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Esa ‘Peña del Caballo’ no es una peña cualquiera
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Alberto del Río Legazpi | 09-06-2013 | 06:08| 5

Por el estuario avilesino, tanto las fábulas como las certezas andan tan sueltas que, donde menos lo esperas, salta un caballo. Pero no un caballito de mar, sino de ría. Una especie única en el mundo, conocida en cartas marinas, libros y documentos disparejos, como ‘Peña El Caballo’ de Avilés.

La Peña del Caballo, en la margen derecha de la ría, antigua zona de baños. (Foto Archivo FRAN)

Plantada en San Juan de Nieva y llamada así por su caprichoso perfil equino, tiene como prolongación submarina la temible ‘Rechalda del Mar’, peñasco encabronado que fue un tremendo obstáculo para la navegación, al limitar el calado, en la bajamar, a 3 metros(datos de la ‘Revista de Navegación y Comercio’. 1894). Tanto se tardó en darle matarile que algunos creían, a pies juntillas, que la Rechalda era una piedra que crecía.

La cosa dio mucho que hablar y hasta un semanario satírico y un grupo folklórico llevaron su nombre. Y cuando alguien demostraba firmeza se solía decir: «Ye más duro que La Rechalda».

Aunque a base de dinamita y de afeitados de dragas –el último se lo dio ‘D’Artagnan’ en 2008– terminó trasquilada y ‘cedió’ un calado de cerca de 13 metros.

Uno de los cruceros que últimamente hacen escala en la dársena de San Agustín, a un costado del Centro Niemeyer, visto desde uno de los ‘ojos’ de la Peña del Caballo cuando salía del puerto de Avilés, navegando rumbo a Southampton (Inglaterra).

Pero más popular fue la ‘Peña El Caballo’, referenciada en planos de la obra portuaria de 1903 que recogen el proyecto inicial, anterior, de Pérez dela Sala. A su costado hay dibujado un embarcadero y los rótulos: ‘Balneario’ y ‘Playa de baños’. El sitio también era conocido como ‘Baños de Abadil’ y parece que funcionaron, como tales, desde 1875

Y es que, en el tercio final del siglo XIX, cuando empezaron a ponerse de moda los baños públicos en Avilés –publicitados como ‘mitad higiene y mitad salud’– fue la margen derecha dela Ría, la zona escogida por el personal más ‘moderno y rompedor’, que no comulgaban con aquellos versos de Vital Aza:

«Me manda el doctor tomar

baños de mar sin cesar,

pero me falta el valor,

¿Zambullirme yo en el mar?

¡Que se zambulla el doctor!»

Al lado de la Peña funcionó el ‘balneario’ primitivo de Avilés y hasta él llegaban, en lancha de alquiler, los que se atrevían a bañarse públicamente. Algo cuenta Eloy Fernández Caravera en su novela ‘Mayita’ (Ediciones Azucel. Avilés, 1987).

El famoso teatro circo avilesino ‘La Peña’, hoy desaparecido. (Foto gentiliza de Cástor G. Ovies)

‘El Caballo’ se puso de moda y a su alrededor surgieron famosos restaurantes como ‘Casa Tamón’ y ‘La Rosa’… hasta que se montó en Salinas un balneario con instalaciones adecuadas. Eso y un más cómodo transporte, a partir de 1893, en aquel tranvía de vapor conocido como ‘La Chocolatera’.

Aunque la ‘Peña El Caballo’ no cedió en popularidad, tanto que el famoso teatro-circo ‘Somines’, hoy desaparecido y entonces en la calle Cuba, pasó a llamarse ‘La Peña’ y un artista -que firmaba como ‘Borda de Agua’- la pintó en el telón de boca del escenario, de forma que la célebre roca marina protagonizaba el interior del local.

Y ahí sigue, hoy, ‘El Caballo’, pastando en la Ría, tan campante, mientras a su vera pasan buques de más de 60.000 toneladas de carga, o cruceros que transportan cerca de mil pasajeros.

¡Manda ‘calao’!

 

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Eduardo Carreño Valdés famoso científico, desaparecido a los 23 años de edad
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Alberto del Río Legazpi | 02-06-2013 | 06:07| 8

En Avilés, a lo largo de su historia, ha habido científicos como Pedro Lucuce Ponte (que aparte de matemático fue mariscal de campo, y a ver quien mejora imagen tan novelesca), dos de apellido Graiño (Celestino Graiño Caubet, farmacéutico revolucionario y Francisco Graiño Obaño, astrónomo), Blas Aznar González (medicina legalista), y unos cuantos más. Aparte de los investigadores actuales, claro, que son episodio aparte. Pero, de todos aquellos, ninguno como Eduardo Carreño Valdés.

Porque era de una realidad tan fabulosa como breve, tan entrañable como complicada y tan magistral como ignorada.

Suena un triste concierto de advertencia a nuestras civilizadas, ciudad y región, que dándoselas de cultas, generalmente ignoran que este avilesino ha sido una eminencia científica europea a pesar de que tan sólo duró, biológicamente, veintitrés años.

Nació en Avilés el 13 de octubre de 1819 y falle­ció en París en 1842. Echen cuentas.

Histórica imagen del científico avilesino, Eduardo Carreño Valdés, pues fue el primer daguerrotipo, que se conoce, hecho a un personaje asturiano. F. CRABIFOSSE.

De familia numerosa (tres de sus hermanos: Eladio, Feliciano y Pedro, son episodio aparte) cur­só en la villa natal los estudios elementales con tal brillantez, que a los doce años de edad, un tío paterno suyo,  lo llevó consigo a Santiago de Compostela, para procurarle la mejor educación. Posteriormente, tío y sobrino traslada­ron su domicilio a Madrid donde Eduardo cursó, como un meteoro, medicina.

Sin embargo, dedicó su vida a las ciencias naturales Y particularmente a la Botánica. Con tal intensidad que fue el alumno predilecto de Lagasca, el más destacado sabio hispánico en la materia.

Mas tarde se trasladó a Francia donde residía e investigaba el por entonces más reconocido botánico mundial: Pierre-Edmond Boissier. Otro que quedó trastocado y fascinado por los conocimientos y la capacidad de trabajo de aquel colega español tan joven, al que había conocido en Madrid.

Tan grande fue su popularidad entre los científicos, que el gran Boissier le dedicó un nuevo género de flor bautizada como ‘Carregnoa’. Y Filippo Parlatore hizo lo mismo con su nueva especie ‘Anthoxanthum carrenianum’. Nunca un botánico, entonces con 21 años, gozó en vida de mayores honores entre sus colegas.

Murió en Francia y sus restos mortales fueron inhumados en el cementerio parisino del Pére Lachaise en un panteón costeado por maestros y discípulos. Y digo bien, porque parece mentira, pero ya tenía discípulos a sus años.

La prensa francesa le dedicó homenajes un tanto insólitos para un científico y además extranjero: ‘España ha perdido uno de sus más esclarecidos genios, y Fran­cia uno de los hijos adoptivos que más la hubieran honrado’.

Tiene, Eduardo Carreño Valdés, una calle en Avilés a él dedicada, justicia callejera que se le hizo, por fin, en 1985. La calle, que termina en una empinada cuesta, corre paralela a la vida del personaje, que muriendo tan joven, y tan hondo de sabiduría, consiguió llegar casi a la cima, en medio del reconocimiento internacional por su trabajo a sus –casi burlescos– veintitrés años, o sea cuando llevaba solo cuatro o cinco ejerciendo en el campo científico. Un caso casi increíble. La excepción que confirma la regla.

Eduardo Carreño donó (hasta eso) a su muerte va­rias colecciones zoológicas clasificadas al Museo de Historia Na­tural de Madrid. Pero sobre todo legó su brillante trayectoria.

Inusitada precocidad la de éste relámpago científico que alumbra la historia de Avilés. Flores para este vencedor, derrotado en la batalla de la vida. Y que sean ‘carregnoas’ y ‘carrenianum’.

Otro tipo diez. Mira tú.

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La famosa foca de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 26-05-2013 | 06:08| 9

Este episodio –cercano a algún relato ‘mágico’ de Gabriel García Márquez– es una originalidad avilesina totalmente cierta y hay una foca, en piedra artificial, que así lo certifica.

En principio debe saberse que Avilés estuvo durante siglos amurallada, entre otras cosas para defenderse de piratas y muy especialmente de los vikingos, nórdicos europeos sumamente crueles.

Pero un día atracó en la Ría (mayúscula) de un Avilés, ya sin murallas, otro animal nórdico, aunque pacífico: una foca. Fue el 5 de diciembre de 1951 cuando la población avilesina sumaba 21.340 habitantes. Pronto subiría como la espuma.

Y es que la arribada de la foca coincidió, en el tiempo, con el inicio de las obras de una gigantesca siderúrgica (ENSIDESA). Cosa que –según la teoría del recordado periodista avilesino, Venancio Ovies– era todo un símbolo (por eso la llamó La Foca Precursora) del gigantesco advenimiento industrial que transformó Avilés de cabo a rabo.

Venancio tuvo la clarividencia, de que lo de la foca era algo más que una anécdota. Tanto fue así, que obtuvo un prestigioso premio nacional de periodismo por sus numerosos relatos sobre este suceso, que atrajo a muchos asturianos que, por entonces, visitaron Avilés por ver a la foca que salía en los periódicos.

Y aunque el simpático y exótico animal se las piró al año siguiente, tan misteriosamente como vino (ni pensar quiero en que alguien se le hubiese vendimiado con patatas fritas), quedó para siempre en el imaginario popular. Fue mascota avilesina en actos festivos, como el multitudinario Descenso del Sella.

Por tanto, no fue extraño que se moldeara su efigie, labor donde parece que intervinieron, teórica y prácticamente: Tomás Abascal, Joaquín Muñiz y Pepe ‘El Roxu’. Pero su ‘entronización’, en 1956, fue caso aparte.

Así lo cuenta Venancio Ovies: «una noche, el grupo conjurado de personas en torno al autor de la obra [se refiere en concreto a José Suárez Vega, conocido como ‘Pepe el de Vicente el Parque’ o como ‘Pepe El Roxu’] y donde se incluían Manolo, popularmente ‘Tiriliti’, ‘Pine’, ‘Pruden’, Víctor ‘el del Yate’, ‘Polchi’ [apodo del popular médico, que también fue concejal, Leopoldo Figueiras López-Ocaña], etcétera, llevó la figura en pagana procesión al Parque [del Muelle], entonces denominado General Sanjurjo, para asentar la foca en un parterre. Todo Avilés agradeció la iniciativa, que no precisó de formulismos oficiales, ni de ‘votaciones democraticas’»

Y así, medio en serio, medio en broma, la foca es actualmente, el más insólito –y divertidamente surreal– de los símbolos avilesinos. Porque ¿que población, en España y parte del extranjero, le ha dedicado un monumento a una foca?

La cosa, naturalmente, les choca a los turistas, que desconcertados preguntan a las/los guías turísticos que les enseñan la ciudad:

- Oiga ¿Pero que hace una foca aquí?

- Parece que es una señal industrial de la ciudad, oiga

- ¡Madre mía! ¿Pero que me dice?

Y automáticamente enfocan sus cámaras e inmortalizan a la foca de Avilés.

Quien le iba a decir a Pedro Menéndez de Avilés, Capitán General de la Mar Océana del Rey Felipe II, y fundador de la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América, cuyo conjunto escultórico preside el parque, que iba a tener como vecina a una pacífica foca boreal, sin bigotes y en piedra artificial. ¿Un cachondeo histórico? No. La vida, oiga. Hágame el favor.

Y la cosa sigue, porque hace poco se produjo un movimiento artístico de trascendencia internacional: el ‘Avilés Seal Parade’. Y, últimamente, exportamos focas ‘Made In Avilés’. Un episodio aparte.

Para que luego algunos estirados tomen, a la historia, poco menos que como ciencia infusa. Estos desenfocados ignoran que, de vez en cuando, es saludable enfocar la vida –y por tanto la historia– satíricamente y hacer que lo derecho se ponga del revés.

Tal, y como, ocurre con la foca de Avilés.

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El ‘joven’ templo medieval del antiguo pueblo de Sabugo
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Alberto del Río Legazpi | 19-05-2013 | 06:08| 6

En sus apostillas a propósito de «El nombre de la rosa», dice Umberto Eco que él sólo conoce el presente a través de la pantalla de televisión pero que, en cambio, de la Edad Media tiene un conocimiento directo.

Una pena no tener a mano al autor italiano, para que nos despejara el misterioso halo que oculta, entre leyendas y penumbras, los orígenes de la iglesia [conocida como la vieja] de Sabugo consagrada al santo inglés Tomás de Canterbury (o Cantorbery).

Que si se llamó San Pedro, que si aquí hubo otro templo consagrado a San Facundo, que si las caras grabadas en su portada son las de sus fundadores, que si los templarios. Que si su tía.

Y como no contamos con el eco presencial de Eco, hay que conformarse con la investigación histórica que dice que se inició su construcción en el siglo XIII atendiendo al estilo  románico, pero al prolongarse la obra más de la cuenta, terminó siendo rematada como gótica. Condición que luce su portada principal, con el cementerio (hoy zona enrejada) a la izquierda de la misma.

Fue la ‘catedral’ de un barrio marinero, chiquito pero matón, dicho sea con perdón. Plantado en un pequeña colina abundante en flor de saúco (de ahí lo de Sabugo) usada para infusiones o ‘fervediellos’, vivió siglos dedicado a la pesca y a la artesanía marinera, incluida la construcción de embarcaciones (los astilleros estaban en el Campo de Bogaz, donde ahora se ubica la estación de trenes y autobuses).

El humilde pueblo de Sabugo, estaba separado en todos los sentidos, de la rica Villa de Avilés. También los distanciaban tanto las aguas del mar (hoy ‘cubierto’ por la plaza de Mercado y el parque del Muelle) y las del río Tuluergo, actualmente canalizado subterráneamente en la calle La Muralla. Un dato y no se hable más: la iglesia de Sabugo dependió, durante siglos, de Pravia.

El edificio eclesiástico fue el centro religioso y civil del pueblo de Sabugo. Los bancos corridos, adosados en el exterior al templo, eran tanto lugar de reunión de los vecinos, como de decisiones (mesa y bancos de piedra lo atestiguan) de la gobernante Cofradía de Mareantes.  

El templo ha demostrado a lo largo de la historia su versatilidad, su capacidad de adaptarse con facilidad y rapidez a diversas funciones, cosa que se agudizó desde que, en 1903, dejó de ser –por pequeña que no por galana– sede parroquial de Sabugo.

Y desde los años 80 del pasado siglo XX, aquí –sin olvidar su misión religiosa– se celebran variados actos culturales. Aparte de sonados acontecimientos como la entrega –antes de que pasaran al teatro Palacio Valdés– de las Sardinas de Oro, galardones que concede la ‘Fundación Sabugo ¡Tente Firme!’. Y por el templo, desfilaron celebridades a puñados, desde la Reina de España y el Príncipe de Asturias hasta el Nobel, Severo Ochoa.

Y lo nunca visto, artísticamente, en Avilés ocurrió en este templo mágico, cuando en 1985 –y durante 20 días– se convirtió en sucursal del Museo del Prado de Madrid, con una exposición de cuadros originales del pintor avilesino, Carreño Miranda, el más famoso de la historia de Asturias. ¿Quién da más?

Hoy es una joya medieval plantada en un barrio ‘de marcha’ cuya feligresía, mayormente, ya no está compuesta por marineros mareantes sino por parroquianos mareados comedidamente, por lo general. Estilo navegante y etilismo ‘carpe diem’.

Por su historia y calidad arquitectónica, está declarada Bien de Interés Cultural (BIC) que es algo así como un VIP, pero en monumento. Y pese a sus 800 años de existencia es la única de Avilés que conserva, milagrosamente, gran parte de su trazado original.

Lleva mucho tiempo llegar a ser joven, decía Picasso.

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La Cabruñana de Avilés, que se pierde en la noche de los tiempos
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Alberto del Río Legazpi | 12-05-2013 | 06:08| 0

Cabruñana no es una calle cualquiera pues tiene un enorme recorrido histórico, aparte de ser una de las ‘nobles calles zurdas’, singular fenómeno urbano local solo comparable al pasmoso caso del ‘barroco boticario avilesino’ (ver LA VOZ DE AVILÉS, 13 de noviembre de 2011).

 Las ‘nobles calles zurdas’ son aquellas que unen, a su notoria antigüedad, el hecho de iniciar su trayecto con un palacio, como primer edificio, situado a su izquierda. Son cuatro: San Francisco que lo hace con el palacio Ferrera, Rivero con el de García Pumarino, El Sol con Valdecarzana y esta Cabruñana con el palacio de Maqua. Pero entre todas ellas no hay ninguna que termine como ésta última.

Cabruñana está ahí desde tiempos remotos, entonces más extensa que ahora, pues ocupaba [lo que ahora es] la actual calle San Bernardo (que también antes se llamó del Postigo y Real). Por gran parte de ella discurría el Camino Real de Grado a Gozón, que entrando por la puerta de La Cámara (o de Cabruñana o del Postigo) atravesaba Avilés, para salir por la puerta del Puente (San Sebastián) y cruzar la ría.

Siendo la calle más larga, era la menos poblada. En el siglo XVI, se instaló en la calle el convento de San Bernardo, bautizándola –para los restos– con el nombre del santo.

A partir de entonces Cabruñana quedó fuera de la muralla y reducida al trayecto, en pronunciada pendiente, desde la fuente de La Cámara al robledal del Carbayedo.

Calle Cabruñana, a mediados del siglo XX

  Cabruñana (Cabrunnana, Cabrugnana), para unos pertenece al grupo de topónimos asturianos de origen romano y para otros, el caso de Jorge Argüello en su libro ‘Abillés’, «puede haber obtenido su nombre del trabajo profesional relacionado con la manufactura de las pieles y del cuero» que se hacía en sus predios. En ella nacieron personajes como el obispo Fray Valentín Morán (1694-1766) o el militar Rodríguez de la Buria (1748-?).

Hoy es calle, con pocos restos del pasado, que se inicia compartiendo palacio de Maqua con La Cámara –eje comercial de Avilés– y asciende con cierta brusquedad, dejando a su izquierda un entronque moderno (calle Julia de la Riva) desde donde se atisba la plaza de Álvarez Acebal y parte de los notables edificios que por allí residen, como el palacio de Balsera, Escuela de Artes y Oficios, y Casa de Cultura.

Mural de Elisa Torreira.

La originalidad, actual, de Cabruñana se la da –desde 2003– el arte. Comienza la exposición, hacia la mitad de la calle, con la escultura ‘Al hombre que escucha la piedra’ de Ignacio Bernardo.

Luego en la parte llana y caminando en paralelo al hospital de Avilés –levantado entre 1920 y 1927, con planos de Manuel del Busto y Tomás Acha– comenzamos a ver (hasta siete) señales (zigzagueantes) distribuidas por el suelo de ambas aceras en forma de pequeños mosaicos de 0,40×0,40 cm. azules y blancos. Son preludios que anuncian el explosivo final artístico de la calle: un gran mosaico –de 11 x 5,5 metros– ‘sembrado’ allí por la artista Elisa Torreira.

Es el más sorprendente final de calle que conozco. O inicio, bien porque estés de vuelta de todo o, simplemente, porque viniendo del histórico Carbayedo quieres dejarte caer por la Cabruñana para aterrizar en el casco antiguo de la Villa.

Cabruñana y la Historia de Avilés fueron siempre ‘de la manina’. Cariñosamente hablando.

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Maqua, nombre de palacio en Avilés y en otros lugares, de calado, en la Ría
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Alberto del Río Legazpi | 05-05-2013 | 06:08| 3

Actualmente los palacios enclavados en el centro urbano de Avilés cumplen funciones totalmente alejadas de las de ser residencia familiar con el que fueron construidos por sus dueños. La excepción, ahora mismo, es el de Maqua (situado en la calle de La Cámara) la mayor parte de cuyas instalaciones llevan cerradas tres años.

En 1979, cuando se constituyeron los ayuntamientos democráticos, en Avilés  una de las más alabadas políticas, llevadas a cabo por diferentes gobiernos locales fue la de ir adquiriendo edificios de notable valor arquitectónico o histórico.

 El Ayuntamiento incrementó su patrimonio con inmuebles de excelente factura artística para darles uso público, al instalar en ellos diversos servicios municipales. De esta forma garantizó su supervivencia. Y los democratizó, por decirlo de alguna manera, al ligar el concepto de patrimonio con el de utilidad social.

Arias de la Noceda (en la calle Galiana) alberga los Servicios Sociales municipales, el de Victoriano Balsera el Conservatorio de Música, Valdecarzana es la sede del Archivo Histórico y el de Maqua también acogió servicios municipales.

Palacio de Maqua. Calle La Cámara.

Al comenzar el siglo XXI Camposagrado, en estado calamitoso, fue regenerado al convertirse en sede de la Escuela Superior de Arte del Principado de Asturias. Una operación en la que jugó un relevante papel el Ayuntamiento avilesino, como también lo hizo, aunque de otro modo, en la reconversión del palacio de Ferrera en un hotel de lujo.

Todos ellos –incluido el de García Pumarino, o Llano Ponte, que ya llevaba décadas dedicado a la exhibición cinematográfica– siguen ‘en activo’, excepto el de Maqua, como decía.

Maqua es apellido de origen navarro, que se diversificó por el mapa mundi y una de cuyas ramas tomó protagonismo social en Avilés cuando un Maqua, importante comerciante indiano, casado con mujer de familia noble, edificó su casa en la, entonces naciente, calle La Cámara (y ahí sigue, con un polémico añadido). Se trata de un edificio, donde destacan el generoso alero y un escudo relacionado con el marqués de Campoameno y González del Valle, familiares de la esposa de aquel Maqua.

Su nieto, el primer marqués de San Juan de Nieva (Francisco Javier de Maqua Pozo), fue quien encargó en 1855 la construcción de una casa-palacio, lindante con la anterior de su abuelo paterno. Es lo que hoy conocemos como palacio de Maqua y que atravesó por diferentes aventuras en cuanto a habitabilidad.

En 1923, el inmueble fue alquilado y convertido en sede de un conocido colegio religioso (‘El Santo Ángel’) hasta que en la década de los setenta, el Ayuntamiento (como quedó dicho) lo adquirió, llevando a cabo dos rehabilitaciones, una en 1983 y otra en 1997.

Pabellón de Maqua. Orillas de la Ría.

De marcado estilo neogótico, muestra hacia las calles de La Cámara y Cabruñana espléndidos miradores. En el patio interior, de tres alturas, las galerías lucen un labrado en madera (al igual que los miradores externos) extraordinario. Una labor artística, la del patio, que yo siempre conocí materialmente tapado por el venenoso  excremento de las palomas, al que parece que nunca se le puso remedio efectivo. 

 

Al margen de esto y en la margen derecha de la Ría, a finales del siglo XIX la familia Maqua, tuvo la propiedad de un pabellón de baños (en realidad un chalet y hoy en penosa ruina) conocido como de Maqua y que tuvo un efecto mágicamente terminológico. Dio nombre a todo lo que hay a su alrededor: un polígono industrial, una depuradora de aguas y hasta una marisma, que ya es decir.

El palacio, de la calle La Cámara, sigue sufriendo el bombardeo de palomas y gaviotas y encima le han aparecido humedades, en el momento más inoportuno ya que el Ayuntamiento lo ha puesto a la venta.

 Humedades y aves, ya ves. Si el conocido refrán dice que «quien con niños se acuesta, meado se levanta», no por desconocido ha de ser menos certero el que sentencia que «quien de palomas no se protege, ‘cagatus est’ amanece».

El palacio de Maqua está declarado, desde el 3 de octubre de 1991, Bien de Interés Cultural con categoría de monumento ¿A que dá cosa?

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Tomás Acha Zulaica, arquitecto de escuelas, hospital, casas y cosas
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Alberto del Río Legazpi | 28-04-2013 | 06:08| 8

En Arnao, concejo de Castrillón y comarca de Avilés, se recorta en el horizonte un original y legendario castillete minero de madera. Con paredes y zona superior revestidos de zinc, está diseñado por el arquitecto Tomás Acha Zulaica.

Emplazado al borde de un pequeño acantilado sobre la playa de Arnao, su silueta de aspecto nórdico se divisa perfectamente –una de las cualidades elementales para ser símbolo de algo es su visibilidad–  desde tierra, mar y aire.

Y hoy es un símbolo de muchos perendengues y por doble motivo. Por un lado, homenaje a la industrialización asturiana (fue la primera mina de extracción vertical de carbón de Asturias y además submarina) y pronto se abrirá como museo. Y por otro, porque es el buque insignia del Conjunto Histórico Industrial de Arnao, edificaciones de patrimonio que, ejemplarmente, el Ayuntamiento de Castrillón ha conseguido birlarle a la mediocridad y al óxido del tiempo. Dentro de ese conjunto patrimonial están incluidas las escuelas del Ave María, también diseñadas por el arquitecto Acha.

