El Comercio
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Misterio palaciego en Asturias
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Alberto del Río Legazpi | 26-03-2017 | 09:40

(Es el originado por los numerosos palacios de Avilés comunicados todos ellos visualmente entre si).

          Que el mejor palacio de Avilés, desde el punto de vista arquitectónico, sea el de Camposagrado no es ningún misterio. Decía Oscar Wilde –extravagante escritor, genial o gilipollas según quien lo juzgue– que «el verdadero misterio del mundo es lo visible no lo invisible».

          Según tal sentencia del literato irlandés, en Avilés está por desvelar el misterio que supone que sus palacios se comuniquen visualmente entre sí, algo que llama la atención. Y esto ocurre en una villa que ya reúne la singularidad de que los de estilo barroco estén escoltados por establecimientos farmacéuticos, movimiento arquitectónico conocido como Barroco Boticario (véase LA VOZ DE AVILÉS del 13 noviembre de 2011: ‘El pasmoso caso del barroco boticario de Avilés’).

            Y ahora descubrimos otra originalidad palaciega visual que afecta a los de todos los estilos. Comienza la cosa desde un balcón del de Camposagrado, hoy escuela de enseñanza artística, donde se ve al fondo el palacio de Ferrera, cuyos dos escudos nobiliarios migraron a cinco estrellas de hotel lujoso.

          La distancia, una línea recta de poco más de 200 metros que atraviesa la calle de La Fruta, tan abundante en excelentes edificios como en establecimientos hoteleros, uno de los cuales tiene un cliente perpetuo llamado Pedro Menéndez de Avilés, guerrero del siglo XVI protagonista en América, que permanece sentado y contemplando esta calle que allá por tiempos medievales era (en su final) tan estrecha que la conocían como la calle oscura, pues había zonas donde una persona tocaba, con los brazos en cruz, los muros de las casas de ambos márgenes. Pues ni por calibres callejeros tan ridículos jamás dejaron de mirarse ambos palacios, un idilio de más trescientos años.

            En el palacio de Ferrera continúa la trayectoria visual porque puedes ver enfrente el panorámico palacio municipal, construido en el siglo XVII, cuando a la ciudad le reventó el corsé demográfico y tuvo que salirse de las murallas para levantar más casas y mansiones como estas dos citadas, más una tercera –la del indiano Gª Pumarino, luego de Llano Ponte y últimamente cine ‘Marta y María’– conectada visualmente con el palacio municipal, donde también y desde su campanario relojero se puede ver parte del palacio de Valdecarzana construido, para negocio y vivienda, por un mercader hacia el siglo XIV; luego tuvo varios dueños uno de los cuales fue el marqués cuyo nombre lleva el palacio.

            También, a un costado del Ferrera se divisa a cien metros, atravesando la calle San Francisco, el palacio Balsera construido como vivienda, hace casi un siglo, por otro comerciante así apellidado y hoy sede del Conservatorio de Música que lleva el nombre de Julián Orbón, músico nacido en Avilés y crecido como autor en América donde compuso notables sinfonías; pero la fama le vino al musicar un poema del cubano José Martí, convirtiendo la pieza en la [quizás] más universal de las canciones en lengua hispana: ‘Guantanamera’. Que por sonar hasta lo hace en la segunda parte de El Padrino, obra maestra cinematográfica, en una secuencia donde los hermanos Michael y Fredo Corleone charlan en una terraza de La Habana con el son guantanamero de Julián Orbón de fondo musical.

Línea visual desde el palacio Ferrera al Balsera.

            Desde el Balsera se ve la trasera del palacio de Maqua, palmera incluida, en la calle Cabruñana. El primer marqués de San Juan de Nieva, Francisco Javier de Maqua Pozo, nieto de un Maqua comerciante (otro más) indiano de origen navarro, fue quien encargó en 1855 la construcción de esta casa–palacio actualmente propiedad del Ayuntamiento que parece no saber qué hacer con él, salvo venderlo.

            Hace tiempo frente al palacio de Maqua estuvo el del marqués de Teverga, un edificio que daba a las calles San Bernardo, La Cámara y La Muralla y cuyo solar ocupa hoy una manzana (mejor decir calabaza) de viviendas. Del palacio del marqués de Teverga –José García San Miguel, poderoso naviero y comerciante reconvertido en noble por el rey Amadeo de Saboya quien le pagó así el cobijo que le dio en su casa ante el desaire del marqués de Ferrera que le cerró las puertas de su mansión por ser de Saboya y no Borbón– hoy solo queda el antiguo pabellón de baile, bello edificio de breve altura tan encajonado como acojonado entre dos inmuebles de varias plantas. Reliquia arquitectónica modernista achuchada.

            Volviendo al palacio de Maqua hay que decir que desde poco más arriba del lateral de ésta mansión en la calle Cabruñana, justo al lado de un bar llamado ‘Punto de Encuentro’ (no me digan…) se encuentran visualmente los palacios de Maqua y Camposagrado y cuanto más retrocedes en la empinada calle, hasta el número 22, más ganas en la visión de las últimas plantas de ambos.

          Camposagrado es, como recordarán, donde comenzó y ahora termina, el recorrido aéreo palaciego por Avilés. Un enigma de comunicación visual que tiene ritmo musical si se le buscan las cosquillas.

          Puede ser el glorioso misterio de un rigodón que termina en sinfonía. O una versión de un famoso bolero que nos cuenta cantando, con la voz de Lucho Gatica o Chavela Vargas, que solo son palacios ‘frente a frente y nada más’.

          Pero, eso sí, de Avilés.

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta