El Comercio
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Fecha: noviembre, 2012
Ay, no me di cuenta
María de Álvaro 29-11-2012 | 5:34 | 3

De siempre he sido muy fan de la técnica del ‘ay, no me di cuenta’, un truco, caballeros, que lo sepan, tan femenino como llenar el bolso de cosas inútiles, pero mucho más práctico. No debería contarlo, los magos jamás lo hacen, pero desde mi más tierna adolescencia, gracias al ‘ay, no me di cuenta’ me he librado de infinitos problemas, desde broncas de mi padre por rayarle el coche o de mi madre por dejar algo, lo que fuera, tirado por el suelo, hasta multas de tráfico. El ‘ay, no me di cuenta’, acompañado de la pertinente cara de ‘ay, no me di cuenta’, una mezcla entre ojos de pena y sonrisa beatífica, es una maravilla, pero tiene una pega: solo se puede utilizar para cosas sin trascendencia. No vale para todo.

No vale, por ejemplo, para ocupar un cargo político y ser la vicepresidenta de un patronato, el que sea, y decir ‘ay, no me di cuenta de lo que pasaba’. O ‘ay no me di cuenta de que en un año se esfumaron 182.616 euros en una cosa llamada otras pérdidas de gasto corriente’, o sea, lo que viene siendo la calderilla: 182.616 euros de calderilla. O ‘ay no me di cuenta de que se estaban provisionando 1,2 milloncejos por las subvenciones presuntamente perdidas’. O ‘ay no me di cuenta de que el despacho del secretario de la fundación pasó una minuta de 299.000 euracos por tres contratos’. No, no vale, porque se supone que uno, una en este caso, asume responsabilidades, las del Centro Niemeyer, en este caso, para eso, para responsabilizarse.

Mirar para otro lado cuando alguien empuña el revólver no es lo mismo que empuñarlo, pero se parece un poco. O bastante. Que se lo pregunten a Cristina de Borbón, señora de Urdangarin. A los que todas estas cosas nos pillan siempre mirando no para otro lado, si no para el otro lado, el de ver cómo pagamos la hipoteca, los recibos y el resto de ordinarieces, hay determinados ‘ay, no me di cuenta’ que nos sientan igual que una patada en la barriga. A ver si ahora alguien pide responsabilidades. O se responsabiliza. O se manifiesta. O algo.

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Una historia con Jordi Mollà
María de Álvaro 23-11-2012 | 12:09 | 3

Jordi Mollà y yo tenemos un historión. Fue hace unos cuantos años. Yo estaba sola en una ciudad desconocida e hice una de las cosas que se pueden hacer cuando uno (una) está sola en una ciudad desconocida: me fui al cine. Pero como las ciudades desconocidas siempre están llenas de sorpresas, llegué tarde. Pasaba un cuarto hora del comienzo de la película. Me dio igual. Me fui a la taquilla, pedí mi entrada y una chica, amabilísima, me explicó que habían decidido no proyectarla porque no había ido nadie.
-¿Te importa ver otra?
-Pues la verdad es que sí, quería ver esa.
-Espera un momento, por favor –Cogió el teléfono, le oí un “ya, pero es que dice que no; ya, pero ¿qué hago?; bueno, sí, anunciada está; bueno, ok, vale”.
-Ahora empieza, ¿cuántas entradas?
-Una, gracias.
Y me senté en medio de la sala, como quien sube a un trono o llega después de un día largo a su sofá. Y empezó, para mí, ‘El cónsul de Sodoma’. Y durante la hora y media siguientes, Jordi Mollá y yo vivimos con Jaime Gil de Biedma, y nos reímos, y nos asqueamos, y disfrutamos de chorradas, y de cosas importantes, y puede que hasta llorásemos.

Así que Jordi Mollà no lo sabe, pero él y yo tuvimos una tarde un historión. Y por eso yo volví a sacar mi entrada, y me volví a acomodar en la butaca, esta vez ya rodeada de gente, para ver su, creo, cuarta película como director: ‘88’. Teatro Jovellanos, Festival Internacional de Cine de Gijón, Sección Oficial.

88 bostezos, 88 ‘ufs’, 88 ‘no me lo estoy creyendo’, 88 ‘qué coño es esto’, 88 risas en momentos pretendidamente dramáticos después, puedo decir que en el arte, en la literatura, en el cine y en un bar, solo hay una cosa peor que ser un pesado, y es ser un pesado pretencioso. Jordi, querido, jamás olvidaré aquella tarde en aquella ciudad desconocida, pero espero olvidar pronto, mañana a más tardar, el coñazo padecido. No digo que no lo hayas intentado, no digo que tu película, o tu intención, no tenga más mérito que mucha basura de la que arrasa en taquilla, pero para jugar a ser David Lynch, posiblemente haya que ser David Lynch y, además, ser amigo de Badalamenti para que te haga la música.

Claro que a ti todo esto te importará un pimiento, porque puedes decirme, robándoselo a nuestro Gil de Biedma, aquello de “De mi pequeño reino afortunado / me quedó esta costumbre de calor / y una imposible propensión al mito”.Vaya, que sí, que la culpa igual es mía.

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De verdades y películas
María de Álvaro 18-11-2012 | 10:36 | 2

Encerrarse en un convento ortodoxo rumano no suena, a priori, nada alentador. Hacerlo durante dos horas y media, en una butaca incómoda, piernas encogidas, mirada forzada, fila 2, mucho menos. Sufrir una angustia contenida durante todo ese tiempo, casi rítmica, de esas de llanto seco, tampoco contribuye a pasar la mejor noche de viernes de tu vida. Vale. Pero ‘Beyond the hills’, la película con la que este año se ha inaugurado el Festival de Cine de Gijón, es tan incómoda como maestra. Sus planos perfectos, esas monjas que a veces parecen una pintura; sus palabras y sus silencios… llegan aunque estés arrebujada y echa ovillo ante la pantalla como sólo llegan las cosas cuando son ciertas. Cuando son de verdad. Cuando son ‘honestas’, que se dice ahora en cursi, que tan de moda se ha puesto la palabrita que el otro día me pusieron un pincho de tortilla honesto (lo descubrí al leer el cartel de: ‘cocina honesta’, en fin, cierro paréntesis que me caliento y me pierdo).

Cada día tengo menos claro qué es arte y cada día más que no lo es. Y no lo es lo que no conmueve. Y el convento ortodoxo rumano de Cristian Mungiu lo hace. Tal vez porque todos tenemos un convento ortodoxo rumano dentro de nosotros mismos. Y por eso todos hacemos lo que creemos que debemos hacer. Porque jamás terminaremos de darnos cuenta de que la estupidez humana es mucho más peligrosa que la maldad, que la maldad, así, en estado puro, sólo existe en algunas películas. Y suelen ser bastante malas, por cierto.

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Un suicidio
María de Álvaro 15-11-2012 | 9:55 | 0

Una de las primeras lecciones de cualquier facultad de Periodismo, técnicas de poker y mus al margen, tiene que ver con qué es noticia y qué no. Entre estas últimas y dejando de un lado el proceloso mundo de la víscera o pornografía emocional de personajes varios, están (o estaban) los suicidios. Se entiende (o se entendía) el suicidio como acto privado del que conviene no informar, primero por respetar la intimidad de la víctima y, segundo, por aquello de no animar a las futuras víctimas potenciales. Vale. Vale también que si alguien decide (o decidía) quemarse a lo bonzo en la vía pública, la cosa cambia (o cambiaba), puesto que ya entran en juego otros asuntos. Desde que Napoleón y yo estudiábamos, el mundo sí que ha cambiado. Sustancialmente. Y los medios de comunicación, más. Ahora que la tristeza de un milmillonario jugador de fútbol o la enésima nariz de una estrella de la televisión ocupan titulares; los suicidios, pues también. Y, como pasa con las opiniones y los culos, también hay suicidios y suicidios.

La muerte de una exconcejala socialista de Barakaldo la semana pasada fue noticia. Lo fue porque sucedió en la vía pública y lo fue, sobre todo, por eso que se llama contexto, porque ocurrió cuando iban a desahuciarla de la casa en la que vivía, y eso, de un tiempo a esta parte, le pasa a 500 españoles al día. Pues vale. Lo que no vale es la demagogia de algunos al arrojarse el cadáver a la cara, y lo que vale todavía menos es que hasta que ella, con sus 53 años y sus millones de problemas, no saltó por la ventana, a nadie, empezando por el Gobierno y siguiendo por la oposición, se le había ocurrido que tal vez las circunstancias exigían una moratoria de una ley, digamos, trasnochada. El mensaje sería un chiste si no fuera porque la muerte no da la risa, igual que no se juega con las cosas de comer. El mensaje, acabo de leérselo a Txe Peligro, con ese maravilloso talento suyo para el humor negro, podría resumirse en algo así como “vayan suicidándose, señoras y caballeros”. Hasta entonces, aquí parece que sigue sin pasar nada.

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