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Autor: Alberto del Río
El trágico motín del maíz
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Alberto del Río Legazpi | 22-05-2016 | 11:24| 0

(En el año 1847 Avilés fue sacudido por dos motines: el sonado de las campanas, ya publicado, y el trágico del maíz cuya represión costó muertos y heridos).
          En la madrugada del 26 de mayo de 1847 llegaron las tropas del ejército al barrio avilesino de Villalegre donde acantonaron.
          Al frente venía el Gobernador de Asturias, lo que no presagiaba nada bueno pues era la misma persona que meses atrás también había enviado al ejército a rescatar unas campanas que por capricho, no por derecho, se querían llevar a Oviedo las monjas Clarisas que habían estado alojadas cinco años en el convento de San Francisco (hoy iglesia de San Nicolás de Bari).
          Aquel suceso, conocido como ‘El motín de las campanas’, ocurrido unos meses antes, enfrentó al Gobernador con todo el pueblo avilesino y sus autoridades, pues incluso el Ayuntamiento había tomado partido a favor de defender unas campanas que habían pagado los avilesinos. De nada sirvieron los intentos negociadores del alcalde, Francisco Quevedo Heres, y el de otros notables de la ciudad de solucionar pacíficamente el problema con la autoridad provincial quien poseído por el ordeno y mando, envió al ejército a Avilés para que los soldados subieran a la torre del convento, desmontaran las campanas y las llevaran a Oviedo. Orden cumplida y clamoroso cabreo en Avilés, donde aquello fue considerado un agravio gratuito, una afrenta a la villa.
          Quizá ajeno a las consecuencias, en la opinión pública avilesina, de aquel motín campanero –ocurrido en febrero– en aquella mañana del 26 de mayo el Gobernador dejó a los soldados acantonados en Villalegre y se hizo acompañar por la Guardia Civil para entrar ‘discretamente’ en Avilés instalándose en el Ayuntamiento, que seguía presidido por Francisco Quevedo siendo tenientes de alcalde Manuel Álvarez de la Campa y Fernando Cuerbo (sic) Arango: los regidores (concejales) eran Manuel Suárez, Ángel Menéndez, José García San Miguel (quien años después sería el primer marqués de Teverga), Juan Antonio Gutiérrez, Manuel López Figueiras y Francisco Menéndez Sierra.
          En aquella fecha primaveral, en Avilés, los ánimos estaban muy alterados en situación directamente proporcional a la escasez de alimentos que sufría buena parte de la población. A la falta de trabajo se había unido la de víveres, así que el ambiente se desesperó días antes, impidiendo la gente el embarque en el puerto de un cargamento de maíz que intentaba un consignatario. No era aceptable ver pasar el alimento por delante de sus narices. Se olía pero no se comía. Toda una provocación.
          Pero el Gobernador, al que la flauta le debía de sonar a trompeta y el violín a tambor, había venido a defender la sacrosanta libertad comercial, dejando en segundo plano una extremada y explosiva situación humanitaria. Y, más tranquilo que un ocho, ordenó que los doscientos soldados traídos de Oviedo levantaran el campo en Villalegre por la noche y amaneciesen en Avilés el jueves 27 de mayo de 1847, concentrados en el Ayuntamiento que se convirtió de hecho en cuartel durante unos cuantos días.
          «Amaneció el día 27 clara y despejada la atmósfera pero sobre las diez de su ma­ñana principió a cubrir su oscuro manto, como para denotar los tristes sucesos que ha­bían de suceder dentro de muy pocos instantes» escribió Simón Fernández Perdones.
          Desde los almacenes de Calixto Carvajal, situados en la calle San Bernardo, comenzaron a salir carros (entre el apedreamiento al inmueble por parte de manifestantes) cargados de sacos de maíz para embarcarlos en el muelle (entonces, para situar al lector, al pie del palacio de Camposagrado) al objeto de cumplimentar un pedido hecho por el comerciante gijonés Dionisio Acebal. Pero en la plaza [de Carlos Lobo] antes de bajar la rampa que conducía al muelle se presentaron varios grupos de hombres, mujeres y niños intentando impedirlo.
          El Gobernador dio órdenes para que la tropa desalojase la plaza y taponara las calles que daban a ella: las actuales La Ferrería, San Bernardo y Los Alfolíes. A continuación hizo leer un bando sobre orden público, pero solo se hizo en la plaza y en La Ferrería. No hubo conocimiento general del mismo, aunque es dudoso que si dicho documento amenazador hubiese llegado a todos los rincones de Avilés hubiera impedido lo que aconteció luego. Porque reinaba la desesperación.
          Así que los carros cargados de sacos de maíz, protegidos por la tropa, comenzaron a bajar al puerto donde fueron repelidos por grupos de gente que había estado apostada en los extremos del muelle, es decir de las inmediaciones del viejo puente de piedra de San Sebastián (donde hoy está la entrada del bar ‘La Parra’) y del puente viejo de Sabugo (donde luego estuvo lo que fue Café Colón). Los manifestantes comenzaron a lanzar piedras contra los carros y en casos se apoderaron de ellos y rajaron los sacos mientras niños y mujeres recogían el grano para llevárselo.
           Y entonces, sin más, ocurrió que los soldados abrieron fuego «sin saberse de orden de quien» contra los manifestantes «resultando seis muertos e infinitos heridos». Una matanza.
          «No se puede describir el efecto que cau­saba ver pasar, por una parte, para el Hospital de Caridad [Hospital de Peregrinos de la calle Rivero] heridos en sillas de manos y tras ellos el Viático, y por otra los llantos, gritos y el mayor desconsuelo de las familias de los que yacían muertos y tendidos por las calles».
          Lo que estoy contando no es ninguna novela, está basado en lo que dejó escrito Simón Fernández Perdones –entonces Secretario del Ayuntamiento avilesino, por tanto testigo de los hechos, y que más tarde sería alcalde de la ciudad– en su obra ‘Anales de Avilés’, la primera historia de la villa que se conoce –por breve que sea– fechada en 1855. El sacerdote, y académico del RIDEA, José Manuel Feito preparó una edición del citado manuscrito en 1988 para una asociación histórica privada (Monumenta Histórica Asturiensia) y posteriormente otra –espléndida por cierto– en 2009, publicada por ediciones ‘Nieva’, con un añadido facsimilar del manuscrito de Fernández Perdones, y que fue sufragada por el Ayuntamiento de Avilés a iniciativa del concejal de cultura de entonces, Ramón A. Álvarez.
          Del manuscrito de Fernández Perdones –que José Manuel  Feito encontró en un domicilio particular de Avilés– bebieron historiadores próximos a aquel tiempo, como David Arias García (en su ‘Historia General de Avilés y su concejo’) y Julián García San Miguel, segundo marqués de Teverga, (autor de ‘Avilés. Noticias Históricas’) para narrar también ellos el dramático episodio complementándolo con otros datos.
          Aunque hay que decir  que el marqués, aparte de poner textualmente trigo donde es maíz y referirse a los manifestantes como ‘populacho’, parece poner la inviolabilidad de la sacrosanta propiedad privada por encima de la desquiciada situación social que en aquel momento vivía buena parte de la población avilesina.
          David Arias García, padre del que sería dos veces alcalde republicano David Arias Rodríguez del Valle, habla de las mujeres como principal elemento de la resistencia en aquella nefasta jornada.
          En fin, que el ejército permaneció unos días en Avilés hasta que se serenaran los ánimos, que lo hicieron –mal que bien– cuando fueron serenados los estómagos.
          Tremendo aquel tiempo oscuro, miserable y famélico del Avilés (y por extensión Asturias y España) de la primera mitad del siglo XIX, que explotó en 1847 cuando la hambruna manifiesta de unos, y el temor de otros a que también les alcanzara a ellos –dada la alarmante carestía de alimentos, en especial de maíz, importante componente de la dieta de entonces– llevó a la desesperación a muchos, pues es de cajón que persona hambrienta es persona enojada por naturaleza.
          Fue aquel, un año de motines en Avilés. Y si en febrero dejaron de sonar las campanas en mayo sonaron disparos de fusil.
          No doblaron las campanas en invierno pero si lo hicieron los cuerpos de manifestantes en la primavera de 1847.
          Fue la oscuridad extendiéndose más allá de la oscuridad.

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La ‘aplacada’ villa de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 15-05-2016 | 11:28| 0

Placas oficiales, conmemorativas o informativas, distribuidas por el centro urbano de la ciudad y que están, a la vista, tomando el aire las 24 horas de cada día.
            Aparte de las placas que informan del nombre de calles y plazas, por la ciudad hay otras que recuerdan personas, homenajes y efemérides. No están todas las que son, pero son todas las que están.
            Reproduzco el contenido de las mismas –excluyo las que figuran en estatuas– sin trocar ni una coma y advirtiendo que la barra quebrada significa cambio de línea en el texto de la placa. Dicho lo cual comienzo la relación con una de Rivero que precisamente, el jueves, cumple 40 años.
            En la calle Rivero (en la entrada principal al parque Ferrera): «Sus Majestades los Re- / yes de España, don Juan / Carlos I y doña Sofia, / inauguraron este par- / que con ocasión de su visita a esta villa el día / 19 de mayo de 1976».
            Calle Rivero nº 8: «En esta casa / transcurrieron los años de niñez / y de primera juventud del glorioso novelista don / Armando Palacio Valdés».
            Calle de La Ferrería nº 31 y en placa con relieve escultórico del homenajeado: «Aquí vivió y murió / el ilustre avilesino / D. Estanislao Sanchez Calvo / original autor / de obras filosóficas / y escritos literarios / a quien en 1903, / ocho años despues de su muerte, / dedican este recuerdo / y rinden este homenaje/ sus amigos y admiradores».
            Plaza de Carlos Lobo nº 1 (en la parte superior de la placa figura el escudo de Avilés): «En este lugar A. M. Pruneda / abrió la primera imprenta y editó / El Eco de Avilés / primer periódico de esta Villa (1866) / En el centenario de la muerte / del impresor (1906-2006) / Conceyu D’Avilés –ENEAS»
            En calle de La Fruta nº 24: «En esta casa vivió y escribió el / Excmo. Sr. D. / Constantino Suarez ‘Españolito’. / En el centenario de su nacimiento el / Instituto de Estudios Asturianos y el / Excmo. Ayuntamiento de Avilés le / dedican este recuerdo / 1890-1990».
            Calle de La Cámara, 23: «Palacio de Maqua. / Estas fachadas del palacio / de Maqua fueron recuperadas / por la Escuela Taller del INEM / con la colaboración del / Ayuntamiento de Avilés y del / Fondo Social Europeo. / Agosto 1997».
            Plaza Álvarez Acebal nº 9: «Aquí vivió / Ana de Valle / poeta / la villa de Avilés / en reconocimiento / a su vida y obra / abril 1984»
            Calle Galiana nº 1: «Aquí ejerció de maestro / hasta su fallecimiento / el educador ejemplar / Florentino F. Carbayeda / sus exalumnos le dedican / este recuerdo / 1891 – 1965».

Placa a Sánchez-Calvo en la calle La Ferrería.


            Calle Galiana nº 12, medianera del edificio: «En homenaje a don Angel Serrano / Villanueva y a su esposa, doña Teofila Chico Garrachon, que en esta casa / impartieron la enseñanza a varias / generaciones. / Quienes fueron alumnos suyos les / dedican, agradecidos».
            Calle La Magdalena nº 1: «Albergue Pedro Solís. / Fundador en 1513 de un (albergue-hospital) en donde se / daba a los peregrinos (a Santiago) cubierto, cama y fuego. / Avilés 1997 / Museo-Escuela Municipal de Cerámica».
            Calle Llano Ponte, nº 49: «La Vidriera. / Campo de concentración/ de prisioneros republicanos. / A los que dieron su vida/ por la libertad y la democracia»
            Pasaje del Bollo –transversal de calle La Muralla– en el lateral del edificio de la izquierda: «En este lugar, donde / existió la fonda ‘La Serrana’, / fundó el doctor Claudio Luanco / la fiesta de ‘El Bollo’ en el año 1893. / Avilés, Pascua 1993».
            Calle de La Fruta, en el inicio, placa colocada en un monolito sobre el firme: «En este lugar se encontraban / emplazadas las murallas medievales / defensivas, que circundaron la villa / de Avilés hasta comienzos del siglo XIX, / y la angosta puerta de Cimadevilla / situada bajo la antiquísima / torre del reloj que se derrumbó / en la primera mitad del s. XVIII. / los vestigios que perduran / se conservan bajo los enlosados / señalados en el pavimento. / Mayo de 2000»
            Plaza de España, en un monolito frente al inicio de la calle de La Ferrería: «En este lugar se encontraban emplazadas / las murallas medievales defensivas, que circundaron hasta comienzos / del siglo XIX la villa de Avilés, / y la puerta llamada del alcázar / de acceso a la misma. Los vestigios que perduran / se conservan bajo los enlosados / señalados en el pavimento. / Mayo de 2000».
            Calle González Abarca esquina con José López–Ocaña: «Escuelas Taller / y Casas de Oficios / Este Lavadero de González Abarca / fue recuperado por la / Escuela-Taller del INEM / Fuentes y Lavadero II. / Con la colaboración del / Excmo. Ayto de Avilés y del / Fondo Social Europeo / Enero de 1999»
            En el edificio de la calle de La Estación, nº 10: «En esta casa vivió y murió / el poeta avilesino en bable / Marcos del Torniello. / Cofradía del Bollo. / Agosto 1995».
            Plaza del Carbayo, en la iglesia vieja de Sto. Tomás de Cantorbery, dentro del recinto enrejado pero visible desde fuera, a la izquierda de la entrada principal y dificultosamente se alcanza a leer: «ESTA CAPILLA MA[n]DO FAZER… / E FIZO, EN EL AÑO DE / MIL E QUIN[i]ENTOS, DIEZ E SIETE AÑOS (el resto es ya totalmente ilegible…)».
            Es un ejercicio de difícil lectura, pero no se cabree, ‘apláquese’, aunque no demasiado porque aún restan, en episodio aparte, las distribuidas por barrios e incluso comarca.
            Las placas recuerdan parte de la historia local. Tanto las que están presentes como las ausentes, aquellas que deberían estar dedicadas a otras personas y a otros hechos que algunos echan en falta.
            Depende de quien lo mire y el color del cristal con que lo haga. Que cada quien es cada cual.

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El Castillo de San Juan y la invasión inglesa de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 08-05-2016 | 11:24| 0

(La histórica fortaleza avilesina de la península de Nieva fue tomada, en 1762, por la Armada británica)
          El castillo de San Juan de Nieva jugó el papel de vigía y de  avanzadilla defensiva en la entrada de la Ría de Avilés, tal como lo había hecho antes el mítico Castillo de Gauzón, hoy en gloriosa fase de resurrección.
         La intimidante silueta pétrea del Castillo de San Juan con certeza tuvo que persuadir a muchas naves enemigas obligándolas a virar en redondo. Pero no siempre acoquinó, como veremos.
         Su construcción se calcula entre finales de la Edad Media e inicios de Edad Moderna, justo cuando España empezó a consolidarse como primera potencia mundial. Las primeras noticias como baluarte con cañones se tienen a mediados del siglo XVI.
         Desde entonces fue siempre vigía y punta de lanza contra posibles ataques e invasiones entonces frecuentes en importantes villas marinas. Avilés, además, era poseedora de uno de los más destacados puertos del norte de la península ibérica, razón por la que ya había sido amurallada siglos antes.
          Siempre que surgieron amenazas guerreras la primera medida era reforzar armas y personal en el Castillo de San Juan. Y todo fue más menos bien hasta un día de agosto de 1762, año en que España e Inglaterra se las tuvieron tiesas una vez más.
          Lo ocurrido ese día y los siguientes, lo hago un poco de la mano de Ricardo García Iglesias, ingeniero y oficial de la Armada española y uno de los mejores conocedores de la historia y características de la Ría avilesina.
          Ya en julio de 1762 buques ingleses anduvieron merodeando por la costa avilesina persiguiendo a un buque de Francia, también entonces enemigo de Inglaterra. La artillería del baluarte avilesino consiguió ahuyentar a los ingleses.
          El 27 de agosto, según nos relata Reconco (famoso escribano de entonces y que fue el redactor del suceso habido en Avilés en 1755 y ya recogido en el episodio ‘Hoy se cumplen 260 años del tsunami sufrido por Avilés’) aparecen los navíos españoles ‘San Ignazio’ y ‘San Joseph’, procedentes de América,  cargados principalmente de cacao, perseguidos por una fragata inglesa que los acosa, como no pueden entrar en el puerto avilesinos por falta de calado, fondean cerca de la bocana de la Ría, bajo la protección de la artillería del Castillo de San Juan.
          Y como los ingleses achuchaban el San Ignazio, puso rumbo al cercano puerto de San Esteban, pero en la maniobra de entrada por la desembocadura del Nalón naufragó en la playa de los Quebrantos.
         El San Joseph, aguanta la presencia de los ingleses e inicia la descarga trasbordando el cacao a lanchas que lo llevan para Avilés, pero a los tres días es atacado por los británicos que lo incendian y echan a pique, ante la impotencia de la artillería del castillo avilesino.  
          Envalentonados los ingleses, desembarcan y toman el Castillo de San Juan, inmovilizando algunos cañones y arrojando otros a la mar. El relato no es continuado porque falta una de las páginas de la crónica del escribano Reconco. Los ingleses abandonaron suelo español cuando docenas de personas los rodean amenazantes, y que supongo lugareños de Nieva y alrededores, sin descartar gente venida de Avilés al trote. Según relata, pomposamente, el marqués de Teverga en su libro ‘Avilés. Noticias históricas’ «los paisanos les acometieron con denuedo y energía teniendo que abandonar a las pocas horas, y mal lo hubieran pasado, si con pres­teza no se embarcan para librarse de la per­secución de aquellos valerosos campesinos».
          Tengo escrito que una amiga mía nunca entendió el hecho de que para una vez que nos invade la pérfida Albión y encima los vencemos ni lo celebramos como hazaña a recordar, ni lo explotamos en nuestra historia con titulares del calibre de ‘El imperio inglés humillado en Avilés’.
          A partir de aquel incidente bélico el tiempo fue pasando para el faro que fue condenado en 1818 a la demolición al tiempo que las murallas de Avilés, decisión que algunos interpretan como una lamentable interpretación legal favorecedora de intereses urbanísticos en el caso de las murallas. Es un episodio aparte.
          Se fue cuarteando el Castillo y cuando no pudo más capotó. Consta en el libro de Actas de 13 de febrero de 1860 el informe, por parte del Ayudante de Marina del hundimiento del techo a causa de los temporales y solicita se le concedan las maderas del derrumbe para ‘construir un cubierto donde se puedan alojar los prácticos’ para mejor auxiliar a los barcos en su entrada a puerto.
          Es la última noticia oficial que tenemos del Castillo de San Juan. Hoy podemos ver la edificación virtualmente gracias a una combinación de circunstancias que resumo: el activo investigador histórico avilesino Francisco Mellén localizó en el Instituto de Historia y Cultura Militar de Madrid los planos de una obra de reparación hecha en el siglo XVIII en la fortaleza avilesina. Fue entonces cuando Agustín Santarúa y la Asociación de Amigos del Museo de Anclas de Salinas, entidad participante en una expedición del navegante Vital Asar a México, pusieron en contacto a Paco Mellén con los arquitectos mexicanos Miguel Cano y Alfredo Escalante que realizaron una recreación virtual del Castillo, publicada por LA VOZ DE AVILÉS en enero de 2005 y que hoy ilustra este episodio.
          El baluarte avilesino fue sustituido –en el mismo solar– por el Faro de Avilés, alojado en un torreón de 14 metros de altura, que dio luz con una lámpara de aceite el 31 de agosto de 1863 y que hoy alcanza las 17 millas de luz blanca. Una distancia que va bastante más allá del cercano Cañón Submarino de Avilés, situado a solo 8 millas (cerca de 15 Km.) y que es uno de los más importantes del mundo, ya que la profundidad de su sima alcanza los 4.750 metros, encerrando un mundo desconocido y que los avilesinos tenemos ahí al lado, como el que no quiere la cosa. Más datos  sobre él se pueden encontrar en el episodio  ‘El Cañón de Avilés, uno de los lugares más remotos del planeta’ publicado en este periódico el 24 enero de 2016.
          Del castillo de San Juan no quedan más restos que los cuatro viejos cañones que –desde 1960– rodean en el parque del Muelle la escultura del marino Pedro Menéndez de Avilés, otro que también ganó una batalla a los ingleses fundando San Agustín de La Florida la hoy considerada (mayormente) como ciudad más antigua de los Estados Unidos de América.
          ¡Será por cañones!

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El mercader de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 01-05-2016 | 11:28| 0

(Alabado hoy como como ‘l’homme d’affaires’ o ‘il mercante asturiano’, Gómez Arias es el representante de un tiempo, de una tierra y de una sociedad, a la par que uno de los personajes más curiosos, algunos hablan de mítico, de la historia asturiana).
          Gómez Arias de Inclán fue un destacado avilesino del siglo XV que Tirso de Avilés nos descubre en el siglo XVI.
          Tirso, que era una especie de Cronista ‘Oficioso’ de Asturias, dejó escrito en su ‘Sumario de Armas y Linages’ que «En Avilés ha habido muchos y muy principales hombres y muy señalados, especialmente por la Mar, que parece que el clima de esta villa les dicta ser buenos Pilotos y Mareantes como lo fue un Gómez Arias de Avilés…». Y Tirso de Avilés –que por cierto no era de Avilés sino de Las Regueras– lo pone en paralelo nada menos que con Pedro Menéndez, el Adelantado de La Florida.
          Pero no será hasta avanzado el siglo XX cuando el historiador Eloy Benito Ruano al publicar una semblanza titulada ‘Gómez Arias, mercader de Avilés’ (editado por Asturiensia Medievalia, 2. 1975) universalice al marino y mercader. En dicha monografía traza un perfil del personaje al tiempo que muestra a la villa avilesina como destacada ciudad portuaria medieval  y detalla rasgos de la sociedad de aquella época.
          Por dicha publicación sabemos que Gómez Arias de Inclán era hidalgo de condición y que tenía casa en Avilés, señalando que debía ser –dada la categoría del personaje– muy parecida, si es que no era la misma, al hoy conocido como palacio de Valdecarzana. Y entre sus enseres personales destaca alguno que no estaba al alcance de la mayoría de la población de entonces como ‘dos camas de ropa’.
          Por pleitos que tuvo, uno de ellos en Ribadeo, sabemos algo más de la enorme importancia que el Alfolí de la sal tuvo para Avilés y de su potencia económica que alguno ha llegado a calificar como una especie de Kuwait salado medieval.
          Gómez Arias tuvo importantes cargos políticos, y no sólo locales pues entre 1489 y 1496 fue procurador de Avilés ante la corte de los Reyes Católicos, aquellos que unificando reinos terminaron formando un país llamado España. Por ese entorno real, de Isabel y Fernando, andaba Gómez Arias en aquel tiempo en el que también los Reyes Católicos financiaron el viaje de Colón que terminaría tropezando con América cuando iba buscando las Indias.
          El mercader, hombre de gran prestigio entre sus convecinos, tenía –junto con su hermano Esteban Pérez, apodado Cabitos– una empresa naviera con base en Avilés. Se trataba de una pequeña flotilla de barcos, quizá de las primeras de las que se tienen noticia, destinada al comercio marítimo de mercancías.
          Sabemos que, entonces, desde el puerto avilesino los barcos salían cargados principalmente de madera (castaño y roble), pero también mineral (hierro), frutos secos (avellana y nuez), armas (eran famosos los ‘escudos de Oviedo’) así como manufacturas tradicionales de las ferrerías y talleres de Asturias.
          Y también sabemos de curiosidades como la procedencia –lo delatan algunos de los nombres– de la tripulación de una de sus naves: Juan de Sabugo, Alfonso de Argañosa, Juan de Soto, Pedro de Nabeçes…
          Gómez Arias era un hombre de acción a la par que mercader y marino muy avezado. En 1474, en uno de sus frecuentes viajes al sur peninsular, con destino a Sevilla, su nave ‘Santiago’ al doblar el cabo de Santa María en el Algarve fue atacada por otra al mando de Álvaro Méndez de Serpa, ‘criado del rey de Portugal’, que le birló  barco y mercancía. Gómez, que contaba con influencias en la corte real, donde como dije tuvo cargos de representación, consiguió que los Reyes Católicos intervinieran en el incidente y como quiera que los portugueses no devolvieran lo robado autorizaron al marino avilesino a resarcirse de sus pérdidas sobre bienes de súbditos portugueses hasta un valor que alcanzara lo que le habían saqueado.
          Y como por las buenas no lo devolvieron, Gómez Arias y su hermano Cabitos actuaron por las malas apresando, en 1485, dos carabelas portuguesas que, vaya por Dios, llevaban un ‘cargamento’ de más de 100 esclavos, y encima pertenecientes a unos mercaderes florentinos. Y se lió parda.
          El marino avilesino se apropió de una parte de los esclavos para resarcirse de su pérdida, pero los Reyes Católicos le obligan a devol­ver las dos carabelas, porque de Portugal venía buena parte de la sal al alfolí de Avilés que a su vez lo distribuía a zonas del norte peninsular y Castilla. Y no fuera a ser cosa.
          En este incidente internacional, aparece Avilés relacionado con la esclavitud, tema tabú para los historiadores, con excepciones como la del autor de la semblanza aquí tratada o de la avilesina –hoy trabajando en Sevilla– Helena Carretero que algo tiene publicado sobre tan dantesca cuestión.
          Y si el cátedro Eloy Benito Ruano nos desvela al personaje Gómez Arias, otro historiador avilesino, actualmente trabajando en Baleares, José Jorge Argüello (autor, por ejemplo, del libro ‘Abillés’) tiene abierta una línea de investigación sobre el hermano del mercader, el tal Esteban Pérez ‘Cabitos’, otro que también se las traía. Aparte de acompañar a Gómez en las aventuras aquí descritas, tuvo protagonismo en la conquista de las Islas Canarias, cumpliendo mandatos reales en Lanzarote y Gran Canaria.
          ‘Cabitos’ también era avilesino aunque algunos estudiosos lo quieran hacer pasar por sevillano o por abulense.
          Igualmente es incierto que Gómez Arias sea la persona a la que se refiere la conocida copla medieval cuyo estribillo es
«Señor Gómez Arias
doleos de mi
que soy muchacha y niña
y nunca en tal me vi»
un tema este sobre la seducción y venta de una doncella a los moros que fue desarrollado también en obras teatrales por Veléz de Guevara, Calderón de la Barca y Tirso de Molina. Y eso aparte de que nombre y apellido (Gómez Arias) se dan frecuentemente unidos en la historia medieval y hay unos cuantos, incluso algún cativo. El que avisa no es traidor.
          Eloy Benito Ruano no descarta –porque encontró indicios documentales– que nuestro Gómez Arias, al hacerse viejo y por ende sabio, ejerciese el oficio de escribano en su villa natal oficio ‘adecuado a su retiro de viejo lobo de mar y hombre de presa o de negocios’. Y le homenajea universalizándolo como ‘l’homme d’affaires’ o ‘il mercante asturiano’, representante de un tiempo, de una tierra y de una sociedad.
          Ese fue Gómez Arias, el mercader de Avilés.

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Lavaderos de tabla y sabañones
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Alberto del Río Legazpi | 24-04-2016 | 11:14| 0

Recintos, hoy en desuso, utilizados en Avilés a lo largo del tiempo para lavar la ropa a mano y que jugaron un gran papel social por ser el único lugar de masiva y exclusiva reunión femenina. 
          Hay quien opina que las civilizaciones se miden por el consumo que hacen del jabón, uno de los mayores inventos de la humanidad.
          Fue con jabón artesanal como las mujeres avilesinas de la Edad Media con una tabla a cuestas y en la cabeza un barreño cargado hasta los topes, tuvieron que buscarse la vida para lavar la ropa. De la roña corporal ya hablaremos porque es episodio aparte.

Lavadero de Rivero, con toldo, y caños.


          Solo en las casas de los privilegiados que tenían huerta y pozo de agua en ella se podía lavar con cierta comodidad en un pequeño pilón.
          El resto de la población, del centro, buscaba pozos en los pequeños ríos como el Tuluergo o el Magdalena. Pero había que caminar bastante, así que muchas aprovechaban el agua que arrollaba en la zona baja de Cabruñana razón que explica el porqué de estar allí la fuente de La Cámara.
          También iban a la fuente Corujedo, situada en terrenos donde hoy se asienta la Oficina de Turismo. Doy fe, por trabajar unos años en ella, que las aguas de Corujedo siguen su histórico transcurrir de siglos y aunque a día de hoy vayan subterráneas, la humedad inundaba las paredes como descojonándose del ‘acierto’ que tuvieron los que levantaron allí el edificio –a mitad del siglo XIX– y los que pagaron las sucesivas mejoras realizadas en el inmueble porque el agua sigue trabajando a los inquilinos generando catarros, sembrando reumas o alimentando artrosis. Que el agua es muy caprichosa.

Fuente y lavadero del Carbayedo.


          En 1755 tenemos noticias de que fue enlosado el suelo de la fuente de La Cámara, situada junto a la puerta de la muralla de San Bernardo, y a la que ‘por razones de higiene’ se la dotó de una cuba de piedra para que se pudiera lavar allí.
          Corrían los siglos y a paso de tortuga avanzaban las ‘técnicas’ en esta cuestión hasta que aparecieron los lavaderos. Estaban situados al lado de fuentes y generalmente provistos de tejado que protegiese –de lluvia y sol– a las lavanderas. Citaré hoy los del centro urbano o muy cercanos a él, porque el resto (los de Miranda, San Cristóbal, La Magdalena, Valliniello y otros) son episodio aparte.
          Por ejemplo, en 1816 los vecinos de Rivero vieron por fin como las autoridades atendían a sus demandas, que habían durado nada menos que varios siglos, para que les dotaran de fuente y lavadero que fueron instalados al lado de la capilla del Cristo y en terreno cedido por el omnipotente marqués de Ferrera. A mediados del siglo XX fue retirado el lavadero (con toldo por tejado) y sustituido por asientos que rodean hoy la fuente.

Antiguo lavadero de Sabugo.


          En 1851 y en El Carbayedo se levantó un gran lavadero público que estuvo en servicio hasta 1963, año en el que por exigencias del crecimiento de la ciudad fue demolido, trasladándose su fuente a los almacenes municipales a dormir el sueño de los justos, pero hubo suerte y fue reclamada por la parroquia de San Nicolás para que manase agua en su claustro de principios del siglo XVII.
          En 1893 se construye un lavadero en Sabugo, al lado de lo que había sido cementerio. Es un recinto rectangular y cerrado con muro, todavía hoy se puede ver, aunque sin el tejado que estaba sustentado por columnas de hierro. Dejó de funcionar en 1936 y fue recuperado parcialmente en 1999 por alumnos de la Escuela Taller de Fuentes y Lavaderos.
          En 1925 y en Los Telares, antigua avenida de Pravia por donde empezaba entonces a crecer Avilés, fue levantado otro lavadero de parecida traza aunque con columnas de madera. Fue diseñado por Tomás Acha Zulaica, el arquitecto que con Manuel del Busto trazó los planos del nuevo hospital en El Carbayedo.
          Los lavaderos se convirtieron en el único lugar de la población donde se reunían solamente las mujeres. Tenían, pues, una gran importancia social como lugar de reunión e intercambio de noticias, dimes y diretes, al tiempo que daban el callo enjabonando, frotando sobre la tabla y aclarando. Y cosechando sabañones.
          Este sistema directo de comunicación empezó a capotar cuando el Ayuntamiento de Avilés aprobó una nueva canalización diseñada por el primer ingeniero de su historia: Adolphe de Soignie, ciudadano belga y que había venido a España como director de la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnao.

Interior del lavadero de Sabugo.


          La desaparición de los lavaderos fue directamente proporcional a la entrada de las cañerías en las casas del centro urbano, quedando solamente activos los recintos de los barrios donde por supuesto tardaron bastante –algo histórico, por otra parte– en alcanzar esa bendición que entonces era el que te metieran el agua en casa. Para que luego digan.
          Hoy solo quedan en pie y sin uso los de Los Telares y Sabugo. Este último, haciendo esquina entre las calles López Ocaña y González Abarca y sin el uso social en ocasiones prometido por algún rancio concejal que llegó incluso a hablar de sala de exposiciones.
          Pero ahí siguen los restos de este abandonado lavadero color sepia, desmochado e incrustado en edificio blanco y negro, de diseño reciente. Ya advierte Miguel de Cervantes que la verdad siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta