El Comercio
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Historia creciente, geografía menguante
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Alberto del Río Legazpi | 20-08-2016 | 22:22| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/05/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

          En ningún tiempo de la historia avilesina su sosegada geografía ha sido tan cambiante como en el actual. Aquí van dos ejemplos.

          En 1950, el Estado español creaba la Empresa Nacional Siderúrgica Sociedad Anónima (o sea ENSIDESA), para abastecer a España de acero, instalándola mayormente en la margen derecha de la ría de Avilés.

El paisaje que definió una época histórica de Avilés, los hornos altos de ENSIDESA. Foto tomada en los años setenta, desde una avenida de Cervantes en obras de prolongación y urbanización. A la izquierda, la casa que marca el final de la calle Rivero. Foto Archivo Fran.

          Por aquel entonces la villa asturiana contaba con cerca de 20.000 habitantes y su Ayuntamiento manejaba un presupuesto anual de 3.325.063,68 pesetas (19.984,04 euros). A partir de entonces se produjo una descomunal explosión demográfica social, económica y cultural. Un episodio aparte.

          La instalación de la gran siderúrgica –que a efectos de imagen, se resumía en aquellos cuatro hornos altos colocados en línea recta una singularidad [entonces] en la industria siderúrgica– cambió para siempre la vida de la ciudad y es sin duda el acontecimiento más importante de la historia de Avilés, aunque algunos se empeñen en borrar (mejor dicho: volar) sus más valiosas huellas.

          ENSIDESA tuvo varias décadas diferenciadas en su trayectoria. La de los años 50 fue la de su puesta en marcha, con miles de inmigrantes llegados a la villa; la de los 60 la del monopolio siderúrgico, su producción masiva y los malos humos contaminantes; la de los 70, la de malos humores, crisis mundial de energía y conflicto sindical; la de los 80, la reconversora o ‘tente mientras cobro’; la de los 90 fue la privatizadora que destruyó valiosísimas instalaciones sin orden ni concierto. Y la actual, la de hoy, la de Mittal, la de ‘Virgencita, virgencita, que me quede como estoy’. 

          Muchas cosas cambió aquella ENSIDESA. Primero descuajeringó el plácido paisaje de Avilés con sus instalaciones y cuatro décadas más tarde lo volvió a descomponer con la desaparición de las mismas, cuando ya nos habíamos acostumbrado a los hornos altos.

          Se eclipsó aquel horizonte de grandeza que definía (a la vez que acoquinaba, la verdad sea dicha) a la ciudad. Nos esfumaron el gótico industrial, o sea aquellos cuatro hornos altos –bautizados con nombres femeninos como manda la tradición siderúrgica– que tanto afumaron pulmones y tiñeron de gris polvoriento la histórica villa reconvertida en afamada capital industrial europea.

          Y fue así como de ‘Horizontes de grandeza’ pasamos a ‘Horizontes perdidos’. De película.

El sorprendente y espectacular paisaje surgido en 2007, originado por el derribo de una vieja manzana de edificios, entre las calles Rui-Pérez y Pedro Menéndez. Foto Manuel Campa.

          También de cinemascope –y de miles de fotos– fue lo que ocurrió en 2003, cuando en pleno centro de la villa, se produjo un repentino y milagroso nacimiento paisajístico. Fue en el barrio de Sabugo, que ni es puñetero y donde no huele a besugo ni a suelas de zapatero, como se empeña en cantar la copla. Allí brotó un nuevo panorama, un lujoso horizonte, al derribar una manzana de casas, conocida como la de los Álvarez. Y nos descubrió un paisaje urbano esplendoroso.

          Pero lo singular suele ser efímero y la exhibición estética la contemplamos contra reloj, porque iba siendo borrada a medida que ganaba altura y anchura la obra civil, que ocupó el sitio de la derribada manzana.

          Fue un prodigio histórico que observamos en vivo, pasmados y en formato 3 D. Porque vimos lo nunca visto, que abarcaba desde el recién descubierto costado derecho de la iglesia nueva de Sabugo incluidas sus torres de 47 metros de alturas, a los preciosos edificios de la calle Rui-Pérez que siempre nos había negado la estrecha perspectiva de la calle del marino. Y entre ambos costados, la cara de ese espectacular edificio modernista de principios de siglo XX de la calle La Florida.

Foto José Fernández.

          La geografía y la historia jugando a las cuatro esquinas.  Desde LA VOZ DE AVILÉS veíamos el parque del Muelle. Aquello fue algo mágico, una especie de refocile ético y estético. Y si éste desahogo urbano fue la leche, fresca, lo de aquella ENSIDESA fue la leche en polvo.

          Total que unos abaten la historia y otros le suben las faldas destapándola, fugazmente eso sí, que no conviene excitarse. No están los tiempos para calenturas, que la cosa está que arde, con Bolsas, Montoros y mercados echando humo.

          ¿El último que apague la luz? De eso nada. Hay mucho de caos financiero a plazo fijo y un desmedido terror mediático.

          Y en Avilés sabemos, por experiencia, que nunca llovió que no escampara. Niemeyer incluido, claro.

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La colosal calle de San Francisco, famoso plató cinematográfico
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Alberto del Río Legazpi | 13-08-2016 | 23:49| 3

(Reedición corregida del episodio publicado el 18/03/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Es una de las calles más insólitas de la ciudad asturiana, compuesta por un magistral conjunto de edificios modernistas porticados que están complementados por palacio, fuente barroca y bosque (a un costado y al pie, respectivamente) de un convento medieval. La de Dios.

            Viene del siglo XIII, cuando los franciscanos arribaron a Avilés y se instalaron en las afueras de la villa. Extramuros, construyeron su convento –bautizado San Francisco del Monte– al estar en un pequeño promontorio boscoso próximo a la puerta de la muralla conocida como de Cimadevilla y también La del Reloj, hoy calle de La Fruta.

            Consta, en el Libro de Acuerdos municipales de 1598, nombrada como La Canal porque las aguas –que abastecían Avilés desde Valparaíso– discurrían, aquí, por una canaleta a cielo abierto hacia el recinto amurallado. Siglos después fue calle General Lucuce (1903), Pablo Neruda (octubre de 1934, aunque no consta oficialmente), José A. Primo de Rivera (1938) y desde 1979 calle San Francisco.

            Es la única rúa tradicional avilesina que se mantiene porticada en toda su extensión en la acera de la derecha, la que reúne viviendas particulares. Los soportales acogen mayormente negocios hosteleros con la excepción de una tienda de ultramarinos tradicional llamada, con justicia, ‘La Colosal’ (1932). Una gozada.

            En la acera izquierda ‘solo’ hay un palacio, una fuente, un bosque y una iglesia.

            Entre los edificios números 2 y 16, los arquitectos Manuel del Busto (autor del diseño del teatro Palacio Valdés) y  Antonio Alonso Jorge (autor del de las Naves de Balsera) trazaron hace casi cien años y para admiración general, magníficos edificios donde abunda el modernismo en cantidad y calidad, sin faltar el ‘art deco’. Los soportales son de una elegancia notable y terminan, como la calle misma, adelgazados en altura y anchura, afilándose hacia un estilo tradicional para penetrar, como un pequeño puñal en Álvarez Acebal, esa plaza que te emplaza en Avilés.

            Y frente a todo este conjunto de viviendas, el más importante de la arquitectura avilesina de principios del siglo XX, están tres poderosas señales de la identidad histórica de la villa.

            Desde el lateral del palacio Ferrera de estilo barroco tempranero o renacentista tardío –que tanto me da, que me da lo mismo– hasta la fuente de San Francisco de seis caños y cuatrocientos años. O la portada principal del aquel antiguo convento, de hace ocho siglos, hoy parroquia de San Nicolás de Bari.

Woody Allen y Scarlett Johansson.

            Difícil, encontrar en cualquier ciudad, calle con tanta calidad y cantidad–histórica y constructiva- en tan escaso recorrido métrico, pues no alcanza los cien metros de longitud.

            Así que con tales prodigios no extrañe que famosos creadores cinematográficos tomen esta calle como escenario de sus películas. Citaré, como ejemplo, a dos de ellos, que además están premiados con un Oscar de Hollywood: el español José Luís Garci, rodó aquí secuencias de sus películas ‘You’re the One’ y ‘Luz de domingo’; y el norteamericano Woody Allen algunas de su filme ‘Vicky Cristina Barcelona’.

            Un plató con una milagrosa potencia icónica el de San Francisco, que no confundir con el San Francisco de California (Estados Unidos) ya que este de Avilés (España) tiene una antigüedad contrastada de cerca de mil años.

            Homérica longevidad, que diría John Ford.

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Aquel día, cuando por caminos de hierro llegó el tren a Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 06-08-2016 | 22:30| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 26/02/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

          En un verano, de finales del siglo XIX, nos llegó el invento del ferrocarril. Ocurrió el 6 de julio de 1890 y es una relevante fecha en la historia local.

         En la mañana de aquel día y sobre un camino de hierro anclado a tierra firme, nos llegó el invento: una locomotora a vapor tirando por doce vagones atiborrados de autoridades, invitados y demás familia, que fueron basculados en la elegante estación, que todavía hoy conservamos.

El recibimiento fue multitudinario y muy festejado. Las actas del Ayuntamiento reflejan que en las celebraciones se gastaron 17.749,38 pesetas. Una pasta.

         Pero la ocasión lo merecía, porque el tren y las obras de la canalización de la Ría, recién terminadas, marcaban un hito en el avance industrial avilesino.    

         En el final de aquel siglo XIX a Avilés se le vino encima una catarata de modernidad: Canalización de la Ría, nueva Dársena de San Juan de Nieva, servicio telefónico urbano, alumbrado público eléctrico (pionero en Asturias, un regalo del marqués de Pinar del Río) y la llegada del ferrocarril, propiciada por aquel político-empresario-historiador que fue el segundo marqués de Teverga.

          Adviertan como curraba, por entonces, parte de la nobleza. Para que luego digan.

          Y es que hasta el director de la obra ferroviaria fue un conde, el italiano Sizzo-Noris, ingeniero y contratista de la compañía ‘Caminos de Hierro del Norte’ a la que se le adjudicaron las obras en 2.500.000 pesetas. Iniciadas el 1 de junio de 1887, día lluvioso según escribe el marqués de Teverga, barrenando las rocas de La Consolación, por debajo de la capilla corverana y continuándose desde aquí los trabajos del ‘sembrado’ del carril, en ambas direcciones: hacia Villabona (donde enlazaba con la línea principal Gijón-Madrid) y hacia San Juan de Nieva (fin de trayecto) y adonde llegaría, para la exportación vía marítima, el carbón de las cuencas mineras.

          Tres años después, en 1890, nacía para los avilesinos un nuevo transporte terrestre que anuló al que había: la diligencia. La que circulaba entre Gijón y Avilés rebajó el precio de los billetes a los viajeros, de 4 pesetas a 3. Pero fue inútil porque terminó capotando.

         Ya en 1854, al poner en marcha el tramo Gijón-Madrid, quedó muy claro que aquella novedad del ferrocarril iba a arrasar como medio de transporte, por comodidad y la duración del viaje. El dato es demoledor: el tiempo invertido por el tren entre la ciudad asturiana y la capital de España era de 22 horas, contra las 70 (repito: setenta) que tardaba la Diligencia de Postas, o coche tirado por caballos, medio tradicional de transporte hasta entonces.

         Y fue así, como los caballos de vapor sobre caminos de hierro, sustituyeron a los de cascos herrados y crines al viento por caminos polvorientos o embarrados. Moría un romanticismo y nacía otro.

          Los carriles pasaron a formar parte del paisaje urbano avilesino, tanto que en 1893 se puso en marcha un tranvía de vapor (La Chocolatera) entre Avilés y Salinas, otro de mercancías entre Salinas y Arnao y en 1921 un tranvía eléctrico que comunicaba Villalegre con Piedras Blancas cruzando las principales calles de Avilés; aparte del popularmente conocido como ‘Carreño’ hoy FEVE. Son episodios aparte.

         Pero lo que entonces fue progreso, hoy pasa por retroceso. Porque con el trazado ferroviario Avilés le perdió la cara a la ría, que es la madre de su puerto, siendo éste el padre de una villa histórica de muchos perendengues y que entonces perdió su fachada marítima.

         Además se ha multiplicado el tráfico urbano hasta niveles abusivos. Por lo que, para seguir progresando, es necesario trasladar o enterrar, los caminos de hierro. Y los otros.

         Va a tener razón el intelectual londinense Henry H. Ellis cuando dice que lo que llamamos progreso es el cambio de un inconveniente por otro. Y es que los ingleses… ¡pero que demonios! ¡Si hasta inventaron el tren!

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Del Ribero medieval a la calle de Rivero
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Alberto del Río Legazpi | 30-07-2016 | 22:15| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/04/12 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

            En el siglo XVII el Concejo (o Ayuntamiento) de Avilés decidió –dada la estrechez con la que se vivía en el recinto medieval– extender la ciudad fuera de las murallas hacia el sur, que eran  terrenos libres de mar y marismas.  

             Y así brotó una plaza, en principio triangular (El Parche, como se ve, ya nació con vocación de parche), con un palacio en cada vértice: el Ferrera, el municipal y el de García Pumarino (también conocido como de Llano-Ponte). Y dos vías porticadas tan célebres como celebradas: Rivero y Galiana.                    

Rivero es la única calle, de entre las clásicas, de la historia avilesina que nunca ha cambiado de nombre. Si acaso mudó la b por una v, obra parece que de algún escribano que iba por libre. El caso es que a Rivero le caparon la b. Como Abillés, que con el tiempo terminó llamándose Avilés.

(Fotos de Félix Gómez)

          Es muy antigua la existencia del Ribero que así figura en el Libro de Acuerdos del Ayuntamiento de Avilés de 6 enero de 1485 «Reunidos en Ribero, arrabal de la villa de Avilés». Un núcleo de población que fue formándose en el camino que llevaba a la capital de Asturias y que también era Camino de Santiago. Por tanto era de cajón que allí se edificara –en 1515– un gran Hospital de Peregrinos, costeado por el enigmático Pedro Solís (que ya tuvo su episodio). El albergue era un complejo con capilla y cementerio, que vino inmisericordemente a morir, a golpe de piqueta, en el verano de 1948.                    

            La denominación ribero corresponde a un vallado que se hizo en la zona para contener el agua que bajaba –demasiado generosamente– por los prados del [hoy parque público] Ferrera, inundando frecuentemente casas y caminos del arrabal.                    

            Por el agua también tuvo molinos e incluso un Molinón que –eso sí– nunca fue del Sporting de Gijón.

            Cosa histórica, no la de El Molinón, sino la de las humedades de esta tradicional calle, porque aún hoy en día siempre que llueve de más uno de los primeros lugares de Avilés que lo paga con inundación es el tramo final de la calle Rivero.                    

            Decididamente los vecinos no necesitan ‘ir a pasar el agua’, les viene de siempre. Por tanto parece lógico que el emblema de la calle sea una fuente, la famosa de los Caños de Rivero (1815), emplazada en un espacio semicircular con bancos de piedra, donde antiguamente se ubicó un lavadero público.                    

            Un cuadro costumbrista que se complementa con la capilla del Santo Cristo de Rivero y San Pedro (“San Pedrín” para los fans) un antiguo humilladero que existía aquí desde hace siglos y luego transformado en ermita sujeta a reparaciones sucesivas.                    

            El arrabal del Ribero se ordenó como rúa en aquel siglo XVII, del que hablaba al principio, y se fue enriqueciendo en edificios, siendo hoy la calle peatonal más larga -casi medio kilómetro- y transitada de la villa.                         Comienza en su costado izquierdo con un palacio barroco (hasta hace poco cine ‘Marta y María’ que el tiempo se llevó) que tiene, casi enfrente, una botica y termina en una elegante casa en cuyo bajo domicilia otra farmacia. Una muestra más, por si no había suficientes, del llamado ‘Barroco Boticario de Avilés’ donde las mansiones se asocian a las boticas. Curioso y singular estilo artístico que, ya me contarán a mí, en que otro sitio del mundo se da.                    

            El palacio lo mandó construir el gozoniego Rodrigo García Pumarino, en 1700 recién venido del Perú. Pero al poco de su muerte lo intercambiarían sus herederos por la casa [número 20 de la actual calle de La Estación] que en Sabugo tenía la familia Llano-Ponte. Intercambio desigual que se explica sabiendo que uno de los herederos de Pumarino era cura y otro de los Llano Ponte obispo.                    

            Y fue este obispo de Oviedo, Juan Llano-Ponte, en 1795, quien costeó el alcantarillado (agua va, otra vez) de ese tramo de Rivero suprimiendo –de paso y como el que no quiere la cosa– algunos soportales que impedían el tránsito de su carruaje.                    

            Rivero es de tramos largos y soportalados, con vecinos muy orgullosos de su calle. Y razón llevan porque es un encanto contado en libros y cantado en escenarios.                    

            Contada por escritores como Armando Palacio Valdés (1853-1938) que de niño vivió en Rivero. Cantada, por ejemplo, en la zarzuela ‘La pícara molinera’ (1928), donde el estribillo más conocido –sacado del cancionero tradicional asturiano– dice «calle la del Rivero, calle del Cristo, la pasean los frailes de San Francisco». Desde 1921 y hasta 1960 también la atravesó, de cabo a rabo, el tranvía eléctrico; actualmente es calle peatonal que sigue conservando casi 200 metros de soportales.

            Y aún quedan más casos de cosas y casas que contar en este Rivero de hoy, que ayer fue del Rivero y anteayer del Ribero.          

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El prodigio de un santo inglés con dos iglesias en Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 23-07-2016 | 22:05| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 30/10/11 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

            Todos nacemos originales y morimos copias, decía Gustav Jung que además de psiquiatra era suizo. 

            Avilés, no entraba en sus teorías, pero si lo hizo en las del destino. No es que haya roto el molde, pero esta villa es lugar de curiosas y abundantes originalidades –generalmente desconocidas– que la singularizan. A ver si nos creemos, de vez en cuando, que estamos viviendo en una ciudad bastante más que notable.

Richard Burton encarnando a Santo Tomás de Cantorbery

            Hay unas cuantas extrañezas. Citaré algunas, justo ahora, cuando vivimos tiempos en los que el personal se ha entregado al gusto por el disgusto de ver acercarse  ese desastre que puede suponer la paralización –de forma morrocotudamente estúpida– del Niemeyer y por tanto de la universalidad que este centro cultural le estaba empezando a procurar a Avilés. Un hecho que constituiría un agravio y un daño, a ciudad y ciudadanos, de gran magnitud. Si tal cosa ocurre vaticino que la Historia no absolverá algo tan retorcido.

            Pero esta es originalidad miserable y yo las quiero alegres o en todo caso chocantes como la del inglés Santo Tomás de Canterbury. De cine.

            El hecho está localizado en el hoy barrio de Sabugo, cuyo centro urbano está situado en un pequeño cerro donde antaño la población se repartía entre unos que vivían de ir a la mar (pescadores) y otros (vendedoras de pescado y artesanos) de lo que de la mar venía.

            Sabugo fue un lugar batallador de arpones, remos y redes. Y también de nacimiento de escritores malditos, como el gran Bances Candamo triunfante en Madrid y muerto en extrañas circunstancias ejerciendo como juez inquisidor en Lezuza. Aquí también nació Rafael Suárez Solís triunfante como periodista, novelista y autor teatral en Cuba y desconocido aquí; cosa que también ocurre con otro sabuguero, el compositor musical Ramón de Garay, hilvanando sinfonías en Jaén donde el Conservatorio local lleva su nombre.

            Pero a mi lo que más me sigue llamando la atención es lo del santo inglés. Dice el refrán que ‘Una y no más santo Tomás’ y resulta que Avilés se enfrenta al refranero porque el santo en cuestión tiene dos iglesias en la ciudad.

Iglesia nueva Sabugo

             Santo Tomás de Canterbury fue en vida el arzobispo Thomas Becket, amigo personal del rey Enrique II de Inglaterra que terminó cargándoselo por no doblegarse al poder real, lo que elevó a los altares al prelado.

            La rebeldía de Becket se convirtió en santo y seña que recorrió Europa. Una marea religiosa que llegó a Avilés, como gran puerto de mar que era, abierto a mercaderías pero con rendijas para filosofías. Y en el vecino pueblo (otros le decían arrabal) de Sabugo se le consagró -en el siglo XIII- una iglesia, que es hoy el monumento medieval mejor conservado de la ciudad.

            Al santo lo reencarnó, en el cine, Richard Burton, excelente actor inglés aunque más famoso por marido de  Elizabeth Taylor y por el whisky escocés que libaba, cosa que compartía con el estirado actor irlandés Peter O’Toole, un zurdo al que intentaron en el colegio corregirle ese ‘defecto’ a golpe de vara de avellano (ser de izquierdas siempre fue muy duro). Los dos protagonizaron, en 1964, ‘Becket’, una película basada en un texto teatral de Jean Anouilh, donde se narra la vida del santo de la ciudad de Canterbury que aquí se castellaniza en Cantorbery y también en Cantuaria.

iglesia vieja de Sabugo

            Películas aparte, la iglesia medieval (Sabugo vieja) se quedó pequeña con el tiempo por lo que en 1903 se construyó otra, de porte catedralicio (Sabugo nueva), consagrada también a Santo Tomás de Canterbury. Caso único en el mundo, créanme.

            Dos iglesias para un mismo santo -e inglés para más inri- parece milagroso pero nunca ha de servir como presunción de que en Avilés producimos más historia de la que podemos consumir.

            Para presunción la de otro británico, el ‘rolling stone’ Mick Jagger, cuando dijo, aquello de: ‘¡Qué solo se está en la cumbre!’ y un periodista le respondió: ‘Pues ven hombre, desciende, y ya verás lo apretados que estamos aquí abajo’.

            Y apretada y seria está la Historia en Avilés, pero tiene sus puntos de alboroto y descosido que le dan gracia.

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La Ría es la razón de ser de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 17-07-2016 | 00:21| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 26/11/11 en LA VOZ DE AVILÉS y no incluido en este blog)

            La de Avilés es Ría mayúscula.

            No como las formadas por pequeños ríos que sumando caudales terminan acoplándose y poniendo rumbo hacia la mar. Aunque con las rías nunca se está seguro de si es el agua dulce la que se sale al mar o  la salada la que penetra en la dulce.

            Pero salvados estos conceptos erótico-geográficos, se llega directamente a la conclusión de que el estuario local es diferente porque la circunstancia avilesina impone categorías y añade valores.

            Por si esto fuera poco, la endiablada geología submarina local forma al poco de desembocar en el Océano Atlántico  el ‘Cañón de Avilés’, uno de los mayores del mundo. Se inicia en los Picos de Europa, se embarca luego en placas tectónicas en la Ría avilesina y se abisma en alta mar, a menos de 15 kilómetros del faro de Avilés, también conocido como el de San Juan.

            En el Museo Marítimo de Asturias, en Luanco, se expone una maqueta donde se describe esta artillería descomunal que lleva el nombre de Avilés por todas las cartas marinas del mundo.

            Hoy, la barra de la Ría está adelgazada por la ingeniería naval. Pero se supone que, en tiempos de Maricastaña, aquel delta era tan ancho como para estar limitado entre lo que hoy es el faro de Avilés y el peñón de Raíces. Entre ambos el mar batía un paisaje ‘dunar’.

           La Ría es sitio único donde brotan lugares singulares y mágicas leyendas. Algunas dicen que Avilés (situada en la margen izquierda) fue la antigua Zoela y que en la península de Nieva (margen derecha) estaba ubicada la población de Noega. Un asunto que se hunde en una noche de tiempos remotos, al igual que el de la ciudad submarina Argenteola naufragada, según la leyenda, en la parte central del estuario.

            También es Ría milagrosa en la que aparecen y desaparecen islas, como la teórica de la Innovación que está por venir al mundo o como aquella de San Balandrán que fue merendada por una draga (dragón mecánico) en los años cuarenta del pasado siglo XX.

            Luego están los sitios veraces como La Peña del Caballo, una roca de curioso perfil equino y, haciendo un giro de casi noventa grados, la Curva de Pachico, en el increíble pueblo de San Juan de Nieva partido en dos por la mismísima Ría y troceado en tierra por tres municipios. Una carnicería burocrática. El colmo de lo administrativo y de lo fronterizo.

            Pocas poblaciones tienen tan incrustado lo marino en su historia como la de Avilés. En su escudo, con origen en una anécdota guerrera del siglo XIII, el protagonista principal es un barco que navegando a toda vela arremete contra una cadena tendida entre dos torres sevillanas. 

            El que no se pueda concebir Avilés sin puerto es tan cierto como que éste es producto de una Ría que, enclavada en el centro del norte atlántico español, fue bendecida por la estrategia geográfica (muy cercana a Oviedo, capital del reino de Asturias) y por el abrigo que procuraba a aquellas frágiles embarcaciones de madera. Durante siglos fue de los más importantes puertos desde el Miño al Bidasoa, de Portugal a Francia. Luego vinieron el carbón y más tarde las vacas flacas con los grandes buques del siglo XX, demasiado anchos y largos para tan fino estuario y tan cerrada Curva de Pachico, que es un episodio aparte. Y también atracaron angustiosas crisis siderúrgicas. Pero seguimos navegando.

            Porque hoy Avilés no está «panza arriba con los pies en el agua», como narraba, en ‘También se muere el mar’ el escritor avilesino Fernando Morán que también fue el ministro que metió a España en Europa. La ciudad renació y en gran parte debido a su Ría que, por unas y otras cosas, le sigue procurando torrentes de modernidad de todo tipo. Complejos de nuevas tecnologías, o culturales como el Niemeyer, están amarrados en su margen derecha. Y en la izquierda sigue atracado, desde hace siglos, uno de los cascos históricos más destacados del norte de España.

           La Ría es nuestra fachada marítima, esa que tanto nos está costando reconquistar al llevar más de cien años separada de la ciudad por lo que en su día fue progreso y hoy es un enjambre desordenado de vías ferroviarias y carreteras cargadas de tráfico hasta los topes.

            Pero llegará el día en que casco histórico y estuario se reconcilien. A la espera de tan histórico momento, no hay duda de  que la Ría–respecto a la villa de Avilés– es la madre que la parió.

            Y aquí paz y luego gloria.

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Cuando Avilés puso una pica en Flandes
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Alberto del Río Legazpi | 10-07-2016 | 09:42| 0

Laura González (IU), Fernando Morán (PSOE) y Alonso Puerta (IU) eurodiputados en el Parlamento Europeo nacieron en Avilés y coincidieron, en la misma legislatura, en Bruselas.

          Durante el siglo XIX Avilés fue lugar de inmigración de ciudadanos belgas que, generalmente, trajeron a la villa modernidad industrial. Es el caso de los primeros técnicos de la Real Compañía Asturiana de Minas encabezados por Adolphe de Soignie, personaje que merece episodio aparte. De Bélgica también llegaron un buen número de ‘manchoneros’ o técnicos de soplado de vidrio, a trabajar a las vidrieras de Avilés (ver ‘Avilés de cristal’ en LA VOZ DE AVILÉS del 19 de abril de 2015).

          Años más tarde, a finales del siglo XX, las tornas cambiaron y unos avilesinos que, elegidos por los ciudadanos españoles se habían ido a Bélgica, consiguieron para Avilés la marca de ser la primera ciudad de Europa (menor de 100.000 habitantes) que tuvo tres eurodiputados en la misma legislatura (1994–1999) del parlamento de la Unión Europea, uno de los organismos legisladores más poderosos del mundo.

          Esas tres personas son, Laura González, Fernando Morán y Alonso Puerta, nacidos en Avilés y residentes entre 1994 y 1999 en Bruselas, centro de gravedad político y legislativo de Europa. 

Aparte de la curiosidad del record que supone este hecho, tendremos que reconocer, sin duda alguna, que esta singularidad aúpa Avilés como cuna de políticos de ámbito internacional. Lo mires por donde quieras.

          Trazo una breve semblanza de los tres protagonistas de esta historia, empezando por Laura González Álvarez, persona muy popular en Avilés donde nació el 9 de julio de 1941. Trabajadora del Hospital San Agustín, siendo militante del Partido Comunista de España (PCE) fue elegida concejala, dentro de las listas de esta formación, en el Ayuntamiento avilesino desde 1979 hasta 1987. Más tarde siguió una notable carrera política que comenzó al ser elegida diputada en la Junta General del Principado de Asturias, dentro de la candidatura de Izquierda Unida (en la que  se había integrado el PCE), llegando a presidir la Junta entre 1991 y 1993. Al año siguiente fue elegida diputada al Parlamento Europeo, donde coincidió con sus paisanos Fernando Morán y Alonso Puerta. En 2003 ocupó la Consejería de Vivienda y Bienestar Social en el Gobierno de Asturias, entonces formado por la coalición PSOE–Izquierda Unida y presidido por Vicente Álvarez Areces. Actualmente, alejada de cargos políticos –que no de la política como sabe cualquiera que la conozca– Laura González tiene su domicilio en San Martín de Laspra.

          En abril pasado escribía Jaume Collell en el diario LA VANGUARDIA de Barcelona y refiriéndose a Fernando Morán, que «Ahora que Europa se balancea en la incertidumbre conviene recordar al ministro español que en 1985 contribuyó a abrir las puertas para que este país entrara en lo que entonces se conocía como Comunidad Económica Europea».

          Nació el 25 de marzo de 1926 en Avilés, donde pasó niñez y juventud. En Madrid cursó la carrera de Derecho e ingresó en la Escuela Diplomática. Como diplomático tuvo un largo peregrinar que le lleva a vivir en Argentina, Sudáfrica, Portugal, Inglaterra y Estados Unidos (ver en LA VOZ DE AVILÉS del 3 de julio de 2011 el episodio ‘Fernando Morán un intelectual metido en política’)

Laura González y Alonso Puerta en la calle avilesina de Fernando Morán.

          Fernando Moran López fue senador socialista a la llegada de la democracia y más tarde con Felipe González, como Presidente del Gobierno, fue ministro de Asuntos Exteriores entre 1982 y 1985. Durante su mandato finalizó las negociaciones con la Comunidad Económica Europea y el 12 de junio de 1985 firmó el protocolo histórico de adhesión a dicho organismo junto con el Rey de España, Juan Carlos I, y Felipe González.

          Al cesar como ministro fue nombrado embajador de España en la ONU. A su regreso de Nueva York encabezó la candidatura del PSOE en las primeras elecciones (año 1987) al Parlamento Europeo siendo elegido eurodiputado y repitiendo en 1989 y 1994. Fue en esta última legislatura cuando coincidió, en Bruselas y Estrasburgo, con los otros dos eurodiputados avilesinos, Laura González y Alonso Puerta. En 1999, de regreso a España encabezó la candidatura socialista a la Alcaldía de Madrid que ganaría el candidato del PP, Álvarez del Manzano.

          Escritor de numerosos artículos y trabajos sobre diversos temas también ha publicado catorce libros. Ya no viene por Avilés pues su delicada salud lo retiene en Madrid.

          Quien sigue viniendo es Alonso Puerta Gutiérrez, aquí nacido el 24 de marzo de 1944 y estudiante del Colegio San Fernando. En Madrid obtuvo el título de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Al igual que los dos anteriores también había militado, en la clandestinidad, en formaciones políticas de izquierdas. Luego fue secretario general de la Federación Socialista Madrileña y diputado en el Congreso por el PSOE, así como concejal y portavoz del grupo socialista en la Corporación madrileña presidida por Enrique Tierno Galván.

          En 1981, siendo vicealcalde de Madrid, entró en conflicto con su partido al oponerse a la adjudicación irregular de contratas. Una actitud que para muchos sigue siendo hoy, 35 años después, un ejemplo de comportamiento de un cargo público en el ejercicio del poder. Alonso Puerta es un episodio aparte.

          Posteriormente, en 1982, ingresó en el Partido de Acción Socialista (PASOC) llegando a ser elegido secretario general y llevó a su nuevo partido a participar, en 1986, en la fundación de Izquierda Unida donde fue miembro de la Presidencia Federal. Y en esa formación fue elegido eurodiputado desde1987 a1999, coincidiendo en 1994 con Laura González y Fernando Moran. Llegó a ser vicepresidente del Parlamento Europeo. Actualmente preside, en Madrid, la Fundación ‘Indalecio Prieto’ que precisamente estos días (y hasta el 24 de julio) expone en Oviedo la muestra ‘La razón en marcha’.         

          Alonso Puerta, Fernando Morán y Laura González naciendo en la Villa del Adelantado y coincidiendo cinco años como eurodiputados en los Países Bajos consiguieron, para Avilés, poner una pica en Flandes. 

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Poblado de Llaranes, admiración urbanística
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Alberto del Río Legazpi | 03-07-2016 | 09:12| 0

El establecimiento de la gran siderúrgica Ensidesa en Avilés, generó  multitud de efectos industriales y también sociales como es el caso del Poblado de Llaranes.

          A la hora de escribir sobre Llaranes recuerdo una frase de José Luis García Martín: «El avilesino vive o trabaja en Avilés y ha nacido en cualquier parte, incluso en Avilés».

          A partir de 1954 muchos avilesinos, como los que señala el poeta, establecieron su domicilio (facilitado por la empresa) en un nuevo poblado construido en una de las zonas más antiguas, históricamente hablando, de la ciudad. O sea Llaranes (ver ‘El asombroso Llaranes por tierra, mar y aire’).

Año 1955. Llaranes en primer plano, Avilés al fondo.

          Allí, al lado de la población tradicional y de lo que queda de su pequeño templo de San Lorenzo, con guiño de ventana prerrománica, surgió un nuevo poblado con perlas como su iglesia de Santa Bárbara,  que alberga un bárbaro (también cabe decir maravilloso) patrimonio de arte moderno.

          Urbanísticamente atrevido, en forma y fondo, el poblado fue trazado por los arquitectos Francisco Goicoechea y Juan Manuel Cárdenas y es hoy una notable referencia urbanística nacional e internacional.

          Una referencia extraña para la oscura época en que se construyó por su funcionalidad, pues por entonces (año arriba, año abajo) se edificaron en Avilés mamotretos como los poblados de La Carriona y La Luz, por ejemplo. Y también por la filosofía de partida de crear un pueblo nuevo modélico de la noche a la mañana, de arriba abajo, con escuelas, hospital, instalaciones deportivas, iglesia, comercios (economato), centro social con múltiples actividades de ocio, parques y hasta plaza mayor clásica que incluía soportales y un destacado edificio en plan Ayuntamiento y que no siéndolo actuaba mejor que muchos de ellos.

Año 1968. Postal del Poblado de Llaranes.

          El nuevo poblado era como un injerto, en Asturias, de una población anglosajona, horizontal y no vertical en el crecimiento, con el extraño añadido de tejados de pizarra en todas las viviendas, lo que algunos interpretaban como un toque nórdico, pero que fue una casual transacción comercial.

          Destacan sus casas en su gran mayoría de planta baja y piso (el máximo eran bajo y dos plantas) y la abundancia de pequeñas zonas ajardinadas que las separan. El callejero fue otro dato inusual pues a las calles nuevas se les daban  nombres de políticos e ideólogos del régimen franquista. En Llaranes las calles construidas en la parte baja –en las antiguas praderías del potentado Gonzalo Heres ‘El Diamante’– llevan el nombre de ríos asturianos y de montes en la parte alta, donde está el edificio más elevado –como manda la tradición– o sea la iglesia, que es la de Dios en todos los sentidos, incluido su contenido artístico vanguardista.

          Inaugurado oficialmente en 1956 el poblado fue modélico en cuanto a su mantenimiento y un verdadero chollo para los vecinos, en torno a cinco mil. La mayoría de las reparaciones de las viviendas corrían a cargo de la empresa y se pintaban las fachadas con regularidad, cuidándose con mucho esmero calles, jardines y parque. Ya comprenderán, los que no conocieron aquellos tiempos, que todo esto fue algo excepcional en una época de vacas muy flacas, ética y estéticamente hablando.

Año 2008. En la Plaza Mayor con dos 'clásicos' del Poblado: Roberto Riestra a la izquierda y 'Nel' García a la derecha.

          Los niños de enseñanza primaria tenían educación gratuita en centros construidos al efecto y que por su singularidad son un episodio aparte. Los escolares en edad de estudios secundarios disponían de autobuses (lo que entonces era un lujo) gratuitos que los trasladaban a los diversos centros educativos de Avilés.

          La plaza mayor está diseñada en forma de U, con soportales para alojar locales comerciales. De hecho allí se instaló una entidad bancaria, correos, telefónica, una farmacia y una magnífica cafetería. También comenzó a funcionar el economato (mercancías a precios de coste) que no pudo atender a una enorme demanda e hizo necesario la construcción de un nuevo edificio, a escasa distancia de la plaza, de una arquitectura funcional y avanzada para la época, como casi todo lo del Poblado, cuya historia cuentan excelentemente, en sus libros, José Ángel del Río Gondell (‘Llaranes. Tres épocas’) y Jorge Bogaerts (‘El mundo social de Ensidesa’).

          Aquel economato inaugurado en agosto de 1962, lo explota desde 1995, y como supermercado, una empresa privada. Ya en 1983 la mayor parte de las actividades sociales comenzaron a ser abandonadas por Ensidesa, entonces inmersa en una crisis siderúrgica mundial. Las casas del poblado fueron puestas a la venta y los servicios públicos dejaron de ser cosa de la empresa haciéndose cargo de ello el Ayuntamiento de Avilés, lo que fue el colorín colorado.

          La Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (Ensidesa) generó en Avilés gigantescos efectos industriales y también sociales. Y aunque, los que vinieron detrás, no dejaron ni migajas de instalaciones industriales más destacadas (un Horno Alto o la Central Térmica), de los sociales ha sobrevivido el Poblado de Llaranes por ejemplo.

          Ha perdurado su singular urbanismo, excepción que confirma la regla de mediocridad en la materia. Una creación que ojala quede ahí para siempre, como una señal, como una huella palpable de aquel tiempo –mediado el siglo XX– que marcó la mayor transformación que Avilés sufrió en su Historia.

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San Pedro como era calvo, le picaban los mosquitos
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Alberto del Río Legazpi | 26-06-2016 | 09:03| 1

Las danzas primas de Avilés, como las del resto de Asturias, son ancestrales.           

          Con el verano llega el calor y con el calor los mosquitos y también la Danza Prima baile muy antiguo que conservan, algo los gallegos, sobre todo los asturianos verdaderos guardianes ibéricos de esta tradición hoy festiva, ayer no tanto y anteayer guerrera.            

          Dice, hoy, la letra de una de las canciones típicas que se entonan en las danzas de Avilés, que a «San Pedro como era calvo/ le picaban los mosquitos. / Y Cristo le regaló / un sombrero de tres picos».          

          Ha de saber el visitante que las danzas primas no son sardanas de L’Empordà, como alguno cree ver, sino singular folklore asturiano que se celebra por San Juan (noche del 23 de junio), San Pedro (la del 28 de junio), la Virgen del Carmen (el 16 de julio) y Santa Ana (el 26 también de julio). Nótese que es un calendario de género ya que los bailes se celebran a partir de la medianoche de la víspera, en el caso de los santos, y del mismo día en el de las santas. De igual forma, conste que antiguamente hombres y mujeres danzaban por separado. Cada sexo con su corro.

Danzando en la plaza de España, ante el palacio Ferrera. (Foto Museo del Pueblo de Asturias)

          Es una pena que a medida que pasa el tiempo el número de danzas vaya adelgazando. Por los años sesenta, leo que eran seis fijas al año: las citadas más las celebradas el día de San Agustín y el domingo de Pascua. Y no digamos en el siglo XIX, donde también a parte de las clásicas danzaban los domingos de primavera en la plaza mayor de la villa.          

          La Danza Prima es un acontecimiento lúdico, hoy marcado por festividades religiosas católicas, pero que la mayoría de estudiosos remiten a un pasado remoto que algunos alargan hasta los celtas.          

          Los danzantes forman una rueda unidos por las manos, o enlazados por los dedos meñiques, mientras alguien (o unos pocos) entona una canción y los demás responden o corresponden. Todos giran con lentitud con pasos de avance y retroceso y un movimiento de brazos que sigue y acentúa el compás del canto.          

          En Asturias tienen fama las danzas primas de Llanes por la Magdalena y Santa Marina; en Pola de Siero el día del Carmen; la de Mieres en la noche de San Juan; la de Cudillero por San Pedro y en Avilés tres: San Juan, San Pedro y El Carmen.           En la villa avilesina, se cantan coplas que se repiten en todas las danzas, cambiándose sólo el estribillo, alusivo a la festividad de que se trate. Se repiten anécdotas y lugares.          

         Las hay que muestran seculares historias de ‘enfrentamiento’ como aquella que dice que «Mal haya quien puso el puente/ para pasar a la villa/ sabiendo que está en Sabugo/ la flor de la maravilla». Que es contestada por quienes cantan que «Es el barrio de Sabugo/ un barrio muy puñetero/ todo me huele a besugo/ y a suela de zapatero».          

          La historia se toma a beneficio de inventario, faltaba más. Es el caso de la copla que canta que «A Avilés no hay quien la ataque/ ni teme a las invasiones/ pues tenemos en el parque/ cuatro potentes cañones». Cuando resulta que unos cañones como los cantados los destruyeron los ingleses al tomar el castillo de Nieva (y por tanto Avilés) en el siglo XVIII, por no mentar la desgraciada invasión francesa ocurrida a principios del siglo XIX cuando la villa estuvo un par de años en poder las tropas de Napoleón Bonaparte. Pero estamos bailando y cantando para divertirnos.           Humor que a veces alcanza la categoría de negro: «Salieron de La Coruña/ cuatro con cuatro escopetas./ Y no pudieron coger a un cojo con dos muletas». O la que narra, con ribetes surrealistas, que «Cinco mil y más murieron/ en la trincha de un calzón./ Cuando allí murieron tantos/ que harían en un camisón».

Danza de San Juan, en la plaza Pedro Menéndez.

         Otras relacionan personajes y lugares locales como: «Les parrandes son de noche/ todes salen de Galiana./ Y todes van a parar/ a casa la Chichilana». ¿Y que pasaba en este local de Sabugo? pues que «En casa la Chichilana/ fain el café n’una olla/ cuélenlo por una media/ y dicen que sabe a gloria».          

          Las hay que se adecuan a los tiempos y si luego perduran o no, depende. Por ejemplo las que hacen alusión a la crisis industrial asturiana: «Probes chicas de Avilés/ ya no queden ingenieros. / Vais tener que ir a la cuenca/ a ver si queden mineros». O resaltar como se hizo algunos años la estatua de la foca, ejemplo de surrealismo puro y duro que deja noqueados e incluso airados a muchos turistas… ¡esto es un sindiós! Me increpó en una ocasión una señora de Toledo al mostrarle yo el monumento que la ciudad había dedicado a un pinnípedo y que cantado fue en la Danza de esta manera : «Hoy la villa de Avi­lés/ luce mucho más hermosa/ no sabemos si es la foca / o la fuente luminosa».          

          También las hay que ensalzan, con un pellizco cursi, las bellezas de la ciudad: «De Asturias la mejor flor/ es la villa de Avilés./ Lo dijeron Campoamor/ y el gran Palacio Valdés».          

          Sea como fuere, el avilesino o el viajero, no debe perderse la magia de noches como la de San Juan danzando alrededor o cerca de una hoguera, también la del Carmen iniciada en Galiana con la Salve marinera desplazándose luego el personal a danzar a la plaza de España, o la de la noche de San Pedro iniciada en esa misma plaza y que se va deslizando hacia la calle Rivero, sin perder el canto, hasta llegar a la capilla de ‘San Pedrín’, cariñoso nombre que junto con el de ‘Jesusín de Galiana’ causan el pasmo, o la carcajada, de bastantes forasteros atónitos, o divertidos, ante la familiaridad con que en Avilés se trata a santos y cristos.          

          Volviendo al principio, resulta que «San Pedro como era calvo/ a Cristo le pidió pelo. / Y Cristo le respondió/ déjate de pelos Pedro».          

          Si estas coplas las pillan los Rolling Stones se forran. Aún más, si cabe.

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A vueltas con el Casco Histórico
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Alberto del Río Legazpi | 19-06-2016 | 09:11| 1

Avilés, una ciudad cargada de historia, está revisando el Plan Especial de su monumental casco antiguo.

          Estos días anda en lenguas el casco histórico de Avilés, que inicia el proceso para su aprobación definitiva después de las modificaciones del documento redactado, en 2012, por el equipo del arquitecto Carlos Ferrán.

          Este famoso urbanista, ganador de varios premios nacionales e internacionales, declaró en su día que el casco histórico de Avilés –para él en algunos aspectos más importante que el de Oviedo– debería ser candidato a ser declarado Patrimonio de la Humanidad. Y defendía las ventajas que acarrearía para la ciudad el solo hecho de solicitar el inicio de ese proceso.

          Pero no es sólo Carlos Ferrán. En la red social Facebook hay una página titulada ‘Avilés Casco Histórico Patrimonio de la Humanidad’ que tiene, a la hora de escribir estas líneas, más de 7.300 seguidores.

          En cualquier caso no hay duda de los importantes vestigios del pasado que guarda Avilés en calles y edificios de su casco antiguo, declarado Conjunto Histórico Artístico por el Estado espa­ñol.

          Durante la Edad Media fue villa distinguida por un Fuero Real. Se fortificó y comenzó a desarrollar una considerable actividad comercial, su puerto marítimo fue el artífice, que la convirtió en la se­gunda población de Asturias. De aquella época guarda palacio, capillas e iglesias.

          En el siglo XVII, el crecimiento demográfico hizo necesario construir fuera de la muralla. Y surgieron tres palacios: el municipal y los de Ferrera y Llano Ponte que a su vez dieron origen a la actual plaza de España (El Parche, para los avilesinos) y al nacimiento de las impagables calles de Rivero y Galiana. Mansiones y vías públicas que, junto con el palacio de Camposagrado, conforman hoy una monumental herencia de arquitectura barroca.

          A finales del XIX la ciudad recibió un nuevo impulso urbanístico que dio paso -al desecar las marismas- a espacios como el parque del Muelle y la excepcional plaza del Mercado. También entonces se construyeron  espléndidos edificios en las calles La Cámara, La Muralla y La Fruta.

          Hacia la mitad del siglo XX, se establecieron en Avilés grandes factorías metalúr­gicas que casi quintuplicaron su población con la llegada de trabajadores de mu­chos puntos de España. Este ‘ensanche industrial’ obligó a la construcción de poblados en la periferia de la ciudad y supuso un vertiginoso crecimiento de su centro urba­no propiciando, en suma, el mayor cambio que Avilés ha experimentado en su historia.

          La mayoría de las señas de su pasado lograron sobrevivir a aquella avalancha industrial, pero paradójicamente las que están desapareciendo son las del patrimonio industrial, como fue el caso de la Central Térmica, gemela a la sede del museo Tate Modern de Londres. No sabemos valorar –con la honrosa excepción del Arnao de Castrillón– la arqueología industrial y eso nos pesará en el futuro.

          Con todo, estamos en una ciudad atlántica milenaria, recoleta y muy paseable, en la que uno de sus elementos arquitectónicos más singulares, el soportal, siempre nos pondrá a buen resguardo, del sol o de la lluvia, para descubrir el arte y la historia que Avi­lés sigue atesorando.

          Uno de los más antiguos periódicos europeos el ‘Berlingske Tidende’ de Copenhague y en extenso reportaje sobre Asturias  concede (¡asómbrense!) la mayor relevancia a Avilés al hablar de las tres grandes ciudades de la región.

          No tiene desperdicio el párrafo final del citado trabajo periodístico que me remitió, en su día y alborozado, Armando Sirvent Palacio-Valdés (entonces residente en Dinamarca) biznieto del universal escritor.

          Lo transcribo: «Está Gijón con un Acuario emocionante y con una Universidad Laboral increíblemente pomposa que Franco hizo construir en su dictatorial delirio de grandeza. Oviedo con su elegante barrio antiguo alrededor de la catedral con graciosas tiendas antiguas. Y Avilés, por la que la mayoría de la gente pasa de largo, pensando que es una pesadilla industrial a causa de las vistas desde la autopista, pero el centro de la ciudad es un pequeña perla que un día será nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si uno es joven y quiere conocer a jóvenes españoles, este es el lugar dónde hacerlo. Todo el centro de la ciudad con las largas aceras con soportales, se llena por las noches de gente joven».

          Escrito está en uno de los diarios decanos de la prensa europea.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta