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Fecha: enero, 2015
El claustro poético y misterioso
Alberto del Río Legazpi 25-01-2015 | 11:11 | 6

Trasmite Armando Palacio Valdés, en ‘La novela de un novelista’, a propósito del tiempo de su infancia pasada en Avilés, una vivencia muy honda cuando escribe que «A través de la puerta se veía el claustro con su vetusta arquería de piedra y en el centro algunos árboles, cuyo folla­je apenas dejaba entrar la luz en él. Nada me ha parecido jamás en la vida más poético, más fantásti­co y misterioso que aquel claustro…».
 El escritor se refiere al claustro del monasterio de San Bernardo, situado en la calle del mismo nombre y al que lo llevaba su madre cuando visitaba a una tía suya monja en el convento. Por entonces en Avilés había cuatro claustros en tres conventos (éste de las monjas bernardas, los dos del convento de La Merced, de monjes  mercedarios, y el de los franciscanos hoy reconvertido en parroquia de San Nicolás de Bari). Actualmente solo queda la mitad de éste último, al que yo aplico gran parte del elogio que Palacio Valdés le hace al otro.

En su construcción (Raquel Alonso, en su libro ‘La arquitectura franciscana en Asturias’ habla de reedificación) que tuvo lugar entre fines del siglo XVI y comienzos del XVII tienen especial protagonismo Domingo de la Mortera y Gonzalo de Güemes, prestigiosos maestros arquitectos y constructores de la época, que igualmente intervienen en otras obras realizadas por entonces en la villa como la fuente de los caños de San Francisco, la capilla mayor del convento de San Bernardo, el puente de Sabugo y la reconstrucción de parte de las murallas. Avilés era entonces, después de Oviedo, la segunda población de Asturias con cerca de 1.400 habitantes, frente a los 600 de Gijón.
 El claustro renacentista, bajo y planta, de San Nicolás sólo conserva un ángulo, al haber sufrido el convento un gran incendio en 1909 y casi inmediatamente tiene lugar la incomprensible autorización del Ayuntamiento para construir –en parte de los terrenos conventuales afectados por el siniestro– unas Escuelas Públicas (solar que hoy ocupa la Casa de Cultura) lo que anuló el otro ángulo que hoy se echa en falta.
La reconstrucción del complejo religioso –realizada entre las década 60 y 80 del siglo pasado– a instancias del párroco Angel Garralda García, empeñado en continuar la reforma iniciada por su antecesor José Fernández Menéndez (más conocido como el Presbítero José Fernández, que da nombre a una calle)  y con la intervención de tres arquitectos: Luis Menéndez–Pidal, Enrique R. Bustelo y Leopoldo Escobedo, también sirvió para resucitar lo que quedaba del claustro, la mitad que se muestra actualmente, y que fue una obra de rehabilitación muy notable ya que hubo que desmontar todos sus arcos porque padecían un desplome de 30 centímetros, ya iniciado a consecuencia de los terremotos del siglo XVII.
Con 21 columnas en la primera planta y 11 arcos en la baja, el claustro es un distribuidor entre el templo, la casa rectoral y el reciente Colegio de San Nicolás. 
Estilísticamente se ha emparentado con el estilo denominado ‘purismo renacentista’ que se impone en España por influencia de El Escorial. Ha influido en su traza el claustro de la Universidad de Oviedo, cuyo patio ya estaba en pie en torno a 1575.
En el patio dos cipreses, una fuente de cuatro caños –la antigua del lavadero del Carbayedo, construida en 1851 y demolida en 1963 por proyectos urbanísticos y que dormía en los almacenes municipales– y el acceso al Archivo Parroquial de San Nicolás, el más antiguo de Avilés, con documentación que se inicia en 1599.
En la parte baja del claustro –en la superior, hoy sin uso, estaban las celdas de los frailes– aparte de una vistosa sepultura encastrada y las puertas que dan acceso al templo y la espectacular sacristía (quizás la mejor entre las parroquiales de Asturias) destacan dos muestras arquitectónicas del pasado, que son dos interrogantes misteriosas en la historia de Avilés.
 En su pared se halla incrustado un cancel visigótico, pieza prerromá­nica del estilo de las de Santa Cristina de Lena encontrada bajo tierra en 1808 al realizar unas obras ¿Remite a un templo prerrománico anterior?
También se puede admirar, en el claustro, una triple arquería  románica que los expertos señalan como anterior a la llegada de los frailes en la segunda mitad del siglo XIII. Y resurge la pregunta ¿Hubo aquí otro templo anterior al monasterio franciscano?
Actualmente, y en determinadas horas de la mañana al ser lugar de recreo del colegio parroquial, el recogimiento tan propio de los claustros es sustituido por la ruidosa alegría infantil. Recogidos los niños, el silencio te habla en otro idioma.
De cualquier manera, con bullicio o con mudez, da gusto pasear por este rincón tan intensamente clásico, tan poético y misterioso, tan bello como desconocido en pleno centro de Avilés.


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El coronel sí tiene quien le escriba
Alberto del Río Legazpi 18-01-2015 | 11:11 | 2

(Orígenes, venturas y desventuras de la biblioteca pública de Avilés)

Wenceslao Carreño Arias-Carbajal fue un ingeniero militar obsesionado con poner el tiempo a sus órdenes de forma que le permitiera leer, comer, escribir, beber, estudiar, expulsar y terminar su proyecto de Enciclopedia Ilustrada, que almacenaba en su trinchera bibliográfica situada en la huerta trasera de la casa familiar en el número 10 de la calle de La Ferrería. Proyecto que recibió solicitudes de publicación por parte de la prestigiosa editorial Salvat.

Al coronel Carreño, literato confeso y bibliófilo vicioso, dicho sea en el mejor de los sentidos, le estorbaban los relojes y los almanaques en su particular guerra contra todo el tiempo que no fuese el dedicado a sus libros y tertulias.

Quienes le conocieron, como David Arias Rodríguez del Valle y Fernando Vidal Blanco, describen a un tipo de aspecto singular, con el pelo rapado para no perder tiempo en peinarse, con botas sin cordones (entonces inusuales) para no perder tiempo en calzarse, con cuello de camisa arreglado con corbata incorporada para no perder tiempo en hacer el nudo. Y así todo.

«En su casa abundaban rinconeras repletas de amarillentos legajos, recortes de mil raras publicaciones, papeles engomados y tintas de los más variados colores. Allí, los más destacados trata­dos de ingeniería, con valiosas acotaciones propias; los mejores portafolios de horticultura, una completísima colección universal de recetas culinarias y libros extraños en extraños idiomas; y, do­minándolo todo, la gran obra de su vida: aquel proyecto de Enciclopedia Ilustrada, completa y magnífica, atesorada en años y años de búsqueda y plasmada en la letra clara y diminuta de su autor».

Se puede decir que, en general, el coronel Carreño era un ingeniero muy notable y un bibliófilo de tomo y lomo. Por su empleo militar viajó mucho y tuvo veinte destinos, uno de ellos en El Ferrol donde trazó planos del [hoy FEVE] entonces proyecto de ferrocarril estratégico que uniría, por la costa, la ciudad gallega con Gijón.

Al retirarse de la vida militar, con el grado honorario de general, regresó a Avilés, para batallar en lecturas y charlas de sus proyectos mil, estableciendo una hoja de ruta diaria, de frente y media vuelta, entre su domicilio de la calle de La Ferrería, y el Café Imperial, en la actual calle de La Muralla, donde fundó y presidió una tertulia que ha sido episodio aparte («La tertulia prodigiosa del Café Imperial» LA VOZ DE AVILÉS, 9 de noviembre de 2014 ).

De aquellas charlas con bebidas celebradas en aquel café, en los bajos del Casino, y de las diez de la noche en adelante, dejó escrito David Arias Rodríguez del Valle que «podía verse desfilar muchos de aquellos elementos intelectuales que conquistaron para la villa el título de Atenas de Asturias, en extraña mescolanza con los más ilustres parranderos». Y siempre, presidiendo  el tinglado, Wenceslao Carreño, militar de oficio pasado, intelectual de afición presente y constante, monárquico convencido «aficionado tanto a las estadísticas como a los estudios filológicos, bebedor risueño y tranquilo»

En aquella, como en muchas tertulias, se habló de lo humano y lo divino, también se comió (de la cocina del Imperial escribe David Arias que salían unos sabrosos ‘tucos con patatas’) y se bebió, es de suponer, que sobradamente, pues el hablar resetea la saliva y se hace necesario humedecer frecuentemente la lengua.

Pero aquella, del coronel Carreño, no era una tertulia al uso y de ella no quedan quimeras sino hechos tan sonoros (verbena y revista satírica conocidas como ‘La Batelera’) y sonados como la primera biblioteca pública de Avilés, bautizada como Biblioteca Popular Circulante. Un hecho histórico de primera magnitud.

Edificio que fue sede histórica de la biblioteca, de 1935 a 1989.

En el Avilés de entonces (cerca de 15.000 habitantes) existían pequeñas bibliotecas en entidades privadas para uso exclusivo de sus socios, como eran la de la Escuela de Artes y Oficios y el Centro Obrero.

La que proponían, y realizaron, Wenceslao y sus tertulianos rompía moldes pues contemplaba el préstamo de libros a domicilio. Una revolución cultural que según David Arias «fue la primera de su clase en Asturias y tal vez en toda España». Los libros entraban, por primera vez, en los domicilios particulares, la lectura se multiplicaba y los conocimientos de la población dieron un salto fenomenal.

Insuflada por la vitalidad de Wenceslao Carreño se constituyó la primera directiva con miembros de la tertulia. Fortunato Sánchez-Calvo, como presidente; David Arias Rodríguez del Valle, secretario; Braulio Iglesias Moyano, tesorero; vocales: Nicasio R. Viña, Manuel G. Wes (fundador y director de LA VOZ DE AVILÉS), Adolfo Miranda, Manuel González Valdés y Lorenzo de Uhagón. Como bibliotecario, el poeta Luis Menéndez ‘Lumen’, que como González Wes, es un episodio aparte.

Este Patronato constituyó la Biblioteca Popular Circulante en una entidad oficial y fundacional, por medio de escritura publica aportando una cantidad propia y otra debida a suscripción popular, y la regiría hasta Octubre de 1.937.

Con el apoyo del Ayuntamiento, era alcalde José Antonio Guardado, la Biblioteca comenzó a funcionar en unas dependencias de grupo escolar, hoy desaparecido, existente en el solar actualmente ocupado por la Casa Municipal de Cultura.

Las estadísticas de entonces muestran un total de 15.153 lecturas en el año 1920, en cuyo 19 de febrero dio comienzo el préstamo de libros a domicilio. Los fondos de la biblioteca ascendían a 2.546 libros en diciembre de aquel ejercicio.

En 1927, la Biblioteca se ve obligada a trasladarse a un edificio de la calle Rui Pérez, en cuyos bajos está hoy el estanco de Laura Machín, hasta que por fin en 1935 se construye un edificio ex profeso, de bajo y planta diseñado por el arquitecto Saínz Heres, en la actual calle Jovellanos, donde funcionó hasta octubre de 1937, en plena Guerra Civil.

Casa Municipal de Cultura. Las dependencias de la Biblioteca pública vierten hacia el parque Ferrera.

En ese mes, Avilés que había permanecido fiel al gobierno republicano, fue tomado por las tropas de Franco y el edificio de la Biblioteca Popular Circulante es ocupado por Falange Española y los libros trasladado al Instituto Carreño Miranda (hoy colegio público Palacio Valdés) donde fueron expurgados cerca de 3.000 de los 10.000 volúmenes que tenía entonces la entidad cultural.

En 1949 vuelve a su edificio de la calle Jovellanos con un nuevo nombre: Biblioteca Bances Candamo. El cambio se justifica como un homenaje al destacado dramaturgo Francisco Bances Candamo, nacido en Avilés en 1662.

En 1958, siendo alcalde Francisco Orejas, el edificio ya tiene dos plantas más, añadidas para acoger a la Casa Municipal de Cultura (un episodio aparte), organismo que más tarde absorberá a la biblioteca y que en 1989 trasladará sus servicios a un excelente edificio, construido en tiempos de la Corporación del alcalde Manuel Ponga, en la plaza Álvarez Acebal. Por tanto allí está la sede central actual de la biblioteca pública de Avilés, creada en 1920 y cuyas cifras de préstamos en 2013, entre libros y soportes informáticos, rozó los cien mil.

Cantidad que seguramente hubiera mareado a Wenceslao Carreño, aquel personaje que de tanto exprimir el tiempo para sus planes bibliográficos, el tiempo se tomó venganza no dejando ni rastro del rostro fotográfico del coronel. Pero sí que tiene quien le escriba.

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El Avilés de cuando los Reyes Católicos
Alberto del Río Legazpi 11-01-2015 | 11:11 | 0

       El otro día en la radio y hablando de películas terminamos haciéndolo sobre series televisivas y particularmente del gran éxito de TVE de los últimos tiempos: ‘Isabel’. Una serie centrada en vida y obra de la reina castellana Isabel I –una mujer que alcanzó un poder sólo destinado hasta entonces a los hombres, según la propaganda del ente televisivo– y que al casarse con Fernando II de Aragón generaron la denominación de origen Reyes Católicos, de donde a su vez –por así decirlo– salió la marca España.

        Los historiógrafos españoles consideran el reinado de los Reyes Católicos (1479-1504) como el de la transición de la Edad Media a la Edad Moderna.

       Hicieron posible, por las buenas y por las malas, la unión de reinos y territorios de la península ibérica que terminarían configurando la nación española. Rematando la faena con la conquista de Granada, acabando así con el poder musulmán que duraba siglos. Un hito relevante para España, como para el mundo (o cuando menos para Europa) fue la empresa de Cristóbal Colón, que ellos financiaron y que terminó en 1492 en el descubrimiento de América.

'Isabel', serie sobre los Reyes Católicos en TVE

       Que no se me olvide que en el Archivo Municipal de Oviedo consta que catorce avilesinos (entre 600 hombres más del norte peninsular) sirvieron –forzosamente, como casi siempre en estos casos– desde el 25 de marzo de 1485 en la guerra que los Reyes Católicos libraron para conquistar Granada. Lo hicieron como soldados de infantería y eran ocho de la villa, cuatro de Castrillón y dos de Illas.

        Pero es por otras cosas por la que los Reyes Católicos son una referencia obligada para Avilés a la vez que una prueba de la importancia que tenía la villa, tan destacada ya por entonces por su comercio marítimo.

        Los monarcas resucitaron un Avilés humeante al que un incendio le había destruido las dos terceras partes de su caserío. Y lo hicieron concediéndole, el 15 de enero de 1479, un mercado ‘franco de alcabala’ (libre de impuestos, para entendernos) que habría de celebrarse todos los lunes del año. Una medida importantísima que contribuyó a su reconstrucción y repoblación. Un mercado, que más de quinientos años después sigue celebrándose y que es un episodio aparte.

        Cambiando de tercio. Eso de que el tiempo lo cura todo, no tiene nada que ver con la libre acción de la naturaleza, por ejemplo en la Ría de Avilés. Leo en LA VOZ que el puerto acometerá la reparación, en la próxima primavera, del dique de San Juan, dañado por los temporales. Un problema bastante antiguo, de por lo menos 527 (quinientos veintisiete) años, pues fue el 12 de febrero de 1488 cuando los Reyes Católicos dan licencia al concejo de Avilés para ‘echar sisa’ (o sea establecer impuestos que se cobraba sobre géneros comestibles menguando las medidas) el tiempo que fuese necesario para «sufragar las obras de reparación de la barra del puerto que, por haberse derruido el muelle que la protegía está casi cegada y no permite el acceso de buques».

        Y además hacen constar, en el documento, que «la dicha villa de Avilés es puerto de mar a donde vienen muchas naves con sus mercaderías».

Mercado de los lunes en la calle de La Fruta.

        De esa importancia dada por Isabel y Fernando es otra muestra más el que, el 30 de marzo de 1481, confirmen por escrito, los privilegios y franquezas de las que gozaba la ciudad asturiana.

        De cuando los Reyes Católicos, también, es la referencia documental más antigua que tenemos de la calle Rivero, y el que no lo crea que mire en el Libro de Acuerdos del Ayuntamiento de Avilés de fecha 6 enero de 1485 donde está escrito: «Reunidos en Ribero, arrabal de la villa de Avilés…»

        Luego hay cosas que son eternas, o casi, como el litigio de los municipios de Avilés y Gozón en torno a las delimitaciones en la península de Nieva, donde se dan situaciones surrealistas originadas por la burocracia desmadrada, como es el caso de la división del caserío de la población de San Juan de Nieva, entre ambos municipios o el hecho de que el faro de Avilés (que ese es su nombre oficial) esté en terrenos de Gozón. Es el eterno pleito del finxu (o mojón), pero a lo bestia.

        La prueba de que la cosa ya viene de antiguo nos la da un documento, emitido en Susacasa (cerca de Vioño) –durante el reinado de los Reyes Católicos– por el concejo de Gozón, otorgando poder a varios vecinos para pleitear con el concejo de Avilés con motivo de la «toma de la mar y muelle que los de Avilés les quieren perturbar» en Sant Juan de Nieba (sic). Y es que lo de la península de Nieva, burocráticamente, siempre fue de miedo. O de risa, según se mire, porque yo me mondo.

        Pero, oye, a lo positivo, que fue en tiempos de los famosos reyes, cuando el Ayuntamiento de Avilés comenzó a guardar las actas de las reuniones del concejo. Lo que hace posible que hoy se pueda decir –sacando pecho o pechos, según sexo– que son las más antiguas de las conservadas en Asturias.

       También es un poco antiguo, aunque bastante menos, aquello de «Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando». Una frase que venía en los libros de la asignatura Formación del Espíritu Nacional y conseguía morbosas miradas de complicidad y sonrisas pícaras, cuando nos la hacían leer en voz alta, allá por el bachillerato en el instituto Carreño Miranda y también en el colegio San Fernando. Luego descubrimos que no tenía nada que ver con los Reyes Católicos, porque fue un invento (partiendo del lema heráldico, ‘Tanto Monta’, del rey Fernando) que hizo algún ‘educador’, exaltado, para explicar a los alumnos lo del yugo y las flechas de Falange Española.

        Manda castaña pilonga la mente calenturienta, dicho sea en todos los sentidos, de algunos de por aquel entonces que también fue el tiempo de otros, a los que lo único que se les ocurrió para homenajear a los Reyes Católicos fue dedicarles una calle alejada del centro urbano de Avilés.

       Aunque menos da una piedra.

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Los inviernos siderúrgicos de Avilés
Alberto del Río Legazpi 04-01-2015 | 11:16 | 2

      Fue en La Granda donde el presidente de aquella ENSIDESA dio, en enero de 1974, una concurridísima rueda de prensa para complementar una sensacional noticia, hecha publica el mes anterior.
      La Granda era residencia para VIP que ENSIDESA había construido, al borde de un pantano, en términos municipales de Gozón. Una leyenda urbana, muy extendida en Avilés, cuenta que se hizo como albergue estival para el general Francisco Franco, entonces –y desde 1939– Jefe del Estado español. Cosa que, como todas las leyendas, tiene poco de histórico y verdadero. En sus desplazamientos vacacionales veraniegos entre Galicia y el País Vasco (hoy parece de ciencia ficción que Franco veraneara en Guipúzcoa) su yate ‘Azor’ fondeaba frente al muelle de aquella ENDASA hoy llamada ALCOA y en estado de virgencita que me quede como estoy –zona de la Ría donde durante siglos estuvo anclada aquella mítica isla de San Balandrán que se comió una draga– pero el general, generalmente, cuando no lo hacia a bordo, se desplazaba en coche a pernoctar a San Cucao de Llanera en la casa familiar de su esposa Carmen Polo. Y no en La Granda, residencia que luego se haría famosa (‘los cursos de La Granda’) como sede, de prestado, de la Escuela Asturiana de Estudios Hispánicos.
      Y en aquella multitudinaria rueda de prensa en La Granda, el entonces presidente de ENSIDESA, Alfonso Álvarez Miranda, explicó la fusión por absor­ción de la Unión de Siderúrgicas Astu­rianas, S. A. (UNINSA) por la Empresa Nacional Siderúrgica, S. A. e informó que la nueva la empresa seguiría llevando el nombre de ENSIDESA, que estaría situada entre las 20 más impor­tantes del mundo, las 10 primeras de Europa y que contaría con una planti­lla de unas 25.000 personas.

Fachada principal de la Central Térmica de Avilés


      Aquello –luego lo sabríamos– fue un salvavidas concedido a la siderurgia privada para poner sus bienes a resguardo de la estatal, ante los efectos que traería la llamada ‘crisis del petróleo de 1973’ y que pondría patas arriba la industria siderúrgica mundial. Un trance generado por los países árabes al decidir no exportar más petróleo a los países que apoyaban a Israel, que eran prácticamente los principales de Europa occidental y América.
      Hay una frase inventada por Francis Bacon, que el tiempo convirtió en refrán, que dice que si «si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña». Podía pensarse que el capital privado –propietario de UNINSA y con factorías en Veriña, La Felguera y Mieres– había hecho caso de dicho dicho (han leído bien, no es crisis gramatical) para así hacer un frente común a las esperadas pérdidas económicas resultantes de la crisis generada por los árabes. Pero de eso nada monada, porque lo que olfatearon los de UNINSA fue lo morrocotudas que iban a ser dichas pérdidas y más que acogerse al refrán se apuntaron a otro inventado por los argentinos del grupo musical ‘Les Luthiers’: «Si la montaña viene hacia ti, corre, que es un derrumbe». Y en estampida lo hicieron hacia el paraguas estatal de ENSIDESA.
      Así que los beneficios históricos de 1974 (3.000 millones de pesetas) se tornaron en 27.000 de pérdidas en 1983, mientras paralelamente volaban miles de puestos de trabajo.
      Desde entonces los inviernos vinieron crudos, muy crudos, particularmente los eneros, para Avilés.

Fachada trasera de la Térmica


      Por ejemplo el 15 de enero de 1987, cuando se anunció el cierre de ocho instalaciones de la factoría de Avilés: dos baterías de cok, los Sínter 3 y 4, dos hornos altos, la acería LD-II y el tren desbastador de laminación. Aquel año, el Real Avilés y del C. D. Ensidesa aprobaban por mayoría la fusión de ambos equipos. Y un joven príncipe de Asturias (el hoy rey Felipe VI) era galardonado con una de las sardinas de oro que anualmente otorga la asociación ‘Sabugo, ¡Tente Firme!’, en un acto celebrada en la medieval iglesia de Sabugo.
     Pero la tragedia siderúrgica avilesina tuvo su apoteosis con la voladura, en enero de 2008, de la Central Térmica, que había entrado en servicio en 1957, una especie de catedral del barroco industrial, arquitectónicamente catalogado por organismos internacionales.
      Esta es una herida sin cerrar, ya que así que pasen los años se continuará hablando y continuará asombrando la barbaridad de su derribo a cambio de un plato de lentejas, de 6 millones de euros, que fue lo obtenido por su chatarra.

5 enero 2008. Cae la última de las tres chimeneas de la Térmica


      Similar a ella solo había una, en Londres y hoy es una instalación que, remodelada es conocida como Tate Modern, acoge al Museo Nacional Británico de Arte Moderno desde el 2000. El aprovechamiento de la Térmica londinense –contruida entre 1947 y 1963–supuso un impulso al desarrollo económico y cultural del área de Southwark en la que se sitúa y es considerado un ejemplo para futuros proyectos, como forma de potenciar crecimiento y desarrollo económico.
      En Avilés (España) en el año 2005 cesó la actividad de la Térmica y en pocos meses las autoridades locales pasaron de considerarla como una joya del patrimonio industrial aprovechable para fines culturales, a ordenar primero el achatarramiento de la antigua maquinaria y luego el derribo del edificio, que se cumplió en vísperas de la festividad de los Reyes Magos de 2008 con la voladura (12.58 horas del día 5 de enero) de la última de sus chimeneas, a pesar de la petición que para su conservación hicieron organismos de todo tipo empezando por el Colegio de Arquitectos de Asturias y terminando por la UNESCO.
      La térmica contaminó que se las peló. Puso perdidos pulmones, pantalones, faldas, ojos y pelos de varias generaciones avilesinas. Pero cerrada su fase productiva, era cuando podía haber sido inteligentemente conservada, como se viene haciendo con otros edificios singulares industriales, en otras ciudades españolas y europeas. Primó la ganancia fácil, la falta de imaginación, el desprecio por lo singular y la grosería hacia lo estético.
      Si que es verdad que los inviernos han sido crudos para la siderurgia avilesina.
      La Térmica de Londres sigue en la zona de Southwark. La de Avilés estaba en la de San Sebastián.
      Se me vienen a la mente unos versos tradicionales aragoneses, que le encantarán a Rosa de la Fuente y que acompañan allí la procesión del santo celebrada en enero:
«Glorioso San Sebastián,
si en este invierno tan crudo
te sacan medio desnudo,
en el verano ¿qué harán?».

      No se en Aragón, pero en Avilés cuando llegó el verano de aquel 2008 ya había desaparecido (con la excepción de la acería Siemens cuya estructura fue respetada por el industrial Daniel Alonso), desde la Ría hasta San Sebastián y desde San Sebastián hasta Llaranes, la industria de cabecera de ENSIDESA. Fue volado parte del patrimonio industrial de Avilés, instalaciones construidas en la década de los 50 del pasado siglo, una época que transformó como ninguna otra, la historia de Avilés.
      Hay quienes pasean por el bosque y sólo ven leña para quemar.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta