El Comercio
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Misteriosos enigmas en un convento de Avilés.
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Alberto del Río Legazpi | 14-08-2017 | 08:53

          Esa iglesia de San Nicolás de Bari tan bien plantada hoy en el centro de la ciudad y que mira por un lado a la monumental y encantadora calle Galiana y por otro a ese plató de cine que es la calle San Francisco y también hacia el artístico Parche arquitectónico llamado  plaza de España. Esa iglesia que tiene a un costado un antiguo palacio, parada y fonda de reyes, reinas y príncipes, una tan interesada como cierta vocación hospitalaria que ha terminado por convertirlo en hotel, de cinco estrellas, claro. Esa iglesia, decía, fue durante cinco siglos (de 1384 a 1849) convento de los monjes franciscanos.

Iglesia de San Nicolás, en foto tomada un 14 de febrero de 1956, día de nieve.

Iglesia de San Nicolás, en foto tomada un 14 de febrero de 1956, día de nieve.

          Avilés tuvo a lo largo de su historia (dejando aparte el complejo religioso de Raíces, al lado del castillo de Gauzón) tres conventos: el de las monjas bernardas que daba a la calle de San Bernardo hasta que fue derribado en 1868, el  de La Merced (monjes mercedarios) que estuvo plantado hasta 1895 en buena parte del terreno que hoy ocupa la iglesia nueva de Sabugo y el de San Francisco del Monte que acogía a los franciscanos y cuyo edificio se ha reconvertido en iglesia parroquial de San Nicolás de Bari.

          Este templo, de probado temple histórico, acumula importantes testimonios del pasado, a pesar de haber sufrido durante siglos mandobles ocasionados por terremotos inesperados o esperadas chapuzas e incendios cuando anda por el medio la condición humana.

          A pesar de eso conserva todavía una notable riqueza histórico–artística con un extenso catálogo bien datado excepto tres piezas cuyo origen sigue siendo un misterio.

Al fondo el capitel romano, hoy pila bautismal.

Al fondo el capitel romano, hoy pila bautismal.

          Es el caso de un hermoso capitel corintio de mármol blanco –ejerciente hoy como pila bautismal del templo– cuyo origen es desconocido y cuya antigüedad se estima en 1.800 años. Unos se lo adjudican a un ciudadano romano llamado Abilius  que instaló sus reales por aquí y sobre el que descansa, según esos unos, el honor de haber dado nombre a Avilés (que según esta teoría viene derivado del tal  Abilius o Avilius). Lo que es seguro es que el capitel no es asturiano porque aquí no hay canteras de mármol blanco y a día de hoy sigue siendo un misterio el lugar de donde vino así como el por qué y para qué. Este asunto traía de cabeza al mismísimo Gaspar Melchor de Jovellanos que cada vez, de las pocas, que venía a Avilés acudía al convento a contemplar esta vistosa pieza pagana donde hoy se bautiza a los cristianos avilesinos.

El cancel del claustro.

El cancel del claustro.

          En segundo lugar, e incrustado en la pared del claustro de San Nicolás de Bari, hay otro enigma en forma de fragmento de cancel visigodo que hace sospechar que hubo un templo prerrománico anterior en este mismo lugar, uno de los dos a los que alude en su testamento el rey asturiano Alfonso III el Magno (848–910). Afirma Fermín Canella (1849–1924) que el cancel fue hallado en 1808 en el transcurso de unas obras en el convento. He aquí, perdida y hallada en el templo, una seña más del inexplorado DNI de Avilés, un desconocimiento que de acuerdo con Jorge Argüello, en su libro ‘Abilles’, debería resolver la Arqueología.

Reproducción, realizada por Cástor González, del calco hecho a la pintura medieval descubierta.

Reproducción, realizada por Cástor González, del calco hecho a la pintura medieval descubierta.

          Tampoco se queda atrás, en lo que a misterio se refiere, un enigmático fresco de resonancias románicas hallado por el sacerdote e historiador Ángel Garralda, quien seguía tan de cerca las obras de reforma (por el solicitada en 1960) en el antiguo convento que descubrió varios elementos de los que no se tenían constancia. Por ejemplo al descascarillar los obreros una pared observó lo que parecía un figura dibujada de la misma, se ralentizó el raspado del muro y fue apareciendo un fresco que ocasionó el asombro de historiador y operarios; era una Última Cena que el estudioso Magín Berenguer (1918–2000) calificaría como «del siglo XIII y de muy buena mano artística» aunque se ignora casi todo de ella, autor incluido. El artista avilesino Cástor González (1913–2001) calcó el dibujo aparecido en su integridad y su reproducción se conserva en la parroquia.

          Son tres casos envueltos en ese misterio que sigue oculto en el interior del enigma existente sobre la fundación de Avilés.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta