El Comercio
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Azúcar en Villalegre, La Habana y Madrid
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Alberto del Río Legazpi | 25-10-2015 | 10:22| 0

(Miguel Díaz Álvarez nació en Villalegre (Avilés), emigró a Cuba donde llegó a ser el penúltimo alcalde español de La Habana y vuelto a España gestionó con enorme éxito la Azucarera de Madrid).

            Frente a los andenes de la estación de ferrocarril de Villalegre, al otro lado de las vías, una enorme chimenea –sin humo del que presumir– tiene esculpido: 1898. Es el año de inauguración de la Azucarera de Villalegre, símbolo del pasado industrial del Avilés de entre siglos XIX y XX, forjado mayormente al calor del capital de los indianos procedentes de Cuba.

           Año en el que terminó la presencia española en América, al haber conquistado Cuba su independencia, marcando así el fin del imperio español que había comenzado en el siglo XV con el descubrimiento del continente americano.

           Pues en ese histórico 1898 era alcalde de La Habana Miguel Díaz Álvarez, nacido en Villalegre (Avilés) el 10 de junio de 1858, y bautizado en la parroquia de Molleda, al no disponer la primera localidad de iglesia (no la tendría hasta 1941). Por su partida de bautismo, que Ramón Baragaño publicó en este periódico, sabemos que sus padres fueron Clemente Díaz y Josefa Álvarez, campesinos «que se ayudaban a vivir con la administración de un parador o venta» según tiene escrito el gran enciclopedista Constantino Suárez ‘Españolito’. No me resisto a volver a dar los nombres (por si ello abriera algo más de luz sobre este destacado personaje) de los abuelos del recién nacido Miguel. Los paternos fueron Domingo Díaz y Bernarda Mortera y los maternos José Álvarez y Tomasa Menéndez. Los padrinos del bautizo, su abuela Bernarda Mortera y su tío Manuel Pantiga.

           Como tantos miles, Miguel Díaz Álvarez, emigró a Cuba en 1872. Pero siendo un rapacín de 14 años. Manca ¿eh?

           Trabajó aquí y allá hasta crear, con tiempo y trabajo, una empresa de transportes, entonces de tracción animal. Y se enriqueció. Y se metió en política (Unión Constitucionalista, embrión del Partido Liberal). Y se fue a la guerra, llegando a alcanzar el grado de coronel luchando contra los independentistas cubanos.

           Y así, entre esto y aquello, llegó a ser concejal del Ayuntamiento de La Habana  en 1889, hasta que el 1 de febrero de 1897 fue nombrado, para sorpresa de quienes no lo conocían, Alcalde de la capital cubana.

           Contaba entonces con 39 años de edad y asombró, incluso a los que lo conocían, con una brillante gestión municipal sobre todo en materias de higiene y urbanismo. Fue como una centella que encontró vacías las arcas municipales y cuando cesó en el cargo (un año y quince días después) tenían 40.000 pesos en oro y los sueldos de todos los empleados puestos al día, algo históricamente inusual.

Villalegre, hace 100 años.

           El diario ‘ABC’ de Madrid, en un artículo (13 febrero 1931), sostiene que fue el último alcalde español de La Habana, pero consultada la lista de mandatarios de la institución municipal cubana, aparece como penúltimo ya que fue sucedido por Pedro Esteban González-Larrinaga, marqués de Esteban, antes de la entrega del poder a los independentistas ‘avalados’ por el ejército norteamericano.

           Del colonialismo español, Cuba pasó directamente al imperialismo yanqui, después al capitalismo salvaje, hasta que llegó Fidel y mandó ‘a parar’ con el comunismo que estos días –con Obama maniobrando en los Estados Unidos– parece que se descafeína.  

           Miguel Díaz regresó a España, siguió en política, fue senador y en 1903 le ofrecieron dirigir una gran empresa, con sones entre cubanos y chulapos: La Azucarera de Madrid.

           El avilesino, de «conducta honesta adornada con un carácter afable y acogedor» llega a la localidad madrileña de Arganda del Rey, donde se levantaba –en situación ruinosa– la factoría azucarera y en poco tiempo le dio la vuelta convirtiéndola (cuenta la prensa de la época y cantan las cifras empresariales) en una explotación modelo, con 28 Km. de fincas con plantaciones de remolacha a lo largo de la ribera del Jarama,  que dio trabajo a 1.600 personas, llegando a más de 3.000 en temporada de recolección.

           Miguel Díaz Álvarez murió, en Madrid en 1928, a los 70 años. Su bastón de alcalde de La Habana está depositado, según dejó ordenado, en el Tesoro de la basílica de Covadonga.

           Un respeto.

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La Escuela de Artes y Oficios
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Alberto del Río Legazpi | 18-10-2015 | 09:21| 0

(Esta institución avilesina fundada en 1878 es, hoy, uno de los referentes históricos de la formación profesional).
            Recuerdo aquel chascarrillo de una editorial española que se planteó eliminar a uno de los tres hermanos Karamazov para que la novela de Dostoievski fuera más breve y por tanto más barata, o sea un producto más rentable pues abreviando el contenido se economizaba el continente. Y encima lo justificaba moralmente porque, decía, era por dar más facilidades para el acceso a la cultura de los más humildes
            A este tipo de afiladas y encoñadas anécdotas era muy dado el poeta, memorialista, editor y senador español Carlos Barral con quien estuve dándole al pinrel por el casco histórico, el último día de marzo de 1982 y en el que aún quedándose sorprendido por el despliegue arquitectónico que observó desde –y en– la plaza de Álvarez Acebal de las calles Galiana y San Francisco, palacio de Balsera, claustro de San Nicolás… lo que dejó asombrado al intelectual catalán fue la Escuela de Artes y Oficios, y no por la desmesura arquitectónica del edificio -que también- sino por los datos que vio y que demostraban el potencial cultural popular que la Villa avilesina tenía ya de antiguo. Y es que llama la atención, de cualquiera, cosas como las de aquella Academia Filarmónica (El Liceo) de Avilés fundada en 1840, dos años después de haberse constituido la de Madrid y tres años después de hacerlo la de Barcelona, Valencia y Granada. Choca mucho que una pequeña villa asturiana –rondaba entonces los 8.000 habitantes– se pusiera en paralelo, en cuanto a formación musical, con las principales ciudades de España.
            La Sociedad Protectora de Artes y Oficios nació en ese clima de impulso. Lo hizo a instancia de un grupo de avilesino en 1878 –año en que se terminó la construcción de la plaza Nueva, hoy de Hnos. Orbón, pero siempre plaza del Mercado– y fue constituida con impulso económico municipal, para proporcionar un nivel básico de conocimientos a las clases medias y bajas.
            Comenzó a funcionar en 1879 en el antiguo Convento de San Francisco, entonces un cajón de sastre que acogía a sociedades de todo tipo. Fueron, este convento y el de La Merced durante el tiempo que estuvieron desacralizados, edificios multiusos con una mezcolanza de actividades y activos digna del Macondo de los ‘Cien años de soledad’ de Gabriel García Márquez.
            Su primer director, y hasta 1919, fue Domingo Álvarez Acebal, famoso pedagogo avilesino –un episodio aparte– que da nombre a la plaza donde hoy se levanta la sede de la Escuela, uno de los inmuebles más conocidos de la ciudad,  construido en 1891 siguiendo los planos de Armando Fernández Cueto (autor de otros muy destacados edificios de Avilés) y que antes había sido alumno de la escuela, siendo posteriormente profesor de la misma. Parece de novela pero forma parte de la biografía de este gran tipo (al que LA VOZ DE AVILÉS dedicó un episodio el 2 de febrero de 2014 titulado ‘Armando Fernández Cueto, por sus obras lo conoceréis’).
            La historia de Artes y Oficios fue creciendo en el tiempo como formación profesional y es hoy una de las más destacadas, en su ramo, de la historia pedagógica asturiana. Queda vieja aquella información del semanario avilesino ‘El Vigía’ del 7 de setiembre de 1.889 cuando daba detalles de este tipo «las asignaturas son Principios de Aritmética, Álgebra, Geometría Plana, del Espacio y Trigonometría, de Mecánica, de Física y Química Industrial, Dibujo lineal y de lavado, Higiene y Contabilidad del Obrero (sic)… y a los alumnos se les proporciona, estuche, papel, lapiceros, gomas, cuadernos, con todo lo demás que necesiten para su uso en las clases»
            Aparte de su creciente y constante labor pedagógica, en la Escuela nacieron instituciones como la Banda Municipal de Música en 1891, y además dio cobijo a muchas manifestaciones artísticas y literarias que tuvieron lugar en Avilés a lo largo del siglo XX. Aparte de grandes acontecimientos culturales como la Exposición Nacional de Humoristas, en 1925, o en 1.948 la conmemoración del VII Centenario de la Marina de Castilla con una Exposición Nacional del Mar con obra de artistas plásticos de mucho relieve.
            También fue hospitalaria la Escuela. Acogió desde 1928 a 1934 a profesores y alumnos del primer e histórico Instituto de Enseñanza Media avilesino ‘Carreño Miranda’ que estaba a la espera de que le construyeran edificio propio (que es el hoy ocupado por el Colegio Público ‘Palacio Valdés’). Y volvería el Carreño Miranda a buscar refugio en Artes y Oficios durante la Guerra Civil cuando convirtieron el Instituto en Hospital de Sangre. Todo esto, hasta que la Escuela resultó alcanzada en un bombardeo de la aviación de Franco.
            Terminada la guerra recuperó enseñanzas y también su vocación de refugio. Por ejemplo la que hoy es Escuela de Maestría Industrial (ubicada hoy en la calle del Marqués), comenzó a funcionar en Artes y Oficios, en 1946, bajo el nombre de Escuela Elemental de Trabajo.
            La hospitalidad. a veces, fue forzada por la autoridad, como cuando en 1908 el alcalde –adelantándose de alguna forma, el hombre, a la famosa Ley Seca de los Estados Unidos de 1920– dictó orden de prisión para numerosos taberneros avilesinos que habían abierto su establecimiento ignorando la ‘ley de descanso dominical’ que había impuesto la primera autoridad municipal. Y como la cárcel de Avilés (actual Oficina de Turismo) era pequeña y la Escuela grande metió el alcalde en sus aulas, y presos, a un buen montón de hosteleros.
            También la autoridad militar, en noviembre de 1934 (resaca de la Revolución de Octubre del 34) impuso que la Escuela se convirtiera en cuartel por unos meses, acogiendo al batallón de Montaña de Estella (Navarra). Fueron 400 hombres los que estuvieron allí alojados.
            Y fueron pasando los años con altibajos hasta celebrar en 1978 su centenario, y a partir de ahí vino un renacimiento, una refundación de la institución, que será un episodio aparte. Baste adelantar que hoy, Artes y Oficios, es un organismo educativo que acoge alumnos que van desde los 4 a los 86 años de edad y cuya media de matriculación durante los últimos cursos es de 900 personas, a las que oferta 42 actividades.
            La de Artes y Oficios es una historia de resistencias. A quienes la dieron por peso pasado les ha demostrado ser un peso pesado.

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Ensaladas onomásticas en algunas calles de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 11-10-2015 | 09:13| 2

(Donde se habla de algunas vías públicas céntricas, que destacan por la cantidad de nombres con los que han sido bautizadas a lo largo del tiempo).
        Antes la cosa era generalmente sencilla, como de manual, un producto del sentido común que sigue siendo el menos común de los sentidos.
        Porque si en un lugar había una fuente a la que llamaban La Cámara era por la sencilla razón de que el agua se acumulaba allí en una cámara de piedra, algo destacado y razón suficiente para bautizar así el lugar.
        Y si en otro abundaba, por ejemplo, la flor de saúco al sitio se le llamaba Sauco y ya está, aunque con el tiempo fuese derivando la pronunciación hasta terminar siendo Sabugo.
        Si predominaban los ferreros, pues nada, La Ferrería y santas pascuas.
        Pero a partir del siglo XIX surge la costumbre de denominar a los lugares y a las vías públicas con el nombre de personas. Y por tanto algo que puede ser utilizado para festejar a un personaje de tus simpatías, credo religioso o cuerda ideológica.
        Los criterios que llevan a cambiar los nombres del callejero a veces están justificados, solo a veces.
        En Avilés hay, como en muchas ciudades, algunas calles –las plazas son episodio aparte–han ido cambiando tantas veces su denominación que constituyen hoy verdaderas ensaladas onomásticas.

Calle Palacio Valdés.


        Por ejemplo la calle de La Muralla, antiguamente conocida como Camino de las Aceñas (molinos que trabajan aprovechando la fuerza de las mareas) y que existían en la zona donde hoy está la plaza del Mercado (perdón, porque oficialmente es Hermanos Orbón). El camino iba paralelo al río Tuluergo en cuya desembocadura, lugar que hoy ocupa el parque del Muelle, estaba el Puerto de Avilés, y en 1826 cuando se prolonga el malecón del muelle de dicho puerto hasta lo que hoy es calle La Cámara y en el lugar se plantan álamos, el tránsito pasó a denominarse “Alameda Nueva” (la Alameda Vieja era la actual plaza del Pescado, perdón, porque oficialmente es Santiago López). Pero el 27 de junio 1855, quizá como acto de contrición pública por haberse cargado la muralla medieval que discurría también por este lugar, el Ayuntamiento cambia aquel nombre por el de calle de La Muralla. Más tarde, en 1892, la renombran como calle del Marqués de Teverga, entonces el hombre más rico de Avilés y cuya casa en esta calle hacía esquina con La Cámara. Y pasaron los años hasta que ¿finalmente? el 18 de julio de 1979, la primera Corporación de los Ayuntamientos democráticos, le devolvió el nombre de La Muralla.
        De procedencia más moderna, pues nace a finales del siglo XIX, es la actual calle de Armando Palacio Valdés, en un primer momento llamada ‘Siglo XIX’, un prodigioso ejercicio de imaginación municipal, no me digan. Y eso duró hasta 1934, cuando se la adjudica el nombre de Ocho de Octubre, para festejar que ese fue el día que las tropas del gobierno legal de la República entraron en un Avilés que había estado varios días en manos de los partidarios de la Revolución de Octubre del 34. Dos años más tarde, en 1936, otra Corporación municipal de distinto signo político  cambia aquel nombre por el calle de Luis Sirval, en consideración al periodista asesinado en Oviedo durante la citada Revolución. No le duró mucho el homenaje al escritor valenciano, porque en 1938 cuando las tropas de Franco entraron en el Avilés republicano renombraron a la calle como la de Calvo Sotelo, protomartir de los franquistas. Pero aún hay más, pues en 1945 la primera parte de la calle (en la que estaba asentado el teatro desde 1920) pasa a denominarse como de Armando Palacio Valdés (cuyo nombre había estado algunos años ‘ocupando’ el de la tradicional calle de Galiana). Finalmente, en 1979, se extiende el nombre del escritor a toda la calle hasta su final en la de Las Artes.

Calle de La Cámara.


        No se si todavía me están siguiendo, o aburridos se han ido a dar una vuelta por la calle de La Cámara, de la que ya sabemos el porqué era llamada así antiguamente y que a finales del siglo XIX empezó a convertirse en lo que es hoy, calle mayor y eje comercial de la ciudad. Algo muy apetitoso para endosarle nombre de poderosos políticos locales, comenzando en 1897 por Julián García San Miguel (segundo marqués de Teverga, líder del Partido Liberal y exministro) y siguiendo por José Manuel Pedregal (líder del Partido Reformista y exministro) en1923. Apartir de 1938 la calle llevó el nombre del nuevo Jefe del Estado español, que el encargado de rotular la placa o bien el concejal que supervisó el asunto –en cualquier caso atacado, cualquiera que fuese, por un exceso de celo– convirtió en ‘Generalísimo Franco’, cuando el acuerdo del Ayuntamiento es que se llamara calle ‘General Franco’. Pero le quedó generalísimo –contraviniendo la orden, quede constancia del hecho– hasta 1979 cuando con la primera Corporación de Ayuntamientos democráticos, La Cámara volvió a su origen, tan antiguo como lógico.
        En fin, que los cambios en el callejero han de ser meditados y sopesados, porque aparte de desorientar al personal en general, en particular lo que hacen es causar molestias a vecinos y empresas (generalmente pequeños comerciantes) domiciliadas en ella, que se ven obligadas a corregir tarjetas, carteleras y direcciones de todos los sitios en donde las tienen publicadas. Un coñazo que cuesta dinero.
        Al Ayuntamiento el cambio de placa le viene a salir por cuatro perras, pues no llega a los 300 euros, incluidos desanclaje de la vieja y anclaje de la nueva con clavos de acero punta balística 60.
        Pecatta minuta para un organismo donde, generalmente, la inspiración hace tiempo que se convirtió en un artículo perseguible de oficio.

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Relato de los relojes colocados en El Parche
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Alberto del Río Legazpi | 04-10-2015 | 09:10| 1

(La historia de los relojes públicos de Avilés empezando por los que hubo, y hay, en la plaza de España -también conocida como El Parche- tiene ribetes literarios)
            Antes, y mucho antes de antes, el reloj público dirigía la vida en las poblaciones importantes. Gobernaba el tiempo, fijando horas de laborar, orar, manducar y soñar. Y en cuanto el invento  tuvo sonido, sus campanadas alertaban de la fugaz breve­dad de las horas, o de la insoporta­ble lentitud de las esperas.
            Era signo de modernidad, un avance en la vida ciudadana, por eso Avilés –por entonces segunda población de Asturias– en cuanto pudo se hizo con uno, y ocurrió en la segunda mitad del siglo XVII, ignorándose fecha exacta. Lo único cierto es que en 1673 consta que ya existía uno en la Villa.
            La enorme maquinaria mecánica había sido instalada en una vieja torre de adobe cuyo piso bajo era una de las cinco puertas (hoy coincidente con el inicio de la calle de La Fruta) que la muralla tenía para entrar a la población y que, por este hecho, le quedó el nombre de ‘Puerta del Reloj’.
            Pero el aparato pesaba como un condenado y la torre de adobe empezó a agrietarse peligrosamente. Así que hubo que desmontar y trasladar, en 1713, todo el tinglado (esfera, enormes pesas, contrapresas, jaula y campana) a otra torre de piedra, llamada Álcazar de la Villa situada al lado de otra de las puertas de la muralla, coincidente con el actual inicio de la calle de la Ferrería.
            En la torre del Alcázar estuvo éste primer reloj de Avilés desde 1713 hasta 1821, encarado hacia el interior de la Villa. En 1763 se le añadió la manilla para que marcara los minutos, pues hasta entonces solo daba cuenta de las horas.
            También estuvo perseguido por sucesos como el del 27 de noviembre de 1770, cuando fue alcanzado por un rayo que ocasionó graves daños en el ingenio relojero aunque «y bendito sea Dios Nuestro Señor no izo daño la zentella a ninguna persona» dejó escrito el escribano.
            Otro fue el del 1 de noviembre de 1755, cuando el reloj no solo perdió la compostura sino que demenció mecánicamente, dando campanadas, no diré sin ton ni son, pero si a lo loco, a consecuencia de los temblores ocasionados por un violento terremoto (que afectó a la mayoría del continente europeo) que ocasionó serios desajustes en la maquinaria.
            En 1821 se derriba la torre del Alcázar, donde reinaba el reloj, y hubo que buscarle otro acomodo, y rápido pues Avilés no podía quedar sin saber la hora en que vivía. Fue elegida, después de mucha discusión, la torre del convento de San Francisco (hoy San Nicolás de Bari). El traslado fue un desastre y entre unas cosas y otras, en 1827, el reloj empezó a dar la diez de últimas. Señalaba horas inexactas y la campana sonaba cuando le apetecía. Un sin vivir ciudadano.
            El segundo reloj llega en 1837 cuando se levanta, por suscripción popular –y mucha ayuda de los emigrantes avilesinos en Cuba, de ahí el adorno de una carabela–, una torre en el tejado del Ayuntamiento para alojar maquinaria, jaula y campana así como un frontispicio triangular donde se asienta el nuevo reloj (donado por Benito Maqua), que fabricado en Bélgica fue trasladado a Avilés por vía marítima. Estuvo dando la hora, y su carillón tocando (a las 12 del mediodía y hubo un tiempo que también las 12 de la noche) el conocido estribillo local de ‘Calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailes de San Francisco’, hasta que el 15 de octubre de 1937, en plena Guerra Civil, fue afectado el conjunto relojero (excepto la maquinaria) por un bombardeo de la aviación de Franco, pues Avilés había permanecido leal al poder legal o sea la República.
            Terminada la guerra y recompuestos los daños en el edificio, se colocó un nuevo reloj de esfera luminosa inaugurado con las campanadas de Año Nuevo de 1944, que ante un inesperado fallo del automatismo tuvieron que ser dadas a martillazos por un conserje municipal.
            La esfera no gustó a los munícipes y se cambió por otra más clara, por acuerdo en sesión plenaria del 25 de enero de 1944 donde el alcalde Román Suárez–Puerta informó de la reposición de todo el complejo relojero incluido el carillón que seguiría reproduciendo la canción popular ‘Calle la del Rivero’, dato que en el libro de sesiones viene (algo inusual en un libro de Actas municipal) ilustrado con letra y música, reflejada ésta en un pentagrama.
            Pero el carillón sonó un tiempo, paró y nunca más se supo. El último maestro relojero tradicional que tuvo el Ayuntamiento (antes de que ‘informatizaran’ el reloj ‘injertándole’, en 2008, un mecanismo electromecánico y se abandonara su histórica maquinaria), fue Juan Ramón Ruiz Rodríguez quien recuerda que el mecanismo sonajero estaba hecho unos zorros. Y aunque luego, en 2009, parece que el Ayuntamiento lo arregló y un concejal prometió ponerlo en marcha, seguimos sin música.
            Total, que hoy en El Parche (o plaza de España) solo quedan dos relojes, éste de la torre y el reloj de sol, que hay en la esquina derecha del palacio municipal desde la inauguración del edificio en 1677.  Se trata de una pizarra rectangular con un estilete que marca la hora solar, y que en 2001 por accidente rompió, instalándose otro al año siguiente, construido con piedra de la cantera de Lugo de Llanera.
            Del resto de los relojes colocados en edificios de Avilés –un episodio aparte– buena parte de ellos están (a fecha de hoy) misteriosamente parados, por lo que solo dan dos veces al día la hora exacta.
            Y aunque en esto del tiempo todo sea relativo, la cosa da que pensar.

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Testigos medievales en el Casco Histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 27-09-2015 | 09:15| 1

(¿Se atreverá la nueva Corporación municipal de Avilés, a dar los primeros pasos para solicitar a la UNESCO la Declaración de Patrimonio de la Humanidad para el casco histórico de Avilés?)
        El otro día en la radio, y hablando de Avilés, salió a relucir su casco histórico y me sorprendió que el conocimiento que tienen algunos sobre el mismo se reduzca, prácticamente, a la calle Galiana, palacio de Camposagrado y poco más. Luz para el barroco lucido y sombras para lo medieval lúcido. Y eso ni es justo ni responde a la realidad.
        Sabido es que la Edad Media es un periodo histórico de la civilización occidental cuyo inicio se marca haciéndolo coincidir con la caída del Imperio Romano (hecho ocurrido en el siglo V) y finaliza a finales del siglo XIV con el descubrimiento de América en 1492, empresa financiada por los Reyes Católicos de España.
        En Avilés el final de la Edad Media fue ‘pelín’ antes y está marcado a fuego. Ocurrió cuando en 1478 la Villa sufrió un tremendo incendio que dicen destruyó dos tercios de la misma. El desastre fue de tal magnitud que tuvieron que intervenir, en 1479, los Reyes Católicos concediéndole a Avilés el privilegio de mercado franco de los lunes para ayudar a repoblar la población y levantar su maltrecha economía. Mercado medieval de los lunes que sigue conservando la villa asturiana.
        Como también conserva monumentos y piezas salvadas de la quema, algunos de los cuales están incluidos en el famoso Decreto del 27 de mayo de 1955, en el que el Estado español catalogó –o sea que puso bajo su control– buena parte del casco antiguo avilesino declarándolo Conjunto Histórico-Artístico. Ahora el paso, esperado por algunos, es solicitar a la UNESCO la Declaración de Patrimonio de la Humanidad ¿Se atreverá la nueva Corporación municipal a iniciar las gestiones necesarias?
        Vuelvo a la arquitectura medieval conservada en Avilés y hablar de ella es hacerlo, fundamentalmente, de un palacio y los cuatro templos que siguen.
        Santa María Magdalena de Corros, situada en las afueras de la Villa, es la más antigua –cosa que no muy sabida– de las actuales iglesias avilesinas (digo actuales porque algunos mantienen que hubo otros dos templos más, hoy desaparecidos), aunque ésta de La Magdalena solo conserva restos aislados de su primitiva arquitectura románica.
        Caso distinto es el de la hoy conocida como de San Antonio de Padua, ayer como ‘De los Padres’ y antesdeayer San Nicolás de Bari, nombre que llevó desde su construcción hasta mediado el siglo XIX. Este templo fue levantado en el siglo XII, cosa que cuenta su portada románica.
        Al lado de ella e independiente, aunque hoy se presenten exteriormente unidas, está la excelente capilla de la familia de Las Alas, monumento de estilo gótico construido en el siglo XIV que ha sobrevivido a todo tipo de tropelías y vejaciones. Parte de ellas ahí siguen, vean si no como la capilla está estrangulada por un edificio contiguo e incluso, esta joya medieval, forma parte de un patio de luces con tendales incluidos.
        Fuera del recinto amurallado, conocido como ‘La Villa’, se construyeron –y ahí siguen dale que te pego– la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (o Cantorbery) en el pueblo marinero de Sabugo y el monasterio de San Francisco, levantado al sur de la Villa, camino de la zona alta donde reinaba el Plantío Real del Carbayedo, hoy sembrado de edificios de considerables alturas.
        La iglesia vieja de Sabugo nació para satisfacer las necesidades religiosas de los pescadores y es el monumento medieval mejor conservado de Avilés. Su construcción, en el siglo XIII se dilató en el tiempo y por ello mezcla estilos arquitectónicos: el viejo románico, de su puerta lateral, y el naciente gótico de su portada. El templo es hoy conocido como ‘iglesia vieja’, en contraposición a la moderna de Santo Tomás, levantada en 1903 y a la que, por cierto, hay procurar ver entre dos árboles para valorar su afilado gótico, herencia medieval.
        El convento o monasterio fundado por los frailes franciscanos en el siglo XIII es actualmente (y desde mediados del XIX) la parroquia de San Nicolás de Bari, al haberse intercambiado –por cuestiones de aforo de fieles– nombre y funciones con la actual iglesia ‘De San Antonio’.
        El templo guarda vestigios medievales de importancia y algunos cargados de misterio como la pila bautismal, magnífico capitel corintio romano de origen desconocido y que llamaba la atención de Jovellanos. También, y ya en el claustro, hay una pieza prerrománica encontrada en excavaciones en la zona y que hace pensar en un templo anterior (que algunos dicen existió aquí, a la par que otro en el solar que hoy ocupa la iglesia de San Antonio). Es de resaltar una excelente arquería románica, que se suma a las teorías de templos anteriores a los actuales. Para rematar la jugada, se halló aquí, y no hace mucho, un cuadro (una Última Cena) de origen medieval y autor desconocido.
        Testigo civil de la Edad Media es la casa de Valdecarzana, de la que se conserva la fachada principal que vierte a la calle de La Ferrería. Construido en el siglo XIV (hay estudios que lo sitúan en siglos anteriores) como tienda–almacén situada en el bajo, y vivienda familiar en el piso superior. Era propiedad de un mercader, a las claras forrado de ganancias provenientes, probablemente, del comercio marítimo. Luego al comprarlo el marquesado de Valdecarzana la casa fue palacio. Y finalmente fue de todo, entre otras cosas: vivienda de un alcalde de Avilés, casa natal del escritor Juan Ochoa, colegio de enseñanza ‘manjoniana’, sede de Inspección de Trabajo, economato portuario y, actualmente, sede del Archivo Histórico avilesino.
        Pero me tiene dicho –escritora que no identificaré porque así me lo pidió– haber oído misteriosos sonidos ‘que la llevaban al medievo’ en la nave central del antiguo monasterio de San Francisco, hoy iglesia de San Nicolás de Bari. Y que eso le ocurría cuando el templo estaba ausente de liturgia y lo inundaba el silencio, era entonces cuando oía el pasado.
        Hay otros que van más lejos, como el dramaturgo norteamericano Eugene O’Neill cuando dice que «no hay presente ni futuro, solo el pasado repitiéndose una y otra vez».
        Frase que algunos cenizos aplicarían encantados a la coyuntura actual española. Son gente pronta a la estampida, sin caer en la cuenta de aquello de Campoamor de ¡no correr que ye peor!
        En todo caso que se acojan a la filosofía de una unidad militar de élite, de no se que país, uno de cuyos lemas es «Ésta Brigada Paracaidista nunca retrocede, da media vuelta y avanza».
        Y después de apoyarme en un poeta y en un paracaidista termino haciéndolo con una cita, vagamente recordada del admirado Manolo Vicent, adaptándola a Avilés, para decir que su historia arquitectónica ha venido saltando de copa en copa en medio de banquetes medievales, renacentistas, barrocos, románticos y siderúrgicos.
        De la fragua a la acería.

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Pedro Menéndez de Avilés, en bronce
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Alberto del Río Legazpi | 20-09-2015 | 09:08| 1

(Personaje del siglo XVI al que hasta comienzos del XX no se le empezó a reconocer, públicamente, su protagonismo histórico en América). 
        Desde su inesperada muerte causada por el tifus, el 16 de septiembre de 1574 en Santander, cuando iba a tomar el mando de una gran flota para poner orden -por así decir- en Europa, la estrella de Pedro Menéndez de Avilés se fue oscureciendo hasta quedarse en candela celestial.
        Aquel español ‘dueño del Caribe’, como lo califica Manuel de la Fuente en el ‘ABC’, se difuminó en la noche de los tiempos. Atizada por ingleses y franceses, la leyenda negra fue tendiendo un manto sobre el imperio español –al que aspiraban a suceder– que había alcanzado su cenit justo en tiempos del reinado de Felipe II quien tenía, a Menéndez de Avilés, en bastante consideración. Por lo que, al igual que otros españoles destacados de aquel tiempo, quedó en el limbo de los olvidados.
        Pero que de ahí salen algunos, lo demostró el caso de éste navegante asturiano. Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga, y eso es lo que ocurrió cuando el académico Aureliano FernándezGuerra pronuncia, en 1865, el solemne discurso de apertura de la Real Academia Española (‘Limpia, fija y da esplendor’, era el lema de la institución) que trata sobre el Fuero de Avilés, al que el intelectual andaluz consideraba falso.
        En el trascurso de su parlamento el granadino (destacado estudioso y editor del genial escritor Francisco de Quevedo) cita, también, a varias figuras de la historia avilesina, ensalzando sobre todos al «adelantado y conquistador de la Florida Pedro Menéndez de Avilés, el más excelente y atrevido marino del siglo XVI, á quien España debe un monumento, la historia un libro, las Musas un poema». Mira por donde, el discurso sobre la falsedad del Fuero avilesino, que encendió numerosas polémicas, sacó a la luz al polémico Menéndez.
        Fue la resurrección histórica del Adelantado. Hay relación causa–efecto a partir de ahí. Y hoy, Pedro Menéndez, es el héroe local  que da nombre a calle y a plaza de Avilés, donde tiene un conjunto escultórico y su nombre lo han llevado dos embarcaciones y un hogar infantil, hoy desaparecido al igual que un semanario llamado ‘El Adelantado’, un club deportivo, una asociación de vecinos, una academia de enseñanza privada, etc.
        Y todo eso, aparte de que Avilés sea conocida también como ‘La Villa del Adelantado’.
        Este boom de popularidad comenzó, tímidamente, en 1892 con la edición de un libro –dedicado al marino– de Ciriaco Miguel Vigil y al poco otro de Eugenio Rui-Díaz. Pero lo que tuvo más trascendencia popular fue la plantación, en 1923, de un conjunto escultórico en el parque del Muelle de Avilés, con la asistencia de altas autoridades de la nación y que ya fue un episodio aparte.
        Y este asunto de la estatua lo empezó a mover, en 1916, el escritor, periodista y alborotador Julián Orbón (tío y padrino de Julián Orbón, famoso compositor de música sinfónica y también de ‘Guantanamera’, que no es moco de pavo). El Orbón escritor fue un personaje controvertido, difícil y endemoniadamente activo que se movía entre Avilés, Madrid y La Habana.
        Como quiera que fuese, es a él a quien se debe –dando la vara en los medios y en los ambientes sociales– el que se formase una comisión para el estudio de un monumento a Pedro Menéndez, presidida por el Alcalde de Avilés, Carlos Lobo de las Alas, y como secretario de la misma: Manuel González Wes, fundador y director de LA VOZ DE AVILÉS.
        El asunto salió adelante con la aprobación municipal el 5 de enero de 1917. El 17 de agosto comienza a hacerse realidad y se inaugura el 23 de agosto de 1918 con un eco impresionante en la prensa, baste decir que fue portada, en el entonces todopoderoso, diario ‘ABC’ de Madrid.
        Al concurso público se habían presentado tres bocetos, resultando elegido el del escultor valenciano Garci-González (que ya había realizado anteriormente un busto en Avilés dedicado al maestro Juan de La Cruz, actualmente en el limbo de olvidados municipales) y que también realizaría, posteriormente, el del panteón del Adelantado en la iglesia más antigua de la Villa.
        El conjunto escultórico ocupa una superficie de 60 m2. En la parte central se encuentra la estatua del marino realizada en bronce en la Fundición Codina Hermanos S.A. y que mide 2,5 metros y pesa 436 kilogramos. Colocada sobre un pedestal cuadrado de 5 metros de altura, con inscripciones y tallas navales en cada uno de sus lados. En el principal se puede leer «A Pedro Menéndez de Avilés (1519–1574). Caballero del Hábito de Santiago, Capitán General del Mar Océano, Adelantado y Conquistador de La Florida, donde fundó la ciudad de San Agustín en el año de 1565»
        En cada esquina del pedestal, tallados en piedra, hay cuatro guerreros con yelmo y espada. Está rodeado de cuatro zonas ajardinadas ‘resguardadas’ con cañones.
        Póngase usted a contar las estatuas de figuras históricas españolas en los USA y se sorprenderá. Pues bien, una réplica de ésta de Avilés se alza en el Estado de Florida (Walt Disney, Cabo Cañaveral y playas de cine) en la ciudad de San Agustín que Pedro Menéndez fundó y que hoy, 450 años después, presume de población pionera de la nación estadounidense.
        Por aquello el marino (a quien le resultó imposible leer la coña de Quevedo de que «más vale ser adelantado de un cachete que de Castilla» y con la que creo que nunca hubiera estado de acuerdo) luce, aquí y allí, en piedra y en bronce, el título de Adelantado de La Florida.
        Tela marinera.

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La Cámara, es calle principal
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Alberto del Río Legazpi | 13-09-2015 | 06:20| 1

(Debe su nombre a una fuente medieval y tiene gloriosos tramos de música arquitectónica que contrasta con su final desentonado).
          Entre las más de media docena de calles que parten de la plaza de España de Avilés o El Parche (la ‘chapuza’ más artística de Europa, junto con la italiana Torre de Pisa), hay dos de ellas, que comienzan descendiendo con premura.
        Una de ellas es La Cámara, columna vertebral del Avilés más reciente que inició el despegue hacia el progreso en el siglo XIX. En su momento fue un elegante resbalón modernista hacia el futuro.
       Ese deslizamiento generó una avenida que selló la unión entre la Villa y Sabugo, una vez desaparecido el puente que comunicaba ambos lugares, al soterrar el río Tuluergo que atravesaba la población desde el parque del Retiro (actualmente conocido como Las Meanas) hasta su desembocadura en la Ría, al final de la hoy calle de La Muralla, donde estuvieron ubicados durante siglos los muelles del histórico puerto de Avilés.
       Anteriormente, en 1818, se había derribado la muralla defensiva de la Villa (episodio aparte), con argumento tan retorcido que da pie a pensar en grandioso pelotazo urbanístico.
       Pero el caso es que fue así como nació el Avilés moderno, articulado por esta calle que debe su nombre a la antiquísima fuente –ubicada en inmediaciones de Cabruñana y San Bernardo– conocida como la de La Cámara, ya que sus dos caños estaban situados en una cámara o depósito de piedra.
       En esta zona está plantado, desde 1857, el destacado palacio de Maqua, hoy propiedad municipal y en venta.
       Un poco mas abajo, La Cámara comienza a llanear al tiempo que lanza hacia la derecha a la calle de La Muralla y hacia el lado contrario a la del Dr. Graiño, ambas repartiendo comercio y zonas verdes en El Muelle (el que empezó siendo un Bombé) y  Las Meanas.
       También, en su camino, surgió ese milagro rectangular de galerías acristaladas que acoge al mercado, privilegio otorgado por los Reyes Católicos, al haberse esfumado –por incendio– cerca del 70% del Avilés del siglo XV.
       Más adelante, llama la atención la espectacular casa del indiano Eladio Muñiz, una esquina de lujo apoteósico que hace La Cámara con la calle Cuba.       
       Tuvo que pasar su tiempo para que derribaran el cementerio (donde hoy se alza el grupo escolar de Sabugo) y algún edificio colindante. Pero sobre todo el convento de La Merced (demolido en 1895), que ocupaba un solar por donde hoy transcurre la calle y está plantada la nueva (1903) y neogótica iglesia de Sabugo.
       Y así, fueron asentándose y casando las piezas, bien que mal. Es el caso de la iglesia nueva de Sabugo que algunos criticaron, entonces, que se construyese dándole la espalda al barrio. Esta ‘traición’ se ve hoy como una visión de futuro, ya que su vistosa portada miraba hacia aquella calle de La Cámara que avanzaba imparable, transformando la ciudad, hacia el templo.
       E incluso sobrepasarlo. Porque a mediados del siglo XX, cuando Avilés explotó –demográfica, social y económicamente hablando– con la construcción de ENSIDESA y otras grandes empresas, la calle se fue prolongando, siendo alcalde Fernando Suárez del Villar, a partir de la iglesia, pero sin pizca de gracia arquitectónica.
       Hubo en esta zona –y en pocos metros cuadrados– ‘multitud’ de locales destinados al ocio, cosa que llama la atención. Y es episodio aparte. Al igual que las barbaridades urbanísticas cometidas en La Cámara, capítulo que, también, toca otro día.
        Y además esta calle comercial tiene una extraña singularidad y es el porrón de establecimientos del mismo gremio que se apelotonan en un tramo de unos 130 metros: seis ópticas y seis perfumerías (algunas de éstas de considerable tamaño).
       Cosa insólita, aparente despropósito mercantil para una ciudad pequeña, que da que pensar. ¿Será Avilés tan celosa de su olfato y vista? O que los avilesinos son extremadamente cuidadosos con su higiene personal (jabones y perfumes) y tan dados a la cosa cultural o como para generar vista cansada, a millares, por lectura ¿o más bien por pantallas televisivas o de teléfonos móviles? Escrito está que el WhatsApp –nueva lengua sin voz– genera en el personal dioptrías ‘asgaya’.
       Esta calle –que bien podría llamarse Gran Vía de la Dioptría Perfumada– es también una suerte de termómetro político. En función de circunstancias históricas, llevó el nombre de García San Miguel (segundo marqués de Teverga), de José Manuel Pedregal y del Generalísimo Franco, para terminar regresando –en 1979 y siendo alcalde Manuel Ponga– a su histórico nombre: La Cámara.
       En sus dos tercios primeros, bajada y llano (y exceptuando tres esquinas desgraciadas) es calle decimonónica, lúcida, lucida y finolis ‘ma non troppo’. Luego, con la reciente y deslucida prolongación la calle sube presto pero decae con desgana y finaliza desafinada arquitectónicamente hablando.
       Y así, gloriosa en sus dos terceras partes, pero desentonada en el tercio final, transcurre la sinfonía urbana de esta orquesta de Cámara. Quiero decir de La Cámara.
       Lo que son las cosas.
(Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 28 de noviembre de 2011)

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La sorprendente variedad del arte gótico en la Villa de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 06-09-2015 | 06:31| 1

(En estado sólido existen distintas muestras de gótico en un palacio y, sobre todo, en edificios de culto religioso. No hay gótico líquido por más que alguien haya querido establecer tal categoría en el histórico río Tuluergo, hoy subterráneo y reconvertido en alcantarilla. Y, en estado gaseoso se encuentra el gótico industrial que aquí hubo, hasta que fue volado).

         La historia del arte tiene unas cadencias que se van cumpliendo y agotando. Como la vida misma.

          En los siglos XII y XIII, en Europa central, allá por tierra de godos, allá por tierra extranjera, cumpliendo esta ley de las cadencias artísticas cambiaron la moda arquitectónica y pasaron del románico al gótico.

          Surgieron edificios que pasaron de tener arcos de medio punto (los de la media circunferencia, que diría Gila) a tenerlos apuntados. O góticos.

          En los templos el cambio fue espectacular, surgiendo catedrales de afiladas torres como intentando tocar el cielo para acercarse lo más posible a la divinidad, cuyos principios eran predicados en sus interiores a muchedumbres de creyentes, en espacios de grandes vanos y gigantescas cristaleras que permitían maravillosas entradas de luz. Todo lo contrario de la, hasta entonces, dominante arquitectura románica de pequeños templos, oscuros y bajos.

          De la introversión del románico, se pasó a la extroversión gótica. Como si de una película de Bergman pasaras a una de Woody Allen, o algo así.

          Fue por aquel entonces medieval –cuando la estaba palmando el románico para que naciese el gótico– que esta Villa de Avilés consagró sus principales templos a santos foráneos: El inglés Tomás de Canterbury, el italiano Francisco de Asís y Nicolás de Bari, santo oriental emigrado a Italia.

          Eran consecuencias del cosmopolitismo del que gozaban los puertos comerciales como el de Avilés que fue el más importante, durante un tiempo considerable, del norte atlántico español. Recibíamos universalismo vía marítima. Por aquí entraban sedas de York y también ideas –aparte de vinos franceses– con añadidos noticiosos de vanguardismos europeos.

          Las primeras grandes manifestaciones del gótico se dieron fuera de la ciudadela amurallada. Concretamente en la portada norte del convento de San Francisco del Monte (hoy parroquia de San Nicolás de Bari) y en la principal de la iglesia de Santo Tomás de Canterbury (Sabugo vieja). Era un románico tardío, o un gótico tempranero, era el protogótico. Andábamos, entonces, por el siglo XIII.

          Del considerado gótico puro, por así decir, las muestras estaban dentro de las murallas y en La Ferrería, entonces, calle mayor de la Villa. De aquella, conservamos dos capillas, la de Pedro Solís y la de la familia de Las Alas. Así como la espléndida casa de Valdecarzana, único ejemplo que del siglo XIV nos queda en Asturias de vivienda de un rico comerciante, una evidencia de que no solamente los nobles tenían mansiones grandiosas. Aunque sea excepción que confirma la regla.

          La capilla de Pedro Solís, hoy integrada en la iglesia de los Franciscanos, responde a un gótico clásico de finales del siglo XV. Sin embargo la de los Alas, con unos ciento cincuenta años menos, es independiente del templo (aunque hoy se presenten unidos exteriormente) y la más destacada por su original edificación y elegante traza, hoy disfrazada de patio de luces.

         Al igual que Valdecarzana, se trata de edificios cúbicos. Y en ambos concurre también la teoría, mantenida por algunos, de que sus ideas constructivas son fruto de la información que atracaba en el puerto de la Villa. Según ésta hipótesis –con visos de ser muy cierta– la modernidad viajó en barco, desde Francia hasta aquí para traer la moda arquitectónica que hizo posibles este palacio y aquella capilla.

          Del gótico flamígero se conserva la espectacular tumba de un Alas (como no) en la actual parroquia de San Nicolás de Bari.

          Pero la espectacularidad, la voluntad gótica de verticalidad, con torres de 47 metros de altura, no llega hasta principios del siglo XX, con la nueva iglesia de Santo Tomás de Canterbury (Sabugo nueva). Y también unos cuantos edificios de entonces, en calles céntricas, responden a ese gótico resucitado o neogótico.

          A mitad de dicho siglo se construyó, en la margen derecha de la Ría, una enorme siderúrgica (20.000 trabajadores en su época de esplendor) con cuatro hornos altos. Puro gótico industrial. Apenas duró cincuenta años, ya que fue destruido cuando achuchó la crisis de turno. No quedó en pie ni una muestra de este gótico industrial, que es el mayor símbolo de una etapa crucial de la historia avilesina. Un ejercicio de ignorancia y de falta de visión de la jugada que pone al descubierto el desconocimiento del poder socio-político sobre la riqueza potencial del patrimonio industrial.

        Excepto este ejemplo de gótico gaseoso y ante la ausencia de gótico líquido (aquí y en Lima), lo que queda hoy plantado por Avilés es gótico en estado sólido, de toda clase de épocas, latitudes y  longitudes, que -como se ha visto- es mayormente un gótico de a Dios gracias.

(Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 28 de agosto de 2011)

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El chocante asunto de las islas fantásticas de la Ría de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 30-08-2015 | 05:57| 0

(Mitos de ayer y hoy, que van de la desaparecida isla de San Balandrán a la ‘planificada’ de La Innovación, pasando por arquitectos del prestigio de Oscar Niemeyer o Norman Foster y actores de la categoría universal de Brad Pitt)
           En territorios históricos marinos de la zona de influencia de la Ría de Avilés, cuando se hable de piélago conviene aplicar el término archipiélago.
          De igual forma conviene saber que aparte de las islas en la mar abierta (La Deva, La Ladrona, Carmen y Herbosa) están las del estuario, tan fantásticas como planificadas, tan soñadas como deseadas, tan fenecidas como por nacer. Hablo de las islas de San Balandrán y de La Innovación, un archipiélago muy particular.

Dársena de San Juan de Nieva. Al fondo la isla de San Balandrán.

        La primera, situada frente al muelle de Raíces, en San Juan de Nieva, permanece aún –en el imaginario popular– fuertemente arraigada (en charlas, libros y fotos) a pesar de haber sido devorada por la draga entre 1941 y 1943 para facilitar el tráfico marítimo por el canal de la Ría. La gente sigue hablando de ella en presente, porque el cariño ni se compra ni se vende. Y además tu familia no te olvida.
        La pequeña isla de San Balandrán (130×56 metros) estaba frente a la playa del mismo nombre adonde la gente se trasladaba, masivamente, en lancha o en motora desde el muelle de Avilés. La experiencia marina, de generaciones de avilesinos, tuvo su principio y fin, en las idas y venidas a este remanso con nombre derivado del mítico santo irlandés (Saint Brandan) una de las leyendas más famosas de la cristiandad, un capítulo aparte.

Brad Pitt en la calle Galiana.

        Un microcosmos al mejor estilo de Julio Verne, situado en un paraje –digno de ser envuelto en color sepia– con otros encantos naturales tan fascinantes como el faro de Avilés, la peña del Caballo, marismas de Zeluán o la antiquísima y todavía misteriosa población de Nieva.
        Hasta que en 1950, sobrevino de golpe y porrazo la industrialización de Avilés y el espectáculo en el estuario tiñó a negro.
        Pero años más tarde, ya comenzado el siglo XXI, la Ría volvió a ponerse guapa, con agua de color agua y un espectacular paseo marítimo, aderezado con un conjunto escultórico de tres conos (popularmente, cuernos) de 30 metros de altura, obra del artista avilesino Benjamín Menéndez. Fue la época del ex alcalde Manuel Ponga como presidente portuario (1999-2007), quien por cierto en 2006 anunció la llegada de cruceros a la ciudad –ante la incredulidad de los avilesinos, y sorna de algunos tertulianos– e hizo historia como los hechos demostrarían seis años más tarde.
        Por otra parte fue el 26 de marzo de 2008, cuando el Principado de Asturias hizo público el embarazo de la Ría de Avilés. No se facilitaron fechas del parto –que se predijo dificultoso y a largo plazo– pero si el nombre de la criatura: Isla de la Innovación.

        Y deduzco que si la encinta Ría iba a ser la madre, el padre era el Niemeyer. De esta forma se fundían lo más antiguo y lo más moderno de Avilés para dar a luz a una isla de la que se esperaba ocasionararía una de las mayores transformaciones urbanísticas de España y que ha interesado, técnicamente, al arquitecto Norman Foster (Premio Príncipe de Asturias de las Artes 2009) y, económicamente, al actor Brad Pitt socio -aparte de Angelina Jolie- de una firma arquitectónica internacional y que visitó el territorio del alumbramiento en la margen derecha de la Ría de Avilés generando portadas en los medios de medio mundo.

Planos de la isla La Innovación.

        Y así, entre islas de ser y no ser, circuló una coplilla:
«Oh Ría, tantos inviernos
y veranos maltratada
y ahora saneada
de polvo y lodos eternos…
¿Por qué te han puesto los cuernos
y te dejaron preñada?»
        Pero como la Historia es la novela de los hechos, resulta que si no hubiesen volado la isla de San Balandrán, no hubiese podido pasar –el 2 de mayo de 2012– un crucero con cerca de mil turistas extranjeros a bordo, el primero que abrió brecha en el turismo marino de Avilés, para atracar en el muelle contiguo al, entonces, mundialmente famoso Centro Niemeyer –hoy esperando justicia histórica y que alguien lo vuelva a poner a flote– generador de la anunciada isla de La Innovación.
        Dudo que, en materia de archipiélagos, haya en el mundo otro como el de la Ría de Avilés, tan seductor como fabulado, tan insólito como asolado, tan embarazoso como embarazado, con una isla desaparecida y la otra por aparecer.
        Visto y no visto.
 (Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés’ el 3 de junio de 2012)

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El asombroso Llaranes por tierra, mar y aire
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Alberto del Río Legazpi | 22-08-2015 | 23:57| 4

(Un barrio cargado de singularidades y hechos históricos, generalmente desconocidos.
Edición revisada del episodio publicado en ‘La Voz de Avilés, el 4 de diciembre de 2011)

        Fue a finales de aquella primavera de 1950 en la que ENSIDESA nos cayó encima, cuando, y a consecuencia de aquel trompazo -social e industrial- muchos avilesinos creyeron y creen que nació Llaranes. El desconocimiento histórico sobre los barrios tradicionales de Avilés es cosa habitual. Llaranes es un ejemplo –cruel– de esa ignorancia.
        Lo que ocurrió es que en aquella década, del pasado siglo, pegó un salto enorme cuando la Empresa Nacional Siderúrgica S.A., universalmente conocida por su acrónimo ENSIDESA –una de las mayores siderúrgicas del mundo– plantó en Llaranes un poblado para sus primeros empleados. Su diseño arquitectónico y funcional lo convirtieron en ejemplo de patrimonio urbano, citado hoy como modélico y singular, en congresos nacionales e internacionales sobre aspectos sociales y urbanísticos. Todo un episodio aparte.

Revista 'Paris-Match'. 1955

        Por aquellos años no es que ENSIDESA mandase mucho, es que lo mandaba casi todo. Por ejemplo en Llaranes, donde a pesar de haber un San Lorenzo, ‘la empresa’ (como la mayoría de la gente conocía y llamaba a ENSIDESA)  construyó dos Santas Bárbaras: templo religioso una y deportivo la otra, un campo de fútbol hoy rebautizado con el nombre del ex presidente del club, ‘Muro de Zaro’. No dejo pasar la ocasión de repetir que la parroquia de Santa Bárbara atesora una maravillosa obra artística de Javier Clavo, que a mi juicio la convierte en la Capilla Sixtina del arte vanguardista religioso del norte de España.
        Dicho lo anterior, hay que saber que Llaranes es lugar que se remonta a tiempos del imperio romano. Aquí se han descubierto restos de monedas romanas, conservadas en el Museo Arqueológico de Asturias. La distancia en el tiempo que separan al antiguo Llaranes, aquel Larius, aquel Leranes (topónimos romanos) del actual, se mide por siglos. Tela, mucha tela.
        Llaranes –una de las mayores sorpresas históricas de Avilés– es mas viejo que la gripe. Ya figura en documentos del siglo XI, o sea mucho antes de que se levantara en la ciudadela amurallada de Avilés la casa, que luego fue palacio, de Valdecarzana. Y muchísimo antes de que se construyera el Avilés del barroco, el que vio nacer espectaculares calles (Rivero o Galiana) y monumentales palacios (Camposagrado, Ayuntamiento y Ferrera).

Ventana prerrománica de San Lorenzo.

        Y luego está la constitución de la parroquia de San Lorenzo, de cuya herencia queda la actual capilla, en el ‘Llaranes viejo’, con esa pincelada prerrománica de su ‘ventanina’. Un interrogante mayúsculo que ahonda más, todavía, en su pasado.
         En el siglo XIX un documento eclesiástico cita textualmente «barrio de Llaranes de Sabugo». De lo que se puede deducir que sus habitantes no vivían solamente de la agricultura sino que practicaban la pesca, lo que seguramente facilitó una estrecha relación con el pueblo de Sabugo, extramuros de la villa de Avilés. Después de todo, la Ría llega hasta ‘más arriba’ de Llaranes.
          Por tanto lo marino no le es ajeno. Tanto que incluso un mercante fue bautizado con su nombre. Hablo del  granelero-bulkarrier ‘Llaranes’ que surcó los mares desde su botadura, en 1971 en Sevilla, hasta el 9 de septiembre de 1994, cuando constaba como varado en Alang (India) listo para desguazar.
           Y también hay cosas de mucho vuelo, porque el barrio es pionero en la historia local de la aviación. En 1914, desde los campos del valle de Llaranes despegó la avioneta que voló, por vez primera, sobre Avilés y sus alrededores. Era un aparato de la marca Pomerd (?) y estaba pilotada por Rodrigo González.
        Tenemos a Llaranes por tierra, mar y aire, pero hay algo que le da todavía más restallo: el cine.
        Llaranes aparece en la histórica película (muda) rodada en 1924 en Avilés, Salinas y Soto del Barco, con motivo de la visita que las autoridades norteamericanas del Estado de Florida hicieron a nuestra ciudad, para homenajear a Pedro Menéndez de Avilés, fundador de la –hoy– ciudad más antigua de los Estados Unidos: San Agustín de La Florida.

Interior de la iglesia de Santa Bárbara.

        Una de las secuencias está rodada en Llaranes, en terrenos que hoy ocupan la Plaza Mayor y la avenida principal del poblado y entonces finca de Gonzalo Heres, un indiano al que apodaban “El Diamante”.
        Por tanto es el primer barrio avilesino que aparece en la gran pantalla. Y como el que tuvo retuvo, cincuenta años más tarde, el Grupo Foto-Cine ENSIDESA (miles de socios), con sede social en Llaranes, convocaría anualmente certámenes internacionales de cine amateur.
        Manca ¿eh?
        El conocimiento de la trayectoria histórica de Llaranes es un mazazo histórico que nos sacude el polvo de la ignorancia y demuestra que, como dice el libro más leído de la historia, podemos abandonar el pasado pero el pasado nunca nos abandona.
        Siguiendo por esa línea y a la vista de lo visto aquí, lo de Llaranes casi entra en el terreno de lo milagroso.
        A mi, sencillamente, me parece asombroso.

 
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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta