El Comercio
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Fecha: abril, 2016
Lavaderos de tabla y sabañones
Alberto del Río Legazpi 24-04-2016 | 11:14 | 1

Recintos, hoy en desuso, utilizados en Avilés a lo largo del tiempo para lavar la ropa a mano y que jugaron un gran papel social por ser el único lugar de masiva y exclusiva reunión femenina. 
          Hay quien opina que las civilizaciones se miden por el consumo que hacen del jabón, uno de los mayores inventos de la humanidad.
          Fue con jabón artesanal como las mujeres avilesinas de la Edad Media con una tabla a cuestas y en la cabeza un barreño cargado hasta los topes, tuvieron que buscarse la vida para lavar la ropa. De la roña corporal ya hablaremos porque es episodio aparte.

Lavadero de Rivero, con toldo, y caños.


          Solo en las casas de los privilegiados que tenían huerta y pozo de agua en ella se podía lavar con cierta comodidad en un pequeño pilón.
          El resto de la población, del centro, buscaba pozos en los pequeños ríos como el Tuluergo o el Magdalena. Pero había que caminar bastante, así que muchas aprovechaban el agua que arrollaba en la zona baja de Cabruñana razón que explica el porqué de estar allí la fuente de La Cámara.
          También iban a la fuente Corujedo, situada en terrenos donde hoy se asienta la Oficina de Turismo. Doy fe, por trabajar unos años en ella, que las aguas de Corujedo siguen su histórico transcurrir de siglos y aunque a día de hoy vayan subterráneas, la humedad inundaba las paredes como descojonándose del ‘acierto’ que tuvieron los que levantaron allí el edificio –a mitad del siglo XIX– y los que pagaron las sucesivas mejoras realizadas en el inmueble porque el agua sigue trabajando a los inquilinos generando catarros, sembrando reumas o alimentando artrosis. Que el agua es muy caprichosa.

Fuente y lavadero del Carbayedo.


          En 1755 tenemos noticias de que fue enlosado el suelo de la fuente de La Cámara, situada junto a la puerta de la muralla de San Bernardo, y a la que ‘por razones de higiene’ se la dotó de una cuba de piedra para que se pudiera lavar allí.
          Corrían los siglos y a paso de tortuga avanzaban las ‘técnicas’ en esta cuestión hasta que aparecieron los lavaderos. Estaban situados al lado de fuentes y generalmente provistos de tejado que protegiese –de lluvia y sol– a las lavanderas. Citaré hoy los del centro urbano o muy cercanos a él, porque el resto (los de Miranda, San Cristóbal, La Magdalena, Valliniello y otros) son episodio aparte.
          Por ejemplo, en 1816 los vecinos de Rivero vieron por fin como las autoridades atendían a sus demandas, que habían durado nada menos que varios siglos, para que les dotaran de fuente y lavadero que fueron instalados al lado de la capilla del Cristo y en terreno cedido por el omnipotente marqués de Ferrera. A mediados del siglo XX fue retirado el lavadero (con toldo por tejado) y sustituido por asientos que rodean hoy la fuente.

Antiguo lavadero de Sabugo.


          En 1851 y en El Carbayedo se levantó un gran lavadero público que estuvo en servicio hasta 1963, año en el que por exigencias del crecimiento de la ciudad fue demolido, trasladándose su fuente a los almacenes municipales a dormir el sueño de los justos, pero hubo suerte y fue reclamada por la parroquia de San Nicolás para que manase agua en su claustro de principios del siglo XVII.
          En 1893 se construye un lavadero en Sabugo, al lado de lo que había sido cementerio. Es un recinto rectangular y cerrado con muro, todavía hoy se puede ver, aunque sin el tejado que estaba sustentado por columnas de hierro. Dejó de funcionar en 1936 y fue recuperado parcialmente en 1999 por alumnos de la Escuela Taller de Fuentes y Lavaderos.
          En 1925 y en Los Telares, antigua avenida de Pravia por donde empezaba entonces a crecer Avilés, fue levantado otro lavadero de parecida traza aunque con columnas de madera. Fue diseñado por Tomás Acha Zulaica, el arquitecto que con Manuel del Busto trazó los planos del nuevo hospital en El Carbayedo.
          Los lavaderos se convirtieron en el único lugar de la población donde se reunían solamente las mujeres. Tenían, pues, una gran importancia social como lugar de reunión e intercambio de noticias, dimes y diretes, al tiempo que daban el callo enjabonando, frotando sobre la tabla y aclarando. Y cosechando sabañones.
          Este sistema directo de comunicación empezó a capotar cuando el Ayuntamiento de Avilés aprobó una nueva canalización diseñada por el primer ingeniero de su historia: Adolphe de Soignie, ciudadano belga y que había venido a España como director de la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnao.

Interior del lavadero de Sabugo.


          La desaparición de los lavaderos fue directamente proporcional a la entrada de las cañerías en las casas del centro urbano, quedando solamente activos los recintos de los barrios donde por supuesto tardaron bastante –algo histórico, por otra parte– en alcanzar esa bendición que entonces era el que te metieran el agua en casa. Para que luego digan.
          Hoy solo quedan en pie y sin uso los de Los Telares y Sabugo. Este último, haciendo esquina entre las calles López Ocaña y González Abarca y sin el uso social en ocasiones prometido por algún rancio concejal que llegó incluso a hablar de sala de exposiciones.
          Pero ahí siguen los restos de este abandonado lavadero color sepia, desmochado e incrustado en edificio blanco y negro, de diseño reciente. Ya advierte Miguel de Cervantes que la verdad siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.

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Lumen
Alberto del Río Legazpi 17-04-2016 | 11:02 | 2

(Es el pseudónimo de Luis Menéndez Alonso, famoso poeta avilesino que fue un histórico dinamizador de la cultura local).

 
            En parte de la huerta del convento de San Francisco del Monte (hoy iglesia de San Nicolás de Bari) que durante siglos estuvo dando frutos a los frailes, se construyó a principios del siglo XX un edificio destinado a escuelas públicas y en él se instaló la primera biblioteca pública de Avilés, pionera en el préstamo de libros a domicilio, una modernidad de entonces. Siempre me pareció fascinante este hecho histórico ocurrido en la huerta de los frailes cuando comenzó a dar libros. La agricultura de la cultura.

Lumen


            Hablo de la histórica Biblioteca Popular Circulante, ya tratada en pasados episodios, fruto de una tertulia de amigos que se reunían en un café (‘La tertulia prodigiosa del Café Imperial’ episodio publicado en LA VOZ DE AVILÉS de 9 de noviembre de 2014) a las órdenes de un ingeniero militar, loco por los libros que guardaba por miles en su casa de la calle de La Ferrería (‘El coronel si tiene quien le escriba’ episodio correspondiente al 18 de enero de 2015). Porque fue el coronel Wenceslao Carreño quien armó aquel primer Patronato de la nueva biblioteca que funcionaba a base de socios y permitía llevar libros para leer en casa algo que tuvo un inmediato efecto multiplicador cultural sobre la población avilesina.
            En el Patronato figuraban intelectuales (miembros de la tertulia, claro) como  Fortunato Sánchez-Calvo, David Arias Rodríguez del Valle o  Manuel G. Wes, fundador y director de LA VOZ DE AVILÉS. Como bibliotecario fue elegido el poeta Luis Menéndez Alonso más conocido como Lumen, acrónimo de su nombre y primer apellido.
            Lumen había nacido en Avilés el 11 de noviembre de 1894. Fue un escritor autodidacta que comenzó a publicar trabajos literarios en la prensa en 1911 y ya no pararía, siendo La Voz de Avilés su medio más habitual.
            En 1911 el avilesino Lumen contrae matrimonio con la polesa María del Carmen Díaz. De esa unión nacerán seis hijos.
           «Yo escribo mientras coses la ropa de los pequeños, / y el vaivén de la aguja y el rasgar de la pluma / dicen todo un poema de cuidados y ensueños / y de encajes de espuma…»

Carmen Díaz, esposa de Lumen.


            En 1923 dirigió el semanario festivo ‘La Batelera’ y al año siguiente la anual ‘El Bollo’, al tiempo que creaba una nueva y muy cuidada publicación literaria: ‘Avilés Grá­fico’.
            Su trabajo poético fue en aumento hasta publicar en Madrid, en 1925, ‘Mirando hacia la cumbre’ que viene a ser una antología de su obra en verso. No tarda en ser tenido como maestro por jóvenes que iniciaban su carrera literaria como es el caso de Ana Arias Iglesias que firmaba sus poemas como Ana de Valle.
            Lumen no paraba. A su diario trabajo municipal, añadía la dirección de revistas, colaboraciones en medios locales, regionales y algunos americanos. Pero sobre todo se volcaba, todas las tardes, en la biblioteca donde los libros circulaban que era un primor
            Y también fue un gran dinamizador cultural. Por Avilés y gracias a su gestión pasó gente como Miguel de Unamuno, Gerardo Diego, Valle Inclán, Pérez de Ayala y algunos etcéteras más. Sin olvidar la estancia de Federico García Lorca y la actuación de su grupo teatral ‘La Barraca’ en la plaza de España.
            Al declararse la Guerra Civil de 1936, Lumen defendió con decisión, desde los medios, al régimen republicano. Cuando Avilés fue tomado por las tropas de Franco, en noviembre de 1937 Lumen fue detenido y fusilado. El horror. Poco más de un año antes había visto morir asesinados por ‘elementos incontrolados’ del bando republicano a antiguos compañeros: escritores como BIF (seudónimo de Indalecio F. Balsera) o a su director en La Voz de Avilés Manuel G. Wes.
            Lumen tenía escrito « ¡El dolor de la obra irrealizada / que se soñó tan honda, y el dolor /de ver que el ideal no ha sido nada /más que una estampa que perdió el color!»
            La biblioteca cuyo primer cobijo, decía más arriba, fue en las escuelas nacionales ubicadas en un solar de la antigua huerta de los Franciscanos, al lado de Artes y Oficios, tuvo que trasladarse en 1927 a la calle Rui Pérez hasta que contó con un edificio construido ex profeso en la calle Jovellanos, en 1934. Al terminar la guerra fue trasladada al Instituto Carreño Miranda, en El Carbayedo, donde fueron expurgados 3.000 de los 10.000 volúmenes que había logrado reunir Lumen.
           Con el tiempo la Biblioteca Popular Circulante volvió a la calle Jovellanos, aunque fue rebautizada como Bances Candamo y perdió su independencia al ser integrada en la Casa Municipal de Cultura.
            Organismo que desde 1989 ocupa un nuevo edificio en la plaza Álvarez Acebal donde se sigue viendo al poeta en el segundo piso. Allí, en el hall de la sala de lectura de la biblioteca está plantado su busto de bronce –obra de Ramón  Caso de los Cobos– para que nadie olvide lo que Lumen hizo por la cultura de Avilés.
            Estaba de madre que habría de regresar al solar de la antigua huerta de los franciscanos donde sembró la afición por la lectura. Al lado del parque Ferrera cuya principal avenida, que lleva su nombre, conduce directamente, desde la nueva biblioteca a Rivero, la calle de aquel a quien todo el mundo en Avilés conocía como Lumen. El que confesó tener un orgullo «el soberano orgullo de ir conmigo entre la gente».
            Inolvidable.

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Esculturas en la Ruta del Acero
Alberto del Río Legazpi 10-04-2016 | 10:17 | 4

Ocho obras artísticas en una senda peatonal y ciclista entre Avilés y Llaranes, de dos kilómetros, que trascurre entre, prados, chimeneas y árboles a la vera de la Ría
          Cuando se inauguró no me constaba ninguna senda tan original, tanto en Asturias como en España.
          Trascurre entre Avilés y Llaranes y complementa el extraordinario Paseo de la Ría, abierto por la Autoridad Portuaria avilesina en la Avenida del Conde de Guadalhorce, popularmente Carretera de San Juan.
          En sus inicios, caminando hacia Llaranes, muestra piezas industriales, depositada en el suelo sin orden ni concierto, de la desaparecida –sin atender a criterios patrimoniales– industria de cabecera de Ensidesa, como fueron los hornos altos o la monumental  Central Térmica.
          Le sigue una colección de monolitos que la Cofradía del Colesterol de Avilés va colocando en homenaje a los personajes que premia anualmente y que convierte esta parte de la senda, o ruta, en una especie de ‘paseo de la fama’ hollywoodiense.
          A continuación surgen ya las estatuas. Los impulsores del sembrado artístico fueron, en 2010, el Ayuntamiento de Avilés y la empresa siderúrgica Arcelor–Mittal (‘heredera’ de Ensidesa) quienes dejaron allí una placa dando cuenta que «Las esculturas de esta ruta conforman una visión contemporánea del acero y de lo que ha venido suponiendo para Avilés. El arte, con su capacidad para expandirse más allá de los límites fabriles, permite abrir una reflexión sobre la industria como elemento transformador de la sociedad, sobre la versatilidad del acero como material reutilizable hasta el infinito (…)».

'Hemisferios en equilibrio'


 Las obras expuestas son:
          ‘Desequilibrio’ de Ricardo Mogo. El autor, que compone un sorprendente castillo de naipes, busca reflejar en su montaña de cartas de la baraja lo inestable que es cualquier equilibrio.

'Miscelánea'


          ‘Miscelánea’ de Tomás Marbán. Vistosas bases de bobinas de acero, pintadas en diferentes colores en homenaje a las diversas culturas y gentes, de toda España, que pusieron en marcha la siderúrgica Ensidesa.
          ‘Mano de Eva’ de José Manuel Truyés. Una mano mecánica que parece querer enlazar la industria con la bíblica Eva y su manzana. El autor recuperó una pinza de las acerías para simbolizar todo lo que la industria siderúrgica había entregado a Avilés.
          ‘Vientos de acero’ de Anabel Barrio. Molinillos de viento que une pasado y futuro, industria y ecología. Y también cultura e industria, que conviven en Avilés.

'Vulcano y Prometeo'


          ‘Transición’ de Luis Taboada. Construida sobre una base de chapa en la que el autor ha colocado diferentes piezas planas y ruedas, con distintas formas, tamaños y colores cálidos, tratando de sugerir la maquinaria de los procesos de fabricación del acero.
          ‘Vulcano y Prometeo’ de Ramón Rodríguez. Dos columnas que simbolizan a Vulcano y Prometeo, dioses del fuego, elemento  fundamental e imprescindible en el proceso siderúrgico. El autor rescató una puerta inservible de las baterías de cok de la empresa siderúrgica.
          ‘Alegoría de la siderurgia’ de Fidel Pena. Seis grandes planchas de acero con seis diferentes colores que va tomando el acero durante su laminación en el Tren de Chapa, componen una pieza artística de tres toneladas de peso.

'Alegoría de la siderurgia'


          Todas ellas complementaron, en 2010, a ‘Hemisferios en equilibrio’ de Ricardo Mojardín que data de 2004 y que es una obra, realizada en acero corten, en homenaje a la Escuela de Aprendices de Ensidesa que estuvo ubicada en parte de los terrenos por donde hoy transcurre esta ruta del acero.
          Así que, una senda peatonal a orillas de una ría mágica, vistosas balaustradas de metal reluciente y madera caliente, árboles frondosos, prados, chimeneas, esculturas… ¿Quién da más?
          De nuevas, cuando se inauguró, muy pocos. Pero hoy, seis años después, la falta de mantenimiento aliada con la contaminación incesante, ha eliminado en gran parte de las piezas sus vistosos cromatismos generando un cierto desastre artístico, ignoro si subsanable.
          Si hay suerte quizá dentro de un tiempo –quien lea este episodio– tenga que suprimir el párrafo anterior y asentir al dicho de que, también, la paciencia es un arte.

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El kiosco del parque del Muelle
Alberto del Río Legazpi 03-04-2016 | 11:11 | 7

(Un templete musical, el del Parque del Muelle, que sigue siendo uno de los símbolos del Avilés clásico. Fue construido en 1894 al poco de haberse plantado el -entonces- nuevo parque avilesino).

         Mi memoria musical, la más antigua y sólida, me lleva ante unos señores uniformados que sentados educadamente, fabricaban música al mediodía de un domingo soleado en el kiosco del parque del Muelle de Avilés.
          Eran piezas del estilo de ‘La leyenda del beso’, ‘El sitio de Zaragoza’ y estaban dirigidos por un caballero de pelo cano que de pie y con una varita en la mano hacía magia poniendo orden y concierto en aquel concierto. Aquello fue la caraba en doremifasol.

Años 60 del pasado siglo XX. Concurrencia ante el concierto del kiosco.


          El caballero era ‘don Vicente’ [Sánchez Benito, director de la Banda Municipal de Música de Avilés] mi profesor de Música en el instituto Carreño Miranda (hoy colegio público Palacio Valdés) quien automáticamente pasó a ser uno de mis héroes docentes aunque –la música amansa a las fieras– no de la categoría de Adela Palacios quien, todavía a estas alturas, sigue siendo mi profesora emérita inmaterial de Literatura.
          Aquella del Carreño Miranda, en el Carbayedo, fue una época en la que Avilés fue puesto del revés a cuenta del acero, cristal, y aluminio –el zinc le venía de Arnao ya de antiguo– sufriendo la mayor transformación de su historia. Pongamos que hablo de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo y digamos que entonces, excepto en la radio, si querías escuchar música era cosa de ir los domingos al mediodía al parque del Muelle.

Año 1894. El kiosco en construcción, en un recién plantado Parque del Muelle.


          Que no es un parque cualquiera. Y no porque haya sido declarado Jardín Histórico de Asturias; sino porque ha jugado un enorme papel como espacio público al soldar la distancia –física y química– entre el casco histórico de la Villa y el de Sabugo y luego ser, durante muchos años, el principal espacio público de ocio de Avilés.
          Fue la apertura, en 1976, del parque Ferrera –gigantesco pulmón verde en una ciudad entonces muchísimo más contaminada que ahora– lo que dejó sin clientes al del Muelle, que ahí sigue estando y destacando por sus elegantes soportales vegetales, su colección escultórica y su emblemático kiosco, esperando un futuro ligado a la desaparición de la barrera viaria y ferroviaria que separa a la ciudad de su fachada marítima.
          El kiosco fue levantado en 1894, cuando el parque estaba recién plantado, por el contratista local Juan Pérez Martín siguiendo planos de Federico Ureña pues el arquitecto municipal Ricardo Marcos Bausá, autor del proyecto del parque y de otros también importantes como el cementerio de La Carriona o la capilla de Jesusín de Galiana, y el alcalde –entonces José Cueto– se habían tirado los trastos a la cabeza y el arquitecto se largó dejando pendiente el diseño del kiosco, que entonces le fue encargado al ovetense Federico Ureña González–Olivares, Ayudante de Obras Públicas que trabajaba con el empresario vasco Carlos Larrañaga en el encauzamiento de la Ría. Federico Ureña, que a partir de ese momento continuó trabajando unos años en el ayuntamiento avilesino hasta marcharse a Sevilla, fue abuelo de quien con el tiempo sería también empleado municipal y luego Cronista Oficial de Avilés. Hablo de Justo Ureña.
          La construcción del kiosco costó 12.900 pesetas y fue planificado y terminado en noviembre de 1894. Está edificado en fundición, destacando las curiosas cúpulas de la cubierta que le dan un realce arquitectónico ‘muy gallasperu’ que me tiene dicho el poeta Ángel González.
          Este edificación circular, de arquitectura modernista, vio nacer a su alrededor notables edificios como el que fue Gran Hotel o la casa de Larrañaga. También fue testigo mudo de la siembra de nuevas estatuas, que se añadían a las clásicas del parque, como la del Adelantado de la Florida en 1917 o la de la foca –por cierto que sin bigotes– en 1956.

Festival 'La Mar de Ruido'.


          Se ha venido utilizando el kiosco en ocasiones y en temporada veraniega para acoger ‘Música en el quiosco’, ciclo de conciertos de bandas municipales. Pero su mayor resalte popular y mediático tiene lugar, desde hace diez años, en los meses de agosto cuando se convierte en el escenario de ‘La Mar de Ruido’, un festival donde han actuado desde Luz Casal a leyendas del rock norteamericano como Chris Barron (Spin Doctors), «todas las músicas posibles y músicos de diferentes partes del mundo» traídos de la mano de Béznar Arias, otro declarado admirador de este centenario templete musical.
          Los senderos sentimentales del parque del Muelle de Avilés  están sembrados de armonías de todo tipo que te llevan, quieras que no, a su histórico kiosco metálico. Elegante y triunfal.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta