El Comercio
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Una Infanta de España y una estatua de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 21-10-2012 | 11:38| 4

Pedro Menéndez de Avilés, quinto Adelantado de La Florida, donde fundó, en 1565, San Agustín deLa Florida, –hoy, la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América– tuvo su recuerdo histórico, un tanto en tinieblas, hasta finales del siglo XIX.

Fue entonces cuando, el famoso erudito, y académico granadino Aureliano Fernández-Guerra –el mismo que le negó autenticidad al Fuero de Avilés (controversia kilométrica de episodio aparte)– desempolvó la figura del avilesino, escribiendo aquello de: «Al Adelantado y Con­quistador deLa Florida, Pedro Menéndez de Avilés, el más excelente y atrevido marino del siglo XVI, España le debe un monumento, la historia un libro y las musas un poema».

A partir de ahí, la figura histórica del navegante entró en un proceso de aceleración. Poemas no me constan, pero si unos cuantos libros que trazaron su semblanza. Y una estatua.

En Avilés, los persistentes escritos del periodista Julián Orbón (hermano del compositor musical Benjamín), sobre la necesidad de honrar –con un monumento– a Pedro Menendez, dan fruto en 1916 cuando el Ayuntamiento se implica en el proyecto y decide levantarle una estatua en el parque del Muelle.

Convocado un concurso, resultó elegido el boceto presentado por el artista valenciano Manuel García Gonzá­lez (‘Garci-Gonzá­lez’), un conjunto escultórico, de 60 m2, con cuatro zonas ajardinadas sobre las que reposan cañones de época, que rodean a la peana sobre la que se yergue la estatua, en bronce, del Adelantado, de 2,5 m. de altura y 436 kilos de peso.

Se inauguró el 23 de agosto de 1918. Un acto que presidió la Infanta de España Isabel de Borbón (más conocida como ‘La Chata’, personaje muy popular por sus gustos llanos y espontaneidad). Venía en representación de su sobrino, el Rey Alfonso XIII, y acompañada de un séquito donde destacaba José Francos Rodríguez, ex-ministro y ex-alcalde de la capital española.

La Infanta se trasladó desde el palacio de Ferrera, lugar de pernoctación, a la iglesia de Santo Tomás de Canterbury, donde a las 10 de la mañana se celebró una misa de réquiem en memoria del Adelantado, oficiada por el Obispo de Oviedo, Francisco Baztán, y asistido por los párrocos de San Nicolás y Sabugo, Gumersindo González y Manuel Monjardín.

A continuación se encaminaron al parque del Muelle para proceder a la inauguración.

Hay que decir que el nuevo templo de Sabugo y sus alrededores no estaban tal como los conocemos ahora. Era un lugar descampado, de constante paso del ganado, que si cuadraba hacía sus necesidades, como fue el caso. Por allí enfiló la Infanta y su séquito.

Llegados a este punto tengo que resumir, en uno, los tres testimonios (escrito y orales) con los que cuento.

Fue todo muy rápido: Un avispado funcionario del Ayuntamiento, que iba en la avanzadilla, marcando el recorrido del desfile, avistó ‘peligro en tierra’ y girándose avisó, con la voz bastante más alta de la cuenta:

-¡Señor Alcalde! ¡Mierda en suelo!

Los ayudantes de la Infanta lo fulminaron con la mirada, sin tiempo a reaccionar ante lo que vino a continuación, y que fue cuando la primera autoridad municipal –José Antonio Guardado Muñiz– acercándose más de la cuenta a la ilustre visitante, la cogió del brazo, al tiempo que le advertía, de modo no sujeto al obligado trato de protocolo (o sea Alteza Real):

-¡Cuidado, Isabel! ¡Apártese, que hay boñiga en el suelo!

Y la ilustre dama –que contaba, entonces, con 67 años de edad– consiguió, por el tirón del Alcalde, evitar el emplaste vacuno. Gracias a la diligencia municipal. Que conste. Para que luego digan.

23 de agosto de 1918. Inauguración.

Por fin alcanzaron las terrosas y ‘nuevas’ calles de La Cámara,La Muralla y finalmente el parque del Muelle.

Por lo demás la inauguración transcurrió con la pompa y boato acostumbrado y la Infanta Isabel y acompañantes regresaron a Madrid como vinieron: en tren, moderno medio de transporte con el que contaba la ciudad, desde 1890.

Cuentan, que desde entonces, Avilés empezó a ser conocida, también, como ‘La Villa del Adelantado’.

Y colorín colorado, este episodio ha terminado.

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La de Galiana, ejemplo español de calle porticada
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Alberto del Río Legazpi | 14-10-2012 | 19:09| 2

Escribió Antonio Muñoz Molina, en su ‘Invierno en Lisboa’ que «una ciudad se olvida más rápido que un rostro». Y suele ser verdad en aquellas poblaciones que no están singularizadas por su paisaje urbano, como es el caso de la misma capital de Portugal o de Avilés, donde hay mucho para no olvidar. Por ejemplo la calle Galiana.

Y eso lo testifica gente como Torrente Ballester, Woody Allen o Gonzalo Suárez. Pero los concreto en el entusiasmo de Fernando Fernán Gómez, cuando –en diciembre de 1982– paseábamos por el casco antiguo y descubrió Rivero, pero sobre todo Galiana. Lo fascinó. Aún años después lo oí, en la radio, hablar de la calle Galiana de Avilés.

Armando Palacio Valdés contribuyó a hacer famosa –literariamente– esta espectacular calle porticada, levantada en el siglo XVII. En ‘La novela de un novelista’, le dedica un capítulo específico: ‘La batalla de Galiana’, donde narra las rivalidades entre jóvenes de Sabugo, Rivero y Galiana.

Ya se sabe que lo de Palacio Valdés con Avilés fue un amor a primera vista. Ciudad y autor siempre se agradecieron mutuamente, y una de las concreciones fue Galiana. El nombre de la calle (sinónimo de cañada), oficialmente nunca cambió, excepto entre el 3 de mayo de 1918 y el  19 de julio de 1945, en que llevó el del gran escritor asturiano.

Para generaciones de avilesinos, la zona porticada de la calle, fue camino diario, de su casa al edificio del Instituto de Enseñanza Media, hoy reconvertido en Colegio Público ‘Palacio Valdés’. En fin.  

La calle Galiana (siglo XVII)

La calle tiene252 metrosde soportales, apoyados en más de un centenar de columnas, con pavimentaciones originales: una empedrada, para animales irracionales (generalmente caballería) y otra con loseta para animales racionales, mayormente así considerados.

Casi empieza en una iglesia (San Nicolás) y por poco no termina en una capilla (conocida como ‘Jesusín’ de Galiana). Y en su mitad está la hornacina de la Virgendel Carmen, colocada en 1812 por José Corominas (‘Pepín el Jardinero’), vecino de la calle, que atribuyó a dicha imagen el salir con vida del incendio de su casa.

La calle se conserva como puede. Por ejemplo, sobran alturas de edificios recién restaurados y también unas horribles barandillas metálicas en las escalerillas de accesos a soportales, algunos de los cuales (entre los números 40 y 44) todavía exhiben astutas trampillas –originales del siglo XVII– que comunican piso con soportal.

El encanto, a Galiana, le viene por la variedad del conjunto porticado, por el mágico juego de la luz solar en según que horas y estaciones, y por la curva, la traza sinuosa de los soportales en su ascenso hacia la zona alta de Avilés.

Vista desde su inicio, asemeja un maravilloso laberinto. Y desde un lateral, un estuche de piedra que, milagrosamente, contiene una calle.

Eso es Galiana. Nada menos.

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El ‘Españolito’, Constantino Suárez, que terminó siendo escritor famoso
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Alberto del Río Legazpi | 07-10-2012 | 12:35| 3

Una tarde de un día otoñal, de 1913, se recibió en la redacción del ‘Diario Español’ deLa Habana–donde trabajaba el avilesino Constantino Suárez Fernández– una carta furibunda, donde se ponía de chupa de dómine a España. Estaba firmada con el pseudónimo de ‘Cubanito’.

Cuba, había sido provincia española de ultramar, hasta que en 1898 se independizó. Y como poco antes lo habían hecho Filipinas y Puerto Rico, aquel año marcó a la sociedad española y ‘el98’pasó a ser, en España, sinónimo de crisis social, política y cultural. Año gafe, pero también regeneracionista. Este fue el caso de la generación literaria del 98, que remite directamente a la luna en verso y prosa, de Antonio Machado, Valle-Inclán o Pío Baroja.

El primero de ellos, es autor del famoso verso, publicado en 1912 en su libro ‘Cantares de Castilla’: «Españolito que vienes 

al mundo te guarde Dios. 

Una de las dos Españas 

ha de helarte el corazón».

Con toda probabilidad el avilesino Constantino Suárez, un joven escritor de –entonces– 22 años de edad, ávido lector, estaría influenciado lógicamente por todos estos acontecimientos, cuando siguiendo la orden del director del ‘Diario Español’, rebatió brillantemente los argumentos de la carta antiespañola, que remitida por ‘Cubanito’ había llegado al periódico.

Lo firmó como ‘Españolito’, un pseudónimo que jamás abandonaría.

Constantino Suárez 'Españolito'

Había nacido en Avilés (Miracielo la llamaba él), trabajó en Cuba y en España, escribió a todo trapo y fue a morir en Madrid en 1941. Corta vida, enorme legado.

 ‘Españolito’ (o sea Constantino Suárez) tiene publicadas novelas, ensayos, artículos de prensa, etc… Pero todo ello vive a la sombra de su magistral enciclopedia, ‘Escritores y artistas asturianos. Índice biográfico-bibliográfico’.

El mérito de tan colosal, ilustre e ilustrada obra, se me antoja impagable por la utilidad de conocimientos, muchos de ellos inéditos, hasta el momento de su publicación, en la historia de Asturias. Y de España.

Era ese tipo de proyectos que no acomete ni Rita la portera, por el enorme trabajo de investigación, aparte de las necesarias dosis de erudición, que llevan aparejado. Y además pensemos que cuando lo acometió, no existían ni bases de datos de Microsoft Office, por ejemplo, ni Google que lo fundó.

Pero el de Miracielo (o sea el de Avilés) tiró para adelante, con aquellas montañas de datos y publicó tres, de los siete tomos de su enciclopedia, en vida. Los cuatro restantes, cuyo texto había dejado mecanografiado y con las ilustraciones preparadas, fueron editados después de su muerte, bajo la dirección (con el consentimiento de la viuda del autor) del –entonces– profesor universitario ovetense José María Martínez Cachero, por el Instituto de Estudios Asturianos (IDEA), actualmente RIDEA.

En esta enciclopedia caben todos: desde el novelista, dramaturgo y poeta hasta el ingeniero, jurista y médico que traten temas de su especial incumbencia. Todos, o casi todos, los asturianos que escribieron sobre cualquier materia. Para el natural de Miracielo, todos merecen la consideración de escritores y por tanto su consiguiente inclusión en la monumental enciclopedia sobre todos los autores asturianos, de cualquier materia.

La vida de Constantino Suárez fue ajetreada. Emigró, a los dieciséis años a Cuba, que era donde muchos avilesinos intentaban ‘hacer las Américas’. Allí residió hasta 1921 trabajando de pinche, dependiente y viajante de un almacén de La Habana. Muy joven comenzó a colaborar en periódicos primero de la capital cubana, y más tarde de Avilés, España y países americanos. Nunca paró de escribir y de hacer política a favor de la instauración de la República, que se realizó en 1931.

Placa dedicada a 'Españolito'

«Hizo periodismo, novela, erudición (…) Hombre bueno y generoso, la caridad intelectual constituye una de sus virtudes» afirma el catedrático Martínez Cachero.

Miracielo es, repito, como literariamente bautizó ‘Españolito’, en una de sus novelas, a su ciudad natal de Avilés, donde tiene una calle y una placa dedicadas a su memoria. La plancha de piedra está colocada en la casa de la calle de La Fruta donde nació el escritor el 10 de septiembre de 1890.

Tengo escrito que tan difícil es, encontrar dicha placa –por lo camuflada que está la condenada– que si el lector se toma la molestia de tratar de localizarla y lo consigue, tendrá ganado –ya no voy a decir que el cielo– pero a lo mejor sí Miracielo.

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Los tranvías de Avilés, de la nube al trole
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Alberto del Río Legazpi | 30-09-2012 | 11:26| 8

            La histórica llegada del tren a Avilés, el 6 de julio 1890, aparte de comunicar a la ciudad con el resto de España, fue el punto de partida para que la comarca se llenara también de caminos de hierro. Y por ellos comenzó a circular el tranvía como medio de transporte masivo urbano.

            Ya en 1893, la Real Compañía Asturiana de Minas estableció un ramal ferroviario entre sus factorías de Arnao y San Juan de Nieva.

            Y fue ese mismo año cuando comenzó la fascinante historia del tranvía en Avilés.

            Es verdad que en Gijón ya había tranvías, en 1890, pero de los llamados de sangre (tracción animal), y también que en Oviedo, en 1891, circulaba otro –también de mulas– que unía la estación del Norte con el centro de la capital. Pero fue en Avilés, y en 1893, donde se instaló el primer tranvía de vapor de Asturias. Que conste en acta.

            Lo puso en marcha la Compañía Tranvía del Litoral Asturiano, formada por Tomás Menéndez Valdés, Manuel G. Barbón, Benito González y Ramón G. de Castro.

Tranvía 'La Chocolatera'. Avilés.

            Era conocido popularmente como ‘La Chocolatera’ por la considerable cantidad de humo ‘achocolatado’ que arrojaba su diminuta máquina de vapor (marca ‘Stuart’ 9 Tm) y circuló hasta 1933, entre Avilés –actual calle del Muelle– siguiendo un trayecto lineal –eran5 Km. de vía, de un metro de ancho– que discurría por la de Los Telares, avenida de Lugo, La Maruca, desviándose en Raíces hacia el interior de Salinas, terminando en la calle Galán.

            Al principio prestaba servicios solamente domingo, festivos y días de mercado, circulando en verano diariamente, cosa que extendió –en 1903– a todos los días del año, llegando a establecer acuerdos con la Real Compañía para el transporte de sus trabajadores.

            El uso público iba en aumento. Y como quiera que las ciencias adelantaban que era una barbaridad, pues llegó la electricidad. Y de la nube se pasó al trole, pero no en un pispás, ya que convivieron ambos unos doce años.

            El trole, debido a la Compañía del Tranvía Eléctrico presidida Juan Sitges Aranda, fue inaugurado, con pompa y circunstancia, en El Parche avilesino, el domingo 20 de febrero de 1921, fecha en la que ya entró en funcionamiento el tramo Salinas-San Juan de Nieva-Avilés-La Texera.

            Como era mucho bocado para una sola vez, el resto fueron entrando en servicio tal que el 15 de enero de 1922 lo hizo el de Salinas-Arnao y el 12 de febrero el que comunicaba La Texera a Villalegre. Y, finalmente el 19 de agosto de 1923, el de Arnao-Piedras Blancas. Desde aquí hasta el, entonces, barrio residencial de Villalegre el trazado de vía era de, cerca, de15 km.

Tranvía eléctrico en la calle Rivero

            Duró, el tranvía, hasta el 31 diciembre de 1960, que fue cuando llegó el invento del autobús.

            Socialmente, el tranvía, fue un triunfo. Desde la fluidez en las comunicaciones entre barrios, lugares y localidades comarcales, hasta las ventajas para los trabajadores de las factorías en San Juan y Arnao, para quienes había tarifa especial. Como también la hubo para los aficionados que acudían al estadio de Las Arobias a ver al Real Stadium de Avilés, antecedente histórico del Real Avilés.

             Y que decir del notable aumento ciudadano, durante el verano, en los arenales de San Juan y Salinas. Fue el tranvía, quien nos descubrió la gozada de la playa.

             También, en agosto de 1922, un nuevo tranvía, conocido como ‘El Carreño’, unió Avilés con Candás y Gijón. Un servicio que más tarde suplió el FEVE, un tren que, según se dice ahora, parece que va a volar. Milagros que hace la crisis.

            Pero aquel transporte eléctrico, que cruzaba la villa atravesando como un cuchillo buena parte del casco histórico, forma parte del patrimonio sentimental avilesino y merece episodio aparte.

            Y es que, por una o por otra razón, lo del tranvía eléctrico de Avilés tiene mucha chispa.

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Antonio María Pruneda, aquel que en 1866 introdujo la imprenta en Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 23-09-2012 | 15:45| 1

            La mañana del domingo 3 de junio de 1866, los avilesinos se encontraron –por primera vez en la historia– con una publicación que reflejaba gran parte de la actualidad de la vida de su ciudad.

            En la primera de sus ocho páginas, bajo el encabezamiento de ‘El Eco de Avilés’, se podía leer un escrito titulado ‘Al público’ que comenzaba así:

        «Cuando un pueblo ha llegado a cierto grado de cultura; cuando el afán de saber se apodera indistintamente de todas las clases; cuando todo, hasta la mas pequeña mejora local da lugar a útiles y animadas polémicas, se hace necesario un órgano que dé publicidad a la opinión y pábulo a la curiosidad.»

        La gente que hizo posible aquello, tuvo el entusiasmo de los convencidos de lo indispensable, imprescindible, inevitable e inexcu­sable que era un periódico impreso. ¿Quienes fueron los autores de aquella extraordinaria y crucial aventura editorial?

        En primer lugar el tipógrafo, editor –y también escritor– Antonio María Pruneda. Ove­tense de nacimiento que trasladó, a sus 31 años, los bártulos de su cosa impresora a Avilés y se estableció en un pequeño local de la, hoy, plaza de Carlos Lobo, ocupado actualmente por el café ‘Dulcinea’ (famoso en la villa allá por su popularidad en la segunda mitad del pasado siglo). En la fachada del edificio, una placa da fe de que allí domicilió la imprenta donde se compuso, imprimió y comer­cializó ‘El Eco de Avilés’.

        Los que lo hicieron posible, profesaban la fe de los ilustrados en aquel méto­do revolucionario. Y lo describían y lo escribían –con una pasión que hoy puede resultar un tanto cándida– conven­cidos de que la imprenta era el mejor modo de expresarse que jamás encontraría el hombre.

        Pruneda dejó fama de participar más de aquellas inquietudes de las nuevas generaciones intelectuales, que de los beneficios económicos que le pudieran aportar sus publicaciones. El 7 de enero de 1887, trasladada ya la imprenta a la calle Rivero, funda y di­rige un periódico más ambicioso y duradero: ‘El Por­venir de Avilés’, que ya duró bastante más que ‘El Eco’ (1866-1868).

        Junto con Pruneda, el mérito también estuvo en los avilesinos interesados en el progreso: Bonifacio García Robés, Gregorio de la Cuesta, Ramón Álvarez, Ramón González Llanos, Galo Somines, Manuel del Busto, Sixto Fernández del Valle, Adolfo de Soignie, Lino Palacio, Domingo Álvarez Acebal, Cástor Álvarez Acebal y Estanislao Sánchez Calvo.

Antonio María Pruneda González

        Ellos fueron los que aplicaron en Avilés el invento que tuvo su origen, siglos atrás, en el alemán Johannes Gutenberg, y que con el tiempo, facilitó la impresión de las impresiones humanas en papel de imprenta.

        Todos, en labores literarias o técnicas, tuvieron su dosis de protagonismo en aquella revolución que supuso la prensa escrita, un arreón tremendo al progreso social.         

        Fue un acontecimiento en toda regla, como lo fue posteriormente la llegada del ferrocarril o la de la luz eléctrica. Sucesos dignos de ser cantados por poetas y contados por novelistas. En el caso de Avilés, lo hizo –afortunadamente– Armando Palacio Valdés en su novela ‘El cuarto poder’.

        Más tarde, dela Imprenta Prunedasalieron muchas cabeceras de pren­sa y un sarampión, benigno, de publicaciones entre ellas ¡libros! Aquello fue una bendición.

        Los pioneros avilesinos, de la galaxia Gutemberg, tuvieron un sonado eco en el mundo cultural de la ciudad. Es por eso, que ‘El Eco’ tendrá más eco en episodio aparte.

        Aquel periódico del siglo XIX –cuya suscripción trimestral era de cuatro reales, en Avilés, y 8 reales, fuertes, en la [entonces] provincia de Cuba– sembró información, tanto aquí como allí, a una población maltrecha en conocimientos y agitó, con su opinión, a los reducidos círculos intelectuales de la época. Facilitó el progreso.

         Por todo ello, la memoria de Pruneda, el primer tipó­grafo y periodista de Avilés, es imborrable, no solo por estar impresa en multitud de publicaciones, sino porque puso la primera piedra.

        Este mismo ejemplar de LA VOZ DE AVILÉS (el segundo periódico más antiguo de Asturias), que usted está leyendo ahora, ha sido posible –en gran parte– porque un domingo primaveral de 1866, Pruneda editó el primer periódico de la historia de Avilés, en una pequeña imprenta situada en la plaza –la más antigua de la villa– al lado de la iglesia de los Padres Franciscanos y que durante siglos llamaron plaza de San Nicolás y hoy le dicen de Carlos Lobo.

        Así se escribió –así se escribe– la historia. Tal cual.

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De la calleja de ‘Los Cuernos’ a la calle de 'La Cárcel'
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Alberto del Río Legazpi | 16-09-2012 | 11:30| 3

Esta es la breve historia de dos empinadas calles y, a la vez, una demostración práctica de cómo el imaginario popular se enfrenta, y en ocasiones se impone, al mandato de la autoridad.

La calle Alfonso VII (Rey que refrendó el Fuero de Avilés en 1155) tuvo, distintos nombres: Travesía o calleja deLa Cámara, y ya durante tiempo Calleja de Los Cuernos, hasta que en 1892 se la bautizó como ‘Alfonso VII’, denominación oficial, que ha mantenido hasta hoy. Porque la popular (erre que erre) sigue siendo ‘Calleja Los Cuernos’.

Esta rebelión tuvo, incluso, su proclama poética, a cargo del periodista José Martín Fernández, en ‘El Diario de Avilés’ de entonces:

«Calle de Alfonso VII  / es nombre que han querido dar / a una estrecha travesía; / más no hay avilesino hoy día / que la quiera así llamar, / pues, lector, como sabrás / hay nombres que son eternos / y calleja de los cuernos… / ¡será por siempre jamás!»

Y acertó. Pues no pregunte usted hoy, por la calle Alfonso VII, que –mayoritariamente– no le darán razón, y no es por no querer, que es por no saber. Pruebe a hacerlo por la calleja Los Cuernos y al momento le indicaran la ubicación exacta.

El origen del nombre de la calleja (hoy muy popular y con mucha hostelería) tiene variadas versiones: Desde que fue, siempre, la senda y luego calleja por donde bajaban las vacas, de la zona alta de Avilés, a abrevar a la fuente de La Cámara. A la que habla de que en la calleja había un matadero (cosa que no consta en libros) y abundaban los cuernos por el suelo. Y la tercera se basa en los cuernos que le ponía a su rico y anciano marido una joven de muy buen ver, residente en una casa del callejón y por cuya fachada trepaba frecuentemente, con nocturnidad y lujuria, un desbocado amante.

Naturalmente, que ésta le encanta al personal y sobre todo con ese final, que dicen que hubo, de venganza marital que acabó dando con el tenorio en la cárcel.

Por cierto que en Avilés hay una calle así llamada, desde que se construyó en ella la cárcel del partido (judicial, que quede claro), en la segunda mitad del siglo XIX. Hasta entonces se la había conocido como Cuesta de Corujedo, por estar en ese lugar la fuente de ese nombre. Pero desde que el centro penitenciario se ubicó aquí, pasó a ser calle de La Cárcel.

La rúa parte de la plaza de España (más conocida, por los avilesinos, como El Parche) y baja hasta entroncar con la del Muelle.

Calle Ruíz Gómez (popularmente conocida como calle de 'La Cárcel'). Foto N.Villaboy, libro 'Avilés en el pasado'

Pero en 1896 el Ayuntamiento acordó que la calle pasase a llamarse Ruiz Gómez, en homenaje al activo político avilesino que había ostentado cargos de relevancia en el gobierno de España, entre ellos el de Ministro de Hacienda.

Sin duda una persona con sobrados méritos para que su villa natal le rindiera póstumo homenaje, dándole el nombre de esta vía que se modernizaba con destacados edificios, todavía a la vista, a la par que empezaban a hacerlo las actuales Palacio Valdés y Llano Ponte.

Pero todo fue inútil y el personaje perdió la batalla, porque a esa calle el personal ya la había bautizado como la de ‘La Cárcel’, vocablo tan fuerte como sonoro. Así, que no, y no.

Y así seguimos, a pesar de que en el monumental edificio, que ejerció funciones carcelarias, tenga hoy su sede, la popular Oficina de Turismo. Porque desde entonces hasta hoy –dale que dale– es calle ‘La Cárcel’.  

Así que, el ciudadano Ruiz Gómez se ha quedado sin protagonismo popular (que no oficial) en el callejero de su villa, donde sus conciudadanos, generalmente, cuando los turistas les inquieren por la dirección de la Oficina de Turismo (cosa que hacen frecuentemente) han de morderse la lengua para no mandarlos a la cárcel.

Por ello se puede concluir que, en Avilés, apenas es un Parche lo que separa los Cuernos de la Cárcel.

Aunque esto último sea un juego de palabras, todo lo anterior son hechos históricos que demuestran que la villa asturiana es genio y figura.

Avilés, aquí donde la ves.

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La más pequeñina y galana de las calles del Avilés medieval es la Del Sol
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Alberto del Río Legazpi | 09-09-2012 | 12:12| 0

     En el Avilés primitivo la zona más habitada estaba formada por cuatro calles. Dos parejas  paralelas entre si,  por un lado La Ferrería y La Fruta y por el otro, y también paralelas ambas y perpendiculares a las anteriores: El Sol y San Bernardo.
     La Del Sol une –y forman entre las tres una H– a las de La Fruta y La Ferrería.
     Es calle de recorrido corto en metros, pues no llega a los cien, pero de un largo tiro histórico.

Entrada a la calle El Sol desde la de La Fruta.


     También se llamó calle de Azogue, denominación que remite a mercado. Pues tanto aquí como en el resto de las calles del casco histórico citadas, se celebraba el ‘mercado de los lunes’, privilegio concedido por los Reyes a Católicos a Avilés en el siglo XV, para paliar el desastre que supuso un incendio que destruyó las tres cuartas partes de la villa. El mercado se fue especializando por calles y –así como otra se llamó La Fruta– ésta pasó a ser calle de La Pescadería.
     A finales del siglo XIX el mercado se centralizó en su actual plaza. Fue por entonces, concretamente, en 1892, cuando a la calle se le puso el nombre de Pedro Solís, como homenaje al personaje que había financiado a su costa la construcción, en 1515, del Hospital de Peregrinos de Rivero. Finalmente, en 1979, recuperó su denominación tradicional de calle del Sol. Había vuelto a sus orígenes.

La calle El Sol, hace más de 100 años.


     Su trazado sigue siendo, milagrosamente, el que ha tenido durante siglos. Apenas ha cambiado, aunque sí lo hiciera alguna de sus calles vecinas.
     Las noticias más lejanas nos dicen que El Sol comenzaba en la plaza de la Baragaña, en un lateral del palacio de Valdecarzana, y terminaba en la plaza de la Villa, ya desaparecida.
     Por cierto y en cuanto a la denominación Baragaña –como también nombran algunos al palacio de Valdecarzana– escribió Justo Ureña: «Baragaña significa en bable, puerta, entrada o pequeña antojana, dando este nombre a la que tenía delantela Casade Valdecarzana, de don­de algunos bautizaron así el edificio. Pero no tiene sentido el plural: Las Baragañas».
     Como decía anteriormente, la calle del Sol desembocó hasta el siglo XVII,  en la plaza de la Villa, que se encontraba en la actual calle de La Fruta. Allí estaban las llamadas ‘Casas del Ayuntamiento’, dedicadas al suministro de productos alimenticios (pan, grano, carnes y vino). Y bajo estos edificios municipales –donde también se custodiaban documentos y el imprescincible patrón de pesas y medidas– estaba la arqueta que distribuía el agua pota­ble que –procedente de Valparaíso– llegaba al centro de Avilés. Pero las casas desaparecieron en el incendio de 1621. Con ellas también se esfumó, y nunca mejor dicho, aquella plaza de la Villa.
     Hoy, a la calle del Sol, da gusto verla.

Entrada desde la calle de La Ferrería.


     Primero por el palacio de Valdecarzana, que ha sido rehabilitado y recuperado por el Ayuntamiento a finales del siglo XX, y ejerce, tanto de cofre del tesoro de la morrocotuda documentación histórica de Avilés, como de centrocampista de actividades culturales varias.
     También ocurre que la calle está llena de vida y que hasta le ha nacido una plaza anexa: la de Alfonso VI. Y así de ser calle de paso, ha pasado a ser pasada de calle, con parada y fonda hostelera de terrazas sin terrazo, sino asentadas en firme medieval de piedra y losa. De forma que en esta rúa, tan pequeñina como galana, y tan galana como guerrera, puedes beber la historia en vaso de sidra.
     Y es que aquí, como nunca se estiró más el brazo que la manga, jamás entró el cemento de la tontería.
     La calle del Sol es tan auténtica y natural, como un viejo y hermoso tigre en reposo.
     Y a un tigre, por viejo que sea, nunca se le caen las rayas.

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El matemático Lucuce, un gran científico, que hasta fue Mariscal de Campo
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Alberto del Río Legazpi | 02-09-2012 | 12:00| 4

Si la pregunta fuera ¿Quién conoce a Lucuce? La respuesta sería un atronador silencio, con las excepciones de rigor, que confirmarían la regla sobre nuestra ignorancia hacia una de las figuras científicas españolas más descaradamente trascendentales del siglo XVIII: el general Lucuce. En Avilés no lo conoce ni el tato.

En 2008, en una exposición sobre las ciencias, organizada en Oviedo, por el Gobierno del Principado, un panel mostraba a los doce científicos asturianos más importantes de la historia. Estaba encabezada por Pedro Lucuce al que seguían Severo Ochoa, Menéndez Pidal, Grande Covián… Y no sigo, que me da cosa.

Pedro Lucuce Ponce, nació en Avilés, el 21 de noviembre de 1692, y aquí  vivió e inició los estudios hasta que su padre –Tomás Lucuce, uno de los dos médicos con que, entonces, contaba la villa– lo envió a la capital asturiana a cursar Teología y Humanidades.

De espíritu aventurero, a Pedro, Oviedo le quedaba pequeño y la salida fue su entrada en el ejército, sentando plaza de soldado raso en un regimiento de caballería, en el que ascendió velozmente, gracias a su formación cultural.

Lucuce, se dedicó intensamente al estudio de las matemáticas y la ingeniería, donde empezó a destacar siendo, en muy poco tiempo, la máxima autoridad española en fortificaciones militares.

Pero su gran pasión y su relumbre histórico se lo debe a las matemáticas, o las matemáticas a él, que los números tienen fama de bailar.

Nuestro hombre las pasaba canutas en una España que por entonces ignoraba la ciencia de forma bochornosa. Y en las matemáticas, particularmente, éramos unos catetos al cuadrado. Lo dejó por escrito el padre Feijoo, en 1730, ‘que la situación de las Ciencias Exactas era particularmente lamentable’.

Que se lo digan a Lucuce, que en 1737 escribió una carta a sus superiores, de la que entresaco este espeluznante párrafo: «Hoy me deben 23 pagas, no tengo ni para comer, ni ropa que vender o empeñar, (…) así que me veré precisado a pedir la dimisión de mi empleo, para tener la libertad de mendigar, pidiendo por Dios una limosna, y será el premio de 27 años de servicios sobre una continuada tarea de dedicación al estudio»

Pero salió del trance, porque en 1739 fue trasladado a Barcelona donde obtuvo el puesto de director de la prestigiosa Real Academia de Matemáticas. En 1756 se trasladó a Madrid, llamado por el conde de Aranda, para poner en marcha una Academia de Matemáticas en la capital del reino, fracasa por politiquerías.

PEDRO LUCUCE. Cuadro en Museo Ingenieros del Ejército

Al poco regresó a Barcelona para volver a dirigir –por unanimidad de los estamentos catalanes– la Academia de Matemáticas, a la que rigió durante 41 (cuarenta y un) años, muriendo en ese empeño a los ochenta y seis años de edad, habiendo alcanzado los máximos grados militares: Mariscal de Campo y, honoríficamente, el de Teniente General.

Viene en los manuales históricos, que Pedro Lucuce impulsó, magistralmente, la Academia de Matemáticas barcelonesa, una institución, que –a su vez– marcó la evolución de la ciencia y la tecnología españolas del siglo XVIII. Ojo al dato.

Publicó abondo libros de ingeniería y matemáticas, destacando su “Tratado de Cosmografía”, aparte de dejar mucha obra inédita sobre matemáticas, óptica, mecánica, geografía y náutica.

En Avilés la medida de su recuerdo está en el callejero, termómetro ideal, para estos casos. Y el general Lucuce, de tener dedicada una de las calles más espectaculares del centro de la ciudad (la actual de San Francisco), pasó en 1938 y hasta1979, adar nombre a una de las pequeñas travesías que unen Rivero con Llano Ponte (conocida hoy como De las Artes). Luego se le trasladó (quitándole el grado militar) a una pequeña calle del extrarradio en el polígono de La Magdalena.

O sea que la memoria del matemático Lucuce se difumina en Avilés, mientras sigue firmemente instalada en la Historia de la Ciencia de España. Merecería que su nombre perdurase en un centro educativo. Creo yo.

Pero dudo de si las cosas son como son o como les parece a los mandatarios que son. Por ejemplo, el Presidente Rajoy es tan gallego que ni siquiera lo parece.

Pueden pensar que me perdí, pero no es así. Solo estoy mostrando y no demostrando, cosa que haría excelentemente un buen matemático. Lucuce lo era. Y de Avilés.

No se si me explico.

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De focas y Canapés, pasando por los cines 'Chaplin' y Armando Palacio Valdés
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Alberto del Río Legazpi | 26-08-2012 | 11:15| 4

Hoy es 26 de agosto de 2012 y esto es Avilés. Lo se porque al levantarme y subir la persiana divisé, al fondo a la derecha, las torres gemelas, de47 metrosde altura, de la iglesia de Sabugo.

Un templo, cuya primera piedra se puso, no el 26 de agosto de 1895 como algunos escriben debido a una errata del histórico ‘Diario de Avilés’, sino el 27. Ocho años después, al inaugurarse, daría un toque de modernidad a los históricos edificios religiosos locales. La iglesia nueva (que sustituyó como parroquia a la construida en el siglo XIII, en la plaza del Carbayo) se consagró a Santo Tomás de Canterbury –santo inglés con dos templos en Avilés, y ahí queda eso– también conocido como ‘Becket’, cuya historia protagonizó en la gran pantalla Richard Burton.

De cine es el 26 de agosto de 1978, cuando se inauguraron las salas ‘Chaplin’, proyectando películas, entonces llamadas de ‘arte y ensayo’, y que iban desde las de Bergman y compañía a las de ‘destapes’ de intelectuales generalmente finos y afines, tipo Bertolucci. Los ‘Chaplin’, abiertos en tiempos de la transición política española, estaban prácticamente escondidos, en un patio interior de la calle Juan XXIII. Mira tú por donde, lo bien que cuadra todo.

Terminada la transición (o eso dicen) y en otro 26 de agosto, éste de 1990, se puso en marcha el polideportivo de Los Canapés. Avilés seguía modernizándose, esta vez al lado del monumento avilesino más abandonado y escondido de todos los tiempos.

Tapada también estaba, y está, así la capilla de Las Alas, en la que durante mucho tiempo se reunió del Ayuntamiento avilesino. La sesión del 26 de agosto de 1670 fue histórica, porque en ella se adjudicaron las obras para construir un edificio que albergase el gobierno local. Se levantaría fuera de las murallas, en lugar poblado de álamos y robles, entre las calles de La Fruta y La Ferrería.

Una de las focas del Seal Parade de Avilés

Desde entonces, allí sigue plantado el Ayuntamiento, que un día decidió declarar hijo adoptivo al escritor Armando Palacio Valdés, quien agradeció el honor con un gracioso escrito publicado en ‘La Voz de Avilés’, del 26 de agosto de 1913, donde entre otras cosas decía:

« ¿Hijo adoptivo yo, que me batí innumerables veces a pedradas con las huestes de Galiana, que naufragué más de una y más de dos entre Recastrón y Sabugo? (…) Imagino que las piedras de Rivero se alzarían indignadas si alguien me llamase hijo adoptivo y no legítimo de Avilés». Un autor literario de muchos bigotes.

Y es que Avilés da para mucho, incluso para tener a una foca sin bigotes (su estatua no los tiene), como uno de sus símbolos. Precisamente y basado en este icono dimos un toque revolucionario al internacional fenómeno artístico conocido como Cow Parade (Desfile de Vacas). Fue cosa de la Escuela de Cerámica avilesina y veinte destacados artistas, que consiguieron ‘inventar’, un 26 de agosto de 2009, lo que entonces califiqué como Seal Parade (Desfile de Focas).

Una pasada, lo de aquellas veinte focas pastando, durante meses y al verano siguiente, en el parque de Ferrera. Recientemente se hizo público que exportaremos, en otoño, el Aviles’ Seal Parade a la ciudad atlántica de Saint-Nazaire, Francia. Algo histórico.

Todo lo cual dejo por escrito hoy, un 26 de agosto. De 2012.

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El poeta Rubén Darío, embarcado entre San Juan de La Arena y San Esteban
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Alberto del Río Legazpi | 19-08-2012 | 11:22| 3

Allí, en la calle Rubén Darío, de la localidad asturiana de San Juan de La Arena, y pegado a la escollera, hay un bar con este nombre. En su interior, a la izquierda –y tan a desmano que resulta un verdadero escollo poder leerlos– hay colgados tres manuscritos, dedicados al propietario del establecimiento por el poeta irlandés Seamus Heaney, Premio Nóbel de 1995, un embrujado confeso de estos parajes, que le inspiraron su The Little Canticles of Asturias(‘Las pequeñas cantigas de Asturias’).

Desde el bar, en la margen derecha de la desembocadura del Nalón, se divisa una embarcación, de azulejos multicolores, varada en el césped. Es una escultura, de Juan Méjica, cuya proa enfila hacia San Esteban, población en la otra margen de la ría, y que es la decadencia industrial en estado puro.

Rubén Darío y Francisca Sánchez, veraneantes en Asturias

Algunos dicen que el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), fue a la poesía lo que Mozart a la música, por su genialidad creativa desde niño. Apodado ‘Príncipe de las letras españolas’ y ‘Padre del modernismo poético’ –en el que bebieron gente del calibre de Juan Ramón Jiménez, Pérez de Ayala o Antonio Machado– es, otro más, de los intelectuales atrapados por la trinidad San Juan-Nalón-San Esteban, milagroso fenómeno que es episodio aparte.

Intensivas fueron las estancias del genial poeta (hombre muy castigado por tragedias personales) en estas tierras ribereñas. Veraneó en San Juan de La Arena (1905) y en Riberas de Pravia (1908 y 1909).

Algunas singladuras nocturnas, fueron peculiares. Embarcaba, en La Arena, vestido de frac y desembarcado, en San Esteban, se dirigía a la fonda-restaurante ‘El Brillante’.

Allí, el poeta prodigioso, que vivía del periodismo y la diplomacia, se daba a la creación. En compañía de una copa de ajenjo, iba escribiendo en papelitos que sacaba del bolso izquierdo de su chaqué, limpios de verso y paja. Y que una vez llenos de poemas y citas, introducía en el derecho.

El regreso hacia La Arena, con la experta barquera Raquel al remo, era festejado ceremoniosamente, en pleno estuario carbonero, con descorche de champaña francés.

Este hombre, excesivo, con graves problemas de salud, estaba encantado con el territorio y sus gentes, a los que dedicó artículos en el diario argentino ‘La Nación’. Aparte de otro, exclusivamente sobre la poesía asturiana (en bable), cosa que –a inicios del siglo XX– manda ‘calao’. Categoría humana e intelectual.

La comunión poesía-Nalón, se corona en lo alto de San Esteban, cerca del Espíritu Santo (mirador ¿eh?), en la Atalaya de Muros del Nalón, otra pasada de población, donde una placa reproduce arrebatados versos del gran Alfonso Camín (1890-1982), por aquí nacido, ante el imponente espectáculo que allí se contempla:

«Yo nací en una cumbre cerca del cielo 

donde ruge el valiente mar de cantabria

 donde van a galope de las galernas

con la cruz de Pelayo, vientos de España».

Ahí queda eso.

Los que vengan detrás, que arreen.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta