Ayer terminó el Medieval de Ibiza. Quizás tenga algo de especial esta fiesta del medievo por el lugar en el que se organiza. Desde el acceso a la gran muralla de Dalt Vila, patrimonio de la Humanidad hasta la llegada a la catedral, nos encontramos en un recinto cerrado por el que han pasado los fenicios, romanos, árabes y cristianos. Y nos vamos a encontrar restos de todo. Hasta de la civilización actual. Pero lejos de ser un espectáculo, la Ibiza Medieval se ha convertido en todo un acontecimiento económico para la ciudad. No me termina de quedar claro si se ingresa más que se gasta. Los precios de los puestos son prácticamente prohibitivos aunque hay que reconocer que poco de lo que puedes comprar lo puedes vender en otro sitio que no sea el medieval. Aunque claro, mucho de lo que compras, no lo vas a poder utilizar tampoco hasta el medieval que viene.
La mayoría de tenderetes son de comida, así que aquí no hay problema. Llegas, pillas cacho, y te lo comes pensando a cuanto sale el kilo. Después dejas de pensar porque sabes que te van a entrar ardores y encima te va a sentar mal. Justo acabas el bocado cuando llegas a algún tenderete de crepes y chocolates variados, y total, nada más subir y bajar las cuestas hasta la catedral ya te vas gastar los euros en otra cosa y encima llevarás la comida por los pies. Así se cumple el dicho de que es más fácil bajar que subir, sobre todo porque te pesa menos la cartera. Para el recuerdo te quedas con una espada que no sabes donde vas a colgar, un queso verde que tampoco sabes quien se va a comer y un colgante para curarte del reúma que nunca tuviste. Hoy ya no quedará ni un alma por las calles de Dalt Vila pero al menos queda el recuerdo del extracto bancario.

