El Comercio
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El motín de las campanas
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Alberto del Río Legazpi | 28-02-2016 | 10:11| 0

(En 1847 la decisión de desmontar las campanas de la iglesia de San Nicolás de Bari para llevarlas al convento ovetense de Santa Clara, hizo estallar un motín en Avilés que obligó a intervenir al ejército)
          Confieso que tengo pintado un paisaje de tragedia cuando pienso en las historias que rodean a las campanas de Avilés.
          Y conste que a mi me gustan. Sus sonidos me llevan directamente y con alegría o pena a la niñez tanto cuando redoblaban anunciándome fiesta y por tanto pasteles, como cuando el toque de difuntos, machacón lamento de muerte en el aire, me alteraba.

Las llamadas 'Campanas' utilizadas en la cimentación de ENSIDESA.


          Pero han ido quedando, mayormente, marginadas por otras costumbres que han camuflado su música elemental que componía todo un lenguaje difusor de lo religioso (el ángelus, el rosario, la misa, etc.) pero que también se extendía a la vida civil anunciando con determinados toques reuniones de Juntas o los redobles que celebraban alegrías colectivas cuando no tocando arrebato, alerta máxima en caso de fuego o desgracia grande.
          Escribo desde Avilés donde al hablar de campanas hay, necesariamente, que incluir unos terribles artilugios constructivos, conocidos como ‘las campanas’ que sembraron de cemento –y también de desdicha humana– buena parte de la margen derecha de la Ría para poder asentar allí las instalaciones de aquel ingenio siderúrgico llamado ENSIDESA, en los años cincuenta del pasado siglo XX. Un drama reflejado en reciente documental cinematográfico (dirigido por Isaac Bazán y José Valle) que tuvo un éxito rotundo de espectadores.

Iglesia de San Nicolás de Bari.


          Pero en esta mi asociación de campana a tristeza, cuando no a tragedia, quien tiene mayor culpa es la Historia. Y ya no voy a acudir a las crónicas de hechos acontecidos ocasionados por catástrofes como aquella de 1775 cuando un violento terremoto «hizo sonar la campana del reloj de la villa siete veces, sin saber la hora y al cuarto de hora otras siete, amedrentando la población» o la del tsunami que Avilés sufrió, también en el siglo XVIII, cuando –aparte de lo que pasaba en la Ría– en tierra el temblor era tal que «las pesadas campanas de metal de las iglesias de la Villa comenzaran a repicar, provocando momentos de pánico y desconcierto».
          Pero el hecho más grave relacionado con ellas ocurrió en el año de 1847 de aquel siglo XIX quizá el más convulso de la historia española tan abundante en guerras, revueltas, sublevaciones y desórdenes.
          Avilés no fue ajeno al ambiente crispado en toda España y también aquí estallaron dos motines populares. Me referiré al primero conocido como el ‘Motín de las campanas’ y ocurrido en el convento de San Francisco, actual iglesia de San Nicolás de Bari.
          Del convento habían sido expulsados en 1836 los frailes Franciscanos –llevaban en él desde el siglo XIII– en virtud de la controvertida Ley de Exclaustración. Y, sin embargo inexplicablemente, en 1837 las autoridades asturianas autorizan a las monjas Clarisas (que a su vez habían sido expulsadas de su convento de Santa Clara de Oviedo) a utilizar el convento avilesino del que habían sido expulsados los Franciscanos.
          Las monjas permanecieron en Avilés diez años, hasta que en 1847 la autoridad provincial las remueve nuevamente al monasterio ovetense de donde las había obligado a salir. Otra decisión que tal baila.

Serrat a pie de campanario.


          El caso es que la Abadesa de las Clarisas solicitó autorización a la Autori­dad Civil y Eclesiástica de la Provincia para llevarse a Oviedo las dos mayores campanas de la torre. La autorización fue concedida por la autoridad provincial y ahí se armó la de Dios es Cristo.
          El Ayuntamiento, con Francisco Quevedo (no confundir con el famoso escritor) al frente, se niega. Y es que el ambiente entre la ciudadanía estaba electrizado ante lo que consideraban un expolio y una afrenta a Avilés, el hecho de que se llevaran aquellas campanas costeadas además, en su día, por suscripción pública la mayor de ellas (306 Kg. con un diámetro de 80 centí­metros y una altura de 78) y la segunda por la popular Cofradía de San Antonio.
           A cada intento de bajar las mismas de la torre del convento, el lugar se llenaba de avilesinos tratando de evitar la maniobra. Y así una y otra vez.
           Las autoridades provinciales comienzan a perder la paciencia y de nada sirven las negociaciones que quiso entablar el consistorio avilesino utilizando ante la autoridad provincial al influyente marqués de Ferrera. Que si quieres arroz Catalina.
          Total que como quiera que la población ‘amotinada’ impedía –ocupando convento y torre– que se llevaran de Avilés las campanas a la capital, desde ésta la autoridad provincial ordenó la ocupación militar de la villa (acompañado de algunas prohibiciones como reuniones y manifestaciones) entre el 24 y el 28 de febrero, siendo descolgadas las campanas y transportadas a Oviedo.
          El Ayuntamiento fue acusado de complicidad y el alcalde multado y aunque posteriormente se le condonó la multa, en el ambiente quedó una frustración ciudadana que estallaría tres meses más tarde en otra revuelta que ésta si que tuvo un final trágico. Hablo del ‘Motín del maíz’ o ‘Motín de la fame’, un episodio aparte.

Monasterio de San Pelayo de Oviedo, en cuyo jardín está -como adorno- la campana mayor de Avilés.


          ¿Y que fue de las campanas que se llevaron las monjas Clarisas? Sobre esto publicó Agustín Albuerne, franciscano seglar, en LA VOZ DE AVILÉS del 10 de julio de 2007, un articulo donde explica que las monjas que se llevaron de aquí las campanas, las vendieron cuando volvieron a ser expulsadas, nuevamente, de Oviedo y trasladadas a Villaviciosa. Al no poder llevar (por su peso) la campana grande la vendieron (4.662 reales de vellón) en 1880 al monasterio de San Pelayo de Oviedo que la instaló en su campanario hasta que en 1992 fue retirada del mismo y pasó a adornar el jardín ovetense de las monjas Pelayas.
        Historia triste que me remite a Joan Manuel Serrat, de quien en su estancia en Avilés conservo una foto –publicada en ‘Asturias Semanal’– a los pies del campanario de San Nicolás de Bari, el del motín. La foto de Serrat es de tiempos anteriores a su monumental ‘Mediterráneo’, cuando una de sus piezas más sonadas era ‘Canción de madrugada’ (‘Cançó de matinada’) aquella donde canta «Nos lo ha de decir la voz temblorosa y triste de un campanario, un golpe de luz y el grito de una garza que ha despertado».
        Conste que en el centro de Avilés ha resucitado, en parte, el sonido de las campanas desde hace diez años cuando la parroquia de San Nicolás (donde estuvieron las del motín) adquirió tres nuevas.
        De campanas, campaneros y campanarios vamos en Avilés dignificados cuando no damnificados.

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Jardines Históricos de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 21-02-2016 | 09:22| 1

El Principado ha incluido a los parques de Ferrera y del Muelle en el Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, declarándolos Jardines Históricos, y por tanto contarán con protección patrimonial.
          Llegará un día en que los cruceros atracarán al costado de un bosque del siglo XIX, una gran alfombra vegetal que tiene plantados en uno de sus extremos una capilla gótica del siglo XIV y una pequeña iglesia (siglo XII) que se desparrama entre estilos románicos, góticos y barrocos.
          Los pasajeros al bajar a tierra pisarán un prado y  caminarán entre árboles centenarios (tilos, álamos y chopos) y jardines primorosamente trazados; parterres y soportales vegetales con plantas de temporada; estatuas adquiridas en el siglo XIX basadas en motivos mitológicos griegos y que tienen su original correspondiente en el Museo del Louvre; un monumento escultórico dedicado a un marino del siglo XVI, Pedro Menéndez de Avilés, fundador de la hoy considerada, mayormente, ciudad más antigua de los Estados Unidos de América; otra obra escultórica de cerámica multicolor plantada en 2008, así como una sorprendente estatua a una foca que llegó a Avilés en 1951 ¿desnortada? En cualquier caso es un guiño al cosmopolitismo y a la ‘coña marinera’ que supone el hecho de que esté oficializado el homenaje a una foca desde 1956.
          Verán los viajeros un letrero que pone «Parque del Muelle. Jardín Histórico de Asturias» ante un templete musical modernista de mucho postín y a juego, su cúpula, con la de un edificio que tiene casi enfrente y que fue Gran Hotel.
          Los visitantes  llegarán ante una espectacular manzana de viviendas ante la cual se acaba el verde (en el antiguo terreno, que en su día ocupó la plaza de Pedro Menéndez).
          Los folletos les darán tres opciones de entrada al famoso casco antiguo de Avilés: una es frente a ellos y les invita a  acceder por una gran arcada a una de las más originales plazas de España, construida en el siglo XIX, dedicada a mercado, y con un espectacular perímetro rectangular de edificios de galerías y el bajo soportalado con columnas y rejería de hierro fundido.
          Otra es a su derecha por una estrecha calle (La Estación) lleva al medieval barrio marinero de Sabugo donde está la famosa plaza del Carbayo y su iglesia del siglo XIII.
           Y la tercera es a la izquierda por cualquiera de dos empinadas calles (La Fruta y La Ferrería) de origen medieval –separadas por un palacio barroco del siglo XVII– que los llevarán a la plaza de España (o El Parche, actualmente el más artístico entre todos ellos) corazón del casco histórico avilesino.

Fuente y pérgola del Ferrera


          Dos de las calles que parten del Parche, porticadas en el siglo XVII que es un primor, son Galiana y Rivero y entre las dos casi abarcan en un abrazo al Ferrera, monumental parque de uso privado durante siglos, hasta que fue reconvertido de bosque nobiliario en parque público en los años 70 del siglo XX. Una reconquista oficializada por los reyes de España el 19 de mayo de 1976.
          A medida que pasan los años aumenta el valor ocioso y saludable de este parque de grandes praderas, de los llamados ingleses, que en 1998 añadió el jardín francés –que Woody Allen dio a conocer al mundo– más refinado y que es una zona ennoblecida, vegetalmente hablando, situado en la trasera del [hoy hotel de lujo] palacio de Ferrera, el que con dos escudos aristocráticos alcanzó cinco estrellas hoteleras.
          Hay que ver lo que cambió el follaje en treinta años. Revuelta botánica, la del Ferrera. Territorio feliz, donde el tiempo se encapricha y te resbala y se te escurre perdiéndose por la grava de sus sendas. El Ferrera es otro mundo.
          Toda una apasionada revolución verde y social en pleno centro de Avilés, la de éste parque y la de aquel del Muelle –ambos con conexión a Internet a través de wifi municipal– que ahora el Principado de Asturias acaba de considerar como Jardines Históricos con protección patrimonial al igual que en 1955, el Estado español, concedió tal honor a un montón de monumentos y calles avilesinas.
          Al volver al barco los viajeros leerán, en los folletos turísticos, que en su día el pequeño bosque del Muelle –que volverán a atravesar para regresar al barco– fue un parque que cobijó el ocio de multitudes durante muchos años, cuando se quedaba en el parque de Muelle para todo. Luego tuvo tiempos faltos de cariño popular (coincidiendo con la reconquista del Ferrera) y quedó como bala vegetal en la recámara de la urbanización avilesina obligada a esperar años por la desaparición de la barrera (dos vías terrestres y otras dos ferroviarias, más molesta la primera que la segunda) que mantuvo separada a la ciudad de su fachada marítima.
          Ciudad que tiene tres arquitecturas benditas. Una de piedra (lugares, calles, iglesias y palacios de distintos siglos y estilos), otra vegetal (los jardines aquí citados, perecederos y renovables) y la tercera líquida (imparable e impagable) o sea la Ría, que es la razón de ser de la ciudad.
          Pero el caso es que dos Jardines Históricos de Avilés son cinco estrellas vegetales.

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Alfoz de Avilés, aquel invento medieval
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Alberto del Río Legazpi | 14-02-2016 | 10:16| 1

Durante casi tres siglos Avilés fue capital del Alfoz que lleva su nombre y que incluía a los concejos de Carreño, Gozón, Castrillón, Illas y Corvera.
         Aquí, la villa de Avilés es el tercer municipio más pequeño de Asturias después de Noreña e Illas, y a pesar de ello posee un jardín de multinacionales –como ningún otro territorio de Asturias tiene– donde brota acero, cristal, aluminio y hasta empresas de tecnología punta en el PEPA, o Parque Empresarial Principado de Asturias.
          En este pequeño concejo avilesino entró todo a calzador –ahora mismo ya no queda suelo industrial– quizá por eso le salieron históricos juanetes como el doloroso final de aquella ENSIDESA (justamente la parte que caía en terrenos del concejo de Avilés) de los cuatro hornos altos y una térmica volados a golpe de goma dos o éste hermoso Niemeyer herido por un estúpido cainismo político.
          Pero a la Villa de Avilés el relumbre le viene de tiempos medievales cuando en sus cercanías, en el lugar de Raíces, el Rey de Asturias Alfonso III construyó el castillo de Gauzón, al lado de la actual Salinas. Se ve que estas tierras castrillonenses han tenido desde antiguo vocación de solaz y recreo pues el castillo, a la par que misión defensiva contra vikingos y musulmanes que pudieran colarse por la Ría a rapiñar, fue lugar de descanso del monarca cuando necesitaba desconectar de su corte en Oviedo.
          Y como del rey abajo ninguno, el poder emanado del castillo de Gauzón dio origen a un Alfoz con ese nombre compuesto por los concejos de Avilés, Castrillón, Corvera, Illas, Gozón y Carreño.
          Pero el caso es que uno de ellos, Avilés, no hacía más que crecer a medida que avanzaban los siglos, desarrollo directamente proporcional al aumento del comercio internacional que le procuraba su puerto tan cercano a Oviedo, capital del reino, y tan seguro y tranquilo como estaba allí al fondo de la Ría poniendo a buen recaudo, de temporales, a los cascarones de madera que eran las embarcaciones de entonces.

Mapa del Alfoz de Avilés y escudos de las poblaciones que lo compusieron. (Infografía de la Revista ‘El Bollo’)


          La Villa siguió aumentando su importancia, incluso una vez jubilada ya la monarquía asturiana. Y tanta fue que el rey de Castilla, Alfonso VI, le concedió a Avilés un Fuero (luego refrendado por Alfonso VII y otros reyes posteriores), signo de calidad ciudadana para aquellos tiempos pues contemplaba derechos impagables, entonces, para los vecinos de la Villa. En definitiva: avecindar oficialmente en Avilés era un privilegio.
          Y así, entre el Fuero y su condición de puerto líder en la costa norte peninsular, se convirtió en una población destacada y reforzada además por el poder tener el alfolí en sus predios. Una realidad tan insoslayable como para que el rey de Castilla –Fernando IV en el año 1309–concediese la capitalidad de aquel extenso Alfoz de Gauzón a «la mi Villa de Abilles» escribe el soberano.
          De esta forma Avilés, concejo que no llegaba a 27 Km2, pasó a controlar a los otros cinco concejos; un territorio de cerca de 300 Km2 en total, con el añadido de ser –el conjunto– el más poblado de la Asturias de entonces.
          En el privilegio (custodiado en el Archivo Municipal de Avilés) de la concesión del Alfoz se especifican las aporta­ciones con que tenía que ‘pechar’ cada territorio a Avilés: 1.200 maravedíes la tierra de Carreño; 660 la de Corvera; 600 Gozón; otros 600 Castrillón y 300 Illas, así como las penas, de considerable cuantía para quienes incumplieran el pago, concluyendo el Rey con la ritual frase de «Et los que non cumplan lo que mando ayan la yra de Dios et la mía por siempre jamas».
          Avilés, como capital del Alfoz, controló las funciones fiscales, judiciales y militares del conjunto de los concejos citados y cuyos habitantes pasaron a su vez a disfrutar de los privilegios, concedidos por el Fuero avilesino lo que no era moco de pavo por entonces pues significaba –entre otros derechos sociales– estar bajo custodia del Rey y por tanto a salvo de los caprichos guerreros de algunos nobles locales (me refiero a los verdaderamente dueños de las propiedades en los concejos que componían el Alfoz) que utilizaban a sus vecinos (siervos) como carne de cañón para sus batallas particulares.
          Los criterios de territorialidad que facilitaba el Alfoz de Avilés, sometiendo zonas extensas a las mismas normas forales, fue una forma de gobier­no que simplificaba y reducía procesos y permitía un mejor control de los recursos.
          Y así pasaron casi tres siglos de una administración más racional, aunque salpicados de arrebatos de poder de algunas poderosas familias de los concejos del Alfoz que consideraban humillante (sentimiento que fueron transmitiendo por herencia a sus descendientes durante generaciones) que la jurisdicción de Avilés se extendiese hasta sus dominios.
Esto, pero sobre todo la decadencia y desgobierno de algunos reyes españoles (la monarquía castellana ya había sido jubilada) hizo que los caciques locales terminaran por hacer valer los intereses que les habían volado en beneficio común y el Alfoz comenzó a entrar en situación 3D (decadencia, desmembración, desaparición).
          La desunión comenzó en 1605 con la ‘independencia’ de Gozón que deja de pertenecer a Avilés y establece su ‘capital’ en Susacasa (cerca de Vioño) y posteriormente en Luanco. Además Gozón al separarse, sin que nadie moviera un dedo, se anexiona Valliniello con lo que de golpe la orilla derecha de la Ría deja de pertenecer a la Villa.
          En 1665, también Carreño se separa del Alfoz y establece su capitalidad en Guimarán y más tarde en Candás.
          Le sigue Corvera en 1670 que establece su gobernación en Cancienes y posteriormente en Nubledo. En 1812 es Castrillón quien se desmembra y, finalmente, en 1818 lo hace Illas que convierte a Callezuela en su centro administrativo.
          El derrumbe no vino solo y así vemos como la salida de Illas del Alfoz medieval coincide con el inicio del derribo de la muralla medieval de Avilés, donde los intereses inmobiliarios presionaban –al efecto– que se las pelaban.
          Y colorín colorado el Alfoz de Avilés así fue acabado, finalizando un formato administrativo de organización territorial mediante el cual un conjunto de diferentes pueblos dependían de otro principal y todos estaban sujetos a una misma ordenación.
          Luego vendría aquello de ‘Comarca’, nueva reordenación administrativa del territorio, sosa ella, sin la chicha del Alfoz. El caso es que en la Comarca no hay un epicentro político claro, no existe un centro que aglutine el poder y distribuya funciones y servicios.
          Recuerdo un chiste sobre un terremoto, que hablaba como desde el Ministerio del Interior se había enviado un telegrama a un lejano puesto de la Guardia Civil con la siguiente orden: «Detectado movimiento sísmico en la comarca. Localicen epicentro» Pasadas unas horas llegaba la respuesta del comandante del puesto: «Movimiento sísmico desarticulado. Epicentro y otros seis más, detenidos».
          En fin.

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Los liberales Suárez–Inclán, de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 07-02-2016 | 10:15| 2

(Nacidos en la calle de La Ferrería los ciudadanos Estanislao Suárez–Inclán y tres de sus hijos –Julián, Félix y Pío– se fueron a Madrid a buscar aquello de cambiar el mundo).
          La de La Ferrería, que fue sonada calle mayor medieval, siguió siendo importante hasta la segunda mitad del XIX justo hasta cuando desde la plaza de España comenzaron a levantarse modernos edificios que bajaban hacia Sabugo por la senda que, durante siglos, llevó hasta la fuente de La Cámara.
          Hasta entonces La Ferrería había venido manteniendo su categoría urbana y ciertas singularidades. Una de ellas fue la de varias familias, en el siglo XIX, donde padre e hijos tuvieron destacadas trayectorias. En estos Episodios se tiene escrito de Pantaleón Carreño y sus trece hijos muchos de los cuales dejaron rastro en las ciencias, las letras y la política. O también del artista y profesor Policarpo Soria y de sus cuatro hijos pintores que, a semejanza del padre, fueron excelentes pintores y también enseñantes de arte, aparte de otro que fue músico destacado.
          Pues en la misma calle y siglo, también se dio el caso de Estanislao Suárez–Inclán, que vivió entre Avilés y Madrid (cuando se tardaba días en cubrir dicho trayecto) y de tres de sus hijos que fueron naciendo en Avilés y desperdigándose por el mundo.
          Esta familia habitaba una casa–palacio que ocupaba el solar donde estuvo la de Pedro Solís aquel personaje que financió la construcción del Hospital de Peregrinos de Rivero en el siglo XV. La casa de los Suárez–Inclán (bajo y dos pisos, con escudo nobiliario) construida en el siglo XVII, y actualmente desaparecida, que estaba situada frente al palacio de Valdecarzana, en terrenos más o menos ocupados [hoy] por los edificios de la Cruz Roja y Correos.
          En ella nació, el 7 de mayo de 1822, Estanislao Suárez–Inclán González–Llanos. Hizo sus estudios primarios en Avilés y los de Enseñanza Media y luego Leyes, en Oviedo. Y en la Villa del Adelantado comenzó a trabajar. Y se casó con Cándida González-Villar Jove con la que tuvo seis hijos: Julián, Heliodoro, Félix, Inés, Pío y Estanislao.
          Casi todas las citas sobre Estanislao pintan a una persona inteligente y honrada. De ideas liberales se metió en política y fue diputado provincial en Oviedo y desde 1849 diputado nacional por Avilés en Madrid durante doce legislaturas consecutivas, llegando  más tarde a ser nombrado senador vitalicio.
          Comenzó a tocar poder como Gobernador Civil en Canarias y Cuenca pero cuando llegó a la cima fue en 1883 como ministro de Ultramar, en el gobierno de Posada Herrera. Y como ministro tuvo la decencia  de prohibir el uso del cepo y grilletes como castigo que se imponía a negros y aborígenes de las colonias ultramarinas de Cuba y Puerto Rico y cuya condición de esclavos fue abolida tres años más tarde.
          A él le debe Avilés el impagable proyecto de ley de canalización de su ría, siguiendo planos del ingeniero ovetense Pérez de la Sala, que luego remató –con sus gestiones para la construcción de la Dársena de San Juan de Nieva– el segundo marqués de Teverga, Julián García San Miguel.
          Muere Estanislao, en Avilés, el 19 de septiembre de 1890 y la ciudad le homenajeó en 1896 cambiando la denominación de la calle de La Fruta para dedicárselo. Posteriormente, en 1985, el nombre de Suárez–Inclán se trasladó a una pequeña calle del barrio del Quirinal.

Julián Suárez-Inclán.


          Tres de sus hijos destacaron también en el panorama nacional con un común denominador político: la ideología liberal.
          Julián (Avilés, 1848–Madrid, 1909) eligió la carrera militar alcanzando el grado de general en la guerra de Cuba. Más tarde pidió la excedencia en el ejército para dedicarse a la política, siendo diputado por Pravia en tres legislaturas. Fue autor de once libros entre los que destaca su ‘Tratado de Topografía’ que mereció una medalla de oro en la Expo Universal de Barcelona de 1883 y se convirtió en manual de texto en las Academias Militares. También fue presidente del Centro Asturiano de Madrid y de la Sociedad Geográfica de España.
          Anecdóticamente, un hijastro de Julián Suárez–Inclán  sobrevivió al hundimiento del ‘Titanic’ en el que viajaba con su esposa ya que fueron de los náufragos rescatados por el buque ‘Carpathia’, suerte que no corrió el avilesino Servando Ovies (codirector del Palacio de Cristal de La Habana) que viajaba también en primera clase de aquel enorme trasatlántico cuyo armador había declarado que «Ni Dios podrá hundir este barco».
          Otro hijo de Estanislao –y de mucho recorrido– fue Félix Suárez–Inclán (Avilés, 1854–Madrid 1939). Político del Partido Liberal con el que participará durante 37 años en sucesivas legislaturas llegando, con el tiempo, a ser vicepresidente del Congreso de los Diputados.

Félix Suárez-Inclán.


          Félix fue ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas (creo que todas las carteras en el mismo paquete, dicho sea con perdón) en 1902. Y también ministro de Hacienda y en dos ocasiones; la primera del 31 de diciembre de 1912 al 9 del mismo mes de 1915, en el Gobierno presidido por Romanones. Y la segunda en contados días de septiembre de 1923, pues ese mes un golpe de Estado del capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, proclamó una Dictadura en España que duraría siete años.
          El tercer hijo del patriarca Estanislao que anduvo dando guerra fue Pío Suárez–Inclán (Avilés 1860–Madrid 1933) que, aparte de escarceos políticos como diputado de los que no tengo suficiente información, llegó a general de división, habiendo participado en las guerras de Cuba y África. Autor de varias obras de temática geográfico–militar fue profesor y bibliotecario de la Escuela de Estado Mayor del Ejército. Y echo el freno.
          Hasta aquí el superlativo recorrido vital de los ciudadanos Estanislao Suárez–Inclán y tres de sus hijos.
 

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La 'Antigua cárcel'
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Alberto del Río Legazpi | 31-01-2016 | 10:17| 3

(Un edificio, de los más visitados de la ciudad, catalogado dentro del Conjunto Histórico-Artístico de Avilés, que ha tenido considerable cantidad de usos).
            En el año 1955, en Avilés, mucha gente se sorprendió al enterarse por el periódico de una noticia fechada en Madrid en la que daba cuenta que el Estado español había declarado Conjunto Histórico-Artístico determinados lugares y edificios del casco antiguo de la Villa, a los que brindaba blindaje legal, en un momento en que la población de Avilés (de 21.000 personas en 1950 pasó a unas 35.000 en 1955 ) crecía vertiginosamente con multitud de personas que, de toda España, acudían en busca de trabajo que ofrecía la gigantesca siderúrgica ENSIDESA entonces en construcción.
           Era muy buena noticia, el reconocimiento de la riqueza monumental de la ciudad, pero extrañó la inclusión en larga la lista de algún adorno urbano como Los Canapés al igual que el edificio conocido como la ‘Antigua cárcel’. Llamaban la atención el que ambos estuvieran catalogados artísticamente al lado de históricas iglesias medievales o espectaculares palacios barrocos. Los Canapés ya tuvieron su episodio (LA VOZ DE AVILÉS, 12 octubre 2014).
            La denominada como ‘Antigua cárcel’ en el documento de 1955 fue, ya supondrán, ‘Cárcel nueva’ cuando se  construyó a mediados del siglo XIX, aunque su nombre oficial fuera ‘Cárcel del Partido Judicial de Avilés’ y el popular ‘La Cárcel, a secas’. Y como lo que bautiza el personal es inamovible, también a la calle donde se alza el inmueble le quedó coloquialmente ‘calle La Cárcel’ aunque su nombre administrativo sea Ruiz Gómez.
           El edificio fue construido con piedra (60 carros de vacas, trasladaron piedra de cantería) del demolido Alcázar de la Villa, situado a un costado de la puerta de la muralla de la calle La Ferrería y que fue derribado en 1820, suerte que correría toda la muralla (alegría, alegría) que rodeaba la Villa.

Siglo XIX.


            Hay dudas sobre la autoría de la traza arquitectónica de la cárcel nueva, al que unos adjudican al maestro de obras Francisco A. Muñiz Lorenzana y otros a Andrés Coello, a la sazón, digamos que arquitecto oficial de la Diputación y autor de proyectos conjuntos de las Cárceles de Partido elevadas por entonces en Asturias.
            Se trata de un edificio de corte neoclásico, apaisado –de dos plantas y una más pequeña bajo cubierta– con un diseño que recuerda vagamente al del Ayuntamiento con tres arcos de medio punto en la planta baja. Rematan la construcción seis pináculos y en el centro de la fachada principal: el escudo real.
            Los avatares del edificio como prisión son un episodio aparte, en el que también se detallarán las otras cinco cárceles que tuvo en Avilés a lo largo de su historia,
            Ésta Cárcel Nueva, que ya era vieja antes de terminar el siglo XIX, empezó a ser utilizada parcialmente para otros menesteres, como en 1932 cuando se instalaron camas para dormitorio de personas sin recursos que acudían a Avilés en busca de empleo.

Siglo XX.


            Pero cuando dejó, tajantemente, de ser utilizada como penal fue en el año 1943 al pasar a ser cuartel de los bomberos locales. Ocuparon el bajo y el primer piso fue reconvertido para viviendas de empleados municipales.
            En 1958 los bomberos se fueron a otro edificio (la antigua fábrica de harinas ‘El Águila’) cerca de El Arbolón y la antigua cárcel pasó a ser utilizada como almacén municipal y garaje de los vehículos de obras públicas del Ayuntamiento.
            Fue en 1968 cuando entraron tímidas (dos funcionarios) avanzadillas de turismo, en el hall central, y festejos en el ala izquierda.
            En los años setenta y ochenta, la Biblioteca ‘Bances Candamo’ y la Casa Municipal de Cultura también se instalaron. La primera montó, en el ala derecha, la central coordinadora que abastecía de publicaciones a las pequeñas bibliotecas de los centros socioculturales que, a partir de 1979 (Corporación presidida por Manuel Ponga) fueron creadas en los barrios de Avilés.  La Casa de Cultura instaló, en la parte trasera parte de su Área de Imagen que incluía la edición de documentales en vídeo así como enseñanzas cinematográficas impartidas a alumnos en cursos del INEM. Estuvieron aquí de prestado, como el que dice, y se fueron cuando se inauguró el nuevo edificio de la Casa de Cultura en la plaza Álvarez Acebal.

Siglo XXI.


             Posteriormente y con la creación del nuevo servicio de Promoción Turística, durante el mandato (1995–1999) del alcalde Agustín González, el edificio comienza a dedicarse íntegramente a turismo, incorporándose igualmente a ese cometido, el primer piso después de realizada una obra, en 2005, que afectó a todo el edificio. También el servicio de Festejos regresaría aquí de nuevo, después de una temporada a la sombra de la nueva Casa de Cultura.
            Finalmente ocurrió lo inesperado. Fue un extraño fenómeno, ya narrado (LA VOZ DE Avilés, 9 de agosto de 2015), en torno a este edificio del siglo XIX que vio crecer a su alrededor tres murales y tres estatuas.
            Algo insólito, pero nada extraño para este húmedo y elegante caserón que fue cárcel, cuartel de bomberos, viviendas, biblioteca, centro de imagen y ahora oficina de festejos y sobre todo turismo a todo trapo.
            Hay que probar de todo, que la vida se va en un decir y si te he visto no me acuerdo.

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El Cañón de Avilés, un lugar remoto del planeta.
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Alberto del Río Legazpi | 24-01-2016 | 10:19| 2

(Sabemos más sobre la Luna que sobre lo que hay en los 5 Km. de  profundidad de este Cañón, uno de las más importantes del mundo, situado a unos 15 Km. mar adentro del Faro de Avilés).
            En Avilés tenemos una geografía sosegada y una geología alborotada. Sosiego y alboroto eran para Berlanga –me lo confesó en ‘Las Conchas’ de Salinas un 26 de abril de 1985– los principios de un erotismo elegante.
            Geografía y geología son, en Avilés, coyunturas científicas tan preñadas de excitaciones que han venido pariendo, desde no se sabe cuando, historias fabulosas como la hoy aquí narrada, aunque a algunos les puedan parecer todo esto un ‘sindiós’. Hablo del Cañón submarino de Avilés que –aparte de su importancia geológica, pesquera y demás– extiende el nombre de la villa histórica por todos los mares y confines de la tierra.
            Leo que vivimos de espaldas al mar y que el mundo líquido nos resulta un medio tan inédito y despreciado por inexplorado. Y, por lo que sabemos hasta ahora, el universo que habita en el Cañón de Avilés supera a cualquier ficción, sea escrita por Herman Melville (‘Moby Dick’, un cachalote albino) o por Julio Verne y sus ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’.
            Ver para creer, sí. Pero como tampoco era cosa de tirarse al agua y llegar hasta el Cañón, me sumergí en libros especializados y artículos perdidos en páginas de esquelas.
            Salí a flote empapado de las maravillas de esta colosal sima marina, ‘colocada’ geográficamente en situación oblicua a la costa, entre los cabos Vidío y Peñas (aunque la cordillera submarina llegue hasta Navia y Colunga) y que alcanza, frente a la ría avilesina, una profundidad cercana a los 5 kilómetros, constituyendo unos de los mayores y más profundos valles submarinos del Planeta. Tan hondo como desconocido.
            Tiene su origen en los Picos de Europa. Y de hecho la ría de Avilés está ‘embarcada’ sobre este Cañón que ‘desemboca’ en la mar originando una tremenda fosa de 4.750 metros de profundidad, que viene a ser como si le dieras vuelta al Mont Blanc (4.810 metros, la mayor altura de la Unión Europea) en el Océano Atlántico. La repanocha.
         Queda uno pasmado pensando en los torbellinos telúricos, enormes abismos y las gigantescas ensaladas geológicas con las que convivimos. Por lo que no es extraño que de esas simas surjan grandes misterios, especies inéditas y criaturas fabulosas.
          Las oscuridades –para los humanos a partir de los 80 metros de profundidad marina se entra en la noche– del Cañón de Avilés están dominadas por los cachalotes y los calamares, algunos de ellos salidos de madre en lo que a tamaño se refiere.
            El cachalote, rey del abismo marino, se sumerge hasta los 3.000 metros (no hay mamífero que lo haga a más profundidad que él) y tiene el cerebro más grande y más pesado de todos los seres vivos. Este cetáceo, que mide entre 16 y 20 metros, pesa cerca de 60 toneladas y es el animal dentado (cada diente pesa un kilo) más grande del mundo. Este rey del abismo está considerado muy sociable excepto por los calamares que son su alimento principal y de los que consume una tonelada diaria.
          En el Cañón de Avilés hay calamares a punta de pala, pero hablemos de los especiales los llamados ‘calamares grandes’ (los ‘kraken’), algunos de los cuales se podían ver –hasta que un temporal se los llevó– en el Museo del Calamar Gigante de Luarca. Y ya en la cima de la profundidad el ‘calamar colosal’ leyenda viviente que mide entre 15 y 18 metros; pesa media tonelada y sus ojos –del tamaño de un balón de fútbol– son mayores que los de cualquier otra criatura sobre la Tierra.
          Cachalote y el calamar colosal protagonizan batallas titánicas en las profundidades del océano.
          Por supuesto que en el Cañón hay un inmenso mundo, en continuo descubrimiento, de especies vegetales y animales por las lentas exploraciones que en los últimos años se vienen llevando a cabo. Pero ésto, así como las explotaciones pesqueras y los planes de protección son un episodio aparte.
            Dijo –en LA VOZ DE AVILÉS–  Carlos Remis, fisioterapeuta y aventurero nato que viajó hasta el Cañón en su tabla de surf y cobertura de varios amigos, que «es un sitio muy bestia, único y que encima está al lado de casa (…) muchas veces no somos conscientes de lo que nos rodea».
          No lo somos.
          Sigue siendo un desconocido este paraíso submarino que, con 4.750 metros de profundidad está considerado como el valle subacuático más profundo del mundo. Se sabe más de la Luna que sobre el Cañón de Avilés, uno de los lugares más remotos del planeta Tierra.
          Seguimos estando en la luna, al respecto.
          Ojalá este episodio no me deje a la luna de Valencia, la de Luis Gª Berlanga y su sonrisa vertical, en mi afán de difundir la cercanía de Avilés –7 millas marinas, unos 15 Km., mar adentro– a un universo prohibido. Puede que algunos sientan una atracción muy intensa.
         Erótica.

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Hospitales en la Historia de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 17-01-2016 | 10:19| 1

(Fueron unos cuantos, desde una malatería medieval al actual Hospital de San Agustín, el tercero de Asturias)
            Jack London en su relato ‘Koolau, el leproso’ pone en boca de uno de los personajes: «Nos quitan la libertad porque estamos enfermos. Hemos respetado la ley. No hemos hecho nada malo. Y, sin embargo, quieren encarcelarnos».
             Pocas enfermedades han causado tanto dolor y marginación como la lepra, ya que su padecimiento –en la Edad Media– significaba la muerte civil, pues a quienes la sufrían (las secuelas eran horribles deformidades en cara, manos y piernas) se les encerraba y aislaba en edificios conocidos como lazaretos, malaterías o leproserías.
            Por ello no es extraño que el más antiguo centro de salud de Avilés conocido (La malatería de Santa María Magdalena de Corros) estuviera ligado a la curación de la lepra, enfermedad contagiosa y como tal especialmente peligrosa en poblaciones como Avilés donde había bastante población flotante, dicho sea en todos los sentidos, pues no olvidemos que en el puerto de la Villa atracaban embarcaciones con tripulaciones de muchos puertos peninsulares y europeos.
            Parece ser que el primer lazareto de Europa (para que luego digan) fue fundado en Palencia por el Cid Campeador en 1076. El de Avilés, alejado como todos ellos de las poblaciones, estaba en el lugar de Corros cerca de la iglesia de La Magdalena y la primera noticia que se tiene sobre él es de 1289 –sigo datos de Javier Fernández Conde– y figura en el testamento de Pedro Díaz de Nava donde ordena se paguen «cien maravedíes a los malatos de Abilles».
            Más concreto es, en 1346, el testamento Pedro Juan de las Alas (el que levantó la capilla que lleva su nombre) que textualmente dice «que dian a los malatos del Corro del día que yo finar hasta dies años cada año una pierna de vaca y un tocino que vala tres maravedís y media copa de vino y una cuartilla de pan cocido y que lle los den en cada año ocho días antes dentrojo». Ya ven lo antigua que es la celebración del antrojo o antroxu de Avilés.
Poco más se sabe de la malatería de Corros, aparte de que la administración de sus donativos y bienes eran cosa de la parroquia de La Magdalena.

El que fue Sanatorio de ENSIDESA, en Llaranes.


            También en las, entonces, afueras de Avilés en la llamada plaza de Fuera de la Villa (lo que hoy es la plaza de España o El Parche) había un edificio de planta y piso  dedicado a cárcel y hospital (como se ve continúa la peligrosa asociación preso–enfermo) conocido como de San Juan. Dependía del ayuntamiento y de donaciones caritativas. Fue construido en 1351 y ahí estuvo hasta el siglo XVIII, aunque al final ya solo era un asilo.
            Pero de los antiguos el de más categoría fue el Hospital de Peregrinos de Rivero construido a principios a del siglo XVI, para alojar a los peregrinos que hacían el Camino de Santiago, enorme autopista cultura, un ‘invento’ del rey asturiano Alfonso II ‘El Casto’.
            Este centro sanitario fue una donación de Pedro Solís, personaje tan oscuro como generoso, que pagó las obras de un gran edificio en el arrabal de Rivero de planta y piso levantado en torno a un patio interior con capilla y cementerio. Quiero llamar la atención del lector sobre la vocación medicamentosa de la calle Rivero que aún hoy sigue demostrando, pues comienza prácticamente con una farmacia a su derecha y termina con otra a su izquierda. A esto añádasele la circunstancia de que durante siglos tuvo, en sus predios, un hospital que es un episodio aparte.

Hospital de Avilés, antiguamente conocido como Hospital de Caridad.


            Avanzando en el tiempo, el 8 de octubre de 1920, el Ayuntamiento avilesino adquirió un solar ‘en sitio alto y ventilado’ –según consta en acta– al final de la calle Cabruñana en el barrio del Carbayedo por el que pagó 25.000 pesetas para edificar en él un sanatorio (que ya era hora) y que sería conocido como Hospital de Caridad. Trabajaron en los planos, conjuntamente, dos grandes arquitectos: Manuel del Busto (teatro Palacio Valdés, entre otros edificios) y Tomás Acha (autor, entre otros diseños, del que revistió de zinc el castillete de la Mina de Arnao). Se puso en marcha en 1927 y actualmente es conocido como Hospital de Avilés. También es un episodio aparte.
            Como lo será el más importante de todos, el que por fin modernizó la atención sanitaria en la comarca de Avilés: el Hospital de San Agustín, edificado en la antigua finca mirandina de La Vaniella e inaugurado el 19 de mayo de 1976, un día histórico para Avilés ya que con la asistencia de los Reyes de España se abrió para uso público el hasta entonces parque privado del marqués de Ferrera y también este nuevo hospital, que la gente bautizó como La Residencia.
Entre medias se había puesto en marcha, en 1962, el pequeño hospital de la Cruz Roja en la calle Jovellanos.
Hay que hacer mención también de los que algunas empresas, radicadas en la comarca, pusieron al servicio de sus trabajadores como es el caso de la Real Compañía Asturiana, en Arnao, y ENSIDESA. Esta última levantó en Llaranes, en 1956, un modernísimo (para la época) centro sanitario que no se porqué demonios dieron en llamar ‘Hospitalillo’. Es verdad que era pequeño pero su equipamiento era de última generación, quizá es más justo el otro nombre que se le aplicaba: Sanatorio de ENSIDESA. Los profesionales que lo atendían venidos mayormente ex profeso –como miles de personas– a trabajar en la siderúrgica como Mauro Aguado, Siegrist,  Rubio, Estévez, Noriega o Ávila pronto tuvieron nombre médico sonado en Avilés uniéndose a los locales Tamargo, Pedro Solís, hermanos Vallina (Luis y José Antonio), Bordallo, ‘Polchi’ Figueiras, Bermejo, José María León ‘Pepelón’ o Gabino García por citar algunos.
También hubo, en la historia sanitaria avilesina, hospitales circunstanciales como el instalado el 12 de setiembre de 1855 en el desaparecido convento de La Merced, cuyo solar lo ocupa hoy parcialmente la iglesia nueva de Sabugo. Fue un hospital de emergencia para hacer frente a una epidemia de cólera–morbo, enorme tragedia que ocasionó 297 muertos.

Hospital de San Agustín.


            Igualmente durante la Guerra civil de 1936, el Instituto Carreño Miranda (hoy Colegio Público Palacio Valdés) fue cerrado y reconvertido en Hospital de Sangre, destinado a la primera cura de los heridos. Y por la misma desgraciada circunstancia también el edificio que había sido Gran Hotel, frente al Parque del Muelle, cumplió labores de hospital provisional por lo que, para prevenir las bombas de la aviación, fue pintada en su tejado una gigantesca cruz roja.
            Históricamente, sea en el Avilés de Asturias o en la Lima del Perú, lo que siempre se buscó en un hospital es reparación y aseo en la faena médica. Aunque hoy –y para algunos– tan importante es la calidad de vida como la calidad de muerte, ese acto natural que iguala a personas de toda clase y condición pues no distingue entre casta y rasta, por explicarme en parámetros políticos de hoy que, por cierto, están perdidos de caspa.

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El pecado de la contaminación
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Alberto del Río Legazpi | 10-01-2016 | 10:27| 8

(Los recientes incidentes medioambientales, ocurridos en Avilés, dan pie a repasar la brutal contaminación sufrida por la ciudad y su comarca en la segunda mitad del siglo XX)
               Últimamente se están produciendo preocupantes aumentos en los niveles de contaminación atmosférica en la comarca avilesina. Al tiempo, en la Ría de Avilés, hay empresas a las que se les sigue ‘escapando’ material contaminante como si nada.
               Si preocupante es la contaminación por los efectos causados a la salud, no lo es menos la falta de duros castigos económicos a los culpables. Razón por la que contaminar sigue saliendo barato.
               En Avilés tenemos experiencias dantescas en el terreno sanitario ocasionadas por la brutal contaminación que comenzó en la década de los 50 del pasado siglo, a medida que entraban en servicio nuevas instalaciones en las empresas que entonces se instalaron en Avilés. ENSIDESA se llevó la palma, ésta vez para lo malo.
               Aquello fue una plaga que destrozó parámetros sanitarios. Tan envenenado estaba el medio ambiente que Avilés fue declarada,  por el Estado español, ‘Zona de atmósfera contaminada’ e ingresó en la lista de ciudades más contaminadas de España e incluso de Europa, lo que generó en torno a la ciudad una ‘leyenda negra’ (no podía ser de otro color) que dañó, y en casos aún daña, su imagen.
               En la década de los ochenta el panorama medioambiental era de película de terror en tecnicolor y pantalla panorámica. El plano general era una ciudad rodeada por un bosque de chimeneas que vomitaban humos de todos los colores.
               Desde entonces algunos le tomamos manía al nordeste, viento que proviene del Golfo de Vizcaya despejando nubes y dejando días claros y alegres. Pero, a cambio, el nordeste metía de pleno la contaminación atmosférica en la ciudad. Ya no es que te manchara la ropa, cosa que hacía a conciencia, sino que te ponía perdidos bronquios y pulmones por las elevadas concentraciones de materia en suspensión que éstos se veían obligados a consumir: Anhídrido sulfuroso, amoniaco y humos con todo tipo de concentraciones dañinas. Una asquerosidad.
               El aumento de enfermedades llegó al extremo de que la bronquitis simple y el asma empezaron a ser tipificadas como dolencias habituales de los habitantes de Avilés. En una información facilitada en 1981 se afirmaba que en los cinco años anteriores, el número de casos de cáncer de pulmón se había incrementado en un 141%. La muerte cabalgando sobre un relámpago intoxicado.
               Otro asunto controvertido fue el de las ‘placentas negras’ que algunos, como el ecologista José Luis Navazo en un congreso celebrado en Madrid, vinculaban a las madres que residieron durante su embarazo en la comarca avilesina. Este asunto –que creó una polémica de ámbito nacional– nunca llegó a aclararse de un modo suficientemente categórico por parte de las autoridades sanitarias.
               Lo que si se calculó fue lo que cada habitante avilesino soportaba como media anual: 2,5 toneladas de partículas contaminantes en suspensión. Son cifras de mareo.
               En el barrio de Valliniello –la zona de Avilés más castigada– había días que sufrían una contaminación 40 (repito, cuarenta) veces superior a lo admisible, que convertía en incomestibles los frutos de sus huertas. Se intentaron soluciones como la plantación de una barrera arbórea que actuase como cinturón de defensa de protección ambiental, pero hubo zonas (caso del barrio de San Sebastián) donde no hubo más remedio que desalojar a los vecinos, que vivían en casas situadas a escasa distancia de hornos altos, térmica y acerías, para albergarlos en pisos de la ciudad. Algo inaudito.
               Ya avanzada la década de los ochenta, la contaminación fue disminuyendo al ir cerrando –debido fundamentalmente a la crisis siderúrgica mundial– las instalaciones fabriles. Y así fue como cedió gran parte de la contaminación.
               Justo es decir que el gobierno local se volcó y volvió medio loco con este problema. La corporación presidida por el alcalde socialista Manuel Ponga potenció el servicio de lucha medioambiental al frente del cual estaba un técnico de reconocido prestigio como Antonio Suárez Marcos.
               Y se fueron a buscar soluciones allí donde habían resuelto problemas parecidos. De esta forma lograron traer a Avilés a los británicos del Phamef Water, que habían saneado el Támesis londinense. La delegación inglesa quedó impresionada por el estado en que se encontraba la ría de avilesina. Una caca líquida.
               El estuario recibía cada día 800.000 metros cúbicos de residuos contaminantes (grasas, aceites e ¡incluso metales!). El jefe de la delegación inglesa, Hugh Fish, calculó que se necesitarían 25 años para dejar limpia la ría con el consiguiente plan de actuación.
               No contó mister Fish (‘fish’ traducido al español significa ‘pescado’) con la puñetera dejadez, cuando no desprecio, de determinados estamentos económicos y políticos hacia el medio ambiente. Razón por la que los 25 años del inglés ya se cumplieron en 2008.
               Y aunque actualmente la Ría nada tiene que ver con aquella gigantesca cloaca de la segunda mitad del siglo XX, falta por rematar el gigantesco plan de saneamiento puesto en marcha por Manuel Ponga, que puso patas arriba la ciudad y que es la mayor obra pública de la historia avilesina. Todo un episodio aparte.
               A día de hoy y aunque menos –no se si porque menos son las instalaciones industriales que tenemos– seguimos cometiendo pecados medioambientales por tierra, mar y aire. Y la reacción de la autoridad resulta, generalmente, patética. Descaradamente una mayoría de empresas pasan de organismos oficiales de control con una pasmosa impunidad. Son cosas del progreso, aducen. Y parecen decirte que si quieres puestos de trabajo aguantes el envenenamiento. Come y calla.
               Una pena que mister Fish, el señor Pescado, aquel inglés salvador del Támesis londinense, no acertara en su pronóstico de la vuelta plena de los pescados a la Ría de Avilés, mayúsculo estuario donde sigue siendo pecado no tener pescado.
               Pecado mortal.

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Postal del Avilés de 1916
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Alberto del Río Legazpi | 03-01-2016 | 10:25| 3

 

(El año 1916 cumple, en estos días de principios de enero de 2016, un siglo. Procede un recorrido fugaz por el Avilés de aquel 1916, cuando en Europa tenía lugar la aterradora Primera Guerra Mundial).
          En 1916 la población de Avilés rondaba los 14.000 habitantes y estaba gobernada por una corporación presidida por el alcalde Carlos Lobo de Las Alas, que hoy tiene una plaza a él dedicada.

Plaza 'del Pescado'. 1916.


          El casco antiguo seguía guardando su tradicional sello histórico, con la excepción de alguna calle como La Fruta que estaba siendo despejada de sus casas bajas con soportales –herencia de su pasado medieval– para sustituirlas por llamativos inmuebles, lo mismo que en la nueva calle de La Cámara que crecía a toda mecha desde El Parche hacia Sabugo. Aunque en cuestión de modernidad ninguna ganaba a la del General Lucuce [hoy San Francisco], con unos nuevos edificios, diseñados en 1916 por el arquitecto Antonio Alonso Jorge, que seguían modas arquitectónicas imperantes en Europa y que ahí continúan –para admiración de propios y extraños– formando parte, junto con otros edificios monumentales, de una de las calles más espectaculares de Asturias.
          Los inmuebles citados (los números 4, 6 y 8 ) fueron obra del arquitecto Antonio Alonso Jorge, muy prolífico durante aquel año de 1916 pues también acometió la traza de las Escuelas de Sabugo, hoy las más antiguas de Avilés, así como el pabellón de un nuevo mercado de carne y, sobre todo, pescado en una plaza (popularmente conocida, desde entonces, como ‘La del Pescado’) en el inicio de la calle Llano Ponte. Dicho pabellón, forma parte hoy de un paso elevado peatonal (La pasarela Niemeyer) que salva las vías terrestres y ferroviarias –barrera que incomunica a la ciudad con su fachada marítima– y te pone a orillas de la Ría tan cercana y tan lejana.
          También había sido Alonso Jorge, seis años antes, el arquitecto de las famosas Naves de Balsera, en la carretera de San Juan, hoy abandonadas. Allí almacenaba sus productos, de importación ultramarina y exportación de productos asturianos, Victoriano Fernández Balsera (personaje que requiere un episodio aparte) uno de los comerciantes más importantes de España en su tiempo. Las naves, hoy catalogadas como patrimonio industrial, disponían de acceso al muelle de la Ría y –en la parte trasera– al del ferrocarril.
          En 1916, Avilés vivía condicionada por la Primera Guerra Mundial (1914–1918) desarrollada principalmente en Europa y que afectaba a las principales potencias del continente con la excepción de España (junto con otros países) que se mantuvo neutral, lo que originó un momentáneo crecimiento económico al exportar sus productos a ambos bandos indistintamente. Balsera fue uno de los grandes beneficiados por dicha situación. Y también perjudicado por la misma, pues en 1916 hizo amago de cerrar su negocio y retirarse ante acusaciones, más bien rumores, que consideró ultrajantes de que ‘se estaba lucrando ante la escasez de mercancía’ lo que provocó una original manifestación de avilesinos hasta su casa para que desistiera de su intención, cosa que consiguieron.
          Y es que Avilés parecía vivir horas altas en lo económico y el ejemplo estaba en los Almacenes Balsera que daban ocupación a un buen número de empleados. Lo que no dejaba de ser una excepción que disfrazaba una situación social delicada, que desembocaría al año siguiente en una huelga general.
          En 1916 la Real Compañía Asturiana se vio obligada a clausurar la histórica mina de Arnao a consecuencia de filtraciones de agua en sus galerías submarinas, pero a cambio inauguró una nueva factoría de ácido sulfúrico y superfosfatos en San Juan de Nieva, unida por ferrocarril privado con Arnao.
          Y en medio de estas dos poblaciones, Salinas presentó sus credenciales a ser una de las grandes playas del norte de España, con la construcción de un espectacular Club Náutico y un Balneario. La llamativa arquitectura del primero ha desaparecido, prevaleciendo la institución; pero el segundo pervive tal cual y –abandonados los baños de 1916– ahora se come de muerte y estrella Michelin.
          Desde Salinas y camino de Avilés por la carretera de San Juan, cerca del muelle de Raíces, se encuentra el lugar conocido como Las Arobias, hoy una zona industrial pero antaño lugar donde existió un estadio de fútbol, con tribuna de madera. En él jugó el Real Stadium de Avilés, club que empezó a competir en 1916 y que llegaría a ser campeón de España de aficionados en 1940. En 1941 el Real Stadium tuvo que cambiar su nombre por el de Real Avilés, al haber prohibido el régimen franquista el uso de extranjerismos (Sporting, Stadium, Racing, Athletic, etc.) en el nombre de los clubs. Hace unos meses ha surgido (resucitado también se podría decir) un nuevo equipo: el Avilés Stadium, consecuencia de una escisión entre aficionados del Real Avilés.
          Frente a Las Arobias, y en la otra margen de la Ría, se encuentra el pueblo de Zeluán, curioso nombre de reminiscencias africanas, que fue  fundado en 1916 por José Fernández García (‘Pepe la Vara’), uno de los personajes históricos del estuario avilesino –junto con Ricardo García Fernández ‘Rico El Buzo’, Francisco Corostola ‘Pachico’ y otros– que son episodio aparte. La Ría (mayúscula) de Avilés está continuamente embarazada de acontecimientos.
          Acabo con vuelta atrás, de 2016 a 1916, fugaz postal de tiempos no muy lejanos. Que cien años no es nada, como podría decir el tango, para villa tan historiada como la de Avilés.

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Navidades de economato y tranvía
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Alberto del Río Legazpi | 27-12-2015 | 10:18| 8

(Donde se habla de aquellas Navidades en las que palmó el tranvía eléctrico, hoy tan añorado como transporte público, y nacieron los economatos que tanto beneficiaron a los trabajadores, pero a la vez  frenaron el desarrollo y futuro de la industria del comercio avilesino).
      La Navidad, como la Semana Santa y el día del plazo final de la Declaración de la Renta pesan cada vez más, quizás porque se nos convierten en aburridos mojones que sacralizan la repetición.
      Pero así vamos tirando. Y así tiro yo hoy de la historia reciente –ocurrida en tiempos navideños– para darle protagonismo a dos acontecimientos: uno, en 1955, cuando llegaron los economatos y de paso arruinaron el comercio de Avilés. Y el otro, el último día del año 1960, cuando el tranvía eléctrico cesó en sus servicios como transporte público comarcal y sus vías se borraron del paisaje.
      Eran aquellas unas navidades con música de fondo de la cansina cantinela de  los niños de San Ildefonso sobre la lotería nacional que nunca nos tocaba a nosotros. Eran fiestas sin mucho colorín externo, pero de mucho calorín en la cocina, con la mamá atizándola de carbón y mucha charla de casos y cosas de familia y amigos. No eran como las de ahora suculentas y como de plástico; aquellas estaban ausentes de mensajes de WhatsApp y los villancicos se cantaban en las casas, no eran reclamos comerciales callejeros. Eran unas navidades distintas.
      En las de 1955, la Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) abrió en los bajos de los soportales de la plaza Mayor de su Poblado de Llaranes los primeros economatos para sus trabajadores (o ‘productores’ en la jerga de la empresa). Entonces el poder adquisitivo era ridículo y los artículos que se vendían en el economato venían rebajados de una forma, digamos que, milagrosa al no quedarse la empresa con la tradicional ganancia comercial.
      Aquello fue la repera para los trabajadores (o sea para los productores) pero una catástrofe para el comercio tradicional. Y además echaba el freno para el futuro desarrollo de ésta industria en Avilés. ¿Cómo competir con los economatos que vendían el mismo artículo por un 25 o 30% menos del precio?

Mural de Echanove en Economato Llaranes.


      Tal fue el éxito –colas multitudinarias– que hubo que construir un edificio ex profeso, inaugurado en agosto de 1962, para atender al público en el despacho de artículos de todo tipo, desde productos alimenticios a tejidos y desde congelados a calzados. El nuevo e impecable inmueble –diseñado por los arquitectos Cárdenas y Goicoechea, los mismos que habían trazado el poblado– fue al instante uno de los edificios más conocidos y frecuentados de Avilés, donde todavía no había grandes superficies. Y hasta Llaranes peregrinaba media comarca avilesina que salía del economato, vestida, calzada y cargada hasta el gorro de artículos domésticos.
      Hubo que abrir más sucursales en La Marzaniella (Trasona), poblado de La Luz y en el mismísimo centro de Avilés, en la calle La Cámara.
      Pero el colmo fue que en un monumental edificio de la Edad Media, como el palacio de Valdecarzana, se instaló un economato para trabajadores Portuarios. También lo tenían los trabajadores de Cristalería (hoy Saint Gobain) y ENDASA (hoy ALCOA).
      Había economatos hasta en la sopa, y con ellos no podía competir el comercio tradicional que vio frenado bruscamente su desarrollo que debía haber ido en paralelo con el gigantesco aumento de población que sufría Avilés, que de 38.647 habitantes en 1956 pasó a 85.299 en 1975.
      El periodista y escritor Toni Fidalgo, en un excelente trabajo titulado ‘La teoría de las dos ciudades’ –publicado en el libro coral ‘Avilés XX, el siglo que vivimos’ (editado por la Fundación Sabugo)– escribe que «No sirvieron de nada las protestas de la Cámara de Comercio, la denuncia de la posición de dominio o de competencia des­leal para el comercio minoritario. Una vez más se impuso la decisión política y el abuso de poder. Y los establecimientos tradicionales de la villa, aquellos que subieron con le­gítimo orgullo a las coplas de principios de siglo, languidecieron, cerraron o no renovaron. Pocos años después, Avilés, la tercera ciudad de la región, tenía menos tiendas que Villaviciosa, Luarca o Llanes. A juicio de los estudiosos del sector eran además ‘pequeños comercios familiares, con una escasísima oferta especializada’».
      Todavía hoy se dejan sentir las secuelas de aquello.
      Y tan llamativo como el nacimiento de los economatos fue la muerte de los tranvías eléctricos que hicieron su último recorrido el 31 de diciembre de 1960 dando paso a los autobuses urbanos. Ni pizca de comparación, casi todos los que conocieron el tranvía lo añoran. En las ciudades europeas ha sido resucitado como transporte público cómodo y no contaminante.
      Se había puesto en marcha el 20 de febrero de 1921, llegando a cubrir el trayecto Piedras Blancas–Avilés–Villalegre con un trazado de vía de que rondaba los 15 Km. en el que invertía, aproximadamente, una hora y media.

Tranvía en la calle La Cámara.


      Socialmente el tranvía fue un triunfo histórico en las comunicaciones comarcales, inexistentes hasta entonces. Aparte de  facilitar el desplazamiento de trabajadores, con tarifa especial, a San Juan y Arnao. Y también para los aficionados al fútbol que acudían al estadio –con tribunas de madera– de Las Arobias, en la carretera de San Juan, donde jugaba el Real Stadium de Avilés contra sus rivales.
      El tranvía también hizo posible un notable aumento ciudadano, en temporada veraniega, en las playas de San Juan y Salinas.
      En fin. Que fueron Navidades que cruzaron por la historia de Avilés allá por la década de los cincuenta, cuando el pollo era el rey de las tradicionales cenas de Nochebuena y Nochevieja. Cuando no había Papá Noel, solamente Reyes Magos. Aunque para los hijos de los miles de papás que trabajaban en ENSIDESA los Reyes dejaban miles de juguetes, el 6 de enero, en la plaza Mayor del poblado de Llaranes. Una explosión de alegría.
      Por entonces circulaba el dicho «El que vale, vale, y el que no pa ENSIDESA» y otro, que remataba la faena con «Dios creó a Adán y colocólo en ENSIDESA».
      Inventados por cachondos o quizá por despechados al no poder conseguir ingresar en aquella mastodóntica empresa, que llegó a tener en sus mejores tiempos 20.000 empleados y que originó, en Avilés, la mayor transformación de su Historia. De momento.
 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta