El Comercio
img
Fecha: agosto, 2016
La célebre mina de Arnao y la reina Isabel II de España
Alberto del Río Legazpi 28-08-2016 | 12:20 | 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 23/11/11 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Arnao asombra.

            El de las piedras negras que salieron de una mina submarina, tan fascinante vista desde fuera como tremenda para los que la trabajaron. Hablo del Arnao del concejo de Castrillón cuya capital va también de piedras, pero blancas.

            Topónimo, el de Piedras Blancas, que tiendo a asociar al cine americano o a la literatura de Dickens. Aunque el poder seductor del cine sea más persuasivo a estos efectos, por ejemplo si hablo de películas míticas como ‘Al este del edén’ cuya acción transcurre en una lejana Salinas (Monterey. California. USA), que visionada a mis 18 años me llevó a admirar mucho más –por ‘contagio’ cinematográfico– a mi cercana Salinas (la de Castrillón. Avilés. Asturias. España).

(Foto de María Pérez, en la página de Facebook 'Amigos de la playa de Arnao')

            Pero el caso es, hoy, Arnao. Y su mina submarina actualmente reconvertida en un museo que es episodio aparte.

            Este yacimiento es la madre del cordero del carbón español. Una explotación internacionalmente histórica, hoy restaurada, a la que no estamos valorando, todavía, en su justa medida. La Mina es el buque insignia del Conjunto Histórico Industrial de Arnao, la excepción –maravillosa– del tan ignorado, como despreciado, patrimonio industrial asturiano, que Castrillón se empecinó en respetar y rescatar. Chapó para su Ayuntamiento.

            Como será lo de esta mina que hasta una Reina de España, Isabel II la visitó, un 24 de agosto de 1858. Vino acompañada, aparte de su séquito, por su marido el Rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, personaje que hoy haría las delicias de la prensa amarillista. Aunque en esto también le ganaría ella.

            Estaba previsto un tranquilo vino español en la campa de Arnao. Pero de pronto,la Reina, se dirigió al castillete del pozo minero y manifestó el deseo de descender a las galerías, ante la sorpresa y el consiguiente canguelo, tanto de los miembros del Gobierno español, como de los directivos de la Real Compañía Asturiana de Minas.

            Isabel II, un trueno de mujer famosa por su remango, arrastrando a su aterrado –y no era de extrañar en este caso– esposo, descendió los ochenta metros de profundidad sin aguardar el resultado del más elemental reconocimiento de seguridad que le imploraba el Jefe del Gobierno español.

            Salida de la jaula (o sea, el ascensor del pozo minero) la Reina, ni corta ni perezosa recorrió las galerías con paso rápido, incluida la principal de un 14% de desnivel y que discurre bajo las aguas del Océano Atlántico y «nunca antes visitada por mujer ninguna» recorriendo unos doscientos cincuenta metros, según escribió el cronista Juan de Dios dela Rada, en su ‘Viaje de SS. MM. y AA. Por Castilla, León, Asturias y Galicia, en el verano de 1858’.

'Isabel II' óleo de Franz Xavier Winterhalter. 1852. (Palacio Real).

            El tránsito, abundante en malos pasos, hizo que la Reina quedara hecha un santo cristo de cintura para abajo. Pero no se arredró y siguió guiando (o sea, empujando) a la sobrecogida comitiva hasta llegar al final de la galería submarina y saludar a los sorprendidos picadores que faenaban en él.

            Según cuenta el cronista, hubo gente, como un ingeniero belga apellidado Schmit, que arruinó el protocolo a grito pelado: «¡Usted se merece algo grande de todo corazón!», alucinado ante los arrestos de Isabel de Borbón.

            La Reina, que salió hecha unos zorros, se tomó un refrigerio y departió con los invitados que la esperaban en superficie. En cuanto a los ‘supervivientes’, que se vieron en la obligación de acompañarla en el paseo submarino, fácil es imaginar su alterado estado de ánimo.

            La noticia llegó rápidamente a Avilés. Y en el muelle se congregó un gentío que la vitoreó cuando desembarcó de la falúa que la había trasladado hasta la Villa(se alojaba en el palacio del marqués de Ferrera). Entre ellos un caballero, de nombre Lino, acompañado de su pequeño sobrino, el niño Armando Palacio Valdés, que –años más tarde– narraría aquella llegada ‘triunfal’ de Isabel II en ‘La novela de un novelista’.

            Arnao es de novela y de cine. Alumbra y deslumbra. 

Ver Post >
Historia creciente, geografía menguante
Alberto del Río Legazpi 21-08-2016 | 12:22 | 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/05/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

          En ningún tiempo de la historia avilesina su sosegada geografía ha sido tan cambiante como en el actual. Aquí van dos ejemplos.

          En 1950, el Estado español creaba la Empresa Nacional Siderúrgica Sociedad Anónima (o sea ENSIDESA), para abastecer a España de acero, instalándola mayormente en la margen derecha de la ría de Avilés.

El paisaje que definió una época histórica de Avilés, los hornos altos de ENSIDESA. Foto tomada en los años setenta, desde una avenida de Cervantes en obras de prolongación y urbanización. A la izquierda, la casa que marca el final de la calle Rivero. Foto Archivo Fran.

          Por aquel entonces la villa asturiana contaba con cerca de 20.000 habitantes y su Ayuntamiento manejaba un presupuesto anual de 3.325.063,68 pesetas (19.984,04 euros). A partir de entonces se produjo una descomunal explosión demográfica social, económica y cultural. Un episodio aparte.

          La instalación de la gran siderúrgica –que a efectos de imagen, se resumía en aquellos cuatro hornos altos colocados en línea recta una singularidad [entonces] en la industria siderúrgica– cambió para siempre la vida de la ciudad y es sin duda el acontecimiento más importante de la historia de Avilés, aunque algunos se empeñen en borrar (mejor dicho: volar) sus más valiosas huellas.

          ENSIDESA tuvo varias décadas diferenciadas en su trayectoria. La de los años 50 fue la de su puesta en marcha, con miles de inmigrantes llegados a la villa; la de los 60 la del monopolio siderúrgico, su producción masiva y los malos humos contaminantes; la de los 70, la de malos humores, crisis mundial de energía y conflicto sindical; la de los 80, la reconversora o ‘tente mientras cobro’; la de los 90 fue la privatizadora que destruyó valiosísimas instalaciones sin orden ni concierto. Y la actual, la de hoy, la de Mittal, la de ‘Virgencita, virgencita, que me quede como estoy’. 

          Muchas cosas cambió aquella ENSIDESA. Primero descuajeringó el plácido paisaje de Avilés con sus instalaciones y cuatro décadas más tarde lo volvió a descomponer con la desaparición de las mismas, cuando ya nos habíamos acostumbrado a los hornos altos.

          Se eclipsó aquel horizonte de grandeza que definía (a la vez que acoquinaba, la verdad sea dicha) a la ciudad. Nos esfumaron el gótico industrial, o sea aquellos cuatro hornos altos –bautizados con nombres femeninos como manda la tradición siderúrgica– que tanto afumaron pulmones y tiñeron de gris polvoriento la histórica villa reconvertida en afamada capital industrial europea.

          Y fue así como de ‘Horizontes de grandeza’ pasamos a ‘Horizontes perdidos’. De película.

El sorprendente y espectacular paisaje surgido en 2007, originado por el derribo de una vieja manzana de edificios, entre las calles Rui-Pérez y Pedro Menéndez. Foto Manuel Campa.

          También de cinemascope –y de miles de fotos– fue lo que ocurrió en 2003, cuando en pleno centro de la villa, se produjo un repentino y milagroso nacimiento paisajístico. Fue en el barrio de Sabugo, que ni es puñetero y donde no huele a besugo ni a suelas de zapatero, como se empeña en cantar la copla. Allí brotó un nuevo panorama, un lujoso horizonte, al derribar una manzana de casas, conocida como la de los Álvarez. Y nos descubrió un paisaje urbano esplendoroso.

          Pero lo singular suele ser efímero y la exhibición estética la contemplamos contra reloj, porque iba siendo borrada a medida que ganaba altura y anchura la obra civil, que ocupó el sitio de la derribada manzana.

          Fue un prodigio histórico que observamos en vivo, pasmados y en formato 3 D. Porque vimos lo nunca visto, que abarcaba desde el recién descubierto costado derecho de la iglesia nueva de Sabugo incluidas sus torres de 47 metros de alturas, a los preciosos edificios de la calle Rui-Pérez que siempre nos había negado la estrecha perspectiva de la calle del marino. Y entre ambos costados, la cara de ese espectacular edificio modernista de principios de siglo XX de la calle La Florida.

Foto José Fernández.

          La geografía y la historia jugando a las cuatro esquinas.  Desde LA VOZ DE AVILÉS veíamos el parque del Muelle. Aquello fue algo mágico, una especie de refocile ético y estético. Y si éste desahogo urbano fue la leche, fresca, lo de aquella ENSIDESA fue la leche en polvo.

          Total que unos abaten la historia y otros le suben las faldas destapándola, fugazmente eso sí, que no conviene excitarse. No están los tiempos para calenturas, que la cosa está que arde, con Bolsas, Montoros y mercados echando humo.

          ¿El último que apague la luz? De eso nada. Hay mucho de caos financiero a plazo fijo y un desmedido terror mediático.

          Y en Avilés sabemos, por experiencia, que nunca llovió que no escampara. Niemeyer incluido, claro.

Ver Post >
La colosal calle de San Francisco, famoso plató cinematográfico
Alberto del Río Legazpi 14-08-2016 | 1:49 | 3

(Reedición corregida del episodio publicado el 18/03/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Es una de las calles más insólitas de la ciudad asturiana, compuesta por un magistral conjunto de edificios modernistas porticados que están complementados por palacio, fuente barroca y bosque (a un costado y al pie, respectivamente) de un convento medieval. La de Dios.

            Viene del siglo XIII, cuando los franciscanos arribaron a Avilés y se instalaron en las afueras de la villa. Extramuros, construyeron su convento –bautizado San Francisco del Monte– al estar en un pequeño promontorio boscoso próximo a la puerta de la muralla conocida como de Cimadevilla y también La del Reloj, hoy calle de La Fruta.

            Consta, en el Libro de Acuerdos municipales de 1598, nombrada como La Canal porque las aguas –que abastecían Avilés desde Valparaíso– discurrían, aquí, por una canaleta a cielo abierto hacia el recinto amurallado. Siglos después fue calle General Lucuce (1903), Pablo Neruda (octubre de 1934, aunque no consta oficialmente), José A. Primo de Rivera (1938) y desde 1979 calle San Francisco.

            Es la única rúa tradicional avilesina que se mantiene porticada en toda su extensión en la acera de la derecha, la que reúne viviendas particulares. Los soportales acogen mayormente negocios hosteleros con la excepción de una tienda de ultramarinos tradicional llamada, con justicia, ‘La Colosal’ (1932). Una gozada.

            En la acera izquierda ‘solo’ hay un palacio, una fuente, un bosque y una iglesia.

            Entre los edificios números 2 y 16, los arquitectos Manuel del Busto (autor del diseño del teatro Palacio Valdés) y  Antonio Alonso Jorge (autor del de las Naves de Balsera) trazaron hace casi cien años y para admiración general, magníficos edificios donde abunda el modernismo en cantidad y calidad, sin faltar el ‘art deco’. Los soportales son de una elegancia notable y terminan, como la calle misma, adelgazados en altura y anchura, afilándose hacia un estilo tradicional para penetrar, como un pequeño puñal en Álvarez Acebal, esa plaza que te emplaza en Avilés.

            Y frente a todo este conjunto de viviendas, el más importante de la arquitectura avilesina de principios del siglo XX, están tres poderosas señales de la identidad histórica de la villa.

            Desde el lateral del palacio Ferrera de estilo barroco tempranero o renacentista tardío –que tanto me da, que me da lo mismo– hasta la fuente de San Francisco de seis caños y cuatrocientos años. O la portada principal del aquel antiguo convento, de hace ocho siglos, hoy parroquia de San Nicolás de Bari.

Woody Allen y Scarlett Johansson.

            Difícil, encontrar en cualquier ciudad, calle con tanta calidad y cantidad–histórica y constructiva- en tan escaso recorrido métrico, pues no alcanza los cien metros de longitud.

            Así que con tales prodigios no extrañe que famosos creadores cinematográficos tomen esta calle como escenario de sus películas. Citaré, como ejemplo, a dos de ellos, que además están premiados con un Oscar de Hollywood: el español José Luís Garci, rodó aquí secuencias de sus películas ‘You’re the One’ y ‘Luz de domingo’; y el norteamericano Woody Allen algunas de su filme ‘Vicky Cristina Barcelona’.

            Un plató con una milagrosa potencia icónica el de San Francisco, que no confundir con el San Francisco de California (Estados Unidos) ya que este de Avilés (España) tiene una antigüedad contrastada de cerca de mil años.

            Homérica longevidad, que diría John Ford.

Ver Post >
Aquel día, cuando por caminos de hierro llegó el tren a Avilés
Alberto del Río Legazpi 07-08-2016 | 12:30 | 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 26/02/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

          En un verano, de finales del siglo XIX, nos llegó el invento del ferrocarril. Ocurrió el 6 de julio de 1890 y es una relevante fecha en la historia local.

         En la mañana de aquel día y sobre un camino de hierro anclado a tierra firme, nos llegó el invento: una locomotora a vapor tirando por doce vagones atiborrados de autoridades, invitados y demás familia, que fueron basculados en la elegante estación, que todavía hoy conservamos.

El recibimiento fue multitudinario y muy festejado. Las actas del Ayuntamiento reflejan que en las celebraciones se gastaron 17.749,38 pesetas. Una pasta.

         Pero la ocasión lo merecía, porque el tren y las obras de la canalización de la Ría, recién terminadas, marcaban un hito en el avance industrial avilesino.    

         En el final de aquel siglo XIX a Avilés se le vino encima una catarata de modernidad: Canalización de la Ría, nueva Dársena de San Juan de Nieva, servicio telefónico urbano, alumbrado público eléctrico (pionero en Asturias, un regalo del marqués de Pinar del Río) y la llegada del ferrocarril, propiciada por aquel político-empresario-historiador que fue el segundo marqués de Teverga.

          Adviertan como curraba, por entonces, parte de la nobleza. Para que luego digan.

          Y es que hasta el director de la obra ferroviaria fue un conde, el italiano Sizzo-Noris, ingeniero y contratista de la compañía ‘Caminos de Hierro del Norte’ a la que se le adjudicaron las obras en 2.500.000 pesetas. Iniciadas el 1 de junio de 1887, día lluvioso según escribe el marqués de Teverga, barrenando las rocas de La Consolación, por debajo de la capilla corverana y continuándose desde aquí los trabajos del ‘sembrado’ del carril, en ambas direcciones: hacia Villabona (donde enlazaba con la línea principal Gijón-Madrid) y hacia San Juan de Nieva (fin de trayecto) y adonde llegaría, para la exportación vía marítima, el carbón de las cuencas mineras.

          Tres años después, en 1890, nacía para los avilesinos un nuevo transporte terrestre que anuló al que había: la diligencia. La que circulaba entre Gijón y Avilés rebajó el precio de los billetes a los viajeros, de 4 pesetas a 3. Pero fue inútil porque terminó capotando.

         Ya en 1854, al poner en marcha el tramo Gijón-Madrid, quedó muy claro que aquella novedad del ferrocarril iba a arrasar como medio de transporte, por comodidad y la duración del viaje. El dato es demoledor: el tiempo invertido por el tren entre la ciudad asturiana y la capital de España era de 22 horas, contra las 70 (repito: setenta) que tardaba la Diligencia de Postas, o coche tirado por caballos, medio tradicional de transporte hasta entonces.

         Y fue así, como los caballos de vapor sobre caminos de hierro, sustituyeron a los de cascos herrados y crines al viento por caminos polvorientos o embarrados. Moría un romanticismo y nacía otro.

          Los carriles pasaron a formar parte del paisaje urbano avilesino, tanto que en 1893 se puso en marcha un tranvía de vapor (La Chocolatera) entre Avilés y Salinas, otro de mercancías entre Salinas y Arnao y en 1921 un tranvía eléctrico que comunicaba Villalegre con Piedras Blancas cruzando las principales calles de Avilés; aparte del popularmente conocido como ‘Carreño’ hoy FEVE. Son episodios aparte.

         Pero lo que entonces fue progreso, hoy pasa por retroceso. Porque con el trazado ferroviario Avilés le perdió la cara a la ría, que es la madre de su puerto, siendo éste el padre de una villa histórica de muchos perendengues y que entonces perdió su fachada marítima.

         Además se ha multiplicado el tráfico urbano hasta niveles abusivos. Por lo que, para seguir progresando, es necesario trasladar o enterrar, los caminos de hierro. Y los otros.

         Va a tener razón el intelectual londinense Henry H. Ellis cuando dice que lo que llamamos progreso es el cambio de un inconveniente por otro. Y es que los ingleses… ¡pero que demonios! ¡Si hasta inventaron el tren!

Ver Post >
Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta