El Comercio
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El alfolí de Avilés, aquel fabuloso salero medieval
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Alberto del Río Legazpi | 09-03-2014 | 10:11| 2

El puerto de Avilés era la principal puerta de mercancías por vía marítima del norte atlántico. Una ruta comercial, de la que formaban parte en el interior peninsular las entonces ciudades más importantes: Oviedo, León, Astorga y, por un pelín, Valladolid. Por Avilés entraba y salían la mayoría de los productos destinados, o procedentes, de dichas poblaciones.

Así estaban las cosas hace unos 600 o 700 años, cuando el más importante puerto asturiano era –tanto por la seguridad que procuraba a las embarcaciones su situación al fondo de una ría ausente de oleaje bravo, como por su cercanía a los centros de poder de las poblaciones citadas– uno de los más activos del Cantábrico.

Rutas del comercio de la sal (Gráfico de J. I. Ruiz de la Peña)

Por si esto fuera poco disponía, Avilés, en el muelle de unos importantes almacenes de sal o alfolíes. Y esto ya era el acabóse.

Tener sal en abundancia era riqueza por un tubo. El recordado Cronista Oficial de la Villa de Avilés, Justo Ureña, lo ilustraba diciendo que ‘Avilés fue entonces una especie de Kuwait medieval’.

Ya los emperadores romanos, siempre tan espabilados –menos algún piernas como Nerón– pagaban a sus legionarios con pequeños saquinos de sal, era el llamado ‘salarium’, o sea el salario. El valor de la sal venía dado, no solo por su uso como condimento de las comidas o en la industria curtidora de pieles, sino –y principalmente– como conservante.

Quien tenía sal podía almacenar alimentos sin que se le pudrieran y eso comercialmente hablando era un pozo sin fondo, de dinero. O sea, de poder. Un poder que duró hasta que inventaron la electricidad y llegaron congeladores, frigoríficos y demás familia.

Para explicar el Avilés salado y resalado, hay que bajar hasta el siglo XII, cuando ya tenía murallas que la defendían y espadaña sobre una iglesia de traza románica bajo la advocación de San Nicolás de Bari, santo turco cuyas cenizas fueron llevada a Italia que, como no, exportó su devoción. Por entonces, en Inglaterra, era asesinado, por orden de Enrique II, el arzobispo de Canterbury, Tomas Becket (1118-1170) que se enfrentó al poder real y Real. Y como la cosa va de santos, pues también fue el siglo en que Francisco de Asis (1182-1226) fundó la orden de los franciscanos, que llegarían a Avilés en la centuria siguiente, justo cuando en el pueblo de Sabugo -separado de la Villa por los muelles del puerto y el río Tuluego, pero sobre todo por eso tan de siempre llamado clases sociales- comienza a construir su iglesia dedicada Tomás de Canterbury, santo inglés, de película protagonizada por Richard Burton y Peter O’Toole.

Saco a relucir el santoral para que a través de él se vea que en Avilés, en aquel siglo XII, ya estábamos a la última. Teníamos información y contacto con otros países por vía marítima, la más rápida que había, una especie de Internet a remo o con vela.

No es que fuera como las moderneces de Bill Gates o de Steve Jobs, pero la comunicación del puerto de Avilés con otras de aquí y del extanjero, procuraba cosmopolistismo cosa fina. Es decir: conocimientos e ideas, y el correspondiente intercambio con otros pueblos y culturas. Intelectualmente estábamos en la pomada.

Al lado de la histórica iglesia y al fondo, en el lugar que hoy ocupan el grupo de casas, estuvieron situados los alfolíes avilesinos.

Materialmente, de todos los productos con los que traficaba Avilés, sin duda fue la sal la que provocó un mayor desarrollo comercial en la población. Muy pronto se demostró su valor estratégico en lo económico y muy poco tiempo tardó la Corona en hacerse con el monopolio de su almacenamiento y distribución, por el que percibiría sustanciosas rentas.

Teníamos el más importante almacén de sal de Asturias. Y de él dependían el resto de los núcleos de almacenaje más próximos (Villaviciosa, Llanes, Luarca, Gijón y Pravia), fijándose desde Avilés las normas e incluso las unidades de medida para el comercio de sal, que tenía variada procedencia, por ejemplo la que nos llegaba desde el puerto francés de La Rochelle, la famosa sal de Saint Nazaire, hoy ciudad hermanada con Avilés.

Los alfolíes, estaban a pie de obra, o sea en el muelle tradicional de Avilés, donde sazonaban el pescado para su traslado al interior peninsular que también necesitaba de sal empaquetada, para sazonar las carnes.

Los almacenes salíferos estaban en el meollo urbano del poder medieval avilesino. Unos escasos metros donde se amontonaban el puerto, dos puertas de la muralla (la del Mar y la del Puente), la casa palacio de Los Alas y también luego Camposagrado, la iglesia de San Nicolás de Bari (hoy ‘De los Padres’), plaza de Carlos Lobo (entonces plaza San Nicolás), capilla de los de Las Alas (delante de la cual se reunía el Ayuntamiento) y el tramo final de la calle mayor, o sea La Ferrería.

Fue una época dorada para Avilés. Y a efectos de ‘grandeur’, de poderío, para ver algo parecido a la riqueza generada por los alfolíes de la sal, hubo que esperar a que en el siglo XX nos cayera una ENSIDESA encima y nos hiciera líderes europeos en la industria del acero.

Pero ‘La Empresa’ –como llamaban sus trabajadores a la siderúrgica– también desapareció y con ella empleos a millares. Y en la calle de Los Alfolíes, una de las mas cortas de Avilés, cerraron, el otro día como el que dice, ‘La Parra’ (Merluza a la avilesina) y ‘El Llagarón’ (Rioja quinto año Berberana). Hoy solo quedan cuatro faroles y a media luz, por lo que te puedes topar de sopetón con la crisis en cualquier esquina, sin comerlo ni beberlo.

Son tiempos de sangre, sudor y lágrimas. Elementos del cuerpo humano, todos ellos, con sabor a sal. Lo que son las cosas, oiga.

Menos mal que después de una semana de aguaceros y huracanes, hoy, aquí en Avilés, donde estuvo el fabuloso alfolí de la sal, salió el sol.

El que no se consuela es porque no quiere. 

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Cuatro, de los trece, hijos de Pantaleón Carreño y Dominica Valdés
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Alberto del Río Legazpi | 02-03-2014 | 10:11| 3

Pantaleón Carreño García vivía en la calle de La Ferrería, casi en su inicio, en la zona porticada de la derecha. El inmueble –integrado en el conjunto de casas, con estrecho soportal, que todavía hoy podemos ver– era conocido como ‘Casa de Carreño’. Por entonces, a principios del siglo XIX, la gente rica (excepto los marqueses con palacio bajo y plantas, capilla adosada y bosque privado) residía, en esta calle, la principal de Avilés desde la Edad Media.

Pantaleón, cuando casó con Dominica Valdés siguió viviendo en ella y allí nacieron los hijos del matrimonio. Carreño era un destacado hombre de negocios relacionados con el sector naval. También fue alcalde, en 1833, histórico año en el que llegó la industrialización a la comarca avilesina de la mano de la Real Compañía Asturiana de Minas, que se estableció en Arnao para sacar carbón bajo el mar.

Pantaleón y Dominica educaron a sus trece hijos con indudable provecho y al menos cuatro de ellos fueron gente de llamar la atención. Para muestra, no un botón sino cuatro bautizados como Feliciano, Eduardo, Pedro y Eladio. Unos chavales que demostraron ser de una pasta especial cogiendo el petate y largándose a Francia, Inglaterra o a Cuba, que entonces era una provincia más de España, pero que estaba en casa el carajo a semanas de navegación a bordo de barcos canijos.

Fue gente que pasó por esta vida viento en popa a toda vela, destacando en diferentes ámbitos: científicos, pedagógicos, políticos y literarios. Y el colmo es que dos de ellos, Eduardo y Eladio, fueron de los primeros asturianos que pasaron a la historia visual al ser registrada su cara en papel (‘daguerrotipo’) gracias al invento fotográfico, nacido entonces.

Pasen y lean.

Feliciano Carreño Valdés (Avilés,1813–San Diego de los Baños. Cuba, 1847) fue de muy joven a Inglaterra estudiando en la universidad de Oxford, donde adquirió una completa formación humanística. Cuando terminó regresó a Avilés, y dos años más tarde cogió otro barco que lo llevó a Cuba. Allí fracasó en los negocios, que no era lo suyo, y entonces se dedicó de lleno a la enseñanza, tanto de ciencias como de letras, porque Feliciano  le daba a los dos palos. Pronto se convirtió en un personaje, por sus colaboraciones literarias y su participación en la creación de sociedades educativas por la isla caribeña. Obsesionado por las bondades de la cultura, reunió una fabulosa biblioteca, en la que se incluían libros editados en los Estados Unidos de América y parte de la cual parece que fue donada a la Escuela de Artes y Oficios de Avilés, por su hermano Pedro a quien se la había dejado Feliciano en herencia, y que fue encontrada el otro día (febrero de 2014), en el cuarto de los trastos de dicho centro. Bienvenida sea la valiosa colección de Feliciano Carreño Valdés, restáurense los libros con diligencia y cuélguense en el tendal de la cosa cultural.

Luego está Eduardo Carreño Valdés (Avilés, 1819–París, 1841), médico y botánico, dedicado a la investigación. Para darse una idea, cuando murió, en Paris a los 23 años de edad, ya era un científico de prestigio que trabajaba con los padres la ciencia botánica, figuras universales del calibre del español Mariano Lagasca o el suizo Pierre Edmond Boissier. Tanta era ya su reputación (repito: 23 años) en esa ciencia, que el gran Boissier homenajeó a Carreño bautizando una planta con el nombre de ‘Carregnoa’. En Avilés, una calle lleva el nombre de Eduardo Carreño Valdés, personaje al que LA VOZ DE AVILÉS dedicó un episodio el 2 de junio de 2013 (en la edición digital se localiza en http://blog.elcomercio.es/episodios-avilesinos/tag/eduardo-carreno-valdes/)

Su hermano, Pedro Carreño Valdés (Avilés, 1821–1879) fue un escritor que también emigró a La Habana, al cobijo de su hermano Feliciano. Allí se dio a conocer como periodista y también como autor teatral, representándose sus obras en diversas ciudades cubanas, tarea que continuó al regresar a a Gijón, al cobijo de su [otro] hermano Eladio. Colaboró en diversos medios asturianos entre ellos ‘El Eco de Avilés’ (primer periódico de la historia local) y ‘La Luz de Avilés’. Su autoría teatral fue tan fecunda como poco conocida; tiene publicadas y representadas nueve comedias, siete dramas y hasta una zarzuela, con título de tesina sociológica, ‘El industrial de nuevo cuño’. Dejó inédito un volumen de poesía y cuatro comedias.

Otro que se las traía fue Eladio Carreño Valdés (Avilés 1834 – Gijón, 1901) médico, periodista y político. Siendo apenas un adolescente, su hermano Feliciano –nuevamente–  le animó y convenció para que emigrase a Cuba. En La Habana completó estudios y posteriormente cursó medicina. Pero Eladio tenía morriña, así que dejó el Caribe y regresó al Cantábrico, tocando puerto en Gijón donde aposentó. Ejerció de médico en el Hospital de Caridad de Gijón y de profesor en el Instituto Jovellanos. Al igual que sus hermanos fue incansable en sus actividades, que tan febriles fueron que me obliga a resumir las más notorias, como que fundó el Partido Republicano Federal (de trazas liberales) y en 1873 –tiempos de la Primera República española– llegó a ser Alcalde de Gijón. Y luego siguió fundando, que es gerundio, tres periódicos y un semanario. Formó parte del grupo de notables que puso en marcha el famoso Ateneo Obrero, la mayor referencia asturiana de la cultura popu­lar. En la polémica portuaria tomó partido por la construcción de un gran puerto en El Musel y también acertó. Gijón, donde fue persona muy querida, le ha dedicado una céntrica calle, al lado del paseo marítimo de San Lorenzo.

Tremenda estirpe, al menos la navegante aquí narrada. De los que quedaron en tierra hay noticias de Emilio Carreño Valdés que fue alcalde de Avilés de1881 a1887 y Atanasio Carreño Valdés que también lo fue y por duplicado: de1872 a1874 y de1887 a1891.

Tiene dicho el filósofo que «hay que volar a todos los vientos de todos los mares, pero hay que procrear en un nido». El que hicieron Pantaleón Carreño y Dominica Valdés, en la calle La Ferrería de Avilés, fue de restallo.

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El castillo de Gauzón, la raíz cuadrada de Asturias
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Alberto del Río Legazpi | 16-02-2014 | 10:11| 5

La del castillo de Gauzón es una toda una historia, de la Historia de Asturias, que demuestra que sus raíces son bastante más profundas que lo que hasta ahora habíamos imaginado o mitificado, cuando no inventado.

Este baluarte –poderoso guardián defensivo enclavado a orillas de la Ría de Avilés para proteger su puerto de los piratas vikingos y árabes– nos está siendo mostrado por los mismos arqueólogos que antes nos habían demostrado que estaba en Raíces, municipio de Castrillón,  comarca de Avilés.

La arqueología nos está sacando de pobres, a efectos históricos del nacimiento de Asturias Patria Querida.

Ya decía Agatha Christie que un arqueólogo es el mejor esposo que puede tenerse. Y razonaba, la novelista inglesa, que el arqueólogo a medida que su mujer envejece más se interesa por ella.

Lo del castillo de Gauzón era una cicatriz que no cerraba y ahora es toda una resurrección histórica, un puzle que los datos van completando a medida que avanzan los descubrimientos en las excavaciones.

Fue como una película de Indiana Jones. Se sabía que la Cruz de la Victoria, el símbolo de Asturias, estaba fabricada en el castillo de Gauzón (dato que figura en el reverso de la joya y que es todo un anticipo del ‘Made In Spain’) en el año 908 de la era cristiana, pero se desconocía el emplazamiento exacto de este castillo donde se labró el santo grial, cívil, de los astures.

¿Donde demonios estaría emplazada la mítica fortaleza de Gauzón? Esa fue pregunta y discusión que distrajo, y que trajo de cabeza, a historiadores, cronistas y demás familia. Los hubo que acertaron de pleno, a pesar de hacer la apuesta hace cinco siglos. Ese el caso de  Luis Alfonso de Carballo cuando escribe –en el siglo XVI– que «el castillo de Gauzón debía de estar hacia la barra de la ría de Avilés, en donde llaman El Castrillón». Había teorías para todos los gustos, por ejemplo que la edificación estaba en la península de Nieva, cerca de donde hoy se levanta el faro de Avilés.

Y entre dimes y diretes, fueron pasando los años, que se hicieron siglos, hasta que entre finales del XX y principios del XXI la decisión política –de distintas corporaciones de Castrillón y de diferente signo político, cosa tan loable como infrecuente en estos menesteres de investigación histórica– de apoyar las excavaciones propuestas por los arqueólogos en Raíces, el emplazamiento más probable, señalado por los estudiosos en la materia, del castillo.

Y comenzaron a trabajar en la zona antigua de Raíces, donde había cuatro casas, una cuadra y un peñón.

Y en unos años la cuadra se convierte en lo que fue: un monasterio medieval, de frailes franciscanos y mercedarios calzados, al que la incuria había convertido en cobertizo (episodio ya descrito). Y a partir de 2007 comenzó a mostrarse el castillo de Gauzón. Allí, en el peñón.

Las excavaciones arqueológicas arrojan resultados impactantes. Por ejemplo, permiten realizar una secuencia de la ocupación del castillo de Gauzón que se inicia entre los siglos VII y VIII (mucho antes de lo que se venía suponiendo), lo que hace bambolearse los tan escasos, como endebles, datos sobre los orígenes de la historia de Asturias y su monarquía. Aparecen espacios de murallas, estancias, etc., que arman el rompecabezas.

Lo posible era real. Y resultó que las raíces estaban en Raíces, donde la Historia y Asturias están a partir un piñón. No conozco topónimo tan rotundo como éste.

Los hallazgos del castillo de Gauzón quizás tengan consecuencias, también, sobre la historia de Avilés, que –como se sabe– ignora su fecha de nacimiento. Puede que, de ésta, consiga no solo su partida de bautismo sino hasta la de la confirmación.

Está regresando el castillo de Gauzón, fortaleza defensiva del puerto y la villa de Avilés y de Oviedo, capital del Reino de Asturias. Retorna el singular centro de orfebrería de aquel reino asturiano teñido de visigodo. Es una reconquista en toda regla, una raíz cuadrada histórica.

Son catorce mil, los metros cuadrados que abarca este yacimien­to arqueológico –siempre bajo la excelente dirección de Iván Muñiz y Alejandro García– donde están desnudando, con celo y delicadeza, la fortificación.

En los inicios del siglo XXI, lo del castillo de Gauzón es una excitante erección del tiempo pasado. Porque éste levantamiento de la más importante edificación medieval asturiana, mostrando sus secretos, apasiona cada vez más  a medida que avanzan las campañas arqueológicas efectuadas en tiempos de verde y calor –primavera y verano de cada año– en la roca de Raíces.

Pura lujuria histórica la de ésta fortaleza roquera.

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Pedro Menéndez de Avilés es festejado a lo grande en los Estados Unidos de América
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Alberto del Río Legazpi | 09-02-2014 | 10:11| 4

Escrito está, en los manuales de historia que Pedro Menéndez de Avilés nació en la histórica villa asturiana, situada en la costa norte atlántica española el 15 de febrero de 1519, y que falleció en Santander, también a orillas del Cantábrico, el 17 de septiembre de 1574.

En sus 55 años de vida hizo bastantes cosas. Fundamentalmente fue navegante, pero también soldado, gobernador de la isla de Cuba y atinado cartógrafo, pero sobre todo –y por ello es famoso– fue Adelantado del Rey de España en La Florida. Y Adelantado triunfante –fue el quinto, antes hubo cuatro anteriores que lo intentaron sin conseguirlo– que logró fundar, en 1565, el primer asentamiento europeo en los Estados Unidos de América al que puso por nombre San Agustín, porque de aquella eran tantos los ‘descubrimientos’, que los españoles hacían por el continente americano, que tenían que echar mano del santoral católico para bautizar tantos lugares. El escritor colombiano Gabriel García Márquez se hubiese puesto las botas.

La fundación fue el 28 de agosto de 1565, cuarenta y dos años antes de que los ingleses establecieran la colonia de Jamestown (Virginia) y cincuenta y cinco años antes de que desembarcaran los colonos ingleses a bordo del ‘Mayflower’, a los que se venía  considerando, erróneamente, como los fundadores de la primera ciudad norteamericana.

San Agustín fue el primer poblado europeo en los, actuales, Estados Unidos de América. Un santo y una seña con protagonismo asturiano Made In Aviles.

Aquel poblado está, hoy, considerado como su ciudad más antigua. Situada en el turístico estado de Florida –una mina para el negocio del ocio– es una atracción por su vetusta historia y es uno de los vértices del circuito turístico triangular, junto con Orlando (‘magia’ Disney) y Cabo Cañaveral (tecnología espacial)

Los habitantes de San Agustín que no esconden el orgullo por su pasado español, del que hay continuos vestigios permanentes en el paisaje urbano, no olvidan su pasado, el de más pedigrí de los USA, y por eso celebran el día que nació el fundador de la madre del cordero o sea Pedro Menéndez de Avilés. Fecha muy señalada en su calendario y conocida como ‘Menendez Day’ (‘Día de Menéndez’).

La fiesta recrea la expedición española que el marino comandó en 1565, y desembarcó en las costas del Nuevo Continente, con un desfile por las calles de la ciudad en el que participantes intentan revivir todos los aspectos de la vida en dicha ciudad durante aquel periodo colonial.

En este regreso al siglo XVI participan numerosos actores, y habitantes de la ciudad norteamericana, en los papeles de magos, soldados, bailarines, músicos, amen de artesanos coloniales. Todos ellos forman el séquito de Pedro Menéndez, papel que suele interpretar un actor de renombre en el mundo del teatro, cine o televisión.

A estos actos asisten como invitados representantes de sectores políticos, económicos y sociales norteamericanos, ataviados con trajes típicos del siglo XVI, como cortesía al marino español. También suele haber representación diplomática a cargo del cónsul general de España en Miami. En alguna ocasión tiene asistido alguna delegación de Avilés, lugar de nacimiento del famoso.

Así están las cosas, con los norteamericanos celebrando por todo lo alto el cumpleaños de un ciudadano nacido en la calle de La Ferrería (y no en la plaza de Camposagrado, como dicen algunos), de Avilés.

La celebración (que, por motivos prácticos, suele tener lugar un fin de semana de la segunda quincena de febrero), culmina con una multitudinaria cena y baile de gala y la velada llega a su fin, en torno a la medianoche, con la interpretación de los himnos nacionales de España y Estados Unidos y dejándose oír las ya tradicionales aclamaciones de ¡Viva Avilés! y ¡Viva San Agustín!

Y todo esto ocurrirá a miles de kilómetros de Avilés –también conocida como la Villa del Adelantado– y donde es prácticamente desconocido este agasajo multitudinario, en honor de un ciudadano nacido y enterrado aquí y cuya figura y aventura son celebradas allí.

¡Más gorda no entra en prao! que se dice por Asturias.

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Armando Fernández Cueto, por sus obras lo conoceréis
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Alberto del Río Legazpi | 02-02-2014 | 10:11| 6

Cuando Armando Fernández Cueto, con 12 años de edad, comenzó a trabajar, como chico para todo, en el taller de carpintería que el industrial Galo Somines tenía en Las Meanas –entonces a las afueras de Avilés– corría el año 1869.

Contaba la villa con poco más de siete mil habitantes y la industria que generaba más empleo era la Real Compañía Asturiana, que aquel año construía un poblado de viviendas en Arnao, el primero en la historia de Avilés. En el centro de la ciudad se trabajaba en desecar las marismas de Las Aceñas (llamadas así porque en ese terreno, desde tiempos medievales, hubo aceñas, o sea molinos movidos por la fuerza de las mareas) para levantar allí la gran plaza del mercado, una obra capital en el urbanismo avilesino, que uniría la Villa con Sabugo extendiendo la ciudad.

Armando Fernández Cueto –cuya familia respondía al mote cariñoso de ‘Los Parafusos’– tuvo que empezar a trabajar de niño porque, de aquella, en su casa no daba para vivir con lo que ganaba su padre, carpintero de profesión.

Pero era un tipo tan listo como trabajador, que compaginó el curro con los estudios. Al constituirse Artes y Oficios, acudió a sus clases impartidas, provisionalmente, en dependencias de la iglesia de San Nicolás de Bari.

Si se quisiera trazar una semblanza meteórica de este personaje, diría que Armando fue de los primeros alumnos de Artes y Oficios (institución creada en 1879) y que mira tu lo que son las cosas, fue Fernández Cueto, quien en 1891 diseñó y construyó la sede de la Escuela en la plaza Álvarez Acebal, donde más tarde ejerció de profesor. Todo en el mismo paquete, o tres en uno.

Personaje polifacético donde los haya, cuesta, pero gusta, abreviar sus múltiples actividades, con independencia de su oficio de maestro de obras y de haber sido técnico –por un tiempo– y también concejal, ay que caray, del Ayuntamiento de Avilés.

Resumiendo, fue: profesor, pintor, escultor, constructor de las primeras carrozas de las fiestas de ‘El Bollo’, cantor en actos públicos tanto civiles como religiosos… Pero no quiero que se me olvide cuando, en 1900, diseñó y dirigió un original espectáculo nocturno de carrozas acuáticas en la ría de Avilés, estando presente el rey de España, Alfonso XIII, festejo tan deslumbrante que dejó, al monarca y acompañantes, haciéndose cruces. Tanto es así que, días después, recibiría Fernández Cueto, la Gran Cruz de Carlos III.

Pero Armando está en la historia de Avilés, por ser el autor de relevantes edificios. Fue un autodidacta que terminó siendo maestro de obras, algo así como aparejador. De aquella estaban autorizados para presentar proyectos. Su labor, como creador y constructor, fue ciertamente brillante.

En el cambio urbano que produjo en Avilés y comarca, entre finales del siglo XIX y principios del XX, destacan las edificaciones diseñadas por Manuel del Busto, Antonio Alonso Jorge, Juan Miguel de la Guardia, Tomás Acha, Luis Bellido, Ricardo Marcos Bausá y Luis Galán, todos ellos arquitectos y a las que hay que sumar las del maestro de obras, Armando Fernández Cueto, el más prolífico de todos estos creadores.

Su labor principal abarca desde edificios unifamiliares, como el bautizado como ‘La Perla’ (hoy Centro de Salud) frente a La Curtidora, construido en 1873 para los Maribona, familia que también le encargó un gran inmueble (1898), el más alto de Avilés entonces, en la calle de La Cámara dedicado, en sus bajos, a actividades bancarias.

Diseñó y construyó un palacete monumental, hoy en estado de ruina, conocido como ‘Chalé de don Fulgencio’, magnífica casa de indiano, situada cerca de la actual comisaría de policía, donde antiguamente estuvo el primer asilo de ancianos de Avilés, obra también de Fernández Cueto.

Muy popular fue el pabellón ‘Iris’ (1908), construido totalmente en madera, en la calle de La Cámara y donde se comenzó a proyectar cine (nuevo invento, entonces) con regularidad, aparte de ofrecer espectáculos de varietés.

Pero quizá la obra más vistosa (1917) esté en la inmediaciones del parque El Muelle, y es el edificio construido para ser el ‘Gran Hotel’. «Que solo reconoce rival en dos o tres capitales de la Nación» decía la prensa de la época.

Armando Fernández Cueto, fallecido en 1933, dejó su herencia en forma de destacados edificios a lo largo de Avilés.

Si sales desde la plaza Álvarez Acebal, donde está la Escuela de Artes y Oficios, y bajas por la calle La Cámara, fíjate en el elegante edificio de cinco plantas que hace esquina con la calleja de Los Cuernos (uy, perdón, calle de  Alfonso VII) para llegar al parque El Muelle –y haciendo esquina entre dos calles del barrio de Sabugo– y admirar la fenomenal edificación coronada por espectacular cúpula.

Son diseño y construcción de Armando Fernández Cueto, un maestro al que por sus obras conoceréis.

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Siguiendo el rastro de Carreño Miranda, por Avilés, 400 años después
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Alberto del Río Legazpi | 26-01-2014 | 10:11| 2

 

Calle Carreño Miranda.

El aniversario del pintor Juan Carreño Miranda servirá como homenaje, supongo que continuado a lo largo de todo el año, al artista plástico más universal en la historia de Asturias, divulgando su figura y obra a los cuatro vientos, cuatrocientos años después de su nacimiento.

En el fondo, esto de los aniversarios también trae reivindicaciones sobre el homenajeado, por ejemplo natalicias, que en el caso de Carreño no están suficientemente claras.

Así que pongamos, que es posible que haya nacido en Avilés –como afirma su primer biógrafo y amigo, Antonio Palomino–  porque, lo que es el propio Carreño Miranda –en dos ocasiones distintas y puesto por escrito– se confiesa «natural de Carreño en Asturias» en una, y «natural del concejo de Carreño» en otra.

Dejando esta circunstancia natal en suspenso, hay que decir que el homenaje hacia quien fue uno de los más destacados pintores españoles del siglo XVII, ha venido siendo constante en Avilés, a lo largo del tiempo.

Se puede pasear por la ciudad y con frecuencia toparse con lugares o motivos que nos recuerdan su figura y obra.

Empezando por la casona de La Lleda, fundada en 1555 (junto con otra en la calle La Ferrería) por una rama de sus antepasados que, procedentes de Guimarán (Carreño), se estableció en Avilés.

La vivienda de La Lleda (lugar donde también está situado el depósito municipal de aguas), está desviada unos metros a la derecha en la carretera que partiendo del antiguo asilo (hoy comisaría de policía) va hacia Miranda. Tiene capilla propia (llamada ‘De los Santos Mártires’) con un tan pequeño como excelente retablo barroco. En la finca también hay una placa que reproduce un texto del escritor asturiano Ramón Pérez de Ayala y que dice: «En Miranda de Avilés nació un discípulo de Velazquez, pintor de corte de Mariana y Carlos II: Juan Carreño Miranda»

En el barrio de El Carbayedo, y en republicanos tiempos de 1934, se inauguró un nuevo edificio destinado a Instituto de Segunda Enseñanza. Era el primero, de los centros de ese tipo, en la historia de la ciudad y había sido bautizado como ‘Instituto Carreño Miranda’. Años después fue necesario trasladar las enseñanzas a otra sede más amplia sin perder el nombre, por lo que generaciones de avilesinos han recordado, recuerdan –y seguirán haciéndolo– su paso por ‘el Carreño’.

En la plaza de Álvarez Acebal, está la Escuela de Artes y Oficios, donde estuvo provisionalmente la sede de dicho instituto, hasta que se terminó de construir el edificio del Carbayedo, que hoy ocupa el colegio público ‘Palacio Valdés’.

Sin salir de la, en otros tiempos, plaza de San Francisco y en la Casa Municipal de Cultura se pueden contemplar cuadros –colgados en las paredes de dos de sus plantas– de destacados artistas plásticos asturianos que ‘interpretaron’ a Carreño Miranda, pintando en público motivos con él relacionados. Fue el acto central entre los celebrados con motivo del  ‘Día de Asturias’, que en 1982 tuvo lugar en Avilés. El resultado de aquella demostración creativa es que desde 1989 (año en el que se inauguró la Casa de Cultura) pueden verse en ella obras que homenajean al gran maestro, de los siguientes autores (por orden alfabético): Acosta, Alba, Camín, Favila, Galano, Lombardía, Alejandro Mieres, J. R. Muñiz, Pelayo Ortega, Paredes, Ramón Rodríguez, Sanjurjo y Consuelo Vallina.

En el salón de recepciones del Ayuntamiento de Avilés hay tres cuadros, gran formato, que son copias de los originales, que de Carreño, se exhiben en el Museo del Prado. Aparte de un retrato suyo, obra de Gonzalo Espolita.

En la plaza de Camposagrado, una estatua, sobre peana, de Vicente Santarua, muestra a Carreño como queriendo abocetar el monumental palacio del siglo XVII.

Y en el antiguo barrio medieval de Sabugo, una calle –de las más historiadas de Avilés– lleva su nombre y cuenta con una estatua de Favila, basada en uno de los lienzos del gran maestro del barroco («Dña. Eugenia Martínez Vallejo ‘La Monstrua’»), así como un destacado mural de cerámica de Ramón Rodríguez titulado «Homenaje a Carreño Miranda».

Por tanto se puede hacer entretenido paseo cultural a propósito de este artista cuya vida cubre casi todo el siglo en el que se desarrolla el Barroco europeo. Nadie como él, con sus amplias dotes para el retrato, logró plasmar la atormentada corte de Carlos II, en cuadros capitales como las series dedicadas al rey Carlos II o personajes cortesanos desde Mariana de Austria, el embajador Potemkim o ‘La Monstrua’, por citar algunos, aparte de su obra en bóvedas de iglesias y catedrales.

Hay que citar (tiene ya un episodio dedicado) la impresionante exposición montada en 1985 por el Ayuntamiento avilesino en la iglesia vieja de Sabugo y donde se colgaron cuadros cedidos, para la ocasión, por el museo de El Prado.

Estamos, pues, ante el más importante pintor asturiano de todos los tiempos. De eso no tengo duda.

Sí la tengo, como otros, sobre el nacimiento del pintor en Avilés. Y lo dejo aquí como apunte de un, quizá, futuro pespunte de otra costura y en otra fecha. Porque es un ‘detalle’ que sería bueno clarificar –y quizá sea esta una buena ocasión– por puro rigor histórico, aparte de que genere controversias a veces demasiado acaloradas por parte de algunos. Y, como diría Teo López-Cuesta –uno de los mejores rectores que tuvo la Universidad de Oviedo– ‘tampoco ye pa ponése así’. 

En cualquier caso el año 2014 es otra excelente ocasión para reavivar la importancia artística de Juan Carreño Miranda, que según Joaquín Vaquero Turcios fue «persona buena, mesurada, digna, modesta e ingenua».

Y que en gloria está. Artística, quiero decir.

 

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El casco histórico de Avilés y un caballero llamado José Francés
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Alberto del Río Legazpi | 19-01-2014 | 10:11| 4

A tenor de lo que tengo leído sobre él, si hay alguien a quien seguro le hubiese entusiasmado la proximidad de la arquitectura vanguardista del centro cultural Oscar Niemeyer –tan solo separadas por un estrecho brazo de agua– con la arquitectura tradicional del casco histórico, ese alguien sería José Francés Sánchez-Heredero.

Madrileño, escritor, periodista, crítico de arte y unas cuantas cosas más, pasaba sus temporadas veraniegas en nuestra ciudad, donde participaba con entusiasmo indisimulado en la vida cultural avilesina: creación de la Sociedad de Amigos del Arte, mecenazgo de artistas plásticos locales, artículos periodísticos sobre Avilés en prensa nacional, etc. Y todo esto con tal alarde de calidad y cantidad, como para que, ya en 1926, el Ayuntamiento avilesino lo nombrara hijo adoptivo de la villa avilesina.

Pero hoy, José Francés, no está aquí en función de sus cualidades artísticas, literarias o periodísticas –que ese es un episodio aparte– sino por su ponencia, apasionadamente favorable acerca del informe presentado –en los años cuarenta del pasado siglo– por el conservador de monumentos de la zona cantábrica, el arquitecto ovetense Luis Menéndez-Pidal Álvarez, sobre la categoría monumental de la villa de Avilés y la necesidad urgente de su protección.

La ponencia que elaboró José Francés, en base a ese informe, y el seguimiento que hizo de la misma por los vericuetos burocráticos –labor facilitada por su cargo de secretario perpetuo de  la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando– hizo posible que el tesoro patrimonial de Avilés quedara blindado para siempre. Algo impagable, creo yo.

Él, por tanto, fue para uno de los ‘culpables’ (el otro ya quedó dicho que Luís Menéndez-Pidal) de que gran parte del casco antiguo de Avilés fuera declarado Conjunto Histórico-Artístico por el Estado español, según decreto publicado en el periódico de mayor tirada de España (o sea el Boletín Oficial del Estado) el 27 de mayo de 1955 y firmado por el jefe del Estado, Francisco Franco, y su ministro de Educación, Joaquín Ruiz-Jiménez.

Tal acontecimiento, por aquellos años, pasó algo desapercibido, quizás por la fiebre industrial que se había adueñado de la villa avilesina, señalada por el Estado español, en 1950, para instalar en la margen derecha de su Ría, una gigantesca factoría siderúrgica. Fue aquella, de los cincuenta, la década más trabajosa de cuantas vivió Avilés en su trabajada historia.

La implantación de la Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (ENSIDESA) coincidió, casi, en el tiempo con la de una factoría de aluminio (ENDASA) y otra de vidrio (CRISTALERIA ESPAÑOLA). Todas ellas vinieron a complementar la factoría de zinc –luego sería Asturiana de Zinc S.A. (AZSA) – que tenía la histórica Real Compañía Asturiana de Minas, protagonista principal de la industrialización del Avilés del siglo XIX.

Total, que en la segunda mitad del pasado siglo XX, en Avilés el paisaje empezó a cambiar a toda mecha, a la vez que recibía miles de inmigrantes por un tubo. Venían de toda España. La ciudad no estaba ni de lejos socialmente preparada para lo que se le vino encima y las débiles infraestructuras cantaron la Traviata. Adecuadas a una población de 21.340 habitantes se hicieron trizas. Pero no hubo catástrofe y mal que bien, Avilés soportó como pudo aquel tsunami demográfico que la haría cuadruplicar con creces su población (en 1978 ya había alcanzó los 90.458 habitantes).

Una cifras de mareo. Un vértigo que quizá se hubiese llevado por delante a cualquier otra villa por muy recoleta que fuera y por mucha colección de edificios y lugares artísticos que tuviera. Pero no a la monumental Avilés, entre otras cosas, y en gran parte, por la intervención de José Francés.

«Visto el informe de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y a propuesta del Ministro de Educación Nacional y previa deliberación del Consejo de Ministros, DISPONGO (…) declarar conjunto histórico artístico las siguientes zonas de la villa de Avilés: Las murallas (…); antigua plaza de la Constitución, hoy llamada Plaza de España; antigua calle de La Herrería (…) con el interesante Palacio de Valdecarzana (…); calle de San Bernardo, con el Palacio de Camposagrado (…) calle del Rivero, con el palacio de Ponte (…) calle de Galiana (…) plaza de San Nicolás con la Iglesia de San Nicolás y la capilla de Las Alas; plaza de San Francisco y la iglesia parroquial; plaza del Carbayo con la iglesia de Santo Tomas de Canterbury; la antigua cárcel y el Canapé»… (Extractos del texto del decreto de 1955)

Quizás haya que preguntarse que hubiese sido del casco histórico avilesino si no hubiese tenido ésta carta de ley, este escudo protector.

Sobre todo teniendo en cuenta que por aquellos tiempos la especulación inmobiliaria era terrible y la urgencia social de albergar a miles de personas desplazadas a Avilés, para trabajar en sus factorías, más terrible todavía.

¿Hay que mirarse en el espejo que proporciona el cataclismo urbanístico de Gijón, por ejemplo, para responder a esto? Creo que sí. Y, añado, que no me extrañaría un bledo que el centro urbano de  Avilés hubiera sido, prácticamente, borrado del mapa de no haber contado con el arma legal del decreto aquí tratado y por aquel intelectual madrileño enamorado de Avilés, ‘trabajado’.

A José Francés (1883-1964), personaje al que fascinaba la mixtura entre lo antiguo y lo moderno, ya decía más arriba, que le hubiese encantado el complejo de arquitectura vanguardista del Niemeyer que, ubicado en la margen derecha de la Ría, ‘dialoga’ con el casco histórico de Avilés, situado en la margen izquierda, de la misma, y dotado de un monumental repertorio arquitectónico tradicional.

Casco histórico que, algunos vemos, de tan contrastada calidad como para intentar acceder a que sea declarado Patrimonio de la Humanidad. Título que concede, o no, la UNESCO (siglas en inglés que corresponden a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura).

Siempre y cuando este organismo internacional haya recibido una petición oficial al respecto.

Que no consta. Y en esas estamos, como la ‘Eleanor Rigby’ de John Lennon y Paul McCartney, esperando tras la ventana.

Que lo urgente es esperar.

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Valdecarzana, un palacio que nació como comercio y terminó en Archivo Histórico
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Alberto del Río Legazpi | 12-01-2014 | 10:11| 2

Decir Valdecarzana, en Avilés, es hablar de una mansión versátil, que te transporta al período más fértil de la Edad Media, cuando la Villa vivía, principalmente,  de su puerto donde se realizaban importantes negocios de cabotaje, que llegaban a puertos internacionales, pero sobre todo el más importante del Atlántico europeo: el francés de La Rochelle.

Un cosmopolitismo que fue, es y será una bendición histórica para Avilés.

Así que no sería de extrañar, que el proyecto arquitectónico de Valdecarzana (como el de la capilla de Las Alas) haya venido por mar. En el sur occidente francés, las casas de ricos mercaderes –y las capillas por ahí le andan– tenían la pinta que luce el edificio avilesino.

Se construyó entre los siglos XII y XV, aunque es en el XIV donde coinciden más autores. No es una fortaleza ni una residencia noble con carácter defensivo, como entonces se acostumbraba, sino la de una vivienda y negocio de  comerciante, de los que menudeaban en aquel Avilés.

Valdecarzana tiene muchas leyendas, que incluso implican a reyes, pero lo contrastado es que nació como lonja de un comerciante y que siglos después, en el XVII, y por el mero hecho de comprarlo el marqués de Valdecarzana se convirtió en palacio (la Real Academia, en una de las acepciones del término, dicta que palacio es la ‘casa solariega de una familia noble’). Los Valdecarzana lo mantuvieron como una más de sus residencias en Asturias (junto con las de Oviedo, Quirós, Teverga y Grado, que eran las principales) hasta 1849.

Ese año adquirió la casa junto con su holgada huerta –si consideramos que estaba en el centro de la Villa– Fernando Ochoa que amplió al doble la cabida del antiguo palacio al comprar la casa vecina. Ochoa, que fue alcalde de Avilés desde 12 de enero de 1861 al 31 de diciembre de 1864, hizo de ella su residencia familiar, donde nació, en 1864, su hijo Juan, que sería un escritor famoso.

Posteriormente, el inmueble, entra en alquiler incluso como local comercial, y como centro educativo provisional de ‘Escuela manjoniana’, hasta que en 1933 lo adquiere la ‘Sociedad de Transportes Marítimo Terrestres’ vincula­da a las casas consignatarias avilesinas.

En 1939 pasó a depender del Ministerio de Trabajo, como sede provisional de organismos dependientes del mismo,  y también dio cobijo al servicio sindical portuario, a sus oficinas e incluso su dispensario clínico. Para coronar, los bajos de Valdecarzana, fueron sede de economatos laborales.

Finalmente la cosa se enredó y terminó a finales del siglo XX, tiempos del alcalde Agustín González, en las redes del municipio, que lo destinó a Archivo Histórico. Y en esas está.

Valdecarzana también es conocido, aunque cada vez menos, como ‘Casa de La Baragaña’. Y eso tiene explicación en que las dos puertas, que hoy conocemos de la calle La Ferrería, daban acceso a la lonja comercial, mientras que a la vivienda de la planta alta se accedía por la, hoy, calle El Sol atravesando una antojana, terreno –generalmente con vegetación– que estaba delante de la casa. Y como también, en Asturias, a la huerta pequeña, estrecha y alargada, se la conoce como baragaña, así dieron en llamar al histórico edificio. E incluso a la plaza que hubo delante de él y que es episodio aparte.

Y a la historia, a veces, parece que la cargase el diablo. Pues resulta que uno de los últimos inquilinos que utilizaron Valdecarzana como vivienda, fue a finales del siglo XIX, un personaje apellidado Baragaña, cosa que descubrió la avilesina María Josefa (Pepa, para los amigos) Sanz, catedrática de Paleografía de la Universidad de Oviedo, hurgando entre la documentación del RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos). Caso singular.

Otra cosa es el plural, al menos para otro historiador también amigo, que montaba en cólera, cuando oía o leía ‘casa de Las Baragañas’, como algunos autores y publicaciones nombran a este palacio. Decía que, aparte de falso, era indecente porque le parecía el nombre de una casa de putas. Y ponía verde –color acorde con el lenocinio terminológico que nos ocupa– a quienes bautizaban de tal guisa a la joya arquitectónica.

Decir Valdecarzana, en Avilés, es hablar del edificio civil más antiguo, que aguantó el paso del tiempo sufriendo dueños y daños, pero nunca perdiendo su cara gótica, una fachada de órdago, con vistas a La Ferrería, la pequeña gran calle medieval que terminaba en el puerto internacional de Asturias durante siglos.

O sea, Avilés.

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Las iglesias medievales del Cabo Peñas, tan inesperadas como desamparadas
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Alberto del Río Legazpi | 05-01-2014 | 10:11| 0

 

San Jorge de Manzaneda (siglos XII-XIII)

El gran Francisco de Paula Mellado escribe, entre asombrado y pomposo: «Presentóse por fin a nuestra vista la inmensa mole del Cabo de las Peñas, cual corpulento gigante que avanza con osadía en el mar Océano, desafiando impávido su terrible cólera (…) a la derecha se ven en lontananza los altísimos y siempre nevados Picos de Europa que separan a Asturias de la Liébana. (…) y al frente el inmenso piélago en que marchando en línea recta no se encuentra tierra hasta Inglaterra».

Lo que muchos lectores del enciclopedista granadino ignoran, asturianos incluidos, es que esta zona sea un sembrado de construcciones medievales religiosas, de tan notable singularidad que se las puede agrupar como ‘Románico rural del cabo Peñas’.

Son: San Jorge de Manzaneda, Santa María de Piedeloro, Santa María de Logrezana, San Félix de Candás, San Juan de Pervera, Santa Eulalia de Nembro y Santa Dorotea de Susacasa.

Excepto San Félix, parroquial de Candás, el resto son pequeños templos, diseminados por Gozón y Carreño, con valiosas singularidades arquitectónicas del pasado, que sufren el desprecio del presente.

Por ejemplo San Jorge de Manzaneda, pequeña joya arquitectónica de portada gloriosa y ábside dichoso, que actualmente ‘forma parte’ de una factoría eléctrica. La iglesia está cercada por muro que se adorna con el detalle de un contenedor de basuras encastrado en el mismo, tal que si fuera un trono. En la cerca hay –aparte del templo– postes de hormigón armado, torres de alta tensión, cables por doquier y hasta un transformador. Proliferan chapas, con un rayo dibujado, advirtiendo “Peligro de muerte”. También es verdad que el cementerio está contiguo a la iglesia.

Por todo ello San Jorge es casi una variedad del románico, un románico eléctrico, podríamos decir. No es de extrañar que suba constantemente la tarifa de la luz. Quizá las empresas eléctricas estén investigando para  dar a luz –Manzaneda es el caso– a un nuevo arte basado en el románico hace mil años por el Imperio Romano:. En Asturias, hoy y en Manzaneda, sería: Románico a 220 voltios.

Lo contrario ocurre en Santa María de Piedeloro, una maravilla arquitectónica en lo alto de una colina, ausente de iluminación eléctrica sufciente, de forma que se si te hace tarde, por la contemplación o la liturgia, y te abandona el sol, te puedes romper la santísima –o pecadora– crisma.

El templo –con sorprendentes decoraciones esotéricas o mágicas–  es magnífico, a pesar de que su principal portada tenga enfrente una tapia abracadabrante, plantada allí para protegerla de los vientos racheados del oeste. Un paredón de cemento, en detrimento de una solución vegetal.

Además a este lugar, llegas casi de milagro, cosa que los cristianos han de agradecer a la Virgen. Su deficiente señalización es un grave pecado cultural.

Tanto la de Piedeloro –declarada Monumento de Interés Nacional– como la de Manzaneda –Bien de Interés Cultural (BIC) – están benditas, civilmente, por el Principado de Asturias. Merecen conocerse y cuidarse.

Tengo escrito, que el patrimonio artístico asturiano está descuidado a conciencia –ya no hablo del excelso prerrománico, sino de éste románico del Cabo Peñas– al igual que aquella moza maltratada, por pena de amores no correspondidos. La que la copla canta que:

‘Deja que la niña pene

 que pene sus penas de amor

que para la pena que tiene la niña 

mientras más pene mejor’.

Una pena, lo de Peñas. Pero cantando y contando las penas se van aliviando, y no puede haber tristeza que borre las maravillas artísticas de La Manzaneda y Pie del Oro.

Hoy, sus templos se me antojan patos aunque sean cisnes.

Mañana será otro día.

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Tirso de Avilés o el periodismo asturiano hace 500 años
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Alberto del Río Legazpi | 29-12-2013 | 10:11| 2

Cuentan que contaba Tirso de Avilés, allá por el siglo XVI, que los peregrinos cuando cruzaban el Pajares cantaban: «O Asturia, bella Asturia; tu sei pur bella, e sei pur dura». Y lo hacían para acceder a la catedral de Oviedo o a la inversa, si venían de la capital de Asturias para reincorporarse al camino principal de Santiago, una vez cruzado el Pajares. La socarronería asturiana, tan ‘coñona’, al escuchar esto susurraba: «No hay mayor puerto que el de la puerta de casa».

El canónigo Tirso de Avilés (nacido hacia 1516 y muerto en 1599) fue un gran cronista o recopilador de hechos y también historiador. Pero su mérito es haber captado la información de su tiempo y exponerla con soltura. Narra lo que investiga o lo que ve. Es escritor. Hoy sería, también, periodista.

Decía Francisco Umbral que ‘el periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al gobierno inquieto’. Para G. K. Chesterton: ‘El periodismo consiste esencialmente en decir «lord Jones ha muerto» a gente que no sabía que lord Jones estaba vivo’. Yo creo, como dice Juan Cruz, que el ‘periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente’, pero hay que saber decirlo.

Tirso de Avilés, era hijo de Gaspar de Avilés, un vecino de la Villa que se marchó soltero a Las Regueras, donde casó y tuvo descendencia. Aunque algunos autores, como el marques de Teverga y también Simón Fernández Perdones, nacen a Tirso en Avilés.

Y no es así, pero tres narices importa. Lo que vale es que es que el canónigo es un cronista extraordinario y su pluma una luz en la oscuridad informativa de por aquel entonces. Martín Andreu dice que ‘describe con auténticos trazos, de inapreciable riqueza, cuadros de vida ovetense y del resto de la región’. Narra, tanto maravillas caóticas, como desdichas terribles.

En su libro ‘Armas y linajes de Asturias y antigüedades del Principado’, ilustra la hondura de la trágica hambruna de 1573, con un asesinato: «Una moza del concejo de Avilés, mató a otra con un palo para tomar un cesto de pan cocido que llevaba a vender a dicha villa».

En ‘Asturias: Referencias geográfico-históricas’, relata los más grandes sucesos acontecidos en la región hasta su siglo XVI: Desde las epidemias de 1573 a 1576 a que «en la noche del 11 de noviembre de 1578, apareció en el hori­zonte un cometa de extraña grandeza, que se presentaba hacia la media noche y fue visto durante dos meses» (…) O «el diluvio del año 1586» (…) Cuando no «un terremoto de aires en 1590»’

También fue testigo y notario de hechos como el entierro de Pedro Menéndez de Avilés ‘llevado por cuatro rexidores de la dicha vi­lla, á ser sepultado con la autoridad que se re­quería de lumbres de cera y misas’.

Genealogista de relumbrón, es famosa su interpretación del escudo de la familia Las Alas, donde teje una leyenda digna del mejor García Márquez. Básicamente cuenta que conquistada Avilés por los árabes, el caballero Martín Peláez se refugió en el castillo de Raíces, de dos torres, donde lo cercaron los invasores, pero acabó dándoles matarile con la ayuda de un ángel. El mismísimo Don Pelayo, fascinado por esta historia –según Tirso– le concedió a Martín un escudo basado en esta aventura y un nuevo apellido: De las Alas.

A propósito de su apellido escribe que «…en Avilés ha habido muchos y muy principales hombres y muy señalados especialmente por la Mar, que parece que el clima de esta villa los dicta ser buenos Pilotos y Mareantes (…) como en nuestros tiempos Reinando el Rey don Felipe II, lo fue Pedro Menéndez de Avilés adelantado de la Florida… el cual tuvo cargo General en dicha Carrera de Indias 13 o 14 años y la navegó sobre 50 veces … e después conquistó… la provincia de la Florida que es en la Yndias…y el dicho Rey le hizo titulo de Adelantado de dicha Provincia… »

Tanto ‘oficio’ tenía Tirso que, precursor hace 500 años en las tareas informativas, hasta nos dejó una ‘foto’ suya, en forma de talla, que podemos ver en la girola de la catedral de Oviedo, incrustada en un retablo, por él donado. Una hemeroteca para la eternidad.

Era un cuco.

‘O Asturia, bella Asturia; tu sei pur bella, e sei pur dura’.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta