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Fecha: agosto, 2015
El chocante asunto de las islas fantásticas de la Ría de Avilés
Alberto del Río Legazpi 30-08-2015 | 7:57 | 0

(Mitos de ayer y hoy, que van de la desaparecida isla de San Balandrán a la ’planificada’ de La Innovación, pasando por arquitectos del prestigio de Oscar Niemeyer o Norman Foster y actores de la categoría universal de Brad Pitt)
           En territorios históricos marinos de la zona de influencia de la Ría de Avilés, cuando se hable de piélago conviene aplicar el término archipiélago.
          De igual forma conviene saber que aparte de las islas en la mar abierta (La Deva, La Ladrona, Carmen y Herbosa) están las del estuario, tan fantásticas como planificadas, tan soñadas como deseadas, tan fenecidas como por nacer. Hablo de las islas de San Balandrán y de La Innovación, un archipiélago muy particular.

Dársena de San Juan de Nieva. Al fondo la isla de San Balandrán.

        La primera, situada frente al muelle de Raíces, en San Juan de Nieva, permanece aún –en el imaginario popular– fuertemente arraigada (en charlas, libros y fotos) a pesar de haber sido devorada por la draga entre 1941 y 1943 para facilitar el tráfico marítimo por el canal de la Ría. La gente sigue hablando de ella en presente, porque el cariño ni se compra ni se vende. Y además tu familia no te olvida.
        La pequeña isla de San Balandrán (130×56 metros) estaba frente a la playa del mismo nombre adonde la gente se trasladaba, masivamente, en lancha o en motora desde el muelle de Avilés. La experiencia marina, de generaciones de avilesinos, tuvo su principio y fin, en las idas y venidas a este remanso con nombre derivado del mítico santo irlandés (Saint Brandan) una de las leyendas más famosas de la cristiandad, un capítulo aparte.

Brad Pitt en la calle Galiana.

        Un microcosmos al mejor estilo de Julio Verne, situado en un paraje –digno de ser envuelto en color sepia– con otros encantos naturales tan fascinantes como el faro de Avilés, la peña del Caballo, marismas de Zeluán o la antiquísima y todavía misteriosa población de Nieva.
        Hasta que en 1950, sobrevino de golpe y porrazo la industrialización de Avilés y el espectáculo en el estuario tiñó a negro.
        Pero años más tarde, ya comenzado el siglo XXI, la Ría volvió a ponerse guapa, con agua de color agua y un espectacular paseo marítimo, aderezado con un conjunto escultórico de tres conos (popularmente, cuernos) de 30 metros de altura, obra del artista avilesino Benjamín Menéndez. Fue la época del ex alcalde Manuel Ponga como presidente portuario (1999-2007), quien por cierto en 2006 anunció la llegada de cruceros a la ciudad –ante la incredulidad de los avilesinos, y sorna de algunos tertulianos– e hizo historia como los hechos demostrarían seis años más tarde.
        Por otra parte fue el 26 de marzo de 2008, cuando el Principado de Asturias hizo público el embarazo de la Ría de Avilés. No se facilitaron fechas del parto –que se predijo dificultoso y a largo plazo– pero si el nombre de la criatura: Isla de la Innovación.

        Y deduzco que si la encinta Ría iba a ser la madre, el padre era el Niemeyer. De esta forma se fundían lo más antiguo y lo más moderno de Avilés para dar a luz a una isla de la que se esperaba ocasionararía una de las mayores transformaciones urbanísticas de España y que ha interesado, técnicamente, al arquitecto Norman Foster (Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2009) y, económicamente, al actor Brad Pitt socio -aparte de Angelina Jolie- de una firma arquitectónica internacional y que visitó el territorio del alumbramiento en la margen derecha de la Ría de Avilés generando portadas en los medios de medio mundo.

Planos de la isla La Innovación.

        Y así, entre islas de ser y no ser, circuló una coplilla:
«Oh Ría, tantos inviernos
y veranos maltratada
y ahora saneada
de polvo y lodos eternos…
¿Por qué te han puesto los cuernos
y te dejaron preñada?»
        Pero como la Historia es la novela de los hechos, resulta que si no hubiesen volado la isla de San Balandrán, no hubiese podido pasar –el 2 de mayo de 2012– un crucero con cerca de mil turistas extranjeros a bordo, el primero que abrió brecha en el turismo marino de Avilés, para atracar en el muelle contiguo al, entonces, mundialmente famoso Centro Niemeyer –hoy esperando justicia histórica y que alguien lo vuelva a poner a flote– generador de la anunciada isla de La Innovación.
        Dudo que, en materia de archipiélagos, haya en el mundo otro como el de la Ría de Avilés, tan seductor como fabulado, tan insólito como asolado, tan embarazoso como embarazado, con una isla desaparecida y la otra por aparecer.
        Visto y no visto.
 (Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 3 de junio de 2012)

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El asombroso Llaranes por tierra, mar y aire
Alberto del Río Legazpi 23-08-2015 | 1:57 | 4

(Un barrio cargado de singularidades y hechos históricos, generalmente desconocidos.
Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés, el 4 de diciembre de 2011)

        Fue a finales de aquella primavera de 1950 en la que ENSIDESA nos cayó encima, cuando, y a consecuencia de aquel trompazo -social e industrial- muchos avilesinos creyeron y creen que nació Llaranes. El desconocimiento histórico sobre los barrios tradicionales de Avilés es cosa habitual. Llaranes es un ejemplo –cruel– de esa ignorancia.
        Lo que ocurrió es que en aquella década, del pasado siglo, pegó un salto enorme cuando la Empresa Nacional Siderúrgica S.A., universalmente conocida por su acrónimo ENSIDESA –una de las mayores siderúrgicas del mundo– plantó en Llaranes un poblado para sus primeros empleados. Su diseño arquitectónico y funcional lo convirtieron en ejemplo de patrimonio urbano, citado hoy como modélico y singular, en congresos nacionales e internacionales sobre aspectos sociales y urbanísticos. Todo un episodio aparte.

Revista 'Paris-Match'. 1955

        Por aquellos años no es que ENSIDESA mandase mucho, es que lo mandaba casi todo. Por ejemplo en Llaranes, donde a pesar de haber un San Lorenzo, ‘la empresa’ (como la mayoría de la gente conocía y llamaba a ENSIDESA)  construyó dos Santas Bárbaras: templo religioso una y deportivo la otra, un campo de fútbol hoy rebautizado con el nombre del ex presidente del club, ‘Muro de Zaro’. No dejo pasar la ocasión de repetir que la parroquia de Santa Bárbara atesora una maravillosa obra artística de Javier Clavo, que a mi juicio la convierte en la Capilla Sixtina del arte vanguardista religioso del norte de España.
        Dicho lo anterior, hay que saber que Llaranes es lugar que se remonta a tiempos del imperio romano. Aquí se han descubierto restos de monedas romanas, conservadas en el Museo Arqueológico de Asturias. La distancia en el tiempo que separan al antiguo Llaranes, aquel Larius, aquel Leranes (topónimos romanos) del actual, se mide por siglos. Tela, mucha tela.
        Llaranes –una de las mayores sorpresas históricas de Avilés– es mas viejo que la gripe. Ya figura en documentos del siglo XI, o sea mucho antes de que se levantara en la ciudadela amurallada de Avilés la casa, que luego fue palacio, de Valdecarzana. Y muchísimo antes de que se construyera el Avilés del barroco, el que vio nacer espectaculares calles (Rivero o Galiana) y monumentales palacios (Camposagrado, Ayuntamiento y Ferrera).

Ventana prerrománica de San Lorenzo.

        Y luego está la constitución de la parroquia de San Lorenzo, de cuya herencia queda la actual capilla, en el ‘Llaranes viejo’, con esa pincelada prerrománica de su ‘ventanina’. Un interrogante mayúsculo que ahonda más, todavía, en su pasado.
         En el siglo XIX un documento eclesiástico cita textualmente «barrio de Llaranes de Sabugo». De lo que se puede deducir que sus habitantes no vivían solamente de la agricultura sino que practicaban la pesca, lo que seguramente facilitó una estrecha relación con el pueblo de Sabugo, extramuros de la villa de Avilés. Después de todo, la Ría llega hasta ‘más arriba’ de Llaranes.
          Por tanto lo marino no le es ajeno. Tanto que incluso un mercante fue bautizado con su nombre. Hablo del  granelero-bulkarrier ‘Llaranes’ que surcó los mares desde su botadura, en 1971 en Sevilla, hasta el 9 de septiembre de 1994, cuando constaba como varado en Alang (India) listo para desguazar.
           Y también hay cosas de mucho vuelo, porque el barrio es pionero en la historia local de la aviación. En 1914, desde los campos del valle de Llaranes despegó la avioneta que voló, por vez primera, sobre Avilés y sus alrededores. Era un aparato de la marca Pomerd (?) y estaba pilotada por Rodrigo González.
        Tenemos a Llaranes por tierra, mar y aire, pero hay algo que le da todavía más restallo: el cine.
        Llaranes aparece en la histórica película (muda) rodada en 1924 en Avilés, Salinas y Soto del Barco, con motivo de la visita que las autoridades norteamericanas del Estado de Florida hicieron a nuestra ciudad, para homenajear a Pedro Menéndez de Avilés, fundador de la –hoy– ciudad más antigua de los Estados Unidos: San Agustín de La Florida.

Interior de la iglesia de Santa Bárbara.

        Una de las secuencias está rodada en Llaranes, en terrenos que hoy ocupan la Plaza Mayor y la avenida principal del poblado y entonces finca de Gonzalo Heres, un indiano al que apodaban “El Diamante”.
        Por tanto es el primer barrio avilesino que aparece en la gran pantalla. Y como el que tuvo retuvo, cincuenta años más tarde, el Grupo Foto-Cine ENSIDESA (miles de socios), con sede social en Llaranes, convocaría anualmente certámenes internacionales de cine amateur.
        Manca ¿eh?
        El conocimiento de la trayectoria histórica de Llaranes es un mazazo histórico que nos sacude el polvo de la ignorancia y demuestra que, como dice el libro más leído de la historia, podemos abandonar el pasado pero el pasado nunca nos abandona.
        Siguiendo por esa línea y a la vista de lo visto aquí, lo de Llaranes casi entra en el terreno de lo milagroso.
        A mi, sencillamente, me parece asombroso.

 

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El Carbayedo, gran bosque urbano de Avilés
Alberto del Río Legazpi 16-08-2015 | 7:17 | 2

(Un frondoso arbolado que se fue transformando, con los siglos, en uno de los barrios más castizos y poblados de la villa asturiana).
        Por aquel tiempo, había una gran cantidad de bosques en torno a la villa de Avilés. De entre ellos destacaba el conocido como el Plantío Real del Carbayedo, que estaba situado en la zona alta, a poca distancia de dos (de las cinco) puertas de la muralla: la del Reloj y la del Alcázar, situadas en los inicios de las actuales calles de La Fruta y La Ferrería.
        Era un gran bosque de carbayos, como aquí llamamos a los robles, entonces muy utilizados, aparte de para casi todo, en la construcción de embarcaciones de los astilleros (o carpinteros de ribera) de Sabugo.
        En tiempos medievales era infernal transportar los troncos de madera hasta Sabugo pues había que subirlos desde el bosque del Carbayedo hasta Miranda, luego cruzar por Heros hacia San Cristóbal de Entreviñas y desde allí descender al pueblo marinero para dejarlos en el Campo de Bogaz (terrenos hoy ocupados por la Estación de Ferrocarril) donde estaban emplazados los astilleros.
        Algún siglo más tarde, cuando el terreno para el tránsito rodado se fue domando a base de construir caminos, caleyas y aprovechar galianas, la madera y derivados pudieron llegar por fin por caminos más cortos al puerto de la villa (situado a un costado de la actual iglesia de San Antonio de Padua, antigua de los Franciscanos) convirtiéndose en un elemento clave de nuestras exportaciones. Y así, por ésta cosa del comercio se fue talando, siglo a siglo, el gran bosque de la parte alta de Avilés y mudando madera por población.
        La fe de vida histórica del barrio fue la erección, en 1625, de la capilla consagrada a San Roque «por haber librado a la Villa de Avilés de la terrible epidemia de peste que asolaba a España». Pero la ermita nació arquitectónicamente apestada y amenazó con derrumbe total hasta en cinco ocasiones, siendo sustituida en el siglo XIX por la conocida como de ‘Jesusín de Galiana’, nombre muy celebrado –no sin cierto asombro– por quienes nos visitan.
        Antes de eso, a finales del siglo XVII, Avilés comenzó a cambiar su traza urbana construyendo, fuera de sus murallas, tres palacios y dos calles prodigiosas. Una de ellas, la de Galiana, ascendió hasta El Carbayedo y lo conectó definitivamente con la villa.
        En el siglo siguiente, cuando en su actual plaza ya habían entrado algunos soportales –pocos, pero buenos y variados– se convirtió en lugar de celebración del mercado de ganados mas importante de Asturias, que además trajo consigo la multiplicación de bares y pensiones en la plaza central del barrio.
        En la primera mitad del siglo XX, El Carbayedo se ennobleció con el asiento, en sus predios, del primer Instituto de Segunda Enseñanza de la historia avilesina: el Carreño Miranda (hoy Colegio Público Palacio Valdés). Antes lo había sido con un moderno centro sanitario, conocido entonces ‘Hospital de Caridad’.
        Pero comenzó a crecer a partir de los años cincuenta del pasado siglo (cuando nos cayó ENSIDESA encima) y la siembra de multitud de edificios de generosas alturas, trajo consigo una cosecha demográfica sin precedentes, que convirtió a  esta zona alta de Avilés en la más densamente poblada de la villa, con modernas calles dedicadas a autoridades científicas españolas, de Ramón y Cajal a Severo Ochoa pasando por Jiménez Díaz.
        Su antigua plaza, que también es parque (gran privilegio urbano), conserva algunos espléndidos árboles, mínima herencia del enorme bosque primitivo. Su faceta ganadera se quedó parada en la estatua ‘El tratante’ que Favila plantó, en 1999, muy cerca del antiguo abrevadero, único símbolo urbano de aquellas ferias.
        El espíritu histórico del barrio –reflejado hasta en el nombre de un equipo de fútbol que tuvo llamado ‘Histórico Carbayedo’– sigue concentrado en esta espléndida plaza y parque, actualmente muy de moda como zona de ocio. Y gastronómica. Y de vinos. Y de copas.
        Que de todo hay en la viña del Jesusín de Galiana de la villa de Avilés.
(Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 9 de octubre de 2011)

 

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Extraño fenómeno en torno a un edificio del Casco Histórico
Alberto del Río Legazpi 09-08-2015 | 11:11 | 3

        Se trata uno de los edificios más populares de Avilés y está en una calle a la que mucha gente sigue llamando ‘La Cárcel’, aunque oficialmente sea Ruiz Gómez. Es un inmueble importante y como tal forma parte del Conjunto Histórico-Artístico de Avilés.
        Su historia –continente y contenido– son episodio aparte, pero hoy lo saco al sol para destacar un curioso fenómeno que está ocurriendo en torno suyo.
        Fue construido con piedras de la destruida muralla medieval, a mitad del siglo XIX para ser utilizado como cárcel del partido judicial de Avilés. Después le vinieron  otros usos hasta dar en el actual de Oficina Municipal de Turismo y también de Festejos.
        En el lugar donde está asentado hubo una fuente pública conocida como la de Corugedo,  y era el único edificio de arquitectura notable existente por la zona hasta que en 1920 se inauguró (justo hace hoy, 9 de agosto, noventa y cinco años) el teatro Palacio Valdés. Dos notables edificios que, en su día, se comunicaron visualmente hasta que los años fabricaron el paisaje actual.
        El caso es que fue entrar el siglo XXI en la carrera del tiempo y empezar a desplegarse en torno a la antigua cárcel, hoy oficina de Turismo (y que en adelante llamaré Turismo), una asombrosa concentración artística que concita la atención de turistas estudiados y avilesinos avispados y que a continuación detallo.
        En la primavera de 2001 y en una medianera de un edificio que da a la calle Jovellanos y frente al lateral de Turismo, el colectivo ‘Abstracta’ realizó un mural basado en una  idea del empresario (de nacionalidad egipcia) Tarek Amal que habiendo realizado reparaciones en la fachada del inmueble las coronó con la silueta de un caballo tirando de un carro, en alusión a una guarnicionería que hubo en esta zona y que lucía en su puerta, como reclamo publicitario, una cabeza de caballo. El mural da frente al lateral de Turismo y fue como un pistoletazo de salida.
        En 2002 se instala, encastrado en dicho lateral, que da a la calle Jovellanos, la obra ‘Eslabón’ del artista andaluz Pepe Noja, una escultura en alusión a la libertad recobrada, simbolizada con la rotura del eslabón de una cadena.
        También en 2002 y en un nuevo espacio, que sería llamado plaza de José Martí, en la parte trasera de Turismo, Ramón Rodríguez realiza, sobre la pared del fondo del solar, su mural de azulejos ‘Pasionarias’.
        En 2003, en la vieja plaza conocida como ‘Del Pescado’ y mirando hacia Turismo, se instala ‘Hélices’, de autor anónimo y regalo de la ciudad francesa de Saint Nazaire, entonces recién hermanada con Avilés. Con el tiempo (mayo de 2011) dicha escultura se trasladó más cerca de Turismo, a la esquina que forman las calles Llano Ponte y Ruiz Gómez (o La Cárcel).
        En 2005 y en la plaza de José Martí se coloca un busto suyo, obra del cubano Alberto Lezcay. En una lápida de metal colocada sobre el pedestal se puede leer «José Martí y Pérez (1853–1895) Héroe nacional de Cuba, poeta, escritor, pedagogu, políticu y universal pensador llatinuamericanu. Conceyu Avilés, 2005». Textual, oiga.
        En 2007 y en la misma plaza, parte trasera de Turismo, el artista avilesino Ramón Rodríguez, realiza otro mural, éste de grandes dimensiones, que ocupa toda la medianera de un edificio de cinco pisos. Se titula ‘Cubavilés’ y el motivo son grandes hojas de palmera y carbayo.
        Por cierto, que esta plaza fue como una premonición, de un gran centro cultural internacional, obra del arquitecto brasileño Oscar Niemeyer (a unos cien metros de Turismo) e inaugurado en 2011.
        No me digan que no llama la atención el extraño magnetismo artístico del histórico edificio del siglo XIX –que como cárcel estaba a la sombra y hoy luce al sol como Turismo– que ha venido sumando año tras año, en este siglo XXI, tres murales y tres estatuas en torno a él.  
       Como arquitectónicamente llama la atención el Centro Niemeyer, que fue para muchos el símbolo de un nuevo futuro para Avilés, del turismo cultural por ejemplo. Mi compañera literaria dominical, Mercedes de Soignie lo definió excelentemente, la semana pasada, como el que en su día «unió e hizo vibrar a una comunidad que se caracteriza precisamente por lo contrario, haciéndoles sentir parte del mundo, dando renovada vida a la villa, solo queda un triste por lejano recuerdo».
       Históricamente, el Niemeyer fue la gran esperanza blanca de Avilés derribada por una ventolera política imperdonable.  
VER:http://www.elcomercio.es/aviles/201508/09/extrano-fenomeno-torno-edificio-20150809003453-v.html

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La década furiosa
Alberto del Río Legazpi 02-08-2015 | 11:11 | 0

(La de los cincuenta del pasado siglo XX, con la instalación de la gran industria encabezada por la siderúrgica Ensidesa, cambió Avilés y su comarca, para siempre).

        Ensidesa tuvo varias décadas en su trayectoria. Los años 50 fueron los de la furiosa puesta en marcha; los 60, las vacas gordas; los 70, la belicosa; los 80, las vacas flacas; los 90, la del chollo privatizador. La actual es una variedad de tembleque, llamado Mittal.

       Una vez puestas las cosas en su sitio, creo que el hecho social más relevante de la antigua villa asturiana de Avilés en toda su Historia fue la instalación, a mitad del pasado siglo XX, de un gigantesco conglomerado metalúrgico a cuya cabeza estaba ENSIDESA.

1952. Aéreo de Avilés. A la izquierda relleno de marismas para la instalación de ENSIDESA. (Foto gentileza de Ricardo García Iglesias)

       Ya hacía un par de años que en Avilés se estaban instalando ENDASA (actual ALCOA) y Cristalería Española (actual St. Gobain), cuando en el verano de 1950 el Boletín Oficial del Estado (BOE) –el diario de más tirada de España junto con el deportivo ‘Marca’– publicaba un decreto por el que se creaba la Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA), para abastecer a España de acero. Se decidió instalar la factoría en la margen derecha de la Ría de Avilés, en terrenos de marisma (la ciudad, desde el siglo XIX, no ha parado de extenderse a costa de desecar marismas) en dirección a Llaranes y Trasona. La noticia no salió en televisión porque todavía no la había.

        Avilés era, entonces, una población de 21.270 habitantes y su Ayuntamiento manejaba un presupuesto anual de 3.325.063,68 pesetas (19.984,04 euros).

        Pero desde 1950 la histórica ciudad se volvió histérica desatándose una furia demográfica tal que en 1960 había duplicado su población y en 1978 la cuadruplicó con creces, al pasar de los 90.000 habitantes. Una barbaridad.

        España era entonces un país pobre y la construcción de la gigantesca siderúrgica y su puesta en marcha atrajo a miles de personas de todo el país que llegaron, por así decir, en tromba. Los problemas de vivienda, sanitarios, educativos, fueron dramáticos. Era dificilísimo gestionar aquella confusión. La ciudad no daba abasto a integrar a tantos inmigrantes que vinieron a buscar empleo a una ciudad por cuyo puerto, paradójicamente se habían ido desde muchos años atrás miles de emigrantes asturianos a América. Ahora era Avilés la tierra de promisión laboral. Surgieron poblados que rodearon la ciudad, un anillo urbanísticamente desafortunado excepto el poblado de Llaranes.

1956. Parque El Muelle. Martín del Río y Sofía Legazpi, con sus hijos Luis-Alfonso y Alberto.

        Por entonces yo era un niño que recuerda el continuo ruido de máquinas y camiones, las prisas de multitudes de blanco y negro, la  contaminación en technicolor, manchando el paisaje y envenenando al paisanaje. Algunas cosas se solucionaban sobre la marcha, como la eliminación de enormes colas de trabajadores ante Correos, cuando sus pequeñas oficinas estaban frente al teatro Palacio Valdés, para girar dinero a sus familias. Tuvieron que hacer –a toda pastilla– un edificio mayor en la calle La Ferrería.

        Para mi fueron años de tranvía eléctrico, de soportales de Galiana camino del instituto Carreño Miranda. De juegos en la plaza del Pescado y en ‘El Jardinín’ (plaza Álvarez Acebal). De cines Marta, Clarín, Iris y Florida. De un Real Avilés de tercera, luego de segunda y que casi sube a primera división. De playas de San Balandrán y San Juan. De parques, Las Meanas en fiestas, pero El Muelle todo el año.

        Los alcaldes que llevaron el peso municipal en aquel período fueron: Román Suárez Puerta, Eduardo Fernández Fernández–Guerra y Francisco Orejas Sierra. Ellos y las tensiones generadas por la ‘invasión’ industrial y sus consiguientes tormentas sociales y laborales son episodio aparte.

        Fueron diez años que cambiaron para siempre la vida de Avilés, un acontecimiento histórico del que, desde hace unos años, se están borrando (a ritmo de goma–2) sus huellas más emblemáticas, ni un sólo Horno Alto, ni la mismísima Térmica quedaron en pie. Precisamente estos días se anuncia la  condena a muerte del edificio conocido como ‘La Telefónica’ de Llaranes, una perla arquitectónica. A estos efectos, Avilés sigue sin mirarse en el espejo de Arnao.

        En aquella década furiosa la histórica villa asturiana se convirtió en una de las ciudades industriales más importantes de Europa. Hoy, aunque las cosas han cambiado mucho, aún le quedan al norte el zinc de AZSA (que viene del siglo XIX), al sur el acero de Arcelor-Mittal, al este el aluminio de Alcoa y al oeste el cristal de Saint Gobain.

        Son los puntos cardinales que componen una geografía industrial de multinacionales, creada mayormente a mitad del siglo XX, en torno al casco histórico del Avilés milenario. Y aquí seguimos, después de lo del Niemeyer, más rotos que nunca pero tan vivos como siempre.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta