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Autor: Alberto del Río
Según sales por la Ría de Aviles y a mano derecha
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Alberto del Río Legazpi | 08-06-2014 | 11:22| 0

Para leer este episodio no hace falta tener barca o embarcarse. Solo ponerse en el punto de vista de un navegante, mediante un sencillo ejercicio de  memoria visual o una foto aérea, y saber (cosa difícil para algunos) donde está la derecha y donde la izquierda. Mojándose, también se puede hacer.

Por tanto, según sales navegando, o nadando, por la Ría de Avilés hacia el Océano Atlántico, hay que saber que a tu izquierda (margen izquierda de la Ría) siempre estuvo todo, desde los tiempos de Maricastaña y hasta el siglo XIX, en Avilés. Es decir: la villa a la que la Historia regó con monumentales edificios y singulares calles atechadas, luego el pueblo marinero de Sabugo, más allá el castillo de Gauzón –cuna del símbolo de Asturias–  y mucho más allá, la mina de Arnao, que aparte de ser submarina, fue la madre de todas las minas, antes de que existiesen el mismísimo Pozo María Luisa y la mina La Camocha, donde inventaron Comisiones Obreras.

En todo ese tiempo, la mar de siglos, la orilla de la derecha fue ignorada como si no hubiese pintado nada. Tanto es así, que el primer puente sólido que las unió fue el de San Sebastian, en el siglo XVI, cuando teníamos el agua en casa porque el puerto estaba entre lo que hoy conocemos como calle La Muralla y parque El Muelle.

Pero la margen derecha es mucho más. En los últimos tiempos ha tomado el relevo en la cosa del magnetismo industrial, milagro tan propio de la Ría avilesina y que a lo largo de la historia se mostró y demostró solamente en la margen izquierda, donde se asienta la ciudad, al borde del mar –pero separada por unos metros, que son un mundo que discurre entre tres semáforos, más dos vías terrestres y otras dos de ferrocarril– en la carretera de San Juan (oficialmente Avenida Conde Guadalhorce), hoy adornada con un sensacional paseo marítimo y donde están instalados los muelles deportivo, pesquero y finalmente el industrial de Raíces, en San Juan.

La margen derecha, en la zona más próxima a la ciudad fue, desde que se tiene memoria, una llanura húmeda que almacenaba ciénagas insalubres, que fueron saneadas y reconvertidas en fincas de labor y praderías llamadas Las Huelgas, nombre que no es casual pues, como se sabe una, de las acepciones del término huelga es el de terreno de cultivo especialmente fértil. Y eso ocurrió en el siglo XIX.

En aquellos terrenos fértiles se asentó, a mitad del siglo XX, una buena parte de la factoría de ENSIDESA, construyéndose nuevos muelles para la actividad industrial, hoy ampliados, en el centro del estuario, que de tan nuevos creo que no están ni bautizados (pues se les viene llamando, indistintamente, Las Canteras, El Estrellín y Valliniello) cuando se tiene, a punto de caramelo, la recuperación de topónimo tan singular, universal e histórico como San Balandrán, amparándose en la proximidad de la desaparecida isla y también la recordada playa denominadas con el nombre del navegante santo irlandés.

A la defunción de ENSIDESA correspondió un luto riguroso de tráfico marítimo siderúrgico en la dársena de San Agustín. La ausencia de embarcaciones de/con productos industriales está siendo solventada, en parte, en los muelles de la margen izquierda con el nuevo puerto deportivo y en la margen derecha, con el nuevo muelle Sur, contiguo al nuevo complejo cultural internacional Oscar Niemeyer, y que se ha convertido en zona de atraque –jardín japonés incluido– de los cruceros internacionales que visitan la ciudad.

El Niemeyer, avanzadilla de la margen derecha, está a seis minutos, andando, del Parche (Plaza de España). Este centro cultural es un invento, magnífico, del siglo XXI.

Como invento, y éste toponímico, de siglo anterior fue el del pueblo de Zeluán, situado a continuación del muelle de aquella ENDASA que hoy es ALCOA  y de la naufragada, por contaminación aguda, playa de San Balandrán. En Zeluán –un episodio aparte– confluyen la maravillosa ensenada de Llodero (declarada Monumento Natural) y la charca de Zeluán, parada y fonda de multitud de aves en sus desplazamientos intercontinentales.

A la ensenada también da el ‘Pabellón de verano’ de la familia Maqua, hoy despellejado por el abandono y camuflado en un bosque. Precisamente cuando los Maqua mandaron construir, en el siglo XIX, un malecón al lado de esta residencia, uno de los obreros (antiguo combatiente en la guerra de Marruecos) que cargaban vagonetas con tierra para al dique y al que –por lo que se ve– la obra le recordaba su estancia militar en la población de Zeluán (al sur de Melilla) comentaba, siempre que soltaba cada vagoneta con material para la obra: «¡Ahí va tierra para Zeluán!» Y tal nombre africano le quedó a este paraje de la Ría avilesina. Esto lo tiene contado Ricardo García Iglesias, oficial de la Armada española, nacido en esta margen derecha del estuario y la persona –a mí entender– que atesora más conocimientos generales sobre la Ría.

Por esta zona bendecida por la naturaleza, mira tú que cosas, está la estación central del colector industrial del saneamiento de Avilés.

Pero donde no hay paradoja que valga es en el anclaje –lógico a rabiar– de los astilleros que, dale que te pego, siguen productivos al lado de San Juan de Nieva, el de la margen derecha, el antiguo, el San Juan de te lo juro por mi madre. Porque el de la otra margen, hoy pobre de población y millonario en contaminación, nació en el siglo XIX cuando se construyó el puerto industrial.

Y con el San Juan primigenio ya nos metemos de lleno en la fabulosa península de Nieva –otro episodio aparte– lugar mágico donde los haya, tanto en Asturias como en el norte de España.

Se suceden las maravillas en Nieva, la antigua Noega, donde al mar quebrado en curva le dicen ‘Pachico’, o aquel primer hotel ‘La Rosa’, de película (tal que ‘El Gatopardo’ de Visconti) y los primeros baños públicos de Avilés, o esa Peña del Caballo, que no es una peña cualquiera, y luego la fuente del Emballo, el Arañón y el Faro, donde hasta Woody Allen –el músico de Manhattan– estuvo filmando.

Aquí en esta península mítica de Nieva, donde está enclavado el Faro –al que casi todos decimos de San Juan por justicia geográfica, pero cuyo nombre oficial es Faro de Avilés– tiene la histórica Villa su Finisterre.

Fin de la tierra de Avilés, sí. Pero también umbral, si se viene de la mar salada. Que todo depende del punto de vista, como decía al principio, del navegante o del bañista.

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El bosque de San Francisco, nuevo en el casco histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 01-06-2014 | 11:11| 0

En Avilés un bosque ha nacido y muchos no saben como ha sido. Está situado en las inmediaciones de la iglesia de San Nicolás de Bari (siglos XII-XIV).

Este curioso caso tiene sus antecedentes en 1858, con motivo de la visita de Isabel II a Avilés (con aquel su histórico descenso a la mina de Arnao) cuando se da el nombre de «Jardines del Príncipe Alfonso» –su hijo, que reinaría con el nombre de Alfonso XII– a la pequeña rinco­nada existente delante de los Caños de San Francisco. En 1867 se regulariza el terreno de la Campa de la Iglesia, delimitan­do con muro lo que quedaba ane­xo a ella, haciendo retroceder unos metros a la fuente de los caños de San Francisco para encastrarla en dicho muro… todo ello para salvar el desmonte del terreno (que quedó, más o menos, tal y como lo vemos ahora) y urbanizar el espacio así como la calle de «La Canal», que es como se llamaba la descendente de Galiana, a su paso por delante del templo, y a la que en 1903 se le dio el nombre de «General Lucuce», cambiado en 1938 por el de «José Anto­nio Primo de Rivera», y a partir del 18 de julio de 1979 denominada como «San Francisco».

En la década de los años cuarenta del pasado siglo XX, se plantaron cuatro tilos en la Campa de los que sobreviven dos, que alcanzan una altura cercana a los 20 metros.

Años más tarde, en 1995, con la siderúrgica ENSIDESA feneciendo, sus diezmadas instalaciones cambiando de nombre, miles de empleo viniéndose al carajo y hasta los mismísimos economatos (santo y seña) esfumados, cosa ocurrida el 3 de noviembre, infortunado día en el que miles de avilesinos nos enteramos lo que valía un peine en un supermercado normal.

Y digo que fue en ese año cuando Avilés comenzó a dar brillo y esplendor a su faz urbana. Un plan del arquitecto Mariano Bayón, el mismo que había rehabilitado el Palacio Valdés. Y si el teatro mereció plácemes generalmente unánimes de la ciudadanía, la remodelación mereció pésames rotundos, tanto que algunos elementos tuvieron que ser retirados como unas farolas (especie de cajas de zapatos con bombilla dentro) en la calle Galiana, diseño (creo) del arquitecto.

También hubo planes y planos de Bayón que fueron archivados (siendo alcalde Agustín González), como un enorme mástil en la plaza Álvarez Acebal, la cubrición de toda la calle de La Fruta con una cubierta de cristal, o el ‘pifostio’, acceso al parking, que quería plantar ante el palacio Ferrera y que el Alcalde (entonces Santiago Rodríguez Vega) denegó ordenándole un modelo menos agresivo.

El bosque de San Francisco, con la iglesia al fondo

No obstante ahí quedó la urbanización de la plaza Álvarez Acebal y la calle de San Francisco, donde aparte del agobiante granito sobresalen unas especies de sarcófagos (con razón decía yo lo de los pésames), que intentan ser bancos. Todo ello provocó, en el personal, estupor cuando no cabreo.

Y ya puestos, el urbanista y arquitecto Bayón plantó –ante la fuente de los Caños de San Francisco– 16 plátanos (especie arbórea, oiga por favor) unidos en forma de pérgola vegetal.

Para ejecutar esta obra, se vendimió la alfombra verde que estaba delante de los caños, citada antes (la del Príncipe), un jardín de media altura –popularmente llamado ‘el jardín de los Caños’ y también ‘El Jardinín’– que completaba el conjunto vegetal-arquitectónico, junto con los tilos de la Campa, de un modo armonioso, embe­lleciendo sin ocultarlos, la fuente de los Caños y el rincón que los mismos forman con el Palacio de Ferrera.

Hoy, los nuevos árboles, más los dos enormes –y benditos– tilos de la Campa conforman todo un bosque en pleno casco histórico. Todo un oasis en pleno desierto granítico.

La frondosidad del bosque de San Francisco...

Pero, ocurre que la fuente –todo un símbolo icónico del casco histórico avilesino– no está singularizada visualmente, al taparla los árboles [digamos que] de Bayón, lo que por otro lado tiene su natural lógica ya que todo bosque tiene fuentes… Aunque cogiendo el rábano por las hojas, también podemos argumentar que los árboles plantados impiden ver el bosque, artístico en este caso, de los maravillosos caños de San Francisco (siglo XVII).

Total, que el arquitecto nos ha dejado con la duda, a mí al menos, de que o se ve la fuente (para lo que hay que quitar los plátanos y reponer los jardines) o que todo siga igual, que dice Julio Iglesias por ejemplo. Yo no se ustedes…

Y además es un bosque sin nombre. ¿Dónde se vio cosa igual? Y encima en el cogollo de uno de los cascos históricos más destacados del norte de España… Razón por la cual, éste menda –y dado que la autoridad correspondiente no lo hace– ha decidido bautizarlo como ‘Bosque de San Francisco de Avilés’.

Digo yo.

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Estación la de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 25-05-2014 | 11:11| 0

En Avilés conviene saber que hay estación y Estación. Y que una es consecuencia de la otra.

Primero fue la estación –de ferrocarril– cuya inauguración, en Sabugo a finales del siglo XIX, originó que una calle del entonces barrio de pescadores, conocida durante siglos como la cai D’alante cambiara su nombre por el de calle de La Estación por la elemental razón de ser la vía que la unía en línea recta con la villa.

Avilés,1890. La estación a orillas de la Ría.

El edificio fue levantado en terrenos del Campo de Bogaz (o de Bogad), zona de muelle pesquero y de astilleros, que durante siglos fueron conocidos –por ser de madera los barcos que construían– como ‘carpinteros de ribera’.

La estación del ferrocarril nació entre palos (porque llegaron a las manos), y encendidas polémicas, entre los partidarios de construirla en la zona conocida como La Industria (donde hoy confluyen Llano Ponte y Avda. de Cervantes) o en la actual, que llamaban también Cantos. Detrás de ambas ubicaciones estaban los consabidos intereses y, por supuesto, los interesados: el marqués de Ferrera liderando a los ‘industriales’ y el de Teverga a los ‘cantistas’, opción triunfadora.

Puestos los marqueses, con perdón, en una balanza, pesa más el de Teverga que se curró lo del ferrocarril e importantes obras de la Ría, que el rancio de Ferrera viviendo de las rentas de sus múltiples propiedades inmobiliarias en Avilés. Y si al primero, por ser naviero, la estación le venía mejor a orillas de la Ría, el segundo no dio ni un palo al agua, en ningún sentido.

A tal guiso de marqueses hay que añadir, de postre, un conde. Porque resulta que la línea de ferrocarril que llegó a Avilés, enlazada en Villabona, fue construida por una compañía de contrata propiedad de un ingeniero que, además de italiano, encima era conde: de Sizzo-Noris. De estas cosas no se enteró Rafael Azcona, porque nos hubiese sacado en el cine, ayudado por Berlanga.

'El bosque encantado' de Carlos Suárez. Veinte paneles de 3,5x5 metros.

El tren llegó el 6 de julio de 1890 y fue inaugurada la estación, con pompa, boato y banquete servido en el teatro-circo Somines por el ‘Lhardy’ de Madrid. Desde entonces el elegante edificio forma parte del paisaje urbano de Avilés. José María Flores en su libro ‘Arquitectura ferroviaria en Asturias’ escribe que «el ejemplo más interesante de eclecticismo finisecular aplicado a construcciones ferroviarias se encuentre en la es­tación de Avilés (… ) realizada en arenisca dorada, recoge todo un repertorio de formas de la más pura tradición francesa». No es Waterloo de Paris, ni Atocha de Madrid, pero tiene clase.

Aparte de su singularidad arquitectónica, la estación de Avilés reúne otra más, difícil de encontrar en España: una excepcional cantina, que llegó a ser uno de los mejores restaurantes de Asturias, cosa chocante para la idea pringosa que se suele asociar al término cantina. Y es que en el último tercio del siglo pasado, cuando –y mira que se come bien en Avilés – un forastero preguntaba por un buen sitio para comer muchos le señalaban dos que en cualquier sitio son inusuales en la cosa del buen yantar: una cantina (la de la RENFE) y un hotel (con su comedor ‘La Serrana’). Y ahí sigue la cantina, hoy navegando en vermuts, con Arsenio Fernández (‘Tito’) en el puente de mando, que ‘La Serrana’ está varada.

De dcha. a izda: Cantina, Estación de Renfe y estación de autobuses. Queda fuera de plano la de FEVE.

La estación avilesina resultó ser un edificio integrador y como había espacio, dinero y ganas, siendo alcalde Santiago Rodríguez Vega, terminó añadiéndosele –en 1996– una estación de autobuses y otra más de ferrocarril, éste de vía estrecha (FEVE). Tres en total, lo que se dice estación intermodal.

La de autobuses, de discutida funcionalidad –provoca catarros tobilleros a los usuarios que esperan el embarque, al no llegar los paneles laterales de los andenes al suelo, seguramente que por aquello del diseño– tiene sin embargo un valioso añadido artístico en la parte exterior: el mural ‘El bosque encantado’, obra de Carlos Suárez.

Como encantados quedarán, en Avilés, los que saben aquello de que «en avión se llega pero en tren se viaja» ya que aquí tienen dos tipos de FF CC en la misma estación y, por si acaso, también autobús.

Estación la de Avilés. Denominación de origen: Tres en una. Cosecha de 1890.

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José María Malgor, el juez que escribía con un talentoso sentido del humor
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Alberto del Río Legazpi | 18-05-2014 | 11:11| 0

Lo poco publicado hasta ahora sobre José María Malgor, intento ampliarlo –el personaje lo merece– gracias a lo que sobre él me tienen contado los recordados Paco Iglesias y Justo Ureña. Así como mi padre, que también fue amigo suyo.

Menda, de niño, guarda muy buen recuerdo de aquel señor tan simpático, bajo y de bigotín, con el que mi padre hablaba animadamente en la terraza del ‘Busto’, en la plaza Pedro Menéndez.

Malgor, posando, cigarro en mano.

Luego, o sea ahora, indagando me sorprende como tejió Malgor una tan considerable, como desconocida, obra literaria. Algo ha transcendido recientemente, por fortuna, como el libro ‘Observaciones de un extranjero’, que es una recopilación de artículos –con una sorna mayúscula– publicados en LA VOZ DE AVILÉS, entre 1929 y 1934, con el pseudónimo de Jack, y cuya edición financió la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento en 2005. El libro es una gozada ‘a la avilesina’.

José María Malgor López, nació en el barrio avilesino de Villalegre, el 19 de diciembre de 1905. Estudió el Bachillerato en el Colegio de la Merced –aunque entonces al no existir en Avilés, todavía, Instituto había que ir a examinarse al  Jovellanos de Gijón– terminándolo en 1920, antes de la edad requerida para ingresar en la Universidad, por lo que aprovechó para sacar el título de perito mercantil en la Escuela de Comercio de Gijón. Más tarde cursa Derecho en la Universidad de Oviedo, licenciándose en 1926, con la particularidad de haber despachado los dos últimos cursos en uno.

Un tipo muy aprovechado como estudiante, que al acabar la carrera coge el montante se marcha a San Sebastián donde trabaja dos años en el bufete de un amigo de su padre. Pero hay morriña y se vuelve a Avilés en 1928, donde –y esto puede que explique la añoranza– matrimonia con Pía Olamendi y ya no se moverá de la Villa del Adelantado.

En la ‘Guía-Manual’ editada, en 1952, por el cuerpo de la Policía Urbana del Ayuntamiento de Avilés –y en el capítulo de abogados, que entonces no pasaban de veinte– figura José María Malgor con domicilio en la calle Marques de Teverga (hoy La Muralla) nº 13, 2º, siendo el 319 (repito: trescientos diecinueve) su número de teléfono.

Allí tenía montado también su bufete y una oficina de seguros, negocio que abandonó cuando aprobó las oposiciones de juez municipal de Avilés y que más tarde ampliaría al ámbito comarcal avilesino.

Ejerció como juez, en el segundo piso del número 2 de la calle de La Cámara, un destartalado edificio hoy desaparecido. Justo Ureña lo describió, justamente ‘a lo Malgor’: «Tristes mamparas de cristal cuajado dejaban traslucir los montones de legajos que por la parte interior se apoyaban en ellos, mesas, sillas y armarios, un tanto desvencijados en las oficinas de “lo civil” y “lo penal”; al fondo de la galería, a la izquierda había un lugar “excusado” de diminuta taza, sin tapa, impregnado de aromáticos efluvios, en un clavo unos recortes de papeles de periódicos destinados al prosaico menester, (…) el suelo de carcomida madera estaba impregnado de orines, de tal manera que si no se afinaba la puntería al momento se escuchaban las imprecaciones del señor notario [en el primer piso] porque le estaban regando los protocolos».

Pero lo trascendental de Malgor tiene lugar en el ámbito literario: autoría teatral y escritura creativa, sobre todo en la prensa, con una característica común e impagable: el humor, la socarronería. Por tanto si digo ‘coña asturiana’, lo sitúo perfectamente.

Por ejemplo, ahí está su ‘propuesta’ (hecha en la revista ‘El Bollo’ de 1964) de que se suprimiera en Avilés la festividad religiosa del miércoles de ceniza, porque –a la vista de la, entonces brutal, contaminación de ENSIDESA– todos los días del año había ceniza, por lo que sobraba tal miércoles religioso.

De izquierda a derecha: Feliciano Álvarez, J.Mª. Tristán, J.Mª Malgor y Martín del Río. 22 diciembre 1953, fiesta Santa Cecilia, patrona de la música.

Escribió en todos los periódicos de Asturias («El Noroeste», «La Prensa», «El Carbayón», «Región» y «La Voz de Asturias») pero fue en LA VOZ DE AVILÉS, donde colaboró con más asiduidad.

Algunas de sus obras están escritas en bable, del que fue entusiasta defensor. Y triunfó en el mundo del teatro, sobre todo, con ‘¿Demasiado tarde?’, comedia estrenada por la compañía Vicente Soler y representada en muchos teatros españoles. En ficha aparte relacionamos su obra teatral, en la que también destaca ‘Xilimbra’, encarnación del aldeano asturiano chisposo y socarrón.

Malgor fue persona muy participativa en el mundo cultural avilesino –aparte de miembro del IDEA (Instituto de Estudios Asturianos)– donde desempeñó cargos como secretario de la ‘Sociedad de Amigos del Arte’, presidente del ‘Orfeón de Avilés’ y presidente de la Junta Rectora de la Biblioteca ‘Bances Candamo’.

Pero José María Malgor fue sobre todo un escritor con un gran sentido del humor. Bendición literaria que, a mí, me priva.

(Más abajo, en ‘Comentarios’ se publica resumen de la obra literaria de J. Mª Malgor)

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La histórica ‘H’ urbana del medieval Casco Histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 11-05-2014 | 11:11| 0

Si por la conformación de las calles mas antiguas de la Villa fuera, en Avilés urbanismo había de escribirse con H, porque tal letra es el dibujo que forma el trazado de las tres rúas más antiguas de la ciudadela medieval, aquella que estuvo defendida por una muralla de unos 800 metros y ocupaba una superficie de cerca de 50.000 metros cuadrados, o sea casi la mitad del parque Ferrera.

Calle La Ferrería

Pero el diccionario dice que hurbanismo no lleva hache, y que istoria sí lo hace. E histórico es que La Ferrería y La Fruta –paralelas entre sí– estaban unidas por la Del Sol. Excluyo la de San Bernardo por estar poco poblada y ser mayormente tránsito del Camino Real de Grado a Luanco, que cruzaba la Villa desde la puerta de Cabruñana hasta la del Puente (San Sebastián).

Las calles de la H, siguen hoy igual –espacialmente hablando– que hace siglos.

La Ferrería es la que ha conservado más señales del pasado: palacio de Valdecarzana (siglo XIV), la iglesia históricamente conocida como de San Nicolás (siglo XII) y hoy como ‘De los Padres’ (siglo XII) y del siglo XIV también está la capilla de Los Alas (o de los de Las Alas, como usted quiera) espléndido monumento, encajado entre la iglesia y un espacioso patio de luces y sus correspondientes tendales. Otra cruz

Fue, La Ferrería, calle principal, calle mayor. Iba de puerta a puerta, de muralla entiéndase. De la del Alcázar (en El Parche) a la de La Mar, en la confluencia con la hoy calle de La Muralla, donde estuvo situado el puerto avilesino hasta el siglo XIX.

Era y es –hechizo que conserva– estrecha, con tramos de soportales cambiantes y un sabor a pasado que tira ‘p’atrás’, como siete siglos por lo menos. Y son, tanto cuando luce como cuando se apaga el sol, un túnel del tiempo.

Tuvo muchos nombres, aunque el actual de La Ferrería (recobrado en 1979) es el mas cabal y acorde con el metal fierro (hierro), porque las primeras oficinas de aquella gran siderúrgica ENSIDESA, que nos vino en los años cincuenta, se abrieron  en el número 29 de esta calle.

Calle La Fruta, en el siglo XIX

Que tan antigua es, que atrapa modernidad cosa fina. Por lo que estaba de madre, que fuese la única (antes muerta que sencilla), de las tres, que se comunica visualmente con el complejo arquitectónico de Oscar Niemeyer.

La calle de La Fruta, sin embargo, rompió con su pasado de soportales para convertirse en calle residencial de hermosa arquitectura, cuando Avilés pegó el estirón en aquel cambio de siglos (XIX al XX).

Antes de eso, sin perder nunca la línea recta tuvo dos tramos: Uno, la calle Cimadevilla que iba de su puerta de la muralla, llamada del Reloj, hasta la intersección con la calle Del Sol. Y otro, desde este cruce hasta cerca de su actual final, y que era conocido como calle Oscura, nombre que lo dice todo, apagada y tan estrecha que podían abarcarse las columnas de ambos lados extendiendo los brazos. Menuda cruz.

Calle de espléndidos edificios, La Fruta tiene singularidades como la de empezar y terminar con fuentes en su margen derecha: la de Doña Rolindes (adosada al ayuntamiento) un mecano arquitectónico de distintas épocas, y la del Centenario del Bollo (en la plaza de Camposagrado), obra de Ramón Rodríguez.

Calle del Sol

También está la cuestión palaciega. Porque situándose uno al principio o al final de La Fruta siempre tendrá en el horizonte un espléndido palacio del siglo XVII: el Ferrera (hoy hotel de cinco estrellas) o el Camposagrado (actual sede de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias). También es calle ejemplar para ilustrar sobre el llamado ‘barroco boticario avilesino’.

Luego está la calle Del Sol, de recorrido corto en metros pero de tan largo, y bien conservado, tiro histórico, que da gusto verla.

Además, ahora, el palacio de Valdecarzana, rehabilitado y recuperado a finales del siglo XX, le da mucha vida. Tanta que hasta le ha nacido, a finales del siglo XX, una plaza anexa: la de Alfonso VI, monarca que concedió el Fuero a Avilés en el siglo XI, un claro ejemplo de que nunca es tarde si la plaza es buena.

Y lo es porque está pegada al Sol, antigua calle de mercaderías, luego calle de paso y ahora pasada de calle. Ideal para hacer parada y fonda y abrevar bebidas al gusto, en terrazas sin terrazo, sino en suelo tal parece que medieval.

Historia pura, dura y verdadera la de esta trinidad urbana que nos viene de aquella Edad Media avilesina. Hoy sin murallas, pero con wifi gratuito.

Cuando el casco histórico de Avilés sea declarado por la UNESCO ‘Patrimonio de la Humanidad’ estas tres calles habrán tenido mucho que ver en la concesión de tal título.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta