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Autor: Alberto del Río
Ciudadano Balsera
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Alberto del Río Legazpi | 29-01-2017 | 8:21| 0

            Avilés fue ciudad de marinos, comerciantes, artesanos, algún título nobiliario y abundantes hidalgos de medio pelo. Los pertenecientes a las dos primeras categorías se llevan la palma.

            Entre los comerciantes históricos avilesinos es amplia la relación de profesionales destacados y sus referentes máximos son, desde tiempo medievales, el famoso Gómez Arias (ver el episodio ‘El mercader de Avilés’ de 1 de mayo de 2016 ) hasta Victoriano Fernández Balsera, figura del poderío comercial local de comienzos del siglo XX.

Victoriano Fernández Balsera y su nieta Carmina.

           Victoriano fue una persona cuyo tiempo de vida se puede ‘milimetrar al minuto’ pues consta (Archivo Parroquial de Sabugo, Libro de Bautismos 1838–1859 , página 220 vuelta) que nació el27 de junio de 1859 ‘a las dos y media de la mañana’ Victoriano Marcelino hijo de Félix Fernández (natural de Avilés) y Josefa Balsera (Soto de Luiña) y su fallecimiento ocurrido el8 de junio de 1942 tuvo lugar ‘a las once de la mañana’, según informaba la esquela publicada en LA VOZ DE AVILÉS del día siguiente.

            De familia humilde tuvo que trabajar desde muy joven. Era un tipo tan avispado, currante y emprendedor que consiguió abrir una modesta tienda de ultramarinos en la céntrica calle de La Muralla que fue un éxito. También es verdad que tuvo la suerte de tener un cuñado generoso como Antonio Gutiérrez Herrero, que se la financió.

            Es curiosa la excelente relación que tuvieron estos dos hombres y su coincidencia en diversos aspectos como cuando Balsera construyó su palacete lo hizo al lado de la mansión de su cuñado (que habitó el inmueble número 2 de la plaza de San Francisco, adqui­rido en 1994 por la Policlínica Rozona para reconvertirlo en clínica) o que a ambos les fue concedida a la vez –en la misma sesión municipal del 1 de junio–una calle con sus nombres respectivos.

            Al comprar un gran solar –Gutiérrez Herrero, a su muerte, le había dejado parte de sus bienes en herencia– a orillas de la Ría e instalar allí tres imponentes naves, con muelle propio para el transporte marítimo frente a la fachada principal y muelle ferroviario en la parte trasera, Victoriano se convirtió en uno de los más importantes comerciantes del norte de España. Y siguió creciendo. El negocio era, principalmente, importación de productos ultramarinos procedentes de Cuba y México y exportación de productos asturianos.

Interior palacio de Balsera.

            Detalles de su trayectoria empresarial se pueden leer en los episodios ‘Las naves de Balsera atracadas en el Ría de Avilés’ de 7 de abril de 2013 y el titulado ‘Palacio de Balsera’ del15 de junio de 2014. Resta otro episodio dedicado tanto a la avenida que lleva su nombre como a su familia desde su hija Josefina a su biznieta Elena Sendón Balsera, actriz teatral residente actualmente en Buenos Aires.

            Todo lo que construyó Victoriano sigue brillando hoy. Sus famosas naves, actualmente cerradas y sin uso, están consideradas una joya del Patrimonio Industrial y el palacete que levantó en el casco histórico de Avilés, como domicilio familiar, está declarado Bien de Interés Cultural (BIC) y actualmente es la sede del Conservatorio Municipal de Música.

            Allí vivió con su esposa Herminia Gutiérrez de la Campa y sus dos hijos, Álvaro y Josefina. La familia había estado domiciliada antes en el número 12 de Rui Pérez al lado del arco de entrada a la plaza del mercado que tiene esa calle.

            Aquel tendero humilde fue uno de los fundadores  –y luego presidente– de la Cámara de Comercio de Avilés al igual que de la Junta de Obras del Puerto (hoy Autoridad Portuaria), socio fundador de la Compañía de Tranvía Eléctrico, consignatario de buques…  El sello ‘Avilés’ en sus productos comerciales circuló por medio mundo y eso hace 100 años era la pera. Cuando se estudie la trayectoria de la ‘Marca Avilés’ Balsera es referencia máxima.

            Hombre habilidoso y cordial, fue simpatizante político del republicano José Manuel Pedregal. El periodista avilesino Luis Muñiz Suárez es quien mejor retrató al gran comerciante.

            A mí, Balsera, se me antoja personaje novelesco y cinematográfico. Para que no falte nada, en su ‘ostentórea’ (que diría Jesús Gil) mansión de Avilés, ‘habita’ un fantasma que es aireado cada poco en medios de comunicación nacionales.

            La trayectoria vital de Victoriano Fernández Balsera me recuerda una frase de la película ‘Ciudadano Kane’ de Orson Welles, aquella que dice «Creo que ninguna palabra basta para explicar la vida de un hombre».

            Ciudadano Balsera. 

Árbol genealógico de Balsera en el que figuran seis generaciones, desde sus abuelos a su biznieta. (Autor: LUIS MUÑIZ SUÁREZ)

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Ensaladas onomásticas en algunas plazas de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 22-01-2017 | 8:52| 0

          Por regla general el callejero de una población es directamente proporcional al sistema político gobernante en el territorio nacional donde se asienta.

          En Avilés el ejemplo más claro es su actual calle principal. Urbanizada entre siglos XIX y XX y que discurría por el lugar donde estuvo ubicada la fuente medieval conocida como La Cámara, llevó sucesivamente los nombres de un político monárquico (García San Miguel) otro republicano (José Manuel Pedregal) más tarde el de un dictador (General Franco) hasta que el 18 de julio de 1979, con la llegada de los Ayuntamientos democráticos, recuperó su nombre.

          Recuerdo una pintada anónima vista hace años en un paredón de Rivero ‘La política pasa en la calle’. En algunas de Avilés –y de la mayoría de las poblaciones– eso ocurre en su callejero. Tiene escrito Luis Coloma, padre literario del Ratoncito Pérez, que «Por la calle del después se llega a la plaza de nunca».

          De algunas calles avilesinas que tan manoseadas tienen la placa tengo algo escrito, hoy lo hago de algunas plazas que han corrido igual suerte volandera, como es el caso de la plaza de La Merced que ocupa un espacio dominado en gran parte por la iglesia nueva de Sabugo (1903). Durante siglos este lugar formó parte del Campo de Caín (para otros Caguín), pero el 15 de enero de 1892 se la bautizó oficialmente como La Merced en recuerdo del desaparecido convento de tal nombre, que se levantó en este lugar. Aunque el 2 de enero 1924 pasa a ser del General Primo de Rivera que había alcanzado la jefatura del Gobierno español mediante un golpe de estado. Pocos años más tarde la placa fue cambiada por otra donde se leía plaza de la República y ya se imaginarán el porqué. Pero el 4 de marzo de 1938, ya tomado el Avilés republicano por las tropas de Franco, el rótulo fue sustituido por el de plaza de Italia, en inequívoco homenaje a la Italia de Mussolini aliado de Hitler en la Segunda Guerra Mundial, conflicto que perdieron por lo que el 26 de julio de 1946 la plaza se puso a nombre de Fernández–Ladreda ministro franquista que solucionó el problema del abastecimiento de aguas de Avilés. Aquello de ‘La calle es mía’ que le atribuyen a Manuel Fraga es práctica habitual de políticos de variada ideología.  Por fin el 18 de julio de 1979 volvió a recuperar el de plaza de La Merced.

          Otra que tal baila es la, oficialmente, plaza de Santiago López y que casi nadie sabe dónde está aún siendo actualmente una de las más transitadas de la ciudad ya que de ella parte la pasarela del Niemeyer que permite salvar las vías ferroviarias y acceder peatonalmente, después de cruzar la ría por el puente de San Sebastián, al centro cultural internacional.

          Tuvo una historia accidentada. De antiguo era conocida como Alameda Vieja, un pequeño bosque en las afueras de la población que el ingeniero municipal Adolfo De Soignie diseñó como plaza; pero no fue hasta el 15 de enero de 1892 cuando se la bautizó, con todas las de la ley, como de San Sebastián por su proximidad con el puente cercano. En 1929 la renombran pomposamente como plaza de La Reina Doña María Cristina, aunque la gente ya la llamaba ‘plaza del Pescado’ por el pabellón construido ex profeso unos años antes, para venta principalmente de pescadería, y fue ese el nombre que le quedó aunque el 9 de diciembre de 1938 desapareciese el de la reina y fuese sustituido por el del marqués de Casa Quijano, Santiago López, nombre oficial que sigue conservando. Y toda esta novela para que el personal siga, erre que erre, llamándola plaza del Pescado.

          Otra es la plaza oficialmente conocida como Hermanos Orbón que también se ha llamado Plaza Nueva, de las Aceñas, del Mercado, de Abastos y de Julián Orbón; aunque todo el mundo para referirse a ella sigue diciendo ‘la Plaza’, a secas. La suma sale que es plaza de siete nombres.

          Más ordenada en los cambios es la plaza de España, o sea El Parche, que ha sido Plaza Mayor, plaza de la Constitución (en 1869) placa todavía se puede ver en los arcos de entrada al palacio municipal. Desde el 4 de marzo de 1938 fue bautizada como plaza de España. Y es muy curioso que lugar tan espectacular, con tres palacios cosidos entre sí por casas porticadas, sea conocido con nombre tan despectivo –hoy es todo lo contrario– que tuvo su origen cuando en 1893 el Ayuntamiento decidió cambiar parte del suelo empedrado, por una capa de cemento. Algo tan funcional urbanísticamente como el suelo liso no funcionó para buena parte de avilesinos que lo tacharon de chapuza y dictaminaron que aquello era un parche. Hoy El Parche es un término cariñoso con que se conoce al corazón del casco histórico local. Por otro lado es muy difícil que haya por el mundo parches urbanos tan artísticos como este de Avilés. 

          Si desde El Parche subimos por la calle San Francisco (que antes fue llamada sucesivamente La Canal, General Lucuce y José Antonio Primo de Rivera), cruzamos la plaza Álvarez Acebal (antes San Francisco) y ascendemos por Galiana (durante años calle Palacio Valdés) llegaremos a la plaza del Carbayedo que siempre se ha llamado así.

          Parece un milagro después de lo que dejamos atrás en esta caminata por Avilés, pero no olvidemos que la plaza del Carbayedo está situada en un lugar de la villa donde al mismísimo Jesucristo se le conoce como Jesusín. 

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El histórico mercado de los lunes
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Alberto del Río Legazpi | 15-01-2017 | 11:40| 0

(El 15 de enero de 1479, hace hoy 538 años, los Reyes Católicos concedieron a Avilés el privilegio de un mercado semanal libre de impuestos).

          Por la presente transcribo –con algunos retoques gramaticales para mayor comprensión– parte del texto del documento dado en la Edad Media por los Reyes Católicos (Isabel de Castilla y Fernando de Aragón).

          «Don Fernando e Doña Isabel por la graçia de Dios Rey y Reyna de Castilla, de León, de Toledo, de Siçilia, de Portugal, de Galizia, de Sevilla, de Córdova, de Murcia, de Jahén, de los Algarves, de Algezira, de Gibral­tar, Prínçipes de Aragón y señores de Vizcaya e de Molina.

          Por quanto nos avuemos sído informados  (…) cómo la villa de Avi­lés que es en el nuestro Prinçipado e Quatro Sacadas de Asturias de Oviedo se quemó e está quemada, o la mayor parte della, de guisa que en ella non quedó nin queda poblaçión ninguna (…)».

          Y es que Avilés había sufrido un incendio que se calcula destruyó dos tercios de la villa, unas cincuenta casas y que algunos historiadores mantienen  que fue intencionado. Por aquel entonces un incendio podía hacer arder las poblaciones como la yesca dado que muchas casas estaban construidas con madera mezclada en ocasiones con barro y los tejados se hacían con ramas vegetales sobre maderos. Se salvaron solo las pocas casas construidas con piedra, entre ellas palacios e iglesias.

LA VOZ DE AVILÉS. Página 12.

          Los Reyes Católicos acuden en ayuda de Avilés concediéndole un mercado libre del impuesto real (llamado alcabala) como medida que animase a que la gente acudiera nuevamente a poblar la villa marinera.

          «(…)en adelante en cada un año para siempre jamás aya en la dicha villa un mercado franco de alcavala de todas las mercaderías e ganados e bestias e otras cosas que en qualquier manera se compraren e vendieren e trocaren e cambiaren, e traxieren a vender e vendieren qualesquier personas de qualquier ley o estado o condiçión, preheminençia o dignidad que sean o ser puedan, así vezinos e moradores de la dicha villa de Avilés y su conçejo, como de otras cualesquier partes de nuestros Reynos y señoríos que al dicho mercado vinieren(…)».

          De la importancia de Avilés da cuenta el hecho de que mandaron pregonar la iniciativa mercantil por todas las ciudades, villas y lugares del Reino.

          Y fijan los lunes como fecha de celebración « (…) El qual dicho mercado se faga y pueda fazer en la dicha villa, e en sus arrabales, e en las dos plaças y mercados, de la dicha villa e sus arrabales que son la plaça del Cay y de la Çima de villa, el día de lunes de cada semana, desde el sol salido fasta ser puesto (…)».

          La plaza del Cay era zona portuaria y que además separaba la villa amurallada del pueblo de Sabugo; y la Çima de villa (Cimadevilla) el lugar formado por la conjunción de las, hoy, calle de La Fruta y plaza de España entonces lugar despoblado, idóneo para mercadear.

          Luego, con el tiempo, el mercado de los lunes se fue extendiendo por el centro de la villa, excepto el del ganado que se hacía en El Carbayedo. En el último tercio del siglo XIX se fijó el mercado de productos de la huerta y alimentos en la recién construida Plaza Nueva (así se llamó en origen), hoy conocida como Hermanos Orbón y siempre como Plaza del Mercado.

          Considerando que Avilés había sufrido el incendio en noviembre de 1478, los reyes actuaron con extrema diligencia para aquellos tiempos de noticias llevadas y traídas a galope de caballos. Dos meses fue el tiempo transcurrido entre la tragedia y el remedio para la misma lo que es una prueba de la importancia de Avilés –entonces segunda población de Asturias– y su puerto, entonces uno de los más importantes del norte peninsular.

          En el documento se fijan normas y procedimientos de un mercado semanal, libre de impuestos, que buscaba el renacimiento de Avilés y que lo consiguió aunque se calcula que tardó un siglo en hacerlo.

          Son 1471 (mil cuatrocientas setenta y una) las palabras, encajadas en nueve párrafos, que tiene el mandato real. El antepenúltimo párrafo especifica que fue «Dado en la puebla de Guadalupe a quinze días de Henero, año del Nascimiento del Nuestro Señor Ihesu Christo de mill y quatroçientos y seten­ta y nueve años». lo que sirve para poner punto final al presente episodio, publicado el quince de enero del año dos mil diecisiete en la ciudad de Avilés, donde los lunes se sigue celebrando, siguiendo el mandato real de «en cada un año para siempre jamás», el mercado semanal más concurrido de Asturias. 

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Patrimonio industrial, habas contadas
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Alberto del Río Legazpi | 08-01-2017 | 11:12| 0

(Antiguos y destacados edificios industriales de Avilés la mayoría de los cuales han sido rehabilitados y aprovechados para otros usos).

              Mi amigo Ángel García Carreño, gestor cultural ejerciente en Pamplona y que es sufridor (por sabedor) del abandono del patrimonio industrial avilesino, me hace llegar un libro sobre el de Navarra que resume las ponencias de un  simposio celebrado allí bajo la coordinación de Víctor Manuel Egia Astibia.

La Curtidora

              Excepcional publicación y excepción que confirma la regla del patrimonio industrial como el gran ignorado siendo como es protagonista, por ejemplo, de buena parte del paisaje de Asturias, región muy valorada a nivel internacional por la arquitectura que han generado las industrias del carbón, siderurgia e hidroeléctricas.

              Buena parte de ese patrimonio (el 33%) está en la comarca de Avilés y en algunos de estos episodios nos hemos referido a él para señalar que desgraciadamente apenas quedan raspas de la industria de cabecera de Ensidesa donde volaron, a ritmo de goma–dos, valiosas arquitecturas incluidas joyas del gótico industrial (ni un Horno Alto quedó en pie) o una catedral del barroco fabril (Central Térmica),edificio único en España que terminó derrumbado y achatarrado entre protestas de todo tipo de organismos, desde colegios de ingenieros y arquitectos de Asturias hasta la mismísima UNESCO.  Le tengo leído a Celestino García Braña, decano del Colegio de Arquitectos de Galicia, que «algunas factorías diseñadas en el siglo XX son una singularidad de su tiempo tal y como las catedrales lo fueron antes».

Antigua Fábrica El Águila

              De aquel baile dinamitero que destruyó el valioso instrumental del heavy metal siderúrgico avilesino solo restan unas baterías de rock. Quiero decir de cok.

              Todo eso ocurrió en la margen derecha de la Ría mientras en la izquierda, donde se asienta la zona urbana avilesina, las cosas pintaron mejor pues se conservaron –y en la mayoría de los casos rehabilitaron– algunas instalaciones industriales construidas hace más de cien años cuando los indianos regresaron de Cuba con el fajo lleno de billetes, justo cuando la perla de las Antillas dejó de ser provincia ultramarina de España y pasó a ser un país independiente excepto para Estados Unidos, por supuesto.

              Por ejemplo La Curtidora, sita en la calle Gutiérrez Herrero (un indiano por cierto) levantada en 1903 para la familia Maribona por el ingeniero Primault siguiendo planos del arquitecto Tomás Acha. La antigua fábrica de curtidos está compuesta por tres naves de muy vistosa decoración de ladrillos rojos y sillares de piedra blancos que hoy, con chimenea emblemática incluida, se ha rehabilitado y convertido en hotel de empresas.

Antigua Ferretería, en Sabugo

              En la misma calle se levantó, en 1893, la fábrica de harinas El Águila que llegó a alcanzar una producción anual de 7.000 toneladas partiendo de trigos de Castilla, Rusia y Estados Unidos. Cerrado el negocio se conservó el edificio principal, una fachada de tres alturas coronado con un águila metálica, así como una nave anexa que sirvieron durante años de cuartel de bomberos. Hoy el inmueble, propiedad municipal, acoge escuelas–taller de formación profesional.

              En el barrio de Sabugo y con fachadas a sus tres calles históricas (La Estación, Carreño Miranda y Bances Candamo) se conserva buena parte de un complejo ferretero (García Fernández y Cia) construido en 1923 siguiendo planos del arquitecto Francisco Casariego. Es un llamativo ejemplo de art déco en un barrio de traza medieval como es Sabugo y es muy discutible que se hubiese permitido su construcción en este lugar. El caso es que se ha conservado y hoy en día el inmueble, de distinta propiedad, se dedica a labores formativas de medicina y a albergue municipal de transeúntes.

Naves de Balsera (izquierda)

              Capitulo aparte son las Naves de Balsera, mandadas edificar a principios del siglo XX por Victoriano Fernández Balsera en terrenos marismeños entre la estación de ferrocarril y los nuevos muelles de la Ría. En solar tan estratégico se levantaron unas grandes y vistosas naves, diseño de reconocido valor patrimonial obra del arquitecto Antonio Alonso Jorge, como almacenes dedicados al comercio ultramarino.

               Clausurado el negocio, las naves llevan años cerradas. Recientemente el exterior de la fachada ha recibido un lavado de cara, pero siguen llevando la cruz del  deterioro por desuso –y sin pares sueltos– en el interior.

              El Gobierno ha declarado, a principios de 2017, a Avilés como uno de los cien paisajes culturales más destacados de España. Que nos conste –y que les conste a las autoridades– que también  tenemos uno industrial, a pesar del destrozo hecho, y que ojalá seamos capaces algún día de valorar también como paisaje cultural, tal y como ha hecho Castrillón con el suyo.

              Quizá con el tiempo, una caña y algo más.

 

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Cristóbal Colón partió de Avilés para descubrir América
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Alberto del Río Legazpi | 28-12-2016 | 12:08| 0

(Edición especial 28 diciembre 2016)

      «Así las cosas, llegó el año mil y tan­tos, cuando Fernando é Isabel (a) Los Católicos, ocuparon el trono, viniendo á Avilés á los cuatro meses, seis días y ocho horas de ser elegidos, con el ob­jeto de pasar aquí el verano. Con tal motivo preparáronse grandes fiestas y regocijos públicos (Grandes fiestas de San Agustín, 1490) en honor de tan ilustres huéspedes, como carreras de velocípedos, regatas en el Tuluergo, iluminaciones, carreras de burros, cu­cañas, etc.

      El festejo que más llamó la atención, sin duda alguna, fué las grandes carreras de caballos que se ce­lebraron en la carretera de Salinas, re­vistiendo gran importancia por haber tomado parte en ellas los monarcas, que tenían verdadera fama de jinetes consumados, dejando tamañitos á to­dos los de aquella época. La tal fies­ta fué presenciada por numeroso pú­blico.

      Dióse la señal por medio de gruesos palenques. Salieron á disputarse el premio, consistente en un reloj de nikel y una cesta de pavías de Candamo, el rey en persona y un hijo del país llamado Valeriano. Montaba el primero un fogoso caballo andaluz y el segundo una soberbia mula, saliendo vencedor el monarca que llegó á la meta trein­ta minutos antes que su contrincante, siendo el soberano aclamado por el pueblo, y obsequiado con un pasaca­lle por una banda militar (‘Pan y Toros’ Marcha de la Manolería) contra­tada para las fiestas.

      Tocóle luego el turno á doña Isabel, que por no ser menos que su esposo, quiso también tomar parte en aquel sport, dejando á su contrincante á mi­tad de camino. El entusiasmo del pue­blo, no reconoció entonces límites, prorrumpiendo en vítores y aplausos hacia los monarcas, reconociéndoseles como los mejores jinetes de aquella época, viniendo desde entonces aque­llas célebres frases: ‘Tanto monta, monta tanto, Isabel, como Fernando.’ Si bien la mayoría del pueblo era partidaria de que montaba más el rey.

      Mientras permanecieron Los Católi­cos en la villa, todo eran fiestas y jol­gorios, teniendo el Ayuntamiento de entonces que hacer un empréstito para pagar tanta juerga.

      Una calurosa tarde de Julio estando los soberanos en su hermoso palacio de Santa María del Mar (del que ya no queda ni rastro) oyeron á la puer­ta principal dos fuertes aldabonazos. (Algunos historiadores los hacen su­bir á cuatro, pero está probado que sólo fueron dos… sin repique). Acudió presuroso un paje, en­contrándose con un desconocido cu­bierto de polvo y jadeante, que re­sultó ser nada menos que Cristóbal Colón, que á todo trance quería cele­brar una interviú con los Reyes. Pa­sado á la sala de recibir, donde fué bien recibido por la bondadosa doña Isabel, ésta le preguntó el objeto de la visita, y el bueno de don Cristóbal la manifestó que se le había metido en­tre ceja y ceja descubrir lejanas tie­rras, allende los mares.

      La reina entonces, y viendo la terquedad de aquel forastero, decidió el protejerle, dándo­le carta blanca para todo aquello que necesitase, pero pareciéndole luego exorbitante la cantidad que aquel hombre necesitaba, para su proyecto, decidió empeñar todas sus alhajas á un prestamista que por aquel entonces había en la calle del Sol, consultando antes el caso con su marido, que accedió á los deseos de su regia compañera.

      Una vez decididos ambos á dar su protección a Colón, para que pudiese pasar el ‘Golfo de las yeguas,’ diéronse las órdenes necesarias para que sin pérdida de tiempo empezaran á construirse, tres grandes embarcacio­nes llamadas ‘Carabelas,’ a las que después de terminadas se les pusieron los nombres de ‘Pinta,’ ‘Niña’ (llamada así por ser la más pequeña) y ‘Santa María’ (por haber sido construida en Santa María del Mar).

      Una vez listas ocupóse el bueno de Colón en buscar gente que las tripulase. Envió un expresivo telegrama urgente, con contes­tación pagada á los hermanos Alfon­so y Paco, más conocidos por el apodo de los Pinzones (llamados así por la gran disposición que tenían para amaestrar la clase de pája­ros que lleva este nombre), ricos navieros andaluces y constructores de gabarras marca ‘Giralda’. Sin titubear, los dos gemelos aceptaron gustosos las pro­posiciones que Colón les hacía, que eran las siguientes:

      Viaje en tercera de ida y vuelta, siete pesetas diarias y un traje á la medida. Una vez hallado todo el per­sonal necesario para aquel arriesgado viaje, encomendó Colón á los Pinzones el mando de la ‘Pinta’ y ‘La Niña’ embarcándose él en ‘La Santa María’ como almirante y jefe de la expedición.

      Eran las tres y minutos de una tar­de de verano. La carretera de San Juan hallábase atestada de curiosos, que en crecido número acudían á la dársena para despedir á Colón. A las seis de la tarde dióse la señal de partida. Abandonaron las ca­rabelas los que no tenían pasaje, y aquellas tres embarcaciones se desli­zaron majestuosamente sobre la tersa y húmeda superficie. Ondearon en el aire miles de pañuelos, más ó menos limpios, y se oyeron mil aclamacio­nes.

      Los monarcas salieron en uno de los vapores dedicados á la pesca hasta fuera de barra, para despedir de este modo á aquel hombre especial».

 

(Texto de José Martín Fernández, rescatado el 28 de diciembre de 2016, fiesta de los Santos Inocentes, de la ‘Historia Cómica de Avilés’ publicación editada en 1894 y de la que también son autores: José Villalaín, Joaquín Graña, Alfredo García Sánchez, Marcos del Torniello, Alberto Solís. Horacio A. Mesa y F. Talens y Ramírez).

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta