El Comercio
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Autor: Alberto del Río
Muralla de Avilés y sidra asturiana
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Alberto del Río Legazpi | 20-08-2017 | 11:19| 0

             De poco acá se viene mostrando un afán reivindicativo en cuanto a la resurrección, por así decir, de elementos arqueológicos  del pasado, tal es el caso de la muralla de Avilés.

             Recuerdo que en una conversación informal, hace poco más de diez años con Ignacio Ruíz de la Peña sobre las visitas guiadas que en Avilés hacíamos por el casco histórico, el recordado catedrático de la Universidad de Oviedo excelente conocedor del pasado medieval avilesino, se mostraba entusiasmado por el hecho de que participaran en ellas escolares de la ciudad. También era partidario, Nacho, de señalizar para conocimiento de toda la población el perímetro octogonal, decía, de la muralla de Avilés. E incluso de –si se daba la posibilidad urbanística– reconstruir fragmentos de la derruida cerca medieval.

Dibujo sobre teórica fragmento de muralla entre calles El Muelle y La Muralla.

Dibujo sobre teórico fragmento de muralla entre calles El Muelle y La Muralla.

             Alguien, en este caso la Asociación de Vecinos Pedro Menéndez, propuso esto último hace unos tres años y el Ayuntamiento parece que recogió el guante. Desde entonces el proyecto de recuperación sigue latiendo.

              Hubo un tiempo, en el siglo XXI, en que la única forma de ver la muralla levantada en el siglo XII y que el Ayuntamiento derribó en el siglo XIX, era ir a una sidrería de La Muralla, calle así llamada desde el siglo XX. Pido perdón al lector por este mareo secular y le advierto sobre las enigmáticas relaciones entre la fenecida muralla de piedra de Avilés y la sidra asturiana. Ojo.

            Hay que aclarar que lo que se veía en dicha sidrería eran restos perfectamente conservados de la cerca situados en el subsuelo del establecimiento y protegidos por vidrio blindado. El caso es que mientras echabas la sidra, mirabas hacia el vaso y veías, allá abajo, la muralla de Avilés. Algo milagroso este vistazo aéreo sin haber bebido ni un solo ‘culín’, aunque una vez se me mareó un amigo arqueólogo al que llevé a ver el hechizo. El local, actualmente cerrado era conocido como ‘Casa Moisés’ y llamo la atención sobre el nombre bíblico del propietario.

'Mirador' sobre la muralla, en el suelo de la Sidrería Moises.

‘Mirador’ sobre la muralla, en el suelo de la antigua Casa Moisés.

           Por otro lado es un hecho –viene en los libros de texto– que hace menos de mil años, pero más de novecientos, los reyes de Castilla concedieron un Fuero a Avilés que es hoy referencia histórica sobre la antigüedad de la villa avilesina y también de su progreso. Una medida de esto último es que antes del Fuero las casas se construían con arcilla y barro, después del Fuero con argamasa y piedra.

           La concesión real le procuró a la villa avilesina no solo una condición jurídica y económica de primer orden, es que además descendía a detalles puntuales como la hoy llamada defensa del consumidor. Me refiero a la clausula 27 del Fuero de Avilés que dice que «El hombre que venda sidra y use medidas falsas, al saberlo el Municipio envíe al merino a su casa, préndalo y rómpale las medidas una vez comparadas con las usadas por el Concejo. El estafador pague además cinco sueldos al merino».

           El Concejo (hoy Ayuntamiento) a cargo del merino (funcionario municipal) castigaba a quien jugase con las cosas del beber.

           Hablando de ellas recuerdo que La Parra, local actualmente cerrado, conservaba en su almacén pequeños tramos de la muralla. Me llevó allí mi amigo Isaac Martínez que conocía a los dueños del local y nos dejaron ver aquella reliquia arqueológica envuelta en cajas de sidra, algo patético. No lo era tanto el nombre bíblico de mi amigo.

Desde un edificio de la calle Ruiz-Gómez se puede ver, a la derecha de árbol y arbustos, una pared de colores pardo y rosa que ocultan el mayor lienzo ‘conservado’ de la muralla.

Desde un edificio de la calle Ruiz-Gómez se puede ver, a la derecha de árbol y arbustos, una pared de colores pardo y rosa (trasera de lo que fue Casa Angelín) que ocultan el mayor lienzo ‘conservado’ de la muralla.

           El edificio de la sidrería Angelín, que estuvo en la calle del Muelle hasta su cierre, está apoyado constructivamente en la muralla y su parte trasera (que hoy se puede ver desde un patio al que se accede por el edificio de servicios múltiples del Principado) es el mayor lienzo de la cerca medieval que se conserva, aunque disfrazado. Muchos iban a Casa Angelín porque tenía sidra muy buscada de las bodegas de Trabanco, cuyo nombre (bíblico) era Samuel.

           Casa Alvarín, es una sidrería situada en la calle Las Alas en los bajos de un edificio construido en el solar donde estuvo durante siglos el alcázar de la muralla medieval y al mando –de la sidrería por supuesto– de Ismael Rodríguez, nombre de acusadas resonancias bíblicas.

           No voy a seguir porque me estoy mareando. Pero por las razones aquí expuestas no hace falta ser persona espabilada para deducir que por misteriosas circunstancias dignas de un guión televisivo de Nic Pizzolatto, la muralla de Avilés pide y pidió sidra, ese oro claro é hirviente que decía Rubén Darío. Y luego está el hecho de todas esas sidrerías diseminadas por los lugares donde se asentó la cerca medieval, algo que puede dar lugar a enrevesadas cábalas históricas, religiosas y sociales que tan solo de pensarlo marean, a pesar de que la sidra ande por los cinco grados de alcohol.

           Tantos como puertas tuvo la muralla.

 

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Misteriosos enigmas en un convento de Avilés.
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Alberto del Río Legazpi | 13-08-2017 | 11:07| 0

          Esa iglesia de San Nicolás de Bari tan bien plantada hoy en el centro de la ciudad y que mira por un lado a la monumental y encantadora calle Galiana y por otro a ese plató de cine que es la calle San Francisco y también hacia el artístico Parche arquitectónico llamado  plaza de España. Esa iglesia que tiene a un costado un antiguo palacio, parada y fonda de reyes, reinas y príncipes, una tan interesada como cierta vocación hospitalaria que ha terminado por convertirlo en hotel, de cinco estrellas, claro. Esa iglesia, decía, fue durante cinco siglos (de 1384 a 1849) convento de los monjes franciscanos.

Iglesia de San Nicolás, en foto tomada un 14 de febrero de 1956, día de nieve.

Iglesia de San Nicolás, en foto tomada un 14 de febrero de 1956, día de nieve.

          Avilés tuvo a lo largo de su historia (dejando aparte el complejo religioso de Raíces, al lado del castillo de Gauzón) tres conventos: el de las monjas bernardas que daba a la calle de San Bernardo hasta que fue derribado en 1868, el  de La Merced (monjes mercedarios) que estuvo plantado hasta 1895 en buena parte del terreno que hoy ocupa la iglesia nueva de Sabugo y el de San Francisco del Monte que acogía a los franciscanos y cuyo edificio se ha reconvertido en iglesia parroquial de San Nicolás de Bari.

          Este templo, de probado temple histórico, acumula importantes testimonios del pasado, a pesar de haber sufrido durante siglos mandobles ocasionados por terremotos inesperados o esperadas chapuzas e incendios cuando anda por el medio la condición humana.

          A pesar de eso conserva todavía una notable riqueza histórico–artística con un extenso catálogo bien datado excepto tres piezas cuyo origen sigue siendo un misterio.

Al fondo el capitel romano, hoy pila bautismal.

Al fondo el capitel romano, hoy pila bautismal.

          Es el caso de un hermoso capitel corintio de mármol blanco –ejerciente hoy como pila bautismal del templo– cuyo origen es desconocido y cuya antigüedad se estima en 1.800 años. Unos se lo adjudican a un ciudadano romano llamado Abilius  que instaló sus reales por aquí y sobre el que descansa, según esos unos, el honor de haber dado nombre a Avilés (que según esta teoría viene derivado del tal  Abilius o Avilius). Lo que es seguro es que el capitel no es asturiano porque aquí no hay canteras de mármol blanco y a día de hoy sigue siendo un misterio el lugar de donde vino así como el por qué y para qué. Este asunto traía de cabeza al mismísimo Gaspar Melchor de Jovellanos que cada vez, de las pocas, que venía a Avilés acudía al convento a contemplar esta vistosa pieza pagana donde hoy se bautiza a los cristianos avilesinos.

El cancel del claustro.

El cancel del claustro.

          En segundo lugar, e incrustado en la pared del claustro de San Nicolás de Bari, hay otro enigma en forma de fragmento de cancel visigodo que hace sospechar que hubo un templo prerrománico anterior en este mismo lugar, uno de los dos a los que alude en su testamento el rey asturiano Alfonso III el Magno (848–910). Afirma Fermín Canella (1849–1924) que el cancel fue hallado en 1808 en el transcurso de unas obras en el convento. He aquí, perdida y hallada en el templo, una seña más del inexplorado DNI de Avilés, un desconocimiento que de acuerdo con Jorge Argüello, en su libro ‘Abilles’, debería resolver la Arqueología.

Reproducción, realizada por Cástor González, del calco hecho a la pintura medieval descubierta.

Reproducción, realizada por Cástor González, del calco hecho a la pintura medieval descubierta.

          Tampoco se queda atrás, en lo que a misterio se refiere, un enigmático fresco de resonancias románicas hallado por el sacerdote e historiador Ángel Garralda, quien seguía tan de cerca las obras de reforma (por el solicitada en 1960) en el antiguo convento que descubrió varios elementos de los que no se tenían constancia. Por ejemplo al descascarillar los obreros una pared observó lo que parecía un figura dibujada de la misma, se ralentizó el raspado del muro y fue apareciendo un fresco que ocasionó el asombro de historiador y operarios; era una Última Cena que el estudioso Magín Berenguer (1918–2000) calificaría como «del siglo XIII y de muy buena mano artística» aunque se ignora casi todo de ella, autor incluido. El artista avilesino Cástor González (1913–2001) calcó el dibujo aparecido en su integridad y su reproducción se conserva en la parroquia.

          Son tres casos envueltos en ese misterio que sigue oculto en el interior del enigma existente sobre la fundación de Avilés.

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La plaza de las Siete Calles
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Alberto del Río Legazpi | 06-08-2017 | 11:37| 0

La plaza de España actúa como repartidor de buena parte de las calles del casco antiguo de la histórica villa asturiana.

          Los que saben la anécdota suelen contar que esta plaza, pequeña Puerta del Sol avilesina, es también conocida como El Parche porque en 1893 a la corporación municipal de entonces le dio por modernizar parte del suelo empedrado de la misma echando una capa de cemento Portland (una novedad entonces) que favoreciera tanto el pisar de peatones (especialmente de señoras ‘entaconadas’) como el asiento firme de las sillas de los músicos de la banda municipal que delante del Ayuntamiento ofrecía conciertos matinales los domingos y fiestas de guardar. Al personal que suele ser muy suyo para según qué cosas esto tan funcional del terreno alisado le pareció una cataplasma, un pegote y, en fin, un parche. Y Parche le quedó a la plaza, aunque hoy para la mayoría de la población avilesina no sea este un término sinónimo de algo degenerativo sino regenerativo y más aún, oiga, de plaza monumental.

Foto Nardo Villaboy en el libro 'Asturias desde el aire.'

Foto Nardo Villaboy en el libro ‘Asturias desde el aire.’

          Entre las virtudes –muchas de ellas cantadas y contadas en estos episodios– que tiene es que aparte de su singularidad histórico-artística o de ser el kilómetro cero de Avilés y también corazón de su casco histórico, es que es un excepcional repartidor de vías urbanas, pues nada menos que siete calles nacen aquí y seis de ellas están entre las más importantes de la ciudad.

          Las hay de casi todas las épocas y para todos los gustos. Por orden cronológico habría que citar primero a las de origen medieval, o sea La Fruta, La Ferrería y Las Alas. Las dos primeras fueron calles principales dentro del recinto amurallado y de su importancia da cuenta el hecho de que contaban con una puerta, de las cinco que tenía la muralla de Avilés.

Inicio calles Ferrería, al fondo, y Las Alas a la derecha.

Inicio calles Ferrería, al fondo, y Las Alas a la derecha.

          La Fruta a lo largo de la historia llevó también los nombres de  Cimadevilla, Rua Nueva/calle Oscura (cuando estuvo dividida en dos) y Suárez–Inclán. La Ferrería la calle más importante del Avilés medieval respondió también a los nombres de Calle Mayor, San Nicolás, La Herrería y Marqués de Pinar del Río. Menos importancia tuvo Las Alas que durante siglos fue calleja (llamada de Moclín) antes que calle.

          Es en el siglo XVII cuando comienza a nacer la plaza actual (hasta entonces lugar arbolado con cuatro casas llamado Plaza de Fuera de la Villa) al construir allí tres palacios (el Ferrera, el municipal o Ayuntamiento y el de García Pumarino luego Llano–Ponte). Tal urbanización trajo consigo también la de los arrabales, surgiendo las porticadas calles de Rivero y Galiana que paliaron la escasez de viviendas que había dentro del recinto amurallado. Con el tiempo surgiría San Francisco una calle de cine, y si no que lo pregunten Woody Allen o a José Luis Garci, que es actual enlace de la plaza de España con Galiana.

Calle San Francisco.

Calle San Francisco.

          Rivero, San Francisco y Galiana son calles espectaculares con zonas soportaladas que causan el asombro entre los viajeros que cada vez en mayor número nos visitan por lo que no es extraño que estén bien surtidas de locales hosteleros. A Rivero nunca la cambiaron el nombre cosa que no ocurrió con Galiana que durante 27 años llevó el de Palacio Valdés. La de San Francisco fue anteriormente llamada calle de La Canal y luego General Lucuce.

          Las dos calles restantes, de las siete que parten de la plaza, son las más modernas en cuanto a su urbanización. Por ejemplo La Cámara que cruza buena parte del centro de Avilés actuando de eje comercial de la ciudad es calle que en sus 760 metros de longitud baja, llanea (justo a la altura de la plaza del mercado a la que llamo Plaza de los Siete Nombres porque por tal cantidad de términos ha sido conocida), sube y vuelve a descender hasta terminar muy cerca del actual poblado de pescadores. Esta calle llevó también los nombres de García San Miguel, José Manuel Pedregal y Generalísimo Franco.

Calles La Cámara, a la izquierda, y La Fruta.

Calles La Cámara, a la izquierda, y La Fruta.

          La de Ruiz–Gómez (popularmente conocida como calle La Cárcel por haber estado allí tiempo atrás la cárcel del partido judicial de Avilés) comunica en línea recta la plaza de España  (arquitectura barroca del siglo XVII) con el Centro Niemeyer (arquitectura vanguardista del siglo XX) plantada hace muy poco en la margen derecha del estuario avilesino y al que se llega, andando desde la plaza de las siete calles, en menos de diez minutos.

          Aparte de esto de las siete calles, también tenemos otras cosas en común con Bilbao, como el haber sido ambas ciudades capitales siderúrgicas, tener una ría tan elegante como importante y también un centro cultural de nombre extranjero con programación de proyección internacional. Aunque el de ellos no lo frenó nadie.

          Carpe diem.

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Walt Whitman y José Martí, poetas americanos en Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 30-07-2017 | 11:11| 0

Dos grandes poetas americanos, el estadounidense Walt Whitman y el cubano José Martí, están homenajeados en Avilés.

 

            Hay en una esquina en Avilés peatonalmente homicida, presuntamente al menos. Desnuda de edificaciones, sus aristas de cemento son una terrorífica solución de remate urbanístico para el peatón que ha de gestionar un caos de escalones desiguales en alto y ancho.

'Celebración' de Ignacio Bernardo.

‘Celebración’ de Ignacio Bernardo.

            La esquina se forma por la conjunción de tres vías urbanas: calles de Doctor Graiño y Jardines con la avenida Fernández Balsera. En la acera de la esquina en cuestión, con descarada forma de puñal veneciano, no son pocas las caídas de todo tipo, abundando la torcedura tobillera. Lo extraño, es un decir, es que sin embargo la gente no caiga en unos versos, que andan por allí, del norteamericano Walt Whitman. Titulados ‘Canto a uno mismo’ los transcribo «Me celebro a mi mismo / Cuanto asumo tú asumirás / porque cada átomo que me pertenece / te pertenece también a ti».

            Son del libro ‘Hojas de hierba’, por muchos considerado una obra maestra. En Avilés se pueden leer esos versos desde el verano de 2006 pues están grabados en una placa anclada en el paredón que forma parte de la desquiciada esquina y que soporta la peana de una original escultura que tiene luz las 24 horas del día, pues cuando le falta la del sol la suple la eléctrica, que lleva luciendo en Avilés desde que un indiano cubano nacido en la calle La Ferrería –y devenido en marqués de Pinar del Río por el rey de España Alfonso XIII– le regaló una ‘Fábrica de Luz’ a su ciudad natal a finales del siglo XIX.

            Porque es justo en la noche con la eléctrica, cuando la escultura más destaca por su luz, respondiendo así a la intención de su creador que es el artista avilesino Ignacio Bernardo.

Atardecer en plaza José Martí. Avilés.

Atardecer en plaza José Martí. Avilés.

            Su obra está colocada en la esquina de la que venimos hablando y es el único elemento que la ennoblece. La escultura adopta una forma cilíndrica de 7 metros de altura y el material utilizado en su realización es acero fundido con un interior de pintura reflectante pues la pieza (cuenta con iluminación exterior e interior) sugiere una llama que luce en la noche de la ciudad al pie del parque de Las Meanas y que viene a simbolizar la alegría de vivir. De ahí la cita poética, que luce la estatua, del exuberante Walt Whitman (1819-1892) aquel que dejó escrito haber sido poeta, enfermero voluntario, ensayista, periodista y humanista declarado.

          En una publicación de la Universidad de Oviedo, de 2011, cuya autora es Elisa Pérez Pando titulada ‘Arte público en Avilés’, se describe la compleja realización técnica de esta obra que le encargó, a Ignacio Bernardo, una empresa constructora local.

          Y dejamos al norteamericano Walt Whitman, aquel cuya voz corrió como el viento que lo removió todo,  alumbrando con sus versos el bosque ciudadano de Las Meanas y nos vamos al encuentro de un gran poeta cubano a quien Avilés rinde homenaje casi al otro extremo de la ciudad. Caminando por la calle Doctor Graiño subimos por el lugar por donde estuvo la medieval fuente de La Cámara y que hoy es calle que ejerce de eje comercial de la ciudad. Atravesando la monumental plaza de España (donde estuvo el fan de Whitman, Federico García Lorca, en septiembre de 1932, dirigiendo a su grupo teatral La Barraca) nos introducimos  en ese túnel del tiempo de lanzas y murallas que es la calle La Ferrería. Doblando por la ella hay un original espacio urbano convertido en plaza, dominado por un bosque artístico de murales (titulados ‘Pasionarias’ y ‘Cubavilés’) obra del artista, también avilesino, Ramón Rodríguez y que es episodio aparte.

Walt Withman

Walt Whitman

            Es plaza joven en el antiguo casco de Avilés y lleva el nombre de José Martí según consta en la placa colocada en la parte trasera de un edificio de 1845, que fue cárcel del partido judicial de Avilés y hoy es oficina municipal de turismo. Un busto del poeta cubano colocado sobre peana viene a certificar visualmente de quien es la plaza.

 

          La figura de José Martí (1853–1895) coetáneo del modernismo, destaca por su relieve político y literario. Cuando Isabel Allende, embajadora de Cuba en España,  visitó la plaza en 2003 me reconvino «que antes que nada Martí era el padre de la patria cubana» en respuesta a mi comentario de que el homenaje avilesino dándole una plaza a Martí estaba más en la faceta literaria del prócer cubano, y sobre todo en algunos de sus ‘Versos sencillos’. Valiéndose de ellos el compositor avilesino Julián Orbón, residente en La Habana, compuso la versión más popular de la canción ‘Guantanamera’, que pasa por ser una de las más universales en lengua castellana. Con decir que hasta aparece, como música de fondo, en una secuencia de la película El Padrino 2, de Francis Ford Coppola, está todo dicho. Detalle éste que sorprendió, gestualmente, a Isabel Allende.

José Martí.

José Martí.

          «…Mi verso es de un verde claro/ y de un carmín encendido/ mi verso es un ciervo herido/ que busca en el monte amparo/ Guantamera, guajira guantamera…».

            El busto de José Martí en su plaza del casco histórico y los versos de Walt Whitman en el parque de Las Meanas son santo y seña de la poesía americana en Avilés. Y en Asturias.

            Y no sigo.

 

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Quevedo, Cronista Oficial de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 23-07-2017 | 11:14| 0

            Puede leerse, en alguna de las muchas antologías de literatura española, aquel trueno de verso que dejó escrito Francisco de Quevedo para decirle al mundo que «Parióme adrede mi madre, / ¡ojalá no me pariera!, / aunque estaba cuando me hizo, / de gorja naturaleza. / Dos maravedís de luna/ alumbraban a la tierra, /que por ser yo el que nacía, o quiso que un cuarto fuera. / Nací tarde, porque el sol/ tuvo de verme vergüenza, / en una noche templada/ entre clara y entre yema (…)».
            También puede leerse en LA VOZ DE AVILÉS del  17 de agosto de 1927 una humorística semblanza sobre un Quevedo avilesino que dice: «Cual Francisco de Quevedo, es poeta y humorista / que domina guapamente el castellano / y supera en donosura de bablista / al Quevedo, su pariente más cercano. / Quien le vea con bufanda no se asombre / pues el vate es de tal modo friolero / que en el mes señalado en su nombre / estornuda de igual suerte que en enero. / Pasa el día entero escribe que te escribe / ya coplas o ya números con verdadero afán. / Tiene las gafas gordas y el habla delgadina, / nunca queda fartuco de estivas romerías / y siempre saca en verso alguna rapacina (…)».22-quevedo-sentado-en-un-prao

            Y si una de las figuras más importantes de la literatura española como era Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos (Madrid, 1580–Villanueva de los Infantes, 1645) mudó su nombre a Francisco de Quevedo, a secas, también Julio García Fernández–Quevedo (Madrid 1877–Avilés, 1957) quedó en Julio García Quevedo y más tarde adelgazó a Julio G. Quevedo hasta dar en Y***, que tal parece la raspa de un pescado, pero que es pseudónimo con el que firmó muchos de sus escritos.

            Julio fue uno de los hijos del matrimonio formado por María Fernández–Quevedo González –Llanos y el médico Julio García Zabala, residentes en Madrid y que al poco de su nacimiento se trasladó a vivir a Avilés. Por cierto, no quiero que se me escape, que Paquita hija también de este matrimonio, y por tanto hermana de Julio, sería años después ‘pretendida’ por Leopoldo Alas. Y dicen, quienes de ello saben, que faltó el canto de un duro para que ‘Clarín’ cambiara Avilés por Vetusta.

            Estudió, Julio, primero en el Colegio de La Merced y luego en la Escuela de Comercio para optar a un puesto en la Compañía Arrendataria de Tabacos. A punto de hacerse con él, en 1896, le ofrecieron un trabajo –que acepta sin dudar pues significaba quedarse en Avilés– en la administración del Sindicato Minero, organismo adjunto al puerto de Avilés, fundado y dirigido por Carlos Larrañaga, que tenía sus oficinas en San Juan de Nieva y que más tarde se integraría en la Junta de Obras del Puerto (actual Autoridad Portuaria) donde trabajaría García Quevedo más de medio siglo. Al jubilarse lo hizo, según tiene escrito Venancio Ovies, como Comisario de Muelles.

Calle Rivero.

Calle Rivero.

            Esa fue la vida laboral de este escritor, que se casó en 1906 con Higinia  Suárez–Puerta Rodríguez –matrimonio que no tuvo descendencia– y que vivió en la calle Rivero.

            Lo literario fue algo que, a Julio, le inculcaron desde niño dos personas cercanas como  Bonifacio de las Alas Sabugo, más conocido como ‘Carbayedos’, pero sobre todo su tío José Fernández–Quevedo (Ferroñes, 1850–Oviedo, 1911) que tal era el nombre oficial del celebrado poeta Pepín Quevedo quien aparte de haber sido un histórico Secretario General de la Universidad de Oviedo es uno de los más destacados poetas en asturiano, hasta el punto de que el mismísimo Rubén Darío –que chifló con el bable cuando Pérez de Ayala lo convenció para que viniera a veranear a la desembocadura del Nalón– señala a Pepín como «el aedo (cantor épico) del humorismo y gracia de la poesía asturiana».

            Con tales enseñantes Julio G. Quevedo comenzó escribiendo de niño y ya no paró. A lo largo de su vida utilizó, generalmente, el bable para tratar temas humorísticos y festivos; para sus trabajos en prosa, manejó el castellano.

            No tiene publicado ningún libro. Su obra está dispersa y hay que buscarla en revistas y periódicos, fundamentalmente en LA VOZ DE AVILÉS donde tuvo varias secciones fijas entre las que destacan ‘Dominguerías’ en las que resumía la semana o ‘Quisicosas’ donde ejercía una crítica de espectáculos incluida la cinematográfica, entonces naciente como ese mismo arte, donde encontramos a un escritor muy suelto y desenfadado.22-quevedo-foto-clasica-menos-clara

            Una muestra de su estilo mordaz está, por ejemplo, en un poema leído durante un homenaje a su amigo Marcos del Torniello: «Un poeta ye un babayo, un pelegrin sin cascares que tien el corazón como mantega, que non puede ver llastimes, que cuando sal la luna, y les  estrelles sobre el negro del cielo hechen guella­des, olvidase de todo, de la muyer, los fios y los padres enfilando n’el auto cuatro copies mientres que pierde por manguán les fabes».

            El 6 de agosto de 1943 el Ayuntamiento nombra, a propuesta de  Junta de Monumentos Históricos y Artísticos de Oviedo, a Julio García de Quevedo (sic) Cronista Oficial de Avilés. Antes de producirse la votación para el nombramiento se ausentó (está reflejado en el acta) el alcalde Román Suarez–Puerta Rodríguez –cuñado del escritor (esto lo reflejo yo)– reintegrándose nuevamente al salón de plenos cuando terminó de debatirse este asunto.

            Julio G. Quevedo pasó a ocupar tal cargo honorífico vacante desde la muerte, el 4 de noviembre de 1942, del primer cronista oficial que tuvo Avilés y que fue el sacerdote José Fernández, cuyo nombre lleva una tan céntrica, como mínima en longitud, calle de Avilés que une las de Pedregal y López–Ocaña (termino antes diciendo que es la calle donde está, entre otros negocios, el ‘My Friend’ una de las cafeterías más frecuentadas de Avilés). Volviendo a García Quevedo decir que conservó el título de Cronista hasta su muerte ocurrida el 30 de enero de 1957 y desde tal fecha volvió a permanecer vacante dicho título hasta el 21 de marzo de 1991 en el que fue nombrado Justo Ureña para ocuparlo.

            Así que «Lector: si no tienes una pena muy grande sobre el corazón, que te impida hacerlo, manipula con la alegría (…) Hora que marcha no vuelve, aprovéchalas. Fíjate como los carniceros están gordos y rollizos. Estudia el porqué (…) Goza honestamente de la vida; a su fin tanto han de darte por haber reído como por haber llorado».

            Tales cosas quevedescas dejó escritas Julio García Fernández–Quevedo.22-quevedo-la-voz-de-aviles-bis

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta