El Comercio
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Fecha: junio, 2016
San Pedro como era calvo, le picaban los mosquitos
Alberto del Río Legazpi 26-06-2016 | 11:03 | 1

Las danzas primas de Avilés, como las del resto de Asturias, son ancestrales.           

          Con el verano llega el calor y con el calor los mosquitos y también la Danza Prima baile muy antiguo que conservan, algo los gallegos, sobre todo los asturianos verdaderos guardianes ibéricos de esta tradición hoy festiva, ayer no tanto y anteayer guerrera.            

          Dice, hoy, la letra de una de las canciones típicas que se entonan en las danzas de Avilés, que a «San Pedro como era calvo/ le picaban los mosquitos. / Y Cristo le regaló / un sombrero de tres picos».          

          Ha de saber el visitante que las danzas primas no son sardanas de L’Empordà, como alguno cree ver, sino singular folklore asturiano que se celebra por San Juan (noche del 23 de junio), San Pedro (la del 28 de junio), la Virgen del Carmen (el 16 de julio) y Santa Ana (el 26 también de julio). Nótese que es un calendario de género ya que los bailes se celebran a partir de la medianoche de la víspera, en el caso de los santos, y del mismo día en el de las santas. De igual forma, conste que antiguamente hombres y mujeres danzaban por separado. Cada sexo con su corro.

Danzando en la plaza de España, ante el palacio Ferrera. (Foto Museo del Pueblo de Asturias)

          Es una pena que a medida que pasa el tiempo el número de danzas vaya adelgazando. Por los años sesenta, leo que eran seis fijas al año: las citadas más las celebradas el día de San Agustín y el domingo de Pascua. Y no digamos en el siglo XIX, donde también a parte de las clásicas danzaban los domingos de primavera en la plaza mayor de la villa.          

          La Danza Prima es un acontecimiento lúdico, hoy marcado por festividades religiosas católicas, pero que la mayoría de estudiosos remiten a un pasado remoto que algunos alargan hasta los celtas.          

          Los danzantes forman una rueda unidos por las manos, o enlazados por los dedos meñiques, mientras alguien (o unos pocos) entona una canción y los demás responden o corresponden. Todos giran con lentitud con pasos de avance y retroceso y un movimiento de brazos que sigue y acentúa el compás del canto.          

          En Asturias tienen fama las danzas primas de Llanes por la Magdalena y Santa Marina; en Pola de Siero el día del Carmen; la de Mieres en la noche de San Juan; la de Cudillero por San Pedro y en Avilés tres: San Juan, San Pedro y El Carmen.           En la villa avilesina, se cantan coplas que se repiten en todas las danzas, cambiándose sólo el estribillo, alusivo a la festividad de que se trate. Se repiten anécdotas y lugares.          

         Las hay que muestran seculares historias de ‘enfrentamiento’ como aquella que dice que «Mal haya quien puso el puente/ para pasar a la villa/ sabiendo que está en Sabugo/ la flor de la maravilla». Que es contestada por quienes cantan que «Es el barrio de Sabugo/ un barrio muy puñetero/ todo me huele a besugo/ y a suela de zapatero».          

          La historia se toma a beneficio de inventario, faltaba más. Es el caso de la copla que canta que «A Avilés no hay quien la ataque/ ni teme a las invasiones/ pues tenemos en el parque/ cuatro potentes cañones». Cuando resulta que unos cañones como los cantados los destruyeron los ingleses al tomar el castillo de Nieva (y por tanto Avilés) en el siglo XVIII, por no mentar la desgraciada invasión francesa ocurrida a principios del siglo XIX cuando la villa estuvo un par de años en poder las tropas de Napoleón Bonaparte. Pero estamos bailando y cantando para divertirnos.           Humor que a veces alcanza la categoría de negro: «Salieron de La Coruña/ cuatro con cuatro escopetas./ Y no pudieron coger a un cojo con dos muletas». O la que narra, con ribetes surrealistas, que «Cinco mil y más murieron/ en la trincha de un calzón./ Cuando allí murieron tantos/ que harían en un camisón».

Danza de San Juan, en la plaza Pedro Menéndez.

         Otras relacionan personajes y lugares locales como: «Les parrandes son de noche/ todes salen de Galiana./ Y todes van a parar/ a casa la Chichilana». ¿Y que pasaba en este local de Sabugo? pues que «En casa la Chichilana/ fain el café n’una olla/ cuélenlo por una media/ y dicen que sabe a gloria».          

          Las hay que se adecuan a los tiempos y si luego perduran o no, depende. Por ejemplo las que hacen alusión a la crisis industrial asturiana: «Probes chicas de Avilés/ ya no queden ingenieros. / Vais tener que ir a la cuenca/ a ver si queden mineros». O resaltar como se hizo algunos años la estatua de la foca, ejemplo de surrealismo puro y duro que deja noqueados e incluso airados a muchos turistas… ¡esto es un sindiós! Me increpó en una ocasión una señora de Toledo al mostrarle yo el monumento que la ciudad había dedicado a un pinnípedo y que cantado fue en la Danza de esta manera : «Hoy la villa de Avi­lés/ luce mucho más hermosa/ no sabemos si es la foca / o la fuente luminosa».          

          También las hay que ensalzan, con un pellizco cursi, las bellezas de la ciudad: «De Asturias la mejor flor/ es la villa de Avilés./ Lo dijeron Campoamor/ y el gran Palacio Valdés».          

          Sea como fuere, el avilesino o el viajero, no debe perderse la magia de noches como la de San Juan danzando alrededor o cerca de una hoguera, también la del Carmen iniciada en Galiana con la Salve marinera desplazándose luego el personal a danzar a la plaza de España, o la de la noche de San Pedro iniciada en esa misma plaza y que se va deslizando hacia la calle Rivero, sin perder el canto, hasta llegar a la capilla de ‘San Pedrín’, cariñoso nombre que junto con el de ‘Jesusín de Galiana’ causan el pasmo, o la carcajada, de bastantes forasteros atónitos, o divertidos, ante la familiaridad con que en Avilés se trata a santos y cristos.          

          Volviendo al principio, resulta que «San Pedro como era calvo/ a Cristo le pidió pelo. / Y Cristo le respondió/ déjate de pelos Pedro».          

          Si estas coplas las pillan los Rolling Stones se forran. Aún más, si cabe.

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A vueltas con el Casco Histórico
Alberto del Río Legazpi 19-06-2016 | 11:11 | 1

Avilés, una ciudad cargada de historia, está revisando el Plan Especial de su monumental casco antiguo.

          Estos días anda en lenguas el casco histórico de Avilés, que inicia el proceso para su aprobación definitiva después de las modificaciones del documento redactado, en 2012, por el equipo del arquitecto Carlos Ferrán.

          Este famoso urbanista, ganador de varios premios nacionales e internacionales, declaró en su día que el casco histórico de Avilés –para él en algunos aspectos más importante que el de Oviedo– debería ser candidato a ser declarado Patrimonio de la Humanidad. Y defendía las ventajas que acarrearía para la ciudad el solo hecho de solicitar el inicio de ese proceso.

          Pero no es sólo Carlos Ferrán. En la red social Facebook hay una página titulada ‘Avilés Casco Histórico Patrimonio de la Humanidad’ que tiene, a la hora de escribir estas líneas, más de 7.300 seguidores.

          En cualquier caso no hay duda de los importantes vestigios del pasado que guarda Avilés en calles y edificios de su casco antiguo, declarado Conjunto Histórico Artístico por el Estado espa­ñol.

          Durante la Edad Media fue villa distinguida por un Fuero Real. Se fortificó y comenzó a desarrollar una considerable actividad comercial, su puerto marítimo fue el artífice, que la convirtió en la se­gunda población de Asturias. De aquella época guarda palacio, capillas e iglesias.

          En el siglo XVII, el crecimiento demográfico hizo necesario construir fuera de la muralla. Y surgieron tres palacios: el municipal y los de Ferrera y Llano Ponte que a su vez dieron origen a la actual plaza de España (El Parche, para los avilesinos) y al nacimiento de las impagables calles de Rivero y Galiana. Mansiones y vías públicas que, junto con el palacio de Camposagrado, conforman hoy una monumental herencia de arquitectura barroca.

          A finales del XIX la ciudad recibió un nuevo impulso urbanístico que dio paso -al desecar las marismas- a espacios como el parque del Muelle y la excepcional plaza del Mercado. También entonces se construyeron  espléndidos edificios en las calles La Cámara, La Muralla y La Fruta.

          Hacia la mitad del siglo XX, se establecieron en Avilés grandes factorías metalúr­gicas que casi quintuplicaron su población con la llegada de trabajadores de mu­chos puntos de España. Este ‘ensanche industrial’ obligó a la construcción de poblados en la periferia de la ciudad y supuso un vertiginoso crecimiento de su centro urba­no propiciando, en suma, el mayor cambio que Avilés ha experimentado en su historia.

          La mayoría de las señas de su pasado lograron sobrevivir a aquella avalancha industrial, pero paradójicamente las que están desapareciendo son las del patrimonio industrial, como fue el caso de la Central Térmica, gemela a la sede del museo Tate Modern de Londres. No sabemos valorar –con la honrosa excepción del Arnao de Castrillón– la arqueología industrial y eso nos pesará en el futuro.

          Con todo, estamos en una ciudad atlántica milenaria, recoleta y muy paseable, en la que uno de sus elementos arquitectónicos más singulares, el soportal, siempre nos pondrá a buen resguardo, del sol o de la lluvia, para descubrir el arte y la historia que Avi­lés sigue atesorando.

          Uno de los más antiguos periódicos europeos el ‘Berlingske Tidende’ de Copenhague y en extenso reportaje sobre Asturias  concede (¡asómbrense!) la mayor relevancia a Avilés al hablar de las tres grandes ciudades de la región.

          No tiene desperdicio el párrafo final del citado trabajo periodístico que me remitió, en su día y alborozado, Armando Sirvent Palacio-Valdés (entonces residente en Dinamarca) biznieto del universal escritor.

          Lo transcribo: «Está Gijón con un Acuario emocionante y con una Universidad Laboral increíblemente pomposa que Franco hizo construir en su dictatorial delirio de grandeza. Oviedo con su elegante barrio antiguo alrededor de la catedral con graciosas tiendas antiguas. Y Avilés, por la que la mayoría de la gente pasa de largo, pensando que es una pesadilla industrial a causa de las vistas desde la autopista, pero el centro de la ciudad es un pequeña perla que un día será nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si uno es joven y quiere conocer a jóvenes españoles, este es el lugar dónde hacerlo. Todo el centro de la ciudad con las largas aceras con soportales, se llena por las noches de gente joven».

          Escrito está en uno de los diarios decanos de la prensa europea.

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En busca de la muralla perdida
Alberto del Río Legazpi 12-06-2016 | 11:11 | 1

 (La edificación quizás más importante del Casco Histórico de Avilés fue su muralla medieval que construida hace unos mil años, y destruida hace 200, se intenta hoy recuperar en parte).

          Por el siglo XVI bajabas por La Ferrería, dejando a la derecha la parroquia de San Nicolás de Bari (hoy San Antonio) con su cementerio y la capilla de Las Alas al lado de la cual se reunía el Ayuntamiento, y al final de la calle estaba la Puerta de la Mar.

          Si la cruzabas ya estabas en el Puerto de Avilés, situado en el delta que formaba el río Tuluergo al desembocar en la Ría y por tanto fuera de la muralla. Torciendo hacia la izquierda y al final del muelle, pasado el palacio de Camposagrado, había un viejo y estrecho puente que cruzaba el Tuluergo (a la altura del actualmente abandonado Café Colón) por el que entraba muy justo un caballo con las alforjas llenas, que te llevaba al pueblo de pescadores de Sabugo, cuya iglesia dependía del arciprestazgo de Pravia de Allende. Dos detalles que dan que pensar sobre las delicadas relaciones entre la Villa y Sabugo. Tan cerca y tan lejos.

          Pero volviendo a la Puerta de la Mar, si en vez de torcer a la izquierda lo hacías a la derecha caminabas por una zona del muelle de prolongada curva que iba haciendo la muralla de la que sobresalían pequeñas montañas blancas. Eran los alfolíes o almacenes de sal –oro  medieval– cuyo monopolio, Avilés, tenía en Asturias. La curva llegaba al puente de piedra de San Sebastián donde terminaba el muelle y entonces te dabas cuenta que el Puerto de Avilés iba de puente a puente.

           Allí frente al viaducto estaba otra puerta de la muralla (en el inicio de la hoy calle de Los Alfolíes) a la que unos llamaban Puerta del Puente. Atravesándola ingresabas de nuevo en la Villa y podías cruzarla (por las actuales plaza de Carlos Lobo y calle San Bernardo) casi en línea recta –era el Camino Real que comunicaba el centro de Asturias con el oriente costero– hasta salir por otra de las puertas de la muralla, la de La Cámara le decían unos por el nombre de la fuente que allí había.

          Ya fuera de la Villa, podías seguir dando un paseo ascendiendo por la senda (hoy calle Cabruñana) del Camino Real, cruzando con campesinos que bajaban del interior de Asturias con carros cargados de frutos secos (nueces, avellanas, etc.) para vender en los barcos atracados en el muelle.  En la parte alta te desviabas hacia un muy extenso robledal llamado Plantío Real del Carbayedo, enorme bosque de carbayos de donde se sacaba madera también para la exportación.

          Podías regresar a la Villa bajando por la galiana. En aquella cañada por la que arrollaba el agua y circulaba el ganado, lo primero que te encontrabas era el convento de San Francisco del Monte (hoy iglesia de San Nicolás de Bari) y a continuación lo que algunos llamaban ‘plaza de Fuera de la Villa’ (hoy plaza de España), en realidad un bosque de álamos, robles y castaños con cuatro casas, una de ellas el pequeño hospital de San Juan.

          Y allí, frente a ti, tenías otra vez la muralla a la que podías acceder por la Puerta de Cima de Villa (actual calle La Fruta), también conocida como la del Reloj, el único que marcaba la hora en Avilés. Era una calle cerrada al fondo por la propiedad de lo que hoy es palacio de Camposagrado.

          Pero la principal entrada era por la hoy calle La Ferrería, la Puerta del Alcázar, llamada así por la edificación defensiva colocada a su lado. Por esta puerta salía y entraba gran parte del tráfico al puerto avilesino que también era el puerto de Oviedo y de gran parte del norte de Castilla.

          A la mitad de La Ferrería estaba la hoy conocida como calle El Sol, con un precioso edificio gótico propiedad de un rico comerciante, inmueble hoy llamado palacio de Valdecarzana.

          Esta calle el centro geográfico del recinto amurallado almenado de Avilés, que tenía un perímetro de forma oval de unos 800 metros, una altura media de tres metros y una superficie de unos 46.000 metros cuadrados(un poco más de la mitad del parque Ferrera). Se estima que fue construida hacia el siglo XI.

          Y fue en el XIX cuando se derribó basándose, la autoridad de la época, en argumentaciones legales que mayormente camuflaban intereses inmobiliarios.

          Desde entonces, y hasta este siglo XXI, lo que queda de muralla está enterrado o escondido. Hay calles, o parte de ellas, que se han levantado sobre sus cimientos: La Cámara (en su bajada por la acera derecha) o los edificios a caballo entre las calles La Muralla (que no tiene el nombre en balde) y San Bernardo.

          Quedan restos en lugares privados: en el piso bajo del palacio de Camposagrado, en un patio de un antiguo edificio de la Autoridad Portuaria en la calle Las Alas y hoy lugar de aparcamiento de automóviles de funcionarios del Principado, así como en dos populares locales hosteleros (cuando se escribe este episodio cerrados) como Moisés y La Parra, donde se escanciaba sidra a raudales.

          Todo lo anterior no debería llevar a especular sobre un hipotético paralelismo entre la sidra y la muralla medieval.

          De lo que no cabe duda es que estos Episodios Avilesinos cumplen, hoy, cinco años desde su primera publicación (12 de junio de 2011) en LA VOZ DE AVILÉS. Un lustro ilustrado.

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Sorolla en Avilés
Alberto del Río Legazpi 05-06-2016 | 11:13 | 0

(En el mes de julio de 1902, el gran pintor español, se alojó en un hotel frente al parque del Muelle, realizó distintos bocetos y pintó un óleo en el puerto, cerca del puente de San Sebastián).

        Joaquín Sorolla Bastida nunca llegó a conocer, y puede que no tenga importancia, la vistosa terraza aérea del Café Colón y eso que se alojó, en aquel verano de 1902, en el Hotel Iberia, que estaba justo encima del histórico café ocupando la segunda planta de aquel inmueble de parada y fonda, que hacía esquina frente al nuevo y reluciente parque del Muelle y sus alrededores de modernidad.

          Cuando llegó con sus bártulos a aquel Avilés, tenía Sorolla 36 años de edad y ya era artista de fama internacional. Había pasado el invierno pintando en Andalucía, la primavera entre Francia, Holanda e Inglaterra y en el estío se vino a Asturias –con su mujer Clotilde García del Castillo y los tres hijos del matrimonio– alquilando casa en San Juan de la Arena. Los siguientes veranos lo harían en San Esteban, que unos dicen que de Pravia y otros que de Bocamar.

          Sorolla sentía gran curiosidad por la célebre colonia artística que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, ‘funcionó’ en Muros del Nalón, un lugar mágico que irradió tal magnetismo que consiguió atraer a pintores y escritores de renombre, caso del poeta nicaragüense Rubén Darío, a quien es una pena que Sorolla no lo hubiese inmortalizado vestido como iba aquel temperamental centroamericano, de frac y sombrero de copa cuando acudía algunas noches y cruzando la ría, al bar de la fonda ‘El Brillante’ de San Esteban para escribir poemas humedecidos de ajenjo, regresando luego a lomos de chalupa a San Juan de la Arena, donde se hospedaba, respirando sorbitos de champaña. Un número.

          En aquellos veranos pasados en la desembocadura del Nalón, uno se imagina a  Joaquín Sorolla –pintor por antonomasia del sol y de la luz– un tanto abrumado por las brumas asturianas.

          En cualquier caso pintó 44 cuadros, la mayoría paisajes cercanos a su residencia veraniega, pero también algunos sueltos como el realizado en Avilés en aquel julio de 1902.

          Se trata de un pequeño óleo, de 10,1 x17 cm, titulado ‘Puerto de Avilés’ y que está localizado en el antiguo muelle local, cerca del puente de San Sebastián, al lado de una escalera (hoy sin acceso) que se puede ver, desde la pasarela que une el inicio del puerto deportivo y el Centro Niemeyer.

          Chiquito pero matón, dicho óleo formó parte de una exposición itinerante de la obra de Sorolla, en 1909, por las ciudades norteamericanas de Nueva York, Buffalo y Boston; de otra, en 1995, por Valencia y Castellón y también de la que en 1996 viajó hasta Bogotá en Colombia.

          En aquel julio de 1902, en Avilés, el artista valenciano anduvo pateando la ciudad dejando las muestras en su cuaderno de trabajo. No sabemos los días que estuvo, pero uno de ellos con seguridad fue lunes porque dos dibujos, entre varios que se conservan en el Museo Sorolla de Madrid, corresponden a una feria de ganado y la del Carbayedo se celebraba dicho día de la semana. Otros dos parecen remitir a la calle Galiana.

          No hay constancia de que volviera a Avilés, así que no llegó a conocer y puede que no tenga importancia, la artística terraza de hierro que el Café Colón instaló en 1905 y que ahí sigue, justo debajo de la habitación de aquel hotel hoy desaparecido, donde en 1902 se alojó Joaquín Sorolla, el genial pintor español que le sacó los colores al mar.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta