstruosas instalaciones industriales, hoy desaparecidas al haber sido monstruosamente dinamitadas, sin miramientos hacia su monstruoso valor funcional y patrimonial. Se hizo caja achatarrando, de la noche a la mañana, verdaderas joyas del patrimonio industrial. Un episodio aparte.

Puede que el sobresalto causado, a los guionistas Dueñas y Jesús Torbado, por aquel monstruo industrial ‘ensideso’ les llevase a bautizar al personaje asesino como ‘el monstruo de Avilés’.

Menos mal (dicho sea con perdón de los peliculeros) que pese al reclamo de Lola Flores, la película fue un fracaso comercial rotundo, por lo que lo del ‘monstruo de Avilés’ no quedó ‘pa los restos’.

Y ya que estamos, leo que la última acepción, en el diccionario, del término monstruo se refiere a «persona de extraordinarias cualidades para desempeñar una actividad determinada». Así veo yo, en este caso, al equipo de la Factoría Cultural avilesina –personificado en Anabel Barrio y sus colaboradores– que lanzó el ‘Proyecto Eugenia’ (no el ‘Proyecto monstrua’, que hubiera sido lo fácil), formando parte de la serie de homenajes que la ciudad viene dedicando, en 2014, a Carreño Miranda con motivo de su 400 cumpleaños.

Partiendo de un molde, basado a su vez en el cuadro del pintor, más de veinte artistas interpretan libremente en una exposición que invade los lugares emblemáticos de la ciudad, a Eugenia, no a ‘la monstrua’. Ya se que es lo mismo, pero no es lo mismo. Como dice un conocido mío: «Tienes razón pero estás equivocado».

Así pues la Historia deberá reflejar que Avilés, dentro de su generoso capítulo de Bellas Artes, tiene una estatua y un mural que recrean a una niña deforme pintada por Juan Carreño Miranda (y que el maestro tituló ‘Eugenia Martínez Vallejo. La Monstrua’). Y un monstruo de cine.

Masculino y femenino que dejan claro que en materia de igualdad damos ejemplo, según mi amiga, a quien el monstruo de Avilés no le da miedo en absoluto.

«Lo que está es de miedo» matiza, excitada, la filóloga.

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La nueva e insólita calle del casco antiguo de Avilés
Alberto del Río Legazpi 16-11-2014 | 11:10 | 3

(Considerando que la historia avilesina se mide por siglos, el Pasaje del Bollo es una vía novísima, pues tiene quince años en el callejero local).
        El Pasaje del Bollo es una casi reciente, vía pública de Avilés que comunica las calles de San Bernardo y La Muralla.
        Cuando se abrió este pasaje, que el Ayuntamiento de Avilés tiene catalogado como calle, se produjo la última de las contadas excepciones en cuanto a la modificación de un plano urbano iniciado hace mil años cuando menos.
        La ciudadela amurallada de Avilés estaba formada, fundamentalmente, por cuatro calles –La Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo– y tres plazas –las De la Villa y La Baragaña (hoy desaparecidas) y la de San Nicolás (actual plaza de Carlos Lobo)– que componían el terreno primigenio de la Villa, que se ha conservado durante siglos, aunque las calles creciesen en anchura, altura, y calidad de edificios.
        El nuevo Pasaje del Bollo está en un solar antiquísimo, situado entre el final de la calle La Ferrería y el palacio de Camposagrado, lugar donde también  durante siglos estuvo el muelle principal del puerto de Avilés.
        Dicho solar fue durante siglos la casa madre de la familia padre de la historia medieval avilesina, la De las Alas, que por tener hasta tenían cementerio aparte del resto de los mortales: una capilla funeraria construida en el siglo XIV y situada frente a su mansión y a un costado de la [actualmente conocida como] iglesia ‘De los Padres’.
        Pero, en el siglo XIX los Alas volaban ya muy bajo y la casa se fue al carajo. Derribada en 1858, en el solar resultante –y adosado al palacio de Camposagrado– se construyeron dos casas contiguas que a partir de 1867 fueron ocupadas por ‘La Serrana’, famoso hotel y restaurante avilesino de Serrana Gutiérrez Pumarino, que cerró sus puertas, por traslado, el 31 de diciembre de 1970.
     La antigua instalación hotelera también fue demolida, y en su lugar se levantó el edificio actual, numerado con el 34 de la calle La Muralla. Pero los constructores se vieron obligados, por ley, a dejar un espacio entre la nueva casa y el palacio Camposagrado. En ese tránsito, estrecho y en pendiente, que unía las calles de San Bernardo y La Muralla, nació una vía nueva del casco histórico de Avilés.
     Se conoció informalmente, a partir de 1993, el nombre de Pasaje del Bollo, por una placa que allí colocó la cofradía festiva recordando que en el hotel demolido había fundado el médico castropolense Claudio Luanco las tradicionales fiestas del Bollo en 1893.
     Finalmente, en 1998, el Ayuntamiento oficializó la vía como Calle Pasaje del Bollo.
     Estamos hablando de una calle muy corta, con dos tramos de escalera (de 8 y 15 escalones) y sin portal que valga, pues para uno que hay (entrada a una conocida clínica) está ‘adjudicado’ a la calle San Bernardo. El uso es peatonal y, por automóvil, restringido a un parking privado.
     Pero artísticamente es la pera. Porque el Pasaje del Bollo discurre a un costado del palacio de Camposagrado y de un lienzo que se conserva de la antigua muralla medieval. Y uno de sus límites visuales es la puerta gótica de la antigua Escuela de Cerámica, edificio que algunos toman erróneamente como casa natal de Pedro Menéndez de Avilés.
     Y si miras al suelo hay «Arte bajo tus zapatos», producto de una intervención artística, en2006, acargo de profesores y alumnos de la Escuela  Superior de Arte y la Municipal de Cerámica, que plantaron 119 baldosas (2,45 x 2,45), todas ellas diferentes, obra de 26 artistas, coordinados por Carlos Suárez y Ramón Rodríguez.
     También hay otras vías, Cuesta La Molinera y La Ferrería, que unen el parque El Muelle (declarado Patrimonio Cultural hace veinte días) con el meollo del monumental casco histórico de Avilés declarado (hace sesenta y nueve años) Conjunto Histórico-Artístico por el Estado español.
     Pero ninguna de aquellas tiene lo de este Pasaje del Bollo, donde el milagro brota de los suelos alicatados artísticamente. Son muchos azulejos y todos distintos, una demostración de creatividad y color.
     A efectos histórico-artísticos, Avilés peina la raya con cartabón.

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La tertulia prodigiosa del marchoso Café Imperial
Alberto del Río Legazpi 09-11-2014 | 11:11 | 8

            Hubo en Avilés, a comienzos del siglo XX, dos cafés que destacaban sobre el resto, estaban en una nueva calle donde la fila de casas de la derecha se habían edificado sobre la antiquísima muralla, que unos años antes se habían cargado los intereses inmobiliarios. Las casas de la izquierda formaban parte del perímetro de la –entonces–  recientemente construida plaza del mercado o Plaza de los Siete Nombres.
            Los dos cafés a los que me refiero, situados en esta calle –que hoy conocemos como La Muralla– estaban situados frente a frente y los dos haciendo esquina. Hablo del Colón y del Imperial y de ambos quedan las fachadas.
            El Colón, bajo y piso, se había instalado en 1890, aunque no fue hasta 1905 cuando añadió el elemento arquitectónico que lo singulariza: la terraza aérea en el primer piso, que origina soportales en la acera, modelo barrio antiguo de Nueva Orleans. El Imperial ocupaba solamente el bajo, pues la terraza que muchos creen prolongación del negocio, era del Casino de Avilés (fundado en 1872) que tenía en el edificio su sede y que la instaló en 1907 para disfrute de sus socios. Este edificio también acogió, durante un tiempo, a la Cámara de Comercio local, fundada en 1899.

A la izquierda el Imperial. A la derecha el Colón.


            El Imperial se había instalado en La Muralla en 1900. Anteriormente y desde 1872, estuvo en la calle La Ferrería (según datos que aporta Luis Muñiz Suárez, en su magnífico libro ‘Historia de La Voz de Avilés. 1908-2008 ’) y en la casa que da frente a la calle El Sol, justo donde años más tarde se instalaría el diario avilesino que permanecería allí durante más de medio siglo.
            Ambos cafés, de gran superficie, eran la sensación, la modernidad de la época. Porque añadían a los servicios propios de esta clase de establecimientos espectáculos variados. Así mientras en el Imperial actua­ban tonadille­ras y cupletistas, con acompañamiento orquestal, el Colón ofrecía diarias sesiones de cine, con acompañamiento de piano.
            La sutileza, en lo publicitario, quizá ayude a establecer mejor la diferencia. Mientras el Imperial invitaba a exotismos como cerveza ‘La Estomacal de Mahón’ o a catar vinos de Burdeos, el Colón se vanagloriaba de servir leche recién ordeñada.
            Al Imperial lo presentaban los anuncios de la época de esta guisa: «Sitio céntrico, amplio local, venti­lador eléctrico con aparato pro­ductor de ozono para que la atmósfera esté siempre pura… En Barcelona, en una sala mecánica­–médica, cobran cinco pesetas por una hora de aspiraciones oxige­nadas… en este café, por veinticin­co céntimos, se puede pedir un café riquísimo, agua filtrada, seis periódicos diarios, tres ilustrados, biblioteca, teléfono y aspiraciones oxigenadas de la misma clase que en una sala médica de Barcelona, sin limitar el tiempo de aspiración…  Increíble, pero verdad».
            Subidones oxigenados aparte, lo que le daba categoría era la clientela que allí se reunía. Por entonces las tertulias eran muy numerosas. Por raro que parezca, la gente (la que podía, claro) se comunicaba, charlando, en torno a la mesa de un café y no mirando –los ojos como platos y la cerviz doblada– a un teléfono enano en la palma de la mano. Cuando no enchufados –en alma, corazón y vida– a un ordenador.
            En el Imperial abundaban las tertulias, pero destacaba una que me descubren unas notas inéditas de David Arias Rodríguez del Valle (alcalde de Avilés en dos ocasiones) y que –Guerra Civil de 1936 mediante– terminó exiliado en México. Una de sus nietas, Maricruz, me hizo llegar el escrito.

David Arias (1890-1975)

            David describe a los personajes variopintos de aquella tertulia del primer tercio del siglo XX. Por encima de todos estaban dos personas. Una Wenceslao Carreño, de familia ilustre, coronel del ejército retirado, monárquico leal, bebedor risueño y bibliófilo empedernido. Y otra Nicasio Rodríguez Viña, de origen modesto, republicano convencido y a quien «la herencia de un tío indiano convirtió en filósofo ocioso y catador pacífico».

            Y luego una serie de contertulios entre los que descollaban –y me permito adornarlos con pinceladas escogidas del escrito de David– como más habituales: Fortunato Sánchez-Calvo (venerable fan del filósofo Krause), Lorenzo de Uhagón (silencioso tertuliano con rasgos inesperados de ingenio), José María Lobo de Las Alas (inculto, pero dotado de talento avispado y socarrón), Manolo Vior (intelectual y gimnasta) y  David Arias (poeta que llegó a ser alcalde).
            De aquella tertulia prodigiosa nacieron dos cosas importantes. Una, la idea de celebrar una verbena anual, acompañada de la edición de una revista irónica, titulada ‘La Batelera’. Y, otra, la fundación de una biblioteca pública (Biblioteca Popular Circulante).
            ‘La Batelera’, un clásico festivo, llenó de música y alegría muchos veranos avilesinos.
            Y la Biblioteca Popular Circulante, escribe David Arias, «fue la primera de su clase en Asturias y tal vez en toda España». Pero lo que él no se imaginaba es que aquel ‘invento’ de la tertulia prodigiosa transcendió de lo particular a lo municipal y que con el tiempo se renombró como Biblioteca Bances Candamo (la BBC, que es un episodio aparte) y que terminaría germinando una Casa Municipal de Cultura, que con la llegada de los Ayuntamientos democráticos en 1979, potenciaría sus actividades hasta convertirse, por la cantidad y la calidad de las mismas, en una de las más destacadas de España de su tiempo.
             Por cierto, que en 1933 se cerró el tradicional café Imperial para abrir una entidad bancaria. No tengo nada claro que Avilés saliera ganando.

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Cementerios, en la historia de Avilés, hubo varios
Alberto del Río Legazpi 02-11-2014 | 11:13 | 1

           Hay una regla elemental entre aquellos escritores que llegan por vez primera a una población para glosarla o simplemente para conocerla. Son normas de obligado cumplimiento el que las dos primeras visitas sean al mercado y al cementerio.
           Se trata de una aproximación, mucho más eficaz y práctica de lo que se pueda pensar. El mercado es el termómetro de la vida social y costumbrista de la población a conocer y lógicamente un muestrario de los productos que se gastan en ella. El cementerio es un reflejo del urbanismo, de la historia y del gusto de la ciudad.
           Esta ley ‘olfativo-cultural’ se cumple plenamente en Avilés, cuyo mercado no solamente es el más populoso de Asturias, es conocido hasta por siete nombres y el más antiguo, al ser concedido por los Reyes Católicos a finales de la Edad Media, cuando un pavoroso incendio destruyó dos tercios de la ciudadela amurallada.
           En cuanto al actual cementerio municipal es uno de los más espectaculares que se pueden encontrar en el norte de España.
           Pero antes hubo otros cementerios, cosa lógica en villa tan antigua como Avilés. Durante siglos el cementerio municipal avilesino estuvo situado entre la muralla y la llamada ‘Iglesia de Los Padres’, y allí sigue ubicada la capilla funeraria (siglo XIV) de los Alas, aunque hay que matizar que estaba junto al cementerio, pero no dentro del recinto. El, entonces, pueblo de Sabugo tenía también su lugar de enterramiento sagrado, al costado izquierdo de la iglesia medieval de la plaza del Carbayo.
           También los hubo, más pequeños, en La Magdalena, Llaranes y el Hospital de Peregrinos de Rivero. Y con el paso del tiempo en Miranda y San Cristóbal.
           Igualmente existieron camposantos –aunque generalmente restringidos a religiosos– en los conventos de San Francisco, hoy iglesia de San Nicolás de Bari, y de San Bernardo, complejo hoy desaparecido y al que se accedía por la calle del mismo nombre.
           En el siglo XIX el gobierno español –aduciendo normas de higiene y salud pública– dicta leyes para  que los enterramientos en las poblaciones se hagan fuera del casco urbano de las mismas. Y así el Ayuntamiento avilesino se ve obligado, en 1813, a trasladar el cementerio municipal, a lo que eran entonces las afueras de la población, terrenos hoy ocupados por las escuelas de Sabugo.
           Pero la ciudad seguía creciendo en edificios y habitantes por lo que el gobierno civil de Asturias el 28 de enero de 1885 ordena clausurar los cementerios de Avilés, Miranda y San Cristóbal que eran los que prestaban sus servicios a Avilés y aledaños Y el Ayuntamiento decide la construcción de una nueva necrópolis para la vi­lla, en la zona alta de la población en el lugar conocido como La Carriona, al tiempo que clausura el de Miranda y construye otro nuevo en San Cristóbal.
           Diseñado por el arquitecto municipal Ricardo M. Bausá, el cementerio de La Carriona (se edificó en una finca así llamada) fue bendecido el 28 de agosto de 1890 para que acogiera a sus primeros “huéspedes”.
            El diseño de Bausá maneja la racionalidad en la distribución del conjunto formado por un rectángulo básico, presidido por una capilla, con planta de cruz, que actúa de núcleo distribuidor y del cual parten las avenidas principales del camposanto donde se sitúan los panteones. A esta parte antigua nos vamos a referir.
           Las clases pudientes del Avilés de aquella época, las que inician la industrialización tenían ‘gusto por la cultura’ cosa que se ve reflejada en las construcciones que se levantaron por aquel tiempo: nuevas calles de San Francisco y de La Cámara de edificios espectaculares, nueva iglesia neogótica (Sabugo), nuevo teatro neobarroco (el Palacio Valdés’) y nuevo hospital (en El Carbayedo).
           Todo ese gusto constructivo tuvo fiel reflejo en el nuevo cementerio de La Carriona donde los panteones de los pudientes son –en la mayoría de los casos–verdaderas obras de arte como: el mausoleo de la marquesa de San Juan de Nieva (el famoso del ángel señalando al cielo, obra de Cipriano Folgueras), o el dedicado al escritor Armando Palacio Valdés (de Jacinto Higueras) o los varios que diseñó Manuel del Busto, arquitecto clave en la Asturias de entre siglos XIX y XX y que comenzó su carrera en nuestra ciudad, construyendo varios edificios entre los que destacan el teatro  ‘Palacio Valdés’. 
           Lo que realmente llama la atención, en el cementerio avilesino, es el extraordinario conjunto de mausoleos pertenecientes a familias adineradas que quisieron trascender, alcanzar la inmortalidad que se dice. En el aspecto artístico puede que lo hayan logrado, en el religioso lamento no poder ofrecer esa información.
           Y aunque a algunos les pueda parecer extraño colocar un cementerio entre el catálogo de monumentos de una ciudad, en el caso avilesino queda justificado por la contrastada categoría artística de su necrópolis. Para que se den cuenta de su importancia, el cementerio de La Carriona forma parte de la Ruta Europea de Cementerios Significativos, y es el único asturiano en esta Ruta que agrupa 53 localizaciones, 18 de ellos en España.
           La Carriona es un episodio aparte. Descanse en paz.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta