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Fecha: abril, 2015
Ensalada de aniversarios históricos
Alberto del Río Legazpi 26-04-2015 | 11:11 | 0

La cantidad de sucesos ocurridos en Avilés un 26 de abril, de diferentes años, no es excepcional pues hay otros días en que repite este hecho, lo que da idea de nuestra riqueza histórica.
        El domingo 26 de abril de 1598, Cristóbal López, formando parte de una expedición –por los actuales Estados Unidos de América– alcanza y pasa el río Grande por el lugar hoy llamado El Paso. Fue la primera conquista del oeste americano, del Far West, aquella gran caravana al mando de Juan de Oñate y compuesta por 210 soldados y colonos que junto con sus familiares (muchos iban con sus mujeres e hijos), frailes, indios y esclavos negros, sumaban 400 personas, que llevaban 83 carros y carretas, aparte de un rebaño de siete mil cabezas de ganado. Para que luego nos vengan los de Hollywood con películas del Oeste.
        Cristóbal López había nacido en Avilés en 1557 y era hijo de Domingo López de Avilés. Sabemos que tenía «buen cuerpo, grueso, moreno, barbinegro y con una cuchillada encima del ojo izquierdo» tajante descripción expuesta en la obra «Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599» de Cundo Estrada, Rogelio García y José R. Martínez, inédita aún en librerías, pero que se puede encontrar en Internet (www.VivirAsturias.com).
       Quien sí tuvo obras literarias publicadas y además famosas fue Francisco Bances Candamo, que nació en Avilés, parece que un 26 de abril de 1662. No hay papeles parroquiales que lo demuestren, así que la fecha está consensuada por algunos estudiosos. Pesa una especie de molesta interrogación sobre los tres –quizás más famosos– personajes históricos locales, tenidos por naturales en Avilés (el marino Pedro Menéndez de Avilés, el pintor Juan Carreño Miranda y el dramaturgo Francisco Bances Candamo).
       A Bances, que en Madrid llegó a tocar gloria literaria y cortesana (fue nombrado ‘Dramaturgo de Cámara del Rey de España’) sus enemigos le hicieron pasarlas moradas, lo que unido a la agitada vida que se traía el hombre, le llevó a abandonar la literatura y tomar las de Villadiego, ganándose la vida, por ejemplo, como funcionario de la tesorería estatal por villas y villorrios. En tal empleo falleció, oscuramente, en Lezuza (Albacete), donde hoy no aparece ni su tumba.
        El 26 de abril de 1820, el alcalde de Avilés, Antonio Corona, pide autorización al Gobernador Civil para demoler la muralla, cuando prácti­camente dicha operación estaba concluida. Era puro formalismo porque su antecesor José del Busto ya había dado la orden de arrasarla en 1818, sin encomendarse a Dios ni al diablo ni, por supuesto, a la autoridad provincial. Por entonces, en España y acogiéndose a la Constitución de 1812 –que entre otras normas dictaba la desaparición de los símbolos de vasallaje– bastantes pueblos interpretaron tal norma como les vino en gana, y así unas veces por estupidez o por ignorancia y otras por intereses mercantiles borraron de su paisaje urbano monumentos, signos y señales de su memorable historia, que nada tenían que ver con vasallaje. Uno de ellos fue Avilés donde la muralla fue elemento defensivo y no símbolo de vasallaje. Vasallaje si que fue el de los políticos de la época hacia los intereses inmobiliarios que traería consigo el derribo de la cerca medieval.
       El alumbrado eléctrico de Avilés, que se cuenta fue el primero de Asturias, algunos dicen que tuvo lugar el 26 de abril de 1891. Sin embargo yo tengo esa fecha en pausa y es cosa de tratarla en episodio aparte.
        Lo que si es tristemente cierto es que un 26 de abril de 1899 muere, en Oviedo, el novelista Juan Ochoa, que había nacido, en 1864, en el palacio de Valdecarzana, hoy sede del Archivo Histórico de Avilés. Juan Ochoa fue escritor y periodista, algo inusual en su tiempo. De salud muy quebradiza, murió afectado por una enfermedad pulmonar que su hipocondríaco amigo, Armando Palacio Valdés, trató sin éxito, de combatir con consejos y recomendaciones de los más innovadores medicamentos que por entonces ofertaban las farmacias.
       Otro 26 de abril de 1909, lunes, se inaugura –en solar que daba a las calles La Cámara, Rui Pérez y a la plaza La Merced– el Pabellón Iris con la repre­sentación de ‘Las de Caín’, obra de los hermanos Quintero. El local nació ofertando espectáculos, mayormente musicales y cinematográficos, aunque estos últimos terminaría siendo su principal actividad y donde se proyectó, por primera vez en la villa, una película sonora. Cerraría sus puertas, en 1956, con película ‘Puente de mando’, protagonizada por Gary Cooper en plan almirante. El Iris fue un edificio muy singular debido al ingenio de uno los mejores ‘arquitectos’ (las comillas indican que no le hizo falta ese título) de la historia urbana de Avilés, el maestro de obras Armando Fernández Cueto (ver LA VOZ DE AVILÉS, 2 de febrero de 2014, ‘Armando Fernández Cueto, por sus obras lo conoceréis’.
      Hace hoy cien años, el 26 de abril de 1915, se constituyó la Junta de Obras del Puerto de Avilés, lo que hoy conocemos como Autoridad Portuaria. El nacimiento fue por votación secreta efectuada en el Ayuntamiento, siendo elegido presidente Victoriano Fernández Balsera (1860–1942) uno de los hombres fuertes del Avilés de principios del pasado siglo. El Gobernador Civil, que presidió el acto, expuso la importancia del nuevo organismo «por ser el puerto la principal fuente de riqueza y el más valioso punto de apoyo para el progre­so y porvenir de Avilés».
       El 26 de abril de 1950, el abogado, juez y escritor José María Malgor (1905–1964) lee su discurso de ingreso en el Instituto de Estudios Asturianos (hoy RIDEA) bajo el título ‘Marcos del Torniello poeta avilesino. Guión, notas, apuntes y datos para una biografía’. El nuevo académico, abogado que ejerció también de juez, aunque de paz y con mucho sentido del humor. Una prueba de la ironía de Malgor es su ‘propuesta’ –hecha por escrito en 1964 y en alusión a la contaminación de la Central Térmica– de que se suprimiera en Avilés la festividad religiosa del miércoles de ceniza, porque a la vista de la [entonces brutal] polución de ENSIDESA resultaba que todos los días del año había ceniza, por lo que sobraba tal miércoles religioso.
       Y, hablando de la Térmica, resulta que fue otro 26 de abril, pero ya de 2006, cuando el Colegio de Arquitectos de Asturias metió por registro en la consejería de Cultura del Principado un escrito reclamando urgentes medidas de protección (como ya habían hecho también otros organismos entre ellos la UNESCO) para dicha Térmica, que había cesado en su actividad en 2005 y a la que las autoridades, locales y regionales, pasaron de considerar como una «incomparable joya del patrimonio industrial con destinos culturales» a ordenar que fuese volada y sus restos vendidos como chatarra al mejor postor, borrando así una muestra arquitectónica industrial admirable y el más importante, entre los pocos signos que quedaban, del período más transformador en toda la Historia local: la llegada de la gran industria metalúrgica a mitad del pasado siglo XX. 
       No se como se come esto. Tal parece que Avilés –como dijo Winston Churchill de Los Balcanes o diría Groucho Marx de Libertonia– produce historia a mayor velocidad de la que se puede digerir.
 

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Avilés de cristal
Alberto del Río Legazpi 19-04-2015 | 11:11 | 1

          No es que seamos Venecia o Praga en la cosa del cristal, pero a nivel nacional pocas ciudades de tanta tradición y producción vidriera, como Avilés.
          Es algo que no cuadra con el estereotipo industrial avilesino, una foto fija de industrias metalúrgicas, ignorando que la del vidrio comenzó hace ciento sesenta años.
          Echando un vistazo a los registros de 1864, sobre los buques mercantes que salieron entonces del puerto de Avilés, se cuentan hasta noventa y uno (siete de ellos con destinos europeos y cinco a puertos americanos) los que llevaban en sus bodegas productos de exportación, extraídos o producidos en la comarca avilesina: zinc, carbón, sidra y vidrio.

1950. En El Arbolón (en el centro) confluyen las calles Rivero (a la derecha) y Llano Ponte (a la izquierda). A un costado, de ésta, se ven las naves de La Vidriera.

          La industrialización se había puesto en marcha con la extracción de carbón en la mina submarina de Arnao (1833).  Aquello fue como si se hubiese tocado a rebato para la creación de otras instalaciones fabriles. Así en el convento sabuguero de La Merced (ya desacralizado y donde cabía desde un colegio a un asilo de ancianos, pasando por un cuartel de la Guardia Civil) el francés Louis Laurens monta, en 1840, una industria textil. Y en 1844, Antonio Orobio y varios socios más ponen en marcha una factoría de vidrio, llamada en principio ‘Orobio, Alvaré, Mas y Cía’ y posteriormente ‘Antonio Orobio y Compañía’, aunque siempre fue conocida como La Vidriera. Fue la primera industria cristalera de Avilés. Y de Asturias.
          Llegó a tener 120 empleados, algunos de ellos especialistas (manchoneros) venidos de Bélgica. En La Vidriera se fabricaba vidrio plano, tejas para lucernas aparte de ser pionera en los vidrios de colores. Su funcionamiento tuvo interrupciones y significados altibajos en la producción. Durante la guerra civil sus naves fueron convertidas en campo de concentración de presos republicanos.
          Estaba ubicada en el barrio avilesino popularmente conocido como El Arbolón. Uno de sus límites coincidía con el final de la actual calle Llano Ponte, en su acera izquierda (donde hoy está ubicado el Centro Municipal de Arte y Exposiciones ò CMAE) y ocupaba gran parte de la urbanización que hoy conocemos como Puerta de la Villa y que es un episodio aparte.
          Pero aparte de ésta vidriera también se había puesto en marcha, en 1883, la de ‘Ibarra, Galán y Compañía’, en el barrio de Sabugo, en terrenos situados frente a la actual Estación de Avilés. En 1900 trabajaban en ella ochenta operarios y algunos de los cuales –como en el caso de La Vidriera– eran especialistas  ‘manchoneros’ (o sopladores) de nacionalidad belga y holandesa.
          Dirigida por Julio Galán, fabricaba fundamentalmente cristal de ventanas, vidrios planos y fanales. Cerró en 1913 y sus instalaciones, situadas entre las actuales avenida de Los Telares y calle Marcos del Torniello, fueron aprovechadas durante años por la firma ferretera García Fernández (de la familia que también regentó la ferretería ‘Los Castros’, en el palacio de Camposagrado) y actualmente el solar está ocupado por edificios de viviendas y el nuevo parque Luz Casanova.

Al fondo la Ría, las naves de Balsera y la Estación de Ferrocarril. Frente a ésta las naves que fueron de la vidriera 'Ibarra, Galán y Cia'.

          Lo de que no hay dos sin tres, en Avilés cuadra. Es cristalino. Pues a mediados del siglo pasado la ciudad fue escogida por la multinacional francesa Saint Gobain para montar en 1952 (coincidiendo prácticamente con la llegada de Ensidesa y Endasa), la factoría Cristalería Española S.A., que es otro episodio aparte.
          Esta vez no vinieron expertos belgas ni holandeses a fabricar cristal. No. Esta vez vino casi un pueblo burgalés entero, llamado Arija, que es donde había estado instalada la factoría del vidrio y cuyos terrenos iban a ser anegados por un nuevo embalse con agua del río Ebro. Fuera esta la verdadera razón o lo fuera la estrategia industrial de la multinacional, el caso es que se levantó en Avilés la fábrica de vidrio plano más moderna de Europa. Y la gran mayoría de los trabajadores de Arija se trasladaron a Avilés donde se les construyeron viviendas propiedad de la fábrica, engordando como barrios lugares como Jardín de Cantos y La Maruca.
          Deberíamos explotar más la fama de Avilés como potencia de producción cristalera, porque da para mucho. Ejemplos hay para parar un carro, empezando por los parabrisas de los coches, donde (hace unos diez años) se calculaba que siete de  cada diez de los parabrisas de los turismos que circulaban por España eran producidos en la factoría avilesina. Y terminando por las pantallas de plasma de las televisiones y otros aparatos que tanto que nos esclavizan.

1952. Al fondo Cristalería Española S.A.

          Y eso por no hablar de los espejos de los domicilios particulares o públicos que han sido fabricados en La Maruca (mar pequeña) de Avilés. Ni del vidrio que producido aquí se aplica en la construcción de modernos edificios.
          Decía el naviego Ramón de Campoamor que
«en el mundo traidor 
nada hay verdad ni mentira, 
todo es según el color 
del cristal con que se mira».
          A efectos industriales, en Avilés, siempre hemos mirado con el color del cristal de hierro, acero, zinc y aluminio. Pocas veces lo hacemos con el color del cristal de vidrio –que además sería lo lógico– el producto industrial, que junto con el zinc, es el más antiguo de los fabricados aquí entre los citados.
          Graduemos la vista si no somos capaces de ver que está claro que en la cosa del vidrio avilesino se dan la mano la lógica y la historia industrial.
          Y más que claro, yo diría cristalino.

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La película de los cines de Avilés
Alberto del Río Legazpi 12-04-2015 | 11:11 | 1

            Parece mentira, visto desde hoy, pero hubo un tiempo que en Avilés existieron y coexistieron muchas salas donde se podía ver, previo pago en taquilla, cine en gran pantalla, como Dios manda, que decía Luis Buñuel cuando quería incordiar.
           Aquel invento de imágenes en movimiento, que en 1895 los hermanos Lumière habían presentado en París –sitio estándar para dar a luz – ya estaba en Avilés en el verano siguiente y fue en un local de la calle San Bernardo donde tuvo lugar la primera sesión cinematográfica de la historia local.
           Después de pasar por asombrosa atracción de barraca de feria, las proyecciones se fueron incorporando a lugares de ocio. En Avilés, comenzando el siglo XX, el popular café Colón ofrecía cine a su clientela, pero fue el Teatro-Circo Somines (también conocido como La Peña) quien comenzó a regularizar y monopolizar la oferta de calidad. Situado en la calle Cuba (en el solar ahora ocupado por el centro comercial El Atrio), ofrecía espectáculos de ocio de todo tipo y el cine entró en esa oferta, cuando los americanos comenzaron a atizar la caldera de Hollywood, negocio redondo a todo trapo.
           Cuando en 1909 fue inaugurado el pabellón Iris, episodio aparte, el cine era ya la principal oferta entre los espectáculos que ofrecía esta nueva sala que Armando Fernández Cueto había diseñado con sorprendente arquitectura, en la calle de La Cámara. También el teatro Palacio Valdés ofrecería alternativamente sesiones de cine.
           Pero no fue hasta 1941, y en esa misma calle, cuando se abrió el Florida primer edificio construido expresamente como cine, es decir «sala donde como espectáculo se exhiben películas cinematográficas». Situado a un costado de la iglesia Nueva de Sabugo el local (681 localidades) ofreció miles de películas hasta su cierre como cine –ya que luego fue discoteca, más tarde se deslizó como cita de alterne con señoras de moral distraída y finalmente café– el 10 de noviembre de 1983, con la película ‘La guerra del hierro’, en unos tiempos en que muchos estábamos en aquello de ‘Salvar a ENSIDESA es salvar a Asturias’.
           En la década de los cuarenta, también se abrieron los cines Marta y María y  Clarín. El primero, construido a costa de la barbaridad de demoler el interior del precioso palacio que García Pumarino había hecho construir en el siglo XVIII. Tenía 955 localidades y fue el último cine de Avilés que ‘aguantó’ proyectando películas hasta 2013.
            El Clarín, inaugurado el 1 de octubre de 1949, con la proyección ‘Débil es la carne’, interpretada por Rex Harrison y Maureen O’Hara, fue la sala más chic entre todas las que funcionaron en Avilés. Estaba también en la calle La Cámara y en vecindad con otras dos: Iris y Florida. En un episodio anterior, publicado en LA VOZ DE AVILÉS el 6 de octubre de 2013 y titulado «La plaza de La Merced, milagroso jardín cinematográfico», se explica más detalladamente este curioso hecho.
           En la década de los cincuenta, y en paralelo al descomunal aumento de población surgieron más cines en los nuevos barrios construidos para albergar la enorme cantidad de inmigrantes que llegaban a la ciudad al reclamo de la gigantesca industria metalúrgica. Son los casos del cine María Alicia en Valliniello, del María Esther en la parte baja de Llaranes, o del Patagonia en Miranda,  nombre que supone un homenaje al indiano José Menéndez ‘El rey de la Patagonia’, nacido en este mágico lugar de la parte alta de Avilés.
           Un fenómeno aparte fue el Ráfaga (acrónimo de su propietario Rafael García) que situado en Villalegre fue lugar de sonados estrenos de superproducciones: ‘Los diez mandamientos’, ‘Ben Hur’ etc que llenaron, durante días y días, aquella sala de 716 butacas. Y a donde los avilesinos del centro urbano, acudían andando o en transporte público (primero tranvía y luego autobús). Los de Llaranes y La Luz lo tenían más a mano.
           El espectacular aumento de salas cinematográficas estaba justificado por el jugoso beneficio, pero hubo abusos de abandono. En la revista ‘Ensidesa’, de diciembre de 1963, y firmado con el pseudónimo ‘Gave’, un artículo titulado ‘Los cines de Avilés’ denunciaba que «el Palacio Valdés está a punto de ser una barraca de feria con aspecto monumental… El Florida es insalubre, incómodo y acongojante. El Marta y María, idem de idem».
           Por entonces el cine arrasaba como propuesta de ocio, cosa que se acabó cuando llegó la televisión y comenzó a esclavizar al personal en sus casas, o en los bares. Y eso ocurrió entre mediados de la década de los sesenta y principios de los setenta. A partir de entonces comenzaron a cerrar cines.
           Pero como aún no había llegado el vídeo, ni la informática, siguieron abriendo otros como el Victoria en el barrio de La Carriona. Versalles tampoco se quedó atrás con su cine Canciller, que terminaría siendo local eclesiástico (un milagroso episodio aparte) y en el centro urbano el Almirante (la mayor pantalla de Asturias, decía su publicidad) y los Chaplin, novedad de mini salas cinematográficas que ofrecían ‘películas difíciles’ o de Arte y Ensayo. Esto y los ‘cine–forum’ locales son también episodio aparte.
           Pero ya había comenzado la caída en picado del cine comercial, que terminó capotando en 2013. Ahora la tele y la informática (pantallas y tabletas) nos ofrecen cine abondo, pero nos hunden en el fondo de un sofá.
            El cine comercial en el concejo de Avilés, es una larga película que, basada en un invento del siglo XIX, comenzó su navegación mercantil con el XX -donde alcanzó su plenitud- para terminar varado un verano del XXI, en un antiguo palacio barroco del siglo XVIII de la calle Rivero.
            The End.

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¿Por qué no llamarlo San Balandrán?
Alberto del Río Legazpi 05-04-2015 | 12:20 | 0

 
EL RENACIMIENTO DE LA RÍA DE AVILÉS.
DEL FARO DE SAN JUAN AL CENTRO NIEMEYER, PASANDO POR EL NUEVO MUELLE  que…
¿POR QUÉ NO LLAMARLO DE SAN BALANDRÁN?
 

        La margen derecha de la Ría de Avilés siempre es­tuvo al margen de acontecimientos históricos. Desde ese punto de vista se puede decir que fue un cero a la izquierda ya que la gloria siempre se la llevó ésta con el establecimiento en ella de la histórica villa de Avilés.

        Sin embargo, pasados los siglos, el renacimiento le ha venido a Avilés por la margen derecha de su Ría.

        Han de saber, es urgente que descubran, que se han venido sucediendo las maravillas en Nieva, la antigua Noega, donde al mar quebrado en curva le dicen «Pachico», o aquel primer hotel «La Rosa», como de película de Visconti y los primeros baños públicos de Avilés que luego se fueron a Salinas cuando empezó a funcionar el tranvía eléctrico, o esa Peña del Caballo, que no es una peña cualquiera, y la fuente del Emballo (agua dulce a un metro de la salada), el Arañón y el Faro, donde hace poco Woody Allen -el músico de Manhattan- estuvo filmando escenas para una película que recorrió el mundo.

        Quede claro que el Renacimiento de la Ría avilesina, tuvo lugar en la margen derecha, comenzan­do con el faro -al que casi todos decimos de San Juan por justicia geográfica, pero cuyo nombre oficial es Faro de Avilés- y donde tiene la histórica Villa de Avilés su Finisterre y también su nacimiento, depende de la posición del navegante.

        El faro levantado en el siglo XIX fue, ya digo, la señal del renacimiento. Luego en el XX surgió un pueblo llamado Zeluán (toponimia marroquí). Y siguiendo, cronológica­mente, una enorme fábrica de nombre Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) y también otra llamada Empresa Nacional del Aluminio S.A. (ENDASA), hoy ALCOA, que estaba en la margen izquierda y se vino a la derecha.

        Y luego en el XXI vinieron el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer y el nuevo muelle ¿de San Balandrán? construido por la Autoridad Portuaria de Avilés.

        Al fin y al cabo dicho organismo (antes Junta de Obras del Puerto) se merendó, por la cosa del progreso, la isla de San Balandrán.

        ¿Qué me­nos que «reparar» su desaparición bautizando como ‘de San Balandrán’ al nuevo muelle de la Ría que crece frente a la nueva rula? La isla estaba muy cercana a la nueva instalación portuaria.

        Sería perpetuar, en Avilés, nombre tan mítico como universal en el mundo de la navegación marítima.

        Sería una imagen de marca, de calidad exquisita, para la milenaria ciudad asturiana.

 
(Síntesis del artículo publicado en la revista avilesina El Bollo 2015)

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta