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Fecha: octubre, 2015
Azúcar en Villalegre, La Habana y Madrid
Alberto del Río Legazpi 25-10-2015 | 11:22 | 0

(Miguel Díaz Álvarez nació en Villalegre (Avilés), emigró a Cuba donde llegó a ser el penúltimo alcalde español de La Habana y vuelto a España gestionó con enorme éxito la Azucarera de Madrid).

            Frente a los andenes de la estación de ferrocarril de Villalegre, al otro lado de las vías, una enorme chimenea –sin humo del que presumir– tiene esculpido: 1898. Es el año de inauguración de la Azucarera de Villalegre, símbolo del pasado industrial del Avilés de entre siglos XIX y XX, forjado mayormente al calor del capital de los indianos procedentes de Cuba.

           Año en el que terminó la presencia española en América, al haber conquistado Cuba su independencia, marcando así el fin del imperio español que había comenzado en el siglo XV con el descubrimiento del continente americano.

           Pues en ese histórico 1898 era alcalde de La Habana Miguel Díaz Álvarez, nacido en Villalegre (Avilés) el 10 de junio de 1858, y bautizado en la parroquia de Molleda, al no disponer la primera localidad de iglesia (no la tendría hasta 1941). Por su partida de bautismo, que Ramón Baragaño publicó en este periódico, sabemos que sus padres fueron Clemente Díaz y Josefa Álvarez, campesinos «que se ayudaban a vivir con la administración de un parador o venta» según tiene escrito el gran enciclopedista Constantino Suárez ‘Españolito’. No me resisto a volver a dar los nombres (por si ello abriera algo más de luz sobre este destacado personaje) de los abuelos del recién nacido Miguel. Los paternos fueron Domingo Díaz y Bernarda Mortera y los maternos José Álvarez y Tomasa Menéndez. Los padrinos del bautizo, su abuela Bernarda Mortera y su tío Manuel Pantiga.

           Como tantos miles, Miguel Díaz Álvarez, emigró a Cuba en 1872. Pero siendo un rapacín de 14 años. Manca ¿eh?

           Trabajó aquí y allá hasta crear, con tiempo y trabajo, una empresa de transportes, entonces de tracción animal. Y se enriqueció. Y se metió en política (Unión Constitucionalista, embrión del Partido Liberal). Y se fue a la guerra, llegando a alcanzar el grado de coronel luchando contra los independentistas cubanos.

           Y así, entre esto y aquello, llegó a ser concejal del Ayuntamiento de La Habana  en 1889, hasta que el 1 de febrero de 1897 fue nombrado, para sorpresa de quienes no lo conocían, Alcalde de la capital cubana.

           Contaba entonces con 39 años de edad y asombró, incluso a los que lo conocían, con una brillante gestión municipal sobre todo en materias de higiene y urbanismo. Fue como una centella que encontró vacías las arcas municipales y cuando cesó en el cargo (un año y quince días después) tenían 40.000 pesos en oro y los sueldos de todos los empleados puestos al día, algo históricamente inusual.

Villalegre, hace 100 años.

           El diario ‘ABC’ de Madrid, en un artículo (13 febrero 1931), sostiene que fue el último alcalde español de La Habana, pero consultada la lista de mandatarios de la institución municipal cubana, aparece como penúltimo ya que fue sucedido por Pedro Esteban González-Larrinaga, marqués de Esteban, antes de la entrega del poder a los independentistas ‘avalados’ por el ejército norteamericano.

           Del colonialismo español, Cuba pasó directamente al imperialismo yanqui, después al capitalismo salvaje, hasta que llegó Fidel y mandó ‘a parar’ con el comunismo que estos días –con Obama maniobrando en los Estados Unidos– parece que se descafeína.  

           Miguel Díaz regresó a España, siguió en política, fue senador y en 1903 le ofrecieron dirigir una gran empresa, con sones entre cubanos y chulapos: La Azucarera de Madrid.

           El avilesino, de «conducta honesta adornada con un carácter afable y acogedor» llega a la localidad madrileña de Arganda del Rey, donde se levantaba –en situación ruinosa– la factoría azucarera y en poco tiempo le dio la vuelta convirtiéndola (cuenta la prensa de la época y cantan las cifras empresariales) en una explotación modelo, con 28 Km. de fincas con plantaciones de remolacha a lo largo de la ribera del Jarama,  que dio trabajo a 1.600 personas, llegando a más de 3.000 en temporada de recolección.

           Miguel Díaz Álvarez murió, en Madrid en 1928, a los 70 años. Su bastón de alcalde de La Habana está depositado, según dejó ordenado, en el Tesoro de la basílica de Covadonga.

           Un respeto.

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La Escuela de Artes y Oficios
Alberto del Río Legazpi 18-10-2015 | 11:21 | 0

(Esta institución avilesina fundada en 1878 es, hoy, uno de los referentes históricos de la formación profesional).
            Recuerdo aquel chascarrillo de una editorial española que se planteó eliminar a uno de los tres hermanos Karamazov para que la novela de Dostoievski fuera más breve y por tanto más barata, o sea un producto más rentable pues abreviando el contenido se economizaba el continente. Y encima lo justificaba moralmente porque, decía, era por dar más facilidades para el acceso a la cultura de los más humildes
            A este tipo de afiladas y encoñadas anécdotas era muy dado el poeta, memorialista, editor y senador español Carlos Barral con quien estuve dándole al pinrel por el casco histórico, el último día de marzo de 1982 y en el que aún quedándose sorprendido por el despliegue arquitectónico que observó desde –y en– la plaza de Álvarez Acebal de las calles Galiana y San Francisco, palacio de Balsera, claustro de San Nicolás… lo que dejó asombrado al intelectual catalán fue la Escuela de Artes y Oficios, y no por la desmesura arquitectónica del edificio -que también- sino por los datos que vio y que demostraban el potencial cultural popular que la Villa avilesina tenía ya de antiguo. Y es que llama la atención, de cualquiera, cosas como las de aquella Academia Filarmónica (El Liceo) de Avilés fundada en 1840, dos años después de haberse constituido la de Madrid y tres años después de hacerlo la de Barcelona, Valencia y Granada. Choca mucho que una pequeña villa asturiana –rondaba entonces los 8.000 habitantes– se pusiera en paralelo, en cuanto a formación musical, con las principales ciudades de España.
            La Sociedad Protectora de Artes y Oficios nació en ese clima de impulso. Lo hizo a instancia de un grupo de avilesino en 1878 –año en que se terminó la construcción de la plaza Nueva, hoy de Hnos. Orbón, pero siempre plaza del Mercado– y fue constituida con impulso económico municipal, para proporcionar un nivel básico de conocimientos a las clases medias y bajas.
            Comenzó a funcionar en 1879 en el antiguo Convento de San Francisco, entonces un cajón de sastre que acogía a sociedades de todo tipo. Fueron, este convento y el de La Merced durante el tiempo que estuvieron desacralizados, edificios multiusos con una mezcolanza de actividades y activos digna del Macondo de los ‘Cien años de soledad’ de Gabriel García Márquez.
            Su primer director, y hasta 1919, fue Domingo Álvarez Acebal, famoso pedagogo avilesino –un episodio aparte– que da nombre a la plaza donde hoy se levanta la sede de la Escuela, uno de los inmuebles más conocidos de la ciudad,  construido en 1891 siguiendo los planos de Armando Fernández Cueto (autor de otros muy destacados edificios de Avilés) y que antes había sido alumno de la escuela, siendo posteriormente profesor de la misma. Parece de novela pero forma parte de la biografía de este gran tipo (al que LA VOZ DE AVILÉS dedicó un episodio el 2 de febrero de 2014 titulado ‘Armando Fernández Cueto, por sus obras lo conoceréis’).
            La historia de Artes y Oficios fue creciendo en el tiempo como formación profesional y es hoy una de las más destacadas, en su ramo, de la historia pedagógica asturiana. Queda vieja aquella información del semanario avilesino ‘El Vigía’ del 7 de setiembre de 1.889 cuando daba detalles de este tipo «las asignaturas son Principios de Aritmética, Álgebra, Geometría Plana, del Espacio y Trigonometría, de Mecánica, de Física y Química Industrial, Dibujo lineal y de lavado, Higiene y Contabilidad del Obrero (sic)… y a los alumnos se les proporciona, estuche, papel, lapiceros, gomas, cuadernos, con todo lo demás que necesiten para su uso en las clases»
            Aparte de su creciente y constante labor pedagógica, en la Escuela nacieron instituciones como la Banda Municipal de Música en 1891, y además dio cobijo a muchas manifestaciones artísticas y literarias que tuvieron lugar en Avilés a lo largo del siglo XX. Aparte de grandes acontecimientos culturales como la Exposición Nacional de Humoristas, en 1925, o en 1.948 la conmemoración del VII Centenario de la Marina de Castilla con una Exposición Nacional del Mar con obra de artistas plásticos de mucho relieve.
            También fue hospitalaria la Escuela. Acogió desde 1928 a 1934 a profesores y alumnos del primer e histórico Instituto de Enseñanza Media avilesino ’Carreño Miranda’ que estaba a la espera de que le construyeran edificio propio (que es el hoy ocupado por el Colegio Público ‘Palacio Valdés’). Y volvería el Carreño Miranda a buscar refugio en Artes y Oficios durante la Guerra Civil cuando convirtieron el Instituto en Hospital de Sangre. Todo esto, hasta que la Escuela resultó alcanzada en un bombardeo de la aviación de Franco.
            Terminada la guerra recuperó enseñanzas y también su vocación de refugio. Por ejemplo la que hoy es Escuela de Maestría Industrial (ubicada hoy en la calle del Marqués), comenzó a funcionar en Artes y Oficios, en 1946, bajo el nombre de Escuela Elemental de Trabajo.
            La hospitalidad. a veces, fue forzada por la autoridad, como cuando en 1908 el alcalde –adelantándose de alguna forma, el hombre, a la famosa Ley Seca de los Estados Unidos de 1920– dictó orden de prisión para numerosos taberneros avilesinos que habían abierto su establecimiento ignorando la ‘ley de descanso dominical’ que había impuesto la primera autoridad municipal. Y como la cárcel de Avilés (actual Oficina de Turismo) era pequeña y la Escuela grande metió el alcalde en sus aulas, y presos, a un buen montón de hosteleros.
            También la autoridad militar, en noviembre de 1934 (resaca de la Revolución de Octubre del 34) impuso que la Escuela se convirtiera en cuartel por unos meses, acogiendo al batallón de Montaña de Estella (Navarra). Fueron 400 hombres los que estuvieron allí alojados.
            Y fueron pasando los años con altibajos hasta celebrar en 1978 su centenario, y a partir de ahí vino un renacimiento, una refundación de la institución, que será un episodio aparte. Baste adelantar que hoy, Artes y Oficios, es un organismo educativo que acoge alumnos que van desde los 4 a los 86 años de edad y cuya media de matriculación durante los últimos cursos es de 900 personas, a las que oferta 42 actividades.
            La de Artes y Oficios es una historia de resistencias. A quienes la dieron por peso pasado les ha demostrado ser un peso pesado.

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Ensaladas onomásticas en algunas calles de Avilés
Alberto del Río Legazpi 11-10-2015 | 11:13 | 2

(Donde se habla de algunas vías públicas céntricas, que destacan por la cantidad de nombres con los que han sido bautizadas a lo largo del tiempo).
        Antes la cosa era generalmente sencilla, como de manual, un producto del sentido común que sigue siendo el menos común de los sentidos.
        Porque si en un lugar había una fuente a la que llamaban La Cámara era por la sencilla razón de que el agua se acumulaba allí en una cámara de piedra, algo destacado y razón suficiente para bautizar así el lugar.
        Y si en otro abundaba, por ejemplo, la flor de saúco al sitio se le llamaba Sauco y ya está, aunque con el tiempo fuese derivando la pronunciación hasta terminar siendo Sabugo.
        Si predominaban los ferreros, pues nada, La Ferrería y santas pascuas.
        Pero a partir del siglo XIX surge la costumbre de denominar a los lugares y a las vías públicas con el nombre de personas. Y por tanto algo que puede ser utilizado para festejar a un personaje de tus simpatías, credo religioso o cuerda ideológica.
        Los criterios que llevan a cambiar los nombres del callejero a veces están justificados, solo a veces.
        En Avilés hay, como en muchas ciudades, algunas calles –las plazas son episodio aparte–han ido cambiando tantas veces su denominación que constituyen hoy verdaderas ensaladas onomásticas.

Calle Palacio Valdés.


        Por ejemplo la calle de La Muralla, antiguamente conocida como Camino de las Aceñas (molinos que trabajan aprovechando la fuerza de las mareas) y que existían en la zona donde hoy está la plaza del Mercado (perdón, porque oficialmente es Hermanos Orbón). El camino iba paralelo al río Tuluergo en cuya desembocadura, lugar que hoy ocupa el parque del Muelle, estaba el Puerto de Avilés, y en 1826 cuando se prolonga el malecón del muelle de dicho puerto hasta lo que hoy es calle La Cámara y en el lugar se plantan álamos, el tránsito pasó a denominarse “Alameda Nueva” (la Alameda Vieja era la actual plaza del Pescado, perdón, porque oficialmente es Santiago López). Pero el 27 de junio 1855, quizá como acto de contrición pública por haberse cargado la muralla medieval que discurría también por este lugar, el Ayuntamiento cambia aquel nombre por el de calle de La Muralla. Más tarde, en 1892, la renombran como calle del Marqués de Teverga, entonces el hombre más rico de Avilés y cuya casa en esta calle hacía esquina con La Cámara. Y pasaron los años hasta que ¿finalmente? el 18 de julio de 1979, la primera Corporación de los Ayuntamientos democráticos, le devolvió el nombre de La Muralla.
        De procedencia más moderna, pues nace a finales del siglo XIX, es la actual calle de Armando Palacio Valdés, en un primer momento llamada ‘Siglo XIX’, un prodigioso ejercicio de imaginación municipal, no me digan. Y eso duró hasta 1934, cuando se la adjudica el nombre de Ocho de Octubre, para festejar que ese fue el día que las tropas del gobierno legal de la República entraron en un Avilés que había estado varios días en manos de los partidarios de la Revolución de Octubre del 34. Dos años más tarde, en 1936, otra Corporación municipal de distinto signo político  cambia aquel nombre por el calle de Luis Sirval, en consideración al periodista asesinado en Oviedo durante la citada Revolución. No le duró mucho el homenaje al escritor valenciano, porque en 1938 cuando las tropas de Franco entraron en el Avilés republicano renombraron a la calle como la de Calvo Sotelo, protomartir de los franquistas. Pero aún hay más, pues en 1945 la primera parte de la calle (en la que estaba asentado el teatro desde 1920) pasa a denominarse como de Armando Palacio Valdés (cuyo nombre había estado algunos años ‘ocupando’ el de la tradicional calle de Galiana). Finalmente, en 1979, se extiende el nombre del escritor a toda la calle hasta su final en la de Las Artes.

Calle de La Cámara.


        No se si todavía me están siguiendo, o aburridos se han ido a dar una vuelta por la calle de La Cámara, de la que ya sabemos el porqué era llamada así antiguamente y que a finales del siglo XIX empezó a convertirse en lo que es hoy, calle mayor y eje comercial de la ciudad. Algo muy apetitoso para endosarle nombre de poderosos políticos locales, comenzando en 1897 por Julián García San Miguel (segundo marqués de Teverga, líder del Partido Liberal y exministro) y siguiendo por José Manuel Pedregal (líder del Partido Reformista y exministro) en1923. Apartir de 1938 la calle llevó el nombre del nuevo Jefe del Estado español, que el encargado de rotular la placa o bien el concejal que supervisó el asunto –en cualquier caso atacado, cualquiera que fuese, por un exceso de celo– convirtió en ‘Generalísimo Franco’, cuando el acuerdo del Ayuntamiento es que se llamara calle ‘General Franco’. Pero le quedó generalísimo –contraviniendo la orden, quede constancia del hecho– hasta 1979 cuando con la primera Corporación de Ayuntamientos democráticos, La Cámara volvió a su origen, tan antiguo como lógico.
        En fin, que los cambios en el callejero han de ser meditados y sopesados, porque aparte de desorientar al personal en general, en particular lo que hacen es causar molestias a vecinos y empresas (generalmente pequeños comerciantes) domiciliadas en ella, que se ven obligadas a corregir tarjetas, carteleras y direcciones de todos los sitios en donde las tienen publicadas. Un coñazo que cuesta dinero.
        Al Ayuntamiento el cambio de placa le viene a salir por cuatro perras, pues no llega a los 300 euros, incluidos desanclaje de la vieja y anclaje de la nueva con clavos de acero punta balística 60.
        Pecatta minuta para un organismo donde, generalmente, la inspiración hace tiempo que se convirtió en un artículo perseguible de oficio.

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Relato de los relojes colocados en El Parche
Alberto del Río Legazpi 04-10-2015 | 11:10 | 1

(La historia de los relojes públicos de Avilés empezando por los que hubo, y hay, en la plaza de España -también conocida como El Parche- tiene ribetes literarios)
            Antes, y mucho antes de antes, el reloj público dirigía la vida en las poblaciones importantes. Gobernaba el tiempo, fijando horas de laborar, orar, manducar y soñar. Y en cuanto el invento  tuvo sonido, sus campanadas alertaban de la fugaz breve­dad de las horas, o de la insoporta­ble lentitud de las esperas.
            Era signo de modernidad, un avance en la vida ciudadana, por eso Avilés –por entonces segunda población de Asturias– en cuanto pudo se hizo con uno, y ocurrió en la segunda mitad del siglo XVII, ignorándose fecha exacta. Lo único cierto es que en 1673 consta que ya existía uno en la Villa.
            La enorme maquinaria mecánica había sido instalada en una vieja torre de adobe cuyo piso bajo era una de las cinco puertas (hoy coincidente con el inicio de la calle de La Fruta) que la muralla tenía para entrar a la población y que, por este hecho, le quedó el nombre de ‘Puerta del Reloj’.
            Pero el aparato pesaba como un condenado y la torre de adobe empezó a agrietarse peligrosamente. Así que hubo que desmontar y trasladar, en 1713, todo el tinglado (esfera, enormes pesas, contrapresas, jaula y campana) a otra torre de piedra, llamada Álcazar de la Villa situada al lado de otra de las puertas de la muralla, coincidente con el actual inicio de la calle de la Ferrería.
            En la torre del Alcázar estuvo éste primer reloj de Avilés desde 1713 hasta 1821, encarado hacia el interior de la Villa. En 1763 se le añadió la manilla para que marcara los minutos, pues hasta entonces solo daba cuenta de las horas.
            También estuvo perseguido por sucesos como el del 27 de noviembre de 1770, cuando fue alcanzado por un rayo que ocasionó graves daños en el ingenio relojero aunque «y bendito sea Dios Nuestro Señor no izo daño la zentella a ninguna persona» dejó escrito el escribano.
            Otro fue el del 1 de noviembre de 1755, cuando el reloj no solo perdió la compostura sino que demenció mecánicamente, dando campanadas, no diré sin ton ni son, pero si a lo loco, a consecuencia de los temblores ocasionados por un violento terremoto (que afectó a la mayoría del continente europeo) que ocasionó serios desajustes en la maquinaria.
            En 1821 se derriba la torre del Alcázar, donde reinaba el reloj, y hubo que buscarle otro acomodo, y rápido pues Avilés no podía quedar sin saber la hora en que vivía. Fue elegida, después de mucha discusión, la torre del convento de San Francisco (hoy San Nicolás de Bari). El traslado fue un desastre y entre unas cosas y otras, en 1827, el reloj empezó a dar la diez de últimas. Señalaba horas inexactas y la campana sonaba cuando le apetecía. Un sin vivir ciudadano.
            El segundo reloj llega en 1837 cuando se levanta, por suscripción popular –y mucha ayuda de los emigrantes avilesinos en Cuba, de ahí el adorno de una carabela–, una torre en el tejado del Ayuntamiento para alojar maquinaria, jaula y campana así como un frontispicio triangular donde se asienta el nuevo reloj (donado por Benito Maqua), que fabricado en Bélgica fue trasladado a Avilés por vía marítima. Estuvo dando la hora, y su carillón tocando (a las 12 del mediodía y hubo un tiempo que también las 12 de la noche) el conocido estribillo local de ‘Calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailes de San Francisco’, hasta que el 15 de octubre de 1937, en plena Guerra Civil, fue afectado el conjunto relojero (excepto la maquinaria) por un bombardeo de la aviación de Franco, pues Avilés había permanecido leal al poder legal o sea la República.
            Terminada la guerra y recompuestos los daños en el edificio, se colocó un nuevo reloj de esfera luminosa inaugurado con las campanadas de Año Nuevo de 1944, que ante un inesperado fallo del automatismo tuvieron que ser dadas a martillazos por un conserje municipal.
            La esfera no gustó a los munícipes y se cambió por otra más clara, por acuerdo en sesión plenaria del 25 de enero de 1944 donde el alcalde Román Suárez–Puerta informó de la reposición de todo el complejo relojero incluido el carillón que seguiría reproduciendo la canción popular ‘Calle la del Rivero’, dato que en el libro de sesiones viene (algo inusual en un libro de Actas municipal) ilustrado con letra y música, reflejada ésta en un pentagrama.
            Pero el carillón sonó un tiempo, paró y nunca más se supo. El último maestro relojero tradicional que tuvo el Ayuntamiento (antes de que ‘informatizaran’ el reloj ‘injertándole’, en 2008, un mecanismo electromecánico y se abandonara su histórica maquinaria), fue Juan Ramón Ruiz Rodríguez quien recuerda que el mecanismo sonajero estaba hecho unos zorros. Y aunque luego, en 2009, parece que el Ayuntamiento lo arregló y un concejal prometió ponerlo en marcha, seguimos sin música.
            Total, que hoy en El Parche (o plaza de España) solo quedan dos relojes, éste de la torre y el reloj de sol, que hay en la esquina derecha del palacio municipal desde la inauguración del edificio en 1677.  Se trata de una pizarra rectangular con un estilete que marca la hora solar, y que en 2001 por accidente rompió, instalándose otro al año siguiente, construido con piedra de la cantera de Lugo de Llanera.
            Del resto de los relojes colocados en edificios de Avilés –un episodio aparte– buena parte de ellos están (a fecha de hoy) misteriosamente parados, por lo que solo dan dos veces al día la hora exacta.
            Y aunque en esto del tiempo todo sea relativo, la cosa da que pensar.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta