El Comercio
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De la calleja de ‘Los Cuernos’ a la calle de 'La Cárcel'
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Alberto del Río Legazpi | 16-09-2012 | 11:30| 3

Esta es la breve historia de dos empinadas calles y, a la vez, una demostración práctica de cómo el imaginario popular se enfrenta, y en ocasiones se impone, al mandato de la autoridad.

La calle Alfonso VII (Rey que refrendó el Fuero de Avilés en 1155) tuvo, distintos nombres: Travesía o calleja deLa Cámara, y ya durante tiempo Calleja de Los Cuernos, hasta que en 1892 se la bautizó como ‘Alfonso VII’, denominación oficial, que ha mantenido hasta hoy. Porque la popular (erre que erre) sigue siendo ‘Calleja Los Cuernos’.

Esta rebelión tuvo, incluso, su proclama poética, a cargo del periodista José Martín Fernández, en ‘El Diario de Avilés’ de entonces:

«Calle de Alfonso VII  / es nombre que han querido dar / a una estrecha travesía; / más no hay avilesino hoy día / que la quiera así llamar, / pues, lector, como sabrás / hay nombres que son eternos / y calleja de los cuernos… / ¡será por siempre jamás!»

Y acertó. Pues no pregunte usted hoy, por la calle Alfonso VII, que –mayoritariamente– no le darán razón, y no es por no querer, que es por no saber. Pruebe a hacerlo por la calleja Los Cuernos y al momento le indicaran la ubicación exacta.

El origen del nombre de la calleja (hoy muy popular y con mucha hostelería) tiene variadas versiones: Desde que fue, siempre, la senda y luego calleja por donde bajaban las vacas, de la zona alta de Avilés, a abrevar a la fuente de La Cámara. A la que habla de que en la calleja había un matadero (cosa que no consta en libros) y abundaban los cuernos por el suelo. Y la tercera se basa en los cuernos que le ponía a su rico y anciano marido una joven de muy buen ver, residente en una casa del callejón y por cuya fachada trepaba frecuentemente, con nocturnidad y lujuria, un desbocado amante.

Naturalmente, que ésta le encanta al personal y sobre todo con ese final, que dicen que hubo, de venganza marital que acabó dando con el tenorio en la cárcel.

Por cierto que en Avilés hay una calle así llamada, desde que se construyó en ella la cárcel del partido (judicial, que quede claro), en la segunda mitad del siglo XIX. Hasta entonces se la había conocido como Cuesta de Corujedo, por estar en ese lugar la fuente de ese nombre. Pero desde que el centro penitenciario se ubicó aquí, pasó a ser calle de La Cárcel.

La rúa parte de la plaza de España (más conocida, por los avilesinos, como El Parche) y baja hasta entroncar con la del Muelle.

Calle Ruíz Gómez (popularmente conocida como calle de 'La Cárcel'). Foto N.Villaboy, libro 'Avilés en el pasado'

Pero en 1896 el Ayuntamiento acordó que la calle pasase a llamarse Ruiz Gómez, en homenaje al activo político avilesino que había ostentado cargos de relevancia en el gobierno de España, entre ellos el de Ministro de Hacienda.

Sin duda una persona con sobrados méritos para que su villa natal le rindiera póstumo homenaje, dándole el nombre de esta vía que se modernizaba con destacados edificios, todavía a la vista, a la par que empezaban a hacerlo las actuales Palacio Valdés y Llano Ponte.

Pero todo fue inútil y el personaje perdió la batalla, porque a esa calle el personal ya la había bautizado como la de ‘La Cárcel’, vocablo tan fuerte como sonoro. Así, que no, y no.

Y así seguimos, a pesar de que en el monumental edificio, que ejerció funciones carcelarias, tenga hoy su sede, la popular Oficina de Turismo. Porque desde entonces hasta hoy –dale que dale– es calle ‘La Cárcel’.  

Así que, el ciudadano Ruiz Gómez se ha quedado sin protagonismo popular (que no oficial) en el callejero de su villa, donde sus conciudadanos, generalmente, cuando los turistas les inquieren por la dirección de la Oficina de Turismo (cosa que hacen frecuentemente) han de morderse la lengua para no mandarlos a la cárcel.

Por ello se puede concluir que, en Avilés, apenas es un Parche lo que separa los Cuernos de la Cárcel.

Aunque esto último sea un juego de palabras, todo lo anterior son hechos históricos que demuestran que la villa asturiana es genio y figura.

Avilés, aquí donde la ves.

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La más pequeñina y galana de las calles del Avilés medieval es la Del Sol
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Alberto del Río Legazpi | 09-09-2012 | 12:12| 0

     En el Avilés primitivo la zona más habitada estaba formada por cuatro calles. Dos parejas  paralelas entre si,  por un lado La Ferrería y La Fruta y por el otro, y también paralelas ambas y perpendiculares a las anteriores: El Sol y San Bernardo.
     La Del Sol une –y forman entre las tres una H– a las de La Fruta y La Ferrería.
     Es calle de recorrido corto en metros, pues no llega a los cien, pero de un largo tiro histórico.

Entrada a la calle El Sol desde la de La Fruta.


     También se llamó calle de Azogue, denominación que remite a mercado. Pues tanto aquí como en el resto de las calles del casco histórico citadas, se celebraba el ‘mercado de los lunes’, privilegio concedido por los Reyes a Católicos a Avilés en el siglo XV, para paliar el desastre que supuso un incendio que destruyó las tres cuartas partes de la villa. El mercado se fue especializando por calles y –así como otra se llamó La Fruta– ésta pasó a ser calle de La Pescadería.
     A finales del siglo XIX el mercado se centralizó en su actual plaza. Fue por entonces, concretamente, en 1892, cuando a la calle se le puso el nombre de Pedro Solís, como homenaje al personaje que había financiado a su costa la construcción, en 1515, del Hospital de Peregrinos de Rivero. Finalmente, en 1979, recuperó su denominación tradicional de calle del Sol. Había vuelto a sus orígenes.

La calle El Sol, hace más de 100 años.


     Su trazado sigue siendo, milagrosamente, el que ha tenido durante siglos. Apenas ha cambiado, aunque sí lo hiciera alguna de sus calles vecinas.
     Las noticias más lejanas nos dicen que El Sol comenzaba en la plaza de la Baragaña, en un lateral del palacio de Valdecarzana, y terminaba en la plaza de la Villa, ya desaparecida.
     Por cierto y en cuanto a la denominación Baragaña –como también nombran algunos al palacio de Valdecarzana– escribió Justo Ureña: «Baragaña significa en bable, puerta, entrada o pequeña antojana, dando este nombre a la que tenía delantela Casade Valdecarzana, de don­de algunos bautizaron así el edificio. Pero no tiene sentido el plural: Las Baragañas».
     Como decía anteriormente, la calle del Sol desembocó hasta el siglo XVII,  en la plaza de la Villa, que se encontraba en la actual calle de La Fruta. Allí estaban las llamadas ‘Casas del Ayuntamiento’, dedicadas al suministro de productos alimenticios (pan, grano, carnes y vino). Y bajo estos edificios municipales –donde también se custodiaban documentos y el imprescincible patrón de pesas y medidas– estaba la arqueta que distribuía el agua pota­ble que –procedente de Valparaíso– llegaba al centro de Avilés. Pero las casas desaparecieron en el incendio de 1621. Con ellas también se esfumó, y nunca mejor dicho, aquella plaza de la Villa.
     Hoy, a la calle del Sol, da gusto verla.

Entrada desde la calle de La Ferrería.


     Primero por el palacio de Valdecarzana, que ha sido rehabilitado y recuperado por el Ayuntamiento a finales del siglo XX, y ejerce, tanto de cofre del tesoro de la morrocotuda documentación histórica de Avilés, como de centrocampista de actividades culturales varias.
     También ocurre que la calle está llena de vida y que hasta le ha nacido una plaza anexa: la de Alfonso VI. Y así de ser calle de paso, ha pasado a ser pasada de calle, con parada y fonda hostelera de terrazas sin terrazo, sino asentadas en firme medieval de piedra y losa. De forma que en esta rúa, tan pequeñina como galana, y tan galana como guerrera, puedes beber la historia en vaso de sidra.
     Y es que aquí, como nunca se estiró más el brazo que la manga, jamás entró el cemento de la tontería.
     La calle del Sol es tan auténtica y natural, como un viejo y hermoso tigre en reposo.
     Y a un tigre, por viejo que sea, nunca se le caen las rayas.

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El matemático Lucuce, un gran científico, que hasta fue Mariscal de Campo
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Alberto del Río Legazpi | 02-09-2012 | 12:00| 4

Si la pregunta fuera ¿Quién conoce a Lucuce? La respuesta sería un atronador silencio, con las excepciones de rigor, que confirmarían la regla sobre nuestra ignorancia hacia una de las figuras científicas españolas más descaradamente trascendentales del siglo XVIII: el general Lucuce. En Avilés no lo conoce ni el tato.

En 2008, en una exposición sobre las ciencias, organizada en Oviedo, por el Gobierno del Principado, un panel mostraba a los doce científicos asturianos más importantes de la historia. Estaba encabezada por Pedro Lucuce al que seguían Severo Ochoa, Menéndez Pidal, Grande Covián… Y no sigo, que me da cosa.