Tomás Acha Zulaica (Bilbao, 1876-Salinas, 1970) llegó para trabajar en la Real Compañía Asturiana de Minas en 1902. Se estableció en Salinas, casándose posteriormente con la corverana Mª Trinidad (‘Aminta’) Fernández-Blanco. Dejaron numerosa descendencia: ocho hijos, diecinueve nietos, unos cuarenta biznietos, y un número de tataranietos difícil de cuantificar. Yo conozco a uno de sus nietos: Javier Vallaure de Acha, embajador de España y ‘Sardina de Oro’ de Sabugo. Tanto él como su hermano Tomás (con quien mantengo correspondencia) veneran al gran patriarca.

Su abuelo desarrolló una labor frenética. Su trabajo no se limitó a la Real Compañía. Ya que fue autor de muchos y variados proyectos que van desde destacados casas particulares –un ejemplo es la casa número 97 de la calle Rivero– hasta panteones en el monumental cementerio municipal de La Carriona.

Pero de su numerosa obra, yo destacaría la que va unida a edificios destinados a funciones públicas. Es el caso del primer hospital moderno de Avilés, espectacular edificio que se alza en el barrio de El Carbayedo y que diseñaron, en 1920, entre Tomás Acha y Manuel del Busto (arquitecto, éste, del teatro Palacio Valdés).

Luego están los edificios dedicados a la enseñanza, en los que Acha se ‘especializó’, como las Escuelas Nacionales de Avilés, en terrenos que hoy ocupa la Casa Municipal de Cultura, las escuelas de Arnao (antes mencionadas) y la de niñas de Miranda.

Hospital de Avilés. 1927

Diseñó edificios y casas, ya digo, y le pasaron cosas. Por ejemplo que por negarse a dejar de vivir en Salinas, fue rechazado, dos veces, para optar a la plaza de arquitecto oficial del Ayuntamiento avilesino. Pero le crearon el puesto especial de arquitecto-consultor, porque era profesional de mucho fuste.

Adoraba Salinas (el balneario antiguo de madera, fue obra suya) y le gustaba mucho el cine, los pasteles de Galé y la comida de Casa ‘Lin’. Sus nietos le recuerdan, tocando el piano en su casa de Salinas, tocada –su cabeza– con txapela, mientras entonaba viejas canciones en euskera. Sentido ceremonial. Genio y figura.

Gran parte de su obra civil e industrial, desarrollada entre 1902 y 1960, la seguimos teniendo entre nosotros. Un privilegio.

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La Muralla, calle que surgió de las aguas
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Alberto del Río Legazpi | 21-04-2013 | 06:31| 10

 Hasta hace unos 150 años la población de Avilés estaba ‘colocada’, más o menos, así: la Villa, amurallada, sobre una colina y el pueblo marinero de Sabugo sobre otra. Y luego, encumbrados, los barrios de Rivero, La Magdalena, El Carbayedo y, coronando: Miranda.

 La Villa y Sabugo estaban unidas por un puente –a la altura del palacio de Camposagrado– que durante siglos fue de mírame y no me toques, y encima tan ahogado que apenas cabía una caballería con alforjas. Y aunque luego se modernizó, aquello no era plan, ya que Avilés se quedaba pequeño para una población en aumento, porque la industrialización ya se había instalado en Arnao, con la extracción de carbón y la fabricación de zinc. Y aunque la emigración, atizada por la miseria, se llevó a muchos a América, el progreso demográfico exigía un revolcón urbanístico.

Que se hizo soldando La Villa y Sabugo, previo traslado del puerto –una vez canalizada la Ría– y la construcción –en aquel lugar ocupado por muelles, aguas y marismas– de dos grandes espacios: el parque del Muelle y una plaza fetén.

 Cuando se construyó ésta Plaza Nueva (actual del mercado) se urbanizó sus alrededores y así fue como se prolongó la calle de La Cámara y nacieron la plaza de Pedro Menéndez y las calles de Rui-Pérez y La Muralla.

Puerto antiguo de Avilés (Dibujo de CÁSTOR)

 Esta última era conocida como ‘La de la Sal’ (ya que a su final estaban los alfolíes o almacenes de sal), y también como ‘Camino de Las Aceñas’ (por aquí se accedía a estos molinos, movidos por la fuerza de las mareas, que había en la zona donde luego se construiría la plaza Nueva).

Su primer nombre oficial fue ‘Alameda Nueva’ (pues existía la Alameda Vieja, que era la plaza, hoy popularmente conocida como ‘De la Pescadería’), posteriormente se la llamó La Muralla (porque iba en gran parte, paralela a la muralla medieval que se había derribado entre 1813 y 1821). Posteriormente, en 1892, se le puso Marqués de Teverga (cuya vivienda no era casualidad que estuviera al inicio de esta calle). Y mantuvo ese nombre hasta que, en 1979, se la volvió a renombrar como La Muralla.

 La calle transcurre por donde circuló el río Tuluergo que desembocaba en donde, durante siglos, estuvo el puerto de Avilés: al pie de la capilla de los Alas, de la iglesia de San Nicolás (hoy de ‘Los Padres’) y de la parte trasera del palacio de Camposagrado.

 Ya urbanizada, fue calle de mucho postín, que le procuraron su paseo del Bombé y negocios como el hotel-restaurante ‘La Serrana’ y los mejores cafés de Avilés: Colón e Imperial, ambos con privilegiada terraza en la primera planta. Así como casa Galé, local de espirituosos, que complementaba a su famosa confitería de La Cámara. Y comercios un tanto históricos como ‘La Parisien’ o ’El Puntillero’.

También de peluquerías muy populares: Chelona y Espolita. Y de la Comandancia de Marina (que estaba de madre que domiciliara aquí). Aparte de la farmacia Graiño, célebre en el norte de España, por sus pócimas milagrosas ‘made in Aviles’. O  Salat que hacía gala de exóticas conservas, difíciles de encontrar en otro lado, y también bacalao de las islas ‘Ferodes’ (sic).

Hubo muelle, hasta no hace mucho, de autobuses de transporte nacional e internacional -los famosos ALSA- pero los ‘cosmenautas’ fueron cambiados de estación a finales del siglo XX.

Esta de La Muralla, que fue calle -como se ve- de muelles, desemboca actualmente en la calle del Muelle, con un final visualmente espectacular: la cúpula del Centro Niemeyer, a uno de cuyos costados, está el muelle donde, actualmente, atracan los cruceros que meten al pasaje en el centro de la ciudad, a ‘turistear’.

Por su historia, aunque hoy su nombre suene a piedra, La Muralla siempre ha sido la calle más embarcada, por marinera, de Avilés.

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Aquella plaza de San Nicolás es, hoy, el trigémino histórico de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 14-04-2013 | 07:37| 8

En la villa amurallada y en tiempos medievales, había cinco calles. Las –hoy– de La Ferrería, El Sol, San Bernardo y La Fruta entonces dividida en dos: Cimadevilla y calle Oscura. Y tres plazas: Baragaña (al costado de la fachada de Valdecarzana que vierte a El Sol), la plaza de la Rúa Nueva o ‘de la Villa’ (hoy inexistente, estaba  situada en el entronque de La Fruta y El Sol) y, la plaza de San Nicolás delimitada, por la histórica iglesia de igual nombre (hoy conocida como ‘la de los Padres’) y La Ferrería.

Esta plaza –durante siglos llamada de San Nicolás fue, en 1920, rebautizada (vaya por Dios) con el nombre del alcalde Carlos Lobo– era la más importante, el centro dinámico de Avilés, por ser la antesala del puerto, situado a unos metros (durante siglos estuvo en la calle La Muralla), lo que la convertía en un zoco y lugar de transacciones.

Y también estaban aquí los alfolíes (almacenes de sal) que, aparte de ser inagotable fuente de riqueza –por su alto valor como conservante alimenticio– extendieron por los mares la fama de Avilés como uno de los puertos más importantes y salerosos de la costa norte atlántica europea.

En esta plaza, hubo mucho poder y también mucho difunto. Durante siglos, en sus predios, se reunieron mandamases religiosos y civiles, ya que la iglesia de San Nicolás de Bari, era la ‘catedral’ del alfoz avilesino y el Ayuntamiento se reunía –no busquen el chiste fácil– en el cementerio, que estaba junto a la capilla de Las Alas, hoy situada en un patio de luces lucido de gótico. Con tendales, eso sí.

Ya decía Cervantes que es ligero el tiempo y no hay barranco que lo detenga. Como al agua que manaba de la fuente de los Caños de San Nicolás, hoy desaparecida. Y si en otros lugares el tiempo confunde, en esta plaza funde. Porque contiene el pasado arquitectónico más remoto de Avilés (iglesia del siglo XII) a la vez que es plaza con vistas –en un ángulo que abarca desde el templo, románico, hasta la Casa, barroca, de Lobo– al presente más inmediato, a unos metros de distancia en el otro margen de la ría, de un complejo vanguardista de muchos pistones, diseñado por el famoso arquitecto Oscar Niemeyer. Es el lugar, del casco histórico, más cercano al nuevo espacio artístico.

San Nicolás, templo, tuvo protagonismo de vigía, pues desde su espadaña se oteaba el horizonte por ver si por la Ría aparecían piratas vikingos o árabes, buscando tomar Avilés al abordaje.

Y templo y plaza, fueron testigos de cargo, mediado el siglo XX, del nacimiento de una de las más grandes siderúrgicas de Europa. Precisamente en el edificio nº 29, de la calle Ferrería, que da a esta plaza (y en el solar donde estuvo la casa natal de Pedro Menéndez de Avilés, lo que son las cosas) se instalaron las primeras oficinas de aquella ENSIDESA. Y también al lado, en el nº 31, vivió el bendito filósofo, ‘maldito’ en España, Estanislao Sánchez-Calvo, muy leído en países centroeuropeos.

Y, en el nº 1 de la plaza fue donde nos nació la imprenta, en 1866, de la mano de Pruneda. En este mismo recinto, pero un siglo después, se inauguró un sofisticado café, ‘Dulcinea’, que marcó época en Avilés, ya que lo mismo servía cubatas, que despachaba debates culturales o música a la carta. Muy cerca del ‘Dulcinea’ y especializado en vinos y tapas de cecina y queso, estuvo el ‘Llagarón’ (1932-2007), un clásico, no tan finolis de modales y engalanado con tantos kilos de auténticas y vetustas telas de araña, que me siguen  asaltando dudas sobre la verdadera nacionalidad de ‘Spider-man’. Ambos locales (un episodio aparte) son muy añorados por generaciones de avilesinos.

Próximamente –con la iglesia limpia de polvo y paja, conventual– está a punto de incorporarse, a este paisaje impagable, otro edificio que, desde su fachada de La Ferrería, mirará hacia lo que hay aquí, porque este es el sitio ideal para explicar la historia local, que de eso va el contenido del Museo de la Historia Urbana avilesina.

Por sus tres elementos temporales: pasado, presente y futuro, la plaza [de Carlos Lobo] antigua de San Nicolás es, hoy, el trigémino histórico de Avilés.

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Las Naves de Balsera, atracadas en la Ría de Avilés desde 1910
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Alberto del Río Legazpi | 07-04-2013 | 07:08| 8

Llevan, en la margen izquierda de la Ría de Avilés, más de un siglo y están ligadas a aquella revolución de los muelles, cuando a las aguas se las hizo entrar en cauce.

Fueron construidas por Victoriano Fernández Balsera, comerciante de origen humilde, nacido en el barrio de Sabugo, en 1860, precisamente el año en que comenzó a canalizarse la ría, bajo la dirección del ingeniero y escritor ovetense, Pérez de la Sala.

Hombre muy avispado, Victoriano supo estar al loro y aprovechar la ocasión cuando –con la ayuda de su acaudalado cuñado, Antonio Gutiérrez Herrero– consiguió poner en marcha un pequeño comercio de ultramarinos. El tesón e inteligencia de Balsera para los negocios –aliados con circunstancias históricas, como la primera guerra mundial donde España, al ser neutral, abastecía a los dos bandos– hicieron el resto y lo convirtieron en el dueño de un emporio comercial.

Lo logró cuando, cumplidos los 48 años, adquirió terrenos de relleno entre la estación de ferrocarril, inaugurada en 1900, y los nuevos muelles de la Ría. Allí levantó unos grandes almacenes –conocidos como las Naves de Balsera– dedicados al comercio ultramarino de importación / exportación. Estaban estratégicamente situadas entre los dos grandes medios de transportes de la época, tren y barco. El sabuguero fue uno de los principales exportadores de España y de paso, como el que no quiere la cosa, internacionalizó el nombre de la Villa por medio mundo, pues todos los productos llevaban el sello del distribuidor: Balsera-Avilés-Spain. Chapó.

Sus naves –más de 3.000 m2 de superficie– tan ejemplarmente funcionales, tenían un elegante –infrecuente en arquitectura industrial– diseño arquitectónico, como aún se puede apreciar hoy, pese a su pochoso estado.

Pero a mitad de siglo cerraron. Y tuvieron usos diversos, incluso como contenedoras de banquetes como el servido, en 1952, por el restaurante madrileño ‘Jockey’, con motivo de la inauguración de Cristalería Española o –aisladamente– espectáculos culturales.

En Avilés, Balsera, tiene mucho eco. Si hablas de comercio ultramarino, él fue lo máximo en Asturias, incluso a nivel internacional, aparte de ser el segundo presidente que tuvo la Cámara de Comercio, después de Carlos Larrañaga. Y si lo haces del puerto, donde su negocio originaba gran parte del tráfico marítimo, baste con saber que fue el primer presidente de la Junta de Obras del Puerto. En cuanto al sector pesquero, cedió terreno, al lado de sus naves, donde se instaló la primera rula de pescado de la historia avilesina.

Victoriano Fernández Balsera y su nieta Carmina

En el aspecto urbano, Fernández Balsera es el nombre de una de las principales calles comerciales (claro) de la ciudad. Si hablas de patrimonio artístico, ahí está su palacio-vivienda (un episodio aparte) que también te remite a cultura porque, hoy, alberga el conservatorio municipal de música. Si lo haces de patrimonio industrial, sus naves son el no va más.

Nunca se atrevieron a desguazarlas porque, entre otras cosas, están catalogadas por Patrimonio. Pero como sigan poniendo la proa al abandono o se las lleva la marea o se  hunden ellas solas. Lo que sería un naufragio social imperdonable.

Envidia, tengo envidia –como canta Antonio Machín– de no poder contar, como Federico Fellini, aquello de ‘E la nave va’… porque estas de Balsera no están para muchos boleros, a pesar de que siguen siendo de película.

A mi también me gustaría creer –basándome en un bello poema recitado por el Nobel de Literatura, Seamus Heaney, en el Niemeyer y que recuerda Esperanza Medina en su blog– que hay cosas que jamás podrá llevarse la marea.

Por ejemplo, las Naves de Balsera.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta