El Comercio
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Navidades de economato y tranvía
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Alberto del Río Legazpi | 27-12-2015 | 10:18| 8

(Donde se habla de aquellas Navidades en las que palmó el tranvía eléctrico, hoy tan añorado como transporte público, y nacieron los economatos que tanto beneficiaron a los trabajadores, pero a la vez  frenaron el desarrollo y futuro de la industria del comercio avilesino).
      La Navidad, como la Semana Santa y el día del plazo final de la Declaración de la Renta pesan cada vez más, quizás porque se nos convierten en aburridos mojones que sacralizan la repetición.
      Pero así vamos tirando. Y así tiro yo hoy de la historia reciente –ocurrida en tiempos navideños– para darle protagonismo a dos acontecimientos: uno, en 1955, cuando llegaron los economatos y de paso arruinaron el comercio de Avilés. Y el otro, el último día del año 1960, cuando el tranvía eléctrico cesó en sus servicios como transporte público comarcal y sus vías se borraron del paisaje.
      Eran aquellas unas navidades con música de fondo de la cansina cantinela de  los niños de San Ildefonso sobre la lotería nacional que nunca nos tocaba a nosotros. Eran fiestas sin mucho colorín externo, pero de mucho calorín en la cocina, con la mamá atizándola de carbón y mucha charla de casos y cosas de familia y amigos. No eran como las de ahora suculentas y como de plástico; aquellas estaban ausentes de mensajes de WhatsApp y los villancicos se cantaban en las casas, no eran reclamos comerciales callejeros. Eran unas navidades distintas.
      En las de 1955, la Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) abrió en los bajos de los soportales de la plaza Mayor de su Poblado de Llaranes los primeros economatos para sus trabajadores (o ‘productores’ en la jerga de la empresa). Entonces el poder adquisitivo era ridículo y los artículos que se vendían en el economato venían rebajados de una forma, digamos que, milagrosa al no quedarse la empresa con la tradicional ganancia comercial.
      Aquello fue la repera para los trabajadores (o sea para los productores) pero una catástrofe para el comercio tradicional. Y además echaba el freno para el futuro desarrollo de ésta industria en Avilés. ¿Cómo competir con los economatos que vendían el mismo artículo por un 25 o 30% menos del precio?

Mural de Echanove en Economato Llaranes.


      Tal fue el éxito –colas multitudinarias– que hubo que construir un edificio ex profeso, inaugurado en agosto de 1962, para atender al público en el despacho de artículos de todo tipo, desde productos alimenticios a tejidos y desde congelados a calzados. El nuevo e impecable inmueble –diseñado por los arquitectos Cárdenas y Goicoechea, los mismos que habían trazado el poblado– fue al instante uno de los edificios más conocidos y frecuentados de Avilés, donde todavía no había grandes superficies. Y hasta Llaranes peregrinaba media comarca avilesina que salía del economato, vestida, calzada y cargada hasta el gorro de artículos domésticos.
      Hubo que abrir más sucursales en La Marzaniella (Trasona), poblado de La Luz y en el mismísimo centro de Avilés, en la calle La Cámara.
      Pero el colmo fue que en un monumental edificio de la Edad Media, como el palacio de Valdecarzana, se instaló un economato para trabajadores Portuarios. También lo tenían los trabajadores de Cristalería (hoy Saint Gobain) y ENDASA (hoy ALCOA).
      Había economatos hasta en la sopa, y con ellos no podía competir el comercio tradicional que vio frenado bruscamente su desarrollo que debía haber ido en paralelo con el gigantesco aumento de población que sufría Avilés, que de 38.647 habitantes en 1956 pasó a 85.299 en 1975.
      El periodista y escritor Toni Fidalgo, en un excelente trabajo titulado ‘La teoría de las dos ciudades’ –publicado en el libro coral ‘Avilés XX, el siglo que vivimos’ (editado por la Fundación Sabugo)– escribe que «No sirvieron de nada las protestas de la Cámara de Comercio, la denuncia de la posición de dominio o de competencia des­leal para el comercio minoritario. Una vez más se impuso la decisión política y el abuso de poder. Y los establecimientos tradicionales de la villa, aquellos que subieron con le­gítimo orgullo a las coplas de principios de siglo, languidecieron, cerraron o no renovaron. Pocos años después, Avilés, la tercera ciudad de la región, tenía menos tiendas que Villaviciosa, Luarca o Llanes. A juicio de los estudiosos del sector eran además ‘pequeños comercios familiares, con una escasísima oferta especializada’».
      Todavía hoy se dejan sentir las secuelas de aquello.
      Y tan llamativo como el nacimiento de los economatos fue la muerte de los tranvías eléctricos que hicieron su último recorrido el 31 de diciembre de 1960 dando paso a los autobuses urbanos. Ni pizca de comparación, casi todos los que conocieron el tranvía lo añoran. En las ciudades europeas ha sido resucitado como transporte público cómodo y no contaminante.
      Se había puesto en marcha el 20 de febrero de 1921, llegando a cubrir el trayecto Piedras Blancas–Avilés–Villalegre con un trazado de vía de que rondaba los 15 Km. en el que invertía, aproximadamente, una hora y media.

Tranvía en la calle La Cámara.


      Socialmente el tranvía fue un triunfo histórico en las comunicaciones comarcales, inexistentes hasta entonces. Aparte de  facilitar el desplazamiento de trabajadores, con tarifa especial, a San Juan y Arnao. Y también para los aficionados al fútbol que acudían al estadio –con tribunas de madera– de Las Arobias, en la carretera de San Juan, donde jugaba el Real Stadium de Avilés contra sus rivales.
      El tranvía también hizo posible un notable aumento ciudadano, en temporada veraniega, en las playas de San Juan y Salinas.
      En fin. Que fueron Navidades que cruzaron por la historia de Avilés allá por la década de los cincuenta, cuando el pollo era el rey de las tradicionales cenas de Nochebuena y Nochevieja. Cuando no había Papá Noel, solamente Reyes Magos. Aunque para los hijos de los miles de papás que trabajaban en ENSIDESA los Reyes dejaban miles de juguetes, el 6 de enero, en la plaza Mayor del poblado de Llaranes. Una explosión de alegría.
      Por entonces circulaba el dicho «El que vale, vale, y el que no pa ENSIDESA» y otro, que remataba la faena con «Dios creó a Adán y colocólo en ENSIDESA».
      Inventados por cachondos o quizá por despechados al no poder conseguir ingresar en aquella mastodóntica empresa, que llegó a tener en sus mejores tiempos 20.000 empleados y que originó, en Avilés, la mayor transformación de su Historia. De momento.
 

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Un alcalde de cine
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Alberto del Río Legazpi | 20-12-2015 | 10:13| 1

(José Antonio Rodríguez Fernández, alcalde avilesino que en 5 meses y 4 días realizó una gestión municipal de película).
            En el año 1924 tuvo lugar en Avilés un grandioso desparrame municipal. Eran tiempos de la dictadura del general Primo de Rivera y de su ordeno y mando y urnas secuestradas, salieron, nada menos, que cuatro alcaldes.
            Uno de ellos fue José Antonio Rodríguez Fernández, quien da nombre –desde 1965– a la calle que une las de José Cueto y El Quirinal, a la altura del estadio de fútbol llamado ‘de Román Suárez–Puerta’ cuñado de José Antonio, por cierto.
            Nació en el barrio de La Magdalena en 1881. Hijo de José Rodríguez Maribona, emigrante en Cuba y regresado a Avilés después de fundar en 1851 en La Habana un comercio, hoy mítico, que bautizó como El Palacio de Cristal, porque aquel año tuvo gran trascendencia mediática un innovador edificio, así llamado, construido en Londres como sede de la Gran Exposición mundial (la primera ‘Expo’ de la historia) y donde en el pabellón español se exhibió una pieza del entonces famoso y cotizado ‘Jamón de Avilés’.
            Aquel hijo de José Rodríguez Maribona, o sea José Antonio Rodríguez Fernández, nació destinado a trabajar y a dirigir, posteriormente, El Palacio de Cristal. Y para su gracia se fue a La Habana como emigrante privilegiado, excepción que confirma la regla de la desgracia de miles y miles de jóvenes –muchos de ellos adolescentes– que huían, por mar, de la miseria que reinaba en gran parte de la España de entonces. Avilés fue uno de los principales puertos de partida –grandes fortunas hicieron algunos navieros avilesinos– de ésta diáspora hacia las Américas.
            Y en La Habana trabajó de lo lindo. Y triunfó logrando hacer del Palacio de Cristal una referencia americana en materia de ropa.
Y también escribió con frecuencia, en el histórico periódico cubano ‘El Diario de la Marina’ donde firmaba escondido bajo el nombre de ‘Bartolo’, apodo por el que lo conocían sus muchos amigos que apreciaban en él a un joven triunfante, de carácter extrovertido, miembro de muchas tertulias y también de proyectos relacionados con Avilés, por lo que estaba cantado que presidiese el influyente Círculo Avilesino de La Habana.
            Se convirtió en hombre de mundo. Viajó mucho, pues el negocio se surtía de telares españoles (de Cataluña), franceses, holandeses e ingleses. Aunque más mundo recorrió su primo y codirector del negocio, Servando Ovies Rodríguez, que encontró la muerte, en 1912, a bordo del ‘Titanic’ y cuyo cadáver fue identificado por José Antonio en el cementerio de la ciudad canadiense de Halifax, un mes después del naufragio.
            Tan popular como lo había sido en La Habana lo fue en Avilés, José Antonio Rodríguez, cuando regresó achuchado por la nostalgia, aunque con el riñón bien cubierto, estableciéndose con su esposa Isabel Suárez–Puerta (se habían casado en 1911 y tuvieron cuatro hijos) en una vistosa casa de la calle Rivero, esquina con Libertad.
        En Avilés dejó de escribir, que se sepa, tal como lo había hecho en la prensa de La Habana, pero su personalidad le pedía andar de aquí para allá, actividad constante, así que no fue difícil que fuera propuesto y nombrado alcalde de Avilés, tomando posesión de su car­go el 18 de junio de 1924 y siendo cesa­do el 22 de noviembre del mismo año por, digamos, ‘acoso político’ en el que tuvo mucho que ver Julián Orbón, hombre de tantas iniciativas como de sonadas envidias. El brillante alcalde resultó alcanzado por una granizada de estas últimas, y tenía tantas simpatías ciudadanas que su destitución provocó «una multitudinaria manifes­tación de protesta» según tiene escrito Justo Ureña. Más tarde sería presidente de la Asociación Avilesina de Caridad (beneficencia y educación).
            José Antonio Rodríguez fue junto con varias personas más –en especial el español y estadounidense Ángel Cuesta Lamadrid– muñidor del histórico viaje de una delegación norteamericana a Avilés, todo un episodio aparte. Y también fue el productor (la pagó de su bolsillo) de la primera película aquí rodada; titulada ‘Avilés agosto de 1924’, recoge la visita de autoridades norteamericanas del estado de Florida (USA) y en particular de San Agustín de La Florida, la ciudad más antigua de aquel país, fundada por el marino avilesino Pedro Menéndez en 1565.
            Cedida en 1964, un año antes de su muerte, al Ayuntamiento de Avilés por José Antonio Rodríguez la película fue realizada por Vilaseca y Ledesma, empresa pionera en rodajes (entre ellos algunos para el rey Alfonso XIII) y también en la construcción de locales de exhibición cinematográfica como el famoso Palau del Cinema (o Pathé Palace) de Barcelona.
            Tipo cordial, elegante, imaginativo, José Antonio Rodríguez creo que ha de de figurar en la historia local como primer el alcalde que lanzó a Avilés y comarca como protagonistas de una película. Y por ser, también, coprotagonista en la perfecta maniobra diplomática de establecer relaciones con otra ciudad de la primera potencia mundial, valiéndose de la singladura de un marino avilesino del siglo XVI.
            Un alcalde de cine.

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La Ferrería, una calle con vistas
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Alberto del Río Legazpi | 13-12-2015 | 10:17| 0

(Histórica vía urbana de origen medieval que comunica visualmente con edificios y lugares avilesinos de distintas épocas históricas) 


          La Ferrería, que fue el eje urbano del Avilés de la Edad Media, de la moderna e incluso de buena parte de la contemporánea, es una calle histórica, vistosa y con vistas.
          Avilés fue amurallado en su zona más antigua (la contigua al puerto), que era la compuesta fundamentalmente por las calles La Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo. Al núcleo urbano que formaban esas calles se la conocía familiarmente con el nombre de La Villa; luego estaban los arrabales de Rivero, El Carbayedo y el pueblo marinero de Sabugo.

La Ferrería hasta visualiza por duplicado. Ocurre con la calle Jovellanos, que se puede ver 'en directo' o 'en diferido', reflejada en el palacio gótico Valdecarzana.


          Y en La Villa, la calle principal fue La Ferrería. Atravesaba en línea recta la ciudadela amurallada con tal autoridad que de las cinco puertas que tuvo la cerca medieval dos estaban en esta calle (la puerta del Alcazar, que comunicaba con Oviedo y la puerta de la Mar, con acceso al puerto) pero había una más que estaba a golpe de vista desde La Ferrería, me refiero a la puerta de Los Pilares que conducía al puente de San Sebastián (entonces de piedra) paso que llevaba a Gozón y al este de Asturias.
          Todo esto se puede ver hoy en gran parte desde La Ferrería, recreándose en la faena histórica.
          Pero vamos a ver… si es una calle que hasta comunica visualmente los parques de Ferrera y del Muelle. Fíjense y verán que las copas de los árboles son visibles desde tramos intermedios de la calle.
          La Ferrería no solo es importante por lo que significó urbana y socialmente como calle mayor de Avilés al igual que por atesorar los edificios civiles y religiosos más antiguos de la ciudad (palacio de Valdecarzana e Iglesia de San Antonio de Padua). Siendo esto importante, también lo es el afán de ligar que tiene esta calle, que se abre visualmente desde sus construcciones medievales hacia la vanguardia arquitectónica que supone, por ejemplo, la cúpula del complejo diseñado por el arquitecto Oscar Niemeyer. Antes también tuvo dominadas, visualmente, parte de las modernidades siderúrgicas –hoy cenizas de utopía– de ENSIDESA de la que aún queda como testigo, mudo de humos, la chimenea del Sinter.

Entre la iglesia y la calle Los Alfolíes se visualiza el puente de mando de un crucero.


          Todo eso se puede contemplar desde el tramo en cuesta de la calle, donde con un giro de cabeza de 30 grados se recorren 8 siglos en el tiempo.
          También es posible ver, contiguo al ábside de la iglesia, planos parciales de buques anclados en los muelles del puerto.
          En La Ferrería nacen las calles Jovellanos y El Sol y muere la de San Bernardo.
          La de Jovellanos, calle abierta en 1932 (muy reciente para el presente escrito donde la historia se cuenta por siglos) permite que desde La Ferrería se vea no sólo la modernidad de las primeras casas construidas en Llano Ponte, a principios del siglo XX, sino también la plaza de Santiago López (popularmente conocida como ‘plaza del Pescado’) con su aparatoso tinglado de ingeniería urbana (La Pasarela) que combinado con el puente de San Sebastian facilita el acceso peatonal a la otra margen de la Ría donde está emplazado el Centro Niemeyer.

Palacio de Camposagrado desde el final de San Bernardo.


          También, desde La Ferrería y donde desemboca la calle San Bernardo se puede contemplar un lateral de la espectacular fachada sur del palacio de Camposagrado, la joya de la corona del casco histórico avilesino.
          Y que decir de sus extremos (inicio y fin de la calle) donde se puede ver el parque del Muelle por un lado (en parte del cual estuvo, durante siglos, ubicado el puerto avilesino) y por el otro la plaza de España (o ‘El Parche’) corazón del casco histórico local, así como la entrada a la calle Las Alas, a la que por su estrechez algunos visitantes toman por calle de judería.
          Y para complementar la visión de todo lo anterior se puede acudir al centro de interpretación que es el llamado ‘Museo de la Historia Urbana de Avilés’, ubicado en el número 35. De la calle La Ferrería, claro.
          No le den más vueltas, es calle con vistas.

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El Puerto a la puerta
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Alberto del Río Legazpi | 06-12-2015 | 10:14| 0

(Un dibujo de Miguel Solís Santos ayuda a ver hasta que punto Avilés y su Puerto estaban unidos y lo  lamentable que sigue siendo su separación, por dos barreras de transportes terrestres y otras dos ferroviarias)
            La historia de Avilés es la historia de su Puerto. Está claro que los primeros pobladores se instalaron al fondo de una ría que ofrecía, a sus frágiles embarcaciones, resguardo en las tempestades.
          Y, siglo a siglo, Avilés fue creciendo según lo hacía su Puerto que estaba a la puerta de casa, para sus habitantes.
            Así quedó reflejado en el famoso mapa del ingeniero militar Francisco Coello, publicado en 1870, un tiempo en el que Avilés comenzaba a cambiar su fisonomía urbana, que le trajo cosas buenas y una mala como fue el hurto que se le hizo a la ciudad –por aquello del progreso, lo que son las cosas– de su fachada marítima al cortarla de un plumazo con un camino de hierro por donde andaría el ferrocarril a partir de 1890. Todavía hoy, en 2015, estamos tratando de arreglar aquel estropicio.
            Basado en aquel plano de Coello, cartógrafo del siglo XIX,  Miguel Solís Santos, artista avilesino del siglo XXI, ha recreado la zona portuaria de aquel 1870. Profesor de Biología, escritor y artista plástico, Miguel Solís es autor de ‘La Hestoria d’Avilés’, la publicación  que más ha contribuido a divulgar la historia local.
          Lo primero que llama la atención de la imagen es el acoplamiento, dicho sea en todos los sentidos, entre Puerto y población.
          Vemos el río Tuluergo que arroyando desde la zona alta de Avilés (Heros) y atravesadas Las Meanas, desembocaba en la Ría. En el delta de ese histórico río, hoy alcantarilla, estuvo desde tanto tiempo, que ni se sabe, el Puerto de Avilés (1).
          Tenía dos muelles (2 y 20) unidos por un puente (17) donde antiguamente ya había estado el ‘Viejo de Sabugo’ que unía la Villa y el pueblo marinero.
            El muelle derecho (2) era el principal, y estaba en terrenos actualmente ocupados por el parque del Muelle y la calle La Muralla.
            El edificio más destacado era el palacio de Camposagrado (3) cuya fachada norte vertía hacia el malecón.
            También podemos apreciar cómo la propiedad de la familia De las Alas (6) con su mansión y fortaleza militar estaban aún protegidas por murallas, aunque estas se habían eliminado en la Villa a comienzos de aquel siglo XIX. En el solar de esta legendaria familia se instalaría más tarde el famoso hotel ‘La Serrana’ y actualmente un edificio de viviendas. También quedan restos de la muralla medieval protegiendo el jardín del palacio de Camposagrado (5), hoy calle Cuesta La Molinera.
          En 1870 ya existía la primera zona de ocio público que tuvo Avilés: El Bombé (4), un paseo con estatuas –que más tarde adornarían el parque del Muelle– y una zona arbolada de juguete.
          A un costado del Puerto se puede ver el más destacado complejo religioso avilesino constituido por la iglesia de San Nicolás de Bari (10) con tres portadas de distintos estilos: románico, gótico y barroco. Y la capilla funeraria de la familia Las Alas (11).
          En el Puerto terminaba La Ferrería (5) que fue la calle mayor medieval. En ella, y adosada al paredón de la campa de la iglesia, estaba la fuente de Los Caños de San Nicolás (8), importante, pues era el primer manantial de agua dulce con el que se encontraban las tripulaciones al desembarcar.
          La calle de La Ferrería pasaba a un costado de la plaza de San Nicolás (12), hoy de Carlos Lobo, antiguo zoco medieval. Por la fecha que hablamos, de 1870, allí estaba la Imprenta Pruneda donde se había editado en 1866 ‘El Eco de Avilés’ la primera publicación periódica de la historia local. Uno de sus principales colaboradores fue el filósofo Estanislao Sánchez-Calvo, que viviría frente a la plaza en uno de los [entonces] edificios (13) más modernos de la calle.
          A La Ferrería, también iba a dar la de San Bernardo (9), que comenzaba en la antigua fuente de La Cámara.
          En el dibujo de Miguel Solís, también se puede apreciar el trayecto de la vía, entonces del Moclín (14) y actualmente de Las Alas. Y la calle del Muelle (19).
          En la parte superior de la imagen se alcanza a ver la entonces llamada Alameda Vieja (15), donde luego se construiría un pabellón para mercado, popularmente conocido como La Pescadería y actualmente principal lugar de paso entre el centro de Avilés y el Centro Niemeyer. También se aprecia el edificio de la antigua cárcel del Partido Judicial, hoy Oficina de Turismo.
          Al clásico puente de piedra San Sebastián (16) le quedaban pocos años de vida, pues lo sustituyeron por otro metálico, de igual  nombre, en 1893.
           El parque del Muelle fue levantado en terrenos de los viejos muelles, como se ve en la imagen (1,2 y 20) y el nuevo Puerto desplazado a la Ría, recién canalizada. La Plaza Nueva o del Mercado, se edificó en el solar numerado como 18, después de ser soterrado el río Tuluergo.
            En fin, que todo esto fue cuando teníamos el Puerto a la puerta de casa.
            Hay quienes sostienen que una imagen vale por mil palabras. Son frases hechas, que mienten tanto como las improvisadas. Es cuestión de puntos de vista, ya que también se puede argumentar que una palabra puede sugerir mil imágenes.
            Pero en esto, como en todo, hay excepciones como es el caso de este episodio donde la imagen de Miguel Solís, vale por todas mis palabras que ustedes están leyendo y que son exactamente novecientas siete, terminación de lotería navideña.
            El premio a la puerta.

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Jamón de Avilés… ¿Jabugo o Sabugo?
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Alberto del Río Legazpi | 29-11-2015 | 10:17| 5

(El Jamón de Avilés fue famoso y gozó, durante el siglo XIX y parte del XX, de gran prestigio en toda España y en el extranjero, siendo premiado en las Expos Internacionales de Londres y Paris).
          Aunque a algunos les parezca increíble, hubo un tiempo en que la denominación Jamón de Avilés inundó los mercados del mundo cristiano como garantía de calidad y era ofrecido en las cartas de los más afamados restaurantes como aperitivo de lujo.

Palacio de Cristal. Londres. 1851.


          El nombre de Avilés asociado a un jamón de excelencia se convirtió en algo normal, así que no debe extrañar que las autoridades españolas encomendaran, en 1851, al Ayuntamiento de la ciudad que remitiera una pieza del preciado producto para lucirlo en el pabellón de España en la Primera Gran Exposición Universal celebrada en el Palacio de Cristal de Londres de aquel año. Y obtuvo una medalla como producto gastronómico. Más tarde, en 1867 fue también a la Expo de Paris, donde igualmente resultó ganador.
          Las crónicas decían que «Los salchichones de Vich, los jamones de Montánchez y de Avilés y la carne de oveja en cecina de Huesca fueron los productos premiados en las clases de carnes y pescados en la que España posee riquezas enormes que no explota debidamente».
          El ‘Larousse Gastronomique’ del año 1938, dirigido por Prosper Montagné, alaba al asturiano como el más reputado de los jamones de ese país. Y los jamones ‘de Avilés’ son citados también por Ángel Muro, en su clásico ‘Diccionario de Cocina’ donde hablando de jamones de Europa cita a «Los de York, Westfalia, los de Bayona y los de Maguncia son sin duda los que gozan de más nombradía en el mundo, sin que sean por eso mejores que los nuestros de Trevélez, en la serranía de Granada, los de Cáceres y Montánchez, en Extremadura; los de la casta española, llamados cerdos jaros, de Caldas, en Galicia; los de Avilés, en Asturias y los de otras provincias, que son también ahora universalmente alabados…».
          Repito: York, Westfalia, Maguncia… y Avilés. Calibren el nivel.
          Está claro que hubo un jamón de Avilés, producto artesano exquisito, caracterizado por su ‘besa’ o capa amarillenta y que era delicioso al decir de todos los escritos (destaco los del sacerdote y académico José Manuel Feito) y que fue premiado internacionalmente como hemos visto. Se iniciaba, mayormente, ‘la cadena productiva’ en pequeñas cuadras que surgieron a orillas de la Ría, donde luego se instaló ENSIDESA y donde cuando volaron sus hornos altos se levanto el Niemeyer. Da que pensar lo de la margen derecha de la Ría de Avilés.
          Pero aquella producción artesanal avilesina se acabó. Porque a rebufo de los triunfos internacionales vino el boom comercial donde, aún siendo el jamón excelente, ya no era el genuino de Avilés.
          En esto de su universalización tuvo mucho que ver Victoriano Fernández Balsera, comerciante avilesino de sonado éxito nacional e internacional, que almacenaba (en vistosas naves, en la llamada carretera de San Juan, hoy abandonadas) productos asturianos que exportaba en gran cantidad por barco, tenía enfrente los muelles de la Ría y por ferrocarril, las vías llegaban a la parte trasera de sus naves.
          Balsera compraba jamones en el sur occidente asturiano –una línea quebrada que iba de Taramundi a Tineo pasando por Cangas de Narcea– y les añadía la correspondiente etiqueta comercial antes de facturarlos. De un modo natural el jamón tomaba el nombre del lugar donde se comercializaba y distribuía, llevando por tanto el nombre de Avilés a los cuatro vientos.
          Su fama también está reflejada en la literatura. Escritores como José Martínez Ruiz, más conocido como ‘Azorín’, se hacen eco del mismo: «Créalo usted, el jamón de Avilés es el primero de España» pone en boca de uno de sus personajes en un artículo de la página 9 del ABC de Madrid de 25 de julio de 1906. Y añade con nostalgia «los buenos tiempos de los jamones de Avilés ya no volverán» Augurio que resulto ser cierto.
          Rafael Suárez Solís, el prolífico escritor nacido en Sabugo, nacionalizado cubano, ignorado en Avilés y famoso en América, lo cita en su novela ‘Un pueblo donde no pasaba nada’ al hablar de los tenderos avilesinos de ultramarinos «artífices del mejor jamón de España -tal vez del mundo entero-, cuya bandera mercantil era el escudo de la ciudad».
          Y el más famoso, por entonces, de los autores literarios españoles, Armando Palacio Valdés, en su ‘Novela de un novelista’ cuenta que «Cuando llegué a Madrid para estudiar mi carrera y vi en los escaparates de las tiendas de comestibles unos cartelitos que decían: Jamones de Avilés, no pude por menos de experimentar profunda sorpresa, a ésta sorpresa siguió inmediatamente un sentimiento de vergüenza y de irritación. ¿Cómo? ¡La Villa poética por excelencia, la Villa de las mujeres hermosas y las canciones románticas, aquella blanca paloma del Cantábrico era conocida en el resto de España por sus jamones! (…) Viviendo en Avilés hasta entonces a nadie había oído gloriarse de esta grosera ventaja, ni aún sabía que en Avilés existiesen cerdos». Aunque señala la excepción de «un administrador de Correos que comía las sardinas crudas y entregaba las cartas abiertas. Pero este administrador no había nacido en Avilés» termina rematando la coña.
          Por supuesto que en Avilés había cerdos. Incluso existió el llamado ‘Mercado de los gochos’, nombre sonoro donde los haya, que se celebraba en la calle Llano Ponte, muy cerca del domicilio de la calle Rivero donde vivió Palacio Valdés. La feria se celebraba en el solar donde hoy está el ambulatorio y antes estuvo el cuartel de la Guardia Civil. Y también en el mercado semanal de ganados de El Carbayedo, existió un apartado comercial para el porcino.
          Y volviendo al exitoso producto local hay que decir que cuando cerró el negocio de Balsera dejó un vacío enorme, pero surgieron algunos comerciantes dispuestos a continuar con el Jamón de Avilés.
           Es el caso del recordado establecimiento ‘La Reforma’, innovador como pocos en el gremio comercial, y cuyo frente estuvo Alfredo González. Él fue un gran impulsor de la marca Jamón de Avilés, que publicitaba en un logo que se hizo famoso: un repartidor blandiendo un pernil. Tengo leído en un artículo escrito por su nieto Eduardo donde recuerda «cuando de pequeño iba con Papito a Tineo a seleccionar los jamones con una cala… Luego se almacenaban en los almacenes de la entonces calle Pinar del Río [hoy La Ferrería]».
           Pero La Reforma también acabó y hoy, que yo sepa, solo oferta el Jamón de Avilés como marca registrada la firma Embutidos Vallina, en su catálogo comercial, como se puede constatar en Internet.
          No hace mucho estuvo en Avilés un equipo del programa televisivo de Iker Jiménez ‘Cuarto Milenio’. Investigaban el misterio del fantasma que se dice habita en el musicado palacio del comerciante Victoriano F. Balsera. En el trascurso de la conversación, les comenté lo del jamón de Avilés que tan relacionado estaba con Balsera. Aparentaron indiferencia. Sin embargo por la noche me los encontré por Galiana, venían de cenar en El Carbayedo y me comentaron que el jamón de Avilés estaba bueno, pero que la longaniza con patatas, «estaba de muerte, Alberto».
          O sea que la relación del porcino de nombre avilesino, con la carne procesada sigue adelante con éxito.
          Y la fama de aquel Jamón de Avilés sigue ocasionando equívocos. Alguno tan considerable como el reflejado en ‘La sociedad española del Siglo de Oro’, libro de Manuel Fernández Sánchez, editado en 1984 (y que fue Premio Nacional Historia de España en 1985) donde se puede leer: «Aún sigue siendo famoso el jamón de Jabugo, arrabal de Avilés».
          La confusión es monumentalmente divertida al enredar el Jabugo onubense –hoy famoso por su jamón– con el Sabugo avilesino, histórico barrio de pescadores. Por lo que decir jamón de Sabugo es como decir salmón de Jabugo.
          Pero sea de Tineo o de Avilés, de Jabugo o de Sabugo, tómese el jamón curado, con pan honrado y vino adecuado.
 

 

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Fernando IV, un rey en la nevera
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Alberto del Río Legazpi | 22-11-2015 | 10:15| 0

En el Archivo Histórico de Avilés, congelador documental del tiempo histórico avilesino, se conservan algunos de los privilegios que este rey castellano–leonés le concedió a la Villa.
          Dicen que estadista es un buen político que lleva muerto quince años. ¿Qué calificativo merecería quien, siendo un buen estadista, murió hace más de setecientos años?
          Tanta verdad hay en que 1312 fue el año del fallecimiento de Fernando IV como en el hecho de que pocas ciudades españolas se han visto tan favorecidas por un estadista como lo fue Avilés por este rey, al que nunca se le han dado las gracias.
          Un poco de educación no vendría mal, aunque solo sea por el chute de privilegios que la Villa asturiana obtuvo de los reyes castellanos durante la Edad Media, y de éste en especial. Fue de órdago a la grande y así se puede comprobar en el Archivo Histórico local, una nevera documental del tiempo histórico avilesino con valiosos pergaminos en su congelador que dan cuenta de la relación privilegiada que existió entre el concejo asturiano y la monarquía castellano–leonesa.
          A lo largo de los siglos Avilés tuvo como norma de comportamiento político la lealtad hacia el poder legalmente establecido. Y eso le dio, en su día, réditos (por supuesto que acompañados por las circunstancias, nada desdeñables para un Rey, de tener un puerto marítimo de mucho cuidado y unos almacenes de sal cosa fina) suficientes como para merecer un Fuero Real, que privilegió a sus vecinos y causó la envidia de sus convecinos.
          Hoy los dadores del aquel Fuero están reconocidos –aunque relativamente, vaya por Dios– en el callejero local.
           Y es que Alfonso VII, rey que confirmó el Fuero a principios del siglo XII tiene una calle a su nombre desde finales del siglo XIX, que nadie –excepto, quizás, los residentes en la misma y, por supuesto, el sufrido servicio de Correos– conoce por tal nombre sino por el de ‘Calleja Los Cuernos’. Una cabronada de mucho cuidado.
          Algo parecido le ocurre a su abuelo Alfonso VI, a quien tanto se tardó en agradecer el hecho de que tuviera el detalle de concederle a Avilés el Fuero cuando acababa el siglo XI, ya que tal reconocimiento tuvo lugar cuando finalizando el siglo XX, la Corporación presidida por el alcalde Agustín González Sánchez, ingresó al rey en el callejero local. Aunque no creo que la plaza de Alfonso VI la conozca por tal nombre ni el 0,2% de los avilesinos, pese a estar en pleno centro de la ciudad y entre dos de las calles más célebres del casco histórico: La Ferrería y El Sol. Cruda realidad callejera.
          Pero faltan otros por reconocer, por ejemplo Fernando IV rey de Castilla y de León (que nació en Sevilla y murió en Jaén) a quien aquellos que ponen motes post morten, a veces con la imaginación de un ladrillo, le adjudicaron el de ‘El Emplazado’ por un sucedido que tuvo este rey con el más allá. Una historia que supongo le encantaría contar a Iker Jiménez en su conocida serie televisiva ‘Cuarto milenio’.

Fernando IV de Castilla y León (1285-1312)


          Fernando IV tuvo un abuelo (Alfonso X ‘El Sabio’) alabado no como guerrero sino como ilustrado y eso siempre da caché. Pero sobre todo tuvo la suerte de tener una madre llamada María de Molina, un plus de señora con inteligente mando en plaza, a quien uno tiende a ver como apuntadora constante en las decisiones de aquel rey niño de 16 años de edad, fallecido siendo un joven de veintisiete.
          Y si el Fuero, concedido y ratificado por los Alfonsos (números 6 y 7) privilegiaba a los avilesinos eximiéndolos, por ejemplo, del pago del portazgo (derechos que se pagan por pasar por un sitio determinado de un camino, y me viene a la cabeza el peaje de la autopista del Huerna) desde la mar hasta León, pues Fernando IV lo amplió a la totalidad del reino.
          Tiene escrito David Arias García, abogado a quien le encantaba la historia de su ciudad, que «los vecinos de Avilés, sus rieras y jurisdicción, eran libres en cuanto al pago de derechos de ‘aduanage, peaxe, andage ni pertazgo’ por mar y tierra, excepto en las tres ciudades de Sevilla, Toledo y Murcia». Tremendo.
          Por las mismas también liberó a los avilesinos del pago por anclaje en todos los puertos marítimos del reino, lo que significaba un plus comercial de mucho cuidado pues el tráfico marítimo era el gran capital de Avilés junto con los alfolíes de sal.

El Alfoz de Avilés (Mapa tomado del blog El Alfoz de Gauzón).


          Otro tanto ocurrió con el privilegio que los liberaba del servicio militar, protegiéndolos con ello de los nobles belicosos que andaban a la caza y captura de carne de cañón para sus batallitas particulares. O el pago al que estaban obligados, en su defecto, los que querían librarse de dicho servicio militar. También estos servilismos se los cargó Fernando IV.
          Pero la coronación, y nunca mejor dicho, fue la concesión del Alfoz –un episodio aparte– mediante el cual quedaban subordinados al de Avilés los concejos de Gozón, Carreño, Illas, Castrillón y Corvera. Cerca de 300 kilómetros cuadrados de jurisdicción. Nunca fue Avilés tan grande, ni tan espacioso en el tiempo fue su poderío: cerca de cuatro siglos.
          Puede que todo esto no sea más que un desparrame afectivo, por lo que no voy a seguir dando la brasa. Pero conste mi convencimiento de que los privilegios que concedió a Avilés deberían ser más que suficientes para hacer posible que Fernando IV ‘El Emplazado’ tuviera plaza en Avilés.
          Es de cajón.

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Una ráfaga florida
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Alberto del Río Legazpi | 15-11-2015 | 10:14| 0

(Un 15 de noviembre de 1941 abrió sus puertas, en Avilés, el cine Florida. Y en igual día y mes, pero de 1957 lo hizo el cine Ráfaga…)

         En Avilés y el año de 1941 aún se reparaban los estropicios causados por la recién terminada Guerra Civil. Me refiero a los destrozos físicos, que los morales mala reparación tuvieron e incluso algunos aún perduran.
            El caso más llamativo de edificio arruinado era el del Ayuntamiento sobre el que había caído una bomba a las 10 de la mañana del 1 de octubre de 1937, justo en el centro del edificio, destruyendo el interior sin causar víctimas y quedando en pie la fachada. Avilés había permanecido fiel al poder legal de la República y sufrió cuatro bombardeos de la aviación franquista. Corto y cambio.
            En aquel 1941, con el que comenzaba, la ciudad tenía 18.037 habitantes que trataban de recuperar la normalidad en medio de la resaca posbélica.

El San Fernando en su etapa fundacional.


            No eran buenos tiempos pero surgieron cosas, por ejemplo el Colegio San Fernando, que tanta importancia tendría en generaciones posteriores de avilesinos y que se ubicó en la mansión privada –palmera incluida– que Cayetano Prada tenía en el barrio de La Magdalena. El 30 de octubre, su promotor y director el sacerdote Víctor Pérez García–Alvera, abrió las puertas del nuevo centro iniciando el curso 50 alumnos de Preparatoria e Ingreso, 34 de Bachillerato y 17 de Comercio.
            También se puso en marcha, el 24 de agosto y en una de las plantas del espectacular edificio en su día construido para Gran Hotel frente al parque del Muelle, una subdelegación del Centro Asturiano de La Habana, entidad de ocio, organizadora de actos festivos y algunos culturales.
            Pero lo que festejó mucho el personal fue el estreno de una sala dedicada exclusivamente a la exhibición de películas como fue el cine Florida. El Teatro Palacio Valdés y el Pabellón Iris (en la calle de La Cámara), ofrecían espectáculos variados entre ellos el cinematográfico, pero no estaban al día en las continuas novedades técnicas que se producían en este campo.
            Diseñado por los arquitectos Somolinos Hermanos y para el empresario Braulio Iglesias Moyano, el nuevo cine se construyó en la calle de La Cámara (frente a uno de los costados de la Iglesia Nueva de Sabugo) y se inauguró –entradas a tres pesetas– con la proyección de la película alemana (no olvidemos que por esa fecha tenía lugar, por así decir, la segunda Guerra Mundial) ‘Un baile en la ópera’, el 15 de noviembre de 1941.
            Y, dando un considerable salto en el tiempo, en otro 15 de noviembre, pero del año 1957, fue inaugurado en Avilés otro cine: el Ráfaga. Debía su nombre al de su promo­tor, Rafael García, fabricante de camisas. Ubicado en La Rocica, a un paso de Villalegre, contaba con 716 butacas y la primera película que proyectó fue ‘La familia Trapp’, también alemana, lo que son las cosas. Pero pronto se especializó en sonados estrenos hollywoodienses como ‘Los diez mandamientos’, ‘Ben-Hur’, etc., a los que acudían los avilesinos que vivían en el centro, primero en tranvía y luego en autobús, cuando no dando un largo paseo. Había mucho demanda –no existía la TV– y no bastaba, con los cines céntricos que en aquel 1957 ya había en Avilés: Florida, Marta y María, Clarín y Palacio Valdés.
            Habían pasado 16 años de un cine (Florida) a otro (Ráfaga), y Avilés había dado un vuelco espectacular en todos los sentidos ya que, en ese interregno, había sido la ciudad elegida para instalar industrias del vidrio, aluminio y sobre todo una gigantesca factoría de acero. Fue un pistón que reventó todos los corsés de la histórica villa, que hervía en todos los sentidos y por todas las esquinas.
            El Ráfaga era un cine con mucho aforo, como entonces requería una ciudad con una población que rondaba los 40.ooo habitantes. Un aumento desmadrado respecto a los 18.000 de 1941. Una simple resta dice que el aumento, en 16 años, fue de 22.000 personas. Una barbaridad reventadora de estadísticas, una historia de calambres sociales.
            Y en aquel año 1957 el protagonismo lo tuvo la inauguración del primer Horno Alto –por el entonces Jefe del Estado, general Franco– de ENSIDESA la mayor factoría siderúrgica de España y con el tiempo una de las más importantes de Europa.

Franco, a la derecha, atiende a explicaciones del ingeniero Amalio Hidalgo. Al fondo, con gafas claras, el alcalde avilesino Eduardo Fernández Guerra.


            También fue el año que entró en servicio la línea del FEVE Avilés–Pravia. Y en el espléndido poblado construido por ENSIDESA en Llaranes se inauguró un colegio de niños que todavía hoy da gusto verlo, aunque el fetén es el de las niñas, un modelo de arquitectura aplicada al didactismo cosa fina.
            Y si ejemplar fue el poblado de Llaranes desastroso fue el de La Luz, construido entre este año de 1957 y 1962, por el industrial y luego banquero Domingo López Alonso. Un conjunto de 2.056 viviendas, en la ladera noroeste del monte de La Luz en Villalegre, que fue publicitado como el colmo de la modernidad europea y resultó ser un poblado sin apenas servicios y con viviendas carentes de calidad y pequeñas. Lo que se dice un pufo en toda regla.
            No terminaría el año sin abrir otro cine más: el Patagonia, en el barrio de Miranda a finales de 1957, y hoy en el candelero pues estando protegido como Patrimonio Cultural por el Principado de Asturias, al Ayuntamiento avilesino se le fue la gloria por la memoria y autorizó su derribo. La escandalera montada está en los juzgados.
            Y también fue en 1957 cuando se pusieron las bases de lo que hoy es la actual Unión Europea y cuando la [hoy difunta] URSS puso en órbita el primer satélite artificial del mundo de nombre ‘Sputnik’.
            El Florida y el Ráfaga están unidos por un 15 de noviembre, festividad religiosa del sabio Alberto Magno, de distintos años en los que soplaron ráfagas floridas de historias.

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El Gran Hotel
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Alberto del Río Legazpi | 08-11-2015 | 10:16| 1

Un espectacular edificio creado, en 1917,  con la intención de poner a Avilés en el mapa turístico a la altura de los grandes centros veraniegos como Santander o San Sebastián.
          Lo tengo escrito pero hay que repetirlo, quizá porque «la historia de España es como la morcilla de mi pueblo, se hace con sangre y se repite» que dejó dicho el poeta Ángel González.
          El asunto es que entre finales del siglo XIX y principios del XX la histórica villa de Avilés, dejando atrás tiempos de miseria extrema, se modernizó presentando todo un catálogo de novedades en el que destacaba un nuevo puerto con un muelle a orillas del casco urbano y una dársena para tráfico industrial en San Juan de Nieva.
           También habían llegado el tren. Y el teléfono. Y hasta un tranvía a vapor que unía Avilés con Salinas. Una nueva iglesia con porte catedralicio se había levantado en Sabugo. Y el centro de la ciudad resplandecía por las noches con un vistoso alumbrado público eléctrico, el primero que lució en Asturias, regalo del marqués de Pinar del Río, indiano que había hecho fortuna en Cuba.
          En el capitulo del ocio ciudadano tampoco Avilés se quedó atrás, con un parque público sembrado de estatuas y adornado con un llamativo quiosco a la última moda parisina. En el centro de la población se inauguró un gran teatro que llevaba el nombre de Armando Palacio Valdés, por entonces autor universal, y del que Avilés presumía por haberse criado en la villa. En la cercana playa de Salinas estaban a la última (tratando de acercarse al nivel marcado por Santander y San Sebastián) con instalaciones de Balneario y Náutico, como mandaban entonces las más elementales normas de un naciente turismo veraniego, nueva y floreciente industria.
          No es de extrañar que Ceferino Ballesteros, con empresa naval y naviera en la villa, pensara que había llegado la hora de que Avilés tuviera también un gran hotel y para llevar a cabo el negocio turístico eligió a Eduardo Hidalgo, gerente de su compañía, y que también dirigiría la nueva empresa hostelera.
El proyecto arquitectónico se lo encargó a Armando Fernández Cueto –uno de los personajes más curiosos de la historia avilesina– famoso maestro de obras, que junto con el arquitecto Manuel del Busto fueron los autores de la mayoría de los más destacados edificios construidos en Avilés por entonces. Entre ellos este espectacular edificio bautizado –era lo que se llevaba entonces– como Gran Hotel.
          Fue inaugurado el 14 de julio de 1917 con una asistencia masiva de personalidades locales y provinciales. Gran banquete y baile hasta altas horas de la madrugada.
          En la calle Emile Robin donde tenía la fachada principal, los periodistas de LA VOZ DE AVILÉS que informaron del acontecimiento, contaron cerca de cincuenta automóviles aparcados, algo nunca visto hasta entonces en Asturias y entre los que destacaba un rimbombante Hispano–Suiza, matrícula O–475, coche oficial del Gran Hotel puesto al servicio de los VIP y que pasaría a la historia local de sucesos por ser en el que murió –el 6 de marzo de 1918 y en accidente en la carretera de La Plata– el famoso actor teatral Jambrina, que llevaba varios días actuando en el Pabellón Iris ubicado en la calle de La Cámara, y se alojaba en el Gran Hotel.
          La puesta en marcha del nuevo edificio se publicitaba de esta guisa: «Hotel magnífico y suntuoso, que sólo reconoce rival en dos o tres grandes capitales de la nación».
          El entusiasmo se desbordaba, por ejemplo en LA VOZ DE AVILÉS del 15 agosto de 1917 se podía leer que: «(…) Todo en él es soberbio: el trazado y cons­trucción, en que puso toda su alma de artista don Armando F. Cueto; el decorado, tan rico como sobrio y elegante, en que con los inteligentes artistas avilesinos cooperaron otros de reconocido renombre en España; la amplitud y comodidades de todas las habitaciones y dependencias; los grandiosos hall y comedor; las instalaciones de alumbrado, calefacción, agua, baños y teléfono, hechas con el más per­fecto gusto; la provisión de todo, así acomodado a las modestas fortunas, como a las exigencias del más refinado sibarita; el servicio que es un portento de esmero omi­tiendo mil detalles, el magnifico emplazamiento del hotel en la parte más vistosa y amplia del Avilés moderno, sobre el Parque y el Muelle local, dominando hermosos panora­mas y pasando a su vera el tranvía de vapor y el trazado del eléctrico próximo a ser construido».
          No faltaba de nada incluso ascensor, y de hecho fue el primero que funcionó en un edificio avilesino donde solo se conocía dicho artefacto a través de las películas proyectadas en los cines.
          Se esperaba mucho, demasiado, de aquel Gran Hotel, al que desde la prensa se calificaba de «nece­sidad muchas veces expresada y encarecida en estas columnas, de dotar a nuestra hermosa villa de un establecimiento de esta clase, en que el veraneante, el turista, y en general el forastero, nada echasen de menos, en punto a comodidades, lujo y moderno confort, de cuanto hubieran visto o se les hubiera ofrecido en las más importantes poblaciones». El gran reloj de esfera que coronaba la parte alta de la esquina del edificio, parecía anunciar que a Avilés le había llegado la hora del turismo.
          Pero el veraneante, el turista, si que echaba de menos algo fundamental en una población costera y era la playa al lado del hotel y no a 5 Km, en Salinas con su Balneario y su Náutico, pero a la que se tardaba en llegar en un lento e incómodo tranvía de vapor, popularmente conocido como ‘La Chocolatera’. Por lo que la cosa empezó a capotar hasta que se vino abajo en 1924 y al Gran Hotel no lo salvó ni el hecho de que en 1921 comenzara a funcionar el tranvía eléctrico que tenía su parada principal, con doble vía, frente a la fachada del establecimiento hostelero.

Armando Fernández Cueto (1857-1933)


          El tema del progreso del turismo avilesino quedaría aparcado hasta 1996, año en que el Ayuntamiento creó un servicio de promoción turística que activó, con sonados resultados, el sector.
          Desaparecido el Gran Hotel, el edificio estuvo tiempo desocupado. En la Guerra Civil fue utilizado como hospital, por ello llegó a tener una gran cruz roja pintada en su tejado para evitar los bombardeos de la aviación.
          Terminado el aterrador conflicto bélico, el inmueble volvió a ser utilizado en parte, a partir del 24 de agosto de 1941, fecha en que se inauguró el Centro Asturiano de La Habana de Avilés –que arrendó la primera planta– estableciendo allí su sede durante años hasta que a principios de la década de los ochenta adquirió sus locales actuales en la calle de La Fruta.
          La planta baja y el entresuelo fueron ocupados por una entidad bancaria y el resto de las plantas fueron reconvertidas en apartamentos y pisos para viviendas particulares.
          El aspecto externo del gran edificio, que un día fue Gran Hotel, no ha cambiado excepto en un detalle que se advierte dirigiendo la vista hacia su hermosa cúpula. Tiene el reloj parado.

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Hoy se cumplen 260 años del tsunami sufrido por Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 01-11-2015 | 05:34| 4

El 1 de noviembre y a consecuencia del terrible Terremoto de Lisboa de 1755, la Villa de Avilés sufrió un tsunami, aparte de fuertes temblores terrestres.
            Era uno de esos soleados días otoñales, de luz sesgada y reflejos mágicos, cuando el escribano Reconco dejó escrito, para siempre, que en Avilés y  «En el día de Todos Santos de este año de 1755 que nuestra Madre la Iglesia celebra de precepto, estando el día muy claro, sosegado en calma y sin vientos, siendo entre diez y once de la mañana, se reconoció un temblor de tierra en esta villa, y después por noticias que vinieron fue general en todo el mundo».
            El escribano avilesino se refiere al terremoto de Lisboa, que sigue siendo el más terrible –de los conocidos– hasta ahora. Su epicentro estaba en algún punto del océano Atlántico y a unos 300 Km. del Algarve en la costa sur de Portugal. No ha podido ser cuantificado el número de víctimas, pues las informaciones no hilaban tan fino como hoy, pero las estimaciones están entre 60.000 y 100.000 las personas fallecidas. Los daños fueron inmensos a lo largo de toda Europa, el norte de África (especialmente Marruecos) e incluso las ondas sísmicas llegaron al continente americano.
            Siguiendo con lo que en Avilés dejó escrito (redacción que en ocasiones me he permitido actualizar) Francisco Fernández Reconco, escribano de profesión, es decir persona que por oficio público está autorizada para dar fe de las escrituras, aparte de acontecimientos y sucesos, que pasen ante él… «estando los Religiosos y Religiosas de esta villa celebrando la misa mayor… salieron del convento asustados muchos religiosos, y las monjas salieron del coro y otras de sus celdas dando voces porque oyeron restallar las maderas y menearse todo a un tiempo… Y muchos vecinos de esta villa salieron de sus casas, pensando que caía sobre ellos, dando voces».
            Avilés tembló violentamente cosa que el escribano no solo vio, también oyó –poniendo al reloj por testigo– mientras estaba «en la plaza mayor de esta villa, frente a la torre del reloj [en esa época situado a la entrada de la puerta de la muralla de la calle La Ferrería], no siendo hora de dar campanadas, pero con motivo de este temblor le oí dar siete campanadas chicas».

Terremoto de Lisboa 1755. Epicentro y tiempo de llegada del tsunami.


            También vio, el escribano, como durante cinco horas de los caños de las fuentes públicas salía el agua«más revuelta y turbia que el barro colorado y algunos decían que era sangre». Y esto fue algo que debió de angustiar mucho a los pobladores de Avilés ante la creencia de que estaban ante un castigo divino.
            Pero muchos no vieron quizás lo más espectacular –para los testigos terrorífico– y que fue lo ocurrido en la zona baja de la población, en el puerto.
Estaba la marea baja cuando «junto a la puente [de piedra de San Sebastián] se levantó y vino de mar alta un golfo de agua (‘Toda la extensión del mar’ según una de las acepciones de la RAE) que obligó a flotar los navíos que allí estaban y se dieron unos con otros». Aquello duró un cuarto de hora volviendo a «quedarse en seco toda la ría».
            El tsunami (‘Ola gigantesca producida por un maremoto’ según la RAE) o ‘golfo de agua’ como lo llama el escribano fue relativamente pequeño, aunque algunos dan a la ola una altura de 4 metros, pero al haber ocurrido con la marea baja – circunstancia que conllevaba que debido al bajo calado algunos barcos quedasen en tierra en cada bajamar– no llegó a alcanzar las casas de las calles próximas (La Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo) de la villa amurallada así como Sabugo, al estar ambas sobre colinas.
            No fue el caso de algunas localidades costeras andaluzas, cercanas al epicentro, como Cádiz, Jerez de la Frontera o el Puerto de Santa María que fueron barridas y borradas por olas de 12 y 15 metros de altura.
            En lo que se refiere a Avilés, no se dispone de cifras de los daños causados por el terremoto y posterior maremoto.
            Lo cierto es que el del escribano Reconco es el testimonio más completo que se conserva en Asturias sobre aquella trágica jornada. De otras zonas costeras no hay noticias, incluido Gijón. De lo que se puede deducir que en Avilés fue donde más tembló la tierra y el fondo marino, cosa nada extraña pues, como se sabe, la Ría discurre por una falla tectónica que nacida en los Picos de Europa (en el concejo de Ponga) forma el Cañón de Avilés que termina en una de las fosas submarinas más profundas del mundo.
            Un episodio aparte que está a 8 millas a babor del faro de Avilés, también conocido como faro de San Juan, anclado en la proa de la península de Nieva

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Azúcar en Villalegre, La Habana y Madrid
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Alberto del Río Legazpi | 25-10-2015 | 10:22| 0

(Miguel Díaz Álvarez nació en Villalegre (Avilés), emigró a Cuba donde llegó a ser el penúltimo alcalde español de La Habana y vuelto a España gestionó con enorme éxito la Azucarera de Madrid).

            Frente a los andenes de la estación de ferrocarril de Villalegre, al otro lado de las vías, una enorme chimenea –sin humo del que presumir– tiene esculpido: 1898. Es el año de inauguración de la Azucarera de Villalegre, símbolo del pasado industrial del Avilés de entre siglos XIX y XX, forjado mayormente al calor del capital de los indianos procedentes de Cuba.

           Año en el que terminó la presencia española en América, al haber conquistado Cuba su independencia, marcando así el fin del imperio español que había comenzado en el siglo XV con el descubrimiento del continente americano.

           Pues en ese histórico 1898 era alcalde de La Habana Miguel Díaz Álvarez, nacido en Villalegre (Avilés) el 10 de junio de 1858, y bautizado en la parroquia de Molleda, al no disponer la primera localidad de iglesia (no la tendría hasta 1941). Por su partida de bautismo, que Ramón Baragaño publicó en este periódico, sabemos que sus padres fueron Clemente Díaz y Josefa Álvarez, campesinos «que se ayudaban a vivir con la administración de un parador o venta» según tiene escrito el gran enciclopedista Constantino Suárez ‘Españolito’. No me resisto a volver a dar los nombres (por si ello abriera algo más de luz sobre este destacado personaje) de los abuelos del recién nacido Miguel. Los paternos fueron Domingo Díaz y Bernarda Mortera y los maternos José Álvarez y Tomasa Menéndez. Los padrinos del bautizo, su abuela Bernarda Mortera y su tío Manuel Pantiga.

           Como tantos miles, Miguel Díaz Álvarez, emigró a Cuba en 1872. Pero siendo un rapacín de 14 años. Manca ¿eh?

           Trabajó aquí y allá hasta crear, con tiempo y trabajo, una empresa de transportes, entonces de tracción animal. Y se enriqueció. Y se metió en política (Unión Constitucionalista, embrión del Partido Liberal). Y se fue a la guerra, llegando a alcanzar el grado de coronel luchando contra los independentistas cubanos.

           Y así, entre esto y aquello, llegó a ser concejal del Ayuntamiento de La Habana  en 1889, hasta que el 1 de febrero de 1897 fue nombrado, para sorpresa de quienes no lo conocían, Alcalde de la capital cubana.

           Contaba entonces con 39 años de edad y asombró, incluso a los que lo conocían, con una brillante gestión municipal sobre todo en materias de higiene y urbanismo. Fue como una centella que encontró vacías las arcas municipales y cuando cesó en el cargo (un año y quince días después) tenían 40.000 pesos en oro y los sueldos de todos los empleados puestos al día, algo históricamente inusual.

Villalegre, hace 100 años.

           El diario ‘ABC’ de Madrid, en un artículo (13 febrero 1931), sostiene que fue el último alcalde español de La Habana, pero consultada la lista de mandatarios de la institución municipal cubana, aparece como penúltimo ya que fue sucedido por Pedro Esteban González-Larrinaga, marqués de Esteban, antes de la entrega del poder a los independentistas ‘avalados’ por el ejército norteamericano.

           Del colonialismo español, Cuba pasó directamente al imperialismo yanqui, después al capitalismo salvaje, hasta que llegó Fidel y mandó ‘a parar’ con el comunismo que estos días –con Obama maniobrando en los Estados Unidos– parece que se descafeína.  

           Miguel Díaz regresó a España, siguió en política, fue senador y en 1903 le ofrecieron dirigir una gran empresa, con sones entre cubanos y chulapos: La Azucarera de Madrid.

           El avilesino, de «conducta honesta adornada con un carácter afable y acogedor» llega a la localidad madrileña de Arganda del Rey, donde se levantaba –en situación ruinosa– la factoría azucarera y en poco tiempo le dio la vuelta convirtiéndola (cuenta la prensa de la época y cantan las cifras empresariales) en una explotación modelo, con 28 Km. de fincas con plantaciones de remolacha a lo largo de la ribera del Jarama,  que dio trabajo a 1.600 personas, llegando a más de 3.000 en temporada de recolección.

           Miguel Díaz Álvarez murió, en Madrid en 1928, a los 70 años. Su bastón de alcalde de La Habana está depositado, según dejó ordenado, en el Tesoro de la basílica de Covadonga.

           Un respeto.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta