El Comercio
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José Manuel Pedregal, aquel republicano de categoría nacional
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Alberto del Río Legazpi | 23-06-2017 | 11:05| 0

Esta historia de la calle La Cámara ya la tengo contada, pero es que es interminable. Y de manual, sobre todo para hablar de José Manuel Pedregal, destacado personaje local, regional y nacional. Intentó rimar política con ética y estética, modernizando ideas cosa fina. Y tanto fue así, que en época de revoluciones predicó evoluciones.

Pero, a lo que iba con La Cámara, arteria principal de Avilés desde finales del siglo XIX. Si te fijas en los nombres que tuvo, te quedará explicada la historia penúltima de la ciudad: Julián García San Miguel (desde 1897), José Manuel Pedregal (desde 1923), Generalísimo Franco (desde 1938) hasta recuperar su nombre clásico, La Cámara, el 18 de julio de 1979.

El primer personaje, García San Miguel (segundo marqués de Teverga) fue el mandamás de la política local que consiguió logros innegables para Avilés, ganancias como el ferrocarril y el puerto comercial. Pero abusó del tiempo, y 30 años en el poder local dejaron, a su formación política, tan amojamada como envuelta en corruptelas. Otra historia interminable.

Fue entonces cuando llegó el reformista Pedregal y acabó con el partido liberal del caducado marqués.

Era este Pedregal –nacido en Oviedo, en 1871, y residente en Avilés, a partir de su casorio y hasta su muerte en 1948–  de familia adinerada, aunque el patrimonio, en su caso, no estuvo reñido con la cultura, ni con su creencia de la redención de la pobreza por medio de la educación y de la formación de asociaciones políticas o con los declarados afanes socio-económicos reivindicativos, cuyo caso más claro era el del entonces creciente partido socialista fundado por Pablo Iglesias.

Y así como el marqués de Teverga había marcado destacados hitos en el progreso industrial de Avilés, Pedregal fue el político culto, que se afanó en afinar convivencia y progreso por medio de la educación.

No es casual que en su etapa, como diputado por Avilés en Las Cortes, se ponga en marcha el primer instituto de enseñanza media: el ‘Carreño Miranda’. También consiguió logros en obras públicas: electrificación ferroviaria en el Pajares, bases del ferrocarril Gijón-Ferrol, creación de la Junta de Obras del Puerto de Avilés,  modernización de carreteras y bastantes más etcéteras.

José M. Pedregal (Oviedo,1871-Avilés,1948)

Progreso y moderación eran la base de aquellos –escasos– políticos que, como José Manuel Pedregal, contaron con esa impronta que les dio el haberse formado en fundaciones vanguardistas como la famosa Institución Libre de Enseñanza, de la que años más tarde (en 1917) llegaría a ser presidente. Un organismo donde a lo largo de más de un siglo, la obra y la influencia de los hombres y mujeres formados en él, ha sido de una importancia incalculable para España.

Cuando José Manuel Pedregal fue presidente de esa Institución, en uno de sus organismos dependientes –la célebre Residencia de Estudiantes– ya estaba instalado un aragonés aspirante a cineasta, Luís Buñuel, y al poco fueron admitidos un poeta andaluz, Federico García Lorca y un pintor catalán de nombre Salvador Dalí. Una generación de restallo mundial.

Era persona, este José Manuel Pedregal, de contrastada profesionalidad como letrado hacendista, así que era de cajón que llegara a ministro de Hacienda. Fue en 1922. Igualito que su padre, Manuel Pedregal Cañedo, que lo había sido, en 1873, durante la primera República.

Su hijo lo superó, tanto en número de cargos ostentados como en la gran y educada influencia que ejerció en Avilés, Asturias y Madrid, pasando por encima del fundador de su partido Reformista, el controvertido Melquíades Álvarez. Posteriormente fue, Pedregal, presidente del Consejo de Estado durante la II República

Cuñado y primo del político era el escritor y filósofo Estanislao Sánchez-Calvo, un intelectual como la copa de un pino, pero políticamente desaliñado y displicente.

Pedregal, al igual que millones de españoles, vivió momentos trágicos de la historia de su país, culminados con la espeluznante Guerra Civil (1936-1939). Como es imaginable, nada tiene que ver con los hechos acaecidos en el palacete que lleva su nombre, ocupado forzosamente, en 1937, ‘para usos municipales’.

Una alargada mirada histórica, la de José Manuel Pedregal Sánchez-Calvo.

Progreso, cultura y moderación, fueron su bandera. Tricolor, mira tu.

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José Menéndez, 'El rey de La Patagonia'
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Alberto del Río Legazpi | 27-01-2013 | 09:10| 12

José Menéndez Menéndez fue un avilesino nacido en 1846, al que con  quince años de edad embarcaron, como tantos miles, para ‘hacer las Américas’. Y cumplió, con creces, ya que protagonizó la colonización del gigantesco territorio conocido como Patagonia, fronterizo con el polo sur.

Un enorme ‘solar’ de 770.000 Km2 –donde cabría una España y la mitad de otra– situado en el cono sur americano. Es un lugar tan desolado como desangelado, situado al sur de Chile y Argentina, allí donde tierra y hielo se funden y confunden en medio de un rabioso viento polar. Aquello es el fin del mundo, se mire como se quiera.

El persistente clima antártico lo hace generalmente inhabitable, excepto para los soñadores que están al loro de la aventura y los indios mapuches que llevan allí siglos.

Lo atractivo de la Patagonia, para gente ajena de espíritu aventurero, es que son tierras donde la ley no es una valla para la imaginación. Simplemente porque que no hay quien la aplique.La Patagonia es un misterio helado, un enigma de soplos congelados que solo aguantan los fuertes o los locos.

 Entre los primeros destacó José Menéndez, aquel rapacín embarcado (en todos los sentidos) en Avilés, en el bergantín ‘Francisca’, y que después de 45 días de navegación llegó a La Habana, comenzando a trajinar en oficios humildes hasta que dio el salto a Buenos Aires, donde ya ganó dinero en industrias ferreteras, aparte de casarse, a los 29 años, con María Behety, perteneciente a una destacada familia uruguaya de ascendencia francesa.

 Ella fue cómplice del espíritu aventurero del avilesino y ambos se largaron a tomar el viento fresco de La Patagonia, concretamente a Punta Arenas, la capital de la región de Magallanes.

JOSÉ MENÉNDEZ (Avilés 1846- B.Aires 1914)

Y allí fue donde se creció este hombre de estatura mediana, robusto, de gran carácter, que tenía el don de medir al instante a las personas. Todo esto, unido a su buen sentido y olfato comercial e industrial, hizo de él uno de los mayores hacendados del mundo. Uno de sus métodos fue comprar pequeños terrenos a los muchos militares argentinos a los que su gobierno premiaba con parcelas (para ahorrarse dinero) carentes de valor en aquel clima polar. Para Menéndez si lo tenían. Porque encadenando miles de ellas creo una hacienda gigantesca.

 Hizo de todo y casi todo le salió bien: banquero, armador de buques y dueño de un rebaño de un millón de ovejas, que –en su época, al menos– fue considerado el mayor del mundo. De Guinness.

En su madurez gustaba de la buena lectura. Aunque había ido a la escuela primaria en Avilés, la cultura estuvo ausente, forzosamente, en su juventud, pero luego él se encargo de procurársela. Así como su gusto por el teatro. Por lo que no es extraño que llegara a construir, con dinero de su bolsillo, el primer salón festivo de Punta Arenas, que inauguró con la ópera “Lucía de Lamermoor”.

Sólo José Menéndez podía conseguir que operasen Lamermoor cerca del polo sur.

Falleció a los 68 años, dejando un legado humano impresionante, repartido entre Chile, Argentina y España. Según calculó uno de sus tataranietos Carlos Rodríguez Braun –catedrático de la Complutense madrileña y destacado articulista en medios periodísticos madrileños– en una de sus visitas a Avilés: «Otro familiar mío ha intentado reunirnos a todos [se refiere a los descendientes de José Menéndez] pero debemos de ser unos mil, así que resulta prácticamente imposible»

Hay que hacer constar que hubo ‘otro rey’ patagónico: un linajudo francés un tanto quijotado y más trasnochado de la cuenta, llamado Orllie Antoine de Tounens, que se presentó en 1860 en aquella inhóspita tierra y se autoproclamó Rey de la Patagonia. Fue algo efímero, aquello.

A José Menéndez lo proclamó, como tal, la gente del lugar, a la vista del imperio económico que fundó y con el sobrenombre de Rey de la Patagonia, aparece hasta en el diccionario Espasa, aparte de las publicaciones sobre su peripecia colonizadora en América. Aunque este asunto, así como el de las leyendas que –de distinto signo– sobre él corren, es episodio aparte.

Este rey de la Patagonia, nacido en Avilés, fue generoso con su país de origen, donando en 1910, y en la persona del Rey de España, un millón de pesetas (de las de entonces) con la condición de que fueran dedicadas a incrementar la enseñanza pública. Estos 6.000 € de hoy, eran por entonces una verdadera fortuna.

Estaba obsesionado con la educación, quizás porque él no la pudo tener en condiciones. Por ello, también, a su ciudad de Avilés –cosa que conviene airear– donó 100.000 pesetas (y no es por ponerme pesado, pero no olviden a la hora de medir, que eran pesetas de 1910) para potenciar la enseñanza pública en la villa, y  otras 50.000 más, para la construcción de una escuela en su barrio de Miranda. Aparte de otras cantidades para el Hospital de Avilés, Asilo de Ancianos y algún etcétera más.

Todo esto lo protagonizó un rapacín, de aquella familia mirandina conocida como ‘Los Zancos’ que nunca olvidó sus orígenes. Su flota constaba de más de cincuenta barcos, todos bautizados de forma que la primera letra empezara por A. Por ejemplo: Avilés.

En el barrio avilesino de Miranda cuando, en 1957, inauguraron su salón cinematográfico no dudaron al bautizarlo: ‘Patagonia’.

Qué menos. Aunque fueron los únicos avilesinos, públicamente, agradecidos.

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Parque de Ferrera, bendito bosque plantado en el centro de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 20-01-2013 | 09:00| 4

El parque Ferrera es el rey del mambo y del ditirambo. O sea, que no hay parque como él –en calidad, cantidad y centralidad– en Avilés, por supuesto. Y en Asturias, pues también.

De niños, alentados por lecturas –Salgari, Julio Verne, etc.– saltábamos imprudentemente, sus altos muros y lo pasábamos de miedo, aterrados claro, por aquella desmesurada espesura, esperando que nos salvara Tarzán o la mona Chita. Era una selva desmadrada en medio de una ciudad puesta patas arriba por aquel terremoto industrial provocado por ENSIDESA y compañía en 1950.

El 19 de mayo de 1976 los Reyes de España dieron fe, con su presencia, acompañados del alcalde Ricardo Fernández, del traspaso de la propiedad de este morrocotudo jardín, abandonado, del marqués de Ferrera –en pleno centro de la ciudad– al pueblo de Avilés.  

Fue la mayor reconquista de suelo para ocio, jamás habida en la historia avilesina. De bosque nobiliario pasó a ser parque público. De igual forma que años más tarde los dos escudos del palacio del noble se convertirían en cinco estrellas hoteleras, con lo que se esfumó gran parte de aquel poder de los Ferrera, resumido en detalles como el de que a mitad del siglo XIX eran dueños de cerca de 90 de las 600 casas habitables existentes en Avilés.

Aquella primera conquista social la llevó a cabo la corporación del alcalde Fernando Suárez del Villar, pagando 91 millones de pesetas (547.000 €) por 81.564 metros cuadrados de parque inglés.

Woody Allen rueda en el Jardín Francés

En 1998 otro gobierno local –con Agustín González, al frente– le añadió el refinado jardín francés, situado a la trasera del palacio, residencia privada que –en tiempos de Santiago Rodríguez Vega, como alcalde– mudó a Ferrera Palace.

Poseedor de 93 especies, el parque –abrazado por las milagrosas y porticadas calles barrocas de Rivero y Galiana– tiene tres fuentes, cinco puertas, paseos con nombres de poetas muertos y hasta la modernidad del ‘wifi’. Gratuito, claro.

Hay que ver lo que cambió el follaje en esta ciudad, en cuarenta años.

La llegada de los ayuntamientos democráticos, en 1979, propició una espectacular proliferación de zonas verdes para el ocio. Por ejemplo, las dos corporaciones, presididas por Manuel Ponga plantaron en Avilés seis parques (Versalles, La Luz, El Pozón, La Magdalena, Carbayedo y La Carriona). Revolución botánica que ennobleció la calidad de vida. Algo histórico.

Pero el Ferrera lidera esta sublevación de ocio y frescura, más extensa que el San Francisco de Oviedo. Y no lo comparo con el Central Park de Nueva York, porque no tiene ardillas. Sin embargo a veces se llena de focas, fenómeno artístico de singularidad mundial conocido como ‘Seal Parade’.

El Ferrera Park es la santísima bendición vegetal de esta marítima y monumental villa «a la que no llega el encaje de las olas», como escribió Luís Amado-Blanco, uno de los poetas que tiene alameda en el Ferrera.

Este parque es mi jardín particular a la vez que el de miles de personas. Esa es la clave que resume el formidable cambio del verde que te quiero verde, en Avilés.

Que no todo son penurias. Quede constancia.

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Aquel año, cuando en Avilés aprendimos a jugar al fútbol
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Alberto del Río Legazpi | 13-01-2013 | 10:11| 3

Decía Robert Louis Stevenson que los juegos hay que jugarlos con la seriedad con que lo hacen los niños.

Y los rapacinos de La Magdalena, carretera de Oviedo (actual Gutiérrez Herrero) y Rivero bajo, no debían ver nada, pero es que absolutamente nada, serio, en el juego del béisbol, deporte que –con pelota, bate y un guante enorme– practicaban en la zona de Los Canapés, jóvenes avilesinos de familias pudientes.

No lo veían serio los críos, no. Porque la emprendieron a pedrada limpia contra los aprendices avilesinos de este deporte, tan popular en los EE UU. Que nadie vea en esta reacción de los guajes de Rivero, y aledaños, un precedente del ‘antiimperialismo yanki’, por Dios bendito. Ni tampoco la primera manifestación mundial de los llamados ‘hoooligans’, hinchas violentos o ‘ultrasur’. Hagan el favor.

Pero el caso es que aquello dio que pensar a los que como Ramón Fernández-Arenas –más conocido como ‘Ralla’, director de una academia de inglés, sita en el número 8 de la calle Llano Ponte– practicaban aquel extraño deporte de importación, juzgado como extravagante por los avilesinos, cuando no objeto de pedradas por los rapacinos. Por tanto el incidente fue clave para que cambiaran de deporte, y del béisbol pasaron a otro juego, este británico, practicado principalmente con los pies: el balompié o fútbol.

El Sport Club Avilesino. Foto fechada en 1904.

De forma que pusieron manos –y pies– a la obra, junto con Ramón ‘Ralla’, Eusebio Abascal, Javier Bustelo y Jesús Gutiérrez. Alguno había hecho las prácticas de su carrera en Inglaterra, donde había comprado un balón de reglamento que trajo en la maleta, de regreso a casa. En aquella nueva empresa deportiva también se embarcaron: Juan Menéndez, Pepe Ibarra, Manuel Revuelta, Pío Carreño, Alfredo Kopp, Sabas Villamil, Enrique Panizo, Policarpo Hevia, Isaac Fernández, Recalde, Antonio Orobio e Ismael Fernández.

Y tanto se entregaron a la causa, que terminaron creando el Avilés Sport Club, que fue no solo el primer club de fútbol formado en Avilés, sino en toda Asturias. Que en 1903 se enfrentó al  Oviedo Foot Ball Club, en lo que pasó a la historia como el primer partido de fútbol de la historia local. Terminó en empate a cero goles.

Lo que no pudieron los USA, en Avilés, lo consiguió esa visión de la jugada de los hijos de la Gran Bretaña para el ocio y negocio deportivo con muchas pelotas (de fútbol, tenis, golf o de lo que sea), junto con la voluntad de unos cuantos entusiastas avilesinos amantes del deporte.

El año de 1903, en Avilés, está entre aquellos –de finales del siglo XIX y principios del XX– de cambios y modernidades urbanas y sociales. Fue un periodo histórico de los que contribuyeron a darle un buen ‘arreón’ a la Villa, a pesar de la furiosa crisis económica por la que atravesaba. Por ejemplo, la modernización del histórico barrio de Sabugo: nueva iglesia y urbanización del entorno, coronado por la construcción del palacete de Eladio Muñiz (también conocido como el de Josefina Balsera) que forma la mayor esquina de lujo de Avilés.

Fue aquel año –en el que Palacio Valdés escribió ‘La aldea perdida’– cuando comenzó a funcionar el tranvía de vapor, llamado ‘La Chocolatera’ por el enorme penacho de humo marrón que sacaba su diminuta máquina. Un tren, como de juguete, que unía Avilés y Salinas en el trayecto de la carretera nacional a Galicia.

De igual forma que Avilés, en 1903, fue la sede del III Congreso de la jovencísima Federación Socialista Asturiana, también Arnao pasó a un primer plano por una huelga, de un mes de duración, en la Real Compañía Asturiana (de capital belga), que terminó desastrosamente para los trabajadores: disminución de salarios y beneficios sociales y un alto número de despidos. Más de un centenar  de estos trabajadores, con sus familias, emigrarían a los USA, nueva tierra de promisión, incrustando principalmente en los condados de Donora (Pensilvania), San Luis (California) y Harrison (Virginia Occidental) pequeñas colonias avilesinas.

Finalmente y volviendo a Avilés, entre la reciente Fábrica de Curtidos Maribona y Cía. (conocida como ‘La Curtidora’) y las canteras de Bustiello, estaba el ‘Prado del Carnero’, lugar donde se celebró, el 11 de octubre de 1903, aquel primero, y por tanto histórico, partido de fútbol.

Fue el inicio local, del deporte de masas por excelencia, que empezaba a imponerse en el mundo y al que Avilés no solamente no fue ajeno, sino pionero regional. Luego vendría una larga historia: el Stadium, el Real Avilés, el Llaranes y algunos líos socio-balompédicos que son episodio aparte, en cuanto termine de leer los cuatro volúmenes (a ver que ciudad puede presumir de esto) titulados ‘Avilés y su fútbol’, del que son autores Jorge Valverde y Alberto Rendueles.

El ‘Prado del Carnero’ fue el primer campo de fútbol local. En 1921, se buscarían sitios más amplios, como Las Arobias, antiguo caserío de San Juan de Nieva, para terminar aterrizando, en 1943, en Las Meanas, en el recién construido estadio de ‘La Exposición’, actualmente ‘Suárez Puerta’.

Hoy 110 años después de aquel empate, Oviedo y Avilés vuelven a enfrentarse en la misma categoría y con iguales colores: azul y blanco.

Pero, conviene no olvidar, que la villa avilesina es decana futbolística en el Principado. Y por si no fuera poco con este gol, resulta que el presidente del Real Oviedo es un avilesino –y encima del Carbayedo– llamado Antonio Julián Fernández Fidalgo (famoso, en el mundo futbolístico, como Toni Fidalgo).

Así que no hay empate, ni empatía que valga. Porque ganamos.

Históricamente, al menos. Faltaría más.

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Los reyes majos de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 06-01-2013 | 07:31| 3

Hace años, cuando comencé a fisgar por los libros de historia, no le di mayor importancia al hecho de toparme, con más de un rey que, a lo largo de los siglos, y llevando por nombre Alfonso, contribuyera al progreso de Avilés.

Y fue así, con el tiempo y una caña, como pesqué una singularidad avilesina. Otra más. Y es que la mayor parte de los monarcas relacionados con los avances más significativos, o notables, experimentados por Avilés a lo largo de su Historia, responden a ese nombre propio.

La cosa de los reyes ‘alfonsinos’ con Avilés cunde que no veas. Pero veamos:

Sabido es que Avilés care­ce de partidas de nacimiento. La única referencia, y discutida, la tenemos en el testa­mento del rey de Asturias, Alfonso III llamado El Magno (866-910), el primero que citó a Avilés en documentos conservados. Su  mérito es aproximarnos, si no al nacimiento de la Villa, quizá al bautismo de la misma.

Luego aparece Alfonso VI, apodado El Bravo  (1065-1109), rey de Castilla y León –y que se las tuvo tiesas en su juramento en Santa Gadea de Burgos con el Cid Campeador, que se le puso en plan gallo–  fue el que otorgó a la villa avilesina el Fuero –Carta Magna, que venía a traducirse en una suerte de medidas que acarreaban progreso económico y avance social y la protegían de la ambición desmadrada de algunos bandidos con títulos de nobleza– a finales del siglo XI.

Su nieto, otro Alfonso (1126-1157), el VII, rebautizado como El Emperador fue el que confirmó el Fuero, en 1155, según costum­bre de la época y que consistía en que cada cierto tiempo las villas realengas, –ese era el caso de Avilés– solicitaban la prórroga del privilegio real del que gozaban. Sobre todo cuando la diñaba el rey que lo había concedido, no fuera a ser que su sucesor mirara para otro lado y si te he visto no me acuerdo.

En el Archivo Histórico se guardan dos pergaminos que reproducen el importante documento real que transformó la vida legal de la pequeña gran villa que bullía a orillas de su puerto, anclado en su tan milagrosa, como mayúscula, Ría y que hizo posible su progreso social y mercantil. El Fuero es episodio aparte.

Fue, por entonces, cuando Avilés gozó de su primer gran protagonismo nacional e internacional (el siguiente llegaría, siglos más tarde, con ENSIDESA echando humo) gracias a su puerto, tan seguro –al fondo de una Ría– para aquellos pequeños y enclenques barcos de madera. El prestigioso medievalista, Juan Ignacio Ruiz de la Peña, escribe que «Avilés era la Villa más antigua del litoral cántabro-atlántico, desde el Bidasoa hasta el Miño». También, por entonces, su puerto llegó a ser el más importante del norte atlántico peninsular.

La cosa sigue con Alfonso IX (1188-1230), rey de León, que fue el monarca que más veces visitó Avilés, lo que se notó en el progreso de la Villa, con obras en el puerto (entonces a un costado de la, hoy, iglesia de los Padres), la ciudadela y la muralla que la defendía.

Luego está Alfonso XI conocido como El Justiciero (1311-1350), rey de Castilla que refrendó la decisión de su padre (Fernando IV) de conceder a la Villa el privilegio del ‘Alfoz’, un gran avance para Avilés, ya que sometió a su jurisdicción a un extenso territorio que comprendía la totalidad de los hoy concejos de Carreño, Gauzón, Castrillón, Corvera e Illas.

Y ya damos un salto, de siglos, para llegar hasta Alfonso XII (1857-1885), aquel rey de España tan cantado por su triste romance con María de las Mercedes de Orleans, fallecida a los 18 años ‘muerta está que yo la vi, cuatro duques la llevaban por las calles de Madrid’ cuenta el cancionero popular.

Pero, aparte de su papel estelar en este famoso culebrón histórico, hizo otras cosas durante su reinado. Y para nuestro interés, una de ellas fue la concesión (13 de diciembre de 1883) al Ayuntamiento de Avilés del tratamiento de Excelencia, cosa a la que no fue ajena el lobby avilesino en Madrid (que aunque les parezca mentira antes existía) encabezado por Julián García San Miguel, segundo marqués de Teverga.

El Ayuntamiento, y por ende el pueblo de Avilés, fue Excelentísimo (tratamiento por el que suspiran y batallan muchas ciudades, sin conseguirlo) hasta que de la noche a la mañana, o sea del anochecer del siglo XX al amanecer del XXI, este Ayuntamiento dejó de utilizarlo.

No renunció al tratamiento, no. Vergonzosamente, creo yo, lo silenció en la  nomenclatura de sus documentos. Simplicidad tan muda, por jamás explicada, ésta renuncia gratuita a un título que distingue a la ciudad. Una, tan equivocada como, lamentable dejadez de imagen.

De todos los soberanos citados los únicos que han quedado plasmados en el callejero local son Alfonso VI, que tiene una plaza –entre las calles La Ferrería y El Sol– inaugurada a finales del siglo XX (más vale tarde que nunca) siendo alcalde Agustín González Sánchez. Y luego está la calle de Alfonso VII, que los avilesinos conocen como ‘la de Los Cuernos’. Hay, quien cree ver en esto un claro síntoma de republicanismo agudo.

Pero bueno, el caso es que da que pensar la relación, entre los citados reyes ‘Alfonsos’ y Avilés. Tanto así como al revés.

No fueron Reyes Magos. Fueron reyes majos.

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Armando Palacio Valdés y su querencia por Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 30-12-2012 | 10:21| 4

          En Avilés, el año 1853 está marcado por dos hechos importantes. Uno, que la Real Compañía Asturiana de Minas, ubicada en Arnao y presidida por el financiero belga Raphael Jonathan Bischoffsheim, comienza a dedicarse a la producción de zinc.

          El otro fue la llegada –cuando la Villa apenas tenía 8.000 habitantes– del bebé Armando Francisco Bonifacio Palacios Rodríguez, nacido meses antes en Entralgo (Laviana).

          Y aquí fueron creciendo la industria del zinc y el rapacín. Y hoy ambos contribuyen a hacer famosa a Avilés, una como AZSA (una de las mayores factorías de zinc del mundo) y otro como el escritor conocido como Armando Palacio Valdés, que pasó aquí parte de su niñez, hasta que empezó a rodar y a escribir por el mundo.

          Pero nunca abandonó ‘su ciudad’. Con frecuencia pasaba en Avilés pequeñas temporadas, hospedándose en el hotel ‘La Serrana’, entonces frente al parque de El Muelle. Y desde 1941 sus restos están alojados, por expresa voluntad, en el monumental cementerio avilesino de La Carriona.

Armando Palacio Valdés (1853-1938)

            Lo que Palacio Valdés ha hecho por Avilés, desde el punto de vista divulgativo, es impagable. Pocas ciudades tienen el privilegio de ser contadas y cantadas por un escritor de ámbito universal.

            Quiso mucho a esta ‘ciudad singular’, como la llamaba, ya desde niño. Lo cuenta en ‘La novela de un novelista’: «La primera vez que me di cuenta de la existencia o me reconocí como un ser viviente fue en Avilés, debajo de una mesa. Estaba allí oculto, silencioso y trabajando. ¿En qué trabajaba? En abrir un agujero a un gran pan de cuatro libras que había logrado hacer descender desde la mesa hasta mis manos». Tenía entonces, la criatura, unos dos años de edad.

          Cualquier medio o lugar siempre fue bueno para que Palacio Valdés ensalzara a Avilés, tanto en declaraciones a la prensa, como en sus multitudinarias conferencias, pero sobre todo en algunas de sus novelas, como ‘Marta y María’, ‘El Cuarto Poder’ y en ‘La novela de un novelista’.

          Al ser sus obras traducidas al inglés, francés, ruso, sueco, checo, etc., bien podemos decir que Avilés quedó inmortalizada con sus costumbres y paisajes más característicos, gracias a este caballero de elegantes trajes, recortada barba y exitosa pluma literaria, cuya obra fue propuesta por dos veces al Nóbel de Literatura.

            En justa correspondencia la ciudad ha puesto su nombre a un teatro, a una calle, a un grupo escolar, le ha erigido una estatua, le ha dedicado una placa y hasta un cine llevó por nombre el de una de sus novelas más conocidas, ‘Marta y María’ que también tienen -obra de Favila- su representacion escultórica. A tal señor, tal honor.

            Amigo íntimo de Leopoldo Alas ‘Clarín’ quien lo llegó a calificar de maestro literario por ser «dueño de si mismo y de su genio y admirable tanto por lo que escribe como por lo que calla, por lo que economiza».

            El ‘terrible’ Valle Inclán dejo escrito que «Con ser tan grande mi admiración al escritor, casi la supera mi admiración al hombre grave y esquivo ante el adocenado aplauso de la crítica y de la prensa».

            También Miguel de Unamuno conoció y trató a Palacio Valdés «y entonces al conocer al hombre, encontré al escritor. Comprendí el encanto de sus escritos y el aroma de honradez que de ellos se desprende. En nuestra literatura no abunda ni mucho menos, la nota íntima y recogida, el tono apacible (…) casi todo en el fondo es violento. Y así me explico que Palacio Valdés sea uno de nuestros escritores más gustosos. Y de los de hoy el más gustado tal vez».

            Escrito está que los más significados críticos europeos y americanos dudaban sobre quien sería mejor novelista, si el ruso Tolstoi o el español Palacio Valdés.

            Cuenta con apasionados partidarios y también con furibundos detractores. Desde luego no son los tiempos actuales los más favorables a su estilo literario. Su obra, como la de Pérez Galdós, Blasco Ibáñez y otros, está hoy un tanto arrumbada, pero yo no diría que derrotada, quizá aletargada.

            Juan L. Alborg (Valencia,1914-Bloomington.USA,2010), famoso crítico e historiador literario , publicó un voluminoso tomo en el que dedica al estudio de la obra de Palacio Valdés cerca de quinientas páginas, cosa que solo ha hecho con otros nueve autores universales.

            Sus sencillas, pero sólidas, tramas novelescas que tanto éxito tuvieron, no es difícil que vuelvan al primer plano, aprovechando la actual revalorización de autores de historias bien contadas. Otros argumentan, para su ‘resurrección’, en que la literatura, como casi todo, es cuestión de modas. Lo del péndulo histórico y todo eso.

            Lo que nadie, nunca, le va a quitar es haber sido, entre los autores clásicos españoles uno de los más favorecidos por el ‘invento’ del cine. Son trece las películas que se han basado en sus novelas y ese es todo un episodio aparte.

            Este gran novelista ‘avilesino’ ha dejado retratado en sus libros, como pocos autores hicieron –entre los clásicos de la literatura española– la época de entre siglos XIX y XX.

            Pintó magistralmente la sociedad de su tiempo. Ojala, a su obra, le pintaran bien los tiempos actuales. Y los venideros.

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El quesiqués de los símbolos de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 23-12-2012 | 09:10| 7

Conviene dejar por sentada –y en una banqueta a ser posible– esa realidad tan incómoda como singular, de que los símbolos oficiales de la Villa, o sea su bandera y escudo, no tengan sanción legal.

Acoquina constatar la molicie de cientos de corporaciones avilesinas que, heredando desde siglos este desaliñado baldón, no han sabido, podido o querido solucionar ésta incómoda situación, tanto de la bandera como del pendón.

Menos mal que tenemos otros símbolos que se mueven entre lo gigantesco y lo exótico.

Chimenea del Sinter

Se puede ver desde muchas calles de Avilés y es el símbolo más omnipresente –tiene cien metros de altura– de la ciudad.

Está situada en las antiguas instalaciones de ENSIDESA, gigantesca empresa pública que nos cayó encima, en 1950, y cuyo nombre callaron, en 1994, cambiándoselo por otros, al tiempo que borraban instalaciones, hasta llegar a la actual Arcelor-Mittal.

La chimenea de hormigón armado, ejercía labores de sinterización y es el único elemento -y el único recuerdo- que queda de la industria de cabecera de ‘la empresa’ (como conocían sus trabajadores a ENSIDESA), después de ser demolidas valiosísimas piezas de patrimonio industrial (central térmica, hornos altos, etc.) que fueron a tomar por donde se empiezan los cestos, sin estudio previo ni previsión de reaprovechamiento que valga. Dinamita y a otra cosa mariposa.

Hoy, la chimenea del Sínter, de propiedad privada, no echa humo ni echa nada. Ella solo se limita a medir 100 metros y a estar allí, parada, a juego con los tiempos que corren.

La foca

Un 5 de diciembre de 1951, llegó al puerto pesquero avilesino –entonces frente al parque del Muelle– una foca. Unos dicen que desnortada y otros que como precursora de los beneficios que traería a Avilés la construcción de una de las mayores siderurgias mundiales (que grandones somos, coime), o sea la citada ENSIDESA.

Lo de la foca, fue un amor a primera vista, y desde entonces forma parte de la historia local, convirtiéndose en un símbolo ciudadano. Y a pesar de que, su estancia duró solo unos meses, su familia no la olvida. De ello da fe su estatua, en el parque del Muelle, que homenajea a este animal tan simpático como exótico, tan contrastada con esa España cañí de toros y cabestros, o con la Asturias pastoril de vacas lecheras, cantadas incluso por Leopoldo Alas ‘Clarín’.

Escultura 'Avilés' y al fondo el Niemeyer

 

En Avilés nada de eso, faltaba más. Aquí bigotes de foca en vez de cuernos de toro. Y aletas en lugar de tetas, de vaca.

El tricornio de la Ría

La escultura, llamada oficialmente ‘Avilés’, de Benjamín Menéndez, se emplazó en 2005, por iniciativa de la Autoridad Portuaria, entonces dirigida por Manuel Ponga, en el recién inaugurado paseo de la Ría.

Es un espectacular conjunto escultórico de 30 metrosde altura compuesto por tres gigantescos conos, de acero ‘corten’, dispersos en otras tantas direcciones.

La prensa, resaltó su carácter simbólico, como una especie de unión de la ciudad con su fachada marítima y sondearon al personal al respecto, por ver si daba con algún nombre que fuera más identificable que el oficial, tan prodigado.

No hubo forma, y eso que se barajaron apodos que iban de la alabanza al sarcasmo, pero ninguno cuajó como definitivo. Surgieron los de: ‘Oricio’, ‘Orición’, ‘Tricuerno’, ‘Tricono’, ‘Tricornio (a secas), ‘Ojalá’ (a secas, también), ‘Los Pirulís’, ‘Mamotreto’, ‘Los Pinchos’, ‘Las Púas’, ‘El Encuentro’, ‘Acero cornudo’ y también, claro: ‘Acero cabrón’… Pero, aunque sin entusiasmo, el más usado es ‘El tricornio de la ría’.

La escultura, un serio candidato como símbolo del Avilés moderno, lo tiene muy crudo desde la construcción del Centro Niemeyer.

El Niemeyer

El Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, nuevo en esta plaza desde 2011 y única obra del mítico arquitecto brasileño en España, es ya prácticamente el icono del Avilés moderno.

Tanto por la espectacularidad arquitectónica, como por haber sabido llamar la atención con sus actividades –aún antes de su inauguración– de los medios nacionales e internacionales, tiene todas las papeletas para que la silueta de su conjunto, o aisladamente la de cualquiera de las piezas que lo componen, se convierta en el símbolo avilesino –y puede que asturiano– más internacional.

Resumiendo que…

 El quesiqués, que es cosa que se pregunta y es difícil de averiguar o de explicar, de los símbolos de Avilés –todos ellos en torno a la Ría– está tal que así: por un lado una espectacular escultura sin nombre con gancho, junto con la de una foca, animal exótico en tierra de vacas roxas, lobos abatidos y osos que no ligan. Y por otro: una chimenea en paro ahumado y un centro cultural en pausa, entre lo que pudo haber sido y sabe Dios lo que será.

Así está, esto del quesiqués de los símbolos modernos de Avilés. Y si algún romántico languideciese por ello, no sufra, haga el favor, que siempre nos quedará el casco histórico.

Y París, por supuesto.

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La, hoy, desarbolada plaza 'del Pescado'…
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Alberto del Río Legazpi | 16-12-2012 | 10:30| 2

La historia de muchas zonas de Avilés, es la de tierras rescatadas al mar. A medida que avanzaban los siglos y la población crecía, aumentaba su demanda de tierra firme donde edificar y esparcir. Y de esta necesidad hicieron virtud –nuestros antepasados– transformando zonas húmedas en secas y cambiando el agua salada por la dulce. Esta plaza es una muestra.

La plaza, en 2011. Antesala del Centro Niemeyer

 Su rescate se selló en 1866, cuando plantaron aquí un paseo bautizado como la Alameda Vieja.Posteriormente, en 1892, el lugar fue rebautizado como plaza de San Sebastián, hasta que en 1929 se sustituye por el pomposo nombre de ‘Plaza de la Reina Doña María Cristina’ y en 1938 –vuelta la burra al trigo– se le asigna, a petición de los consignatarios navieros locales, el nombre ‘Santiago López. Marqués de Casa Quijano’, que era un industrial y comerciante carbonero bilbaíno.

Pero en todo el tiempo que viene desde 1918 –cuando el Ayuntamiento desplumó el lugar talando numerosos árboles y ajardinando el terreno en torno a una, entonces, moderna nave que sería mercado de pescados– hasta hoy, muy pocas personas la han conocido por los nombres citados, a excepción de los carteros y supongo que los vecinos de los tres únicos portales del lugar, sino como plaza del Pescado y también de La Pescadería.

En 2010 sufrió otro bamboleo urbanístico, al ser elegida como partida de comunicación peatonal (a través de una pasarela aérea) de la ciudad con el recién construido Centro Niemeyer. Y nuevamente la plaza volvió a ser pelada de vegetación. Esta vez un corte al cero.

Guste o no, la pasarela –un episodio aparte– da solución urgente a un problema difícil, a falta de las obras fetén (que ni están ni se las espera, de momento) como son el desvío, fuera de la ciudad, de las vías férreas y terrestres.

Aspecto de la plaza durante el siglo XX

Hoy, la desarbolada plaza ‘del Pescado’ (o de Santiago López) es lugar importante, por ser el punto de llegada más rápido al Niemeyer desde el centro de Avilés (o sea ‘El  Parche’, porque así es conocida la Plaza de España) y desde allí el peatón baja por la calle de ‘La Cárcel’ (que así llama el personal a la de Ruiz Gómez) llegando a la plaza del Pescado (ya saben, la de Santiago López) que es la antesala del Centro Niemeyer.

Por todo lo anterior se deduce, si es que aún no le ha dado, a usted, un soponcio, que el callejero oficial es papel mojado y que lo tiene muy crudo en Avilés.

Por lo demás la plaza del Pescado (la de Santiago López), aquella de gran tradición arbolada, melenuda, se ha quedado calva, aunque llena de pasarela de acero ‘corten’ y de un blanco refulgente en su antigua pescadería, transitada hoy por multitudes.

Y aún dicen –gente como Sorolla– que el pescado es caro.

No conocen Avilés.

 

 

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El tan honrado como respetado y muy viajado, fray Valentín Morán
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Alberto del Río Legazpi | 09-12-2012 | 09:38| 3

La empinada Cabruñana de Avilés, hoy calle céntrica de la ciudad, nunca fue una cuesta cualquiera.

Su categoría le viene de siglos, como obligado, y difícil, lugar de paso del Camino Real –una autopista medieval– que comunicando Grado y Pravia con Luanco, atravesaba aquel Avilés amurallado siguiendo el trayecto urbano de Fuente de La Cámara-San Bernardo-Puente de San Sebastián. Y viceversa.

En Cabruñana, hasta mediados del siglo XIX, las noticias nos dicen que había muy pocas casas. En una de ellas nació, en 1694, Valentín Morán Menéndez.

Pasada su niñez, recibió educación en el –entonces– nuevo convento de La Merced (levantado, en buena parte del lugar, hoy ocupado por la iglesia nueva de Sabugo) de los Mercedarios Calzados, que habían dejado su residencia de Raíces para establecerse en Avilés. El joven Valentín, inició allí sus estudios y terminó profesando como mercedario.

Fray Valentín Morán (1694-1766)

 El nuevo fraile, que pronto se reveló como persona muy competente, comenzó una frenética actividad que lo llevaría a viajar sin descanso –cosa fatigosa teniendo en cuenta los medios de transporte de la época– por diversas ciudades de España y Europa, ejerciendo altos y comprometidos cargos de su Orden religiosa. También en América, pues estuvo trabajando, cuatro años, en el Perú.

Y a este continente estuvo a punto de volver, en 1750 cuando fue preconizado obispo de Panamá, pero no llegó a tomar posesión por razones hoy confusas, pero si lo hizo como obispo de Canarias. O sea, que del barco no lo libraba nadie.

Fray Valentín, había residido –desde 1738– ocho años en Roma, ocupando cargos de prestigio en el Vaticano, cuando pontificaba Benedicto XIV, el papa más erudito del siglo XVIII, que distinguió al mercedario avilesino con su amistad personal.

Hombre de carácter recogido, muy culto y de una humildad sin cuento que valga, concitaba grandes simpatías. Así que no fue nada extraño la que se armó en Canarias –hasta allí había su fama– en 1751, tanto cuando llegó para ejercer durante diez años como obispo, como en la multitudinaria despedida que le montaron cuando se marchó de las islas, obligado por su estado de salud, hacia Avilés.

Lo hizo en un barco danés que salió de Santa Cruz de Tenerife con destino a San Sebastián, haciendo escala en Gijón, donde llegó el obispo mercedario después de 40 (cuarenta) días de una navegación azotada por tormentas interminables.

«Hizo su entrada en esta villa, que le recibió con voladores, ‘chupinos’ y disparos de la campana del reloj» cuenta el historiador David Arias García. El atípico obispo mercedario, regresó a sus orígenes, alojándose en el convento de La Merced. 

Justo Ureña, el recordado Cronista Oficial de la Villa de Avilés.

En las islas, su carácter infatigable le había hecho visitar, a lomos de cabalgadura, gran parte de los pue­blos de su diócesis, cosa inusual por entonces.

Valentín Morán, al igual que vivió con intensidad aquello en lo que creyó, también contribuyó al progreso de su villa, pagando de su pecunio, reparaciones de caminos y calzadas (entre ellas Cabruñana) e insuflando el dinero necesario para terminar el nuevo puente que unía (en parte de lo que hoy es la calle de La Cámara) la Villa con Sabugo.

En el convento mercedario -donde residía en una celda- fabricó, a su costa, la capilla de la Soledad.

Murió en 1766, cuando contaba 72 años de edad, y fue enterrado en ‘su’ capilla de La Soledad, adosada al convento. Pero en 1903 se construyó la actual iglesia de Sabugo, en gran parte sobre las ruinas del convento de La Merced y sus restos fueron trasladados a la iglesia vieja de Sabugo.

Después de diversas peripecias, hoy se puede ver –a los pies de la imagen de la Virgen de La Soledad de la nueva iglesia de Sabugo (en lugar muy próximo, geográficamente, a donde había estado la capilla del convento) –en el suelo una lucida lápida donde reposan sus restos. Fue una gestión de diversas personas, Justo Ureña (Cronista Oficial de Avilés) entre ellas, empeñadas en hacerle justicia a este fraile, ciudadano del mundo, empeñado en descansar para siempre en Avilés.

Fue persona respetada por respetable, con ganada fama de honrado en los cargos con los que cargó. Que fueron abundantes.

Y en Sabugo descansan sus restos… ‘pa’ los restos. Amén.

 

 

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Aquel convento de La Merced
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Alberto del Río Legazpi | 02-12-2012 | 10:01| 5

Ha dejado, por escrito, el segundo marqués de Teverga que «Debíóse el convento de la Merced á la esplendidez de su patrono el Sr. Marqués de Camposagrado para complacer á su piadosa madre Doña Eulalia, último vástago directo de la noble familia de las Alas».

De tal cosa también había dado cuenta Jovellanos, cien años antes, con mágico estilo: «Los Mercedarios (de Raíces) venían a la Villa de Avilés con ocasión de entierros, etc… Una noche se quedaron en una barraca que tenían, donde ahora el convento, y a la mañana siguiente amaneció en ella campana y capilla».

Un texto digno de Gabriel García Márquez, solo que dos siglos y pico antes que lo hiciera el Nóbel colombiano.

Calle 'La Cámara'. Al fondo el convento de La Merced.

Pero costó Dios y ayuda, de trámites engorrosos, conseguir permiso de construcción del nuevo convento –cosa lograda en 1668– y con razón, porque tal parece que a los prohombres de Avilés, de aquel tiempo, les hubiera hecho la boca un fraile.

La Villa tenía alrededor de 3.500 habitantes (la mayoría en el recinto amurallado, aparte de los de Sabugo, el arrabal de Rivero y Miranda), un reducido número de población para tanta práctica de religión,  ya que contaba con dos y considerables conventos (monjes Franciscanos y monjas Bernardas) aparte de las iglesias y del eremitorio de Raíces, donde estuvieron los Mercedarios, a pie de Peñón, hasta su traslado a su nueva residencia de Sabugo.

Las obras fueron peliagudas, ya que el terreno sobre el que se edificó estaba sujeto a las mareas y hablamos de un edificio de 70 metros de largo por 37 de ancho, con patios y claustros interio­res e iglesia adosada, de 37 por 13, más una capilla conocida como de La Soledad.

En el convento, que llegó a contar con 26 religiosos (datos del año 1758), profesaron dos avilesinos que pasaron a la historia como destacados obispos: González Abarca y Valentín Morán.

Cuando en 1876 cierra sus puertas, obligado por la ley desamortizadora de Mendizábal que penaba los ‘bienes eclesiásticos improductivos’,  el edificio pasa a ser regido por el Ayuntamiento, etapa civil que duró 19 años.

Entonces el gigantesco caserón fue reconvertido en lo que hoy llamamos Hotel de Empresas, pero a lo bestia. Porque allí habitó de todo cuando los del hábito mercedario fueron expulsados.

Convirtióse, el antiguo convento, en un abrumador mil usos, en un gigantesco cajón de sastre que alojó: casa-cuartel de la Guardia Civil, oficina de telégrafos, Asilo de Ancianos, mercado de ropa vieja, cuadras de caballería, fábrica de tejidos, picadero (de equitación, se entiende), escuela de náutica, cuadras de bueyes municipales (entiéndase ganado propiedad del Ayuntamiento), oficina de rentas y muchos etcéteras más. Aparte de escuelas infantiles y un par de academias: la Preparatoria de Bachiller, dirigida José Benigno González ( ‘Marcos del Torniello’) y la popular y afamada ‘Cátedra” fundada por los hermanos Domingo y Cástor Álvarez Acebal.

La zona sombreada indica la situación del convento (Infografía: Foto-estudio Angelín)

También fue ‘cercado’ por dos cementerios, uno de ellos clausurado por insalubre, pero el otro aguantó como necrópolis municipal hasta construirse el de La Carriona.

En 1895 derruyeron aquel viejo cascarón –había aguantado en pie 187 años– porque Avilés se modernizaba y en parte del terreno que ocupaba se construyó una iglesia nueva para Sabugo, en la que se utilizó mucha piedra del arruinado edificio conventual.

Del interior, poca cosa, que se fue desperdigando por distintos edificios religiosos, incluido un cementerio (San Cristóbal), como no.

Por lo que, hoy, de aquel convento de La Merced y su variopinto contenido, solo nos queda una vaga estela, digna de ser o filmada por un Visconti o firmada por García Márquez. Le harían una merced.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta