El Comercio
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Caray con Garay
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Alberto del Río Legazpi | 09-10-2016 | 09:13| 0

(Ramón Garay Álvarez, intérprete y compositor musical hasta hace poco desconocido, nació en Avilés en 1761) 

           El 27 de enero de 1756 es fecha celebrada por los amantes de la música, pues en tal día de tal mes nació el mesías sinfónico Wolfgang Amadeus Mozart. El hecho tuvo lugar en Salzburgo. Austria.

          Seis años más tarde, o sea en 1761, y en igual día y mes, nació en Sabugo (Avilés. España) Ramón Fernando de Garay Álvarez. Y el mismo día fue llevado por su familia a la iglesia [vieja] de Sabugo, en la plaza del Carbayo, donde fue bautizado.

          Mozart está considerado por muchos como el no va más del pentagrama educado de la cultura cristiana. En tal ámbito musical al asturiano–andaluz Garay lo empiezan a considerar hoy (no olvidemos que lo descubrieron como compositor el otro día) como el padre del sinfonismo español.

          No intento establecer paralelismos aunque pueda parecerlo. Otra cosa es que escudriñes con ganas y te encuentres casualidades.

          Por aquel entonces Avilés iba de cataclismo en cataclismo habiendo pasado por la hecatombe del tsunami sufrido el 1 de noviembre de 1755, aquel espanto sísmico europeo que unió en línea quebrada a Lisboa con Estambul y que al cruzar la villa asturiana (LA VOZ DE AVILÉS de 1 de noviembre de 2015) originó un maremoto o tsunami.

          Los siniestros no cesaban, pues no se había cumplido ni un mes de la llegada al mundo de Ramón Garay cuando Avilés sufrió otro terremoto. Aquel tiempo de desastres por todas las esquinas precisaban de armonía y a eso debieron venir al mundo –justo en aquel momento– gentes como Mozart o Garay.

          El primero es, según una amiga mía ‘casi tan famoso como los Rolling Stones’ y el segundo está empezando a sacar cabeza después de dos siglos y medio de haber nacido en Avilés y compuesto música ,por un tubo, en Jaén.

          Ramón era hijo del matrimonio formado por Ramón Garay del Río y María Álvarez. Su padre era músico y no uno cualquiera, pues con el tiempo llegaría a ser organista de la Colegiata de Covadonga. Y como lo que se hereda no se compra, su hijo se educó en humanidades y también como ‘niño cantor’ en el convento de La Merced (hoy desaparecido y en gran parte del solar que ocupó se alza hoy la actual iglesia nueva de Sabugo).

          Su formación en el conventos le valió para ingresar a los 18 años en la catedral de Oviedo como salmista «con cuatro reales de salario» y comenzar su aprendizaje como organista, carrera que terminaría en Madrid. Al poco ganaría, en oposiciones en 1787, la plaza de Maestro de Capilla de la Catedral de Jaén.

           Y allí se quedaría para los restos desarrollando una labor musical gigantesca compuesta por más de 300 obras, que se conservan archivadas en la ciudad andaluza, y entre las que se incluyen una ópera y, sobre todo, diez sinfonías que ha grabado (tres CD) en 2011 la Orquesta Sinfónica de Córdoba bajo la dirección de José Luis Temes. No hay que olvidar que para llegar aquí fueron fundamentales estudios como los llevados a cabo por Pedro Jiménez Cavallé, catedrático de Música de la Universidad de Jaén.

            En cuanto a Avilés, que yo sepa, el primer artículo sobre la importancia real del hasta entonces apolillado Ramón Garay lo publicó ‘Papeles Cine’ periódico de la Casa Municipal de Cultura de Avilés, en enero de 1982, y estaba firmado por el archivero de la Catedral de Oviedo, Raúl Arias del Valle, que lo había escrito a petición de José María [Chema] Martínez responsable del Área de Música de dicho centro cultural avilesino y director, también, del conservatorio local. Más tarde, en mayo de 2005, también Justo Ureña publicó en este periódico cuatro artículos, basados en las citadas investigaciones de Arias del Valle.

          Veinte años más tarde, lo que son las cosas, Chema Martínez dirigiría a la Orquesta Julián Orbón de Avilés en la interpretación, por primera vez en Asturias, de cinco de las sinfonías del resucitado Ramón Garay. Y lo hizo –dato que queda para la historia– en la iglesia nueva de Sabugo, barrio donde nació y fue bautizado Ramón Garay (en la iglesia vieja) y donde hoy Chema Martínez es organista, en la iglesia nueva. La casualidad es la décima musa, decía Jardiel.

          A pesar de su frágil salud, el organista Garay, hizo desde su estancia andaluza algunos desplazamientos a tierras asturianas, lo que entonces era toda una aventura pues la ruta entre Jaén y Asturias suponía una semana de viaje, sin GPS y por caminos tortuosos, empedrados unos y polvorientos otros, teniendo que salvar además los puertos de Despeñaperros, Los Leones de Castilla y Pajares. Se sabe de algunos de esos desplazamientos, por ejemplo uno que hizo a Covadonga, donde se habían trasladado a vivir sus padres. Y otro a Avilés, para reponerse de una enfermedad, que desconozco; corría el año 1814 y el músico pudo comprobar que se habían derribado gran parte de las murallas medievales destrozando el paisaje urbano de la villa. Villa que desde mayo de 1985 (la publicación en ‘Papeles Cine’ fue en 1982) le concedió su nombre a una calle en la zona conocida como El Reblinco, entre las avenidas de Lugo y Conde de Guadalhorce

          Pero su vida estuvo en Jaén y a esta ciudad andaluza su nombre y obra siguen ligados. No es solo que el Conservatorio de Música de Jaén lleva el nombre de Ramón Garay; hay más cosas y de un modo constante; por ejemplo hace poco el libro que han escrito Clara Melisa y Rafael Sánchez titulado ‘Un músico como una catedral: Ramón Garay’.

          Llama la atención la monumental labor creadora de este organista y compositor musical que últimamente está siendo sacado, con fórceps, del baúl de los recuerdos. Por lo que no me queda más remedio que repetir algo que escribí hace años y que sonaba tal que: ¡Caray, caray! Con don Ramón de Garay.

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Alejandro Casona y Palacio Valdés aprendieron a leer en Avilés.
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Alberto del Río Legazpi | 02-10-2016 | 09:14| 0

          Es cosa poco sabida que dos grandes escritores españoles fueron a la escuela –por primera vez– en Avilés donde aprendieron a leer y también a escribir. Hoy figuran en lugar destacado de la Historia de la Literatura nacional.

          Me refiero a Alejandro Rodríguez Álvarez, que con el tiempo se haría famoso con el pseudónimo de Alejandro Casona, que fue Premio Nacional de Literatura y Premio Lope de Vega. Y a Armando Palacio Valdés, uno de los escritores españoles más leídos y con más obras traducidas a otros idiomas. Fue candidato al Premio Nobel de Literatura.

          La trayectoria vital de este último comienza en 1853 cuando nace en Entrialgo (Pola de Laviana) y sigue en Avilés donde estuvo desde los seis meses de edad hasta los doce años en que se trasladó a Oviedo. La vida también le llevó a residir fundamentalmente en Madrid, donde falleció en 1938.

          Alejandro Casona, hijo de maestros, nació en Besullo (Cangas del Narcea). Parte de la niñez la pasó en Avilés, en la singular parroquia de Miranda. También residió por media España terminando en Madrid. El final de la Guerra Civil lo mandó al exilio y después de un éxodo por medio continente americano terminó en Buenos Aires donde siguió impartiendo magia literaria este escritor ‘misterioso a la asturiana manera’ como escribió Max Aub. En 1962 regresó a Madrid  donde  fallecería en 1965.

          De la estancia de Casona en Avilés, entre 1910 y 1916, las noticias que tenemos están ligadas a su madre Faustina Álvarez (colaboradora de LA VOZ DE AVILÉS donde firmaba sus artículos como La Maestra de Miranda), persona de una talla social extraordinaria que fue la primera mujer que alcanzó el título de Inspectora de Enseñanza. De condición humilde luchó por extender la cultura, convencida de que la educación es el arma para cambiar la sociedad. Al respecto es muy recomendable leer el libro, de José Manuel Feito, ‘Faustina Álvarez García’.

          A la sombra de esta gran mujer aprendió Alejandro a leer en la escuela de Miranda. Una placa, limpia y clara, colocada en la fachada del viejo edificio escolar lo recuerda.

Caso nº 8 de la calle Rivero.

          Palacio Valdés también tiene una placa en la casa número 8 de la calle Rivero, donde vivió de niño. En ella se lee, muy dificultosamente, que «En esta casa transcurrieron los años de niñez y de primera juventud del glorioso novelista don Armando Palacio Valdés». 

          Sobre su educación, Palacio Valdés, se extiende en su obra ‘La novela de un novelista’. Uno de los personajes protagonistas de sus recuerdos de niñez es precisamente su educador Juan de la Cruz Alonso. Maestro de escuela de la facción ‘La Letra Con Sangre Entra’ por lo que se deduce de determinadas alusiones del novelista, que tira de su sentido del humor, creo yo, cuando escribe: «…recibí los zurriagazos de aquel famoso maestro don Juan de la Cruz, de venerable memoria».

          Incluso le dedica un capítulo titulado ‘La vara de Falaris’ donde describe a un Juan de la Cruz que «Nos tajaba las plumas, que eran de ave, en aquella época, nos echaba tinta en los tinteros, nos corregía las planas con la mayor modestia y compostura y cuando llegaba el caso, que llegaba con harta frecuencia, con la misma modestia y compostura empuñaba su vara y nos sacudía de lo lindo. Era un hombre tan modesto que cuando nos zurraba la piel, parecía que nos estaba haciendo reverencias».

Placa en antigua escuela de Miranda.

          En el jardín de la plazuela de San Francisco (actual de Álvarez Acebal) fué inaugurado en 1907 un monumento a Juan de la Cruz, obra del escultor Manuel Garci-Fernández (autor también del de Pedro Menéndez en el parque del Muelle). El homenaje a este maestro fue una iniciativa de Julián Orbón (personaje que fue perejil en todas las salsas de aquel tiempo) costeada por antiguos alumnos. En 1923 fue sustituida por la del pedagogo Álvarez Acebal y la del controvertido maestro se instaló a pocos metros, en un edificio escolar, cercano al de Artes y Oficios, y que sería derribado más tarde para construir en el solar la nueva Casa Municipal de Cultura. El monumento a Juan de la Cruz terminó en los almacenes municipales.

           Palacio Valdés está muy homenajeado en Avilés donde un teatro lleva su nombre, al igual que una calle y un colegio público. Y también la citada placa de la calle Rivero, de difícil (para algunos imposible) lectura. ¿Metáfora municipal? No sé. Pero con seguridad total una vergüenza el no poder leer datos sobre un autor clásico de renombre universal que aprendió a leer precisamente aquí, en esta ciudad donde sus restos reposan (según sus deseos) en el cementerio de La Carriona, por cierto que monumental.

          Alejandro Casona tiene escrito que «En Miranda, junto a aquellos carbayos, asomándose al humilde caserío de La Carriona… En aquella escuela, fundada desde la lejana Patagonia por José Menéndez, aprendí yo a leer».

          Qué cosas estas, las de La Carriona y las de los escritores Alejandro Casona y Armando Palacio Valdés, cuando de rapacinos vivieron en Avilés… Donde los enseñaron a leer.

          Y a escribir.

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El regalo de Eladio Muñiz
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Alberto del Río Legazpi | 25-09-2016 | 09:18| 0

          El solar que había comprado Eladio Muñiz García estaba prácticamente en las afueras de Avilés, al final –eran los inicios del siglo XX– de la nueva calle de La Cámara que venía creciendo desde la plaza de España hacia el barrio de Sabugo.

          El 27 de diciembre de 1900 el ‘El Diario de Avilés’ informaba que «Hace días se encuentra en Avilés el acaudalado capitalista D. Eladio Muñiz que se propone dar co­mienzo a la mayor brevedad a un magnífico edificio, con fachadas a las calles de La Cámara y Cuba for­mando entre ambas una gran rotonda. Este edificio por su esbeltez hermoseará notablemente dichas ca­lles. Los planos son del distinguido arquitecto municipal de Oviedo, Sr. La Guardia».

           Eladio Muñiz que había hecho fortuna en Cuba y parcialmente en Chile, había viajado desde Madrid en el tren correo que salía de la capital española a las 7.00 y llegaba a Avilés (teóricamente) a las 12.44 del día siguiente.

          El cántabro Juan Miguel de la Guardia, como dije, fue quien diseñó la mansión de Eladio Muñiz y no Federico Ureña como por error se cita en algunas publicaciones. De la Guardia era entonces arquitecto municipal de Oviedo, ciudad que guarda excelentes edificios por él proyectados. Este de Avilés no les va a la zaga.

          Se trata de una casa de 1.374 metros cuadrados que consta de bajo, dos plantas y un ático coronado por una cúpula que soporta una llamativa linterna acristalada, fantástico mirador de madera y zinc, para aquel tiempo en el que al no haber edificios de alturas se dominaba gran parte de Avilés y sobre todo el puerto, asunto no baladí para un industrial como Eladio Muñiz.

          La elegancia de la fachada se corresponde en el interior con materiales nobles, maderas coloniales portuguesas, vidrieras de Maumejean… La casa quedó lista –y en su inicio la servidumbre constaba de nueve personas entre cocineras, doncellas y ama de llaves– en octubre de 1903, y un mes antes se había inaugurado la iglesia nueva de Sabugo. Quédese el lector con esta coincidencia de fechas.

          Esta mansión ha conjugado tanto con el verbo regalar que tal parece de cuento.

          El caso es que Eladio Muñiz, aquel indiano que llegó a concejal del partido liberal, cuando la obra está terminada contrae matrimonio y le regala a su esposa la propiedad del edificio. Años más tarde y habiendo pasado parte de la casa por alquileres esporádicos, el comerciante Victoriano Balsera lo compra para regalárselo a su hija Josefina quien a su vez, y al fallecer, lo dona (al fin y al cabo un regalo disfrazado por notario) por testamento a la parroquia de Sabugo. Al igual que el jardín y huerta del solar; un espacio hoy ocupado por una manzana de edificios delimitada por tres calles: Cuba, José Cueto y José Manuel Pedregal. La manda testamentaria incluía crear un colegio, el actual de Santo Tomás, hoy sito en la calle González Abarca después de haber estado domiciliado en el palacete de Eladio Muñiz, lo mismo que estuvo, en tiempos del párroco Mateo Valdueza Pérez, la Casa Rectoral del templo de Sabugo.

          Hoy el edificio acoge en sus plantas primera y segunda actividades sociales y religiosas de la parroquia y en el bajo una entidad bancaria, que siempre están a la caza y captura de esquinas de esplendor. 

          Pero es la anécdota, digamos que romántica, la que le queda al personal. Eso de que la mansión construida por Eladio Muñiz García fuese el regalo de bodas que le hizo a su esposa Carmen Rodríguez Villamil… Recuerdo al filósofo Gustavo Bueno, cuando en una ocasión se lo comenté ante el edificio, mirándome entre incrédulo y divertido.

          Hoy la céntrica esquina que forma la casa de Eladio Muñiz es un regalo arquitectónico de lujo que adorna el paisaje urbano de Avilés.

 

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'E la nave va' por una calle de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 18-09-2016 | 09:29| 0

Hay una calle en San Juan de Nieva, paralela a la Ría, que tiene la singularidad de ser la única desde la que se divisa el Océano Atlántico.

          San Juan de Nieva es un pueblo costero asturiano dividido en dos por la mar salada y partido en tres por los ayuntamientos de Castrillón, Gozón y Avilés.

          La geografía y la administración local hacen picadillo a un San Juan que debe su invernal apellido a la mítica península de Nieva.

          En San Juan mueren (y nacen) vías de comunicación, aunque hoy –y para el marinero en tierra que escribe este episodio– sea un ‘finisterre’, un lugar donde acaba la carretera para coches y el camino de hierro para trenes. Aquí comienza la mar y si el peatón quiere seguir ha de continuar como nadador.

          En la parte del pueblo de la margen izquierda  –hoy comido urbanísticamente por la Autoridad Portuaria de Avilés y merendado administrativamente por Castrillón y Avilés– termina una línea ferroviaria actualmente de cercanías y que en tiempos fue de largo recorrido. Hablo del famoso exprés nocturno Madrid–San Juan de Nieva, algunos de cuyos vagones (de la compañía que había puesto en marcha el mítico ‘Orient Express’) traían el glamuroso rótulo de ‘Compañía Internacional de Coches Cama y de los Grandes Expresos Europeos’, que no sé porqué a veces venía en portugués lo que te remitía a una imposible ensalada literaria de aventuras de John le Carré y poemas de Fernando Pessoa.

          En la otra margen de la Ría, la derecha, y en la península de Nieva está lo que queda hoy en pie como zona urbana de San Juan. También está divida administrativamente; hay casas en calles sin bautizar que pertenecen al municipio de Gozón. La única rotulada pertenece al de Avilés y lleva el nombre de Antonio Fdez. Hevia, uno de los propietarios (junto con su hermano Aniceto) del astillero soldado al pueblo. El empresario falleció en 1918, en un accidente ocurrido durante la botadura de un buque y la Corporación avilesina le rindió homenaje, el 26 de junio de 1942, dándole su nombre a esta calle situada a orillas, y en paraelelo, de la bocana de la Ría.

La línea de puntos divide San Juan de Nieva. De la mitad de la foto, y para abajo, es Gozón; de la mitad hacia arriba Avilés.

          También el Ayuntamiento avilesino tiene dentro de su ‘Catálogo de bienes inmuebles del municipio’ localizadas, con categoría de protección parcial, un conjunto de casas populares (nº 12), el astillero (nº 14) y dos casas tradicionales con mirador (números 4 y 6). Estas últimas, al borde del precioso paseo marítimo con ‘muro’ de maroma, son las más llamativas de la localidad y en una de ellas tuvo el famoso ‘Pachico’ tienda y mesón, en su día muy visitado por su excelente caldereta de mariscos, a orillas del giro que hace la Ría y que es conocido como Curva de Pachico, que también  tiene su historia en episodio aparte.

          ‘Pachico’ (Francisco Corostola Alcíbar) junto con ‘Rico El Buzo’ (Ricardo García Fernández) y ‘Pepe La Vara’ (José Fernández García) son tres personajes históricos de la margen derecha de la Ría de Avilés.

          A mí éste San Juan que queda en pie (en Avilés conocido como el ‘San Juan de allá’) siempre me había olido a cine, al Visconti de ‘Muerte en Venecia’. Todo por una foto del hotel ‘La Rosa’, situado al lado de la Peña del Caballo, que daba comida, bebida y alojamiento a gente atrevida que venía desde Avilés –en un vaporcito que hacía la línea– a tomar baños de mar mostrando una pequeña parte de sus carnes (con bañadores más o menos del estilo del hoy noticioso burkini) antes de que comenzase a funcionar el Balneario de Salinas.

          Y el otro día, cuando partía el trasatlántico ‘Europa’ unos niños que se bañaban al lado de la rampa de San Juan saludaron una y otra vez, y no sé porqué en italiano, a los viajeros del crucero al grito de ¡Arrivederci! ¡Arrivederci!… mientras la nave hacía sonar su sirena; la escena me recordó al Fellini de ‘E la nave va’ y sobre todo a la secuencia del trasatlántico de ‘Amarcord’ e hice –desde la calle Antonio Fdez. Hevia, con el barco navegando a mi izquierda y coches circulando a mi derecha– una foto que les muestro de la nave encarando majestuosa el mar mientras caía el sol.

          Y todo eso ocurrió aquí en Avilés, en una calle del San Juan ‘de allá’ donde puedes ver el San Juan ‘de acá’; grúas con pinta de dinosaurios e iglesia vanguardista; faro de Avilés e isla La Deva; Océano Atlántico e la nave va.

          El acabose.

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Medio siglo no es nada
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Alberto del Río Legazpi | 11-09-2016 | 09:21| 1

(Reflexiones al leer un ejemplar de LA VOZ DE AVILÉS del domingo 11 de septiembre de 1966)

          El periódico, que tiene el lector en sus manos o que ojea en Internet, tenía en 1966 su sede en el número 16 de la calle La Ferrería, entonces llamada Marqués de Pinar del Río.

          Constaba de seis páginas y la información estaba controlada, léase censurada, por la autoridad gubernamental con mano de hierro sin guante de seda.

Ejemplar de LA VOZ DE AVILÉS de hoy, domingo, 11 de septiembre de 2016

          Al margen de eso, pero sin olvidarlo nunca, había noticias nacionales que hoy pueden parecer surrealistas como es el caso de una cena en honor del general Franco, entonces Jefe del Estado, en pleno centro de San Sebastián (Guipúzcoa). Hoy Donostia (Gipuzkoa).

          Mientras, en la comunista Checoslovaquia, al otro lado del ‘telón de acero’, abundaba la delincuencia juvenil y para combatirla decía el titular periodístico que «los melenudos no podrán entrar en los cines de estreno ni obtener puestos de trabajo». Leña al mono y si lleva melena más.

          En Estados Unidos, donde se vivía una carrera por la conquista espacial en competencia con la malvada URSS, el presidente Johnson, informaba en portada de LA VOZ DE AVILÉS, declaraba que «continuaré la guerra en el Vietnam con el mayor empeño». Fueron 400.000 toneladas de bombas de napalm.

          En China, donde reinaba Mao Tse Tung, los dirigentes comunistas habían dado nueva vuelta de tuerca (la Revolución Cultural) y «decidido eliminar los aspectos humanitarios e intelectuales de la obra de Marx». Vaya por Dios.

          Y así iba el mundo aquel domingo de 1966, mientras que Avilés, que tenía entonces 72.765 habitantes y un alcalde llamado Francisco Orejas,  era una ciudad que aumentaba de población de un modo tan espectacular como la suciedad que le venía por tierra, mar y aire a consecuencia de la atroz contaminación de las factorías metalúrgicas que, a su vez, daban trabajo a miles de personas de aquí, allí y allá. Nunca se sabe donde empieza lo bueno y acaba lo peor.

          Aquel domingo, de hace medio siglo, encontramos noticias como que el Instituto Carreño Miranda que podría obligar a suspender matriculación de nuevos alumnos. Uno de los muchos problemas sociales derivados de la oleada inmigratoria.

          En el puerto industrial enorme actividad, sobre todo en la Dársena de San Agustín donde el periódico registraba diez buques atracados aparte de otros esperando y seis más en San Juan de Nieva. En el puerto pesquero se rularon 12.500 kilos de bonito.

Las Meanas en 1966.

          El ocio estaba dominado por la oferta cinematográfica (la tele se reducía a dos canales de TVE) de las salas Marta y María, Ráfaga, Clarín, Palacio Valdés, Florida y Campos, anunciados en el periódico, que también informaba de romerías en Llaranes y en el poblado Francisco Franco (hoy La Texera y Versalles); y ya en plan fino se publicitaba en la ‘boite’ del Bar Boheme el baile de tarde aunque (eso sí) de 8.15 a 10.30 de la noche. El ‘Black is Blak’ abrasaba pero ‘Un sorbito de champagne’ refrescaba.

          El periódico anunciaba el horario de misas en las iglesias de la ciudad y la media de las celebradas en cada templo era de cinco a siete. Miles de fieles cumplían con la obligación de oír misa entera los domingos y fiestas de guardar.

          En deportes destacaba la eliminación del tenista español Manolo Santana del trofeo de Forest Hill y la victoria, por KO, del púgil norteamericano Cassius Clay (que se hacía llamar Muhammad Alí) sobre el alemán Karl Mildenberger.

          Los máximos representantes del futbol local iniciaban ese domingo jornada liguera en tercera división; el Real Avilés recibía al Santamarina, equipo de Mieres, y el Ensidesa se desplazaba a Luarca.

          Se seguía hablando del fichaje, producido días antes, de Fernando Arias por el Sevilla; el club andaluz ante la pasividad, o ineptitud, del Avilés se hizo con los servicios del jugador avilesino que también era batería del conjunto musical ‘Los Llamas’. Al Bosco, equipo de juveniles de Ensidesa, llegaba Toni Fidalgo quien con los años sería, entre otras cosas, adjunto a la presidencia de la Liga Nacional de Fútbol Profesional.

          En aquel 1966 Asturias estaba entre las provincias españolas más ricas y Avilés era una especie de Eldorado para miles de españoles en busca de empleo.

          Hoy, cincuenta años después, Asturias –que en ese tiempo ha pasado del Holoceno al Antropoceno– es de las regiones españolas situadas en el furgón de cola y, al igual que Avilés, experimenta una peligrosa pérdida demográfica.

          Por lo demás, y acogiéndome a una versión libre de la letra de un famoso tango, cincuenta años no es nada comparado con los miles de siglos que la especie humana lleva arruinando el planeta tierra.

          La farmacia de guardia de mañana lunes, de hace medio siglo, corresponde a José Luis Hortal –en la avenida de Portugal– uno de los mejores profesores que he tenido, aparte de ser el más tranquilo y pausado agitador cultural que he conocido.

          No somos nada, nina.

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El adelantado Paco Menéndez, de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 04-09-2016 | 04:37| 2

Francisco Menéndez González, nacido en Avilés, fue un adelantado en el mundo de la informática donde hoy es considerado un clásico por su obra maestra ‘La abadía del crimen’.

          Adelantado tiene varias acepciones en diccionario y enciclopedias. Una de ellas define a una persona de cierto calado social que llevaba adelante una empresa pública por mandato del Rey. 

          Por ejemplo a un destacado marino avilesino llamado Pedro Menéndez, Felipe II le encomendó, en 1565, explorar y colonizar las costas de Florida en  América del Norte, cosa que consiguió. A partir de entonces ha venido siendo conocido como Adelantado de La Florida y reconocido como personaje destacado tanto en los Estados Unidos como en España. Y la cosa no quedó ahí ya que la ciudad donde nació, Avilés, es definida por algunos como la Villa del Adelantado. Otros creen que esto es pasarse, pero ese es otro episodio.

Paco Menéndez (Avilés, 1965-Sevilla, 1999). Fotograma capturado de un video filmado por Juan Delcán.

          Luego está el informático Paco Menéndez, otro avilesino que es adelantado en el sentido de alguien ‘que se anticipa a su tiempo en alguna cosa’ usado como sustantivo; por ejemplo cuando decimos que Picasso fue un adelantado. No trato de poner en paralelo a Pablo Picasso con Paco Menéndez, sino dar un sentido exacto al término ‘adelantado’ que creo es el justo para referirse a este creador avilesino.

          De todas formas, distintos medios del mundo informático ya lo tienen calificado como un adelantado en el mundo de la programación de videojuegos una de las industrias más importantes en el sector del ocio del mundo. El diario LA VOZ DE AVILÉS también lo ha venido haciendo, de un tiempo a esta parte, en artículos debidos principalmente a la pluma de Fernando del Busto.

          El nombre que figura en el Registro Civil de Avilés, del hoy  famoso Paco Menéndez, es el de Francisco Menéndez González, nacido en 1965. Fue uno de los hijos del matrimonio formado por Magdalena González Fernández y César Menéndez Roces, quienes al poco del nacimiento de Paco trasladaron el domicilio familiar a Madrid.

          Allí, en la Ciudad de los Periodistas, Paco fue creciendo entre estudios y esparcimientos de por aquí y de por allá. Entre estos últimos le fascinaban los videojuegos que funcionaban aliados con los ordenadores, entonces máquinas al alcance de pocos. No tenía problema pues su padre había puesto en marcha una academia informática de nombre ‘Míster Chip’. Una cosa llevó a la otra y a los 15 años, todavía en segundo de BUP, aprendió a programar.

Paco Menéndez disfrazado de monje, en una escena de 'La abadía del crimen'.

          Lo que fascinaba a Paco Menéndez más que el juego en sí era la programación del mismo, así que en compañía de otros amigos ocupaban su tiempo libre trabajando en una sala vacía del negocio informático de su padre. En 1983, cuando todavía era alumno del instituto, se puso a la venta ‘Fred’, videojuego de su autoría junto con Carlos Granados, Fernando Rada y Camilo Cela. Y antes de entrar en la Universidad, a cursar Ingeniería de Telecomunicaciones, otro que llevaba por nombre ‘Sir Fred’.

          Pero lo bueno llegaría cuando Paco Menéndez, fascinado por la lectura de la novela ‘El nombre de la rosa’ de Umberto Eco, se atrevió a ‘ponerla’ en videojuego, algo fuera del estándar habitual de entonces consistente mayormente en marcianitos y en buenos y malos arreándose palos, tiros y bombas.

          Lo llevó a cabo con otro amigo llamado Juan Delcán, entonces estudiante de Arquitectura, que se hizo cargo de la parte gráfica del proyecto, fuera de lo común, de Paco. Hicieron Historia.

          El juego lleva por nombre ‘La abadía del crimen’, ya que Umberto Eco con quien Paco Menéndez su puso en contacto a través de intermediarios no quiso ceder el título de ‘El nombre de la rosa’ para el videojuego. Pero el autor informático, sabedor de todo lo referente al autor literario, quiso ligar para siempre aunque fuera indirectamente su videojuego a la admirada novela del italiano y sabedor de que Umberto había desechado algunos títulos para ella, eligió uno de los descartados: ‘La abadía del crimen’. El videojuego se publicó en 1987.

Sean Connery y Christian Slater en la película 'El nombre de la rosa', novela de Umberto Eco, en la que también está basada 'La abadía del crimen' de Paco Menéndez.

          Eco encontró otro eco, este informático, gracias a la maestría de Menéndez que metió, en un videojuego de tres dimensiones, a dos frailes franciscanos a investigar en un convento de benedictinos. Monumental trabajo informático que va adquiriendo más valor con el paso de los años, algo que se merecía haber conocido su autor, fallecido en Sevilla en 1999. Quienes lo trataron hablan de tipo genial y persona humilde. Desde aquí, hoy, se le ve como hombre de corazón antiguo con mente de futuro.

          En un documentado artículo, firmado por Jaume Esteve en la Revista ‘PS4’, un comentario de Santiago González da en el quid opinando sobre la obra de Paco Menéndez ‘Para los que no lo sepan o no vivieran aquella época, la Abadía del Crimen es al sector del videojuego español lo que el Quijote a nuestra literatura o Bienvenido Míster Marshall a nuestro cine’.

          Hoy ‘La abadía del crimen’ está considerada una obra maestra (nacional e internacionalmente) del videojuego, un clásico que el tiempo va agrandando como los vinos de lujo. Los homenajes de todo tipo no cesan, incluida la petición del nombre de una calle para Paco Menéndez al Ayuntamiento de Avilés; también está en estudio su incorporación al callejero de Madrid.

          Adelantados de apellido Menéndez, conste pues, que en Avilés han nacido dos: Pedro (1519) y Paco (1965).

          Con genio guerrero uno e ingenio creativo el otro. 

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La célebre mina de Arnao y la reina Isabel II de España
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Alberto del Río Legazpi | 27-08-2016 | 22:20| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 23/11/11 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Arnao asombra.

            El de las piedras negras que salieron de una mina submarina, tan fascinante vista desde fuera como tremenda para los que la trabajaron. Hablo del Arnao del concejo de Castrillón cuya capital va también de piedras, pero blancas.

            Topónimo, el de Piedras Blancas, que tiendo a asociar al cine americano o a la literatura de Dickens. Aunque el poder seductor del cine sea más persuasivo a estos efectos, por ejemplo si hablo de películas míticas como ‘Al este del edén’ cuya acción transcurre en una lejana Salinas (Monterey. California. USA), que visionada a mis 18 años me llevó a admirar mucho más –por ‘contagio’ cinematográfico– a mi cercana Salinas (la de Castrillón. Avilés. Asturias. España).

(Foto de María Pérez, en la página de Facebook 'Amigos de la playa de Arnao')

            Pero el caso es, hoy, Arnao. Y su mina submarina actualmente reconvertida en un museo que es episodio aparte.

            Este yacimiento es la madre del cordero del carbón español. Una explotación internacionalmente histórica, hoy restaurada, a la que no estamos valorando, todavía, en su justa medida. La Mina es el buque insignia del Conjunto Histórico Industrial de Arnao, la excepción –maravillosa– del tan ignorado, como despreciado, patrimonio industrial asturiano, que Castrillón se empecinó en respetar y rescatar. Chapó para su Ayuntamiento.

            Como será lo de esta mina que hasta una Reina de España, Isabel II la visitó, un 24 de agosto de 1858. Vino acompañada, aparte de su séquito, por su marido el Rey consorte, Francisco de Asís de Borbón, personaje que hoy haría las delicias de la prensa amarillista. Aunque en esto también le ganaría ella.

            Estaba previsto un tranquilo vino español en la campa de Arnao. Pero de pronto,la Reina, se dirigió al castillete del pozo minero y manifestó el deseo de descender a las galerías, ante la sorpresa y el consiguiente canguelo, tanto de los miembros del Gobierno español, como de los directivos de la Real Compañía Asturiana de Minas.

            Isabel II, un trueno de mujer famosa por su remango, arrastrando a su aterrado –y no era de extrañar en este caso– esposo, descendió los ochenta metros de profundidad sin aguardar el resultado del más elemental reconocimiento de seguridad que le imploraba el Jefe del Gobierno español.

            Salida de la jaula (o sea, el ascensor del pozo minero) la Reina, ni corta ni perezosa recorrió las galerías con paso rápido, incluida la principal de un 14% de desnivel y que discurre bajo las aguas del Océano Atlántico y «nunca antes visitada por mujer ninguna» recorriendo unos doscientos cincuenta metros, según escribió el cronista Juan de Dios dela Rada, en su ‘Viaje de SS. MM. y AA. Por Castilla, León, Asturias y Galicia, en el verano de 1858’.

'Isabel II' óleo de Franz Xavier Winterhalter. 1852. (Palacio Real).

            El tránsito, abundante en malos pasos, hizo que la Reina quedara hecha un santo cristo de cintura para abajo. Pero no se arredró y siguió guiando (o sea, empujando) a la sobrecogida comitiva hasta llegar al final de la galería submarina y saludar a los sorprendidos picadores que faenaban en él.

            Según cuenta el cronista, hubo gente, como un ingeniero belga apellidado Schmit, que arruinó el protocolo a grito pelado: «¡Usted se merece algo grande de todo corazón!», alucinado ante los arrestos de Isabel de Borbón.

            La Reina, que salió hecha unos zorros, se tomó un refrigerio y departió con los invitados que la esperaban en superficie. En cuanto a los ‘supervivientes’, que se vieron en la obligación de acompañarla en el paseo submarino, fácil es imaginar su alterado estado de ánimo.

            La noticia llegó rápidamente a Avilés. Y en el muelle se congregó un gentío que la vitoreó cuando desembarcó de la falúa que la había trasladado hasta la Villa(se alojaba en el palacio del marqués de Ferrera). Entre ellos un caballero, de nombre Lino, acompañado de su pequeño sobrino, el niño Armando Palacio Valdés, que –años más tarde– narraría aquella llegada ‘triunfal’ de Isabel II en ‘La novela de un novelista’.

            Arnao es de novela y de cine. Alumbra y deslumbra. 

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Historia creciente, geografía menguante
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Alberto del Río Legazpi | 20-08-2016 | 22:22| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 22/05/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

          En ningún tiempo de la historia avilesina su sosegada geografía ha sido tan cambiante como en el actual. Aquí van dos ejemplos.

          En 1950, el Estado español creaba la Empresa Nacional Siderúrgica Sociedad Anónima (o sea ENSIDESA), para abastecer a España de acero, instalándola mayormente en la margen derecha de la ría de Avilés.

El paisaje que definió una época histórica de Avilés, los hornos altos de ENSIDESA. Foto tomada en los años setenta, desde una avenida de Cervantes en obras de prolongación y urbanización. A la izquierda, la casa que marca el final de la calle Rivero. Foto Archivo Fran.

          Por aquel entonces la villa asturiana contaba con cerca de 20.000 habitantes y su Ayuntamiento manejaba un presupuesto anual de 3.325.063,68 pesetas (19.984,04 euros). A partir de entonces se produjo una descomunal explosión demográfica social, económica y cultural. Un episodio aparte.

          La instalación de la gran siderúrgica –que a efectos de imagen, se resumía en aquellos cuatro hornos altos colocados en línea recta una singularidad [entonces] en la industria siderúrgica– cambió para siempre la vida de la ciudad y es sin duda el acontecimiento más importante de la historia de Avilés, aunque algunos se empeñen en borrar (mejor dicho: volar) sus más valiosas huellas.

          ENSIDESA tuvo varias décadas diferenciadas en su trayectoria. La de los años 50 fue la de su puesta en marcha, con miles de inmigrantes llegados a la villa; la de los 60 la del monopolio siderúrgico, su producción masiva y los malos humos contaminantes; la de los 70, la de malos humores, crisis mundial de energía y conflicto sindical; la de los 80, la reconversora o ‘tente mientras cobro’; la de los 90 fue la privatizadora que destruyó valiosísimas instalaciones sin orden ni concierto. Y la actual, la de hoy, la de Mittal, la de ‘Virgencita, virgencita, que me quede como estoy’. 

          Muchas cosas cambió aquella ENSIDESA. Primero descuajeringó el plácido paisaje de Avilés con sus instalaciones y cuatro décadas más tarde lo volvió a descomponer con la desaparición de las mismas, cuando ya nos habíamos acostumbrado a los hornos altos.

          Se eclipsó aquel horizonte de grandeza que definía (a la vez que acoquinaba, la verdad sea dicha) a la ciudad. Nos esfumaron el gótico industrial, o sea aquellos cuatro hornos altos –bautizados con nombres femeninos como manda la tradición siderúrgica– que tanto afumaron pulmones y tiñeron de gris polvoriento la histórica villa reconvertida en afamada capital industrial europea.

          Y fue así como de ‘Horizontes de grandeza’ pasamos a ‘Horizontes perdidos’. De película.

El sorprendente y espectacular paisaje surgido en 2007, originado por el derribo de una vieja manzana de edificios, entre las calles Rui-Pérez y Pedro Menéndez. Foto Manuel Campa.

          También de cinemascope –y de miles de fotos– fue lo que ocurrió en 2003, cuando en pleno centro de la villa, se produjo un repentino y milagroso nacimiento paisajístico. Fue en el barrio de Sabugo, que ni es puñetero y donde no huele a besugo ni a suelas de zapatero, como se empeña en cantar la copla. Allí brotó un nuevo panorama, un lujoso horizonte, al derribar una manzana de casas, conocida como la de los Álvarez. Y nos descubrió un paisaje urbano esplendoroso.

          Pero lo singular suele ser efímero y la exhibición estética la contemplamos contra reloj, porque iba siendo borrada a medida que ganaba altura y anchura la obra civil, que ocupó el sitio de la derribada manzana.

          Fue un prodigio histórico que observamos en vivo, pasmados y en formato 3 D. Porque vimos lo nunca visto, que abarcaba desde el recién descubierto costado derecho de la iglesia nueva de Sabugo incluidas sus torres de 47 metros de alturas, a los preciosos edificios de la calle Rui-Pérez que siempre nos había negado la estrecha perspectiva de la calle del marino. Y entre ambos costados, la cara de ese espectacular edificio modernista de principios de siglo XX de la calle La Florida.

Foto José Fernández.

          La geografía y la historia jugando a las cuatro esquinas.  Desde LA VOZ DE AVILÉS veíamos el parque del Muelle. Aquello fue algo mágico, una especie de refocile ético y estético. Y si éste desahogo urbano fue la leche, fresca, lo de aquella ENSIDESA fue la leche en polvo.

          Total que unos abaten la historia y otros le suben las faldas destapándola, fugazmente eso sí, que no conviene excitarse. No están los tiempos para calenturas, que la cosa está que arde, con Bolsas, Montoros y mercados echando humo.

          ¿El último que apague la luz? De eso nada. Hay mucho de caos financiero a plazo fijo y un desmedido terror mediático.

          Y en Avilés sabemos, por experiencia, que nunca llovió que no escampara. Niemeyer incluido, claro.

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La colosal calle de San Francisco, famoso plató cinematográfico
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Alberto del Río Legazpi | 13-08-2016 | 23:49| 3

(Reedición corregida del episodio publicado el 18/03/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS  y no incluida en este blog)

            Es una de las calles más insólitas de la ciudad asturiana, compuesta por un magistral conjunto de edificios modernistas porticados que están complementados por palacio, fuente barroca y bosque (a un costado y al pie, respectivamente) de un convento medieval. La de Dios.

            Viene del siglo XIII, cuando los franciscanos arribaron a Avilés y se instalaron en las afueras de la villa. Extramuros, construyeron su convento –bautizado San Francisco del Monte– al estar en un pequeño promontorio boscoso próximo a la puerta de la muralla conocida como de Cimadevilla y también La del Reloj, hoy calle de La Fruta.

            Consta, en el Libro de Acuerdos municipales de 1598, nombrada como La Canal porque las aguas –que abastecían Avilés desde Valparaíso– discurrían, aquí, por una canaleta a cielo abierto hacia el recinto amurallado. Siglos después fue calle General Lucuce (1903), Pablo Neruda (octubre de 1934, aunque no consta oficialmente), José A. Primo de Rivera (1938) y desde 1979 calle San Francisco.

            Es la única rúa tradicional avilesina que se mantiene porticada en toda su extensión en la acera de la derecha, la que reúne viviendas particulares. Los soportales acogen mayormente negocios hosteleros con la excepción de una tienda de ultramarinos tradicional llamada, con justicia, ‘La Colosal’ (1932). Una gozada.

            En la acera izquierda ‘solo’ hay un palacio, una fuente, un bosque y una iglesia.

            Entre los edificios números 2 y 16, los arquitectos Manuel del Busto (autor del diseño del teatro Palacio Valdés) y  Antonio Alonso Jorge (autor del de las Naves de Balsera) trazaron hace casi cien años y para admiración general, magníficos edificios donde abunda el modernismo en cantidad y calidad, sin faltar el ‘art deco’. Los soportales son de una elegancia notable y terminan, como la calle misma, adelgazados en altura y anchura, afilándose hacia un estilo tradicional para penetrar, como un pequeño puñal en Álvarez Acebal, esa plaza que te emplaza en Avilés.

            Y frente a todo este conjunto de viviendas, el más importante de la arquitectura avilesina de principios del siglo XX, están tres poderosas señales de la identidad histórica de la villa.

            Desde el lateral del palacio Ferrera de estilo barroco tempranero o renacentista tardío –que tanto me da, que me da lo mismo– hasta la fuente de San Francisco de seis caños y cuatrocientos años. O la portada principal del aquel antiguo convento, de hace ocho siglos, hoy parroquia de San Nicolás de Bari.

Woody Allen y Scarlett Johansson.

            Difícil, encontrar en cualquier ciudad, calle con tanta calidad y cantidad–histórica y constructiva- en tan escaso recorrido métrico, pues no alcanza los cien metros de longitud.

            Así que con tales prodigios no extrañe que famosos creadores cinematográficos tomen esta calle como escenario de sus películas. Citaré, como ejemplo, a dos de ellos, que además están premiados con un Oscar de Hollywood: el español José Luís Garci, rodó aquí secuencias de sus películas ‘You’re the One’ y ‘Luz de domingo’; y el norteamericano Woody Allen algunas de su filme ‘Vicky Cristina Barcelona’.

            Un plató con una milagrosa potencia icónica el de San Francisco, que no confundir con el San Francisco de California (Estados Unidos) ya que este de Avilés (España) tiene una antigüedad contrastada de cerca de mil años.

            Homérica longevidad, que diría John Ford.

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Aquel día, cuando por caminos de hierro llegó el tren a Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 06-08-2016 | 22:30| 0

(Reedición corregida del episodio publicado el 26/02/12 en el diario LA VOZ DE AVILÉS y no incluida en este blog)

          En un verano, de finales del siglo XIX, nos llegó el invento del ferrocarril. Ocurrió el 6 de julio de 1890 y es una relevante fecha en la historia local.

         En la mañana de aquel día y sobre un camino de hierro anclado a tierra firme, nos llegó el invento: una locomotora a vapor tirando por doce vagones atiborrados de autoridades, invitados y demás familia, que fueron basculados en la elegante estación, que todavía hoy conservamos.

El recibimiento fue multitudinario y muy festejado. Las actas del Ayuntamiento reflejan que en las celebraciones se gastaron 17.749,38 pesetas. Una pasta.

         Pero la ocasión lo merecía, porque el tren y las obras de la canalización de la Ría, recién terminadas, marcaban un hito en el avance industrial avilesino.    

         En el final de aquel siglo XIX a Avilés se le vino encima una catarata de modernidad: Canalización de la Ría, nueva Dársena de San Juan de Nieva, servicio telefónico urbano, alumbrado público eléctrico (pionero en Asturias, un regalo del marqués de Pinar del Río) y la llegada del ferrocarril, propiciada por aquel político-empresario-historiador que fue el segundo marqués de Teverga.

          Adviertan como curraba, por entonces, parte de la nobleza. Para que luego digan.

          Y es que hasta el director de la obra ferroviaria fue un conde, el italiano Sizzo-Noris, ingeniero y contratista de la compañía ‘Caminos de Hierro del Norte’ a la que se le adjudicaron las obras en 2.500.000 pesetas. Iniciadas el 1 de junio de 1887, día lluvioso según escribe el marqués de Teverga, barrenando las rocas de La Consolación, por debajo de la capilla corverana y continuándose desde aquí los trabajos del ‘sembrado’ del carril, en ambas direcciones: hacia Villabona (donde enlazaba con la línea principal Gijón-Madrid) y hacia San Juan de Nieva (fin de trayecto) y adonde llegaría, para la exportación vía marítima, el carbón de las cuencas mineras.

          Tres años después, en 1890, nacía para los avilesinos un nuevo transporte terrestre que anuló al que había: la diligencia. La que circulaba entre Gijón y Avilés rebajó el precio de los billetes a los viajeros, de 4 pesetas a 3. Pero fue inútil porque terminó capotando.

         Ya en 1854, al poner en marcha el tramo Gijón-Madrid, quedó muy claro que aquella novedad del ferrocarril iba a arrasar como medio de transporte, por comodidad y la duración del viaje. El dato es demoledor: el tiempo invertido por el tren entre la ciudad asturiana y la capital de España era de 22 horas, contra las 70 (repito: setenta) que tardaba la Diligencia de Postas, o coche tirado por caballos, medio tradicional de transporte hasta entonces.

         Y fue así, como los caballos de vapor sobre caminos de hierro, sustituyeron a los de cascos herrados y crines al viento por caminos polvorientos o embarrados. Moría un romanticismo y nacía otro.

          Los carriles pasaron a formar parte del paisaje urbano avilesino, tanto que en 1893 se puso en marcha un tranvía de vapor (La Chocolatera) entre Avilés y Salinas, otro de mercancías entre Salinas y Arnao y en 1921 un tranvía eléctrico que comunicaba Villalegre con Piedras Blancas cruzando las principales calles de Avilés; aparte del popularmente conocido como ‘Carreño’ hoy FEVE. Son episodios aparte.

         Pero lo que entonces fue progreso, hoy pasa por retroceso. Porque con el trazado ferroviario Avilés le perdió la cara a la ría, que es la madre de su puerto, siendo éste el padre de una villa histórica de muchos perendengues y que entonces perdió su fachada marítima.

         Además se ha multiplicado el tráfico urbano hasta niveles abusivos. Por lo que, para seguir progresando, es necesario trasladar o enterrar, los caminos de hierro. Y los otros.

         Va a tener razón el intelectual londinense Henry H. Ellis cuando dice que lo que llamamos progreso es el cambio de un inconveniente por otro. Y es que los ingleses… ¡pero que demonios! ¡Si hasta inventaron el tren!

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta