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Autor: Alberto del Río
Las plazas medievales del casco histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 10-05-2015 | 11:11| 0

        Desde el punto de vista monumental y estético, plazas en Avilés hay a punta de pala. Pero las medievales son punto y aparte y de esas conservamos dos –«y ya os podéis dar con un canto en el pecho» me dijo un día el escritor Torrente Ballester– que son las de Carlos Lobo y El Carbayo.
        De las plazas medievales desaparecidas, La Baragaña (nunca Baragañas), se puede hoy recrear visualmente con bastante aproximación.
        La otra se esfumó por un incendio que en 1621 achicharró los edificios municipales, que fundamentalmente la componían, conocidos como Casas del Ayuntamiento. Era conocida como la Plaza de la Villa, no confundir con la plaza de Fuera de la Villa, actual Plaza de España o El Parche y que entonces era un bosque de álamos y robles con cuatro casas, fuera de las murallas.

Plaza de Carlos Lobo.


        Sin embargo, en esta zona de la ciudadela amurallada donde ambas estuvieron, el tiempo y el urbanismo inventaron otra plaza a finales del siglo XX (delimitada por el nuevo Centro de Servicios Universitarios y el palacio de Vadecarzana) que lleva el nombre del rey medieval Alfonso VI, que junto con su nieto Alfonso VII fueron los muñidores del Fuero de Avilés. Este último monarca tiene calle dedicada en la ciudad aunque el personal, que es muy suyo, la conozca como la Calleja Los Cuernos.
        La de La Baragaña estaba a un costado del edificio, también conocido hoy como palacio de Valdecarzana. Baragaña, en toponimia asturiana deriva de ‘várgana’ o huerta pequeña, que Valdecarzana tenía en su fachada lateral, donde hoy está la puerta de entrada al Archivo Histórico. La plaza la formaban este edificio y las calles [actualmente conocidas como] de La Ferrería y El Sol.

Plaza del Carbayo


        En el entronque de ésta última con la calle de La Fruta, estaba la Plaza de la Villa, y en ella las Casas del Ayuntamiento (construidas por acuerdo de 1484) y en las que se almacenaban productos alimenticios (pan, grano y carnes, principalmente) y también vino. En uno de estos edificios municipales –donde también se custodiaban algunos documentos oficiales y el imprescindible patrón de pesas y medidas– estaba la arqueta que distribuía el agua pota­ble que procedente de Valparaíso (parroquia de Miranda) llegaba al centro de Avilés. Pero todo se carbonizó, como dije.
        Pero hubo suerte y nos quedaron las principales, hoy denominadas como de Carlos Lobo y El Carbayo, símbolos de aquella época medieval en la que Avilés era envidiada por el Fuero Real que protegía a sus habitantes (una suerte de República de andar por casa) y su seguro puerto, al fondo de la Ría y tenido por algún tiempo como el principal del norte atlántico español.
        Al estar emplazadas en ambas dos templos, se convertieron en las más concurridas, puesto que las iglesias no eran solo lugar de rezos, bautizos, bodas y entierros (los cementerios estaban a un costado de los mismos), también se generaba a su alrededotr lugares de encuentro, información, intercambio, mercadeo y en ocasiones diversión.

Nueva plaza, de Alfonso VI, en 'terreno' urbano medieval.


        Gonzalo Torrente Ballester (1910–1999), en aquella fría tarde de marzo de 1985, cuando yo le hablaba de la transformación urbana tan brutal sufrida por Avilés, adonde había venido para intervenir en un acto cultural, se quedó sorprendido, como decía anteriormente, por la esencia y presencia de estos dos maravillosos lugares. Y aquel soberbio escritor de una personalidad tan dominada por la soberbia, añadió refiriéndose a la plaza de Carlos Lobo, que «ésta plaza es historia sin trucos y ya está todo dicho y punto».
        Pues eso.

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Animales de la Historia de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 03-05-2015 | 11:16| 0

Donde se husmea el rastro que han ido dejando algunos animales, irracionales, a lo largo de los siglos en la monumental villa asturiana.
           Hace más de dos mil años, Aristóteles sentenció que «El hombre es naturalmente un animal político». De vivir hoy el filósofo griego, comprobaría pasmado que en Avilés –a la que hace más de cien años algunos le cargaron aquello de Atenas de Asturias– los animales políticos no cumplen con lo que la ley manda, nada menos que desde 1927, respecto a los animales irracionales: que todos los Ayuntamientos tengan un servicio de recogida de los mismos.
            De esto, y de más cosas, sabía mucho Rafael Ávila Bayón, que batalló contra la indiferencia de los Ayuntamientos de la comarca avilesina incapaces de ponerse de acuerdo para construir un albergue de animales domésticos. El empeño continúa, ahora con la memoria de Rafa Ávila y su aquel empeño en respetar a todos los seres vivos como parte del civismo que ha de caracterizar a un Estado de derecho, con su lucha combatiendo la brutalidad que contra los animales irracionales trae consigo la falta de cultura.
            Todo lo anterior choca con las huellas que han ido dejando por Avilés. Algunas desde hace la tira de siglos como es el caso de aves y felinos que se pueden ver (formando parte de los adornos propios de la arquitectura románica) en algunos de los capiteles de las iglesias de Sabugo, San Antonio y en la triple arquería del claustro de San Nicolás de Bari.
            También hay lugares públicos como la plaza de Camposagrado, donde hay una fuente –bajo un mural de Ramón Rodríguez de 1993– compuesta por cuatro cabezas de leones que manan agua por la boca.
            Y sitios conocidos por el nombre de animales, como la plaza del Pescado (o plaza de Santiago López, marqués de Casa Quijano). Hacia ella da un edificio llamado Cabeza de Caballo, figurando el equino pintado –basado en una desaparecida guarnicionería, establecida en una casa contigua y cuyo reclamo comercial era una cabeza de caballo– en una medianera de dicho inmueble, obra del Manuel del Busto arquitecto autor de destacados edificios como el teatro Palacio Valdés. Igualmente una parada de autobuses urbanos en esta zona es conocida (así consta en documentos de la compañía de transportes) como Cabeza de Caballo.
            En la bocana de la Ría, y en su margen derecha, está anclada la llamada –por su caprichosa forma equina– Peña El Caballo, que no es un peña cualquiera pues aquí, por ejemplo, tuvieron lugar los primeros baños públicos de los ‘atrevidos’ avilesinos que se atrevieron a mostrarse en bañador. Venían en un vapor desde el muelle de Avilés hasta este lugar donde había un tan vistoso como ‘viscontiniano’ hotel, y restaurante, llamado La Rosa. 
            En el casco histórico la calle Galiana es única. Conserva los dos firmes del suelo con los que fue construida en el siglo XVII. Uno de losas, para animales racionales (usted o yo) y otro empedrado para los irracionales (en este caso caballerías).
            Y sobrepasando Galiana, a la salida de Avilés por la carretera de Grado, en el lugar conocido como La Ceba, nos encontramos –en una finca particular protegida por alambrada– con la estatua de un oso de considerable tamaño, con un pescado en la boca, mirando hacia Avilés. Desconozco sus intenciones, pues todos los intentos para averiguar autoría de la obra y su exhibición han resultado infructuosos. De momento.
            Pero el oso es animal mítico asturiano, no de Avilés donde tienen total protagonismo la foca boreal y la vaca astral, ambas con estatuas en su honor.
             La primera, colocada en el parque del Muelle –donde también hay un pequeño elefante, muy celebrado por los niños, que cumple funciones de fuente– es de un exotismo local subido de tono y ya tratado en un episodio titulado ‘La famosa foca de Avilés’ (26 de mayo de 2013).
            Llegada en 1951, fue atracción local y regional, convirtiéndose rápidamente en un símbolo avilesino. Y que es un emblema que sigue activo lo demuestra el que últimamente esté generando un movimiento artístico conocido como ‘Seal Parade’, que Avilés ya ha exportado a la ciudad francesa de Saint Nazaire.
            Venancio Ovies, el recordado periodista avilesino, supo ver y escribir sobre esta foca a la que calificó de ‘Precursora’ de la invasión siderúrgica, coincidente en el tiempo, con su llegada. Las crónicas de Venancio sobre este asunto le valieron un premio nacional de periodismo.
            Hasta periódicos del extranjero se hicieron eco de la foca. Por ejemplo en un diario de La Habana, el escritor avilesino residente en Cuba (más tarde sería embajador de Fidel Castro en El Vaticano) Luís Amado-Blanco dedica un artículo a su amigo y paisano, el también escritor nacido en el barrio de Sabugo de Avilés y emigrado en la isla, Rafael Suárez Solís, titulado ‘Carta a don Rafael por una foca’. Selecciono dos párrafos: «¿Te has enterado mi querido Don Rafael de que para sellar nuestros cuentos de grandeza, una hermosa foca ha ido, por su propio impulso y decisión a vivir en la mansedumbre de aquella maravillosa ría? (…) En plena era atómica, una foca ha bajado hasta Avilés, a vivir en sus aguas y a morir sobre sus orillas, en una rotunda demostración de que por allí la fábula anda suelta para la alegría de los niños, para la firma eterna de los noviazgos, y para el escamoteo de la tragedia».
            El impacto causado por la foca una vez perpetuada en estatua, en 1956, originó coplas que se entonaron en las danzas primas veraniegas: «Hoy la villa de Avi­lés/ luce mucho más hermosa. / No sabemos si es la foca/ o la fuente luminosa».
            O también transportada a canciones de moda, como la de ‘La bamba’, donde el conocido estribillo ‘Bamba, la bamba, la bamba…’ era sustituido por «Foca, la foca, la foca…».
            Otro tanto sucedía con ‘Alma llanera’, que se cantaba tal que así: «Soy nacida en un fiordo boreal. / Soy hermana de la brisa, / de la aurora y de la rosa, / de la fuente luminosa. / ¡Soy la foca de Avilés!/ De Avileeees…/ ¡De Avilés!».
            El tirón alcanzó a la política, en las elecciones municipales de mayo de 2007, cuando el Partido Popular avilesino propuso demoler el estadio de fútbol Suárez Puerta y construir, en el solar que ocupa, un llamado Palacio de los Niños para equipamiento infantil público, de gestión privada, con diseño exterior que recordaba a una gigantesca foca recubierta de titanio.
            Y claro, no podía faltar aquí la vaca, animal avilesino de toda la vida, como el que dice. Su efigie nos la recuerda en bronce Favila (‘El tratante’, 1999) en el Carbayedo, donde durante siglos se celebró el mejor y más famoso, de Asturias como poco, mercado de ganado de Avilés.
            Sin embargo se echa de menos un recuerdo al cerdo –en Avilés hubo un ‘mercao de los gochos’ en la calle Llano Ponte– aunque solo fuera por los famosos ‘Jamones de Avilés’, un episodio aparte, ganadores de una medalla en la Primera Gran Exposición Universal, de 1851, celebrada en Londres.
            Bien es verdad que el jamón solo es posible después de matar al cerdo. Leonardo Da Vinci estaba convencido de que «llegará el día en que los hombres verán el asesinato de animales como ahora ven el asesinato de hombres».
            No es que quiera cambiar las orejas por el rabo. Tan solo hacer ver que, de un modo u otro, la Historia la hacemos todos los animales.

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Ensalada de aniversarios históricos
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Alberto del Río Legazpi | 26-04-2015 | 11:11| 0

La cantidad de sucesos ocurridos en Avilés un 26 de abril, de diferentes años, no es excepcional pues hay otros días en que repite este hecho, lo que da idea de nuestra riqueza histórica.
        El domingo 26 de abril de 1598, Cristóbal López, formando parte de una expedición –por los actuales Estados Unidos de América– alcanza y pasa el río Grande por el lugar hoy llamado El Paso. Fue la primera conquista del oeste americano, del Far West, aquella gran caravana al mando de Juan de Oñate y compuesta por 210 soldados y colonos que junto con sus familiares (muchos iban con sus mujeres e hijos), frailes, indios y esclavos negros, sumaban 400 personas, que llevaban 83 carros y carretas, aparte de un rebaño de siete mil cabezas de ganado. Para que luego nos vengan los de Hollywood con películas del Oeste.
        Cristóbal López había nacido en Avilés en 1557 y era hijo de Domingo López de Avilés. Sabemos que tenía «buen cuerpo, grueso, moreno, barbinegro y con una cuchillada encima del ojo izquierdo» tajante descripción expuesta en la obra «Historia de una emigración: asturianos a América, 1492-1599» de Cundo Estrada, Rogelio García y José R. Martínez, inédita aún en librerías, pero que se puede encontrar en Internet (www.VivirAsturias.com).
       Quien sí tuvo obras literarias publicadas y además famosas fue Francisco Bances Candamo, que nació en Avilés, parece que un 26 de abril de 1662. No hay papeles parroquiales que lo demuestren, así que la fecha está consensuada por algunos estudiosos. Pesa una especie de molesta interrogación sobre los tres –quizás más famosos– personajes históricos locales, tenidos por naturales en Avilés (el marino Pedro Menéndez de Avilés, el pintor Juan Carreño Miranda y el dramaturgo Francisco Bances Candamo).
       A Bances, que en Madrid llegó a tocar gloria literaria y cortesana (fue nombrado ‘Dramaturgo de Cámara del Rey de España’) sus enemigos le hicieron pasarlas moradas, lo que unido a la agitada vida que se traía el hombre, le llevó a abandonar la literatura y tomar las de Villadiego, ganándose la vida, por ejemplo, como funcionario de la tesorería estatal por villas y villorrios. En tal empleo falleció, oscuramente, en Lezuza (Albacete), donde hoy no aparece ni su tumba.
        El 26 de abril de 1820, el alcalde de Avilés, Antonio Corona, pide autorización al Gobernador Civil para demoler la muralla, cuando prácti­camente dicha operación estaba concluida. Era puro formalismo porque su antecesor José del Busto ya había dado la orden de arrasarla en 1818, sin encomendarse a Dios ni al diablo ni, por supuesto, a la autoridad provincial. Por entonces, en España y acogiéndose a la Constitución de 1812 –que entre otras normas dictaba la desaparición de los símbolos de vasallaje– bastantes pueblos interpretaron tal norma como les vino en gana, y así unas veces por estupidez o por ignorancia y otras por intereses mercantiles borraron de su paisaje urbano monumentos, signos y señales de su memorable historia, que nada tenían que ver con vasallaje. Uno de ellos fue Avilés donde la muralla fue elemento defensivo y no símbolo de vasallaje. Vasallaje si que fue el de los políticos de la época hacia los intereses inmobiliarios que traería consigo el derribo de la cerca medieval.
       El alumbrado eléctrico de Avilés, que se cuenta fue el primero de Asturias, algunos dicen que tuvo lugar el 26 de abril de 1891. Sin embargo yo tengo esa fecha en pausa y es cosa de tratarla en episodio aparte.
        Lo que si es tristemente cierto es que un 26 de abril de 1899 muere, en Oviedo, el novelista Juan Ochoa, que había nacido, en 1864, en el palacio de Valdecarzana, hoy sede del Archivo Histórico de Avilés. Juan Ochoa fue escritor y periodista, algo inusual en su tiempo. De salud muy quebradiza, murió afectado por una enfermedad pulmonar que su hipocondríaco amigo, Armando Palacio Valdés, trató sin éxito, de combatir con consejos y recomendaciones de los más innovadores medicamentos que por entonces ofertaban las farmacias.
       Otro 26 de abril de 1909, lunes, se inaugura –en solar que daba a las calles La Cámara, Rui Pérez y a la plaza La Merced– el Pabellón Iris con la repre­sentación de ‘Las de Caín’, obra de los hermanos Quintero. El local nació ofertando espectáculos, mayormente musicales y cinematográficos, aunque estos últimos terminaría siendo su principal actividad y donde se proyectó, por primera vez en la villa, una película sonora. Cerraría sus puertas, en 1956, con película ‘Puente de mando’, protagonizada por Gary Cooper en plan almirante. El Iris fue un edificio muy singular debido al ingenio de uno los mejores ‘arquitectos’ (las comillas indican que no le hizo falta ese título) de la historia urbana de Avilés, el maestro de obras Armando Fernández Cueto (ver LA VOZ DE AVILÉS, 2 de febrero de 2014, ‘Armando Fernández Cueto, por sus obras lo conoceréis’.
      Hace hoy cien años, el 26 de abril de 1915, se constituyó la Junta de Obras del Puerto de Avilés, lo que hoy conocemos como Autoridad Portuaria. El nacimiento fue por votación secreta efectuada en el Ayuntamiento, siendo elegido presidente Victoriano Fernández Balsera (1860–1942) uno de los hombres fuertes del Avilés de principios del pasado siglo. El Gobernador Civil, que presidió el acto, expuso la importancia del nuevo organismo «por ser el puerto la principal fuente de riqueza y el más valioso punto de apoyo para el progre­so y porvenir de Avilés».
       El 26 de abril de 1950, el abogado, juez y escritor José María Malgor (1905–1964) lee su discurso de ingreso en el Instituto de Estudios Asturianos (hoy RIDEA) bajo el título ‘Marcos del Torniello poeta avilesino. Guión, notas, apuntes y datos para una biografía’. El nuevo académico, abogado que ejerció también de juez, aunque de paz y con mucho sentido del humor. Una prueba de la ironía de Malgor es su ‘propuesta’ –hecha por escrito en 1964 y en alusión a la contaminación de la Central Térmica– de que se suprimiera en Avilés la festividad religiosa del miércoles de ceniza, porque a la vista de la [entonces brutal] polución de ENSIDESA resultaba que todos los días del año había ceniza, por lo que sobraba tal miércoles religioso.
       Y, hablando de la Térmica, resulta que fue otro 26 de abril, pero ya de 2006, cuando el Colegio de Arquitectos de Asturias metió por registro en la consejería de Cultura del Principado un escrito reclamando urgentes medidas de protección (como ya habían hecho también otros organismos entre ellos la UNESCO) para dicha Térmica, que había cesado en su actividad en 2005 y a la que las autoridades, locales y regionales, pasaron de considerar como una «incomparable joya del patrimonio industrial con destinos culturales» a ordenar que fuese volada y sus restos vendidos como chatarra al mejor postor, borrando así una muestra arquitectónica industrial admirable y el más importante, entre los pocos signos que quedaban, del período más transformador en toda la Historia local: la llegada de la gran industria metalúrgica a mitad del pasado siglo XX. 
       No se como se come esto. Tal parece que Avilés –como dijo Winston Churchill de Los Balcanes o diría Groucho Marx de Libertonia– produce historia a mayor velocidad de la que se puede digerir.
 

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Avilés de cristal
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Alberto del Río Legazpi | 19-04-2015 | 11:11| 0

          No es que seamos Venecia o Praga en la cosa del cristal, pero a nivel nacional pocas ciudades de tanta tradición y producción vidriera, como Avilés.
          Es algo que no cuadra con el estereotipo industrial avilesino, una foto fija de industrias metalúrgicas, ignorando que la del vidrio comenzó hace ciento sesenta años.
          Echando un vistazo a los registros de 1864, sobre los buques mercantes que salieron entonces del puerto de Avilés, se cuentan hasta noventa y uno (siete de ellos con destinos europeos y cinco a puertos americanos) los que llevaban en sus bodegas productos de exportación, extraídos o producidos en la comarca avilesina: zinc, carbón, sidra y vidrio.

1950. En El Arbolón (en el centro) confluyen las calles Rivero (a la derecha) y Llano Ponte (a la izquierda). A un costado, de ésta, se ven las naves de La Vidriera.

          La industrialización se había puesto en marcha con la extracción de carbón en la mina submarina de Arnao (1833).  Aquello fue como si se hubiese tocado a rebato para la creación de otras instalaciones fabriles. Así en el convento sabuguero de La Merced (ya desacralizado y donde cabía desde un colegio a un asilo de ancianos, pasando por un cuartel de la Guardia Civil) el francés Louis Laurens monta, en 1840, una industria textil. Y en 1844, Antonio Orobio y varios socios más ponen en marcha una factoría de vidrio, llamada en principio ‘Orobio, Alvaré, Mas y Cía’ y posteriormente ‘Antonio Orobio y Compañía’, aunque siempre fue conocida como La Vidriera. Fue la primera industria cristalera de Avilés. Y de Asturias.
          Llegó a tener 120 empleados, algunos de ellos especialistas (manchoneros) venidos de Bélgica. En La Vidriera se fabricaba vidrio plano, tejas para lucernas aparte de ser pionera en los vidrios de colores. Su funcionamiento tuvo interrupciones y significados altibajos en la producción. Durante la guerra civil sus naves fueron convertidas en campo de concentración de presos republicanos.
          Estaba ubicada en el barrio avilesino popularmente conocido como El Arbolón. Uno de sus límites coincidía con el final de la actual calle Llano Ponte, en su acera izquierda (donde hoy está ubicado el Centro Municipal de Arte y Exposiciones ò CMAE) y ocupaba gran parte de la urbanización que hoy conocemos como Puerta de la Villa y que es un episodio aparte.
          Pero aparte de ésta vidriera también se había puesto en marcha, en 1883, la de ‘Ibarra, Galán y Compañía’, en el barrio de Sabugo, en terrenos situados frente a la actual Estación de Avilés. En 1900 trabajaban en ella ochenta operarios y algunos de los cuales –como en el caso de La Vidriera– eran especialistas  ‘manchoneros’ (o sopladores) de nacionalidad belga y holandesa.
          Dirigida por Julio Galán, fabricaba fundamentalmente cristal de ventanas, vidrios planos y fanales. Cerró en 1913 y sus instalaciones, situadas entre las actuales avenida de Los Telares y calle Marcos del Torniello, fueron aprovechadas durante años por la firma ferretera García Fernández (de la familia que también regentó la ferretería ‘Los Castros’, en el palacio de Camposagrado) y actualmente el solar está ocupado por edificios de viviendas y el nuevo parque Luz Casanova.

Al fondo la Ría, las naves de Balsera y la Estación de Ferrocarril. Frente a ésta las naves que fueron de la vidriera 'Ibarra, Galán y Cia'.

          Lo de que no hay dos sin tres, en Avilés cuadra. Es cristalino. Pues a mediados del siglo pasado la ciudad fue escogida por la multinacional francesa Saint Gobain para montar en 1952 (coincidiendo prácticamente con la llegada de Ensidesa y Endasa), la factoría Cristalería Española S.A., que es otro episodio aparte.
          Esta vez no vinieron expertos belgas ni holandeses a fabricar cristal. No. Esta vez vino casi un pueblo burgalés entero, llamado Arija, que es donde había estado instalada la factoría del vidrio y cuyos terrenos iban a ser anegados por un nuevo embalse con agua del río Ebro. Fuera esta la verdadera razón o lo fuera la estrategia industrial de la multinacional, el caso es que se levantó en Avilés la fábrica de vidrio plano más moderna de Europa. Y la gran mayoría de los trabajadores de Arija se trasladaron a Avilés donde se les construyeron viviendas propiedad de la fábrica, engordando como barrios lugares como Jardín de Cantos y La Maruca.
          Deberíamos explotar más la fama de Avilés como potencia de producción cristalera, porque da para mucho. Ejemplos hay para parar un carro, empezando por los parabrisas de los coches, donde (hace unos diez años) se calculaba que siete de  cada diez de los parabrisas de los turismos que circulaban por España eran producidos en la factoría avilesina. Y terminando por las pantallas de plasma de las televisiones y otros aparatos que tanto que nos esclavizan.

1952. Al fondo Cristalería Española S.A.

          Y eso por no hablar de los espejos de los domicilios particulares o públicos que han sido fabricados en La Maruca (mar pequeña) de Avilés. Ni del vidrio que producido aquí se aplica en la construcción de modernos edificios.
          Decía el naviego Ramón de Campoamor que
«en el mundo traidor 
nada hay verdad ni mentira, 
todo es según el color 
del cristal con que se mira».
          A efectos industriales, en Avilés, siempre hemos mirado con el color del cristal de hierro, acero, zinc y aluminio. Pocas veces lo hacemos con el color del cristal de vidrio –que además sería lo lógico– el producto industrial, que junto con el zinc, es el más antiguo de los fabricados aquí entre los citados.
          Graduemos la vista si no somos capaces de ver que está claro que en la cosa del vidrio avilesino se dan la mano la lógica y la historia industrial.
          Y más que claro, yo diría cristalino.

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La película de los cines de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 12-04-2015 | 11:11| 0

            Parece mentira, visto desde hoy, pero hubo un tiempo que en Avilés existieron y coexistieron muchas salas donde se podía ver, previo pago en taquilla, cine en gran pantalla, como Dios manda, que decía Luis Buñuel cuando quería incordiar.
           Aquel invento de imágenes en movimiento, que en 1895 los hermanos Lumière habían presentado en París –sitio estándar para dar a luz – ya estaba en Avilés en el verano siguiente y fue en un local de la calle San Bernardo donde tuvo lugar la primera sesión cinematográfica de la historia local.
           Después de pasar por asombrosa atracción de barraca de feria, las proyecciones se fueron incorporando a lugares de ocio. En Avilés, comenzando el siglo XX, el popular café Colón ofrecía cine a su clientela, pero fue el Teatro-Circo Somines (también conocido como La Peña) quien comenzó a regularizar y monopolizar la oferta de calidad. Situado en la calle Cuba (en el solar ahora ocupado por el centro comercial El Atrio), ofrecía espectáculos de ocio de todo tipo y el cine entró en esa oferta, cuando los americanos comenzaron a atizar la caldera de Hollywood, negocio redondo a todo trapo.
           Cuando en 1909 fue inaugurado el pabellón Iris, episodio aparte, el cine era ya la principal oferta entre los espectáculos que ofrecía esta nueva sala que Armando Fernández Cueto había diseñado con sorprendente arquitectura, en la calle de La Cámara. También el teatro Palacio Valdés ofrecería alternativamente sesiones de cine.
           Pero no fue hasta 1941, y en esa misma calle, cuando se abrió el Florida primer edificio construido expresamente como cine, es decir «sala donde como espectáculo se exhiben películas cinematográficas». Situado a un costado de la iglesia Nueva de Sabugo el local (681 localidades) ofreció miles de películas hasta su cierre como cine –ya que luego fue discoteca, más tarde se deslizó como cita de alterne con señoras de moral distraída y finalmente café– el 10 de noviembre de 1983, con la película ‘La guerra del hierro’, en unos tiempos en que muchos estábamos en aquello de ‘Salvar a ENSIDESA es salvar a Asturias’.
           En la década de los cuarenta, también se abrieron los cines Marta y María y  Clarín. El primero, construido a costa de la barbaridad de demoler el interior del precioso palacio que García Pumarino había hecho construir en el siglo XVIII. Tenía 955 localidades y fue el último cine de Avilés que ‘aguantó’ proyectando películas hasta 2013.
            El Clarín, inaugurado el 1 de octubre de 1949, con la proyección ‘Débil es la carne’, interpretada por Rex Harrison y Maureen O’Hara, fue la sala más chic entre todas las que funcionaron en Avilés. Estaba también en la calle La Cámara y en vecindad con otras dos: Iris y Florida. En un episodio anterior, publicado en LA VOZ DE AVILÉS el 6 de octubre de 2013 y titulado «La plaza de La Merced, milagroso jardín cinematográfico», se explica más detalladamente este curioso hecho.
           En la década de los cincuenta, y en paralelo al descomunal aumento de población surgieron más cines en los nuevos barrios construidos para albergar la enorme cantidad de inmigrantes que llegaban a la ciudad al reclamo de la gigantesca industria metalúrgica. Son los casos del cine María Alicia en Valliniello, del María Esther en la parte baja de Llaranes, o del Patagonia en Miranda,  nombre que supone un homenaje al indiano José Menéndez ‘El rey de la Patagonia’, nacido en este mágico lugar de la parte alta de Avilés.
           Un fenómeno aparte fue el Ráfaga (acrónimo de su propietario Rafael García) que situado en Villalegre fue lugar de sonados estrenos de superproducciones: ‘Los diez mandamientos’, ‘Ben Hur’ etc que llenaron, durante días y días, aquella sala de 716 butacas. Y a donde los avilesinos del centro urbano, acudían andando o en transporte público (primero tranvía y luego autobús). Los de Llaranes y La Luz lo tenían más a mano.
           El espectacular aumento de salas cinematográficas estaba justificado por el jugoso beneficio, pero hubo abusos de abandono. En la revista ‘Ensidesa’, de diciembre de 1963, y firmado con el pseudónimo ‘Gave’, un artículo titulado ‘Los cines de Avilés’ denunciaba que «el Palacio Valdés está a punto de ser una barraca de feria con aspecto monumental… El Florida es insalubre, incómodo y acongojante. El Marta y María, idem de idem».
           Por entonces el cine arrasaba como propuesta de ocio, cosa que se acabó cuando llegó la televisión y comenzó a esclavizar al personal en sus casas, o en los bares. Y eso ocurrió entre mediados de la década de los sesenta y principios de los setenta. A partir de entonces comenzaron a cerrar cines.
           Pero como aún no había llegado el vídeo, ni la informática, siguieron abriendo otros como el Victoria en el barrio de La Carriona. Versalles tampoco se quedó atrás con su cine Canciller, que terminaría siendo local eclesiástico (un milagroso episodio aparte) y en el centro urbano el Almirante (la mayor pantalla de Asturias, decía su publicidad) y los Chaplin, novedad de mini salas cinematográficas que ofrecían ‘películas difíciles’ o de Arte y Ensayo. Esto y los ‘cine–forum’ locales son también episodio aparte.
           Pero ya había comenzado la caída en picado del cine comercial, que terminó capotando en 2013. Ahora la tele y la informática (pantallas y tabletas) nos ofrecen cine abondo, pero nos hunden en el fondo de un sofá.
            El cine comercial en el concejo de Avilés, es una larga película que, basada en un invento del siglo XIX, comenzó su navegación mercantil con el XX -donde alcanzó su plenitud- para terminar varado un verano del XXI, en un antiguo palacio barroco del siglo XVIII de la calle Rivero.
            The End.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta