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Autor: Alberto del Río
El Camino de Santiago traspasa el casco histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 19-02-2017 | 11:26| 0

            Hubo una vez un reino de Asturias, cuando aún éramos más grandones que ahora, que ocupaba toda la cornisa cantábrica.

            Uno de los reyes asturianos, de nombre Alfonso II, mandó construir una iglesia ‘de porte asturiano’ allá cerca del fin del mundo –lo que se llamaba Finisterre, porque se creía que más allá solo había mar– en el lugar conocido como Compostela, para que acogiera las reliquias recién descubiertas del apóstol Santiago, reimpulsando así una antigua costumbre de peregrinaje de fieles hacia la tumba del discípulo de Jesucristo delatada ya anteriormente, según cuenta la tradición, por los fulgores de estrellas bajadas del cielo hacia aquel lugar desde entonces conocido como ‘Campus Stellae’ que derivaría con el tiempo en el  vocablo Compostela.

            No le faltó tiempo a Alfonso II (760–842) para potenciar la noticia del milagro sideral por la Europa cristiana con lo que el monarca asturiano consiguió que desde entonces y a lo largo de siglos, guiados desde los cielos por La Vía Láctea, llegaran a Compostela multitud de creyentes generando una gran vitalidad económica, social y cultural por los lugares de paso. A cambio se pagó un desolador peaje sanitario en forma de epidemias.

            En uno de los Caminos que conducen a Compostela, el costero, una de las villas que ofrecen parada y fonda a los viajeros es Avilés que ya en 1515 construyó (los albergues locales son episodio aparte) un edificio ex profeso que acogiera a los peregrinos que recorrían aquella espectacular ‘autopista’ cultural. Goethe escribió que Europa se hizo peregrinando a Compostela.

            El Hospital de Peregrinos estaba fuera de la muralla en el entonces arrabal del Ribero y cuando la incuria lo destruyó (en 1948) Avilés construyó otro albergue más modesto, pues la sociedad había ido cambiando y ya no peregrinaban tantos a ganar indulgencias divinas. Actualmente ha vuelto a tomar un gran auge cultural.

              Tal como está estructurado el Camino –hablo del costero y en dirección este a oeste– una de las etapas trae a los peregrinos desde Oviedo o Gijón, según, hasta Avilés donde hacen noche, para continuar frescos a Soto de Luiña buscando la meta de Santiago de Compostela.

              Lo hacen cruzando la ciudad siguiendo el recorrido tradicional por lo que traspasan gran parte del casco histórico avilesino ayudados por señales de tráfico especiales con el símbolo del peregrino compostelano, o sea una concha (interpreten este vocablo, los sudamericanos que leen este episodio, en el mejor de los sentidos que se le da en España o sea caparazón de carbonato cálcico de los moluscos).

              Así que salen del Albergue situado frente al final de Rivero, calle que recorren en su totalidad, enterándose que fue urbanizada en el siglo XVII y que junto con Galiana son dos de las más espectaculares de una villa que tiene kilómetros de soportales, entre antiguos y modernos.

              Tendrán más al llegar a la plaza de España, sensacional Parche arquitectónico, y continuarán camino por la calle de La Ferrería, como marca la concha (sigan conteniéndose la mayoría de los lectores en habla hispana del continente americano) al inicio de esa vía.

A la izquierda Concha indicadora del Camino de Santiago en la calle La Ferrería.

              Se trata de la que fue calle mayor de Avilés durante siglos, y por tanto atesora destacados monumentos como un palacio gótico, edificado en torno al siglo XIV por un rico mercader para servir de lonja comercial y de vivienda familiar. Más adelante y cuando la calle comienza su descenso hacia el parque del Muelle pasarán ante un complejo religioso formado por la iglesia, hoy de San Antonio (siglo XII) y la capilla de Las Alas del siglo XIV.

              Al llegar al parque (donde durante siglos se encontraban los peregrinos con los muelles del tradicional puerto de Avilés) deben dirigirse al barrio de Sabugo; antiguamente lo hacían pasando el puente que comunicaba la villa amurallada con aquel barrio marinero. Hoy lo hacen yendo a un costado de la fachada norte del palacio de Camposagrado y luego de la plaza del Mercado (oficialmente Hnos. Orbón) hasta alcanzar la calle de La Estación.

            Antiguamente conocida como calle D’Alante es una de las tres históricas de Sabugo junto con la D’Atrás (Bances Candamo) y la D’Enmedio (Carreño Miranda). La de La Estación, es recorrida por la persona viajera a Santiago de Compostela, justo hasta divisar el ábside de la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (siglo XIII) donde habrán de girar hacia la plaza del Carbayo.

            Luego saliendo hacia la calle Marcos del Torniello tomarán la Avenida de Alemania e irán subiendo, dejando el barrio de Pescadores (o Nodo) a la derecha, por la empinada carretera de San Cristóbal para desde allí introducirse por caminos del territorio municipal de Castrillón.

            ¡Buen Camino!… Es la tradicional despedida al peregrino. 

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Lo que el tiempo se llevó
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Alberto del Río Legazpi | 05-02-2017 | 11:17| 0

Si uno echa la vista atrás y ve lo que el tiempo se llevó de Avilés  quizás se sorprenda de la categoría histórica de la villa asturiana.

             Decía Mario Benedetti que «cinco minutos bastan para soñar toda una vida, así de relativo es el tiempo». Tiene razón el escritor uruguayo, y es que el tiempo parece la repanocha de la relatividad.

            En Avilés trajo muchas cosas, pero también se llevó otras importantes como, por ejemplo: el Fuero, la muralla, un convento, dos tranvías, una Ensidesa y todos los cines que había.

            Hoy es un sueño histórico aquel Fuero que tuvo Avilés en tiempos medievales, cuando era la segunda población de Asturias y la categoría de su puerto era máxima. Tal jerarquía era cosa a cuidar por los reyes así que concedieron un Fuero (siglos XI y XII) a los avilesinos que les garantizaba unos derechos singulares, de los que carecían otras villas. Aquel privilegio duró siglos hasta que el poder central comenzó a unificar la legislación de todas las poblaciones y los fueros se fueron difuminando… «Vasallos del tiempo» que decía Quevedo.

            Cuando el Fuero se fue, la villa aún tenía una muralla que la defendía  (con ese propósito se había construido hará unos mil años) de todo lo que viniera por mar, especialmente piratas vikingos y árabes. Con un perímetro de 800 metros de longitud abarcaba una superficie de unos 47.000 metros cuadrados (imagínense la mitad del parque Ferrera) donde destacaban cuatro calles (La Fruta, Ferrería, El Sol y San Bernardo)… Decía Cervantes que «al tiempo no hay barranco que lo detenga», al igual que la codicia de algunos ‘ilustres’ avilesinos, de principios del siglo XIX, no se contuvo hasta que derribaron la muralla con fines inmobiliarios amparados en una ley que retorcieron para sus fines.

            Así que la muralla a tomar por el saco y al mismo sitio –aprovechando el viaje– también se fue la residencia de las monjas Bernardas (convento, claustro y capilla) construida en 1552 en las inmediaciones de la calle San Bernardo. Con una presteza municipal asombrosa, por infrecuente, fue derrumbado en un pispás el complejo religioso y sus ruinas destinadas a servir de relleno para un nuevo parque que se planeaba construir en un terreno marismeño que hoy conocemos como Las Meanas.

            El tiempo también se vendimió los dos tranvías comarcales que funcionaron en Avilés, uno movido por máquina de vapor y el otro por electricidad. La Chocolatera, que así se conocía popularmente al de vapor cubría el tramo Avilés–Salinas circulando, a partir de 1893 por la margen derecha de la carretera general que iba a Galicia. El eléctrico, puesto en marcha en 1921, comunicaba Villalegre con Piedras Blancas cruzando Avilés por Rivero, plaza de España, La Cámara, La Muralla, parque del Muelle y siguiendo (por la carretera de la margen izquierda de la Ría) a San Juan de Nieva, Salinas y Arnao.

            Cuando desapareció el tranvía eléctrico, y eso fue el último día del año 1960, Avilés contaba con más de 48.000 habitantes más del doble de los que tenía diez años antes cuando afloró por obra y gracia del Estado español, en la margen derecha de la Ría y en dirección hacia Llaranes y Trasona, una de las mayores siderúrgica de Europa. El rumor de su construcción se extendió por España y miles de personas llegaron hasta Avilés (un nuevo El Dorado) originando la mayor transformación –y también confusión–  social y urbana de su historia.

            Las chimeneas de la empresa o de la factoría (que por estos dos términos conocían a Ensidesa la mayoría de sus trabajadores y no como la fabricona) estuvieron echando humo contaminante hasta finales del siglo XX que fue cuando dinamitaron y achatarraron su industria de cabecera (hornos altos, acerías, central térmica, etc.) y fue clausurado hasta el nombre de Ensidesa, sin haber cumplido los 55 años, quedando el resto de las instalaciones (fundamentalmente laminaciones y una nueva acería) entre Llaranes y Tabaza, en poder del capital privado.

            Lo de Ensidesa fue de cine en una ciudad que llegó a contar en aquellos tiempos tan ricos en pesetas como contaminados en porquería –por tierra, mar y aire– con trece salas cinematográficas (Almirante, Canciller, Chaplin, Clarín, Florida, Iris, Llaranes, María Alicia, Marta y María, Palacio Valdés, Patagonia, Ráfaga y Victoria) solo en el término municipal de Avilés. Hoy, no queda ni una.

            Citaba a Benedetti al principio y ahora caigo en que también se tardan unos cinco minutos en leer este episodio con mediano detenimiento. Aunque más se tardaba en visionar películas que pedían gran pantalla, como por ejemplo ‘Lo que el viento se llevó’ cosa que, como ya decía, el tiempo se llevó de Avilés.

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Ciudadano Balsera
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Alberto del Río Legazpi | 29-01-2017 | 8:21| 0

            Avilés fue ciudad de marinos, comerciantes, artesanos, algún título nobiliario y abundantes hidalgos de medio pelo. Los pertenecientes a las dos primeras categorías se llevan la palma.

            Entre los comerciantes históricos avilesinos es amplia la relación de profesionales destacados y sus referentes máximos son, desde tiempo medievales, el famoso Gómez Arias (ver el episodio ‘El mercader de Avilés’ de 1 de mayo de 2016 ) hasta Victoriano Fernández Balsera, figura del poderío comercial local de comienzos del siglo XX.

Victoriano Fernández Balsera y su nieta Carmina.

           Victoriano fue una persona cuyo tiempo de vida se puede ‘milimetrar al minuto’ pues consta (Archivo Parroquial de Sabugo, Libro de Bautismos 1838–1859 , página 220 vuelta) que nació el27 de junio de 1859 ‘a las dos y media de la mañana’ Victoriano Marcelino hijo de Félix Fernández (natural de Avilés) y Josefa Balsera (Soto de Luiña) y su fallecimiento ocurrido el8 de junio de 1942 tuvo lugar ‘a las once de la mañana’, según informaba la esquela publicada en LA VOZ DE AVILÉS del día siguiente.

            De familia humilde tuvo que trabajar desde muy joven. Era un tipo tan avispado, currante y emprendedor que consiguió abrir una modesta tienda de ultramarinos en la céntrica calle de La Muralla que fue un éxito. También es verdad que tuvo la suerte de tener un cuñado generoso como Antonio Gutiérrez Herrero, que se la financió.

            Es curiosa la excelente relación que tuvieron estos dos hombres y su coincidencia en diversos aspectos como cuando Balsera construyó su palacete lo hizo al lado de la mansión de su cuñado (que habitó el inmueble número 2 de la plaza de San Francisco, adqui­rido en 1994 por la Policlínica Rozona para reconvertirlo en clínica) o que a ambos les fue concedida a la vez –en la misma sesión municipal del 1 de junio–una calle con sus nombres respectivos.

            Al comprar un gran solar –Gutiérrez Herrero, a su muerte, le había dejado parte de sus bienes en herencia– a orillas de la Ría e instalar allí tres imponentes naves, con muelle propio para el transporte marítimo frente a la fachada principal y muelle ferroviario en la parte trasera, Victoriano se convirtió en uno de los más importantes comerciantes del norte de España. Y siguió creciendo. El negocio era, principalmente, importación de productos ultramarinos procedentes de Cuba y México y exportación de productos asturianos.

Interior palacio de Balsera.

            Detalles de su trayectoria empresarial se pueden leer en los episodios ‘Las naves de Balsera atracadas en el Ría de Avilés’ de 7 de abril de 2013 y el titulado ‘Palacio de Balsera’ del15 de junio de 2014. Resta otro episodio dedicado tanto a la avenida que lleva su nombre como a su familia desde su hija Josefina a su biznieta Elena Sendón Balsera, actriz teatral residente actualmente en Buenos Aires.

            Todo lo que construyó Victoriano sigue brillando hoy. Sus famosas naves, actualmente cerradas y sin uso, están consideradas una joya del Patrimonio Industrial y el palacete que levantó en el casco histórico de Avilés, como domicilio familiar, está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) y actualmente es la sede del Conservatorio Municipal de Música.

            Allí vivió con su esposa Herminia Gutiérrez de la Campa y sus dos hijos, Álvaro y Josefina. La familia había estado domiciliada antes en el número 12 de Rui Pérez al lado del arco de entrada a la plaza del mercado que tiene esa calle.

            Aquel tendero humilde fue uno de los fundadores  –y luego presidente– de la Cámara de Comercio de Avilés al igual que de la Junta de Obras del Puerto (hoy Autoridad Portuaria), socio fundador de la Compañía de Tranvía Eléctrico, consignatario de buques…  El sello ‘Avilés’ en sus productos comerciales circuló por medio mundo y eso hace 100 años era la pera. Cuando se estudie la trayectoria de la ‘Marca Avilés’ Balsera es referencia máxima.

            Hombre habilidoso y cordial, fue simpatizante político del republicano José Manuel Pedregal. El periodista avilesino Luis Muñiz Suárez es quien mejor retrató al gran comerciante.

            A mí, Balsera, se me antoja personaje novelesco y cinematográfico. Para que no falte nada, en su ‘ostentórea’ (que diría Jesús Gil) mansión de Avilés, ‘habita’ un fantasma que es aireado cada poco en medios de comunicación nacionales.

            La trayectoria vital de Victoriano Fernández Balsera me recuerda una frase de la película ‘Ciudadano Kane’ de Orson Welles, aquella que dice «Creo que ninguna palabra basta para explicar la vida de un hombre».

            Ciudadano Balsera. 

Árbol genealógico de Balsera en el que figuran seis generaciones, desde sus abuelos a su biznieta. (Autor: LUIS MUÑIZ SUÁREZ)

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Ensaladas onomásticas en algunas plazas de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 22-01-2017 | 8:52| 0

          Por regla general el callejero de una población es directamente proporcional al sistema político gobernante en el territorio nacional donde se asienta.

          En Avilés el ejemplo más claro es su actual calle principal. Urbanizada entre siglos XIX y XX y que discurría por el lugar donde estuvo ubicada la fuente medieval conocida como La Cámara, llevó sucesivamente los nombres de un político monárquico (García San Miguel) otro republicano (José Manuel Pedregal) más tarde el de un dictador (General Franco) hasta que el 18 de julio de 1979, con la llegada de los Ayuntamientos democráticos, recuperó su nombre.

          Recuerdo una pintada anónima vista hace años en un paredón de Rivero ‘La política pasa en la calle’. En algunas de Avilés –y de la mayoría de las poblaciones– eso ocurre en su callejero. Tiene escrito Luis Coloma, padre literario del Ratoncito Pérez, que «Por la calle del después se llega a la plaza de nunca».

          De algunas calles avilesinas que tan manoseadas tienen la placa tengo algo escrito, hoy lo hago de algunas plazas que han corrido igual suerte volandera, como es el caso de la plaza de La Merced que ocupa un espacio dominado en gran parte por la iglesia nueva de Sabugo (1903). Durante siglos este lugar formó parte del Campo de Caín (para otros Caguín), pero el 15 de enero de 1892 se la bautizó oficialmente como La Merced en recuerdo del desaparecido convento de tal nombre, que se levantó en este lugar. Aunque el 2 de enero 1924 pasa a ser del General Primo de Rivera que había alcanzado la jefatura del Gobierno español mediante un golpe de estado. Pocos años más tarde la placa fue cambiada por otra donde se leía plaza de la República y ya se imaginarán el porqué. Pero el 4 de marzo de 1938, ya tomado el Avilés republicano por las tropas de Franco, el rótulo fue sustituido por el de plaza de Italia, en inequívoco homenaje a la Italia de Mussolini aliado de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, conflicto que perdieron por lo que el 26 de julio de 1946 la plaza se puso a nombre de Fernández–Ladreda ministro franquista que solucionó el problema del abastecimiento de aguas de Avilés. Aquello de ‘La calle es mía’ que le atribuyen a Manuel Fraga es práctica habitual de políticos de variada ideología.  Por fin el 18 de julio de 1979 volvió a recuperar el de plaza de La Merced.

          Otra que tal baila es la, oficialmente, plaza de Santiago López y que casi nadie sabe dónde está aún siendo actualmente una de las más transitadas de la ciudad ya que de ella parte la pasarela del Niemeyer que permite salvar las vías ferroviarias y acceder peatonalmente, después de cruzar la ría por el puente de San Sebastián, al centro cultural internacional.

          Tuvo una historia accidentada. De antiguo era conocida como Alameda Vieja, un pequeño bosque en las afueras de la población que el ingeniero municipal Adolfo De Soignie diseñó como plaza; pero no fue hasta el 15 de enero de 1892 cuando se la bautizó, con todas las de la ley, como de San Sebastián por su proximidad con el puente cercano. En 1929 la renombran pomposamente como plaza de La Reina Doña María Cristina, aunque la gente ya la llamaba ‘plaza del Pescado’ por el pabellón construido ex profeso unos años antes, para venta principalmente de pescadería, y fue ese el nombre que le quedó aunque el 9 de diciembre de 1938 desapareciese el de la reina y fuese sustituido por el del marqués de Casa Quijano, Santiago López, nombre oficial que sigue conservando. Y toda esta novela para que el personal siga, erre que erre, llamándola plaza del Pescado.

          Otra es la plaza oficialmente conocida como Hermanos Orbón que también se ha llamado Plaza Nueva, de las Aceñas, del Mercado, de Abastos y de Julián Orbón; aunque todo el mundo para referirse a ella sigue diciendo ‘la Plaza’, a secas. La suma sale que es plaza de siete nombres.

          Más ordenada en los cambios es la plaza de España, o sea El Parche, que ha sido Plaza Mayor, plaza de la Constitución (en 1869) placa todavía se puede ver en los arcos de entrada al palacio municipal. Desde el 4 de marzo de 1938 fue bautizada como plaza de España. Y es muy curioso que lugar tan espectacular, con tres palacios cosidos entre sí por casas porticadas, sea conocido con nombre tan despectivo –hoy es todo lo contrario– que tuvo su origen cuando en 1893 el Ayuntamiento decidió cambiar parte del suelo empedrado, por una capa de cemento. Algo tan funcional urbanísticamente como el suelo liso no funcionó para buena parte de avilesinos que lo tacharon de chapuza y dictaminaron que aquello era un parche. Hoy El Parche es un término cariñoso con que se conoce al corazón del casco histórico local. Por otro lado es muy difícil que haya por el mundo parches urbanos tan artísticos como este de Avilés. 

          Si desde El Parche subimos por la calle San Francisco (que antes fue llamada sucesivamente La Canal, General Lucuce y José Antonio Primo de Rivera), cruzamos la plaza Álvarez Acebal (antes San Francisco) y ascendemos por Galiana (durante años calle Palacio Valdés) llegaremos a la plaza del Carbayedo que siempre se ha llamado así.

          Parece un milagro después de lo que dejamos atrás en esta caminata por Avilés, pero no olvidemos que la plaza del Carbayedo está situada en un lugar de la villa donde al mismísimo Jesucristo se le conoce como Jesusín. 

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El histórico mercado de los lunes
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Alberto del Río Legazpi | 15-01-2017 | 11:40| 0

(El 15 de enero de 1479, hace hoy 538 años, los Reyes Católicos concedieron a Avilés el privilegio de un mercado semanal libre de impuestos).

          Por la presente transcribo –con algunos retoques gramaticales para mayor comprensión– parte del texto del documento dado en la Edad Media por los Reyes Católicos (Isabel de Castilla y Fernando de Aragón).

          «Don Fernando e Doña Isabel por la graçia de Dios Rey y Reyna de Castilla, de León, de Toledo, de Siçilia, de Portugal, de Galizia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de Jahén, de los Algarves, de Algezira, de Gibral­tar, Prínçipes de Aragón y señores de Vizcaya e de Molina.

          Por quanto nos avuemos sído informados  (…) cómo la villa de Avi­lés que es en el nuestro Prinçipado e Quatro Sacadas de Asturias de Oviedo se quemó e está quemada, o la mayor parte della, de guisa que en ella non quedó nin queda poblaçión ninguna (…)».

          Y es que Avilés había sufrido un incendio que se calcula destruyó dos tercios de la villa, unas cincuenta casas y que algunos historiadores mantienen  que fue intencionado. Por aquel entonces un incendio podía hacer arder las poblaciones como la yesca dado que muchas casas estaban construidas con madera mezclada en ocasiones con barro y los tejados se hacían con ramas vegetales sobre maderos. Se salvaron solo las pocas casas construidas con piedra, entre ellas palacios e iglesias.

LA VOZ DE AVILÉS. Página 12.

          Los Reyes Católicos acuden en ayuda de Avilés concediéndole un mercado libre del impuesto real (llamado alcabala) como medida que animase a que la gente acudiera nuevamente a poblar la villa marinera.

          «(…)en adelante en cada un año para siempre jamás aya en la dicha villa un mercado franco de alcavala de todas las mercaderías e ganados e bestias e otras cosas que en qualquier manera se compraren e vendieren e trocaren e cambiaren, e traxieren a vender e vendieren qualesquier personas de qualquier ley o estado o condiçión, preheminençia o dignidad que sean o ser puedan, así vezinos e moradores de la dicha villa de Avilés y su conçejo, como de otras cualesquier partes de nuestros Reynos y señoríos que al dicho mercado vinieren(…)».

          De la importancia de Avilés da cuenta el hecho de que mandaron pregonar la iniciativa mercantil por todas las ciudades, villas y lugares del Reino.

          Y fijan los lunes como fecha de celebración « (…) El qual dicho mercado se faga y pueda fazer en la dicha villa, e en sus arrabales, e en las dos plaças y mercados, de la dicha villa e sus arrabales que son la plaça del Cay y de la Çima de villa, el día de lunes de cada semana, desde el sol salido fasta ser puesto (…)».

          La plaza del Cay era zona portuaria y que además separaba la villa amurallada del pueblo de Sabugo; y la Çima de villa (Cimadevilla) el lugar formado por la conjunción de las, hoy, calle de La Fruta y plaza de España entonces lugar despoblado, idóneo para mercadear.

          Luego, con el tiempo, el mercado de los lunes se fue extendiendo por el centro de la villa, excepto el del ganado que se hacía en El Carbayedo. En el último tercio del siglo XIX se fijó el mercado de productos de la huerta y alimentos en la recién construida Plaza Nueva (así se llamó en origen), hoy conocida como Hermanos Orbón y siempre como Plaza del Mercado.

          Considerando que Avilés había sufrido el incendio en noviembre de 1478, los reyes actuaron con extrema diligencia para aquellos tiempos de noticias llevadas y traídas a galope de caballos. Dos meses fue el tiempo transcurrido entre la tragedia y el remedio para la misma lo que es una prueba de la importancia de Avilés –entonces segunda población de Asturias– y su puerto, entonces uno de los más importantes del norte peninsular.

          En el documento se fijan normas y procedimientos de un mercado semanal, libre de impuestos, que buscaba el renacimiento de Avilés y que lo consiguió aunque se calcula que tardó un siglo en hacerlo.

          Son 1471 (mil cuatrocientas setenta y una) las palabras, encajadas en nueve párrafos, que tiene el mandato real. El antepenúltimo párrafo especifica que fue «Dado en la puebla de Guadalupe a quinze días de Henero, año del Nascimiento del Nuestro Señor Ihesu Christo de mill y quatroçientos y seten­ta y nueve años». lo que sirve para poner punto final al presente episodio, publicado el quince de enero del año dos mil diecisiete en la ciudad de Avilés, donde los lunes se sigue celebrando, siguiendo el mandato real de «en cada un año para siempre jamás», el mercado semanal más concurrido de Asturias. 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta