El Comercio
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Fecha: marzo, 2015
Un marino y un pintor, estrellas de la Historia de Avilés
Alberto del Río Legazpi 29-03-2015 | 9:11 | 2

(De Pedro Menéndez de Avilés y Juan Carreño Miranda se sabe con certeza donde murieron, pero la polémica va asociada al lugar donde nacieron)

        Hay cosas que definen, incluso tratándose de un ayuntamiento. Por ejemplo en el de Avilés si visitas el salón de recepciones, hoy día muy conocido del personal por celebrarse en él las bodas civiles, verás enmarcados algunos de los protagonistas de la historia local.

       Pero en lugar de honor, definiendo, gobernando la estancia –a izquierda y derecha del pendón, dicho sea con perdón, del reino de Castilla y de León– están los retratos de Pedro Menéndez de Avilés (1519–1574) y de Juan Carreño Miranda (1614–1685), marino de guerra uno y artista plástico el otro.

        Este escalafón oficioso dice mucho de la categoría de Avilés, ya que pocas poblaciones pueden presumir de tener personajes tan destacados en la historia de España. Así que será cosa de darles un repaso.

        A Pedro Menéndez de Avilés algunos lo tienen por el marino español más importante del siglo XVI. Desde muy joven se echó a la mar y anduvo en mil aventuras, fue de aquellos que define el verso de Antonio Machado: «He andado muchos caminos, /he abierto muchas veredas; / he navegado en cien mares, / y atracado en cien riberas».

        Pero, por abreviar que pierdo el tren, el hecho más trascendente le ocurre a Menéndez cuando obtiene del rey Felipe II el título de Adelantado de La Florida –antes que él habían ido otros cuatro que fracasaron en el intento– con la misión de establecer un asentamiento fortificado que combatiera a una colonia de hugonotes (protestantes franceses) a los que el gobierno francés había desterrado allí por sus ‘retorcidas’ ideas religiosas.

        La fuerza de Menéndez –y de sus hombres, bastantes de ellos del pueblo de Sabugo, hoy barrio avilesino– hizo posible que el 28 de agosto de 1565, llegara a las costas de Florida y fundara el primer asentamiento europeo estable, actualmente considerada mayoritariamente la ciudad más antigua de los EE UU, y bautizada atendiendo al santoral: San Agustín. Desde el descubrimiento de Florida, por Ponce de León, en 1513, nadie como Menéndez, que llegó, fundó, pobló territorios y fortificó puertos. Un tipo de rompe y rasga.

         Juan Carreño Miranda, fue un hombre más calmado, incluso un sufridor de su padre y muy señor suyo. Mala suerte tuvo el pintor, hasta que se independizó, en su trance familiar paterno. Cuando eso ocurrió se le vino la fortuna encima al conocer al gran Velázquez con quien trabó amistad que lo llevaría (ahorro detalles ya narrados en otros episodios) a ocupar el puesto que dejó libre el pintor sevillano: Pintor de cámara del Rey de España, entonces Carlos II.

         La obra de Carreño Miranda está extendida por museos y colecciones privadas del mundo entero. Y aparte de cuadros colgados en los principales museos (El Prado de Madrid, Louvre de París y el Hermitage de San Petersburgo), su arte reluce también en templos religiosos, mayormente de la capital española.  Creo que es el pintor asturiano más importante de todos los tiempos.

        Como muchos, siempre di por sentado lo que me enseñaron, o sea que Carreño Miranda había nacido en Avilés. Hoy ya no lo creo así, después de haber leído por aquí y escuchado por allá.

        Y es que el ciudadano Juan Carreño Miranda tiene dicho que él era natural del concejo de Carreño. Y lo hace (según se puede leer en el excelente libro ‘Carreño’ de Alfonso Pérez Sánchez, ex director del Museo del Prado) en varias ocasiones, por ejemplo al casarse en 1639 cuando declara ser «natural de Carreño, en Asturias», o en 1658, al testificar en las pruebas para la concesión del hábito de Santiago a Diego de Velázquez, Juan Carreño vuelve a repetir, ante el escribano, que es «natural del concejo de Carreño». Ya no entro en las teorías que sitúan su nacimiento en Oviedo o en otros lugares.

        ¿Por qué no se respeta lo que dice el pintor? ¿Por qué ese empeño en ‘nacerlo’ en Avilés cuando él manifiesta que fue en Carreño? ¿Porqué se le dan vueltas a lo que dijo tratando de decir que aunque lo dijo, es como si no lo hubiera dicho y hay que interpretarlo de otra forma? Con Pedro Menéndez pasa todo lo contrario.

        Porque al Adelantado de La Florida objeto también de polémicas sobre su lugar de nacimiento –que algunos sitúan en Riberas de Pravia, municipio de Soto del Barco, y otros dudan entre Avilés y el pueblo toledano de Santa Cruz de la Zarza, como es el caso de la famosa enciclopedia Espasa– la mayoría de los estudiosos respetan sus testimonios. Por ejemplo cuando, y con motivo de la concesión del Hábito de Santiago, declara ser «natural y vecino de Avilés, como igualmente lo fueron sus padres y abuelos paternos, siendo los maternos de Pravia». O según se puede leer, en el Archivo de Revillagigedo, Casa de Valdés, legajo 15, nº 48, y en el folio 8 del mismo: «yo el dicho Adelantado, Pero Menéndez de Avilés, vecino y natural de dicha Villa de Abiles».

        Al fin y al cabo ¿es tan importante establecer con certeza donde se nace? A efectos biográficos, legales, estadísticos, sí. A otros efectos, creo que no.

        Hay mucho dichos al respecto, el principal es que uno es de donde quiere ser. Otro, es que no se es de donde naces sino de donde paces. Incluso hay quien opina, como es el caso de Max Aub o de Camilo J. Cela,  que uno es de donde hizo el bachillerato argumentando que «es en esa época cuando naces conscientemente al mundo, a los sentidos, al amor».

        Pero volviendo al pintor Juan Carreño Miranda, hay un dato que da la razón a unos y a otros, y es que en el año de su nacimiento (1614) el concejo de Carreño aún pertenecía al Alfoz (conjunto de diferentes pueblos que dependen de otro principal y están sujetos a una misma ordenación) de Avilés.

        En consecuencia, Juan Carreño Miranda naciendo (geográficamente) en Carreño también nació (legalmente) en Avilés.

        Por lo demás, ancha es la Ría, verde el Ferrera y la plaza España El Parche.

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El Peñón y La Peñona, pareja de hecho
Alberto del Río Legazpi 22-03-2015 | 11:11 | 0

        Son bastantes (más de 50 pero menos de 200, me dijo una encuesta un día) los visitantes o turistas que recalan en la comarca de Avilés a quienes les llama mucho la atención que en el municipio de Castrillón, figuren y muy destacados en los prospectos turísticos dos lugares llamados: El Peñón y La Peñona. A bote pronto, se imaginan un concejo montañoso hasta que descubren, con hilaridad, que es el más llano de Asturias y que ambos lugares aunque son pequeños accidentes geológicos tienen un tremendo contenido socio-cultural que remite a la arqueología, el uno, y al turismo el otro.

Simulación del castillo de Gauzón en el Peñón de Raíces (Foto-montaje de David Seijo)

       Arqueología de la buena, en Raíces de Castrillón donde cada vez se hace más evidente que aquí está una buena parte de las raíces de Asturias y en eso lleva años trabajando un equipo científico financiado por el Ayuntamiento de Castrillón –y dirigido por los arqueólogos, Iván Muñiz y Alejandro García– empeñado en descubrirlo en la época estival, que es cuando se desarrollan las excavaciones en un promontorio conocido oficialmente como el Peñón de Raíces pero que, aplicada la típica rebaja gramatical del personal, se queda en El Peñón.

       Y al tal Peñón lo vienen desnudando, en los meses veraniegos, para mostrar lo que quede del archifamoso castillo de Gauzón, el castrillón, una de las fortalezas históricas de Asturias donde fue fabricada la Cruz de la Victoria, su símbolo milenario. Es labor delicada y trascendente, que requiere un desvestido con mucho tacto, cariño y pasión contenidos, porque esto es puro erotismo arqueológico, por mucho que los topónimos peñón y Castrillón resulten pelín toscos al respecto.

        Hasta ahora, lo descubierto es históricamente excitante y está cambiando los parámetros históricos asturianos, pero la función va camino de acabar en un monumental ‘streptease’ sobre el nacimiento y desarrollo del reino de Asturias y otras lindezas colaterales caso de Covadonga, por ejemplo.

       Desde El Peñón (38 m. de altitud) situado al sur, se divisa La Peñona al norte, pequeña península de Salinas que junto con el dique de San Juan de Nieva, delimita el arenal que en los mapas figura como El Espartal y que todos conocemos por el nombre de las playas de sus extremos: Salinas y San Juan.

(Foto de Luisma Argüello)

       Dada su proximidad al antiguo Náutico y balnearios que funcionaron aquí, en el siglo XX, La Peñona, suele ser el fondo de buena parte de las fotos antiguas y modernas de Salinas.

       Es un potente elemento icónico, una monumental referencia visual que define, al primer golpe de vista, que estamos nada menos que en una de las mejores playas del norte atlántico español.

       Desde el mirador de La Peñona, con puente colgante incluido, dominas –es un decir– la mar abierta. Y por si esto fuera poco, en la mini península se instaló –inaugurándolo en 1993 el Rey de España Juan Carlos I– el Museo de Anclas al Aire Libre. Todo un episodio aparte.

       El Peñón y La Peñona, el norte y el sur, arqueología y turismo, Adán y Eva, blanco y negro, Cristiano y Messi. Mía, tuya, cabecina y gol.

       En Salinas, Peñón y Peñona son pareja de hecho.

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Imágenes amparadas por soportales del Casco Histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 15-03-2015 | 11:11 | 0

           Pedro de Calatayud (Tafalla, 1698–Bolonia, 1773) fue un famoso religioso jesuita autor de numerosa obra escrita, parcialmente oscurecida por su fama como predicador. Cuentan, las crónicas de la época, que como orador era impresionante, habiendo recorrido la península ibérica durante cuarenta y ocho años, dedicado a las misiones. Desarrollando éste cometido pasó unos días en Avilés, en 1764, en San Nicolás de Bari (nombre, durante siglos, de la actual iglesia ‘De los Padres’). La huella de su estancia quedó en el exterior del Ayuntamiento.

            Por aquel tiempo Avilés estaba amurallada y no hacía ni cien años que se había construido un nuevo edificio para Ayuntamiento, situado fuera de la cerca defensiva en la, entonces, llamada plaza de Fuera de la Villa y hoy plaza de España o, cariñosamente, El Parche.

            De las dos plantas del palacio municipal, y para asuntos del gobierno local solamente se utilizaba la superior dividida, fundamentalmente, en dos grandes salas: una para celebración de los Plenos y la otra para capilla, pues a los Plenos se iba con misa cumplida.

           La parte baja del edificio, zona de soportales, estaba alquilada para locales comerciales.

            Este fue el sitio elegido, por Pedro de Calatayud, para pedir que se colocara allí una hornacina en honor a la Virgen del Pilar de Zaragoza «frente al arco mayor de las Casas de este Ayuntamiento como pasaje más decente y público para que todos lo puedan recono­cer y venerar y este retrato que sea de piedra para su mayor duración y porque no es de más costo respecto a que haciéndose de madera». Así consta en el libro de Actas municipal de fecha 3 de noviembre de 1764, donde se tomó la resolución de aceptar la petición del famoso jesuita (supongo que, a estas alturas, habrá quedado clara la aragonesa conexión Calatayud–Virgen del Pilar) para colocar la imagen, encima de la puerta de entrada del Ayuntamiento. El acuerdo se acompaña de toda suerte de detalles para su instalación y mantenimiento, aunque tuvo que ser comprada en Oviedo por «no haber en esta villa arquitecto o estatuario que [la] haga».

            Y ahí lleva siglos la imagen, con el paréntesis de la reconstrucción del edificio municipal (destruido, en parte, por un bombardeo de la aviación de Franco en 1937) que tuvo lugar en 1945, reponiéndose una réplica de la misma, donada por un abogado aragonés, Jerónimo Aramendía, casado con una avilesina. Todo esto lo expone María Isabel Lorenzo en un excelente trabajo de investigación publicado en la revista ‘El Bollo’.          

            Hoy, la hornacina de la Virgen del Pilar, pasa desapercibada a la vista de los viandantes.

            Pero más inadvertida aún está la de Jesús Nazareno colocada, bajo soportal, de la casa número 10 de la calle de La Ferrería, uno de los inmuebles civiles más antiguos de Avilés, tanto que tiene borrado –y hoy es un bulto de piedra– su escudo, situado entre la primera y la segunda planta. Se la conoce como Casa de los Carreño y está citada aquí en los episodios titulados ‘Cuatro de los trece hijos de Pantaleón Carreño y Dominica Valdés’ y ‘El coronel si tiene quien le escriba’.

            La hornacina, colocada por la familia Carreño, está acompañada de un pequeño cartel donde reza: «Orad ante la humildad/ del Cordero que en la cruz/ murió para darnos luz/ y salvar la humanidad». Se desconoce fecha de colocación, aunque se sabe que es anterior a 1879.

            La que si es muy conocida es la hornacina de la Virgen del Carmen, instalada en los soportales de la calle Galiana entre los números 28 y 30, que preside el tránsito diario de los caminantes y el canto solemne de la salve de quienes, la noche del 16 de julio, van a participar en la danza prima del Carmen, que parte de aquí y baja por Galiana.

            La imagen –escribe Manuel Álvarez Sánchez en su libro ‘Avilés’–  fue colocada ahí en 1812 por un vecino de Galiana llamado José Corominas (‘Pepín el Jardinero’), prácticamente paralítico y en cama, que atribuyó a una pequeña figura de la Virgen, que tenía en su habitación, el hecho milagroso de haberlo salvado (se abrazó a ella) de un incendio que destruyó su casa. Corominas también sanó de su reuma agudo.

            Conservamos, pues, tres imágenes religiosas expuestas en soportales del casco histórico, signos de lo que en el pasado fue una práctica habitual, ésta de los agradecimientos públicos a la Divina Providencia.

           Es histórico.

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Emile Robin, la calle más financiera de Asturias
Alberto del Río Legazpi 08-03-2015 | 11:16 | 0

       La calle de Emile Robin es de las más cortas de Avilés y de las más largas en ocio y negocio.

       Sus 150 metros, acogen nueve edificios, contenedores de –aparte de viviendas y oficinas– tres entidades bancarias, el Casino de Avilés, una marisquería y un clásico de la hostelería local como es el ‘Germán’ con 80 históricos años a cuestas. Y esto hablando de una calle, hoy poco céntrica, hay que reconocer que tiene muchos candiles. Pero es que si encima consideras que tiene una sola acera, la cosa ya es de nota.

       De monsieur, trata el Ayuntamiento de Avilés al francés Émile Robin, cuando lo cita en su libro de Actas del 28 de febrero de 1913, donde «acuerda nombrar hijo adoptivo de Avilés a Mr. Emile Robin y dar su nombre a la calle de La Ribera, y determinar oportunamente la solemnidad que han de revestir dichos actos para comunicarlo al interesado» por su acto de «filantropía y humanidad».

       Pero el interesado no apareció en ese homenaje municipal, celebrado el 11 de agosto de aquel año, alegando enfermedad. Quien si participó fue el, entonces, ministro de Hacienda, el avilesino Estanislao Suárez Inclán, que se sospecha que algo tuvo que ver en el regalo del banquero parisino, que había donado a la Asociación Avilesina de Salvamento de Náufragos una lancha insumer­gible de alto valor, así como pensiones en distintos conceptos, a los miembros de su tripulación.

       Émile Robin (1819-1915) era un banquero parisino, fabricante y comerciante de coñac. Y también era vicepresidente de la asociación caritativa francesa Sociedad para el Rescate de Náufragos. Estaba considerado un benefactor de leyenda en el mundo marino y sus donaciones se extendían por los principales puertos europeos. Avilés por ejemplo.

       La Ribera era la frontera de Sabugo con las marismas. Un espacio que comenzó a tomar vida urbana con la construcción, en 1879, del edificio donde hoy finaliza la calle. Pero la categoría la adquirió cuando el naviero Ceferino Ballesteros le encargó, en 1917, al maestro de obras –en funciones de arquitecto de muchos quilates– Armando Fernández Cueto la construcción de un edificio destinado a ser ‘El Gran Hotel’, no era el de Budapest, pero casi. El  lujoso albergue capotó más tarde como negocio, pero a Avilés le quedó para siempre una gran y vistosa edificación.

       Luego la calle se fue armando, animando y progresando. El tranvía eléctrico, inaugurado en 1921, tenía aquí su parada principal, cosa nada extraña pues el parque El Muelle, que se había sembrado en esta zona a principios del siglo XX fue un triunfo ciudadano.

       En las décadas de los cincuenta y los sesenta (en 1960 los autobuses sustituyeron al tranvía eléctrico como transporte urbano, pero Emile Robin seguía siendo su parada principal) la calle –que empezaba en la plaza de Pedro Menéndez y terminaba donde lo hace hoy (Avenida de Los Telares)– se convirtió, por horas parciales y fundamentalmente sábados y domingos, en el centro ciudadano de Avilés.

       Las cafeterías de moda estaban en estos terrenos. Destacaban el ‘Busto’, referencia de café elegante, mientras el ‘Germán’ era más del gusto juvenil. Aparte del Centro Asturiano de La Habana, que estuvo durante años en el edificio del Gran Hotel.

       La población, que el establecimiento de ENSIDESA y compañía multiplicaba sin cesar, se volcaba en el parque. Y, en concreto, en la acera que daba a la calle Emile Robin, que se llenaba de multitud de jóvenes, de ambos sexos, que la paseaban una y otra vez de arriba abajo durante horas. Iban del monumento del Adelantado al puesto del helado veraniego (o de la castaña invernal) que estaba al otro extremo de parque. Era un agitado trayecto de excitadas idas y venidas, de intercambios de miradas, adioses interesados y –a veces ¡Ay Dios!– de guiños cómplices. Era un cortejar al paso. Allí se iba con las mejores galas, a ver y a ser vistos, por lo que algunos le decían ‘tontódromo’ a aquel paseo, multitudinario hervidero de amores tempranos.

De izda. a dcha: Mario Blanco, Claudio Celard (yerno de Mario) y Germán Blanco, hijo de Mario y actual propietario del 'Germán'.

       Vueltas y revueltas, oteando, adivinando, suponiendo, si gustabas, si ‘refrescaban’ (era la palabra clave) por ti, tanto como tu ‘refrescabas’ por ella, o viceversa. A veces esta relación visual pasaba a ser de palabra y entonces (y esto ya era sobresaliente) la pareja encontraba motivo de conversación, daban unas cuantas vueltas más juntos y si cuajaba la cosa (y esto era ya de matricula de honor) tomaban asiento en los bancos interiores del parque, donde un guardia de uniforme verde, conocido como ‘Timimi’, se encargaba de la cosa de la moral y las buenas costumbres («¡Esa mano, chaval, esa mano!»).

       Aquel desmadrado trasiego pasional del personal en busca de pareja terminó cuando se pusieron de moda los guateques, la ruta de los vinos de Sabugo y se abrieron discotecas.  El bajo techo se impuso al aire libre, que por cierto estaba tremendamente contaminado por ENSIDESA y compañía.

       Pero la calle Emile Robin, otra vez silenciosa, siguió añadiendo edificios. Y hoy llama la atención su aire mercantil.

       Si se fijan bien, no hay calle asturiana con tanto trajín financiero. No hay otra –en términos relativos– tan corta en espacio como larga en entidades bancarias (en apenas 150 metros hay tres bancos) aparte de un edificio que vierte a ella dedicado, mayormente, a oficinas empresariales.

       Es calle de poco ruido y muchas nueces.

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Rui Pérez y el escudo de Avilés
Alberto del Río Legazpi 01-03-2015 | 11:11 | 4

       El escudo de la villa de Avilés es como una foto fija de una histórica aventura ocurrida en el siglo XIII en la villa de Sevilla, entonces en poder de los árabes que la habían bautizado (con perdón) como Isbiliya cuando los romanos ya la habían hecho famosa, antes, con el nombre de Hispalis.

Aquella gesta histórica, en la que un navegante avilesino tuvo un excepcional protagonismo, demuestra la potencia marinera que ya tenía la villa asturiana hace ocho siglos.

Era de primera categoría su puerto –durante parte de la Edad Media el más importante del norte atlántico peninsular, según el medievalista Ruiz de la Peña. Y de primera división eran sus gentes marineras, por ejemplo el llamado por unos, Rui Pérez y por otros Ruy González, aunque  en cualquier caso de Avilés. En la narración que sigue mantendremos el primero, entre otras cosas por tener calle así rotulada, desde  1894, y que es la que discurre por el costado norte de la plaza del mercado (oficialmente denominada Hermanos Orbón).

Rui Pérez fue un personaje destacado en un episodio muy enraizado en la historia de España, como fue la toma de Sevilla por el ejército del rey  Fernando III ‘El Santo’, el 20 de mayo de 1248. Tal hecho quedó escrito en el romance:

«Reinando el ínclito rey don Fernando  

El Santo, que llamaron en Castilla,

pasó el de Avilés con su nave serrando

la fuerte y gran cadena de Sevilla.»

Aquella fue una empresa llevada a cabo por una flota del rey de Castilla (aún no existía España como nación) al mando del almirante burgalés Ramón Bonifaz y en la que participaron destacados marinos cántabros, gallegos, vascos y Rui Pérez, en representación de Asturias, quien sobresalió en dicho trance histórico, cuyo relato ha llegado hasta nosotros mezclado con la épica legendaria tan propia de aquellos tiempos.

Según quieren algunos cronistas, como el marqués de Teverga, el capitán avilesino colocó en la proa de sus naves, que habría construido en los astilleros de Sabugo, con madera de Galiana y tal, un artilugio en forma de sierra que luego rompería, en Sevilla, una gran cadena de hierro que impedía la navegación por el Guadalquivir, franqueando así el paso a los navíos castellanos que cargados con soldados hicieron posible la conquista de la ciudad.

Pero al marqués lo cegaba la pasión localista. Pues diversas crónicas coinciden en que los dos barcos de la armada de Bonifaz, protagonistas del envite contra las cadenas y el puente de barcas –que tenían los árabes a la altura de Triana entre una fortaleza de este famoso barrio y la Torre del Oro– fueron construidos en Santander, bautizados como ‘Carceña’ y ‘Rosa de Castro’, y elegidos por ser los de mayor envergadura de la flota castellana, compuesta por 13 naves a vela y 5 galeras, después de haber ideado los cristianos un original plan de batalla a la vista de lo complicadas que estaban las cosas para tomar Sevilla por culpa de la dichosa cadena. Siguiendo el plan trazado, las dos naves fueron cargadas de piedras y armadas en la proa con ‘fierros aserrados’, ocurrencia de Rui Pérez, para mejor embestir. El almirante Bonifaz mandaba una y el capitán avilesino la otra. Todo fue cuestión de esperar viento a favor, que soplara de lo lindo y los lanzara contra la barrera fluvial. Cuando tal cosa ocurrió las naves embistieron y mandaron al carajo todo lo que encontraron por delante incluidas la cadena y el puente de barcas. Y ahí se acabó Mahoma y empezó la Macarena.

Tras la rendición de Sevilla, quiso el Rey que tal hazaña figurara en los escudos de las villas de los capitanes de las embarcaciones que habían intervenido en la conquista, cosa que hizo la mayoría incorporándolo como uno más a sus enseñas. Pero ninguno, excepto Avilés, lo convirtió en protagonista total como hoy se puede seguir viendo en este «escudo en campo de gules, y una nave armada, puesta a la vela, con una cruz en el palo mayor y una sierra en la proa, rompiendo una gruesa cadena prendida en sus extremos a dos castillos».

Decía antes que no está claro si el apellido del marino avilesino era Pérez o González. El investigador local Francisco Mellén después de años de consulta en diversas fuentes –«la historia se hace con documentos, no con le­yendas» dice– insiste en el González. Y lo mismo otros estudiosos que indagaron sobre el asunto.

A favor del Pérez están los clásicos: Tirso de Avilés y Luis Alfonso de Carballo, historiadores del siglo XVI, o David Arias García, del XIX. Pero nadie es custodio –que los hubo, y los hay, con esa vocación– de las esencias históricas de Avilés.

Dice el escritor chileno Jorge Edwards, tan amigo de Pablo Neruda como enemigo de Fidel Castro, que «en España hay una escasa curiosidad intelectual y mucha indiferencia que hace que lo conocido se acepte y explore, pero se ignore lo otro».

Y este es el caso que nos ocupa, de si Pérez o González es el apellido del navegante avilesino, asunto que merece aclararse para que resplandezca la verdad sin que se convierta en una ridícula disputa como la mantenida por aquellos dos calvos que se peleaban por un peine.

O por la marca del champú.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta