El Comercio
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Calle de La Estación
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Alberto del Río Legazpi | 30-10-2016 | 10:17| 0

          Cuando el 6 de julio de 1890 llegó por primera vez el tren a la ciudad, Avilés quedó bendecido por la modernidad y el callejero municipal tomó nota, aunque con año y medio de retraso.

          El 15 de enero de 1892 a la calle De Adelante (D’Alante), del barrio de Sabugo, el Ayuntamiento avilesino decide cambiarle el nombre por el de La Estación que llega hasta hoy, con un paréntesis de mas cincuenta años (de 1925 a 1979) cuando se lo cambiaron por el de General Zubillaga gobernador de Asturias (nombrado durante la Dictadura del general Primo de Rivera) que ayudó en la modernización del puerto y la canalización del río Tuluergo.

          La nueva estación de ferrocarril enclavada en la entonces avenida de Pravia, hoy Los Telares, tenía enfrente a la calle sabuguera D’Alante, vía ligeramente empinada que la comunicaba con la plaza Nueva (la actual del mercado) entonces camino de ser el centro de la villa de Avilés, cosa que no cumplía la avenida de Pravia ya que entonces toda la zona del actual parque del Muelle, y aledaños, era un campo de batalla de obra civil.

Desde los soportales de la calle de La Estación, a la izquierda la iglesia vieja de Sabugo y a la derecha y al fondo la estación.

          La más practicable, para los viajeros, era dicha calle D’Alante una de las tres históricas del medieval barrio de pescadores, situado en una pequeña colina de Sabugo junto con la d’Atrás (hoy Bances Candamo) y la de Enmedio (hoy Carreño Miranda).

          Vista desde su inicio, en la plaza de Pedro Menéndez, la calle de La Estación comienza en su acera izquierda con una casa de arquitectura sencilla (hoy en lastimosa situación de ruina) pero con un pequeño escudo en su fachada que remite al desaparecido convento de La Merced, que ocupaba gran parte del solar donde hoy se levanta la iglesia de Sabugo nueva. Termina la calle 250 metros más allá en la, actualmente cerrada, fonda El Norte, tan típica en todas las estaciones adonde llegaban los trenes de la Compañía de Ferrocarriles del Norte de España. Una casa en ruinas y otra con negocio acabado no deben inducirnos a engaño ni llevarnos a pensar que la calle es un desastre, todo lo contrario ya que es rica y alegre como pocas de Avilés.

          Arquitectónicamente destaca un edificio, hoy de acogida a personas sin hogar,  construido en 1923 como sede de los Grandes Almacenes de Ferretería y Quincalla de García Fernández y Cía. Francisco Casariego diseñó su bella fachada art déco y empleó en su construcción hor­migón armado, principalmente, una originalidad por aquellos años.

Zona central de la calle.

          Más adelante, en el centro de la calle, se concentran edificios de notables viviendas sobre todas las del arquitecto Manuel del Busto, autor de singulares edificios en Avilés entre los que destaca el teatro Palacio Valdés. En el ‘Diario de Avilés’ de 6 de julio de 1898 se puede leer que «dentro de breves días comenzarán a fabricarse dos casas de nueva planta en la calle de la Estación las cuales por su esbeltez embellecerán aquella parte de Sabugo… son de gusto poco común… unen elegancia con sencillez causando agradable sorpresa». Se refiere a los números 19 y 21 actuales.

          Es muy destacable el abundante negocio hostelero que brilla particularmente en esta parte central. Hay tanta sidra por metro cuadrado que bien se podría decir que en este antiguo barrio de mareantes de Sabugo los que abundan hoy son los mareados.

Luego está ese plus histórico-artístico que supone el viejo templo de Santo Tomás de Canterbury, el monumento medieval mejor conservado de Avilés, que la calle comparte con la plaza del Carbayo.

          En la acera de la derecha se conservan dos zonas aisladas de soportales, muestra de los que antiguamente tuvo –y en los dos márgenes de la calle– estrechándola tanto que apenas cabía un carro con tracción animal. Luego, entre finales del siglo XIX e inicios del XX sufrió, como gran parte de Avilés, una gran transformación urbana.

          En el entonces número 8, estuvo la famosa fonda La Celesta donde trabajó Serrana Gutiérrez Pumarino que luego fundaría el hotel La Serrana, uno de los más famosos de Asturias en su tiempo.

          Un poco más allá y en el cruce con la calle Carreño Miranda se avista el cercano parque del Muelle. Por el invierno, con los acatarrados árboles desnudos de hoja, se divisan los muelles del puerto para que no olvidemos que estamos en barrio marinero y pescador. También aquí se comparte esquina, visualmente, con una popular estatua de bronce, obra de Favila (siglo XX) basada en un cuadro homónimo del pintor Juan Carreño Miranda (siglo XVII), dedicada a Eugenia Martínez Vallejo ‘La Monstrua’ que tanto excita el artilugio fotográfico de muchos, generalmente turistas.

Tramo inicial de la calle, hace más de 100 años.

          En el número 10 vivió y enseñó uno de los maestros más populares de la historia avilesina de nombre Marcos del Torniello, celebrado también como chispeante poeta en bable. Tanto el edificio que antecede al del rimador como los que le suceden son de llamar la atención por su singular arquitectura, especialmente el número 14.

          También tiene su cosa la casa número 20 por el escudo en su fachada. Perteneció a la familia Llano Ponte, de título en ristre, que consiguió permutarlo por una casa–palacio que hay en un extremo de la plaza de España ya en el inicio de Rivero (fue cine Marta y María) propiedad del indiano García Pumarino. Fallecido en 1706, su heredero (un sobrino suyo que era sacerdote) accedió a la petición de Juan de Llano Ponte, a la sazón obispo de Oviedo. Total que el prelado al Parche, el cura a Sabugo y punto.

          La rúa desemboca en la avenida de Los Telares, anteayer camino de Pravia, ayer camino de la estación, hoy camino de tres estaciones y, desde hace siglos, parte del  Camino de Santiago a su paso por Avilés.

          Un caso de memoria histórica.

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El gigantesco 'Americanín de Romadorio'
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Alberto del Río Legazpi | 23-10-2016 | 09:11| 0

José Villalaín Fernández (Navia 1878–Salinas 1939) es uno de los más brillantes, y desconocidos, personajes de la historia de Avilés.

          Hay una parroquia en el concejo de Castrillón llamada Pillarno que es casi tan grande, en superficie, como el concejo de Avilés. Pero no la cito aquí por eso.

Autógrafo de José Villalaín Fernández, bajo el pseudónimo 'El Americanín de Romadorio'

          Ni tampoco porque su actual iglesia fuese  construida en los años 40 siguiendo planos del célebre Manuel del Busto (cuyo padre era natural de Pillarno) arquitecto de espectaculares edificios como el banco Herrero de Oviedo o el teatro Palacio Valdés de Avilés.

          Ni tampoco porque en dicha iglesia se conserve exenta una ventana prerrománica (encontrada entre las ruinas de la anterior, destruida en 1936) que remite a un pasado remoto (y no quiero hablar de las Cuevas de Arbedales porque son episodio aparte) que le valió ser expuesta en la gigantesca muestra ‘Orígenes’ celebrada en la catedral de Oviedo en 1993.

          Ni tampoco (que pesadez, por favor) lo cito porque dicha pieza arquitectónica revele la antigüedad histórica de Pillarno al igual que la de algunos de sus vecinos como es el caso de Diego Suárez, quien en 1484 llegó a ser alcalde de Avilés cuando la Edad Media cantaba las diez de últimas.

          Pero, y acabamos, al lado de la iglesia hay una placa (colocada en 2015) donde se puede leer «El pueblo de Pillarno, con cariño y gratitud a Dña. Concepción Díaz Menéndez (1883–1964) ‘Concha la partera’ por su labor solidaria y altruista hacia el prójimo, considerando maravillosa su labor de partera…» dice la parte inicial del texto que homenajea a una persona que sirvió a sus vecinos. No es una excepción.

          A poco más de 1 Km. de allí, en Romadorio, una de las quince poblaciones que forman la parroquia de Pillarno, hay otra placa (colocada en 2002) dedicada al «humanista, médico y escritor que utilizó el seudónimo ‘El Americanín de Romadorio’ en su obra literaria».

Placa colocada en el jardín de Romadorio (Pillarno).

          Aparte de su nombre oficial, José Villalaín Fernández, usó mucho más este pseudónimo que el resto de los que utilizó a lo largo de su vida: ‘Dr. Schauspiel’, ‘H.C.’, ’’Romadorio’ y ‘El Corresponsal de Pillarno’.

          Nació en Navia en 1878, pero siendo niño su familia traslado el domicilio a Castrillón. Su padre era funcionario de Aduanas y ejerciendo la función de aduanero vino a la de Avilés, aunque luego ingresaría, como alto empleado administrativo, en la Real Compañía Asturiana de Minas de Arnao.

          El niño Villalaín asistió a la escuela de San Martín de Laspra y estudió el bachiller en el colegio avilesino de La Merced donde quedó marcado por la personalidad pedagógica de Domingo Álvarez Acebal, tanto fue así que cuando fue a Santiago de Compostela a cursar Medicina no se cortaba un pelo ante sus nuevos compañeros, y profesores, poniendo por las nubes al maestro avilesino que lo educó. Esta lealtad, conmovedora, a sus paisajes y a sus personajes es una de las virtudes de Villalaín.

          En Galicia solo estuvo un año pues el resto de la carrera la cursó en el histórico Caserón de San Carlos de Madrid donde se licenció en 1900.

          A partir de entonces comienza a ejercer como médico rural en Castrillón, concejo que recorrió mil veces a pie,  dos mil a caballo y tropecientas mil en un Ford que compró en 1929 a Ibañez, único concesionario automovilístico por entonces en Avilés, domiciliado en la calle Ruiz Gómez, popularmente conocida como calle La Cárcel.

          Antes, en 1915, comenzó a compaginar su trabajo de médico rural con el de empresa en el Hospital que la Real Compañía tenía en el poblado de Arnao.

          En 1923 se casó con María Menéndez Galán en la iglesia de San Miguel de Quiloño, localidad natal del marqués de Teverga. El matrimonio tuvo varios hijos, pero tanto su familia como la obra del padre son episodios aparte.

          El Ayuntamiento de Castrillón ha reconocido a José Villalaín Fernández como hijo adoptivo así como dedicado una estatua en Piedras Blancas (obra de Ignacio Bernardo), una calle en Salinas y una placa en la aldea de Reborio.

          Falleció en Salinas en 1939 sin haber tenido la fortuna de que su obra se amplificase como se merece, algo que nos estamos perdiendo todos, los asturianos en primer lugar. Gran parte de ella, que pide a gritos una antología, está dispersa por periódicos y revistas de España y América.

          Respecto al estudio de su trabajo, destaco la publicación, en 2001, de Esther García López titulada ‘Averamientu a la vida y obra de José de Villalaín Fernández’, al igual que un análisis aproximativo a la obra de este hombre genial, publicado por Antonio García Miñor en el Boletín del RIDEA de 1979 y una detallada biografía de Ramón Baragaño en LA VOZ DE AVILÉS del 14 de agosto de 2010.

          Con la ironía por bandera fue escritor, médico, botánico, dibujante, periodista, músico… Era un virtuoso del violín que le enseñó a tocar a su hermano, Martín Marino, quien con el tiempo llegaría a ser primer violinista en la Orquesta Nacional de España.

          En la vida y obra de este hombre todo parece como milagroso, a veces creo ver a un personaje salido de una novela de García Márquez, con Castrillón como fondo en vez de Macondo.

          Lo que voy descubriendo de José Villalaín –amigo de Joaquín Sorolla– y al que llevo tiempo siguiendo su  rastro, tan difuminado, es impresionante. Como persona y como médico, a la par que creador científico un aspecto que le alabó Gregorio Marañón. Luego está su faceta de ensayista de excelencia y su autoría de novelas y muchas crónicas y muchos cuentos. Me acuerdo del Chéjov cuentista, otro galeno.

          Tengo al polifacético José Villalaín Fernández por uno de los personajes más fascinantes de la historia de Avilés.

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La leyenda de la calle salada
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Alberto del Río Legazpi | 16-10-2016 | 09:22| 0

          Una de las acepciones, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, del término leyenda es «aquella cosa admirada que se recuerda a pesar del paso del tiempo».

          Le viene al pelo a la calle de Avilés que lleva por nombre Los Alfolíes, palabra de procedencia árabe que remite a almacén de sal, valioso producto entonces –aparte de para el guiso para la conservación de los productos alimenticios– y que fue una de los capitales del Avilés medieval con un Fuero concedido por el Rey y líder en el tráfico portuario del norte peninsular.

Antiguo puente de piedra de San Sebastián. Al fondo calle Los Alfolíes.

          Los almacenes de sal, de los que Avilés tenía el monopolio en Asturias, estaban al costado izquierdo de esta calle, dando a los muelles y al lado de la iglesia, entonces de San Nicolás de Bari, luego de Los Padres y hoy de San Antonio.

          Por entonces las denominaciones de vías y lugares no eran oficiales y variaban según quien escribía los documentos que hoy podemos leer. La calle, que terminaba en una de las cinco puertas de la muralla, tuvo varios nombres al igual que su vecino puente de piedra de San Sebastián. Antes de generalizarse el nombre de Alfolíes fue calle Real (formaba parte del Camino Real que comunicando Grado con Gozón cruzaba Avilés), también calle ‘So la Iglesia’ –por su proximidad al templo– y calle Corugedo, por su cercanía a la fuente de ese nombre. Fueron pasando los siglos y el 4 de mayo 1897 fue denominada oficialmente como Sánchez–Calvo en homenaje al escritor y filósofo que vivió muy cerca de aquí. El 22 de abril de 1993 recuperó el nombre de Los Alfolíes.

          Nace en la plaza de Carlos Lobo y termina en la calle del Muelle. A pesar de ser una de las más cortas de Avilés (91 metros) da lugar al nacimiento de otra, también calle muy antigua y nombrada como Las Alas, que termina en la plaza de España.

          En el siglo XX, la rúa medieval volvió a coger salero al domiciliarse en ella un establecimiento hotelero y sobre todo dos hosteleros muy populares como El Llagarón y La Parra.

          En la ‘Guía General de Asturias. 1904–1905’ vemos que en Avilés había, entre otras muchas cosas,  dos librerías, cuatro periódicos (Diario de Avilés, El Porvenir de Avilés, El Heraldo de Avilés y El Pueblo) y cuatro fondas (La Iberia, Las Cuatro Naciones, La Serrana y La Celesta). Las Cuatro Naciones fue, sucesivamente, fonda, casa de huéspedes, pensión y hotel hasta que, no hace mucho, fue derribado el edificio que ocupaba para levantar una casa de arquitectura no concordante con la de esta zona.

          En 1932 nació de la mano de Ramón Ovies (padre), y como tienda para surtir a los barcos pesqueros, El Llagarón que con el tiempo se convertiría en un referente local y regional como chigre tradicional. Fue regentado en su época dorada por Ramón Ovies (hijo) que lo cerró en 2007 al jubilarse.

          Situado en la acera de la derecha, en los bajos de la barroca y enorme casa de Carlos Lobo, El Llagarón llegó a figurar en las guías de turismo. Fue todo un fenómeno social (ver en LA VOZ DE AVILÉS, de 20 de octubre de 2013 ‘El Llagarón, famosa taberna que quedó varada en el tiempo’) que incluso generó una publicación, gratuita que conste, fundada en 1999 por José Fernández que llevaba por nombre ‘Ecos del Llagarón’ y que estuvo cocinada periodísticamente por Venancio Ovies, Antonio María García Rodríguez del Valle, José Francisco Álvarez–Buylla y Pepe Galiana, entre otros. Los Ecos cesaron cuando quedó silenciado por cierre del negocio este referente hostelero, una rareza muy celebrada por el público en general. Chigre de tomo y lomo. Y cecina como tapa.

De izquierda a derecha: Gerardo Flórez, Antonio María García, Ramón Ovies, José María León, Marcelo y Ángel Préstamo.

          Poco antes de la llegada de Ensidesa, suceso histórico ocurrido en 1950, Jesús Díaz y Josefa Suárez pusieron en marcha –en la acera izquierda de la calle– la sidrería y restaurante La Parra que alcanzó enseguida gran popularidad. En Avilés mucha gente sigue recordando a Mary ‘La de La Parra’ mujer de marcada personalidad, hija de Jesús y Josefa, cocinera en jefe y referente del establecimiento.

          Este local, que duró sesenta años, y que conservó la tradición de cocinar ‘merluza a la avilesina’ guardaba también la singularidad, poco conocida de tener, en su almacén y entre cajas de sidra, visibles restos de la muralla que rodeó Avilés durante siglos.

          Hoy no queda hotelería, ni hostelería, ni sal, ni la madre que la fundó. Pero no quedó sosa, la calle.

Plantilla de La Parra. Mary Díaz, segunda por la izquierda.

          Porque no hay otra en Avilés que ejerza un tan poderoso y fantástico enlace visual entre la más antigua arquitectura medieval de la ciudad –representada por el templo de San Antonio y la calle de La Ferrería– y la vanguardista del siglo XXI encarnada, sus curvas me llevan a ese término, en un centro cultural diseñado por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer e instalado –con muchos humos siderúrgicos de fondo– en la otra margen del estuario por decisión del Principado de Asturias, siendo presidente Vicente Álvarez Areces.

          Los Alfolíes, que antes almacenaban sal, atesoran ahora la unión a ojos vista, de las dos épocas históricas más extremas de Avilés que van del siglo XII al XXI.

          Desde ese punto de vista no hay calle que dé más, porque no se puede y además es imposible.

          Una leyenda salada.

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Caray con Garay
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Alberto del Río Legazpi | 09-10-2016 | 09:13| 0

(Ramón Garay Álvarez, intérprete y compositor musical hasta hace poco desconocido, nació en Avilés en 1761) 

           El 27 de enero de 1756 es fecha celebrada por los amantes de la música, pues en tal día de tal mes nació el mesías sinfónico Wolfgang Amadeus Mozart. El hecho tuvo lugar en Salzburgo. Austria.

          Seis años más tarde, o sea en 1761, y en igual día y mes, nació en Sabugo (Avilés. España) Ramón Fernando de Garay Álvarez. Y el mismo día fue llevado por su familia a la iglesia [vieja] de Sabugo, en la plaza del Carbayo, donde fue bautizado.

          Mozart está considerado por muchos como el no va más del pentagrama educado de la cultura cristiana. En tal ámbito musical al asturiano–andaluz Garay lo empiezan a considerar hoy (no olvidemos que lo descubrieron como compositor el otro día) como el padre del sinfonismo español.

          No intento establecer paralelismos aunque pueda parecerlo. Otra cosa es que escudriñes con ganas y te encuentres casualidades.

          Por aquel entonces Avilés iba de cataclismo en cataclismo habiendo pasado por la hecatombe del tsunami sufrido el 1 de noviembre de 1755, aquel espanto sísmico europeo que unió en línea quebrada a Lisboa con Estambul y que al cruzar la villa asturiana (LA VOZ DE AVILÉS de 1 de noviembre de 2015) originó un maremoto o tsunami.

          Los siniestros no cesaban, pues no se había cumplido ni un mes de la llegada al mundo de Ramón Garay cuando Avilés sufrió otro terremoto. Aquel tiempo de desastres por todas las esquinas precisaban de armonía y a eso debieron venir al mundo –justo en aquel momento– gentes como Mozart o Garay.

          El primero es, según una amiga mía ‘casi tan famoso como los Rolling Stones’ y el segundo está empezando a sacar cabeza después de dos siglos y medio de haber nacido en Avilés y compuesto música ,por un tubo, en Jaén.

          Ramón era hijo del matrimonio formado por Ramón Garay del Río y María Álvarez. Su padre era músico y no uno cualquiera, pues con el tiempo llegaría a ser organista de la Colegiata de Covadonga. Y como lo que se hereda no se compra, su hijo se educó en humanidades y también como ‘niño cantor’ en el convento de La Merced (hoy desaparecido y en gran parte del solar que ocupó se alza hoy la actual iglesia nueva de Sabugo).

          Su formación en el conventos le valió para ingresar a los 18 años en la catedral de Oviedo como salmista «con cuatro reales de salario» y comenzar su aprendizaje como organista, carrera que terminaría en Madrid. Al poco ganaría, en oposiciones en 1787, la plaza de Maestro de Capilla de la Catedral de Jaén.

           Y allí se quedaría para los restos desarrollando una labor musical gigantesca compuesta por más de 300 obras, que se conservan archivadas en la ciudad andaluza, y entre las que se incluyen una ópera y, sobre todo, diez sinfonías que ha grabado (tres CD) en 2011 la Orquesta Sinfónica de Córdoba bajo la dirección de José Luis Temes. No hay que olvidar que para llegar aquí fueron fundamentales estudios como los llevados a cabo por Pedro Jiménez Cavallé, catedrático de Música de la Universidad de Jaén.

            En cuanto a Avilés, que yo sepa, el primer artículo sobre la importancia real del hasta entonces apolillado Ramón Garay lo publicó ‘Papeles Cine’ periódico de la Casa Municipal de Cultura de Avilés, en enero de 1982, y estaba firmado por el archivero de la Catedral de Oviedo, Raúl Arias del Valle, que lo había escrito a petición de José María [Chema] Martínez responsable del Área de Música de dicho centro cultural avilesino y director, también, del conservatorio local. Más tarde, en mayo de 2005, también Justo Ureña publicó en este periódico cuatro artículos, basados en las citadas investigaciones de Arias del Valle.

          Veinte años más tarde, lo que son las cosas, Chema Martínez dirigiría a la Orquesta Julián Orbón de Avilés en la interpretación, por primera vez en Asturias, de cinco de las sinfonías del resucitado Ramón Garay. Y lo hizo –dato que queda para la historia– en la iglesia nueva de Sabugo, barrio donde nació y fue bautizado Ramón Garay (en la iglesia vieja) y donde hoy Chema Martínez es organista, en la iglesia nueva. La casualidad es la décima musa, decía Jardiel.

          A pesar de su frágil salud, el organista Garay, hizo desde su estancia andaluza algunos desplazamientos a tierras asturianas, lo que entonces era toda una aventura pues la ruta entre Jaén y Asturias suponía una semana de viaje, sin GPS y por caminos tortuosos, empedrados unos y polvorientos otros, teniendo que salvar además los puertos de Despeñaperros, Los Leones de Castilla y Pajares. Se sabe de algunos de esos desplazamientos, por ejemplo uno que hizo a Covadonga, donde se habían trasladado a vivir sus padres. Y otro a Avilés, para reponerse de una enfermedad, que desconozco; corría el año 1814 y el músico pudo comprobar que se habían derribado gran parte de las murallas medievales destrozando el paisaje urbano de la villa. Villa que desde mayo de 1985 (la publicación en ‘Papeles Cine’ fue en 1982) le concedió su nombre a una calle en la zona conocida como El Reblinco, entre las avenidas de Lugo y Conde de Guadalhorce

          Pero su vida estuvo en Jaén y a esta ciudad andaluza su nombre y obra siguen ligados. No es solo que el Conservatorio de Música de Jaén lleva el nombre de Ramón Garay; hay más cosas y de un modo constante; por ejemplo hace poco el libro que han escrito Clara Melisa y Rafael Sánchez titulado ‘Un músico como una catedral: Ramón Garay’.

          Llama la atención la monumental labor creadora de este organista y compositor musical que últimamente está siendo sacado, con fórceps, del baúl de los recuerdos. Por lo que no me queda más remedio que repetir algo que escribí hace años y que sonaba tal que: ¡Caray, caray! Con don Ramón de Garay.

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Alejandro Casona y Palacio Valdés aprendieron a leer en Avilés.
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Alberto del Río Legazpi | 02-10-2016 | 09:14| 0

          Es cosa poco sabida que dos grandes escritores españoles fueron a la escuela –por primera vez– en Avilés donde aprendieron a leer y también a escribir. Hoy figuran en lugar destacado de la Historia de la Literatura nacional.

          Me refiero a Alejandro Rodríguez Álvarez, que con el tiempo se haría famoso con el pseudónimo de Alejandro Casona, que fue Premio Nacional de Literatura y Premio Lope de Vega. Y a Armando Palacio Valdés, uno de los escritores españoles más leídos y con más obras traducidas a otros idiomas. Fue candidato al Premio Nobel de Literatura.

          La trayectoria vital de este último comienza en 1853 cuando nace en Entrialgo (Pola de Laviana) y sigue en Avilés donde estuvo desde los seis meses de edad hasta los doce años en que se trasladó a Oviedo. La vida también le llevó a residir fundamentalmente en Madrid, donde falleció en 1938.

          Alejandro Casona, hijo de maestros, nació en Besullo (Cangas del Narcea). Parte de la niñez la pasó en Avilés, en la singular parroquia de Miranda. También residió por media España terminando en Madrid. El final de la Guerra Civil lo mandó al exilio y después de un éxodo por medio continente americano terminó en Buenos Aires donde siguió impartiendo magia literaria este escritor ‘misterioso a la asturiana manera’ como escribió Max Aub. En 1962 regresó a Madrid  donde  fallecería en 1965.

          De la estancia de Casona en Avilés, entre 1910 y 1916, las noticias que tenemos están ligadas a su madre Faustina Álvarez (colaboradora de LA VOZ DE AVILÉS donde firmaba sus artículos como La Maestra de Miranda), persona de una talla social extraordinaria que fue la primera mujer que alcanzó el título de Inspectora de Enseñanza. De condición humilde luchó por extender la cultura, convencida de que la educación es el arma para cambiar la sociedad. Al respecto es muy recomendable leer el libro, de José Manuel Feito, ‘Faustina Álvarez García’.

          A la sombra de esta gran mujer aprendió Alejandro a leer en la escuela de Miranda. Una placa, limpia y clara, colocada en la fachada del viejo edificio escolar lo recuerda.

Caso nº 8 de la calle Rivero.

          Palacio Valdés también tiene una placa en la casa número 8 de la calle Rivero, donde vivió de niño. En ella se lee, muy dificultosamente, que «En esta casa transcurrieron los años de niñez y de primera juventud del glorioso novelista don Armando Palacio Valdés». 

          Sobre su educación, Palacio Valdés, se extiende en su obra ‘La novela de un novelista’. Uno de los personajes protagonistas de sus recuerdos de niñez es precisamente su educador Juan de la Cruz Alonso. Maestro de escuela de la facción ‘La Letra Con Sangre Entra’ por lo que se deduce de determinadas alusiones del novelista, que tira de su sentido del humor, creo yo, cuando escribe: «…recibí los zurriagazos de aquel famoso maestro don Juan de la Cruz, de venerable memoria».

          Incluso le dedica un capítulo titulado ‘La vara de Falaris’ donde describe a un Juan de la Cruz que «Nos tajaba las plumas, que eran de ave, en aquella época, nos echaba tinta en los tinteros, nos corregía las planas con la mayor modestia y compostura y cuando llegaba el caso, que llegaba con harta frecuencia, con la misma modestia y compostura empuñaba su vara y nos sacudía de lo lindo. Era un hombre tan modesto que cuando nos zurraba la piel, parecía que nos estaba haciendo reverencias».

Placa en antigua escuela de Miranda.

          En el jardín de la plazuela de San Francisco (actual de Álvarez Acebal) fué inaugurado en 1907 un monumento a Juan de la Cruz, obra del escultor Manuel Garci-Fernández (autor también del de Pedro Menéndez en el parque del Muelle). El homenaje a este maestro fue una iniciativa de Julián Orbón (personaje que fue perejil en todas las salsas de aquel tiempo) costeada por antiguos alumnos. En 1923 fue sustituida por la del pedagogo Álvarez Acebal y la del controvertido maestro se instaló a pocos metros, en un edificio escolar, cercano al de Artes y Oficios, y que sería derribado más tarde para construir en el solar la nueva Casa Municipal de Cultura. El monumento a Juan de la Cruz terminó en los almacenes municipales.

           Palacio Valdés está muy homenajeado en Avilés donde un teatro lleva su nombre, al igual que una calle y un colegio público. Y también la citada placa de la calle Rivero, de difícil (para algunos imposible) lectura. ¿Metáfora municipal? No sé. Pero con seguridad total una vergüenza el no poder leer datos sobre un autor clásico de renombre universal que aprendió a leer precisamente aquí, en esta ciudad donde sus restos reposan (según sus deseos) en el cementerio de La Carriona, por cierto que monumental.

          Alejandro Casona tiene escrito que «En Miranda, junto a aquellos carbayos, asomándose al humilde caserío de La Carriona… En aquella escuela, fundada desde la lejana Patagonia por José Menéndez, aprendí yo a leer».

          Qué cosas estas, las de La Carriona y las de los escritores Alejandro Casona y Armando Palacio Valdés, cuando de rapacinos vivieron en Avilés… Donde los enseñaron a leer.

          Y a escribir.

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El regalo de Eladio Muñiz
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Alberto del Río Legazpi | 25-09-2016 | 09:18| 0

          El solar que había comprado Eladio Muñiz García estaba prácticamente en las afueras de Avilés, al final –eran los inicios del siglo XX– de la nueva calle de La Cámara que venía creciendo desde la plaza de España hacia el barrio de Sabugo.

          El 27 de diciembre de 1900 el ‘El Diario de Avilés’ informaba que «Hace días se encuentra en Avilés el acaudalado capitalista D. Eladio Muñiz que se propone dar co­mienzo a la mayor brevedad a un magnífico edificio, con fachadas a las calles de La Cámara y Cuba for­mando entre ambas una gran rotonda. Este edificio por su esbeltez hermoseará notablemente dichas ca­lles. Los planos son del distinguido arquitecto municipal de Oviedo, Sr. La Guardia».

           Eladio Muñiz que había hecho fortuna en Cuba y parcialmente en Chile, había viajado desde Madrid en el tren correo que salía de la capital española a las 7.00 y llegaba a Avilés (teóricamente) a las 12.44 del día siguiente.

          El cántabro Juan Miguel de la Guardia, como dije, fue quien diseñó la mansión de Eladio Muñiz y no Federico Ureña como por error se cita en algunas publicaciones. De la Guardia era entonces arquitecto municipal de Oviedo, ciudad que guarda excelentes edificios por él proyectados. Este de Avilés no les va a la zaga.

          Se trata de una casa de 1.374 metros cuadrados que consta de bajo, dos plantas y un ático coronado por una cúpula que soporta una llamativa linterna acristalada, fantástico mirador de madera y zinc, para aquel tiempo en el que al no haber edificios de alturas se dominaba gran parte de Avilés y sobre todo el puerto, asunto no baladí para un industrial como Eladio Muñiz.

          La elegancia de la fachada se corresponde en el interior con materiales nobles, maderas coloniales portuguesas, vidrieras de Maumejean… La casa quedó lista –y en su inicio la servidumbre constaba de nueve personas entre cocineras, doncellas y ama de llaves– en octubre de 1903, y un mes antes se había inaugurado la iglesia nueva de Sabugo. Quédese el lector con esta coincidencia de fechas.

          Esta mansión ha conjugado tanto con el verbo regalar que tal parece de cuento.

          El caso es que Eladio Muñiz, aquel indiano que llegó a concejal del partido liberal, cuando la obra está terminada contrae matrimonio y le regala a su esposa la propiedad del edificio. Años más tarde y habiendo pasado parte de la casa por alquileres esporádicos, el comerciante Victoriano Balsera lo compra para regalárselo a su hija Josefina quien a su vez, y al fallecer, lo dona (al fin y al cabo un regalo disfrazado por notario) por testamento a la parroquia de Sabugo. Al igual que el jardín y huerta del solar; un espacio hoy ocupado por una manzana de edificios delimitada por tres calles: Cuba, José Cueto y José Manuel Pedregal. La manda testamentaria incluía crear un colegio, el actual de Santo Tomás, hoy sito en la calle González Abarca después de haber estado domiciliado en el palacete de Eladio Muñiz, lo mismo que estuvo, en tiempos del párroco Mateo Valdueza Pérez, la Casa Rectoral del templo de Sabugo.

          Hoy el edificio acoge en sus plantas primera y segunda actividades sociales y religiosas de la parroquia y en el bajo una entidad bancaria, que siempre están a la caza y captura de esquinas de esplendor. 

          Pero es la anécdota, digamos que romántica, la que le queda al personal. Eso de que la mansión construida por Eladio Muñiz García fuese el regalo de bodas que le hizo a su esposa Carmen Rodríguez Villamil… Recuerdo al filósofo Gustavo Bueno, cuando en una ocasión se lo comenté ante el edificio, mirándome entre incrédulo y divertido.

          Hoy la céntrica esquina que forma la casa de Eladio Muñiz es un regalo arquitectónico de lujo que adorna el paisaje urbano de Avilés.

 

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'E la nave va' por una calle de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 18-09-2016 | 09:29| 0

Hay una calle en San Juan de Nieva, paralela a la Ría, que tiene la singularidad de ser la única desde la que se divisa el Océano Atlántico.

          San Juan de Nieva es un pueblo costero asturiano dividido en dos por la mar salada y partido en tres por los ayuntamientos de Castrillón, Gozón y Avilés.

          La geografía y la administración local hacen picadillo a un San Juan que debe su invernal apellido a la mítica península de Nieva.

          En San Juan mueren (y nacen) vías de comunicación, aunque hoy –y para el marinero en tierra que escribe este episodio– sea un ‘finisterre’, un lugar donde acaba la carretera para coches y el camino de hierro para trenes. Aquí comienza la mar y si el peatón quiere seguir ha de continuar como nadador.

          En la parte del pueblo de la margen izquierda  –hoy comido urbanísticamente por la Autoridad Portuaria de Avilés y merendado administrativamente por Castrillón y Avilés– termina una línea ferroviaria actualmente de cercanías y que en tiempos fue de largo recorrido. Hablo del famoso exprés nocturno Madrid–San Juan de Nieva, algunos de cuyos vagones (de la compañía que había puesto en marcha el mítico ‘Orient Express’) traían el glamuroso rótulo de ‘Compañía Internacional de Coches Cama y de los Grandes Expresos Europeos’, que no sé porqué a veces venía en portugués lo que te remitía a una imposible ensalada literaria de aventuras de John le Carré y poemas de Fernando Pessoa.

          En la otra margen de la Ría, la derecha, y en la península de Nieva está lo que queda hoy en pie como zona urbana de San Juan. También está divida administrativamente; hay casas en calles sin bautizar que pertenecen al municipio de Gozón. La única rotulada pertenece al de Avilés y lleva el nombre de Antonio Fdez. Hevia, uno de los propietarios (junto con su hermano Aniceto) del astillero soldado al pueblo. El empresario falleció en 1918, en un accidente ocurrido durante la botadura de un buque y la Corporación avilesina le rindió homenaje, el 26 de junio de 1942, dándole su nombre a esta calle situada a orillas, y en paraelelo, de la bocana de la Ría.

La línea de puntos divide San Juan de Nieva. De la mitad de la foto, y para abajo, es Gozón; de la mitad hacia arriba Avilés.

          También el Ayuntamiento avilesino tiene dentro de su ‘Catálogo de bienes inmuebles del municipio’ localizadas, con categoría de protección parcial, un conjunto de casas populares (nº 12), el astillero (nº 14) y dos casas tradicionales con mirador (números 4 y 6). Estas últimas, al borde del precioso paseo marítimo con ‘muro’ de maroma, son las más llamativas de la localidad y en una de ellas tuvo el famoso ‘Pachico’ tienda y mesón, en su día muy visitado por su excelente caldereta de mariscos, a orillas del giro que hace la Ría y que es conocido como Curva de Pachico, que también  tiene su historia en episodio aparte.

          ‘Pachico’ (Francisco Corostola Alcíbar) junto con ‘Rico El Buzo’ (Ricardo García Fernández) y ‘Pepe La Vara’ (José Fernández García) son tres personajes históricos de la margen derecha de la Ría de Avilés.

          A mí éste San Juan que queda en pie (en Avilés conocido como el ‘San Juan de allá’) siempre me había olido a cine, al Visconti de ‘Muerte en Venecia’. Todo por una foto del hotel ‘La Rosa’, situado al lado de la Peña del Caballo, que daba comida, bebida y alojamiento a gente atrevida que venía desde Avilés –en un vaporcito que hacía la línea– a tomar baños de mar mostrando una pequeña parte de sus carnes (con bañadores más o menos del estilo del hoy noticioso burkini) antes de que comenzase a funcionar el Balneario de Salinas.

          Y el otro día, cuando partía el trasatlántico ‘Europa’ unos niños que se bañaban al lado de la rampa de San Juan saludaron una y otra vez, y no sé porqué en italiano, a los viajeros del crucero al grito de ¡Arrivederci! ¡Arrivederci!… mientras la nave hacía sonar su sirena; la escena me recordó al Fellini de ‘E la nave va’ y sobre todo a la secuencia del trasatlántico de ‘Amarcord’ e hice –desde la calle Antonio Fdez. Hevia, con el barco navegando a mi izquierda y coches circulando a mi derecha– una foto que les muestro de la nave encarando majestuosa el mar mientras caía el sol.

          Y todo eso ocurrió aquí en Avilés, en una calle del San Juan ‘de allá’ donde puedes ver el San Juan ‘de acá’; grúas con pinta de dinosaurios e iglesia vanguardista; faro de Avilés e isla La Deva; Océano Atlántico e la nave va.

          El acabose.

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Medio siglo no es nada
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Alberto del Río Legazpi | 11-09-2016 | 09:21| 1

(Reflexiones al leer un ejemplar de LA VOZ DE AVILÉS del domingo 11 de septiembre de 1966)

          El periódico, que tiene el lector en sus manos o que ojea en Internet, tenía en 1966 su sede en el número 16 de la calle La Ferrería, entonces llamada Marqués de Pinar del Río.

          Constaba de seis páginas y la información estaba controlada, léase censurada, por la autoridad gubernamental con mano de hierro sin guante de seda.

Ejemplar de LA VOZ DE AVILÉS de hoy, domingo, 11 de septiembre de 2016

          Al margen de eso, pero sin olvidarlo nunca, había noticias nacionales que hoy pueden parecer surrealistas como es el caso de una cena en honor del general Franco, entonces Jefe del Estado, en pleno centro de San Sebastián (Guipúzcoa). Hoy Donostia (Gipuzkoa).

          Mientras, en la comunista Checoslovaquia, al otro lado del ‘telón de acero’, abundaba la delincuencia juvenil y para combatirla decía el titular periodístico que «los melenudos no podrán entrar en los cines de estreno ni obtener puestos de trabajo». Leña al mono y si lleva melena más.

          En Estados Unidos, donde se vivía una carrera por la conquista espacial en competencia con la malvada URSS, el presidente Johnson, informaba en portada de LA VOZ DE AVILÉS, declaraba que «continuaré la guerra en el Vietnam con el mayor empeño». Fueron 400.000 toneladas de bombas de napalm.

          En China, donde reinaba Mao Tse Tung, los dirigentes comunistas habían dado nueva vuelta de tuerca (la Revolución Cultural) y «decidido eliminar los aspectos humanitarios e intelectuales de la obra de Marx». Vaya por Dios.

          Y así iba el mundo aquel domingo de 1966, mientras que Avilés, que tenía entonces 72.765 habitantes y un alcalde llamado Francisco Orejas,  era una ciudad que aumentaba de población de un modo tan espectacular como la suciedad que le venía por tierra, mar y aire a consecuencia de la atroz contaminación de las factorías metalúrgicas que, a su vez, daban trabajo a miles de personas de aquí, allí y allá. Nunca se sabe donde empieza lo bueno y acaba lo peor.

          Aquel domingo, de hace medio siglo, encontramos noticias como que el Instituto Carreño Miranda que podría obligar a suspender matriculación de nuevos alumnos. Uno de los muchos problemas sociales derivados de la oleada inmigratoria.

          En el puerto industrial enorme actividad, sobre todo en la Dársena de San Agustín donde el periódico registraba diez buques atracados aparte de otros esperando y seis más en San Juan de Nieva. En el puerto pesquero se rularon 12.500 kilos de bonito.

Las Meanas en 1966.

          El ocio estaba dominado por la oferta cinematográfica (la tele se reducía a dos canales de TVE) de las salas Marta y María, Ráfaga, Clarín, Palacio Valdés, Florida y Campos, anunciados en el periódico, que también informaba de romerías en Llaranes y en el poblado Francisco Franco (hoy La Texera y Versalles); y ya en plan fino se publicitaba en la ‘boite’ del Bar Boheme el baile de tarde aunque (eso sí) de 8.15 a 10.30 de la noche. El ‘Black is Blak’ abrasaba pero ‘Un sorbito de champagne’ refrescaba.

          El periódico anunciaba el horario de misas en las iglesias de la ciudad y la media de las celebradas en cada templo era de cinco a siete. Miles de fieles cumplían con la obligación de oír misa entera los domingos y fiestas de guardar.

          En deportes destacaba la eliminación del tenista español Manolo Santana del trofeo de Forest Hill y la victoria, por KO, del púgil norteamericano Cassius Clay (que se hacía llamar Muhammad Alí) sobre el alemán Karl Mildenberger.

          Los máximos representantes del futbol local iniciaban ese domingo jornada liguera en tercera división; el Real Avilés recibía al Santamarina, equipo de Mieres, y el Ensidesa se desplazaba a Luarca.

          Se seguía hablando del fichaje, producido días antes, de Fernando Arias por el Sevilla; el club andaluz ante la pasividad, o ineptitud, del Avilés se hizo con los servicios del jugador avilesino que también era batería del conjunto musical ‘Los Llamas’. Al Bosco, equipo de juveniles de Ensidesa, llegaba Toni Fidalgo quien con los años sería, entre otras cosas, adjunto a la presidencia de la Liga Nacional de Fútbol Profesional.

          En aquel 1966 Asturias estaba entre las provincias españolas más ricas y Avilés era una especie de Eldorado para miles de españoles en busca de empleo.

          Hoy, cincuenta años después, Asturias –que en ese tiempo ha pasado del Holoceno al Antropoceno– es de las regiones españolas situadas en el furgón de cola y, al igual que Avilés, experimenta una peligrosa pérdida demográfica.

          Por lo demás, y acogiéndome a una versión libre de la letra de un famoso tango, cincuenta años no es nada comparado con los miles de siglos que la especie humana lleva arruinando el planeta tierra.

          La farmacia de guardia de mañana lunes, de hace medio siglo, corresponde a José Luis Hortal –en la avenida de Portugal– uno de los mejores profesores que he tenido, aparte de ser el más tranquilo y pausado agitador cultural que he conocido.

          No somos nada, nina.

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El adelantado Paco Menéndez, de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 04-09-2016 | 04:37| 2

Francisco Menéndez González, nacido en Avilés, fue un adelantado en el mundo de la informática donde hoy es considerado un clásico por su obra maestra ‘La abadía del crimen’.

          Adelantado tiene varias acepciones en diccionario y enciclopedias. Una de ellas define a una persona de cierto calado social que llevaba adelante una empresa pública por mandato del Rey. 

          Por ejemplo a un destacado marino avilesino llamado Pedro Menéndez, Felipe II le encomendó, en 1565, explorar y colonizar las costas de Florida en  América del Norte, cosa que consiguió. A partir de entonces ha venido siendo conocido como Adelantado de La Florida y reconocido como personaje destacado tanto en los Estados Unidos como en España. Y la cosa no quedó ahí ya que la ciudad donde nació, Avilés, es definida por algunos como la Villa del Adelantado. Otros creen que esto es pasarse, pero ese es otro episodio.

Paco Menéndez (Avilés, 1965-Sevilla, 1999). Fotograma capturado de un video filmado por Juan Delcán.

          Luego está el informático Paco Menéndez, otro avilesino que es adelantado en el sentido de alguien ‘que se anticipa a su tiempo en alguna cosa’ usado como sustantivo; por ejemplo cuando decimos que Picasso fue un adelantado. No trato de poner en paralelo a Pablo Picasso con Paco Menéndez, sino dar un sentido exacto al término ‘adelantado’ que creo es el justo para referirse a este creador avilesino.

          De todas formas, distintos medios del mundo informático ya lo tienen calificado como un adelantado en el mundo de la programación de videojuegos una de las industrias más importantes en el sector del ocio del mundo. El diario LA VOZ DE AVILÉS también lo ha venido haciendo, de un tiempo a esta parte, en artículos debidos principalmente a la pluma de Fernando del Busto.

          El nombre que figura en el Registro Civil de Avilés, del hoy  famoso Paco Menéndez, es el de Francisco Menéndez González, nacido en 1965. Fue uno de los hijos del matrimonio formado por Magdalena González Fernández y César Menéndez Roces, quienes al poco del nacimiento de Paco trasladaron el domicilio familiar a Madrid.

          Allí, en la Ciudad de los Periodistas, Paco fue creciendo entre estudios y esparcimientos de por aquí y de por allá. Entre estos últimos le fascinaban los videojuegos que funcionaban aliados con los ordenadores, entonces máquinas al alcance de pocos. No tenía problema pues su padre había puesto en marcha una academia informática de nombre ‘Míster Chip’. Una cosa llevó a la otra y a los 15 años, todavía en segundo de BUP, aprendió a programar.

Paco Menéndez disfrazado de monje, en una escena de 'La abadía del crimen'.

          Lo que fascinaba a Paco Menéndez más que el juego en sí era la programación del mismo, así que en compañía de otros amigos ocupaban su tiempo libre trabajando en una sala vacía del negocio informático de su padre. En 1983, cuando todavía era alumno del instituto, se puso a la venta ‘Fred’, videojuego de su autoría junto con Carlos Granados, Fernando Rada y Camilo Cela. Y antes de entrar en la Universidad, a cursar Ingeniería de Telecomunicaciones, otro que llevaba por nombre ‘Sir Fred’.

          Pero lo bueno llegaría cuando Paco Menéndez, fascinado por la lectura de la novela ‘El nombre de la rosa’ de Umberto Eco, se atrevió a ‘ponerla’ en videojuego, algo fuera del estándar habitual de entonces consistente mayormente en marcianitos y en buenos y malos arreándose palos, tiros y bombas.

          Lo llevó a cabo con otro amigo llamado Juan Delcán, entonces estudiante de Arquitectura, que se hizo cargo de la parte gráfica del proyecto, fuera de lo común, de Paco. Hicieron Historia.

          El juego lleva por nombre ‘La abadía del crimen’, ya que Umberto Eco con quien Paco Menéndez su puso en contacto a través de intermediarios no quiso ceder el título de ‘El nombre de la rosa’ para el videojuego. Pero el autor informático, sabedor de todo lo referente al autor literario, quiso ligar para siempre aunque fuera indirectamente su videojuego a la admirada novela del italiano y sabedor de que Umberto había desechado algunos títulos para ella, eligió uno de los descartados: ‘La abadía del crimen’. El videojuego se publicó en 1987.

Sean Connery y Christian Slater en la película 'El nombre de la rosa', novela de Umberto Eco, en la que también está basada 'La abadía del crimen' de Paco Menéndez.

          Eco encontró otro eco, este informático, gracias a la maestría de Menéndez que metió, en un videojuego de tres dimensiones, a dos frailes franciscanos a investigar en un convento de benedictinos. Monumental trabajo informático que va adquiriendo más valor con el paso de los años, algo que se merecía haber conocido su autor, fallecido en Sevilla en 1999. Quienes lo trataron hablan de tipo genial y persona humilde. Desde aquí, hoy, se le ve como hombre de corazón antiguo con mente de futuro.

          En un documentado artículo, firmado por Jaume Esteve en la Revista ‘PS4’, un comentario de Santiago González da en el quid opinando sobre la obra de Paco Menéndez ‘Para los que no lo sepan o no vivieran aquella época, la Abadía del Crimen es al sector del videojuego español lo que el Quijote a nuestra literatura o Bienvenido Míster Marshall a nuestro cine’.

          Hoy ‘La abadía del crimen’ está considerada una obra maestra (nacional e internacionalmente) del videojuego, un clásico que el tiempo va agrandando como los vinos de lujo. Los homenajes de todo tipo no cesan, incluida la petición del nombre de una calle para Paco Menéndez al Ayuntamiento de Avilés; también está en estudio su incorporación al callejero de Madrid.

          Adelantados de apellido Menéndez, conste pues, que en Avilés han nacido dos: Pedro (1519) y Paco (1965).

          Con genio guerrero uno e ingenio creativo el otro. 

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La célebre mina de Arnao y la reina Isabel II de España
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Alberto del Río Legazpi | 27-08-2016 | 22:20| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 23/11/11 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Arnao asombra.

            El de las piedras negras que salieron de una mina submarina, tan fascinante vista desde fuera como tremenda para los que la trabajaron. Hablo del Arnao del concejo de Castrillón cuya capital va también de piedras, pero blancas.

            Topónimo, el de Piedras Blancas, que tiendo a asociar al cine americano o a la literatura de Dickens. Aunque el poder seductor del cine sea más persuasivo a estos efectos, por ejemplo si hablo de películas míticas como ‘Al este del edén’ cuya acción transcurre en una lejana Salinas (Monterey. California. USA), que visionada a mis 18 años me llevó a admirar mucho más –por ‘contagio’ cinematográfico– a mi cercana Salinas (la de Castrillón. Avilés. Asturias. España).

(Foto de María Pérez, en la página de Facebook 'Amigos de la playa de Arnao')

            Pero el caso es, hoy, Arnao. Y su mina submarina actualmente reconvertida en un museo que es episodio aparte.

            Este yacimiento es la madre del cordero del carbón español. Una explotación internacionalmente histórica, hoy restaurada, a la que no estamos valorando, todavía, en su justa medida. La Mina es el buque insignia del Conjunto Histórico Industrial de Arnao, la excepción –maravillosa– del tan ignorado, como despreciado, patrimonio industrial asturiano, que Castrillón se empecinó en respetar y rescatar. Chapó para su Ayuntamiento.

            Como será lo de esta mina que hasta una Reina de España, Isabel II la visitó, un 24 de agosto de 1858. Vino acompañada, aparte de su séquito, por su marido el Rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, personaje que hoy haría las delicias de la prensa amarillista. Aunque en esto también le ganaría ella.

            Estaba previsto un tranquilo vino español en la campa de Arnao. Pero de pronto,la Reina, se dirigió al castillete del pozo minero y manifestó el deseo de descender a las galerías, ante la sorpresa y el consiguiente canguelo, tanto de los miembros del Gobierno español, como de los directivos de la Real Compañía Asturiana de Minas.

            Isabel II, un trueno de mujer famosa por su remango, arrastrando a su aterrado –y no era de extrañar en este caso– esposo, descendió los ochenta metros de profundidad sin aguardar el resultado del más elemental reconocimiento de seguridad que le imploraba el Jefe del Gobierno español.

            Salida de la jaula (o sea, el ascensor del pozo minero) la Reina, ni corta ni perezosa recorrió las galerías con paso rápido, incluida la principal de un 14% de desnivel y que discurre bajo las aguas del Océano Atlántico y «nunca antes visitada por mujer ninguna» recorriendo unos doscientos cincuenta metros, según escribió el cronista Juan de Dios dela Rada, en su ‘Viaje de SS. MM. y AA. Por Castilla, León, Asturias y Galicia, en el verano de 1858’.

'Isabel II' óleo de Franz Xavier Winterhalter. 1852. (Palacio Real).

            El tránsito, abundante en malos pasos, hizo que la Reina quedara hecha un santo cristo de cintura para abajo. Pero no se arredró y siguió guiando (o sea, empujando) a la sobrecogida comitiva hasta llegar al final de la galería submarina y saludar a los sorprendidos picadores que faenaban en él.

            Según cuenta el cronista, hubo gente, como un ingeniero belga apellidado Schmit, que arruinó el protocolo a grito pelado: «¡Usted se merece algo grande de todo corazón!», alucinado ante los arrestos de Isabel de Borbón.

            La Reina, que salió hecha unos zorros, se tomó un refrigerio y departió con los invitados que la esperaban en superficie. En cuanto a los ‘supervivientes’, que se vieron en la obligación de acompañarla en el paseo submarino, fácil es imaginar su alterado estado de ánimo.

            La noticia llegó rápidamente a Avilés. Y en el muelle se congregó un gentío que la vitoreó cuando desembarcó de la falúa que la había trasladado hasta la Villa(se alojaba en el palacio del marqués de Ferrera). Entre ellos un caballero, de nombre Lino, acompañado de su pequeño sobrino, el niño Armando Palacio Valdés, que –años más tarde– narraría aquella llegada ‘triunfal’ de Isabel II en ‘La novela de un novelista’.

            Arnao es de novela y de cine. Alumbra y deslumbra. 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta