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Fecha: noviembre, 2016
Los Telares, avenida
Alberto del Río Legazpi 27-11-2016 | 11:26 | 0

Una calle que cuenta con una instalación viajera que tienen muy pocas ciudades de España.

          Los Telares es avenida de límites singulares y contenido difícil  de ver en cualquier otro sitio, no solo de Avilés sino de Asturias y en España habría que ver cuántas. Me estoy refiriendo a la conocida como estación intermodal.        

          La avenida comienza, en su margen derecha, con una elegante mansión (Casa de Larrañaga) y termina en un restaurante (San Félix) facedor de una lubina al champán de chuparse los dedos. Por la acera izquierda empieza con sidra (Casa Lín) y termina con agua que mana en una fuente–lavadero de 1925, hoy remozado y única muestra de los que hubo antaño por la villa.

          En el siglo XIX la industria se instaló en esta Los Telares y en Llano Ponte, porque eran calles nuevas hechas a la carta para levantar naves por ejemplo de fabricación de telares tan importantes como para bautizar al barrio con esta actividad industrial textil. Los Telares también es nombre de una cadena comercial hoy desaparecida, de momento, con tiendas en toda España por obra y gracia de Julián Rus Cañibano uno de los empresarios más comprometidos socialmente con Avilés, mérito que nadie le podrá quitar.

          También se estableció aquí, en 1883, una vidriera (la de Ibarra, Galán y Compañía) que complementaba la producción de otra (propiedad de Antonio Orobio) situada al final de Llano Ponte al lado del popular Arbolón. En esta de Sabugo, instalada frente a la actual estación, al cesar el negocio sus naves fueron aprovechadas durante años (hoy se levanta en el solar una manzana de viviendas) por la firma García Fernández distribuidora de artículos ferreteros,  cuyos dueños tenían lazos de parentesco con el famosa comercio de ‘Los Castros’ incrustado en el palacio de Camposagrado, hoy Escuela Superior de Arte del Principado. Lo que son las cosas.

          Pero fue la llegada del tren, el 6 de julio de 1890, la que acabó dándole rango singular a la avenida al instalar en ella la estación de aquel revolucionario invento que vino por caminos de hierro. Ciento seis años más tarde, en 1996, se le añadió una estación de autobuses y otra más de ferrocarril, éste de vía estrecha (Feve). El conjunto es llamado estación intermodal algo que, como ya dije, se ve en muy pocas poblaciones y que además añade un espectacular mural del artista Carlos Suárez titulado ‘El bosque encantado’ ganador de un concurso convocado en 2001 al efecto por el Rotary Club de Avilés. Los veinte paneles del mural, de 3,5 por 5 metros cada uno, delimitan la estación. Tela.

          La estación avilesina con el tiempo tuvo, y tiene, una cantina como pocas en España. Arsenio Fernández ‘Tito’ hizo posible que durante una época (el último tercio del pasado siglo) tuviera un restaurante de mucho postín; me acuerdo de ver allí al presidente del Real Madrid, entonces Ramón Mendoza, acompañado de gente como Gento, mito del fútbol español. Hoy, como el que tuvo retuvo, es uno de los establecimientos hosteleros más frecuentados de la ciudad.

          En aquel año de cuando el tren, de 1890, Manuel Solís Solís, al que los conocidos llamaban Manolín y sus amigos más cercanos ‘Lin’ puso en marcha un negocio hostelero que con el tiempo se convirtió en un clásico en la lista de sidrerías asturianas tradicionales. En Lin se tiene visto escanciar culinos (dicho sea en el mejor de los sentidos) a estrellas cinematográficas como los actores Brad Pitt o Kevin Spacey.

          Y casi frente a Casa Lin, y antes de que terminara aquel siglo XIX, el Ayuntamiento avilesino concedió al ingeniero y empresario vasco Carlos Larrañaga Onzalo, director de buena parte de las obras de canalización de la Ría, licencia para construir su casa.

          Larrañaga vivió literalmente entre vías, pues les pasaban por delante, por detrás y por un costado. El tren por un lado y el tranvía llamado La Chocolatera por el otro ya que salía del parque del Muelle e iba por la actual avenida de Los Telares hasta Raíces donde se desviaba a Salinas. Este tranvía a vapor convivió varios años con el eléctrico que, procedente de Villalegre y atravesando Avilés, pasaba también por un lateral de la mansión para cruzar el paso a nivel –que hoy lleva el nombre del empresario vasco– y enfilar a San Juan de Nieva, Salinas y Arnao.

          Estando en una ciudad como Avilés milagro sería que no hubiera por aquí algún rastro medieval. Estaba en el solar hoy ocupado por la estación y era conocido como Campo de Bogaz, donce trabajaban los carpinteros de ribera (astilleros artesanales) fabricantes de naves con las que se ganaba la vida la gente de Sabugo. Tela marinera.

          La avenida actual, fue antiguamente Camino de Pravia, pero cuando los tiempos le trajeron urbanización fue rebautizada como Carretera de Pravia y más tarde Los Telares, por la industrialización antes citada. En 1937, en plena guerra civil, y para agradecerle a la ciudad de Lugo sus ayudas  a la población de Avilés (alimentos y ropa) fue oficializada como Avenida de Lugo la que discurría entre el paso a nivel de Larrañaga y Raíces, población que marca por carretera el final del concejo avilesino e inicios del de Castrillón. En 1979 al tramo de la avenida que va desde el paso a nivel citado hasta la fuente–lavadero volvió a recuperar el nombre de Los Telares y el resto hasta Raíces siguió con el de Lugo.

          Tela la de Los Telares.

 

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Un Carreño en Bermudas
Alberto del Río Legazpi 20-11-2016 | 11:25 | 0

Bermudas territorio británico en alta mar, a mil kilómetros de la costa este de Estados Unidos, fue explorado por primera vez por el marino avilesino Bartolomé Carreño hace cerca de 500 años.

          Bermudas viene de Bermúdez, apellido de un marino andaluz natural de Palos de la Frontera en la provincia de Huelva.

          Este Bermúdez, de nombre Juan, parece que ya había formado parte de la histórica expedición que, en 1492, al mando de Cristóbal Colón y financiada por los Reyes Católicos de España descubrió América para los europeos.

          Después de aquella legendaria aventura el pionero Juan Bermúdez se dedicó al transporte marítimo de personal, vituallas y aprovisionamientos entre el nuevo continente y España, lo que se llamó Carrera de Indias.

          En uno de estos viajes y al regresar a Sevilla, habiendo partido de la isla La Española (donde hoy se asientan la República Dominicana y Haití) parece que su nave fue desviada de su rumbo habitual por un tremendo vendaval que la arrastró hacia el norte (frente a la costa este de los, hoy, Estados Unidos) topándose con una isla tan desconocida, para la navegación de entonces, como considerable. Estaba rodeada de peligrosos arrecifes y los marinos españoles rendidos por la tormenta no desembarcaron, pero el aplicado capitán Bermúdez tomó nota del hallazgo y bautizó al nuevo territorio como ‘La Garza’ que era el nombre de su barco. De poco le sirvió porque la autoridad competente, a la que dio cuenta una vez llegado a puerto español, a la isla descubierta por Bermúdez decidió que ni Garza ni leches, que era más fácil llamarla Bermuda constando así por primera vez –y ya para siempre– en la ‘Legatio Babylonica’ obra y cartografía publicada en 1511 por Pedro Mártir de Anglería, cronista de Indias.

          Pero si Juan Bermúdez nunca puso un pie en la isla que descubrió, quien sí lo hizo fue el marino asturiano Bartolomé Carreño, capitán de una expedición que por mar y tierra exploró aquella Bermuda en 1538. Salvando los endiablados arrecifes, desembarcó y estudió durante cerca de un mes el territorio descubriendo que no era una sola, sino que había 149 Bermudas más. El archipiélago está formado por tan considerable número de islas e islotes, de las cuales sólo seis cobran mayor importancia: Bermuda o isla Main; Somerset; Ireland; Saint George’s; Saint Davids, y Boaz.

          Todo lo que descubrió lo plasmó en un Memorial titulado ‘Descripción de la isla de la Bermuda y sus puertos y de las islas y bajos circunvecinos a ella’ que se conserva en el Archivo de Indias de Sevilla.

          El diccionario geográfico de Antonio de Alcedo (Madrid, 1789) afirma entre otras cosas que en Bermudas casi todo el año es primavera… que se recogen dos cosechas de frutos al año… pero que los relámpagos y truenos cuando hay tempestades son tan terribles como los huracanes… aunque el clima es tan sano que rara vez se ve morir allí ninguna persona que no sea de vejez.

          Hoy Islas Bermudas es territorio británico y sus cerca de 70.000 habitantes tienen uno de los mayores índices de renta per cápita del mundo. Viven en uno de los más conocidos paraísos fiscales y en ese aspecto toca el cielo monetario, pero desciende a los infiernos con el asunto del famoso Triángulo de las Bermudas (del que es uno de los vértices junto con Miami y Puerto Rico), una especie de inquietante agujero negro que para algunos succiona naves y aviones y también base de extraterrestres. Este virtual triángulo ciertamente inquietante, al menos climatológicamente, fue inventado en 1953 por varios escritores y desde entonces goza de gran éxito en la literatura y medios de comunicación amarillistas.

          Bartolomé Carreño había nacido en Avilés, en fecha imprecisa, hacia el año 1503 y ya de niño se buscó la vida, Pedro Menéndez de Avilés (1519–1574) haría pocos años después algo parecido. Una publicación de la Historia Naval de España dice de Bartolomé Carreño que «Muy joven y atrevido, abandonó su casa paterna y viajó por sus medios, que no eran muchos, hasta la ciudad de Sevilla donde se embarcó, teniendo datos de hacerlo por primera vez en el año de 1514». Que se sepa nunca volvería a Avilés, muriendo hacia 1568 en Sevilla donde residía cuando no estaba en América o navegando.

          Bartolomé es un marino tan desconocido en su tierra natal donde poco se habla de él, hasta el enciclopédico Constantino Suárez ‘Españolito’ reconoce no tener aportaciones propias. Entre los historiadores actuales a Helena Carretero Suárez sí que la he oido hablar de este Carreño marino a propósito de la nobleza avilesina en los siglos XVI y XVII, en una magnífica conferencia, donde criticaba con acierto que en lo tocante a los siglos en cuestión todo se limita, prácticamente, a Pedro Menéndez de Avilés.

          Sin embargo Bartolomé no paraba. Era hiperactivo. Combatía a los corsarios franceses que atacaban naos españolas en aguas caribeñas; sometía con severidad a los indios caribes, caníbales ellos que se merendaban españoles a las primeras de cambio, y nada menos que 33 viajes efectuó entre la península ibérica y las islas del Caribe. Fue ascendiendo en rango hasta llegar, en 1552, a hacerse cargo de la flota de la Carrera de Indias compuesta por seis barcos de guerra.

          Pero tuvo que reclamarle al monarca, en otros dos Memoriales, pues que no veía una perra (entonces ducados eran las monedas) por sus servicios a la corona «habiendo servido padres, hijos, abuelos y antecesores a S.M. sin haberles hecho meced alguna hasta entonces».

          Los reyes de la dinastía Austria, en especial Carlos I y Felipe II, eran tacaños, ya lo cantaba Luis de Góngora en su famoso poema: «Cruzados hacen cruzados, Escudos pintan escudos, y tahúres muy desnudos, con dados ganan condados, Ducados dejan ducados, y coronas Majestad, ¡Verdad, verdad!». 

          Generalmente y en todas sus aventuras y desaventuras, mercantiles o guerreras, Bartolomé se hizo acompañar de su hijo mayor Francisco Carreño –un episodio aparte– que llegaría a ser Gobernador de Cuba y que fue uno de los capitanes que envió a la Amazonía, el rey Felipe II, a reprimir el sarao sangriento montado por Lope de Aguirre y sus cimarrones, que tanto juego literario y cinematográfico ha dado posteriormente.

          Cuando escuche, que lo hará a espuertas, el término Bermudas asociado a paraíso fiscal o a triángulo geográfico pavoroso, acuérdese de que el marino avilesino Bartolomé Carreño fue quien primero exploró las islas Bermudas y las dio a conocer. El término va a asociado históricamente a él.

          Además, y esa es otra, ¿quién no tiene unas bermudas como prenda de vestir para navegar en los veranos de las calles de Nueva York, París, Singapur o Piedras Blancas? Solo una minoría que no va con las modas triunfantes.

          No somos nada.

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La vuelta a Avilés en 80 minutos
Alberto del Río Legazpi 13-11-2016 | 11:32 | 0

La expo de Julio Verne plantada en el Niemeyer da pie, dicho sea en todos los sentidos, a recorrer el casco histórico de Avilés en una hora y veinte minutos.

      En ‘La vuelta al mundo en ochenta días’ Julio Verne narra las peripecias del británico Phileas Fogg y de su ayudante Jean Passepartout para ganar una apuesta consistente en dar la vuelta al mundo en ochenta días del año 1872.

      En este otoño de 2016 el espíritu del escritor francés debería teñir Avilés de proyectos fantásticos o de aventuras visionarias.

      Autor de novelas como la citada o del ‘Viaje al centro de la tierra’ la expo de Verne puede ser una excusa para partiendo del centro del casco histórico avilesino dar una vuelta al mismo en ochenta minutos.

Calle de La Ferrería.

      Se puede lograr partiendo de la plaza de España (El Parche), centro del casco histórico avilesino, para trasladarnos ala Edad Media, o sea a La Ferrería calle de viejos soportales y casas gastadas por el tiempo que ha trabajado borrando de alguna de sus fachadas escudos nobiliarios. También es residencia del palacio gótico de Valdecarzana y aledaña a la capilla de igual estilo de la familia de Las Alas, aunque todavía más antigua (siglo XII) es la portada románica de la iglesia de San Antonio, conocida hasta el otro día como la de Los Padres.

      Esta calle desemboca en lo que fue durante siglos puerto de Avilés y hoy es un parque modernista con un semillero de estatuas copias de originales expuestos en el Louvre. Atravesado este jardín se regresa a tiempos medievales en Sabugo, antaño pueblo de pescadores, donde manda su pequeña iglesia del siglo XIII presidiendo una plaza encantadora.

      Tomando una estrecha calle de gastadas columnas dedicada al escritor y dramaturgo Bances Candamo, nacido en ella y muerto en Lezuza, se llega a la antigua zona veneciana de la villa, donde se edificó la plaza del mercado, espacio muy singular con cuatro entradas y perímetro completamente rodeado de galerías sostenidas por columnas de hierro adornadas con rejería; fue construido en 1873, año de publicación de ‘La vuelta al mundo en 80 días’ de Julio Verne.

      Pero de ahí –el tiempo apremia– viajamos, subiendo por la Cuesta La Molinera, hasta 1696 para quedar pasmados ante la fachada sur del palacio de Camposagrado, un monumental retablo barroco. Cuando compatriotas de Julio Verne, entonces al mando de Napoleón Bonaparte, invadieron sangrientamente la ciudad en el siglo XIX, lo convirtieron en su cuartel general.

      Desde aquí volvemos, aunque sea en espíritu, ala Edad Media por la calle de La Fruta, hoy totalmente modernizada y en la que ya no se ven soportales, cosa rara en Avilés. Por esta rúa llegamos a la plaza de España, lo que supone un nuevo regreso al siglo XVII ya que fue entonces cuando en este espacio se levantaron los palacios de Ferrera, el municipal y el de Gª Pumarino (o Llano Ponte). Las mansiones se fueron cosiendo entre si por viviendas con soportales hasta formar una plaza que es hoy uno de los parches más artísticos del mundo.

      De él se sale a la calle San Francisco, un catálogo al natural de edificios modernistas de distintas escuelas arquitectónicas europeas de principios del siglo XX. Pero aquí hay un nuevo retroceso para viajar a tiempos medievales propiciado por la iglesia de San Nicolás de Bari (siglo XIII) antiguo convento franciscano que tiene a sus pies una hermosa fuente del siglo XVII conocida como Los Caños de San Francisco, parcialmente escoñada al haberle sido capados los caños, con permiso municipal eso sí.

Calle Galiana.

      Pero no se distraiga y siga ascendiendo para llegar a la plaza de Álvarez Acebal compuesta mayormente por muestras culturales que van desde un claustro renacentista de finales del siglo XVI a un palacio modernista –hoy sede del conservatorio local de música– pasando por la Casa Municipal de Cultura (siglo XX) más importante de Asturias y una Escuela de Artes y Oficios del siglo XIX.

      Sin pausa hay que volver a descender al siglo XVII justo en el momento en el que ascendemos por Galiana, calle construida por entonces y dotada de una increíble zona soportalada de 220 metros, una ‘cordonata coperta’ que dejó hechizado al ingeniero italiano Luigi Salandra en el siglo XVIII cuando visitó la villa, al igual que poco antes había hecho el médico inglés Joseph Townsend (ver LA VOZ DE AVILÉS de 7 de junio de 2015).

      Calle serpenteante con piso con dos firmes inundado de barriles vacíos, chocante con sitio tan pródigo en locales expendedores de líquidos espirituosos. Las centenarias columnas de sus soportales tamizando la luz en días de sol sesgado es un triunfal y prodigioso espectáculo que demuestra que ‘la poesía viene de un lugar que nadie controla y nadie conquista’ como nos dijo, hace cinco años en Oviedo, Leonard Cohen. 

      Por Galiana ingresas en un gran bosque colonizado por un jardín inglés y también por otro francés que lo han transfigurado en el llamado parque Ferrera, bendición vegetal de uso público en pleno centro de la ciudad industrial.

      Atravesándolo llegas a Rivero calle del siglo XVII también porticada –el soportal es la filosofía arquitectónica del casco histórico de Avilés– muy transitada y con un rincón de carboncillo, acuarela y óleo, donde se mezclan árboles, galerías, porches, fuente y capilla. Recorriendo Rivero hacia su inicio llegas a la mansión de Gª Pumarino, antes citada, aledaños de la plaza de España. Es un elegante edificio hasta hace poco disfrazado de cine donde se proyectaron películas como ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’ o ‘La vuelta al mundo en 80 días’.

      Se han cumplido 80 minutos de caminata dando la vuelta al casco antiguo de Avilés después de subir y bajar por los siglos de su historia. A unos metros del antiguo cine desciende una calle que lleva –se divisa al fondo– al Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer donde estos días se puede conocer, con detenimiento, la obra de monsieur Jules Gabriel Verne.

      Y sanseacabó. 

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El de Teverga, aquel marqués del progreso de Avilés
Alberto del Río Legazpi 06-11-2016 | 12:32 | 0

         En 1856 por primera vez después de mucho tiempo, el marqués de Ferrera dejó de ser el tipo más rico de Avilés. Aquel año, las cifras cantaron que el industrial naval José García San Miguel había sobrepasado al terrateniente local en poderío económico.          

           Pocos años después, la situación rozó lo inaudito cuando el naviero se iguala, en condición social, con el de Ferrera.

          Y todo por no invitar, éste, a su palacio, -como tradicionalmente hacía con los monarcas de apellido Borbón- al entonces rey de España, Amadeo I de Saboya, cuando visitó Avilés el 15 de agosto de 1872. San Miguel anduvo listo y le ofreció su mansión, situada en la esquina de las calles La Cámara con La Muralla. Y así fue, primordialmente, como le cayó un título de marqués a José García San Miguel, de origen campesino y nacido en Quiloño (Castrillón).          

Julián García San Miguel. (Óleo de D. Fierros)

          Los nuevos ricos -incluidos los indianos- le ganaron la partida a la amojamada nobleza tradicional, hasta entonces propietaria del ordeno y mando. Y el poder local cambió de manos.          

          El industrial José San Miguel -también alcalde de Avilés en dos ocasiones- había amasado una considerable fortuna con su flota de barcos. El negocio estaba basado en el transporte, por entonces en lamentables condiciones de riadas de emigrantes con destino a Cuba y México y en aprovechar el regreso con las bodegas llenas de productos americanos. Comercio ultramarino, le decían.

En la esquina de La Cámara con La Muralla, estuvo la casa de los marqueses de Teverga.

            Su hijo Julián, heredó título y negocio en 1885. Más avispado culturalmente que su padre José, el nuevo marqués navega fortuna en popa y a toda vela por la procelosa política estatal terminando anclado -en el Gobierno del liberal Sagasta- como ministro de Gracia y Justicia, en 1902.          

         En su larga carrera política, Julián García San Miguel, estuvo vinculado a empresas y proyectos asturianos, pero sobre todo a la llegada del ferrocarril a Avilés en 1890, ala canalización y dragado dela Ría(donde también jugó un importante papel Estanislao Suárez-Inclán, ver LA VOZ DE AVILÉS del 7 de febrero de 2016) y a la construcción de la dársena de San Juan de Nieva. Gigantescas obras para la ciudad.

          Aunaba teoría y práctica, que dicen que era cosa bendita verlo. Uno de sus libros ‘Avilés: Noticias históricas’ (reeditado por el Ayuntamiento avilesino en 2011) aireó la historia avilesina hasta entonces bajo las siete llaves de la ignorancia, con la excepción de los ‘Anales de Avilés’ de Simón Fernández Perdones. Aunque para ello contó con abundantes datos, cosa que reconoció el marqués, del impagable estudio que por entonces David Arias García había realizado, pero no publicado.          

         Julián García San Miguel fue diputado a Cortes por el distrito de Avilés, desde 1869 hasta 1907, y senador vitalicio hasta su muerte en 1911 en Olmedo (Valladolid) cuando contaba setenta años de edad.    

      El largo monopolio electoral del marqués fue pudriendo la situación en sus filas políticas, apareciendo esas desgracias del caciquismo y corruptelas al por mayor. Aquello fue el acabóse político de San Miguel.  

        En la defunción política, también tuvo que ver la aparición de otros brillantes personajes públicos de apellido Pedregal –un episodio aparte- que le merendaron la empanada liberal.          

          Pero en el cómputo general hay que reconocer el protagonismo de Julián García San Miguel en el progreso de Avilés.          

          Aquel marqués.

(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 15 de julio  de 2012)

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta