El Comercio
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Fecha: febrero, 2017
De otro planeta
María de Álvaro 23-02-2017 | 12:10 | 0

Hoy hay un lugar para la esperanza. No lo digo yo, lo dice la NASA, que ha descubierto que a solo cuarenta años luz existen planetas compatibles con la vida: solo a cuarenta años luz, o sea nada, porque un año luz son apenas 9,4 billones de kilómetros. Un paseín. Resulta que ahí, a tiro de piedra, tenemos otro sistema parecido al solar con siete planetas a los que podremos emigrar en cuanto nos carguemos este, cosa que al paso que vamos sucederá en no tardando. Trappist, hermanos terrícolas, esa es nuestra salida. El único problema que le veo es que como haber haya vida y ser sea parecida a la que conocemos, lo más probable es que no nos dejen entrar. Instalarán un muro o una valla o un vaya usted a saber qué clase de artilugio de últimisima generación, puede que verde, puede que plateado, porque como todo el mundo sabe los extraterrestres son verdes y/o plateados y seguramente les gustará su color. Querremos ir a Trappist, pero chocaremos con alguna frontera, con alguna aduana, porque allí todos seremos emigrantes. Hasta Trump.

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Inmortal y de Invernalia
María de Álvaro 21-02-2017 | 1:01 | 2

“Transita por los registros más variados de la vida intelectual española, pero esa actitud de tránsfuga y casi de fantasma inquieta e incluso enoja a los críticos amantes del orden, los géneros y las etiquetas”. Cortázar, el mismísimo Cortázar, dejó esto escrito a propósito de Gonzalo Suárez, del mismísimo Gonzalo Suárez, y a ver quién se atreve ahora a añadir algo más, a tratar de meter en unas pocas palabras a este gigante del cine, pero también de la literatura del siglo XX y lo que le queda del XXI, porque si algo tiene claro, además de que la realidad y la ficción son la misma cosa, es que no tiene intención de morirse nunca. Faltaría más.

Gonzalo Suárez es hijo del surrealismo, hermano de la magia, primo de los clásicos, está casado con el sentido del humor y la imaginación es su amante. Parió la todavía inclasificable ‘Aoom’, la ya clásica ‘Remando al viento’ (Lord Byron y Mary Shelley estuvieron en Llanes, claro que sí) y es el culpable de que Ana Ozores tenga para miles de personas la cara de Emma Penella. Se inventó al genial Ditirambo, bebió directamente de ‘Las fuentes del Nilo’, demostró que ‘El lado oscuro’ no es patrimonio exclusivo de Darth Vader… Es un intelectual y, a la vez, un tipo al que adoran en su pueblo.

Si Gonzálo Suárez, que además de todo es fan confeso de ‘Juego de Tronos’, fuera un personaje de la saga de R. R. Martin sin duda sería Jon Nieve, el bastardo contracorriente de Invernalia que se convierte en héroe, entre otras cosas, porque sabe más que los demás: porque se ha asomado al otro lado del Muro. Claro que habría que añadirle algo del genio coñón y arrebatadamente inteligente de Tyron Lannister, el gusto por las mil caras de Arya Stark y la fe inquebrantable del Gorrión Supremo, en su caso creyente fiel del dios de las películas y de los libros. Todos esos ingredientes habría que añadir a un plato imposible de comer en una sentada. Como ese universo que él ha creado y que nos regala cada vez que se coloca detrás de una cámara, se sienta frente al ordenador o empuña un boli. Ese universo tan inmortal como él. Puede que más.

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Sin camas por “coñazo”
María de Álvaro 17-02-2017 | 9:01 | 0

Las hemerotecas son muy canallas. Todo está ahí, guardadito para salir como si quisiera vengarse. Y ahora más. La de EL COMERCIO, sin ir más lejos, puede consultarse digitalizada desde el sofá de casa. Pueden abrir ahora mismo el periódico del 16 de febrero de 2011, un día como el de ayer aunque seguramente menos soleado, y ver. Verán cómo el presidente de la cadena AC inauguraba hace seis años, rodeado de autoridades políticas una habitación, la 302 del que iba a ser el cinco estrellas de Gijón, en la Universidad Laboral. Se firmó un contrato, se hicieron fotos, posó el presidente del Principado, y la consejera de Cultura, y la alcaldesa de Gijón (otros)… Y nunca más se supo. Hasta esta semana. El presidente de la cadena AC volvió a Asturias y deshizo la cama. Dejó claro que el hotel no se hace y que cuando llegue el AVE vamos a ser muy competitivos y tal pero que, oye, que de momento el viaje a Madrid es “largo y complicado”, “un coñazo”, así, literal. Eso dijo, y aquí nos dejó, al otro lado del Muro. Como los salvajes de Juego de Tronos. O así.

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Dios y el Sporting
María de Álvaro 09-02-2017 | 8:44 | 0

En 1982 el Ayuntamiento de Cangas de Onís declaró en solemne Pleno municipal persona non grata a un famoso escritor, premio nobel para más inri, que se atrevió a meterse con la Virgen de Covadonga. Sea verdad, leyenda o mito aquel famoso exabrupto que recordaba el tamaño de la Santina el caso es que el famoso escritor dejó de concitar quereres a este lado del Pajares. Quereres de creyentes, agnósticos, ateos y hasta descreídos porque, como todo el mundo sabe, al parecer a excepción de Camilo José Cela, la ‘reina de nuestras montañas’ forma parte del patrimonio asturiano, del de todos. Y buenos somos nosotros para nuestras cosas desde tiempos de Pelayo, y hasta  del Sidrón.

 

Viene esto al caso, con permiso de las comparaciones, de la última polémica del Sporting. Resulta que el nuevo entrenador ha prohibido al capellán del equipo entrar en el vestuario. Esgrime Rubi la sacrosanta laicidad y lo cierto es que nadie puede, o no debería, quitarle la razón. Al menos no la razón teórica, pero ya se sabe que, en teoría, funciona hasta el comunismo, y no lo digo yo, lo canta Nacho Vegas. Así que nadie defiende que un equipo de fútbol tenga cura ‘oficial’ a estas alturas de la película, no, pero Fernando Fueyo es una institución en el Sporting y su intervención un padrenuestro antes de cada partido que reza (o rezaba) con él quien quiere, naturalmente-, algo tan inocuo que resulta increíble que el entrenador pierda siquiera un segundo en esto con la papeleta que tiene, que tenemos, por delante. Eso por no hablar de que tal y como está la Liga no nos viene mal ninguna ayuda, especialmente si llega del cielo. Un milagro. Eso es justo lo que hace falta.

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Creer en Laboral
María de Álvaro 07-02-2017 | 2:12 | 0

«El talento no necesita dinero, con un bolígrafo y un papel se puede ser Shakespeare».

(Gonzalo Suárez)

 

Lo bueno de las frases rotundas es precisamente su rotundidad. A veces, además, son verdad, como esta y como prácticamente todas las que pronuncia, escribe o filma Gonzalo Suárez; pero la verdad, por más mayúscula que sea, siempre tiene matices. El talento es gratis, aprovecharlo suele costar y suele costar, con permiso de los sudores, dinero. Al menos mientras el Banco Mundial, Trump y Alemania se sigan empeñando en que no volvamos, por ejemplo, al trueque. Por eso Laboral Centro de Arte necesita dinero, un presupuesto para que el barco, el trasatlántico, no naufrague. Pero antes que eso necesita algo mucho más importante: necesita que el dueño de las llaves, el Gobierno del Principado, se lo crea, que lo considere como un activo y no como un pufo heredado de otros políticos que, por lo que se ha visto, comparten siglas pero nada más. También necesita que se lo crea el Ayuntamiento de Gijón, que mira para el gigante de Cabueñes con desconfianza y ganas de que no dé un salto sobre un charco embarrado y, especialmente, que si esto ocurre no le salpique. También necesita que se lo crean la Universidad de Oviedo y los empresarios y, sobre todas las cosas, necesita que nos los creamos usted y yo, porque sin la implicación de eso que hemos dado en llamar ‘sociedad’ da igual que tenga todo el dinero del mundo, cosa que por cierto tuvo en aquellos tiempos en los que éramos ricos, porque seguirá sin importar.

La cultura, esa palabra tan denostada por unos y tan vacíamente abanderada por los del ejército contrario, no es nada en realidad. Es sólo lo que nos hace humanos. Así de simple. Así de prescindible también, naturalmente, que para producir y consumir no necesitamos alma, vale la cartera.

El problema es qué ha pasado para que en diez años nadie, o casi nadie, haya creído en Laboral Centro de Arte. Su cierre hasta marzo –por más que la Consejería de Cultura insista en negarlo y en mirar para otro lado, otra vez– es el cierre de todos. El cierre de una manera de gestionar a golpe de chequera y sin absolutamente nada más, difícil o imposible de mantener cuando vienen mal dadas.

Laboral tiene que mirarse hacia dentro, pero muy especialmente hacia afuera. De nada sirve que sus paredes hayan albergado una de las más hermosas piezas de imagen y sonido de Ryoyi Ikeda, que Robert Henke trajese hasta aquí una instalación de láser que después se la ha rifado medio mundo o que algunas grandes piezas de la colección de Francesca Thyssen se instalasen durante meses en Gijón. De nada valen su directorio de artistas asturianos o los proyectos puestos en marcha desde sus laboratorios de investigación, algunos de ellos con importantísimas becas internacionales. Tampoco que su nueva directora, después de casi un año sin nadie al frente, Karin Ohlenschläger, sea una voz indiscutible en el arte contemporaneo, un lujo.

Todo eso no sirve si nadie lo ve: ya saben lo del lío filosófico del árbol que se cae en el bosque y el sonido que produce. Y habrá que preguntarse por qué nadie quiere verlo. Laboral necesita público. Y al público hay que darle cosas buenas, pero sobre todo hay que darle algo. Cerrar tres meses al año y tres días a la semana es justo lo contrario de lo que necesita el Centro de Arte. Lo que hay que hacer es llenarlo de actividad y de talento, del que se hace con un boli y de los demás. Y también hay que facilitar la visita, y que haya un sitio para tomarse un café, con perdón por lo prosaico. Porque en el supuesto de que no nos interese ser humanos, incluso en el caso de que el arte y la cultura nos parezcan una soberana pérdida de tiempo, que estamos en nuestro derecho, no faltaba más, habremos de acordar que como motor ecónomico funciona. O puede hacerlo. Y no, no voy a aburrir con el efecto Guggenheim, para qué. Simplemente, un dato para quienes quieren matar o dejar morir el Centro de Arte: hasta ahora hemos invertido cerca de 26 millones de euros más los 8,6 millones de coste del edificio. Sí, ha leído bien. ¿Y ahora qué? ¿Los tiramos o los amortizamos?

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