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Fecha: diciembre, 2014
La prehistoria, según Villalaín, en la ‘Historia cómica de Avilés’
Alberto del Río Legazpi 28-12-2014 | 11:11 | 1

La prehistoria avilesina, según el médico, escritor y asiduo colaborador de LA VOZ DE AVILÉS, José Villalaín Fernández (Navia 1878–Salinas 1939) fue, más o menos, algo tal que así:

«Hay muchas opiniones en pro y en contra del asunto, pero yo creo que los primeros pobladores de Avilés, fueron los avilesinos (ver Reseaches out he avilesinos. Greatquack. London. 1907).

Los avilesinos pertenecían a la estirpe camítica; eran curafricanos, de pelo negro, y puede observarse, aun hoy en día, que la mayoría de ellos conservan el pelo negro, exceptuando tan solo a los canosos y a los rubios. Graswidenschwein exceptúa también a los calvos, llevando en esto el exclusivismo a un grado inconcebible (…)

Y ¿de donde vinieron los Iberos? Esta pregunta no tiene respuesta satisfactoria. Fundándose en las grandes aptitudes de la raza para perpetuarse, dicen algunos sabios que vienen la Libia, y deben tener razón, pues hasta el nombre de ‘libia’ indica lo libidinosos que fueron los iberos. Paco Estrabón habla de la raza ibérica poniéndola como tipo del espíritu de independencia y de la vergüenza torera, y el famoso Saxofón (llamado así porque siempre iba haciendo ruido con numerosos guijarros que llevaba en el bolso de la capa) afirma que lo iberos de Avilés eran valientes, religiosos, fuertes y sufridos, y que las mujeres guapas ¡la mar de guapas! Lo cual puede verse comprobado hoy día (…)

En los primeros tiempos de la historia, estaba Avilés unido a las islas del Mediterráneo, lo cual queda evidentemente demostrado en el terreno de nuestra villa, que es cretáceo, como el de la isla de Creta. Traté de buscar encima del terreno cretáceo el eoceno, el mioceno, el plioceno y el epiceno, pero no me fue posible dar con ellos y por lo tanto quedó sin resolver la importantísima cuestión de si hubo en Avilés el hombre terciario (homo tertiarius de Tchawskowsky). Indudablemente debió de haberlo, porque del hombre terciario se deriva la aún viviente V.O.T (Orden Tercera o Terciaria) alguno de cuyos miembros y miembras viven en Avilés (…)

La raza de Neandertal no existió en Avilés, ni falta.

De todos los índices que se estudiaron, en los iberos prehistóricos, el más notable es el dedo índice, porque el cefálico es igual que el de los demás curafricanos morenos.

De las costumbres de los primitivos habitantes de Avilés sabemos poco. En la edad de la piedra tallada, dominaban los canteros; en la de la piedra pulimentada, los marmolistas; en la del cobre, los caldereros; en la del bronce, los veloneros de Lucena, y en la del hierro, los herreros, que fueron los fundadores de la calle de la Herrería aún existente. De modo que ya en el periodo cuaternario puede la prehistoria avilesina ser dividida, sin que nadie se ofenda por ello, en fases paleolítica, megalitica, noeolítica, superferolítica y artrítica, que es en la que aparecieron las malas artes y las Bellas Artes.

La fase megalítica se distingue de la anterior en el tamaño y abundancia de las armas, la neolítica en lo pulimentado de las mismas, la superferolítica (super, encima; fero, llevar; litos, piedra) por la excesiva cantidad de navajas de afeitar, de piedra, y otras armas más o menos arrojadizas y sonoras, y la artrítica porque en ella aparecieron, como hemos dicho, las artes.

En los tiempos paleolíticos no hubo ni período chelense, ni solutrense, ni musteriense, solo lo hubo magdalenense, que dominó en La Magdalena, lugar situado a 0,652 kilómetros de la villa (…)

Llegó un día en que los individuos de cabeza alargada y de cara también alargada, se cansaron de tanta civilización como poseían y se reunieron en la carretera del Torno [carretera de San Juan]. El primer acuerdo que tomaron al despojarse de la civilización, fue suprimir el Registro Civil, y la Guardia Civil, y en esto se parecieron a los ladrones, que son enemigos de que los civilicen. Dejaron la agricultura, y se dedicaron a la puericultura y a la buenaventura, abandonaron los campos florecidos, las ciudades lacustres, y llevados por la barbarie y el instinto destructor, lanzáronse contra las tribus vecinas, apoderándose de El Caliero, Salinas, Londres, Gaxín, El Cairo, Sardanápalo y demás pueblos que rodeaban Avilés (…)

Cuando nacía un iberillo, casi siempre daba un disgusto a sus padres, no solo por las ordinarias razones fisiológicas, sino porque el padre debía sacrificar a sus divinidades un macho cabrío (cabrón) y en aquellas edades patriarcales era difícil hallar la victima apetecida. Ahora sería quizá más fácil (…)

A las suegras les arrancaban las uñas (menos la del dedo gordo del pie derecho que servía de arma ofensiva) y la lengua. A las jóvenes les prohibían el uso del corsé como no fuese modernista, y a los jóvenes les impedían gastar sombrero de copa y pantalón blanco, so pretexto de evitar enamoramientos repentinos, producidos por el uso de ambas prendas (…)

Posteriormente hubo un gran avance neolítico. Domina la raza surafricana. Hay rito funerario, y no solo rito, sino puritos, los cuales hacían morir a los iberos en medio de atroces picores, y en medio de la calle.

Fue la época en que aparecieron los metales, incluso el metal de voz. Invención de los clavos, cuchillos, telégrafos con hilos (el telégrafo sin hilos es de edades anteriores; de cuando aún no ha había alambres), cepillos, cerillas sin cabeza, mesas sin pies y conversaciones sin pies ni cabeza. Palafitos, monoditos, aerolitos y morabitos. Industrial del aluminio y el cleominio. Epoca feliz. Aparición de la raza celta (…)

El bastón de caña japonesa era desconocido y lo mismo el cock-tail y la gastralgia, calamidades que la civilización nos aportó (…)

Quien quiera completar este estudio debe leer la Biblia en verso, el Piramidón y la Historia Natural del hombre prehistórico avilesino, obra  magnífica (‘Reseaches on the Physical History of Avilés’s meu. Nevhaven 1213 y también la traducción alemana hecho por Kylosow: Grundis der avilesen–autrop. Valliniello 1908’) debida a la pluma de un servidor de Vds. José de Villalaín»

La ‘Historia cómica de Avilés’, fue publicada hace mucho tiempo. Quien me la regaló me confesó que era muy antigua «para que te hagas una idea, por entonces el sexo antes del matrimonio no era pecado sino un milagro».

Una muestra de esta histórica publicación de 1894, el capítulo titulado ‘Prehistoria’ del que es autor José Villalaín, la acaban de leer ustedes en este Día de los Santos Inocentes del año dos mil catorce.

Toda una primicia, créanme, porque encontrar hoy éste libro –firmado por ocho autores, de Villalaín a ‘Marcos del Torniello’– cuesta un Potosí y la yema del otro.

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La estela de los franciscanos en la Historia de Avilés
Alberto del Río Legazpi 21-12-2014 | 11:11 | 1

(Estos días una exposición en la antigua Escuela de Cerámica, comisariada por el arqueólogo Sergio Ríos, nos recuerda de un modo muy didáctico, la huella dejada por los franciscanos en Avilés)
       Fueron los primeros que llegaron a Avilés y han sido los últimos en marcharse. Hubo un paréntesis obligado (por una ley que afectaba a las ordenes religiosas del Estado español) al ser expulsados de su convento. Luego, los Franciscanos volvieron, pero hace como cosa de un año se fueron, parece que definitivamente (que con la Iglesia nunca se sabe), por agotamiento de vocaciones.
       A lo largo de la historia, Avilés tuvo tres conventos. El de los monjes Franciscanos y dos más: el de las monjas Bernardas, con acceso por la calle San Bernardo (y ocupando un gran patio de luces, de bendito suelo vegetal y arbolado,  formado por las Calles San Bernardo, La Fruta y La Cámara) y el de los monjes mercedarios, llamado el Convento de La Merced, en solar hoy ocupado por la calle La Cámara y la plaza de La Merced, donde hoy se levanta la iglesia Nueva de Sabugo.
       A las monjas Bernardas las sacaron por la fuerza [de la ley] como consecuencia de la conocida como ‘Desamortización de Mendizábal’. Y su complejo religioso (donde se incluía un claustro) fue demolido rápidamente (no fuera a ser que fastidiara una operación urbanística en marcha) y las ruinas se llevaron, en tropecientas carretas de bueyes, como relleno, para fijar el terreno marismeño –por entonces y desde siempre, la pleamar llegaba hasta aquí– de lo que hoy conocemos como Las Meanas, campo de fútbol incluido y ahora en manos de un ciudadano escocés. No somos nada.
       Los monjes Mercedarios, también fueron exclaustrados y su convento, que tuvo quince usos (Asilo, colegio, telégrafos, cuartel de la Guardia Civil, escuela de náutica, fábrica de tejidos, cuadras de bueyes municipales  y ocho etcéteras más) fue derribado y restos de altares y algunas imágenes fueron aprovechados por otros templos. Por ejemplo en la iglesia de Santa María de Cancienes hay un magnífico retablo (recientemente restaurado bajo la dirección de Teresa Imaz de Las Alas) procedente de aquel convento mercedario de Sabugo.
       Bernardas y Mercedarios fuéronse de Avilés, y no volvieron. Los Franciscanos que también habían sido exclaustrados en 1835 sí que regresaron, en 1919. Aunque no a su convento, que había sido reconvertido en parroquia de San Nicolás de Bari, sino a la histórica iglesia de la calle de La Ferrería (que durante siglos llevó el nombre de aquel santo de Bari), levantada en el siglo XII y que a partir de entonces pasó a llamarse, popularmente, ‘Iglesia de los Padres’, porque así lo decidió el personal que cose nombres que nunca se despegan (calleja Los Cuernos, calle La Cárcel, plaza del Pescado, etc.).
       La vuelta de los Franciscanos no hizo más que demostrar su querencia por la antigua villa realenga famosa en cartas marinas y rutas comerciales. Habían  llegado en el siglo XIII y su expansión por Asturias fue fulgurante: Oviedo, Avilés y Tineo vieron como se levantaban conventos de la orden de los ‘Hermanos Pobres del italiano santo de Asis’.
       Las órdenes religiosas que hubo en Avilés no dejaron nada, porque se lo echaron abajo todo. Los Franciscanos lo dejaron todo, porque hubo suerte de que no les afectara ningún plan urbanístico. Y en su herencia, conservada en la actual parroquia de San Nicolás de Bari, que ellos levantaron como convento, figuran los elementos arquitectónicos más antiguos de Avilés, algunos rodeados de misterio.
       Me refiero a la pila bautismal, que tanto intrigó a Jovellanos, cuya procedencia sigue siendo desconocida. O a un tablero de cancel, que lleva a deducir de la posible preexistencia de otro templo en ese mismo solar. Dicha pieza está empotrada en uno de los muros del claustro, el único de Avilés, terminado de construir alrededor de 1604.
       Por cierto que dicho tablero, considerado quizá el vestigio arquitectónico más antiguo que se conserva en Avilés sirvió como inspiración para el logotipo de ‘Avilés Milenario’, realizado en 2005 por Lorena Prieto, alumna de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias, dentro de un proyecto (siendo concejal de Cultura Juan José Fernández, de IU) que el Ayuntamiento quería utilizar como promoción de los mil años de historia de Avilés. Dicho plan se presentó públicamente (ver hemerotecas 30 de junio de 2005) y se realizó el correspondiente «merchandising» (camisetas, bolígrafos, etc) con el lema «Avilés, ciudá milenaria». Pero… de aquello nunca más se supo, porque desapareció todo lo referente a dicho proyecto. Se ignora el porqué y por qué se esfumó.
       Pero yo hablaba de lo es realidad en el antiguo convento, como un llamativo sepulcro gótico de (como no, tratándose de Avilés) un miembro de la familia De las Alas. O la espectacular arquería románica del claustro. O la portada septentrional del templo. No sigo porque todo esto es episodio aparte.
       Como episodio aparte fue el eremitorio de Raíces que fundaron los Franciscanos en 1413 y que el paso de los siglos convirtió en una cuadra que el Ayuntamiento de Castrillón, después de un rescate ejemplar, sigue sin abrir al público para su visita. Y ya va siendo hora.
       Quede constancia que es de restallo, en arquitectura y simbología, la herencia dejada por los Franciscanos desde su llegada –entre 1267 y 1274– y su forzada marcha, por expulsión, en 1836.
       Regresaron en 1919. Vinieron menos de los que hubo y a partir de entonces, acorde con la flojera de vocaciones, el tiempo los fue menguando hasta quedar reducidos a dos (incluido el superior) que inevitablemente fueron resbalados, en 2013, hacia el convento de Santiago de Compostela.
       Armando Arias –coordinador del Aula de Cultura de LA VOZ DE AVILÉS– siempre atento a la jugada, comprendió inmediatamente la trascendencia histórica del hecho y se adelantó a organizar un homenaje de mucho calado (palabra y música) en el templo que habían venido ocupando los frailes desde 1919, que es también el edificio más antiguo de la ciudad.
       Fue una despedida multitudinaria, la que Avilés le hizo a esta orden religiosa que había venido, a la villa, hace más de siete siglos. También eran los últimos, y más antiguos, de Asturias, donde el arzobispo actual es franciscano, mira tu lo que son las cosas. Y, encima, en 2013, año en que fue elegido papa el cardenal argentino Jorge Bergoglio quien manifestó su voluntad de ser conocido como ‘Francisco’ en honor del santo de Asís.
       Si algo caracterizó la estancia de los Franciscanos en Avilés, durante más de 750 años, fue su discreción y humildad.
       En esto están de acuerdo tirios y troyanos, agnósticos y creyentes. Recuerdo que una vez le preguntaron al futbolista argentino Di Stéfano que por qué no rezaba antes del partido y el astro del Real Madrid señaló al vestuario del rival: «¡Porque Dios es de los dos!».
       Algo así ocurre a la hora de hablar de los franciscanos avilesinos. Fueron de todos porque son parte de la Historia (mayúscula) de Avilés, donde dejaron una estela imborrable.

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El pregonero Carallo y el organista Cabrón
Alberto del Río Legazpi 14-12-2014 | 11:11 | 0

 (Los Libros de Acuerdos del Concejo de Avilés, los más antiguos conservados en Asturias, nos facilitan a veces el conocimiento de sonados empleos municipales ejercidos por gente de sonoros apellidos).
       El 14 de diciembre de 1485, finalizando la Edad Media y siete años antes de que Cristóbal Colón descubriese América, en la villa de Avilés se armó la del Carallo. Mejor dicho, la de Carallo.

       Ese día, hace hoy 529 (quinientos veintinueve) años, «entró por pregonero, Alonso Carallo de La Magdalena». O sea que fue contratado por el Ayuntamiento de Avilés que, a falta entonces del fastuoso edificio actual, andaba de mostrador en mostrador como canta la copla, reuniéndose en Sabugo, Rivero y otros sitios relevantes dentro y fuera de la muralla, aunque el preferido era intramuros y delante de la capilla de Santa María de Las Alas, al lado del cementerio medieval.

       Carallo, según quedó estipulado en los libros de Acuerdos custodiados en el Archivo Histórico municipal (y recogidos en el ‘Libro de Acuerdos del Concejo de Avilés. 1479-1492’ de Covadonga Cienfuegos) recibiría quinientos maravedís anuales, pagaderos el día de San Juan y la otra mitad a finales de año, como era norma.

        En aquellos tiempos ausentes de medios de comunicación, el pregonero era la trinidad informativa (prensa, radio y TV) reunida en una sola persona que, además, actuaba en riguroso directo. Los pregoneros trasladaban mensajes de los que mandan a los mandados, por tanto a veces eran aplaudidos si las nuevas (noticias) eran buenas, como objeto de mofa y cabreo cuando eran malas.

       Alonso Carallo de La Magdalena, entró a formar parte de los funcionarios municipales, entre los cuales el más popular era su puesto de pregonero, persona a la que conocía todo el mundo porque ponía la cara por alcaldes, jueces, merinos y demás familia.

       El pregonero tenía que saber leer y escribir, cosa entonces no frecuente e incluso tener dotes interpretativas. Bien mirado era un artista, que elegía el lugar donde pregonar y la puesta en escena para soltar el rollo (administrativo o político) con sencillez, fluidez y entonación, después de hacer sonar música de trompeta (como llamada de atención al personal) que era aviso de entrada en escena para iniciar su tarea de transmisión de datos, en unas ocasiones a una audiencia de cuatro gatos y otras a media multitud. Aquello eran WatshApp en carne viva, chat medievales, tecnología de la Reconquista.

       Timbres no había, pero si campanas en las iglesias, cuyos toques anunciaban, aparte de misas, también inundaciones, incendios y muertes. El personal conocía perfectamente el significado de los distintos toques, tal que ahora los tonos de los móviles.

       A los pregoneros, les competía hacer el llamamiento para las reuniones del concejo, propagar cosas perdidas, informar de ventas públicas y, en general, de acontecimientos varios. A Carallo, considerando que fue nombrado en 1485, a lo mejor le tocó glosar los hechos protagonizados por dos hermanos avilesinos, famosos entonces a nivel internacional. Me refiero a Gómez Arias de Inclán y a Esteban Pérez apodado ‘Cabitos’, ambos con mucha entrada en la corte de los Reyes Católicos. Y ambos episodio aparte.

       Quizá, también, Carallo fue quien pregonó, en 1488, la gran noticia de que los Reyes Católicos habían concedido licencia al concejo de Avilés para disponer un impuesto que sirviera para pagar las obras de reparación de la barra del puerto, que de tan cegada, que estaba, no permitía el acceso de los barcos al muelle que también estaba hecho unos zorros. Lo que nos da idea de lo antiguos que son algunos problemas en Avilés, donde ya existían estos dolores de cabeza en la Ría, en tiempos en que Pachico aun no había dibujado, con un farolillo rojo, su curva en ella.

       Dejo al pregonero Carallo y paso a hablar del músico Cabrón. Sonoros nombres para sonados empleos, aunque con distinto son.

       Y es que en el Ayuntamiento, otro funcionario –también artista– era el organista, que tenía plaza municipal desde que, en 1670, Alonso Menéndez de For­cines construyera el primer órgano en Avilés.

       Consultando, cosa que hago con frecuencia, los libros de Actas municipales se encuentran a veces curiosos casos y cosas, como por ejemplo las que le ocurrieron al organista Juan González Cabrón. Lo de este funcionario y su desgraciada historia laboral sería digno de un volumen merecedor de un título como «El caso Cabrón y las cabronadas del Ayuntamiento de Avilés a su persona».

       Este músico había sido monje en el monasterio de Cornellana con el nombre de Bernardo Valerio y en un principio así aparece citado en los libros de Acuerdos qe reflejan su calvario laboral municipal. Luego, al secularizarse, recuperó su nombre civil de Juan González Cabrón y este es el que ya aparece con profusión en los libros oficiales.

       Cabrón se convirtió, contra su voluntad, en protagonista de bastantes páginas de ellos, ya que todo asunto relacionado con pagos pasaba por la aprobación del Pleno municipal. Carmen Julia tiene publicado un magnífico estudio sobre la música en Avilés, donde incluye el caso de este desdichado organista municipal al que le pagaban tarde y mal, y eso cuando lo hacían, que no era siempre.

       Desde 1827 hasta 1859, periodo en el que ejerció de organista municipal, Cabrón aparece citado en bastantes ocasiones, junto a los principales asuntos objeto de gobierno de entonces, muchos de los cuales son hoy históricos. Son treinta y dos años de decisiones municipales salpicados de cabronadas municipales hacía el encabronado (hay que suponer) caballero que tocaba el órgano.

       Bien es verdad que el Ayuntamiento de Avilés sufría, por aquellos años, una gravísima crisis económica y de ello nos da idea el hecho de que las labores municipales (eran ocho empleados, donde hoy hay 800) se desarrollaban solamente en el piso superior, ya que la planta baja y entreplanta (como bien se aprecia en el interior de los soportales del edificio) lo alquilaba (e incluso vendía) el Ayuntamiento a particulares para labores comerciales. Las rentas servían para que la Corporación pagara pufos, como los del organista.

       En el libro de Acuerdos, de 7 de febrero de 1855, escrito está que «Se destine la renta de la tienda, que se pro­duzca en el corriente año, sita en el bajo de las Consistoriales, de don Manuel Fernández Canel, a pagar al organista de la parro­quia de San Nicolás, don Juan Glez. Cabrón, como goza­ba en años anteriores».

       Es solo un ejemplo, porque la cosa es de aburrir. E incluso a la muerte del músico, en 1859, su viuda Ramona Collás, siguió reclamando los sueldos atrasados que le adeudaba el Ayuntamiento. Y habiendo quedado, ella y su hijo, en la miseria solicitó pensión municipal que finalmente le fue concedida.

       Una historia lacerante la del organista Cabrón que bien hubiera merecido un pregón del Carallo.
 

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La tragicomedia envuelve la historia de la calle Palacio Valdés
Alberto del Río Legazpi 07-12-2014 | 11:11 | 0

        Fue el destino el que se trabajó las circunstancias para que la calle, donde hoy se levanta el teatro ‘Palacio Valdés’, tuviera una historia que se mueve entre los géneros de la tragedia y la comedia.
 
       Todo comenzó a finales del siglo XIX cuando Avilés se planteó su modernización urbana. Después de la obra de desecación de marismas y construcción en el suelo liberado del parque El Muelle y la [actualmente denominada] plaza de Hermanos Orbón, también comenzaron a construirse esplendidos edificios en las calles San Francisco, La Cámara y La Fruta. Pero la apuesta principal era el intento de ensanchar, de hacer crecer la ciudad por sus alas, con nuevas zonas urbanas tomando como referencias Sabugo y Rivero.
 
         Teóricamente, los planes fueron grandiosos pero no se si porque quien mucho abarca poco aprieta o porque mucho ruido pocas nueces, el caso es que en la práctica, lo único que se ensanchó, entonces, fueron los terrenos situados entre las calles de Rivero y Llano Ponte, ocupados en su mayoría por las huertas del Hospital de Peregrinos de Rivero que llegaba hasta Llano Ponte, al igual que la llamada huerta de Ponte (perteneciente a la casa de García Pumarino, también conocida como palacio Llano Ponte y que hasta el otro día era el cine ‘Marta y María’). El resultado final fueron tres nuevas calles paralelas entre si (conocidas, entonces, como Las Travesías) y perpendiculares a Rivero y Llano Ponte. Entre estas dos calles, y paralela a ellas, surgió otra más larga que se llamó Siglo XIX.
 
       Las Travesías (que son hoy las actuales calles Pablo Iglesias, Libertad y Las Artes) son episodio aparte porque hoy solo me caben las peripecias burocráticas acerca de la denominada como Siglo XIX, sin poder precisar fecha concreta pues en el Archivo Histórico de Avilés falta documentación desde 22 de junio de 1898 hasta el 3 de enero de 1900. Cosas que pasan, por ejemplo que en el Ayuntamiento impacto una bomba de la aviación del general Franco durante la Guerra Civil de 1936, causando ‘daños’ colaterales en el Archivo.
 
       Por tanto el porqué del ‘singular’ nombre de Siglo XIX no se puede saber muy bien pero da que pensar sobre la imaginación de los mandamases municipales de entonces ya que la primera travesía (actualmente calle Pablo Iglesias) fue llamada 3 de Noviembre (sic) porque ese fue el día de su inauguración. Hay que ver que nivel, Maribel.
 
       Pero bueno, el caso es que la nueva rúa agarró un protagonismo de mucho cuidado cuando se decidió construir en ella -una obra que duró entre 1900 y 1920- el teatro Palacio Valdés.
 
       Por cierto que para este escritor, entonces de moda en muchos idiomas, solicitó el 3 de mayo de 1918 el Círculo Avilesino de La Habana –que por estos años era un  potentísimo centro de influencia– el nombre de la plaza más antigua de Avilés, la de San Nicolás (hoy Carlos Lobo). El Ayuntamiento no pudo desvestir a un santo y encima indiano (me refiero al Marqués de Pinar del Río, que era el nombre que entonces tenía la calle Ferrería y la referida plaza) para vestir al autor literario. Pero para no desairar a los millonarios avilesinos, residentes Cuba, le dio el nombre del escritor nada menos que a la calle Galiana, que desde entonces se llamaría de Palacio Valdés hasta 1945. Chapuza cosa fina.
 
       Siguiendo con lo nuestro, a la calle Siglo XIX –donde ya funcionaba a todo trapo el teatro Palacio Valdés– le cambian su nombre, en 1934, por el de 8 de Octubre, porque en tal día de aquel año, entraron en la ciudad las tropas del general López Ochoa para sofocar la Revolución de Octubre de 1934.
 
       Más tarde, así es la Historia, resulta que la Corporación que regía el Ayuntamiento el 18 de junio de 1936 tenía otro punto de vista político y cambió el nombre de 8 de Octubre por el de Luis de Sirval, periodista valenciano asesinado en Oviedo –al término de aquella frustrada revolución obrera– por el búlgaro Dimitri Ivan Ivanoff, teniente de la Legión, que posteriormente fue juzgado y sentenciado a seis meses y un día de cárcel menor, lo que desató airadas protestas en el país y muchas poblaciones, entonces, le dedicaron una calle al periodista. Avilés fue una de ellas.
 
       Otra vuelta de manivela fue cuando las tropas de Franco entraron en el Avilés republicano. Cambiaron muchas cosas, entre ellas el callejero y la de Luis de Sirval fue renombrada, en 1938, como calle de Calvo Sotelo, político derechista cuyo asesinato fue una de las mechas de aquella Guerra Civil.
 
       Luego, en 1945, se toma el acuerdo de devolver a Galiana su nombre que había sido sustituido por el de Palacio Valdés y con sentido común, se ‘traslada’ al escritor a la calle donde reina el teatro que lleva su nombre, aunque sólo en su primer tramo. Fue en 1979, la primera Corporación de los Ayuntamientos democráticos, la que da por fin el nombre de Palacio Valdés al resto de la calle.
 
       De esta manera, casi teatral por tragicómica, tomó forma aquella petición que, en 1918, había hecho desde La Habana (Cuba) el Círculo Avilesino de «rendir merecido homenaje a quien no solo es gloria legítima de las letras españolas, sino que está ligado a nuestra población por muchos sagrados vínculos, habiéndola hecho en toda ocasión objeto preferente de sus afectos y de cariñosa mención en varias de sus obras literarias» dando el nombre de Armando Palacio Valdés a la calle que comienza en la intersección con la de Ruiz Gómez (popularmente conocida como ‘calle La Cárcel’) y termina en la calle de Las Artes, después de atravesar dos glorietas, una la que forma con las de Pablo Iglesias (el fundador del PSOE, no confundir) y Conde de Real Agrado y otra, más adelante, con la calle Libertad.
 
       A fecha de hoy –7 de diciembre de 2014– doy fe de que la tal calle, de 390 (trescientos noventa) metros de largo, situada en la ciudad asturiana de Avilés, sigue llevando tal nombre.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta