El Comercio
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Bances Candamo, el más grande escritor de la historia de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 27-10-2013 | 09:11| 5

Misterio, secreto, sigilo, enigma, incógnita, ocultación. Son términos que ayudan a explicar las sombras que siguen rodeando la vida de este caballero avilesino. Su obra literaria está bastante más clara.

Es Bances Candamo, autor teatral, con especial dedicación a la dramaturgia. Le avalan veintitantos dramas –destacando ‘El esclavo en grillos de oro’– sin que ello le impidiese dedicarse, con reconocido éxito, al género lírico. Y un excelente poeta –en su tiempo el teatro se hacía, mayormente, en verso– que tenía una habilidad especial para la ironía rimada. Pero el estudio, detallado, de su obra será otro episodio aparte.

Francisco Bances Candamo (1662-1704)

Fue escritor de éxito, en Madrid. Sus obras, muy celebradas, lo llevaron a ser nombrado ‘Dramaturgo de Cámara del Rey’. Y tan apreciado que, se cuenta, que delante de su casa (en la calle de Alcalá de florista viene y va), altas instancias oficiales, ordenaron que se extendiera paja por el pavimento, al objeto de que el ruido de los carruajes, no distrajera la inspiración del autor en su creación literaria. Mola ¿eh?

Que tiempos aquellos. En el que un rey español (Carlos II) se rodeaba de intelectuales avilesinos: uno, Francisco Bances Candamo y otro, Juan Carreño Miranda, como su Pintor de Cámara. Un lobby avilesino, con tintes de Sabugo, donde ambos tienen calles, dedicadas, que se cruzan. Mira tú que curiosidad.

Pero cuando Bances estaba en la cumbre literaria oficial, de repente le vino el cataplum, y dio con él en funcionario de tesorería y administración, con destinos ambulantes por villas y villorrios del sur de España.

Con Bances, las incógnitas ya comienzan con su año de nacimiento, porque han desaparecido las páginas correspondientes en el archivo eclesiástico. Aunque se cree como más probable que fue 1662, el año en que Francisco Antonio de Bances y López-Candamo vino al mundo en el pueblo de Sabugo, muy cercano a la histórica y amurallada villa de Avilés.

Hijo de humilde sastre, fallecido joven, y tan menesteroso que fue ‘enterrado de limosna’. El óbito del alfayate trajo consigo la emigración forzosa de nuestro personaje, todavía un niño, a casa de parientes sevillanos. Y fue allí, en la tierra de María Santísima, cuando con el tiempo vería la luz su genio para el ingenioso arte del teatro versificado, que entonces -siglo XVII- ya estaba en crisis. Adviertan ustedes que no es un invento actual lo del aprieto teatral.

Calle Bances Candamo. Avilés

Gerardo Diego en su ‘Antología poética en honor de Góngora’ dice que: ‘Si queremos encon­trar un verdadero poeta en la época del último Austria (Car­los II), hemos de trabar conoci­miento con Bances Candamo. De los autores de teatro ‘postcaldero­nianos, es el más fino’.

El escritor avilesino Constantino Suárez ‘Españolito’, para quien Bances es una de las más altas y legítimas glorias puramente literarias de Asturias, escribe, sin citarlos –porque siguen en zona de sombra– acerca de ‘los puntos oscu­ros de su vida calamitosa y amar­ga’ y se refiere a la caída en desgracia, del sabuguero en la Corte madrileña como ‘el accidente’, que ‘Españolito’ achaca a rivalidades amorosas o peligrosas sátiras contenidas en los versos del poeta.

Se dice que cuando murió el rey de España, el comediógrafo quedó a merced de sus enemigos, que lo persiguieron hasta la muerte porque no le perdo­naron las burlas que –tanto en poemas como en comedias satíricas– les fue asestando en vida. Quizá un ripio lo llevó a RIP.

Avilés le tiene dedicada la calle donde nació, en el barrio de Sabugo, y la biblioteca municipal lleva su nombre. También una comedía de Bances Candamo, «El imposible mayor, en amor le vence amor», con música de Sebastián Durón, fue rescatada del olvido y escogida para la reinauguración del teatro Palacio Valdés, el 14 de noviembre de 1992.

Santiago García-Castañón

El escritor avilesino –enseñante en los Estados Unidos– Santiago García- Castañón, es un especialista en la obra de su paisano. El RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos) sacó a la luz dos comedias de Bances en ediciones de Santiago García-Castañón: ‘Sangre, valor y fortuna’ (1990) y ‘Por su rey y por su dama’ (1997). Y también, con motivo del tercer centenario de la muerte del dramaturgo y poeta, García-Castañón editó su ‘Poesía selecta’ (2004).

Bances Candamo es, por supuesto, personaje recomendable como autor literario. Pero para jóvenes licenciados en busca de una tesis doctoral de impacto, aquí tienen la ocasión de su vida, investigando la vida tan mal parada del literato asturiano del Siglo de Oro, degradado como personaje del mundo teatral español, reconvertido en funcionario del tres al cuatro y muerto, misteriosamente, en el pueblo albaceteño de Lezuza, a los 42 años de edad. Y no por navaja, herramienta tan típica de aquella hermosa tierra, parece ser que por veneno.

Así acabó la azarosa vida de un escritor de la Corte que compuso afilados versos de este corte:

‘Mi consuelo es que de mí

no ha de sacarme mi suerte;

el rey puede hacer hidalgos,

pero Candamos no puede.’

Ya ven que, aun siendo más reconocido como dramaturgo que como poeta, Bances Candamo hacía gala de un hábil manejo del bisturí satírico.

Nació pobre y murió igual.

Su existencia fue todo un entresijo teatral con mezclas imposibles tales como literatura y burocracia, chocolate y ajo, aceite y agua. Esta mezclas quiméricas señalan las dos épocas, tan distintas, en su vida. Vida que terminó, para su desgracia, en burocracia y ajo y agua.

La realidad, una vez más, superando a la ficción. Y, en este caso, con demasiada aflicción.

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“El Llagarón”, aquella famosa taberna que quedó varada en el tiempo
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Alberto del Río Legazpi | 20-10-2013 | 09:11| 5

Establecimientos titulados como Llagarón hay bastantes, incluso fuera de Asturias, pero como el de Avilés seguro que ninguno.

Al igual que ‘La Perla’ fue el chigre (allí frente al teatro ‘Campoamor’) más original de la capital del Paraíso Natural, ‘El Llagarón’ de Avilés, lo fue en taberna. Mal que les pese a las del Cimadevilla gijonés.

En el corazón del casco histórico avilesino, al lado de la iglesia medieval ‘De los Padres’, centro de gravedad histórico avilesino, estaba ‘El Llagarón’ uno de los más singulares recursos turísticos hosteleros de Avilés y últimamente –hasta su cierre en junio de 2007– de Asturias.

Había vinos con etiquetas de ‘puturrú de fuá’, inmaculadamente cubiertas algunas por telarañas, pero la clientela habitual –o los que habían sido iniciados– sabían que pedir un vino allí, era beber un rioja ‘Quinto año Berberana’, acompañado de cecina o de un, condenadamente sabroso, queso curado, de nueve meses y un día.

Desde que abrió –y lo estuvo durante 75 años– sus dueños fueron (padre e hijo) José Ramón Ovies Álvarez. Para la clientela: Ramón, a secas.

Ramón Ovies, último propietario de 'El Llagarón'

La historia comenzó cuando el padre, que había emigrado a Cuba –sabido es que los de Avilés no iban a America, marcando diferencias se decía que iban a La Habana– regresó con ‘los cuartos’ suficientes para montar un negocio en la Villa, donde se casó –con Purificación Álvarez– y puso en marcha, en 1932, ‘El Llagarón’.

Ramón, tenía la intención de montar una taberna, pero se lo impidieron las ordenanzas municipales que fijaban el número de locales de este tipo en relación con el número de habitantes (16.000 por entonces). Así que tuvo que ponerse a la cola, negociando entre tanto con comestibles y suministros de víveres y pertrechos para pesqueros vascos o gallegos, que descargaban en la rula local, entonces a un palmo de distancia de su tienda.

Fue en 1944 cuando consiguió una licencia de taberna mixta (tienda y despacho y consumición de licores), al tiempo que su hijo, Ramón, se incorporaba al negocio.

Y así entre unas cosas y otras, que hay que ver como pasa el tiempo, oye, nos plantamos en 1950, que fue cuando nos cayó ENSIDESA encima. Gran golpe del que, algunos creen, Avilés no se ha recuperado, todavía.

De repente todo cambió en la Villa, en todos los aspectos y a velocidades vertiginosas. Pero siempre hay excepciones a la regla, y ‘El Llagarón’ fue una de ellas. Y se quedó como estaba.

A partir de entonces, para la taberna, el tiempo lo fueron midiendo las telas de araña, una de las  señales de identidad de este local, cruce de chigre, llagar y bodega, que se quedó viejísimo de repente. Lo que lo hizo, automáticamente, famoso como testigo de una oferta hostelera y de sociabilidad, que ya no es de este tiempo, por no decir de este mundo.

Por no cambiar, ni los aseos lo hicieron, taza turca y papel de periódico, en vez de higiénico, sujeto por una punta clavada en la pared (‘la puga’), refrescado todo con olor a ‘zotal’.

Foto del 30 de junio de 2007, día del cierre. De izda. a dcha: J.M. Garcia 'Roxin', Vicente Gómez 'Tente', Benjamín Quirós, Alberto del Río, Armando Arias y J.L. Ibañez.

No era lugar de medias tintas, no. Tampoco es que generase amor u odio, pero si te gustaba, lo era a tope y si te disgustaba no volvías a entrar.

Para sus muchos tertulianos, era un sitio entrañable. Un eslabón perdido con multitud de cosas intactas: licores añejos, carteles de todo tipo, incluidos taurinos o del Real Madrid. También un sitio acogedor para quienes querían saber algo de como era un Avilés distinto al actual. Incluso llegó a tener su propio medio de comunicación: ‘Ecos del Llagarón’. Y premios con su nombre.

Lugar caliente de cotilleo. En algunos ambientes avilesinos se decía: «Si quieres información corta el pelo en El Gorrión, come en La Eritaña o toma un vino en El Llagarón»

‘La Perla’ aquel chigre de Oviedo igualmente desaparecido, y  esta taberna de Avilés, tenían una sola característica en común, aparte de su popularidad: no estaban a ras de suelo, o sea que no estaban al nivel, dicho sea en todos los sentidos. Porque por lo demás, a ‘La Perla’ para entrar, había que hacerlo descendiendo unos escalones. Al ‘Llagaron’ se subía, se ascendía.

Siempre hubo clases.

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Llano Ponte, o la pequeña historia de la calle más trajinada de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 13-10-2013 | 09:11| 7

Llano Ponte es calle que se inicia y termina en dos de los lugares más conocidos de Avilés: la ‘plaza del Pescado’ (o de la ‘Pescadería’) y ‘El Arbolón’, que así denomina el personal, respectivamente, a la plaza de Santiago López y a la zona donde se cruzan las calle de Llano Ponte y Gutiérrez Herrero. Aunque también es verdad que en la plaza, hoy ya no hay pescado, sino peaje gratuito al Centro Niemeyer; y que el Arbolón –un olmo negrillo de considerable envergadura– ya viejo y carcomido, lo remató un rayo, en 1974, y hoy da nombre a la zona donde estuvo plantado.

En 1852 ya se habían establecido, entre la calle Rivero y la ría avilesina, algunas fundiciones, por eso bautizaron la calle, en primera instancia, como ‘De la Industria’. Gran parte de los terrenos (la llamada ‘Huerta de los Ponte’) habían sido cedidos por la familia Llano Ponte, propietarios del palacio de ese nombre (también conocido como de García Pumarino), pero identificado popularmente –y lo que te rondaré morena– como ‘cine Marta y María’, aunque ya tampoco sea cine.

Edificio del antiguo cuartel de la Guardia Civil. También fue sede provisional de los servicios de Medio Ambiente municipales. En ese solar se levanta, hoy, un Centro de Salud, con aspecto de fortín.

El Ayuntamiento rectificó, agradecido por la cesión, y renombró en 1892, la calle como ‘Llano Ponte’. Posteriormente, con los años, se formarían la calle Palacio Valdés y las tres travesías (hoy calles de Pablo Iglesias, Libertad y Las Artes) que unen Llano Ponte con Rivero.

También fue lugar de mercados como ‘el de los gochos’ (aunque Palacio Valdés escribiese, con retranca, ‘que nunca vio, en su vida, un gocho en Avilés’). Y en 1921, cuando comenzó a funcionar, el tranvía eléctrico, que convirtió un solar de la calle en su central operativa.

Llano Ponte, que nació con la primera modernidad industrial de Avilés –la de mediados el siglo XIX– fue capital en la segunda, aquella del ‘boom ENSIDESA’. Por la calle circularon cientos de miles de camiones, que entraban y salían del puente de San Sebastián, con material para la construcción de la siderúrgica.

A partir de entonces, su función de circunvalación se vio ampliada, convirtiéndose el tráfico, endemoniado, en su mayor cruz. Su cara, fue ser protagonista del Seguro y la seguridad.

Porque aquí estaba el Ambulatorio, el primer gran centro local de la Seguridad Social, que atendía a miles de personas. Anteriormente, en los años 40, se había construido un edificio para cuartel de la Guardia Civil.

Derribo del ambulatorio de la Seguridad Social, un original edificio muy familiar para generaciones de avilesinos. A día de hoy, el solar que ocupaba sigue vacío.

Luego, un día, el cuartel fue derribado, por viejo, y allí quedó el solar asolado. Otro día, de diciembre de 2004, demolieron el ambulatorio central (más conocido como ‘el Seguro’) de Avilés y cuyo agujero, hoy, sigue allí cantando que se mata. Pero, la cosa sanitaria se ve que estaba latente, porque en aquel solar militar levantaron un centro de salud, eso sí con filosofía arquitectónica de fortín o bunker. Que cosa.

Llano Ponte tuvo tres locales clásicos hosteleros (la sidrería ‘Medero’, el bar ‘La Estaca’ y ‘Casa Cabrera’ y su recordado, por celebrado, ‘pixín alangostado’)

Hoy, la calle se inicia dejando a la izquierda la pasarela principal peatonal al Centro Niemeyer y a la derecha sigue luciendo un sensacional grupo de edificios de principios del siglo XX. Al avanzar cuenta con la bendición de una zona ajardinada antes de entrar en la zona más reciente, más angosta y más poblada.

No es calle del casco histórico –que en Avilés son, casi todas ellas, tan antiguas como el toser– pero si es la primera calle industrial de la historia local. Y hoy puede presumir de ir de vanguardia a vanguardia. Porque comienza en el acceso principal al Centro Internacional Oscar Niemeyer y termina en el Centro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE).

Arte de cabo a rabo ¿No?

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La plaza de La Merced, milagroso jardín cinematográfico
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Alberto del Río Legazpi | 06-10-2013 | 09:11| 3

Puede parecer cosa bíblica, pero no lo es. Me refiero a que la actual plaza de La Merced fue desde los tiempos de Maricastaña, el ‘Campo de Caín’.

Hasta que, allí, se construyó (siglo XVII) un convento llamado de La Merced, que tanto llamó la atención, por su tamaño, del ilustrado gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos. Y lo raro es que, siendo así, no le hubiese quedado ‘el conventón’. Pero bueno, oye… el caso es que en 1876 deja de ser edificio religioso y, a finales de siglo, derribado para alzar la nueva iglesia de Sabugo: Santo Tomás de Canterbury (o Cantorbery), consagrada en 1903.

Y luego entra el cine, invento que había llegado a la Villa en 1886, pero fue en 1905, cuando comenzó a proyectarse de forma más o menos regular, a dos pasos de la plaza de La Merced (calle Cuba) en el ‘Teatro-Circo Somines’ (1877-1937).

En 1909, con una de sus fachadas a la plaza de La Merced, abre sus puertas el pabellón ‘Iris’ que, aparte de varietés, ofrecerá cine hasta 1959.

Plaza de La Merced. Los números corresponden a la ubicación, en la plaza y aledaños, de los siguientes locales cinematográficos: 1) ‘Somines’ (a dos pasos de la plaza, en la calle Cuba). 2) ‘Iris’. 3) ‘Florida’. 4) ‘Clarín’. 5)’Almirante’ (a unos metros de la plaza, en calle Marcos del Torniello)

Observen la histórica aproximación –o cerco, según se mire o quien lo mire– de las grandes salas cinematográficas a la iglesia de la plaza. Porque este lugar, y proximidades, fue un jardín sembrado de creencias espirituales e ilusiones materiales. A mitad de siglo XX, existía en La Merced, la mayor concentración de cines, por metro cuadrado, conocida, incluido probablemente el dichoso Broadway de Nueva York.

Porque después del ‘Iris’ brotó, a un costado de la iglesia, el cine ‘Florida’ (1941-1983). Local, que a su cierre se dedicó a otros usos como discoteca, café e, incluso lugar de ‘alterne’, con señoritas de honra distraída. Fue demolido en 2006.

Dos pasos más atrás y en la esquina de las calles La Cámara y José Cueto, se situó el ‘Clarín’ (1949-1974), cine de sonados estrenos, de mucho postín con porteros de abrigo, charreteras y gorra de plato.

Finalmente surgió el ‘Almirante’ (1973-2002), a unos metros de la plaza de La Merced, en la calle de Marcos del Torniello, uno de los mayores salones de cine de Asturias, aunque con el tiempo fue reformado y redistribuido su espacio en cuatro minisalas.

El 'Iris', con la iglesia nueva de Sabugo al fondo.

Con el ‘Almirante’ parecía que había naufragado la cosa cinematográfica en La Merced, pero nanay. Porque, en la plaza, nacieron dos comercios con reminiscencias fílmicas: el Iris (joyería) y ‘Desayuno con Diamantes’ (cerró en 2011) negocio –titulado como la famosa película, interpretada por la británica Audrey Hepburn– dedicado a complementos glamurosos.

En fin, que los cines de la plaza de La Merced habrán deducido, allá en la gloria, que con la iglesia (Nueva de Sabugo) se toparon. Y que lo suyo no fue nada, si se compara con lo del cine ‘Canciller’, en Versalles (Avilés), que cerró en 1986, y en un pispás, el local se convirtió (en todos los sentidos) en parroquia del barrio.

Y esto son realidades históricas. Nada de películas ni cuentos chinos.

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El misterio de San Balandrán, en la Ría de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 29-09-2013 | 09:11| 11

El martes pasado, 24 de septiembre, la agencia France Press, informaba que una isla brotó súbitamente en el mar Arábigo, tras un violento terremoto en la provincia de Baluchistán, al sudoeste de Pakistán. Miles de personas lo observaban atónitos desde la orilla de la ciudad de Gwadar.

La noticia finalizaba informando que un suceso similar ocurrió, en ésta misma zona, en 1945.

Precisamente fue por aquel año cuando consta que ya no quedaban ni las raspas de una isla existente, en la Ría de Avilés y de superficie parecida a la pakistaní. Llevaba por nombre San Balandrán, al igual que el pequeño lugar de la margen derecha del estuario donde estaba plantada.

Isla de San Balandrán de Avilés. Dibujo de Ricardo García Iglesias.

Si la isla pakistaní llega a nacer en tierra de cristianos seguro que se hubiera  montado un pifostio mediático, de muchos perendengues, con algunos historiadores blandiendo el pendón de San Brandán, o San Borondón, o San Balandrán.

Porque una de las leyendas más famosas de la cristiandad, es la originada en torno a un obispo irlandés del siglo VI que realizó un viaje por mar dando lugar a una novela de aventuras, la ‘Navegación de San Brandan’, que a su vez hizo aparecer en varios mapas una imaginaria isla de San Brandán o San Borondón o San Balandrán. Según donde.

En Avilés, se han barajado teorías varias a propósito de cómo el topónimo San Balandrán ancló en la ria avilesina. Una de ellas sostiene que algún marino o monje de las islas de la Gran Bretaña –en algún viaje a la Villa asturiana– bautizó así a la isla y por extensión, a la pequeña playa que tenía enfrente. Esta teoría se apoya en el cosmopolitismo del puerto avilesino que, hacia el siglo XIV, llegó a ser el más importante del norte peninsular, comerciando con puertos ingleses y franceses. Por tanto era frecuente la estancia en Avilés de marinos y comerciantes de esas nacionalidades.

Tampoco falta quien se remonta al siglo VI para atribuir, directamente, el topónimo avilesino a los legendarios monjes navegantes.

El otro día, charlando con Ricardo García Iglesias –ingeniero industrial y capitán de Navío– y que es un pozo de sabiduría sobre los detalles de la Ría, me decía que un anciano del lugar le había comentado que el nombre de la isla venía de un barco, llamado San Balandrán que, a finales del siglo XIX, estuvo allí varado largo tiempo.

El caso es que el puerto de Avilés, en su cartografía del estuario nunca denomina a la isla como San Balandrán, sino como La Llera. Sin embargo el Ayuntamiento de Avilés si que reconoce el topónimo, dándole nombre de dos calles, ‘San Balandrán’ por la margen derecha de la Ría y ‘Playa de San Balandrán’ por la izquierda.

Por lo demás hay un San Balandrán, santo aragonés –de Basbastro, capital del vino somontano y cuna del fundador del Opus Dei– que no parece tener más fundamento que la leyenda o la tradición oral. También tenemos ‘La isla de San Balandrán’, una zarzuela citada por Palacio Valdés y ‘Clarín’ en alguna de sus obras.

Pero conviene dejar sentado que la isla avilesina lo fue a tiempo parcial, ya que un delgado istmo la unía a tierra firma. Únicamente en pleamares vivas (contados días al año) era una isla como Dios manda.

Playa de San Balandrán, hacia 1960. Foto José Ramón Álvarez

Desapareció entre 1941 y 1943, al comérsela la draga para ensanchar el canal de navegación de la Ría. Pero hoy sabemos, gracias a los cálculos y dibujo, del antes citado marino avilesino, Ricardo García Iglesias (hijo de Ricardo García Fernández ‘Rico’ extraordinario personaje del Avilés marinero) que la isla medía 130×56 m, con escasa vegetación: eucaliptos, tamarises, juncos, y un pequeño huerto de patatas. Y también hierba, porque las vacas pastaban en la isla, entrando y saliendo a diario.

O sea: una isla de andar por casa.

Lo que es imborrable, para generaciones de avilesinos, es la pequeña playa de San Balandrán, con su bosque, Club de Mar, aguas tranquilas y la aventura del transporte en barca motora, que zarpaba de la rampa del muelle local, frente a la casa Larrañaga, cruzando la Ría hasta los arenales.

A la playa la mató la contaminación de la difunta ENSIDESA. Y luego, mientras isla y lugar esperaban, en el limbo de los justos, que alguien documentase científicamente su nombre, vienen –quien quiera que sea– del Principado y derivan el topónimo a ‘Samalandrán’. Grotesca denominación que hoy ‘luce’ en las señalizaciones de tráfico.

Éramos pocos y parió el Principado, borrando de la historia avilesina, asturiana, española y europea a San Balandrán. No se como, pero habría que decirles que no pasarán.

Un respeto. Que tampoco es que esto sea Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Pero casi.

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Los Franciscanos abandonan Avilés, a donde habían llegado en el siglo XIII
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Alberto del Río Legazpi | 22-09-2013 | 09:11| 0

Explicar la historia de la villa de Avilés, sin que en ella no aparezcan los Franciscanos, es como pedirle cerezas a un magnolio.

Porque la famosa orden religiosa –fundada en Italia por Francisco de Asís– llegó a esta villa, entonces defendida por una muralla, en el siglo XIII. Los franciscanos solamente se instalaban en poblaciones muy destacadas (antes lo hicieron en Oviedo) y Avilés lo era, estaba protegida por un Fuero real y su puerto marítimo destacaba entre los del norte peninsular por su comercio con Francia e Inglaterra.

Se ubicaron, según su costumbre, en las afueras de la ciudad. En una colina boscosa muy próxima a la muralla, casi frente a una de sus puertas, la conocida como ‘La del Reloj’ (actual inicio de la calle deLa Fruta). De ahí, de construir en el pequeño alto, le viene lo de convento de San Francisco del Monte, actualmente iglesia parroquial de San Nicolás de Bari.

Convento San Francisco del Monte (S XIII) actual iglesia de San Nicolás de Bari

Desde allí, el convento y sus franciscanos –consta que en 1753, por ejemplo, tenía 46 frailes– fueron, cuando no protagonistas, testigos del transcurso histórico avilesino a lo largo de los siglos.

Yo lo veo, a éste edificio religioso, como un poderoso imán en torno al cual brotaron toda clase de milagros urbanos. Pongamos que hablo del siglo XVII.

Fue por entonces, cuando entre al convento y la muralla, nació una nueva plaza (el actual ‘Parche’ o plaza de España) y en ella tres palacios y dos calles soportaladas.

Y a los pies del monasterio rompió aguas una fuente de seis caños, un prodigio de simetría arquitectónica y de vitalidad urbana.

Por las mismas también comenzó a crecer, prácticamente delante de las narices del convento, un maravilloso estuche formado por arcos de piedra que contenían la calle conocida como Galiana, que llegaba hasta la zona alta de Avilés, en el bosque del Carbayedo, arrabal donde estaba la ermita de San Roque y hoy está plantado ‘Jesusín’ de Galiana.

Los franciscanos han estado alrededor de ochocientos años en Avilés, excepto un paréntesis de ochenta y cuatro, ya que en 1835 tuvieron que marcharse, a raíz del decre­to de exclaustración de todas las órdenes religiosas (suceso conocido como ‘Desamortización de Mendizábal’)  volviendo en 1920, pero a la iglesia de la calle La Ferrería.

A este, su nuevo destino, el edificio más antiguo de Avilés, se le conoce desde entonces, sencillamente, como la iglesia de ‘Los Padres’. Unos clásicos en la historia local, los franciscanos.

En aquel lapso de tiempo, con los frailes exclaustrados, las autoridades habían ordenado (en 1849) permutar el convento franciscano –que quedó convertido en sede parroquial de San Nicolás de Bari– por la iglesia tradicional que había venido ejerciendo esa función desde el siglo XII y que se había quedado pequeña para los muchos fieles que había en el siglo XIX. Hoy, en el XXI, se queda pequeña de fieles. Y también de frailes.

Su sello también queda en el portentoso lugar (por sus importantes descubrimientos arqueológicos) de Raíces, en Castrillón, donde un restaurado eremitorio medieval da fe.

Antigua iglesia de San Nicolás de Bari (S XII), actualmente conocida como 'La de los Padres Franciscanos'.

Otro ejemplo de huella inagotable: Una de las calles más espectaculares de Avilés está rotulada como San Francisco. Es monumental por sus columnas y edificios, y la única que mantiene –en el casco histórico– soportales continuados en toda su extensión, en la acera de la derecha.

En la acera izquierda ‘solo’ hay un palacio de dos escudos, hoy con cinco estrellas. Luego una fuente increíble, bautizada como la de Los Caños de San Francisco, uno de los iconos de la ciudad. Y finalmente, una vieja iglesia, fundada como convento franciscano en el siglo XIII, y hoy reconvertida en parroquia. Una calle de cine, ésta de San Francisco (referencias: Woody Allen o José Luis Garci, por ejemplo).

Hablando de calles avilesinas, dice la conocida copla: «Calle la del Rivero / calle del Cristo/ la pasean los frailes/ de San Francis­co».

Pues a ver como arreglamos la canción. Porque ahora, los frailes de San Francisco ya no pasearan más, ni por la calle de Rivero, ni por la ribera de la Ría. Que los mandan a paseo. A Galicia, nada menos.

Llegaron hace unos ocho siglos y eran los únicos franciscanos que quedaban en Asturias. Por eso y aunque tenga un sentido lógico su marcha –tal y como van de despeñadas las ideologías– no deja de ser, históricamente al menos, una marcha muy sentida.

Digo.

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Un palacio de novela, donde se proyectaron miles de películas
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Alberto del Río Legazpi | 15-09-2013 | 09:03| 2

Avilés no es que ‘sea solo un pueblo de indianos’ como afirma –con tintes despectivos– Luis Morote (1862-1913) en su publicación ‘Una mina bajo el mar’. Lo que si es cierto es que Avilés es villa con tradición indiana.

Hubo un tiempo, entre siglos XIX y XX, en que la sangría de la emigración (miles y miles de jóvenes huyendo hacía el Nuevo Mundo, que era América) producto de la pobreza que había en Asturias, trajo más tarde el regreso de indianos (alguno de aquellos emigrantes que hicieron fortuna) que se implicaron en la reforma urbana de Avilés y en su industrialización.

El indiano cuando regresaba se hacía construir una gran y ostentosa casa, símbolo público de su triunfo, plantando una palmera en sus aledaños, todo un símbolo vegetal que indicaba donde se había trabajado ese triunfo.

Uno de los primeros –y ya hay que retroceder al siglo XVII– indianos que tuvo Avilés, y Asturias, fue Rodrigo García Pumarino (Pumariño, escriben otros).

Rodrigo nació en el año 1643 casi ‘a la vera del Cabu Peñes, xunto la mar’ como canta la habanera, en el lugar conocido como Pumarín, entre los pueblos gozoniegos de Vioño y Manzaneda. Puede que Rodrigo García fuese pumarino, porque antes los apellidos eran cosa del capricho, la veneración o una indicación geográfica de nacimiento.

Aunque de familia campesina con posibles, Rodrigo se marcho de muy joven, con su hermano mayor Fernando al Perú, nada menos. Y en Lima vivió treinta años. Regresó a Asturias, en 1688, junto con dos hijos de su fallecido hermano. Y con doblones, con muchos doblones.

Al principio se estableció en su Pumarín natal, reparando y ampliando la casa solariega, pero las malas relaciones con otra familia pudiente de la zona (los Valdés-Coalla) lo decidió a establecerse en Avilés, donde construyó, en 1700, un palacio próximo –nada menos– al del marqués de Ferrera y al municipal, los dos poderes reales del Avilés de aquel momento.

Lo diseñaron los mejores arquitectos asturianos de la época, los avilesinos Menéndez Camina, autores de relevantes obras arquitectónicas, por ejemplo en Avilés: la fachada sur de palacio Camposagrado; y en Asturias la capilla de Santa Eulalia, en la catedral de Oviedo.

El palacio, levantado en una finca que llegaba hasta la actual calle de Llano-Ponte, tenía un patio interior rodeado por estancias de dos pisos. Otra singularidad es que tenía capilla abierta al público. Poco disfrutó de todo esto el indiano, que falleció en 1706.

Sus herederos permutaron la mansión, recién construida, con una casa que la familia Llano-Ponte tenía en Sabugo y que todavía se puede ver: es la número 20 de la actual calle de La Estación. A esta familia perteneció el obispo avilesino Juan Llano Ponte quien, en 1795, costeó el alcantarillado de ese tramo de Rivero, suprimiendo de paso algunos soportales que estrechaban en exceso la calle impidiendo el tránsito de su carroza.

Con los años el palacio fue decayendo como vivienda y cumplió otros cometidos: primero como colegio (‘El Liceo Avilesino’), luego convento (de monjas carmelitas) y finalmente sala cinematográfica, en 1949, que funcionó hasta principios de septiembre de 2013.

Este palacio es el colmo de la inspiración encadenada, pues sus arquitectos se inspiraron en el Ayuntamiento para construirlo; más tarde al escritor Armando Palacio Valdés (Laviana, 1853 – Madrid, 1938) el edificio inspirole para escribir su novela ‘Marta y María’ y finalmente a la propiedad de la mansión la influyó esta novela hasta el punto de bautizar con su título la sala del negocio cinematográfico.

Quien le iba a decir a Rodrigo que su palacio terminaría siendo el último cine público urbano que quedaba en Avilés. Visionar algunas películas allí era la pera, por ejemplo yo vi ‘Il Gattopardo’ de Visconti. Aquello fue un sándwich de imaginaciones tremendo: El barroco cinematográfico italiano, basado en novela de Lampedusa,  proyectado en un palacio barroco de Avilés.

Pero del palacio solo dejaron la fachada, interiormente lo vaciaron totalmente para instalar una gran sala con butacas, mira tu. Aquello fue una barbaridad ética y estética y si no vean la foto que acompaña este escrito, para hacerse una idea de la calidad del interior. Lo poco que se salvó fue el retablo de la capilla, que se encuentra en la casa-palacio de Manzaneda, según tiene escrito Enrique Tessier.

Y así son algunas cosas, oiga, y lo demás son películas. Fueron, mejor dicho, películas que amueblaron sueños. Y los sueños, películas son.

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Casco Histórico de Avilés ¿Patrimonio de la Humanidad?
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Alberto del Río Legazpi | 28-07-2013 | 09:14| 19

Avilés que tiene gran calidad patrimonial ¿tendrá madurez, política y social, para intentar acceder a esta categoría mundial?

Hace siete veranos Armando Sirvent Palacio-Valdés, biznieto de Armando Palacio Valdés y residente en Copenhague, me envió un reportaje publicado, el 17 de Febrero de 2005, en el ‘Berlingske’, periódico danés, sobre Asturias y que terminaba tal que así: «Y Avilés, por donde mucha gente pasa de largo pensando que es una pesadilla industrial a causa de las vistas desde la autopista, tiene un centro de la ciudad que es un perla, y que un día será nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO»

El ‘Berlingske’ no es un diario cualquiera. Es un medio muy respetado, en Europa, por su rigor y seriedad informativa, aparte de ser uno de los diez periódicos más antiguos de mundo.

Y ésta, del Casco Histórico de Avilés como Patrimonio de la Humanidad, es una cuestión que, algunos, hemos planteado en el pasado.

Por ejemplo Carlos Ferrán Alfaro, arquitecto del Plan Especial del casco histórico avilesino, que había sido premiado anteriormente por su Plan Especial de reforma interior de Alcalá de Henares, ciudad que posterior­mente fue declarada por la UNESCO ‘Patrimonio de la Humanidad’.

Ferrán, afirmaba que ‘en algunos aspectos, el casco histórico de Avilés tiene incluso más importancia que el de Oviedo’. Y argumentaba que la Villa avilesina estaría en condiciones de ser declarada, por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad, como Alcalá de Henares o Salamanca, porque ‘si bien Avilés no tiene tantos monumentos como estas dos ciudades, su núcleo histórico cuenta con mayor extensión y una mejor configuración’

Gran parte del casco antiguo de Avilés, está declarado desde 1955, por el Estado español, ‘Conjunto Histórico Artístico’, y de él siempre ha sido un admirador Federico Mayor Zaragoza, destacada personalidad internacional que, entre otras cosas, fue Director General de la UNESCO desde 1987 a 1999

En una su visita suya (en 2001) y durante una comida en Salinas, le preguntamos abiertamente sobre las posibilidades que tendría Avilés para acceder al máximo título internacional en materia patrimonial. Sorprendentemente afirmó que nuestras posibilidades no eran remotas, como muchos podrán pensar, exponiendo luego la filosofía que utilizaba UNESCO para la concesión de estos galardones.

De su explicación saqué en consecuencia que la opción de Avilés se aglutinaría, sobre todo, en torno a nuestra ‘ciudad barroca’: un conjunto, urbanísticamente articulado, de cuatro palacios y dos calles (Rivero y Galiana).

Por todo lo cual, vengo en dar a preguntar: ¿Porqué demonios no se plantean las autoridades locales ésta cuestión o sea el inicio de trámites -y las acciones necesarias- para solicitar, a la UNESCO, la candidatura de Avilés a ser Patrimonio de la Humanidad?

¿Qué tenemos que perder?

En la vida, en la política, una pizca de osadía puede tener consecuencias grandiosas. Ocurre pocas veces, pero ocurre. Aunque para eso, antes hay que atreverse, hay que dar la cara, hay que osar. O sea.

 

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Salinas playa querida, Salinas de mis amores
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Alberto del Río Legazpi | 21-07-2013 | 09:11| 1

En asuntos playeros, es Castrillón quien tiene el protagonismo en la cosa comarcal avilesina. Y en su costa deslumbra Salinas, que parece un reportaje del National Geographic, sembrada de paseos, chalés, gauzones, anclas, surfistas y dunas.

Salinas está en el centro de un aspa que va de La Peñona al Peñón de Raíces. Y de ‘Las Conchas’ (restaurante) a San Martín de los Pimientos.

Tantas veces mostrada fotográficamente desde el aire (Nardo Villaboy, mayormente) –que es desde donde mejor se aprecia su magnitud en la zona marítima asturiana– Salinas es como una enorme V, un vector, que se va afilando hacia el oeste hasta irse al Cuerno (playa) para terminar esfumándose por un túnel que la une con Arnao.

Al otro lado del túnel está El Dólar (playa también) que es terreno capital (y nunca mejor dicho) de la Real Compañía Asturiana de Minas, histórica empresa pionera en la industrialización avilesina y quien hizo posible la gran población, al construir –en aquella pequeña aldea al lado del mar, llamada Salinas y no se sabe ciertamente el porqué del topónimo– casas para sus directivos en la fabricación del zinc.

Y si la Real Compañía la comenzó, luego vinieron los tranvías –el de vapor, o sea ‘La Chocolatera’, y el eléctrico, que incluso coincidieron años funcionando conjuntamente– que llevaban gente bien a los balnearios, bien a los que buscaban baños de ola, pecadores ellos, sin recato de techo alguno. Y también surgieron los hotelitos, de los profesores universitarios de Oviedo (¡Vade retro Gijón!) y su Colonia veraniega de estudiantes. Hasta que la llegada de ENSIDESA y compañía, la convirtió en privilegiada ciudad-dormitorio de Avilés.

En este punto, su desarrollo fue meteórico y ahí resuena Treillard , restallante apellido histórico local, uno como hotelero fundador de balnearios y otro como alcalde. Y éste, en la segunda mitad del siglo XX, empezó a urbanizar a todo trapo y tanta marcha cogió que se pasó veinte estaciones con más de cuatro Gauzones.

Por entonces, Salinas era el discreto encanto de la burguesía, pero sin la acidez de Luis Buñuel. Al otro extremo San Juan –con una contaminante factoría química del año catapún al lado– tenía acidez en el medio ambiente. Era playa de clases medias avilesinas y también bajas, que venían de Oviedo en trenes especiales. Apurando se podría decir que a San Juan, mayormente, iba la base y a Salinas los de lavase y peinase. Cosas de la coña marinera.

Es famosa por su espectacular playa (la más concurrida de Asturias, junto con la de Gijón), su magnífico paseo marítimo o el Museo de las Anclas, ocurrencia de Agustín Santarua. Lo que ya no es de tanto conocimiento son sus cuidadas y arboladas calles, con profusión de espléndidas viviendas de variadas arquitecturas (es el Biarritz asturiano), ni tampoco su condición de pionera centenaria en el turismo regional con aquellos espectaculares Balnearios y Naútico. O la esforzada por preservar su imponente conjunto dunar de El Espartal, hoy declarado monumento natural.

Cuando los técnicos juegan a los diques en San Juan de Nieva, la mar se cabrea y se lleva por delante el triunfal paseo marítimo de Salinas. Pero se repone.

Y cuando no es el paseo, la mar rizada la deja calva de arena. Pero le termina creciendo o termina poniéndose una peluca alquilada en Cabo Vídio.

Porque no hay quien pueda, no hay quien pueda, con Salinas marinera. Marinera y pecadora (sic), no hay quien pueda, por ahora.

Corto y cambio, para citar a José. M. Castañón en su obra “Mi padre y Ramón González de la Serna”): «Una nostalgia pasmosa me aprieta en estos momentos. Aquel Salinas, me inquieta al saber que sigue viviendo tan verde, tan marítimo…»

Sabía que Salinas es la mar del verde.

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Literatura de Armando Palacio Valdés que fue llevada el cine
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Alberto del Río Legazpi | 14-07-2013 | 09:29| 1

El cine y Armando Palacio Valdés tuvieron –no se si decir tienen, porque en una de éstas igual le da un pronto a Pedro Almodóvar y adapta una obra del escritor asturiano– un idilio que, casi, no tiene parangón en la historia de los autores clásicos españoles.

Porque si exceptuamos a Blasco Ibañez (con 16 adaptaciones cinematográficas) y Pérez Galdós (con 14), luego viene el autor asturiano.

Son trece, las películas basadas en la obra Palacio Valdés. Y además con dos singularidades: que ‘La Hermana SanSulpicio’ (obra que tanto sofocaba, literariamente, a Pío Baroja, de igual manera que éste escritor vasco ponía de los nervios a Francisco  Umbral) fue llevada en cuatro ocasiones a la gran pantalla. Un récord en el cine español.

La otra, particularidad, es que dio su aprobación para que una jovencísima Magdalena Nile del Río,  debutase cinematográficamente, en la primera de las cuatro versiones de esa película, con el nombre artístico de Imperio Argentina, naciendo así uno de los mayores mitos de la canción española. Pero esto de la San Sulpicio, el autor asturiano y las folklóricas españolas es episodio aparte.

El enamoramiento entre el cine y Palacio Valdés se inició 1925, cuando las películas aún no tenían sonido, con el estrenó de ‘José’ . Desde entonces y hasta 1971, se realizaron trece adaptaciones de nueve de sus novelas: cuatro versiones (una muda y tres sonoras) de ‘La Hermana San Sulpicio’ (una de ellas con el título de ‘La novicia rebelde’), dos de ‘Santa Rogelia’ (una con el título de ‘Rogelia’). Y una de: ‘José’, ‘La aldea perdida’ (con el título de ‘Las aguas bajan negras’), ‘El señorito Octavio’, ‘Sinfonía pastoral’ (con el título de ‘Bajo el cielo de Asturias’, ‘Los majos de Cádiz’ (con este título y también con el de ‘La maja de los cantares’), ‘Tiempos felices’ y ‘La fe’.

Entre los actores que protagonizaron dichas películas, están algunos de los, hoy, clásicos de la historia cinematográfica, teatral y música ligera española: Fernando Fernán Gómez, Miguel Narros, Fernando Rey, Julia e Irena Caba Alba, Amparo Rivelles, Imperio Argentina, Carmen Sevilla, Rocío Dúrcal, María Dolores Pradera, etc.

Como curiosidad, adicional, y para no perder la armonía, decir que el autor de la banda musical de una de sus películas es el gran compositor andaluz Joaquín Turina. Y en otra canta Junior, al que algunos lectores recordarán.

Las novelas de Palacio Valdés, por su temática popular y estilo narrativo eran muy apetecidas para directores y guionistas cinematográficos españoles, pero el autor asturiano no pudo llegar a Hollywood como era su deseo, a pesar de que tuvo conversaciones, al respecto, con la productora norteamericana Fox. Lo que le disgustó, pues vio que lo había conseguido Vicente Blasco Ibáñez con la adaptación de ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis’, que además supuso el lanzamiento del ‘sex symbol’ Rodolfo Valentino. Pero al universal escritor asturiano, y sin Hollywood que valga, nadie le quita su protagonismo en el lanzamiento mundial de Imperio Argentina, cantaora, bailarina y actriz, tan destacada que fue la segunda artista en actuar en el Carnegie Hall de Nueva York.

También hay que decir que hay dos películas, de Palacio Valdés, que reflejan la temática industrial asturiana. Una es ‘Las aguas bajan negras’, basada en la novela ‘La aldea perdida’, obra que constituye una denuncia contra el progreso brutal que destrozaba la Arcadia feliz de los pequeños pueblos asturianos. Quien le iba a decir, a Palacio Valdés, que hoy las aguas ya no bajan negras, y no por una cuestión de concienciación ecológica de aquí, sus paisanos. Sino porque cerraron las minas, lo que viene a ser una tragedia, en sentido inverso al denunciado por el autor lavianés-avilesino.

Por cierto que ‘Rogelia’, dirigida por Rafael Gil en 1968, se rodó en la factoría avilesina de ENSIDESA, cuando la empresa siderúrgica estaba en su apogeo. Otro caso, este de la industrialización de Avilés, que para algunos fue el final, dramático, del  ‘dolce far niente’ de la histórica Villa.

Menuda película ésta.

 

*A continuación se ofrecen las fichas técnicas de las películas basadas en obras de Armando Palacio Valdés:

JOSÉ. España, 1925.

Director: Manuel Noriega. Producción: Cartago Films

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés

Guión: Carlos Primelles. Fotografía: José María Beltrán. Decorados: Antonio Sánchez

Intérpretes: José Ballester, Vicente García, José Gaspar, Javier de Rivera, Ramón Meca, Manuel Miranda, Carmen Ortega, Carmen Rico, Enriqueta Soler, Dolores Valero, Antonio Zaballos.

Estreno: 22 de febrero de 1926. Madrid. Real Cinema Príncipe Alfonso

 

LA HERMANA SAN SULPICIO. España, 1927.

Director: Flo­rián Rey. Producción: Perseo Films.

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés

Guión: Florián Rey. Fotografía: José María Beltrán. Decorados: José María Torres

Intérpretes: María Amaya, Imperio Argentina, Erna Bécker, Carmen Fernández, Guillermo Figueras, Ramón Meca, Ricardo Núñez, Carmencita Poujade, Modesto Rivas, Evaristo Vedia.

Distribución: Unión Cinematográfica Española. Estreno: 13 de febrero de 1928. Madrid. Palacio dela Música

 

LA HERMANA SAN SULPICIO. España,1934

Director: Florián Rey. Producción: Cifesa

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés

Guión: Florián Rey. Fotografía: Enrique Guerner, Carlos Pahisa. Música: Joaquín Turina

Intérpretes: Anita Adamuz, María Anaya, Imperio Argentina, Nicolás Díaz Perchicot, Cándida Folgado, Rosita Lacasa, Miguel Ligero, Luis Martínez Tovar, Mari Paz Molinero, Pilar Pomés, Emilio Portes, Olga Romero, Salvador Soler Mari, Enrique Vico

Distribución: Cinexport. Estreno: 18 de octubre de 1934. Madrid. Cine Rialto

 

SANTA ROGELIA. España-Italia.1939.

Dirección: Edgar Neville, Roberto de Ribón y Carlo Borghesio.

Producción: Producciones Hispánicas (España) y Safic (Italia)

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés

Guión: Edgar Neville y Roberto de Ribón. Fotografía: Francesco Izzarelli, Jan Stallich

Decorados: Guido Fiorini. Montaje: Mario Bonotti. Música: Federico Moreno Torroba

Intérpretes: Irene Caba Alba, Rafael Calvo, Emilio García Ruiz, Juan de Landa, Germana Montero, Mimí Muñoz, Luis Peña, Pastora Peña, Rafael Rivelles, Porfiria Sanchis.

Distribución: Industrie Cinematografiche Italiane

 

LA MAJA DE LOS CANTARES. Argentina, 1946. (En España comercializada como LOS MAJOS DE CÁDIZ)

Dirección: Benito Perojo

Argumento: Basada en la novela ‘Los majos de Cádiz’ de A. Palacio Valdés

Guión: Pascual Guillén. Fotografía: Antonio Merayo. Escenografía: Guillermo López Naguil. Vestuario: Federico Ribas. Montaje: Jorge Gárate. Música: Guillermo Cases

Intérpretes: Imperio Argentina, Mario Gabarrón, Amadeo Novoa, Chita Soto, María Luisa Ortiz, Enrique San MiguelVicente Ariño, André Barretta (h), Laberinto y Terremoto, Gema Castillo

Distribución: Cinenacional. Estreno: 5 de julio de 1946

 

LA FE. España, 1947.

Director: Rafael Gil. Producción: Suevia Films

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés

Guión: Rafael Gil. Fotografía: Alfredo Fraile. Decorados: Enrique Alarcón. Montaje: Sara Ontañón. Música: Manuel Parada

Intérpretes: Fernando Aguirre, Pablo Álvarez Rubio, Ángel de Andrés, Manuel Arbó, Irene Caba Alba, Ricardo Calvo, Félix Dafauce, Rafael Durán, Juan Espantaleón, Félix Fernández, Fernando Fernández de Córdoba, José Franco, Camino Garrigó, Casimiro Hurtado, Julio Infiesta, Julia Lajos, Candida Losada, Guillermo Marín, Arturo Marín, Carmen Ortega, José Prada, Amparo Rivelles, Carmen Sánchez, María Victorero

Distribución: Suevia Films-Cesáreo González. Estreno: 22 de octubre de 1947. Madrid. Palacio dela Música

 

LAS AGUAS BAJAN NEGRAS. España, 1948.

Director: José Luis Sáenz de Heredia. Producción: Colonial Aje

Argumento: Novela ‘La aldea perdida’ de Armando Palacio Valdés

Guión: Carlos Blanco Hernández y José Luis Sáenz de Heredia. Fotografía: José Fernández Aguayo, Alfredo Fraile, César Fraile. Decorados: Luis Santamaría

Montaje: Julio Peña Heredia. Música: Manuel Parada

Intérpretes: Carlos Agosti, Pablo Álvarez Rubio, Mario Berriatúa, Tomás Blanco, Julia Caba Alba, Raúl Cancio, Guillermo Cereceda, Mary Delgado, Félix Fernández, Fernando Fernández de Córdoba, Charito Granados, Alfonso Horna, Rufino Inglés, José Jaspe, José María Lado, Luis Pérez de León, Elisa Méndez, Antonia Plana, Adriano Rimoldi, Antonio Riquelme

Distribución: Ballesteros. Estreno: 28 de octubre de 1948. Madrid. Cine Avenida

 

EL SEÑORITO OCTAVIO. España, 1950.

Director: Jerónimo Mihura. Producción: Emisora Films

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés

Guión: Antonio Abad Ojuel, Miguel Mihura. Fotografía: Federico G. Larraya, Georges Périnal, Decorados: Juan Alberto Soler. Montaje: Antonio Isasi. Música: Ramón Farrés.

Intérpretes: Enrique Aycart, Tomás Blanco, Adrián Caramillo, Elena Espejo, Ricardo Fuentes, Montserrat García, Camino Garrigó, Pepito Goda, Carmen Llanos, Mery Martín, Pedro Mascaró, Conrado San Martín, Eugenio Testa, Rosita Valero

Distribución: Hispano Fox Films SAE. Estreno: 27 de julio de 1950. Madrid. Cine Coliseum

 

BAJO EL CIELO DE ASTURIAS. España, 1951.

Director: Gonzalo Pardo Delgrás. Producción: IFI

Argumento: Novela ‘Sinfonía Pastoral’ de Armando Palacio Valdés. Guión: Manuel Bengoa y Margarita Robles. Fotografía: Pablo Ripoll. Montaje: Ramón Quadreny.

Música: José María Torrens

Intérpretes: Isabel de Castro, Alfonso Estela, José Luis González, Soledad Lence, Luis Pérez de León, Silvia Morgan, Augusto Ordóñez, Carlos Otero, José Ramón Giner, Carlo Tamberlani, María Zaldívar

Distribución: Ifisa. Estreno: 30 de julio de 1951. Madrid. Cine Colise

 

TIEMPOS FELICES. España, 1951.

Director: Enrique Gómez. Producción: Dayna Films

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés. Guión: Emilio Castro, Enrique Gómez, Luis María Delgado y José Ochoa. Fotografía: César Fraile

Decorados: Eduardo Torre de la Fuente. Montaje: José Antonio Rojo. Música: Juan Durán Alemany

Intérpretes: Fernando Aguirre, Antonio Albert, Carlos Alonso, Ángel Álvarez, Margarita Andreu, Antonio Pérez Juste, Manuel Arbó, Rafael Bardem, Carlota Bilbao, José Burgos, Paquito Cano, Julita Castellanos, Matilde Conesa, Rafael Cortés, María Dolores Pradera, Ramón Elías, Emilia Escudero, Fernando Fernán-Gómez, Casimiro Hurtado, Rufino Inglés, José Luis Alonso, Manuel de Juan, Amparo Martí, Carmen Moya, Miguel Narros, Francisco Pierrá, José Prada, Manuel Requena, Manuel San Román, Emilio Santiago, José Vivó, Xan das Bolas

Distribución: Universal Films Española. Estreno: 26 de octubre de 1950. Barcelona. Cine Fantasio

 

LA HERMANA SAN SULPICIO. España, 1952

Director: Luis Lucia, Producción: Benito Perojo

Argumento: Novela homónima de Armando Palacio Valdés

Guión: José Luis Colina, Manuel Tamayo. Fotografía: Antonio López Ballesteros

Montaje: Antonio Ramírez de Loaysa. Música: Juan Quintero

Intérpretes: Ana de Leyva, Julia Caba Alba, Milagros Carrión, Manuel Gómez Bur, Juana Guinzo, Casimiro Hurtado, Manuel Luna, Juanita Manso, Jorge Mistral, Antonio Ozores, Antonio Riquelme, Rosario Royo, Carmen Sevilla

Distribución: Rosa Films. Estreno: 6 de octubre de 1952. Madrid. Cine Rialto

 

ROGELIA. España, 1963

Director: Rafael Gil. Producción: Rafael Gil

Argumento: Novela ‘Santa Rogelia’ de Armando Palacio Valdés

Guión: Antonio Abad Ojuel y Rafael Gil. Fotografía: Michel Kelber. Música: Juan Quintero

Intérpretes: Tomás Blanco, Irán Eory, Félix Dafauce. Rosita Palomar, Félix Fernandez, Arturo Fernández, Lola Gaos, Julio Infiesta, José María Cafarell, José María Tasso, Mabel Karr, José Nieto, Pina Pellicer, Félix de Pomés, María Luisa Ponte, Fernando Rey

Distribución: Warner Española

 

LA NOVICIA REBELDE. España, 1971

Director: Luis Lucia, Producción: Cámara Producciones Cinematográficas

Argumento: basado en la novela ‘La Hermana San Sulpicio’ de Armando Palacio Valdés. Guión: José Luis Colina, Luis Lucia y Manuel Tamayo, Fotografía: Antonio López Ballesteros. Música: Gregorio García Segura

Intérpretes: Rocio Dúrcal, Maruchi Fresno, Ángel Garasa, Isabel Garcés, Teresa Gimpera, Guillermo Murray, Nicolás Díaz Perchicot, José Sazatornil (‘Saza’), Máximo Valverde

Distribución: Imperial Films

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta