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Fecha: junio, 2015
Un ministro y una cárcel de Avilés
Alberto del Río Legazpi 28-06-2015 | 11:15 | 0

(A Servando Ruiz Gómez, que fue ministro de dos Gobiernos de España, se le dedicó una calle donde estaba ubicada la cárcel de Avilés).
         Así como en el Gobierno de España, naturales o vecinos de Avilés hubo tres ministros de Hacienda  -entre el último tercio del  siglo XIX y el primero del siglo XX- también hay que decir que cárcel del partido (judicial), por aquel tiempo y en la villa, solo hubo una.
          Por haber, ministros avilesinos hubo más, pero el que tres de ellos (Servando Ruiz–Gómez, Julián García Sanmiguel o marqués de Teverga y José Manuel Pedregal) lo hayan sido de Hacienda es cosa que llama la atención, teniendo en cuenta, además que la población de Avilés era modesta en número.

La calle Ruiz Gómez en 1900.

          Pero Servando Ruiz–Gómez González–Llanos tiene doble mérito, no por doble apellido claro, sino porque dos fueron los ministerios que dirigió: Hacienda y Estado.
         Nació en Avilés, el 23 de octubre de 1821 y de niño emigró (junto con su familia, se entiende) al Caribe (Jamaica y Cuba), temeroso su padre de represalias por parte de aquel engendro real, en todos los sentidos, conocido como Fernando VII por haber participado (el padre del niño Servando) en el levantamiento del general Riego contra dicho monarca, que se negaba a jurar una Constitución que modernizaba España.
         Ruiz Gómez estudió en diversos países de Europa y en 1842 regresó a España afiliándose al Partido Progresista. Fijó su residencia en Oviedo (también viviría en Gijón y La Coruña), pero en Oviedo fue alcalde tras participar en la junta revolucionaria de 1854 y luego elegido diputado (más tarde lo sería también por Avilés y otras demarcaciones), pero circunstancias diversas le obligan a retirarse de la política, cosa que aprovecha para fundar dos semanarios: El Eco de Gijón y La Crónica.
         Con la revolución de 1868 fue elegido gobernador civil de Asturias. Ingresa, en 1870, en el Partido Radical, llegando a ser ministro de Hacienda, en el gabinete presidido por Ruiz Zorrilla. Más tarde se trasladó a Francia regresando con la Primera República, aunque ya con sus ideas progresistas un tanto apagadas y con las luces largas conservadoras encendidas. Monárquico y liberal, en tiempos de Alfonso XII, fue elegido miembro del Consejo de Estado y senador vitalicio. En 1883, en el gobierno del asturiano Posada Herrera, fue ministro de Estado de 1883 a 1884.
           El 19 de agosto de 1888 falleció en un hotel de Vigo, donde vivía solo, sin haber podido superar el trauma del fallecimiento de su esposa y de su hija.
          A este destacado personaje de la vida española, su ciudad natal le debía un homenaje que concretó dándole nombre a una calle. Pero no tuvo suerte y me explico.
          La que hoy lleva el nombre oficial de Ruiz Gómez (o sea ‘de la cárcel’) fue un camino que discurría a las afueras de la muralla y llevaba a la fuente de Corugedo, ubicada por estos lares. Cuando la cerca medieval fue derribada (entre 1818 y 1821) fue conocida como calle de la Cuesta de Corugedo. Más tarde al ser urbanizada y levantarse en ella la nueva cárcel (1845) de cajón le vino el nombre: Calle de la Cárcel. Pero en 1896 el Ayuntamiento, presidido por Cesáreo de Silva Inclán, la renombró como de Ruiz Gómez, aunque el personal siguió conociéndola con la denominación penitenciaria. Y en esas seguimos.
         La calle ‘de la cárcel’ (o sea de Ruiz Gómez) era antes la comunicación, en línea recta, desde el mismísimo centro de Avilés (plaza de España o El Parche) hacia el cabo Peñas, Luanco y el este de Asturias. Terminaba donde empezaba el puente metálico de San Sebastián, construido en 1893, pero que a partir de 1950 –con la llegada de ENSIDESA, y compañía– perdió su protagonismo a costa del nuevo puente Azud, al que algunos siguen llamando puente Azul.
          La calle de Ruiz Gómez (o sea ‘de la cárcel’), empinada como pocas de Avilés, tiene actualmente una ‘boca’ enorme, por donde entran y salen coches que utilizan el parking subterráneo que hay bajo la plaza de España.
         Por la acera derecha, finaliza en dos hélices que pertenecieron a un trasatlántico y que mostradas en paralelo vienen a componer una pieza escultórica de mucho peso (2.670 kilos cada una) donadas por la ciudad francesa de Saint Nazaire, famosa por sus astilleros, y hermanada con Avilés desde 2003.

La calle en 2015. A la derecha, la Oficina de Turismo (antigua cárcel).

         Por el lado izquierdo, la calle ‘de la cárcel’ (o sea de Ruiz Gómez) desemboca en la de El Muelle que discurre paralela a la Ría. En este margen, antes abundante en pequeñas cafeterías, subsiste (gracias a Dios) una de las más tradicionales casas de comidas de Avilés: ‘La Eritaña’.
         Pero quien llama la atención es la Oficina de Turismo, antigua cárcel del partido judicial de Avilés, por su destacada arquitectura merecedora de formar parte del Conjunto Histórico-Artístico de Avilés. Este edificio, un episodio aparte, es la madre del cordero del ‘conflicto’, en cuanto a denominación popular, que tiene planteada la calle de Ruiz Gómez (o sea, la ‘de la cárcel’).
         Próximo al final de la rúa destaca el edificio nº 23, el que hace esquina con la calle Jovellanos, diseñado por Manuel del Busto, quien cuenta con importante obra en Avilés entre la que destaca el Teatro Palacio Valdés. El arquitecto cubano trazó la casa con dos alturas, las que tiene hoy fueron añadidas ulteriormente por la propiedad.
          Hoy la calle ‘de la cárcel’ (o sea de Ruiz Gómez) ha ganado en categoría social, pues enlaza en línea recta el centro de la ciudad con el Centro Niemeyer, y en línea quebrada con el Teatro Palacio Valdés.
          Ya tengo escrito que el destacado ciudadano Servando Ruiz Gómez difícil tiene el protagonismo popular (que no el oficial) en el callejero de su villa, donde muchos de sus conciudadanos –excluido el sufrido gremio de carteros del servicio de Correos– cuando los visitantes les inquieren por la dirección de la Oficina de Turismo, tienen que pisar a fondo el frenillo, de la lengua, para no mandarlos a la cárcel.

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El caso de los cines Patagonia y Marta y María
Alberto del Río Legazpi 21-06-2015 | 11:11 | 0

(El Principado abre expediente para la inclusión de estos dos cines avilesinos en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias)        
       Muchos creíamos que después del cierre, hace casi dos años, del Marta y María lo del cine ya se había acabado en Avilés. No supimos,  no pudimos, no quisimos, esperar.
        Georges Simenon, escritor belga, arrojaba los manuscritos de sus novelas a la basura si tardaba más de diez días en escribirlas. Conocedor de esta velocidad narrativa (222 obras publicadas), conocedor de este detalle, el director cinematográfico Alfred Hitchcock, en una ocasión que lo llamó por teléfono para resolver un asunto y como le respondieran que «el señor Simenon no puede ponerse porque acababa de empezar una novela» el legendario cineasta británico respondió: «Bueno, espero».

El Marta y María, un clásico del cine asturiano.


         Hitchcock sabía esperar, cuña de coña incluida. Por eso cuando el pasado 6 de mayo el Boletín Oficial del Principado de Asturias (BOPA) publicaba una resolución (del 16 de abril de 2015) que afectaba al patrimonio de Avilés a muchos nos cogió por sorpresa. Nunca aprenderemos que en el terreno histórico-artístico, de Avilés, hay que esperarlo casi todo.
          La noticia es que se incoa expediente para la inclusión en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias a 50 cinematógrafos asturianos. Y entre ellos dos avilesinos: Marta y María (últimamente Multicines Marta) y Patagonia.
          Fue el 25 de diciembre de 1957 cuando se inauguró en la histórica parroquia de Miranda un cine puesto en marcha por el constructor Fructuoso Lastra y por José Antonio Suárez (ligado al popular comercio avilesino ‘La Casa de Las Medias’). El nuevo edificio, situado frente a la iglesia y la antigua escuela –donde aprendieron a leer muchos niños entre ellos el universal autor teatral Alejandro Casona– fue diseñado por Juan Corominas Fernández-Peña, uno de los más destacados arquitectos junto con Enrique Rodríguez Bustelo, Juan Manuel del Busto e Ignacio Castelao, que por entonces trabajaban en la comarca avilesina.
          De aquel acto y del funcionamiento del Patagonia me entregó Elena Ovies un escrito caligrafiado que los constructores, a su vez, le habían pasado a su padre, Venancio. El cine se inauguró con la película (en CinemaScope, espectacular invento de la época) norteamericana ‘Rose Mari’ (interpretada por Ann Blyth y Fernando Lamas). Al terminar la proyección, el prestigioso comercio avilesino ‘La Suiza’ sirvió un vino español al que asistieron el alcalde avilesino Francisco Orejas Sierra y el director de LA VOZ DE AVILÉS, Juan González-Wes, que fue quien, a petición de los constructores, había sugerido el nombre del cine como homenaje al famoso indiano avilesino, nacido en Miranda, José Menéndez, más conocido como ‘El rey de La Patagonia’.

Estado actual del cine Patagonia.


          La sala, de 550 butacas, estuvo ‘dando cine’ hasta el 29 de junio de 1971, ocasionalmente jueves y sábados y todos los domingos. Y aparte de los vecinos de Miranda acudían también de Illas, Pillarno, El Caliero o San Cristóbal e incluso de los barrios de Buenavista y La Magdalena. Cuentan que cuando llovía el hall del cine se llenaba totalmente de madreñas. También hubo sesiones de Cine Forum en el Patagonia, dirigidas por José Manuel Feito (que se había cargo de la parroquia de Miranda en 1964), el director de radio COPE-Avilés Dídimo García, y el maestro y escritor, Juan Antonio de Blás. Igualmente, el local, acogió representaciones teatrales y diversos actos sociales.
          El arquitecto que diseñó el cine Patagonia, Juan Corominas, fue también el que había esbozado, en 1946, la sala del Marta y María cuando la propiedad del palacio (siglo XVIII) de García Pumarino (también conocido como de Llano-Ponte) decidió, lamentablemente, destruir el histórico cuerpo principal de la mansión (actualmente solo se conserva la fachada) para alojar en él una sala cinematográfica, asunto este que junto con la historia del palacio han tenido sus episodios aparte.
          El Marta y María, cerró sus puertas en septiembre de 2013 y con él desapareció la última sala de cine que quedaba en el municipio avilesino, un clásico en Asturias. El local del Patagonia, destripado su interior, se utilizó como aula de cursos de albañilería y posteriormente como almacén de una mueblería.
         Actualmente presenta un estado deficiente, por lo que a los vecinos de Miranda les extraña que ‘aquello’ vayan a declararlo casi un monumento. Que no se extrañen, porque en Raíces (al lado del Peñón) se recuperó una capilla medieval que el tiempo y la incuria habían convertido en una cuadra, y de tan penosa condición la rescató y restauró el empeño del Ayuntamiento de Castrillón.
        Aquí, en Miranda, la acción corresponde al Principado de Asturias que es quien ha resuelto abrir un expediente para su posible inclusión, junto con el Marta, en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias (IPCA) que es el segundo nivel (el primero es Bien de Interés Cultural, o BIC, de los que en Avilés tenemos bastantes muestras) en cuanto a protección de elementos patrimoniales que el Principado cree oportuno conservar.
        Total, que dos edificios donde ponían películas puede que trasciendan y lleguen a ser patrimonio histórico. Y esto no es ninguna película, aunque si es de cine el hecho de que a un par de edificios avilesinos dormidos se les intente despertar de ese mal sueño que es la pesadilla del abandono.
        Para que luego digan que a quien madruga Dios le arruga.

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Calle Los Alas
Alberto del Río Legazpi 14-06-2015 | 11:11 | 6

        La calle de Los Alas está situada en lugar privilegiado del casco histórico de Avilés pues se inicia en la plaza de España (o ‘El Parche’) y termina en la calle de Los Alfolíes. Algunos ciudadanos, frecuentadores de capillas y templos etílicos, llevaban tiempo atrás ésta señalización a su terreno diciendo «que empieza en la sidrería Alvarín y termina en el restaurante La Parra o en el chigre El Llagarón, según quien».
       Hace aún más años, en 1892, el alcalde José Cueto decidió cambiar el nombre de algunas calles y nombró a dos personas «de las más ilustradas de ésta Villa» para que asesoraran al Ayuntamiento sobre las nuevas denominaciones callejeras: al escritor Estanislao Sánchez-Calvo y al abogado y estudioso de la historia local, David Arias García.
       Entre los cambios de nombres sugeridos por los asesores y que aprobó el gobierno local, en sesión municipal del 15 de enero de 1892, figura que la Calleja del Moclín pase a denominarse ‘Calle Las Alas’ (y así figura escrito en el Libro de Actas municipal, que es lo que va a misa en estos casos), como homenaje a esta familia de tanto relieve histórico en la comarca avilesina. Pero en las placas, colocadas como es preceptivo, al principio y al final de la vía se cambió el artículo femenino por el masculino y quedó ‘Calle Los Alas’. Aunque últimamente, en una de las chapas, alguien ha querido reparar este error –que ya dura 123 años, algo muy municipal– y ha cambiado el dichoso artículo (poniendo ‘A’ donde había ‘O’) de un modo ‘ostentóreo’, que diría Jesús Gil, aquel excesivo alcalde de Marbella. La otra placa permanece inalterablemente errada a fecha 12 de junio de 2015, cuando se escribe este episodio.
       Fue una calleja que discurría, paralela a la calle de La Ferrería, entre la parte trasera de ésta y la muralla, por una zona de huertos y hórreos. Al unir el Alcázar, edificio defensivo situado en la puerta de la muralla de La Ferrería, con la puerta del Puente (comunicación con Gozón) fue conocida, por algunos, como Tránsito del Alcazar. Y más tarde como El Moclín.
       Hay opiniones sobre el porqué de éste último nombre. Una lo achaca a que en dicha calleja vivía el padre de Pedro Menéndez de Avilés, un militar que sirvió como oficial de alto rango a las órdenes de los Reyes Católicos, distinguiéndose en la toma de la fortaleza granadina de Moclín, clave para la posterior toma de Granada en 1492. Y esa casa, donde nacieron varios de sus ocho hijos (pero no el Adelantado nacido en otra vivienda que sus padres tuvieron posteriormente en la calle La Ferrería), pasó a ser conocida como la del Moclín. Y tal nombre le quedó a la calleja.
       Otra teoría dice tal que: «la de los Alas se llamó del Moclín, porque allí, un forastero de este nombre o apodo, se dedicó al cultivo del cebollín». En fin…
       La calle elude la línea recta y en sus inicios es lo más estrecho que se puede encontrar en Avilés en cuestión de vías urbanas, pues no llega a los tres metros de ancho. Es calle muy original y además encierra algún tesoro desconocido como un lienzo de unos veinte metros de la muralla medieval, que está ‘camuflada’ en el patio de un inmueble propiedad de la Autoridad Portuaria, situado en el lado derecho de la calle ya cerca de su final.

Patio de la calle donde queda un buen lienzo de muralla (Foto cedida,en 1998, por Celestino González 'Tino').


       Por el contrario han desaparecido dos pequeñas casas, de un bloque de tres, con soportal bajo nivel del suelo, únicos de esa clase en Avilés.
       En el siglo XX la calle cogió aire con el establecimiento, en 1908, de la Asociación Avilesina de Caridad, su restaurante económico y un grupo escolar (‘Ave María’) basado en el método didáctico del granadino Padre Manjón. Lo hizo en un gran solar, hoy desocupado, y que en los años sesenta también cumplió funciones de cuartel, por unos años, de la Policía Armada (actual Policía Nacional).
       También en 1935 la inauguración de un edificio (compartido con la calle Jovellanos) dedicado a Biblioteca y con los años ampliado a Casa Municipal de Cultura le dio mucha vida hasta 1989, cuando ésta cambió de sede.
       Y hoy plegadas tiene las alas esta calle de Las Alas a la que la mayoría sigue llamando Los Alas.
        Hala.

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Joseph Townsend, un inglés en Avilés.
Alberto del Río Legazpi 07-06-2015 | 11:11 | 4

(Entre enero de 1786 y febrero de 1787 recorrió España, siendo probablemente el suyo uno de los itinerarios más largos realizados por un escritor en el siglo XVIII).
         Cuando el lunes 21 de agosto de 1786, Joseph Townsend llegó a Avilés tuvo que darse cuenta, al instante, que estaba en una Villa de tronío y no en un villorrio cualquiera. Aunque, eso si, acorde con la atonía social y cultural que por entonces vivía España, ajena a la influencia que estaba ejerciendo en buena parte de la sociedad europea el fenómeno de la Ilustración francesa, que eso si que fue una revolución cultural y lo demás son cuentos chinos, incluido el de Mao Tse Tung.
          El médico británico, estaba en Asturias, como parte de su proyecto de conocer a fondo España –un viaje que duró casi dos años y publicaría luego en tres volúmenes– y comprobaría, a las primeras de cambio y supongo que con asombro y alegría, que la iglesia de Sabugo –entonces separada por el río Tuluergo y las marismas de la ciudadela amurallada de Avilés– estaba consagrada, y ya desde el siglo XIII, a su famoso compatriota Tomás Becket conocido eclesiásticamente como Santo Tomás de Canterbury.
         Eso tuvo que halagar igualmente su condición religiosa, porque Joseph Townsend (1739-1816) aparte de médico, doctorado en Cambrigde, también era clérigo. Un clérigo anglicano que recorrió parte de Europa (entonces se hacía caminando, a caballo o en diligencia) indagando y observando aspectos sociales y económicos, aunque le privaba todo lo relacionado con la medicina y también con la geología, entonces una moderna disciplina científica.
           Llegó de Oviedo, donde se había alojado en casa del avilesino Juan de Llano-Ponte Sierra, obispo de la Diócesis, y en Avilés lo haría en la residencia palaciega que el prelado tenía al inicio de la calle Rivero (hasta ayer, como el que dice, cine ‘Marta y María’ y hoy edificio en paro, por así decir).
           Precisamente, en aquel año de 1786, los vecinos de Rivero, hartos de reclamar al Ayuntamiento habían dirigido una petición a la Real Audiencia del Principado pidiendo, de una repajolera vez, una fuente para su calle, necesaria para apagar, aparte de la sed, posibles incendios que de presentarse se llevarían por delante, en un pis pás, sus frágiles casas. Argumentaban que los Caños de San Francisco quedaban muy lejos para cubrir estas emergencias. Argüían bien, aunque la fuente tardaría años en instalarse.
           Al inglés le llama la atención que «cerca de Avilés, han hecho esa carretera perfectamente recta, muy ancha y bombeada en el centro», refiriéndose a la ruta hacia Oviedo. Por lo que se ve que no habían emplazado todavía Los Canapés, que datan de ese año de 1786, pues Townsend no los cita.
            En cambio sí cita datos que definen el Avilés de entonces, que tenía «ochocientas familias, dos iglesias parroquiales (se refiere a la antigua de San Nicolás hoy de San Antonio y a la de Sabugo) tres conventos (San Francisco camino de Galiana, La Merced en Sabugo y Las Bernardas en la calle San Bernardo) y dos hos­pitales, uno de los cuales es para mujeres ancianas (debe referirse al situado en El Parche) y el otro para los peregrinos (en la calle Rivero) que van a Santiago».
            «Avilés está situada a la ori­lla de un pequeño río (se refiere al delta del Tuluergo, a un costado del palacio de Camposagrado y donde estuvo ubicado desde siempre el puerto marítimo hasta finales del siglo XIX), a una legua del mar aproximadamente, y la marea llega hasta allí». Pero lo que no sabía Townsend es que tan cegada de arena estaba entonces esa legua que solamente, y en pleamar, podían llegar al puerto avilesino embarcaciones de entre 60 y 80 toneladas.
            Cuando el inglés visitó la población avilesina, ésta debía de ser la segunda de Asturias pues se refiere a Gijón como «pequeño puerto de mar al este de Avilés». Y lo que no encontró fue trazas de industrialización, que vendría años más tarde. Al respecto explica que «No hay más manufacturas que la de calderería de cobre y de latón, para los pueblos próximos y la de hilo (los telares) para el consumo de la villa».
             Otra carencia, y tremebunda, que observó el inglés fue la sanitaria. Hay que decir que a finales del siglo XVIII, y en el año 1786,  diversas circunstancias concurrieron para que no hubiera ningún médico en Avilés, solamente un cirujano, término que entonces no pasaba de ser un barbero con elementales nociones sanitarias. Se ve que el Llano-Ponte, obispo de Oviedo, lo mandó a Avilés con cuenta y razón, pues Townsend no paró de atender médicamente a religiosos en precario estado de salud, algunos «a petición del obispo visité a uno de sus amigos, viejo canónigo, al que sus médi­cos amenazaban con una parálisis» a la que venía combatiendo el cirujano local con sangrías continuadas y el médico inglés sometió al enfermo a estricta dieta vegetal, práctica de ejercicio y en cuestión de días lo resucitó. Lo mismo ocurrió con un fraile del convento de San Francisco, al que fue a visitar también  a petición del obispo Llano-Ponte y al que encontró «lanzando gritos dolorosos que le arrancaban sus sufrimientos: tenía piedra». Townsend le aplicó una medicación que lo alivió rápidamente y «entonces todos los frailes me rodearon, y cada uno me consultó sobre su enfermedad». Se corrió la voz y hasta la abadesa del convento de monjas de clausura de San Bernardo, solicitó la presencia del médico británico para que atendiese a tres de sus religiosas.
           La cara alegre se la dio la «sorprendente Feria», el  mercado anual de ganados de San Agustín, que «atrae una concurrencia considerable de extranjeros a Avilés, y cada habitante se apresura a abrir su casa para recibir a sus amigos. En ese tiempo pasan la mañana paseándose para ver las tiendas, los rebaños… y acaban el día bailando… Las danzas más en boga son a la in­glesa, el minué y la contradanza francesa, y hacia el fin de la velada el fandango».
           También detalla distintas costumbres sociales, por ejemplo le llama la atención que «las mujeres no usan colorete, ni polvos, ni tocado, ni gorros; sólo rodean su cabeza con una simple cinta». O se asombra de que los fumadores traguen el humo, «es la manera corriente de fumar de los habitantes del país, y encuentran que si no hacen pasar ese humo por sus pulmones resulta inútil».
          Joseph Townsend, que confiesa haber pasado «diez días muy agradables en Avilés» se fue el 31 de agosto de 1786, sin retorno, pero dejó para siempre el nombre de Avilés unido al de las principales poblaciones españolas en sus libros que, por cierto, tenían proyección internacional pues era autor de fama.
          Un placer, oiga usted.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta