El Comercio
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Fecha: septiembre, 2015
Testigos medievales en el Casco Histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 27-09-2015 | 11:15 | 1

(¿Se atreverá la nueva Corporación municipal de Avilés, a dar los primeros pasos para solicitar a la UNESCO la Declaración de Patrimonio de la Humanidad para el casco histórico de Avilés?)
        El otro día en la radio, y hablando de Avilés, salió a relucir su casco histórico y me sorprendió que el conocimiento que tienen algunos sobre el mismo se reduzca, prácticamente, a la calle Galiana, palacio de Camposagrado y poco más. Luz para el barroco lucido y sombras para lo medieval lúcido. Y eso ni es justo ni responde a la realidad.
        Sabido es que la Edad Media es un periodo histórico de la civilización occidental cuyo inicio se marca haciéndolo coincidir con la caída del Imperio Romano (hecho ocurrido en el siglo V) y finaliza a finales del siglo XIV con el descubrimiento de América en 1492, empresa financiada por los Reyes Católicos de España.
        En Avilés el final de la Edad Media fue ‘pelín’ antes y está marcado a fuego. Ocurrió cuando en 1478 la Villa sufrió un tremendo incendio que dicen destruyó dos tercios de la misma. El desastre fue de tal magnitud que tuvieron que intervenir, en 1479, los Reyes Católicos concediéndole a Avilés el privilegio de mercado franco de los lunes para ayudar a repoblar la población y levantar su maltrecha economía. Mercado medieval de los lunes que sigue conservando la villa asturiana.
        Como también conserva monumentos y piezas salvadas de la quema, algunos de los cuales están incluidos en el famoso Decreto del 27 de mayo de 1955, en el que el Estado español catalogó –o sea que puso bajo su control– buena parte del casco antiguo avilesino declarándolo Conjunto Histórico-Artístico. Ahora el paso, esperado por algunos, es solicitar a la UNESCO la Declaración de Patrimonio de la Humanidad ¿Se atreverá la nueva Corporación municipal a iniciar las gestiones necesarias?
        Vuelvo a la arquitectura medieval conservada en Avilés y hablar de ella es hacerlo, fundamentalmente, de un palacio y los cuatro templos que siguen.
        Santa María Magdalena de Corros, situada en las afueras de la Villa, es la más antigua –cosa que no muy sabida– de las actuales iglesias avilesinas (digo actuales porque algunos mantienen que hubo otros dos templos más, hoy desaparecidos), aunque ésta de La Magdalena solo conserva restos aislados de su primitiva arquitectura románica.
        Caso distinto es el de la hoy conocida como de San Antonio de Padua, ayer como ‘De los Padres’ y antesdeayer San Nicolás de Bari, nombre que llevó desde su construcción hasta mediado el siglo XIX. Este templo fue levantado en el siglo XII, cosa que cuenta su portada románica.
        Al lado de ella e independiente, aunque hoy se presenten exteriormente unidas, está la excelente capilla de la familia de Las Alas, monumento de estilo gótico construido en el siglo XIV que ha sobrevivido a todo tipo de tropelías y vejaciones. Parte de ellas ahí siguen, vean si no como la capilla está estrangulada por un edificio contiguo e incluso, esta joya medieval, forma parte de un patio de luces con tendales incluidos.
        Fuera del recinto amurallado, conocido como ‘La Villa’, se construyeron –y ahí siguen dale que te pego– la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (o Cantorbery) en el pueblo marinero de Sabugo y el monasterio de San Francisco, levantado al sur de la Villa, camino de la zona alta donde reinaba el Plantío Real del Carbayedo, hoy sembrado de edificios de considerables alturas.
        La iglesia vieja de Sabugo nació para satisfacer las necesidades religiosas de los pescadores y es el monumento medieval mejor conservado de Avilés. Su construcción, en el siglo XIII se dilató en el tiempo y por ello mezcla estilos arquitectónicos: el viejo románico, de su puerta lateral, y el naciente gótico de su portada. El templo es hoy conocido como ‘iglesia vieja’, en contraposición a la moderna de Santo Tomás, levantada en 1903 y a la que, por cierto, hay procurar ver entre dos árboles para valorar su afilado gótico, herencia medieval.
        El convento o monasterio fundado por los frailes franciscanos en el siglo XIII es actualmente (y desde mediados del XIX) la parroquia de San Nicolás de Bari, al haberse intercambiado –por cuestiones de aforo de fieles– nombre y funciones con la actual iglesia ‘De San Antonio’.
        El templo guarda vestigios medievales de importancia y algunos cargados de misterio como la pila bautismal, magnífico capitel corintio romano de origen desconocido y que llamaba la atención de Jovellanos. También, y ya en el claustro, hay una pieza prerrománica encontrada en excavaciones en la zona y que hace pensar en un templo anterior (que algunos dicen existió aquí, a la par que otro en el solar que hoy ocupa la iglesia de San Antonio). Es de resaltar una excelente arquería románica, que se suma a las teorías de templos anteriores a los actuales. Para rematar la jugada, se halló aquí, y no hace mucho, un cuadro (una Última Cena) de origen medieval y autor desconocido.
        Testigo civil de la Edad Media es la casa de Valdecarzana, de la que se conserva la fachada principal que vierte a la calle de La Ferrería. Construido en el siglo XIV (hay estudios que lo sitúan en siglos anteriores) como tienda–almacén situada en el bajo, y vivienda familiar en el piso superior. Era propiedad de un mercader, a las claras forrado de ganancias provenientes, probablemente, del comercio marítimo. Luego al comprarlo el marquesado de Valdecarzana la casa fue palacio. Y finalmente fue de todo, entre otras cosas: vivienda de un alcalde de Avilés, casa natal del escritor Juan Ochoa, colegio de enseñanza ‘manjoniana’, sede de Inspección de Trabajo, economato portuario y, actualmente, sede del Archivo Histórico avilesino.
        Pero me tiene dicho –escritora que no identificaré porque así me lo pidió– haber oído misteriosos sonidos ‘que la llevaban al medievo’ en la nave central del antiguo monasterio de San Francisco, hoy iglesia de San Nicolás de Bari. Y que eso le ocurría cuando el templo estaba ausente de liturgia y lo inundaba el silencio, era entonces cuando oía el pasado.
        Hay otros que van más lejos, como el dramaturgo norteamericano Eugene O’Neill cuando dice que «no hay presente ni futuro, solo el pasado repitiéndose una y otra vez».
        Frase que algunos cenizos aplicarían encantados a la coyuntura actual española. Son gente pronta a la estampida, sin caer en la cuenta de aquello de Campoamor de ¡no correr que ye peor!
        En todo caso que se acojan a la filosofía de una unidad militar de élite, de no se que país, uno de cuyos lemas es «Ésta Brigada Paracaidista nunca retrocede, da media vuelta y avanza».
        Y después de apoyarme en un poeta y en un paracaidista termino haciéndolo con una cita, vagamente recordada del admirado Manolo Vicent, adaptándola a Avilés, para decir que su historia arquitectónica ha venido saltando de copa en copa en medio de banquetes medievales, renacentistas, barrocos, románticos y siderúrgicos.
        De la fragua a la acería.

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Pedro Menéndez de Avilés, en bronce
Alberto del Río Legazpi 20-09-2015 | 11:08 | 1

(Personaje del siglo XVI al que hasta comienzos del XX no se le empezó a reconocer, públicamente, su protagonismo histórico en América). 
        Desde su inesperada muerte causada por el tifus, el 16 de septiembre de 1574 en Santander, cuando iba a tomar el mando de una gran flota para poner orden -por así decir- en Europa, la estrella de Pedro Menéndez de Avilés se fue oscureciendo hasta quedarse en candela celestial.
        Aquel español ‘dueño del Caribe’, como lo califica Manuel de la Fuente en el ‘ABC’, se difuminó en la noche de los tiempos. Atizada por ingleses y franceses, la leyenda negra fue tendiendo un manto sobre el imperio español –al que aspiraban a suceder– que había alcanzado su cenit justo en tiempos del reinado de Felipe II quien tenía, a Menéndez de Avilés, en bastante consideración. Por lo que, al igual que otros españoles destacados de aquel tiempo, quedó en el limbo de los olvidados.
        Pero que de ahí salen algunos, lo demostró el caso de éste navegante asturiano. Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga, y eso es lo que ocurrió cuando el académico Aureliano FernándezGuerra pronuncia, en 1865, el solemne discurso de apertura de la Real Academia Española (‘Limpia, fija y da esplendor’, era el lema de la institución) que trata sobre el Fuero de Avilés, al que el intelectual andaluz consideraba falso.
        En el trascurso de su parlamento el granadino (destacado estudioso y editor del genial escritor Francisco de Quevedo) cita, también, a varias figuras de la historia avilesina, ensalzando sobre todos al «adelantado y conquistador de la Florida Pedro Menéndez de Avilés, el más excelente y atrevido marino del siglo XVI, á quien España debe un monumento, la historia un libro, las Musas un poema». Mira por donde, el discurso sobre la falsedad del Fuero avilesino, que encendió numerosas polémicas, sacó a la luz al polémico Menéndez.
        Fue la resurrección histórica del Adelantado. Hay relación causa–efecto a partir de ahí. Y hoy, Pedro Menéndez, es el héroe local  que da nombre a calle y a plaza de Avilés, donde tiene un conjunto escultórico y su nombre lo han llevado dos embarcaciones y un hogar infantil, hoy desaparecido al igual que un semanario llamado ‘El Adelantado’, un club deportivo, una asociación de vecinos, una academia de enseñanza privada, etc.
        Y todo eso, aparte de que Avilés sea conocida también como ‘La Villa del Adelantado’.
        Este boom de popularidad comenzó, tímidamente, en 1892 con la edición de un libro –dedicado al marino– de Ciriaco Miguel Vigil y al poco otro de Eugenio Rui-Díaz. Pero lo que tuvo más trascendencia popular fue la plantación, en 1923, de un conjunto escultórico en el parque del Muelle de Avilés, con la asistencia de altas autoridades de la nación y que ya fue un episodio aparte.
        Y este asunto de la estatua lo empezó a mover, en 1916, el escritor, periodista y alborotador Julián Orbón (tío y padrino de Julián Orbón, famoso compositor de música sinfónica y también de ‘Guantanamera’, que no es moco de pavo). El Orbón escritor fue un personaje controvertido, difícil y endemoniadamente activo que se movía entre Avilés, Madrid y La Habana.
        Como quiera que fuese, es a él a quien se debe –dando la vara en los medios y en los ambientes sociales– el que se formase una comisión para el estudio de un monumento a Pedro Menéndez, presidida por el Alcalde de Avilés, Carlos Lobo de las Alas, y como secretario de la misma: Manuel González Wes, fundador y director de LA VOZ DE AVILÉS.
        El asunto salió adelante con la aprobación municipal el 5 de enero de 1917. El 17 de agosto comienza a hacerse realidad y se inaugura el 23 de agosto de 1918 con un eco impresionante en la prensa, baste decir que fue portada, en el entonces todopoderoso, diario ‘ABC’ de Madrid.
        Al concurso público se habían presentado tres bocetos, resultando elegido el del escultor valenciano Garci-González (que ya había realizado anteriormente un busto en Avilés dedicado al maestro Juan de La Cruz, actualmente en el limbo de olvidados municipales) y que también realizaría, posteriormente, el del panteón del Adelantado en la iglesia más antigua de la Villa.
        El conjunto escultórico ocupa una superficie de 60 m2. En la parte central se encuentra la estatua del marino realizada en bronce en la Fundición Codina Hermanos S.A. y que mide 2,5 metros y pesa 436 kilogramos. Colocada sobre un pedestal cuadrado de 5 metros de altura, con inscripciones y tallas navales en cada uno de sus lados. En el principal se puede leer «A Pedro Menéndez de Avilés (1519–1574). Caballero del Hábito de Santiago, Capitán General del Mar Océano, Adelantado y Conquistador de La Florida, donde fundó la ciudad de San Agustín en el año de 1565»
        En cada esquina del pedestal, tallados en piedra, hay cuatro guerreros con yelmo y espada. Está rodeado de cuatro zonas ajardinadas ‘resguardadas’ con cañones.
        Póngase usted a contar las estatuas de figuras históricas españolas en los USA y se sorprenderá. Pues bien, una réplica de ésta de Avilés se alza en el Estado de Florida (Walt Disney, Cabo Cañaveral y playas de cine) en la ciudad de San Agustín que Pedro Menéndez fundó y que hoy, 450 años después, presume de población pionera de la nación estadounidense.
        Por aquello el marino (a quien le resultó imposible leer la coña de Quevedo de que «más vale ser adelantado de un cachete que de Castilla» y con la que creo que nunca hubiera estado de acuerdo) luce, aquí y allí, en piedra y en bronce, el título de Adelantado de La Florida.
        Tela marinera.

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La Cámara, es calle principal
Alberto del Río Legazpi 13-09-2015 | 8:20 | 1

(Debe su nombre a una fuente medieval y tiene gloriosos tramos de música arquitectónica que contrasta con su final desentonado).
          Entre las más de media docena de calles que parten de la plaza de España de Avilés o El Parche (la ‘chapuza’ más artística de Europa, junto con la italiana Torre de Pisa), hay dos de ellas, que comienzan descendiendo con premura.
        Una de ellas es La Cámara, columna vertebral del Avilés más reciente que inició el despegue hacia el progreso en el siglo XIX. En su momento fue un elegante resbalón modernista hacia el futuro.
       Ese deslizamiento generó una avenida que selló la unión entre la Villa y Sabugo, una vez desaparecido el puente que comunicaba ambos lugares, al soterrar el río Tuluergo que atravesaba la población desde el parque del Retiro (actualmente conocido como Las Meanas) hasta su desembocadura en la Ría, al final de la hoy calle de La Muralla, donde estuvieron ubicados durante siglos los muelles del histórico puerto de Avilés.
       Anteriormente, en 1818, se había derribado la muralla defensiva de la Villa (episodio aparte), con argumento tan retorcido que da pie a pensar en grandioso pelotazo urbanístico.
       Pero el caso es que fue así como nació el Avilés moderno, articulado por esta calle que debe su nombre a la antiquísima fuente –ubicada en inmediaciones de Cabruñana y San Bernardo– conocida como la de La Cámara, ya que sus dos caños estaban situados en una cámara o depósito de piedra.
       En esta zona está plantado, desde 1857, el destacado palacio de Maqua, hoy propiedad municipal y en venta.
       Un poco mas abajo, La Cámara comienza a llanear al tiempo que lanza hacia la derecha a la calle de La Muralla y hacia el lado contrario a la del Dr. Graiño, ambas repartiendo comercio y zonas verdes en El Muelle (el que empezó siendo un Bombé) y  Las Meanas.
       También, en su camino, surgió ese milagro rectangular de galerías acristaladas que acoge al mercado, privilegio otorgado por los Reyes Católicos, al haberse esfumado –por incendio– cerca del 70% del Avilés del siglo XV.
       Más adelante, llama la atención la espectacular casa del indiano Eladio Muñiz, una esquina de lujo apoteósico que hace La Cámara con la calle Cuba.       
       Tuvo que pasar su tiempo para que derribaran el cementerio (donde hoy se alza el grupo escolar de Sabugo) y algún edificio colindante. Pero sobre todo el convento de La Merced (demolido en 1895), que ocupaba un solar por donde hoy transcurre la calle y está plantada la nueva (1903) y neogótica iglesia de Sabugo.
       Y así, fueron asentándose y casando las piezas, bien que mal. Es el caso de la iglesia nueva de Sabugo que algunos criticaron, entonces, que se construyese dándole la espalda al barrio. Esta ‘traición’ se ve hoy como una visión de futuro, ya que su vistosa portada miraba hacia aquella calle de La Cámara que avanzaba imparable, transformando la ciudad, hacia el templo.
       E incluso sobrepasarlo. Porque a mediados del siglo XX, cuando Avilés explotó –demográfica, social y económicamente hablando– con la construcción de ENSIDESA y otras grandes empresas, la calle se fue prolongando, siendo alcalde Fernando Suárez del Villar, a partir de la iglesia, pero sin pizca de gracia arquitectónica.
       Hubo en esta zona –y en pocos metros cuadrados– ‘multitud’ de locales destinados al ocio, cosa que llama la atención. Y es episodio aparte. Al igual que las barbaridades urbanísticas cometidas en La Cámara, capítulo que, también, toca otro día.
        Y además esta calle comercial tiene una extraña singularidad y es el porrón de establecimientos del mismo gremio que se apelotonan en un tramo de unos 130 metros: seis ópticas y seis perfumerías (algunas de éstas de considerable tamaño).
       Cosa insólita, aparente despropósito mercantil para una ciudad pequeña, que da que pensar. ¿Será Avilés tan celosa de su olfato y vista? O que los avilesinos son extremadamente cuidadosos con su higiene personal (jabones y perfumes) y tan dados a la cosa cultural o como para generar vista cansada, a millares, por lectura ¿o más bien por pantallas televisivas o de teléfonos móviles? Escrito está que el WhatsApp –nueva lengua sin voz– genera en el personal dioptrías ‘asgaya’.
       Esta calle –que bien podría llamarse Gran Vía de la Dioptría Perfumada– es también una suerte de termómetro político. En función de circunstancias históricas, llevó el nombre de García San Miguel (segundo marqués de Teverga), de José Manuel Pedregal y del Generalísimo Franco, para terminar regresando –en 1979 y siendo alcalde Manuel Ponga– a su histórico nombre: La Cámara.
       En sus dos tercios primeros, bajada y llano (y exceptuando tres esquinas desgraciadas) es calle decimonónica, lúcida, lucida y finolis ‘ma non troppo’. Luego, con la reciente y deslucida prolongación la calle sube presto pero decae con desgana y finaliza desafinada arquitectónicamente hablando.
       Y así, gloriosa en sus dos terceras partes, pero desentonada en el tercio final, transcurre la sinfonía urbana de esta orquesta de Cámara. Quiero decir de La Cámara.
       Lo que son las cosas.
(Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 28 de noviembre de 2011)

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La sorprendente variedad del arte gótico en la Villa de Avilés
Alberto del Río Legazpi 06-09-2015 | 8:31 | 1

(En estado sólido existen distintas muestras de gótico en un palacio y, sobre todo, en edificios de culto religioso. No hay gótico líquido por más que alguien haya querido establecer tal categoría en el histórico río Tuluergo, hoy subterráneo y reconvertido en alcantarilla. Y, en estado gaseoso se encuentra el gótico industrial que aquí hubo, hasta que fue volado).

         La historia del arte tiene unas cadencias que se van cumpliendo y agotando. Como la vida misma.

          En los siglos XII y XIII, en Europa central, allá por tierra de godos, allá por tierra extranjera, cumpliendo esta ley de las cadencias artísticas cambiaron la moda arquitectónica y pasaron del románico al gótico.

          Surgieron edificios que pasaron de tener arcos de medio punto (los de la media circunferencia, que diría Gila) a tenerlos apuntados. O góticos.

          En los templos el cambio fue espectacular, surgiendo catedrales de afiladas torres como intentando tocar el cielo para acercarse lo más posible a la divinidad, cuyos principios eran predicados en sus interiores a muchedumbres de creyentes, en espacios de grandes vanos y gigantescas cristaleras que permitían maravillosas entradas de luz. Todo lo contrario de la, hasta entonces, dominante arquitectura románica de pequeños templos, oscuros y bajos.

          De la introversión del románico, se pasó a la extroversión gótica. Como si de una película de Bergman pasaras a una de Woody Allen, o algo así.

          Fue por aquel entonces medieval –cuando la estaba palmando el románico para que naciese el gótico– que esta Villa de Avilés consagró sus principales templos a santos foráneos: El inglés Tomás de Canterbury, el italiano Francisco de Asís y Nicolás de Bari, santo oriental emigrado a Italia.

          Eran consecuencias del cosmopolitismo del que gozaban los puertos comerciales como el de Avilés que fue el más importante, durante un tiempo considerable, del norte atlántico español. Recibíamos universalismo vía marítima. Por aquí entraban sedas de York y también ideas –aparte de vinos franceses– con añadidos noticiosos de vanguardismos europeos.

          Las primeras grandes manifestaciones del gótico se dieron fuera de la ciudadela amurallada. Concretamente en la portada norte del convento de San Francisco del Monte (hoy parroquia de San Nicolás de Bari) y en la principal de la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (Sabugo vieja). Era un románico tardío, o un gótico tempranero, era el protogótico. Andábamos, entonces, por el siglo XIII.

          Del considerado gótico puro, por así decir, las muestras estaban dentro de las murallas y en La Ferrería, entonces, calle mayor de la Villa. De aquella, conservamos dos capillas, la de Pedro Solís y la de la familia de Las Alas. Así como la espléndida casa de Valdecarzana, único ejemplo que del siglo XIV nos queda en Asturias de vivienda de un rico comerciante, una evidencia de que no solamente los nobles tenían mansiones grandiosas. Aunque sea excepción que confirma la regla.

          La capilla de Pedro Solís, hoy integrada en la iglesia de los Franciscanos, responde a un gótico clásico de finales del siglo XV. Sin embargo la de los Alas, con unos ciento cincuenta años menos, es independiente del templo (aunque hoy se presenten unidos exteriormente) y la más destacada por su original edificación y elegante traza, hoy disfrazada de patio de luces.

         Al igual que Valdecarzana, se trata de edificios cúbicos. Y en ambos concurre también la teoría, mantenida por algunos, de que sus ideas constructivas son fruto de la información que atracaba en el puerto de la Villa. Según ésta hipótesis –con visos de ser muy cierta– la modernidad viajó en barco, desde Francia hasta aquí para traer la moda arquitectónica que hizo posibles este palacio y aquella capilla.

          Del gótico flamígero se conserva la espectacular tumba de un Alas (como no) en la actual parroquia de San Nicolás de Bari.

          Pero la espectacularidad, la voluntad gótica de verticalidad, con torres de 47 metros de altura, no llega hasta principios del siglo XX, con la nueva iglesia de Santo Tomás de Canterbury (Sabugo nueva). Y también unos cuantos edificios de entonces, en calles céntricas, responden a ese gótico resucitado o neogótico.

          A mitad de dicho siglo se construyó, en la margen derecha de la Ría, una enorme siderúrgica (20.000 trabajadores en su época de esplendor) con cuatro hornos altos. Puro gótico industrial. Apenas duró cincuenta años, ya que fue destruido cuando achuchó la crisis de turno. No quedó en pie ni una muestra de este gótico industrial, que es el mayor símbolo de una etapa crucial de la historia avilesina. Un ejercicio de ignorancia y de falta de visión de la jugada que pone al descubierto el desconocimiento del poder socio-político sobre la riqueza potencial del patrimonio industrial.

        Excepto este ejemplo de gótico gaseoso y ante la ausencia de gótico líquido (aquí y en Lima), lo que queda hoy plantado por Avilés es gótico en estado sólido, de toda clase de épocas, latitudes y  longitudes, que -como se ha visto- es mayormente un gótico de a Dios gracias.

(Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 28 de agosto de 2011)

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta