El Comercio
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Fecha: julio, 2016
Del Ribero medieval a la calle de Rivero
Alberto del Río Legazpi 31-07-2016 | 12:15 | 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/04/12 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

            En el siglo XVII el Concejo (o Ayuntamiento) de Avilés decidió –dada la estrechez con la que se vivía en el recinto medieval– extender la ciudad fuera de las murallas hacia el sur, que eran  terrenos libres de mar y marismas.  

             Y así brotó una plaza, en principio triangular (El Parche, como se ve, ya nació con vocación de parche), con un palacio en cada vértice: el Ferrera, el municipal y el de García Pumarino (también conocido como de Llano-Ponte). Y dos vías porticadas tan célebres como celebradas: Rivero y Galiana.                    

Rivero es la única calle, de entre las clásicas, de la historia avilesina que nunca ha cambiado de nombre. Si acaso mudó la b por una v, obra parece que de algún escribano que iba por libre. El caso es que a Rivero le caparon la b. Como Abillés, que con el tiempo terminó llamándose Avilés.

(Fotos de Félix Gómez)

          Es muy antigua la existencia del Ribero que así figura en el Libro de Acuerdos del Ayuntamiento de Avilés de 6 enero de 1485 «Reunidos en Ribero, arrabal de la villa de Avilés». Un núcleo de población que fue formándose en el camino que llevaba a la capital de Asturias y que también era Camino de Santiago. Por tanto era de cajón que allí se edificara –en 1515– un gran Hospital de Peregrinos, costeado por el enigmático Pedro Solís (que ya tuvo su episodio). El albergue era un complejo con capilla y cementerio, que vino inmisericordemente a morir, a golpe de piqueta, en el verano de 1948.                    

            La denominación ribero corresponde a un vallado que se hizo en la zona para contener el agua que bajaba –demasiado generosamente– por los prados del [hoy parque público] Ferrera, inundando frecuentemente casas y caminos del arrabal.                    

            Por el agua también tuvo molinos e incluso un Molinón que –eso sí– nunca fue del Sporting de Gijón.

            Cosa histórica, no la de El Molinón, sino la de las humedades de esta tradicional calle, porque aún hoy en día siempre que llueve de más uno de los primeros lugares de Avilés que lo paga con inundación es el tramo final de la calle Rivero.                    

            Decididamente los vecinos no necesitan ‘ir a pasar el agua’, les viene de siempre. Por tanto parece lógico que el emblema de la calle sea una fuente, la famosa de los Caños de Rivero (1815), emplazada en un espacio semicircular con bancos de piedra, donde antiguamente se ubicó un lavadero público.                    

            Un cuadro costumbrista que se complementa con la capilla del Santo Cristo de Rivero y San Pedro (“San Pedrín” para los fans) un antiguo humilladero que existía aquí desde hace siglos y luego transformado en ermita sujeta a reparaciones sucesivas.                    

            El arrabal del Ribero se ordenó como rúa en aquel siglo XVII, del que hablaba al principio, y se fue enriqueciendo en edificios, siendo hoy la calle peatonal más larga -casi medio kilómetro- y transitada de la villa.                         Comienza en su costado izquierdo con un palacio barroco (hasta hace poco cine ‘Marta y María’ que el tiempo se llevó) que tiene, casi enfrente, una botica y termina en una elegante casa en cuyo bajo domicilia otra farmacia. Una muestra más, por si no había suficientes, del llamado ‘Barroco Boticario de Avilés’ donde las mansiones se asocian a las boticas. Curioso y singular estilo artístico que, ya me contarán a mí, en que otro sitio del mundo se da.                    

            El palacio lo mandó construir el gozoniego Rodrigo García Pumarino, en 1700 recién venido del Perú. Pero al poco de su muerte lo intercambiarían sus herederos por la casa [número 20 de la actual calle de La Estación] que en Sabugo tenía la familia Llano-Ponte. Intercambio desigual que se explica sabiendo que uno de los herederos de Pumarino era cura y otro de los Llano Ponte obispo.                    

            Y fue este obispo de Oviedo, Juan Llano-Ponte, en 1795, quien costeó el alcantarillado (agua va, otra vez) de ese tramo de Rivero suprimiendo –de paso y como el que no quiere la cosa– algunos soportales que impedían el tránsito de su carruaje.                    

            Rivero es de tramos largos y soportalados, con vecinos muy orgullosos de su calle. Y razón llevan porque es un encanto contado en libros y cantado en escenarios.                    

            Contada por escritores como Armando Palacio Valdés (1853-1938) que de niño vivió en Rivero. Cantada, por ejemplo, en la zarzuela ‘La pícara molinera’ (1928), donde el estribillo más conocido –sacado del cancionero tradicional asturiano– dice «calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailes de San Francisco». Desde 1921 y hasta 1960 también la atravesó, de cabo a rabo, el tranvía eléctrico; actualmente es calle peatonal que sigue conservando casi 200 metros de soportales.

            Y aún quedan más casos de cosas y casas que contar en este Rivero de hoy, que ayer fue del Rivero y anteayer del Ribero.          

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El prodigio de un santo inglés con dos iglesias en Avilés
Alberto del Río Legazpi 24-07-2016 | 12:05 | 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 30/10/11 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

            Todos nacemos originales y morimos copias, decía Gustav Jung que además de psiquiatra era suizo. 

            Avilés, no entraba en sus teorías, pero si lo hizo en las del destino. No es que haya roto el molde, pero esta villa es lugar de curiosas y abundantes originalidades –generalmente desconocidas– que la singularizan. A ver si nos creemos, de vez en cuando, que estamos viviendo en una ciudad bastante más que notable.

Richard Burton encarnando a Santo Tomás de Cantorbery

            Hay unas cuantas extrañezas. Citaré algunas, justo ahora, cuando vivimos tiempos en los que el personal se ha entregado al gusto por el disgusto de ver acercarse  ese desastre que puede suponer la paralización –de forma morrocotudamente estúpida– del Niemeyer y por tanto de la universalidad que este centro cultural le estaba empezando a procurar a Avilés. Un hecho que constituiría un agravio y un daño, a ciudad y ciudadanos, de gran magnitud. Si tal cosa ocurre vaticino que la Historia no absolverá algo tan retorcido.

            Pero esta es originalidad miserable y yo las quiero alegres o en todo caso chocantes como la del inglés Santo Tomás de Canterbury. De cine.

            El hecho está localizado en el hoy barrio de Sabugo, cuyo centro urbano está situado en un pequeño cerro donde antaño la población se repartía entre unos que vivían de ir a la mar (pescadores) y otros (vendedoras de pescado y artesanos) de lo que de la mar venía.

            Sabugo fue un lugar batallador de arpones, remos y redes. Y también de nacimiento de escritores malditos, como el gran Bances Candamo triunfante en Madrid y muerto en extrañas circunstancias ejerciendo como juez inquisidor en Lezuza. Aquí también nació Rafael Suárez Solís triunfante como periodista, novelista y autor teatral en Cuba y desconocido aquí; cosa que también ocurre con otro sabuguero, el compositor musical Ramón de Garay, hilvanando sinfonías en Jaén donde el Conservatorio local lleva su nombre.

            Pero a mi lo que más me sigue llamando la atención es lo del santo inglés. Dice el refrán que ‘Una y no más santo Tomás’ y resulta que Avilés se enfrenta al refranero porque el santo en cuestión tiene dos iglesias en la ciudad.

Iglesia nueva Sabugo

             Santo Tomás de Canterbury fue en vida el arzobispo Thomas Becket, amigo personal del rey Enrique II de Inglaterra que terminó cargándoselo por no doblegarse al poder real, lo que elevó a los altares al prelado.

            La rebeldía de Becket se convirtió en santo y seña que recorrió Europa. Una marea religiosa que llegó a Avilés, como gran puerto de mar que era, abierto a mercaderías pero con rendijas para filosofías. Y en el vecino pueblo (otros le decían arrabal) de Sabugo se le consagró -en el siglo XIII- una iglesia, que es hoy el monumento medieval mejor conservado de la ciudad.

            Al santo lo reencarnó, en el cine, Richard Burton, excelente actor inglés aunque más famoso por marido de  Elizabeth Taylor y por el whisky escocés que libaba, cosa que compartía con el estirado actor irlandés Peter O’Toole, un zurdo al que intentaron en el colegio corregirle ese ‘defecto’ a golpe de vara de avellano (ser de izquierdas siempre fue muy duro). Los dos protagonizaron, en 1964, ‘Becket’, una película basada en un texto teatral de Jean Anouilh, donde se narra la vida del santo de la ciudad de Canterbury que aquí se castellaniza en Cantorbery y también en Cantuaria.

iglesia vieja de Sabugo

            Películas aparte, la iglesia medieval (Sabugo vieja) se quedó pequeña con el tiempo por lo que en 1903 se construyó otra, de porte catedralicio (Sabugo nueva), consagrada también a Santo Tomás de Canterbury. Caso único en el mundo, créanme.

            Dos iglesias para un mismo santo -e inglés para más inri- parece milagroso pero nunca ha de servir como presunción de que en Avilés producimos más historia de la que podemos consumir.

            Para presunción la de otro británico, el ‘rolling stone’ Mick Jagger, cuando dijo, aquello de: ‘¡Qué solo se está en la cumbre!’ y un periodista le respondió: ‘Pues ven hombre, desciende, y ya verás lo apretados que estamos aquí abajo’.

            Y apretada y seria está la Historia en Avilés, pero tiene sus puntos de alboroto y descosido que le dan gracia.

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La Ría es la razón de ser de Avilés
Alberto del Río Legazpi 17-07-2016 | 2:21 | 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 26/11/11 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluido en este blog)

            La de Avilés es Ría mayúscula.

            No como las formadas por pequeños ríos que sumando caudales terminan acoplándose y poniendo rumbo hacia la mar. Aunque con las rías nunca se está seguro de si es el agua dulce la que se sale al mar o  la salada la que penetra en la dulce.

            Pero salvados estos conceptos erótico-geográficos, se llega directamente a la conclusión de que el estuario local es diferente porque la circunstancia avilesina impone categorías y añade valores.

            Por si esto fuera poco, la endiablada geología submarina local forma al poco de desembocar en el Océano Atlántico  el ‘Cañón de Avilés’, uno de los mayores del mundo. Se inicia en los Picos de Europa, se embarca luego en placas tectónicas en la Ría avilesina y se abisma en alta mar, a menos de 15 kilómetros del faro de Avilés, también conocido como el de San Juan.

            En el Museo Marítimo de Asturias, en Luanco, se expone una maqueta donde se describe esta artillería descomunal que lleva el nombre de Avilés por todas las cartas marinas del mundo.

            Hoy, la barra de la Ría está adelgazada por la ingeniería naval. Pero se supone que, en tiempos de Maricastaña, aquel delta era tan ancho como para estar limitado entre lo que hoy es el faro de Avilés y el peñón de Raíces. Entre ambos el mar batía un paisaje ‘dunar’.

           La Ría es sitio único donde brotan lugares singulares y mágicas leyendas. Algunas dicen que Avilés (situada en la margen izquierda) fue la antigua Zoela y que en la península de Nieva (margen derecha) estaba ubicada la población de Noega. Un asunto que se hunde en una noche de tiempos remotos, al igual que el de la ciudad submarina Argenteola naufragada, según la leyenda, en la parte central del estuario.

            También es Ría milagrosa en la que aparecen y desaparecen islas, como la teórica de la Innovación que está por venir al mundo o como aquella de San Balandrán que fue merendada por una draga (dragón mecánico) en los años cuarenta del pasado siglo XX.

            Luego están los sitios veraces como La Peña del Caballo, una roca de curioso perfil equino y, haciendo un giro de casi noventa grados, la Curva de Pachico, en el increíble pueblo de San Juan de Nieva partido en dos por la mismísima Ría y troceado en tierra por tres municipios. Una carnicería burocrática. El colmo de lo administrativo y de lo fronterizo.

            Pocas poblaciones tienen tan incrustado lo marino en su historia como la de Avilés. En su escudo, con origen en una anécdota guerrera del siglo XIII, el protagonista principal es un barco que navegando a toda vela arremete contra una cadena tendida entre dos torres sevillanas. 

            El que no se pueda concebir Avilés sin puerto es tan cierto como que éste es producto de una Ría que, enclavada en el centro del norte atlántico español, fue bendecida por la estrategia geográfica (muy cercana a Oviedo, capital del reino de Asturias) y por el abrigo que procuraba a aquellas frágiles embarcaciones de madera. Durante siglos fue de los más importantes puertos desde el Miño al Bidasoa, de Portugal a Francia. Luego vinieron el carbón y más tarde las vacas flacas con los grandes buques del siglo XX, demasiado anchos y largos para tan fino estuario y tan cerrada Curva de Pachico, que es un episodio aparte. Y también atracaron angustiosas crisis siderúrgicas. Pero seguimos navegando.

            Porque hoy Avilés no está «panza arriba con los pies en el agua», como narraba, en ‘También se muere el mar’ el escritor avilesino Fernando Morán que también fue el ministro que metió a España en Europa. La ciudad renació y en gran parte debido a su Ría que, por unas y otras cosas, le sigue procurando torrentes de modernidad de todo tipo. Complejos de nuevas tecnologías, o culturales como el Niemeyer, están amarrados en su margen derecha. Y en la izquierda sigue atracado, desde hace siglos, uno de los cascos históricos más destacados del norte de España.

           La Ría es nuestra fachada marítima, esa que tanto nos está costando reconquistar al llevar más de cien años separada de la ciudad por lo que en su día fue progreso y hoy es un enjambre desordenado de vías ferroviarias y carreteras cargadas de tráfico hasta los topes.

            Pero llegará el día en que casco histórico y estuario se reconcilien. A la espera de tan histórico momento, no hay duda de  que la Ría–respecto a la villa de Avilés– es la madre que la parió.

            Y aquí paz y luego gloria.

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Cuando Avilés puso una pica en Flandes
Alberto del Río Legazpi 10-07-2016 | 11:42 | 0

Laura González (IU), Fernando Morán (PSOE) y Alonso Puerta (IU) eurodiputados en el Parlamento Europeo nacieron en Avilés y coincidieron, en la misma legislatura, en Bruselas.

          Durante el siglo XIX Avilés fue lugar de inmigración de ciudadanos belgas que, generalmente, trajeron a la villa modernidad industrial. Es el caso de los primeros técnicos de la Real Compañía Asturiana de Minas encabezados por Adolphe de Soignie, personaje que merece episodio aparte. De Bélgica también llegaron un buen número de ‘manchoneros’ o técnicos de soplado de vidrio, a trabajar a las vidrieras de Avilés (ver ‘Avilés de cristal’ en LA VOZ DE AVILÉS del 19 de abril de 2015).

          Años más tarde, a finales del siglo XX, las tornas cambiaron y unos avilesinos que, elegidos por los ciudadanos españoles se habían ido a Bélgica, consiguieron para Avilés la marca de ser la primera ciudad de Europa (menor de 100.000 habitantes) que tuvo tres eurodiputados en la misma legislatura (1994–1999) del parlamento de la Unión Europea, uno de los organismos legisladores más poderosos del mundo.

          Esas tres personas son, Laura González, Fernando Morán y Alonso Puerta, nacidos en Avilés y residentes entre 1994 y 1999 en Bruselas, centro de gravedad político y legislativo de Europa. 

Aparte de la curiosidad del record que supone este hecho, tendremos que reconocer, sin duda alguna, que esta singularidad aúpa Avilés como cuna de políticos de ámbito internacional. Lo mires por donde quieras.

          Trazo una breve semblanza de los tres protagonistas de esta historia, empezando por Laura González Álvarez, persona muy popular en Avilés donde nació el 9 de julio de 1941. Trabajadora del Hospital San Agustín, siendo militante del Partido Comunista de España (PCE) fue elegida concejala, dentro de las listas de esta formación, en el Ayuntamiento avilesino desde 1979 hasta 1987. Más tarde siguió una notable carrera política que comenzó al ser elegida diputada en la Junta General del Principado de Asturias, dentro de la candidatura de Izquierda Unida (en la que  se había integrado el PCE), llegando a presidir la Junta entre 1991 y 1993. Al año siguiente fue elegida diputada al Parlamento Europeo, donde coincidió con sus paisanos Fernando Morán y Alonso Puerta. En 2003 ocupó la Consejería de Vivienda y Bienestar Social en el Gobierno de Asturias, entonces formado por la coalición PSOE–Izquierda Unida y presidido por Vicente Álvarez Areces. Actualmente, alejada de cargos políticos –que no de la política como sabe cualquiera que la conozca– Laura González tiene su domicilio en San Martín de Laspra.

          En abril pasado escribía Jaume Collell en el diario LA VANGUARDIA de Barcelona y refiriéndose a Fernando Morán, que «Ahora que Europa se balancea en la incertidumbre conviene recordar al ministro español que en 1985 contribuyó a abrir las puertas para que este país entrara en lo que entonces se conocía como Comunidad Económica Europea».

          Nació el 25 de marzo de 1926 en Avilés, donde pasó niñez y juventud. En Madrid cursó la carrera de Derecho e ingresó en la Escuela Diplomática. Como diplomático tuvo un largo peregrinar que le lleva a vivir en Argentina, Sudáfrica, Portugal, Inglaterra y Estados Unidos (ver en LA VOZ DE AVILÉS del 3 de julio de 2011 el episodio ‘Fernando Morán un intelectual metido en política’)

Laura González y Alonso Puerta en la calle avilesina de Fernando Morán.

          Fernando Moran López fue senador socialista a la llegada de la democracia y más tarde con Felipe González, como Presidente del Gobierno, fue ministro de Asuntos Exteriores entre 1982 y 1985. Durante su mandato finalizó las negociaciones con la Comunidad Económica Europea y el 12 de junio de 1985 firmó el protocolo histórico de adhesión a dicho organismo junto con el Rey de España, Juan Carlos I, y Felipe González.

          Al cesar como ministro fue nombrado embajador de España en la ONU. A su regreso de Nueva York encabezó la candidatura del PSOE en las primeras elecciones (año 1987) al Parlamento Europeo siendo elegido eurodiputado y repitiendo en 1989 y 1994. Fue en esta última legislatura cuando coincidió, en Bruselas y Estrasburgo, con los otros dos eurodiputados avilesinos, Laura González y Alonso Puerta. En 1999, de regreso a España encabezó la candidatura socialista a la Alcaldía de Madrid que ganaría el candidato del PP, Álvarez del Manzano.

          Escritor de numerosos artículos y trabajos sobre diversos temas también ha publicado catorce libros. Ya no viene por Avilés pues su delicada salud lo retiene en Madrid.

          Quien sigue viniendo es Alonso Puerta Gutiérrez, aquí nacido el 24 de marzo de 1944 y estudiante del Colegio San Fernando. En Madrid obtuvo el título de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Al igual que los dos anteriores también había militado, en la clandestinidad, en formaciones políticas de izquierdas. Luego fue secretario general de la Federación Socialista Madrileña y diputado en el Congreso por el PSOE, así como concejal y portavoz del grupo socialista en la Corporación madrileña presidida por Enrique Tierno Galván.

          En 1981, siendo vicealcalde de Madrid, entró en conflicto con su partido al oponerse a la adjudicación irregular de contratas. Una actitud que para muchos sigue siendo hoy, 35 años después, un ejemplo de comportamiento de un cargo público en el ejercicio del poder. Alonso Puerta es un episodio aparte.

          Posteriormente, en 1982, ingresó en el Partido de Acción Socialista (PASOC) llegando a ser elegido secretario general y llevó a su nuevo partido a participar, en 1986, en la fundación de Izquierda Unida donde fue miembro de la Presidencia Federal. Y en esa formación fue elegido eurodiputado desde1987 a1999, coincidiendo en 1994 con Laura González y Fernando Moran. Llegó a ser vicepresidente del Parlamento Europeo. Actualmente preside, en Madrid, la Fundación ‘Indalecio Prieto’ que precisamente estos días (y hasta el 24 de julio) expone en Oviedo la muestra ‘La razón en marcha’.         

          Alonso Puerta, Fernando Morán y Laura González naciendo en la Villa del Adelantado y coincidiendo cinco años como eurodiputados en los Países Bajos consiguieron, para Avilés, poner una pica en Flandes. 

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Poblado de Llaranes, admiración urbanística
Alberto del Río Legazpi 03-07-2016 | 11:12 | 0

El establecimiento de la gran siderúrgica Ensidesa en Avilés, generó  multitud de efectos industriales y también sociales como es el caso del Poblado de Llaranes.

          A la hora de escribir sobre Llaranes recuerdo una frase de José Luis García Martín: «El avilesino vive o trabaja en Avilés y ha nacido en cualquier parte, incluso en Avilés».

          A partir de 1954 muchos avilesinos, como los que señala el poeta, establecieron su domicilio (facilitado por la empresa) en un nuevo poblado construido en una de las zonas más antiguas, históricamente hablando, de la ciudad. O sea Llaranes (ver ‘El asombroso Llaranes por tierra, mar y aire’).

Año 1955. Llaranes en primer plano, Avilés al fondo.

          Allí, al lado de la población tradicional y de lo que queda de su pequeño templo de San Lorenzo, con guiño de ventana prerrománica, surgió un nuevo poblado con perlas como su iglesia de Santa Bárbara,  que alberga un bárbaro (también cabe decir maravilloso) patrimonio de arte moderno.

          Urbanísticamente atrevido, en forma y fondo, el poblado fue trazado por los arquitectos Francisco Goicoechea y Juan Manuel Cárdenas y es hoy una notable referencia urbanística nacional e internacional.

          Una referencia extraña para la oscura época en que se construyó por su funcionalidad, pues por entonces (año arriba, año abajo) se edificaron en Avilés mamotretos como los poblados de La Carriona y La Luz, por ejemplo. Y también por la filosofía de partida de crear un pueblo nuevo modélico de la noche a la mañana, de arriba abajo, con escuelas, hospital, instalaciones deportivas, iglesia, comercios (economato), centro social con múltiples actividades de ocio, parques y hasta plaza mayor clásica que incluía soportales y un destacado edificio en plan Ayuntamiento y que no siéndolo actuaba mejor que muchos de ellos.

Año 1968. Postal del Poblado de Llaranes.

          El nuevo poblado era como un injerto, en Asturias, de una población anglosajona, horizontal y no vertical en el crecimiento, con el extraño añadido de tejados de pizarra en todas las viviendas, lo que algunos interpretaban como un toque nórdico, pero que fue una casual transacción comercial.

          Destacan sus casas en su gran mayoría de planta baja y piso (el máximo eran bajo y dos plantas) y la abundancia de pequeñas zonas ajardinadas que las separan. El callejero fue otro dato inusual pues a las calles nuevas se les daban  nombres de políticos e ideólogos del régimen franquista. En Llaranes las calles construidas en la parte baja –en las antiguas praderías del potentado Gonzalo Heres ‘El Diamante’– llevan el nombre de ríos asturianos y de montes en la parte alta, donde está el edificio más elevado –como manda la tradición– o sea la iglesia, que es la de Dios en todos los sentidos, incluido su contenido artístico vanguardista.

          Inaugurado oficialmente en 1956 el poblado fue modélico en cuanto a su mantenimiento y un verdadero chollo para los vecinos, en torno a cinco mil. La mayoría de las reparaciones de las viviendas corrían a cargo de la empresa y se pintaban las fachadas con regularidad, cuidándose con mucho esmero calles, jardines y parque. Ya comprenderán, los que no conocieron aquellos tiempos, que todo esto fue algo excepcional en una época de vacas muy flacas, ética y estéticamente hablando.

Año 2008. En la Plaza Mayor con dos 'clásicos' del Poblado: Roberto Riestra a la izquierda y 'Nel' García a la derecha.

          Los niños de enseñanza primaria tenían educación gratuita en centros construidos al efecto y que por su singularidad son un episodio aparte. Los escolares en edad de estudios secundarios disponían de autobuses (lo que entonces era un lujo) gratuitos que los trasladaban a los diversos centros educativos de Avilés.

          La plaza mayor está diseñada en forma de U, con soportales para alojar locales comerciales. De hecho allí se instaló una entidad bancaria, correos, telefónica, una farmacia y una magnífica cafetería. También comenzó a funcionar el economato (mercancías a precios de coste) que no pudo atender a una enorme demanda e hizo necesario la construcción de un nuevo edificio, a escasa distancia de la plaza, de una arquitectura funcional y avanzada para la época, como casi todo lo del Poblado, cuya historia cuentan excelentemente, en sus libros, José Ángel del Río Gondell (‘Llaranes. Tres épocas’) y Jorge Bogaerts (‘El mundo social de Ensidesa’).

          Aquel economato inaugurado en agosto de 1962, lo explota desde 1995, y como supermercado, una empresa privada. Ya en 1983 la mayor parte de las actividades sociales comenzaron a ser abandonadas por Ensidesa, entonces inmersa en una crisis siderúrgica mundial. Las casas del poblado fueron puestas a la venta y los servicios públicos dejaron de ser cosa de la empresa haciéndose cargo de ello el Ayuntamiento de Avilés, lo que fue el colorín colorado.

          La Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (Ensidesa) generó en Avilés gigantescos efectos industriales y también sociales. Y aunque, los que vinieron detrás, no dejaron ni migajas de instalaciones industriales más destacadas (un Horno Alto o la Central Térmica), de los sociales ha sobrevivido el Poblado de Llaranes por ejemplo.

          Ha perdurado su singular urbanismo, excepción que confirma la regla de mediocridad en la materia. Una creación que ojala quede ahí para siempre, como una señal, como una huella palpable de aquel tiempo –mediado el siglo XX– que marcó la mayor transformación que Avilés sufrió en su Historia.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta