img
Medio siglo no es nada
img
Alberto del Río Legazpi | 12-09-2016 | 21:46| 1

(Reflexiones al leer un ejemplar de LA VOZ DE AVILÉS del domingo 11 de septiembre de 1966)

          El periódico, que tiene el lector en sus manos o que ojea en Internet, tenía en 1966 su sede en el número 16 de la calle La Ferrería, entonces llamada Marqués de Pinar del Río.

          Constaba de seis páginas y la información estaba controlada, léase censurada, por la autoridad gubernamental con mano de hierro sin guante de seda.

Ejemplar de LA VOZ DE AVILÉS de hoy, domingo, 11 de septiembre de 2016

          Al margen de eso, pero sin olvidarlo nunca, había noticias nacionales que hoy pueden parecer surrealistas como es el caso de una cena en honor del general Franco, entonces Jefe del Estado, en pleno centro de San Sebastián (Guipúzcoa). Hoy Donostia (Gipuzkoa).

          Mientras, en la comunista Checoslovaquia, al otro lado del ‘telón de acero’, abundaba la delincuencia juvenil y para combatirla decía el titular periodístico que «los melenudos no podrán entrar en los cines de estreno ni obtener puestos de trabajo». Leña al mono y si lleva melena más.

          En Estados Unidos, donde se vivía una carrera por la conquista espacial en competencia con la malvada URSS, el presidente Johnson, informaba en portada de LA VOZ DE AVILÉS, declaraba que «continuaré la guerra en el Vietnam con el mayor empeño». Fueron 400.000 toneladas de bombas de napalm.

          En China, donde reinaba Mao Tse Tung, los dirigentes comunistas habían dado nueva vuelta de tuerca (la Revolución Cultural) y «decidido eliminar los aspectos humanitarios e intelectuales de la obra de Marx». Vaya por Dios.

          Y así iba el mundo aquel domingo de 1966, mientras que Avilés, que tenía entonces 72.765 habitantes y un alcalde llamado Francisco Orejas,  era una ciudad que aumentaba de población de un modo tan espectacular como la suciedad que le venía por tierra, mar y aire a consecuencia de la atroz contaminación de las factorías metalúrgicas que, a su vez, daban trabajo a miles de personas de aquí, allí y allá. Nunca se sabe donde empieza lo bueno y acaba lo peor.

          Aquel domingo, de hace medio siglo, encontramos noticias como que el Instituto Carreño Miranda que podría obligar a suspender matriculación de nuevos alumnos. Uno de los muchos problemas sociales derivados de la oleada inmigratoria.

          En el puerto industrial enorme actividad, sobre todo en la Dársena de San Agustín donde el periódico registraba diez buques atracados aparte de otros esperando y seis más en San Juan de Nieva. En el puerto pesquero se rularon 12.500 kilos de bonito.

Las Meanas en 1966.

          El ocio estaba dominado por la oferta cinematográfica (la tele se reducía a dos canales de TVE) de las salas Marta y María, Ráfaga, Clarín, Palacio Valdés, Florida y Campos, anunciados en el periódico, que también informaba de romerías en Llaranes y en el poblado Francisco Franco (hoy La Texera y Versalles); y ya en plan fino se publicitaba en la ‘boite’ del Bar Boheme el baile de tarde aunque (eso sí) de 8.15 a 10.30 de la noche. El ‘Black is Blak’ abrasaba pero ‘Un sorbito de champagne’ refrescaba.

          El periódico anunciaba el horario de misas en las iglesias de la ciudad y la media de las celebradas en cada templo era de cinco a siete. Miles de fieles cumplían con la obligación de oír misa entera los domingos y fiestas de guardar.

          En deportes destacaba la eliminación del tenista español Manolo Santana del trofeo de Forest Hill y la victoria, por KO, del púgil norteamericano Cassius Clay (que se hacía llamar Muhammad Alí) sobre el alemán Karl Mildenberger.

          Los máximos representantes del futbol local iniciaban ese domingo jornada liguera en tercera división; el Real Avilés recibía al Santamarina, equipo de Mieres, y el Ensidesa se desplazaba a Luarca.

          Se seguía hablando del fichaje, producido días antes, de Fernando Arias por el Sevilla; el club andaluz ante la pasividad, o ineptitud, del Avilés se hizo con los servicios del jugador avilesino que también era batería del conjunto musical ‘Los Llamas’. Al Bosco, equipo de juveniles de Ensidesa, llegaba Toni Fidalgo quien con los años sería, entre otras cosas, adjunto a la presidencia de la Liga Nacional de Fútbol Profesional.

          En aquel 1966 Asturias estaba entre las provincias españolas más ricas y Avilés era una especie de Eldorado para miles de españoles en busca de empleo.

          Hoy, cincuenta años después, Asturias –que en ese tiempo ha pasado del Holoceno al Antropoceno– es de las regiones españolas situadas en el furgón de cola y, al igual que Avilés, experimenta una peligrosa pérdida demográfica.

          Por lo demás, y acogiéndome a una versión libre de la letra de un famoso tango, cincuenta años no es nada comparado con los miles de siglos que la especie humana lleva arruinando el planeta tierra.

          La farmacia de guardia de mañana lunes, de hace medio siglo, corresponde a José Luis Hortal –en la avenida de Portugal– uno de los mejores profesores que he tenido, aparte de ser el más tranquilo y pausado agitador cultural que he conocido.

          No somos nada, nina.

Ver Post >
El adelantado Paco Menéndez, de Avilés
img
Alberto del Río Legazpi | 04-09-2016 | 05:05| 2

Francisco Menéndez González, nacido en Avilés, fue un adelantado en el mundo de la informática donde hoy es considerado un clásico por su obra maestra ‘La abadía del crimen’.

          Adelantado tiene varias acepciones en diccionario y enciclopedias. Una de ellas define a una persona de cierto calado social que llevaba adelante una empresa pública por mandato del Rey. 

          Por ejemplo a un destacado marino avilesino llamado Pedro Menéndez, Felipe II le encomendó, en 1565, explorar y colonizar las costas de Florida en  América del Norte, cosa que consiguió. A partir de entonces ha venido siendo conocido como Adelantado de La Florida y reconocido como personaje destacado tanto en los Estados Unidos como en España. Y la cosa no quedó ahí ya que la ciudad donde nació, Avilés, es definida por algunos como la Villa del Adelantado. Otros creen que esto es pasarse, pero ese es otro episodio.

Paco Menéndez (Avilés, 1965-Sevilla, 1999). Fotograma capturado de un video filmado por Juan Delcán.

          Luego está el informático Paco Menéndez, otro avilesino que es adelantado en el sentido de alguien ‘que se anticipa a su tiempo en alguna cosa’ usado como sustantivo; por ejemplo cuando decimos que Picasso fue un adelantado. No trato de poner en paralelo a Pablo Picasso con Paco Menéndez, sino dar un sentido exacto al término ‘adelantado’ que creo es el justo para referirse a este creador avilesino.

          De todas formas, distintos medios del mundo informático ya lo tienen calificado como un adelantado en el mundo de la programación de videojuegos una de las industrias más importantes en el sector del ocio del mundo. El diario LA VOZ DE AVILÉS también lo ha venido haciendo, de un tiempo a esta parte, en artículos debidos principalmente a la pluma de Fernando del Busto.

          El nombre que figura en el Registro Civil de Avilés, del hoy  famoso Paco Menéndez, es el de Francisco Menéndez González, nacido en 1965. Fue uno de los hijos del matrimonio formado por Magdalena González Fernández y César Menéndez Roces, quienes al poco del nacimiento de Paco trasladaron el domicilio familiar a Madrid.

          Allí, en la Ciudad de los Periodistas, Paco fue creciendo entre estudios y esparcimientos de por aquí y de por allá. Entre estos últimos le fascinaban los videojuegos que funcionaban aliados con los ordenadores, entonces máquinas al alcance de pocos. No tenía problema pues su padre había puesto en marcha una academia informática de nombre ‘Míster Chip’. Una cosa llevó a la otra y a los 15 años, todavía en segundo de BUP, aprendió a programar.

Paco Menéndez disfrazado de monje, en una escena de 'La abadía del crimen'.

          Lo que fascinaba a Paco Menéndez más que el juego en sí era la programación del mismo, así que en compañía de otros amigos ocupaban su tiempo libre trabajando en una sala vacía del negocio informático de su padre. En 1983, cuando todavía era alumno del instituto, se puso a la venta ‘Fred’, videojuego de su autoría junto con Carlos Granados, Fernando Rada y Camilo Cela. Y antes de entrar en la Universidad, a cursar Ingeniería de Telecomunicaciones, otro que llevaba por nombre ‘Sir Fred’.

          Pero lo bueno llegaría cuando Paco Menéndez, fascinado por la lectura de la novela ‘El nombre de la rosa’ de Umberto Eco, se atrevió a ‘ponerla’ en videojuego, algo fuera del estándar habitual de entonces consistente mayormente en marcianitos y en buenos y malos arreándose palos, tiros y bombas.

          Lo llevó a cabo con otro amigo llamado Juan Delcán, entonces estudiante de Arquitectura, que se hizo cargo de la parte gráfica del proyecto, fuera de lo común, de Paco. Hicieron Historia.

          El juego lleva por nombre ‘La abadía del crimen’, ya que Umberto Eco con quien Paco Menéndez su puso en contacto a través de intermediarios no quiso ceder el título de ‘El nombre de la rosa’ para el videojuego. Pero el autor informático, sabedor de todo lo referente al autor literario, quiso ligar para siempre aunque fuera indirectamente su videojuego a la admirada novela del italiano y sabedor de que Umberto había desechado algunos títulos para ella, eligió uno de los descartados: ‘La abadía del crimen’. El videojuego se publicó en 1987.

Sean Connery y Christian Slater en la película 'El nombre de la rosa', novela de Umberto Eco, en la que también está basada 'La abadía del crimen' de Paco Menéndez.

          Eco encontró otro eco, este informático, gracias a la maestría de Menéndez que metió, en un videojuego de tres dimensiones, a dos frailes franciscanos a investigar en un convento de benedictinos. Monumental trabajo informático que va adquiriendo más valor con el paso de los años, algo que se merecía haber conocido su autor, fallecido en Sevilla en 1999. Quienes lo trataron hablan de tipo genial y persona humilde. Desde aquí, hoy, se le ve como hombre de corazón antiguo con mente de futuro.

          En un documentado artículo, firmado por Jaume Esteve en la Revista ‘PS4’, un comentario de Santiago González da en el quid opinando sobre la obra de Paco Menéndez ‘Para los que no lo sepan o no vivieran aquella época, la Abadía del Crimen es al sector del videojuego español lo que el Quijote a nuestra literatura o Bienvenido Míster Marshall a nuestro cine’.

          Hoy ‘La abadía del crimen’ está considerada una obra maestra (nacional e internacionalmente) del videojuego, un clásico que el tiempo va agrandando como los vinos de lujo. Los homenajes de todo tipo no cesan, incluida la petición del nombre de una calle para Paco Menéndez al Ayuntamiento de Avilés; también está en estudio su incorporación al callejero de Madrid.

          Adelantados de apellido Menéndez, conste pues, que en Avilés han nacido dos: Pedro (1519) y Paco (1965).

          Con genio guerrero uno e ingenio creativo el otro. 

Ver Post >
La célebre mina de Arnao y la reina Isabel II de España
img
Alberto del Río Legazpi | 28-08-2016 | 08:29| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 23/11/11 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Arnao asombra.

            El de las piedras negras que salieron de una mina submarina, tan fascinante vista desde fuera como tremenda para los que la trabajaron. Hablo del Arnao del concejo de Castrillón cuya capital va también de piedras, pero blancas.

            Topónimo, el de Piedras Blancas, que tiendo a asociar al cine americano o a la literatura de Dickens. Aunque el poder seductor del cine sea más persuasivo a estos efectos, por ejemplo si hablo de películas míticas como ‘Al este del edén’ cuya acción transcurre en una lejana Salinas (Monterey. California. USA), que visionada a mis 18 años me llevó a admirar mucho más –por ‘contagio’ cinematográfico– a mi cercana Salinas (la de Castrillón. Avilés. Asturias. España).

(Foto de María Pérez, en la página de Facebook 'Amigos de la playa de Arnao')

            Pero el caso es, hoy, Arnao. Y su mina submarina actualmente reconvertida en un museo que es episodio aparte.

            Este yacimiento es la madre del cordero del carbón español. Una explotación internacionalmente histórica, hoy restaurada, a la que no estamos valorando, todavía, en su justa medida. La Mina es el buque insignia del Conjunto Histórico Industrial de Arnao, la excepción –maravillosa– del tan ignorado, como despreciado, patrimonio industrial asturiano, que Castrillón se empecinó en respetar y rescatar. Chapó para su Ayuntamiento.

            Como será lo de esta mina que hasta una Reina de España, Isabel II la visitó, un 24 de agosto de 1858. Vino acompañada, aparte de su séquito, por su marido el Rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, personaje que hoy haría las delicias de la prensa amarillista. Aunque en esto también le ganaría ella.

            Estaba previsto un tranquilo vino español en la campa de Arnao. Pero de pronto,la Reina, se dirigió al castillete del pozo minero y manifestó el deseo de descender a las galerías, ante la sorpresa y el consiguiente canguelo, tanto de los miembros del Gobierno español, como de los directivos de la Real Compañía Asturiana de Minas.

            Isabel II, un trueno de mujer famosa por su remango, arrastrando a su aterrado –y no era de extrañar en este caso– esposo, descendió los ochenta metros de profundidad sin aguardar el resultado del más elemental reconocimiento de seguridad que le imploraba el Jefe del Gobierno español.

            Salida de la jaula (o sea, el ascensor del pozo minero) la Reina, ni corta ni perezosa recorrió las galerías con paso rápido, incluida la principal de un 14% de desnivel y que discurre bajo las aguas del Océano Atlántico y «nunca antes visitada por mujer ninguna» recorriendo unos doscientos cincuenta metros, según escribió el cronista Juan de Dios dela Rada, en su ‘Viaje de SS. MM. y AA. Por Castilla, León, Asturias y Galicia, en el verano de 1858’.

'Isabel II' óleo de Franz Xavier Winterhalter. 1852. (Palacio Real).

            El tránsito, abundante en malos pasos, hizo que la Reina quedara hecha un santo cristo de cintura para abajo. Pero no se arredró y siguió guiando (o sea, empujando) a la sobrecogida comitiva hasta llegar al final de la galería submarina y saludar a los sorprendidos picadores que faenaban en él.

            Según cuenta el cronista, hubo gente, como un ingeniero belga apellidado Schmit, que arruinó el protocolo a grito pelado: «¡Usted se merece algo grande de todo corazón!», alucinado ante los arrestos de Isabel de Borbón.

            La Reina, que salió hecha unos zorros, se tomó un refrigerio y departió con los invitados que la esperaban en superficie. En cuanto a los ‘supervivientes’, que se vieron en la obligación de acompañarla en el paseo submarino, fácil es imaginar su alterado estado de ánimo.

            La noticia llegó rápidamente a Avilés. Y en el muelle se congregó un gentío que la vitoreó cuando desembarcó de la falúa que la había trasladado hasta la Villa(se alojaba en el palacio del marqués de Ferrera). Entre ellos un caballero, de nombre Lino, acompañado de su pequeño sobrino, el niño Armando Palacio Valdés, que –años más tarde– narraría aquella llegada ‘triunfal’ de Isabel II en ‘La novela de un novelista’.

            Arnao es de novela y de cine. Alumbra y deslumbra. 

Ver Post >
Historia creciente, geografía menguante
img
Alberto del Río Legazpi | 27-08-2016 | 07:50| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/05/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

          En ningún tiempo de la historia avilesina su sosegada geografía ha sido tan cambiante como en el actual. Aquí van dos ejemplos.

          En 1950, el Estado español creaba la Empresa Nacional Siderúrgica Sociedad Anónima (o sea ENSIDESA), para abastecer a España de acero, instalándola mayormente en la margen derecha de la ría de Avilés.

El paisaje que definió una época histórica de Avilés, los hornos altos de ENSIDESA. Foto tomada en los años setenta, desde una avenida de Cervantes en obras de prolongación y urbanización. A la izquierda, la casa que marca el final de la calle Rivero. Foto Archivo Fran.

          Por aquel entonces la villa asturiana contaba con cerca de 20.000 habitantes y su Ayuntamiento manejaba un presupuesto anual de 3.325.063,68 pesetas (19.984,04 euros). A partir de entonces se produjo una descomunal explosión demográfica social, económica y cultural. Un episodio aparte.

          La instalación de la gran siderúrgica –que a efectos de imagen, se resumía en aquellos cuatro hornos altos colocados en línea recta una singularidad [entonces] en la industria siderúrgica– cambió para siempre la vida de la ciudad y es sin duda el acontecimiento más importante de la historia de Avilés, aunque algunos se empeñen en borrar (mejor dicho: volar) sus más valiosas huellas.

          ENSIDESA tuvo varias décadas diferenciadas en su trayectoria. La de los años 50 fue la de su puesta en marcha, con miles de inmigrantes llegados a la villa; la de los 60 la del monopolio siderúrgico, su producción masiva y los malos humos contaminantes; la de los 70, la de malos humores, crisis mundial de energía y conflicto sindical; la de los 80, la reconversora o ‘tente mientras cobro’; la de los 90 fue la privatizadora que destruyó valiosísimas instalaciones sin orden ni concierto. Y la actual, la de hoy, la de Mittal, la de ‘Virgencita, virgencita, que me quede como estoy’. 

          Muchas cosas cambió aquella ENSIDESA. Primero descuajeringó el plácido paisaje de Avilés con sus instalaciones y cuatro décadas más tarde lo volvió a descomponer con la desaparición de las mismas, cuando ya nos habíamos acostumbrado a los hornos altos.

          Se eclipsó aquel horizonte de grandeza que definía (a la vez que acoquinaba, la verdad sea dicha) a la ciudad. Nos esfumaron el gótico industrial, o sea aquellos cuatro hornos altos –bautizados con nombres femeninos como manda la tradición siderúrgica– que tanto afumaron pulmones y tiñeron de gris polvoriento la histórica villa reconvertida en afamada capital industrial europea.

          Y fue así como de ‘Horizontes de grandeza’ pasamos a ‘Horizontes perdidos’. De película.

El sorprendente y espectacular paisaje surgido en 2007, originado por el derribo de una vieja manzana de edificios, entre las calles Rui-Pérez y Pedro Menéndez. Foto Manuel Campa.

          También de cinemascope –y de miles de fotos– fue lo que ocurrió en 2003, cuando en pleno centro de la villa, se produjo un repentino y milagroso nacimiento paisajístico. Fue en el barrio de Sabugo, que ni es puñetero y donde no huele a besugo ni a suelas de zapatero, como se empeña en cantar la copla. Allí brotó un nuevo panorama, un lujoso horizonte, al derribar una manzana de casas, conocida como la de los Álvarez. Y nos descubrió un paisaje urbano esplendoroso.

          Pero lo singular suele ser efímero y la exhibición estética la contemplamos contra reloj, porque iba siendo borrada a medida que ganaba altura y anchura la obra civil, que ocupó el sitio de la derribada manzana.

          Fue un prodigio histórico que observamos en vivo, pasmados y en formato 3 D. Porque vimos lo nunca visto, que abarcaba desde el recién descubierto costado derecho de la iglesia nueva de Sabugo incluidas sus torres de 47 metros de alturas, a los preciosos edificios de la calle Rui-Pérez que siempre nos había negado la estrecha perspectiva de la calle del marino. Y entre ambos costados, la cara de ese espectacular edificio modernista de principios de siglo XX de la calle La Florida.

Foto José Fernández.

          La geografía y la historia jugando a las cuatro esquinas.  Desde LA VOZ DE AVILÉS veíamos el parque del Muelle. Aquello fue algo mágico, una especie de refocile ético y estético. Y si éste desahogo urbano fue la leche, fresca, lo de aquella ENSIDESA fue la leche en polvo.

          Total que unos abaten la historia y otros le suben las faldas destapándola, fugazmente eso sí, que no conviene excitarse. No están los tiempos para calenturas, que la cosa está que arde, con Bolsas, Montoros y mercados echando humo.

          ¿El último que apague la luz? De eso nada. Hay mucho de caos financiero a plazo fijo y un desmedido terror mediático.

          Y en Avilés sabemos, por experiencia, que nunca llovió que no escampara. Niemeyer incluido, claro.

Ver Post >
La colosal calle de San Francisco, famoso plató cinematográfico
img
Alberto del Río Legazpi | 16-08-2016 | 21:39| 3

(Reedición corregida del episodio publicado el 18/03/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Es una de las calles más insólitas de la ciudad asturiana, compuesta por un magistral conjunto de edificios modernistas porticados que están complementados por palacio, fuente barroca y bosque (a un costado y al pie, respectivamente) de un convento medieval. La de Dios.

            Viene del siglo XIII, cuando los franciscanos arribaron a Avilés y se instalaron en las afueras de la villa. Extramuros, construyeron su convento –bautizado San Francisco del Monte– al estar en un pequeño promontorio boscoso próximo a la puerta de la muralla conocida como de Cimadevilla y también La del Reloj, hoy calle de La Fruta.

            Consta, en el Libro de Acuerdos municipales de 1598, nombrada como La Canal porque las aguas –que abastecían Avilés desde Valparaíso– discurrían, aquí, por una canaleta a cielo abierto hacia el recinto amurallado. Siglos después fue calle General Lucuce (1903), Pablo Neruda (octubre de 1934, aunque no consta oficialmente), José A. Primo de Rivera (1938) y desde 1979 calle San Francisco.

            Es la única rúa tradicional avilesina que se mantiene porticada en toda su extensión en la acera de la derecha, la que reúne viviendas particulares. Los soportales acogen mayormente negocios hosteleros con la excepción de una tienda de ultramarinos tradicional llamada, con justicia, ‘La Colosal’ (1932). Una gozada.

            En la acera izquierda ‘solo’ hay un palacio, una fuente, un bosque y una iglesia.

            Entre los edificios números 2 y 16, los arquitectos Manuel del Busto (autor del diseño del teatro Palacio Valdés) y  Antonio Alonso Jorge (autor del de las Naves de Balsera) trazaron hace casi cien años y para admiración general, magníficos edificios donde abunda el modernismo en cantidad y calidad, sin faltar el ‘art deco’. Los soportales son de una elegancia notable y terminan, como la calle misma, adelgazados en altura y anchura, afilándose hacia un estilo tradicional para penetrar, como un pequeño puñal en Álvarez Acebal, esa plaza que te emplaza en Avilés.

            Y frente a todo este conjunto de viviendas, el más importante de la arquitectura avilesina de principios del siglo XX, están tres poderosas señales de la identidad histórica de la villa.

            Desde el lateral del palacio Ferrera de estilo barroco tempranero o renacentista tardío –que tanto me da, que me da lo mismo– hasta la fuente de San Francisco de seis caños y cuatrocientos años. O la portada principal del aquel antiguo convento, de hace ocho siglos, hoy parroquia de San Nicolás de Bari.

Woody Allen y Scarlett Johansson.

            Difícil, encontrar en cualquier ciudad, calle con tanta calidad y cantidad–histórica y constructiva- en tan escaso recorrido métrico, pues no alcanza los cien metros de longitud.

            Así que con tales prodigios no extrañe que famosos creadores cinematográficos tomen esta calle como escenario de sus películas. Citaré, como ejemplo, a dos de ellos, que además están premiados con un Oscar de Hollywood: el español José Luís Garci, rodó aquí secuencias de sus películas ‘You’re the One’ y ‘Luz de domingo’; y el norteamericano Woody Allen algunas de su filme ‘Vicky Cristina Barcelona’.

            Un plató con una milagrosa potencia icónica el de San Francisco, que no confundir con el San Francisco de California (Estados Unidos) ya que este de Avilés (España) tiene una antigüedad contrastada de cerca de mil años.

            Homérica longevidad, que diría John Ford.

Ver Post >
Aquel día, cuando por caminos de hierro llegó el tren a Avilés
img
Alberto del Río Legazpi | 06-08-2016 | 23:08| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 26/02/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

          En un verano, de finales del siglo XIX, nos llegó el invento del ferrocarril. Ocurrió el 6 de julio de 1890 y es una relevante fecha en la historia local.

         En la mañana de aquel día y sobre un camino de hierro anclado a tierra firme, nos llegó el invento: una locomotora a vapor tirando por doce vagones atiborrados de autoridades, invitados y demás familia, que fueron basculados en la elegante estación, que todavía hoy conservamos.

El recibimiento fue multitudinario y muy festejado. Las actas del Ayuntamiento reflejan que en las celebraciones se gastaron 17.749,38 pesetas. Una pasta.

         Pero la ocasión lo merecía, porque el tren y las obras de la canalización de la Ría, recién terminadas, marcaban un hito en el avance industrial avilesino.    

         En el final de aquel siglo XIX a Avilés se le vino encima una catarata de modernidad: Canalización de la Ría, nueva Dársena de San Juan de Nieva, servicio telefónico urbano, alumbrado público eléctrico (pionero en Asturias, un regalo del marqués de Pinar del Río) y la llegada del ferrocarril, propiciada por aquel político-empresario-historiador que fue el segundo marqués de Teverga.

          Adviertan como curraba, por entonces, parte de la nobleza. Para que luego digan.

          Y es que hasta el director de la obra ferroviaria fue un conde, el italiano Sizzo-Noris, ingeniero y contratista de la compañía ‘Caminos de Hierro del Norte’ a la que se le adjudicaron las obras en 2.500.000 pesetas. Iniciadas el 1 de junio de 1887, día lluvioso según escribe el marqués de Teverga, barrenando las rocas de La Consolación, por debajo de la capilla corverana y continuándose desde aquí los trabajos del ‘sembrado’ del carril, en ambas direcciones: hacia Villabona (donde enlazaba con la línea principal Gijón-Madrid) y hacia San Juan de Nieva (fin de trayecto) y adonde llegaría, para la exportación vía marítima, el carbón de las cuencas mineras.

          Tres años después, en 1890, nacía para los avilesinos un nuevo transporte terrestre que anuló al que había: la diligencia. La que circulaba entre Gijón y Avilés rebajó el precio de los billetes a los viajeros, de 4 pesetas a 3. Pero fue inútil porque terminó capotando.

         Ya en 1854, al poner en marcha el tramo Gijón-Madrid, quedó muy claro que aquella novedad del ferrocarril iba a arrasar como medio de transporte, por comodidad y la duración del viaje. El dato es demoledor: el tiempo invertido por el tren entre la ciudad asturiana y la capital de España era de 22 horas, contra las 70 (repito: setenta) que tardaba la Diligencia de Postas, o coche tirado por caballos, medio tradicional de transporte hasta entonces.

         Y fue así, como los caballos de vapor sobre caminos de hierro, sustituyeron a los de cascos herrados y crines al viento por caminos polvorientos o embarrados. Moría un romanticismo y nacía otro.

          Los carriles pasaron a formar parte del paisaje urbano avilesino, tanto que en 1893 se puso en marcha un tranvía de vapor (La Chocolatera) entre Avilés y Salinas, otro de mercancías entre Salinas y Arnao y en 1921 un tranvía eléctrico que comunicaba Villalegre con Piedras Blancas cruzando las principales calles de Avilés; aparte del popularmente conocido como ‘Carreño’ hoy FEVE. Son episodios aparte.

         Pero lo que entonces fue progreso, hoy pasa por retroceso. Porque con el trazado ferroviario Avilés le perdió la cara a la ría, que es la madre de su puerto, siendo éste el padre de una villa histórica de muchos perendengues y que entonces perdió su fachada marítima.

         Además se ha multiplicado el tráfico urbano hasta niveles abusivos. Por lo que, para seguir progresando, es necesario trasladar o enterrar, los caminos de hierro. Y los otros.

         Va a tener razón el intelectual londinense Henry H. Ellis cuando dice que lo que llamamos progreso es el cambio de un inconveniente por otro. Y es que los ingleses… ¡pero que demonios! ¡Si hasta inventaron el tren!

Ver Post >
Del Ribero medieval a la calle de Rivero
img
Alberto del Río Legazpi | 31-07-2016 | 22:17| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/04/12 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

            En el siglo XVII el Concejo (o Ayuntamiento) de Avilés decidió –dada la estrechez con la que se vivía en el recinto medieval– extender la ciudad fuera de las murallas hacia el sur, que eran  terrenos libres de mar y marismas.  

             Y así brotó una plaza, en principio triangular (El Parche, como se ve, ya nació con vocación de parche), con un palacio en cada vértice: el Ferrera, el municipal y el de García Pumarino (también conocido como de Llano-Ponte). Y dos vías porticadas tan célebres como celebradas: Rivero y Galiana.                    

Rivero es la única calle, de entre las clásicas, de la historia avilesina que nunca ha cambiado de nombre. Si acaso mudó la b por una v, obra parece que de algún escribano que iba por libre. El caso es que a Rivero le caparon la b. Como Abillés, que con el tiempo terminó llamándose Avilés.

(Fotos de Félix Gómez)

          Es muy antigua la existencia del Ribero que así figura en el Libro de Acuerdos del Ayuntamiento de Avilés de 6 enero de 1485 «Reunidos en Ribero, arrabal de la villa de Avilés». Un núcleo de población que fue formándose en el camino que llevaba a la capital de Asturias y que también era Camino de Santiago. Por tanto era de cajón que allí se edificara –en 1515– un gran Hospital de Peregrinos, costeado por el enigmático Pedro Solís (que ya tuvo su episodio). El albergue era un complejo con capilla y cementerio, que vino inmisericordemente a morir, a golpe de piqueta, en el verano de 1948.                    

            La denominación ribero corresponde a un vallado que se hizo en la zona para contener el agua que bajaba –demasiado generosamente– por los prados del [hoy parque público] Ferrera, inundando frecuentemente casas y caminos del arrabal.                    

            Por el agua también tuvo molinos e incluso un Molinón que –eso sí– nunca fue del Sporting de Gijón.

            Cosa histórica, no la de El Molinón, sino la de las humedades de esta tradicional calle, porque aún hoy en día siempre que llueve de más uno de los primeros lugares de Avilés que lo paga con inundación es el tramo final de la calle Rivero.                    

            Decididamente los vecinos no necesitan ‘ir a pasar el agua’, les viene de siempre. Por tanto parece lógico que el emblema de la calle sea una fuente, la famosa de los Caños de Rivero (1815), emplazada en un espacio semicircular con bancos de piedra, donde antiguamente se ubicó un lavadero público.                    

            Un cuadro costumbrista que se complementa con la capilla del Santo Cristo de Rivero y San Pedro (“San Pedrín” para los fans) un antiguo humilladero que existía aquí desde hace siglos y luego transformado en ermita sujeta a reparaciones sucesivas.                    

            El arrabal del Ribero se ordenó como rúa en aquel siglo XVII, del que hablaba al principio, y se fue enriqueciendo en edificios, siendo hoy la calle peatonal más larga -casi medio kilómetro- y transitada de la villa.                         Comienza en su costado izquierdo con un palacio barroco (hasta hace poco cine ‘Marta y María’ que el tiempo se llevó) que tiene, casi enfrente, una botica y termina en una elegante casa en cuyo bajo domicilia otra farmacia. Una muestra más, por si no había suficientes, del llamado ‘Barroco Boticario de Avilés’ donde las mansiones se asocian a las boticas. Curioso y singular estilo artístico que, ya me contarán a mí, en que otro sitio del mundo se da.                    

            El palacio lo mandó construir el gozoniego Rodrigo García Pumarino, en 1700 recién venido del Perú. Pero al poco de su muerte lo intercambiarían sus herederos por la casa [número 20 de la actual calle de La Estación] que en Sabugo tenía la familia Llano-Ponte. Intercambio desigual que se explica sabiendo que uno de los herederos de Pumarino era cura y otro de los Llano Ponte obispo.                    

            Y fue este obispo de Oviedo, Juan Llano-Ponte, en 1795, quien costeó el alcantarillado (agua va, otra vez) de ese tramo de Rivero suprimiendo –de paso y como el que no quiere la cosa– algunos soportales que impedían el tránsito de su carruaje.                    

            Rivero es de tramos largos y soportalados, con vecinos muy orgullosos de su calle. Y razón llevan porque es un encanto contado en libros y cantado en escenarios.                    

            Contada por escritores como Armando Palacio Valdés (1853-1938) que de niño vivió en Rivero. Cantada, por ejemplo, en la zarzuela ‘La pícara molinera’ (1928), donde el estribillo más conocido –sacado del cancionero tradicional asturiano– dice «calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailes de San Francisco». Desde 1921 y hasta 1960 también la atravesó, de cabo a rabo, el tranvía eléctrico; actualmente es calle peatonal que sigue conservando casi 200 metros de soportales.

            Y aún quedan más casos de cosas y casas que contar en este Rivero de hoy, que ayer fue del Rivero y anteayer del Ribero.          

Ver Post >
El prodigio de un santo inglés con dos iglesias en Avilés
img
Alberto del Río Legazpi | 24-07-2016 | 17:31| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 30/10/11 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

            Todos nacemos originales y morimos copias, decía Gustav Jung que además de psiquiatra era suizo. 

            Avilés, no entraba en sus teorías, pero si lo hizo en las del destino. No es que haya roto el molde, pero esta villa es lugar de curiosas y abundantes originalidades –generalmente desconocidas– que la singularizan. A ver si nos creemos, de vez en cuando, que estamos viviendo en una ciudad bastante más que notable.

Richard Burton encarnando a Santo Tomás de Cantorbery

            Hay unas cuantas extrañezas. Citaré algunas, justo ahora, cuando vivimos tiempos en los que el personal se ha entregado al gusto por el disgusto de ver acercarse  ese desastre que puede suponer la paralización –de forma morrocotudamente estúpida– del Niemeyer y por tanto de la universalidad que este centro cultural le estaba empezando a procurar a Avilés. Un hecho que constituiría un agravio y un daño, a ciudad y ciudadanos, de gran magnitud. Si tal cosa ocurre vaticino que la Historia no absolverá algo tan retorcido.

            Pero esta es originalidad miserable y yo las quiero alegres o en todo caso chocantes como la del inglés Santo Tomás de Canterbury. De cine.

            El hecho está localizado en el hoy barrio de Sabugo, cuyo centro urbano está situado en un pequeño cerro donde antaño la población se repartía entre unos que vivían de ir a la mar (pescadores) y otros (vendedoras de pescado y artesanos) de lo que de la mar venía.

            Sabugo fue un lugar batallador de arpones, remos y redes. Y también de nacimiento de escritores malditos, como el gran Bances Candamo triunfante en Madrid y muerto en extrañas circunstancias ejerciendo como juez inquisidor en Lezuza. Aquí también nació Rafael Suárez Solís triunfante como periodista, novelista y autor teatral en Cuba y desconocido aquí; cosa que también ocurre con otro sabuguero, el compositor musical Ramón de Garay, hilvanando sinfonías en Jaén donde el Conservatorio local lleva su nombre.

            Pero a mi lo que más me sigue llamando la atención es lo del santo inglés. Dice el refrán que ‘Una y no más santo Tomás’ y resulta que Avilés se enfrenta al refranero porque el santo en cuestión tiene dos iglesias en la ciudad.

Iglesia nueva Sabugo

             Santo Tomás de Canterbury fue en vida el arzobispo Thomas Becket, amigo personal del rey Enrique II de Inglaterra que terminó cargándoselo por no doblegarse al poder real, lo que elevó a los altares al prelado.

            La rebeldía de Becket se convirtió en santo y seña que recorrió Europa. Una marea religiosa que llegó a Avilés, como gran puerto de mar que era, abierto a mercaderías pero con rendijas para filosofías. Y en el vecino pueblo (otros le decían arrabal) de Sabugo se le consagró -en el siglo XIII- una iglesia, que es hoy el monumento medieval mejor conservado de la ciudad.

            Al santo lo reencarnó, en el cine, Richard Burton, excelente actor inglés aunque más famoso por marido de  Elizabeth Taylor y por el whisky escocés que libaba, cosa que compartía con el estirado actor irlandés Peter O’Toole, un zurdo al que intentaron en el colegio corregirle ese ‘defecto’ a golpe de vara de avellano (ser de izquierdas siempre fue muy duro). Los dos protagonizaron, en 1964, ‘Becket’, una película basada en un texto teatral de Jean Anouilh, donde se narra la vida del santo de la ciudad de Canterbury que aquí se castellaniza en Cantorbery y también en Cantuaria.

iglesia vieja de Sabugo

            Películas aparte, la iglesia medieval (Sabugo vieja) se quedó pequeña con el tiempo por lo que en 1903 se construyó otra, de porte catedralicio (Sabugo nueva), consagrada también a Santo Tomás de Canterbury. Caso único en el mundo, créanme.

            Dos iglesias para un mismo santo -e inglés para más inri- parece milagroso pero nunca ha de servir como presunción de que en Avilés producimos más historia de la que podemos consumir.

            Para presunción la de otro británico, el ‘rolling stone’ Mick Jagger, cuando dijo, aquello de: ‘¡Qué solo se está en la cumbre!’ y un periodista le respondió: ‘Pues ven hombre, desciende, y ya verás lo apretados que estamos aquí abajo’.

            Y apretada y seria está la Historia en Avilés, pero tiene sus puntos de alboroto y descosido que le dan gracia.

Ver Post >
La Ría es la razón de ser de Avilés
img
Alberto del Río Legazpi | 17-07-2016 | 16:45| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 26/11/11 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluido en este blog)

            La de Avilés es Ría mayúscula.

            No como las formadas por pequeños ríos que sumando caudales terminan acoplándose y poniendo rumbo hacia la mar. Aunque con las rías nunca se está seguro de si es el agua dulce la que se sale al mar o  la salada la que penetra en la dulce.

            Pero salvados estos conceptos erótico-geográficos, se llega directamente a la conclusión de que el estuario local es diferente porque la circunstancia avilesina impone categorías y añade valores.

            Por si esto fuera poco, la endiablada geología submarina local forma al poco de desembocar en el Océano Atlántico  el ‘Cañón de Avilés’, uno de los mayores del mundo. Se inicia en los Picos de Europa, se embarca luego en placas tectónicas en la Ría avilesina y se abisma en alta mar, a menos de 15 kilómetros del faro de Avilés, también conocido como el de San Juan.

            En el Museo Marítimo de Asturias, en Luanco, se expone una maqueta donde se describe esta artillería descomunal que lleva el nombre de Avilés por todas las cartas marinas del mundo.

            Hoy, la barra de la Ría está adelgazada por la ingeniería naval. Pero se supone que, en tiempos de Maricastaña, aquel delta era tan ancho como para estar limitado entre lo que hoy es el faro de Avilés y el peñón de Raíces. Entre ambos el mar batía un paisaje ‘dunar’.

           La Ría es sitio único donde brotan lugares singulares y mágicas leyendas. Algunas dicen que Avilés (situada en la margen izquierda) fue la antigua Zoela y que en la península de Nieva (margen derecha) estaba ubicada la población de Noega. Un asunto que se hunde en una noche de tiempos remotos, al igual que el de la ciudad submarina Argenteola naufragada, según la leyenda, en la parte central del estuario.

            También es Ría milagrosa en la que aparecen y desaparecen islas, como la teórica de la Innovación que está por venir al mundo o como aquella de San Balandrán que fue merendada por una draga (dragón mecánico) en los años cuarenta del pasado siglo XX.

            Luego están los sitios veraces como La Peña del Caballo, una roca de curioso perfil equino y, haciendo un giro de casi noventa grados, la Curva de Pachico, en el increíble pueblo de San Juan de Nieva partido en dos por la mismísima Ría y troceado en tierra por tres municipios. Una carnicería burocrática. El colmo de lo administrativo y de lo fronterizo.

            Pocas poblaciones tienen tan incrustado lo marino en su historia como la de Avilés. En su escudo, con origen en una anécdota guerrera del siglo XIII, el protagonista principal es un barco que navegando a toda vela arremete contra una cadena tendida entre dos torres sevillanas. 

            El que no se pueda concebir Avilés sin puerto es tan cierto como que éste es producto de una Ría que, enclavada en el centro del norte atlántico español, fue bendecida por la estrategia geográfica (muy cercana a Oviedo, capital del reino de Asturias) y por el abrigo que procuraba a aquellas frágiles embarcaciones de madera. Durante siglos fue de los más importantes puertos desde el Miño al Bidasoa, de Portugal a Francia. Luego vinieron el carbón y más tarde las vacas flacas con los grandes buques del siglo XX, demasiado anchos y largos para tan fino estuario y tan cerrada Curva de Pachico, que es un episodio aparte. Y también atracaron angustiosas crisis siderúrgicas. Pero seguimos navegando.

            Porque hoy Avilés no está «panza arriba con los pies en el agua», como narraba, en ‘También se muere el mar’ el escritor avilesino Fernando Morán que también fue el ministro que metió a España en Europa. La ciudad renació y en gran parte debido a su Ría que, por unas y otras cosas, le sigue procurando torrentes de modernidad de todo tipo. Complejos de nuevas tecnologías, o culturales como el Niemeyer, están amarrados en su margen derecha. Y en la izquierda sigue atracado, desde hace siglos, uno de los cascos históricos más destacados del norte de España.

           La Ría es nuestra fachada marítima, esa que tanto nos está costando reconquistar al llevar más de cien años separada de la ciudad por lo que en su día fue progreso y hoy es un enjambre desordenado de vías ferroviarias y carreteras cargadas de tráfico hasta los topes.

            Pero llegará el día en que casco histórico y estuario se reconcilien. A la espera de tan histórico momento, no hay duda de  que la Ría–respecto a la villa de Avilés– es la madre que la parió.

            Y aquí paz y luego gloria.

Ver Post >
Cuando Avilés puso una pica en Flandes
img
Alberto del Río Legazpi | 11-07-2016 | 17:41| 0

Laura González (IU), Fernando Morán (PSOE) y Alonso Puerta (IU) eurodiputados en el Parlamento Europeo nacieron en Avilés y coincidieron, en la misma legislatura, en Bruselas.

          Durante el siglo XIX Avilés fue lugar de inmigración de ciudadanos belgas que, generalmente, trajeron a la villa modernidad industrial. Es el caso de los primeros técnicos de la Real Compañía Asturiana de Minas encabezados por Adolphe de Soignie, personaje que merece episodio aparte. De Bélgica también llegaron un buen número de ‘manchoneros’ o técnicos de soplado de vidrio, a trabajar a las vidrieras de Avilés (ver ‘Avilés de cristal’ en LA VOZ DE AVILÉS del 19 de abril de 2015).

          Años más tarde, a finales del siglo XX, las tornas cambiaron y unos avilesinos que, elegidos por los ciudadanos españoles se habían ido a Bélgica, consiguieron para Avilés la marca de ser la primera ciudad de Europa (menor de 100.000 habitantes) que tuvo tres eurodiputados en la misma legislatura (1994–1999) del parlamento de la Unión Europea, uno de los organismos legisladores más poderosos del mundo.

          Esas tres personas son, Laura González, Fernando Morán y Alonso Puerta, nacidos en Avilés y residentes entre 1994 y 1999 en Bruselas, centro de gravedad político y legislativo de Europa. 

Aparte de la curiosidad del record que supone este hecho, tendremos que reconocer, sin duda alguna, que esta singularidad aúpa Avilés como cuna de políticos de ámbito internacional. Lo mires por donde quieras.

          Trazo una breve semblanza de los tres protagonistas de esta historia, empezando por Laura González Álvarez, persona muy popular en Avilés donde nació el 9 de julio de 1941. Trabajadora del Hospital San Agustín, siendo militante del Partido Comunista de España (PCE) fue elegida concejala, dentro de las listas de esta formación, en el Ayuntamiento avilesino desde 1979 hasta 1987. Más tarde siguió una notable carrera política que comenzó al ser elegida diputada en la Junta General del Principado de Asturias, dentro de la candidatura de Izquierda Unida (en la que  se había integrado el PCE), llegando a presidir la Junta entre 1991 y 1993. Al año siguiente fue elegida diputada al Parlamento Europeo, donde coincidió con sus paisanos Fernando Morán y Alonso Puerta. En 2003 ocupó la Consejería de Vivienda y Bienestar Social en el Gobierno de Asturias, entonces formado por la coalición PSOE–Izquierda Unida y presidido por Vicente Álvarez Areces. Actualmente, alejada de cargos políticos –que no de la política como sabe cualquiera que la conozca– Laura González tiene su domicilio en San Martín de Laspra.

          En abril pasado escribía Jaume Collell en el diario LA VANGUARDIA de Barcelona y refiriéndose a Fernando Morán, que «Ahora que Europa se balancea en la incertidumbre conviene recordar al ministro español que en 1985 contribuyó a abrir las puertas para que este país entrara en lo que entonces se conocía como Comunidad Económica Europea».

          Nació el 25 de marzo de 1926 en Avilés, donde pasó niñez y juventud. En Madrid cursó la carrera de Derecho e ingresó en la Escuela Diplomática. Como diplomático tuvo un largo peregrinar que le lleva a vivir en Argentina, Sudáfrica, Portugal, Inglaterra y Estados Unidos (ver en LA VOZ DE AVILÉS del 3 de julio de 2011 el episodio ‘Fernando Morán un intelectual metido en política’)

Laura González y Alonso Puerta en la calle avilesina de Fernando Morán.

          Fernando Moran López fue senador socialista a la llegada de la democracia y más tarde con Felipe González, como Presidente del Gobierno, fue ministro de Asuntos Exteriores entre 1982 y 1985. Durante su mandato finalizó las negociaciones con la Comunidad Económica Europea y el 12 de junio de 1985 firmó el protocolo histórico de adhesión a dicho organismo junto con el Rey de España, Juan Carlos I, y Felipe González.

          Al cesar como ministro fue nombrado embajador de España en la ONU. A su regreso de Nueva York encabezó la candidatura del PSOE en las primeras elecciones (año 1987) al Parlamento Europeo siendo elegido eurodiputado y repitiendo en 1989 y 1994. Fue en esta última legislatura cuando coincidió, en Bruselas y Estrasburgo, con los otros dos eurodiputados avilesinos, Laura González y Alonso Puerta. En 1999, de regreso a España encabezó la candidatura socialista a la Alcaldía de Madrid que ganaría el candidato del PP, Álvarez del Manzano.

          Escritor de numerosos artículos y trabajos sobre diversos temas también ha publicado catorce libros. Ya no viene por Avilés pues su delicada salud lo retiene en Madrid.

          Quien sigue viniendo es Alonso Puerta Gutiérrez, aquí nacido el 24 de marzo de 1944 y estudiante del Colegio San Fernando. En Madrid obtuvo el título de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Al igual que los dos anteriores también había militado, en la clandestinidad, en formaciones políticas de izquierdas. Luego fue secretario general de la Federación Socialista Madrileña y diputado en el Congreso por el PSOE, así como concejal y portavoz del grupo socialista en la Corporación madrileña presidida por Enrique Tierno Galván.

          En 1981, siendo vicealcalde de Madrid, entró en conflicto con su partido al oponerse a la adjudicación irregular de contratas. Una actitud que para muchos sigue siendo hoy, 35 años después, un ejemplo de comportamiento de un cargo público en el ejercicio del poder. Alonso Puerta es un episodio aparte.

          Posteriormente, en 1982, ingresó en el Partido de Acción Socialista (PASOC) llegando a ser elegido secretario general y llevó a su nuevo partido a participar, en 1986, en la fundación de Izquierda Unida donde fue miembro de la Presidencia Federal. Y en esa formación fue elegido eurodiputado desde1987 a1999, coincidiendo en 1994 con Laura González y Fernando Moran. Llegó a ser vicepresidente del Parlamento Europeo. Actualmente preside, en Madrid, la Fundación ‘Indalecio Prieto’ que precisamente estos días (y hasta el 24 de julio) expone en Oviedo la muestra ‘La razón en marcha’.         

          Alonso Puerta, Fernando Morán y Laura González naciendo en la Villa del Adelantado y coincidiendo cinco años como eurodiputados en los Países Bajos consiguieron, para Avilés, poner una pica en Flandes. 

Ver Post >
Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta