El Comercio
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Fecha: mayo, 2015
La muralla electrónica del Casco Histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 31-05-2015 | 11:11 | 1

          Dice un refrán que ‘mayo entrado, un jardín en cada prado’ y que tal cosa se cumple, en el panorama patrimonial avilesino, está demostrado con fechas y ‘fechos’.
          El 27 de mayo de 1955, siendo alcalde Eduardo Fernández Fernández-Guerra, el Gobierno español aprueba un decreto que sería publicado el 7 de junio siguiente en el Boletín Oficial del Estado (BOE) en el que declaraba «Conjunto Histórico artístico las siguientes zonas de la villa de Avilés», que relaciono puestas a día de hoy la nomenclatura de lugares y edificios y matizando entre paréntesis generalidades para mejor identificarlas:
          «Las murallas de la villa (sus restos). Plaza de España. Calle de La Ferrería con el palacio de Valdecarzana y la fachada de la llamada casa de Carreño. Calle de El Sol. Calle San Bernardo con el Palacio de Camposagrado y la casa numero 22 (la que fue Escuela de Cerámica). Plaza de Camposagrado. Calle Rivero, palacio de Ponte (donde funcionaron los cines ‘Marta’) y Ferrera, capilla de San Pedro y la fuente llamada ‘Caños del Rivero’. Calle Galiana. Plaza de Carlos Lobo con la Iglesia (la hoy conocida como de San Antonio y ayer de Los Padres) y la capilla de Las Alas. Plaza de Álvarez Acebal y la Iglesia (de San Nicolás de Bari). Plaza del Carbayo con la Iglesia (de Sabugo vieja). Edificio de la Oficina de Turismo. Los Canapés».
          Estos son las zonas y edificios de Avilés, que desde hace 60 años, fueron  reconocidos oficialmente por el Estado español y puestos bajo su salvaguarda. El documento se lo debe Avilés, fundamentalmente, al ovetense Luis Menéndez–Pidal (1896–1975), arquitecto estatal, y a José Francés (1883–1964), académico de Bellas Artes e hiperactivo intelectual madrileño.
          No sería descabellado pensar que –dada la brutal especulación inmobiliaria originada por entonces con ‘la llegada’ de ENSIDESA, que también vino a ritmo de BOE– el centro urbano avilesino, donde se aloja la mayoría de los elementos catalogados en el decreto anterior, muchos de los cuales hubieran sido primero momificados, luego modificados y finalmente borrados del mapa de no haber contado con este blindaje legal. Rotundamente, el decreto de mayo de 1955, es un hito histórico de Avilés.
          Pero, como decía Billy Wilder, nadie es perfecto. Y un decreto mucho menos, pues faltaba más. Por lo que dejando sentada la importancia del documento, hay que decir que se detectaron olvidos (las calles históricas de Sabugo, por ejemplo) que hubo que subsanar más tarde. Y eso ocurrió el 31 de mayo de 1990, hace hoy veinticinco años, cuando el Boletín Oficial del Principado de Asturias (BOPA), a petición del Ayuntamiento de Avilés siendo alcalde Santiago Rodríguez Vega, publicó un decreto que disparó la rehabilitación del casco histórico.
          A partir de aquel día, y hasta hoy, la mejora y protección del mismo se mide en fachadas, calles y plazas mejoradas. Complementado con el rescate y rehabilitación de palacios como los de Ferrera y Camposagrado, aparte de otros lugares y edificios (plaza del Mercado, teatro Palacio Valdés, etc.) que pasaron a ser considerados parte del Conjunto Histórico-Artístico de Avilés.
          También y entre los beneficios derivados de éste decreto del Principado de Asturias (a quien el Estado español ya había transferido las competencias en cuestión de patrimonio) fue la peatonalización –rescate urbano de muchos perendengues– del casco histórico y por tanto la prohibición del tráfico rodado por el mismo. Lo que trajo consigo la implantación de bolardos (postes de hierro) electrónicos, que daban acceso exclusivo a vehículos autorizados, de comerciantes y de residentes. O sea una muralla electrónica, donde las almenas son bolardos que bajan (¡Abre la muralla!) o suben (¡Cierra la muralla!’) al ritmo del poema de Nicolás Guillén.  
          Avilés ya había contado con muralla, pero de piedra, construida en la Edad Media contra enemigos que pudieran  venir por tierra y mar. Medía unos 800 metros y abarcaba las actuales calles de La Fruta, La Ferrería, El Sol y San Bernardo. Fue derruida a principios del siglo XIX, amparándose los gobernantes locales en una retorcida interpretación legal que no logró esconder su defensa de intereses inmobiliarios.
          A estos efectos, acento incluido, compárese la ciudad de Ávila con la de Avilés.
          La primera conserva su muralla de piedra y un casco histórico hoy declarado Patrimonio de la Humanidad. En Avilés los políticos ni se han atrevido a solicitarlo a la UNESCO, organización internacional que concede tal honor y del que se deriva calidad de ciudad, subvenciones y turismo cosa fina. Y ello a pesar de opiniones favorables de algunas personalidades o del apoyo popular en las redes sociales. Por ejemplo en Facebook, donde la página ‘Casco Histórico de Avilés Patrimonio de la Humanidad’ agrupa a cerca de 6.000 (seis mil) amigos.
          Dice un proverbio que ‘mayo reglado ni muy seco ni mojado’, y algunos recordamos, a propósito de otro popular refrán, que la forma más práctica de pescar peces es mojarse el culo.
          Con muralla de piedra o electrónica.

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Las sedes que han tenido los Gobiernos de la villa de Avilés
Alberto del Río Legazpi 24-05-2015 | 11:11 | 2

El actual palacio municipal, en la plaza de España, solo tiene una antigüedad de 338 años. Anteriormente los gobernantes se reunían en otros lugares.
     Gramaticalmente, ayuntamiento remite a la acción y efecto de ayuntar, de ayuntarse, de reunirse. y eso la Real Academia lo lleva al límite, pues la quinta acepción del término ‘ayuntamiento’ es la de ‘coito’. Quizás esto ayude a explicar el por qué al personal tanto le gusta -y apasiona- el poder.
     Corto y cambio a concejo, que es término que remite directamente a gobierno local.
     De hecho lo más antiguo que se conoce en Avilés como forma de gobierno son los llamados Concejos Abiertos, reuniones públicas a las que podían acudir todos los vecinos. En el siglo XIV se citan, por ejemplo, las celebradas -previo aviso del pregonero- en el convento de San Francisco del Monte (actual iglesia de San Nicolás de Bari). En estos Concejos Abiertos se solucionaban problemas de convivencia y otros como las peticiones de nueva vecindad, muy abundantes, al ser Avilés ciudad privilegiada por el Fuero concedido por el rey Alfonso VII.
     También los había en el cementerio de la iglesia de Santo Tomás de Cantorbery (en la actual plaza del Carbayo) entre los vecinos de Sabugo. Porque Sabugo (episodios aparte) era un pueblo, con iglesia propia, y tanto es así, que llegó a tener sus propios alcaldes ‘de mar’. Con el tiempo la unión -administrativa- con la Villa se fue consumando y los alcaldes sabugueros consumiendo.
     Avilés crecía, al ritmo del progreso que le procuraba el tráfico y comercio marítimo. Entre esto y que había nacido España como nación, en el reinado de los Reyes Católicos, a finales del siglo XV, el Concejo Abierto fue perdiendo su sentido, siendo sustituido por el regimiento de un grupo de vecinos, los más poderosos (epidemia histórica mundial), elegidos anualmente y cuyas reuniones se celebraban en el cementerio (entonces bajo techado) de San Nicolás de Bari (actual de los Padres Franciscanos). En el camposanto (entre la iglesia y la muralla y frente a la capilla de Las Alas) había un pequeño habitáculo, donde se celebraban las sesiones del concejo avilesino.
     Un lugar tétrico e insalubre, por lo que no es de extrañar el acuerdo tomado el 26 de junio de 1484 de que: «Se faga una casa para el Concejo en la Plaza de la Rúa Nueva» o plaza de la Villa (hoy inexistente y situada en el entronque de las calles de La Fruta y El Sol).
     En este pequeño edificio municipal había puestos de grano, carne, pan y vino, también se custodiaba la arqueta del agua de la Villa y el patrón de pesas y medidas. Pero la casa ardió en el pavoroso incendio del 14 de diciembre de 1621 e hizo necesario comprar otra, en 1640, fuera de la muralla y contigua al viejo hospital de San Juan, en la plaza «De fuera de la Villa» (actual plaza de España).
     El caso es que entre una casa y otra y por la circunstancia relatada, las reuniones en el cubículo del cementerio, al que se le había abierto -en 1636- un ventanuco con vistas a la ría, no cesaron del todo. Ni mucho menos.
     Porque allí tuvo lugar una reunión trascendental, el 26 de agosto de 1670. Ese día tres toques de campana tañida (considerable avance tecnológico respecto al pregonero, que vio mermada su categoría como medio de comunicación), señal de llamada para que los mandatarios -presididos por el regidor Sebastián Bernaldo de Quirós, marqués de Camposagrado- se presentaran para adjudicar las obras para la construcción de un nuevo edificio municipal, que aún hoy perdura.
     Levantado fuera de la muralla, dada su gran superficie, entre «la puerta de la muralla del Alcázar, a la entrada de la calle de La Ferrería y la de Cima de Villa» (otra de las denominaciones de la calle de La Fruta), en los entonces espaciosos terrenos, que configuraban la «Plaza de fuera de la Villa», entonces vacía de soportales y abundante en álamos y carbayos (robles).
     Este palacio es el buque insignia de un trascendental desarrollo urbanístico de la Villa. La mansión debe su traza arquitectónica a Juan de Estrada y la materializó el maestro de obras avilesino Marcos Martínez, con material de la cantera de Bustiello, que estaba a tiro de piedra y nunca mejor dicho.
     Se inauguró el 22 de abril de 1677 siendo alcalde Alonso Carreño Bango. Y desde entonces en él, se ha venido gobernando religiosamente. Tómenlo al pie de la letra, porque en 1755 la Santa Sede, autorizó a celebrar misa, los días de acuerdos de plenos, en el Oratorio municipal, contiguo al salón de sesiones.
     Pero la “misa plenaria”, ya había desaparecido mucho antes de 1976, que fue cuando el ayuntamiento fue extendiéndose a otros edificios de la ciudad, dentro de acuerdos -tomados en los mandatos de Ricardo Fernández Suárez (1976-1979) y principalmente en los de Manuel Ponga Santamarta (1979-1988)- para adquisición de monumentales edificios (como el antiguo comercio ‘Aurelio’ en el Parche, el palacio Balsera o la casa de Arias de la Noceda, en Galiana), para su aprovechamiento municipal.
     Sin estos matrimonios urbanísticos quizás, hoy, estas artísticas mansiones estuviesen cayéndose a pedazos, ya que se habían quedado viudas de uso particular.
     Cosas así son ejemplo de buen gobierno de la comunidad. Que no reluzcan, solamente, malogros y bribonadas.
(Reedición revisada de episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 12 de junio de 2011)

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Novelas clásicas de Avilés
Alberto del Río Legazpi 17-05-2015 | 11:52 | 0

(Episodio sobre buena parte de las novelas, más destacadas, de las escritas por avilesinos y también aquellas donde la ciudad aparece como protagonista principal de las mismas).
      Circula por Asturias una repetida sentencia, desconozco autoría de la misma, que dice que «Si Gijón es ciudad de pintores, Oviedo y Avilés lo son de novelistas». No voy a entrar en el fondo de dicha valoración, pero algo esconde de verdad porque, aparte de por otras cosas, la capital asturiana también es famosa por «La Regen­ta», de ‘Clarín’ o por Pérez de Ayala y su «Tigre Juan». El caso avilesino no se queda atrás como ciudad propicia a los novelistas cuya nómina encabeza Armando Palacio Valdés, uno de los fijos en las listas del ‘Hit Parade’ histórico–literario asturiano.

Armando Palacio Valdés, con su esposa Manuela Vega, en el Parque del Muelle.


      En las novelas, Avilés aparece unas veces con su verdadero nombre y otras con uno ficcionado, como Nieva y Sarrió que son lo que utiliza Palacio Valdés en ‘Marta y María’ y ‘El cuarto poder’, respectivamente, o Villaclara usado por Pérez de Ayala en “La pata de la raposa’, o Arobias (que así llama a la ciudad José Villalaín en ‘Fondo’, novela que publicó como folletín en LA VOZ DE AVILÉS en 1910) o, en fin, Miracielo nombre con el que disfraza a la villa Constantino Suárez ‘Españolito’ en su obra ‘Isabelina’.
      Sin duda, la novela mas célebre y leída –y no solo en nuestro idioma, también en francés, inglés, ruso, sueco y checo– de las ambientadas en Avilés es ‘Marta y María’ de Armando Palacio Valdés, publicada en 1883. En Nieva –cuyo paisaje urbano es fácilmente reconocible si el lector es avilesino– habita la pudiente familia Elorza cuyas dos hijas, Marta y María, son el eje central de la obra y cuyo domicilio lo sitúa, el escritor, en el palacio ubicado en el inicio de la calle Rivero, conocido como de García Pumarino (o también como de Llano Ponte). Es importante estar enterado de que Palacio Valdés vivió de niño –cuando lo trajeron desde su lugar de nacimiento en Entralgo– frente a esta mansión que, en honor del escritor y al ser reconvertida en cine, en 1949, la propiedad del inmueble acordó bautizarlo como ‘Marta y María’. Otra curiosidad es que Palacio Valdés parece que escribió esta obra en el hotel ‘La Serrana’, su alojamiento avilesino durante los veranos que pasó en la villa.
      Avilés aparece también, bajo el nombre de Sarrió, en su novela ‘El cuarto poder’ aunque ya no tan claramente. Para Patricio Adúriz (escritor, periodista y Cronista Oficial de Gijón entre 1982 y 1992) Sarrió es «un producto mixto en el que hay retazos del Avilés de la infancia del escritor y el Gijón de sus correrías de la mocedad». En otra novela de Palacio Valdés, ‘La fe’, aparece el nombre de Avilés aunque de manera secundaria. Sin embargo en ‘La novela de un novelista’, escrita en 1921, ya no esconde el nombre de Avilés para referirse a la ciudad que describe, quizá porque es una autobiografía
      Quien ya escribe de principio a final, llamando a Avilés por su nombre es Eloy Fernández Caravera (1887–1980) en su novela ‘Mayita’, que describe el ambiente y costumbres avilesinas en una visión panorámica. Esta obra, antes de convertirse en libro había sido publicada, en 1942, por entregas –algo que antes se llevaba mucho en el periodismo– en el diario LA VOZ DE AVILÉS.
      Eloy F. Caravera utiliza en ocasiones el bable ‘finolis’ que se hablaba en Avilés (que, por ejemplo, no cambiaba las terminaciones de los vocablos terminados en o por la letra u). En esas anduvieron también José María Malgor y Constantino Suárez ‘Españolito’ en su trilogía ‘Isabelina’,  ‘Un hombre de nuestro tiempo’ y ‘Ramonín’.
      Fernando Morán, que compagina la diplomacia (y mas tarde la política, llegando a ser ministro) con la literatura, es autor de una apreciable  obra literaria en la que destaca su novela ‘También se muere el mar’, donde queda reflejada la ciudad «Así está Avilés panza arriba con los pies en el agua» como una tranquila villa que iba a ser sacudida con la llegada de la gran industria metalúrgica.
      Lejos de Avilés, pero sobre la ciudad, escriben desde América autores avilesinos (emigrados unos, exiliados otros) novelas algunas injustamente desconocidas como ‘Un pueblo donde no pasaba nada’ de Rafael Suárez Solís (1881–1968), emigrado a Cuba donde llegó a ser director del prestigioso ‘Diario de la Marina’. Este sabuguero publicó más de 17.000 trabajos periodísticos y es autor (y siempre desde La Habana, donde había llegado en1907 alos 26 años de edad) de obras literarias y teatrales cuya acción transcurre en el Avilés que había dejado atrás.
      En ‘Un pueblo y cuatro agonías’ escribe, también desde La Habana e igualmente sobre el Avilés de su niñez y juventud, Luis Amado Blanco (1903-1975), que comienza su novela de cervantina manera: «En un lugar de Asturias de cuyo nombre me acuerdo muchas veces hay una villa tendida cerca del mar, pero a la que no llega el encaje de las olas…». Amado Blanco, a quien con frecuencia, el Papa Pablo VI invitaba a tomar café (es histórico) para charlar de lo divino (faltaba más) y de lo humano en las estancias privadas de El Vaticano, donde el médico Amado Blanco fue embajador de la Cuba de Fidel Castro y decano del cuerpo diplomático.
      Donde tampoco llegaba el encaje de las olas, pero si la resaca de la nostalgia, era a la capital mexicana donde forzosamente tuvo que residir el escritor, abogado y político (alcalde de Avilés en dos ocasiones) David Arias Rodríguez del Valle (1890–1975). Antes de partir al exilio había escrito, en 1934, ‘Después del gas’, nove­la apocalíptica donde presiente desde Avilés los desastres de la guerra civil española y de la II Guerra Mun­dial. Cuando se publicó fue catalogada como ciencia-ficción, pero luego los hechos le dieron la razón por haber intuido en su novela que una segunda guerra de extensión mundial había de ser inevitablemente implacable y sus consecuencias afectarían terriblemente a la población civil, como fueron por ejemplo: el holocausto judío en Europa y las bombas nucleares que destruyeron Hiroshima y Nagasaki, en Japón.
      En general, los escritores que han adoptado Avilés como lugar donde transcurre la acción de sus novelas ensalzan el atractivo del paisaje urbano con especial predilección por calles emblemáticas porticadas como Galiana, Rivero o La Ferrería. Y por supuesto la Ría, siempre mayúscula ella.
      Pero disfracen a Avilés o no, escriban aquí o allá, demuestran que no hay soluciones geográficas para problemas emocionales. Y aparte de que todos los aquí citados tengan talante literario, algunos también tienen talento.

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Las plazas medievales del casco histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 10-05-2015 | 11:11 | 1

        Desde el punto de vista monumental y estético, plazas en Avilés hay a punta de pala. Pero las medievales son punto y aparte y de esas conservamos dos –«y ya os podéis dar con un canto en el pecho» me dijo un día el escritor Torrente Ballester– que son las de Carlos Lobo y El Carbayo.
        De las plazas medievales desaparecidas, La Baragaña (nunca Baragañas), se puede hoy recrear visualmente con bastante aproximación.
        La otra se esfumó por un incendio que en 1621 achicharró los edificios municipales, que fundamentalmente la componían, conocidos como Casas del Ayuntamiento. Era conocida como la Plaza de la Villa, no confundir con la plaza de Fuera de la Villa, actual Plaza de España o El Parche y que entonces era un bosque de álamos y robles con cuatro casas, fuera de las murallas.

Plaza de Carlos Lobo.


        Sin embargo, en esta zona de la ciudadela amurallada donde ambas estuvieron, el tiempo y el urbanismo inventaron otra plaza a finales del siglo XX (delimitada por el nuevo Centro de Servicios Universitarios y el palacio de Vadecarzana) que lleva el nombre del rey medieval Alfonso VI, que junto con su nieto Alfonso VII fueron los muñidores del Fuero de Avilés. Este último monarca tiene calle dedicada en la ciudad aunque el personal, que es muy suyo, la conozca como la Calleja Los Cuernos.
        La de La Baragaña estaba a un costado del edificio, también conocido hoy como palacio de Valdecarzana. Baragaña, en toponimia asturiana deriva de ‘várgana’ o huerta pequeña, que Valdecarzana tenía en su fachada lateral, donde hoy está la puerta de entrada al Archivo Histórico. La plaza la formaban este edificio y las calles [actualmente conocidas como] de La Ferrería y El Sol.

Plaza del Carbayo


        En el entronque de ésta última con la calle de La Fruta, estaba la Plaza de la Villa, y en ella las Casas del Ayuntamiento (construidas por acuerdo de 1484) y en las que se almacenaban productos alimenticios (pan, grano y carnes, principalmente) y también vino. En uno de estos edificios municipales –donde también se custodiaban algunos documentos oficiales y el imprescindible patrón de pesas y medidas– estaba la arqueta que distribuía el agua pota­ble que procedente de Valparaíso (parroquia de Miranda) llegaba al centro de Avilés. Pero todo se carbonizó, como dije.
        Pero hubo suerte y nos quedaron las principales, hoy denominadas como de Carlos Lobo y El Carbayo, símbolos de aquella época medieval en la que Avilés era envidiada por el Fuero Real que protegía a sus habitantes (una suerte de República de andar por casa) y su seguro puerto, al fondo de la Ría y tenido por algún tiempo como el principal del norte atlántico español.
        Al estar emplazadas en ambas dos templos, se convertieron en las más concurridas, puesto que las iglesias no eran solo lugar de rezos, bautizos, bodas y entierros (los cementerios estaban a un costado de los mismos), también se generaba a su alrededotr lugares de encuentro, información, intercambio, mercadeo y en ocasiones diversión.

Nueva plaza, de Alfonso VI, en 'terreno' urbano medieval.


        Gonzalo Torrente Ballester (1910–1999), en aquella fría tarde de marzo de 1985, cuando yo le hablaba de la transformación urbana tan brutal sufrida por Avilés, adonde había venido para intervenir en un acto cultural, se quedó sorprendido, como decía anteriormente, por la esencia y presencia de estos dos maravillosos lugares. Y aquel soberbio escritor de una personalidad tan dominada por la soberbia, añadió refiriéndose a la plaza de Carlos Lobo, que «ésta plaza es historia sin trucos y ya está todo dicho y punto».
        Pues eso.

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Animales de la Historia de Avilés
Alberto del Río Legazpi 03-05-2015 | 11:16 | 1

Donde se husmea el rastro que han ido dejando algunos animales, irracionales, a lo largo de los siglos en la monumental villa asturiana.
           Hace más de dos mil años, Aristóteles sentenció que «El hombre es naturalmente un animal político». De vivir hoy el filósofo griego, comprobaría pasmado que en Avilés –a la que hace más de cien años algunos le cargaron aquello de Atenas de Asturias– los animales políticos no cumplen con lo que la ley manda, nada menos que desde 1927, respecto a los animales irracionales: que todos los Ayuntamientos tengan un servicio de recogida de los mismos.
            De esto, y de más cosas, sabía mucho Rafael Ávila Bayón, que batalló contra la indiferencia de los Ayuntamientos de la comarca avilesina incapaces de ponerse de acuerdo para construir un albergue de animales domésticos. El empeño continúa, ahora con la memoria de Rafa Ávila y su aquel empeño en respetar a todos los seres vivos como parte del civismo que ha de caracterizar a un Estado de derecho, con su lucha combatiendo la brutalidad que contra los animales irracionales trae consigo la falta de cultura.
            Todo lo anterior choca con las huellas que han ido dejando por Avilés. Algunas desde hace la tira de siglos como es el caso de aves y felinos que se pueden ver (formando parte de los adornos propios de la arquitectura románica) en algunos de los capiteles de las iglesias de Sabugo, San Antonio y en la triple arquería del claustro de San Nicolás de Bari.
            También hay lugares públicos como la plaza de Camposagrado, donde hay una fuente –bajo un mural de Ramón Rodríguez de 1993– compuesta por cuatro cabezas de leones que manan agua por la boca.
            Y sitios conocidos por el nombre de animales, como la plaza del Pescado (o plaza de Santiago López, marqués de Casa Quijano). Hacia ella da un edificio llamado Cabeza de Caballo, figurando el equino pintado –basado en una desaparecida guarnicionería, establecida en una casa contigua y cuyo reclamo comercial era una cabeza de caballo– en una medianera de dicho inmueble, obra del Manuel del Busto arquitecto autor de destacados edificios como el teatro Palacio Valdés. Igualmente una parada de autobuses urbanos en esta zona es conocida (así consta en documentos de la compañía de transportes) como Cabeza de Caballo.
            En la bocana de la Ría, y en su margen derecha, está anclada la llamada –por su caprichosa forma equina– Peña El Caballo, que no es un peña cualquiera pues aquí, por ejemplo, tuvieron lugar los primeros baños públicos de los ‘atrevidos’ avilesinos que se atrevieron a mostrarse en bañador. Venían en un vapor desde el muelle de Avilés hasta este lugar donde había un tan vistoso como ‘viscontiniano’ hotel, y restaurante, llamado La Rosa. 
            En el casco histórico la calle Galiana es única. Conserva los dos firmes del suelo con los que fue construida en el siglo XVII. Uno de losas, para animales racionales (usted o yo) y otro empedrado para los irracionales (en este caso caballerías).
            Y sobrepasando Galiana, a la salida de Avilés por la carretera de Grado, en el lugar conocido como La Ceba, nos encontramos –en una finca particular protegida por alambrada– con la estatua de un oso de considerable tamaño, con un pescado en la boca, mirando hacia Avilés. Desconozco sus intenciones, pues todos los intentos para averiguar autoría de la obra y su exhibición han resultado infructuosos. De momento.
            Pero el oso es animal mítico asturiano, no de Avilés donde tienen total protagonismo la foca boreal y la vaca astral, ambas con estatuas en su honor.
             La primera, colocada en el parque del Muelle –donde también hay un pequeño elefante, muy celebrado por los niños, que cumple funciones de fuente– es de un exotismo local subido de tono y ya tratado en un episodio titulado ‘La famosa foca de Avilés’ (26 de mayo de 2013).
            Llegada en 1951, fue atracción local y regional, convirtiéndose rápidamente en un símbolo avilesino. Y que es un emblema que sigue activo lo demuestra el que últimamente esté generando un movimiento artístico conocido como ‘Seal Parade’, que Avilés ya ha exportado a la ciudad francesa de Saint Nazaire.
            Venancio Ovies, el recordado periodista avilesino, supo ver y escribir sobre esta foca a la que calificó de ‘Precursora’ de la invasión siderúrgica, coincidente en el tiempo, con su llegada. Las crónicas de Venancio sobre este asunto le valieron un premio nacional de periodismo.
            Hasta periódicos del extranjero se hicieron eco de la foca. Por ejemplo en un diario de La Habana, el escritor avilesino residente en Cuba (más tarde sería embajador de Fidel Castro en El Vaticano) Luís Amado-Blanco dedica un artículo a su amigo y paisano, el también escritor nacido en el barrio de Sabugo de Avilés y emigrado en la isla, Rafael Suárez Solís, titulado ‘Carta a don Rafael por una foca’. Selecciono dos párrafos: «¿Te has enterado mi querido Don Rafael de que para sellar nuestros cuentos de grandeza, una hermosa foca ha ido, por su propio impulso y decisión a vivir en la mansedumbre de aquella maravillosa ría? (…) En plena era atómica, una foca ha bajado hasta Avilés, a vivir en sus aguas y a morir sobre sus orillas, en una rotunda demostración de que por allí la fábula anda suelta para la alegría de los niños, para la firma eterna de los noviazgos, y para el escamoteo de la tragedia».
            El impacto causado por la foca una vez perpetuada en estatua, en 1956, originó coplas que se entonaron en las danzas primas veraniegas: «Hoy la villa de Avi­lés/ luce mucho más hermosa. / No sabemos si es la foca/ o la fuente luminosa».
            O también transportada a canciones de moda, como la de ‘La bamba’, donde el conocido estribillo ‘Bamba, la bamba, la bamba…’ era sustituido por «Foca, la foca, la foca…».
            Otro tanto sucedía con ‘Alma llanera’, que se cantaba tal que así: «Soy nacida en un fiordo boreal. / Soy hermana de la brisa, / de la aurora y de la rosa, / de la fuente luminosa. / ¡Soy la foca de Avilés!/ De Avileeees…/ ¡De Avilés!».
            El tirón alcanzó a la política, en las elecciones municipales de mayo de 2007, cuando el Partido Popular avilesino propuso demoler el estadio de fútbol Suárez Puerta y construir, en el solar que ocupa, un llamado Palacio de los Niños para equipamiento infantil público, de gestión privada, con diseño exterior que recordaba a una gigantesca foca recubierta de titanio.
            Y claro, no podía faltar aquí la vaca, animal avilesino de toda la vida, como el que dice. Su efigie nos la recuerda en bronce Favila (‘El tratante’, 1999) en el Carbayedo, donde durante siglos se celebró el mejor y más famoso, de Asturias como poco, mercado de ganado de Avilés.
            Sin embargo se echa de menos un recuerdo al cerdo –en Avilés hubo un ‘mercao de los gochos’ en la calle Llano Ponte– aunque solo fuera por los famosos ‘Jamones de Avilés’, un episodio aparte, ganadores de una medalla en la Primera Gran Exposición Universal, de 1851, celebrada en Londres.
            Bien es verdad que el jamón solo es posible después de matar al cerdo. Leonardo Da Vinci estaba convencido de que «llegará el día en que los hombres verán el asesinato de animales como ahora ven el asesinato de hombres».
            No es que quiera cambiar las orejas por el rabo. Tan solo hacer ver que, de un modo u otro, la Historia la hacemos todos los animales.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta