El Comercio
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El marqués que iluminó Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 09-04-2017 | 09:20

Fue una década prodigiosa, aquella de 1890 a 1900, porque llegaron casi al tiempo, pisándose el protagonismo unos a otros, el tren, el tranvía a vapor, el nuevo puerto (dársena de San Juan de Nieva), el teléfono, unas  fiestas nuevas que llamaban del Bollo, algunos etcéteras más y el alumbrado eléctrico.

Ningún acontecimiento expresa mejor –al menos para el gobierno local de entonces– la modernización de Avilés que la instalación de luz eléctrica, pública y privada en la ciudad. Aparte de ser un avance, es que era algo que no tenían ni Oviedo ni Gijón y eso manda calao. Encima no costó ni un duro. Gratis total. Pagó el marqués de Pinar del Río, empresario tabaquero ejerciente en Cuba pero que había nacido en la avilesina calle La Ferrería el 29 de mayo de 1838 y quedó registrado a efectos civiles y religiosos como Leopoldo González–Carbajal Zaldúa. Haría historia.

Después de terminar estudios en la Universidad de Oviedo hizo las maletas y se marchó a Cuba en primera clase. No era un emigrante al uso, pues procedía de familia de comerciantes y navieros lo que en el Avilés de entonces equivalía a decir millonarios.

En la provincia española de ultramar se integró en la fábrica de tabacos de su tío Manuel González-Carbajal. Era un tipo, Leopoldo, brillante para los negocios (había crecido a gatas entre ellos) así que pronto comenzó a ascender de manera fulgurante en el mundo empresarial americano, más tarde lo haría en diversos ámbitos, incluido el político (senador del Reino de España por La Habana) y el militar con el grado de coronel de un batallón de voluntarios contra los independentistas cubanos.

Entre una cosa y otra se casó con su prima carnal Carmen, hija de su tío Manuel y de María Jesús Cabañas, cuyo padre era un terrateniente de la provincia de Pinar del Río, la más occidental de Cuba y donde se asentaba el 80 % de la industria tabaquera cubana. Cabañas, mítico fabricante de cigarros puros, dejó al morir toda su fortuna a su hija, o sea a la suegra de Leopoldo. Del matrimonio de Leopoldo y Carmen nacieron dos hijos: Jorge y Manuel.

Multimillonario ya, Leopoldo establece su residencia en un edificio neoclásico de la zona noble de La Habana. Sin embargo no era bien visto por sus vecinos, los de pedigrí nobiliario, que no aceptaban –actitud que bien se libraban de mostrar en público– a aquel asturiano que multiplicaba dinero por un tubo. Lo llamaban despectivamente ‘El Tabaquero’. Cuenta Ciro Bianci –en el periódico cubano ‘Juventud Rebelde’– que su vecino frente por frente en la habanera Calzada del Cerro era el conde de Fernandina, grande de España, el hombre, y como tal tenía emplazados dos leones a la entrada de su casa. A Leopoldo le gustó el adorno y encargó unos iguales colocándolos a la entrada de su domicilio. Fernandina experimentó tal cabreo por el atrevimiento del ‘Tabaquero’ que mandó retirar los suyos y trasladarlos al interior de su residencia a fin de que no sufrieran la humillación de los leones espurios del industrial avilesino.

Es 'DE PINAR DEL RIO' y no 'DEL PINAR DEL RÍO'

No sabía aquel pobre grande de España con quien se jugaba los cuartos. Si la fortuna fue generosa con Leopoldo, él fue un ‘tipo a raudales’ repartiendo pesos y pesetas a diestro y siniestro. Una de sus donaciones, muy considerable, fue a parar al Estado español que le ‘pagó’ con un título nobiliario: marqués de Pinar del Río.

Entre sus millonarias dádivas algunas alcanzaron a su ciudad natal. Destaco la siguiente: Compró un solar en la calle González Abarca (hace años desaparecido al ser borrado para trazar la calle de José Manuel Pedregal) e instaló allí una nave que albergó un complejo industrial que comenzó a generar luz eléctrica a farolas instaladas en las calles más céntricas. A renglón seguido donó todo el tinglado, solar y ‘fábrica de luz’ –así la llamaba la gente en Avilés– al Ayuntamiento local.

Aquel ‘gratis et amore’ de modernidad luminosa encendió el entusiasmo de la Corporación local de una forma que no veas. El Ayuntamiento proclamó ‘hijo ilustre y predilecto de esta villa’ al marqués de Pinar del Río y cambió el nombre de la calle con más solera de la villa, la de La Herrería (La Ferrería) por el de Marqués de Pinar del Río (en sesión de 8 de julio de 1891) «en recuerdo de haber hecho a Avilés el magnífico y espléndido regalo de dotar a la población de luz eléctrica y para el alumbrado público».

En otra ocasión enterados los munícipes de una nueva visita del marqués, acordaron oficialmente el 5 de julio de 1893 «Que el Señor Secretario y una comisión nombrada al efecto lo esperen en Villabona y en esta Villa [lo hagan] el señor Alcalde-Presidente y demás concejales con la banda de música lo esperen en la estación del ferrocarril, disparándose cohetes en el momento de la llegada del tren y que por la noche se le dé una serenata por la expresada banda de música».

Berlanga y su ‘Bienvenido Míster Marshall’ se quedaron cortos. Y lo de la serenata quedará en los anales de homenajes y lisonjas varias de la historia local.

Ya digo que alcalde y concejales tan estaban pasados como pasmados con lo de la luz eléctrica. La cosa llegó al punto de que enterados, basándose en lo que decían malas lenguas de que Leopoldo González-Carbajal juzgaba que le quedaba corto el título de marqués, solicitaron al Gobierno de Su Majestad, el 24 de mayo de 1893, el título de Conde de Avilés para el marqués. Y como estaba ocupado por otra persona (que cosas) pues rebajaron la solicitud a Marqués de Avilés que mira tu, vaya por Dios, también estaba ocupado. Razón por la que entre voy y vengo de expedientes cargado y para que el asunto no quedara en falso se les ocurrió solicitar el título de Marquesa de Avilés (y le fue concedido) para su esposa Carmen a la que un cronista, frenéticamente cursi, describió como «Una hija del ardiente sol de los trópicos» por su condición de cubana. La marquesa de Avilés participó en 1900, junto con Leopoldo Alas ‘Clarín’ y otras personalidades, en la ceremonia de colocación de la primera piedra del que sería el teatro Palacio Valdés.

En 1909 falleció en La Habana Leopoldo González–Carbajal Zaldúa, aquel marqués de Pinar del Río que encendió la luz en Avilés pero le apagaron, en 1979, la calle con más solera de la ciudad que alumbraba su nombre. Y le dieron una calle chata (tres portales) y extraña pues une en ángulo recto dos calles: Quirinal y Uría. Para más inri el rótulo de dicha vía adolece de una errata. Parece como si a efectos municipales la historia del marqués fuese eléctricamente de una histórica serenata a una sonada errata.

 Tal parece una confabulación que quisiera hacer buena la infame coplilla medieval de «No hagas nada por los pueblos, ni nada a los pobres des, ni tengas tratos con putas, porque te joden los tres».

Total que a dos velas, del callejero, se quedó aquel marqués que iluminó Avilés.

Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta