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Poblado de Llaranes, admiración urbanística
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Alberto del Río Legazpi | 04-07-2016 | 22:57| 0

El establecimiento de la gran siderúrgica Ensidesa en Avilés, generó  multitud de efectos industriales y también sociales como es el caso del Poblado de Llaranes.

          A la hora de escribir sobre Llaranes recuerdo una frase de José Luis García Martín: «El avilesino vive o trabaja en Avilés y ha nacido en cualquier parte, incluso en Avilés».

          A partir de 1954 muchos avilesinos, como los que señala el poeta, establecieron su domicilio (facilitado por la empresa) en un nuevo poblado construido en una de las zonas más antiguas, históricamente hablando, de la ciudad. O sea Llaranes (ver ‘El asombroso Llaranes por tierra, mar y aire’).

Año 1955. Llaranes en primer plano, Avilés al fondo.

          Allí, al lado de la población tradicional y de lo que queda de su pequeño templo de San Lorenzo, con guiño de ventana prerrománica, surgió un nuevo poblado con perlas como su iglesia de Santa Bárbara,  que alberga un bárbaro (también cabe decir maravilloso) patrimonio de arte moderno.

          Urbanísticamente atrevido, en forma y fondo, el poblado fue trazado por los arquitectos Francisco Goicoechea y Juan Manuel Cárdenas y es hoy una notable referencia urbanística nacional e internacional.

          Una referencia extraña para la oscura época en que se construyó por su funcionalidad, pues por entonces (año arriba, año abajo) se edificaron en Avilés mamotretos como los poblados de La Carriona y La Luz, por ejemplo. Y también por la filosofía de partida de crear un pueblo nuevo modélico de la noche a la mañana, de arriba abajo, con escuelas, hospital, instalaciones deportivas, iglesia, comercios (economato), centro social con múltiples actividades de ocio, parques y hasta plaza mayor clásica que incluía soportales y un destacado edificio en plan Ayuntamiento y que no siéndolo actuaba mejor que muchos de ellos.

Año 1968. Postal del Poblado de Llaranes.

          El nuevo poblado era como un injerto, en Asturias, de una población anglosajona, horizontal y no vertical en el crecimiento, con el extraño añadido de tejados de pizarra en todas las viviendas, lo que algunos interpretaban como un toque nórdico, pero que fue una casual transacción comercial.

          Destacan sus casas en su gran mayoría de planta baja y piso (el máximo eran bajo y dos plantas) y la abundancia de pequeñas zonas ajardinadas que las separan. El callejero fue otro dato inusual pues a las calles nuevas se les daban  nombres de políticos e ideólogos del régimen franquista. En Llaranes las calles construidas en la parte baja –en las antiguas praderías del potentado Gonzalo Heres ‘El Diamante’– llevan el nombre de ríos asturianos y de montes en la parte alta, donde está el edificio más elevado –como manda la tradición– o sea la iglesia, que es la de Dios en todos los sentidos, incluido su contenido artístico vanguardista.

          Inaugurado oficialmente en 1956 el poblado fue modélico en cuanto a su mantenimiento y un verdadero chollo para los vecinos, en torno a cinco mil. La mayoría de las reparaciones de las viviendas corrían a cargo de la empresa y se pintaban las fachadas con regularidad, cuidándose con mucho esmero calles, jardines y parque. Ya comprenderán, los que no conocieron aquellos tiempos, que todo esto fue algo excepcional en una época de vacas muy flacas, ética y estéticamente hablando.

Año 2008. En la Plaza Mayor con dos 'clásicos' del Poblado: Roberto Riestra a la izquierda y 'Nel' García a la derecha.

          Los niños de enseñanza primaria tenían educación gratuita en centros construidos al efecto y que por su singularidad son un episodio aparte. Los escolares en edad de estudios secundarios disponían de autobuses (lo que entonces era un lujo) gratuitos que los trasladaban a los diversos centros educativos de Avilés.

          La plaza mayor está diseñada en forma de U, con soportales para alojar locales comerciales. De hecho allí se instaló una entidad bancaria, correos, telefónica, una farmacia y una magnífica cafetería. También comenzó a funcionar el economato (mercancías a precios de coste) que no pudo atender a una enorme demanda e hizo necesario la construcción de un nuevo edificio, a escasa distancia de la plaza, de una arquitectura funcional y avanzada para la época, como casi todo lo del Poblado, cuya historia cuentan excelentemente, en sus libros, José Ángel del Río Gondell (‘Llaranes. Tres épocas’) y Jorge Bogaerts (‘El mundo social de Ensidesa’).

          Aquel economato inaugurado en agosto de 1962, lo explota desde 1995, y como supermercado, una empresa privada. Ya en 1983 la mayor parte de las actividades sociales comenzaron a ser abandonadas por Ensidesa, entonces inmersa en una crisis siderúrgica mundial. Las casas del poblado fueron puestas a la venta y los servicios públicos dejaron de ser cosa de la empresa haciéndose cargo de ello el Ayuntamiento de Avilés, lo que fue el colorín colorado.

          La Empresa Nacional Siderúrgica S.A. (Ensidesa) generó en Avilés gigantescos efectos industriales y también sociales. Y aunque, los que vinieron detrás, no dejaron ni migajas de instalaciones industriales más destacadas (un Horno Alto o la Central Térmica), de los sociales ha sobrevivido el Poblado de Llaranes por ejemplo.

          Ha perdurado su singular urbanismo, excepción que confirma la regla de mediocridad en la materia. Una creación que ojala quede ahí para siempre, como una señal, como una huella palpable de aquel tiempo –mediado el siglo XX– que marcó la mayor transformación que Avilés sufrió en su Historia.

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San Pedro como era calvo, le picaban los mosquitos
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Alberto del Río Legazpi | 26-06-2016 | 22:48| 1

Las danzas primas de Avilés, como las del resto de Asturias, son ancestrales.           

          Con el verano llega el calor y con el calor los mosquitos y también la Danza Prima baile muy antiguo que conservan, algo los gallegos, sobre todo los asturianos verdaderos guardianes ibéricos de esta tradición hoy festiva, ayer no tanto y anteayer guerrera.            

          Dice, hoy, la letra de una de las canciones típicas que se entonan en las danzas de Avilés, que a «San Pedro como era calvo/ le picaban los mosquitos. / Y Cristo le regaló / un sombrero de tres picos».          

          Ha de saber el visitante que las danzas primas no son sardanas de L’Empordà, como alguno cree ver, sino singular folklore asturiano que se celebra por San Juan (noche del 23 de junio), San Pedro (la del 28 de junio), la Virgen del Carmen (el 16 de julio) y Santa Ana (el 26 también de julio). Nótese que es un calendario de género ya que los bailes se celebran a partir de la medianoche de la víspera, en el caso de los santos, y del mismo día en el de las santas. De igual forma, conste que antiguamente hombres y mujeres danzaban por separado. Cada sexo con su corro.

Danzando en la plaza de España, ante el palacio Ferrera. (Foto Museo del Pueblo de Asturias)

          Es una pena que a medida que pasa el tiempo el número de danzas vaya adelgazando. Por los años sesenta, leo que eran seis fijas al año: las citadas más las celebradas el día de San Agustín y el domingo de Pascua. Y no digamos en el siglo XIX, donde también a parte de las clásicas danzaban los domingos de primavera en la plaza mayor de la villa.          

          La Danza Prima es un acontecimiento lúdico, hoy marcado por festividades religiosas católicas, pero que la mayoría de estudiosos remiten a un pasado remoto que algunos alargan hasta los celtas.          

          Los danzantes forman una rueda unidos por las manos, o enlazados por los dedos meñiques, mientras alguien (o unos pocos) entona una canción y los demás responden o corresponden. Todos giran con lentitud con pasos de avance y retroceso y un movimiento de brazos que sigue y acentúa el compás del canto.          

          En Asturias tienen fama las danzas primas de Llanes por la Magdalena y Santa Marina; en Pola de Siero el día del Carmen; la de Mieres en la noche de San Juan; la de Cudillero por San Pedro y en Avilés tres: San Juan, San Pedro y El Carmen.           En la villa avilesina, se cantan coplas que se repiten en todas las danzas, cambiándose sólo el estribillo, alusivo a la festividad de que se trate. Se repiten anécdotas y lugares.          

         Las hay que muestran seculares historias de ‘enfrentamiento’ como aquella que dice que «Mal haya quien puso el puente/ para pasar a la villa/ sabiendo que está en Sabugo/ la flor de la maravilla». Que es contestada por quienes cantan que «Es el barrio de Sabugo/ un barrio muy puñetero/ todo me huele a besugo/ y a suela de zapatero».          

          La historia se toma a beneficio de inventario, faltaba más. Es el caso de la copla que canta que «A Avilés no hay quien la ataque/ ni teme a las invasiones/ pues tenemos en el parque/ cuatro potentes cañones». Cuando resulta que unos cañones como los cantados los destruyeron los ingleses al tomar el castillo de Nieva (y por tanto Avilés) en el siglo XVIII, por no mentar la desgraciada invasión francesa ocurrida a principios del siglo XIX cuando la villa estuvo un par de años en poder las tropas de Napoleón Bonaparte. Pero estamos bailando y cantando para divertirnos.           Humor que a veces alcanza la categoría de negro: «Salieron de La Coruña/ cuatro con cuatro escopetas./ Y no pudieron coger a un cojo con dos muletas». O la que narra, con ribetes surrealistas, que «Cinco mil y más murieron/ en la trincha de un calzón./ Cuando allí murieron tantos/ que harían en un camisón».

Danza de San Juan, en la plaza Pedro Menéndez.

         Otras relacionan personajes y lugares locales como: «Les parrandes son de noche/ todes salen de Galiana./ Y todes van a parar/ a casa la Chichilana». ¿Y que pasaba en este local de Sabugo? pues que «En casa la Chichilana/ fain el café n’una olla/ cuélenlo por una media/ y dicen que sabe a gloria».          

          Las hay que se adecuan a los tiempos y si luego perduran o no, depende. Por ejemplo las que hacen alusión a la crisis industrial asturiana: «Probes chicas de Avilés/ ya no queden ingenieros. / Vais tener que ir a la cuenca/ a ver si queden mineros». O resaltar como se hizo algunos años la estatua de la foca, ejemplo de surrealismo puro y duro que deja noqueados e incluso airados a muchos turistas… ¡esto es un sindiós! Me increpó en una ocasión una señora de Toledo al mostrarle yo el monumento que la ciudad había dedicado a un pinnípedo y que cantado fue en la Danza de esta manera : «Hoy la villa de Avi­lés/ luce mucho más hermosa/ no sabemos si es la foca / o la fuente luminosa».          

          También las hay que ensalzan, con un pellizco cursi, las bellezas de la ciudad: «De Asturias la mejor flor/ es la villa de Avilés./ Lo dijeron Campoamor/ y el gran Palacio Valdés».          

          Sea como fuere, el avilesino o el viajero, no debe perderse la magia de noches como la de San Juan danzando alrededor o cerca de una hoguera, también la del Carmen iniciada en Galiana con la Salve marinera desplazándose luego el personal a danzar a la plaza de España, o la de la noche de San Pedro iniciada en esa misma plaza y que se va deslizando hacia la calle Rivero, sin perder el canto, hasta llegar a la capilla de ‘San Pedrín’, cariñoso nombre que junto con el de ‘Jesusín de Galiana’ causan el pasmo, o la carcajada, de bastantes forasteros atónitos, o divertidos, ante la familiaridad con que en Avilés se trata a santos y cristos.          

          Volviendo al principio, resulta que «San Pedro como era calvo/ a Cristo le pidió pelo. / Y Cristo le respondió/ déjate de pelos Pedro».          

          Si estas coplas las pillan los Rolling Stones se forran. Aún más, si cabe.

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A vueltas con el Casco Histórico
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Alberto del Río Legazpi | 19-06-2016 | 09:11| 1

Avilés, una ciudad cargada de historia, está revisando el Plan Especial de su monumental casco antiguo.

          Estos días anda en lenguas el casco histórico de Avilés, que inicia el proceso para su aprobación definitiva después de las modificaciones del documento redactado, en 2012, por el equipo del arquitecto Carlos Ferrán.

          Este famoso urbanista, ganador de varios premios nacionales e internacionales, declaró en su día que el casco histórico de Avilés –para él en algunos aspectos más importante que el de Oviedo– debería ser candidato a ser declarado Patrimonio de la Humanidad. Y defendía las ventajas que acarrearía para la ciudad el solo hecho de solicitar el inicio de ese proceso.

          Pero no es sólo Carlos Ferrán. En la red social Facebook hay una página titulada ‘Avilés Casco Histórico Patrimonio de la Humanidad’ que tiene, a la hora de escribir estas líneas, más de 7.300 seguidores.

          En cualquier caso no hay duda de los importantes vestigios del pasado que guarda Avilés en calles y edificios de su casco antiguo, declarado Conjunto Histórico Artístico por el Estado espa­ñol.

          Durante la Edad Media fue villa distinguida por un Fuero Real. Se fortificó y comenzó a desarrollar una considerable actividad comercial, su puerto marítimo fue el artífice, que la convirtió en la se­gunda población de Asturias. De aquella época guarda palacio, capillas e iglesias.

          En el siglo XVII, el crecimiento demográfico hizo necesario construir fuera de la muralla. Y surgieron tres palacios: el municipal y los de Ferrera y Llano Ponte que a su vez dieron origen a la actual plaza de España (El Parche, para los avilesinos) y al nacimiento de las impagables calles de Rivero y Galiana. Mansiones y vías públicas que, junto con el palacio de Camposagrado, conforman hoy una monumental herencia de arquitectura barroca.

          A finales del XIX la ciudad recibió un nuevo impulso urbanístico que dio paso -al desecar las marismas- a espacios como el parque del Muelle y la excepcional plaza del Mercado. También entonces se construyeron  espléndidos edificios en las calles La Cámara, La Muralla y La Fruta.

          Hacia la mitad del siglo XX, se establecieron en Avilés grandes factorías metalúr­gicas que casi quintuplicaron su población con la llegada de trabajadores de mu­chos puntos de España. Este ‘ensanche industrial’ obligó a la construcción de poblados en la periferia de la ciudad y supuso un vertiginoso crecimiento de su centro urba­no propiciando, en suma, el mayor cambio que Avilés ha experimentado en su historia.

          La mayoría de las señas de su pasado lograron sobrevivir a aquella avalancha industrial, pero paradójicamente las que están desapareciendo son las del patrimonio industrial, como fue el caso de la Central Térmica, gemela a la sede del museo Tate Modern de Londres. No sabemos valorar –con la honrosa excepción del Arnao de Castrillón– la arqueología industrial y eso nos pesará en el futuro.

          Con todo, estamos en una ciudad atlántica milenaria, recoleta y muy paseable, en la que uno de sus elementos arquitectónicos más singulares, el soportal, siempre nos pondrá a buen resguardo, del sol o de la lluvia, para descubrir el arte y la historia que Avi­lés sigue atesorando.

          Uno de los más antiguos periódicos europeos el ‘Berlingske Tidende’ de Copenhague y en extenso reportaje sobre Asturias  concede (¡asómbrense!) la mayor relevancia a Avilés al hablar de las tres grandes ciudades de la región.

          No tiene desperdicio el párrafo final del citado trabajo periodístico que me remitió, en su día y alborozado, Armando Sirvent Palacio-Valdés (entonces residente en Dinamarca) biznieto del universal escritor.

          Lo transcribo: «Está Gijón con un Acuario emocionante y con una Universidad Laboral increíblemente pomposa que Franco hizo construir en su dictatorial delirio de grandeza. Oviedo con su elegante barrio antiguo alrededor de la catedral con graciosas tiendas antiguas. Y Avilés, por la que la mayoría de la gente pasa de largo, pensando que es una pesadilla industrial a causa de las vistas desde la autopista, pero el centro de la ciudad es un pequeña perla que un día será nombrada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si uno es joven y quiere conocer a jóvenes españoles, este es el lugar dónde hacerlo. Todo el centro de la ciudad con las largas aceras con soportales, se llena por las noches de gente joven».

          Escrito está en uno de los diarios decanos de la prensa europea.

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En busca de la muralla perdida
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Alberto del Río Legazpi | 12-06-2016 | 21:37| 1

 (La edificación quizás más importante del Casco Histórico de Avilés fue su muralla medieval que construida hace unos mil años, y destruida hace 200, se intenta hoy recuperar en parte).

          Por el siglo XVI bajabas por La Ferrería, dejando a la derecha la parroquia de San Nicolás de Bari (hoy San Antonio) con su cementerio y la capilla de Las Alas al lado de la cual se reunía el Ayuntamiento, y al final de la calle estaba la Puerta de la Mar.

          Si la cruzabas ya estabas en el Puerto de Avilés, situado en el delta que formaba el río Tuluergo al desembocar en la Ría y por tanto fuera de la muralla. Torciendo hacia la izquierda y al final del muelle, pasado el palacio de Camposagrado, había un viejo y estrecho puente que cruzaba el Tuluergo (a la altura del actualmente abandonado Café Colón) por el que entraba muy justo un caballo con las alforjas llenas, que te llevaba al pueblo de pescadores de Sabugo, cuya iglesia dependía del arciprestazgo de Pravia de Allende. Dos detalles que dan que pensar sobre las delicadas relaciones entre la Villa y Sabugo. Tan cerca y tan lejos.

          Pero volviendo a la Puerta de la Mar, si en vez de torcer a la izquierda lo hacías a la derecha caminabas por una zona del muelle de prolongada curva que iba haciendo la muralla de la que sobresalían pequeñas montañas blancas. Eran los alfolíes o almacenes de sal –oro  medieval– cuyo monopolio, Avilés, tenía en Asturias. La curva llegaba al puente de piedra de San Sebastián donde terminaba el muelle y entonces te dabas cuenta que el Puerto de Avilés iba de puente a puente.

           Allí frente al viaducto estaba otra puerta de la muralla (en el inicio de la hoy calle de Los Alfolíes) a la que unos llamaban Puerta del Puente. Atravesándola ingresabas de nuevo en la Villa y podías cruzarla (por las actuales plaza de Carlos Lobo y calle San Bernardo) casi en línea recta –era el Camino Real que comunicaba el centro de Asturias con el oriente costero– hasta salir por otra de las puertas de la muralla, la de La Cámara le decían unos por el nombre de la fuente que allí había.

          Ya fuera de la Villa, podías seguir dando un paseo ascendiendo por la senda (hoy calle Cabruñana) del Camino Real, cruzando con campesinos que bajaban del interior de Asturias con carros cargados de frutos secos (nueces, avellanas, etc.) para vender en los barcos atracados en el muelle.  En la parte alta te desviabas hacia un muy extenso robledal llamado Plantío Real del Carbayedo, enorme bosque de carbayos de donde se sacaba madera también para la exportación.

          Podías regresar a la Villa bajando por la galiana. En aquella cañada por la que arrollaba el agua y circulaba el ganado, lo primero que te encontrabas era el convento de San Francisco del Monte (hoy iglesia de San Nicolás de Bari) y a continuación lo que algunos llamaban ‘plaza de Fuera de la Villa’ (hoy plaza de España), en realidad un bosque de álamos, robles y castaños con cuatro casas, una de ellas el pequeño hospital de San Juan.

          Y allí, frente a ti, tenías otra vez la muralla a la que podías acceder por la Puerta de Cima de Villa (actual calle La Fruta), también conocida como la del Reloj, el único que marcaba la hora en Avilés. Era una calle cerrada al fondo por la propiedad de lo que hoy es palacio de Camposagrado.

          Pero la principal entrada era por la hoy calle La Ferrería, la Puerta del Alcázar, llamada así por la edificación defensiva colocada a su lado. Por esta puerta salía y entraba gran parte del tráfico al puerto avilesino que también era el puerto de Oviedo y de gran parte del norte de Castilla.

          A la mitad de La Ferrería estaba la hoy conocida como calle El Sol, con un precioso edificio gótico propiedad de un rico comerciante, inmueble hoy llamado palacio de Valdecarzana.

          Esta calle el centro geográfico del recinto amurallado almenado de Avilés, que tenía un perímetro de forma oval de unos 800 metros, una altura media de tres metros y una superficie de unos 46.000 metros cuadrados(un poco más de la mitad del parque Ferrera). Se estima que fue construida hacia el siglo XI.

          Y fue en el XIX cuando se derribó basándose, la autoridad de la época, en argumentaciones legales que mayormente camuflaban intereses inmobiliarios.

          Desde entonces, y hasta este siglo XXI, lo que queda de muralla está enterrado o escondido. Hay calles, o parte de ellas, que se han levantado sobre sus cimientos: La Cámara (en su bajada por la acera derecha) o los edificios a caballo entre las calles La Muralla (que no tiene el nombre en balde) y San Bernardo.

          Quedan restos en lugares privados: en el piso bajo del palacio de Camposagrado, en un patio de un antiguo edificio de la Autoridad Portuaria en la calle Las Alas y hoy lugar de aparcamiento de automóviles de funcionarios del Principado, así como en dos populares locales hosteleros (cuando se escribe este episodio cerrados) como Moisés y La Parra, donde se escanciaba sidra a raudales.

          Todo lo anterior no debería llevar a especular sobre un hipotético paralelismo entre la sidra y la muralla medieval.

          De lo que no cabe duda es que estos Episodios Avilesinos cumplen, hoy, cinco años desde su primera publicación (12 de junio de 2011) en LA VOZ DE AVILÉS. Un lustro ilustrado.

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Sorolla en Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 05-06-2016 | 09:24| 0

(En el mes de julio de 1902, el gran pintor español, se alojó en un hotel frente al parque del Muelle, realizó distintos bocetos y pintó un óleo en el puerto, cerca del puente de San Sebastián).

        Joaquín Sorolla Bastida nunca llegó a conocer, y puede que no tenga importancia, la vistosa terraza aérea del Café Colón y eso que se alojó, en aquel verano de 1902, en el Hotel Iberia, que estaba justo encima del histórico café ocupando la segunda planta de aquel inmueble de parada y fonda, que hacía esquina frente al nuevo y reluciente parque del Muelle y sus alrededores de modernidad.

          Cuando llegó con sus bártulos a aquel Avilés, tenía Sorolla 36 años de edad y ya era artista de fama internacional. Había pasado el invierno pintando en Andalucía, la primavera entre Francia, Holanda e Inglaterra y en el estío se vino a Asturias –con su mujer Clotilde García del Castillo y los tres hijos del matrimonio– alquilando casa en San Juan de la Arena. Los siguientes veranos lo harían en San Esteban, que unos dicen que de Pravia y otros que de Bocamar.

          Sorolla sentía gran curiosidad por la célebre colonia artística que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, ‘funcionó’ en Muros del Nalón, un lugar mágico que irradió tal magnetismo que consiguió atraer a pintores y escritores de renombre, caso del poeta nicaragüense Rubén Darío, a quien es una pena que Sorolla no lo hubiese inmortalizado vestido como iba aquel temperamental centroamericano, de frac y sombrero de copa cuando acudía algunas noches y cruzando la ría, al bar de la fonda ‘El Brillante’ de San Esteban para escribir poemas humedecidos de ajenjo, regresando luego a lomos de chalupa a San Juan de la Arena, donde se hospedaba, respirando sorbitos de champaña. Un número.

          En aquellos veranos pasados en la desembocadura del Nalón, uno se imagina a  Joaquín Sorolla –pintor por antonomasia del sol y de la luz– un tanto abrumado por las brumas asturianas.

          En cualquier caso pintó 44 cuadros, la mayoría paisajes cercanos a su residencia veraniega, pero también algunos sueltos como el realizado en Avilés en aquel julio de 1902.

          Se trata de un pequeño óleo, de 10,1 x17 cm, titulado ‘Puerto de Avilés’ y que está localizado en el antiguo muelle local, cerca del puente de San Sebastián, al lado de una escalera (hoy sin acceso) que se puede ver, desde la pasarela que une el inicio del puerto deportivo y el Centro Niemeyer.

          Chiquito pero matón, dicho óleo formó parte de una exposición itinerante de la obra de Sorolla, en 1909, por las ciudades norteamericanas de Nueva York, Buffalo y Boston; de otra, en 1995, por Valencia y Castellón y también de la que en 1996 viajó hasta Bogotá en Colombia.

          En aquel julio de 1902, en Avilés, el artista valenciano anduvo pateando la ciudad dejando las muestras en su cuaderno de trabajo. No sabemos los días que estuvo, pero uno de ellos con seguridad fue lunes porque dos dibujos, entre varios que se conservan en el Museo Sorolla de Madrid, corresponden a una feria de ganado y la del Carbayedo se celebraba dicho día de la semana. Otros dos parecen remitir a la calle Galiana.

          No hay constancia de que volviera a Avilés, así que no llegó a conocer y puede que no tenga importancia, la artística terraza de hierro que el Café Colón instaló en 1905 y que ahí sigue, justo debajo de la habitación de aquel hotel hoy desaparecido, donde en 1902 se alojó Joaquín Sorolla, el genial pintor español que le sacó los colores al mar.

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La primavera el turismo altera
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Alberto del Río Legazpi | 12-06-2016 | 21:15| 0

(Desde el pasado siglo XX Avilés ha tenido primaveras teñidas de aconteceres turísticos).

     El otro día, que fue 26 de mayo de 2016, se presentó un nuevo hotel en Avilés que lleva por nombre ’40 nudos’, que manda calao, que dicen los de la mar salada.

      Es nuevo ‘ma non troppo’. Porque en el fondo es heredero –cambiada la propiedad y parte del nombre– de aquel histórico establecimiento anclado por Serrana Gutiérrez Pumarino en 1867, a pie de muelle del entonces [hoy calle La Muralla] puerto de Avilés. Primero funcionó como fonda y desde 1917 como hotel, pero siempre con La Serrana por nombre y con renombre en España.

     Un ejemplo lo encontramos en ‘Viaje a Asturias por León’ de Alfonso Pérez Nieva (escritor y político que fue ministro de Bellas Artes entre 1923 y 1925). Un libro que es una especie de guía Michelín de aquella época, donde se puede leer que «Avilés tiene dos notas que no deben olvidarse: una antigua y otra moderna. La antigua es el Fuero o Carta puebla, precioso documento, el primero escrito en romance; y la Serrana, una fonda donde se almuerza como en el Lhardy de Madrid. Instruir… comiendo». Ahí queda eso: El Fuero y La Serrana.

     Más tarde, en los años sesenta del siglo XX, el hotel cambió de ubicación (y parte de la propiedad) a la calle de La Fruta y mudó su nombre en Luzana, aunque conservando el restaurante el nombre de La Serrana, apetece hacer la ola cuando uno se acuerda de su cocina y en especial de los canapés. Y también de su sala musical ‘Alegro ma non troppo’. Pero hace poco el complejo hotelero entró en crisis de distintos amos, más de allá que de aquí, que llevó el hotel al cierre.

     Hasta que en esta primavera del 2016 lo han resucitado un grupo de avilesinos de esos que suelen tirar p’alante. Remozadas sus instalaciones hoteleras fueron bautizadas con olor a salitre, sin embargo los servicios hosteleros vuelven a conservan el histórico nombre de La Serrana, aquella de parada y fonda que estuvo amarrada a un costado de la Ría de Avilés.

     Episodio aparte es el turismo del primer tercio del siglo XX, cuando se quiso estar a la altura de Santander o San Sebastián, con el Balneario y Náutico de Salinas además del Gran Hotel de Avilés.

     Avanzando hacia la primavera de la mitad del siglo XX, el Boletín Oficial del Estado (BOE) de fecha 27 de mayo de 1955 publicó un decreto firmado por el Jefe del Estado, entonces el general Franco, donde se declaraba ‘Conjunto Histórico–Artístico’ a buena parte del casco antiguo de Avilés. Cosa que, como ya tengo escrito en episodio a él dedicado, se le debe al intelectual madrileño José Francés, un personaje fascinado por Avilés donde veraneaba. Él fue el autor de una ponencia, presentada en la Real Academia de Bellas Artes, basada en un informe del arquitecto estatal Luís Menéndez–Pidal Álvarez, una autoridad con mando en el patrimonio del norte de España, donde hacía ver la urgente necesidad de proteger el de la monumental villa de Avilés.

     Aquella fue una decisión histórica, pues a nadie se le escapa que si hoy se vende turísticamente Avilés y Comarca es en gran parte debido al monumental casco histórico de la histórica villa.

     En la primavera de 1996 el Ayuntamiento avilesino, siendo alcalde Agustín González Sánchez, puso en marcha un servicio de Promoción Turística para el que habilitó una dependencia de la Oficina de Turismo, entonces regida por el Principado de Asturias y ubicada en un singular edificio, antigua  cárcel del partido judicial avilesino, en la calle Ruiz-Gómez popularmente conocida, como no, como calle La Cárcel.

     Y promocionando que es gerundio, ese mismo verano Avilés presenta, por primera vez, un stand en la Feria Internacional de Muestras de Asturias cuyo contenido está centrado en el casco antiguo de la ciudad. Y se organiza una Semana de Avilés en Madrid para que se viera en la capital del Reino, que tantos visitantes nos trae que también hay cultura y patrimonio de calidad en un paisaje tapado por el humo del acero, cristal, aluminio y zinc. Y esto y aquello y lo de más allá pero sobre todo que, en enero de 1997, Avilés participa por primera vez en FITUR, la mayor feria de turismo del mundo.

     Paralelamente la ciudad fue cogiendo marcha y poniéndose coqueta en fachadas y calles peatonales. Antes había conseguido que los autobuses de turistas que llenaban los hoteles de Gijón y Oviedo, en su tránsito por Asturias, pararan en Avilés aunque fuera media hora. Y la cosa empezó a rodar, porque luego ya fueron llegando grupo tras grupo de turistas, una estampa que se hizo tan habitual como para que hoy no llamen la atención; se les hacían visitas guiadas por el casco histórico y pasaban gran parte del día en Avilés. Hasta que, por fin, empezaron a querer pernoctar y entonces surgieron más hoteles.

     Desde entonces no dejaron de llegar, ahora incluso en cruceros que atracan a 100 metros de La Cárcel. Entiéndase la frase en el mejor de los sentidos.

     Pero hay que volver hacia atrás, a la primavera del año 2000, y en la repetida fecha de otro 27 de mayo. Porque tal día se celebró en el teatro Palacio Valdés una convención con la asistencia de 200 directivos de la sociedad ‘Iberia Tiempo Libre. Mundicolor’, uno de los más poderosos tour-operadores europeos. Cosa que multiplicada en los  medios de comunicación constituyó un reconocimiento de facto, de Avilés como destino turístico, una industria ausente de chimeneas industriales.

     Si se quiere explicar el aumento del turismo en la Villa del Adelantado hágase de esta sencilla forma: en 1996 solo había un hotel (Luzana) en el centro urbano y en 2003 ya eran cinco.

     Y si le piden fechas recuérdeles que en aquellos siete años (1996 a2003) fueron abriendo uno tras otro –añadiéndose al Luzana– el Hotel de la Villa, el Don Pedro, el Silken y un Ferrera de cinco estrellas.

     Luego vendría más crecimiento, la comarcalización turística y otras iniciativas que son episodio aparte, hasta llegar a este mayo de 40 nudos.

     Está visto que, en Avilés, la primavera el turismo altera.

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El trágico motín del maíz
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Alberto del Río Legazpi | 22-05-2016 | 09:24| 0

(En el año 1847 Avilés fue sacudido por dos motines: el sonado de las campanas, ya publicado, y el trágico del maíz cuya represión costó muertos y heridos).
          En la madrugada del 26 de mayo de 1847 llegaron las tropas del ejército al barrio avilesino de Villalegre donde acantonaron.
          Al frente venía el Gobernador de Asturias, lo que no presagiaba nada bueno pues era la misma persona que meses atrás también había enviado al ejército a rescatar unas campanas que por capricho, no por derecho, se querían llevar a Oviedo las monjas Clarisas que habían estado alojadas cinco años en el convento de San Francisco (hoy iglesia de San Nicolás de Bari).
          Aquel suceso, conocido como ‘El motín de las campanas’, ocurrido unos meses antes, enfrentó al Gobernador con todo el pueblo avilesino y sus autoridades, pues incluso el Ayuntamiento había tomado partido a favor de defender unas campanas que habían pagado los avilesinos. De nada sirvieron los intentos negociadores del alcalde, Francisco Quevedo Heres, y el de otros notables de la ciudad de solucionar pacíficamente el problema con la autoridad provincial quien poseído por el ordeno y mando, envió al ejército a Avilés para que los soldados subieran a la torre del convento, desmontaran las campanas y las llevaran a Oviedo. Orden cumplida y clamoroso cabreo en Avilés, donde aquello fue considerado un agravio gratuito, una afrenta a la villa.
          Quizá ajeno a las consecuencias, en la opinión pública avilesina, de aquel motín campanero –ocurrido en febrero– en aquella mañana del 26 de mayo el Gobernador dejó a los soldados acantonados en Villalegre y se hizo acompañar por la Guardia Civil para entrar ‘discretamente’ en Avilés instalándose en el Ayuntamiento, que seguía presidido por Francisco Quevedo siendo tenientes de alcalde Manuel Álvarez de la Campa y Fernando Cuerbo (sic) Arango: los regidores (concejales) eran Manuel Suárez, Ángel Menéndez, José García San Miguel (quien años después sería el primer marqués de Teverga), Juan Antonio Gutiérrez, Manuel López Figueiras y Francisco Menéndez Sierra.
          En aquella fecha primaveral, en Avilés, los ánimos estaban muy alterados en situación directamente proporcional a la escasez de alimentos que sufría buena parte de la población. A la falta de trabajo se había unido la de víveres, así que el ambiente se desesperó días antes, impidiendo la gente el embarque en el puerto de un cargamento de maíz que intentaba un consignatario. No era aceptable ver pasar el alimento por delante de sus narices. Se olía pero no se comía. Toda una provocación.
          Pero el Gobernador, al que la flauta le debía de sonar a trompeta y el violín a tambor, había venido a defender la sacrosanta libertad comercial, dejando en segundo plano una extremada y explosiva situación humanitaria. Y, más tranquilo que un ocho, ordenó que los doscientos soldados traídos de Oviedo levantaran el campo en Villalegre por la noche y amaneciesen en Avilés el jueves 27 de mayo de 1847, concentrados en el Ayuntamiento que se convirtió de hecho en cuartel durante unos cuantos días.
          «Amaneció el día 27 clara y despejada la atmósfera pero sobre las diez de su ma­ñana principió a cubrir su oscuro manto, como para denotar los tristes sucesos que ha­bían de suceder dentro de muy pocos instantes» escribió Simón Fernández Perdones.
          Desde los almacenes de Calixto Carvajal, situados en la calle San Bernardo, comenzaron a salir carros (entre el apedreamiento al inmueble por parte de manifestantes) cargados de sacos de maíz para embarcarlos en el muelle (entonces, para situar al lector, al pie del palacio de Camposagrado) al objeto de cumplimentar un pedido hecho por el comerciante gijonés Dionisio Acebal. Pero en la plaza [de Carlos Lobo] antes de bajar la rampa que conducía al muelle se presentaron varios grupos de hombres, mujeres y niños intentando impedirlo.
          El Gobernador dio órdenes para que la tropa desalojase la plaza y taponara las calles que daban a ella: las actuales La Ferrería, San Bernardo y Los Alfolíes. A continuación hizo leer un bando sobre orden público, pero solo se hizo en la plaza y en La Ferrería. No hubo conocimiento general del mismo, aunque es dudoso que si dicho documento amenazador hubiese llegado a todos los rincones de Avilés hubiera impedido lo que aconteció luego. Porque reinaba la desesperación.
          Así que los carros cargados de sacos de maíz, protegidos por la tropa, comenzaron a bajar al puerto donde fueron repelidos por grupos de gente que había estado apostada en los extremos del muelle, es decir de las inmediaciones del viejo puente de piedra de San Sebastián (donde hoy está la entrada del bar ‘La Parra’) y del puente viejo de Sabugo (donde luego estuvo lo que fue Café Colón). Los manifestantes comenzaron a lanzar piedras contra los carros y en casos se apoderaron de ellos y rajaron los sacos mientras niños y mujeres recogían el grano para llevárselo.
           Y entonces, sin más, ocurrió que los soldados abrieron fuego «sin saberse de orden de quien» contra los manifestantes «resultando seis muertos e infinitos heridos». Una matanza.
          «No se puede describir el efecto que cau­saba ver pasar, por una parte, para el Hospital de Caridad [Hospital de Peregrinos de la calle Rivero] heridos en sillas de manos y tras ellos el Viático, y por otra los llantos, gritos y el mayor desconsuelo de las familias de los que yacían muertos y tendidos por las calles».
          Lo que estoy contando no es ninguna novela, está basado en lo que dejó escrito Simón Fernández Perdones –entonces Secretario del Ayuntamiento avilesino, por tanto testigo de los hechos, y que más tarde sería alcalde de la ciudad– en su obra ‘Anales de Avilés’, la primera historia de la villa que se conoce –por breve que sea– fechada en 1855. El sacerdote, y académico del RIDEA, José Manuel Feito preparó una edición del citado manuscrito en 1988 para una asociación histórica privada (Monumenta Histórica Asturiensia) y posteriormente otra –espléndida por cierto– en 2009, publicada por ediciones ‘Nieva’, con un añadido facsimilar del manuscrito de Fernández Perdones, y que fue sufragada por el Ayuntamiento de Avilés a iniciativa del concejal de cultura de entonces, Ramón A. Álvarez.
          Del manuscrito de Fernández Perdones –que José Manuel  Feito encontró en un domicilio particular de Avilés– bebieron historiadores próximos a aquel tiempo, como David Arias García (en su ‘Historia General de Avilés y su concejo’) y Julián García San Miguel, segundo marqués de Teverga, (autor de ‘Avilés. Noticias Históricas’) para narrar también ellos el dramático episodio complementándolo con otros datos.
          Aunque hay que decir  que el marqués, aparte de poner textualmente trigo donde es maíz y referirse a los manifestantes como ‘populacho’, parece poner la inviolabilidad de la sacrosanta propiedad privada por encima de la desquiciada situación social que en aquel momento vivía buena parte de la población avilesina.
          David Arias García, padre del que sería dos veces alcalde republicano David Arias Rodríguez del Valle, habla de las mujeres como principal elemento de la resistencia en aquella nefasta jornada.
          En fin, que el ejército permaneció unos días en Avilés hasta que se serenaran los ánimos, que lo hicieron –mal que bien– cuando fueron serenados los estómagos.
          Tremendo aquel tiempo oscuro, miserable y famélico del Avilés (y por extensión Asturias y España) de la primera mitad del siglo XIX, que explotó en 1847 cuando la hambruna manifiesta de unos, y el temor de otros a que también les alcanzara a ellos –dada la alarmante carestía de alimentos, en especial de maíz, importante componente de la dieta de entonces– llevó a la desesperación a muchos, pues es de cajón que persona hambrienta es persona enojada por naturaleza.
          Fue aquel, un año de motines en Avilés. Y si en febrero dejaron de sonar las campanas en mayo sonaron disparos de fusil.
          No doblaron las campanas en invierno pero si lo hicieron los cuerpos de manifestantes en la primavera de 1847.
          Fue la oscuridad extendiéndose más allá de la oscuridad.

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La ‘aplacada’ villa de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 15-05-2016 | 09:28| 2

Placas oficiales, conmemorativas o informativas, distribuidas por el centro urbano de la ciudad y que están, a la vista, tomando el aire las 24 horas de cada día.
            Aparte de las placas que informan del nombre de calles y plazas, por la ciudad hay otras que recuerdan personas, homenajes y efemérides. No están todas las que son, pero son todas las que están.
            Reproduzco el contenido de las mismas –excluyo las que figuran en estatuas– sin trocar ni una coma y advirtiendo que la barra quebrada significa cambio de línea en el texto de la placa. Dicho lo cual comienzo la relación con una de Rivero que precisamente, el jueves, cumple 40 años.
            En la calle Rivero (en la entrada principal al parque Ferrera): «Sus Majestades los Re- / yes de España, don Juan / Carlos I y doña Sofia, / inauguraron este par- / que con ocasión de su visita a esta villa el día / 19 de mayo de 1976».
            Calle Rivero nº 8: «En esta casa / transcurrieron los años de niñez / y de primera juventud del glorioso novelista don / Armando Palacio Valdés».
            Calle de La Ferrería nº 31 y en placa con relieve escultórico del homenajeado: «Aquí vivió y murió / el ilustre avilesino / D. Estanislao Sanchez Calvo / original autor / de obras filosóficas / y escritos literarios / a quien en 1903, / ocho años despues de su muerte, / dedican este recuerdo / y rinden este homenaje/ sus amigos y admiradores».
            Plaza de Carlos Lobo nº 1 (en la parte superior de la placa figura el escudo de Avilés): «En este lugar A. M. Pruneda / abrió la primera imprenta y editó / El Eco de Avilés / primer periódico de esta Villa (1866) / En el centenario de la muerte / del impresor (1906-2006) / Conceyu D’Avilés –ENEAS»
            En calle de La Fruta nº 24: «En esta casa vivió y escribió el / Excmo. Sr. D. / Constantino Suarez ‘Españolito’. / En el centenario de su nacimiento el / Instituto de Estudios Asturianos y el / Excmo. Ayuntamiento de Avilés le / dedican este recuerdo / 1890-1990».
            Calle de La Cámara, 23: «Palacio de Maqua. / Estas fachadas del palacio / de Maqua fueron recuperadas / por la Escuela Taller del INEM / con la colaboración del / Ayuntamiento de Avilés y del / Fondo Social Europeo. / Agosto 1997».
            Plaza Álvarez Acebal nº 9: «Aquí vivió / Ana de Valle / poeta / la villa de Avilés / en reconocimiento / a su vida y obra / abril 1984»
            Calle Galiana nº 1: «Aquí ejerció de maestro / hasta su fallecimiento / el educador ejemplar / Florentino F. Carbayeda / sus exalumnos le dedican / este recuerdo / 1891 – 1965».

Placa a Sánchez-Calvo en la calle La Ferrería.


            Calle Galiana nº 12, medianera del edificio: «En homenaje a don Angel Serrano / Villanueva y a su esposa, doña Teofila Chico Garrachon, que en esta casa / impartieron la enseñanza a varias / generaciones. / Quienes fueron alumnos suyos les / dedican, agradecidos».
            Calle La Magdalena nº 1: «Albergue Pedro Solís. / Fundador en 1513 de un (albergue-hospital) en donde se / daba a los peregrinos (a Santiago) cubierto, cama y fuego. / Avilés 1997 / Museo-Escuela Municipal de Cerámica».
            Calle Llano Ponte, nº 49: «La Vidriera. / Campo de concentración/ de prisioneros republicanos. / A los que dieron su vida/ por la libertad y la democracia»
            Pasaje del Bollo –transversal de calle La Muralla– en el lateral del edificio de la izquierda: «En este lugar, donde / existió la fonda ‘La Serrana’, / fundó el doctor Claudio Luanco / la fiesta de ‘El Bollo’ en el año 1893. / Avilés, Pascua 1993».
            Calle de La Fruta, en el inicio, placa colocada en un monolito sobre el firme: «En este lugar se encontraban / emplazadas las murallas medievales / defensivas, que circundaron la villa / de Avilés hasta comienzos del siglo XIX, / y la angosta puerta de Cimadevilla / situada bajo la antiquísima / torre del reloj que se derrumbó / en la primera mitad del s. XVIII. / los vestigios que perduran / se conservan bajo los enlosados / señalados en el pavimento. / Mayo de 2000»
            Plaza de España, en un monolito frente al inicio de la calle de La Ferrería: «En este lugar se encontraban emplazadas / las murallas medievales defensivas, que circundaron hasta comienzos / del siglo XIX la villa de Avilés, / y la puerta llamada del alcázar / de acceso a la misma. Los vestigios que perduran / se conservan bajo los enlosados / señalados en el pavimento. / Mayo de 2000».
            Calle González Abarca esquina con José López–Ocaña: «Escuelas Taller / y Casas de Oficios / Este Lavadero de González Abarca / fue recuperado por la / Escuela-Taller del INEM / Fuentes y Lavadero II. / Con la colaboración del / Excmo. Ayto de Avilés y del / Fondo Social Europeo / Enero de 1999»
            En el edificio de la calle de La Estación, nº 10: «En esta casa vivió y murió / el poeta avilesino en bable / Marcos del Torniello. / Cofradía del Bollo. / Agosto 1995».
            Plaza del Carbayo, en la iglesia vieja de Sto. Tomás de Cantorbery, dentro del recinto enrejado pero visible desde fuera, a la izquierda de la entrada principal y dificultosamente se alcanza a leer: «ESTA CAPILLA MA[n]DO FAZER… / E FIZO, EN EL AÑO DE / MIL E QUIN[i]ENTOS, DIEZ E SIETE AÑOS (el resto es ya totalmente ilegible…)».
            Es un ejercicio de difícil lectura, pero no se cabree, ‘apláquese’, aunque no demasiado porque aún restan, en episodio aparte, las distribuidas por barrios e incluso comarca.
            Las placas recuerdan parte de la historia local. Tanto las que están presentes como las ausentes, aquellas que deberían estar dedicadas a otras personas y a otros hechos que algunos echan en falta.
            Depende de quien lo mire y el color del cristal con que lo haga. Que cada quien es cada cual.

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El Castillo de San Juan y la invasión inglesa de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 08-05-2016 | 09:24| 2

(La histórica fortaleza avilesina de la península de Nieva fue tomada, en 1762, por la Armada británica)
          El castillo de San Juan de Nieva jugó el papel de vigía y de  avanzadilla defensiva en la entrada de la Ría de Avilés, tal como lo había hecho antes el mítico Castillo de Gauzón, hoy en gloriosa fase de resurrección.
         La intimidante silueta pétrea del Castillo de San Juan con certeza tuvo que persuadir a muchas naves enemigas obligándolas a virar en redondo. Pero no siempre acoquinó, como veremos.
         Su construcción se calcula entre finales de la Edad Media e inicios de Edad Moderna, justo cuando España empezó a consolidarse como primera potencia mundial. Las primeras noticias como baluarte con cañones se tienen a mediados del siglo XVI.
         Desde entonces fue siempre vigía y punta de lanza contra posibles ataques e invasiones entonces frecuentes en importantes villas marinas. Avilés, además, era poseedora de uno de los más destacados puertos del norte de la península ibérica, razón por la que ya había sido amurallada siglos antes.
          Siempre que surgieron amenazas guerreras la primera medida era reforzar armas y personal en el Castillo de San Juan. Y todo fue más menos bien hasta un día de agosto de 1762, año en que España e Inglaterra se las tuvieron tiesas una vez más.
          Lo ocurrido ese día y los siguientes, lo hago un poco de la mano de Ricardo García Iglesias, ingeniero y oficial de la Armada española y uno de los mejores conocedores de la historia y características de la Ría avilesina.
          Ya en julio de 1762 buques ingleses anduvieron merodeando por la costa avilesina persiguiendo a un buque de Francia, también entonces enemigo de Inglaterra. La artillería del baluarte avilesino consiguió ahuyentar a los ingleses.
          El 27 de agosto, según nos relata Reconco (famoso escribano de entonces y que fue el redactor del suceso habido en Avilés en 1755 y ya recogido en el episodio ‘Hoy se cumplen 260 años del tsunami sufrido por Avilés’) aparecen los navíos españoles ‘San Ignazio’ y ‘San Joseph’, procedentes de América,  cargados principalmente de cacao, perseguidos por una fragata inglesa que los acosa, como no pueden entrar en el puerto avilesinos por falta de calado, fondean cerca de la bocana de la Ría, bajo la protección de la artillería del Castillo de San Juan.
          Y como los ingleses achuchaban el San Ignazio, puso rumbo al cercano puerto de San Esteban, pero en la maniobra de entrada por la desembocadura del Nalón naufragó en la playa de los Quebrantos.
         El San Joseph, aguanta la presencia de los ingleses e inicia la descarga trasbordando el cacao a lanchas que lo llevan para Avilés, pero a los tres días es atacado por los británicos que lo incendian y echan a pique, ante la impotencia de la artillería del castillo avilesino.  
          Envalentonados los ingleses, desembarcan y toman el Castillo de San Juan, inmovilizando algunos cañones y arrojando otros a la mar. El relato no es continuado porque falta una de las páginas de la crónica del escribano Reconco. Los ingleses abandonaron suelo español cuando docenas de personas los rodean amenazantes, y que supongo lugareños de Nieva y alrededores, sin descartar gente venida de Avilés al trote. Según relata, pomposamente, el marqués de Teverga en su libro ‘Avilés. Noticias históricas’ «los paisanos les acometieron con denuedo y energía teniendo que abandonar a las pocas horas, y mal lo hubieran pasado, si con pres­teza no se embarcan para librarse de la per­secución de aquellos valerosos campesinos».
          Tengo escrito que una amiga mía nunca entendió el hecho de que para una vez que nos invade la pérfida Albión y encima los vencemos ni lo celebramos como hazaña a recordar, ni lo explotamos en nuestra historia con titulares del calibre de ‘El imperio inglés humillado en Avilés’.
          A partir de aquel incidente bélico el tiempo fue pasando para el faro que fue condenado en 1818 a la demolición al tiempo que las murallas de Avilés, decisión que algunos interpretan como una lamentable interpretación legal favorecedora de intereses urbanísticos en el caso de las murallas. Es un episodio aparte.
          Se fue cuarteando el Castillo y cuando no pudo más capotó. Consta en el libro de Actas de 13 de febrero de 1860 el informe, por parte del Ayudante de Marina del hundimiento del techo a causa de los temporales y solicita se le concedan las maderas del derrumbe para ‘construir un cubierto donde se puedan alojar los prácticos’ para mejor auxiliar a los barcos en su entrada a puerto.
          Es la última noticia oficial que tenemos del Castillo de San Juan. Hoy podemos ver la edificación virtualmente gracias a una combinación de circunstancias que resumo: el activo investigador histórico avilesino Francisco Mellén localizó en el Instituto de Historia y Cultura Militar de Madrid los planos de una obra de reparación hecha en el siglo XVIII en la fortaleza avilesina. Fue entonces cuando Agustín Santarúa y la Asociación de Amigos del Museo de Anclas de Salinas, entidad participante en una expedición del navegante Vital Asar a México, pusieron en contacto a Paco Mellén con los arquitectos mexicanos Miguel Cano y Alfredo Escalante que realizaron una recreación virtual del Castillo, publicada por LA VOZ DE AVILÉS en enero de 2005 y que hoy ilustra este episodio.
          El baluarte avilesino fue sustituido –en el mismo solar– por el Faro de Avilés, alojado en un torreón de 14 metros de altura, que dio luz con una lámpara de aceite el 31 de agosto de 1863 y que hoy alcanza las 17 millas de luz blanca. Una distancia que va bastante más allá del cercano Cañón Submarino de Avilés, situado a solo 8 millas (cerca de 15 Km.) y que es uno de los más importantes del mundo, ya que la profundidad de su sima alcanza los 4.750 metros, encerrando un mundo desconocido y que los avilesinos tenemos ahí al lado, como el que no quiere la cosa. Más datos  sobre él se pueden encontrar en el episodio  ‘El Cañón de Avilés, uno de los lugares más remotos del planeta’ publicado en este periódico el 24 enero de 2016.
          Del castillo de San Juan no quedan más restos que los cuatro viejos cañones que –desde 1960– rodean en el parque del Muelle la escultura del marino Pedro Menéndez de Avilés, otro que también ganó una batalla a los ingleses fundando San Agustín de La Florida la hoy considerada (mayormente) como ciudad más antigua de los Estados Unidos de América.
          ¡Será por cañones!

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El mercader de Avilés
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Alberto del Río Legazpi | 01-05-2016 | 09:28| 0

(Alabado hoy como como ‘l’homme d’affaires’ o ‘il mercante asturiano’, Gómez Arias es el representante de un tiempo, de una tierra y de una sociedad, a la par que uno de los personajes más curiosos, algunos hablan de mítico, de la historia asturiana).
          Gómez Arias de Inclán fue un destacado avilesino del siglo XV que Tirso de Avilés nos descubre en el siglo XVI.
          Tirso, que era una especie de Cronista ‘Oficioso’ de Asturias, dejó escrito en su ‘Sumario de Armas y Linages’ que «En Avilés ha habido muchos y muy principales hombres y muy señalados, especialmente por la Mar, que parece que el clima de esta villa les dicta ser buenos Pilotos y Mareantes como lo fue un Gómez Arias de Avilés…». Y Tirso de Avilés –que por cierto no era de Avilés sino de Las Regueras– lo pone en paralelo nada menos que con Pedro Menéndez, el Adelantado de La Florida.
          Pero no será hasta avanzado el siglo XX cuando el historiador Eloy Benito Ruano al publicar una semblanza titulada ‘Gómez Arias, mercader de Avilés’ (editado por Asturiensia Medievalia, 2. 1975) universalice al marino y mercader. En dicha monografía traza un perfil del personaje al tiempo que muestra a la villa avilesina como destacada ciudad portuaria medieval  y detalla rasgos de la sociedad de aquella época.
          Por dicha publicación sabemos que Gómez Arias de Inclán era hidalgo de condición y que tenía casa en Avilés, señalando que debía ser –dada la categoría del personaje– muy parecida, si es que no era la misma, al hoy conocido como palacio de Valdecarzana. Y entre sus enseres personales destaca alguno que no estaba al alcance de la mayoría de la población de entonces como ‘dos camas de ropa’.
          Por pleitos que tuvo, uno de ellos en Ribadeo, sabemos algo más de la enorme importancia que el Alfolí de la sal tuvo para Avilés y de su potencia económica que alguno ha llegado a calificar como una especie de Kuwait salado medieval.
          Gómez Arias tuvo importantes cargos políticos, y no sólo locales pues entre 1489 y 1496 fue procurador de Avilés ante la corte de los Reyes Católicos, aquellos que unificando reinos terminaron formando un país llamado España. Por ese entorno real, de Isabel y Fernando, andaba Gómez Arias en aquel tiempo en el que también los Reyes Católicos financiaron el viaje de Colón que terminaría tropezando con América cuando iba buscando las Indias.
          El mercader, hombre de gran prestigio entre sus convecinos, tenía –junto con su hermano Esteban Pérez, apodado Cabitos– una empresa naviera con base en Avilés. Se trataba de una pequeña flotilla de barcos, quizá de las primeras de las que se tienen noticia, destinada al comercio marítimo de mercancías.
          Sabemos que, entonces, desde el puerto avilesino los barcos salían cargados principalmente de madera (castaño y roble), pero también mineral (hierro), frutos secos (avellana y nuez), armas (eran famosos los ‘escudos de Oviedo’) así como manufacturas tradicionales de las ferrerías y talleres de Asturias.
          Y también sabemos de curiosidades como la procedencia –lo delatan algunos de los nombres– de la tripulación de una de sus naves: Juan de Sabugo, Alfonso de Argañosa, Juan de Soto, Pedro de Nabeçes…
          Gómez Arias era un hombre de acción a la par que mercader y marino muy avezado. En 1474, en uno de sus frecuentes viajes al sur peninsular, con destino a Sevilla, su nave ‘Santiago’ al doblar el cabo de Santa María en el Algarve fue atacada por otra al mando de Álvaro Méndez de Serpa, ‘criado del rey de Portugal’, que le birló  barco y mercancía. Gómez, que contaba con influencias en la corte real, donde como dije tuvo cargos de representación, consiguió que los Reyes Católicos intervinieran en el incidente y como quiera que los portugueses no devolvieran lo robado autorizaron al marino avilesino a resarcirse de sus pérdidas sobre bienes de súbditos portugueses hasta un valor que alcanzara lo que le habían saqueado.
          Y como por las buenas no lo devolvieron, Gómez Arias y su hermano Cabitos actuaron por las malas apresando, en 1485, dos carabelas portuguesas que, vaya por Dios, llevaban un ‘cargamento’ de más de 100 esclavos, y encima pertenecientes a unos mercaderes florentinos. Y se lió parda.
          El marino avilesino se apropió de una parte de los esclavos para resarcirse de su pérdida, pero los Reyes Católicos le obligan a devol­ver las dos carabelas, porque de Portugal venía buena parte de la sal al alfolí de Avilés que a su vez lo distribuía a zonas del norte peninsular y Castilla. Y no fuera a ser cosa.
          En este incidente internacional, aparece Avilés relacionado con la esclavitud, tema tabú para los historiadores, con excepciones como la del autor de la semblanza aquí tratada o de la avilesina –hoy trabajando en Sevilla– Helena Carretero que algo tiene publicado sobre tan dantesca cuestión.
          Y si el cátedro Eloy Benito Ruano nos desvela al personaje Gómez Arias, otro historiador avilesino, actualmente trabajando en Baleares, José Jorge Argüello (autor, por ejemplo, del libro ‘Abillés’) tiene abierta una línea de investigación sobre el hermano del mercader, el tal Esteban Pérez ‘Cabitos’, otro que también se las traía. Aparte de acompañar a Gómez en las aventuras aquí descritas, tuvo protagonismo en la conquista de las Islas Canarias, cumpliendo mandatos reales en Lanzarote y Gran Canaria.
          ‘Cabitos’ también era avilesino aunque algunos estudiosos lo quieran hacer pasar por sevillano o por abulense.
          Igualmente es incierto que Gómez Arias sea la persona a la que se refiere la conocida copla medieval cuyo estribillo es
«Señor Gómez Arias
doleos de mi
que soy muchacha y niña
y nunca en tal me vi»
un tema este sobre la seducción y venta de una doncella a los moros que fue desarrollado también en obras teatrales por Veléz de Guevara, Calderón de la Barca y Tirso de Molina. Y eso aparte de que nombre y apellido (Gómez Arias) se dan frecuentemente unidos en la historia medieval y hay unos cuantos, incluso algún cativo. El que avisa no es traidor.
          Eloy Benito Ruano no descarta –porque encontró indicios documentales– que nuestro Gómez Arias, al hacerse viejo y por ende sabio, ejerciese el oficio de escribano en su villa natal oficio ‘adecuado a su retiro de viejo lobo de mar y hombre de presa o de negocios’. Y le homenajea universalizándolo como ‘l’homme d’affaires’ o ‘il mercante asturiano’, representante de un tiempo, de una tierra y de una sociedad.
          Ese fue Gómez Arias, el mercader de Avilés.

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Espacio dedicado a aspectos históricos, biográficos, costumbristas y artísticos, fundamentalmente de Avilés y su comarca actual, así como a territorios que, a lo largo de los siglos, le fueron afines. Tampoco se excluyen otras zonas del planeta