Pedro Lucuce Ponce, nació en Avilés, el 21 de noviembre de 1692, y aquí  vivió e inició los estudios hasta que su padre –Tomás Lucuce, uno de los dos médicos con que, entonces, contaba la villa– lo envió a la capital asturiana a cursar Teología y Humanidades.

De espíritu aventurero, a Pedro, Oviedo le quedaba pequeño y la salida fue su entrada en el ejército, sentando plaza de soldado raso en un regimiento de caballería, en el que ascendió velozmente, gracias a su formación cultural.

Lucuce, se dedicó intensamente al estudio de las matemáticas y la ingeniería, donde empezó a destacar siendo, en muy poco tiempo, la máxima autoridad española en fortificaciones militares.

Pero su gran pasión y su relumbre histórico se lo debe a las matemáticas, o las matemáticas a él, que los números tienen fama de bailar.

Nuestro hombre las pasaba canutas en una España que por entonces ignoraba la ciencia de forma bochornosa. Y en las matemáticas, particularmente, éramos unos catetos al cuadrado. Lo dejó por escrito el padre Feijoo, en 1730, ‘que la situación de las Ciencias Exactas era particularmente lamentable’.

Que se lo digan a Lucuce, que en 1737 escribió una carta a sus superiores, de la que entresaco este espeluznante párrafo: «Hoy me deben 23 pagas, no tengo ni para comer, ni ropa que vender o empeñar, (…) así que me veré precisado a pedir la dimisión de mi empleo, para tener la libertad de mendigar, pidiendo por Dios una limosna, y será el premio de 27 años de servicios sobre una continuada tarea de dedicación al estudio»

Pero salió del trance, porque en 1739 fue trasladado a Barcelona donde obtuvo el puesto de director de la prestigiosa Real Academia de Matemáticas. En 1756 se trasladó a Madrid, llamado por el conde de Aranda, para poner en marcha una Academia de Matemáticas en la capital del reino, fracasa por politiquerías.

PEDRO LUCUCE. Cuadro en Museo Ingenieros del Ejército

Al poco regresó a Barcelona para volver a dirigir –por unanimidad de los estamentos catalanes– la Academia de Matemáticas, a la que rigió durante 41 (cuarenta y un) años, muriendo en ese empeño a los ochenta y seis años de edad, habiendo alcanzado los máximos grados militares: Mariscal de Campo y, honoríficamente, el de Teniente General.

Viene en los manuales históricos, que Pedro Lucuce impulsó, magistralmente, la Academia de Matemáticas barcelonesa, una institución, que –a su vez– marcó la evolución de la ciencia y la tecnología españolas del siglo XVIII. Ojo al dato.

Publicó abondo libros de ingeniería y matemáticas, destacando su “Tratado de Cosmografía”, aparte de dejar mucha obra inédita sobre matemáticas, óptica, mecánica, geografía y náutica.

En Avilés la medida de su recuerdo está en el callejero, termómetro ideal, para estos casos. Y el general Lucuce, de tener dedicada una de las calles más espectaculares del centro de la ciudad (la actual de San Francisco), pasó en 1938 y hasta1979, adar nombre a una de las pequeñas travesías que unen Rivero con Llano Ponte (conocida hoy como De las Artes). Luego se le trasladó (quitándole el grado militar) a una pequeña calle del extrarradio en el polígono de La Magdalena.

O sea que la memoria del matemático Lucuce se difumina en Avilés, mientras sigue firmemente instalada en la Historia de la Ciencia de España. Merecería que su nombre perdurase en un centro educativo. Creo yo.

Pero dudo de si las cosas son como son o como les parece a los mandatarios que son. Por ejemplo, el Presidente Rajoy es tan gallego que ni siquiera lo parece.

Pueden pensar que me perdí, pero no es así. Solo estoy mostrando y no demostrando, cosa que haría excelentemente un buen matemático. Lucuce lo era. Y de Avilés.

No se si me explico.

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De focas y Canapés, pasando por los cines 'Chaplin' y Armando Palacio Valdés
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Alberto del Río Legazpi | 26-08-2012 | 11:15| 4

Hoy es 26 de agosto de 2012 y esto es Avilés. Lo se porque al levantarme y subir la persiana divisé, al fondo a la derecha, las torres gemelas, de47 metrosde altura, de la iglesia de Sabugo.

Un templo, cuya primera piedra se puso, no el 26 de agosto de 1895 como algunos escriben debido a una errata del histórico ‘Diario de Avilés’, sino el 27. Ocho años después, al inaugurarse, daría un toque de modernidad a los históricos edificios religiosos locales. La iglesia nueva (que sustituyó como parroquia a la construida en el siglo XIII, en la plaza del Carbayo) se consagró a Santo Tomás de Canterbury –santo inglés con dos templos en Avilés, y ahí queda eso– también conocido como ‘Becket’, cuya historia protagonizó en la gran pantalla Richard Burton.

De cine es el 26 de agosto de 1978, cuando se inauguraron las salas ‘Chaplin’, proyectando películas, entonces llamadas de ‘arte y ensayo’, y que iban desde las de Bergman y compañía a las de ‘destapes’ de intelectuales generalmente finos y afines, tipo Bertolucci. Los ‘Chaplin’, abiertos en tiempos de la transición política española, estaban prácticamente escondidos, en un patio interior de la calle Juan XXIII. Mira tú por donde, lo bien que cuadra todo.

Terminada la transición (o eso dicen) y en otro 26 de agosto, éste de 1990, se puso en marcha el polideportivo de Los Canapés. Avilés seguía modernizándose, esta vez al lado del monumento avilesino más abandonado y escondido de todos los tiempos.

Tapada también estaba, y está, así la capilla de Las Alas, en la que durante mucho tiempo se reunió del Ayuntamiento avilesino. La sesión del 26 de agosto de 1670 fue histórica, porque en ella se adjudicaron las obras para construir un edificio que albergase el gobierno local. Se levantaría fuera de las murallas, en lugar poblado de álamos y robles, entre las calles de La Fruta y La Ferrería.

Una de las focas del Seal Parade de Avilés

Desde entonces, allí sigue plantado el Ayuntamiento, que un día decidió declarar hijo adoptivo al escritor Armando Palacio Valdés, quien agradeció el honor con un gracioso escrito publicado en ‘La Voz de Avilés’, del 26 de agosto de 1913, donde entre otras cosas decía:

« ¿Hijo adoptivo yo, que me batí innumerables veces a pedradas con las huestes de Galiana, que naufragué más de una y más de dos entre Recastrón y Sabugo? (…) Imagino que las piedras de Rivero se alzarían indignadas si alguien me llamase hijo adoptivo y no legítimo de Avilés». Un autor literario de muchos bigotes.

Y es que Avilés da para mucho, incluso para tener a una foca sin bigotes (su estatua no los tiene), como uno de sus símbolos. Precisamente y basado en este icono dimos un toque revolucionario al internacional fenómeno artístico conocido como Cow Parade (Desfile de Vacas). Fue cosa de la Escuela de Cerámica avilesina y veinte destacados artistas, que consiguieron ‘inventar’, un 26 de agosto de 2009, lo que entonces califiqué como Seal Parade (Desfile de Focas).

Una pasada, lo de aquellas veinte focas pastando, durante meses y al verano siguiente, en el parque de Ferrera. Recientemente se hizo público que exportaremos, en otoño, el Aviles’ Seal Parade a la ciudad atlántica de Saint-Nazaire, Francia. Algo histórico.

Todo lo cual dejo por escrito hoy, un 26 de agosto. De 2012.

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El poeta Rubén Darío, embarcado entre San Juan de La Arena y San Esteban
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Alberto del Río Legazpi | 19-08-2012 | 11:22| 3

Allí, en la calle Rubén Darío, de la localidad asturiana de San Juan de La Arena, y pegado a la escollera, hay un bar con este nombre. En su interior, a la izquierda –y tan a desmano que resulta un verdadero escollo poder leerlos– hay colgados tres manuscritos, dedicados al propietario del establecimiento por el poeta irlandés Seamus Heaney, Premio Nóbel de 1995, un embrujado confeso de estos parajes, que le inspiraron su The Little Canticles of Asturias(‘Las pequeñas cantigas de Asturias’).

Desde el bar, en la margen derecha de la desembocadura del Nalón, se divisa una embarcación, de azulejos multicolores, varada en el césped. Es una escultura, de Juan Méjica, cuya proa enfila hacia San Esteban, población en la otra margen de la ría, y que es la decadencia industrial en estado puro.

Rubén Darío y Francisca Sánchez, veraneantes en Asturias

Algunos dicen que el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), fue a la poesía lo que Mozart a la música, por su genialidad creativa desde niño. Apodado ‘Príncipe de las letras españolas’ y ‘Padre del modernismo poético’ –en el que bebieron gente del calibre de Juan Ramón Jiménez, Pérez de Ayala o Antonio Machado– es, otro más, de los intelectuales atrapados por la trinidad San Juan-Nalón-San Esteban, milagroso fenómeno que es episodio aparte.

Intensivas fueron las estancias del genial poeta (hombre muy castigado por tragedias personales) en estas tierras ribereñas. Veraneó en San Juan de La Arena (1905) y en Riberas de Pravia (1908 y 1909).

Algunas singladuras nocturnas, fueron peculiares. Embarcaba, en La Arena, vestido de frac y desembarcado, en San Esteban, se dirigía a la fonda-restaurante ‘El Brillante’.

Allí, el poeta prodigioso, que vivía del periodismo y la diplomacia, se daba a la creación. En compañía de una copa de ajenjo, iba escribiendo en papelitos que sacaba del bolso izquierdo de su chaqué, limpios de verso y paja. Y que una vez llenos de poemas y citas, introducía en el derecho.

El regreso hacia La Arena, con la experta barquera Raquel al remo, era festejado ceremoniosamente, en pleno estuario carbonero, con descorche de champaña francés.

Este hombre, excesivo, con graves problemas de salud, estaba encantado con el territorio y sus gentes, a los que dedicó artículos en el diario argentino ‘La Nación’. Aparte de otro, exclusivamente sobre la poesía asturiana (en bable), cosa que –a inicios del siglo XX– manda ‘calao’. Categoría humana e intelectual.

La comunión poesía-Nalón, se corona en lo alto de San Esteban, cerca del Espíritu Santo (mirador ¿eh?), en la Atalaya de Muros del Nalón, otra pasada de población, donde una placa reproduce arrebatados versos del gran Alfonso Camín (1890-1982), por aquí nacido, ante el imponente espectáculo que allí se contempla:

«Yo nací en una cumbre cerca del cielo 

donde ruge el valiente mar de cantabria

 donde van a galope de las galernas

con la cruz de Pelayo, vientos de España».

Ahí queda eso.

Los que vengan detrás, que arreen.

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Desde San Juan al Niemeyer, vengo por toda la Ría…
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Alberto del Río Legazpi | 12-08-2012 | 22:51| 8

Aquella enorme explosión industrial de ENSIDESA y Compañía (o sea ENDASA, Cristalería, Enfersa y otros) trajo mucho tajo. Y tapó cosas.

Cosas muy valiosas, como el Casco Histórico y la Ría (mayúscula, donde las haya) que en los últimos años comenzaron a destaparse –y a ser convenientemente lavadas, marcadas, cardadas y peinadas– aun sufriendo aquella crisis siderúrgica mundial que tajó gran parte del tajo. Una crisis distinta a la que ‘Financieros Unidos Jamás Serán Vencidos S.A.’ nos está, alevosamente endilgando, ahora, a los sufridores.

A una ciudad la define mucho su paseo. El donde poder andar, charlar, lucir el palmito y contemplar paisaje y paisanaje. Avilés siempre ha tenido paseos cuidados en las formas y coincidentes en el fondo: ligados a su Ría. Ni ‘folgando’ la perdió de vista.

Desde aquel del Bombé, en 1832, en un Avilés de 6.500 habitantes, situado al lado del muelle, cuando éste todavía estaba en su emplazamiento de toda la vida: al costado de la (hoy) iglesia de Los Padres y la fachada sur del palacio de Camposagrado.

Y cuando, a finales del siglo XIX, canalizada la Ría, se cambió el muelle a su ubicación actual, en el terreno resultante se construyó, claro, el parque del Muelle. Y se estableció allí el paseo ciudadano, tanto en su avenida central como en el lateral que daba a La Ribera (hoy calle Emile Robin), antaño parada de tranvía y autobuses.

Aquel saturado paseo avilesino quedó difuminado, en cuanto a zona de activa reunión ciudadana, cuando se abrió al público, en 1976, el Ferrera, colosal parque.

Hubo que esperar hasta 2005 para que Avilés estrenara un paseo clásico, por supuesto que marítimo, en el lateral de la carretera de San Juan.

Paseo de la Ría

Desde Larrañaga hasta el puerto pesquero, son 986 metros de largo, por 15 de ancho, con iluminación, césped, algunos árboles, y una escultura gigantesca, con tres enormes conos, en su parte media.

Aquello fue el inicio de la recuperación de la fachada marítima. Aquello fue la reconquista de la Ría.

La industria, a lo bestia, había convertido el estuario en una horrible cloaca. Allí no había nada que hacer y la ciudad le dio la espalda. Además dos vías terrestres y otras tantas ferroviarias ya habían puesto –y siguen poniendo, aunque menos– el listón de la barrera de la separación muy alta.

Ahora lo puedes salvar (con la discutida, pero práctica, ‘Grapa’) sabiendo que no vas a un desaguadero gigantesco. Hoy vas a pasear a una Ría cada vez más limpia, a la vera del puerto deportivo y del Niemeyer.

De ahí la importancia de su recuperación tanto sanitariamente, como para solaz del personal. No hablo del Niemeyer  –aunque también– sino del estuario.

Paseo de San Juan de Nieva hacia el faro de Avilés

Se habían gastado en diez años, hasta entonces, 156,83 millones de euros (26.094 millones de aquellas pesetas) en actuaciones que iban desde la construcción de una moderna red de saneamiento (la mayor obra pública de la historia de Avilés y episodio aparte) hasta la adecuación –en 2003– del paseo marítimo, de la margen derecha, entre San Juan de Nieva y las cercanías del faro. Son 843 metros tan desconocidos, como recomendables, que atraviesan por ejemplo la mítica Peña del Caballo. Y está ahí, en la bocana de la Ría, donde casi tocas los barcos con las manos.

Los presidentes portuarios tuvieron, generalmente, gran importancia en este idilio ciudad-puerto, especialmente Manuel Ponga.

Más tarde, para continuar el casorio, vendrían el gran Niemeyer, fundamentalmente, y la senda de Avilés a Trasona.

Apetece entonar aquello de: «Desde San Juan al Niemeyer, vengo por ambas orillas, andando con parsimonia o corriendo en zapatillas…»

Obras son amores y no buenas razones.

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La calle de un personaje avilesino, que nunca existió, localizada en Versalles
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Alberto del Río Legazpi | 05-08-2012 | 18:37| 6

Cuando vaya usted a Versalles no deje de visitar la calle David Arias.           

Tiene fácil localización. Partiendo de la calle Pelayo, se cruza Covadonga –deducción de cajón, históricamente hablando– para seguir avanzando hacia La Reconquista –como no podía ser de otra forma– que se igualmente se cruza atravesando el parque versallesco, hasta llegar a La Paz (imposible que tuviera otro nombre, esta calle, después de tan batallador, como sofocado, paseo). Ya en ella, gire serenamente, a la izquierda (geográfica, se entiende) y en esa dirección y la primera a la izquierda –reitero que son caprichos encabronados del callejero– está en la calle David Arias.

            Esto, me hace recordar que en la Historia de Avilés, hay dos destacados escritores de nombre David, con Arias como primer apellido. Son padre e hijo.

El primero, David Arias García, nació en Riberas de Pravia, en 1855, pero se trasladó a Avilés, donde se casó y ejerció de abogado, al tiempo que colaboraba en ‘La Voz de Avilés’. Es un notorio notario de la historia avilesina, de la que da cuenta en su impagable ‘Historia general de Avilés y su concejo’, estudio de años de investigación en el Archivo Histórico, con el que ganó los Juegos Florales de Avilés, de 1892. El galardón, incluía un pequeño premio en metálico y la publicación de la obra premiada.

David Arias García (1855-1920)

Las anecdóticas pesetas, cobrar cobrólas, pero de la edición del texto, tararí que te ví. Hasta que años más tarde, en 1973 tomó cartas en el asunto su hijo David, pagando la impresión del libro. Años más tarde, en 2007, el Ayuntamiento avilesino, reeditó por duplicado (episodio inaudito) el libro en cuestión.

Este David Arias Rodríguez del Valle, nacido en Avilés, en 1890, hereda de su padre, la profesión de abogado, la colaboración en ‘La Voz de Avilés’, la afición literaria y la práctica política, primero en el Partido Reformista y más tarde en Izquierda Republicana.

Aunque el patriarca, que fue concejal, nunca había llegado a alcalde de Avilés, sí lo sería su hijo –en dos ocasiones– y, en ambas, elegido democráticamente. Pero, en las dos, expulsado del poder por situaciones antidemocráticas, una por la dictadura del general Primo de Rivera y otra por la violencia que trajo consigo la Revolución de Octubre del 34. Hay que decir que plantó cara ante las derivas de ambos hechos históricos. Y también que, con motivo, de la contienda civil de 1936, tuvo que exiliarse, con su familia, en México. Un episodio aparte.

David Arias Rguez.del Valle (1890-1975)

Queda claro, pues, que hubo dos David Arias enla Historiade Avilés: David Arias García, historiador, y su hijo David Arias Rodríguez del Valle, alcalde en dos legislaturas.

Y como ninguno de ellos tenía reflejo de reconocimiento público en el callejero local, el Ayuntamiento avilesino trató de reparar, en 1985, tal injusticia.

En el acuerdo municipal del pleno del 16 de mayo de ese año, el portavoz del gobierno local (PSOE) argumentaba (y así se puede leer en las Actas correspondientes) las virtudes del personaje (al que se refiere como David Arias, a secas) para demostrar sus merecimientos a tener una calle, enfatizando que: «fue alcalde de Avilés en dos ocasiones, escritor, autor de libros y fundamentalmente una Historia de Avilés… quizás la más completa que existe».

La oposición no argumentó nada en contra (cosa extraña, porque el callejero, origina sonadas trifulcas verbales), y se tomó el acuerdo (confundidas ambas partes) de dar el nombre de una calle, a un personaje que nunca existió, pues se mezcla y confunde merecimientos de padre e hijo, creando –por tanto– un personaje ficticio.

La calle no tiene ni un solo portal de viviendas, solo portones de garajes. Es una de más despendoladas, desangeladas y deslucidas de Avilés, algo que causó dolor a su familia, residente en México, con ocasión de una visita a España.

De ahí que, el 10 de abril de 2003, el Ayuntamiento tomase la decisión de reparar este hecho dando el nombre del paseo central al ‘Alcalde David Arias’, en el parque de Las Meanas.

Actualmente hay claridad con el hijo. Pero ocurre que, ahora habría que hacer justicia al padre, David Arias García, el famoso historiador.

Mientras, actualmente, la calle rotulada como David Arias, sigue en su lugar del barrio de Versalles, lo que la convierte en la calle más confusa y difusa de Avilés: aquella que no pertenece ni al padre ni al hijo, aunque puede que sí que al espíritu santo… Espíritu santo burocrático, quiero decir. Aquel que reina, en las administraciones oficiales, por los siglos de los siglos…

Me niego a decir amén.

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Los mágicos fenómenos que acontecen en la Ría de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 29-07-2012 | 15:21| 7

Entre lo escrito por los cronistas, lo que cuentan las leyendas y la deducción de la ciencias, la –mayúscula– Ría de Avilés, parece que era como un embudo, dicho sea con perdón.

Las embarcaciones disponían de una entrada que iba desde donde la península de Nieva, hasta el gran castillo (castrillón) del peñón de Raíces, donde se labró la Cruz de la Victoria, símbolo de Asturias.

Luego, el estuario comenzaba, a estrecharse y caracoleaba, durante unas millas inacabables, entre arenales sinuosos, hasta llegar al puerto situado (desde hace unos mil años) a pie de la iglesia consagrada –y quédense con el dato– a San Nicolás de Bari (santo al que los anglosajones han popularizado como Santa Claus, portador de generosos regalos).

Durante la Edad Media, por el siglo XIV, el de Avilés fue el puerto más importante (olvídense de Bilbao, Gijón o La Coruña) de la costa norte, atlántica, de la península ibérica.

Con tráfico internacional, comerciaba principalmente con el de La Rochelle, el más destacado de la costa occidental atlántica francesa, donde también los barcos atracaban a pie de una iglesia consagrada a San Nicolás de Bari (universalmente celebrado como Santa Claus).

Durante siglos –y a efectos navegables– la Ría comenzaba en San Juan y terminaba en San Nicolás. Hoy lo hace en San Agustín (dársena) y entre ambos puntos náuticos, de referencia, está San Balandrán y la Virgen de las Mareas. E incluso ‘brotó’, en los muelles, el templo de la Virgen del Carmen, en1944, acosta del apoquinado de los buques que atracaban en el puerto.

Y hasta aquí la teoría de la ‘Santificada Ría de Avilés’.

Que luego está la de “La Foca Precursora”. Basada en aquellos tiempos en que Avilés, doblando la mitad de la centuria pasada –una pasada de centuria– contempló perpleja como atracaba una foca en el muelle local, que estaba sumido en el tráfago infernal de la instalación, en su entorno, de enormes empresas como Inespal (hoy Alcoa), Cristalería (Saint-Gobain), Asturiana de Zinc (Azsa), y sobre todo aquel desmadre siderúrgico, de trece Km. de largo, llamado Ensidesa (hoy Arcelor-Mittal).

Ría de Avilés

‘La foca hizo posible aquello’, afirman los defensores de esta teoría, y alegan que no es casual que se hubiera hecho pedazos la lógica mercantil y que hubiesen florecido –al mismo tiempo– tal cantidad de selvas fabriles, hoy un mimado (lagarto, lagarto) jardín de multinacionales.

Dicen, los exotéricos, que no conviene tomar esto a broma, que estas cosas las carga el diablo. De hecho la foca tiene un monumento en el parque más clásico de Avilés, contiguo al de un histórico marino, bien armado –de espada– conocido como Pedro Menéndez de Avilés, fundador –en 1565– de la ciudad más antigua de los Estados Unidos de América.

La estatua –que ya me dirán que ciudad tiene tal reconocimiento a una foca, sin bigotes, por cierto– causa admiración entre los miles de turistas que visitan Avilés, que la fotografían compulsivamente, e incluso algunos se cabrean por lo inexplicable.

Y no es de extrañar, porque se conjugan tal cantidad de fenómenos, anormales, en este asunto de la foca, que conviene enfocarlo como se merece, en episodio aparte.

Mientras tanto, no olviden una realidad intangible: en la Ría de Avilés hay de todo. Desde monumentos naturales, como Llodero, hasta restos de playas de arena, como la del legendario San Balandrán, o de dura piedra como El Arañón.

Y un tinglado enorme de muelles a babor y a estribor. Industriales, pesqueros, deportivos y ahora uno reciente –en popa– de pasajeros, decorado a la moda japonesa.

Factorías de todo tipo. Desde culturales –marca Niemeyer– hasta metalúrgicas de zinc, aluminio o acero. Dos dársenas, una a la entrada (San Juan) y otra al fondo (San Agustín). Y no olviden que en Avilés está anclado el quinto puerto pesquero de España.

Mientras tanto, y desde hace miles de años, el estuario sigue con su inalterable movimiento, periódico y alternativo, de ascenso y descenso de las aguas del mar debido a las atracciones combinadas del sol y de la luna. Mareas como Dios manda.

Aparte de eso, la de Avilés es un Ría de ley y desorden maravilloso. Sublime.

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Carreño Miranda, el pintor asturiano más importante de todos los tiempos
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Alberto del Río Legazpi | 22-07-2012 | 14:15| 4

El distinguido salón de recepciones del Ayuntamiento de Avilés, recinto de elegancia muy medida, tiene en su lugar de honor un repostero medieval, flanqueado por los retratos de dos personajes.

El repostero, gallardete o pendón –dicho sea sin perdón– recuerda tiempos, casi legendarios, en los que Avilés se regía por un fuero concedido, expresamente, por el rey de Castilla y León.

Y escoltándolo, el marino Pedro Menéndez de Avilés y el pintor Juan Carreño de Miranda, como queriendo dejar bien sentado que mar y arte, son norte y sur en la historia de la villa asturiana.

Juan Carreño de Miranda, pintor de la corte del rey de España, y también de templos religiosos, nació en Avilés un 25 de marzo de 1614. Al fallecer su madre, su padre se lo llevó, cuando aún no había cumplido los 10 años y el vínculo Avilés-Carreño Miranda, se difuminó. Un capítulo aparte.

Así que, a temprana edad comenzó su peregrinación por Valladolid y Madrid. Fueron tiempos bastante duros para esta familia de hidalgos pobres. El joven Carreño, pintaba como y cuando podía, y ayudaba a su padre en la reso­lución de pleitos, que así se ganaba la vida su progenitor, tan liante como gorrón, según las noticias que de él han llegado.

Y en la resolución de los litigios paternos, fue como un día, Juan Carreño conoció casualmente –en un juzgado, claro– a Diego Velázquez el genial artista sevillano, que ejercía como pintor de cámara del rey de España. El conocimiento maduró en una amistad que llevó al andaluz a introducir al asturiano en el palacio real como ayudante.

Poco se imaginaba Carreño que con el tiempo sustituiría, en la corte, a Velázquez. Cuando, en 1671, lo nombraron  «pintor de Cámara» había llegado a la cúspide, a pesar de la desastrosa vida familiar que le había procurado su padre y familia de su padre. Una cruz.

Quizás todo eso lo equilibró su casorio con María de Medina, unión sacra­mental que benefició a ambos.

Eugenia M. Vallejo. 'La Monstrua'. Museo del Prado

Y profesionalmente prevalece lo importante: la calidad artística de Carreño Miranda. Así como su amigo, y antecesor, Velázquez hizo en ‘Las Meninas’, Carreño retrata también –y muy bien– lo que ve: Por ejemplo «Carlos II a los diez años» un niño enfermizo, triste, de cara alargada y abundante melena rubia. Pero el cuadro anuncia, también, lo que no se ve de este último rey de los Habsburgo: un ser humano patético, de salud tan endeble que a veces ni se tenía en pie.

Por Madrid corrían coplas crueles:

«El Príncipe, al parecer, 

por lo endeble y patiblando, 

es hijo de contrabando, 

pues no se puede tener…»

Carreño creció pictóricamente, en aquella corte de los milagros, en una España hundida en ruina económica, quizás cercana a la de estos tiempos de 2012. Pero el ‘mayor problema’, para la tétrica corte, era la incapacidad del rey Carlos II “El hechizado” para dejar embarazada a la esposa que le habían asignado, la parisina Maria Luisa de Orleans, hermana del rey de Francia. Urgía la descendencia al trono español.

Asunto que motivó otra copla popular:

«Parid bella flor de lis 

que, en aflicción tan extraña 

si parís, parís a España, 

si no parís, a París».

Y de una u otra forma, ese ambiente de corte y cortesanos, fueron reflejados por Carreño, artista de talento demostrado en las muchas obras que acometió, incluida la pintura religiosa. Aunque lo bordaba como retratis­ta.

Tiene cuadros colgados en los principales museos (El Prado de Madrid, Louvre de París y el Hermitage de San Petersburgo) y su arte reluce en templos religiosos, mayormente de la capital española.

Un pintor que ni pintado, y buena gente, este Juan Carreño, nacido hace cuatro siglos en La LLeda –lugar de la parroquia de Miranda de Avilés– y que tiene desplegada su obra por gran parte del mundo mundial.

Una pasada. De pintor y de pintura.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta