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Autor: Alberto del Río
La leyenda de la calle salada
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Alberto del Río Legazpi | 16-10-2016 | 11:22| 0

          Una de las acepciones, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, del término leyenda es «aquella cosa admirada que se recuerda a pesar del paso del tiempo».

          Le viene al pelo a la calle de Avilés que lleva por nombre Los Alfolíes, palabra de procedencia árabe que remite a almacén de sal, valioso producto entonces –aparte de para el guiso para la conservación de los productos alimenticios– y que fue una de los capitales del Avilés medieval con un Fuero concedido por el Rey y líder en el tráfico portuario del norte peninsular.

Antiguo puente de piedra de San Sebastián. Al fondo calle Los Alfolíes.

          Los almacenes de sal, de los que Avilés tenía el monopolio en Asturias, estaban al costado izquierdo de esta calle, dando a los muelles y al lado de la iglesia, entonces de San Nicolás de Bari, luego de Los Padres y hoy de San Antonio.

          Por entonces las denominaciones de vías y lugares no eran oficiales y variaban según quien escribía los documentos que hoy podemos leer. La calle, que terminaba en una de las cinco puertas de la muralla, tuvo varios nombres al igual que su vecino puente de piedra de San Sebastián. Antes de generalizarse el nombre de Alfolíes fue calle Real (formaba parte del Camino Real que comunicando Grado con Gozón cruzaba Avilés), también calle ‘So la Iglesia’ –por su proximidad al templo– y calle Corugedo, por su cercanía a la fuente de ese nombre. Fueron pasando los siglos y el 4 de mayo 1897 fue denominada oficialmente como Sánchez–Calvo en homenaje al escritor y filósofo que vivió muy cerca de aquí. El 22 de abril de 1993 recuperó el nombre de Los Alfolíes.

          Nace en la plaza de Carlos Lobo y termina en la calle del Muelle. A pesar de ser una de las más cortas de Avilés (91 metros) da lugar al nacimiento de otra, también calle muy antigua y nombrada como Las Alas, que termina en la plaza de España.

          En el siglo XX, la rúa medieval volvió a coger salero al domiciliarse en ella un establecimiento hotelero y sobre todo dos hosteleros muy populares como El Llagarón y La Parra.

          En la ‘Guía General de Asturias. 1904–1905’ vemos que en Avilés había, entre otras muchas cosas,  dos librerías, cuatro periódicos (Diario de Avilés, El Porvenir de Avilés, El Heraldo de Avilés y El Pueblo) y cuatro fondas (La Iberia, Las Cuatro Naciones, La Serrana y La Celesta). Las Cuatro Naciones fue, sucesivamente, fonda, casa de huéspedes, pensión y hotel hasta que, no hace mucho, fue derribado el edificio que ocupaba para levantar una casa de arquitectura no concordante con la de esta zona.

          En 1932 nació de la mano de Ramón Ovies (padre), y como tienda para surtir a los barcos pesqueros, El Llagarón que con el tiempo se convertiría en un referente local y regional como chigre tradicional. Fue regentado en su época dorada por Ramón Ovies (hijo) que lo cerró en 2007 al jubilarse.

          Situado en la acera de la derecha, en los bajos de la barroca y enorme casa de Carlos Lobo, El Llagarón llegó a figurar en las guías de turismo. Fue todo un fenómeno social (ver en LA VOZ DE AVILÉS, de 20 de octubre de 2013 ‘El Llagarón, famosa taberna que quedó varada en el tiempo’) que incluso generó una publicación, gratuita que conste, fundada en 1999 por José Fernández que llevaba por nombre ‘Ecos del Llagarón’ y que estuvo cocinada periodísticamente por Venancio Ovies, Antonio María García Rodríguez del Valle, José Francisco Álvarez–Buylla y Pepe Galiana, entre otros. Los Ecos cesaron cuando quedó silenciado por cierre del negocio este referente hostelero, una rareza muy celebrada por el público en general. Chigre de tomo y lomo. Y cecina como tapa.

De izquierda a derecha: Gerardo Flórez, Antonio María García, Ramón Ovies, José María León, Marcelo y Ángel Préstamo.

          Poco antes de la llegada de Ensidesa, suceso histórico ocurrido en 1950, Jesús Díaz y Josefa Suárez pusieron en marcha –en la acera izquierda de la calle– la sidrería y restaurante La Parra que alcanzó enseguida gran popularidad. En Avilés mucha gente sigue recordando a Mary ‘La de La Parra’ mujer de marcada personalidad, hija de Jesús y Josefa, cocinera en jefe y referente del establecimiento.

          Este local, que duró sesenta años, y que conservó la tradición de cocinar ‘merluza a la avilesina’ guardaba también la singularidad, poco conocida de tener, en su almacén y entre cajas de sidra, visibles restos de la muralla que rodeó Avilés durante siglos.

          Hoy no queda hotelería, ni hostelería, ni sal, ni la madre que la fundó. Pero no quedó sosa, la calle.

Plantilla de La Parra. Mary Díaz, segunda por la izquierda.

          Porque no hay otra en Avilés que ejerza un tan poderoso y fantástico enlace visual entre la más antigua arquitectura medieval de la ciudad –representada por el templo de San Antonio y la calle de La Ferrería– y la vanguardista del siglo XXI encarnada, sus curvas me llevan a ese término, en un centro cultural diseñado por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer e instalado –con muchos humos siderúrgicos de fondo– en la otra margen del estuario por decisión del Principado de Asturias, siendo presidente Vicente Álvarez Areces.

          Los Alfolíes, que antes almacenaban sal, atesoran ahora la unión a ojos vista, de las dos épocas históricas más extremas de Avilés que van del siglo XII al XXI.

          Desde ese punto de vista no hay calle que dé más, porque no se puede y además es imposible.

          Una leyenda salada.

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Caray con Garay
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Alberto del Río Legazpi | 09-10-2016 | 11:13| 0

(Ramón Garay Álvarez, intérprete y compositor musical hasta hace poco desconocido, nació en Avilés en 1761) 

           El 27 de enero de 1756 es fecha celebrada por los amantes de la música, pues en tal día de tal mes nació el mesías sinfónico Wolfgang Amadeus Mozart. El hecho tuvo lugar en Salzburgo. Austria.

          Seis años más tarde, o sea en 1761, y en igual día y mes, nació en Sabugo (Avilés. España) Ramón Fernando de Garay Álvarez. Y el mismo día fue llevado por su familia a la iglesia [vieja] de Sabugo, en la plaza del Carbayo, donde fue bautizado.

          Mozart está considerado por muchos como el no va más del pentagrama educado de la cultura cristiana. En tal ámbito musical al asturiano–andaluz Garay lo empiezan a considerar hoy (no olvidemos que lo descubrieron como compositor el otro día) como el padre del sinfonismo español.

          No intento establecer paralelismos aunque pueda parecerlo. Otra cosa es que escudriñes con ganas y te encuentres casualidades.

          Por aquel entonces Avilés iba de cataclismo en cataclismo habiendo pasado por la hecatombe del tsunami sufrido el 1 de noviembre de 1755, aquel espanto sísmico europeo que unió en línea quebrada a Lisboa con Estambul y que al cruzar la villa asturiana (LA VOZ DE AVILÉS de 1 de noviembre de 2015) originó un maremoto o tsunami.

          Los siniestros no cesaban, pues no se había cumplido ni un mes de la llegada al mundo de Ramón Garay cuando Avilés sufrió otro terremoto. Aquel tiempo de desastres por todas las esquinas precisaban de armonía y a eso debieron venir al mundo –justo en aquel momento– gentes como Mozart o Garay.

          El primero es, según una amiga mía ‘casi tan famoso como los Rolling Stones’ y el segundo está empezando a sacar cabeza después de dos siglos y medio de haber nacido en Avilés y compuesto música ,por un tubo, en Jaén.

          Ramón era hijo del matrimonio formado por Ramón Garay del Río y María Álvarez. Su padre era músico y no uno cualquiera, pues con el tiempo llegaría a ser organista de la Colegiata de Covadonga. Y como lo que se hereda no se compra, su hijo se educó en humanidades y también como ‘niño cantor’ en el convento de La Merced (hoy desaparecido y en gran parte del solar que ocupó se alza hoy la actual iglesia nueva de Sabugo).

          Su formación en el conventos le valió para ingresar a los 18 años en la catedral de Oviedo como salmista «con cuatro reales de salario» y comenzar su aprendizaje como organista, carrera que terminaría en Madrid. Al poco ganaría, en oposiciones en 1787, la plaza de Maestro de Capilla de la Catedral de Jaén.

           Y allí se quedaría para los restos desarrollando una labor musical gigantesca compuesta por más de 300 obras, que se conservan archivadas en la ciudad andaluza, y entre las que se incluyen una ópera y, sobre todo, diez sinfonías que ha grabado (tres CD) en 2011 la Orquesta Sinfónica de Córdoba bajo la dirección de José Luis Temes. No hay que olvidar que para llegar aquí fueron fundamentales estudios como los llevados a cabo por Pedro Jiménez Cavallé, catedrático de Música de la Universidad de Jaén.

            En cuanto a Avilés, que yo sepa, el primer artículo sobre la importancia real del hasta entonces apolillado Ramón Garay lo publicó ‘Papeles Cine’ periódico de la Casa Municipal de Cultura de Avilés, en enero de 1982, y estaba firmado por el archivero de la Catedral de Oviedo, Raúl Arias del Valle, que lo había escrito a petición de José María [Chema] Martínez responsable del Área de Música de dicho centro cultural avilesino y director, también, del conservatorio local. Más tarde, en mayo de 2005, también Justo Ureña publicó en este periódico cuatro artículos, basados en las citadas investigaciones de Arias del Valle.

          Veinte años más tarde, lo que son las cosas, Chema Martínez dirigiría a la Orquesta Julián Orbón de Avilés en la interpretación, por primera vez en Asturias, de cinco de las sinfonías del resucitado Ramón Garay. Y lo hizo –dato que queda para la historia– en la iglesia nueva de Sabugo, barrio donde nació y fue bautizado Ramón Garay (en la iglesia vieja) y donde hoy Chema Martínez es organista, en la iglesia nueva. La casualidad es la décima musa, decía Jardiel.

          A pesar de su frágil salud, el organista Garay, hizo desde su estancia andaluza algunos desplazamientos a tierras asturianas, lo que entonces era toda una aventura pues la ruta entre Jaén y Asturias suponía una semana de viaje, sin GPS y por caminos tortuosos, empedrados unos y polvorientos otros, teniendo que salvar además los puertos de Despeñaperros, Los Leones de Castilla y Pajares. Se sabe de algunos de esos desplazamientos, por ejemplo uno que hizo a Covadonga, donde se habían trasladado a vivir sus padres. Y otro a Avilés, para reponerse de una enfermedad, que desconozco; corría el año 1814 y el músico pudo comprobar que se habían derribado gran parte de las murallas medievales destrozando el paisaje urbano de la villa. Villa que desde mayo de 1985 (la publicación en ‘Papeles Cine’ fue en 1982) le concedió su nombre a una calle en la zona conocida como El Reblinco, entre las avenidas de Lugo y Conde de Guadalhorce

          Pero su vida estuvo en Jaén y a esta ciudad andaluza su nombre y obra siguen ligados. No es solo que el Conservatorio de Música de Jaén lleva el nombre de Ramón Garay; hay más cosas y de un modo constante; por ejemplo hace poco el libro que han escrito Clara Melisa y Rafael Sánchez titulado ‘Un músico como una catedral: Ramón Garay’.

          Llama la atención la monumental labor creadora de este organista y compositor musical que últimamente está siendo sacado, con fórceps, del baúl de los recuerdos. Por lo que no me queda más remedio que repetir algo que escribí hace años y que sonaba tal que: ¡Caray, caray! Con don Ramón de Garay.

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Alejandro Casona y Palacio Valdés aprendieron a leer en Avilés.
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Alberto del Río Legazpi | 02-10-2016 | 11:14| 0

          Es cosa poco sabida que dos grandes escritores españoles fueron a la escuela –por primera vez– en Avilés donde aprendieron a leer y también a escribir. Hoy figuran en lugar destacado de la Historia de la Literatura nacional.

          Me refiero a Alejandro Rodríguez Álvarez, que con el tiempo se haría famoso con el pseudónimo de Alejandro Casona, que fue Premio Nacional de Literatura y Premio Lope de Vega. Y a Armando Palacio Valdés, uno de los escritores españoles más leídos y con más obras traducidas a otros idiomas. Fue candidato al Premio Nobel de Literatura.

          La trayectoria vital de este último comienza en 1853 cuando nace en Entrialgo (Pola de Laviana) y sigue en Avilés donde estuvo desde los seis meses de edad hasta los doce años en que se trasladó a Oviedo. La vida también le llevó a residir fundamentalmente en Madrid, donde falleció en 1938.

          Alejandro Casona, hijo de maestros, nació en Besullo (Cangas del Narcea). Parte de la niñez la pasó en Avilés, en la singular parroquia de Miranda. También residió por media España terminando en Madrid. El final de la Guerra Civil lo mandó al exilio y después de un éxodo por medio continente americano terminó en Buenos Aires donde siguió impartiendo magia literaria este escritor ‘misterioso a la asturiana manera’ como escribió Max Aub. En 1962 regresó a Madrid  donde  fallecería en 1965.

          De la estancia de Casona en Avilés, entre 1910 y 1916, las noticias que tenemos están ligadas a su madre Faustina Álvarez (colaboradora de LA VOZ DE AVILÉS donde firmaba sus artículos como La Maestra de Miranda), persona de una talla social extraordinaria que fue la primera mujer que alcanzó el título de Inspectora de Enseñanza. De condición humilde luchó por extender la cultura, convencida de que la educación es el arma para cambiar la sociedad. Al respecto es muy recomendable leer el libro, de José Manuel Feito, ‘Faustina Álvarez García’.

          A la sombra de esta gran mujer aprendió Alejandro a leer en la escuela de Miranda. Una placa, limpia y clara, colocada en la fachada del viejo edificio escolar lo recuerda.

Caso nº 8 de la calle Rivero.

          Palacio Valdés también tiene una placa en la casa número 8 de la calle Rivero, donde vivió de niño. En ella se lee, muy dificultosamente, que «En esta casa transcurrieron los años de niñez y de primera juventud del glorioso novelista don Armando Palacio Valdés». 

          Sobre su educación, Palacio Valdés, se extiende en su obra ‘La novela de un novelista’. Uno de los personajes protagonistas de sus recuerdos de niñez es precisamente su educador Juan de la Cruz Alonso. Maestro de escuela de la facción ‘La Letra Con Sangre Entra’ por lo que se deduce de determinadas alusiones del novelista, que tira de su sentido del humor, creo yo, cuando escribe: «…recibí los zurriagazos de aquel famoso maestro don Juan de la Cruz, de venerable memoria».

          Incluso le dedica un capítulo titulado ‘La vara de Falaris’ donde describe a un Juan de la Cruz que «Nos tajaba las plumas, que eran de ave, en aquella época, nos echaba tinta en los tinteros, nos corregía las planas con la mayor modestia y compostura y cuando llegaba el caso, que llegaba con harta frecuencia, con la misma modestia y compostura empuñaba su vara y nos sacudía de lo lindo. Era un hombre tan modesto que cuando nos zurraba la piel, parecía que nos estaba haciendo reverencias».

Placa en antigua escuela de Miranda.

          En el jardín de la plazuela de San Francisco (actual de Álvarez Acebal) fué inaugurado en 1907 un monumento a Juan de la Cruz, obra del escultor Manuel Garci-Fernández (autor también del de Pedro Menéndez en el parque del Muelle). El homenaje a este maestro fue una iniciativa de Julián Orbón (personaje que fue perejil en todas las salsas de aquel tiempo) costeada por antiguos alumnos. En 1923 fue sustituida por la del pedagogo Álvarez Acebal y la del controvertido maestro se instaló a pocos metros, en un edificio escolar, cercano al de Artes y Oficios, y que sería derribado más tarde para construir en el solar la nueva Casa Municipal de Cultura. El monumento a Juan de la Cruz terminó en los almacenes municipales.

           Palacio Valdés está muy homenajeado en Avilés donde un teatro lleva su nombre, al igual que una calle y un colegio público. Y también la citada placa de la calle Rivero, de difícil (para algunos imposible) lectura. ¿Metáfora municipal? No sé. Pero con seguridad total una vergüenza el no poder leer datos sobre un autor clásico de renombre universal que aprendió a leer precisamente aquí, en esta ciudad donde sus restos reposan (según sus deseos) en el cementerio de La Carriona, por cierto que monumental.

          Alejandro Casona tiene escrito que «En Miranda, junto a aquellos carbayos, asomándose al humilde caserío de La Carriona… En aquella escuela, fundada desde la lejana Patagonia por José Menéndez, aprendí yo a leer».

          Qué cosas estas, las de La Carriona y las de los escritores Alejandro Casona y Armando Palacio Valdés, cuando de rapacinos vivieron en Avilés… Donde los enseñaron a leer.

          Y a escribir.

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El regalo de Eladio Muñiz
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Alberto del Río Legazpi | 25-09-2016 | 11:18| 0

          El solar que había comprado Eladio Muñiz García estaba prácticamente en las afueras de Avilés, al final –eran los inicios del siglo XX– de la nueva calle de La Cámara que venía creciendo desde la plaza de España hacia el barrio de Sabugo.

          El 27 de diciembre de 1900 el ‘El Diario de Avilés’ informaba que «Hace días se encuentra en Avilés el acaudalado capitalista D. Eladio Muñiz que se propone dar co­mienzo a la mayor brevedad a un magnífico edificio, con fachadas a las calles de La Cámara y Cuba for­mando entre ambas una gran rotonda. Este edificio por su esbeltez hermoseará notablemente dichas ca­lles. Los planos son del distinguido arquitecto municipal de Oviedo, Sr. La Guardia».

           Eladio Muñiz que había hecho fortuna en Cuba y parcialmente en Chile, había viajado desde Madrid en el tren correo que salía de la capital española a las 7.00 y llegaba a Avilés (teóricamente) a las 12.44 del día siguiente.

          El cántabro Juan Miguel de la Guardia, como dije, fue quien diseñó la mansión de Eladio Muñiz y no Federico Ureña como por error se cita en algunas publicaciones. De la Guardia era entonces arquitecto municipal de Oviedo, ciudad que guarda excelentes edificios por él proyectados. Este de Avilés no les va a la zaga.

          Se trata de una casa de 1.374 metros cuadrados que consta de bajo, dos plantas y un ático coronado por una cúpula que soporta una llamativa linterna acristalada, fantástico mirador de madera y zinc, para aquel tiempo en el que al no haber edificios de alturas se dominaba gran parte de Avilés y sobre todo el puerto, asunto no baladí para un industrial como Eladio Muñiz.

          La elegancia de la fachada se corresponde en el interior con materiales nobles, maderas coloniales portuguesas, vidrieras de Maumejean… La casa quedó lista –y en su inicio la servidumbre constaba de nueve personas entre cocineras, doncellas y ama de llaves– en octubre de 1903, y un mes antes se había inaugurado la iglesia nueva de Sabugo. Quédese el lector con esta coincidencia de fechas.

          Esta mansión ha conjugado tanto con el verbo regalar que tal parece de cuento.

          El caso es que Eladio Muñiz, aquel indiano que llegó a concejal del partido liberal, cuando la obra está terminada contrae matrimonio y le regala a su esposa la propiedad del edificio. Años más tarde y habiendo pasado parte de la casa por alquileres esporádicos, el comerciante Victoriano Balsera lo compra para regalárselo a su hija Josefina quien a su vez, y al fallecer, lo dona (al fin y al cabo un regalo disfrazado por notario) por testamento a la parroquia de Sabugo. Al igual que el jardín y huerta del solar; un espacio hoy ocupado por una manzana de edificios delimitada por tres calles: Cuba, José Cueto y José Manuel Pedregal. La manda testamentaria incluía crear un colegio, el actual de Santo Tomás, hoy sito en la calle González Abarca después de haber estado domiciliado en el palacete de Eladio Muñiz, lo mismo que estuvo, en tiempos del párroco Mateo Valdueza Pérez, la Casa Rectoral del templo de Sabugo.

          Hoy el edificio acoge en sus plantas primera y segunda actividades sociales y religiosas de la parroquia y en el bajo una entidad bancaria, que siempre están a la caza y captura de esquinas de esplendor. 

          Pero es la anécdota, digamos que romántica, la que le queda al personal. Eso de que la mansión construida por Eladio Muñiz García fuese el regalo de bodas que le hizo a su esposa Carmen Rodríguez Villamil… Recuerdo al filósofo Gustavo Bueno, cuando en una ocasión se lo comenté ante el edificio, mirándome entre incrédulo y divertido.

          Hoy la céntrica esquina que forma la casa de Eladio Muñiz es un regalo arquitectónico de lujo que adorna el paisaje urbano de Avilés.

 

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‘E la nave va’ por una calle de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 18-09-2016 | 11:29| 0

Hay una calle en San Juan de Nieva, paralela a la Ría, que tiene la singularidad de ser la única desde la que se divisa el Océano Atlántico.

          San Juan de Nieva es un pueblo costero asturiano dividido en dos por la mar salada y partido en tres por los ayuntamientos de Castrillón, Gozón y Avilés.

          La geografía y la administración local hacen picadillo a un San Juan que debe su invernal apellido a la mítica península de Nieva.

          En San Juan mueren (y nacen) vías de comunicación, aunque hoy –y para el marinero en tierra que escribe este episodio– sea un ‘finisterre’, un lugar donde acaba la carretera para coches y el camino de hierro para trenes. Aquí comienza la mar y si el peatón quiere seguir ha de continuar como nadador.

          En la parte del pueblo de la margen izquierda  –hoy comido urbanísticamente por la Autoridad Portuaria de Avilés y merendado administrativamente por Castrillón y Avilés– termina una línea ferroviaria actualmente de cercanías y que en tiempos fue de largo recorrido. Hablo del famoso exprés nocturno Madrid–San Juan de Nieva, algunos de cuyos vagones (de la compañía que había puesto en marcha el mítico ‘Orient Express’) traían el glamuroso rótulo de ‘Compañía Internacional de Coches Cama y de los Grandes Expresos Europeos’, que no sé porqué a veces venía en portugués lo que te remitía a una imposible ensalada literaria de aventuras de John le Carré y poemas de Fernando Pessoa.

          En la otra margen de la Ría, la derecha, y en la península de Nieva está lo que queda hoy en pie como zona urbana de San Juan. También está divida administrativamente; hay casas en calles sin bautizar que pertenecen al municipio de Gozón. La única rotulada pertenece al de Avilés y lleva el nombre de Antonio Fdez. Hevia, uno de los propietarios (junto con su hermano Aniceto) del astillero soldado al pueblo. El empresario falleció en 1918, en un accidente ocurrido durante la botadura de un buque y la Corporación avilesina le rindió homenaje, el 26 de junio de 1942, dándole su nombre a esta calle situada a orillas, y en paraelelo, de la bocana de la Ría.

La línea de puntos divide San Juan de Nieva. De la mitad de la foto, y para abajo, es Gozón; de la mitad hacia arriba Avilés.

          También el Ayuntamiento avilesino tiene dentro de su ‘Catálogo de bienes inmuebles del municipio’ localizadas, con categoría de protección parcial, un conjunto de casas populares (nº 12), el astillero (nº 14) y dos casas tradicionales con mirador (números 4 y 6). Estas últimas, al borde del precioso paseo marítimo con ‘muro’ de maroma, son las más llamativas de la localidad y en una de ellas tuvo el famoso ‘Pachico’ tienda y mesón, en su día muy visitado por su excelente caldereta de mariscos, a orillas del giro que hace la Ría y que es conocido como Curva de Pachico, que también  tiene su historia en episodio aparte.

          ‘Pachico’ (Francisco Corostola Alcíbar) junto con ‘Rico El Buzo’ (Ricardo García Fernández) y ‘Pepe La Vara’ (José Fernández García) son tres personajes históricos de la margen derecha de la Ría de Avilés.

          A mí éste San Juan que queda en pie (en Avilés conocido como el ‘San Juan de allá’) siempre me había olido a cine, al Visconti de ‘Muerte en Venecia’. Todo por una foto del hotel ‘La Rosa’, situado al lado de la Peña del Caballo, que daba comida, bebida y alojamiento a gente atrevida que venía desde Avilés –en un vaporcito que hacía la línea– a tomar baños de mar mostrando una pequeña parte de sus carnes (con bañadores más o menos del estilo del hoy noticioso burkini) antes de que comenzase a funcionar el Balneario de Salinas.

          Y el otro día, cuando partía el trasatlántico ‘Europa’ unos niños que se bañaban al lado de la rampa de San Juan saludaron una y otra vez, y no sé porqué en italiano, a los viajeros del crucero al grito de ¡Arrivederci! ¡Arrivederci!… mientras la nave hacía sonar su sirena; la escena me recordó al Fellini de ‘E la nave va’ y sobre todo a la secuencia del trasatlántico de ‘Amarcord’ e hice –desde la calle Antonio Fdez. Hevia, con el barco navegando a mi izquierda y coches circulando a mi derecha– una foto que les muestro de la nave encarando majestuosa el mar mientras caía el sol.

          Y todo eso ocurrió aquí en Avilés, en una calle del San Juan ‘de allá’ donde puedes ver el San Juan ‘de acá’; grúas con pinta de dinosaurios e iglesia vanguardista; faro de Avilés e isla La Deva; Océano Atlántico e la nave va.

          El acabose.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta