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Fecha: febrero, 2016
El motín de las campanas
Alberto del Río Legazpi 28-02-2016 | 11:11 | 0

(En 1847 la decisión de desmontar las campanas de la iglesia de San Nicolás de Bari para llevarlas al convento ovetense de Santa Clara, hizo estallar un motín en Avilés que obligó a intervenir al ejército)
          Confieso que tengo pintado un paisaje de tragedia cuando pienso en las historias que rodean a las campanas de Avilés.
          Y conste que a mi me gustan. Sus sonidos me llevan directamente y con alegría o pena a la niñez tanto cuando redoblaban anunciándome fiesta y por tanto pasteles, como cuando el toque de difuntos, machacón lamento de muerte en el aire, me alteraba.

Las llamadas 'Campanas' utilizadas en la cimentación de ENSIDESA.


          Pero han ido quedando, mayormente, marginadas por otras costumbres que han camuflado su música elemental que componía todo un lenguaje difusor de lo religioso (el ángelus, el rosario, la misa, etc.) pero que también se extendía a la vida civil anunciando con determinados toques reuniones de Juntas o los redobles que celebraban alegrías colectivas cuando no tocando arrebato, alerta máxima en caso de fuego o desgracia grande.
          Escribo desde Avilés donde al hablar de campanas hay, necesariamente, que incluir unos terribles artilugios constructivos, conocidos como ‘las campanas’ que sembraron de cemento –y también de desdicha humana– buena parte de la margen derecha de la Ría para poder asentar allí las instalaciones de aquel ingenio siderúrgico llamado ENSIDESA, en los años cincuenta del pasado siglo XX. Un drama reflejado en reciente documental cinematográfico (dirigido por Isaac Bazán y José Valle) que tuvo un éxito rotundo de espectadores.

Iglesia de San Nicolás de Bari.


          Pero en esta mi asociación de campana a tristeza, cuando no a tragedia, quien tiene mayor culpa es la Historia. Y ya no voy a acudir a las crónicas de hechos acontecidos ocasionados por catástrofes como aquella de 1775 cuando un violento terremoto «hizo sonar la campana del reloj de la villa siete veces, sin saber la hora y al cuarto de hora otras siete, amedrentando la población» o la del tsunami que Avilés sufrió, también en el siglo XVIII, cuando –aparte de lo que pasaba en la Ría– en tierra el temblor era tal que «las pesadas campanas de metal de las iglesias de la Villa comenzaran a repicar, provocando momentos de pánico y desconcierto».
          Pero el hecho más grave relacionado con ellas ocurrió en el año de 1847 de aquel siglo XIX quizá el más convulso de la historia española tan abundante en guerras, revueltas, sublevaciones y desórdenes.
          Avilés no fue ajeno al ambiente crispado en toda España y también aquí estallaron dos motines populares. Me referiré al primero conocido como el ‘Motín de las campanas’ y ocurrido en el convento de San Francisco, actual iglesia de San Nicolás de Bari.
          Del convento habían sido expulsados en 1836 los frailes Franciscanos –llevaban en él desde el siglo XIII– en virtud de la controvertida Ley de Exclaustración. Y, sin embargo inexplicablemente, en 1837 las autoridades asturianas autorizan a las monjas Clarisas (que a su vez habían sido expulsadas de su convento de Santa Clara de Oviedo) a utilizar el convento avilesino del que habían sido expulsados los Franciscanos.
          Las monjas permanecieron en Avilés diez años, hasta que en 1847 la autoridad provincial las remueve nuevamente al monasterio ovetense de donde las había obligado a salir. Otra decisión que tal baila.

Serrat a pie de campanario.


          El caso es que la Abadesa de las Clarisas solicitó autorización a la Autori­dad Civil y Eclesiástica de la Provincia para llevarse a Oviedo las dos mayores campanas de la torre. La autorización fue concedida por la autoridad provincial y ahí se armó la de Dios es Cristo.
          El Ayuntamiento, con Francisco Quevedo (no confundir con el famoso escritor) al frente, se niega. Y es que el ambiente entre la ciudadanía estaba electrizado ante lo que consideraban un expolio y una afrenta a Avilés, el hecho de que se llevaran aquellas campanas costeadas además, en su día, por suscripción pública la mayor de ellas (306 Kg. con un diámetro de 80 centí­metros y una altura de 78) y la segunda por la popular Cofradía de San Antonio.
           A cada intento de bajar las mismas de la torre del convento, el lugar se llenaba de avilesinos tratando de evitar la maniobra. Y así una y otra vez.
           Las autoridades provinciales comienzan a perder la paciencia y de nada sirven las negociaciones que quiso entablar el consistorio avilesino utilizando ante la autoridad provincial al influyente marqués de Ferrera. Que si quieres arroz Catalina.
          Total que como quiera que la población ‘amotinada’ impedía –ocupando convento y torre– que se llevaran de Avilés las campanas a la capital, desde ésta la autoridad provincial ordenó la ocupación militar de la villa (acompañado de algunas prohibiciones como reuniones y manifestaciones) entre el 24 y el 28 de febrero, siendo descolgadas las campanas y transportadas a Oviedo.
          El Ayuntamiento fue acusado de complicidad y el alcalde multado y aunque posteriormente se le condonó la multa, en el ambiente quedó una frustración ciudadana que estallaría tres meses más tarde en otra revuelta que ésta si que tuvo un final trágico. Hablo del ‘Motín del maíz’ o ‘Motín de la fame’, un episodio aparte.

Monasterio de San Pelayo de Oviedo, en cuyo jardín está -como adorno- la campana mayor de Avilés.


          ¿Y que fue de las campanas que se llevaron las monjas Clarisas? Sobre esto publicó Agustín Albuerne, franciscano seglar, en LA VOZ DE AVILÉS del 10 de julio de 2007, un articulo donde explica que las monjas que se llevaron de aquí las campanas, las vendieron cuando volvieron a ser expulsadas, nuevamente, de Oviedo y trasladadas a Villaviciosa. Al no poder llevar (por su peso) la campana grande la vendieron (4.662 reales de vellón) en 1880 al monasterio de San Pelayo de Oviedo que la instaló en su campanario hasta que en 1992 fue retirada del mismo y pasó a adornar el jardín ovetense de las monjas Pelayas.
        Historia triste que me remite a Joan Manuel Serrat, de quien en su estancia en Avilés conservo una foto –publicada en ‘Asturias Semanal’– a los pies del campanario de San Nicolás de Bari, el del motín. La foto de Serrat es de tiempos anteriores a su monumental ‘Mediterráneo’, cuando una de sus piezas más sonadas era ‘Canción de madrugada’ (‘Cançó de matinada’) aquella donde canta «Nos lo ha de decir la voz temblorosa y triste de un campanario, un golpe de luz y el grito de una garza que ha despertado».
        Conste que en el centro de Avilés ha resucitado, en parte, el sonido de las campanas desde hace diez años cuando la parroquia de San Nicolás (donde estuvieron las del motín) adquirió tres nuevas.
        De campanas, campaneros y campanarios vamos en Avilés dignificados cuando no damnificados.

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Jardines Históricos de Avilés
Alberto del Río Legazpi 21-02-2016 | 10:22 | 1

El Principado ha incluido a los parques de Ferrera y del Muelle en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, declarándolos Jardines Históricos, y por tanto contarán con protección patrimonial.
          Llegará un día en que los cruceros atracarán al costado de un bosque del siglo XIX, una gran alfombra vegetal que tiene plantados en uno de sus extremos una capilla gótica del siglo XIV y una pequeña iglesia (siglo XII) que se desparrama entre estilos románicos, góticos y barrocos.
          Los pasajeros al bajar a tierra pisarán un prado y  caminarán entre árboles centenarios (tilos, álamos y chopos) y jardines primorosamente trazados; parterres y soportales vegetales con plantas de temporada; estatuas adquiridas en el siglo XIX basadas en motivos mitológicos griegos y que tienen su original correspondiente en el Museo del Louvre; un monumento escultórico dedicado a un marino del siglo XVI, Pedro Menéndez de Avilés, fundador de la hoy considerada, mayormente, ciudad más antigua de los Estados Unidos de América; otra obra escultórica de cerámica multicolor plantada en 2008, así como una sorprendente estatua a una foca que llegó a Avilés en 1951 ¿desnortada? En cualquier caso es un guiño al cosmopolitismo y a la ‘coña marinera’ que supone el hecho de que esté oficializado el homenaje a una foca desde 1956.
          Verán los viajeros un letrero que pone «Parque del Muelle. Jardín Histórico de Asturias» ante un templete musical modernista de mucho postín y a juego, su cúpula, con la de un edificio que tiene casi enfrente y que fue Gran Hotel.
          Los visitantes  llegarán ante una espectacular manzana de viviendas ante la cual se acaba el verde (en el antiguo terreno, que en su día ocupó la plaza de Pedro Menéndez).
          Los folletos les darán tres opciones de entrada al famoso casco antiguo de Avilés: una es frente a ellos y les invita a  acceder por una gran arcada a una de las más originales plazas de España, construida en el siglo XIX, dedicada a mercado, y con un espectacular perímetro rectangular de edificios de galerías y el bajo soportalado con columnas y rejería de hierro fundido.
          Otra es a su derecha por una estrecha calle (La Estación) lleva al medieval barrio marinero de Sabugo donde está la famosa plaza del Carbayo y su iglesia del siglo XIII.
           Y la tercera es a la izquierda por cualquiera de dos empinadas calles (La Fruta y La Ferrería) de origen medieval –separadas por un palacio barroco del siglo XVII– que los llevarán a la plaza de España (o El Parche, actualmente el más artístico entre todos ellos) corazón del casco histórico avilesino.

Fuente y pérgola del Ferrera


          Dos de las calles que parten del Parche, porticadas en el siglo XVII que es un primor, son Galiana y Rivero y entre las dos casi abarcan en un abrazo al Ferrera, monumental parque de uso privado durante siglos, hasta que fue reconvertido de bosque nobiliario en parque público en los años 70 del siglo XX. Una reconquista oficializada por los reyes de España el 19 de mayo de 1976.
          A medida que pasan los años aumenta el valor ocioso y saludable de este parque de grandes praderas, de los llamados ingleses, que en 1998 añadió el jardín francés –que Woody Allen dio a conocer al mundo– más refinado y que es una zona ennoblecida, vegetalmente hablando, situado en la trasera del [hoy hotel de lujo] palacio de Ferrera, el que con dos escudos aristocráticos alcanzó cinco estrellas hoteleras.
          Hay que ver lo que cambió el follaje en treinta años. Revuelta botánica, la del Ferrera. Territorio feliz, donde el tiempo se encapricha y te resbala y se te escurre perdiéndose por la grava de sus sendas. El Ferrera es otro mundo.
          Toda una apasionada revolución verde y social en pleno centro de Avilés, la de éste parque y la de aquel del Muelle –ambos con conexión a Internet a través de wifi municipal– que ahora el Principado de Asturias acaba de considerar como Jardines Históricos con protección patrimonial al igual que en 1955, el Estado español, concedió tal honor a un montón de monumentos y calles avilesinas.
          Al volver al barco los viajeros leerán, en los folletos turísticos, que en su día el pequeño bosque del Muelle –que volverán a atravesar para regresar al barco– fue un parque que cobijó el ocio de multitudes durante muchos años, cuando se quedaba en el parque de Muelle para todo. Luego tuvo tiempos faltos de cariño popular (coincidiendo con la reconquista del Ferrera) y quedó como bala vegetal en la recámara de la urbanización avilesina obligada a esperar años por la desaparición de la barrera (dos vías terrestres y otras dos ferroviarias, más molesta la primera que la segunda) que mantuvo separada a la ciudad de su fachada marítima.
          Ciudad que tiene tres arquitecturas benditas. Una de piedra (lugares, calles, iglesias y palacios de distintos siglos y estilos), otra vegetal (los jardines aquí citados, perecederos y renovables) y la tercera líquida (imparable e impagable) o sea la Ría, que es la razón de ser de la ciudad.
          Pero el caso es que dos Jardines Históricos de Avilés son cinco estrellas vegetales.

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Alfoz de Avilés, aquel invento medieval
Alberto del Río Legazpi 14-02-2016 | 11:16 | 1

Durante casi tres siglos Avilés fue capital del Alfoz que lleva su nombre y que incluía a los concejos de Carreño, Gozón, Castrillón, Illas y Corvera.
         Aquí, la villa de Avilés es el tercer municipio más pequeño de Asturias después de Noreña e Illas, y a pesar de ello posee un jardín de multinacionales –como ningún otro territorio de Asturias tiene– donde brota acero, cristal, aluminio y hasta empresas de tecnología punta en el PEPA, o Parque Empresarial Principado de Asturias.
          En este pequeño concejo avilesino entró todo a calzador –ahora mismo ya no queda suelo industrial– quizá por eso le salieron históricos juanetes como el doloroso final de aquella ENSIDESA (justamente la parte que caía en terrenos del concejo de Avilés) de los cuatro hornos altos y una térmica volados a golpe de goma dos o éste hermoso Niemeyer herido por un estúpido cainismo político.
          Pero a la Villa de Avilés el relumbre le viene de tiempos medievales cuando en sus cercanías, en el lugar de Raíces, el Rey de Asturias Alfonso III construyó el castillo de Gauzón, al lado de la actual Salinas. Se ve que estas tierras castrillonenses han tenido desde antiguo vocación de solaz y recreo pues el castillo, a la par que misión defensiva contra vikingos y musulmanes que pudieran colarse por la Ría a rapiñar, fue lugar de descanso del monarca cuando necesitaba desconectar de su corte en Oviedo.
          Y como del rey abajo ninguno, el poder emanado del castillo de Gauzón dio origen a un Alfoz con ese nombre compuesto por los concejos de Avilés, Castrillón, Corvera, Illas, Gozón y Carreño.
          Pero el caso es que uno de ellos, Avilés, no hacía más que crecer a medida que avanzaban los siglos, desarrollo directamente proporcional al aumento del comercio internacional que le procuraba su puerto tan cercano a Oviedo, capital del reino, y tan seguro y tranquilo como estaba allí al fondo de la Ría poniendo a buen recaudo, de temporales, a los cascarones de madera que eran las embarcaciones de entonces.

Mapa del Alfoz de Avilés y escudos de las poblaciones que lo compusieron. (Infografía de la Revista ‘El Bollo’)


          La Villa siguió aumentando su importancia, incluso una vez jubilada ya la monarquía asturiana. Y tanta fue que el rey de Castilla, Alfonso VI, le concedió a Avilés un Fuero (luego refrendado por Alfonso VII y otros reyes posteriores), signo de calidad ciudadana para aquellos tiempos pues contemplaba derechos impagables, entonces, para los vecinos de la Villa. En definitiva: avecindar oficialmente en Avilés era un privilegio.
          Y así, entre el Fuero y su condición de puerto líder en la costa norte peninsular, se convirtió en una población destacada y reforzada además por el poder tener el alfolí en sus predios. Una realidad tan insoslayable como para que el rey de Castilla –Fernando IV en el año 1309–concediese la capitalidad de aquel extenso Alfoz de Gauzón a «la mi Villa de Abilles» escribe el soberano.
          De esta forma Avilés, concejo que no llegaba a 27 Km2, pasó a controlar a los otros cinco concejos; un territorio de cerca de 300 Km2 en total, con el añadido de ser –el conjunto– el más poblado de la Asturias de entonces.
          En el privilegio (custodiado en el Archivo Municipal de Avilés) de la concesión del Alfoz se especifican las aporta­ciones con que tenía que ‘pechar’ cada territorio a Avilés: 1.200 maravedíes la tierra de Carreño; 660 la de Corvera; 600 Gozón; otros 600 Castrillón y 300 Illas, así como las penas, de considerable cuantía para quienes incumplieran el pago, concluyendo el Rey con la ritual frase de «Et los que non cumplan lo que mando ayan la yra de Dios et la mía por siempre jamas».
          Avilés, como capital del Alfoz, controló las funciones fiscales, judiciales y militares del conjunto de los concejos citados y cuyos habitantes pasaron a su vez a disfrutar de los privilegios, concedidos por el Fuero avilesino lo que no era moco de pavo por entonces pues significaba –entre otros derechos sociales– estar bajo custodia del Rey y por tanto a salvo de los caprichos guerreros de algunos nobles locales (me refiero a los verdaderamente dueños de las propiedades en los concejos que componían el Alfoz) que utilizaban a sus vecinos (siervos) como carne de cañón para sus batallas particulares.
          Los criterios de territorialidad que facilitaba el Alfoz de Avilés, sometiendo zonas extensas a las mismas normas forales, fue una forma de gobier­no que simplificaba y reducía procesos y permitía un mejor control de los recursos.
          Y así pasaron casi tres siglos de una administración más racional, aunque salpicados de arrebatos de poder de algunas poderosas familias de los concejos del Alfoz que consideraban humillante (sentimiento que fueron transmitiendo por herencia a sus descendientes durante generaciones) que la jurisdicción de Avilés se extendiese hasta sus dominios.
Esto, pero sobre todo la decadencia y desgobierno de algunos reyes españoles (la monarquía castellana ya había sido jubilada) hizo que los caciques locales terminaran por hacer valer los intereses que les habían volado en beneficio común y el Alfoz comenzó a entrar en situación 3D (decadencia, desmembración, desaparición).
          La desunión comenzó en 1605 con la ‘independencia’ de Gozón que deja de pertenecer a Avilés y establece su ‘capital’ en Susacasa (cerca de Vioño) y posteriormente en Luanco. Además Gozón al separarse, sin que nadie moviera un dedo, se anexiona Valliniello con lo que de golpe la orilla derecha de la Ría deja de pertenecer a la Villa.
          En 1665, también Carreño se separa del Alfoz y establece su capitalidad en Guimarán y más tarde en Candás.
          Le sigue Corvera en 1670 que establece su gobernación en Cancienes y posteriormente en Nubledo. En 1812 es Castrillón quien se desmembra y, finalmente, en 1818 lo hace Illas que convierte a Callezuela en su centro administrativo.
          El derrumbe no vino solo y así vemos como la salida de Illas del Alfoz medieval coincide con el inicio del derribo de la muralla medieval de Avilés, donde los intereses inmobiliarios presionaban –al efecto– que se las pelaban.
          Y colorín colorado el Alfoz de Avilés así fue acabado, finalizando un formato administrativo de organización territorial mediante el cual un conjunto de diferentes pueblos dependían de otro principal y todos estaban sujetos a una misma ordenación.
          Luego vendría aquello de ‘Comarca’, nueva reordenación administrativa del territorio, sosa ella, sin la chicha del Alfoz. El caso es que en la Comarca no hay un epicentro político claro, no existe un centro que aglutine el poder y distribuya funciones y servicios.
          Recuerdo un chiste sobre un terremoto, que hablaba como desde el Ministerio del Interior se había enviado un telegrama a un lejano puesto de la Guardia Civil con la siguiente orden: «Detectado movimiento sísmico en la comarca. Localicen epicentro» Pasadas unas horas llegaba la respuesta del comandante del puesto: «Movimiento sísmico desarticulado. Epicentro y otros seis más, detenidos».
          En fin.

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Los liberales Suárez–Inclán, de Avilés
Alberto del Río Legazpi 07-02-2016 | 11:15 | 2

(Nacidos en la calle de La Ferrería los ciudadanos Estanislao Suárez–Inclán y tres de sus hijos –Julián, Félix y Pío– se fueron a Madrid a buscar aquello de cambiar el mundo).
          La de La Ferrería, que fue sonada calle mayor medieval, siguió siendo importante hasta la segunda mitad del XIX justo hasta cuando desde la plaza de España comenzaron a levantarse modernos edificios que bajaban hacia Sabugo por la senda que, durante siglos, llevó hasta la fuente de La Cámara.
          Hasta entonces La Ferrería había venido manteniendo su categoría urbana y ciertas singularidades. Una de ellas fue la de varias familias, en el siglo XIX, donde padre e hijos tuvieron destacadas trayectorias. En estos Episodios se tiene escrito de Pantaleón Carreño y sus trece hijos muchos de los cuales dejaron rastro en las ciencias, las letras y la política. O también del artista y profesor Policarpo Soria y de sus cuatro hijos pintores que, a semejanza del padre, fueron excelentes pintores y también enseñantes de arte, aparte de otro que fue músico destacado.
          Pues en la misma calle y siglo, también se dio el caso de Estanislao Suárez–Inclán, que vivió entre Avilés y Madrid (cuando se tardaba días en cubrir dicho trayecto) y de tres de sus hijos que fueron naciendo en Avilés y desperdigándose por el mundo.
          Esta familia habitaba una casa–palacio que ocupaba el solar donde estuvo la de Pedro Solís aquel personaje que financió la construcción del Hospital de Peregrinos de Rivero en el siglo XV. La casa de los Suárez–Inclán (bajo y dos pisos, con escudo nobiliario) construida en el siglo XVII, y actualmente desaparecida, que estaba situada frente al palacio de Valdecarzana, en terrenos más o menos ocupados [hoy] por los edificios de la Cruz Roja y Correos.
          En ella nació, el 7 de mayo de 1822, Estanislao Suárez–Inclán González–Llanos. Hizo sus estudios primarios en Avilés y los de Enseñanza Media y luego Leyes, en Oviedo. Y en la Villa del Adelantado comenzó a trabajar. Y se casó con Cándida González-Villar Jove con la que tuvo seis hijos: Julián, Heliodoro, Félix, Inés, Pío y Estanislao.
          Casi todas las citas sobre Estanislao pintan a una persona inteligente y honrada. De ideas liberales se metió en política y fue diputado provincial en Oviedo y desde 1849 diputado nacional por Avilés en Madrid durante doce legislaturas consecutivas, llegando  más tarde a ser nombrado senador vitalicio.
          Comenzó a tocar poder como Gobernador Civil en Canarias y Cuenca pero cuando llegó a la cima fue en 1883 como ministro de Ultramar, en el gobierno de Posada Herrera. Y como ministro tuvo la decencia  de prohibir el uso del cepo y grilletes como castigo que se imponía a negros y aborígenes de las colonias ultramarinas de Cuba y Puerto Rico y cuya condición de esclavos fue abolida tres años más tarde.
          A él le debe Avilés el impagable proyecto de ley de canalización de su ría, siguiendo planos del ingeniero ovetense Pérez de la Sala, que luego remató –con sus gestiones para la construcción de la Dársena de San Juan de Nieva– el segundo marqués de Teverga, Julián García San Miguel.
          Muere Estanislao, en Avilés, el 19 de septiembre de 1890 y la ciudad le homenajeó en 1896 cambiando la denominación de la calle de La Fruta para dedicárselo. Posteriormente, en 1985, el nombre de Suárez–Inclán se trasladó a una pequeña calle del barrio del Quirinal.

Julián Suárez-Inclán.


          Tres de sus hijos destacaron también en el panorama nacional con un común denominador político: la ideología liberal.
          Julián (Avilés, 1848–Madrid, 1909) eligió la carrera militar alcanzando el grado de general en la guerra de Cuba. Más tarde pidió la excedencia en el ejército para dedicarse a la política, siendo diputado por Pravia en tres legislaturas. Fue autor de once libros entre los que destaca su ‘Tratado de Topografía’ que mereció una medalla de oro en la Expo Universal de Barcelona de 1883 y se convirtió en manual de texto en las Academias Militares. También fue presidente del Centro Asturiano de Madrid y de la Sociedad Geográfica de España.
          Anecdóticamente, un hijastro de Julián Suárez–Inclán  sobrevivió al hundimiento del ‘Titanic’ en el que viajaba con su esposa ya que fueron de los náufragos rescatados por el buque ‘Carpathia’, suerte que no corrió el avilesino Servando Ovies (codirector del Palacio de Cristal de La Habana) que viajaba también en primera clase de aquel enorme trasatlántico cuyo armador había declarado que «Ni Dios podrá hundir este barco».
          Otro hijo de Estanislao –y de mucho recorrido– fue Félix Suárez–Inclán (Avilés, 1854–Madrid 1939). Político del Partido Liberal con el que participará durante 37 años en sucesivas legislaturas llegando, con el tiempo, a ser vicepresidente del Congreso de los Diputados.

Félix Suárez-Inclán.


          Félix fue ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas (creo que todas las carteras en el mismo paquete, dicho sea con perdón) en 1902. Y también ministro de Hacienda y en dos ocasiones; la primera del 31 de diciembre de 1912 al 9 del mismo mes de 1915, en el Gobierno presidido por Romanones. Y la segunda en contados días de septiembre de 1923, pues ese mes un golpe de Estado del capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, proclamó una Dictadura en España que duraría siete años.
          El tercer hijo del patriarca Estanislao que anduvo dando guerra fue Pío Suárez–Inclán (Avilés 1860–Madrid 1933) que, aparte de escarceos políticos como diputado de los que no tengo suficiente información, llegó a general de división, habiendo participado en las guerras de Cuba y África. Autor de varias obras de temática geográfico–militar fue profesor y bibliotecario de la Escuela de Estado Mayor del Ejército. Y echo el freno.
          Hasta aquí el superlativo recorrido vital de los ciudadanos Estanislao Suárez–Inclán y tres de sus hijos.
 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta