El Comercio
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Fecha: diciembre, 2015
Navidades de economato y tranvía
Alberto del Río Legazpi 27-12-2015 | 11:18 | 8

(Donde se habla de aquellas Navidades en las que palmó el tranvía eléctrico, hoy tan añorado como transporte público, y nacieron los economatos que tanto beneficiaron a los trabajadores, pero a la vez  frenaron el desarrollo y futuro de la industria del comercio avilesino).
      La Navidad, como la Semana Santa y el día del plazo final de la Declaración de la Renta pesan cada vez más, quizás porque se nos convierten en aburridos mojones que sacralizan la repetición.
      Pero así vamos tirando. Y así tiro yo hoy de la historia reciente –ocurrida en tiempos navideños– para darle protagonismo a dos acontecimientos: uno, en 1955, cuando llegaron los economatos y de paso arruinaron el comercio de Avilés. Y el otro, el último día del año 1960, cuando el tranvía eléctrico cesó en sus servicios como transporte público comarcal y sus vías se borraron del paisaje.
      Eran aquellas unas navidades con música de fondo de la cansina cantinela de  los niños de San Ildefonso sobre la lotería nacional que nunca nos tocaba a nosotros. Eran fiestas sin mucho colorín externo, pero de mucho calorín en la cocina, con la mamá atizándola de carbón y mucha charla de casos y cosas de familia y amigos. No eran como las de ahora suculentas y como de plástico; aquellas estaban ausentes de mensajes de WhatsApp y los villancicos se cantaban en las casas, no eran reclamos comerciales callejeros. Eran unas navidades distintas.
      En las de 1955, la Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) abrió en los bajos de los soportales de la plaza Mayor de su Poblado de Llaranes los primeros economatos para sus trabajadores (o ‘productores’ en la jerga de la empresa). Entonces el poder adquisitivo era ridículo y los artículos que se vendían en el economato venían rebajados de una forma, digamos que, milagrosa al no quedarse la empresa con la tradicional ganancia comercial.
      Aquello fue la repera para los trabajadores (o sea para los productores) pero una catástrofe para el comercio tradicional. Y además echaba el freno para el futuro desarrollo de ésta industria en Avilés. ¿Cómo competir con los economatos que vendían el mismo artículo por un 25 o 30% menos del precio?

Mural de Echanove en Economato Llaranes.


      Tal fue el éxito –colas multitudinarias– que hubo que construir un edificio ex profeso, inaugurado en agosto de 1962, para atender al público en el despacho de artículos de todo tipo, desde productos alimenticios a tejidos y desde congelados a calzados. El nuevo e impecable inmueble –diseñado por los arquitectos Cárdenas y Goicoechea, los mismos que habían trazado el poblado– fue al instante uno de los edificios más conocidos y frecuentados de Avilés, donde todavía no había grandes superficies. Y hasta Llaranes peregrinaba media comarca avilesina que salía del economato, vestida, calzada y cargada hasta el gorro de artículos domésticos.
      Hubo que abrir más sucursales en La Marzaniella (Trasona), poblado de La Luz y en el mismísimo centro de Avilés, en la calle La Cámara.
      Pero el colmo fue que en un monumental edificio de la Edad Media, como el palacio de Valdecarzana, se instaló un economato para trabajadores Portuarios. También lo tenían los trabajadores de Cristalería (hoy Saint Gobain) y ENDASA (hoy ALCOA).
      Había economatos hasta en la sopa, y con ellos no podía competir el comercio tradicional que vio frenado bruscamente su desarrollo que debía haber ido en paralelo con el gigantesco aumento de población que sufría Avilés, que de 38.647 habitantes en 1956 pasó a 85.299 en 1975.
      El periodista y escritor Toni Fidalgo, en un excelente trabajo titulado ‘La teoría de las dos ciudades’ –publicado en el libro coral ‘Avilés XX, el siglo que vivimos’ (editado por la Fundación Sabugo)– escribe que «No sirvieron de nada las protestas de la Cámara de Comercio, la denuncia de la posición de dominio o de competencia des­leal para el comercio minoritario. Una vez más se impuso la decisión política y el abuso de poder. Y los establecimientos tradicionales de la villa, aquellos que subieron con le­gítimo orgullo a las coplas de principios de siglo, languidecieron, cerraron o no renovaron. Pocos años después, Avilés, la tercera ciudad de la región, tenía menos tiendas que Villaviciosa, Luarca o Llanes. A juicio de los estudiosos del sector eran además ‘pequeños comercios familiares, con una escasísima oferta especializada’».
      Todavía hoy se dejan sentir las secuelas de aquello.
      Y tan llamativo como el nacimiento de los economatos fue la muerte de los tranvías eléctricos que hicieron su último recorrido el 31 de diciembre de 1960 dando paso a los autobuses urbanos. Ni pizca de comparación, casi todos los que conocieron el tranvía lo añoran. En las ciudades europeas ha sido resucitado como transporte público cómodo y no contaminante.
      Se había puesto en marcha el 20 de febrero de 1921, llegando a cubrir el trayecto Piedras Blancas–Avilés–Villalegre con un trazado de vía de que rondaba los 15 Km. en el que invertía, aproximadamente, una hora y media.

Tranvía en la calle La Cámara.


      Socialmente el tranvía fue un triunfo histórico en las comunicaciones comarcales, inexistentes hasta entonces. Aparte de  facilitar el desplazamiento de trabajadores, con tarifa especial, a San Juan y Arnao. Y también para los aficionados al fútbol que acudían al estadio –con tribunas de madera– de Las Arobias, en la carretera de San Juan, donde jugaba el Real Stadium de Avilés contra sus rivales.
      El tranvía también hizo posible un notable aumento ciudadano, en temporada veraniega, en las playas de San Juan y Salinas.
      En fin. Que fueron Navidades que cruzaron por la historia de Avilés allá por la década de los cincuenta, cuando el pollo era el rey de las tradicionales cenas de Nochebuena y Nochevieja. Cuando no había Papá Noel, solamente Reyes Magos. Aunque para los hijos de los miles de papás que trabajaban en ENSIDESA los Reyes dejaban miles de juguetes, el 6 de enero, en la plaza Mayor del poblado de Llaranes. Una explosión de alegría.
      Por entonces circulaba el dicho «El que vale, vale, y el que no pa ENSIDESA» y otro, que remataba la faena con «Dios creó a Adán y colocólo en ENSIDESA».
      Inventados por cachondos o quizá por despechados al no poder conseguir ingresar en aquella mastodóntica empresa, que llegó a tener en sus mejores tiempos 20.000 empleados y que originó, en Avilés, la mayor transformación de su Historia. De momento.
 

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Un alcalde de cine
Alberto del Río Legazpi 20-12-2015 | 11:13 | 1

(José Antonio Rodríguez Fernández, alcalde avilesino que en 5 meses y 4 días realizó una gestión municipal de película).
            En el año 1924 tuvo lugar en Avilés un grandioso desparrame municipal. Eran tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera y de su ordeno y mando y urnas secuestradas, salieron, nada menos, que cuatro alcaldes.
            Uno de ellos fue José Antonio Rodríguez Fernández, quien da nombre –desde 1965– a la calle que une las de José Cueto y El Quirinal, a la altura del estadio de fútbol llamado ‘de Román Suárez–Puerta’ cuñado de José Antonio, por cierto.
            Nació en el barrio de La Magdalena en 1881. Hijo de José Rodríguez Maribona, emigrante en Cuba y regresado a Avilés después de fundar en 1851 en La Habana un comercio, hoy mítico, que bautizó como El Palacio de Cristal, porque aquel año tuvo gran trascendencia mediática un innovador edificio, así llamado, construido en Londres como sede de la Gran Exposición mundial (la primera ‘Expo’ de la historia) y donde en el pabellón español se exhibió una pieza del entonces famoso y cotizado ‘Jamón de Avilés’.
            Aquel hijo de José Rodríguez Maribona, o sea José Antonio Rodríguez Fernández, nació destinado a trabajar y a dirigir, posteriormente, El Palacio de Cristal. Y para su gracia se fue a La Habana como emigrante privilegiado, excepción que confirma la regla de la desgracia de miles y miles de jóvenes –muchos de ellos adolescentes– que huían, por mar, de la miseria que reinaba en gran parte de la España de entonces. Avilés fue uno de los principales puertos de partida –grandes fortunas hicieron algunos navieros avilesinos– de ésta diáspora hacia las Américas.
            Y en La Habana trabajó de lo lindo. Y triunfó logrando hacer del Palacio de Cristal una referencia americana en materia de ropa.
Y también escribió con frecuencia, en el histórico periódico cubano ‘El Diario de la Marina’ donde firmaba escondido bajo el nombre de ‘Bartolo’, apodo por el que lo conocían sus muchos amigos que apreciaban en él a un joven triunfante, de carácter extrovertido, miembro de muchas tertulias y también de proyectos relacionados con Avilés, por lo que estaba cantado que presidiese el influyente Círculo Avilesino de La Habana.
            Se convirtió en hombre de mundo. Viajó mucho, pues el negocio se surtía de telares españoles (de Cataluña), franceses, holandeses e ingleses. Aunque más mundo recorrió su primo y codirector del negocio, Servando Ovies Rodríguez, que encontró la muerte, en 1912, a bordo del ‘Titanic’ y cuyo cadáver fue identificado por José Antonio en el cementerio de la ciudad canadiense de Halifax, un mes después del naufragio.
            Tan popular como lo había sido en La Habana lo fue en Avilés, José Antonio Rodríguez, cuando regresó achuchado por la nostalgia, aunque con el riñón bien cubierto, estableciéndose con su esposa Isabel Suárez–Puerta (se habían casado en 1911 y tuvieron cuatro hijos) en una vistosa casa de la calle Rivero, esquina con Libertad.
        En Avilés dejó de escribir, que se sepa, tal como lo había hecho en la prensa de La Habana, pero su personalidad le pedía andar de aquí para allá, actividad constante, así que no fue difícil que fuera propuesto y nombrado alcalde de Avilés, tomando posesión de su car­go el 18 de junio de 1924 y siendo cesa­do el 22 de noviembre del mismo año por, digamos, ‘acoso político’ en el que tuvo mucho que ver Julián Orbón, hombre de tantas iniciativas como de sonadas envidias. El brillante alcalde resultó alcanzado por una granizada de estas últimas, y tenía tantas simpatías ciudadanas que su destitución provocó «una multitudinaria manifes­tación de protesta» según tiene escrito Justo Ureña. Más tarde sería presidente de la Asociación Avilesina de Caridad (beneficencia y educación).
            José Antonio Rodríguez fue junto con varias personas más –en especial el español y estadounidense Ángel Cuesta Lamadrid– muñidor del histórico viaje de una delegación norteamericana a Avilés, todo un episodio aparte. Y también fue el productor (la pagó de su bolsillo) de la primera película aquí rodada; titulada ‘Avilés agosto de 1924’, recoge la visita de autoridades norteamericanas del estado de Florida (USA) y en particular de San Agustín de La Florida, la ciudad más antigua de aquel país, fundada por el marino avilesino Pedro Menéndez en 1565.
            Cedida en 1964, un año antes de su muerte, al Ayuntamiento de Avilés por José Antonio Rodríguez la película fue realizada por Vilaseca y Ledesma, empresa pionera en rodajes (entre ellos algunos para el rey Alfonso XIII) y también en la construcción de locales de exhibición cinematográfica como el famoso Palau del Cinema (o Pathé Palace) de Barcelona.
            Tipo cordial, elegante, imaginativo, José Antonio Rodríguez creo que ha de de figurar en la historia local como primer el alcalde que lanzó a Avilés y comarca como protagonistas de una película. Y por ser, también, coprotagonista en la perfecta maniobra diplomática de establecer relaciones con otra ciudad de la primera potencia mundial, valiéndose de la singladura de un marino avilesino del siglo XVI.
            Un alcalde de cine.

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La Ferrería, una calle con vistas
Alberto del Río Legazpi 13-12-2015 | 11:17 | 0

(Histórica vía urbana de origen medieval que comunica visualmente con edificios y lugares avilesinos de distintas épocas históricas) 


          La Ferrería, que fue el eje urbano del Avilés de la Edad Media, de la moderna e incluso de buena parte de la contemporánea, es una calle histórica, vistosa y con vistas.
          Avilés fue amurallado en su zona más antigua (la contigua al puerto), que era la compuesta fundamentalmente por las calles La Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo. Al núcleo urbano que formaban esas calles se la conocía familiarmente con el nombre de La Villa; luego estaban los arrabales de Rivero, El Carbayedo y el pueblo marinero de Sabugo.

La Ferrería hasta visualiza por duplicado. Ocurre con la calle Jovellanos, que se puede ver 'en directo' o 'en diferido', reflejada en el palacio gótico Valdecarzana.


          Y en La Villa, la calle principal fue La Ferrería. Atravesaba en línea recta la ciudadela amurallada con tal autoridad que de las cinco puertas que tuvo la cerca medieval dos estaban en esta calle (la puerta del Alcazar, que comunicaba con Oviedo y la puerta de la Mar, con acceso al puerto) pero había una más que estaba a golpe de vista desde La Ferrería, me refiero a la puerta de Los Pilares que conducía al puente de San Sebastián (entonces de piedra) paso que llevaba a Gozón y al este de Asturias.
          Todo esto se puede ver hoy en gran parte desde La Ferrería, recreándose en la faena histórica.
          Pero vamos a ver… si es una calle que hasta comunica visualmente los parques de Ferrera y del Muelle. Fíjense y verán que las copas de los árboles son visibles desde tramos intermedios de la calle.
          La Ferrería no solo es importante por lo que significó urbana y socialmente como calle mayor de Avilés al igual que por atesorar los edificios civiles y religiosos más antiguos de la ciudad (palacio de Valdecarzana e Iglesia de San Antonio de Padua). Siendo esto importante, también lo es el afán de ligar que tiene esta calle, que se abre visualmente desde sus construcciones medievales hacia la vanguardia arquitectónica que supone, por ejemplo, la cúpula del complejo diseñado por el arquitecto Oscar Niemeyer. Antes también tuvo dominadas, visualmente, parte de las modernidades siderúrgicas –hoy cenizas de utopía– de ENSIDESA de la que aún queda como testigo, mudo de humos, la chimenea del Sinter.

Entre la iglesia y la calle Los Alfolíes se visualiza el puente de mando de un crucero.


          Todo eso se puede contemplar desde el tramo en cuesta de la calle, donde con un giro de cabeza de 30 grados se recorren 8 siglos en el tiempo.
          También es posible ver, contiguo al ábside de la iglesia, planos parciales de buques anclados en los muelles del puerto.
          En La Ferrería nacen las calles Jovellanos y El Sol y muere la de San Bernardo.
          La de Jovellanos, calle abierta en 1932 (muy reciente para el presente escrito donde la historia se cuenta por siglos) permite que desde La Ferrería se vea no sólo la modernidad de las primeras casas construidas en Llano Ponte, a principios del siglo XX, sino también la plaza de Santiago López (popularmente conocida como ‘plaza del Pescado’) con su aparatoso tinglado de ingeniería urbana (La Pasarela) que combinado con el puente de San Sebastian facilita el acceso peatonal a la otra margen de la Ría donde está emplazado el Centro Niemeyer.

Palacio de Camposagrado desde el final de San Bernardo.


          También, desde La Ferrería y donde desemboca la calle San Bernardo se puede contemplar un lateral de la espectacular fachada sur del palacio de Camposagrado, la joya de la corona del casco histórico avilesino.
          Y que decir de sus extremos (inicio y fin de la calle) donde se puede ver el parque del Muelle por un lado (en parte del cual estuvo, durante siglos, ubicado el puerto avilesino) y por el otro la plaza de España (o ‘El Parche’) corazón del casco histórico local, así como la entrada a la calle Las Alas, a la que por su estrechez algunos visitantes toman por calle de judería.
          Y para complementar la visión de todo lo anterior se puede acudir al centro de interpretación que es el llamado ‘Museo de la Historia Urbana de Avilés’, ubicado en el número 35. De la calle La Ferrería, claro.
          No le den más vueltas, es calle con vistas.

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El Puerto a la puerta
Alberto del Río Legazpi 06-12-2015 | 11:14 | 0

(Un dibujo de Miguel Solís Santos ayuda a ver hasta que punto Avilés y su Puerto estaban unidos y lo  lamentable que sigue siendo su separación, por dos barreras de transportes terrestres y otras dos ferroviarias)
            La historia de Avilés es la historia de su Puerto. Está claro que los primeros pobladores se instalaron al fondo de una ría que ofrecía, a sus frágiles embarcaciones, resguardo en las tempestades.
          Y, siglo a siglo, Avilés fue creciendo según lo hacía su Puerto que estaba a la puerta de casa, para sus habitantes.
            Así quedó reflejado en el famoso mapa del ingeniero militar Francisco Coello, publicado en 1870, un tiempo en el que Avilés comenzaba a cambiar su fisonomía urbana, que le trajo cosas buenas y una mala como fue el hurto que se le hizo a la ciudad –por aquello del progreso, lo que son las cosas– de su fachada marítima al cortarla de un plumazo con un camino de hierro por donde andaría el ferrocarril a partir de 1890. Todavía hoy, en 2015, estamos tratando de arreglar aquel estropicio.
            Basado en aquel plano de Coello, cartógrafo del siglo XIX,  Miguel Solís Santos, artista avilesino del siglo XXI, ha recreado la zona portuaria de aquel 1870. Profesor de Biología, escritor y artista plástico, Miguel Solís es autor de ‘La Hestoria d’Avilés’, la publicación  que más ha contribuido a divulgar la historia local.
          Lo primero que llama la atención de la imagen es el acoplamiento, dicho sea en todos los sentidos, entre Puerto y población.
          Vemos el río Tuluergo que arroyando desde la zona alta de Avilés (Heros) y atravesadas Las Meanas, desembocaba en la Ría. En el delta de ese histórico río, hoy alcantarilla, estuvo desde tanto tiempo, que ni se sabe, el Puerto de Avilés (1).
          Tenía dos muelles (2 y 20) unidos por un puente (17) donde antiguamente ya había estado el ‘Viejo de Sabugo’ que unía la Villa y el pueblo marinero.
            El muelle derecho (2) era el principal, y estaba en terrenos actualmente ocupados por el parque del Muelle y la calle La Muralla.
            El edificio más destacado era el palacio de Camposagrado (3) cuya fachada norte vertía hacia el malecón.
            También podemos apreciar cómo la propiedad de la familia De las Alas (6) con su mansión y fortaleza militar estaban aún protegidas por murallas, aunque estas se habían eliminado en la Villa a comienzos de aquel siglo XIX. En el solar de esta legendaria familia se instalaría más tarde el famoso hotel ‘La Serrana’ y actualmente un edificio de viviendas. También quedan restos de la muralla medieval protegiendo el jardín del palacio de Camposagrado (5), hoy calle Cuesta La Molinera.
          En 1870 ya existía la primera zona de ocio público que tuvo Avilés: El Bombé (4), un paseo con estatuas –que más tarde adornarían el parque del Muelle– y una zona arbolada de juguete.
          A un costado del Puerto se puede ver el más destacado complejo religioso avilesino constituido por la iglesia de San Nicolás de Bari (10) con tres portadas de distintos estilos: románico, gótico y barroco. Y la capilla funeraria de la familia Las Alas (11).
          En el Puerto terminaba La Ferrería (5) que fue la calle mayor medieval. En ella, y adosada al paredón de la campa de la iglesia, estaba la fuente de Los Caños de San Nicolás (8), importante, pues era el primer manantial de agua dulce con el que se encontraban las tripulaciones al desembarcar.
          La calle de La Ferrería pasaba a un costado de la plaza de San Nicolás (12), hoy de Carlos Lobo, antiguo zoco medieval. Por la fecha que hablamos, de 1870, allí estaba la Imprenta Pruneda donde se había editado en 1866 ‘El Eco de Avilés’ la primera publicación periódica de la historia local. Uno de sus principales colaboradores fue el filósofo Estanislao Sánchez-Calvo, que viviría frente a la plaza en uno de los [entonces] edificios (13) más modernos de la calle.
          A La Ferrería, también iba a dar la de San Bernardo (9), que comenzaba en la antigua fuente de La Cámara.
          En el dibujo de Miguel Solís, también se puede apreciar el trayecto de la vía, entonces del Moclín (14) y actualmente de Las Alas. Y la calle del Muelle (19).
          En la parte superior de la imagen se alcanza a ver la entonces llamada Alameda Vieja (15), donde luego se construiría un pabellón para mercado, popularmente conocido como La Pescadería y actualmente principal lugar de paso entre el centro de Avilés y el Centro Niemeyer. También se aprecia el edificio de la antigua cárcel del Partido Judicial, hoy Oficina de Turismo.
          Al clásico puente de piedra San Sebastián (16) le quedaban pocos años de vida, pues lo sustituyeron por otro metálico, de igual  nombre, en 1893.
           El parque del Muelle fue levantado en terrenos de los viejos muelles, como se ve en la imagen (1,2 y 20) y el nuevo Puerto desplazado a la Ría, recién canalizada. La Plaza Nueva o del Mercado, se edificó en el solar numerado como 18, después de ser soterrado el río Tuluergo.
            En fin, que todo esto fue cuando teníamos el Puerto a la puerta de casa.
            Hay quienes sostienen que una imagen vale por mil palabras. Son frases hechas, que mienten tanto como las improvisadas. Es cuestión de puntos de vista, ya que también se puede argumentar que una palabra puede sugerir mil imágenes.
            Pero en esto, como en todo, hay excepciones como es el caso de este episodio donde la imagen de Miguel Solís, vale por todas mis palabras que ustedes están leyendo y que son exactamente novecientas siete, terminación de lotería navideña.
            El premio a la puerta.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta