El Comercio
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VIAJAR EN FEVE
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Guillermo Díaz Bermejo | 18-08-2017 | 18:23

Esta es la crónica de un viaje, en un tren de FEVE de la línea Ferrol/Gijón, realizado a paso de burra y propio de principios del Siglo XX, aun cuando estamos en una moderna España del Siglo XXI, que presume de tener una de las redes ferroviarias de alta velocidad más desarrolladas del mundo, con trenes Ave, Albia o Avant que superan los 250 km/h.

Un buen día, hablando con mis hijos sobre algunos comentarios que habíamos oído durante las vacaciones, relativos a la belleza de los paisajes costeros que se contemplaban desde las ventanillas del tren, planeamos coger el FEVE y hacer una excursión a Vivero. Analizamos los horarios y nos encajaban perfectamente para salir de la estación de Tapia a las 11, llegar a Vivero, dar un paseo, comer y regresar a las 5,30. Plan perfecto.

Cogemos los coches para acercarnos a la estación de Tapia de Casariego, que está a 7 km del pueblo y surge el primer interrogante: Si esa estación está en un paraje solitario, en el que la población más próxima es La Roda ¿por qué la llaman de Tapia, con lo que eso implica de confusión a los viajeros que creen llegar a Tapia y resulta que cuando bajan den tren, descubren que están en un despoblado y que tienen que ponerse a caminar siete quilómetros para llegar a su destino? Aparcamos los coches en algo que se parece a un matorral, y entramos en la estación, mejor dicho, algo que se parecía a una estación y que me recuerda a esas estaciones de las películas del oeste, situadas en parajes solitarios, donde el vaquero espera a la llegada del tren, tumbado con el sombrero tapándole la cara. Deterioro total, abandono, pintadas en lo que parecía ser la sala de espera y alguna que otra defecación humana probablemente de algún pasajero que igual iba un poco apurado.

Cuando estábamos esperando, pasa por allí un lugareño y nos dice que tenemos que subirnos al andén para que el maquinista nos vea, ya que si no el tren no para. Es decir, algo parecido a hacer auto stop pero en este caso ferroviario. Con un retraso de 10 minutos llega y nos subimos todos. Nos atiende amablemente el revisor, nos pregunta hasta donde vamos y pagamos los billetes. Nos informa que en Ribadeo igual tenemos que hacer trasbordo a otro tren, pero que estemos tranquilos que él nos informará, ya que unas veces hay que hacerlo y otras va directo. Nos aclara que él lo sabrá una vez lleguemos a la estación y el maquinista reciba aviso del área de tráfico. Nos matiza también que como es de Gijón, esas son cosas de Feve no las entiende. Que igual es que como ya estamos en Galicia, la respuesta en gallego es “depende”.

Empieza el viaje del tracatra. En el tren que hemos cogido, sólo hay cinco viajeros, así que como de mi familia nos hemos subido seis adultos y cuatro niños, tenemos la mayoría absoluta. El tren es nuestro y los niños se divierten corriendo de acá para allá. Contrariamente a molestar, esos cinco viajeros nos dicen que no nos preocupemos por los niños, que hasta están más cómodos y los chicos son un buen estímulo para soportar el aburrimiento de un viaje tan pesado e incómodo.

En lo que se refiere al paisaje, he de decir que, en la mayor parte del trayecto, el tren circula por unas trincheras llenas de vegetación que impiden ver cualquier tipo de paisaje, ya que son auténticos túneles de ramaje. Pero es que, además, de modo sorprendente, el convoy va rozando materialmente contra los arbustos y matorrales que han crecido al lado de la vía. El revisor, que a estas alturas del viaje ya se ha sentado a hablar tranquilamente con nosotros, nos dice que como no hay presupuesto, no se desbrozan las vías y que cuando salgamos fuera, podremos ver cómo el tren tiene la pintura totalmente rayada por rozar contra las ramas de los árboles.

Llegamos a Ribadeo, el tren se detiene en la estación, se baja el revisor y en unos segundos ya nos dice que nos bajemos, que hay que hacer trasbordo. Que el otro tren ya llega y lo cogeremos en el mismo andén. Continuamos el trayecto en otro convoy totalmente viejo y deteriorado y en un recorrido que en coche se haría en no más allá de 30 minutos, llegamos a Vivero tras dos horas y media de viaje.  Excepto las estaciones de Ribadeo y Burela, todas las demás están en parajes deshabitados y lejos de los núcleos urbanos, por lo que resulta difícil de entender que pueda haber viajeros que se desplacen a ellas para coger el tren. Se aprecia también que, al igual que la de Tapia, todas están totalmente desgradadas y en un estado de abandono deplorable.

Tras una buena comida en Vivero, llega la hora del regreso. Como la estación está en lo alto del pueblo, a las cinco empezamos a caminar para estar puntuales y no perder el tren. Una vez en el andén vemos que sólo hay dos chicos jóvenes esperando. Mosqueados ya porque el tren no llegaba a la hora prevista, charlamos con esos chicos y nos dicen que ellos van a la fiesta de San Ciprian y que el retraso es normal, que habitualmente ese retraso es de una hora. Como en el tren iban unos amigos que lo habían cogido en una estación anterior, los llaman por teléfono y estos confirman que ciertamente el tren va retrasado en una hora.

Soportamos estoicamente la espera y al fin nos subimos al convoy. Llegamos de regreso a la estación de Tapia a las 9 de la noche. En este caso, con retraso incluído, la duración del viaje fue de tres horas y media, mas los otros 10 minutos que tardamos en llegar al pueblo en nuestros coches.

Para terminar, he de decir que esa experiencia que esperábamos iba a ser bonita, termino siendo una auténtica pesadilla. Mi conclusión, por tanto, es muy clara: No volveré a utilizar el FEVE como medio de transporte. Ahora comprendo por qué este ferrocarril es tan deficitario. No alcanzo a entender como Renfe no hace nada para sostener este medio de transporte. En este estado, para reducir sus déficits, entiendo que lo más razonable sería eliminar el medio y se acabó el problema. Y como se trata de un servicio público, pienso que podría seguir prestándose con un autobús que, además de pasar por el centro de los pueblos, resultaría a todas luces más barato que un tren.

 

 

 

 

Sobre el autor Guillermo Díaz Bermejo
El blog de un jubilado activo dedicado al voluntariado social, permanentemente aprendiendo en materia del derecho de las nuevas tecnologías y crítico con la política y la injusticia social.