El Comercio
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La, hoy, desarbolada plaza 'del Pescado'…
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Alberto del Río Legazpi | 16-12-2012 | 10:30| 2

La historia de muchas zonas de Avilés, es la de tierras rescatadas al mar. A medida que avanzaban los siglos y la población crecía, aumentaba su demanda de tierra firme donde edificar y esparcir. Y de esta necesidad hicieron virtud –nuestros antepasados– transformando zonas húmedas en secas y cambiando el agua salada por la dulce. Esta plaza es una muestra.

La plaza, en 2011. Antesala del Centro Niemeyer

 Su rescate se selló en 1866, cuando plantaron aquí un paseo bautizado como la Alameda Vieja.Posteriormente, en 1892, el lugar fue rebautizado como plaza de San Sebastián, hasta que en 1929 se sustituye por el pomposo nombre de ‘Plaza de la Reina Doña María Cristina’ y en 1938 –vuelta la burra al trigo– se le asigna, a petición de los consignatarios navieros locales, el nombre ‘Santiago López. Marqués de Casa Quijano’, que era un industrial y comerciante carbonero bilbaíno.

Pero en todo el tiempo que viene desde 1918 –cuando el Ayuntamiento desplumó el lugar talando numerosos árboles y ajardinando el terreno en torno a una, entonces, moderna nave que sería mercado de pescados– hasta hoy, muy pocas personas la han conocido por los nombres citados, a excepción de los carteros y supongo que los vecinos de los tres únicos portales del lugar, sino como plaza del Pescado y también de La Pescadería.

En 2010 sufrió otro bamboleo urbanístico, al ser elegida como partida de comunicación peatonal (a través de una pasarela aérea) de la ciudad con el recién construido Centro Niemeyer. Y nuevamente la plaza volvió a ser pelada de vegetación. Esta vez un corte al cero.

Guste o no, la pasarela –un episodio aparte– da solución urgente a un problema difícil, a falta de las obras fetén (que ni están ni se las espera, de momento) como son el desvío, fuera de la ciudad, de las vías férreas y terrestres.

Aspecto de la plaza durante el siglo XX

Hoy, la desarbolada plaza ‘del Pescado’ (o de Santiago López) es lugar importante, por ser el punto de llegada más rápido al Niemeyer desde el centro de Avilés (o sea ‘El  Parche’, porque así es conocida la Plaza de España) y desde allí el peatón baja por la calle de ‘La Cárcel’ (que así llama el personal a la de Ruiz Gómez) llegando a la plaza del Pescado (ya saben, la de Santiago López) que es la antesala del Centro Niemeyer.

Por todo lo anterior se deduce, si es que aún no le ha dado, a usted, un soponcio, que el callejero oficial es papel mojado y que lo tiene muy crudo en Avilés.

Por lo demás la plaza del Pescado (la de Santiago López), aquella de gran tradición arbolada, melenuda, se ha quedado calva, aunque llena de pasarela de acero ‘corten’ y de un blanco refulgente en su antigua pescadería, transitada hoy por multitudes.

Y aún dicen –gente como Sorolla– que el pescado es caro.

No conocen Avilés.

 

 

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El tan honrado como respetado y muy viajado, fray Valentín Morán
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Alberto del Río Legazpi | 09-12-2012 | 09:38| 3

La empinada Cabruñana de Avilés, hoy calle céntrica de la ciudad, nunca fue una cuesta cualquiera.

Su categoría le viene de siglos, como obligado, y difícil, lugar de paso del Camino Real –una autopista medieval– que comunicando Grado y Pravia con Luanco, atravesaba aquel Avilés amurallado siguiendo el trayecto urbano de Fuente de La Cámara-San Bernardo-Puente de San Sebastián. Y viceversa.

En Cabruñana, hasta mediados del siglo XIX, las noticias nos dicen que había muy pocas casas. En una de ellas nació, en 1694, Valentín Morán Menéndez.

Pasada su niñez, recibió educación en el –entonces– nuevo convento de La Merced (levantado, en buena parte del lugar, hoy ocupado por la iglesia nueva de Sabugo) de los Mercedarios Calzados, que habían dejado su residencia de Raíces para establecerse en Avilés. El joven Valentín, inició allí sus estudios y terminó profesando como mercedario.

Fray Valentín Morán (1694-1766)

 El nuevo fraile, que pronto se reveló como persona muy competente, comenzó una frenética actividad que lo llevaría a viajar sin descanso –cosa fatigosa teniendo en cuenta los medios de transporte de la época– por diversas ciudades de España y Europa, ejerciendo altos y comprometidos cargos de su Orden religiosa. También en América, pues estuvo trabajando, cuatro años, en el Perú.

Y a este continente estuvo a punto de volver, en 1750 cuando fue preconizado obispo de Panamá, pero no llegó a tomar posesión por razones hoy confusas, pero si lo hizo como obispo de Canarias. O sea, que del barco no lo libraba nadie.

Fray Valentín, había residido –desde 1738– ocho años en Roma, ocupando cargos de prestigio en el Vaticano, cuando pontificaba Benedicto XIV, el papa más erudito del siglo XVIII, que distinguió al mercedario avilesino con su amistad personal.

Hombre de carácter recogido, muy culto y de una humildad sin cuento que valga, concitaba grandes simpatías. Así que no fue nada extraño la que se armó en Canarias –hasta allí había su fama– en 1751, tanto cuando llegó para ejercer durante diez años como obispo, como en la multitudinaria despedida que le montaron cuando se marchó de las islas, obligado por su estado de salud, hacia Avilés.

Lo hizo en un barco danés que salió de Santa Cruz de Tenerife con destino a San Sebastián, haciendo escala en Gijón, donde llegó el obispo mercedario después de 40 (cuarenta) días de una navegación azotada por tormentas interminables.

«Hizo su entrada en esta villa, que le recibió con voladores, ‘chupinos’ y disparos de la campana del reloj» cuenta el historiador David Arias García. El atípico obispo mercedario, regresó a sus orígenes, alojándose en el convento de La Merced. 

Justo Ureña, el recordado Cronista Oficial de la Villa de Avilés.

En las islas, su carácter infatigable le había hecho visitar, a lomos de cabalgadura, gran parte de los pue­blos de su diócesis, cosa inusual por entonces.

Valentín Morán, al igual que vivió con intensidad aquello en lo que creyó, también contribuyó al progreso de su villa, pagando de su pecunio, reparaciones de caminos y calzadas (entre ellas Cabruñana) e insuflando el dinero necesario para terminar el nuevo puente que unía (en parte de lo que hoy es la calle de La Cámara) la Villa con Sabugo.

En el convento mercedario -donde residía en una celda- fabricó, a su costa, la capilla de la Soledad.

Murió en 1766, cuando contaba 72 años de edad, y fue enterrado en ‘su’ capilla de La Soledad, adosada al convento. Pero en 1903 se construyó la actual iglesia de Sabugo, en gran parte sobre las ruinas del convento de La Merced y sus restos fueron trasladados a la iglesia vieja de Sabugo.

Después de diversas peripecias, hoy se puede ver –a los pies de la imagen de la Virgen de La Soledad de la nueva iglesia de Sabugo (en lugar muy próximo, geográficamente, a donde había estado la capilla del convento) –en el suelo una lucida lápida donde reposan sus restos. Fue una gestión de diversas personas, Justo Ureña (Cronista Oficial de Avilés) entre ellas, empeñadas en hacerle justicia a este fraile, ciudadano del mundo, empeñado en descansar para siempre en Avilés.

Fue persona respetada por respetable, con ganada fama de honrado en los cargos con los que cargó. Que fueron abundantes.

Y en Sabugo descansan sus restos… ‘pa’ los restos. Amén.

 

 

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Aquel convento de La Merced
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Alberto del Río Legazpi | 02-12-2012 | 10:01| 5

Ha dejado, por escrito, el segundo marqués de Teverga que «Debíóse el convento de la Merced á la esplendidez de su patrono el Sr. Marqués de Camposagrado para complacer á su piadosa madre Doña Eulalia, último vástago directo de la noble familia de las Alas».

De tal cosa también había dado cuenta Jovellanos, cien años antes, con mágico estilo: «Los Mercedarios (de Raíces) venían a la Villa de Avilés con ocasión de entierros, etc… Una noche se quedaron en una barraca que tenían, donde ahora el convento, y a la mañana siguiente amaneció en ella campana y capilla».

Un texto digno de Gabriel García Márquez, solo que dos siglos y pico antes que lo hiciera el Nóbel colombiano.

Calle 'La Cámara'. Al fondo el convento de La Merced.

Pero costó Dios y ayuda, de trámites engorrosos, conseguir permiso de construcción del nuevo convento –cosa lograda en 1668– y con razón, porque tal parece que a los prohombres de Avilés, de aquel tiempo, les hubiera hecho la boca un fraile.

La Villa tenía alrededor de 3.500 habitantes (la mayoría en el recinto amurallado, aparte de los de Sabugo, el arrabal de Rivero y Miranda), un reducido número de población para tanta práctica de religión,  ya que contaba con dos y considerables conventos (monjes Franciscanos y monjas Bernardas) aparte de las iglesias y del eremitorio de Raíces, donde estuvieron los Mercedarios, a pie de Peñón, hasta su traslado a su nueva residencia de Sabugo.

Las obras fueron peliagudas, ya que el terreno sobre el que se edificó estaba sujeto a las mareas y hablamos de un edificio de 70 metros de largo por 37 de ancho, con patios y claustros interio­res e iglesia adosada, de 37 por 13, más una capilla conocida como de La Soledad.

En el convento, que llegó a contar con 26 religiosos (datos del año 1758), profesaron dos avilesinos que pasaron a la historia como destacados obispos: González Abarca y Valentín Morán.

Cuando en 1876 cierra sus puertas, obligado por la ley desamortizadora de Mendizábal que penaba los ‘bienes eclesiásticos improductivos’,  el edificio pasa a ser regido por el Ayuntamiento, etapa civil que duró 19 años.

Entonces el gigantesco caserón fue reconvertido en lo que hoy llamamos Hotel de Empresas, pero a lo bestia. Porque allí habitó de todo cuando los del hábito mercedario fueron expulsados.

Convirtióse, el antiguo convento, en un abrumador mil usos, en un gigantesco cajón de sastre que alojó: casa-cuartel de la Guardia Civil, oficina de telégrafos, Asilo de Ancianos, mercado de ropa vieja, cuadras de caballería, fábrica de tejidos, picadero (de equitación, se entiende), escuela de náutica, cuadras de bueyes municipales (entiéndase ganado propiedad del Ayuntamiento), oficina de rentas y muchos etcéteras más. Aparte de escuelas infantiles y un par de academias: la Preparatoria de Bachiller, dirigida José Benigno González ( ‘Marcos del Torniello’) y la popular y afamada ‘Cátedra” fundada por los hermanos Domingo y Cástor Álvarez Acebal.

La zona sombreada indica la situación del convento (Infografía: Foto-estudio Angelín)

También fue ‘cercado’ por dos cementerios, uno de ellos clausurado por insalubre, pero el otro aguantó como necrópolis municipal hasta construirse el de La Carriona.

En 1895 derruyeron aquel viejo cascarón –había aguantado en pie 187 años– porque Avilés se modernizaba y en parte del terreno que ocupaba se construyó una iglesia nueva para Sabugo, en la que se utilizó mucha piedra del arruinado edificio conventual.

Del interior, poca cosa, que se fue desperdigando por distintos edificios religiosos, incluido un cementerio (San Cristóbal), como no.

Por lo que, hoy, de aquel convento de La Merced y su variopinto contenido, solo nos queda una vaga estela, digna de ser o filmada por un Visconti o firmada por García Márquez. Le harían una merced.

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David Arias Rodríguez del Valle, el poeta que fue alcalde dos veces
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Alberto del Río Legazpi | 25-11-2012 | 11:12| 9

Siempre que se hable de David Arias, conviene añadir el segundo apellido, ya que hay dos personajes relevantes así llamados, padre e hijo, que por esta razón son confundidos. Un asunto ya aclarado en episodio publicado, en este periódico, el 5 de agosto de 2012.

Hoy escribo sobre David Arias Rodríguez del Valle (hijo de David Arias García) que nació en Avilés el 20 de enero de 1890 y estudió en el colegio de La Merced, cursando luego Derecho en Oviedo y Madrid hasta que, en 1913, regresó a Avilés y abrió bufete de abogado.

 Heredó de su padre, aparte de la profesión, la afición a la literatura y la condición política de liberal, en el Partido Reformista, aunque en 1934 dimitiera para afiliarse a Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña. Fue alcalde de Avilés en dos ocasiones y en ambas elegido democráticamente. En la primera de ellas, que comenzó 1 de abril de 1922 fue desalojado a la fuerza, por la dictadura del general Primo de Rivera, el 1 de octubre de 1923.

Caricatura de CÁSTOR, en 1931

En su segunda etapa –del 26 de febrero de 1930 al 21 de septiembre de 1934, en que dimitió– su labor se centró en modernizar la ciudad, destacando la impagable consecución del primer Instituto de Enseñanza Media (llamado ‘Carreño Miranda’) y que construido en El Carbayedo, irradió educación, aparte de en Avilés, hacia el occidente asturiano.

Persona muy popular, este David Arias, también fue presidente del Casino de Avilés.

En su trayectoria literaria destaca la novela ‘Después del gas’, editada en Madrid en 1934 y reeditada en Avilés, por Azucel, en 2003. En México publicó otra novela en 1944: ‘Llegará del mar…’ Buena parte de su obra poética, su faceta preferida como autor, se recoge en el libro ‘Sendero’, igualmente editado en México en 1968.

Su dedicación a las tareas literarias, espe­cialmente la poesía, comenzaron en sus años de estudiante y nunca cesarían. Destacan también sus colaboraciones periodísticas: ‘Anales de la Universidad de Ovie­do’, ‘España Nueva’ de Madrid, ‘El Progreso de Asturias’, ‘El Bollo’, pero principalmente las del diario ‘La Voz de Avilés’.

David Arias y Rodríguez del Valle, fue una persona –otra más, entre muchas– desgarrada por las tragedias históricas de la política española de los años treinta del siglo XX. A las que hizo frente hasta donde pudo.

Muchas veces las anécdotas ilustran más que los grandes hechos: En septiembre de 1937, al entrar las tropas de Franco en Avilés, embarcó en San Juan de Nieva rumbo a la ciudad francesa de Saint-Nazaire, desplazándose desde allí a Paris, para entregar, en la embajada española en Francia, los fondos monetarios y el libro de la  Junta de Obras del Puerto de Avilés de la que durante años fue secretario. Las cuentas claras.

David Arias R.del Valle (1890-1975)

Luego volvió a España, a Barcelona, con su familia (con la que había huido desde Avilés), acabando todos en el humillante exilio francés, antes de emprender viaje a México, en la más absoluta pobreza. Su correspondencia con otro escritor avilesino, Luís Amado-Blanco, que vivía en Cuba, da cuenta de su angustiosa situación para sacar adelante a su familia, lo que finalmente logró trabajando exitosamente como abogado en México D.F., donde pasaría el resto de su vida –con la excepción de una breve visita a su villa natal en 1964– hasta su muerte, en la capital azteca, el 2 de febrero de 1975.

Pero en 2003, regresó definitivamente a la memoria de Avilés, cuando ante sus hijas y nietas, el Ayuntamiento avilesino le rindió público homenaje que quedó plasmado en el parque de Las Meanas –que él modernizó en 1934– dedicando, su avenida central, al alcalde poeta.

En ese céntrico parque se suele celebrar la anual feria del libro. Por tanto es alameda honrada, tanto por el autor que ahora le da nombre, como por la enriquecedora exposición cultural. Las circunstancias (siendo alcalde David Arias urbanizó parte de Las Meanas, como zona de exposición ganadera, ausente de edificación) han hecho posible que hoy allí –lo que son las cosas– se ubique la plaza de La Exposición, dotada de canchas deportivas y espacios infantiles. Una bendición urbana rematada, en 2006, siendo alcalde Santiago Rodríguez Vega.

A dicha plaza se llega por distintos caminos, aunque el principal es el «Paseo del Alcalde David Arias». Aquel alcalde que creía en la poesía. Y la escribía.

Algo, venturosamente, inaudito.

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Los tres puentes de San Sebastián de la Ría de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 18-11-2012 | 10:12| 1

En Avilés, como en Pernambuco, está perdido en la noche de los tiempos esto de procurar no mojarse, cuando en el camino te encuentras con un buen cauce de agua.    

Imagino que serían tantas las artimañas, como variados los artilugios, utilizados para cruzar la Ría (que entonces ya era mayúscula) y terminar seco en el intento.

Pero sabemos, a ciencia cierta, que tanto aquí como en Lima, el camino más corto siempre ha sido la línea recta, que en cuanto puede se apoya, con el nervio debido, en las curvas. Que la ingeniería siempre tuvo su cosa erótica, pese a lo que diga John Dos Passos.

Y así, recta sobre curvas, fue concebido –sabe Dios donde y cuando– el puente. Un invento sencillamente maravilloso.

Primer puente de San Sebastián. Avilés

Aquí, en Avilés, siempre hubo pasarelas, más o menos estables, pero no fue hasta los tiempos de Felipe II (aquel rey que envió a Pedro Menéndez de Avilés a fundar San Agustín de La Florida, la –hoy– ciudad más antigua de los USA ) cuando se levantó el gran puente de piedra de San Sebastián, cerca del barrio, venta y ermita, que de ese nombre, había en la margen derecha de la Ría.

Los viaductos de San Sebastián fueron tres: uno de piedra y posteriormente dos metálicos.

Los escritos citan, ya en 1348, el antecedente al primero de estos puentes: un rudimentario paso conocido como de Corujedo (o Coruxedo). Según el historiador Jorge Argüello se trataría de una estructura de madera sobre pilares de piedra,  de ahí el nombre ‘de los Pilares’ que recibió cuando fue construido el primer puente de piedra –a partir de 1573– y que, formando parte del Camino Real de Grado a Gozón, funcionó durante siglos salvando la Ría. Daba nombre a la puerta de la muralla conocida como la de Los Pilares o Del Puente, ubicada en la, hoy, calle de Los Alfolíes (contigua a la iglesia de los Padres).

La denominación de puente de Los Pilares, fue vencida con el tiempo, por la de San Sebastián, dada la popularidad de la ermita de este santo ubicada en la margen derecha de la Ría. Baste decir que era la que mayor número de cofrades aportaba a la Semana Santa avilesina.

Segundo puente de San Sebastián.

Siglos más tarde, en 1893, se abandonó este histórico puente (luego demolido) construyéndose un segundo de hierro –diseñado por el ingeniero Francisco Writz– de cuarenta y tres metros de largo por nueve de ancho, ubicado a unos30 metrosdel anterior, Ría arriba. La sustitución se hizo por lo estrecho que se había quedado, el viejo puente, para el paso de los nuevos medios de transporte, cada vez más sofisticados.

El personal se tomó muy a mal la modernidad del nuevo puente  y abundaron comentarios despectivos del calibre de «parece una torre de Eiffel echando la siesta», cuando no coplas, como la firmada por Juan Francés, en ‘El Diario de Avilés’:

«Puente Metálico… 

Mucho hierro por arriba, 

mucho hierro por abajo, 

y si todo en el hierro estriba…

 ¡Que lastima de trabajo!»

Pero este primer puente metálico, fue crucial –aparte de para la tradicional comunicación con Gozón– en los inicios de la obra civil de ENSIDESA. Pero a partir de 1953, una vez construido el puente Azud (no Azul) y luego el de Llaranes, solo mantuvo el servicio peatonal para terminar cerrándose en 1992, por decrepitud con alevosía.

Tercer puente, antes de su inaguración, en 2006

Después de años de abandono, en 2006, la ruina fue sustituida por una réplica, operación que financió el Principado, quien tuvo –como ya tengo escrito– el acierto de encargarle el proyecto cromático al artista Ramón Rodríguez.

Hoy, este tercer puente de San Sebastián, es uno de los iconos de Avilés actual, aparte de ser el principal acceso peatonal al Centro Niemeyer, actualmente en pausa por decirlo de alguna forma.

Así que una cosa son los puentes de Madison, de Clint Eastwood, y otra los puentes de San Sebastián, de Avilés, el último de los cuales también lo cruzó –el 25 de marzo de 2011 día de la inauguración del Niemeyer, y como lo vienen haciendo desde entonces miles y miles de personas– el peatón Woody Allen, un clarinetista de Manhattan que hace cine.

Es historia. No son películas. Doy fe.

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La importancia del carbayo (roble) en Avilés… y más madera que es la guerra
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Alberto del Río Legazpi | 11-11-2012 | 13:08| 0

Cuesta imaginárselo. Pero hubo un tiempo en que Avilés era solamente una Ría, mayúscula eso si. Luego surgió una villa amurallada de unos 45.000 metros cuadrados (algo así como la mitad del parque Ferrera), y un barrio marinero, extramuros, de nombre Sabugo (donde curaban todo con ‘fervidiellos’ o infusiones de la flor de saúco, que abundaba por allí).

El resto: bosques y más bosques. No había ni Parche, ni Cámara, ni Galiana, ni su tía. Árboles, sólo árboles.

Por allí, por cuando solo había Ría, andaba la primitiva sociedad avilesina con sus ritos, donde tenían un protagonismo importante dos árboles: robles y tejos –que en Asturias también conocemos como carbayos y texos– que destacaban por sus grandes dimensiones.

Avilés no era ajeno a la costumbre de otros pueblos que también consideraban al carbayo un árbol sagrado: los griegos los consagraban al dios Júpiter y las siete colinas de Roma (una de ellas llamada El Quirinal, por cierto) fueron recubiertas de carbayos. Los druidas celtas utilizaban hojas y muérdago del mítico árbol para preparar las pociones utilizadas en sus ceremonias.

Pero dejo de andar por las ramas de los carbayos y cojo la cuestión de que, en Avilés, heredamos el mayor número de topónimos derivados del carbayo del mundo entero.

Empezando por la recoleta plaza del Carbayo, centro del medieval barrio marinero de Sabugo, y llamada así porque tenía plantado un carbayo frente a su iglesia del siglo XIII. Era un homenaje a la madera carbayona, materia prima en la construcción de barcos en las ‘carpinterías de ribera’ –que así se llamaban, entonces, los astilleros– del Campo de Bogaz, situado donde ahora está la estación central de Avilés, y donde se fabricaron multitud de embarcaciones de madera, desde simples barcas hasta galeones durante los siglos XVI al XVIII.

Otra es la espectacular plaza del Carbayedo, situada en la parte alta de la ciudad y famosa históricamente, por su bosque de carbayos, por cobijar durante años la mayor feria de ganado de Asturias. Hoy es un deseado vergel donde se liban vinos, sidras y demás familia.

También están Los Carbayedos, barrio situado en la margen derecha de la ría, donde termina resbalando por una colina para quedar atracado, casi a pie de muelle. Pertenece a la parroquia San Pedro Navarro, donde hay un centro de enseñanza, en cuyo patio se levanta un monumento en memoria de Fernández Carbayeda, histórico maestro de Valliniello.

'El Arbolón'. Un árbol de leyenda.

Y también están: La Carbayeda, pequeño núcleo rural encajado entre Llaranes y Corvera. O Los Carbayos, que es un caserío de San Román de Naveces, muy cerca del aeropuerto.

Y no sigo. Porque entre los topónimos y los nombres de negocios o de apellidos,  o motes, relacionados con él, esto se puede convertir en una guía telefónica. La sombra que ha dejado el carbayo, árbol totémico de Avilés, es tan gruesa y alargada como él.

Otra es que la principal exportación que se hizo, durante siglos, por el puerto avilesino fue la maderera y dentro de esa categoría, mayoría de carbayos.

Pero, coime, si en Avilés la madera ha llegado hasta el mismísimo fútbol. No se si estaba de madre o no, pero hasta no hace mucho estuvo compitiendo un equipo de fútbol que llevaba por nombre ‘Histórico Carbayedo’, en el barrio del mismo nombre, claro.

En el de Bustiello hay cuatro calles con la siguiente rotulación: Pino, Laurel, Castaño y Álamo.

El colmo es que hasta tenemos un barrio, sitio o lugar ciudadano, totalmente identificable, llamado el Arbolón. Es un clásico en Avilés, allí al final de Rivero, aunque hoy es Arbolón sin árbol, porque el olmo que le daba nombre se murió –de viejo y ayudado por una tormenta– y en su lugar plantaron un par de edificios en un pís-pás, no fuera a ser que prendiera un arbolín que generara otro arbolón.

Esta abundancia de topónimos vegetales es un termómetro de la importancia que los árboles siempre han tenido aquí y, de paso, otra singularidad Made in Avilés. La marca, el recuerdo que han dejado en el callejero, es algo que difícilmente se encuentra en otra población del mundo entero.

Hoy ya no exportamos madera, no por nada, sino porque casi no nos queda, razón por la que destruir  un árbol, en plena ciudad, es una violación social en toda regla.

¿Más madera que es la guerra? Pues claro que sí ¡Jolines!

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Luz Rodríguez-Casanova y su titánica labor humanitaria
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Alberto del Río Legazpi | 04-11-2012 | 13:26| 5

Luz vio la luz en Avilés el 28 de agosto de 1873 y se le apagó en Madrid el 8 de enero de 1949. Nueve años más tarde, la Iglesia Católica Apostólica Romana inició su proceso de beatificación.

El estudio de la ingente obra benéfica puesta por ella en marcha y el minucioso examen de la misma, aparte de que, como se sabe, las cosas de palacio van despacio, han hecho que los sumarios se hagan exhaustivos.

Luz Rguez.-Casanova (1873-1949)

Es por tanto muy arriesgado predecir, cuando se tomará una decisión al respecto. Según las normas establecidas por la Iglesia, la persona beatificada recibe el apelativo de bendecida, lo que  generalmente supone un paso hacia la canonización que lleva a la condición de santidad.

Por aquel año de 1873, cuando Luz nació, Avilés, que contaba con más de 4.000 habitantes, finalizaba la desecación de las marismas –foco de enfermedades y barrera para ensanchar la ciudad– lo que haría posible la edificación del nuevo parque del Muelle y de la ‘plaza de los Siete Nombres’ (La Plaza, Plaza Nueva, de Las Aceñas, del Mercado, de Abastos, de Julián Orbón y de Hermanos Orbón).

Y también aquel año, fue cuando José García San Miguel, primer marqués de Teverga y alcalde avilesino, consiguió agilizar las obras de canalización de la Ría. Y en España se había declarado la primera República, que apenas duraría dos años.

El primer marqués de Teverga fue su abuelo y el segundo (el famoso Julián García San Miguel), que luego sería ministro, fue su padrino de bautizo. Luz, era hija de una hermana de éste último, y había nacido en la residencia familiar, en el número 30 de la calle de La Cámara, esquina con La Muralla y San Bernardo. Un hermoso edificio, hoy desgraciadamente desaparecido.

Ya de joven dedica gran parte de su tiempo al trabajo parroquial en San Nicolás de Bari. Y es aquí, donde quedan sus últimas huellas religiosas avilesinas, ya que la muerte repentina de su padre cambia totalmente su vida al trasladarse con su madre a vivir a Madrid.

Luz Rodríguez-Casanova comienza, allí, a demostrar que tenía muy claro lo que quería. Así que a los 22 años y con la mayoría de edad cumplida –y tener la  facultad para hacer con el dinero heredado lo que considerara conveniente– inicia su intensa actividad benéfica.

Labor febril y de desgaste, y nunca mejor dicho, porque hace que a los 26 años desparezcan la mayor parte de sus bienes. Lo hizo en beneficio de quienes no gozaban de ninguno. Conste en acta.

Es en 1902 cuando abre el primer colegio para albergar niños pobres. Dos años más tarde pone en marcha un patronato para enfermos, e incluso se adelantó a la Iglesia al crear un hogar para recoger a sacerdotes ancianos. Treinta años más tarde asombra comprobar que había abierto 106 escuelas, que acogían a 14.000 niños. Parece ser que aquí finiquitó las propiedades que le quedaban.

Casa natal de Luz R. Casanova,en Avilés

Es en 1920 cuando fundó la congregación de las Damas Apostólicas del Corazón de Jesús. Abriendo, posteriormente, varias casas en otras ciudades. En 1943 el Papa Pío XII firma el documento erigiendo a dicha Congregación como institución de derecho pontificio.

La última datación, a finales del siglo XX, es que contaba con veinte casas en España, dos en Roma y cinco en América del sur.

Mujer dotada de una más que notable personalidad, al terminar la guerra civil y comprobar que se había arrasado mucho de lo que ella había construido manifestó: “Volveremos a empezar”. Su tenacidad, que contagiaba a quienes la seguían, hizo que lo consiguiera.

Y hasta un joven sacerdote, José María Escrivá, que años más tarde fundaría el controvertido Opus Dei, fue capellán de una de las iglesias del “Patronato de enfermos” de Luz Rodríguez-Casanova.

Persona de una contagiosa fortaleza moral y dotada de –por lo que cuentan los que la trataron– una impresionante presencia de ánimo, es alguien sobre quien el tiempo parece haber tendido un manto, que quizá, cualquier día, el soplo de una noticia procedente de Roma consiga destapar.

Si es así, Luz puede ver otra luz.

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Llaranes y su Capilla Sixtina
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Alberto del Río Legazpi | 28-10-2012 | 11:49| 0

En torno a 1950, Avilés sufrió una colosal transformación industrial y social, sin duda el acontecimiento más importante de su larga historia. Y comenzó a fabricar cristal, zinc, aluminio, fertilizantes, hierro y acero.

Aquello fue una orgía productiva prodigiosa, sin muchos precedentes en España, que convirtió a la ciudad asturiana en la meta de miles de españoles, una tierra de promisión, donde emigrar para conseguir un empleo.

Y surgieron barrios, que cercaron la vieja e histórica villa  con  edificios clónicos y de carencias crónicas, en el aspecto social. Las consabidas deficiencias educativas, sanitarias, etc., tan típicas de todo aquello que se hace en plan tente-mientras-cobro.

La excepción, que confirma lo anterior, fue el poblado construido por la gigantesca empresa siderúrgica ENSIDESA, en Llaranes, en la margen izquierda de la Ría de Avilés.

Mucha gente cree, equivocadamente, que fue entonces cuando nació este pueblo de nombre tan singular.

Pero Llaranes tiene señas del imperio de Roma en monedas encontradas en sus predios. Y también su cupo de misterio medieval, alumbrado por un fogonazo conservado en piedra, en forma de ventana prerrománica en su capilla de San Lorenzo de Cortina.

Y fue, en este idílico valle, entre la ría y las suaves colinas por donde discurría la antigua carretera de Avilés a Oviedo, donde se construyó un conjunto modélico.

Arquitectónicamente era algo fuera de norma -para lo que, entonces, se llevaba – y su proyecto fue firmado por Juan Manuel Cárdenas y Francisco Goicoechea. El poblado fue tan vanguardista en su trazado como excepcionalmente inusual en los servicios sociales de los que gozaron sus habitantes. Su originalidad, en todos estos aspectos, ha merecido que hoy figure en los tratados de urbanismo internacional, como referencia obligada.

Y en la mayor colina del nuevo poblado –y dominando como manda la tradición– fue plantada la iglesia de Santa Bárbara, que inaugurada en 1957, es, aparentemente un edificio religioso más. Pero ya, ya.

Interior de la Iglesia de Llaranes. Avilés

El continente no augura para nada el contenido. Porque lo que alberga es un grandioso festival artístico que te deja patidifuso. Te acoquina. Y, al margen de gustos, no deja indiferente.

Todo este fantástico conjunto ornamental –a excepción de un retablo del siglo XVI– es obra del polifacético artista madrileño Javier Clavo (1918-1994), cuya trayectoria vital y artística ha sido estudiada por Jorge Bogaerts. Sobre la obra de Clavo en la iglesia avilesina, tambien hay estudios de José María Murias, Amador Álvarez y María José Lodos.

Clavo lo clavó. Y reinterpretando la tradición, creó más de cuatrocientos metros cuadrados de pinturas al fresco con claras influencias de su admirado Pablo Picasso, aparte de mosaicos, figuras, vidrieras, e incluso un magistral Vía Crucis.

Escribí hace diez años, y mantengo, que ‘En Llaranes está la Capilla Sixtina del arte vanguardista religioso del norte atlántico español’, frase que hizo fortuna.

Y hoy, añado, parodiando la famosa frase donde se alude a París, que ‘Llaranes bien vale una misa’.

Por todo ello –y tomado en cualquier sentido– termino afirmando que el interior del templo de Santa Bárbara de Llaranes es la de Dios.

Ver para creer.

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Una Infanta de España y una estatua de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 21-10-2012 | 11:38| 4

Pedro Menéndez de Avilés, quinto Adelantado de La Florida, donde fundó, en 1565, San Agustín deLa Florida, –hoy, la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América– tuvo su recuerdo histórico, un tanto en tinieblas, hasta finales del siglo XIX.

Fue entonces cuando, el famoso erudito, y académico granadino Aureliano Fernández-Guerra –el mismo que le negó autenticidad al Fuero de Avilés (controversia kilométrica de episodio aparte)– desempolvó la figura del avilesino, escribiendo aquello de: «Al Adelantado y Con­quistador deLa Florida, Pedro Menéndez de Avilés, el más excelente y atrevido marino del siglo XVI, España le debe un monumento, la historia un libro y las musas un poema».

A partir de ahí, la figura histórica del navegante entró en un proceso de aceleración. Poemas no me constan, pero si unos cuantos libros que trazaron su semblanza. Y una estatua.

En Avilés, los persistentes escritos del periodista Julián Orbón (hermano del compositor musical Benjamín), sobre la necesidad de honrar –con un monumento– a Pedro Menendez, dan fruto en 1916 cuando el Ayuntamiento se implica en el proyecto y decide levantarle una estatua en el parque del Muelle.

Convocado un concurso, resultó elegido el boceto presentado por el artista valenciano Manuel García Gonzá­lez (‘Garci-Gonzá­lez’), un conjunto escultórico, de 60 m2, con cuatro zonas ajardinadas sobre las que reposan cañones de época, que rodean a la peana sobre la que se yergue la estatua, en bronce, del Adelantado, de 2,5 m. de altura y 436 kilos de peso.

Se inauguró el 23 de agosto de 1918. Un acto que presidió la Infanta de España Isabel de Borbón (más conocida como ‘La Chata’, personaje muy popular por sus gustos llanos y espontaneidad). Venía en representación de su sobrino, el Rey Alfonso XIII, y acompañada de un séquito donde destacaba José Francos Rodríguez, ex-ministro y ex-alcalde de la capital española.

La Infanta se trasladó desde el palacio de Ferrera, lugar de pernoctación, a la iglesia de Santo Tomás de Canterbury, donde a las 10 de la mañana se celebró una misa de réquiem en memoria del Adelantado, oficiada por el Obispo de Oviedo, Francisco Baztán, y asistido por los párrocos de San Nicolás y Sabugo, Gumersindo González y Manuel Monjardín.

A continuación se encaminaron al parque del Muelle para proceder a la inauguración.

Hay que decir que el nuevo templo de Sabugo y sus alrededores no estaban tal como los conocemos ahora. Era un lugar descampado, de constante paso del ganado, que si cuadraba hacía sus necesidades, como fue el caso. Por allí enfiló la Infanta y su séquito.

Llegados a este punto tengo que resumir, en uno, los tres testimonios (escrito y orales) con los que cuento.

Fue todo muy rápido: Un avispado funcionario del Ayuntamiento, que iba en la avanzadilla, marcando el recorrido del desfile, avistó ‘peligro en tierra’ y girándose avisó, con la voz bastante más alta de la cuenta:

-¡Señor Alcalde! ¡Mierda en suelo!

Los ayudantes de la Infanta lo fulminaron con la mirada, sin tiempo a reaccionar ante lo que vino a continuación, y que fue cuando la primera autoridad municipal –José Antonio Guardado Muñiz– acercándose más de la cuenta a la ilustre visitante, la cogió del brazo, al tiempo que le advertía, de modo no sujeto al obligado trato de protocolo (o sea Alteza Real):

-¡Cuidado, Isabel! ¡Apártese, que hay boñiga en el suelo!

Y la ilustre dama –que contaba, entonces, con 67 años de edad– consiguió, por el tirón del Alcalde, evitar el emplaste vacuno. Gracias a la diligencia municipal. Que conste. Para que luego digan.

23 de agosto de 1918. Inauguración.

Por fin alcanzaron las terrosas y ‘nuevas’ calles de La Cámara,La Muralla y finalmente el parque del Muelle.

Por lo demás la inauguración transcurrió con la pompa y boato acostumbrado y la Infanta Isabel y acompañantes regresaron a Madrid como vinieron: en tren, moderno medio de transporte con el que contaba la ciudad, desde 1890.

Cuentan, que desde entonces, Avilés empezó a ser conocida, también, como ‘La Villa del Adelantado’.

Y colorín colorado, este episodio ha terminado.

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La de Galiana, ejemplo español de calle porticada
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Alberto del Río Legazpi | 14-10-2012 | 19:09| 2

Escribió Antonio Muñoz Molina, en su ‘Invierno en Lisboa’ que «una ciudad se olvida más rápido que un rostro». Y suele ser verdad en aquellas poblaciones que no están singularizadas por su paisaje urbano, como es el caso de la misma capital de Portugal o de Avilés, donde hay mucho para no olvidar. Por ejemplo la calle Galiana.

Y eso lo testifica gente como Torrente Ballester, Woody Allen o Gonzalo Suárez. Pero los concreto en el entusiasmo de Fernando Fernán Gómez, cuando –en diciembre de 1982– paseábamos por el casco antiguo y descubrió Rivero, pero sobre todo Galiana. Lo fascinó. Aún años después lo oí, en la radio, hablar de la calle Galiana de Avilés.

Armando Palacio Valdés contribuyó a hacer famosa –literariamente– esta espectacular calle porticada, levantada en el siglo XVII. En ‘La novela de un novelista’, le dedica un capítulo específico: ‘La batalla de Galiana’, donde narra las rivalidades entre jóvenes de Sabugo, Rivero y Galiana.

Ya se sabe que lo de Palacio Valdés con Avilés fue un amor a primera vista. Ciudad y autor siempre se agradecieron mutuamente, y una de las concreciones fue Galiana. El nombre de la calle (sinónimo de cañada), oficialmente nunca cambió, excepto entre el 3 de mayo de 1918 y el  19 de julio de 1945, en que llevó el del gran escritor asturiano.

Para generaciones de avilesinos, la zona porticada de la calle, fue camino diario, de su casa al edificio del Instituto de Enseñanza Media, hoy reconvertido en Colegio Público ‘Palacio Valdés’. En fin.  

La calle Galiana (siglo XVII)

La calle tiene252 metrosde soportales, apoyados en más de un centenar de columnas, con pavimentaciones originales: una empedrada, para animales irracionales (generalmente caballería) y otra con loseta para animales racionales, mayormente así considerados.

Casi empieza en una iglesia (San Nicolás) y por poco no termina en una capilla (conocida como ‘Jesusín’ de Galiana). Y en su mitad está la hornacina de la Virgendel Carmen, colocada en 1812 por José Corominas (‘Pepín el Jardinero’), vecino de la calle, que atribuyó a dicha imagen el salir con vida del incendio de su casa.

La calle se conserva como puede. Por ejemplo, sobran alturas de edificios recién restaurados y también unas horribles barandillas metálicas en las escalerillas de accesos a soportales, algunos de los cuales (entre los números 40 y 44) todavía exhiben astutas trampillas –originales del siglo XVII– que comunican piso con soportal.

El encanto, a Galiana, le viene por la variedad del conjunto porticado, por el mágico juego de la luz solar en según que horas y estaciones, y por la curva, la traza sinuosa de los soportales en su ascenso hacia la zona alta de Avilés.

Vista desde su inicio, asemeja un maravilloso laberinto. Y desde un lateral, un estuche de piedra que, milagrosamente, contiene una calle.

Eso es Galiana. Nada menos.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta