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Iván de Santiago González

Lecturas Voluntarias

LA CIUDAD QUE YO QUIERO

LA CIUDAD QUE YO QUIERO

 

En esta capital del Principado donde yo crecí había problemas de seguridad. Recuerdo a mi madre decirme que no cruzase por el Fontán de la que volvía a casa. Recuerdo que en la calle del Rosal, alguien, mayor que tú, podía robarte lo que tenías y no pasaba casi nada. Había barrios en los que pasar era una aventura. Un año que jugué al fútbol en Cerdeño, mis padres estaban obligados a ir a buscarme a las nueve de la noche, porque atravesar Ventanielles era una odisea. En Vallobín, donde vivían amigos míos, campaban a sus anchas un par de bandas de las que solamente cabía huir.

Era una ciudad sucia. Desvencijada en muchos de sus barrios. En la Tenderina se hizo una manifestación después de que un vecino sacase la misma foto de un bache enorme durante tres años seguidos. Los papeles y los envases cubrían el suelo. Y a nadie le dolía tirar uno más. Cuando llegaba la lluvia, y lo hacía a granel, como hacía en algún invierno vetusto, ya olvidado, recuerdo ver flotar envases mientras descendían ordenados por la calle La Vega (Azcárraga en el nomenclátor) hasta una enorme alcantarilla bajo el puente por donde pasaba el Vasco. Una alcantarilla de la que recuerdo ver salir una fila ordenada de ratas grandes como gatos.

Pasó el tiempo y, afortunadamente, la ciudad cambió. La limpieza comenzó a llegar. La conciencia ciudadana de que si queríamos una capital ejemplar teníamos que participar llevó a que las papeleras, ausentes durante años, se convirtiesen en nuestras amigas. La luz también ayudó. Y los barrios cambiaron. Acaso el descenso del consumo de drogas duras sacó de la calle (a prisión o al cementerio, lamentablemente) a muchos de los que no permitían vivir a los demás, y las obras hicieron que nos sintiésemos orgullosos de ser de aquí.

Durante dos decenios, he presumido de ser ovetense allá donde voy, y saben ustedes que soy inquieto y paso mucho tiempo por este mundo, donde intento aprender todo lo que puedo y llevar lo que aquí tenemos. Han sido dos decenios en los que hemos traído a amigos, familiares y conocidos a un pequeño lugar que se convirtió en referente de muchas cosas que engloban eso que se hace llamar “calidad de vida”.

Pero, sinceramente, ya no me siento así. Se me ha ido acabando el amor. La ciudad no está limpia, es un hecho. El casco antiguo es un mural multicolor de mal gusto que nos empeñamos en esconder a quien viene a visitarnos. Las baldosas rotas son más de las que están en su sitio y los días de lluvia es una osadía atravesar la ciudad aspirando a tener unos pantalones limpios. La luz mortecina no ayuda. Las ciudades europeas hicieron un estudio hace años en el que enlazaban la tasa de infelicidad y suicidios con la escasez de luz natural y artificial. Los psiquiatras instaban a los poderes públicos a tener más farolas en los lugares con climas más grises. Este domingo leí un estudio en que Asturias se sitúa tristemente a la cabeza de tasas de suicidio en España.

La seguridad ha desaparecido. Cruzo muchos días por la Corrada del Obipo a eso de las 8 de la tarde, que en invierno es noche cerrada. Hay grupos nutridos de drogodependientes, gritándose, agrediéndose, increpando al peatón. Son, como hace treinta años, el rostro de la heroína, que se lleva los dientes y la dignidad para transformar a las personas en guiñoles, convirtiéndolos a la secta del delito por una papelina. Pero Pumarín está igual. Los sábados por la noche e incluso los domingos por la tarde, bandas con estética latina se pasean por sus calles, golpeando papeleras o personas con idéntico criterio.

En la zona de Otero y el comienzo del parque de invierno, varios grupúsculos de jóvenes (y no tanto) se reúnen en torno a cartones de litros de vino, con música en su móviles e insultos a quien siquiera osa mirarles. Hasta me han contado que en San Claudio, hace poco, hubo de desalojarse a un clan que montaba fiestas nocturnas y acudía a picar a casa de los vecinos que sabían que les denunciaban,.

Es mi ciudad de los 15 años. Con la parte que nunca me gustó y que vuelve, como las malas modas de las hombreras o los pantalones de campaña. Es lo que nos impide gritar alto y claro que somos carbayones desde Cádiz hasta Noruega, desde Canadá hasta el Cabo del fin del mundo, donde, curiosamente, recuerdo haber visto una bandera asturiana en un establecimiento hace quince años.

Solo quiero una ciudad como la que tuve. No pido más. No quiero lujos. Simplemente limpieza, seguridad, cuidar a los que necesitan alimento o han caído en las redes de la droga e impedirles que estén en la calle delinquiendo.

Poder volver a sentirnos orgullosos de haber decidido quedarnos aquí cuando el mundo nos ofrecía acogernos en muchos lugares.

Dicen que es una cuestión de presupuesto. No lo sé. Esto es un sueño y los sueños no saben de dineros.

O quizá no. Ojalá.

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Sobre el autor

Abogado y escritor. Grafólogo. Presidente de la Sociedad Asturiana de Grafología. Profesor de la Escuela de Práctica Jurídica y del Máster en Abogacía de la Universidad de Oviedo. Autor de cinco novelas publicadas y ganador de varios premios de relato. Exconcejal del Ayuntamiento de Oviedo en el período 2007-2011.

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