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Autor: Alberto del Río
Cristóbal Colón partió de Avilés para descubrir América
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Alberto del Río Legazpi | 28-12-2016 | 12:08| 0

(Edición especial 28 diciembre 2016)

      «Así las cosas, llegó el año mil y tan­tos, cuando Fernando é Isabel (a) Los Católicos, ocuparon el trono, viniendo á Avilés á los cuatro meses, seis días y ocho horas de ser elegidos, con el ob­jeto de pasar aquí el verano. Con tal motivo preparáronse grandes fiestas y regocijos públicos (Grandes fiestas de San Agustín, 1490) en honor de tan ilustres huéspedes, como carreras de velocípedos, regatas en el Tuluergo, iluminaciones, carreras de burros, cu­cañas, etc.

      El festejo que más llamó la atención, sin duda alguna, fué las grandes carreras de caballos que se ce­lebraron en la carretera de Salinas, re­vistiendo gran importancia por haber tomado parte en ellas los monarcas, que tenían verdadera fama de jinetes consumados, dejando tamañitos á to­dos los de aquella época. La tal fies­ta fué presenciada por numeroso pú­blico.

      Dióse la señal por medio de gruesos palenques. Salieron á disputarse el premio, consistente en un reloj de nikel y una cesta de pavías de Candamo, el rey en persona y un hijo del país llamado Valeriano. Montaba el primero un fogoso caballo andaluz y el segundo una soberbia mula, saliendo vencedor el monarca que llegó á la meta trein­ta minutos antes que su contrincante, siendo el soberano aclamado por el pueblo, y obsequiado con un pasaca­lle por una banda militar (‘Pan y Toros’ Marcha de la Manolería) contra­tada para las fiestas.

      Tocóle luego el turno á doña Isabel, que por no ser menos que su esposo, quiso también tomar parte en aquel sport, dejando á su contrincante á mi­tad de camino. El entusiasmo del pue­blo, no reconoció entonces límites, prorrumpiendo en vítores y aplausos hacia los monarcas, reconociéndoseles como los mejores jinetes de aquella época, viniendo desde entonces aque­llas célebres frases: ‘Tanto monta, monta tanto, Isabel, como Fernando.’ Si bien la mayoría del pueblo era partidaria de que montaba más el rey.

      Mientras permanecieron Los Católi­cos en la villa, todo eran fiestas y jol­gorios, teniendo el Ayuntamiento de entonces que hacer un empréstito para pagar tanta juerga.

      Una calurosa tarde de Julio estando los soberanos en su hermoso palacio de Santa María del Mar (del que ya no queda ni rastro) oyeron á la puer­ta principal dos fuertes aldabonazos. (Algunos historiadores los hacen su­bir á cuatro, pero está probado que sólo fueron dos… sin repique). Acudió presuroso un paje, en­contrándose con un desconocido cu­bierto de polvo y jadeante, que re­sultó ser nada menos que Cristóbal Colón, que á todo trance quería cele­brar una interviú con los Reyes. Pa­sado á la sala de recibir, donde fué bien recibido por la bondadosa doña Isabel, ésta le preguntó el objeto de la visita, y el bueno de don Cristóbal la manifestó que se le había metido en­tre ceja y ceja descubrir lejanas tie­rras, allende los mares.

      La reina entonces, y viendo la terquedad de aquel forastero, decidió el protejerle, dándo­le carta blanca para todo aquello que necesitase, pero pareciéndole luego exorbitante la cantidad que aquel hombre necesitaba, para su proyecto, decidió empeñar todas sus alhajas á un prestamista que por aquel entonces había en la calle del Sol, consultando antes el caso con su marido, que accedió á los deseos de su regia compañera.

      Una vez decididos ambos á dar su protección a Colón, para que pudiese pasar el ‘Golfo de las yeguas,’ diéronse las órdenes necesarias para que sin pérdida de tiempo empezaran á construirse, tres grandes embarcacio­nes llamadas ‘Carabelas,’ a las que después de terminadas se les pusieron los nombres de ‘Pinta,’ ‘Niña’ (llamada así por ser la más pequeña) y ‘Santa María’ (por haber sido construida en Santa María del Mar).

      Una vez listas ocupóse el bueno de Colón en buscar gente que las tripulase. Envió un expresivo telegrama urgente, con contes­tación pagada á los hermanos Alfon­so y Paco, más conocidos por el apodo de los Pinzones (llamados así por la gran disposición que tenían para amaestrar la clase de pája­ros que lleva este nombre), ricos navieros andaluces y constructores de gabarras marca ‘Giralda’. Sin titubear, los dos gemelos aceptaron gustosos las pro­posiciones que Colón les hacía, que eran las siguientes:

      Viaje en tercera de ida y vuelta, siete pesetas diarias y un traje á la medida. Una vez hallado todo el per­sonal necesario para aquel arriesgado viaje, encomendó Colón á los Pinzones el mando de la ‘Pinta’ y ‘La Niña’ embarcándose él en ‘La Santa María’ como almirante y jefe de la expedición.

      Eran las tres y minutos de una tar­de de verano. La carretera de San Juan hallábase atestada de curiosos, que en crecido número acudían á la dársena para despedir á Colón. A las seis de la tarde dióse la señal de partida. Abandonaron las ca­rabelas los que no tenían pasaje, y aquellas tres embarcaciones se desli­zaron majestuosamente sobre la tersa y húmeda superficie. Ondearon en el aire miles de pañuelos, más ó menos limpios, y se oyeron mil aclamacio­nes.

      Los monarcas salieron en uno de los vapores dedicados á la pesca hasta fuera de barra, para despedir de este modo á aquel hombre especial».

 

(Texto de José Martín Fernández, rescatado el 28 de diciembre de 2016, fiesta de los Santos Inocentes, de la ‘Historia Cómica de Avilés’ publicación editada en 1894 y de la que también son autores: José Villalaín, Joaquín Graña, Alfredo García Sánchez, Marcos del Torniello, Alberto Solís. Horacio A. Mesa y F. Talens y Ramírez).

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Galé & Galé navegando por el mundo
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Alberto del Río Legazpi | 18-12-2016 | 11:24| 0

La profesión de Jesús Teodoro y su hijo Juan les llevó a viajar por los mares Mediterráneo, Rojo y de la China; así como por los Océanos Atlántico, Pacífico e Índico.

          En 1914 y por el centro de París se podía ver, en las tardes soleadas, a Jesús Teodoro Galé paseando con su perro por el centro de la ciudad. Componían una estampa causante del asombro, cuando no de las risas, de muchos viandantes por la discordancia que ofrecía la muy notable envergadura de aquel hombre comparada con la del extraño y diminuto perro. Nunca se había visto can igual, Galé lo había traído de China, lo llamaba Tien-Sin y dicen que fue el primer perro pekinés auténtico que ‘conquistó’ París.

Portada de la expo del Museu del Pueblu d'Asturies de Gijón. Todas las fotos aquí publicadas son de gentileza del Museu.

         Jesús Teodoro Galé Pérez había nacido en Avilés el 15 de abril de 1877 y era hijo del aragonés (natural de Siresa. Huesca) Manuel Galé Gán que se había establecido en la ciudad asturiana, casado con Amelia Pérez Miranda y abierto (1876) en la calle de La Cámara una confitería que pronto se haría famosa en toda la región por la calidad de sus pasteles.

         Jesús Teodoro fue el primogénito de los 13 hijos que tuvo el matrimonio. Su padre lo mandó a estudiar a Alemania, a un colegio cuya dirección constaba en un cartel colgado del cuello del joven no fuese que se extraviara por alguna estación.

         Pero no había nada que temer, era más listo que el hambre. Su progreso fue meteórico, cumplidos los 23 años ya había estado en Inglaterra y Estados Unidos, todo un prólogo de sus grandes viajes intercontinentales. Recuerde el lector que en aquella época el personal utilizaba, para sus traslados, el tren y el barco. Se viajaba con la maleta y la aventura.

         Al comenzar el siglo XX Jesús Teodoro se establece en París como comerciante internacional. Representaba los intereses de dos grandes firmas francesas: la farmacéutica Grimault & CO y la cosmética Rigaud. Se casó con Reneé Moureau, hija de un diplomático francés, con la que tuvo un hijo: Juan Galé Moureau, al que llamaban ‘Xan’ y que seguiría, profesionalmente, el camino del padre.

         El trabajo principal de los Galé era principalmente la representación internacional de las firmas mencionadas viajando a sitios tan lejanos y desconocidos, para los europeos, como los países africanos y fundamentalmente casi todos los del continente asiático, especialmente India, China, Indochina (Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam), Filipinas, Singapur, Indonesia (isla de Java) y Japón.

Jesús Teodoro y Juan, en Bombay (India)

          Sobrepasó la veintena el número de viajes, no exentos de riesgo físico, que hicieron y duraban meses e incluso uno llegó al año. A la vuelta traían pinturas, grabados, telas, cerámicas, filatelia… Llegando a ser pioneros importantes en los nacientes circuitos mercantiles de productos asiáticos, especialmente de los japoneses, entonces de moda (‘el japonismo’) en Europa a raíz de las Exposiciones Universales.

          Vendían los productos orientales a terceros y también en sus tiendas de Avilés, Tenerife y San Sebastián. Jesús Teodoro murió en Marsella, puerto donde solía iniciar sus viajes, en 1927.

          Su hijo Juan, ‘Xan’, (Paris, 1900–Luanco 1975), vino a casarse a Avilés con su prima Isabel Carreño Galé, natural de Santiago de Ambiedes donde su padre Alberto Carreño ejercía como médico en los pueblos de la zona del Cabo Peñas. Juan e Isabel no tuvieron descendencia y tiempo después de la muerte del patriarca, en Marsella, se trasladaron a vivir a Avilés y posteriormente a Luanco.

           ‘Xan’ había incorporado a las expediciones mercantiles de su padre una novedosa cámara de fotos portátil Kodak con trípode, instrumento fabuloso que serviría para que los Galé trajeran atrapadas en sus maletas imágenes de pueblos, ciudades y costumbres asiáticas, en especial japonesas.

         Yo empecé a conocer algo de la vida y obra de Jesús Teodoro gracias Ramón Vega Piniella, que un día apareció por el Archivo Histórico de Avilés a la busca y captura de datos del Galé protagonista de la tesis doctoral que estaba preparando. Automáticamente me sentí hechizado por lo que me contó sobre este desconocido peregrino mercantil por los océanos, un Marco Polo asturiano, chocante además por cuanto en Avilés el apellido Galé estaba ligado generalmente al mundo confitado.

Ruta de uno de los viajes.

         Luego, con el tiempo, fui testigo del progreso en la difusión de la obra de padre e hijo, en una exposición celebrada en 2014 en el Museu del Pueblu d’Asturies en Gijón, realizada principalmente gracias a los conocimientos que Ramón Vega, Yayoi Kawamura e Ignacio Pando tenían sobre dichos personajes. Estaba centrada tanto en las fotografías hechas por los marchantes en sus viajes como en las que adquirieron en las exóticas tierras asiáticas y que hoy es un tesoro de ‘imágenes con un interés histórico, antropológico y social sin parangón’ dicen los expertos.

         Galé & Galé exploradores de corbata, pajarita y salacot, no permanecieron sentados a la sombra de la vida. De eso nada. Salieron al sol, zarparon y se pusieron el mundo por montera. 

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Los BIC de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 11-12-2016 | 11:12| 0

          Si hablo de BIC no me estoy refiriendo a los populares bolígrafos y encendedores, ni a un histórico equipo ciclista cuyo líder era Luis Ocaña ganador de un Tour de Francia y de una Vuelta a España, ni tampoco –que lo haré otro día– al dibujante avilesino Edgar Bic Álvarez.

          Cuando hablo de BIC me refiero al acrónimo de Bienes de Interés Cultural que son aquellos «bienes más relevantes del Patrimonio Cultural de Asturias que, por su valor singular, se declaren como tales mediante Decreto del Consejo de  Gobierno del Principado de Asturias».

Calle y teatro Palacio Valdés.

          La declaración de un elemento como Bien de Interés Cultural (BIC) supone fundamentalmente que el mismo pasa a estar automáticamente protegido, o sea que se mira pero no se toca, a no ser que se cuente con el permiso, aparte del municipal, del Principado de Asturias que es en este tema quien tiene la sartén por el mango y el mango también.

          El 27 de mayo de 1955 el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicó un Decreto por el que se declaraba buena parte del casco antiguo de Avilés como Conjunto Histórico–Artístico. Aquel Decreto blindó jurídicamente determinadas calles y plazas avilesinas y muchos de sus monumentos principales, palacios e iglesias. Pero hubo omisiones lamentables como fue el caso del barrio de Sabugo que resultó muy perjudicado patrimonialmente al no ser incluidas sus tres calles históricas (Carreño Miranda, Bances Candamo y La Estación), algo que hoy ya es irreparable.

          Otros olvidos ha podido ir remediándolos el tiempo al traer nuevas leyes en las que  viajaron los BIC (en plan VIP patrimoniales) y que a fecha de diciembre de 2016, en Avilés, son siete. Insuficientes a mi juicio.

          De todos ellos se viene escribiendo en Los Episodios Avilesinos (serie dominical de LA VOZ DE AVILÉS que en 2017 cumplirá 6 años) y pueden consultarse tanto en la Hemeroteca del periódico como en la capilla virtual de San Google de Internet.

          La relación de BIC avilesinos la inicia, por orden cronológico, el «Conjunto Histórico de Avilés. Zonas de la villa» que no es otro que el Decreto de 1955, del que hemos venido hablando hasta ahora.

Palacio de Maqua.

          Le sigue el «Teatro Palacio Valdés» que fue declarado BIC el 28 de diciembre de 1982. Un espléndido edificio que a pesar de su corta vida, fue inaugurado en 1920, pasó por el trance de ser rescatado, por el Ayuntamiento, de la ruina y restaurado. Un drama que terminó en ópera de Bances Candamo cuando fue reinaugurado en 1992.

          El «Palacio de Balsera», BIC desde el 3 de octubre 1991, es uno de los más llamativos edificios de Avilés. Construido por el comerciante Victoriano Fernández Balsera para residencia familiar es actualmente propiedad del Ayuntamiento que lo ha reconvertido en sede del Conservatorio de Música.

          En igual fecha que el Balsera también fue declarado BIC el «Palacio de Maqua» que ennoblece arquitectónicamente La Cámara, principal calle de la ciudad. También propiedad municipal, conserva actualmente cerradas la mayor parte de sus dependencias.

          La «Capilla de Las Alas» declarada BIC el 31 de Octubre de 1991 está considerada la muestra más relevante de capilla funeraria de estilo gótico. Hace no mucho ha sido parcialmente rehabilitada, aunque su entrada sigue siendo un patio de luces, tendales incluidos, de los edificios que la cercan, acogotan y estrangulan.

          La plaza del Mercado avilesina fue declarada BIC el 27 de enero de 1993 bajo la denominación de «Conjunto Histórico de la plaza del Mercado de Avilés». Es tan singular espacio arquitectónico como triunfal solución urbanística al haber conseguido soldar dos zonas medievales (antigua Villa amurallada y barrio de Sabugo) separadas durante siglos por el agua –la dulce del río Tuluergo y la salada de las marismas– logrando el ensanche y expansión de la ciudad. Una pasada.

Palacio de Balsera.

          «Santo Tomas de Canterbury, antigua iglesia de Sabugo» fue declarada BIC el 29 de junio de 2006, en medio de bastantes aleluyas por ser templo de gran significación histórica local y arquitectónicamente el monumento medieval que mejor se ha sabido, o podido, conservar en Avilés.

          Dice, una amiga mía, que un BIC para una ciudad viene a ser lo que un VIP en la sociedad «apenas hay diferencia, pues si VIP significa Very Important Person, BIC puede ser perfectamente Bery Important City». Profesora de inglés en Florencia (Italia) está chiflada por el Casco Histórico de Avilés y convencida de que debería ser declarado Patrimonio de la Humanidad, justo como el propio Ayuntamiento de Avilés se había propuesto hacer y así está recogido en el Plan General de Ordenación Urbana de julio de 2006. Pero desde entonces no ha hecho ni gesto ni gestión, ante la UNESCO, para cumplirlo. Lo que me recuerda un cartel visto en un bar: ‘Se prohibe cantar y ser grandón’.

          Ocurren estas cosas cuando resulta que hay más brocha que pincel. 

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El otoño del patriarca Menéndez
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Alberto del Río Legazpi | 04-12-2016 | 11:37| 0

          Pedro Menéndez nació en invierno, murió en verano y últimamente se le recuerda en otoño porque en estas fechas (en concreto el cuarto jueves de noviembre) se celebra en los Estados Unidos de América el Día de Acción de Gracias, una de las tradiciones más populares de dicho país tan ayuno de ellas por descaradamente joven.

          En tal día conocido como «Thanksgiving Day», las familias se reúnen en una comida especial para dar  gracias por todo lo recibido a lo largo del año.

          Un festejo que viene siendo cada vez más discutido que fuera ‘inventado’ por los colonos ingleses en 1621 en la colonia de Plymouth, en el actual estado de Massachusetts, al desembarcar (básicamente explicado) del ‘Mayflower’ y compartir sus alimentos con los nativos.

‘Primera comida de Acción de Gracias, San Agustín septiembre de 1565’ (en el centro Pedro Menéndez). Florida Museum of Natural History

          Porque tal acto de fraternidad entre civilizaciones ya habría ocurrido 56 años antes en las costas de Florida cuando desembarcaron los españoles al mando de Pedro Menéndez de Avilés. Tesis expuesta, hace años, por el profesor de la Universidad de Florida, Michael Gannon, que cada otoño gana más partidarios.

          La semana pasada los medios se hicieron eco de que los  arqueólogos del Florida Museum of Natural History daban por hecho que no fueron los peregrinos ingleses quienes celebraron el primer Día de Acción de Gracias, sino la expedición española al mando del marino asturiano.

          De sus investigaciones se deduce que los españoles asistieron a una misa especial «para dar gracias a Dios», tal como solían hacer al llegar a un nuevo territorio, y acto seguido se sentaron a comer invitando a los nativos americanos ‘en lo que constituyó toda una fiesta de acción de gracias’, manifestó Kathleen Deagan, comisaria de investigación de Arqueología Histórica de dicho museo.

          Y nada de pavo como hicieron los colonos ingleses en Plymouth, sino jamón curado y otros productos típicos españoles como vino tinto, aceitunas y garbanzos.

          Datos que derrumban la historia de los orígenes de uno de las tradiciones norteamericanas más populares, que hasta ahora había sido vista exclusivamente desde el prisma británico que le dieron los historiadores ingleses empeñados en leyendas negras.

          Paralelamente cada vez cobra más valor el protagonismo de la expedición española muy poco conocida en su composición.

          Eugene Lyon en su libro ‘Florida Entreprise’ (aún por publicar la versión española, que sabe Dios cuando) relata algunas de las personas y oficios que se embarcaron (las naves salieron de Avilés, Gijón, Santander y Cádiz proyectando reunirse en las Canarias para continuar a América) en aquella aventura de 1565 y donde estaban representados virtualmente todos los oficios de la España del siglo XVI.

          Escribe Lyon que «había 10 canteros, 15 carpinteros, 21 sastres, 10 zapateros, 8 herreros, 5 barberos y 2 cirujanos. Había fabricantes de calzas, fundidores de metales, fabricantes de telas y esquiladores. Dos especialistas en la fabricación de cal y argamasa estaban a bordo, además de curtidores, herradores, cardadores, un sombrerero, un librero y un bordador. Había expertos en armas en las personas de tres espaderos, un armero y un ballestero. Había toneleros, panaderos, jardineros, un traficante de sedas, un fabricante de mantas y dos hombres especializados en fabricar lino. Un boticario y un cervecero (…). Un escribano público, notario que registraría todas las acciones formales junto con 24 resmas de papel y una cantidad de tinta. Además, 117 soldados estaban en la lista como labradores o granjeros; estos hombres estaban preparados para trabajar la tierra cuando sus deberes militares lo permitiesen. 26 de ellos llevaban a sus esposas e hijos».

          Toda una planificación para transferir la civilización española.

          En una ocasión escribí que el marino avilesino, de acuerdo con su biografía, puede que sea un ejemplo de manual de hombre hecho a sí mismo y que por tanto no tendría nada de extraño que llevara a los USA la semilla del ‘Self Made Man’.

          En un cuadro que se expone en el citado museo de Florida se puede ver al patriarca Menéndez presidiendo la primera comida de Acción de Gracias celebrada en Norteamérica con menú a base de jamón, productos de la huerta española y vino. De Rioja, matizan los norteamericanos.

          El otoño del patriarca Menéndez es un brindis a la Historia.
 

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Los Telares, avenida
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Alberto del Río Legazpi | 27-11-2016 | 11:26| 0

Una calle que cuenta con una instalación viajera que tienen muy pocas ciudades de España.

          Los Telares es avenida de límites singulares y contenido difícil  de ver en cualquier otro sitio, no solo de Avilés sino de Asturias y en España habría que ver cuántas. Me estoy refiriendo a la conocida como estación intermodal.        

          La avenida comienza, en su margen derecha, con una elegante mansión (Casa de Larrañaga) y termina en un restaurante (San Félix) facedor de una lubina al champán de chuparse los dedos. Por la acera izquierda empieza con sidra (Casa Lín) y termina con agua que mana en una fuente–lavadero de 1925, hoy remozado y única muestra de los que hubo antaño por la villa.

          En el siglo XIX la industria se instaló en esta Los Telares y en Llano Ponte, porque eran calles nuevas hechas a la carta para levantar naves por ejemplo de fabricación de telares tan importantes como para bautizar al barrio con esta actividad industrial textil. Los Telares también es nombre de una cadena comercial hoy desaparecida, de momento, con tiendas en toda España por obra y gracia de Julián Rus Cañibano uno de los empresarios más comprometidos socialmente con Avilés, mérito que nadie le podrá quitar.

          También se estableció aquí, en 1883, una vidriera (la de Ibarra, Galán y Compañía) que complementaba la producción de otra (propiedad de Antonio Orobio) situada al final de Llano Ponte al lado del popular Arbolón. En esta de Sabugo, instalada frente a la actual estación, al cesar el negocio sus naves fueron aprovechadas durante años (hoy se levanta en el solar una manzana de viviendas) por la firma García Fernández distribuidora de artículos ferreteros,  cuyos dueños tenían lazos de parentesco con el famosa comercio de ‘Los Castros’ incrustado en el palacio de Camposagrado, hoy Escuela Superior de Arte del Principado. Lo que son las cosas.

          Pero fue la llegada del tren, el 6 de julio de 1890, la que acabó dándole rango singular a la avenida al instalar en ella la estación de aquel revolucionario invento que vino por caminos de hierro. Ciento seis años más tarde, en 1996, se le añadió una estación de autobuses y otra más de ferrocarril, éste de vía estrecha (Feve). El conjunto es llamado estación intermodal algo que, como ya dije, se ve en muy pocas poblaciones y que además añade un espectacular mural del artista Carlos Suárez titulado ‘El bosque encantado’ ganador de un concurso convocado en 2001 al efecto por el Rotary Club de Avilés. Los veinte paneles del mural, de 3,5 por 5 metros cada uno, delimitan la estación. Tela.

          La estación avilesina con el tiempo tuvo, y tiene, una cantina como pocas en España. Arsenio Fernández ‘Tito’ hizo posible que durante una época (el último tercio del pasado siglo) tuviera un restaurante de mucho postín; me acuerdo de ver allí al presidente del Real Madrid, entonces Ramón Mendoza, acompañado de gente como Gento, mito del fútbol español. Hoy, como el que tuvo retuvo, es uno de los establecimientos hosteleros más frecuentados de la ciudad.

          En aquel año de cuando el tren, de 1890, Manuel Solís Solís, al que los conocidos llamaban Manolín y sus amigos más cercanos ‘Lin’ puso en marcha un negocio hostelero que con el tiempo se convirtió en un clásico en la lista de sidrerías asturianas tradicionales. En Lin se tiene visto escanciar culinos (dicho sea en el mejor de los sentidos) a estrellas cinematográficas como los actores Brad Pitt o Kevin Spacey.

          Y casi frente a Casa Lin, y antes de que terminara aquel siglo XIX, el Ayuntamiento avilesino concedió al ingeniero y empresario vasco Carlos Larrañaga Onzalo, director de buena parte de las obras de canalización de la Ría, licencia para construir su casa.

          Larrañaga vivió literalmente entre vías, pues les pasaban por delante, por detrás y por un costado. El tren por un lado y el tranvía llamado La Chocolatera por el otro ya que salía del parque del Muelle e iba por la actual avenida de Los Telares hasta Raíces donde se desviaba a Salinas. Este tranvía a vapor convivió varios años con el eléctrico que, procedente de Villalegre y atravesando Avilés, pasaba también por un lateral de la mansión para cruzar el paso a nivel –que hoy lleva el nombre del empresario vasco– y enfilar a San Juan de Nieva, Salinas y Arnao.

          Estando en una ciudad como Avilés milagro sería que no hubiera por aquí algún rastro medieval. Estaba en el solar hoy ocupado por la estación y era conocido como Campo de Bogaz, donce trabajaban los carpinteros de ribera (astilleros artesanales) fabricantes de naves con las que se ganaba la vida la gente de Sabugo. Tela marinera.

          La avenida actual, fue antiguamente Camino de Pravia, pero cuando los tiempos le trajeron urbanización fue rebautizada como Carretera de Pravia y más tarde Los Telares, por la industrialización antes citada. En 1937, en plena guerra civil, y para agradecerle a la ciudad de Lugo sus ayudas  a la población de Avilés (alimentos y ropa) fue oficializada como Avenida de Lugo la que discurría entre el paso a nivel de Larrañaga y Raíces, población que marca por carretera el final del concejo avilesino e inicios del de Castrillón. En 1979 al tramo de la avenida que va desde el paso a nivel citado hasta la fuente–lavadero volvió a recuperar el nombre de Los Telares y el resto hasta Raíces siguió con el de Lugo.

          Tela la de Los Telares.

 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta