El Comercio
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Tirso de Avilés o el periodismo asturiano hace 500 años
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Alberto del Río Legazpi | 29-12-2013 | 10:11| 2

Cuentan que contaba Tirso de Avilés, allá por el siglo XVI, que los peregrinos cuando cruzaban el Pajares cantaban: «O Asturia, bella Asturia; tu sei pur bella, e sei pur dura». Y lo hacían para acceder a la catedral de Oviedo o a la inversa, si venían de la capital de Asturias para reincorporarse al camino principal de Santiago, una vez cruzado el Pajares. La socarronería asturiana, tan ‘coñona’, al escuchar esto susurraba: «No hay mayor puerto que el de la puerta de casa».

El canónigo Tirso de Avilés (nacido hacia 1516 y muerto en 1599) fue un gran cronista o recopilador de hechos y también historiador. Pero su mérito es haber captado la información de su tiempo y exponerla con soltura. Narra lo que investiga o lo que ve. Es escritor. Hoy sería, también, periodista.

Decía Francisco Umbral que ‘el periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al gobierno inquieto’. Para G. K. Chesterton: ‘El periodismo consiste esencialmente en decir «lord Jones ha muerto» a gente que no sabía que lord Jones estaba vivo’. Yo creo, como dice Juan Cruz, que el ‘periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente’, pero hay que saber decirlo.

Tirso de Avilés, era hijo de Gaspar de Avilés, un vecino de la Villa que se marchó soltero a Las Regueras, donde casó y tuvo descendencia. Aunque algunos autores, como el marques de Teverga y también Simón Fernández Perdones, nacen a Tirso en Avilés.

Y no es así, pero tres narices importa. Lo que vale es que es que el canónigo es un cronista extraordinario y su pluma una luz en la oscuridad informativa de por aquel entonces. Martín Andreu dice que ‘describe con auténticos trazos, de inapreciable riqueza, cuadros de vida ovetense y del resto de la región’. Narra, tanto maravillas caóticas, como desdichas terribles.

En su libro ‘Armas y linajes de Asturias y antigüedades del Principado’, ilustra la hondura de la trágica hambruna de 1573, con un asesinato: «Una moza del concejo de Avilés, mató a otra con un palo para tomar un cesto de pan cocido que llevaba a vender a dicha villa».

En ‘Asturias: Referencias geográfico-históricas’, relata los más grandes sucesos acontecidos en la región hasta su siglo XVI: Desde las epidemias de 1573 a 1576 a que «en la noche del 11 de noviembre de 1578, apareció en el hori­zonte un cometa de extraña grandeza, que se presentaba hacia la media noche y fue visto durante dos meses» (…) O «el diluvio del año 1586» (…) Cuando no «un terremoto de aires en 1590»’

También fue testigo y notario de hechos como el entierro de Pedro Menéndez de Avilés ‘llevado por cuatro rexidores de la dicha vi­lla, á ser sepultado con la autoridad que se re­quería de lumbres de cera y misas’.

Genealogista de relumbrón, es famosa su interpretación del escudo de la familia Las Alas, donde teje una leyenda digna del mejor García Márquez. Básicamente cuenta que conquistada Avilés por los árabes, el caballero Martín Peláez se refugió en el castillo de Raíces, de dos torres, donde lo cercaron los invasores, pero acabó dándoles matarile con la ayuda de un ángel. El mismísimo Don Pelayo, fascinado por esta historia –según Tirso– le concedió a Martín un escudo basado en esta aventura y un nuevo apellido: De las Alas.

A propósito de su apellido escribe que «…en Avilés ha habido muchos y muy principales hombres y muy señalados especialmente por la Mar, que parece que el clima de esta villa los dicta ser buenos Pilotos y Mareantes (…) como en nuestros tiempos Reinando el Rey don Felipe II, lo fue Pedro Menéndez de Avilés adelantado de la Florida… el cual tuvo cargo General en dicha Carrera de Indias 13 o 14 años y la navegó sobre 50 veces … e después conquistó… la provincia de la Florida que es en la Yndias…y el dicho Rey le hizo titulo de Adelantado de dicha Provincia… »

Tanto ‘oficio’ tenía Tirso que, precursor hace 500 años en las tareas informativas, hasta nos dejó una ‘foto’ suya, en forma de talla, que podemos ver en la girola de la catedral de Oviedo, incrustada en un retablo, por él donado. Una hemeroteca para la eternidad.

Era un cuco.

‘O Asturia, bella Asturia; tu sei pur bella, e sei pur dura’.

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El paradigma de Faustina Álvarez, una maestra adelantada a su tiempo
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Alberto del Río Legazpi | 22-12-2013 | 10:11| 5

 

Faustina Álvarez (1874-1927)

Podía haber quedado enterrada, su memoria, como la de tantos buenos maestros que se dedican a dejar, para siempre, huella en las vidas de otras personas.

Pero hubo suerte y la labor pionera realizada por Faustina la ha venido agigantando el tiempo y hoy es una figura histórica. Así que no ha de extrañar que el nombre de Faustina Álvarez rotule calles, desde la ciudad de León a la parroquia avilesina de Miranda.

Su vida está recogida en el libro ‘Biografía y escritos de Faustina Álvarez García (Madre de Alejandro Casona) durante su estancia en Miranda 1910-1916’, de la editorial avilesina Azucel, y del que es autor José Manuel Feito.

En él consta que nació en León, y estudió magisterio terminando la carrera cuando contaba 21 años. Tuvo su primer destino en Busdongo, pueblo leonés, famoso hoy por ser lugar de nacimiento de Amancio Ortega ‘el de Zara’, la tercera fortuna del mundo. Un tipo afortunado.

Como afortunados fueron –en el sentido moral– los alumnos que Faustina fue formando en su peregrinar por distintos pueblos de la geografía leonesa y asturiana. En Busdongo, también, conoció a quien fue su marido: el maestro Gabino Rodríguez Álvarez.

Ya casados, uno de los sacrificios habituales impuesto por la profesión de magisterio es conver­tir a quien lo ejerce, y a los suyos, en nómadas. Por lo que sus cuatro hijos fueron naciendo en distintos destinos: En Canales (parroquia del concejo leonés de La Magdalena) y en los asturianos de Cangas del Narcea (parroquia de Besullo), Luarca (Barcia) y Avilés (Miranda), donde llegó con su familia en la primavera de 1910.

Avilés, contaba entonces con 13.661 habitantes y vivía tiempos, tanto de expansión industrial y urbana, como de conflictividad laboral.

Faustina venía destinada (ella lo había solicitado) como maestra al grupo escolar de Miranda, el más singular de los barrios avilesinos, el de los alfareros, el de los artesanos del cobre, el poseedor de una jerga idiomática propia. Y aquí estaría ejerciendo su labor hasta 1916. El recuerdo que dejó su labor es imborrable.

Por ejemplo, fundó en 1914, las primeras Mutua­lidades Escolares de Asturias, en cola­boración con el entonces maestro de niños José Artime, también ejerciente en Miranda. Menuda pareja de educadores. Menudo lujo para la sociedad avilesina.

Trasciende de la pura anécdota la pasión que la maestra de Miranda tenía por su profesión, la fe que en ella ponía por su convencimiento que el beneficio que la cultura les traería a sus alumnos. Tanta, que hasta la muchacha que tenía contratada para realizar faenas domésticas terminó estudiando y ejerciendo el magisterio.

La maestra de Mirada no para. Y prepara, en su estancia avilesina, las oposi­ciones para inspectora de Enseñanza. Cosa que logró y de hecho, el hecho figura en la historia tal que así: fue la primera mujer que en España alcanzó este titulo, hasta entonces exclusivo de varones.

Era una persona humilde, con una capacidad de trabajo fuera de lo común, obsesionada por extender la cultura sobre todo en los ámbitos humildes.

Faustina de las de la minoría, de aquella época, que hizo bandera de los derechos de la mujer, que entonces no es que rechinasen es que ni estaban. En la hemeroteca de LA VOZ DE AVILÉS se pueden leer sus escritos que firmaba como ‘La maestra de Miranda’.

Convencida de que la educación es un arma poderosa para cambiar la sociedad fue una de las adelantadas en la enseñanza de su tiempo en España. Pero pocas, muy pocas, por su entrega a la educación de los demás, como Faustina Álvarez García, que durante seis años enseñó –y predicó con el ejemplo– en el barrio de Miranda donde su hijo ‘el universal autor literario Alejandro Casona aprendió a leer’.

Así consta, en una placa, colocada en la vieja escuela mirandina, hoy una casona. Pero Casona  –el alumno más famoso de Faustina– es caso aparte.

Y, de momento acabo, porque con tanto magisterio se me han quedado los dedos en blanco.

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Cara y cruz de cuatro templos en los cuatro puntos cardinales
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Alberto del Río Legazpi | 15-12-2013 | 10:11| 0

Cuatro, son cuatro, los templos, además parroquiales, que coincidiendo con los puntos cardinales, dibujan –como no– una cruz sobre el mapa comarcal, ayudando así a demarcar los confines del municipio de Avilés, pues todos ellos son limítrofes con los concejos vecinos.

A tal ‘descubrimiento’ geográfico, conviene un pellizco histórico sobre estos templos, que son los de San Juan de Nieva, Llaranes, La Magdalena y Valliniello.

Norte y sur (San Juan y Llaranes) marcan la vanguardia artística religiosa. Y este y oeste (Magdalena y Valliniello) la retaguardia de estilos arquitectónicos  tradicionales.

Al norte, y a orillas de la Ría (mayúscula ella) se encuentra el edificio de la que fue parroquia del Carmen, aquella iglesia de San Juan de Nieva, actualmente  cerrada, desacralizada, acosada y materialmente estrangulada por montañas de mineral, camiones y grúas. Aquello es un infierno, si se me permite la expresión. Y tiene un aire, aparte de fantasmal, terriblemente contaminado.

Su construcción terminó en 1951 –en terrenos de mando portuario– siguiendo planos del arquitecto asturiano Ignacio Álvarez Castelao (1910-1985). Su originalidad radica en el diseño, ya que la iglesia es la quilla de un barco invertida. Está catalogada en el inventario del Patrimonio Arquitectónico de Asturias, aunque no se yo si eso le servirá para evitar que algún día –así, como por casualidad ¿no?– tropiece contra sus ennegrecidas paredes alguna de las máquinas y artefactos que trajinan a su alrededor, y se venga abajo todo el invento.

Cambio.

Al sur, en las antípodas de San Juan, en terrenos del antiquísimo Llaranes (en las riberas, también, de la Ría de Avilés), se levantó, igualmente a mediados del pasado siglo, el templo de Santa Bárbara. Construido por ENSIDESA, la gigantesca siderúrgica que cambió la historia de Avilés, está situado en lo alto de una colina desde la que domina el poblado de Llaranes, una joya urbanística que es episodio aparte.

Quien no conozca el templo, jamás podrá imaginar el tesoro que guarda en su interior, luminoso como ninguno: un conjunto de frescos, vidrieras y mosaicos, de quitar el hipo. Obras de Javier Clavo, artista madrileño, que el día menos pensado será llevado a los altares del arte.

Yo, a esta iglesia, la tengo definida –ya hace años y en prensa escrita– como la ‘Capilla Sixtina del vanguardismo religioso del norte de España’ y veo que, ahora, en Internet una enciclopedia se ha apropiado de esa denominación como si tal cosa. Lo que no hace, por ejemplo, ‘In Situ’, un cuidado blog artístico comarcal, que merece consultarse (http://insitu96.blogspot.com.es/). Cara y cruz.

Cambio.

Por el oeste está Santa María Magdalena de Corros, llamada así por estar al lado del, parece ser, lazareto medieval conocido como Corros y vinculado al Camino de Santiago. El templo, uno de los de más antigua construcción en Avilés, conserva en su interior algunos restos románicos.

Cambio.

Por el oste está la iglesia de San Pedro de Navarro, en Valliniello, otra medieval, que como la de La Magdalena, está vencida por tropelías arquitectónicas y de las otras. Ambas están hechas un cristo.

Y para más inri, los cuatro templos son inéditos (y conste que el de Llaranes es pecado cultural no conocerlo) para la mayoría de los avilesinos. Me hago cruces.

Cambio, corto y cierro.

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La plaza de Camposagrado, en la cumbre del casco histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 08-12-2013 | 10:11| 2

La plaza de Camposagrado es singular por continente y contenido. Pocas, tan grandiosamente pequeñas como esta de Avilés, donde el arte esté harto, hasta decir basta.

En 700 metros cuadrados, conviven un palacio de estilo barroco, una escuela de arte, otra –hasta el otro día– de cerámica que es única en Asturias, una escultura que homenajea a un pintor universal y un mural que también es fuente ¿Quién da más?

Está emplazada dentro de lo que fue villa amurallada –calles de La Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo– pero no fue lugar público hasta el siglo XIX.

La plaza limita, al norte, con la calle Cuesta de La Molinera y con un palacio que desparrama barroco cosa fina y al que muchos consideran como la joya de la corona del casco histórico de Avilés; al sur con la fresca, refrescante y refrescada calle de La Fruta; y al este y al oeste con la de San Bernardo, que cruza la plaza como un cuchillo, sin romperla ni mancharla, para terminar a los pies del edificio más antiguo de Avilés: la iglesia llamada de los Padres (siglo XII).

El palacio tiene su origen en el siglo XIV, como residencia de la familia de Las Alas. Pero en el XVII –su nuevo dueño, el marqués de Camposagrado– hizo una reforma a lo bestia y ahí surge su espectacular fachada barroca, la que da a la plaza y que tanta admiración causa.

Durante siglos la calle de La Fruta se dividió en dos tramos. Uno, ‘La Rúa Nueva’, desde la confluencia de la calle El Sol hasta la puerta la muralla (que uniría, hoy, con la plaza de España). Otro, el que terminaba en la calle San Bernardo (entonces desviada respecto al trazado actual) al chocar contra un paredón que delimitaba la propiedad privada de los dueños del palacio. Ese tramo, en forma de embudo era conocido como ‘Calle Oscura’.

Pero La Fruta vio la luz en 1876 (ya se habían cepillado las murallas), cuando el derribo del dichoso paredón hizo posible la unión con la calle La Muralla, mediante una corta y empinada pendiente bautizada como calle de La Unión, pero que el personal –arre con el erre que erre– como quiera que se estableciera en ella una tienda de venta de harina, rebautizó como Cuesta La Molinera. Y así sigue hoy, salvando el paréntesis (1938-1979) cuando fue calle del Comandante Caballero.

La liquidación del jardín-huerta del marqués, también hizo posible un nuevo espacio protagonizado, faltaba más, por el palacio y por una vieja casa usada por la servidumbre. Según Justo Ureña, fue construida en el siglo XVII, así que mal puede ser –como sostienen algunos– la casa natal de Pedro Menéndez de Avilés, nacido en 1519.

El tiempo fue pasando, hasta que en 1972 se levantó, frente a la mansión palaciega, un edificio que alojó a la Cámara de Comercio y a una entidad bancaria. Y, en 1983, terminó de conformarse la plaza, cuando se rehabilitó la vieja casa de servicio del palacio y se le dio una honorable utilidad: Museo–Escuela Municipal de Cerámica. Un episodio aparte.

En 1993, al conmemorarse el centenario de las fiestas de El Bollo, se le encargó, con ese motivo, a Ramón Rodríguez un panel de cerámica. En su parte inferior ‘actúa’ como fuente que arroja agua por la cabeza de cuatro leones.

Y en 2000, Vicente Santarúa sentó, en bronce, al más grande pintor asturiano de todos los tiempos: Juan Carreño Miranda. Allí está el artista avilesino, del siglo XVII, con  pelambrera alborotada, como dibujando frente al impresionante retablo barroco que supone la fachada de Camposagrado, también del siglo XVII, y que en el XXI se convirtió –fue una resurrección gloriosa– en sede de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias. Es difícil saber quien inspira a quien.

Apoyado en la esquina derecha de Camposagrado ves, allá, al fondo, el barroco palacio de Ferrera y girando la vista a la izquierda: la portada románica de la iglesia de los Padres.

Sorprende este sitio tan exiguo y de arte tan abundante. Y si el saber no ocupa lugar, el arte si que lo hace. Por ejemplo en esta avilesina plaza de Camposagrado, acoquina. O casi.

No le demos más vueltas: Estamos ante un espacio mágico y sanseacabó.

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Aquel verano del 85, cuando el Museo del Prado expuso en una iglesia de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 01-12-2013 | 10:11| 5

En la plaza del Carbayo, policías nacionales estuvieron vigilando ‘ostentóreamente’, durante las veinticuatro horas de cada uno de aquellos veinticuatro días. Nunca se vio despliegue tal, en el antiguo barrio marinero medieval. Fotos cantan.

El suceso ocurrió entre el verano y el otoño de 1985 y lo que hacían era proteger un tesoro artístico –exhibido al público, en horas hábiles, en Avilés– en la pequeña iglesia consagrada, en el siglo XIII, al santo inglés Tomás de Canterbury.

Se trataba de trece grandes lienzos del artista avilesino Juan Carreño de Miranda (siglo XVII).

El Ayuntamiento de Avilés había echado, primero imaginación y luego la casa por la ventana, atreviéndose a acometer una de esas empresas que algunos –tristes que ven la botella medio vacía– califican como imposibles. Tal que pedirle a una de las mejores pinacotecas del mundo (Museo del Prado de Madrid) cuadros del artista asturiano, para su exhibición temporal en Avilés, con motivo del tricentenario de su muerte.

Y la cosa funcionó. Se acondicionó la ‘vieja’ iglesia de Sabugo, para cumplir con las estrictas medidas exigidas por el museo, en las contadísimas ocasiones, en que da autorización para acontecimientos de este tipo. Se aisló la nave central de la iglesia, donde se iban a colgar los lienzos, se sellaron puertas y ventanas de forma y se desplegó la cacharrería tecnológica necesaria para que el grado de humedad fuera el exigido para la correcta conservación de la obra pictórica.

Y vinieron diez cuadros, en transporte especial y con toda la parafernalia de medidas de seguridad propias de estos casos, excepcionales repito. También, las gestiones, hechas con el Principado, resultaron y tres obras más del Carreño, propiedad del Museo de Bellas Artes de Asturias viajaron hasta el Sabugo avilesino.

Y hete, aquí, que se celebró una exposición antológica de uno de los mejores pintores del barroco español, que fue visitada por más de 10.000 (diez mil) personas. Hemerotecas cuentan.

Muestra que fue complementada con la edición de dos libros (‘Carreño’ de Alfonso Pérez Sánchez y ‘Aspectos del Barroco: el ámbito de Carreño’), un curso sobre el artista en la Escuela Asturiana de Estudios Hispánico (léase La Granda), un documental titulado ‘Carreño, 300 años después’ y un ciclo de música de compositores del siglo XVII.

El pintor, el más importante artista plástico asturiano de todos los tiempos, nació en Avilés en 1614 de donde partió a los 11 años. Su legado artístico se conserva en los principales museos del mundo: El Prado de Madrid, el Louvre de París, L’Ermitage de San Petersburgo y otros etcéteras. En su obra, realizada en Madrid, no hay paisajes, ni retratos, que delaten su procedencia avilesina. Nadie que no conociese al sucesor de Velázquez, como pintor de cámara de la corte real española, hubiese sospechado de su procedencia asturiana partiendo de su obra pictórica. Este es un episodio aparte.

Digo esto porque se escuchan opiniones contra el artista por este desapego, hacia su villa natal que, faltaba más, oye, le ha rendido honores por doquier, dedicándole una calle, ‘historiada’ con un mural de cerámica, de Ramón Rodríguez, y una reproducción en bronce de uno de sus lienzos más famosos: ‘La Monstrua’, realizada por ‘Favila’. Aparte de haber bautizado el primer Instituto de Enseñanza Media de la ciudad como ‘Carreño Miranda’. O dedicarle una estatua, obra de Santarúa, en la plaza de Camposagrado.

También, en 1982, importantes artistas asturianos interpretaron a Carreño. Y así Pelayo Ortega, Camín, Alejandro Mieres, Galano, Consuelo Vallina, Ramón Rodríguez, Acosta y Paredes, hicieron revivir (con motivo del ‘Día de Asturias’) al pintor del siglo XVII bajo formas actuales, que se conservan en la Casa de Cultura, colgadas en el hall del auditorio.

El tricentenario de la muerte de Juan Carreño de Miranda, fue uno de los mayores acontecimientos culturales, de finales del siglo XX, en Avilés. Ojalá, el año que viene, el 2014 –cuatrocientos aniversario del nacimiento del artista– pudiera ser recordado igual.

Si se le conmemoró por su fallecimiento, razón de más para hacerlo por su nacimiento, digo yo, amparándome en Arthur O’Shaughnessy, poeta británico, cuando escribe que  ‘cada época es un sueño que agoniza o un sueño que está por nacer’.

En cualquier caso es una nueva ocasión para reavivar la figura del extraordinario artista (el Aula de Cultura de ‘La Voz de Avilés’ ya ha dado el primer paso) esparciendo su obra a los cuatro vientos, con los medios, modo y maneras que se estimen oportunos. En horas hábiles y en Avilés.

 

 

OBRA DE JUAN CARREÑO DE MIRANDA. EXPUESTA EN AVILÉS.

(Del 16 de septiembre al 6 de octubre de 1985)

-Retrato de Carlos II (cuerpo entero).

-Retrato de Carlos II (Busto).

-Doña Mariana de Austria.

-Santa Ana y la Virgen.

-San Sebastián.

-El embajador Potemkin.

-La monstrua vestida.

-La monstrua desnuda.

-La Virgen de Atocha.

-El bufón Francisco de Bazán.

-La Magdalena.

-San Hermenegildo.

-Carlos II.

 

(Los diez primeros pertenecen al Museo del Prado de Madrid.

Los tres últimos al Museo de Bellas Artes de Asturias).

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Avilés en América: Menéndez del norte y Menéndez del sur
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Alberto del Río Legazpi | 24-11-2013 | 10:11| 7

El estado norteamericano de Florida lleva todo el año conmemorando el 500º aniversario de la llegada de los europeos a sus costas, comandados por el español Juan Ponce de León, un vallisoletano de Santervás de Campos, que bautizó a la ‘nueva tierra’ como La Florida, por haber llegado a ella el Domingo de Resurrección, día de la Pascua Florida.

La conmemoración giró alrededor de la exposición ‘Imaginando La Florida’, comisariada por el historiador e hispanista, estadounidense, Michael J. Francis. Un enamorado de Avilés, por cierto.

Estatua de Pedro Menéndez de Avilés, delante del ayuntamiento de St.Augustine.USA. (Foto: Nardo Villaboy)

Aquello de Ponce de León, en 1513,  (que también buscaba por aquellas tierras la ‘fuente de la eterna juventud’ y no la encontró, vaya por Dios) fue histórico, pero no quedaron vestigios palpables hasta que, años más tarde, un Adelantado (título concedido a una persona a quien el rey de España confiaba el mando de una expedición marítima, concediéndole de antemano el gobierno de las tierras que descubriese o conquistase) y que hacía ya el número cinco, de los enviados por España a Florida, logró en 1565, fundar y asentar poblado. El hombre se llamaba Pedro Menéndez de Avilés y a la población la bautizó como San Agustín de la Florida (porque se fundó el 28 de agosto, día en que el santoral católico lo conmemora) y es, hoy, la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América. Tela.

Tan famosa es la cosa, de Pedro, que a la ciudad Avilés se la conoce como la Villa del Adelantado.

De Avilés, también partió, en 1860, para hacer la carrera de Indias, otro chaval de 14 años (Pedro se había echado a la mar con 13) llamado José María Menéndez Menéndez, nacido en el histórico barrio avilesino de Miranda. Su familia pagó 45 duros (un pastón para la época) por su viaje –que duró 45 días– a Cuba, en el velero ‘Francisca’.

Trabajó en La Habana, Buenos Aires y en 1875 se fue a La Patagonia. Un lugar entre los Andes y la Tierra del Fuego, donde zumba un silencio, frío y yermo. Y donde con los años, fundó un imperio: ganado lanar por millones, financiero, armador de cincuenta buques mercantes…

Antiguo puerto de Avilés, de donde partieron, en siglos diferentes, Pedro y José, ambos apellidados Menéndez (Dibujo de Cástor))

Lanzó al progreso a Punta Arenas, ‘la ciudad más austral del mundo’ (según las empresas turísticas), donde vivía, en la ribera del estrecho de Magallanes, una vía marítima capotada desde que, en 1914, se inauguró el canal de Panamá.

Tanta influencia llegó a tener, José Menéndez, que actuó de mediador entre los presidentes de Chile y Argentina, que se llevaban a matar, como suelen. No extrañe que se le conozca como ‘Rey de la Patagonia’ porque lo hace hasta el diccionario Espasa, que ya tiene tela. Aunque haya un quijotesco ciudadano francés, al que algunos adjudican este título. Un episodio aparte.

José Menéndez, honrado con honores por el rey Alfonso XIII, nunca se olvidó de Avilés, que visitaba con frecuencia y donaba dinero destinado, principalmente, a la enseñanza pública.

Gómez de la Serna lo calificó de «indiano victorioso». Pérez de Ayala exclama:’ ¡Qué gran modelo para una novela de Balzac!’. El historiador Mateo Martinic, afirma que ‘la proyección de la obra, del avilesino, tuvo carácter continental’.

A lo mejor el historiador chileno ilumina al Ayuntamiento de Avilés para que tienda lazos con el de Punta Arenas, por compartir un personaje como José Menéndez. Tal y como lo tiene establecido, a propósito de Pedro Menéndez, con San Agustín de La Florida. Aunque en este caso la iniciativa, fue de los americanos que en 1924 se plantaron en Avilés por conocer la Villa de ‘su’ Adelantado.

Dos estatuas hay en América, que tienen que ver con los Menéndez. Una dedicada a Pedro (regalo de Avilés) delante del ayuntamiento de San Agustín. Y otra, monumental, en Puerto Arenas, que José financió a la memoria del gran navegante Magallanes.

Dos Menéndez, avilesinos universales en América, tan aplaudidos como discutidos, generadores de encendidas polémicas que serán episodio aparte.

El mar separa tanto como une. Temporales incluidos.

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Jovellanos, calle que une el Casco Histórico con la modernidad del Niemeyer
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Alberto del Río Legazpi | 17-11-2013 | 10:11| 4

Para una ciudad tan antigua, como Avilés, la calle de Jovellanos nació el otro día, como el que dice. La cosa ocurrió en 1932 al unir la de La Ferrería con Ruiz Gómez. Se la bautizó como Gumersindo Azcárate, intelectual republicano de prestigio.

Así que ya se pueden imaginar que terminada la guerra civil la calle fue renombrada como Ruiz de Alda, pionero aeronáutico y co-fundador de Falange Española. Fue el 18 de julio, pero de 1979, con la llegada del primer ayuntamiento democrático, presidida por el socialista Manuel Ponga, cuando la calle fue rebautizada con el nombre del histórico intelectual asturiano.

La calle Jovellanos, vista desde una ventana del gótico placio de Valdecarzana (siglo XIV). Al fondo la pasarela del Niemeyer.

La calle Jovellanos es tan corta en espacio como larga en la categoría social de los edificios que en ella se ubican.

Fue naciendo por partes. Primero se derribaron las casas bajas anexas a la actual oficina de Turismo y así unir Ruiz Gómez con la de calle Los Alas. En 1934 se inauguró el edificio (dos plantas) que albergó la Biblioteca Popular Circulante con un importante fondo de libros –dirigida magistralmente por el poeta Luis Menéndez ‘Lumen’– y que fue la primera que permitió el préstamo a domicilio. Un enorme avance cultural.

En 1960 el edificio ganó dos alturas, para instalar en él la Casa Municipal de Cultura que, integró a la Biblioteca, entonces rebautizada como ‘Bances Candamo’. Los dos nuevos pisos fueron destinados a salas de exposiciones, conferencias y proyecciones cinematográficas. Desde aquí se desarrolló una frenética labor de difusión cultural, que con el apoyo de José Martínez, concejal de Cultura, llevó a cabo un equipo de técnicos especializados en diferentes áreas (José María ‘Chema’ Martínez, Alberto del Río, Antonio Ripoll y Ramón Rodríguez). Eso ocurrió en las décadas de los años 70 y 80 y es un episodio aparte.

La calle también acogió, junto con La Ferrería, al nuevo edificio de Correos y, en 1962, se inauguró el hospital de la Cruz Roja que complementaba el único existente, entonces, el Hospital de Caridad.

En la calle Jovellanas está insertada la plaza José Martí, que luce murales de Ramón Rodríguez. A la izda. 'Pasionarias' (2002) y la dcha. el gigantesco 'Cubaviles' (2007)

Jovellanos es calle de muchos posibles. A principios del siglo actual, tuvo sitio para acoger una nueva plaza (dedicada al poeta cubano José Martí) y que acotada por dos medianeras con dos grandes murales de Ramón Rodríguez (‘Pasionarias’ y ‘Cubavilés’) y la trasera de un edificio de 1845 (antigua cárcel y hoy Oficina de Turismo), constituye una especie de islote caribeño, en la recta calle de Jovellanos que enlaza, peatonalmente –incluida pasarela final ‘de la Pescadería’– la arquitectura gótica y románica de la medieval calle de La Ferrería con la vanguardista del conjunto del brasileño Oscar Niemeyer.

Avilés es tierra de riqueza pero hay que saber buscarla. Porque «la tierra no produce, para los ignorantes, sino malezas y abrojos», escribió el ilustre ilustrado, Gaspar Melchor de Jovellanos.

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Los teatros de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 10-11-2013 | 10:11| 7

Por favor, apague el móvil. Porque es necesario concentrarse y saber que, aparte de musical, Avilés tiene fama de teatrero, de lo que da fe la cantidad de locales -públicos o privados- que ha dedicado a las artes escénicas, así como el detalle de ser la cuna de un clásico del teatro español, del Siglo de Oro : Francisco Bances Candamo.

Históricamente, aparte de cómicos de la legua y titiriteros, nos quedan retazos dispersos de espectáculos teatrales, por aquí y por allá.

Por ejemplo, que en el claustro del convento de San Francisco hubo representaciones teatrales aisladas, desde tiempos muy antiguos. Que en 1658 existió en Avilés una compañía de comediantes. Y en 1707, a una compañía leonesa que propuso dar funciones teatrales, se le contestó que aquí solo se le ofrecía «carruaje y patio».

Fue en 1733, cuando el Ayuntamiento, empezó a subvencionar representaciones dramáticas a ‘empresarios ingeniosos’ (sic).

La primera sede teatral estable estuvo en el solar, hoy ocupado por el edificio número 8, de la calle de La Cámara. Era un antiguo centro escolar, que había quedado vacío al trasladarse –enseñantes y enseñados– al convento de La Merced, en Sabugo. Así quedó, en La Cámara instalado, hacia 1840, el llamado ‘Teatro de Avilés’. El primero y además municipal.

Lo que de él sabemos, nos llega por acuerdos públicos, adoptados para su acondicionamiento y seguridad. Por ejemplo el aforo: 60 butacas, 6 palcos y 100 entradas de general. Un ‘gallinero’ como Dios manda.

Armando Palacio Valdés, comienza su novela ‘El cuarto poder’ tal que: «En Sarrió [así ficcionaba el escritor a Avilés], villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus pacíficos e industriosos moradores. Estaba construido, como casi todos, en forma de herradura. Constaba de dos pisos, a más del bajo…».

Las representaciones eran variopintas. Aunque, se sabe, que una compañía de aficionados avilesinos proporcionaba, esporádicamente, re­presentaciones teatrales. Pero el edificio era una ruina y el Ayuntamiento determinó su cierre en 1876. Año en el que nació enfrente, en la otra acera de la calle de La Cámara, una confitería que pronto se haría famosa en toda Asturias: ‘Galé’.

Por entonces la población de Avilés, rondaba los 9.200 habitantes.

Al año siguiente, 1877, se inaugura en la calle Cuba, el Teatro–Circo Somines, de capital privado, más conocido como ‘La Peña’ (al estar su telón decorado con una pintura de la avilesina Peña del Caballo) y que funcionó, hasta que lo cachifolló un bombardeo aéreo, en 1937.

‘La Peña’, que será episodio aparte, fue el único que acogió espectáculos –incluido el cinematógrafo que comenzó a ofrecerse a principios de siglo XX– hasta que el pabellón ‘Iris’ abrió sus puertas en 1909. En ambos se representaban funciones teatrales, espectáculos de varietés o se alquilaban para actos públicos,  e incluso para celebración de banquetes.

Pero faltaba el teatro de gala, al uso, donde se llevaran a cabo representaciones teatrales de categoría,  zarzuela y ópera. Así que las fuerzas vivas y tal, pusieron la primera piedra de un nuevo coliseo en 1900. Empezaría a funcionar en 1920 y llevaría el nombre de ‘Palacio Valdés’.

La razón del bautizo, la describe Vidal de la Madrid (en el libro ‘Palacio Valdés, asturiano universal’. Edición del Excmo. Ayuntamiento de Laviana, 2007) como «un capítulo más de la estrecha relación mantenida entre el novelista y su villa de adopción [Avilés], que se sentía reflejada muy favorablemente en sus escritos y quiso entregarle el símbolo por excelencia de la cultura local. De este modo, el teatro, pieza imprescindible de la ciudad imaginada por la burguesía avilesina, se fundía con la persona que mejor había descrito este ideal urbano».

En la segunda mitad del siglo XX, algunos de los muchos cines construidos en Avilés, se publicitaban –al ofrecer representaciones teatrales aunque aisladamente– como teatro–cine (por ejemplo, el ‘Marta y María’ o el ‘Almirante’). Sin embargo, el único teatro-teatro (‘Palacio Valdés’) ofrecía, mayormente, cinematografía. A todo trapo y en sesión continua.

Hoy, el ‘Palacio Valdés’ –un episodio aparte– una vez rescatado de la calamidad por los poderes públicos, y reinaugurado en 1989, es teatro de referencia nacional.

Cae el telón. Y ovación final.

Encendamos el móvil, oiga. No sea que nos vaya a dar algo.

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Miranda es lugar sorprendente y facedor de personajes notables
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Alberto del Río Legazpi | 03-11-2013 | 10:11| 8

Miranda tampoco es que esté tan alta (112 metros sobre Avilés) pero si lo suficiente como para mirar por encima a la Villa, que está allí abajo donde la mar salada.

El agua dulce, a Avilés siempre le bajó, de Miranda; antes del manantial de Valparaíso y ahora de La Lleda.

Sin embargo, los habitantes de Avilés han subir a Miranda para curar sus heridas, pues es en la antigua finca mirandina de La Vaniella, donde desde 1976 está ubicado el Hospital San Agustín, donde viene naciendo gran parte de la población avilesina.

Plaza de Santa Ana. A la izquierda escultura-homenaje a los caldereros, a la derecha la iglesia de Santo Domingo.

Catalogado como barrio, o como parroquia de Avilés, Miranda, es un pozo sin fondo de historia que solo se descubre si se consigue mirar más allá de su apariencia similar a la de muchos pequeños núcleos rurales asturianos. Nanay.

Ya en 1794 era una referencia histórica: «todo Avilés, con Sabugo y Miranda, tenía 900 vecinos», dejó escrito González Posada.

Ha sido lugar de establecimiento de potentes gremios artesanales, como los caldereros que vendían, principalmente por Asturias, Galicia y Castilla.

También numerosos alfares (hasta treinta, tiene contados Jovellanos) proliferaron por Miranda. Y sus piezas de cerámica negra «se las arrebataban, en Vizcaya y en Galicia, de las manos a los fabricantes» según relata en sus ‘Diarios’.

Alejandro Casona (Besullo,1903-Madrid,1965)

De personajes, que aquí nacen o se moldean (se es de donde se nace, o de donde se pace, o de donde aprende uno a leer, e incluso de donde se estudia el bachillerato) tengo ejemplos a pares.

Aquí nació el pintor asturiano más universal, Juan Carreño de Miranda, pintor de cámara del rey Carlos II, cuyos cuadros se exhiben en pinacotecas mundiales. También, natural de aquí, es José Menéndez ‘El rey de la Patagonia’ que llegó a poseer, allí, una de las mayores haciendas del mundo. Ambos ya han sido tratados en episodios aparte.

Y si usted se da un garbeo –física y químicamente recomendable– por Miranda deténgase ante el edificio de las antiguas escuelas (pagado por el indiano rey patagónico) y podrá ver una placa que recuerda que «En esta escuela, aprendió a leer, Alejandro Casona. 1915».

El famoso dramaturgo vino, de niño, cuando destinaron aquí a su madre –y maestra– Faustina Álvarez, mujer muy notable, que hoy ocupa lugar de honor en la historia pedagógica española.

José Manuel Feito.

¡Pero si en Miranda tienen hasta dialecto propio!: el bron. Una jerga que utilizaban hace siglos los caldereros y que, hace no mucho, se intentó popularizar a través de Radio Miranda, emisora pionera de FM, de aficionados, en la comarca.

La parroquia mirandina fue de las primeras, en el norte de España, que puso en marcha ya hace años una página WEB. Ahora estas cosas –FM, Internet y tal– son moneda habitual, pero antes tenerlas, era la monda, la modernidad.

Y detrás –de todo esto y bastante cosas más– está el párroco, José Manuel Feito, persona de gran erudición, académico del Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), autor prolífico en prosa y también –según le tengo leído a José Luis García Martín– ‘uno de los pocos memorables sonetistas que aún nos quedan’.

En Miranda, históricamente, moldean barro, doman cobre de calderas y si falta bronce tienen bron.

Por esto y por aquello, hoy, estoy aquí, admirando a Miranda.

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Bances Candamo, el más grande escritor de la historia de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 27-10-2013 | 09:11| 5

Misterio, secreto, sigilo, enigma, incógnita, ocultación. Son términos que ayudan a explicar las sombras que siguen rodeando la vida de este caballero avilesino. Su obra literaria está bastante más clara.

Es Bances Candamo, autor teatral, con especial dedicación a la dramaturgia. Le avalan veintitantos dramas –destacando ‘El esclavo en grillos de oro’– sin que ello le impidiese dedicarse, con reconocido éxito, al género lírico. Y un excelente poeta –en su tiempo el teatro se hacía, mayormente, en verso– que tenía una habilidad especial para la ironía rimada. Pero el estudio, detallado, de su obra será otro episodio aparte.

Francisco Bances Candamo (1662-1704)

Fue escritor de éxito, en Madrid. Sus obras, muy celebradas, lo llevaron a ser nombrado ‘Dramaturgo de Cámara del Rey’. Y tan apreciado que, se cuenta, que delante de su casa (en la calle de Alcalá de florista viene y va), altas instancias oficiales, ordenaron que se extendiera paja por el pavimento, al objeto de que el ruido de los carruajes, no distrajera la inspiración del autor en su creación literaria. Mola ¿eh?

Que tiempos aquellos. En el que un rey español (Carlos II) se rodeaba de intelectuales avilesinos: uno, Francisco Bances Candamo y otro, Juan Carreño Miranda, como su Pintor de Cámara. Un lobby avilesino, con tintes de Sabugo, donde ambos tienen calles, dedicadas, que se cruzan. Mira tú que curiosidad.

Pero cuando Bances estaba en la cumbre literaria oficial, de repente le vino el cataplum, y dio con él en funcionario de tesorería y administración, con destinos ambulantes por villas y villorrios del sur de España.

Con Bances, las incógnitas ya comienzan con su año de nacimiento, porque han desaparecido las páginas correspondientes en el archivo eclesiástico. Aunque se cree como más probable que fue 1662, el año en que Francisco Antonio de Bances y López-Candamo vino al mundo en el pueblo de Sabugo, muy cercano a la histórica y amurallada villa de Avilés.

Hijo de humilde sastre, fallecido joven, y tan menesteroso que fue ‘enterrado de limosna’. El óbito del alfayate trajo consigo la emigración forzosa de nuestro personaje, todavía un niño, a casa de parientes sevillanos. Y fue allí, en la tierra de María Santísima, cuando con el tiempo vería la luz su genio para el ingenioso arte del teatro versificado, que entonces -siglo XVII- ya estaba en crisis. Adviertan ustedes que no es un invento actual lo del aprieto teatral.

Calle Bances Candamo. Avilés

Gerardo Diego en su ‘Antología poética en honor de Góngora’ dice que: ‘Si queremos encon­trar un verdadero poeta en la época del último Austria (Car­los II), hemos de trabar conoci­miento con Bances Candamo. De los autores de teatro ‘postcaldero­nianos, es el más fino’.

El escritor avilesino Constantino Suárez ‘Españolito’, para quien Bances es una de las más altas y legítimas glorias puramente literarias de Asturias, escribe, sin citarlos –porque siguen en zona de sombra– acerca de ‘los puntos oscu­ros de su vida calamitosa y amar­ga’ y se refiere a la caída en desgracia, del sabuguero en la Corte madrileña como ‘el accidente’, que ‘Españolito’ achaca a rivalidades amorosas o peligrosas sátiras contenidas en los versos del poeta.

Se dice que cuando murió el rey de España, el comediógrafo quedó a merced de sus enemigos, que lo persiguieron hasta la muerte porque no le perdo­naron las burlas que –tanto en poemas como en comedias satíricas– les fue asestando en vida. Quizá un ripio lo llevó a RIP.

Avilés le tiene dedicada la calle donde nació, en el barrio de Sabugo, y la biblioteca municipal lleva su nombre. También una comedía de Bances Candamo, «El imposible mayor, en amor le vence amor», con música de Sebastián Durón, fue rescatada del olvido y escogida para la reinauguración del teatro Palacio Valdés, el 14 de noviembre de 1992.

Santiago García-Castañón

El escritor avilesino –enseñante en los Estados Unidos– Santiago García- Castañón, es un especialista en la obra de su paisano. El RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos) sacó a la luz dos comedias de Bances en ediciones de Santiago García-Castañón: ‘Sangre, valor y fortuna’ (1990) y ‘Por su rey y por su dama’ (1997). Y también, con motivo del tercer centenario de la muerte del dramaturgo y poeta, García-Castañón editó su ‘Poesía selecta’ (2004).

Bances Candamo es, por supuesto, personaje recomendable como autor literario. Pero para jóvenes licenciados en busca de una tesis doctoral de impacto, aquí tienen la ocasión de su vida, investigando la vida tan mal parada del literato asturiano del Siglo de Oro, degradado como personaje del mundo teatral español, reconvertido en funcionario del tres al cuatro y muerto, misteriosamente, en el pueblo albaceteño de Lezuza, a los 42 años de edad. Y no por navaja, herramienta tan típica de aquella hermosa tierra, parece ser que por veneno.

Así acabó la azarosa vida de un escritor de la Corte que compuso afilados versos de este corte:

‘Mi consuelo es que de mí

no ha de sacarme mi suerte;

el rey puede hacer hidalgos,

pero Candamos no puede.’

Ya ven que, aun siendo más reconocido como dramaturgo que como poeta, Bances Candamo hacía gala de un hábil manejo del bisturí satírico.

Nació pobre y murió igual.

Su existencia fue todo un entresijo teatral con mezclas imposibles tales como literatura y burocracia, chocolate y ajo, aceite y agua. Esta mezclas quiméricas señalan las dos épocas, tan distintas, en su vida. Vida que terminó, para su desgracia, en burocracia y ajo y agua.

La realidad, una vez más, superando a la ficción. Y, en este caso, con demasiada aflicción.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta