El Comercio
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Fecha: marzo 12, 2017
Soportales a la carta
Alberto del Río Legazpi 12-03-2017 | 11:17 | 0

Los pórticos avilesinos conforman un paisaje urbano impactante, un panorama mágico, del que muy pocas ciudades pueden presumir.

            Escritores de todo tipo –aparte de Palacio Valdés que es como de casa– aluden, como hizo Luigi Salandra en 1797, a los soportales de aquel «pueblo que está al fondo de una ría y tiene una gran calle en cuesta, toda con soportales (cordonata coperta). Hay varios palacios, algunos magníficos, un gran convento y una iglesia antiquísima muy interesante. De Avilés es uno de los conquistadores de América» informa el italiano.

            El escritor Antonio J. Onieva (1886-1977) recomienda que «para darse cuenta de la belleza típica de Avilés, deben recorrerse la calle de Galiana, el Rivero y la Herrería, con sus curiosos soportales, que le prestan un carácter ancestral de sumo interés».

(Foto: Luis Alfonso del Río Legazpi)

            Aurelio de Llano (1868–1936) considera a los soportales avilesinos como «seña de identidad de la villa». Y no sigo porque en el fondo casi todas las citas coinciden en el soportal como símbolo arquitectónico insoslayable de Avilés.

            Una marca urbana perdurable a través de los siglos. Unidos todos pasan de tres kilómetros de longitud. Los anteriores al siglo XIX suman 900 metros y los del XIX y principios del XX casi llegan a 600 m. El resto se construyó, no sé si por tradición si por negocio inmobiliario, en la segunda mitad del XX.

            Los hay a la carta, de todas las clases y para todos los gustos. Están los largos y majestuosos del palacio municipal y los cortos del de Llano Ponte, cine Marta y María hasta hace poco. Los de San Francisco son tan espectaculares como los edificios de los que forman parte. En la plaza del Mercado están conformados por elegantes columnas de hierro fundido y una destacada labor de rejería.

            Pero son los más antiguos los que tienen un hechizo especialmente apreciable en determinadas condiciones horarias y meteorológicas. Por ejemplo los de la plaza de España (o El Parche) exigen estar bañados por el sol veraniego que cambiante en su recorrido va ofreciendo una visión espectacular del perímetro porticado.

            Los de La Ferrería y Sabugo adquieren de noche un tono conmovedor y tienen su ración de misterio con la calle mojada. Los de Galiana son caso aparte, pues contemplados en su inicio (desde la plaza Álvarez Acebal) componen una galería serpenteante de 252 metros que se pierde a la vista; en invierno, cuando el sol sesgado los riega, se produce un embrujo visual mágico.

            Tiran a paisaje urbano de película. «¡Son de cine porque en el teatro no caben! ¡coño!» me dijo Fernando Fernán Gómez, pasando del genio al mal genio mientras paseábamos por Rivero un día del invierno del 82.

            En cualquier caso son la sal arquitectónica de Avilés. Su gracia.

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