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Iván de Santiago González

Lecturas Voluntarias

LO NUESTRO, DE VEZ EN CUANDO…

LO NUESTRO, DE VEZ EN CUANDO…

 

Saben que en esta columna no escatimamos críticas ni se nos corta la tecla para todo aquello que consideramos que se puede o se debe cambiar. Como no debemos flores a ninguna dama, somos libres de decir lo que pensamos, sin tener que cumplir con nadie, y el que quiera cumplir con nosotros, sabe dónde puede encontrarnos.

El pasado sábado, sin ir más allá, charlábamos acerca de la burocracia digital o la disculpa en que se han convertido las citas previas para aquellos que han hecho de la vagancia su consigna vital,  y han decidido cobrar por hacer lo menos posible. Hace apenas un par de semanas contábamos aquello de cómo desearíamos la ciudad, porque está por la que ahora caminamos cada día no nos gusta, sucia, pintada, acaso olvidada.

Expuesto esto, también creo que debemos reconocer aquello que en esta región y en este país se hace bien, y que debemos contar de vez en cuando, para poder sentirnos orgullosos de muchas cosas que quizá olvidemos. Es tan necesario el halado a quien lo merece como la crítica a quien se hace acreedor de la misma. El justo equilibrio es el éxito.

El caso es que el pasado sábado atravesaba Francia, camino de Asturias. Venía en coche, por razones que no atañen hoy a esta página, atravesando la costa azul, parando en Cannes donde queda una semana para el Festival de Cine y está preciosa y dirigiéndome hacia Carcassone para la siguiente parada, con un paseo por su Citté medieval que siempre merece la pena.

De repente, a la altura de Nimes, ese lugar maravilloso que junto a Arlés tienen unas plazas de toros que son anfiteatros romanos con más de 2.000 años , los coches se pararon en la autopista. Comenzaba una odisea que creí no podía darse en la Unión Europea 2.100 años después de que se construyesen anfiteatros.

Nadie sabía qué ocurría. Nos bajamos de los vehículos, caminamos, charlamos con quien decía tener información. Se especulaba mucho, se teorizaba, se hablaba de todo. Quienes tenían agua la compartían, porque el sol de media tarde apretaba en la planicie occitana. Los que tenían niños caminaban por el arcén. Nadie se movía, nadie parecía tener sensación de solución.

Pensé que en apenas media hora comenzaría a moverse aquello. Sería un accidente, sin duda, y los equipos de emergencia se abrirían paso entre todos los que quedamos atascados para llegar al lugar del hecho, o bien lo harían desde el carril contrario que también podrían habilitar para que pudiéramos salir del embotellamiento. Así lo he visto hacer varias veces a la Guardia Civil en España, comentaba con un escocés que conocí cuatro vehículos más adelante del mío, en uno de esos paseos que dábamos atrás y adelante, tras más de una hora sin saber nada, sin esperar nada, sin moverse en absoluto.

No quiero contarles la peripecia completa, porque quizá se les indigeste el desayuno. El resumen es numérico: cuatro horas de atasco, 160 km de vehículos parados y 14.000 coches implicados.

Inasumible en un estado civilizado. Pensé, antes de llegar finalmente al punto que me separaba del evento, a 11 km de donde me detuve, que habría un accidente múltiple, con un camión atravesado, y quizá heridos o, lamentablemente, fallecidos que harían que hubiera que levantar cadáveres en el propio lugar de los hechos. Algo que justificase tener a semejante cantidad de gente parada en una de las principales vías de comunicación del segundo Estado de Europa.

Finalmente no. Era un fuego. Ardió una catenaria del tren próxima a la autopista y había humo. Un poco de humo, según decían los periódicos al día siguiente. Los bomberos tardaron más de una hora en llegar, otra en apagarlo y la Gendarmerie otras dos en descongestionar el tráfico.

Recordé entonces a la Guardia Civil de Tráfico y la Unidad Militar de Emergiencias españolas y me sonreí orgulloso de que, aquí, esto, jamás hubiera pasado.

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Sobre el autor

Abogado y escritor. Grafólogo. Presidente de la Sociedad Asturiana de Grafología. Profesor de la Escuela de Práctica Jurídica y del Máster en Abogacía de la Universidad de Oviedo. Autor de cinco novelas publicadas y ganador de varios premios de relato. Exconcejal del Ayuntamiento de Oviedo en el período 2007-2011.

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