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Fecha: febrero, 2017
El renacimiento de Adolfo de Soignie
Alberto del Río Legazpi 26-02-2017 | 11:17 | 0

Nacido en Bélgica desarrolló su labor en España siendo un hombre clave en la industrialización de Avilés y de Asturias.

            Él vino en un barco de nombre extranjero que zarpó de Amberes el mes de septiembre de 1838 con destino a Asturias.

            Desembarcó en Avilés la ‘víspera del Cristo de Candás’, como dejó escrito en un manuscrito encontrado hace poco por su descendiente, la avilesina Mercedes De Soignie, que se empeñó en sacar a flote vida y obra de su tatarabuelo –el ciudadano belga Adolphe Desoignie– consiguiendo trasladarla con éxito al libro titulado ‘Caminos del ayer, huellas del mañana’. Algo que la historia avilesina y asturiana le agradecerán.

            El ingeniero Adolphe Desoignie Silez nacido en 1816 cerca de Mons en la región valona de Bélgica, de familia humilde, logró cursar la carrera de ingeniero en Lieja donde comenzó a trabajar con tanto éxito que su patrón, Adolphe Lesoinne, le ofreció la dirección de un complejo minero que tenía en el norte de España. Y Adolphe se embarcó para Avilés. Quizá haya que hablar de regreso ya que sus abuelos maternos fueron aragoneses emigrantes en Bélgica.

            El yacimiento explotado por la Real Compañía Asturiana de Minas, nombre de la empresa de Lesoinne en Arnao (Castrillón), marcó época y Soignie tuvo mucho que ver con que fuera pionera tanto en la industrialización de Asturias, y de Avilés en particular, como en la extracción vertical y submarina de carbón.

            El castillete (un clásico de la minería española) hoy con un abrigo de zinc, es el buque insignia del actual Museo de la Mina de Arnao y su silueta se recorta triunfante en el horizonte de la costa central de Asturias.

            Que Adolphe Desoignie había venido para quedarse comenzó a quedar claro cuando se casó, en 1849, con Matilde de las Alas Pumariño estableciendo su domicilio en la [hoy] calle de La Estación donde nacieron los diez hijos del matrimonio. Y el Adolphe belga se disolvió en el Adolfo español y su primer apellido, Desoignie, se divorció quedando a la moda en De Soignie, que algunos hasta convirtieron en Desuañí.

            Después de diecisiete años abandonó, con amargura, la Real Compañía por divergencias con la empresa metiéndose de lleno en otros proyectos de ámbito regional relacionados con la minería y el ferrocarril. En el interregno fue reclamado por el Ayuntamiento de Avilés donde también haría historia.

            En los libros de Actas municipales, que van de 1860 a 1867, constan los proyectos, algunos revolucionarios, del ingeniero (el primero con ese título en la historia municipal avilesina) Adolfo De Soignie.

            De su labor municipal destaco la modernización, por ejemplo del Avilés urbano, al ‘inventar’ las aceras con un proyecto redactado el 17 de enero de 1861 para la construcción de bordes peatonales en aquellas calles de la Villa que tuvieran el suficiente ancho que las justificase. Ahí empezó la adecuación de Avilés a las normas viarias de las ciudades más modernas de España.

Adolfo De Soignie en foto tomada en 1896.

             Se atrevió a ponerle el cascabel al gato de los sillares carcomidos de las columnas del Ayuntamiento, edificio inaugurado en 1677 y por tanto con cimientos de mírame y no me toques que temblequeaba. Soignie lo puso firme.

            Diseñó, en 1861, una nueva plaza (popularmente conocida como la ‘del Pescado’) hoy muy frecuentada por ser punto céntrico del acceso peatonal a la margen derecha de la Ría.

            Y luego está lo de meter el agua en casa a los avilesinos. Comenzó el 5 de septiembre de 1863 cuando expuso públicamente la planificación de una nueva red de abastecimiento de aguas que sustituiría las frágiles cañerías de barro por otras de hierro. Fue una de las obras públicas más señaladas de la historia avilesina, ejecutada en 1865 bajo su dirección, con el feliz resultado de que a partir de entonces el agua empezó subir a bastantes  viviendas de la ciudad naciendo así los cuartos de baño. Aquello fue la repanocha higiénica. Un hito social.

            Se integró, el ingeniero Adolfo de Soignie, en la vida social de Avilés, siendo un importante miembro de la Sociedad Artística local. Y hoy figura junto a Cástor Álvarez, Estanislao Sánchez-Calvo y Galo Somines entre otros, todos ellos impulsores del primer periódico de la historia avilesina: ‘El Eco de Avilés’, proyecto dirigido y ejecutado por el tipógrafo ovetense Antonio María Pruneda, el Gutemberg local, en su imprenta de la plaza de Carlos Lobo.

            De Soignie aparece por cualquier latitud pues también es notorio su protagonismo en el nacimiento y desarrollo de Salinas que fue posible en gran medida merced a la implicación, de una y otra forma, de directivos de la Real Compañía Asturiana: Soignie, Hauzeur, Ferrer, Acha, Riera, Laloux,  Sitges o Treillard.

            Falleció en 1898 dejando obra escrita sobre puertos marítimos, vías férreas y emigración. Su nombre ha quedado ligado históricamente a la mina de Arnao, al Ayuntamiento de Avilés y a una selecta lista de profesionales europeos (Schulz, Tartiere y otros) que tuvieron un protagonismo crucial en la industrialización asturiana del siglo XIX.

            Hay coincidencia en que De Soignie fue persona intachable, de carácter muy suyo y trabajador infatigable. Acertó el Gobierno de España condecorándolo con la Cruz de Carlos III. Luego está su faceta diplomática, pues resulta que fue nombrado cónsul de Bélgica por la reina Isabel II de España ¿Qué mejor embajador de Bélgica en Avilés que este avilesino de Bélgica?

            Ha renacido Adolfo De Soignie Silez figura clave en la industrialización asturiana y hoy ya sabemos más que ayer sobre nuestro antes de ayer. 

 

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El Camino de Santiago traspasa el casco histórico de Avilés
Alberto del Río Legazpi 19-02-2017 | 11:26 | 0

            Hubo una vez un reino de Asturias, cuando aún éramos más grandones que ahora, que ocupaba toda la cornisa cantábrica.

            Uno de los reyes asturianos, de nombre Alfonso II, mandó construir una iglesia ‘de porte asturiano’ allá cerca del fin del mundo –lo que se llamaba Finisterre, porque se creía que más allá solo había mar– en el lugar conocido como Compostela, para que acogiera las reliquias recién descubiertas del apóstol Santiago, reimpulsando así una antigua costumbre de peregrinaje de fieles hacia la tumba del discípulo de Jesucristo delatada ya anteriormente, según cuenta la tradición, por los fulgores de estrellas bajadas del cielo hacia aquel lugar desde entonces conocido como ‘Campus Stellae’ que derivaría con el tiempo en el  vocablo Compostela.

            No le faltó tiempo a Alfonso II (760–842) para potenciar la noticia del milagro sideral por la Europa cristiana con lo que el monarca asturiano consiguió que desde entonces y a lo largo de siglos, guiados desde los cielos por La Vía Láctea, llegaran a Compostela multitud de creyentes generando una gran vitalidad económica, social y cultural por los lugares de paso. A cambio se pagó un desolador peaje sanitario en forma de epidemias.

            En uno de los Caminos que conducen a Compostela, el costero, una de las villas que ofrecen parada y fonda a los viajeros es Avilés que ya en 1515 construyó (los albergues locales son episodio aparte) un edificio ex profeso que acogiera a los peregrinos que recorrían aquella espectacular ‘autopista’ cultural. Goethe escribió que Europa se hizo peregrinando a Compostela.

            El Hospital de Peregrinos estaba fuera de la muralla en el entonces arrabal del Ribero y cuando la incuria lo destruyó (en 1948) Avilés construyó otro albergue más modesto, pues la sociedad había ido cambiando y ya no peregrinaban tantos a ganar indulgencias divinas. Actualmente ha vuelto a tomar un gran auge cultural.

              Tal como está estructurado el Camino –hablo del costero y en dirección este a oeste– una de las etapas trae a los peregrinos desde Oviedo o Gijón, según, hasta Avilés donde hacen noche, para continuar frescos a Soto de Luiña buscando la meta de Santiago de Compostela.

              Lo hacen cruzando la ciudad siguiendo el recorrido tradicional por lo que traspasan gran parte del casco histórico avilesino ayudados por señales de tráfico especiales con el símbolo del peregrino compostelano, o sea una concha (interpreten este vocablo, los sudamericanos que leen este episodio, en el mejor de los sentidos que se le da en España o sea caparazón de carbonato cálcico de los moluscos).

              Así que salen del Albergue situado frente al final de Rivero, calle que recorren en su totalidad, enterándose que fue urbanizada en el siglo XVII y que junto con Galiana son dos de las más espectaculares de una villa que tiene kilómetros de soportales, entre antiguos y modernos.

              Tendrán más al llegar a la plaza de España, sensacional Parche arquitectónico, y continuarán camino por la calle de La Ferrería, como marca la concha (sigan conteniéndose la mayoría de los lectores en habla hispana del continente americano) al inicio de esa vía.

A la izquierda Concha indicadora del Camino de Santiago en la calle La Ferrería.

              Se trata de la que fue calle mayor de Avilés durante siglos, y por tanto atesora destacados monumentos como un palacio gótico, edificado en torno al siglo XIV por un rico mercader para servir de lonja comercial y de vivienda familiar. Más adelante y cuando la calle comienza su descenso hacia el parque del Muelle pasarán ante un complejo religioso formado por la iglesia, hoy de San Antonio (siglo XII) y la capilla de Las Alas del siglo XIV.

              Al llegar al parque (donde durante siglos se encontraban los peregrinos con los muelles del tradicional puerto de Avilés) deben dirigirse al barrio de Sabugo; antiguamente lo hacían pasando el puente que comunicaba la villa amurallada con aquel barrio marinero. Hoy lo hacen yendo a un costado de la fachada norte del palacio de Camposagrado y luego de la plaza del Mercado (oficialmente Hnos. Orbón) hasta alcanzar la calle de La Estación.

            Antiguamente conocida como calle D’Alante es una de las tres históricas de Sabugo junto con la D’Atrás (Bances Candamo) y la D’Enmedio (Carreño Miranda). La de La Estación, es recorrida por la persona viajera a Santiago de Compostela, justo hasta divisar el ábside de la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (siglo XIII) donde habrán de girar hacia la plaza del Carbayo.

            Luego saliendo hacia la calle Marcos del Torniello tomarán la Avenida de Alemania e irán subiendo, dejando el barrio de Pescadores (o Nodo) a la derecha, por la empinada carretera de San Cristóbal para desde allí introducirse por caminos del territorio municipal de Castrillón.

            ¡Buen Camino!… Es la tradicional despedida al peregrino. 

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Lo que el tiempo se llevó
Alberto del Río Legazpi 05-02-2017 | 11:17 | 0

Si uno echa la vista atrás y ve lo que el tiempo se llevó de Avilés  quizás se sorprenda de la categoría histórica de la villa asturiana.

             Decía Mario Benedetti que «cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo». Tiene razón el escritor uruguayo, y es que el tiempo parece la repanocha de la relatividad.

            En Avilés trajo muchas cosas, pero también se llevó otras importantes como, por ejemplo: el Fuero, la muralla, un convento, dos tranvías, una Ensidesa y todos los cines que había.

            Hoy es un sueño histórico aquel Fuero que tuvo Avilés en tiempos medievales, cuando era la segunda población de Asturias y la categoría de su puerto era máxima. Tal jerarquía era cosa a cuidar por los reyes así que concedieron un Fuero (siglos XI y XII) a los avilesinos que les garantizaba unos derechos singulares, de los que carecían otras villas. Aquel privilegio duró siglos hasta que el poder central comenzó a unificar la legislación de todas las poblaciones y los fueros se fueron difuminando… «Vasallos del tiempo» que decía Quevedo.

            Cuando el Fuero se fue, la villa aún tenía una muralla que la defendía  (con ese propósito se había construido hará unos mil años) de todo lo que viniera por mar, especialmente piratas vikingos y árabes. Con un perímetro de 800 metros de longitud abarcaba una superficie de unos 47.000 metros cuadrados (imagínense la mitad del parque Ferrera) donde destacaban cuatro calles (La Fruta, Ferrería, El Sol y San Bernardo)… Decía Cervantes que «al tiempo no hay barranco que lo detenga», al igual que la codicia de algunos ‘ilustres’ avilesinos, de principios del siglo XIX, no se contuvo hasta que derribaron la muralla con fines inmobiliarios amparados en una ley que retorcieron para sus fines.

            Así que la muralla a tomar por el saco y al mismo sitio –aprovechando el viaje– también se fue la residencia de las monjas Bernardas (convento, claustro y capilla) construida en 1552 en las inmediaciones de la calle San Bernardo. Con una presteza municipal asombrosa, por infrecuente, fue derrumbado en un pispás el complejo religioso y sus ruinas destinadas a servir de relleno para un nuevo parque que se planeaba construir en un terreno marismeño que hoy conocemos como Las Meanas.

            El tiempo también se vendimió los dos tranvías comarcales que funcionaron en Avilés, uno movido por máquina de vapor y el otro por electricidad. La Chocolatera, que así se conocía popularmente al de vapor cubría el tramo Avilés–Salinas circulando, a partir de 1893 por la margen derecha de la carretera general que iba a Galicia. El eléctrico, puesto en marcha en 1921, comunicaba Villalegre con Piedras Blancas cruzando Avilés por Rivero, plaza de España, La Cámara, La Muralla, parque del Muelle y siguiendo (por la carretera de la margen izquierda de la Ría) a San Juan de Nieva, Salinas y Arnao.

            Cuando desapareció el tranvía eléctrico, y eso fue el último día del año 1960, Avilés contaba con más de 48.000 habitantes más del doble de los que tenía diez años antes cuando afloró por obra y gracia del Estado español, en la margen derecha de la Ría y en dirección hacia Llaranes y Trasona, una de las mayores siderúrgica de Europa. El rumor de su construcción se extendió por España y miles de personas llegaron hasta Avilés (un nuevo El Dorado) originando la mayor transformación –y también confusión–  social y urbana de su historia.

            Las chimeneas de la empresa o de la factoría (que por estos dos términos conocían a Ensidesa la mayoría de sus trabajadores y no como la fabricona) estuvieron echando humo contaminante hasta finales del siglo XX que fue cuando dinamitaron y achatarraron su industria de cabecera (hornos altos, acerías, central térmica, etc.) y fue clausurado hasta el nombre de Ensidesa, sin haber cumplido los 55 años, quedando el resto de las instalaciones (fundamentalmente laminaciones y una nueva acería) entre Llaranes y Tabaza, en poder del capital privado.

            Lo de Ensidesa fue de cine en una ciudad que llegó a contar en aquellos tiempos tan ricos en pesetas como contaminados en porquería –por tierra, mar y aire– con trece salas cinematográficas (Almirante, Canciller, Chaplin, Clarín, Florida, Iris, Llaranes, María Alicia, Marta y María, Palacio Valdés, Patagonia, Ráfaga y Victoria) solo en el término municipal de Avilés. Hoy, no queda ni una.

            Citaba a Benedetti al principio y ahora caigo en que también se tardan unos cinco minutos en leer este episodio con mediano detenimiento. Aunque más se tardaba en visionar películas que pedían gran pantalla, como por ejemplo ‘Lo que el viento se llevó’ cosa que, como ya decía, el tiempo se llevó de Avilés.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta