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La calle de un personaje avilesino, que nunca existió, localizada en Versalles
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Alberto del Río Legazpi | 05-08-2012 | 18:37| 6

Cuando vaya usted a Versalles no deje de visitar la calle David Arias.           

Tiene fácil localización. Partiendo de la calle Pelayo, se cruza Covadonga –deducción de cajón, históricamente hablando– para seguir avanzando hacia La Reconquista –como no podía ser de otra forma– que se igualmente se cruza atravesando el parque versallesco, hasta llegar a La Paz (imposible que tuviera otro nombre, esta calle, después de tan batallador, como sofocado, paseo). Ya en ella, gire serenamente, a la izquierda (geográfica, se entiende) y en esa dirección y la primera a la izquierda –reitero que son caprichos encabronados del callejero– está en la calle David Arias.

            Esto, me hace recordar que en la Historia de Avilés, hay dos destacados escritores de nombre David, con Arias como primer apellido. Son padre e hijo.

El primero, David Arias García, nació en Riberas de Pravia, en 1855, pero se trasladó a Avilés, donde se casó y ejerció de abogado, al tiempo que colaboraba en ‘La Voz de Avilés’. Es un notorio notario de la historia avilesina, de la que da cuenta en su impagable ‘Historia general de Avilés y su concejo’, estudio de años de investigación en el Archivo Histórico, con el que ganó los Juegos Florales de Avilés, de 1892. El galardón, incluía un pequeño premio en metálico y la publicación de la obra premiada.

David Arias García (1855-1920)

Las anecdóticas pesetas, cobrar cobrólas, pero de la edición del texto, tararí que te ví. Hasta que años más tarde, en 1973 tomó cartas en el asunto su hijo David, pagando la impresión del libro. Años más tarde, en 2007, el Ayuntamiento avilesino, reeditó por duplicado (episodio inaudito) el libro en cuestión.

Este David Arias Rodríguez del Valle, nacido en Avilés, en 1890, hereda de su padre, la profesión de abogado, la colaboración en ‘La Voz de Avilés’, la afición literaria y la práctica política, primero en el Partido Reformista y más tarde en Izquierda Republicana.

Aunque el patriarca, que fue concejal, nunca había llegado a alcalde de Avilés, sí lo sería su hijo –en dos ocasiones– y, en ambas, elegido democráticamente. Pero, en las dos, expulsado del poder por situaciones antidemocráticas, una por la dictadura del general Primo de Rivera y otra por la violencia que trajo consigo la Revolución de Octubre del 34. Hay que decir que plantó cara ante las derivas de ambos hechos históricos. Y también que, con motivo, de la contienda civil de 1936, tuvo que exiliarse, con su familia, en México. Un episodio aparte.

David Arias Rguez.del Valle (1890-1975)

Queda claro, pues, que hubo dos David Arias enla Historiade Avilés: David Arias García, historiador, y su hijo David Arias Rodríguez del Valle, alcalde en dos legislaturas.

Y como ninguno de ellos tenía reflejo de reconocimiento público en el callejero local, el Ayuntamiento avilesino trató de reparar, en 1985, tal injusticia.

En el acuerdo municipal del pleno del 16 de mayo de ese año, el portavoz del gobierno local (PSOE) argumentaba (y así se puede leer en las Actas correspondientes) las virtudes del personaje (al que se refiere como David Arias, a secas) para demostrar sus merecimientos a tener una calle, enfatizando que: «fue alcalde de Avilés en dos ocasiones, escritor, autor de libros y fundamentalmente una Historia de Avilés… quizás la más completa que existe».

La oposición no argumentó nada en contra (cosa extraña, porque el callejero, origina sonadas trifulcas verbales), y se tomó el acuerdo (confundidas ambas partes) de dar el nombre de una calle, a un personaje que nunca existió, pues se mezcla y confunde merecimientos de padre e hijo, creando –por tanto– un personaje ficticio.

La calle no tiene ni un solo portal de viviendas, solo portones de garajes. Es una de más despendoladas, desangeladas y deslucidas de Avilés, algo que causó dolor a su familia, residente en México, con ocasión de una visita a España.

De ahí que, el 10 de abril de 2003, el Ayuntamiento tomase la decisión de reparar este hecho dando el nombre del paseo central al ‘Alcalde David Arias’, en el parque de Las Meanas.

Actualmente hay claridad con el hijo. Pero ocurre que, ahora habría que hacer justicia al padre, David Arias García, el famoso historiador.

Mientras, actualmente, la calle rotulada como David Arias, sigue en su lugar del barrio de Versalles, lo que la convierte en la calle más confusa y difusa de Avilés: aquella que no pertenece ni al padre ni al hijo, aunque puede que sí que al espíritu santo… Espíritu santo burocrático, quiero decir. Aquel que reina, en las administraciones oficiales, por los siglos de los siglos…

Me niego a decir amén.

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Los mágicos fenómenos que acontecen en la Ría de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 29-07-2012 | 15:21| 7

Entre lo escrito por los cronistas, lo que cuentan las leyendas y la deducción de la ciencias, la –mayúscula– Ría de Avilés, parece que era como un embudo, dicho sea con perdón.

Las embarcaciones disponían de una entrada que iba desde donde la península de Nieva, hasta el gran castillo (castrillón) del peñón de Raíces, donde se labró la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias.

Luego, el estuario comenzaba, a estrecharse y caracoleaba, durante unas millas inacabables, entre arenales sinuosos, hasta llegar al puerto situado (desde hace unos mil años) a pie de la iglesia consagrada –y quédense con el dato– a San Nicolás de Bari (santo al que los anglosajones han popularizado como Santa Claus, portador de generosos regalos).

Durante la Edad Media, por el siglo XIV, el de Avilés fue el puerto más importante (olvídense de Bilbao, Gijón o La Coruña) de la costa norte, atlántica, de la península ibérica.

Con tráfico internacional, comerciaba principalmente con el de La Rochelle, el más destacado de la costa occidental atlántica francesa, donde también los barcos atracaban a pie de una iglesia consagrada a San Nicolás de Bari (universalmente celebrado como Santa Claus).

Durante siglos –y a efectos navegables– la Ría comenzaba en San Juan y terminaba en San Nicolás. Hoy lo hace en San Agustín (dársena) y entre ambos puntos náuticos, de referencia, está San Balandrán y la Virgen de las Mareas. E incluso ‘brotó’, en los muelles, el templo de la Virgen del Carmen, en1944, acosta del apoquinado de los buques que atracaban en el puerto.

Y hasta aquí la teoría de la ‘Santificada Ría de Avilés’.

Que luego está la de “La Foca Precursora”. Basada en aquellos tiempos en que Avilés, doblando la mitad de la centuria pasada –una pasada de centuria– contempló perpleja como atracaba una foca en el muelle local, que estaba sumido en el tráfago infernal de la instalación, en su entorno, de enormes empresas como Inespal (hoy Alcoa), Cristalería (Saint-Gobain), Asturiana de Zinc (Azsa), y sobre todo aquel desmadre siderúrgico, de trece Km. de largo, llamado Ensidesa (hoy Arcelor-Mittal).

Ría de Avilés

‘La foca hizo posible aquello’, afirman los defensores de esta teoría, y alegan que no es casual que se hubiera hecho pedazos la lógica mercantil y que hubiesen florecido –al mismo tiempo– tal cantidad de selvas fabriles, hoy un mimado (lagarto, lagarto) jardín de multinacionales.

Dicen, los exotéricos, que no conviene tomar esto a broma, que estas cosas las carga el diablo. De hecho la foca tiene un monumento en el parque más clásico de Avilés, contiguo al de un histórico marino, bien armado –de espada– conocido como Pedro Menéndez de Avilés, fundador –en 1565– de la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América.

La estatua –que ya me dirán que ciudad tiene tal reconocimiento a una foca, sin bigotes, por cierto– causa admiración entre los miles de turistas que visitan Avilés, que la fotografían compulsivamente, e incluso algunos se cabrean por lo inexplicable.

Y no es de extrañar, porque se conjugan tal cantidad de fenómenos, anormales, en este asunto de la foca, que conviene enfocarlo como se merece, en episodio aparte.

Mientras tanto, no olviden una realidad intangible: en la Ría de Avilés hay de todo. Desde monumentos naturales, como Llodero, hasta restos de playas de arena, como la del legendario San Balandrán, o de dura piedra como El Arañón.

Y un tinglado enorme de muelles a babor y a estribor. Industriales, pesqueros, deportivos y ahora uno reciente –en popa– de pasajeros, decorado a la moda japonesa.

Factorías de todo tipo. Desde culturales –marca Niemeyer– hasta metalúrgicas de zinc, aluminio o acero. Dos dársenas, una a la entrada (San Juan) y otra al fondo (San Agustín). Y no olviden que en Avilés está anclado el quinto puerto pesquero de España.

Mientras tanto, y desde hace miles de años, el estuario sigue con su inalterable movimiento, periódico y alternativo, de ascenso y descenso de las aguas del mar debido a las atracciones combinadas del sol y de la luna. Mareas como Dios manda.

Aparte de eso, la de Avilés es un Ría de ley y desorden maravilloso. Sublime.

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Carreño Miranda, el pintor asturiano más importante de todos los tiempos
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Alberto del Río Legazpi | 22-07-2012 | 14:15| 4

El distinguido salón de recepciones del Ayuntamiento de Avilés, recinto de elegancia muy medida, tiene en su lugar de honor un repostero medieval, flanqueado por los retratos de dos personajes.

El repostero, gallardete o pendón –dicho sea sin perdón– recuerda tiempos, casi legendarios, en los que Avilés se regía por un fuero concedido, expresamente, por el rey de Castilla y León.

Y escoltándolo, el marino Pedro Menéndez de Avilés y el pintor Juan Carreño de Miranda, como queriendo dejar bien sentado que mar y arte, son norte y sur en la historia de la villa asturiana.

Juan Carreño de Miranda, pintor de la corte del rey de España, y también de templos religiosos, nació en Avilés un 25 de marzo de 1614. Al fallecer su madre, su padre se lo llevó, cuando aún no había cumplido los 10 años y el vínculo Avilés-Carreño Miranda, se difuminó. Un capítulo aparte.

Así que, a temprana edad comenzó su peregrinación por Valladolid y Madrid. Fueron tiempos bastante duros para esta familia de hidalgos pobres. El joven Carreño, pintaba como y cuando podía, y ayudaba a su padre en la reso­lución de pleitos, que así se ganaba la vida su progenitor, tan liante como gorrón, según las noticias que de él han llegado.

Y en la resolución de los litigios paternos, fue como un día, Juan Carreño conoció casualmente –en un juzgado, claro– a Diego Velázquez el genial artista sevillano, que ejercía como pintor de cámara del rey de España. El conocimiento maduró en una amistad que llevó al andaluz a introducir al asturiano en el palacio real como ayudante.

Poco se imaginaba Carreño que con el tiempo sustituiría, en la corte, a Velázquez. Cuando, en 1671, lo nombraron  «pintor de Cámara» había llegado a la cúspide, a pesar de la desastrosa vida familiar que le había procurado su padre y familia de su padre. Una cruz.

Quizás todo eso lo equilibró su casorio con María de Medina, unión sacra­mental que benefició a ambos.

Eugenia M. Vallejo. 'La Monstrua'. Museo del Prado

Y profesionalmente prevalece lo importante: la calidad artística de Carreño Miranda. Así como su amigo, y antecesor, Velázquez hizo en ‘Las Meninas’, Carreño retrata también –y muy bien– lo que ve: Por ejemplo «Carlos II a los diez años» un niño enfermizo, triste, de cara alargada y abundante melena rubia. Pero el cuadro anuncia, también, lo que no se ve de este último rey de los Habsburgo: un ser humano patético, de salud tan endeble que a veces ni se tenía en pie.

Por Madrid corrían coplas crueles:

«El Príncipe, al parecer, 

por lo endeble y patiblando, 

es hijo de contrabando, 

pues no se puede tener…»

Carreño creció pictóricamente, en aquella corte de los milagros, en una España hundida en ruina económica, quizás cercana a la de estos tiempos de 2012. Pero el ‘mayor problema’, para la tétrica corte, era la incapacidad del rey Carlos II “El hechizado” para dejar embarazada a la esposa que le habían asignado, la parisina Maria Luisa de Orleans, hermana del rey de Francia. Urgía la descendencia al trono español.

Asunto que motivó otra copla popular:

«Parid bella flor de lis 

que, en aflicción tan extraña 

si parís, parís a España, 

si no parís, a París».

Y de una u otra forma, ese ambiente de corte y cortesanos, fueron reflejados por Carreño, artista de talento demostrado en las muchas obras que acometió, incluida la pintura religiosa. Aunque lo bordaba como retratis­ta.

Tiene cuadros colgados en los principales museos (El Prado de Madrid, Louvre de París y el Hermitage de San Petersburgo) y su arte reluce en templos religiosos, mayormente de la capital española.

Un pintor que ni pintado, y buena gente, este Juan Carreño, nacido hace cuatro siglos en La LLeda –lugar de la parroquia de Miranda de Avilés– y que tiene desplegada su obra por gran parte del mundo mundial.

Una pasada. De pintor y de pintura.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta