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Autor: Alberto del Río
La vuelta a Avilés en 80 minutos
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Alberto del Río Legazpi | 13-11-2016 | 11:32| 0

La expo de Julio Verne plantada en el Niemeyer da pie, dicho sea en todos los sentidos, a recorrer el casco histórico de Avilés en una hora y veinte minutos.

      En ‘La vuelta al mundo en ochenta días’ Julio Verne narra las peripecias del británico Phileas Fogg y de su ayudante Jean Passepartout para ganar una apuesta consistente en dar la vuelta al mundo en ochenta días del año 1872.

      En este otoño de 2016 el espíritu del escritor francés debería teñir Avilés de proyectos fantásticos o de aventuras visionarias.

      Autor de novelas como la citada o del ‘Viaje al centro de la tierra’ la expo de Verne puede ser una excusa para partiendo del centro del casco histórico avilesino dar una vuelta al mismo en ochenta minutos.

Calle de La Ferrería.

      Se puede lograr partiendo de la plaza de España (El Parche), centro del casco histórico avilesino, para trasladarnos ala Edad Media, o sea a La Ferrería calle de viejos soportales y casas gastadas por el tiempo que ha trabajado borrando de alguna de sus fachadas escudos nobiliarios. También es residencia del palacio gótico de Valdecarzana y aledaña a la capilla de igual estilo de la familia de Las Alas, aunque todavía más antigua (siglo XII) es la portada románica de la iglesia de San Antonio, conocida hasta el otro día como la de Los Padres.

      Esta calle desemboca en lo que fue durante siglos puerto de Avilés y hoy es un parque modernista con un semillero de estatuas copias de originales expuestos en el Louvre. Atravesado este jardín se regresa a tiempos medievales en Sabugo, antaño pueblo de pescadores, donde manda su pequeña iglesia del siglo XIII presidiendo una plaza encantadora.

      Tomando una estrecha calle de gastadas columnas dedicada al escritor y dramaturgo Bances Candamo, nacido en ella y muerto en Lezuza, se llega a la antigua zona veneciana de la villa, donde se edificó la plaza del mercado, espacio muy singular con cuatro entradas y perímetro completamente rodeado de galerías sostenidas por columnas de hierro adornadas con rejería; fue construido en 1873, año de publicación de ‘La vuelta al mundo en 80 días’ de Julio Verne.

      Pero de ahí –el tiempo apremia– viajamos, subiendo por la Cuesta La Molinera, hasta 1696 para quedar pasmados ante la fachada sur del palacio de Camposagrado, un monumental retablo barroco. Cuando compatriotas de Julio Verne, entonces al mando de Napoleón Bonaparte, invadieron sangrientamente la ciudad en el siglo XIX, lo convirtieron en su cuartel general.

      Desde aquí volvemos, aunque sea en espíritu, ala Edad Media por la calle de La Fruta, hoy totalmente modernizada y en la que ya no se ven soportales, cosa rara en Avilés. Por esta rúa llegamos a la plaza de España, lo que supone un nuevo regreso al siglo XVII ya que fue entonces cuando en este espacio se levantaron los palacios de Ferrera, el municipal y el de Gª Pumarino (o Llano Ponte). Las mansiones se fueron cosiendo entre si por viviendas con soportales hasta formar una plaza que es hoy uno de los parches más artísticos del mundo.

      De él se sale a la calle San Francisco, un catálogo al natural de edificios modernistas de distintas escuelas arquitectónicas europeas de principios del siglo XX. Pero aquí hay un nuevo retroceso para viajar a tiempos medievales propiciado por la iglesia de San Nicolás de Bari (siglo XIII) antiguo convento franciscano que tiene a sus pies una hermosa fuente del siglo XVII conocida como Los Caños de San Francisco, parcialmente escoñada al haberle sido capados los caños, con permiso municipal eso sí.

Calle Galiana.

      Pero no se distraiga y siga ascendiendo para llegar a la plaza de Álvarez Acebal compuesta mayormente por muestras culturales que van desde un claustro renacentista de finales del siglo XVI a un palacio modernista –hoy sede del conservatorio local de música– pasando por la Casa Municipal de Cultura (siglo XX) más importante de Asturias y una Escuela de Artes y Oficios del siglo XIX.

      Sin pausa hay que volver a descender al siglo XVII justo en el momento en el que ascendemos por Galiana, calle construida por entonces y dotada de una increíble zona soportalada de 220 metros, una ‘cordonata coperta’ que dejó hechizado al ingeniero italiano Luigi Salandra en el siglo XVIII cuando visitó la villa, al igual que poco antes había hecho el médico inglés Joseph Townsend (ver LA VOZ DE AVILÉS de 7 de junio de 2015).

      Calle serpenteante con piso con dos firmes inundado de barriles vacíos, chocante con sitio tan pródigo en locales expendedores de líquidos espirituosos. Las centenarias columnas de sus soportales tamizando la luz en días de sol sesgado es un triunfal y prodigioso espectáculo que demuestra que ‘la poesía viene de un lugar que nadie controla y nadie conquista’ como nos dijo, hace cinco años en Oviedo, Leonard Cohen. 

      Por Galiana ingresas en un gran bosque colonizado por un jardín inglés y también por otro francés que lo han transfigurado en el llamado parque Ferrera, bendición vegetal de uso público en pleno centro de la ciudad industrial.

      Atravesándolo llegas a Rivero calle del siglo XVII también porticada –el soportal es la filosofía arquitectónica del casco histórico de Avilés– muy transitada y con un rincón de carboncillo, acuarela y óleo, donde se mezclan árboles, galerías, porches, fuente y capilla. Recorriendo Rivero hacia su inicio llegas a la mansión de Gª Pumarino, antes citada, aledaños de la plaza de España. Es un elegante edificio hasta hace poco disfrazado de cine donde se proyectaron películas como ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’ o ‘La vuelta al mundo en 80 días’.

      Se han cumplido 80 minutos de caminata dando la vuelta al casco antiguo de Avilés después de subir y bajar por los siglos de su historia. A unos metros del antiguo cine desciende una calle que lleva –se divisa al fondo– al Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer donde estos días se puede conocer, con detenimiento, la obra de monsieur Jules Gabriel Verne.

      Y sanseacabó. 

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El de Teverga, aquel marqués del progreso de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 06-11-2016 | 12:32| 0

         En 1856 por primera vez después de mucho tiempo, el marqués de Ferrera dejó de ser el tipo más rico de Avilés. Aquel año, las cifras cantaron que el industrial naval José García San Miguel había sobrepasado al terrateniente local en poderío económico.          

           Pocos años después, la situación rozó lo inaudito cuando el naviero se iguala, en condición social, con el de Ferrera.

          Y todo por no invitar, éste, a su palacio, -como tradicionalmente hacía con los monarcas de apellido Borbón- al entonces rey de España, Amadeo I de Saboya, cuando visitó Avilés el 15 de agosto de 1872. San Miguel anduvo listo y le ofreció su mansión, situada en la esquina de las calles La Cámara con La Muralla. Y así fue, primordialmente, como le cayó un título de marqués a José García San Miguel, de origen campesino y nacido en Quiloño (Castrillón).          

Julián García San Miguel. (Óleo de D. Fierros)

          Los nuevos ricos -incluidos los indianos- le ganaron la partida a la amojamada nobleza tradicional, hasta entonces propietaria del ordeno y mando. Y el poder local cambió de manos.          

          El industrial José San Miguel -también alcalde de Avilés en dos ocasiones- había amasado una considerable fortuna con su flota de barcos. El negocio estaba basado en el transporte, por entonces en lamentables condiciones de riadas de emigrantes con destino a Cuba y México y en aprovechar el regreso con las bodegas llenas de productos americanos. Comercio ultramarino, le decían.

En la esquina de La Cámara con La Muralla, estuvo la casa de los marqueses de Teverga.

            Su hijo Julián, heredó título y negocio en 1885. Más avispado culturalmente que su padre José, el nuevo marqués navega fortuna en popa y a toda vela por la procelosa política estatal terminando anclado -en el Gobierno del liberal Sagasta- como ministro de Gracia y Justicia, en 1902.          

         En su larga carrera política, Julián García San Miguel, estuvo vinculado a empresas y proyectos asturianos, pero sobre todo a la llegada del ferrocarril a Avilés en 1890, ala canalización y dragado dela Ría(donde también jugó un importante papel Estanislao Suárez-Inclán, ver LA VOZ DE AVILÉS del 7 de febrero de 2016) y a la construcción de la dársena de San Juan de Nieva. Gigantescas obras para la ciudad.

          Aunaba teoría y práctica, que dicen que era cosa bendita verlo. Uno de sus libros ‘Avilés: Noticias históricas’ (reeditado por el Ayuntamiento avilesino en 2011) aireó la historia avilesina hasta entonces bajo las siete llaves de la ignorancia, con la excepción de los ‘Anales de Avilés’ de Simón Fernández Perdones. Aunque para ello contó con abundantes datos, cosa que reconoció el marqués, del impagable estudio que por entonces David Arias García había realizado, pero no publicado.          

         Julián García San Miguel fue diputado a Cortes por el distrito de Avilés, desde 1869 hasta 1907, y senador vitalicio hasta su muerte en 1911 en Olmedo (Valladolid) cuando contaba setenta años de edad.    

      El largo monopolio electoral del marqués fue pudriendo la situación en sus filas políticas, apareciendo esas desgracias del caciquismo y corruptelas al por mayor. Aquello fue el acabóse político de San Miguel.  

        En la defunción política, también tuvo que ver la aparición de otros brillantes personajes públicos de apellido Pedregal –un episodio aparte- que le merendaron la empanada liberal.          

          Pero en el cómputo general hay que reconocer el protagonismo de Julián García San Miguel en el progreso de Avilés.          

          Aquel marqués.

(Edición revisada del artículo publicado en el diario ‘La Voz de Avilés’, el 15 de julio  de 2012)

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Calle de La Estación
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Alberto del Río Legazpi | 30-10-2016 | 11:17| 0

          Cuando el 6 de julio de 1890 llegó por primera vez el tren a la ciudad, Avilés quedó bendecido por la modernidad y el callejero municipal tomó nota, aunque con año y medio de retraso.

          El 15 de enero de 1892 a la calle De Adelante (D’Alante), del barrio de Sabugo, el Ayuntamiento avilesino decide cambiarle el nombre por el de La Estación que llega hasta hoy, con un paréntesis de mas cincuenta años (de 1925 a 1979) cuando se lo cambiaron por el de General Zubillaga gobernador de Asturias (nombrado durante la Dictadura del general Primo de Rivera) que ayudó en la modernización del puerto y la canalización del río Tuluergo.

          La nueva estación de ferrocarril enclavada en la entonces avenida de Pravia, hoy Los Telares, tenía enfrente a la calle sabuguera D’Alante, vía ligeramente empinada que la comunicaba con la plaza Nueva (la actual del mercado) entonces camino de ser el centro de la villa de Avilés, cosa que no cumplía la avenida de Pravia ya que entonces toda la zona del actual parque del Muelle, y aledaños, era un campo de batalla de obra civil.

Desde los soportales de la calle de La Estación, a la izquierda la iglesia vieja de Sabugo y a la derecha y al fondo la estación.

          La más practicable, para los viajeros, era dicha calle D’Alante una de las tres históricas del medieval barrio de pescadores, situado en una pequeña colina de Sabugo junto con la d’Atrás (hoy Bances Candamo) y la de Enmedio (hoy Carreño Miranda).

          Vista desde su inicio, en la plaza de Pedro Menéndez, la calle de La Estación comienza en su acera izquierda con una casa de arquitectura sencilla (hoy en lastimosa situación de ruina) pero con un pequeño escudo en su fachada que remite al desaparecido convento de La Merced, que ocupaba gran parte del solar donde hoy se levanta la iglesia de Sabugo nueva. Termina la calle 250 metros más allá en la, actualmente cerrada, fonda El Norte, tan típica en todas las estaciones adonde llegaban los trenes de la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España. Una casa en ruinas y otra con negocio acabado no deben inducirnos a engaño ni llevarnos a pensar que la calle es un desastre, todo lo contrario ya que es rica y alegre como pocas de Avilés.

          Arquitectónicamente destaca un edificio, hoy de acogida a personas sin hogar,  construido en 1923 como sede de los Grandes Almacenes de Ferretería y Quincalla de García Fernández y Cía. Francisco Casariego diseñó su bella fachada art déco y empleó en su construcción hor­migón armado, principalmente, una originalidad por aquellos años.

Zona central de la calle.

          Más adelante, en el centro de la calle, se concentran edificios de notables viviendas sobre todas las del arquitecto Manuel del Busto, autor de singulares edificios en Avilés entre los que destaca el teatro Palacio Valdés. En el ‘Diario de Avilés’ de 6 de julio de 1898 se puede leer que «dentro de breves días comenzarán a fabricarse dos casas de nueva planta en la calle de la Estación las cuales por su esbeltez embellecerán aquella parte de Sabugo… son de gusto poco común… unen elegancia con sencillez causando agradable sorpresa». Se refiere a los números 19 y 21 actuales.

          Es muy destacable el abundante negocio hostelero que brilla particularmente en esta parte central. Hay tanta sidra por metro cuadrado que bien se podría decir que en este antiguo barrio de mareantes de Sabugo los que abundan hoy son los mareados.

Luego está ese plus histórico-artístico que supone el viejo templo de Santo Tomás de Canterbury, el monumento medieval mejor conservado de Avilés, que la calle comparte con la plaza del Carbayo.

          En la acera de la derecha se conservan dos zonas aisladas de soportales, muestra de los que antiguamente tuvo –y en los dos márgenes de la calle– estrechándola tanto que apenas cabía un carro con tracción animal. Luego, entre finales del siglo XIX e inicios del XX sufrió, como gran parte de Avilés, una gran transformación urbana.

          En el entonces número 8, estuvo la famosa fonda La Celesta donde trabajó Serrana Gutiérrez Pumarino que luego fundaría el hotel La Serrana, uno de los más famosos de Asturias en su tiempo.

          Un poco más allá y en el cruce con la calle Carreño Miranda se avista el cercano parque del Muelle. Por el invierno, con los acatarrados árboles desnudos de hoja, se divisan los muelles del puerto para que no olvidemos que estamos en barrio marinero y pescador. También aquí se comparte esquina, visualmente, con una popular estatua de bronce, obra de Favila (siglo XX) basada en un cuadro homónimo del pintor Juan Carreño Miranda (siglo XVII), dedicada a Eugenia Martínez Vallejo ‘La Monstrua’ que tanto excita el artilugio fotográfico de muchos, generalmente turistas.

Tramo inicial de la calle, hace más de 100 años.

          En el número 10 vivió y enseñó uno de los maestros más populares de la historia avilesina de nombre Marcos del Torniello, celebrado también como chispeante poeta en bable. Tanto el edificio que antecede al del rimador como los que le suceden son de llamar la atención por su singular arquitectura, especialmente el número 14.

          También tiene su cosa la casa número 20 por el escudo en su fachada. Perteneció a la familia Llano Ponte, de título en ristre, que consiguió permutarlo por una casa–palacio que hay en un extremo de la plaza de España ya en el inicio de Rivero (fue cine Marta y María) propiedad del indiano García Pumarino. Fallecido en 1706, su heredero (un sobrino suyo que era sacerdote) accedió a la petición de Juan de Llano Ponte, a la sazón obispo de Oviedo. Total que el prelado al Parche, el cura a Sabugo y punto.

          La rúa desemboca en la avenida de Los Telares, anteayer camino de Pravia, ayer camino de la estación, hoy camino de tres estaciones y, desde hace siglos, parte del  Camino de Santiago a su paso por Avilés.

          Un caso de memoria histórica.

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El gigantesco ‘Americanín de Romadorio’
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Alberto del Río Legazpi | 23-10-2016 | 11:11| 0

José Villalaín Fernández (Navia 1878–Salinas 1939) es uno de los más brillantes, y desconocidos, personajes de la historia de Avilés.

          Hay una parroquia en el concejo de Castrillón llamada Pillarno que es casi tan grande, en superficie, como el concejo de Avilés. Pero no la cito aquí por eso.

Autógrafo de José Villalaín Fernández, bajo el pseudónimo 'El Americanín de Romadorio'

          Ni tampoco porque su actual iglesia fuese  construida en los años 40 siguiendo planos del célebre Manuel del Busto (cuyo padre era natural de Pillarno) arquitecto de espectaculares edificios como el banco Herrero de Oviedo o el teatro Palacio Valdés de Avilés.

          Ni tampoco porque en dicha iglesia se conserve exenta una ventana prerrománica (encontrada entre las ruinas de la anterior, destruida en 1936) que remite a un pasado remoto (y no quiero hablar de las Cuevas de Arbedales porque son episodio aparte) que le valió ser expuesta en la gigantesca muestra ‘Orígenes’ celebrada en la catedral de Oviedo en 1993.

          Ni tampoco (que pesadez, por favor) lo cito porque dicha pieza arquitectónica revele la antigüedad histórica de Pillarno al igual que la de algunos de sus vecinos como es el caso de Diego Suárez, quien en 1484 llegó a ser alcalde de Avilés cuando la Edad Media cantaba las diez de últimas.

          Pero, y acabamos, al lado de la iglesia hay una placa (colocada en 2015) donde se puede leer «El pueblo de Pillarno, con cariño y gratitud a Dña. Concepción Díaz Menéndez (1883–1964) ‘Concha la partera’ por su labor solidaria y altruista hacia el prójimo, considerando maravillosa su labor de partera…» dice la parte inicial del texto que homenajea a una persona que sirvió a sus vecinos. No es una excepción.

          A poco más de 1 Km. de allí, en Romadorio, una de las quince poblaciones que forman la parroquia de Pillarno, hay otra placa (colocada en 2002) dedicada al «humanista, médico y escritor que utilizó el seudónimo ‘El Americanín de Romadorio’ en su obra literaria».

Placa colocada en el jardín de Romadorio (Pillarno).

          Aparte de su nombre oficial, José Villalaín Fernández, usó mucho más este pseudónimo que el resto de los que utilizó a lo largo de su vida: ‘Dr. Schauspiel’, ‘H.C.’, ’’Romadorio’ y ‘El Corresponsal de Pillarno’.

          Nació en Navia en 1878, pero siendo niño su familia traslado el domicilio a Castrillón. Su padre era funcionario de Aduanas y ejerciendo la función de aduanero vino a la de Avilés, aunque luego ingresaría, como alto empleado administrativo, en la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnao.

          El niño Villalaín asistió a la escuela de San Martín de Laspra y estudió el bachiller en el colegio avilesino de La Merced donde quedó marcado por la personalidad pedagógica de Domingo Álvarez Acebal, tanto fue así que cuando fue a Santiago de Compostela a cursar Medicina no se cortaba un pelo ante sus nuevos compañeros, y profesores, poniendo por las nubes al maestro avilesino que lo educó. Esta lealtad, conmovedora, a sus paisajes y a sus personajes es una de las virtudes de Villalaín.

          En Galicia solo estuvo un año pues el resto de la carrera la cursó en el histórico Caserón de San Carlos de Madrid donde se licenció en 1900.

          A partir de entonces comienza a ejercer como médico rural en Castrillón, concejo que recorrió mil veces a pie,  dos mil a caballo y tropecientas mil en un Ford que compró en 1929 a Ibañez, único concesionario automovilístico por entonces en Avilés, domiciliado en la calle Ruiz Gómez, popularmente conocida como calle La Cárcel.

          Antes, en 1915, comenzó a compaginar su trabajo de médico rural con el de empresa en el Hospital que la Real Compañía tenía en el poblado de Arnao.

          En 1923 se casó con María Menéndez Galán en la iglesia de San Miguel de Quiloño, localidad natal del marqués de Teverga. El matrimonio tuvo varios hijos, pero tanto su familia como la obra del padre son episodios aparte.

          El Ayuntamiento de Castrillón ha reconocido a José Villalaín Fernández como hijo adoptivo así como dedicado una estatua en Piedras Blancas (obra de Ignacio Bernardo), una calle en Salinas y una placa en la aldea de Reborio.

          Falleció en Salinas en 1939 sin haber tenido la fortuna de que su obra se amplificase como se merece, algo que nos estamos perdiendo todos, los asturianos en primer lugar. Gran parte de ella, que pide a gritos una antología, está dispersa por periódicos y revistas de España y América.

          Respecto al estudio de su trabajo, destaco la publicación, en 2001, de Esther García López titulada ‘Averamientu a la vida y obra de José de Villalaín Fernández’, al igual que un análisis aproximativo a la obra de este hombre genial, publicado por Antonio García Miñor en el Boletín del RIDEA de 1979 y una detallada biografía de Ramón Baragaño en LA VOZ DE AVILÉS del 14 de agosto de 2010.

          Con la ironía por bandera fue escritor, médico, botánico, dibujante, periodista, músico… Era un virtuoso del violín que le enseñó a tocar a su hermano, Martín Marino, quien con el tiempo llegaría a ser primer violinista en la Orquesta Nacional de España.

          En la vida y obra de este hombre todo parece como milagroso, a veces creo ver a un personaje salido de una novela de García Márquez, con Castrillón como fondo en vez de Macondo.

          Lo que voy descubriendo de José Villalaín –amigo de Joaquín Sorolla– y al que llevo tiempo siguiendo su  rastro, tan difuminado, es impresionante. Como persona y como médico, a la par que creador científico un aspecto que le alabó Gregorio Marañón. Luego está su faceta de ensayista de excelencia y su autoría de novelas y muchas crónicas y muchos cuentos. Me acuerdo del Chéjov cuentista, otro galeno.

          Tengo al polifacético José Villalaín Fernández por uno de los personajes más fascinantes de la historia de Avilés.

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La leyenda de la calle salada
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Alberto del Río Legazpi | 16-10-2016 | 11:22| 0

          Una de las acepciones, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, del término leyenda es «aquella cosa admirada que se recuerda a pesar del paso del tiempo».

          Le viene al pelo a la calle de Avilés que lleva por nombre Los Alfolíes, palabra de procedencia árabe que remite a almacén de sal, valioso producto entonces –aparte de para el guiso para la conservación de los productos alimenticios– y que fue una de los capitales del Avilés medieval con un Fuero concedido por el Rey y líder en el tráfico portuario del norte peninsular.

Antiguo puente de piedra de San Sebastián. Al fondo calle Los Alfolíes.

          Los almacenes de sal, de los que Avilés tenía el monopolio en Asturias, estaban al costado izquierdo de esta calle, dando a los muelles y al lado de la iglesia, entonces de San Nicolás de Bari, luego de Los Padres y hoy de San Antonio.

          Por entonces las denominaciones de vías y lugares no eran oficiales y variaban según quien escribía los documentos que hoy podemos leer. La calle, que terminaba en una de las cinco puertas de la muralla, tuvo varios nombres al igual que su vecino puente de piedra de San Sebastián. Antes de generalizarse el nombre de Alfolíes fue calle Real (formaba parte del Camino Real que comunicando Grado con Gozón cruzaba Avilés), también calle ‘So la Iglesia’ –por su proximidad al templo– y calle Corugedo, por su cercanía a la fuente de ese nombre. Fueron pasando los siglos y el 4 de mayo 1897 fue denominada oficialmente como Sánchez–Calvo en homenaje al escritor y filósofo que vivió muy cerca de aquí. El 22 de abril de 1993 recuperó el nombre de Los Alfolíes.

          Nace en la plaza de Carlos Lobo y termina en la calle del Muelle. A pesar de ser una de las más cortas de Avilés (91 metros) da lugar al nacimiento de otra, también calle muy antigua y nombrada como Las Alas, que termina en la plaza de España.

          En el siglo XX, la rúa medieval volvió a coger salero al domiciliarse en ella un establecimiento hotelero y sobre todo dos hosteleros muy populares como El Llagarón y La Parra.

          En la ‘Guía General de Asturias. 1904–1905’ vemos que en Avilés había, entre otras muchas cosas,  dos librerías, cuatro periódicos (Diario de Avilés, El Porvenir de Avilés, El Heraldo de Avilés y El Pueblo) y cuatro fondas (La Iberia, Las Cuatro Naciones, La Serrana y La Celesta). Las Cuatro Naciones fue, sucesivamente, fonda, casa de huéspedes, pensión y hotel hasta que, no hace mucho, fue derribado el edificio que ocupaba para levantar una casa de arquitectura no concordante con la de esta zona.

          En 1932 nació de la mano de Ramón Ovies (padre), y como tienda para surtir a los barcos pesqueros, El Llagarón que con el tiempo se convertiría en un referente local y regional como chigre tradicional. Fue regentado en su época dorada por Ramón Ovies (hijo) que lo cerró en 2007 al jubilarse.

          Situado en la acera de la derecha, en los bajos de la barroca y enorme casa de Carlos Lobo, El Llagarón llegó a figurar en las guías de turismo. Fue todo un fenómeno social (ver en LA VOZ DE AVILÉS, de 20 de octubre de 2013 ‘El Llagarón, famosa taberna que quedó varada en el tiempo’) que incluso generó una publicación, gratuita que conste, fundada en 1999 por José Fernández que llevaba por nombre ‘Ecos del Llagarón’ y que estuvo cocinada periodísticamente por Venancio Ovies, Antonio María García Rodríguez del Valle, José Francisco Álvarez–Buylla y Pepe Galiana, entre otros. Los Ecos cesaron cuando quedó silenciado por cierre del negocio este referente hostelero, una rareza muy celebrada por el público en general. Chigre de tomo y lomo. Y cecina como tapa.

De izquierda a derecha: Gerardo Flórez, Antonio María García, Ramón Ovies, José María León, Marcelo y Ángel Préstamo.

          Poco antes de la llegada de Ensidesa, suceso histórico ocurrido en 1950, Jesús Díaz y Josefa Suárez pusieron en marcha –en la acera izquierda de la calle– la sidrería y restaurante La Parra que alcanzó enseguida gran popularidad. En Avilés mucha gente sigue recordando a Mary ‘La de La Parra’ mujer de marcada personalidad, hija de Jesús y Josefa, cocinera en jefe y referente del establecimiento.

          Este local, que duró sesenta años, y que conservó la tradición de cocinar ‘merluza a la avilesina’ guardaba también la singularidad, poco conocida de tener, en su almacén y entre cajas de sidra, visibles restos de la muralla que rodeó Avilés durante siglos.

          Hoy no queda hotelería, ni hostelería, ni sal, ni la madre que la fundó. Pero no quedó sosa, la calle.

Plantilla de La Parra. Mary Díaz, segunda por la izquierda.

          Porque no hay otra en Avilés que ejerza un tan poderoso y fantástico enlace visual entre la más antigua arquitectura medieval de la ciudad –representada por el templo de San Antonio y la calle de La Ferrería– y la vanguardista del siglo XXI encarnada, sus curvas me llevan a ese término, en un centro cultural diseñado por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer e instalado –con muchos humos siderúrgicos de fondo– en la otra margen del estuario por decisión del Principado de Asturias, siendo presidente Vicente Álvarez Areces.

          Los Alfolíes, que antes almacenaban sal, atesoran ahora la unión a ojos vista, de las dos épocas históricas más extremas de Avilés que van del siglo XII al XXI.

          Desde ese punto de vista no hay calle que dé más, porque no se puede y además es imposible.

          Una leyenda salada.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta