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Autor: Alberto del Río
Los hermanos Espolita, pintores
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Alberto del Río Legazpi | 19-03-2017 | 11:12| 0

            Mientras daba las últimas pinceladas, toques maestros, el pintor levantaba la vista del lienzo dirigiéndola hacia el abogado Justo Ureña, quien a su lado contemplaba ensimismado el final del proceso creativo de aquella marina de la playa del Cuerno de Salinas, preguntándole con un hilo de voz:

'Avilés nevada'. Gonzalo Espolita.

            –Chacho ¿quedará mejor así?…

              Lo contaba Justo hablando de una de sus muchas visitas a Gonzalo Pérez Espolita. Justo Ureña Hevia, recordado Cronista Oficial de la Villa, también pintaba e iba ‘a aprender’ a la fuente clara, o sea al estudio que Espolita tenía en su domicilio de la calle San Francisco, donde vivía con su esposa María Olvido García Menéndez (con quien se había casado el 9 marzo de 1943) y sus dos hijos.

              Gonzalo Pérez Espolita era el benjamín de cinco hermanos, hijos del matrimonio formado por Juan Pérez (oriundo de Sabugo) y Joaquina Espolita (de Valduno, concejo de Las Regueras). Establecieron su domicilio en la plaza Álvarez Acebal, donde nacieron sus cinco hijos: Ramón, Juan de la Cruz, Paulina, José María y Gonzalo.

            El apellido materno (Espolita) era de procedencia italiana (Spolita, de Génova parece ser) y fue utilizado por sus hijos, al menos por los dos que se dedicaron por completo a las artes plásticas (Gonzalo y Juan de la Cruz); aunque los otros (con la excepción de Paulina) dejaron algunas muestras de sus dotes en la materia. Una saga artística local parecida, aunque en tono menor, a la de los Hermanos Soria (ver LA VOZ DE AVILÉS del 17 febrero de 2013 ‘La insólita factoría cultural familiar de los Soria’).

              Del mayor, Ramón Pérez Espolita (1890-1969), que se ganó la vida como  oficial de notaría en Avilés se pueden ver magníficos dibujos a lápiz en el Hotel Ferrera, formando parte de la excelente colección que de pintores locales tiene este establecimiento, donde la más numerosa (láminas de Ramón y José, doce óleos de Juan y veintiocho de Gonzalo) es la de los hermanos Espolita o Spolita.

Juan P. Espolita (1894-1960).

          Juan de la Cruz Pérez Espolita (1894-1960) se dedicó plenamente, al igual que su hermano Gonzalo, a la pintura. Ambos realizaron juntos estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, hay que decir que con el apoyo económico de la Sociedad de Amigos del Arte de Avilés, entidad cultural privada que es un episodio aparte. Hay coincidencia de opiniones en la brillantez de este pintor que se centró exclusivamente en temática avilesina. Como su hermano, Gonzalo, acudió a pocas exposiciones pero en una de ellas (de artistas asturianos en Madrid) organizada por el diario ‘El Heraldo’, le tengo leído al crítico Villa Pastur que uno de sus cuadros (un paisaje de Miranda) arrancó grandes elogios del escritor Ramón María del Valle Inclán. Corta vida como pintor tuvo Juan que atravesó por graves problemas mentales que obligaron a internarlo, durante años, en el Hospital Psiquiátrico de Oviedo.

            José María Pérez Espolita (1895- 1934) fue el cuarto hermano, después de Paulina, y de él hay pocos conocimientos a pesar de que por algunos testimonios se sabe que estaba muy bien dotado para el arte. Pero su legado artístico es muy corto, un óleo, algunos bocetos, apuntes y dibujos de modelos en escayola.

Gonzalo P. Espolita (1901-1966)

            Gonzalo Pérez Espolita (1901-1966). Es el más famoso de esta familia y será tratado en episodio aparte. Vivió plenamente dedicado a la pintura reflejando multitud de rincones de Avilés y alrededores por lo que muchos lo consideran como ‘el pintor tradicional de Avilés’. Sus cotizados, al menos hace años, cuadros cuelgan en bastantes hogares de su ciudad, pero lo que es desconocido por mucha gente es su obra religiosa expuesta en tres iglesias: San Nicolás de Bari (iglesia y sacristía), San Antonio (los murales laterales del altar) y la decoración del templo Sagrado Corazón de Villalegre, deteriorada por la humedad del edificio.

            Gonzalo fue un pintor muy popular en Avilés y su fama ‘tiró’ por sus hermanos, tanto que desde 1985 una calle de la zona alta de la ciudad está dedicada a los Hermanos Espolita. ¡Velay!

 

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Soportales a la carta
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Alberto del Río Legazpi | 12-03-2017 | 11:17| 0

Los pórticos avilesinos conforman un paisaje urbano impactante, un panorama mágico, del que muy pocas ciudades pueden presumir.

            Escritores de todo tipo –aparte de Palacio Valdés que es como de casa– aluden, como hizo Luigi Salandra en 1797, a los soportales de aquel «pueblo que está al fondo de una ría y tiene una gran calle en cuesta, toda con soportales (cordonata coperta). Hay varios palacios, algunos magníficos, un gran convento y una iglesia antiquísima muy interesante. De Avilés es uno de los conquistadores de América» informa el italiano.

            El escritor Antonio J. Onieva (1886-1977) recomienda que «para darse cuenta de la belleza típica de Avilés, deben recorrerse la calle de Galiana, el Rivero y la Herrería, con sus curiosos soportales, que le prestan un carácter ancestral de sumo interés».

(Foto: Luis Alfonso del Río Legazpi)

            Aurelio de Llano (1868–1936) considera a los soportales avilesinos como «seña de identidad de la villa». Y no sigo porque en el fondo casi todas las citas coinciden en el soportal como símbolo arquitectónico insoslayable de Avilés.

            Una marca urbana perdurable a través de los siglos. Unidos todos pasan de tres kilómetros de longitud. Los anteriores al siglo XIX suman 900 metros y los del XIX y principios del XX casi llegan a 600 m. El resto se construyó, no sé si por tradición si por negocio inmobiliario, en la segunda mitad del XX.

            Los hay a la carta, de todas las clases y para todos los gustos. Están los largos y majestuosos del palacio municipal y los cortos del de Llano Ponte, cine Marta y María hasta hace poco. Los de San Francisco son tan espectaculares como los edificios de los que forman parte. En la plaza del Mercado están conformados por elegantes columnas de hierro fundido y una destacada labor de rejería.

            Pero son los más antiguos los que tienen un hechizo especialmente apreciable en determinadas condiciones horarias y meteorológicas. Por ejemplo los de la plaza de España (o El Parche) exigen estar bañados por el sol veraniego que cambiante en su recorrido va ofreciendo una visión espectacular del perímetro porticado.

            Los de La Ferrería y Sabugo adquieren de noche un tono conmovedor y tienen su ración de misterio con la calle mojada. Los de Galiana son caso aparte, pues contemplados en su inicio (desde la plaza Álvarez Acebal) componen una galería serpenteante de 252 metros que se pierde a la vista; en invierno, cuando el sol sesgado los riega, se produce un embrujo visual mágico.

            Tiran a paisaje urbano de película. «¡Son de cine porque en el teatro no caben! ¡coño!» me dijo Fernando Fernán Gómez, pasando del genio al mal genio mientras paseábamos por Rivero un día del invierno del 82.

            En cualquier caso son la sal arquitectónica de Avilés. Su gracia.

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Avilés, una historia de cien mil años
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Alberto del Río Legazpi | 05-03-2017 | 11:24| 0

Se cumplen diez años del hallazgo de muestras prehistóricas en pleno centro de Avilés, a menos de 100 metros del Ayuntamiento de la ciudad, toda una historia de la prehistoria.

          Hay gente que cree que la prehistoria es una especie de carrito de supermercado cargado de muñecos de los Picapiedra y videojuegos de dinosaurios.

          Los años que nos separan de aquellos tiempos, son miles, millones; están tan condenadamente lejos que es difícil hacerse una idea. Hay aproximaciones ficcionadas que nos llegan por alguna película tipo ‘Parque jurásico’ de Steven Spielberg y no muchas más, pues la Prehistoria –término empleado para definir el periodo de la historia transcurrido desde el inicio del proceso de la evolución humana hasta la aparición de testimonios escritos– es uno de los temas menos representados en el cine de ficción.

Marcado con una X el edificio de la calle La Cámara en cuyo solar tuvo lugar el prehistórico hallazgo.

          Pero dejémonos de películas y pasemos a la realidad que supone el hecho de que en este mes de marzo se cumplen diez años de un descubrimiento fundamental para esta tierra llamada Avilés que poblamos, enriquecemos, gozamos y maltratamos.

          Fue en marzo de 2007 cuando el equipo de la arqueóloga Cristina Arca Migueláñez fue contratado para cumplir con la ley de Patrimonio que obliga cuando se edifica un solar en casco urbano y sobre toda en zona de asentamiento histórico, como el caso de Avilés, investigar el suelo del mismo.

          Ocurrió que al vaciar (solo quedó en pie la fachada original de 1920) el edificio en cuestión, situado en la calle de La Cámara, para adecuarlo a nuevas viviendas, y habiendo quedado por tanto descubierto el solar para iniciar la obra de reconstrucción, se pusieron la investigadora mierense y su equipo a la tarea de excavar el terreno en cuestión siendo premiados con una lotería arqueológica consistente en piezas prehistóricas de una antigüedad 100.000 mil años. Cifra, para estos lares, de quitar el hipo.

          Desde entonces la prehistoria en Avilés–centro urbano está domiciliada en el solar donde se levanta el edificio número 5 de la calle de La Cámara.

          En dicho terreno, de 242 metros cuadrados, y a muy poca profundidad, se hallaron 19 piezas del Paleolítico (asócienlo a Edad de Piedra). Eran hachas bifaces (o sea talladas por ambos lados de la piedra), lascas y núcleos (trozos bastos de piedra), todos ellos herramientas asociadas a la caza.

          Este hallazgo no es que sea algo extraordinario en Asturias pero es descomunal en el centro urbano de Avilés y más si está ‘arrimado’ a su casco antiguo buena parte del cual está declarado Conjunto Histórico Artístico desde 1955.

          El resultado del descubrimiento lo plasmó Cristina Arca en un informe, a la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, acompañado de un estudio geológico dirigido por el profesor universitario Germán Flor que determinó que el edificio donde aparecieron los restos prehistóricos, se levantó sobre una terraza fluvial que vendría de Miranda, parroquia de la zona alta de Avilés. Las piezas encontradas se guardan en el Museo Arqueológico de Asturias.

          De campañas arqueológicas programadas está muy necesitado el casco histórico avilesino para seguir buceando en un pasado que ahora se antoja inmenso, mucho, muchísimo más allá de los tiempos medievales de los que conservamos signos palpables en forma de iglesias (San Antonio de Padua, San Nicolás de Bari, Santo Tomás de Canterbury) palacio (Valdecarzana) y capilla (Las Alas).

          Y de repente los orígenes de Avilés han pegado un salto inmenso hacia atrás en el tiempo llenando parte de un vacío con las evidencias ciertas que suponen esas piezas prehistóricas halladas en La Cámara. Los tiempos de poblamiento de lo que hoy es Avilés han retrocedido meteóricamente.

          En todas las edades históricas los animales han mirado al cielo. Y los racionales tan fascinados quedaron por la inmensidad del espacio galáctico que establecieron paraísos en él. Si eres bueno vas al cielo.

          Pero de poco tiempo acá hemos dejado de mirar a las estrellas y estamos construyendo un mundo virtual que ha conseguido agilipollarnos a pasos agigantados y en vez de atender a la exhibición celeste y ovacionar el maravilloso espectáculo –libre de impuestos– que hay allá arriba, ahora miramos hacia abajo encorvándonos sobre pantallas cada vez más pequeñas –de pago obligado y obligada cobertura– tan diminutas que nos caben no ya en un bolsillo sino en la esfera de un reloj de muñeca, donde se pueden ver dinosaurios de película dándose cera de lo lindo pues esa es la visión estándar que tenemos de los tiempos paleolíticos.

          Ahora sabemos que Avilés estaba poblada mucho antes de lo que creíamos merced al hallazgo de herramientas de piedra talladas por manos humanas, hace 100.000 años, en la moderna calle La Cámara, tan abundante ella en ópticas o en perfumerías y que de golpe se ha convertido en paleolítica.

          Por tanto Avilés no es antigua ¡es antiquísima! Demostrado ha quedado que somos más arcaicos, más viejos. Más prehistóricos.

 

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El renacimiento de Adolfo de Soignie
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Alberto del Río Legazpi | 26-02-2017 | 11:17| 0

Nacido en Bélgica desarrolló su labor en España siendo un hombre clave en la industrialización de Avilés y de Asturias.

            Él vino en un barco de nombre extranjero que zarpó de Amberes el mes de septiembre de 1838 con destino a Asturias.

            Desembarcó en Avilés la ‘víspera del Cristo de Candás’, como dejó escrito en un manuscrito encontrado hace poco por su descendiente, la avilesina Mercedes De Soignie, que se empeñó en sacar a flote vida y obra de su tatarabuelo –el ciudadano belga Adolphe Desoignie– consiguiendo trasladarla con éxito al libro titulado ‘Caminos del ayer, huellas del mañana’. Algo que la historia avilesina y asturiana le agradecerán.

            El ingeniero Adolphe Desoignie Silez nacido en 1816 cerca de Mons en la región valona de Bélgica, de familia humilde, logró cursar la carrera de ingeniero en Lieja donde comenzó a trabajar con tanto éxito que su patrón, Adolphe Lesoinne, le ofreció la dirección de un complejo minero que tenía en el norte de España. Y Adolphe se embarcó para Avilés. Quizá haya que hablar de regreso ya que sus abuelos maternos fueron aragoneses emigrantes en Bélgica.

            El yacimiento explotado por la Real Compañía Asturiana de Minas, nombre de la empresa de Lesoinne en Arnao (Castrillón), marcó época y Soignie tuvo mucho que ver con que fuera pionera tanto en la industrialización de Asturias, y de Avilés en particular, como en la extracción vertical y submarina de carbón.

            El castillete (un clásico de la minería española) hoy con un abrigo de zinc, es el buque insignia del actual Museo de la Mina de Arnao y su silueta se recorta triunfante en el horizonte de la costa central de Asturias.

            Que Adolphe Desoignie había venido para quedarse comenzó a quedar claro cuando se casó, en 1849, con Matilde de las Alas Pumariño estableciendo su domicilio en la [hoy] calle de La Estación donde nacieron los diez hijos del matrimonio. Y el Adolphe belga se disolvió en el Adolfo español y su primer apellido, Desoignie, se divorció quedando a la moda en De Soignie, que algunos hasta convirtieron en Desuañí.

            Después de diecisiete años abandonó, con amargura, la Real Compañía por divergencias con la empresa metiéndose de lleno en otros proyectos de ámbito regional relacionados con la minería y el ferrocarril. En el interregno fue reclamado por el Ayuntamiento de Avilés donde también haría historia.

            En los libros de Actas municipales, que van de 1860 a 1867, constan los proyectos, algunos revolucionarios, del ingeniero (el primero con ese título en la historia municipal avilesina) Adolfo De Soignie.

            De su labor municipal destaco la modernización, por ejemplo del Avilés urbano, al ‘inventar’ las aceras con un proyecto redactado el 17 de enero de 1861 para la construcción de bordes peatonales en aquellas calles de la Villa que tuvieran el suficiente ancho que las justificase. Ahí empezó la adecuación de Avilés a las normas viarias de las ciudades más modernas de España.

Adolfo De Soignie en foto tomada en 1896.

             Se atrevió a ponerle el cascabel al gato de los sillares carcomidos de las columnas del Ayuntamiento, edificio inaugurado en 1677 y por tanto con cimientos de mírame y no me toques que temblequeaba. Soignie lo puso firme.

            Diseñó, en 1861, una nueva plaza (popularmente conocida como la ‘del Pescado’) hoy muy frecuentada por ser punto céntrico del acceso peatonal a la margen derecha de la Ría.

            Y luego está lo de meter el agua en casa a los avilesinos. Comenzó el 5 de septiembre de 1863 cuando expuso públicamente la planificación de una nueva red de abastecimiento de aguas que sustituiría las frágiles cañerías de barro por otras de hierro. Fue una de las obras públicas más señaladas de la historia avilesina, ejecutada en 1865 bajo su dirección, con el feliz resultado de que a partir de entonces el agua empezó subir a bastantes  viviendas de la ciudad naciendo así los cuartos de baño. Aquello fue la repanocha higiénica. Un hito social.

            Se integró, el ingeniero Adolfo de Soignie, en la vida social de Avilés, siendo un importante miembro de la Sociedad Artística local. Y hoy figura junto a Cástor Álvarez, Estanislao Sánchez-Calvo y Galo Somines entre otros, todos ellos impulsores del primer periódico de la historia avilesina: ‘El Eco de Avilés’, proyecto dirigido y ejecutado por el tipógrafo ovetense Antonio María Pruneda, el Gutemberg local, en su imprenta de la plaza de Carlos Lobo.

            De Soignie aparece por cualquier latitud pues también es notorio su protagonismo en el nacimiento y desarrollo de Salinas que fue posible en gran medida merced a la implicación, de una y otra forma, de directivos de la Real Compañía Asturiana: Soignie, Hauzeur, Ferrer, Acha, Riera, Laloux,  Sitges o Treillard.

            Falleció en 1898 dejando obra escrita sobre puertos marítimos, vías férreas y emigración. Su nombre ha quedado ligado históricamente a la mina de Arnao, al Ayuntamiento de Avilés y a una selecta lista de profesionales europeos (Schulz, Tartiere y otros) que tuvieron un protagonismo crucial en la industrialización asturiana del siglo XIX.

            Hay coincidencia en que De Soignie fue persona intachable, de carácter muy suyo y trabajador infatigable. Acertó el Gobierno de España condecorándolo con la Cruz de Carlos III. Luego está su faceta diplomática, pues resulta que fue nombrado cónsul de Bélgica por la reina Isabel II de España ¿Qué mejor embajador de Bélgica en Avilés que este avilesino de Bélgica?

            Ha renacido Adolfo De Soignie Silez figura clave en la industrialización asturiana y hoy ya sabemos más que ayer sobre nuestro antes de ayer. 

 

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El Camino de Santiago traspasa el casco histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 19-02-2017 | 11:26| 0

            Hubo una vez un reino de Asturias, cuando aún éramos más grandones que ahora, que ocupaba toda la cornisa cantábrica.

            Uno de los reyes asturianos, de nombre Alfonso II, mandó construir una iglesia ‘de porte asturiano’ allá cerca del fin del mundo –lo que se llamaba Finisterre, porque se creía que más allá solo había mar– en el lugar conocido como Compostela, para que acogiera las reliquias recién descubiertas del apóstol Santiago, reimpulsando así una antigua costumbre de peregrinaje de fieles hacia la tumba del discípulo de Jesucristo delatada ya anteriormente, según cuenta la tradición, por los fulgores de estrellas bajadas del cielo hacia aquel lugar desde entonces conocido como ‘Campus Stellae’ que derivaría con el tiempo en el  vocablo Compostela.

            No le faltó tiempo a Alfonso II (760–842) para potenciar la noticia del milagro sideral por la Europa cristiana con lo que el monarca asturiano consiguió que desde entonces y a lo largo de siglos, guiados desde los cielos por La Vía Láctea, llegaran a Compostela multitud de creyentes generando una gran vitalidad económica, social y cultural por los lugares de paso. A cambio se pagó un desolador peaje sanitario en forma de epidemias.

            En uno de los Caminos que conducen a Compostela, el costero, una de las villas que ofrecen parada y fonda a los viajeros es Avilés que ya en 1515 construyó (los albergues locales son episodio aparte) un edificio ex profeso que acogiera a los peregrinos que recorrían aquella espectacular ‘autopista’ cultural. Goethe escribió que Europa se hizo peregrinando a Compostela.

            El Hospital de Peregrinos estaba fuera de la muralla en el entonces arrabal del Ribero y cuando la incuria lo destruyó (en 1948) Avilés construyó otro albergue más modesto, pues la sociedad había ido cambiando y ya no peregrinaban tantos a ganar indulgencias divinas. Actualmente ha vuelto a tomar un gran auge cultural.

              Tal como está estructurado el Camino –hablo del costero y en dirección este a oeste– una de las etapas trae a los peregrinos desde Oviedo o Gijón, según, hasta Avilés donde hacen noche, para continuar frescos a Soto de Luiña buscando la meta de Santiago de Compostela.

              Lo hacen cruzando la ciudad siguiendo el recorrido tradicional por lo que traspasan gran parte del casco histórico avilesino ayudados por señales de tráfico especiales con el símbolo del peregrino compostelano, o sea una concha (interpreten este vocablo, los sudamericanos que leen este episodio, en el mejor de los sentidos que se le da en España o sea caparazón de carbonato cálcico de los moluscos).

              Así que salen del Albergue situado frente al final de Rivero, calle que recorren en su totalidad, enterándose que fue urbanizada en el siglo XVII y que junto con Galiana son dos de las más espectaculares de una villa que tiene kilómetros de soportales, entre antiguos y modernos.

              Tendrán más al llegar a la plaza de España, sensacional Parche arquitectónico, y continuarán camino por la calle de La Ferrería, como marca la concha (sigan conteniéndose la mayoría de los lectores en habla hispana del continente americano) al inicio de esa vía.

A la izquierda Concha indicadora del Camino de Santiago en la calle La Ferrería.

              Se trata de la que fue calle mayor de Avilés durante siglos, y por tanto atesora destacados monumentos como un palacio gótico, edificado en torno al siglo XIV por un rico mercader para servir de lonja comercial y de vivienda familiar. Más adelante y cuando la calle comienza su descenso hacia el parque del Muelle pasarán ante un complejo religioso formado por la iglesia, hoy de San Antonio (siglo XII) y la capilla de Las Alas del siglo XIV.

              Al llegar al parque (donde durante siglos se encontraban los peregrinos con los muelles del tradicional puerto de Avilés) deben dirigirse al barrio de Sabugo; antiguamente lo hacían pasando el puente que comunicaba la villa amurallada con aquel barrio marinero. Hoy lo hacen yendo a un costado de la fachada norte del palacio de Camposagrado y luego de la plaza del Mercado (oficialmente Hnos. Orbón) hasta alcanzar la calle de La Estación.

            Antiguamente conocida como calle D’Alante es una de las tres históricas de Sabugo junto con la D’Atrás (Bances Candamo) y la D’Enmedio (Carreño Miranda). La de La Estación, es recorrida por la persona viajera a Santiago de Compostela, justo hasta divisar el ábside de la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (siglo XIII) donde habrán de girar hacia la plaza del Carbayo.

            Luego saliendo hacia la calle Marcos del Torniello tomarán la Avenida de Alemania e irán subiendo, dejando el barrio de Pescadores (o Nodo) a la derecha, por la empinada carretera de San Cristóbal para desde allí introducirse por caminos del territorio municipal de Castrillón.

            ¡Buen Camino!… Es la tradicional despedida al peregrino. 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta