El Comercio
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Un palacio con mala estrella
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Alberto del Río Legazpi | 07-05-2017 | 09:24| 0

Residencia de familias pudientes, centro educativo, cuartel, convento, cine… anuncian que ahora será un asador.

          Juan de Llano Ponte fue un personaje que nació en Avilés (1727) de familia originaria de Soto del Barco, ejerció de obispo en Oviedo y que cuando murió (1805) en Contrueces, barrio de Gijón, las campanas de la catedral tañeron durante dos horas sin descanso, récord fúnebre que es improbable ostente otro avilesino, entre otras cosas porque ninguno más fue obispo de Oviedo. Hubo otros que, nacidos en Avilés, ejercieron de obispos de Ibiza, Santander o Canarias, pero de Oviedo solo Llano–Ponte.

          Fue un prelado fuera de norma para aquella época, por ejemplo tenía amistad con el ilustrado Jovellanos, fue Académico de Historia y un entusiasta colaborador del ‘Diccionario Geográfico–Histórico de Asturias’, proyecto de su amigo Francisco Martínez Marina que no llegó a culminarse. El obispo Llano–Ponte puso a trabajar a muchos párrocos en la recogida de datos sobre sus territorios y coordinó las monografías sobre distintos concejos que desgraciadamente permanecen inéditas en los archivos de la Academia de Historia. Vaya por Dios.

          El obispo venía con mucha frecuencia al palacio familiar de Avilés, un magnífico edificio que los Llano–Ponte habían adquirido en 1774, con permuta del suyo en Sabugo, a los herederos de Rodrigo García Pumarino, quien lo había mandado construir en los inicios del siglo XVIII, a su regreso de Lima (Perú) después de 30 años ausente de España. Detalles pormenorizados sobre el indiano y su casa-palacio están publicados en LA VOZ DE AVILÉS 15 de septiembre de 2013 (episodio ‘Un palacio de novela’) y en la del 12 de abril de 2015 (episodio ‘La película de los cines de Avilés’).

          Quizá la circunstancia de los continuados viajes del obispo a Avilés hizo que aportase dinero para realizar obras en la calle Rivero, donde está plantado el palacio. El historiador David Arias García tiene escrito en su ‘Historia General de Avilés y su concejo’ que «En 1794 ofreció a la villa empedrar la calle de Rivero a sus expensas y construir un trozo de carretera que faltaba a la entrada de la misma calle. Entonces se realizó una importante reforma: la calle de Rivero ‘parecía miserable calleja de un barrio’ y el municipio, contrayendo empréstitos, quitó los so­portales de un lado; de tal modo, entre el obispo señor Ponte y el Ayuntamiento ensancharon y hermosearon el antiquísimo Rivero». Otros noticias nos dicen que el obispo ayudó poniendo dinero pero también exigiendo el ensanche (supresión de una de las dos hileras de soportales) para que pasara sin pesares, en sus ‘ires y venires’, su moderna carroza tirada por caballos. Sabe Dios.

Obispo Llano-Ponte, óleo de autor desconocido propiedad familia Cores Uría.

          Aparte del obispo hubo otro Juan de Llano Ponte, sobrino del prelado, que siendo abogado no ejerció como tal dada la fortuna que heredó de su familia. Si lo hizo como escritor en temas científicos y técnicos que firmaba como ‘Juan de las Carreteras’ por los muchos artículos que publicaba en ‘El Faro de Asturias’ sobre las vías terrestres del Principado. Dicen que a sus escritos periodísticos se debe la carretera de Avilés a Grado. Ya se pueden imaginar que tratándose de Asturias el tema de infraestructuras le pudo haber dado, a ‘Juan de las Carreteras’ para media eternidad de no haberse muerto a los 58 años de edad. Antes de eso había cedido la mayor parte del terreno que ocupaba la extensa huerta de su palacio (de largo llegaba casi hasta la Ría y de ancho hasta la plaza de los Oficios) para el ensanche de la ciudad y así nacerían luego las calles Palacio Valdés, las travesías de Rivero (Pablo Iglesias, Libertad y Las Artes) y la que se llamó, en su honor, Llano–Ponte. Vive Dios que merecido fue.

          El tiempo fue pasando hasta que al casarse otro miembro de la familia, Rodrigo de Llano–Ponte (último inquilino nobiliario) con la marquesa de Ferrera abandona el palacio de Rivero que permanecerá cerrado hasta que en 1928 lo adquiere, con la ayuda del obispado, el sacerdote Cándido Alonso Jorge que lo dedicará a centro de Enseñanza (El Liceo Avilesino) hasta 1936 en que cierra al estallar la Guerra Civil.

          Durante el conflicto y hasta que entraron las tropas de Franco en Avilés la República lo convirtió en Cuartel de Milicias. 

          En la nueva circunstancia política sirvió de convento a las monjas Carmelitas de Oviedo hasta que reconstruyeron su convento en 1945.

Interior del palacio. Foto tomada antes de 1945.

          Ese mismo año lo compra la empresa Prafel (Armando Rodríguez del Valle e Ignacio Menéndez Berjano) que demuele el interior del edificio para convertirlo en salón de cine que llamaron ‘Marta y María’, en homenaje a la novela de Palacio Valdés. Fue una lamentable obra (bien es verdad que antes no había legislación que prohibiera destrozar el patrimonio de tal forma) que solo dejó en pie la fachada del inmueble, algo que Justo Ureña en LA VOZ DE AVILÉS del 21 de enero de 2008, siendo ya Cronista Oficial de Avilés, calificó como «una de tantas atrocidades urbanísticas que reiteradamente nos sorprenden, con las que en aras de intereses económicos, poco a poco van desapareciendo los hitos y señales de nuestro pasado». El cine cerró en septiembre de 2013.

          Visto ha quedado que a lo largo de los años este palacio, uno de los tres vértices (junto con el Ferrera y el Ayuntamiento) del triángulo del monumental Parche, corazón del casco histórico de Avilés, ha sido mansión para todo: residencia de familias pudientes, liceo, cuartel, convento, cine… y ahora se anuncia que un grupo hostelero gallego lo compra para abrir un gran asador.

          De acuerdo en que hay que darle uso, pero este edificio emblemático merecía otra cosa aparte de más atención y respeto por parte de quienes controlan económica y políticamente la ciudad. Las cosas del querer.

          Uno confiesa su perplejidad ante lo del asador pero no olvida que el disparate mayor se cometió en 1945 al destruir las estancias palaciegas (capilla incluida) para instalar 995 butacas, taquilla justamente donde estuvo la capilla, cabina con proyector, gran pantalla, bar en el intermedio y servicios al fondo a la derecha.

          Y así el público de Avilés pudo ver a las estrellas mientras el palacio de Llano–Ponte vio las estrellas.

          Cultura a la plancha.

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Rula que te rula
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Alberto del Río Legazpi | 30-04-2017 | 09:15| 0

Avilés es una potencia nacional dentro del sector pesquero, algo que desconocen muchos avilesinos.

              Cuando se decidió que Avilés tuviese murallas, hace cerca de mil años, fue por defenderla de los que venían por mar con bandera pirata y con planes de saqueo y destrucción de sus riquezas que el mar, su puerto, le había facilitado.

              Por entonces la villa asturiana ya comenzaba a figurar en los principales ‘circuitos’ comerciales medievales lo que va a explicar toda su futura polarización económica hacia el comercio y la pesca. Se importaba sal pero también se exportaba pescado salado (salazón) que la daba cierta seguridad de conservación.

Pescaderas y personal de la Rula, hace 50 años

              Ese pescado lo obtenían los marineros del pueblo de Sabugo situado a un costado de la pujante Villa comercial amurallada, cuyo esqueleto eran las calles Ferrería, La Fruta, El Sol y San Bernardo.

              La pesca de los de Sabugo, sin muralla que los defendiera, fue durante siglos artesanal y los pescadores se agrupaban en gremios, cofradías, sociedades de mareantes que se reunía en el exterior de la iglesia situada en el centro del pueblo. Las ventas de lo pescado se hacían en la cubierta de los barcos al atracar en puerto, en la rampa del muelle y también en las calles de Sabugo. Un episodio aparte.

              Pasados los siglos y con la llegada de los barcos de vapor y la adopción de nuevas artes de pesca aumentan considerablemente las capturas, el mercado pesquero necesita organizar su comercialización. Así nacen las lonjas o rulas, que son locales donde subastarlo y que en Avilés fueron nada menos que cinco, un record que pocos puertos (si es que hay alguno) presentan en España.

              En 1920, los pescadores avilesinos, capitaneados por Tadeo Fernández (padre de Ramón Fernández ‘El Morenito’ director, que fue, del Orfeón de Avilés) decidieron constituir una cofradía que llamaron El Crepúsculo parece que porque ‘el crepúsculo es la hora más favorable para pescar la sardina’ y su primera rula (20 de mayo de 1920) fue de madera, en terreno cedido por Victoriano F. Balsera entre sus famosas naves y el paso a nivel de Larrañaga. En aquel tendejón los pescadores pudieron subastar, por fin, el pescado bajo techo y estuvo funcionando hasta 1928 cuando un plan de ensanche de vías de ferrocarril obligó a derribarlo.

Al fondo Rula 3 (1943-1980)

              Fue entonces cuando, cerca del anterior y también en terrenos cedidos por Balsera (primer presidente de la Junta de Obras del Puerto, hoy Autoridad Portuaria) al lado de las vías del tren, se levantó un edificio ya en condiciones, proyectado y dirigido por el maestro de obras Ma­nuel Fernández Díaz ‘El músico’. Allí siguió aumentando la venta de pescado, con el paréntesis de la Guerra Civil. Al poco de entrar las tropas de Franco en Avilés la Cofradía de Pescadores El Crepúsculo cambia su nombre por el de Virgen de las Mareas, ya utilizado siglos antes.

              Fue en 1944 cuando se produjo un nuevo traslado a un peculiar edificio, soportales incluidos, a orillas de la ría, diseñado por el arquitecto  I. Sánchez del Río, siendo Patrón Mayor de la Cofradía Emilio Cortes con quien comienza la expansión de la industria pesquera avilesina que allana el camino de la época dorada que gestionará su sucesor (en 1971) Clemente Muñiz Guardado.

Será éste personaje, clave en la historia pesquera avilesina, quien ponga en marcha en 1980 una gran lonja (o rula) que hacía la número cuatro –situada a medio camino entre el anterior edificio y los muelles de San Juan– que marcará la entrada en la modernidad, informática incluida, como demandaba el constante aumento de barcos pesqueros que descargaban sus capturas a Avilés. Y el viejo edificio de soportales incluidos demolido para facilitar el paso de la arteria terrestre del puerto.

Rulas 4 (1980-2009) y 5 (la actual)

              Y el negocio pesquero sigue progresando tanto que en mayo de 2009 entrará en servicio, después de una larga crisis que es episodio aparte, la rula número cinco prácticamente pegada a la anterior y cuyas instalaciones ya casi tocan los muelles de San Juan de Nieva. Se construyó, según planos del arquitecto Fernando Barroso, siendo presidente de la Autoridad Portuaria Manuel Ponga (ex alcalde socialista de Avilés) y su gestión ya no estará controlada por la Cofradía de Pescadores Vir­gen de las Mareas. «Marinerito arría la vela, que está la noche tranquila y serena» dice la canción.

              No sé ahora mismo, pero hace dos años la actual rula (o lonja de pescado) por su avanzada tecnología era todo un referente internacional de calidad y gestión de comercialización de 15.000 toneladas de capturas anuales que suponían una facturación que superaba los 30 millones de euros.

               Y esta es, rula que te rula, la apretadísima historia de las cinco lonjas que ha tenido el puerto de Avilés quien, por volumen de pesca desembarcada, está entre los cinco primeros puertos pesqueros de España.

              Conviene saberlo.

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Históricas invasiones de ingleses, franceses, belgas y ‘coreanos’
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Alberto del Río Legazpi | 23-04-2017 | 09:16| 0

            Avilés fue invadida por marinos de la Armada inglesa. Años después por la caballería de Napoleón Bonaparte. Más tarde –y por fortuna– por ciudadanos belgas que dominaban la técnica del carbón, del zinc y del vidrio y hace 60 años por una avalancha  de miles de españoles a los que algunos avilesinos, llamaron ‘coreanos’. Hoy eso es Historia.

              Una invasión es la acción y efecto de invadir que, a su vez y según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (estos días tengo en reparación el María Moliner) tiene varias acepciones. Yo las interpreto libremente desde aquella en la que invadir es entrar por la fuerza hasta la que toma la invasión de forma más pacífica, o sea entrar y propagarse en un lugar. 

Ruinas del castillo de San Juan de Nieva. (Dibujo de Cástor)

               Lo de irrumpir por la fuerza lo hicieron los ingleses en 1762 en el castillo de San Juan de Nieva y en 1809 tropas francesas en toda la comarca de Avilés. Luego está la otra invasión, entre comillas, la de entrar y propagarse por Avilés. De esa tenemos otros dos casos: la de ciudadanos belgas en el siglo XIX y, un siglo más tarde, la de miles de ciudadanos españoles, a los que algunos avilesinos, otros dicen que bastantes, les adjudicaron el nombre de ‘coreanos’.

              Fueron unas horas pero están en la Historia porque consta que reinando desde sus islas, al este de Europa y tal, la Majestad británica de Jorge III del Reino Unido y en España Su Católica Majestad Carlos III ocurrió que la Armada del primer monarca ocupó una pequeña parte de la península de Nieva (Avilés) territorio del segundo soberano. El hecho ocurrió en el verano de 1762 y en el trascurso de una pequeña batalla naval librada a la entrada de la Ría (mayúscula ella) de Avilés donde un galeón ‘San Joseph’ de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, con cargamento de cacao, es atacado, y posteriormente hundido por un buque de la marina inglesa, que fue más allá desembarcando tropas que tomaron el castillo de San Juan de Nieva (fortaleza defensiva de Avilés) durante unas horas hasta que refuerzos venidos de la villa, unidos a los habitantes de Nieva, les obligaron a hacerse a la mar de nuevo. El relato detallado de estos hechos fue publicado en LA VOZ DE AVILÉS del 8 de mayo de 2016 en el episodio titulado ‘El castillo de San Juan y la invasión inglesa de Avilés’.

              Pero ya gravísimo fue lo ocurrido el 21 de mayo de 1809 durante la Guerra de la Independencia, cuando advertida la población que llegarán a Avilés procedentes de Luanco tropas francesas, cerca de mil avilesinos con poco y flojo armamento suben hasta Los Carbayedos en los altos de Valliniello, con la intención –gravísimo error estratégico– de repeler con apenas armamento a la caballería francesa compuesta por soldados profesionales curtidos en cien batallas, que cargando contra ellos terminaron matando más de 200 personas lo que constituye una de las mayores tragedias (entre las conocidas) de la historia local. A continuación las tropas de Napoleón Bonaparte cruzan a galope el puente [entonces de piedra] de San Sebastián y entrando por la puerta del Puente (una de las cinco que tenía la muralla de Avilés) se adueñan de la ciudad, eligiendo como cuartel general el palacio de Camposagrado izando la bandera tricolor que allí estuvo ondeando hasta 1811, año en el que evacuaron sus tropas de la villa. Un episodio aparte.

Tropas francesas ante el palacio de Camposagrado. (Dibujo de Gaspar Meana)

              Por fortuna veinte años más tarde comenzó la pacífica ‘invasión’ de ciudadanos belgas en la comarca de Avilés. Tal hecho ocurrió a partir de 1833 cuando una empresa de capital belga, con técnicos de aquella nacionalidad, abrió la primera explotación minera subterránea de Asturias, y submarina de España, en la localidad de Arnao, término municipal de Castrillón. De igual forma cuando se pusieron en marcha las dos primeras vidrieras avilesinas (ver en LA VOZ DE AVILÉS de 19 abril de 2015 el episodio ‘Avilés de cristal’) en El Arbolón (en 1844) y en Sabugo (1883) vinieron a trabajar especialistas también de nacionalidad belga que dominaban la técnica del soplado. Sobre la estancia de los belgas en Avilés (amistades, diversiones, lugares de reuniones que frecuentaban, etc.) corre un tupido e inexplicable velo de ignorancia con la excepción de Adolfo de Soignie que se integraría en la vida social y cultural avilesina, casándose aquí, donde siguen viviendo muchos de sus descendientes.

              Precisamente una biznieta de este ingeniero belga, Mercedes de Soignie (compañera literaria en LA VOZ DE AVILÉS), ha editado hace unos meses un exitoso libro, ya va por la segunda edición, titulado ‘Caminos del ayer, huellas del mañana’ donde expone su asombro e indignación al enterarse, siendo estudiante en el Instituto, que los miles de emigrantes llegados en trenes y camiones de toda España (Asturias incluida) ‘invadiendo’ Avilés para trabajar en una nueva y enorme siderúrgica (ver en LA VOZ DE AVILÉS del 2 de agosto de 2015 el episodio ‘La década furiosa’) llamada Ensidesa eran conocidos por ‘los de Avilés de toda la vida’ como ‘coreanos’. Nombre, según relata Juan Antonio Cabezas en su libro ‘Asturias. Biografía de una región’ «que [en Avilés] les dan a los inmigrantes porque eran los días de la guerra en aquella pequeña y lejana península del Extremo Oriente».

            Término que terminó haciendo historia, y tanta que merece un episodio aparte.

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Cástor, el músico que pintaba
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Alberto del Río Legazpi | 16-04-2017 | 09:22| 0

Fue una persona fuera de norma que vivió intensamente su pasión por el arte tanto siendo músico, como pintor, librero o profesor.

            Cuando a Ana de Valle le preguntaron, en una entrevista, que donde centraba su vida en Avilés respondió que «iba del Rivero de Lumen a la Herrería de Castor y del Sabugo de Marcos del Torniello a la calle Galiana que es la mía».

Castor y su esposa Josefina Ovies, en el trasatlántico 'Iripinia' rumbo a América.

            La histórica poeta avilesina veía una figura literaria en cada una de las –para ella– más emblemáticas calles de la villa, en la Herrería (La Ferrería, hoy) ‘mandaba’ Cástor, no por pintor ni músico, sino por la original librería que montó en dicha calle.

            Por lo demás fue en Rivero donde Cástor González Álvarez nació el 11 de noviembre de 1913 y luego fue viviendo –hasta su fallecimiento en la de Llano Ponte el 9 de marzo de 2001– por más de medio Avilés: calleja Los Cuernos, Galiana (cuando esta se llamó Palacio Valdés) o San Bernardo. No es de extrañar que haya compuesto una ‘Suite avilesina’ pieza musical que lleva los títulos de Galiana, Rivero y Sabugo.

            Cástor fue alguien que pudiendo ser personaje, en vida, prefirió ser persona. Ocurre que el tiempo, con la perspectiva que da, nos lo rebota ahora convertido en un personaje o sea en persona singular y peculiar.

            Ramón Rodríguez, en su excelente libro ‘Cástor. Una sinfonía’ escribe que podía considerársele tanto «un músico que pintaba como un pintor que hacía música».

            Quizá por eso, en personaje tan polifacético como Cástor, yo empiezo resaltando su faceta musical que debió nacer con él pero que se la afinaron en el Conservatorio de Música de Oviedo. Nunca le abandonaría, tocando generalmente el piano y el violín, pero también otros instrumentos como lo demuestra el que durante años fue viola primero en la Orquesta Provincial de Cá­mara, antecedente de la Sinfónica del Principado de Asturias y que fue miembro, como compositor musical, de la Sociedad de Autores. Y también, claro, profesor de música en el Instituto.

            Pero escarbando descubres que también tocó en orquestas de bailables, lo mismo que en un sexteto (tocando el violín) que ponía voz musical en las salas de cine cuando las películas eran mudas.

            Decía, a las claras, que «con la música he sentido muchas veces crispárseme los nervios de emoción y con la pintura nunca me han ocurrido esas cosas». Su vida estuvo atravesada, como la de tantos millones, por la trágica Guerra Civil española. Formó parte de un batallón del bando republicano vencido en 1938, y Cástor fue internado en varios centros de reclusión hasta llegar al Campo de Concentración de San Marcos, en León, donde estuvo preso cerca de dos años.

            Y ni en aquellas lamentables condiciones, el artista avilesino dejó de ejercer música y pintura.

            Pero Castor más que como músico es conocido como pintor. Un campo donde había empezado destacando ya desde muy joven y con el tiempo mostrando su obra en exposiciones individuales (Avilés, Gijón y León) y colectivas (Avilés, Oviedo, Madrid,  Santa Cruz de Tenerife y Cuba obteniendo diversos premios). Dibujo, acuarela, óleo, caricatura…

'Ría de Avilés'

            Abundan estampas y rincones tradicionales de su ciudad hasta que un día, de 1974, da un giro radical a su obra cuando le encargan una exposición que ilustre un ciclo sobre brujería que se iba a celebrar en la Casa de Cultura. Fue un éxito de crítica y de felicitaciones variadas empezando por dos de los conferenciantes de aquel ciclo: Pío Caro Baroja y Álvaro Cunqueiro.

'Desde El Parche'

            Para la posteridad dejó unos excelentes murales en la factoría de zinc de Arnao.

            Para el recuerdo su exquisita librería instalada, bajo soportales, en el número 8 en la calle de Marqués de Pinar del Río, que es como se llamó un tiempo la calle de La Ferrería. Funcionó entre 1958 y 1987 y le dio un toque de exotismo modernista impagable a la calle medieval, por excelencia, de Avilés. Estaba complementada por un pequeño salón de exposiciones y tengo escrito que fue la viva representación de la modernidad cultural en el Avilés de entonces. No recuerdo un espacio, digamos instructivo–comercial, tan atractivo ya que, entre otras joyas literaria, exhibía la famosa colección ‘Austral’, la más universal y genuina recopilación de libros de bolsillo de todos los tiempos. Una maravilla que solo un personaje tan culto y sensible como Cástor pudo hacer posible en aquellos tiempos tan grises en todo, policía incluida.

            Cumpliéndose, en 2013, el centenario del nacimiento del artista se celebró una exposición comisariada por Ramón Rodríguez y Cástor G. Ovies,  hijo del músico–pintor–librero y guardián de la memoria de su padre con especial incidencia en las redes sociales. La inauguración fue un acontecimiento multitudinario como no recuerdo haber visto en ninguna otra muestra celebrada en Avilés.

              Cástor. El pintor que hacía música.

 

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El marqués que iluminó Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 09-04-2017 | 09:20| 0

Fue una década prodigiosa, aquella de 1890 a 1900, porque llegaron casi al tiempo, pisándose el protagonismo unos a otros, el tren, el tranvía a vapor, el nuevo puerto (dársena de San Juan de Nieva), el teléfono, unas  fiestas nuevas que llamaban del Bollo, algunos etcéteras más y el alumbrado eléctrico.

Ningún acontecimiento expresa mejor –al menos para el gobierno local de entonces– la modernización de Avilés que la instalación de luz eléctrica, pública y privada en la ciudad. Aparte de ser un avance, es que era algo que no tenían ni Oviedo ni Gijón y eso manda calao. Encima no costó ni un duro. Gratis total. Pagó el marqués de Pinar del Río, empresario tabaquero ejerciente en Cuba pero que había nacido en la avilesina calle La Ferrería el 29 de mayo de 1838 y quedó registrado a efectos civiles y religiosos como Leopoldo González–Carbajal Zaldúa. Haría historia.

Después de terminar estudios en la Universidad de Oviedo hizo las maletas y se marchó a Cuba en primera clase. No era un emigrante al uso, pues procedía de familia de comerciantes y navieros lo que en el Avilés de entonces equivalía a decir millonarios.

En la provincia española de ultramar se integró en la fábrica de tabacos de su tío Manuel González-Carbajal. Era un tipo, Leopoldo, brillante para los negocios (había crecido a gatas entre ellos) así que pronto comenzó a ascender de manera fulgurante en el mundo empresarial americano, más tarde lo haría en diversos ámbitos, incluido el político (senador del Reino de España por La Habana) y el militar con el grado de coronel de un batallón de voluntarios contra los independentistas cubanos.

Entre una cosa y otra se casó con su prima carnal Carmen, hija de su tío Manuel y de María Jesús Cabañas, cuyo padre era un terrateniente de la provincia de Pinar del Río, la más occidental de Cuba y donde se asentaba el 80 % de la industria tabaquera cubana. Cabañas, mítico fabricante de cigarros puros, dejó al morir toda su fortuna a su hija, o sea a la suegra de Leopoldo. Del matrimonio de Leopoldo y Carmen nacieron dos hijos: Jorge y Manuel.

Multimillonario ya, Leopoldo establece su residencia en un edificio neoclásico de la zona noble de La Habana. Sin embargo no era bien visto por sus vecinos, los de pedigrí nobiliario, que no aceptaban –actitud que bien se libraban de mostrar en público– a aquel asturiano que multiplicaba dinero por un tubo. Lo llamaban despectivamente ‘El Tabaquero’. Cuenta Ciro Bianci –en el periódico cubano ‘Juventud Rebelde’– que su vecino frente por frente en la habanera Calzada del Cerro era el conde de Fernandina, grande de España, el hombre, y como tal tenía emplazados dos leones a la entrada de su casa. A Leopoldo le gustó el adorno y encargó unos iguales colocándolos a la entrada de su domicilio. Fernandina experimentó tal cabreo por el atrevimiento del ‘Tabaquero’ que mandó retirar los suyos y trasladarlos al interior de su residencia a fin de que no sufrieran la humillación de los leones espurios del industrial avilesino.

Es 'DE PINAR DEL RIO' y no 'DEL PINAR DEL RÍO'

No sabía aquel pobre grande de España con quien se jugaba los cuartos. Si la fortuna fue generosa con Leopoldo, él fue un ‘tipo a raudales’ repartiendo pesos y pesetas a diestro y siniestro. Una de sus donaciones, muy considerable, fue a parar al Estado español que le ‘pagó’ con un título nobiliario: marqués de Pinar del Río.

Entre sus millonarias dádivas algunas alcanzaron a su ciudad natal. Destaco la siguiente: Compró un solar en la calle González Abarca (hace años desaparecido al ser borrado para trazar la calle de José Manuel Pedregal) e instaló allí una nave que albergó un complejo industrial que comenzó a generar luz eléctrica a farolas instaladas en las calles más céntricas. A renglón seguido donó todo el tinglado, solar y ‘fábrica de luz’ –así la llamaba la gente en Avilés– al Ayuntamiento local.

Aquel ‘gratis et amore’ de modernidad luminosa encendió el entusiasmo de la Corporación local de una forma que no veas. El Ayuntamiento proclamó ‘hijo ilustre y predilecto de esta villa’ al marqués de Pinar del Río y cambió el nombre de la calle con más solera de la villa, la de La Herrería (La Ferrería) por el de Marqués de Pinar del Río (en sesión de 8 de julio de 1891) «en recuerdo de haber hecho a Avilés el magnífico y espléndido regalo de dotar a la población de luz eléctrica y para el alumbrado público».

En otra ocasión enterados los munícipes de una nueva visita del marqués, acordaron oficialmente el 5 de julio de 1893 «Que el Señor Secretario y una comisión nombrada al efecto lo esperen en Villabona y en esta Villa [lo hagan] el señor Alcalde-Presidente y demás concejales con la banda de música lo esperen en la estación del ferrocarril, disparándose cohetes en el momento de la llegada del tren y que por la noche se le dé una serenata por la expresada banda de música».

Berlanga y su ‘Bienvenido Míster Marshall’ se quedaron cortos. Y lo de la serenata quedará en los anales de homenajes y lisonjas varias de la historia local.

Ya digo que alcalde y concejales tan estaban pasados como pasmados con lo de la luz eléctrica. La cosa llegó al punto de que enterados, basándose en lo que decían malas lenguas de que Leopoldo González-Carbajal juzgaba que le quedaba corto el título de marqués, solicitaron al Gobierno de Su Majestad, el 24 de mayo de 1893, el título de Conde de Avilés para el marqués. Y como estaba ocupado por otra persona (que cosas) pues rebajaron la solicitud a Marqués de Avilés que mira tu, vaya por Dios, también estaba ocupado. Razón por la que entre voy y vengo de expedientes cargado y para que el asunto no quedara en falso se les ocurrió solicitar el título de Marquesa de Avilés (y le fue concedido) para su esposa Carmen a la que un cronista, frenéticamente cursi, describió como «Una hija del ardiente sol de los trópicos» por su condición de cubana. La marquesa de Avilés participó en 1900, junto con Leopoldo Alas ‘Clarín’ y otras personalidades, en la ceremonia de colocación de la primera piedra del que sería el teatro Palacio Valdés.

En 1909 falleció en La Habana Leopoldo González–Carbajal Zaldúa, aquel marqués de Pinar del Río que encendió la luz en Avilés pero le apagaron, en 1979, la calle con más solera de la ciudad que alumbraba su nombre. Y le dieron una calle chata (tres portales) y extraña pues une en ángulo recto dos calles: Quirinal y Uría. Para más inri el rótulo de dicha vía adolece de una errata. Parece como si a efectos municipales la historia del marqués fuese eléctricamente de una histórica serenata a una sonada errata.

 Tal parece una confabulación que quisiera hacer buena la infame coplilla medieval de «No hagas nada por los pueblos, ni nada a los pobres des, ni tengas tratos con putas, porque te joden los tres».

Total que a dos velas, del callejero, se quedó aquel marqués que iluminó Avilés.

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El Bollo, la comilona y El Guinness
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Alberto del Río Legazpi | 02-04-2017 | 09:14| 0

Las fiestas del Bollo de Avilés, declaradas de Interés Turístico Nacional, buscarán este año pasar al libro Guinness por el record  participativo de la Comida en la Calle del lunes de Pascua.

           Al mediodía de aquel lluvioso domingo,2 de abril de 1893, solo los pocos que no llevaban paraguas, pudieron aplaudir cuando el escritor y periodista Antonio María Valdés (‘Aneroyde’) desde uno de los balcones centrales del Hotel La Serrana, al lado del palacio de Camposagrado, terminó de leer su discurso con un ¡Viva la fiesta del Bollo!

            El remate de ‘Aneroyde’ sonó un tanto cómico a algunos de los asistentes, pero no a los miembros de la nueva Cofradía del Bollo formada con la pretensión de organizar una fiesta donde participase toda la población avilesina, enganchando al personal con lo que siempre funciona (comida y bebida) aunque fuera tan elemental como un bollo mantecado y una botella de vino blanco.

            La cofradía estaba compuesta por gente de diversa ideología y procedencia y presidida por el médico castropolense Claudio Luanco, simpatizante del Partido Progresista, que ha pasado a la historia local –quien se lo iba a decir a algunos estirados de casino y sacristía que tanto lo despreciaron– como un personaje destacado de la misma (ver ‘La historia de Claudio Luanco, un médico que inyectó alegría y cultura’ en LA VOZ DE AVILÉS del 1 abril de 2013, o buscar en Google).

            La Cofradía, según tiene publicado el periodista Venancio Ovies, estaba formada, aparte de Luanco, por Wenceslao Carreño (coronel de artillería, fascinante personaje descrito en ‘El coronel si tiene quien le escriba’ ver en LA VOZ DE AVILÉS 18 enero de 2015, o en Google), Bernardino Ca­brera, Javier Carreño, Pío Arines (Vista de Aduanas destinado en Avilés), Luis Solís, Ramón Car­cedo (Ingeniero industrial gijonés), Florentino Guardado, Francisco Rodríguez Maribona, Federico Trapa y Joviniano R. Pumariega. Y como ‘adjuntos’ sin querer figurar pero sí trabajar: Armando Fernández Cueto (autor del diseño arquitectónico de destacados edificios avilesinos, ver ‘Por sus obras lo conoceréis’ en LA VOZ DE AVILÉS del 2 abril de 2014, o en Google), el poeta ‘Marcos del Torniello’, (ver ‘El popular y bienquisto poeta Marcos del Torniello’ en LA VOZ DE AVILÉS del 10 febrero de 2014, o en Google) y el ya citado Antonio María Valdés.

          Claudio Luanco se basó en el festejo ovetense de La Balesquida para poner en marcha el del Bollo «una fiesta que olvi­dara las abstinencias, ayunos y vigilias de la Cuaresma, para entregarse en la Pascua de Resurrección a festejar el sabroso cabri­to».

          Y aquello que comenzó casi como una broma se fue convirtiendo en un festejo multitudinario cuyo plato fuerte, dicho sea en todos los sentidos, es actualmente ‘La Comida en la Calle’ en la que miles de participantes ocupan miles de metros de mesas, sentados en miles de sillas de tijera, a lo largo de calles y plazas del Casco Histórico para dar cuenta del menú que traen preparado de sus domicilios.

          Comilona popular donde las haya, fue ‘instituida’ en 1993 por Mariví Monteserín (actual alcaldesa) y concejala [entonces] de la Corporación presidida por el socialista Santiago Rodríguez Vega.

            Fue un triunfo clamoroso. El Bollo había dado un salto cualitativo importantísimo más allá del desfile de carrozas y el folklore, que sigue siendo lo clásico de la fiesta.

Entrega del Bollo en el parque del Retiro (hoy Las Meanas).Foto hecha hace más de 100 años.

            La participación en la banquete callejero es tan espectacular que se quiere medir oficialmente (en el cómputo se excluirán a los comensales del parque Ferrera, si es que el Ayuntamiento autoriza –imprudentemente creo yo– la Comida en el parque), este año de 2017, para entrar en el Guinness World Records, que es como se conoce ahora El libro Guinness de los Récords.

            Y todo esto ocurre 124 años después de la fundación de una fiesta del Bollo a la que muchos miraron de reojo cuando nació, actitud repetida cuando se creó La Comida en la Calle.

            La Balesquida ovetense es tradición de ‘bollo preñao’ y botella de vino en un Martes de Campo. El Bollo avilesino es una tradición que ha progresado desde un bollo mantecado y vino a comida multitudinaria al aire libre que va camino de figurar en el Guinness.

            Convengamos que en Avilés una tradición, al menos en el caso del Bollo, ha resultado un progreso.

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Misterio palaciego en Asturias
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Alberto del Río Legazpi | 26-03-2017 | 09:40| 0

(Es el originado por los numerosos palacios de Avilés comunicados todos ellos visualmente entre si).

          Que el mejor palacio de Avilés, desde el punto de vista arquitectónico, sea el de Camposagrado no es ningún misterio. Decía Oscar Wilde –extravagante escritor, genial o gilipollas según quien lo juzgue– que «el verdadero misterio del mundo es lo visible no lo invisible».

          Según tal sentencia del literato irlandés, en Avilés está por desvelar el misterio que supone que sus palacios se comuniquen visualmente entre sí, algo que llama la atención. Y esto ocurre en una villa que ya reúne la singularidad de que los de estilo barroco estén escoltados por establecimientos farmacéuticos, movimiento arquitectónico conocido como Barroco Boticario (véase LA VOZ DE AVILÉS del 13 noviembre de 2011: ‘El pasmoso caso del barroco boticario de Avilés’).

            Y ahora descubrimos otra originalidad palaciega visual que afecta a los de todos los estilos. Comienza la cosa desde un balcón del de Camposagrado, hoy escuela de enseñanza artística, donde se ve al fondo el palacio de Ferrera, cuyos dos escudos nobiliarios migraron a cinco estrellas de hotel lujoso.

          La distancia, una línea recta de poco más de 200 metros que atraviesa la calle de La Fruta, tan abundante en excelentes edificios como en establecimientos hoteleros, uno de los cuales tiene un cliente perpetuo llamado Pedro Menéndez de Avilés, guerrero del siglo XVI protagonista en América, que permanece sentado y contemplando esta calle que allá por tiempos medievales era (en su final) tan estrecha que la conocían como la calle oscura, pues había zonas donde una persona tocaba, con los brazos en cruz, los muros de las casas de ambos márgenes. Pues ni por calibres callejeros tan ridículos jamás dejaron de mirarse ambos palacios, un idilio de más trescientos años.

            En el palacio de Ferrera continúa la trayectoria visual porque puedes ver enfrente el panorámico palacio municipal, construido en el siglo XVII, cuando a la ciudad le reventó el corsé demográfico y tuvo que salirse de las murallas para levantar más casas y mansiones como estas dos citadas, más una tercera –la del indiano Gª Pumarino, luego de Llano Ponte y últimamente cine ‘Marta y María’– conectada visualmente con el palacio municipal, donde también y desde su campanario relojero se puede ver parte del palacio de Valdecarzana construido, para negocio y vivienda, por un mercader hacia el siglo XIV; luego tuvo varios dueños uno de los cuales fue el marqués cuyo nombre lleva el palacio.

            También, a un costado del Ferrera se divisa a cien metros, atravesando la calle San Francisco, el palacio Balsera construido como vivienda, hace casi un siglo, por otro comerciante así apellidado y hoy sede del Conservatorio de Música que lleva el nombre de Julián Orbón, músico nacido en Avilés y crecido como autor en América donde compuso notables sinfonías; pero la fama le vino al musicar un poema del cubano José Martí, convirtiendo la pieza en la [quizás] más universal de las canciones en lengua hispana: ‘Guantanamera’. Que por sonar hasta lo hace en la segunda parte de El Padrino, obra maestra cinematográfica, en una secuencia donde los hermanos Michael y Fredo Corleone charlan en una terraza de La Habana con el son guantanamero de Julián Orbón de fondo musical.

Línea visual desde el palacio Ferrera al Balsera.

            Desde el Balsera se ve la trasera del palacio de Maqua, palmera incluida, en la calle Cabruñana. El primer marqués de San Juan de Nieva, Francisco Javier de Maqua Pozo, nieto de un Maqua comerciante (otro más) indiano de origen navarro, fue quien encargó en 1855 la construcción de esta casa–palacio actualmente propiedad del Ayuntamiento que parece no saber qué hacer con él, salvo venderlo.

            Hace tiempo frente al palacio de Maqua estuvo el del marqués de Teverga, un edificio que daba a las calles San Bernardo, La Cámara y La Muralla y cuyo solar ocupa hoy una manzana (mejor decir calabaza) de viviendas. Del palacio del marqués de Teverga –José García San Miguel, poderoso naviero y comerciante reconvertido en noble por el rey Amadeo de Saboya quien le pagó así el cobijo que le dio en su casa ante el desaire del marqués de Ferrera que le cerró las puertas de su mansión por ser de Saboya y no Borbón– hoy solo queda el antiguo pabellón de baile, bello edificio de breve altura tan encajonado como acojonado entre dos inmuebles de varias plantas. Reliquia arquitectónica modernista achuchada.

            Volviendo al palacio de Maqua hay que decir que desde poco más arriba del lateral de ésta mansión en la calle Cabruñana, justo al lado de un bar llamado ‘Punto de Encuentro’ (no me digan…) se encuentran visualmente los palacios de Maqua y Camposagrado y cuanto más retrocedes en la empinada calle, hasta el número 22, más ganas en la visión de las últimas plantas de ambos.

          Camposagrado es, como recordarán, donde comenzó y ahora termina, el recorrido aéreo palaciego por Avilés. Un enigma de comunicación visual que tiene ritmo musical si se le buscan las cosquillas.

          Puede ser el glorioso misterio de un rigodón que termina en sinfonía. O una versión de un famoso bolero que nos cuenta cantando, con la voz de Lucho Gatica o Chavela Vargas, que solo son palacios ‘frente a frente y nada más’.

          Pero, eso sí, de Avilés.

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Los hermanos Espolita, pintores
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Alberto del Río Legazpi | 19-03-2017 | 10:12| 0

            Mientras daba las últimas pinceladas, toques maestros, el pintor levantaba la vista del lienzo dirigiéndola hacia el abogado Justo Ureña, quien a su lado contemplaba ensimismado el final del proceso creativo de aquella marina de la playa del Cuerno de Salinas, preguntándole con un hilo de voz:

'Avilés nevada'. Gonzalo Espolita.

            –Chacho ¿quedará mejor así?…

              Lo contaba Justo hablando de una de sus muchas visitas a Gonzalo Pérez Espolita. Justo Ureña Hevia, recordado Cronista Oficial de la Villa, también pintaba e iba ‘a aprender’ a la fuente clara, o sea al estudio que Espolita tenía en su domicilio de la calle San Francisco, donde vivía con su esposa María Olvido García Menéndez (con quien se había casado el 9 marzo de 1943) y sus dos hijos.

              Gonzalo Pérez Espolita era el benjamín de cinco hermanos, hijos del matrimonio formado por Juan Pérez (oriundo de Sabugo) y Joaquina Espolita (de Valduno, concejo de Las Regueras). Establecieron su domicilio en la plaza Álvarez Acebal, donde nacieron sus cinco hijos: Ramón, Juan de la Cruz, Paulina, José María y Gonzalo.

            El apellido materno (Espolita) era de procedencia italiana (Spolita, de Génova parece ser) y fue utilizado por sus hijos, al menos por los dos que se dedicaron por completo a las artes plásticas (Gonzalo y Juan de la Cruz); aunque los otros (con la excepción de Paulina) dejaron algunas muestras de sus dotes en la materia. Una saga artística local parecida, aunque en tono menor, a la de los Hermanos Soria (ver LA VOZ DE AVILÉS del 17 febrero de 2013 ‘La insólita factoría cultural familiar de los Soria’).

              Del mayor, Ramón Pérez Espolita (1890-1969), que se ganó la vida como  oficial de notaría en Avilés se pueden ver magníficos dibujos a lápiz en el Hotel Ferrera, formando parte de la excelente colección que de pintores locales tiene este establecimiento, donde la más numerosa (láminas de Ramón y José, doce óleos de Juan y veintiocho de Gonzalo) es la de los hermanos Espolita o Spolita.

Juan P. Espolita (1894-1960).

          Juan de la Cruz Pérez Espolita (1894-1960) se dedicó plenamente, al igual que su hermano Gonzalo, a la pintura. Ambos realizaron juntos estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid, hay que decir que con el apoyo económico de la Sociedad de Amigos del Arte de Avilés, entidad cultural privada que es un episodio aparte. Hay coincidencia de opiniones en la brillantez de este pintor que se centró exclusivamente en temática avilesina. Como su hermano, Gonzalo, acudió a pocas exposiciones pero en una de ellas (de artistas asturianos en Madrid) organizada por el diario ‘El Heraldo’, le tengo leído al crítico Villa Pastur que uno de sus cuadros (un paisaje de Miranda) arrancó grandes elogios del escritor Ramón María del Valle Inclán. Corta vida como pintor tuvo Juan que atravesó por graves problemas mentales que obligaron a internarlo, durante años, en el Hospital Psiquiátrico de Oviedo.

            José María Pérez Espolita (1895- 1934) fue el cuarto hermano, después de Paulina, y de él hay pocos conocimientos a pesar de que por algunos testimonios se sabe que estaba muy bien dotado para el arte. Pero su legado artístico es muy corto, un óleo, algunos bocetos, apuntes y dibujos de modelos en escayola.

Gonzalo P. Espolita (1901-1966)

            Gonzalo Pérez Espolita (1901-1966). Es el más famoso de esta familia y será tratado en episodio aparte. Vivió plenamente dedicado a la pintura reflejando multitud de rincones de Avilés y alrededores por lo que muchos lo consideran como ‘el pintor tradicional de Avilés’. Sus cotizados, al menos hace años, cuadros cuelgan en bastantes hogares de su ciudad, pero lo que es desconocido por mucha gente es su obra religiosa expuesta en tres iglesias: San Nicolás de Bari (iglesia y sacristía), San Antonio (los murales laterales del altar) y la decoración del templo Sagrado Corazón de Villalegre, deteriorada por la humedad del edificio.

            Gonzalo fue un pintor muy popular en Avilés y su fama ‘tiró’ por sus hermanos, tanto que desde 1985 una calle de la zona alta de la ciudad está dedicada a los Hermanos Espolita. ¡Velay!

 

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Soportales a la carta
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Alberto del Río Legazpi | 12-03-2017 | 10:17| 0

Los pórticos avilesinos conforman un paisaje urbano impactante, un panorama mágico, del que muy pocas ciudades pueden presumir.

            Escritores de todo tipo –aparte de Palacio Valdés que es como de casa– aluden, como hizo Luigi Salandra en 1797, a los soportales de aquel «pueblo que está al fondo de una ría y tiene una gran calle en cuesta, toda con soportales (cordonata coperta). Hay varios palacios, algunos magníficos, un gran convento y una iglesia antiquísima muy interesante. De Avilés es uno de los conquistadores de América» informa el italiano.

            El escritor Antonio J. Onieva (1886-1977) recomienda que «para darse cuenta de la belleza típica de Avilés, deben recorrerse la calle de Galiana, el Rivero y la Herrería, con sus curiosos soportales, que le prestan un carácter ancestral de sumo interés».

(Foto: Luis Alfonso del Río Legazpi)

            Aurelio de Llano (1868–1936) considera a los soportales avilesinos como «seña de identidad de la villa». Y no sigo porque en el fondo casi todas las citas coinciden en el soportal como símbolo arquitectónico insoslayable de Avilés.

            Una marca urbana perdurable a través de los siglos. Unidos todos pasan de tres kilómetros de longitud. Los anteriores al siglo XIX suman 900 metros y los del XIX y principios del XX casi llegan a 600 m. El resto se construyó, no sé si por tradición si por negocio inmobiliario, en la segunda mitad del XX.

            Los hay a la carta, de todas las clases y para todos los gustos. Están los largos y majestuosos del palacio municipal y los cortos del de Llano Ponte, cine Marta y María hasta hace poco. Los de San Francisco son tan espectaculares como los edificios de los que forman parte. En la plaza del Mercado están conformados por elegantes columnas de hierro fundido y una destacada labor de rejería.

            Pero son los más antiguos los que tienen un hechizo especialmente apreciable en determinadas condiciones horarias y meteorológicas. Por ejemplo los de la plaza de España (o El Parche) exigen estar bañados por el sol veraniego que cambiante en su recorrido va ofreciendo una visión espectacular del perímetro porticado.

            Los de La Ferrería y Sabugo adquieren de noche un tono conmovedor y tienen su ración de misterio con la calle mojada. Los de Galiana son caso aparte, pues contemplados en su inicio (desde la plaza Álvarez Acebal) componen una galería serpenteante de 252 metros que se pierde a la vista; en invierno, cuando el sol sesgado los riega, se produce un embrujo visual mágico.

            Tiran a paisaje urbano de película. «¡Son de cine porque en el teatro no caben! ¡coño!» me dijo Fernando Fernán Gómez, pasando del genio al mal genio mientras paseábamos por Rivero un día del invierno del 82.

            En cualquier caso son la sal arquitectónica de Avilés. Su gracia.

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Avilés, una historia de cien mil años
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Alberto del Río Legazpi | 05-03-2017 | 10:24| 0

Se cumplen diez años del hallazgo de muestras prehistóricas en pleno centro de Avilés, a menos de 100 metros del Ayuntamiento de la ciudad, toda una historia de la prehistoria.

          Hay gente que cree que la prehistoria es una especie de carrito de supermercado cargado de muñecos de los Picapiedra y videojuegos de dinosaurios.

          Los años que nos separan de aquellos tiempos, son miles, millones; están tan condenadamente lejos que es difícil hacerse una idea. Hay aproximaciones ficcionadas que nos llegan por alguna película tipo ‘Parque jurásico’ de Steven Spielberg y no muchas más, pues la Prehistoria –término empleado para definir el periodo de la historia transcurrido desde el inicio del proceso de la evolución humana hasta la aparición de testimonios escritos– es uno de los temas menos representados en el cine de ficción.

Marcado con una X el edificio de la calle La Cámara en cuyo solar tuvo lugar el prehistórico hallazgo.

          Pero dejémonos de películas y pasemos a la realidad que supone el hecho de que en este mes de marzo se cumplen diez años de un descubrimiento fundamental para esta tierra llamada Avilés que poblamos, enriquecemos, gozamos y maltratamos.

          Fue en marzo de 2007 cuando el equipo de la arqueóloga Cristina Arca Migueláñez fue contratado para cumplir con la ley de Patrimonio que obliga cuando se edifica un solar en casco urbano y sobre toda en zona de asentamiento histórico, como el caso de Avilés, investigar el suelo del mismo.

          Ocurrió que al vaciar (solo quedó en pie la fachada original de 1920) el edificio en cuestión, situado en la calle de La Cámara, para adecuarlo a nuevas viviendas, y habiendo quedado por tanto descubierto el solar para iniciar la obra de reconstrucción, se pusieron la investigadora mierense y su equipo a la tarea de excavar el terreno en cuestión siendo premiados con una lotería arqueológica consistente en piezas prehistóricas de una antigüedad 100.000 mil años. Cifra, para estos lares, de quitar el hipo.

          Desde entonces la prehistoria en Avilés–centro urbano está domiciliada en el solar donde se levanta el edificio número 5 de la calle de La Cámara.

          En dicho terreno, de 242 metros cuadrados, y a muy poca profundidad, se hallaron 19 piezas del Paleolítico (asócienlo a Edad de Piedra). Eran hachas bifaces (o sea talladas por ambos lados de la piedra), lascas y núcleos (trozos bastos de piedra), todos ellos herramientas asociadas a la caza.

          Este hallazgo no es que sea algo extraordinario en Asturias pero es descomunal en el centro urbano de Avilés y más si está ‘arrimado’ a su casco antiguo buena parte del cual está declarado Conjunto Histórico Artístico desde 1955.

          El resultado del descubrimiento lo plasmó Cristina Arca en un informe, a la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, acompañado de un estudio geológico dirigido por el profesor universitario Germán Flor que determinó que el edificio donde aparecieron los restos prehistóricos, se levantó sobre una terraza fluvial que vendría de Miranda, parroquia de la zona alta de Avilés. Las piezas encontradas se guardan en el Museo Arqueológico de Asturias.

          De campañas arqueológicas programadas está muy necesitado el casco histórico avilesino para seguir buceando en un pasado que ahora se antoja inmenso, mucho, muchísimo más allá de los tiempos medievales de los que conservamos signos palpables en forma de iglesias (San Antonio de Padua, San Nicolás de Bari, Santo Tomás de Canterbury) palacio (Valdecarzana) y capilla (Las Alas).

          Y de repente los orígenes de Avilés han pegado un salto inmenso hacia atrás en el tiempo llenando parte de un vacío con las evidencias ciertas que suponen esas piezas prehistóricas halladas en La Cámara. Los tiempos de poblamiento de lo que hoy es Avilés han retrocedido meteóricamente.

          En todas las edades históricas los animales han mirado al cielo. Y los racionales tan fascinados quedaron por la inmensidad del espacio galáctico que establecieron paraísos en él. Si eres bueno vas al cielo.

          Pero de poco tiempo acá hemos dejado de mirar a las estrellas y estamos construyendo un mundo virtual que ha conseguido agilipollarnos a pasos agigantados y en vez de atender a la exhibición celeste y ovacionar el maravilloso espectáculo –libre de impuestos– que hay allá arriba, ahora miramos hacia abajo encorvándonos sobre pantallas cada vez más pequeñas –de pago obligado y obligada cobertura– tan diminutas que nos caben no ya en un bolsillo sino en la esfera de un reloj de muñeca, donde se pueden ver dinosaurios de película dándose cera de lo lindo pues esa es la visión estándar que tenemos de los tiempos paleolíticos.

          Ahora sabemos que Avilés estaba poblada mucho antes de lo que creíamos merced al hallazgo de herramientas de piedra talladas por manos humanas, hace 100.000 años, en la moderna calle La Cámara, tan abundante ella en ópticas o en perfumerías y que de golpe se ha convertido en paleolítica.

          Por tanto Avilés no es antigua ¡es antiquísima! Demostrado ha quedado que somos más arcaicos, más viejos. Más prehistóricos.

 

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta