El Comercio
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Fecha: julio, 2015
El monumental Arnao industrial
Alberto del Río Legazpi 26-07-2015 | 11:11 | 0

(El Museo de la Mina amplía su contenido saliendo a la calle para explicar la historia del singular poblado, bastantes de cuyos edificios forman parte del Conjunto Histórico Industrial de Arnao).
         La historia de la extracción vertical del carbón en Asturias se inició frente al Océano Atlántico en lo alto de una pequeña bahía de la costa central regional de la comarca de Avilés, municipio de Castrillón. Y allí sigue clavado, entre arrecifes y valles, uno de los pueblos más singulares del norte de España llamado Arnao.
         La histórica mina –que además fue la primera submarina de España– acoge hoy un museo que muestra la riqueza patrimonial de Arnao, mucha de la cual está reconocida, oficialmente, como Conjunto Histórico Industrial.
         En las antiguas salas de máquinas y mantenimiento, se exhiben paneles informativos, objetos y diversos elementos mineros que ayudan al visitante a comprender la explotación y características de esta instalación industrial milagrosamente conservada, tal como puede constatar el visitante si desciende en la jaula minera y pasea por las viejas galerías que discurren por zonas marinas.
         Ahora el Museo da un paso más y sale a la calle, porque resulta que las calles del poblado también son un museo tomando el fresco. La de Arnao es una fascinante Historia de historias.
         En 1833 llegaron de Lieja técnicos belgas –una vez constituida la Compagnie Royal Asturienne des Mines (Real Compañía Asturiana de Minas)– y bajo su dirección se construyó y comenzó la producción de carbón, cuya parte exterior más vistosa –y sin duda el símbolo de todo el legendario tinglado industrial de Arnao– es el original castillete, en buena parte revestido de zinc, que tiene categoría de monumento.
         En 1854, a escasos metros de la mina, se puso en marcha una factoría de fabricación de zinc. Y por las laderas de la colina –entre la mina y la fábrica– fue creciendo un poblado donde habitaban todos los trabajadores del complejo, desde el patrón, arriba (en la cúspide de la pirámide), hasta el peón, abajo, en el húmedo valle.
         Era una comunidad de lo más cosmopolita e idiomáticamente una bien avenida torre de babel, donde predominaba el español pero había presencia del francés, valón, inglés, alemán, idiomas de directivos y técnicos de diversos países que aquí trabajaron y vivieron. Una Europa en miniatura.
          En 2015 ahí siguen las construcciones de entonces y el Museo de La Mina de Arnao explica ahora detalladamente a los visitantes, sobre el terreno, este ‘pueblo de zinc y fuego’ como dice el arqueólogo Iván Muñiz, director –junto con el ingeniero Guillermo Laina– de este museo que –activo como pocos– no se limita a la cosa estática museística sino también a lo que lo rodea, caso del antiguo poblado donde sus edificios –casas, escuelas, economato y hospital (observen la curiosa ausencia de iglesia)– muestran una época y un modo de entender la organización social desconocida, hasta entonces, en España.
           De todo lo anterior es fácil deducir que el Arnao de Castrillón es un lugar excepcional.
          Y la prueba del nueve es que desde hace cientos de años han venido viajando hasta aquí para conocerlo gentes de mucha categoría industrial, aparte de personalidades a darse pisto, por ejemplo un Príncipe de Asturias –Alfonso de Borbón en 1920– recibido con un escudo, colocado en un arco a las puertas de la fábrica, que apuntaba ‘Asturias Nunca Vencida’. Aunque el ranking de visitantes sigue encabezado por la Reina Isabel II de España, en 1858, y el Rey Alfonso XII en 1877, que vinieron en épocas donde el transporte era de risa y las carreteras de pena. Costaba llegar a este lugar de la costa asturiana, a dos kilómetros de Piedras Blancas y a uno de Salinas, pero observen que llegaban gentes de trono y tronío.
          Y por si no estuviera suficientemente clara la importancia de Arnao en la historia social e industrial nacional, hace apenas cuatro meses se descubrió que aquí funcionó la primera línea de ferrocarril de España, título que hasta ahora ostentaba la línea Barcelona–Mataró.  
          Arnao –que merece tesis doctorales a espuertas– es pionera en extracción de carbón, fabricación de zinc, organización socio–laboral y transporte ferroviario, factores que la han convertido en un exponente de importancia internacional. Hagámonos el favor de darnos por enterados.
          Yo creo que –aunque en algunos países como los Estados Unidos de América el zinc se utilice para fabricar monedas– Arnao no tiene precio.

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La plaza de Pedro Menéndez
Alberto del Río Legazpi 19-07-2015 | 11:11 | 1

A finales del siglo XIX llegó a Avilés una catarata de modernidad: nuevo puerto marítimo, ferrocarril, luz eléctrica, teléfono… pero sobre todo dinero para cambiar la ciudad, mayormente de los indianos que regresaban de una Cuba independiente que había dejado de ser una provincia española.
          Avilés, urbanísticamente, estaba amojamada y forzosamente tenía que crecer al demandárselo el progresivo aumento de población. Eso ya había ocurrido en el siglo XVII y de aquel arreón urbanístico nacieron las maravillas de la plaza de España y las calles porticadas de Rivero y Galiana.
Siglo XIX.
          Aquel fue un ensanche hacia el sur porque al norte estaban el mar y la muralla, aparte de la carencia de tecnología para construir en zonas húmedas. Pero a finales del siglo XIX eso ya era posible, y como a la muralla le habían dado matarile, vino el cambio variando la ubicación del puerto (cuyos muelles siempre había estado entre lo que hoy es parque El Muelle y el segundo tramo de la calle La Muralla) y desecando las marismas de la zona.
          Del cambio de líquido a sólido surgió un formidable solar que unió Sabugo con la Villa y donde se aposentaron la plaza del mercado (o Plaza Nueva y seis nombres más) y un parque (El Muelle). Al espacio de terreno que los separaba se la llamó calle de Pedro Menéndez, luego cambiado por plaza, y fue el primer homenaje oficial al marino avilesino fundador, en 1565, de San Agustín de La Florida, la hoy considerada ciudad más antigua de los Estados Unidos de América.
Siglo XX.
          A mitad del siglo pasado ésta plaza y el parque tuvieron un gran protagonismo social al ser lugar de ocio masivo en un tiempo donde aún no habían entrado en juego bares y discotecas. Pero el cambio de modas y hábitos sociales hacia ellos redujeron la presencia multitudinaria a la noche de San Juan y poco más. El parque Ferrera le dio la puntilla.
          Donde había una esquina de cine, con un clásico Café Colón con terraza aérea amueblada, ahora hay calamidad. Donde había un periódico hay pasteles (el primer domicilio de LA VOZ DE AVILÉS, en 1908, estuvo en el local hoy ocupado por una confitería) y donde había tranvía y autobuses solo hay taxis.
          Actualmente la plaza –triangular como el parque– está delimitada por el ala este de la plaza del mercado dotada, aquí, de espectaculares fachadas, la calle de La Muralla, el parque El Muelle y un moderno inmueble –donde tiene su sede el Casino de Avilés– construido entre las calles de La Estación y Emile Robin.
Siglo XXI.
          En su centro hubo una gran farola que a mitad del siglo pasado el Ayuntamiento desmontó para instalar una fuente estándar anunciada como luminosa. Pero como estaba averiada cada dos por tres se la llamaba ‘La malparida’, ya que ni hacía aguas ni daba a luz.
          En 2015 la fuente mana mejor, pero sin colorinos. Aunque sigue entristecida y sosa, pero no tanto como el vecino parque El Muelle cuya tristeza golpea, pues falto de un aprovechamiento ciudadano está limitado (salvo excepciones) a lugar de paso, constituyendo un llamativo fracaso social y cultural de Avilés. Se ha quedado parado en el tiempo ante la pasividad –manifiesta falta de imaginación– de los sucesivos gobiernos locales.
          Dicen los funámbulos que cuando más peligro tienen de caerse es cuando se quedan quietos.

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Los 200 años de los Caños de Rivero
Alberto del Río Legazpi 12-07-2015 | 11:12 | 0

(Fue en 1815 cuando se inició el proceso final de construir esta fuente que junto con una capilla, vistosas medianeras, árboles del parque Ferrera y  soportales de Rivero, conforma uno de los rincones urbanos más famosos de Avilés).
          Antes decías Caños de Rivero y se entendía que te referías exclusivamente a la fuente de dicha calle. Pero en los últimos tiempos los conceptos urbanos varían a la misma velocidad que lo vienen haciendo muchas de las actuaciones de mejora de la imagen de calles y lugares del casco histórico de Avilés. Y a las fotos, de una antigüedad superior a los treinta años, acudo en auxilio de este argumento.
          Por tanto si ahora escribes sobre los Caños de Rivero, se entiende que lo estás haciendo sobre un atractivo rincón compuesto por fuente, capilla, medianeras, árboles y soportales de esta calle de Rivero, una de las más singulares de Asturias.
          Así que si bebes agua de los Caños de Rivero no hagas caso del refrán chino que dice que «Cuando bebas agua recuerda la fuente» porque bebiéndola aquí lo que se te mete en la neurona es el lugar, por mucho que diga el proverbio asiático.
          El que fuera secretario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el intelectual madrileño José Francés (hijo predilecto de Avilés, quien junto con el arquitecto estatal Luis Menéndez–Pidal Álvarez, hicieron posible en 1955 que el Estado español catalogase buena parte del casco antiguo avilesino como Conjunto Histórico Artístico) ya había escrito en 1944 que importa «conservar esa fuente y a cuanto la circunda, por su gran interés romántico y librarla desde luego, de un lavadero que conviene des­montar para mayor belleza y placidez del conjunto».
          Contra lo que pueda parecer, Rivero es lugar muy antiguo. En tiempos medievales era conocido como arrabal situado a la salida de la muralla y en el camino real que comunicaba Avilés y Oviedo. Se ‘ordenó’ como calle en el siglo XVII cuando Avilés, por necesidades demográficas, necesitó extenderse fuera de las murallas y se fue enriqueciendo urbanísticamente –junto con Galiana– con largos y abundantes tramos de soportales, singularidad arquitectónica local. Hoy es la calle peatonal más larga y transitada de la villa. Comienza en la plaza de España (El Parche) con un palacio a su izquierda y su final, a los 440 metros, marca uno de los límites del casco histórico de Avilés.
          Antigua, también, es la reivindicación que los vecinos de Rivero hicieron de una fuente (la que tenían más cercana era la de los Caños de San Francisco) no solo para saciar la sed, lavar, cocinar y asearse, sino también como auxilio elemental contra los incendios.
          Y llegaron a hacerse cálculos y levantar planos por parte de dos maestros arquitectos: en 1767 Pedro A. Menéndez y en 1796 Francisco Pruneda (antepasado del famoso editor de ‘El Eco de Avilés’, primer periódico local), pero siempre alguna circunstancia lo impedía.
          Fue en 1815, cuando el maestro–arquitecto Francisco A. Muñiz Lorenzana (según estudio que le tengo leído al profesor de Historia del Arte, Vidal de la Madrid) informa atendiendo nuevamente, al deseo de los vecinos (quienes en 1786, echándole estímulos al asunto, habían llevado su protesta, por escrito, a la Real Audiencia del Principado) de levantar una fuente –que se materializaría al año siguiente– escogiendo como emplazamiento un lateral de la capilla del Santo Cristo y San Pedro (la actual es de fines del siglo XIX y es heredera de una ermita que existió aquí, cuando menos desde el siglo XVII). La obra constituyó, a la vez que fuente, un destacado elemento de adorno urbano (al igual que Los Canapés) en la nueva carretera Avilés–Oviedo.
          Está formada por un pilón circular que rodea un núcleo central macizo del que salen tres caños, todo ello coronado por un elegante jarrón de piedra y limitado, hoy, por un espacio semicircular con bancos de piedra que lo separa del parque Ferrera cuya entrada principal se encuentra a escasos metros de la fuente. Pegado a ella existió un lavadero techado, que fue desmontado a mitad del siglo pasado tal como pedía José Francés.
          Hoy, la fuente, envuelta entre el arbolado del parque Ferrera, la capilla del Cristo y San Pedro (‘San Pedrín’), dos medianeras triangulares superpuestas con hermoso mirador de madera y los soportales de la calle, componen un paisaje mágico frecuentemente utilizado en libros y prensa para ilustrar textos sobre el casco histórico de Avilés.
          Tan inspirador es el lugar que uno de los caños de la fuente llegó a manar vino tinto un día de San Pedro. La gente no daba crédito, excepto los organizadores del festejo. Yo lo viví y doy fe de que mi boca alcanzó el chorro y bebí vino de la fuente de agua de Rivero, sin que se me cayeran –del susto milagroso– los estímulos al suelo.
          Inolvidables Caños del impagable Rivero de Avilés.

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Los caminos de hierro y otros acontecidos hace más de 100 años
Alberto del Río Legazpi 05-07-2015 | 11:11 | 1

(El 5 de julio de 1893 -justo hace hoy 122 años- los asuntos tratados en una reunión del Ayuntamiento avilesino nos acercan a la realidad de entonces).
         En la madrugada del 5 de julio de 1893, aburrido de empollar leyes para terminar una abogacía que apenas ejercería, abrió la ventana de la habitación y oteando el cielo descubrió un cometa que, desde en tonces, llevaría su nombre. O sea, Mario Roso de Luna.
         Este polifacético personaje extremeño (periodista, escritor, erudito, editor, astrólogo, ocultista, ateneísta, masón y sabe Dios cuantas cosas más) tiene recogido, entre sus montañas de escritos, cosas sobre Avilés, una ciudad que lo hechizaba. Tiene escrito que «Estaba en la histórica Avilés, la ciudad de las primitivas leyes estampadas en ‘tesseras’ de bronce y, siglos mas tarde, del famoso Fuero Municipal… Estaba, digo, en la ciudad que llegara en su libérrima y patriótica autonomía a llamarse ‘república’ en sus acuerdos municipales, y tuviese a grandísima gala el que sus vecinos, según Fuero, no pagasen desde el mar hasta León portazgo ni pontazgo» (‘El tesoro de los lagos de Somiedo’. 1920).
            Y hablando de acuerdos municipales hay que referirse a los tomados, en Avilés, aquel 5 de julio de 1893 (hace hoy ciento veintidós años), el mismo día en cuya madrugada el estudiante Mario Roso de Luna descubrió el cometa Mario Roso de Luna, aunque luego le discutieran su nombre.
            En torno a las tres de la tarde se reunieron, en el salón de plenos del Ayuntamiento avilesino, nueve concejales y José Cueto (alcalde que ocupó el cargo entre 1891 y 1894) tomando una serie de acuerdos que el secretario nos dejó reflejados en el libro de actas que se guarda en el Archivo Histórico de Avilés.
          Comenzaban entonces las reuniones municipales leyéndoles, el secretario, a los políticos locales, los Boletines Oficiales del Estado para que se diesen por enterados de lo que se cocía en Madrid. Dada la hora –las tres de la tarde es el yunque del calor veraniego –y la monotonía de la prosa legislativa, aquello debía ser todo un trance por mantener el tipo, para no ser derrotados por una somnolencia acelerada por la digestión de la reciente comida. Dicen que pocos lo lograban.
            Pero pronto se espabiló el ambiente cuando el Alcalde tomó la palabra para decir que «tenía noticia de que dentro de breves días llegaba a esta Villa el Excmo. Sr. Marqués de Pinar del Río» y estaba por determinar el recibimiento que debería de hacérsele por los favores que este personaje había dispensado a Avilés.
         Entre otras cosas el rico indiano, residente en Cuba y de nombre Leopoldo Gon­zález—Carbajal Zal­dúa, había regalado a la ciudad una planta industrial que hizo posible el alumbrado eléctrico públi­co en Avilés, incluso antes de que llegara a Oviedo y a Gijón, haciéndonos líderes regionales en moder­nidad luminosa.
         Y sabiendo que vendría en el flamante ferrocarril (otro triunfo ciudadano reciente) se determinó que dos concejales y el secretario del Ayuntamiento se adelantaran a recibirle a Villabona, donde los viajeros (del Express Madrid-Gijón que invertía 22 horas en el trayecto, adelanto enorme comparado con lo que antes eran días de viaje en carruaje tirado por caballos) con destino a Avilés hacían trasbordo. El Alcalde y el resto de las autoridades locales lo esperarían en la estación de la Villa, junto con la Banda de Música municipal… a la que también se encomendó que en la noche de ese día le diera al marqués «una serenata, obsequiando de este modo y cual se merece tan querido hijo predilecto de esta Villa». También se lanzarían cohetes, a cargo del municipio, desde la estación situada en la entonces avenida de Pravia, hoy de Los Telares.
            No hacía ni tres años (por un pelín) que el ferrocarril había llegado a Avilés, pues lo hizo el 6 de julio de 1890. Recuerdo que en esto de los caminos de hierro  tenemos mucho que decir, pues hace unos meses que se descubrió que somos pioneros en España (título que, hasta ahora, ostentaban los catalanes), al haberse descubierto, en el mágico Arnao de Castrillón, la primera línea de ferrocarril que hubo en el país y cuyo trazado es de 1836.
            El segundo orden del día de aquella reunión, fue también referido a más caminos de hierros. Eran los de un nuevo medio de transporte comarcal, para el que el Gobernador Civil había dado el preceptivo visto bueno.  Se trataba del «tranvía de vapor de Avilés a la Playa de Salinas» y que con el tiempo sería conocido popularmente como La Chocolatera. De los vagones tiraba una pequeña locomotora que soltaba un penacho de humo de color marrón que se movía entre el Parque El Muelle y Salinas, la mayor parte del trayecto (Avilés–La Maruca–Raíces) coincidente con la carretera general desviándose en Raíces hacia la famosa población costera castrillonense.
          Estuvo funcionando bastantes años coincidiendo algunos –la transición de la nube al trole duró hasta 1933– con el tranvía eléctrico (Villalegre–Avilés–San Juan de Nieva–Salinas–Arnao–Piedras Blancas) que entró en servicio en 1921 y fue clausurado en 1960.
         También aquel 5 de julio de 1893, los munícipes ‘quedaron enterados’ (frase muy habitual en los libros oficiales municipales, sinónimo de botella medio llena o medio vacía) de las gestiones del Alcalde –presionado por asociaciones comerciales provinciales tal y como habían hecho con otros ediles asturianos– cerca del diputado del distrito de Avilés y líder del partido liberal Julián García San Miguel (o sea el  Marqués de Teverga, entonces todopoderoso de la política local) para que presionase contra el impuesto que sobre el vino pretendía el ministro de Hacienda de entonces, el famoso Germán Gamazo, intentando poner orden en el tinglado comercial español, sin entender que siempre habrá excepciones, sin atender al refranero castellano que pregona que el miedo guarda la viña y que la mujer y el vino sacan al hombre de tino. No se hable más.

Mario Roso de Luna (1872-1931)

        Se aprobaron otros asuntos, como la traída de aguas a Villalegre y la constitución de una comisión para construir nuevo lavadero en Sabugo que más tarde se levantó en la calle González Abarca, donde todavía puede verse parte del mismo, desmochado, cerrado a cal y canto y muerto de risa. El Ayuntamiento nunca supo que jabón utilizar en este antiguo lavadero para su aprovechamiento ciudadano.
         Finalmente, asunto muy debatido fue la compra de instrumentos solicitados por la Banda de Música municipal para «satisfacer cumplidamente su cometido durante las próximas ferias de San Agustín», pero por muy bien que sonara la cosa, resulta que no había dinero presupuestado para sinfonías y hubo que sacarlo de otras partidas, con la oposición del concejal José Rodríguez Maribona que argumentó, con lógica, que «mientras haya obras acordadas y pendientes de ejecución no deben emprenderse otros gastos que considera de menos importancia para los intereses generales de la localidad». Pero no.
         Salió un si, porque no olvidemos que la Banda Municipal de Música, tenía que actuar dentro de unos días, en la estación de ferrocarril en el recibimiento oficial al marqués de Pinar del Río y por la noche darle una serenata ante su domicilio, tal y como había aprobado la Corporación al comenzar la sesión. Así que a comprar clarinetes y a no tocar violones, instrumento impropio de una banda de viento.
         Sólo faltaba que la música oficial desafinara y el Ayuntamiento de Avilés diera la nota ante el ‘hidroeléctrico’ marqués. Sólo faltaba.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta